«El mundo eterno»: Clark Ashton Smith; relato y análisis


«El mundo eterno»: Clark Ashton Smith; relato y análisis.




El mundo eterno (The Eternal World) es un relato de terror del escritor norteamericano Clark Ashton Smith (1893-1961), publicado originalmente en la edición de marzo de 1932 de la revista pulp Wonder Stories, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1948: Genius Loci y otros cuentos (Genius Loci and Other Tales).

El mundo eterno, uno de los mejores cuentos de Clark Ashton Smith, y probablemente de los menos conocidos, relata la historia de Christopher Chandon, un científico que crea una máquina única capaz de viajar a otras esferas de tiempo y de vida.

Es importante aclarar que El mundo eterno no es el típico relato de ciencia ficción —aunque de hecho pertenece al género— acerca de un científico loco que diseña una máquina del tiempo; en general, con el propósito de efectuar una crítica social más o menos ingeniosa. Todo lo contrario. De hecho, el cuento está basado en un viejo ensayo de Clark Ashton Smith titulado: A través del curso del tiempo (Across the Time-Stream), donde el autor plantea una conjetura particularmente inquietante.

Viajar en el tiempo nos permitiría conocer otras formas de vida, la mayoría, tan extrañas e indistinguibles de la energía que no seríamos capaces de reconocerlas. No obstante, aquellas que sí podríamos procesar a través de la conciencia invariablemente nos conducirían al horror, ese Horror Cósmico que tan exquisitamente se desarrolla en El mundo eterno.




El mundo eterno.
The Eternal World, Clark Ashton Smith (1893-1961)

Christopher Chandon se acercó a la ventana de su laboratorio para mirar por última vez a las montañas solitarias. Probablemente no volvería a verlas.

Sin vacilar, aunque con algo de remordimiento, contempló el escabroso barranco de abajo, donde las sombras góticas de los abetos y las cicutas se estiraban sobre un pequeño riachuelo plateado. Vio la pendiente de granito y, más allá, los dos picos más cercanos de las Sierras, cuyas cumbres azules estaban coronadas por las primera nieves de otoño; y vio el sendero entre ellas, que yacía en una línea del continuo espacio-tiempo. Entonces, se volvió al extraño aparato cuyo diseño le había costado tantos años de experimentos.

Sobre una plataforma estaba colocado un cilindro con cierto parecido a una campana de buzo. Su base estaba hecha de metal, su mitad superior estaba hecha enteramente de un tipo de cristal indestructible. Una hamaca, inclinada en un ángulo de cuarenta grados, colgaba entre sus lados. Allí, Chandon pretendía amarrarse cuidadosamente para resistir las desconocidas velocidades a las que se enfrentaría.

Observando a través del cristal, podía captar cualquier fenómeno que el viaje pudiera ofrecerle. El cilindro había sido colocado en frente de un enorme disco de diez pies de diámetro, con unas cien perforaciones en su superficie plateada. Detrás se encontraban alineadas una serie de dínamos, diseñados para el desarrollo de un oscuro poder, el cual, a falta de un mejor nombre, Chandon bautizó como Fuerza Temporal Negativa. Había aislado este poder con infinito trabajo a partir de la energía positiva del tiempo: la gravedad, que causa y controla la rotación de los eventos en la Cuarta Dimensión.

El poder negativo, amplificado por los dínamos, removería hasta una distancia incalculable en términos del espacio-tiempo contemporáneo, cualquier cosa que se encuentre a su paso. No permitiría el viaje al pasado o al futuro, pero causaría una proyección instantánea a lo largo de la corriente temporal que envuelve todo el cosmos en su interminable flujo.

Lamentablemente, Chandon no había sido capaz de construir una máquina en la cual pudiera viajar y posiblemente retornar. Debía, en todo caso, sumergirse en lo desconocido. No obstante, había equipado el cilindro con un dispositivo de oxigeno, luz eléctrica, calor y provisiones para un mes aproximadamente. Incluso si su viaje terminaba en el espacio vacío, o en algún mundo cuyas condiciones sean incapaces de sostener la vida tal como la conocemos, al menos viviría lo suficiente como para llevar a las observaciones correspondientes.

Sin embargo, Chandon especulaba que su viaje no terminaria en el éter. Consideraba que los cuerpos cósmicos eran núcleos de tiempo y gravedad, y que la fuerza de propulsión permitiría que el cilindro sea arrastrado por una de esas fuerzas. Los riesgos eran altos, pero él los prefería sobre las monótonas certezas de la vida terrestre. Siempre había estado irritado por un sentimiento de limitación, y sólo había anhelado la vastedad inexplorada. Con algo de emoción en su corazón, le dio la espalda al las montañas y se encerró en el cilindro. Había instalado un cronómetro para activar los dínamos a la hora programada.

Recostado bajo las correas de cuero, aún quedaban unos minutos hasta que la máquina se encendiera. En esos instantes, por primera vez, se arrastró sobre él todo el terror y peligro de su experimento; y estuvo casi a punto de desamarrarse y salir antes de que fuera demasiado tarde. Tenía la sensación de ser alguien a punto de ser disparado desde la boca de un cañón.

Suspendido en un silencio sobrenatural, del cual todo sonido quedaba excluido por las paredes herméticas, se resignó a lo desconocido, con muchas conjeturas conflictivas sobre lo que podría ocurrirle. Podría o no sobrevivir el paso a través de las extrañas dimensiones; a una velocidad ante la cual la de la luz quedaría rezagada. Pero si sobrevivía, podría alcanzar las galaxias más lejanas con el material simple de la carne.

Sus miedos y suposiciones finalizaron con algo que vino con el sueño repentino... o con la muerte.

Todo parecía disolverse en una brillante llamarada; entonces, a su lado pasó un panorama fragmentado, una babel de impresiones, inefablemente múltiples. Le parecía que poseía mil ojos con los cuales captar en un instante el fluir de incontables mundos y eones. El cilindro parecía no existir más; y él mismo no parecía estar moviéndose. Pero todos los sistemas del tiempo pasaron a su lado, y los captó en fragmentos de millones de escenas, objetos, rostros, siluetas, ángulos y colores, que posteriormente recordó en la misma manera en que uno recuerda las visiones distorsionadas y ampliificadas de ciertas drogas.

Vio el enorme y verdoso bosque de líquenes, los continentes de hierbas, en planetas más lejanos que el sistema de Heracles. Ante él pasó, como una procesión arquitectónica, las ciudades de una milla de alto que portaban la suntuosa variedad de rosas, esmeraldas y dorados, forjados por los rayos oblicuos de tres soles. Contempló cosas innombrables en esferas desconocidas para los astrónomos. Sobre él se agrupaba la pavorosa e ilimitada escala de la vida interestelar y los ciclos de innumerables morfologías.

