«La casa de Asterión»: J.L. Borges; relato y análisis


«La casa de Asterión»: J.L. Borges; relato y análisis.




La casa de Asterión (La casa de Asterión) es un relato fantástico del escritor argentino Jorge Luis Borges (1899-1986), publicado originalmente en 1947 en el periódico Anales de Buenos Aires, y luego reeditado en la antología de 1949: El Aleph (El Aleph).

La casa de Asterión, sin dudas uno de los grandes cuentos de J.L. Borges, narra la historia de un hombre que vaga por los laberintos de su casa. Temeroso de salir al exterior, deambula por las habitaciones, se esconde, recorre como un espectro las vastas galerías, finge dormir. En una palabra: aguarda.

Esa espera está repleta de misterios. Se habla de nueve hombres, que lo visitan cada nueve años, cuyos cadáveres Asterión deposita en cuartos vacíos mientras reflexiona acerca de su propia muerte, sobre la llegada de aquel que por fin lo liberará de esa existencia triste.

El nombre del protagonista del relato es Asterión, nombre que refiere a varios personajes de los mitos griegos. Sin embargo, al final de cuento se devela el misterio de su identidad: Asterión es en realidad el Minotauro, la extensa casona y sus incontables habitaciones son el Laberinto, y el último de los nueve es nada menos que Teseo.

De este modo, J.L. Borges cuenta la historia desde la perspectiva del Monstruo (el Minotauro) —con un frondoso vocabulario que homenajea a Edgar Allan Poe—, no desde la del héroe (Teseo), y al final esclarece lo que realmente ocurrió entre ambos en el centro del Laberinto, donde no hubo lucha ni actos heróicos, sino simplemente un Monstruo que aguarda la espada, que se deja matar, para ser libre.




La casa de Asterión.
La casa de Asterión, J.L. Borges (1899-1986)

Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias.

Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad.

Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la Tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura?

Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el Sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras.

Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo; aunque mi modestia lo quiera.

El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro porque las noches y los días son largos.

Claro que no me faltan distracciones.

Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos).

Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión.

Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca.

A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.

No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce (son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar.

Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce (son infinitos) los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado Sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.

Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que, alguna vez llegaría mi redentor.

Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas.

¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?


El Sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.


—¿Lo creerás, Ariadna? —dijo Teseo—. El minotauro apenas se defendió.

J.L. Borges (1899-1986)




Relatos góticos. I Relatos de J.L. Borges.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Jorge Luis Borges: La casa de Asterión (La casa de Asterión), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Cuentos de diez minutos»: Algernon Blackwood; libro y análisis


«Cuentos de diez minutos»: Algernon Blackwood; libro y análisis.




Cuentos de diez minutos (Ten Minute Stories) es una colección de relatos de terror del escritor inglés Algernon Blackwood (1869-1951), publicada en 1914.

Cuentos de diez minutos es la sexta antología del autor, e incluye algunos de los mejores relatos de Algernon Blackwood, a esta altura verdaderos clásicos del género; y con la particularidad, si damos crédito a al título, de que cada uno de ellos pueden leerse en apenas diez minutos.




Cuentos de diez minutos.
Ten Minute Stories, Algernon Blackwood (1869-1951)
  • Complicidad previa al hecho (Accessory Before the Fact)
  • La casa del pasado (The House of the Past)
  • Luces antiguas (Ancient Lights)
  • Puedes telefonear desde aquí (You May Telephone from Here)
  • Allanamiento de sueños (Dream Trespass)
  • Arriba y abajo (Up and Down)
  • Cura de fé en el canal (Faith Cure on the Channel)
  • Dos en uno (Two in One)
  • El alquiler (The Lease)
  • El día más largo de Jimbo (Jimbo's Longest Day)
  • El impulso (The Impulse)
  • El secreto (The Secret)
  • Entrada y salida (Entrance and Exit)
  • Imaginación (Imagination)
  • La cita diferida (The Deferred Appointment)
  • La colección de gnomos (The Goblin Collection)
  • La extraña desaparición de una baronesa (Strange Disappearance of a Baronet)
  • La invitación (The Invitation)
  • La plegaria (The Prayer)
  • La segunda generación (The Second Generation)
  • Los Alpes de invierno (The Winter Alps)
  • Los que susurran (The Whisperers)
  • No dejes que el sol (Let Not the Sun)
  • Noticias vs. nutrición (News vs. Nourishment)
  • Pinos (Pines)
  • Si la gorra calza (If the Cap Fits)
  • Su cumpleaños (Her Birthday)
  • Viento (Wind)
  • Violencia (Violence)




Relatos góticos. I Libros de Algernon Blackwood.


