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Poema de Elizabeth Barrett Browning.
Poema de Charlotte Brontë.
El arte de volver impotente a los hombres.

Autor vs. personajes.
Poema de Christina Rossetti.
Obras de William Turner.


Cómo las brujas causaban impotencia en los hombres


Cómo las brujas causaban impotencia en los hombres.




Los trabajos y hechizos de impotencia son bien conocidos desde la Edad Media, incluso antes, con características tan extrañas que llegaron a conformar uno de los motivos de encarcelamiento más recurrentes durante el flagelo de la Inquisición.

También hay que decir que este tipo de ritos no eran exclusivos para causar impotencia en los hombres; algunos perseguían fines igualmente nocivos como la infertilidad en la mujer y cierto descontento general en el matrimonio.

La mayoría de los trabajos de impotencia realizados por las brujas medievales consistían en utilizar la aiguillette, especie de cuerda o ligadura que, simbólicamente, ataba la potencia viril; aunque en otros casos también servía para unir relaciones de cuestionable legalidad.

Este método era tan popular que incluso trascendió las barreras de la Edad Media. Por lo menos hasta bien entrado el siglo XVI era utilizado con frecuencia, por ejemplo, en las intrigas de la corte francesa; donde todo el mundo temía ser castrado simbólicamente por cortesanas mal remuneradas.

La popularidad de los ritos de impotencia quizá se debió a la facilidad con la que éstos podían ser realizados. El más habitual se organizaba durante la ceremonia de matrimonio, donde la bruja en cuestión ataba una moneda de plata en su aiguillette en el instante en el que el novio admitía todas las normas del debido encarcelamiento conyugal.

Claro que este trabajo perseguía otras ambiciones además de la flacidez masculina. La pareja que era maldecida de este modo estaba condenada a la infelicidad, la esterilidad y el adulterio, a veces simultáneamente, lo cual generaba una gran confusión a la hora de presentar cargos formales.

Naturalmente, las autoridades del medioevo tomaron cartas en el asunto, en especial cuando los sacramentos del matrimonio dejaron de celebrarse de forma pública por miedo al escarmiento brujeril. En este sentido, la gran mayoría de las bodas dejaron de ser abiertas al ingreso de curiosos y comedidos de las aldeas, y solo los familiares y allegados de la pareja podían participar del rito.

Si bien esto puede sonar absurdo, en términos demográficos causó un efecto devastador en áreas como Languedoc, donde los nacimientos se redujeron dramáticamente en el curso de unos pocos años. El miedo a ser objeto del hechizo de impotencia, naturalmente, tenía los mismos efectos que el hechizo se proponía alcanzar. En este contexto, el médico suizo Thomas Platter (1574-1628) concluyó posteriormente que el pánico producido por los ritos de impotencia pudo llegar a despoblar Europa.

Otro método interesante utilizado por las brujas para causar impotencia en los hombres, aunque más infrecuente que el anterior, era conocido como blasting: básicamente la habilidad para obstruir, interferir o incluso destruir por completo la fertilidad de un hombre.

Este hábito malicioso proliferó en Inglaterra durante siglos. También se lo empleaba para producir la infertilidad del suelo, es decir, para arruinar siembras, malograr cosechas y provocar hambre. Podemos imaginarlo como la antítesis de los antiguos ritos de fertilidad.

Tanto en las ciudades como en los grupos reunidos en comunidades rurales, la fertilidad era el centro de las preocupaciones colectivas y la única razón de su prosperidad o su decaimiento. Si un campo era improductivo, si la mujer de la casa era estéril, si el hombre no podía probar su virilidad, entonces se concluía que estos habían sido embrujados.

A nadie se le hubiese ocurrido cuestionar estas sabias deducciones, en especial cuando la iglesia ya había determinado que Dios podía permitir que el demonio ejerciera cierta influencia sobre las fuerzas generativas de la naturaleza.

Para manipular este tipo de influencia las brujas empleaban habitualmente a sus espíritus familiares, en su mayoría gatos, sapos y serpientes.