Parecía como si las fronteras de su cerebro hubieran sido expandidas para incluir la totalidad del flujo cósmico; que su pensamiento, como la red de alguna araña gigantesca, se había tejido a sí mismo de un mundo a otro, de una galaxia a otra, bajo el espantoso golfo del continuo infinito. Entonces, tan inesperadamente como inició, la visión finalizó y fue sustituida por algo totalmente diferente.

Fue sólo un instante después que Chadon pudo entender lo que había ocurrido, y perfilar la naturaleza y las leyes del nuevo ambiente hacia el que había sido proyectado. En ese espacio de tiempo (si uno puede usar una palabra tan inadecuada como tiempo) él era incapaz de cualquier otra cosa salvo la visión contemplativa: el extraño mundo sobre el cual miraba a través de la pared transparente del cilindro: un mundo que podría haber sido el sueño de algún geómetra enloquecido.

Era como una especie de glaciar planetario, repleto de formas ordenadamente grotescas e inundado de una luz blanca que obedecía a otras leyes de perspectivas. Las distancias eran literalmente interminables; no había horizonte, y aún así, nada parecía menguar en tamaño o en forma, sin importar su lejanía. Parte de la impresión recibida por Chandon era que este mundo se arqueaba hacia atrás sobre sí mismo como la superficie interior de una esfera hueca; que los pálidos paisajes retornaban por encima de su cabeza luego de que desaparecieran de vista.

Más cerca que cualquier otro objeto distinguió una enorme sección circular de tablón rústico; esa porción de la pared del laboratorio que se encontraba en la ruta del rayo negativo. Colgaba inerte en el aire como si estuviera suspendida de un campo de hielo invisible.

El fondo más allá del tablón estaba atestado por innumerables filas de objetos que sugerían tanto estatuas como formaciones cristaloides. Pálidos como el mármol, cada uno de ellos presentaba una mezcla de simples curvas y ángulos simétricos, los cuales, de alguna manera, incluían en estado latente una evolución geométrica casi eterna. Eran gigantescos, con una división rudimentaria de cabeza, cuerpo y extremidades, como si fueran seres vivientes. Detrás se encontraban otras formas que bien podrían ser los ciegos capullos o flores congeladas de una vegetación desconocida.

Chandon no tenía consciencia del paso del tiempo mientras observaba. No podía recordar nada, ni imaginarlo tampoco. No tenía consciencia de su cuerpo o de la hamaca sobre la que yacía, excepto como una imagen medio captada en la frontera de la visión. De alguna manera, en esa extraña impresión, sentía el pasivo dinamismo de las formas a su alrededor: el trueno silencioso, los rayos aún no lanzados, como si de un dios cataléptico se tratara; los átomos que encerraban el calor como soles sin encenderse. Ellos se manifestaban ante él, como lo habían hecho por toda la eternidad y como continuarían haciéndolo siempre. En este mundo no podía haber cambio, ni eventos.

Como lo comprendió más tarde, su intento de cambiar su posición en la corriente del tiempo lo condujo a un resultado imprevisto. Se había proyectado más allá del tiempo, en algún cosmos futuro donde el mismo éter, quizás, no era conductor de la fuerza temporal, y en el cual el fenómeno de secuencia era imposible. La pura velocidad de su vuelo lo había colocado en la frontera de esta eternidad, como algún explorador ártico atrapado en el hielo eterno.

Allí, obediente a las leyes de lo intemporal, parecía condenado a permanecer. La vida, tal como la conocemos, era imposible; y aún así —ya que la muerte involucraba una secuencia temporal—, era igualmente imposible para él morir. Debía mantener la posición en la cual aterrizó, debía sostener el mismo aliento que estaba respirando en el momento de su impacto con lo eterno.

Estaba petrificado en una catalepsia de los sentidos; en un brillante Nirvana de contemplación. Parecía, de acuerdo a toda lógica, que no había escape alguno. No obstante, debo relatar la cosa más extraña de todas; la cosa que, aparentemente, era inenarrable; que desafiaba la ley probada de la esfera sin tiempo.

Dentro del campo glacial de la visión de Chandon, a través de las hileras sin horizontes de figuras inmutables, llegó un objeto intruso que se deslizaba como a través de los eones; creció con la lentitud de algún milenario arrecife de coral en un océano cristalino. Incluso a primera vista, el objeto era ajeno a la escena; obviamente, como el cilindro de Chandon y la sección de la pared, de un origen no eterno. Era negro, lustroso, con mucho de la negrura del espacio interestelar o de los metales privados de la luz en el centro de los planetas. Se impulsaba sobre el paisaje con una solidez lumínica, y a pesar de ello, parecía rechazar la luz, aislándose del invariable esplendor.

La cosa se manifestó como un ancho prisma angulado, conducido sobre el éter y formando por el mismo acto de intrusión, una nueva imagen visual en los paralizados ojos de Chandon. En desafío a las leyes mentales de sus alrededores, le provocó formarse una idea de duración y de movimiento.

En su totalidad, la cosa era una nave enorme con forma de eje, empequeñeciendo el cilindro de Chandor como un trasatlántico a un bote. Flotaba apartado; un lisa masa de ébano sólido, hinchándose como un orbe con dos protuberancias que se alargaban hasta terminar en punta. La forma sugería haber sido fabricada para perforar algún medio resistente, aunque su material estaba destinado a permanecer desconocido para Chandon. Quizás, era conducida por una tremenda concentración de la fuerza del tiempo con la cual él había jugado tan temerariamente.

La nave intrusa, totalmente estacionaria, colgaba ahora sobre las filas de entidades petrificadas que se encontraban más alejadas en el campo de visión. Por gradaciones infinitas, una gran puerta circular se abrió en su base; y desde la abertura se proyectó un brazo como de grúa del mismo material negro que la nave. El brazo finalizaba en numerosas barras colgantes que de alguna manera daban la idea de apéndices semejantes a dedos.

Descendió sobre la cabeza de una de las extrañas figuras geométricas; y las múltiples barras, doblándose y extendiéndose, con lenta pero constante fluidez se envolvieron como una red de cadenas sobre el cuerpo cristaloide; entonces, la figura fue arrastrada hacia arriba, desvaneciéndose al final, junto con el brazo extensible en el interior de la nave. Nuevamente el brazo emergió para repetir la abducción, arrebatando otra de las cosas enigmáticas de su eterna inmovilidad. Y una vez más el apéndice descendió, tomando una tercera entidad. Todo esto fue hecho en profundo silencio; estando la inmedible lentitud de movimiento amortiguada por el éter, creando nada que el oído de Chandor pudiera interpretar como sonido.