El análisis y resumen del libro de Algernon Blackwood: Cuentos de diez minutos (Ten Minute Stories), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Dile a las mujeres que nos vamos»: Raymond Carver; relato y análisis


«Dile a las mujeres que nos vamos»: Raymond Carver; relato y análisis.




Dile a las mujeres que nos vamos (Tell the Women We’re Going) es un relato de terror del escritor norteamericano Raymond Carver (1938-1988), publicado en la antología de 1981: De qué hablamos cuando hablamos de amor (What We Talk About When We Talk About Love).

Dile a las mujeres que nos vamos, sin dudas uno de los mejores relatos de Raymond Carver, cuenta la historia de dos amigos, Bill y Jerry, en apariencia, perfectamente normales: ambos con trabajo, familia y preocupaciones banales, que cierto día siguen a dos mujeres por la carretera y las asesinan.

En este sentido, Dile a las mujeres que nos vamos es menos un clásico cuento de terror que un relato psicológico fascinante, donde Raymond Carver nos sumerge, poco a poco, en lo profundo de la psique de estos dos hombres, cuyas vidas, aparentemente, transitan por las típicas ambiciones y frustraciones, pero que también son capaces de cultivar, en perfecto secreto, inconfesables impulsos homicidas.

De este modo, Raymond Carver construye a dos asesinos —en realidad, un asesino y su cómplice— a partir de dos sujetos en donde el Mal (con mayúscula) parece estar ausente hasta que por fin se manifiesta.



Dile a las mujeres que nos vamos.
Tell the Women We’re Going, Raymond Carver (1938-1988)

Bill Jamison había sido siempre el mejor amigo de Jerry Roberts. Ambos habían crecido en la zona sur, cerca del viejo parque de atracciones. Habían ido juntos a la escuela primaria y luego a la secundaria, y más tarde entraron juntos en Eisenhower, donde hicieron cuanto estuvo en su mano para tener el mayor número de profesores comunes, se intercambiaron camisas y suéteres y pantalones con pinzas, y salieron con las mismas chicas.

En el verano conseguían trabajos juntos: macerar melocotones, recoger cerezas, deshebrar lúpulo, cualquier cosa que les proporcionase algo de dinero y en donde no hubiera que soportar a un patrón al acecho. Y compraron un coche a medias. El verano anterior a su último curso, juntaron el dinero y se compraron un Plymouth rojo del 54 por 325 dólares.

Lo compartieron. Y todo salió perfectamente.

Pero Jerry se casó antes de que finalizara el primer semestre, y abandonó los estudios para tomar un empleo fijo en el centro comercial Robby’s. En cuanto a Bill, también él había salido con la chica. Carol, y se llevaba muy bien con Jerry, y Bill iba a visitarlos siempre que podía. Tener amigos casados le hacía sentirse más adulto. Solía ir a almorzar o a cenar, y escuchaban a Elvis o a Bill Haley y los Comets.

Pero a veces Carol y Jerry empezaban a comportarse... bueno, como suelen hacerlo las parejas, sin importarles que Bill estuviera delante. Entonces Bill se levantaba y se excusaba y se iba andando hasta la estación de servicio Dezorn’s a tomarse una gaseosa, pues en el apartamento de Jerry no había más que una cama abatible en la sala de estar. O bien ellos se metían en el cuarto de baño, y Bill se iba a la cocina y fingía interesarse por la alacena o el frigorífico mientras trataba de no escuchar.

Así que Bill empezó a no ir tan a seguido; y, después de graduarse en junio, consiguió un empleo en la fábrica Darigold y se alistó en la Guardia Nacional. Al cabo de un año tenía a su cargo su propia ruta lechera y mantenía relaciones formales con Linda. De modo que Bill y Linda iban a visitar a Jerry y Carol, y bebían cerveza y oían discos.

Carol y Linda se llevaban bien, y a Bill le halagó que Carol le dijera —así, confidencialmente— que Linda era genial.

