Sacrificio por amor.

William Sydney Porter ha sido uno de los tantos escritores norteamericanos que escondieron su identidad bajo un seudónimo, en este caso: O. Henry.

Su narrativa se basó en el relato breve y en los giros imprevistos. Se destacó por ser un gran rematador de historias, aunque siempre de una forma moderada, al escrupuloso estilo victoriano.

Más allá de sus imperfecciones, O. Henry es un autor que merece ser tenido en cuenta. Hoy los dejamos con uno de sus relatos mas conocidos: Un sacrificio por amor.


Un Sacrificio por Amor.
A Service of Love; William Sydney Porter (1862-1910)

Cuando uno ama su propio arte, ningún sacrificio parece demasiado arduo.

Esa es nuestra premisa. Este cuento extraerá de ella una conclusión y, al mismo tiempo, demostrará que la premisa es incorrecta, lo cual constituirá algo nuevo en lógica y un hecho en la narración de cuentos, más viejo que la gran muralla de China.

Joe Larrabee surgió de las llanuras de robles del medio oeste, palpitando con el genio del arte pictórico. A los seis años dibujó un cuadro representando la bomba de la ciudad, por el lado de la cual pasaba aprisa un ciudadano prominente. Este esfuerzo pictórico fue colocado en un marco y colgado en el escaparate del bar, al lado de una fila irregular de botellas de whisky. A los veinte años, partió para Nueva York con una corbata de moño suelto, y un capital algo más ajustado.

Delia Caruthers hacía cosas en seis octavas tan promisorias en una aldea de pinos del sur, que sus parientes guardaron mucho en su barato sombrero para que ella fuese al norte� y terminara�. No podían ver su t..., pero ésa es nuestra historia.

Joe y Delia se conocieron en un atelier donde se había reunido un grupo de estudiantes de arte y música, para discutir el claroscuro, Wagner, música, las obras de Rembrandt, cuadros, Waldenteufel, papel de pared, Chopin y Oolong.

Delia y Joe se enamoraron uno del otro o mutuamente, como a usted le agrade, y, en breve lapso, casaron..., pues (véase más arriba) cuando uno ama su propio arte ningún sacrificio parece demasiado arduo.

El señor y la señora Larrabee comenzaron a mantener un departamento. Era un departamento triste como el mantenido en la primera octava del piano. Pero ellos se sentían felices, pues tenían su Arte y se sonreían mutuamente. Yo daría un consejo a los jóvenes ricos: vendan todas sus posesiones y denlas al portero de su casa, por el privilegio de contar con un departamento en el que habiten su arte y su Delia.

Los moradores de departamentos apoyarían mi sentencia de que a ellos solos pertenece la auténtica felicidad. Si en un hogar reina la felicidad, nunca es demasiado estrecho; dejen que el aparador se desplome y convierta en una mesa de billar; que el manto de chimenea se trueque en un aparato de remo; el escritorio en un dormitorio de huéspedes; el lavabo en un piano vertical; que las cuatro paredes se junten si lo desean, siempre que usted y su Delia queden entre ellas. Pero, si el hogar es de otra clase, que sea amplio y largo; entre usted por la Puerta de Oro, cuelgue su sombrero en Hatteras, su capa en el Cabo de Hornos y salga por el Labrador.

Joe pintaba en la clase del gran Magister; usted conoce su fama. Sus honorarios son elevados; sus lecciones, breves; sus luces sutiles le han valido renombre. Delia lo hacía con Rosenstock; usted tiene noticias de su reputación como desbaratador de las teclas del piano.

Fueron muy felices en tanto tuvieron dinero. Así son todos...; pero no me mostraré cínico. Sus objetivos eran muy claros y definidos. Joe pronto sería capaz de pintar retratos que viejos caballeros de delgadas patillas y abultadas carteras se atropellarían en su estudio para tener el privilegio de adquirir. Delia se familiarizaría con la música y se tornaría luego desdeñosa hacia el arte de la bella combinación de los sonidos, de manera que cuando vio que las entradas para un concierto no se vendieron, pudo haber tenido dolor de garganta y quedarse en un comedor reservado, rehusándose a salir al escenario.

Pero lo mejor, en mi opinión, era la vida hogareña en el reducido departamento: las ardientes y volubles pláticas que tenían lugar después del estudio cotidiano; las cómodas cenas y los frescos y ligeros desayunos; el intercambio de ambiciones: ambiciones que se mezclaban con las del otro miembro de la pareja, o bien eran imposibles de ser tenidas en cuenta; la ayuda e inspiración mutuas, y -pasen por alto mi naturalidad- las aceitunas y los sándwiches de queso a las 23.

Después de un tiempo, el Arte hizo alto. Así sucede, a veces, aun cuando ningún guardabarrera le haga señas con la bandera. Todo sale y nada entra, como dicen los vulgares. Faltaba el dinero para pagar al señor Magister y a herr Rosenstock. Cuando uno ama su propio Arte ningún sacrificio parece arduo. Por consiguiente, Delia le manifestó a su esposo que debía dar lecciones de música para conservar la olla hirviendo.