Una conocida bruja medieval, llamada Sladlan, de la ciudad de Lorena, confesó (quizás estimulada por la tortura) haber preparado trabajos de impotencia durante siete años con la ayuda de sus espiritus familiares, y en particular con gran disposición anímica de su gato negro, el cual le proporcionaba roedores que luego eran enterrados en las inmediaciones del domicilio particular de las víctimas.

La fertilidad, en cualquier caso, podía ser restablecida una vez encontrado el cuerpo del roedor; lo cual era prácticamente imposible después de unos años. La mayoría de los enterradores, de hecho, se ganaban un dinero extra ofreciendo servicios de exhumación de familiares.

En una historia mencionada en uno de los libros prohibidos más infames de la historia, el Malleus Maleficarum, o Martillo de las brujas, se cuenta que una mujer embarazada de Reichshofen fue advertida por una de sus doncellas sobre los efluvios satánicos vertidos por una bruja de la localidad, quien era capaz de interrumpir la gestación con solo poner sus manos sobre el vientre. La mujer desoyó estos consejos y dejó que su propia madre la acariciara, con resultados que el lector seguramente puede imaginar por sí mismo.

Los trabajos de magia negra de impotencia fueron ganando en especificidad. Para el siglo XVII, por ejemplo, era posible destruir el deseo, prevenir la erección, e incluso obturar los conductos seminales para que la evidencia del orgasmo adoptara la textura y la densidad de un simulacro lácteo.

Esto provocó un sinfín de recetas preventivas, muchas de las cuales eran aún más objetables que los hechizos de impotencia propiamente dichos. En parte, porque se consideraba que para que estos tuviesen efecto debían caer sobre un individuo pecaminoso.

Las personas probas, ausentes de deseos carnales y fantasías perversas, con excepción del celibato, estaban a salvo del pernicioso arte de las brujas.




Diarios Wiccanos. I Hechizoteca.


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Cuando tu libro favorito es llevado al cine: 10 etapas emocionales del lector fanático


Cuando tu libro favorito es llevado al cine: 10 etapas emocionales del lector fanático.




A todos nos agradan las buenas adaptaciones cinematográficas de un libro que conocemos y admiramos, pero la cosa cambia cuando ese libro resulta ser nuestro libro favorito.

Esto puede provocar en el lector algunas etapas emocionales que, analizadas desde la más fría complicidad, se resumen de la siguiente manera:



I- Interés inicial, excitación, resistencia, dudas.


Los medios lo anuncian con fingida naturalidad: ¡tu libro favorito será llevado al cine!

Finalmente todo el mundo podrá disfrutar de esos personajes entrañables en la pantalla grande. En cierta forma, esto podría llegar a redimirte, incluso ungirte con cierta reputación profética por haber defendido el libro durante años de las críticas de quienes jamás leyeron una página.

La noticia es sencillamente genial.

¿No es así?

¿Pero qué tal si la película no se parece en nada al libro?

¿Qué tal si no encapsula su esencia, su magia?

¿Qué tal si a todo el mundo, incluso al mismísimo lector fanático, la considera una mierda?



II- Varias especulaciones.


Frente a estas dudas perfectamente razonables aparecen las especulaciones: ¿Quién será el director? ¿Quiénes interpretarán a los personajes centrales?

Inconscientemente, el lector fanático realiza una especie de casting mental mediante el cual asigna roles indiscriminadamente, considerando que tal o cual actor es el ideal para interpretar ciertos papeles.

Los rumores proliferan en internet y el fanático los absorbe todos.

En este punto muchos deciden adoptar una postura defensiva, profundizando en las dificultades de traducir un buen libro al lenguaje cinematográfico; otros, en cambio, se entregan a la frustración, cuando no directamente a la desesperanza.



III- Satisfacción (o rechazo) cuando las especulaciones se esclarecen.


Ahora el lector está en pleno conocimiento sobre quién dirigirá la película y cuáles serán los actores principales.