También a Jerry le gustaba Linda.

—Es estupenda— comentó Jerry.

Cuando Bill y Linda se casaron, Jerry fue el padrino de boda. La fiesta, naturalmente, fue en el Donnelly Hotel, y Jerry y Bill se tomaron del brazo, bebieron el ponche de un trago, y se despacharon a gusto con toda clase de diabluras. Pero en determinado momento, en medio de toda aquella alegría, Bill miró a Jerry y pensó en lo mucho que había envejecido, pues tenía veintidós años y aparentaba muchos más. Para entonces tenía ya dos hijos y había ascendido en Robby’s a adjunto a la gerencia, y había otro retoño en camino.

Se veían todos los sábados y domingos, y más a menudo si había una fiesta. Cuando hacía buen tiempo, Bill y Linda iban a casa de Jerry, y asaban salchichas, mientras dejaban a los niños en la piscina portátil que Jerry había conseguido —al igual que tantas otras cosas— en el centro comercial donde trabajaba.

Jerry tenía una bonita casa. Estaba sobre una colina desde donde se divisaba el Naches. Había otras casas en las cercanías, pero no muy próximas. A Jerry le iban las cosas a pedir de boca. Cuando Bill y Linda y Jerry y Carol se reunían, lo hacían siempre en casa de Jerry, pues era él quien tenía la barbacoa y los discos y los niños que no dejaban de alborotarse.

Sucedió un domingo en casa de Jerry.

Las mujeres estaban en la cocina preparando las cosas. Las hijas de Jerry jugaban en el jardín. Lanzaban una pelota de plástico a la piscinita, chillaban y se metían a chapotear detrás de ella. Jerry y Bill, echados en las tumbonas del patio, bebían cerveza y descansaban. Bill llevaba el peso de la conversación: hablaba de gente que conocían, de Darigold, del Pontiac Catalina de cuatro puertas que pensaba comprarse.

Jerry miraba fijamente el tendedero, o el Chevy descapotable del 68 que estaba en el garaje. Bill pensó que Jerry iba a acabar por quedarse ensimismado, mirando como miraba todo el tiempo fijamente y sin decir esta boca es mía.

Bill se movió en su tumbona y encendió un cigarrillo. Preguntó:

—¿Te sucede algo, muchacho? Quiero decir, ya sabes.

Jerry acabó su cerveza y aplastó la lata. Se encogió de hombros.

—Ya sabes— dijo.

Bill asintió con la cabeza.

Luego Jerry propuso:

—¿Qué tal si nos damos una vuelta?

—Me parece perfecto —aprobó Bill—. Les diré a las mujeres que nos vamos.

Tomaron la carretera del río Naches rumbo a Gleed. Conducía Jerry. El día era cálido y soleado, y el aire azotaba el interior del coche.

—¿Adónde vamos? —preguntó Bill.

—Vamos a echar unas partidas de billar.

—Estupendo —celebró Bill. Se sentía mucho mejor viendo a Jerry animado.

—Hay que salir de vez en cuando —se justificó Jerry. Miró a Bill—. ¿Me entiendes, no?

Sí, Bill le entendía.

Le gustaba ir con los compañeros de la fábrica a jugar en la liga de bolos del viernes por la noche. Le gustaba irse un par de veces a la semana después del trabajo a tomarse unas cervezas con Jack Broderick. Sabía que los jóvenes tienen que salir de vez en cuando.

—Al pie del cañón —dijo Jerry mientras tomaba la pista de grava que conducía al Rec Center.

Entraron. Bill sostuvo la puerta para que pasara Jerry, y al pasar Jerry le dio un puñetazo suave en el estómago.

—¡Qué hay, gente!

Era Riley.

—¿Eh, cómo están, chicos?

Riley salía de detrás de la barra sonriendo abiertamente. Era un hombre corpulento. Llevaba una camisa hawaiana de manga corta que le colgaba fuera de los tejanos. Riley repitió:

—¿Cómo están, chicos?

—Calla y sírvenos un par de Olys —pidió Jerry, guiñando un ojo a Bill—. ¿Y tú cómo estás, Riley?

Riley continuó:

—¿Cómo les va, chicos? ¿Dónde se han metido? ¿Tienen algún lío de faldas? La última vez que te vi, Jerry, tenías a la señora de seis meses.

