«La cosa en el bosque»: Bernard Capes; relato y análisis.
«Condenado a tomar esta forma al atardecer,
y así aullar alrededor de las puertas de los hombres
hasta que el bendito día lo liberara.»
y así aullar alrededor de las puertas de los hombres
hasta que el bendito día lo liberara.»
La cosa en el bosque (The Thing In The Forest) es un relato de hombres lobo del escritor inglés Bernard Capes (1854-1918), publicado originalmente en la antología de 1915: Los fabulistas (The Fabulists), y luego reeditado en El libro negro del hombre lobo (Black Book of the Werewolf).
La cosa en el bosque, uno de los cuentos de Bernard Capes más reconocidos, es una historia breve dentro de la narrativa más amplia de Los fabulistas, donde cuatro hombres: Heriot, Scarrott, Duxbury y Raven, quienes viajan de pueblo en pueblo, se cuentan extrañas anécdotas en cada parada. La cosa en el bosque es una de las historias contadas por Raven.
El cuento nos sitúa en las montañas de Hungría, y comienza con una joven recién casada llamada Elspet, que regresa sola a su cabaña después de comprar víveres en la aldea. Al pasar junto a una iglesia aislada, divisa un lobo. Algo en la expresión del animal le indica que es más que una simple bestia. Naturalmente, Elspet siente miedo, pero también compasión. Tal es así que, antes de huir toma un pedazo de carne de su cesta y se la arroja al lobo.
Ya en la cabaña, Elspet pasa la noche sumida en una terrible angustia espiritual. Está convencida de haber pecado mortalmente al alimentar al licántropo. Al día siguiente, la joven se dirige a la iglesia. El párroco, llamado Ruhl, escucha su confesión, y Elspet se lleva una sorpresa cuando descubre que el sacerdote no es lo que parece.
La cosa en el bosque es una historia corta, cuyo valor se pierde fuera del contexto de Los fabulistas. De todos modos constituye un resumen preciso de las leyendas de hombres lobo, y una aproximación más adulta al cuento de Caperucita Roja, con Elspet caminando sola por el bosque con su cesta [ver: ¡No salgas del camino! El Modelo «Caperucita Roja»]
Si bien el hombre lobo tradicional está ligado a una maldición, este tropo sería reemplazado por alguien que simplemente está en el lugar equivocado, en el momento equivocado, y es mordido. La cosa en el bosque juega más con el pecado, la noción de que la licantropía responde a una desviación de la doctrina cristiana. Elspet piensa en los hombres lobo como seres condenados, pecadores, cuya condición surge como castigo. El padre Ruhl, evidentemente, cuenta con algunos «pecados inconfesables» en su pasado [ver: Razas y clanes de hombres lobo]
La revelación final de que el padre Ruhl es el hombre lobo es fácil de intuir. En definitiva, solo hay dos candidatos: Stefan, el marido de Elspet, y el sacerdote. Sin embargo, en 1915, el motivo del hombre lobo era todavía lo suficientemente raro como para causar algo de sorpresa. De todos modos, Bernard Capes no busca el impacto; más bien se apoya en la idea de un sacerdote diabólico para darle un matiz más controversial a la historia. Recordemos que Ruhl confiesa a Elspet, y luego se transforma.
En lo personal, creo que La cosa en el bosque es una reinterpretación del cuento de Caperucita Roja, o un retorno a su forma más cruda [ver: Psicología de Caperucita Roja]. La única duda que nos deja Bernard Capes es qué clase de pecado cometió el sacerdote para ser condenado a pasar el resto de su vida como un licántropo, pero eso, desde la perspectiva de Elspet, no tiene demasiada importancia.
La cosa en el bosque.
The Thing In The Forest, Bernard Capes (1854-1918)
(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)
En los bosques nevados de la Alta Hungría, en invierno, los lobos se adentran sigilosamente; pero hay cosas peores, más terribles, que golpean el corazón del viajero solitario.
Una tarde de diciembre, Elspet, la joven esposa, recién casada, del leñador Stefan, llegó apresuradamente por las laderas bajas de las Montañas Blancas desde el pueblo donde había estado todo el día haciendo compras. Llevaba una cesta con provisiones debajo del brazo; sus mejillas regordetas parecían dos manzanas frías; su respiración era entrecortada, más por nerviosismo que por cansancio. Se acercaba el anochecer, y se alegró al ver la pequeña y solitaria iglesia en el valle, el centro, por así decirlo, de muchos senderos que se ramificaban entre los árboles, uno de los cuales era el camino a su cálida cabaña, a medio kilómetro de distancia.
Se detuvo un instante al pie de la ladera, indecisa sobre si entrar en el pequeño y frío edificio y suplicar protección a la gran y maltrecha imagen de piedra de Nuestra Señora del Socorro que se encontraba dentro, junto al confesionario; Pero el silencio y la creciente oscuridad la convencieron, y siguió adelante. Una chispa de fuego que brillaba a través de la ventana de la casa parroquial parecía repelerla más que atraerla, y se alegró cuando las curvas del sendero la ocultaron de su vista. Siendo nueva en el distrito, apenas había visto al padre Ruhl, y de alguna manera, el conocimiento penetrante y la mirada ardiente del párroco la incomodaban.