Luego de la tercera desaparición, el brazo retornó, extendiéndose diagonalmente a una distancia más larga que la anterior, hasta que los dedos negros barrieron el cristal del cilindro de Chandon y se apretaron sobre él con un agarre irresistible. Fue apenas consciente de cualquier movimiento; pero le parecía que las filas de figuras blancas, los paisajes sin horizontes, estaban evadiéndose lentamente de su reconocimiento como un mundo que zozobraba. Vio el bulto de ébano de la gran nave hacia la cual fue conducido por el brazo extensible. Luego, el cilindro fue levantado hacia la abertura, dentro de la cual parecía que la luz era incapaz de seguirlo.

Chandon no podía ver nada; no era consciente de nada excepto de la sólida oscuridad que lo envolvía de la misma manera en que fue envuelto por la blanca luz sin matices de lo intemporal. Sentía a su alrededor la sensación de una vibración; una pulsión silenciosa que parecía propagarse en círculos desde algún centro dinámico; para pasar sobre y más allá de él a través de los eones como si emanara de algún corazón titánico cuyos latidos desafiaran la eternidad.

Simultáneamente, se dio cuenta de que su propio corazón estaba latiendo nuevamente, con el mismo ritmo de ese pulso desconocido; que inhalaba y exhalaba en obediencia a la vibración. En su cerebro aturdido nació una idea; el primer comienzo de una secuencia de pensamiento. Su cuerpo y su mente comenzaban a funcionar bajo la influencia ese poder que había sido lo suficientemente fuerte como para penetrar en el universo intemporal y recogerlo del éter petrificado.

La vibración comenzó a acelerarse, expandiéndose en poderosas ondulaciones. Se hizo audible como un colosal martilleo; y Chandon concibió la idea de gigantescos engranajes girando y palpitando en una prisión subterránea. La nave parecía estar avanzando a través de alguna barrera material. Sin lugar a dudas estaba liberándose a sí misma del mundo eterno, abriéndose camino de regreso hacia el tiempo. La oscuridad persistió, más como una radicación positiva que como una ausencia de luz. Poco a poco se aclaró; siendo reemplazada por una iluminación rojiza. Al mismo tiempo, la vibración disminuyó hasta convertirse un murmullo ahogado. Quizás, la oscuridad había estado asociada al desarrollo de la extraña fuerza que había capacitado a la nave para moverse y funcionar en ese medio.

Con el retorno al tiempo se había desvanecido.

Las facultades del cognición y movimiento, bajo sus normales parámetros temporales, reaparecieron en Chandon como si un siniestro diluvio se hubiese desatado. Fue capaz de correlacionar todo lo que le había ocurrido, e inferir en cierto grado el significado de su singular experiencia. Con creciente pavor, estudio la escena que le era visible desde su posición. El cilindro, junto a las extrañas figuras cristaloides, estaba colocado en una enorme habitación, probablemente el deposito central de la nave. El interior era curvo; y tanto arriba como en los alrededores estaban colocadas enormes desconocidas maquinarias. No muy lejos, vio el brazo extensible. Parecía como si la fuerza de la gravitación estuviera inerte en la superficie interior de la nave; ya que algunos seres peculiares pasaron frente a Chandon mientras él los observaba, y corrieron hacia arriba sobre las paredes hasta que colgaron invertidos desde el techo con la naturalidad de las moscas.

Había quizás una docena de esos seres. Nadie con una referencia biológica terrestre podría siquiera haberlos imaginado con exactitud. Cada uno poseía un cuerpo toscamente globular con el hemisferio superior hinchándose para formar dos cabezas cónicas y sin cuello. El hemisferio inferior terminaba en muchos miembros y apéndices, algunos de los cuales eran usados para caminar y otros para prensar. Las cabezas no tenían formas, pero una lustrosa membrana semejante a una red colgaba entre ellas, temblando continuamente. Algunos de los apéndices inferiores, ondulando como tentáculos, terminaban en órganos que bien podrían servir como ojos, oídos, narices y bocas.

Estas criaturas brillaban con una luz plateada y aparentaban ser casi transparentes. En el centro de las cabezas, una mancha escarlata resplandecía y se marchitaba con un ritmo regular; y los cuerpos esféricos se oscurecían y se iluminaban como si fuera un intercambio rítmico. Chandon sintió que estaban formados de alguna sustancia no protoplasmática, quizás de un mineral que se había organizado a sí mismo como células vivas. Sus movimientos eran rápidos, diestros, con un equilibrio inhumano; y parecían capaces de ejecutar muchos movimientos diferentes con con perfecta simultaneidad.

Chandon estaba impactado hasta el punto de una nueva inmovilidad producto del estupor. Con conjeturas vanas y fantásticas buscó resolver el misterio. ¿Quiénes eran estas criaturas y cuál había sido su propósito al penetrar en la dimensión eterna? ¿Por qué habían removido algunos de sus habitantes juntos con él? ¿Adónde se dirigía la nave? ¿Estaba regresando a algún lugar del tiempo y del espacio, al mundo planetario desde el cual había emprendido este extraño viaje?

No podía estar seguro de nada; pero sabía que había caído en las manos de seres elevados, expertos navegantes del espacio-tiempo. Habían sido capaces de construir una nave inimaginable; y quizá de explorar y registrar todas la profundidades desconocidas. Si no lo hubiesen rescatarlo, nunca habría logrado escapar de la intemporalidad, dentro de la cual había sido lanzado por sus propios esfuerzos estúpidos por cruzar la corriente secular. Cavilando, se volvió hacia sus compañeros. Apenas podía reconocerlos bajo el resplandor rojizo; sus pálidos planos y ángulos parecían haber experimentado un cambio sutil mientras la luz vibraba sobre ellos con destellos sanguinolentos, confiriéndoles una extraña apariencia de vida.

Y entonces vio un inequívoco movimiento en una de las entidades petrificadas; y se dio cuenta que la cosa había comenzado a alterar su forma, la fría sustancia marmórea parecía fluir como el mercurio. La cabeza rudimentaria asumió una forma austera de muchas características. Los miembros se iluminaron, y otros nuevos de un uso indeterminado crecieron. Las curvas simples y ángulos se multiplicaron con una misteriosa complejidad. Un ojo con forma de diamante, ardiendo con un fuego azul, apareció en el rostro, y fue rápidamente seguido por otros. La cosa parecía estar padeciendo, en pocos momentos, todo el proceso de alguna evolución suspendida.

Chandon vio que las otras figuras estaban mostrando alteraciones singulares; si bien en cada caso el desarrollo era individual. Las formas geométricas comenzaron a hincharse como capullos, y devinieron en líneas de una grandeza celestial. La palidez fue sustituida por una iridiscencia ultraterrena, con matices opalinos que se desplegaban con diseños siempre vivos de ceñidos arabescos y un arcoíris de jeroglíficos.