Jerry se quedó quieto unos instantes, y pestañeó.

—¿Qué hay de esos Olys? —insistió Bill.

Se sentaron en unos taburetes cerca de la ventana. Jerry comentó:

—¿Qué local es éste, Riley, sin una sola chica un domingo por la tarde?

Riley rió. Contestó:

—Imagino que están todas en la iglesia rezando para conseguir marido.

Se tomaron cinco latas de cerveza cada uno y tardaron dos horas en jugar tres partidas de turnos y dos de billar ruso. Riley, sentado en un taburete, hablaba y miraba cómo jugaban. Bill no paraba de mirar primero su reloj y luego a Jerry.

Bill saltó:

—¿Bueno, en qué piensas, Jerry? Repito, ¿en qué piensas?

Jerry acabó la lata, la aplastó y se quedó un momento dándole vueltas en la mano. Luego salieron.

Una vez en la carretera, Jerry empezó a pisarle a fondo: a veces ponía el coche a ciento treinta y ciento cuarenta kilómetros por hora. Acababan de adelantar a una vieja furgoneta cargada de muebles cuando vieron a las dos chicas.

—¡Mira eso! —exclamó Jerry, reduciendo la marcha—. Ya haría yo algo con ellas.

Jerry siguió como una milla y salió de la carretera.

—Volvamos —propuso—. Intentémoslo.

—Bueno... —dudó Bill—. No sé.

—Yo les haría algo —insistió Jerry.

—Sí. Pero no sé...

—Vamos, hombre —le apremió Jerry.

Bill miró el reloj y luego miró en torno. Dijo:

—Bueno, pero habla tú. Yo estoy fuera de forma.

Jerry hizo sonar la bocina mientras giraba en redondo. Cuando se acercó a la altura de las chicas redujo la velocidad. Hizo entrar el Chevy en el arcén. Las chicas siguieron pedaleando en dirección opuesta, pero se miraron una a otra y rieron. La que ocupaba el borde de la pista era alta y esbelta y tenía el pelo oscuro; la otra era rubia y más menuda. Ambas llevaban shorts y blusas que dejaban al descubierto la espalda.

—Perras —masculló Jerry—. La morena es para mí —decidió—: la pequeña es tuya.

Bill se echó hacia atrás en su asiento y se tocó el puente de las gafas de sol.

—Esas no van a hacer nada —auguró.

—Pronto las tendrás a tu lado— le contradijo Jerry. Cruzó la autopista y dio marcha atrás—. Prepárate— anunció.

—Hola —dijo Bill cuando alcanzaron las bicicletas—. Me llamo Bill.

—Muy bonito —dijo la morena.

—¿Adónde van?

Las chicas no respondieron. La pequeña rió. Siguieron pedaleando y Jerry siguió conduciendo.

—Eh, vamos. ¿Adónde van? —insistió Bill.

—A ningún sitio —contestó la pequeña.

—¿Y dónde es ningún sitio?

—Ya te gustaría saberlo —coqueteó la pequeña.

—Te he dicho mi nombre —respondió Bill—. ¿Cuál es el tuyo? Este se llama Jerry.

Las chicas se miraron y rieron.

Apareció un coche a la zaga. El conductor tocó el claxon.

—¡A la mierda! —gritó Jerry.

Aceleró hasta despegarse de las bicicletas y dejó que el coche lo adelantara. Luego retrocedió hasta situarse al lado de las chicas. Bill propuso:

—Demos un paseo. Las llevaremos adonde quieran. Lo prometo. Tienen que estar cansadas de darles a los pedales. Tienen pinta de cansadas. No es bueno el exceso de ejercicio. Y menos para las chicas.

Las chicas rieron.

—¿Lo ven? —continuó Bill—. Ahora vamos, díganos cómo se llaman.

—Yo soy Bárbara, y ésta es Sharon —dijo la menuda.

—¡Perfecto! —exclamó Jerry—. Ahora entérate de a dónde van.

—¿Adónde van? —quiso saber Bill—. ¿Eh, Bárbara?

La chica rió.

—A ninguna parte —respondió—. Por la carretera.

—¿Pero por la carretera adónde?

—¿Te importa que se lo diga? —le preguntó a su amiga.