Durante dos o tres días, salió en busca de alumnos. Una noche regresó a su casa triunfante.

-Joe, querido -dijo alegremente-, tengo un alumno. Y, ¡oh!, la mejor gente. La hija del general... general A. B. Pinkney, que vive en la calle Setenta y Uno ¡Qué espléndida casa, Joe; tienes que ver qué puerta de calle! Creo que tú la llamarías bizantina. ¡Y adentro! ¡Oh, Joe!, nunca había visto una cosa semejante.

Mi alumna se llama Clementina. Ya la amo. Es delicada, viste siempre de blanco y posee las maneras más dulces y simples. Tiene sólo dieciocho años. Le voy a dar tres lecciones por semana. Y, ¡date cuenta, Joe!, me pagarán cinco dólares por lección. No tengo, pues, el más mínimo inconveniente en enseñarle; así, cuando tenga dos o tres alumnos más, podré reanudar mis lecciones con herr Rosenstock. Bueno, desarruga ahora ese ceño, querido, y comamos bien.

-Eso te conviene mucho, Delia -repuso Joe, atacando una lata de guisante con un cortaplumas y un tenedor-, pero, ¿qué me dices de mí? ¿Crees que voy a dejar que corras de un lado a otro en busca del sueldo, mientras yo coquetee en las regiones del arte elevado? ¡Por los restos de Benvenuto Cellini, no! Me parece que puedo vender diarios o colocar adoquines en las calles, y ganar un par de dólares.

Delia se le colgó del cuello.

-Joe, querido, eres tonto. Debes continuar tus estudios. No sería lo mismo si yo dejara la música y fuese a trabajar en alguna otra cosa. Mientras enseño, aprendo. No me aparto de los límites de la música. Y, con quince dólares por semana, podemos vivir como millonarios. No debes pensar en abandonar al señor Magister.

-Perfectamente -dijo Joe estirándose para coger el plato azul de verduras-. Pero detesto que des lecciones. Eso no es arte. Pero eres lo suficientemente buena como para hacer eso.

-Cuando una ama su Arte, ningún sacrificio es demasiado arduo -dijo Delia.

-Magister exaltó hasta el cielo el boceto que hice en el parque -dijo Joe-. Y Tinkle me dio permiso para colgar dos de ellos en su vidriera. Podré vender alguno si los ve algún idiota adinerado.

-Estoy segura de que lo harás -repuso Delia dulcemente-. Y ahora, agradezcamos al general Pinkey y a este asado de ternera.

Durante la semana siguiente, los Larrabee tomaron el desayuno temprano. Joe se hallaba entusiasmado con los bocetos de efectos matutinos que estaba haciendo en el Parque Central, y Delia lo despidió, desayunado, mimado, ponderado y besado, a las 7. El Arte es una novia comprometedora. Muchas veces, cuando regresaba, eran las 19.

Al final de la semana, Delia, dulcemente orgullosa pero lánguida, colocaba de manera triunfal tres dólares sobre la mesa de centro de ocho por diez (pulgadas) de la sala de ocho por diez (pies) del departamento.

-A veces -dijo la mujer con cierto hastío-, Clementina me acaba. Me parece que no practica lo suficiente y tengo que repetirle todos los días las mismas cosas. Y siempre se viste de blanco, lo cual se torna monótono. ¡Pero el general Pinkey es el viejo más encantador que he visto! Me agradaría que lo conocieses. A veces se presenta cuando estoy practicando con Clementina, y se para frente al piano, tirándose sus blancos bigotes. ¿Y cómo marchan las semicorcheas y las fusas?� me pregunta siempre.

¡Me gustaría que vieras cómo tienen arreglada la sala, Joe! Poseen cortinas con ruedo de Astracán. Clementina tiene una tos muy cómica. Espero que sea más fuerte de lo que aparenta. Oh, le estoy cobrando verdadero cariño; ¡es tan cortés y distinguida!... El hermano del general Pinkey fue embajador en Bolivia.

Joe, con el aire de un Montecristo, extrajo un billete de diez dólares, uno de cinco, uno de dos, y uno de uno -todas tiernas notas legales- y los dejó al lado de las ganancias de Delia.

-Vendí la acuarela del obelisco a un hombre de Peoría -le comunicó abrumadoramente.

-No me bromees -repuso Delia-, ¡no es de Peoría!

-Te lo aseguro. Me gustaría que lo conocieras, Delia. Es grueso, usa una bufanda de frisa y mondadientes de pluma de ave. Vio el dibujo en la vidriera de Tinkle y al principio creyó que era un molino de viento. Sin embargo, el hombre resultó una bendición, pues luego lo compró. Me pidió otro, un óleo de la estación ferroviaria de Lackawanna. ¡Lecciones musicales! Oh, creo que el Arte radica todavía en eso.