El suave montículo, el sendero de pinos altos e inmóviles, se extendía en una quietud sepulcral. En algún lugar, el sol, como un fuego extinto, se había convertido en brasas opalescentes, apenas luminosas, que bastaban para rozar las sombras con una palidez aún más espantosa. Reinaba tal silencio que el leve crujido de sus propios pasos en la nieve le oprimió el corazón, como una profanación.
De repente, algo cerca de ella que no había estado antes apareció. Llegó como una sombra, sin más ruido ni aviso. Estaba aquí, allá, detrás de ella. Se giró, presa del pánico, y vio un lobo. Con un grito ahogado y temblorosos miembros, intentó apresurarse en su camino; y supo, aunque no había indicios de persecución, que la sombra deslizante la seguía de cerca. Desesperada por el terror, se detuvo una vez más y la enfrentó.
¡Un lobo! ¿Era un lobo? ¡Quién podría dudarlo! Sin embargo, la expresión salvaje en esos ojos hambrientos, tan perdidos, tan lastimeros, ¡tan mezclados de hambre insaciable y necesidad humana! Condenado, por sus pecados inefables, a tomar esta forma al atardecer, y así aullar y olfatear alrededor de las puertas de los hombres hasta que el bendito día lo liberara. Un hombre lobo... no un lobo.
Esa terrible comprensión golpeó a la muchacha como un cuchillo surgido de la oscuridad: por un instante estuvo a punto de desmayarse. Y entonces un gemido bajo rompió su corazón y lo inundó de compasión. Tan perdido, tan infinitamente desesperanzado. Y tan lastimero... sí, a pesar de todo, tan lastimero. Había pecado, más allá de cualquier pecado que su inocencia conociera o su experiencia pudiera comprender; pero era una mujer, muy afortunada, muy feliz, con todas sus comodidades y la certeza de su amor. Sabía que estaba prohibido socorrer a esos marginados, condenados y sin nombre, ayudarlos o compadecerse de ellos de ninguna manera.
Pero…
En su cesta había buena cantidad de carne, ¿y quién tenía por qué saberlo o contarlo? Con manos temblorosas encontró y arrojó un trozo a la bestia desolada; luego, dándose la vuelta, se apresuró a seguir su camino. Pero en casa, su pecado secreto se le presentó, interponiéndose entre su marido y ella, proyectó su sombra sobre los rostros de ambos. ¿Qué se había atrevido a hacer? ¿Qué había hecho? Con su propio acto había perdido su derecho de nacimiento a la inocencia; con su propio acto se había puesto en manos del mal al que había servido. Toda aquella noche permaneció postrada, avergonzada y horrorizada, y todo el día siguiente, hasta que Stefan terminó de cenar y se marchó, se movió en una agonía muda. Entonces, impulsada insoportablemente por el recuerdo de su rostro atribulado y desconcertado, al acercarse el crepúsculo, se puso su manto y bajó a la pequeña iglesia del valle para confesar su pecado.
«Madre, perdóname y sálvame», susurró al pasar junto a la estatua.
Tras tocar el timbre para llamar al confesor, apenas se había arrodillado ante el confesionario en la penumbra de la capilla, fría y vacía como una bóveda, cuando la barandilla del presbiterio crujió y se oyeron los pasos del padre Ruhl sobre las piedras.
Él llegó, tomó asiento tras la reja; y, entre suspiros y vacilaciones, Elspet confesó su culpa. Y cuando, con la cabeza gacha, terminó, un sonido extraño le respondió: era como una risita, y sin embargo, no tanto una risa como un gruñido.
Con una conmoción como la de la muerte, levantó la mirada. Era el padre Ruhl quien estaba sentado allí, y, sin embargo, no era el padre Ruhl. En ese instante crepuscular, su rostro ya estaba cambiando, afilándose, volviéndose lobuno: los ojos redondos y la mandíbula babeante. Jadeó y retrocedió; entonces, ladrando y mordisqueando la reja, él cayó con una mirada malévola, y ella lo oyó acercarse. El puro horror la paralizó. Con un grito, se puso de pie de un salto y huyó. Su manto se enganchó en algo; hubo un tirón y un estruendo, y, como una inundación, el olvido la envolvió.
Fue el anciano sacristán, sordo y casi senil, quien los encontró allí tendidos: la mujer ilesa pero inconsciente, el sacerdote aplastado por la caída de la antigua estatua, que llevaba tiempo tambaleándose hasta derrumbarse. Ella se recuperó; de él, nadie sabe dónde yace enterrado. Pero circularon historias siniestras de una manada aullando aquella noche, y de un pavimento vacío y ensangrentado cuando fueron a buscar el cuerpo.
Bernard Capes (1854-1918)
(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)
Relatos góticos. I Relatos de Bernard Capes.
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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Bernard Capes: La cosa en el bosque (The Thing In The Forest), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



















































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