El humano sintió la insurgencia de una vida sin límites, de un intelecto superior. Un estremecimiento de terror, eléctrico y fantasmal, lo recorrió. El proceso que él había acabado de ver era demasiado incalculable, demasiado tremendo. ¿Quién o qué, podía limitar y controlar las actividades liberadas de estos Eternos, surgidas de su sueño? Seguramente, estaba en presencia de seres iguales a los dioses, a los demonios y genios de los mitos. Es. Vio que la maravillosa transformación fue también observada por los propietarios de la nave. Estas criaturas, precipitándose desde el interior de la esfera, comenzaron a aglomerarse alrededor de las entidades intemporales. Sus movimientos mecánicos y premeditados, la elevación de ciertos miembros que finalizaban en órganos semejantes a ojos, hablaban de una excitación y curiosidad inhumanas. Parecían estar inspeccionando las formas transfiguradas con el aire de biólogos especializados quienes se habían preparado para un evento de tal magnitud y se encontraban satisfechos con su consumación.

Los Intemporales, al parecer, sentían también curiosidad acerca de sus captores. Los ojos llameantes le devolvieron la mirada a los tentáculos periscópicos, y ciertos extraños apéndices con forma de cuerno de su elevada cima comenzaron a estremecerse inquisitivamente, como sin en la recepción de una desconocida impresión sensorial. Entonces cada uno de los tres adelantó un único brazo sin articulaciones, emitiendo a mitad del aire siete largos rayos de luz púrpura a manera de mano que se proyectaron con forma de abanico. Estos rayos, sin lugar a dudas, eran capaces de recibir y transmitir impresiones táctiles. Lenta y deliberadamente se extendieron, y cada uno de los abanicos, curvándose donde encontraba una superficie curvada, comenzaron a jugar con un destello rítmico.

Estos seres, como si estuvieran alarmados o perturbados, retrocedieron y buscaron eludir los rayos inquisidores. Los dedos púrpuras se alargaron y los rodearon, lo sostuvieron indefensos, los recorrieron ampliamente y se adherían en algunas zonas como si exploraran toda su anatomía. Desde las dos cabezas hasta las almohadillas en formas de discos que le servían de pies, los seres estaban envueltos con flotantes anillos y bastoncillos de luz. Otros miembros de la tripulación de la nave, más allá del alcance de los rayos, se habían retirado hacia una distancia segura. Uno de ellos alzó a uno de sus miembros en un gesto rápido y enfático. Tanto como Chandon podía ver, el Ser no había tocado ninguna de las maquinarias de la nave. Pero como en obediencia al gesto, un enorme mecanismo circular y semejante a un espejo comenzó a girar en lo alto.

El mecanismo parecía estar hecho de alguna sustancia pálida y traslúcida que no era ni metal ni cristal. Cesando su rotación, como si el enfoque deseado se hubiese asegurado, el lente emitió un rayo de una luz sin matices, que de alguna manera le recordó a Chandon la fría y congelada radiación del mundo eterno. Este rayo, cayendo sobre las entidades intemporales, era claramente represivo en su efecto. Inmediatamente los rayos en forma de dedos abandonaron su exploración, y se retiraron hacia los brazos sin articulaciones que a su vez fueron contraídos. Los ojos se cerraron, los diseños opalinos se enfriaron, y los extraños seres divinos parecieron perder sus complejos ángulos para recuperar su antigua quietud de cristales en estado letárgico. Y aún así, todavía estaban con vida, reteniendo aún las increíbles líneas de su fluorescencia sobrenatural.

En su asombro y maravilla ante esta escena milagrosa, Chandon se había liberado automáticamente de las cuerdas de cuero, se había levantado de la hamaca, y estaba parado con su rostro pegado a la pared del cilindro. Su cambio de posición fue notado por la tripulación de la nave, y sus tentáculos oculares por un momento estuvieron todos enfocados en él, mientras seguían el cambió de los Intemporales.

Entonces, en respuesta a otro gesto enigmático de uno de sus miembros, el lente gigante rotó un poco más, y el rayo glacial comenzó a cambiar y a ensancharse hasta que comenzó a caer sobre el cilindro al tiempo que aún lo hacia sobre las figuras. Chandon tenía la sensación de haber sido atrapado dentro de un torrente inmóvil de alguna cosa que era inexpresivamente espesa y viscosa. Su cuerpo pareció congelarse, sus pensamientos se arrastraron con una dolorosa lentitud. No era la total cesación de todos los procesos vitales, tal como había sido ocasionado por su intromisión en la eternidad. Más bien, era una desaceleración de estos procesos; una sujeción a un impensable ritmo retardado del movimiento y la sucesión del tiempo.

Años enteros parecían transcurrir entre cada latido del corazón de Chandon. La contracción de uno solo de sus dedos le hubiese tomado lustros. Su cerebro luchó para formar un pensamiento: la sospecha de que sus captores se alarmaron por su cambio de posición, y habían decidido hacer cierta demostración de poder sobre él, como lo hicieron con los Intemporales. Entonces, luego de décadas, concibió otro pensamiento: que él mismo era quizás considerado ser otro de los seres divinos por estos alienígenas viajeros del tiempo. Ellos lo habían encontrado en la eternidad entre las filas interminables. ¿Cómo podían saber que él, al igual que ellos, había venido originalmente desde el mundo temporal?

Con su sentido del tiempo alterado, no podía formar ninguna concepción apropiada de la duración del viaje en el espacio-tiempo. Para él era casi otra eternidad, interrumpida a intervalos de lustros por el zumbido vibratorio de la maquinaria. Ante su percepción visual retardada la tripulación de la nave parecía moverse con increíble lentitud. Él, con sus extraños compañeros, había sido colocado por el rayo helado en una prisión de tiempo lento, mientras que la nave misma estaba zambulléndose a través de dimensiones sin fondo de un infinito cósmico.

Al fin el viaje finalizó.

Chandon sintió el amanecer gradual de una luz que anegó el resplandor rojizo de la nave. Las paredes se volvieron transparentes junto con la maquinaria; y él comprendió que la luz venía desde el mundo exterior. Inmensas imágenes, multiformes e intrincadas, comenzaron a arrastrarse con la lentitud de la creación misma sobre el brillante esplendor. Entonces —sin dudas para permitir el traslado de los cautivos— el rayo retardador fue apagado y Chandon recuperó sus poderes normales de percepción y movimiento. Contempló una visión asombrosa a través del cristal claro, cuya transparencia era quizás debida a la completa suspensión del poder motriz de la nave.