-Estoy muy contenta de que continúes en tus trabajos -dijo Delia cordialmente-. Estás llamado a triunfar, querido. ¡Treinta y tres dólares! Nunca hemos dispuesto antes de tanto dinero. Esta noche comeremos ostras.

-Y filet mignon y champaña -dijo Joe-. ¿Dónde está el tenedor para aceitunas?

El sábado siguiente por la noche Joe llegó a su hogar. Colocó sus dieciocho dólares sobre la mesa de la salita y se lavó la pintura de las manos, que parecían demasiado sucias.

Media hora después se hizo presente su esposa, con la mano derecha vendada.

-¿Qué significa esto? -interrogó Joe después de su usual saludo. Delia rió, pero no muy alegremente.

-Clementina -explicó la mujer- insistió en que comiera conejo de Gales después de la lección. Es una muchacha extraña. Semejante comida a las 17. El general estaba presente. Tendrías que haberlo visto correr con la fuente, Joe, como si no hubiera sirvienta en la casa. Me he dado cuenta de que Clementina no goza de buena salud; es muy nerviosa. Al servir, dejó caer sobre mi brazo un gran trozo de conejo hirviendo. Me quemó horriblemente, Joe. ¡La pobre muchacha estaba muy afectada por lo que le sucedió! El general Pinkey, Joe, casi se vuelve loco. Se lanzó escaleras abajo y envió a alguien -dicen que al cocinero o alguna persona de servicio- a una farmacia, en busca de un poco de óleo calcáreo y vendas para atarme la mano. Ahora no me duele mucho.

-¿Qué es esto? -interrogó Joe tomándole tiernamente la mano y tirando de los algodones que tenía debajo de la venda.

-Es algodón con óleo calcáreo -repuso Delia-. Oh, Joe, ¿vendiste el otro cuadro? -había visto el dinero sobre la mesa.

-¿Si lo vendí? -interrogó el esposo-; pregúntale al hombre de Peoría. Hoy llevó el que representa a la estación. Tal vez me pida el paisaje de un parque y una vista del Hudson. ¿A qué horas te quemaste la mano, Dele?

-Creo que a las 17 -contestó la mujer quejumbrosamente-. La plancha, quiero decir el conejo, lo sacaron del fuego más o menos a esa hora. Tendrías que haber visto al general Pinkey, Joe, cuando ...

-Siéntate aquí un momento, Dele -dijo Joe. La arrastró hasta el sofá, se sentó al lado de ella y la rodeó con sus brazos.

-¿Qué has estado haciendo durante las dos últimas semanas? -interrogó el hombre.

Delia lo desafió durante unos instantes con una mirada preñada de amor y decisión, y murmuró vagamente un par de frases acerca del general Pinkey. Pero, por fin, agachó la cabeza y surgieron la verdad y las lágrimas.

-No pude conseguir ningún alumno -confesó-. Y no me era posible tolerar que abandonaras tus lecciones, de manera que he conseguido una ocupación de lavandera en ese gran taller de lavado y planchado de la calle Veinticuatro. Creo que procedí bien al inventar la existencia del general Pinkey y de Clementina, ¿no te parece! Esta tarde, cuando una muchacha del lavadero me asentó una plancha caliente en el brazo, inventé esa historia del conejo de Gales. ¿No estás enojado, verdad, Joe? Si no hubiera conseguido el trabajo no habrías podido vender tus pinturas al hombre de Peoría.

-No era de Peoría -repuso Joe lentamente.

-Bueno, no interesa de dónde procedía. ¡Qué inteligente que eres, Joe!... Y..., bésame, Joe... ¿Qué fue lo que te hizo sospechar que no daba lecciones a Clementina?

-No sospeché -repuso el hombre- hasta esta noche. Y tampoco habría desconfiado, si no hubiera sido porque esta tarde envié esos algodones y el óleo calcáreo, desde el cuarto de máquinas, para una muchacha del piso alto que se había quemado la mano con la plancha. He estado trabajando en las máquinas de ese lavadero durante las dos últimas semanas.

-Y entonces tú no...

-Mi comprador de Peoría -dijo Joe- y el general Pinkey son ambos creación del mismo arte, al cual no podrías llamar ni pintura ni música.

Ambos rieron y Joe comenzó:

-Cuando uno ama su propio Arte ningún sacrificio parece...

Pero Delia lo interrumpió poniéndole la mano en los labios.


William Sydney Porter, O. Henry. (1862-1910)


Más relatos. I Relatos de terror. I Novelas góticas.


Más Literatura:

El argumento del suicidio: Samuel Coleridge

Samuel Taylor Coleridge nos vuelve a impresionar con su lucidez en este poema, un argumento y una refutación del suicidio.


El Argumento del Suicidio.
The Suicide's Argument; Samuel Taylor Coleridge (1772-1834)

Sobre el comienzo de mi vida,
Si lo deseaba o no, nadie jamás me preguntó,
No podía ser de otra manera.
Si la vida era la cuestión,
Una cosa enviada a intentar
La afirmación del vivir,
¿Algo que no puede ser?
Un intento de morir.