Rápidamente se realiza una evaluación de los trabajos previos del equipo. ¿Están a la altura del desafío?

Los lectores fanáticos se dividen en dos grupos: los primeros confían ciegamente en el proyecto mientras que los segundos lo cuestionan todo.

Se abren páginas de Facebook donde se comentan detalles nimios de la producción, tales como locaciones, presupuesto, actores secundarios. Los más precarios en términos tecnológicos se unen a foros ya en desuso; otros gestan campañas a través de Twitter para apoyar o desacreditar la postura política de los involucrados en el proyecto.

En caso de estar vivo, el autor del libro es avasallado. Algunos lo acusan de haberse vendido al sistema, de entregar una obra de arte a la picadora de carne de Hollywood. Los más ingenuos sencillamente se encuentran fascinados con la posibilidad de observar sus capítulos predilectos en 3D.

Si antes el mundo se dividía entre los que habían leído el libro y los que nunca lo oyeron mencionar, ahora la división se expande entre quienes desaprueban el proyecto y quienes lo esperan ansiosamente.



IV- Preocupaciones acerca del guión.


El guión es esencial para garantizar la calidad de la adaptación; sin embargo, todos sabemos lo que Hollywood puede llegar a hacer con un excelente libro.

Si el autor participa en el guión, entonces prolifera cierto alivio entre los fanáticos... al menos hasta que alguien menciona las adaptaciones cinematográficas firmadas por Stephen King.

De la ira se pasa a la negociación. El lector fanático que antes era capaz de seguir al director por Twitter simplemente para amenazarlo de muerte en caso de que la película sea una bazofia, ahora se conforma con que éste no haga demasiados cambios.

En ciertos casos, este pedido se transforma en un ruego desgarrador.



V- ¡Llega el trailer!


Finalmente, a la hora señalada, en YouTube se lanza el primer trailer.

Los más excitados se abrazan entre sí, lloran, ríen, frente a ese acontecimiento publicitario. Los reacios, en cambio, empiezan a dudar e incluso a cambiar radicalmente de postura; en definitiva, el trailer es condenadamente bueno.

Tal vez la película no sea tan mala después de todo.

Quizás sea una gran película.

Excelente.

¡La mejor en la historia del cine!



VI- Sobreanálisis del trailer.


Llegan los analistas, los eruditos, los intérpretes de trailers, capaces de analizar cuadro por cuadro cada mísero detalle puesto en evidencia por el director y, a partir de ahí, explicarnos qué escenas encontraremos en la película, cuáles han sido cortadas o directamente suprimidas por guionistas ineficaces.

El protocolo del sobreanálisis de trailers implica ver unas sesenta o setenta veces el mismo video; y en ciertos casos combinar ese estudio con la evaluación de posteriores avances.

Los resultados pueden oscilar entre el analista profesional y el fanático que se orina frente a la computadora al ver en carne y hueso a sus personajes favoritos. En cualquier caso, la conmoción alcanza picos de histeria colectiva.



VII- Discriminando «al que no leyó el libro».


Las personas dispuestas a comprar una entrada se multiplican. De un día para el otro todo el mundo habla de la película que se avecina, incluso sujetos que jamás tuvieron la intención de leer el libro o que desconocían por completo su publicación.

La facción más radical de los lectores fanáticos ejecuta un tipo de discriminación directa: los que no leyeron el libro pueden, desde luego, ver la película, pero jamás apreciarán la grandeza del original; por lo tanto, su experiencia cinematográfica estará sesgada por los principios estéticos y formales de la pantalla grande.

En otras palabras, se desprecia al que se interesó únicamente por la película, dejando en un espeso charco de gloria a los que leyeron el libro antes de que el proyecto cinematográfico se anunciara.



VIII- Noche de estreno.


De más está decir que tanto los lectores fanáticos que aprueban la adaptación, así como los que la rechazaron desde el inicio del proyecto, se presentan puntualmente en el cine durante la noche del estreno.