Vio que la nave reposaba sobre un área en forma de diamante, rodeada con masas arquitectónicas cuya misma magnitud se imponía como un peso inamovible sobre los sentidos. Muy lejos notó la presencia de abultados pilares atlantes con esplendorosas plataformas; una muchedumbre de extrañas torres cruciformes; vio con asombro la fantasmal maravilla de cúpulas innaturales que eran como pirámides invertidas, los pináculos en espiral que parecían soportar un increíble peso de terrazas; las paredes inclinadas, como montañas escarpadas, que formaban la base de cúmulos inimaginables. Todo estaba forjado de alguna piedra negra como la noche y brillante al mismo tiempo. Ellos interponían sus pesadas masas entre Chandon y las llamas de un sol oculto que era incomparablemente más brillante que el nuestro.

Enceguecido pero consciente también de una extraña pesadez en todas las sensaciones de su cuerpo debido a un incremento de gravedad, el terrícola volvió su atención hacia el suelo. Ahora vio que el área diamantina estaba atestada de seres iguales a los de la tripulación. Como gigantes insectos plateados y de cuerpo globulares, venían apresuradamente desde todas direcciones sobre el oscuro pavimento. Colocados en un anillo sobre la nave se encontraban espejos colosales del mismo tipo del que había emitido el rayo retardador. El grupo se detuvo a cierta distancia, dejando un espacio despejado entre las máquinas de rayos y la nave, como si estuviera destinado para ser ocupado por la tripulación y sus cautivos.

Y entonces, como si en respuesta a algún mecanismo oculto, una puerta circular gigantesca se abrió en la pared. La grúa replegada comenzó a alargarse, cubriendo unos de los seres intemporales con su red de tentáculos. La misteriosa entidad, aún quieta y sin oponer resistencia, fue alzada a través de la abertura y depositada en el pavimento exterior. La grúa retornó y repitió el proceso con la segunda figura, que al parecer, había notado la desaparición del rayo retardador y estaba menos sumisa de lo que lo había estado su compañera. Inició un intento de resistencia, y comenzó a hincharse mientras los tentáculos la envolvían, y a sacar unos miembros pseudopódicos y rayos parecidos a dedos y a tirar suavemente de la red constrictora.

No obstante, la segunda figura se había unido a su compañera en el exterior. Al mismo tiempo, un cambio asombroso comenzó a manifestarse en la tercera figura. Chandon sintió como si fuera el testigo de la epifanía de algún dios velado por los eones, revelándose en su verdadera naturaleza desde su fundida crisálida. La transformación que ocurrió fue como si alguna estalagmita congelada hubiese ardido deviniendo en una figura de fuego y vapor de mil formas. En un momento apocalíptico, la cosa pareció expandirse, precipitarse hacia arriba, cambiar toda su sustancia, desarrollar órganos y atributos como sólo pueden pertenecer a un estado evolutivo más allá de lo material. Eones de vida estelar, de vida planetaria, de la lenta alquimia de los átomos, fueron resumidos en ese instante.

Chandon no podía formarse una explicación acertada de lo que estaba pasando. La metamorfosis se encontraba demasiado alejada del alcance interpretativo de los sentidos humanos. Vio algo que se alzó ante él, ocupando la nave hasta su techo y presionando terriblemente en contra de la curvada superficie transparente. Entonces, con una violencia inesperada, toda la nave reventó en mil fragmentos que volaron resplandecientes, chillando con la nota alta de las cosas torturadas mientras se desparramaban y caían en todas direcciones. Antes de que los últimos fragmentos cayeran, el cilindro del tiempo fue tomado y arrastrado hacia arriba desde las ruinas como por alguna mano poderosa.

Ya sea que el imponente gigante lo alcanzó con uno de sus miembros inhumanos, o que el cilindro haya sido levantado por alguna fuerza magnética, nunca fue del todo claro para Chandon. Todo lo que pudo recordar fue la ascensión ligera, en la cual experimentó un repentino alivio de la pesada gravedad de ese planeta desconocido. Parecía flotar muy rápidamente hasta una altura difícil de estimar por la carencia de una escala familiar; entonces, el cilindro descendió sobre los hombros del Intemporal, y se adhirió en ellos con tanta seguridad como si hubiese aterrizado en las costas de algún planeta distante.

Él se encontraba más allá de la sorpresa, del asombro o del pavor. Como en un sueño cataclísmico, se resignó a la revelación del vertiginoso milagro. Observó el exterior desde su privilegiada posición y vio, encima de él, como el risco más alto de algún cúmulo elevado, con ojos como soles caóticos, la cabeza del Ser que había destrozado la nave del tiempo alienígena, alzándose sobre sus ruinas como un genio rebelde liberado. Muy abajo, contempló la negra zona diamantina atestada de los seres plateados. Entonces, desde el pavimento, se precipitaron hacia el cielo, como los pilares de fuego de una monstruosa explosión, las montañosas formas metamórficas de los otros Intemporales.

Tumultuosos, espantosos, se elevaron hasta alcanzar al primero, completando esa trinidad rebelde. Y aún así, vastos y altos como se habían alzados, los pilares a sus alrededor era aún más altos; aquellos que sostenían las terrazas, las pirámides invertidas, las torres cruciformes, aún miraban sobre ellos desde el aire resplandeciente, como si fueran los oscuros y colosales guardianes de un infierno transgaláctico.

Chandon fue consciente de mil impresiones. Sintió las energías ilimitadas despertarse de un sueño eterno. Y sintió el impacto de las radiaciones y los malignos poderes concentrados del nuevo mundo. La misma luz era mortífera; la oscuridad de los altos domos era como los impactos de mil martillos mudos, manejados por sombríos, tétricos y silenciosos Anakims. Las maquinarias de cristal en el pavimento giraron y apuntaron hacia arriba, dirigiendo sus rayos helados hacia los nubosos gigantes. A intervalos, el cielo se aclaraba; y Chandon fue consciente de una hosca reverberación, con el tono de repiques de campanas; de notas de tambores altas, como de mundos siendo golpeados.

Los montones de los alrededores parecieron oscurecerse, como si hubiesen acumulado una negritud maligna y positiva y la estuviesen proyectando para aturdir los sentidos. Pero más allá de esto, más allá de cualquier percepción física, Chandon sintió el magnetismo que emanaba en ondas incesantes; que gritaban ante las barreras de su voluntad; que buscaban usurpar su mente; doblegar y transformar sus pensamientos con formas monstruosas de esclavitud. Sin palabras, y confinado a una multitud de imágenes horrorosas, captó la espera de una venganza inhumana, de un odio transestelar.