La Respuesta de la Naturaleza:

¿Se retorna igual que al ser enviado?
¿No es peor el cansancio, el desengaño?
¡Piensa primero en lo que eres!
¡Convoca a tu antigua conciencia!
Te he dado inocencia,
Te he dado esperanza,
Y salud, y genio, y una amplia mañana,
¿Retornarás culpable, aletargado,
Abatido por la desesperanza?
Escribe por lo que debes vivir,
Haz un inventario, compara.
¡Entonces muere, si te atreves!

Samuel Taylor Coleridge (1772-1834)


Más poemas de Samuel Taylor Coleridge. I Poemas ingleses. I Poemas de muerte. I Poemas del romanticismo. I Poemas de dolor. I Poemas tristes.


Más Literatura:
El poema de Samuel Taylor Coleridge: The Suicide's Argument; fue traducido al español por El Espejo Gótico. Para la utilización de nuestra versión escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Poética inglesa.

Poemas Ingleses.
L-Z.

  • La alcoba del Edén (Eden bower, Dante Rossetti)
  • La bailarina (The dancing girl, John Barlas)
  • Lachin y Gair (Lachin and Gair, Lord Byron)
  • La Balada del Viejo Marinero (The Rime of the Ancient Mariner, Samuel Coleridge)
  • La belle dame sans merci (La belle dame sans merci, John Keats)
  • La belleza del cuerpo (Body's Beauty, Dante Rossetti)
  • La belleza es vana (Beauty is vain, Christina Rossetti)
  • La bruja (The witch, Mary Elizabeth Coleridge)
  • La canción de las sombras (The Song of Shadows, Walter de la Mare)
  • La dama de Shalott (The lady of Shalott, Alfred Tennyson)
  • La defensa de Ginebra (The defense of Guenevere, William Morris)
  • La definición del amor (The definition of love, Andrew Marvell)
  • La doncella bienaventurada (The blessed damozel, Dante Gabriel Rossetti)
  • La fuente de las lágrimas (The fountain of tears, Arthur William Edgar O'Shaughnessy)
  • Lágrimas (Tears, idle tears, Lord Alfred Tennyson)
  • Lágrimas, no fluyan (Tears, flow no more, Edward of Cherbury)
  • La hija del molinero (The miller's daughter, Alfred Tennyson)
  • La lágrima (The tear, Lord Byron)
  • La mejor cosa del mundo (The best thing in the world, Elizabeth Barret Browning)
  • La mediocridad en el amor (Mediocrity in love rejected, Thomas Carew)
  • La melodía de las siete torres (The tune of the seven towers, William Morris)
  • Lamento (Regret, Charlotte Brontë)
  • Lamia (Lamia, John Keats)
  • La mosca (The fly, William Blake)
  • Lámparas de la calle (Street lanterns, Mary Elizabeth Coleridge)
  • La muerte y la dama (Death and the lady, Mary Elizabeth Coleridge)
  • La mujer blanca (The white woman, Mary Elizabeth Coleridge)
  • La noche del amor (Love's Nocturne, Dante Gabriel Rossetti)
  • La parte inmortal (The inmortal part, A.E. Housman)
  • La playa de Dover (Dover Beach, Matthew Arnold)
  • La presencia del amor (The presence of love, Samuel Taylor Coleridge)
  • La primera vez que me besó (The first time he kissed me, Elizabeth Barret Browning)
  • La Ruina (The Ruin, Walter de la Mare)
  • Las Hespérides (Hesperides: or the works both human and divine, Robert Herrick)
  • La sirena (The mermaid, Alfred Tennyson)
  • La torre oscura (Childe Roland to the dark tower came, Robert Browning)
  • La tumba de mi Señora (My Lady's Grave, Emily Brontë)
  • La única certeza (The one certainty, Christina Georgina Rossetti)
  • La vida enterrada (The buried life, Matthew Arnold)
  • La voz (The voice, Matthew Arnold)
  • Lepanto (Lepanto, G.K. Chesterton)
  • Los años (The years, Dinah Craik)
  • Los dos terrores (The two terrors, Amy Levy)
  • Los placeres de la melancolía (The pleasures of melancholy, Thomas Warton)
  • Los ritos funerarios de la rosa (The funeral rites of the rose, Robert Herrick)
  • Lucy (Lucy, William Wordsworth)
  • Lujuria de los ojos (The lust of the eyes, Elizabeth Eleanor Siddal)
  • Luz en la oscuridad (Light in the darkness, George Heath)
  • Luz repentina (Sudden light, Dante Gabriel Rossetti)
  • Manfred (Manfred, Lord Byron)
  • Mater dolorosa (Mater dolorosa, William Barnes)
  • Mediodía silencioso (Silent noon, Dante Gabriel Rossetti)