—No, me da igual —contestó la amiga—. Me da exactamente igual. No voy a ir a ninguna parte con nadie —resolvió la chica llamada Sharon.

—¿Adónde van? —insistió Bill—. ¿A Picture Rock?

Las chicas rieron.

—Allí es donde van —aseguró Jerry.

Apretó el acelerador del Chevy, adelantó a las chicas y se metió en el arcén: ahora habrían de pasar a su lado.

—No sean así —dijo Jerry. Y les instó—: Vamos. Si ya hemos sido presentados —argumentó.

Las chicas pasaron de largo.

—¡No mordemos! —bromeó Jerry.

La morena miró hacia atrás. A Jerry le pareció que le miraba con cierta aprobación, pero con una chica nunca se sabe. Entonces volvió como un rayo a la calzada; de los neumáticos salieron disparados guijarros y tierra.

—¡Nos veremos! —les gritó Bill al pasar a su lado.

—Está con ganas —comentó Jerry—. ¿No has visto la mirada que me ha echado?

—No sé —dudó Bill—. Quizá sería mejor que volviéramos a casa.

—¡Pero si está hecho! —dijo Jerry.

Salió de la carretera y se detuvo bajo unos árboles. La carretera se bifurcaba allí, en Picture Rock, de donde partía un ramal para Yakima y otro para el Naches, Enumclaw, el puerto de Chinook y Seattle.

A unos cien metros de la autopista se alzaba una alta e inclinada masa de roca negra, parte integrante de una cadena poco elevada de colinas llenas de senderos y pequeñas cuevas, en cuyas paredes podían verse numerosas inscripciones indias. El lado escarpado de la roca daba a la carretera, y sobre él había escritas cosas como éstas:


NACHES 67.
LOS WILDCATS DE GLEED.
JESÚS NOS SALVA.
DERROTAD A YAKIMA.


Y:


ARREPENTÍOS.


Se quedaron dentro del coche, fumando. Los mosquitos trataban de picarles en las manos.

—Cómo me gustaría tener una cerveza —exclamó Jerry—. Iría a beberme una.

—Y yo —coreó Bill, y miró el reloj.

Cuando divisaron a las chicas, Jerry y Bill salieron del coche. Se apoyaron sobre la aleta delantera.

—Recuerda —dijo Jerry, apartándose del coche—. La morena es mía. Tú te encargas de la otra.

Las chicas dejaron las bicicletas en el suelo y tomaron uno de los senderos. Desaparecieron tras un recodo y volvieron a aparecer un poco más arriba. Ahora estaban allí, quietas, y miraban hacia abajo.

—¿Para qué nos siguen, eh chicos? —gritó la morena.

Jerry tomó el sendero.

Las chicas se volvieron y se alejaron de nuevo a buen paso. Bill fumaba un cigarrillo, y se paraba de vez en cuando para dar una honda chupada. Cuando llegaron a un recodo, miró hacia atrás y vio el coche.

—¡Muévete! —le instó Jerry.

—Ya voy —respondió Bill.

Siguieron subiendo. Pero Bill tuvo que recobrar el resuello. Ya no podía ver el coche. Tampoco la carretera. A su izquierda pudo ver una franja del Naches, que se extendía hacia abajo como una tira de papel de aluminio.

Jerry dijo:

—Vete a la derecha y yo iré de frente. Les cortaremos el paso a esas dos.

Bill asintió con la cabeza. Jadeaba demasiado para poder hablar. Siguió subiendo durante un rato; el sendero empezó a descender y a encaminarse hacia el valle. Bill miró y vio a las chicas. Se habían puesto en cuclillas tras un saliente del terreno. Tal vez estaban sonriendo.

Bill sacó un cigarrillo. Pero no pudo encenderlo. Entonces vio a Jerry. Y después de aquello, ya no importaba.

Lo que Bill había querido era, quizás, verlas desnudas. Pero tampoco le habría importado mucho que la cosa no saliera. No llegó a saber lo que quería Jerry. Pero todo empezó y acabó con una piedra. Jerry utilizó la misma con las dos chicas.

Raymond Carver (1938-1988)




Relatos góticos. I Relatos fantásticos.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Raymond Carver: Dile a las mujeres que nos vamos (Tell the Women We’re Going), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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