Las mismas piedras de las edificaciones estaban unidas con el cerebro de los seres exóticos en un esfuerzo de asumir nuevamente el control sobre Chandon y los tres Intemporales. Oscuramente, el terrícola comprendió. No sólo debía someterse a los seres plateados, sino que debía hacer su voluntad en todas las cosas. Él y sus compañeros habían sido traídos desde la eternidad por un propósito: ayudar a sus captores en una guerra estupenda con rivales del mismo mundo, de la misma manera en que la humanidad emplea en la guerra explosivos de potencia titánica, las criaturas plateadas habían decidido utilizar la energía exenta de tiempo de los Eternos en contra de sus enemigos. Ellos habían descubierto la ruta hacia las dimensiones secretas, desde el tiempo hacia la intemporalidad. Con una audacia demoniaca habían planeado y ejecutado su extraño secuestro; y habían asumido que Chandon era una de las entidades eternas, con un inmenso poder divino en estado letárgico.

Las ondas de energía maligna se alzaron aún más alto. Chandon se sintió a sí mismo inundado, barrido. Creció en su mente una imagen de los enemigos en contra de los cuales él estaba destinado a combatir. Vio las perspectivas de tierras remotas, las poderosas acumulaciones de ciudades inhumanas yaciendo bajo un sol incandescente más vasto que Antares. Se encontró odiando esas tierras con el rencor frío de una psicología de otro mundo. Entonces Chandon supo que el océano negro ya no se estrellaba contra él. Fue liberado de la trampa mesmerizante, ya no percibía emociones alienígenas y las imágenes que habían invadido su mente. Milagrosamente, una sublime seguridad lo envolvió; ahora era el centro de una esfera resistente y elástica que nada podía someter o penetrar.

Sentado en un trono montañoso, vio que la trilogía demiúrgica, desafiante y desdeñosa de los pigmeos de abajo, habían resumido su mágico crecimiento, disparándose hacia arriba hasta alcanzar y sobrepasar el nivel de los pilares más altos. Un momento después, vio las avenidas externas de una metrópolis colosal; y más allá de esto, los lejanos y colgantes horizontes del planeta desconocido. Parecía conocer los pensamientos de los Intemporales mientras ellos barrían con su mirada este mundo cuyos impíos seres habían soñado con esclavizar su esencia ilimitada. Supo que ellos miraban y comprendían esto con un solo golpe de vista. Los sintió detenerse en una momentánea curiosidad; y sintió la rabia veloz e implacable, y la decisión irrevocable que la siguió.

Muy cuidadosa y deliberadamente, como si estuvieran probando sus poderes en desuso, los tres seres comenzaron a destruir la ciudad. Desde la cabeza del blanco ser sobrenatural que cargaba a Chandon, se disparó un círculo de llama esmeralda que se separó, giró y ensanchó en una gran rueda que se inclinó hacia abajo y se posicionó sobre uno de los pilares más altos. Bajo esa corona ardiente, los domos de ángulos innaturales y las pirámides invertidas comenzaron a temblar. Perdieron sus características sólidas, se aligeraron, adoptaron los patrones de la arena, se estremecieron hacia el cielo en rítmicos círculos, palideciendo y finalmente desvaneciéndose en el intolerable resplandor. Desde los Intemporales emanaban los agentes visibles e invisibles de la aniquilación. Lentamente al principio, y luego con la aceleración de un ciclón, como si su ira estuviera aumentando.

Desde sus cuerpos celestes se derramaron ríos vivientes y tumultuosas cataratas de energía; descendió un fuego de múltiples matices en orbes y ruedas elipsoides que cayeron sobre la ciudad condenada como una lluvia de meteoritos. Las edificaciones se disolvieron en escoria derretida, las columnas y terrazas de pilares devinieron en fantasmas de vapor bajo la ardiente tempestad. La ciudad avanzaba en veloces torrentes de lava; deviniendo en temblorosas espirales de polvo. Sobre sus ruinas se movían los Eternos, despejando para sí mismos una vía mientras avanzaban. Detrás de ellos todo era disolución, y el mismo suelo y la piedra se disolvían en vórtices que giraban sin fin, que devoraban la superficie del planeta y continuaban hasta su centro. Como si ellos hubiesen absorbido en su propia sustancia las moléculas y electrones de todo lo que habían destruido, los Eternos crecieron aún más altos y vastos.

Chandon lo contemplaba todo desde su fantástica altura con una sobrenatural lejanía. Vio la fiera lluvia que consumía la Sodoma ultragaláctica; vio las zonas de devastación que radiaban en una expansión sin límites hacia los cuatro puntos cardinales; contempló, desde una altura siempre en aumento, los vastos horizontes que huían tropezando por el terror ante los gigantes intemporales. Cada vez más rápido se proyectaban los orbes letales. Brotaban en medio del aire y engendraban innumerables otros. Se habían sembrado en todos los confines como los legendarios dientes de dragón de la leyenda, para seguir las longitudes del gran planeta hasta sus polos. Y los gigantes marcharon sobre monstruosos océanos y desiertos, sobre anchos valles y altos muros de montañas.

Mareas de fuego atómico marchaban para barrer los prodigiosos Alpes. Se manifestaron globos vengativos que convertían los mares en vapor, que golpeaban los desiertos hasta derretirlos en tumultuosos océanos. Había arcos, círculos y cuadriláteros de aniquilación, siempre crecientes. El llameante brillo de mediodía fue marchitado con una caótica oscuridad. Un cíclope sanguinolento, un rojo Laoconte batallando con serpientes de nubes y sombras, el poderoso sol parecía tambalearse en el cielo para precipitarse, aturdido, bajo las intolerables pisadas de los titanes macrocosmos. Las tierras de abajo estaban veladas por vapores mefíticos, hendiéndose momentáneamente sólo para descubrir los fundamentos de los continentes.

A ese caos los mismos elementos del mundo condenado le estaban agregando sus energías liberadas. Nubes que eran negros Himalayas disparando rayos que abarcaban reinos seguían a los destructores. El suelo se quebró para liberar los fuegos del núcleo volcánico. Los océanos cedieron rebelando lúgubres picos y ruinas hace tiempo sumergidas. El aire enloqueció con truenos liberados de mazmorras subterráneas; con un murmullo de fuego con lenguas de agujas en los rojos abismos de un infierno a la deriva; con gemidos y chillidos bajo los escombros de montañas en algún abismo inescrutable; con aullidos de demonios frenéticos, escapados desde tumbas primordiales.

Sobre el tumulto Chandon era trasladado hasta que miró hacia abajo desde la calmada altitud del éter; viendo desde su ventaja semejante a la del sol el orbe destrozado y el enorme sol mismo a un mismo nivel en el espacio. El quejido cataclísmico fue disminuyendo. Los océanos giraban como aguas de drenaje poco profundas sobre los pies de los Eternos. El furioso y devorador maelstrom ya no era más que alguna efímera bocanada de polvo agitada por la pisada casual de los caminantes.