  • Melancolía (Melancholy, Samuel Taylor Coleridge)
  • Mensajero de la muerte (The messenger of death, John Stagg)
  • Mi Duquesa muerta (My last duchess, Robert Browning)
  • ¡Mis cartas! papel muerto (¡My letters! all dead paper, Elizabeth Barret Browning)
  • Mortalidad (Mortality, Dinah Craik)
  • Muerte (Death, Emily Brontë)
  • Muerte (Death, John Donne)
  • Muerte (Death, Thomas Hood)
  • Muerte prematura (Elizabeth Eleanor Siddal)
  • Muerte vergonzosa (William Morris)
  • Noche (Night, William Blake)
  • Noches grises (Ernest Dowson)
  • No hay un mañana (Ann Finch)
  • No mires en mis ojos, por temor (Look not in my eyes, for fear, A.E. Housman)
  • No preguntes (Thomas Carew)
  • No vengas cuando esté muerto (Lord Alfren Tennyson)
  • No volveremos a vagar (Lord Byron)
  • Nunca dijimos adiós (Mary Elizabeth Coleridge)
  • Oda a la melancolía (John Keats)
  • Oda a Maia (John Keats)
  • Olvido (Evelyn Barlas)
  • Orgullo de juventud (Dante Gabriel Rossetti)
  • Otoño (Elizabeth Eleanor Siddal)
  • Oscuridad (Lord Byron)
  • Para alguien en el manicomio (Ernest Dowson)
  • Para el vino de Circe de Edward Burne Jones (For the wine of Circe by Edward Burne Jones, Dante Rossetti)
  • Partida (Parting, Charlotte Brontë)
  • Partida al amanecer (Parting at Morning, Robert Browning)
  • Pasión (Charlotte Brontë)
  • Pecado (George Herbert)
  • Pena (Algernon Swinburne)
  • Pena (Elizabeth Barret Browning)
  • Pena (Mary Elizabeth Coleridge)
  • Pensamientos a medianoche (Thoughts at Midnight, Elizabeth Carter)
  • Pensamiento por un solitario... (Elizabeth Barret Browning)
  • Perdido (Elizabeth Eleanor Siddal)
  • Placer (Charlotte Brontë)
  • Plegaria en la oscuridad (Gilbert Keith Chesterton)
  • Por la noche yacimos... (Lord Alfred Tennyson)
  • Por los campos veníamos (Along the fields as we came by, A.E. Housman)
  • Por qué ella se lamenta (D.H. Lawrence)
  • Prospice (Robert Browning)
  • Primer amor (John Clare)
  • Proverbios del infierno (William Blake)
  • Qué claro brilla (Emily Brontë)
  • Realidad del amor (Coventry Patmore)
  • Recuerda (Christina Georgina Rossetti)
  • Requiescat (Lord Alfred Tennyson)
  • Retrato (Christina Georgina Rossetti)
  • Resumen de lo humano (William Blake)
  • Rosas azules (Rudyard Kipling)
  • Si has de amarme (Elizabeth Barret Browning)
  • Si la verdad del corazón (If truth in hearts, A.E. Housman)
  • Silencio (Silence, Thomas Hood)
  • Sir Gawain y el caballero verde (anónimo)
  • Sobre el dolor de otro (William Blake)
  • Sobre la muerte (John Keats)
  • Sobre una persona que ha muerto... (Amy Levy)
  • Sólo una mujer (Dinah Craik)
  • Sombras (Shadows, A.C. Benson)
  • Sonetos de William Shakespeare.
  • Sueño de amor (Dante Gabriel Rossetti)
  • Sueño nupcial (Nuptial sleep, Dante Rossetti)
  • Temo tus besos (I fear thy kisses, Percy Shelley)
  • Te vi llorar (I saw thee weep, Lord Byron)
  • Thalaba el destructor (Robert Southey)
  • Tierra de sueños (Christina Georgina Rossetti)
  • Todas las cosas morirán (Lord Alfred Tennyson)
  • Totalmente solo (All alone, Mary Robinson)
  • Tres veces tonto (The triple fool, John Donne)
  • Últimas palabras a Miriam (D.H. Lawrence)
  • Una canción de muerte (William Morris)
  • Una despedida (A Leave-Taking, Algernon Swinburne)
  • Un año y un día (Elizabeth Eleanor Siddal)
  • Una última palabra (Ernest Dowson)
  • Un deseo (A wish, Samuel Rogers)
  • Un eco de Willowwood (An echo from Willowwood, Christina Rossetti)
  • Un maizal verde (A green corfield, Christina Rossetti)
  • Un prisionero en el calabozo (A prisoner in a dungeon deep, Anne Brontë)
  • Un reloj dando la medianoche (Thomas Beddoes)
  • Un sueño de muerte (A dream of death, Dinah Craik)
  • Ven, camina conmigo (Come, walk with me, Emily Brontë)
  • Venus y la Muerte (Venus and Death, Coventry Patmore)
  • Versos a Fanny Brawne (John Keats)
  • Vino de las hadas (Wine of the fairies, Percy Shelley)

  • Más Poemas Ingleses.
    A-D. E-K.

    Poesia inglesa

    Poemas Ingleses.
    E-K.