Las dudas se disipan durante los títulos de apertura, luego regresan, inevitablemente, con las primeras escenas deslucidas.

Esto puede generar ciertas suspicacias. El lector fanático realiza entonces un rápido escaneo del público, tratando de determinar quiénes son como él, es decir, quienes leyeron el libro, y quiénes conforman esa vil subespecie de usurpadores cinematográficos.



IX- Discusiones.


Las discusiones dependerán de qué tan buena o mala haya sido la adaptación cinematográfica; sin embargo, el lector fanático jamás quedará conforme. Por su propia naturaleza, el lenguaje del cine lo dejará insatisfecho.

Durante un tiempo sus amistades recurrirán a él para conocer su evaluación, dado que es el único que ha leído el libro y, por eso mismo, el único capaz de brindar una opinión fundamentada en la subjetividad.

Con el transcurso de los días comienza una etapa deplorable marcada por el desengaño. Esa historia que el lector fanático consideraba suya ahora es accesible para todo aquel con la disposición anímica de invertir dos horas de su vida en el cine.

Y más aún, siendo el lector fanático alguien que resguarda como un tesoro los secretos del libro, ahora debe presenciar con creciente alarma la multiplicación de spoilers, reseñas y críticas despiadadas que incluso tiñen de incertidumbre la obra original.

Lo que era de unos pocos ahora es de muchos.



X- Reincidencia.


Pasaron unos meses del estreno hasta que por fin la película fue retirada de las carteleras.

Los foros se aquietaron. Las páginas de Facebook comienzan a evacuarse a un ritmo prodigioso. Las cuentas apócrifas de Twitter desaparecen. Los grupos de chat por Whatsapp se sumen en el más perturbador de los silencios.

Durante unas semanas se persigue con ensañamiento a los nuevos lectores atraídos hacia la obra original después de ver la película. Pero incluso esta noble cacería se interrumpe por el desgano.

Previo al horror que supone el estreno de la película en Netflix, el lector fanático hace lo que mejor sabe hacer: toma su libro favorito, lo abre en la primera página, y lo relee como cada vez que necesita respirar un poco de aire fresco.




Libros extraños y lecturas extraordinarias. I El club del Antilibro.


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La extraña bilocación de Humberto Masticardi


La extraña bilocación de Humberto Masticardi.




La bilocación es un fenómeno paranormal por el cual una persona puede ocupar dos espacios físicos diferentes al mismo tiempo. El término proviene del latín locare, «ubicar», y bi, «doble»; es decir, aquello que tiene dos ubicaciones.

Existir en dos lugares el mismo tiempo es una cualidad tan inoportuna como habitual durante ciertos estados alterados de conciencia. Los santos, por ejemplo, cuando eran atravesados por violentos arrebatos místicos, frecuentemente eran vistos en dos sitios simultáneamente; también los brahmanes, los monjes, los nigromantes.

Sin embargo, para que la bilocación sea tomada en serio no solo es necesario habitar en dos espacios al mismo tiempo, sino también experimentar sensaciones e incluso manipular objetos en ambos sitios.

El doctor Humberto Masticardi padecía esta anomalía desde que sufrió un accidente cerebrovascular.

Mientras trabajaba en su local de venta de pirotecnia, su doble cursaba estudios avanzados en un taller de metafísica. Al dormir —él o el otro, que son el mismo— su doppelgänger se aquerenciaba en orgías, tómbolas y quermeses de mala muerte. A veces incluso aprovechaba sus poderes para observar los mismos acontecimientos desde dos puntos de vista; por ejemplo, durante un partido de fútbol en la tribuna mientras su alter ego confirmaba laterales mal cobrados o frustradas definiciones desde la comodidad del hogar.

Naturalmente, la bilocación de Masticardi también trajo consigo algunas complicaciones.

No era extraño que personas desconocidas lo abordaran con descarada confianza en la vía pública, o incluso presentándose en su domicilio privado para cobrar deudas que el otro había asumido.