Entonces ya no se encontraba la nebulosa ruina de un mundo. El Ser sobre cuyos hombros aún se hallaba adherido estaba caminando sobre una vaciedad cósmica; y rechazado por su partida, el ruinoso globo fue lanzado al abismo. Confusamente, el terrícola vio la inconcebible vastedad que los Eternos habían adquirido. Contempló sus resplandecientes siluetas, las vagas masas de sus formas, que con las estrellas detrás de ellos, se veían como a través de un luminoso velo de cometas. Él estaba encaramado a una cosa nebulosa, enorme como los sistemas orbitales, que no obstante se movía con una velocidad más rápida que la de la luz, que caminaba a través de galaxias desconocidas, a través de dimensiones no registradas del espacio y del tiempo. Sintió el inmenso remolineo del éter y vio el laberíntico girar de las estrellas que se formaban y desaparecían y eran reemplazadas por los huidizos patrones de otras masa estelares.

En una sublime seguridad, en su esfera de un movimiento y calma como el de los sueños, Chandon era transportado hacia adelante sin saber por qué o hacia dónde; y, como el participante de algún sueño prodigioso, ni siquiera se hacia tales preguntas.

Luego de infinitas agonías de luz, de vertiginosos y abismados vacíos, del tránsito de muchos cielos y sistemas, le vino la sensación de una pausa repentina. Por un momento, desde el golfo en calma, contempló un pequeño sol con su séquito de nueve planetas. Entonces, con inefable ligereza, le pareció que estaba cayendo hacia uno de los mundos más cercanos. La borrosa y creciente masa de sus océanos y continentes se elevaron para salir a su encuentro; él parecía descender, a la velocidad de un meteoro, sobre una región de escarpadas montañas afiladas con picos nevados que se alzaban sobre los chapiteles de un bosque de pinos.

Allí, como si hubiese sido depositado por alguna mano poderosa, el cilindro aterrizó; y Chandon observó hacia afuera con el extraño asombro de un soñador que acaba de despertar, sólo para ver a su alrededor las paredes de su propio laboratorio. Los Intemporales, omniscientes, por algún capricho benigno lo habían retornado a su propio punto en el espacio-tiempo; para luego continuar, quizás hacia la conquista de otros universos; quizás para encontrar nuevamente el mundo eterno de su origen y sumirse nuevamente en el pálido Nirvana de inmutable contemplación.


Clark Ashton Smith (1893-1961)




Relatos góticos. I Relatos de Clark Ashton Smith.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Clark Ashton Smith: El mundo eterno (The Eternal World), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Muchas invenciones»: Rudyard Kipling; libro y análisis


«Muchas invenciones»: Rudyard Kipling; libro y análisis.




Muchas invenciones (Many Inventions) es una colección de relatos fantásticos del escritor inglés Rudyard Kipling (1865-1936), publicada en 1893.

Muchas invenciones es, sin dudas, una de las grandes antologías de este auténtico maestro de la literatura, la cual agrupa varios cuentos de Rudyard Kipling muy poco conocidos. El título del libro refiere al Eclesiastés 7:29:


He aquí, solamente esto he hallado: que Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchas invenciones.
(Lo, this only have I found, that God hath made man upright; but they have sought out many inventions)





Muchas invenciones.
Many Inventions, Rudyard Kipling (1865-1936)
  • El cuento más hermoso del mundo (The Finest Story in the World)
  • La legión perdida (The Lost Legion)
  • Amor de mujeres (Love-o’-Women)
  • Brugglesmith (Brugglesmith)
  • De hecho (A Matter of Fact)
  • El perturbador del tráfico (The Disturber of Traffic)
  • El récord de Badalia Herodsfoot (The Record of Badalia Herodsfoot)
  • En el Ruck (In the Rukh)
  • Judson y el Imperio (Judson and the Empire)
  • Los niños del zodíaco (The Children of the Zodiac)
  • Mi Señor el elefante (My Lord the Elephant)
  • Su honor privado (His Private Honour)
  • Una conferencia de los poderes (A Conference of the Powers)
  • Una mirada sobre el tema (One View of the Question)




Relatos góticos. I Libros de Rudyard Kipling.


El análisis y resumen del libro de Rudyard Kipling: Muchas invenciones (Many Inventions), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El gemido de los perros apaleados»: Harlan Ellison y los centinelas mudos de la violencia


«El gemido de los perros apaleados»: Harlan Ellison y los centinelas mudos de la violencia.




Hay relatos de terror basados en hechos reales, al menos en teoría, pero ni siquiera empleando los recursos más inquietantes pueden imitar el horror de la vida real. Uno de esos cuentos es: El gemido de los perros apaleados (The Whimper of Whipped Dogs), del escritor Harlan Ellison; basado en el asesinato de Kitty Genovese en 1964.

Kitty Genovese fue apuñalada en su departamento de Kew Gardens, Queens, Nueva York, por un sujeto llamado Moseley. Al parecer, el criminal se asustó al oír un grito proveniente de la calle y abandonó la escena. Dos horas después regresó, siguió apuñalando a la muchacha, la vejó de forma indescriptible, y procedió a robarle 49 dólares.

Dos semanas más tarde, un artículo del New York Times añadió un dato aún más escalofriante: al menos unas 30 personas fueron testigos de aquel ataque desde la vía pública, pero ninguno de ellos intervino o llamó a la policía.

Es probable que el caso de Kitty Genovese, de hecho, no haya sido atestiguado por tamaña cantidad de personas —a las que fácilmente podríamos imaginar como buitres asomándose por las ventanas del departamento—, pero lo cierto es que aquel asesinato sí fue presenciado por testigos, que los gritos y pedidos de ayuda de Kitty Genovese sí fueron escuchados, y que nadie hizo nada para ayudarla.

Horas después, Kitty Genovese, ya moribunda, fue hallada por una anciana de 70 años. Murió camino al hospital.

El caso de Kitty Genovese —además de haber inspirado los motivos justicieros de Rorschard en Watchmen, de Alan Moore— es utilizado a menudo como ejemplo del Efecto Espectador (Bystander Effect); el cual sostiene que es menos probable que una persona intervenga en una emergencia cuando hay otros testigos en la zona.

De eso, precisamente, se trata El gemido de los perros apaleados, publicado en una antología clásica del relato pulp: Mala luna creciente (Bad Moon Rising).

El gemido de los perros apaleados no utiliza a Kitty Genovese como protagonista de la historia, sino a uno de los indiferentes testigos de su asesinato, una chica llamada Beth:


En su nuevo departamento en East 52 Street, Beth vio a una mujer asesinada a cuchilladas, lenta y horriblemente, en el patio de su edificio. Ella fue uno de los veintiséis testigos de la macabra escena y, al igual que ellos, no hizo nada para detenerla.