    Más Poemas Ingleses.
    A-D. L-Z.

    Poemas de inglaterra.

    Poemas Ingleses.
    A-D.

  • Acuérdate de mí (Remember me, Lord Byron)
  • Agotada (Worn out, Elizabeth Eleanor Siddal)
  • Aire y ángeles (Air and angels, John Donne)
  • A la imaginación (To imagination, Emily Brontë)
  • A la memoria (To memory, Mary Elizabeth Coleridge)
  • A la muerte (To death, Amy Levy)
  • A la música (To music, Robert Herrick)
  • A la partida de monsieur (On monsieur's departure, Elizabeth I de Inglaterra)
  • A la púdica amada (Andrew Marvell)
  • A las damas (To the ladies, Lady Mary Chudleigh)
  • A la soledad (To solitude, John Keats)
  • A la sombra de la muerte (The shadow of death, George Heath)
  • Alastor, o el espíritu de la soledad (Alastor: or, The Spirit of Solitude, Percy Shelley)
  • Aléjate de mí (Away from me, Elizabeth Barret Browning)
  • Al final (At last, Elizabeth Siddal)
  • Allí pasa la gente indiferente (There pass the careless people, Alfred Housman)
  • Alonso el bravo y le bella Imogina (Alonzo the brave and the Fair Imogina; Matthew Lewis)
  • Alquimia del amor (Love's alchemy, John Donne)
  • Al sueño (To sleep, John Keats)
  • Amor completo (Love fulfilled, William Morris)
  • Amor muerto (Dead love, Elizabeth Eleanor Siddal)
  • Amor negativo (Negative love, John Donne)
  • Amor profanus (Amor profanus, Ernest Dowson)
  • Amor sincero (True love, Elizabeth Eleanor Siddal)
  • Amor terrible (Terrible love, Evelyn Barlas)
  • Amor y odio (Love and hate, Elizabeth Eleanor Siddal)
  • Amor y soledad (Love and solitude, John Clare)
  • Amor y sueño (Love and sleep, Algernon Swinburne)
  • Anademas de la belleza (Anadems of beauty, John Barlas)
  • Antes del ocaso (Before sunset, Algernon Swinburne)
  • Aparición (Aparition, John Donne)
  • Así es la muerte (Such, such is death, Charles Hamilton Sorley)
  • A su amada (To his mistress, Robert Herrick)
  • Augurios de inocencia (Auguries of innocence, William Blake)
  • Balada de un entierro (Balad of a burial, Rudyard Kipling)
  • Beowulf (Beowulf, anónimo)
  • Blanco en la luna (White in the moon, A.E. Housman)
  • Brinda por mi solo con los ojos (Ben Jonson)
  • Bosque silencioso (Silent wood, Elizabeth Eleanor Siddal)
  • Canción de la novia (Bride song, Christina Georgina Rossetti)
  • Canción fúnebre (Dead song, Christina Georgina Rossetti)
  • Como al despertar de los sueños (As When From Dreams Awaking, Caroline Norton)
  • Conferencia sobre la sombra (John Donne)
  • Constancia de mujer (Woman's constancy, John Donne)
  • Corazón de la noche (The heart of the night, Dante Gabriel Rossetti)
  • Corazón roto (Broken heart, John Donne)
  • Cuando deba dormir (When I shall sleep, Emily Brontë)
  • Cuando el ojo del día se cierra (When the eye of the day is shut, A.E. Housman)
  • Cuando en la solitaria quietud de la tumba (When in the lonely stillness of the tomb, John Barlas, Evelyn Douglas)
  • Cuando esté muerta (When I am Dead, My Dearest, Christina Rossetti)
  • Cuando la luna cae sobre mi lecho (When on my bed the moonlight falls, Lord Alfred Tennyson)
  • Cuando nos separamos (When we two parted, Lord Byron)
  • Cuando nuestras almas (When our two souls, Elizabeth Barret Browning)
  • Cuando tenía veintiún años (When I was one-and-twenty, A.E. Housman)
  • Dama cruel (Cruel mistress, Thomas Carew)
  • De la muerte al amor (From dead to love, Dante Gabriel Rossetti)
  • Deleite en el desorden (Delight in disorder, Robert Herrick)
  • De profundis (De profundis, Christina Georgina Rossetti)
  • De qué modo te amo? (How do I love thee, Elizabeth Barret Browning)
  • Desesperación (Despair, Samuel Taylor Coleridge)
  • Despedida (Farewell, Lord Alfred Tennyson)
  • De todas las almas creadas (Of all the souls that stand create, Emily Dickinson)
  • Dicen que mi poesía es triste, no me extraña (They said that my verse are sad: no wonder, A.E. Housman)
  • Dilo otra vez, y aún otra más (Say over again, and yet once over again, Elizabeth Barret)
  • Dolores del sueño (The pains of sleep, Samuel Taylor Coleridge)
  • Dominus illuminatio mea (Dominus illuminatio mea, Richard Blackmore)
  • Donde ella confesó su amor (Where she told her love, John Clare)
  • ¿Dónde está el poeta? (¿Where's the Poet?, John Keats)

  • Más Poemas Ingleses.
    E-K. L-Z.

    Poemas para mujeres.

    Crear una sección de poemas para mujeres puede sonar sexista, aunque en este caso la idea provenga de una mujer. La sugerencia llegó de una mujer muy importante en mi vida, casi diría que una segunda madre, y que desde hace un mes descansa en sitios más agradables que este.

    Definir lo femenino, o pretender abarcar una noción parcializada de la poesía, está lejos de nuestras intenciones. Aquí simplemente reuniremos algunos poemas para mujeres, seleccionados para una mujer muy especial.


    Poemas para mujeres.
    Ordenados alfabéticamente.

    A-D.
    E-K.
    L-Z.



    Más literatura.
    Todos los poemas para mujeres de esta sección fueron traducidos por El Espejo Gótico. Para la utilización de nuestras versiones escríbenos a elespejogotico@gmail.com.

    La locura de Andelsprutz: Lord Dunsany.

    La fantasía en la literatura de Lord Dunsany suele adquirir la forma de una ciudad gloriosa, espléndida en su arquitectura, e irremediablemente muerta.

    Lo hemos disfrutado en muchos de sus cuentos y relatos y jamás nos cansaremos, ya que siempre es diferente: cada ciudad, cada peregrino alucinado que visita las ruinas orgullosas, son como pequeños reflejos de un espejo descomunal, inabarcable.


    La Locura de Andelsprutz.
    The Madness of Andelsprutz; Lord Dunsany (1878-1957)

    Vi por primera vez la ciudad de Andelsprutz una tarde de primavera. Estaba colmado de sol cuando me acercaba por el sendero de los campos, y toda aquella mañana había estado pensando: El sol dará en los muros cuando vea por primera vez la hermosa ciudad conquistada que me ha nutrido de amables sueños.

    De pronto vi alzarse de los campos sus murallas y detrás los campanarios. Entré por una de las puertas y vi las casas y las calles, y me invadió una gran pesadumbre. Porque cada ciudad tiene su aire, sus maneras, se distinguen como un hombre de otro. Hay ciudades llenas de felicidad y ciudades llenas de placer, y también ciudades llenas de melancolía. Hay ciudades con sus caras al cielo y otras que humillan el rostro a tierra; unas hay que parecen contemplar el pasado y otras el futuro; algunas os observan fijamente cuando pasáis, otras os miran de pasada, otras os dejan pasar. Algunas aman las ciudades que son sus vecinas, otras son amadas de las llanuras y de las umbrías. Algunas ciudades se ofrecen desnudas al viento, otras envuélvense en capas púrpura, otras en capas pardas, y otras se tocan de blanco. Algunas cuentan el viejo cuento de su infancia, que otras guardan secreto; algunas ciudades cantan, y algunas musitan, y algunas sienten ira, y algunas tienen sus corazones rotos, y cada ciudad sale a recibir al tiempo de muy distinta manera.

    Me había yo dicho: Veré a Andelsprutz arrogante en su hermosura; y había dicho: La veré llorar por su conquista. Había dicho: Me cantará canciones, y será tácita, estará ataviada y estará desnuda, pero espléndida.

    Mas las ventanas de las casas de Andelsprutz miraban espantadas las llanuras, como los ojos de un loco. A su hora resonaron sus campaniles ingratos y desacordados; las campanas de unos estaban desentonadas, y cascadas las de otros, y sus tejados desnudos de musgo. Al atardecer, ningún rumor placentero se levantaba en sus calles. Cuando las lámparas se encendían en sus casas, ningún místico rayo se escapaba hacia la sombra; veríais simplemente que estaban encendidas las lámparas. Andelsprutz no tiene aspecto ni maneras propios. Cuando cayó la noche y se corrieron las cortinas sobre las ventanas, percibí lo que no había pensado a la luz del día. Entonces conocí que Andelsprutz estaba muerta.

    Vi en un café a un hombre rubio que bebía cerveza, y le pregunte: ¿Por qué está casi muerta la ciudad de Andelsprutz y cuándo se ha escapado su alma? El contestó: Las ciudades no tienen alma, y en los ladrillos no hay vida nunca. Y yo le dije: Sir, usted ha dicho la verdad.