(On her new apartment on East 52nd Street, Beth saw a woman slowly and hideously knifed to death in the courtyard of her building. She was one of twenty-six witnesses to the ghoulish scene, and, like them, she did nothing to stop it)


Harlan Ellison emplea una prosa económica e implacable: simplemente informa lo que ocurre y eso induce la certeza de que los hechos narrados podrían ser reales, es decir, que no pertenecen a un universo distante del nuestro. En cierta manera, también nosotros somos testigos del crimen.

Lo más interesante, a título personal, es la idea que subyace detrás de El gemido de los perros apaleados: una especie de entidad, de presencia indefinida, que se alimenta del asesinato.

Una bruma desciende repentinamente sobre el asesino y la víctima, una bruma con ojos, que de algún modo paraliza a los testigos y los vuelve cómplices.

Semanas después, mientras Beth intenta regresar a la realidad después de haber presenciado aquel crimen, conoce a un hombre cuyos ojos son idénticos a los de la bruma. Comienzan a salir, pero de a poco la relación se torna violenta: hay discusiones, golpes, y la imposición de deseos que no siempre encuentran aceptación en el otro.

Es entonces cuando descubrimos que la bruma, los ojos que resplandecen en ella, son parte de la ciudad y de sus habitantes. La entidad que se alimenta de violencia no habita en una cueva recóndita o en un inaccesible desierto, sino en la ciudad, en los ojos de su gente, en la inacción de aquellos que observan pero que no hacen nada.

Esto es lo que el novio de Beth dice a propósito de las inquietudes de la muchacha:


Mira a tu alrededor; ¿qué crees que está pasando? Toman ratas, las ponen en cajas, y cuando hay demasiadas algunas enloquecen y empiezan morder al resto hasta la muerte. ¡Aquí no es diferente, cariño! Es tiempo de ratas para todos en este manicomio. No puedes caminar en el hollín sin que tu cuello se ponga negro y tu cuerpo apeste con el olor de cerebros en descomposición, no puedes hacerlo sin invocar algún tipo de horrible cosa.

(Look around you; what do you think is happening here? They take rats and they put them in boxes and when there are too many of them, some go out of their minds and start gnawing the rest to death.It ain’t no different here, baby! It’s rat time for everybody in this madhouse. You can’t walk in the soot till your collar turns black, and your body stinks with the smell of decaying brains, you can’t do it without calling up some kind of awful thing)


¿Qué podría ser esa horrible cosa sino nuestro propio sentido de lo mórbido, un instinto primordial, elemental, que anula por completo la empatía, la solidaridad, y ocupa ese vacío con algo incorpóreo, maligno, pero presente en cada esquina?

Vencer a la bruma es utópico. Existe en todas las sociedades, quizás como fusible, quizás como válvula de escape; quién sabe, pero existe: es real, y todos, de un modo u otro, la alimentamos.

En El gemido de los perros apaleados Beth lucha contra ese impulso. Le da la espalda a la oscuridad y trata de recordar cada detalle de la horrible noche en la bruma. Pero la bruma —la ciudad, la sociedad, nosotros— le devuelve el golpe.

De repente, Beth es maltratada por un vendedor de hamburguesas. Alguien le dice algo obsceno en la calle. Llama a un taxi bajo la lluvia, pero este no se detiene y la rocía con el agua estancada de la acera. Entonces Beth cede, creyendo que responde: maldice a los vagabundos, insulta a los conductores, se regodea en bares de mala muerte.

Poco a poco Beth se convierte en un pedazo de la ciudad. Ya no es alguien que lucha contra la bruma, sino alguien que se funde con ella.

Y es aquí cuando el ciclo se cierra:

Cierta noche, un hombre irrumpe en su departamento. El forcejeo los lleva hasta el balcón, el mismo desde el cual Beth vio con impávida repulsión el asesinato de la chica. Y allí, en ese preciso lugar, entiende cuál es la verdadera naturaleza de la bruma:


¡Dios! Un Dios nuevo, un Dios antiguo que vuelve con los ojos y el hambre de un niño, un Dios sangriento de la bruma; un Dios que necesitaba adoradores y ofreció la elección de la muerte como víctima o de vida eterna como testigo de otras víctimas elegidas; un Dios que se ajusta a los tiempos, un Dios de calles y personas.

(God! A new God, an ancient God come again with the eyes and hunger of a child, a deranged blood God of fog; a God who needed worshippers and offered the choices of death as a victim or life eternal witness to the deaths ofother chosen victims. A God to fit the times, a God of streets and people)


A punto de convertirse en víctima, Beth alza su ruego:


¡Él! ¡Llévatelo a él! ¡No a mí! Soy tuya, te amo, soy tuya!

(Him! Take him! Not me! I’m yours, I love you, I’m yours!)


Entonces la bruma oscura envuelve al intruso en el balcón y lo devora. Centinelas mudos observan desde la calle.


Mientras el cuerpo desnudo de Ray (el novio de Beth) se apretaba fuertemente dentro de ella, bebió profundamente de la noche, sabiendo que las voces que oyera en adelante no serían los gemidos de los perros apaleados, sino de bestias fuertes y carnívoras.

(As Ray’s naked body pressed tightly inside her, she drank deeply of the night, knowing whatever voices she heard from this moment forward would be the voices not of whipped dogs, but those of strong, meat-eating beasts)


El gemido de los perros apaleados vindica una interesante teoría respecto de la violencia: cuando el aislamiento destruye la vida interior, cuando el desgano, la apatía, la indiferencia, nos impiden tocar a otra persona en términos físicos, intelectuales y espirituales, la violencia —la bruma— se desata como una necesidad de contacto, un instinto atávico, perverso, que nos obliga al contacto de la manera más directa posible, de cualquier manera.

De este modo, Harlan Ellison explica la conexión entre la apatía y la violencia, entre el crimen y sus centinelas silenciosos, que también son parte de la bruma, donde el horror y el placer están estrechamente ligados en el corazón del dios sin nombre de las ciudades.

Todos, en alguna ocasión, lo hemos visto en un acto de indiferencia, de omisión, de sutil y mal disimulado rechazo. Y todos, invariablemente, hemos sido parte de él.




Taller literario. I Universo pulp.


El artículo: «El gemido de los perros apaleados»: Harlan Ellison y los centinelas mudos de la violencia fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



Lo más visto esta semana en El Espejo Gótico:

Harlan Ellison y los centinelas mudos de la violencia.
Antología de Rudyard Kipling.
Relato de Sheridan Le Fanu.

Relato de Thomas Disch.
Antología de Rudyard Kipling.
Índice de poemas.