    Hice a otro hombre igual pregunta y me dio la misma respuesta, y le agradecí su cortesía; y vi a un hombre de más sutil complexión, con el cabello negro y surcos en las mejillas por el correr de las lágrimas, y le pregunté: ¿Por qué está muerta Andelsprutz y cuándo se quedó sin alma? Y respondió: Andelsprutz esperó demasiado. Durante treinta años tendió sus brazos todas las noches hacia la tierra de Akla, a la Madre Akla, a la que había sido robada. Todas las noches esperaba y suspiraba y tendía sus brazos a la Madre Akla. A media noche, una vez al año, en el aniversario del terrible día, Akla enviaba emisarios secretos que pusieran una guirnalda sobre los muros de Andelsprutz. No pudo hacer más. Y en esta noche, una vez al año, yo acostumbraba llorar, porque llorar era el modo de la ciudad que me crió. Todas las noches, mientras las otras ciudades dormían, sentábase aquí Andelsprutz a meditar y a esperar, hasta que treinta guirnaldas ciñeron sus paredes y los ejércitos de Akla aún no podían venir. Mas después de esperar tanto tiempo, y en la noche que los fieles emisarios habían traído la última de las treinta guirnaldas, Andelsprutz se volvió loca de pronto. Las campanas sonaron su espantoso clamor en las torres, los caballos relincharon en las calles, aullaron todos los perros, despertaron los estólidos conquistadores, revolvieronse en sus lechos y se durmieron otra vez; y entonces vi levantarse la forma sombría y gris de Andelsprutz, que coronaba sus cabellos con los fantasmas de las catedrales, y salió de su ciudad. Y la grande forma sombría que era el alma de Andelsprutz se fue gimiendo a los montes, y allí la seguí, porque ¿no había sido ella mi nodriza?

    Sí; marché solo a los montes, y por tres días, envuelto en mi capa, dormí en sus brumosas soledades. Nada tenía para comer, y para beber sólo el agua de los torrentes de las montañas. De día no había cosa viviente a mi lado, y nada oía, sino el ruido del viento y el estruendo de los torrentes de la montaña. Mas durante las tres noches oí en torno, sobre la montaña, los ecos de una gran ciudad; vi resplandecer por momentos sobre las cimas las luces de los ventanales de una alta catedral, y a veces la linterna vacilante de alguna patrulla de la fortaleza. Y vi la enorme silueta nebulosa del alma de Andelsprutz sentada, cubierta con sus aéreas catedrales, que se hablaba a si misma, los ojos fijos hacia adelante en desvariada contemplación, y contando de antiguas guerras. Y su charla confusa de aquellas noches sobre la montaña era por veces la voz del tráfico, y luego de las campanas de las iglesias, y después sones de trompetas, pero casi siempre era la voz de encendida guerra; y todo era incoherente, y ella estaba completamente loca.

    A la tercera noche llovió copiosamente, mas yo permanecí para contemplar el alma de mi ciudad natal. Y aún estaba ella sentada mirando hacia adelante, delirando; pero ahora su voz era más dulce. Había en ella más armonía de campanas, y a veces de canción.

    Era pasada la medianoche, y aún la lluvia lloraba sobre mi, y aún las soledades de la montaña estaban llenas de los gemidos de la pobre ciudad loca. Y vinieron las horas siguientes a la media noche, las horas frías en que mueren los enfermos.

    Súbitamente percibí grandes formas que se movían entre la lluvia, y oí el eco de voces que no eran de mi ciudad ni de ninguna de las que había conocido. Y distinguí al punto, si bien confusamente, las almas de un gran concurso de ciudades que se inclinaban sobre Andelsprutz y la confortaban; y los torrentes de las montañas mugían aquella noche con las voces de las ciudades silenciosas desde muchos siglos atrás. Porque allí vino el alma de Camelot, que abandonara a Usk tanto tiempo hace; y allí estaba Troya, ceñida de torres, maldiciendo todavía el dulce rostro ruinoso de Elena; vi a Babilonia y a Persépolis y la faz barbada de Nínive, la de cabeza de toro; y a Atenas, que lloraba a sus dioses inmortales.

    Y las almas de las ciudades que estaban muertas hablaron aquella noche en el monte a mi ciudad y la consolaron, hasta que dejó de pedir guerra y sus ojos dejaron de mirar espantados; mas ocultó su rostro entre las manos y lloró dulcemente durante algún tiempo. Alzóse por fin, y andando pausadamente, con la cabeza inclinada, y apoyándose en Troya y en Cartago, marchó dolorida hacia Oriente; y el polvo de sus caminos arremolinábase a su espalda, un polvo espectral que nunca se tornaba en lodo a pesar de la lluvia. Y así se la llevaron las almas de las ciudades, y fueron desapareciendo del monte, y las antiguas voces se desvanecieron en la distancia.

    No he vuelto a ver desde entonces viva a mi ciudad; pero una vez hallé a un viajero, quien dijo que en alguna parte, en medio de un gran desierto, están congregadas las almas de todas las ciudades muertas. Dijo haberse extraviado una vez en un lugar en que no había agua y que había oído sus voces hablar toda la noche.

    Pero yo dije: Una vez estuve sin agua en el desierto y oí que me hablaba una ciudad; mas no supe si hablaba o no, porque oí aquel día muchas cosas terribles y sólo algunas eran verdaderas.

    Y el hombre de cabello negro dijo: Yo creo que es cierto, aunque no sé de dónde venía. No sé más sino que un pastor me encontró por la mañana desvanecido de hambre y de frío y me trajo aquí; y cuando llegué, Andelsprutz, como habéis visto, estaba muerta.

    Lord Dunsany (1878-1957)


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