Muchos, de hecho, aseguraban haberlo visto en sitios que jamás frecuentó, teniendo aventuras con mujeres totalmente desconocidas, cometiendo ilícitos de los que se creía incapaz, e incluso purgando condenas en prisión sobre las que nunca había tenido noticias.

El problema de la bilocación es que uno nunca sabe en qué anda el otro, ni dónde. Tal vez por eso Masticardi intentó por todos los medios reunir esas dos proyecciones del ser; y lo logró, pero con consecuencias muy desagradables.

Al parecer, los intereses de los Masticardi eran exactamente opuestos.

Uno era pulcro, casi anal, en su higiene, mientras el otro observaba el más epicúreo comportamiento, pasando días, incluso semanas, sin darse una ducha. El primero trabajaba de sol a sol, el otro derrochaba noches. Uno cultivaba amistades, el otro las estafaba. Uno consumaba rutinas invariables, rígidas, prácticamente marciales, el otro erraba por las fronteras de la impuntualidad. El primero pensaba siempre en los demás, el otro saturaba con anécdotas autorreferenciales.

Después de estudiar el caso durante varias semanas, el profesor Lugano finalmente halló la solución para que ambos Masticardi lograran encontrarse en el mismo sitio.

Porque los dos, hay que decirlo, estaban enamorados de la misma mujer.

Hasta el día de hoy nadie reclamó el cadáver. Tampoco nadie hizo la denuncia sobre su desaparición. La vida disipada del otro Masticardi nos evitó las burocracias del debido deceso.

El asesinato se consumó una mañana, cuando acompañamos a Masticardi hasta su casa, donde encontró a su esposa en la cama consigo mismo.




El lado oscuro de la psicología. I Filosofía del profesor Lugano.


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Historia de la Atlántida en la literatura


Historia de la Atlántida en la literatura.




Los elementos esenciales de la leyenda de la Atlántida son conocidos por todos: un continente desconocido, habitado por una civilización muy avanzada, que súbitamente se hunde en el Océano Atlántico como consecuencia de algún tipo de cataclismo.

La fuente original de esta leyenda es Platón, más precisamente los diálogos de Timeo y Critias, escritos alrededor del año 350 a.C. Allí, la Atlántida aparece como una parábola de la caída del ser humano, como podría serlo la expulsión de Adán y Eva del Edén en los mitos hebreos; esto es: el hombre que es expulsado de un sitio perfecto por una fuerza superior, en general como castigo por la transgresión de alguna norma.

Las primeras apariciones de la Atlántida en la literatura estaban más interesadas en describir los atributos de la sociedad atlante, habitualmente con conocimientos morales y científicos muy superiores, que en un estudio pormenorizado del cataclismo que la sumió en las profundidades.

En La Nueva Atlántida (New Atlantis, 1626), Francis Bacon retrata a los sobrevivientes de la Atlántida como fundadores de una sociedad utópica en el norte del continente americano; pero no fue hasta la llegada del clásico de Ignatius L. Donnelly: Atlántida: el mundo antediluviano (Atlantis: The Antediluvian World, 1882), que la leyenda de el continente perdido alcanzó la categoría de mito universal.

A contramano de las observaciones de Platón y Francis Bacon, quienes utilizaron a la Atlántida como subterfugio de parábolas ejemplificadoras, Ignatius L. Donnelly estaba convencido de que el continente hundido realmente había existido; y más aún, que éste era el verdadero origen de la civilización.

De hecho, la obra de Donnellý definió buena parte de las características del género: los atlantes, o al menos una parte de ellos, lograron evadir la catástrofe y establecerse en distintos puntos clave del mundo, fundando allí civilizaciones con asombrosas características en común.

Si bien la popularidad del continente perdido adquirió proporciones globales con el libro de Ignatius L. Donnelly, lo cierto es que la leyenda de Atlántida ya había sido utilizada en la literatura, por ejemplo, en la novela clásica de Julio Verne: Veinte mil leguas de viaje submarino (Vingt mille lieues sous les mers, 1870). Allí se encuentra una pequeña pero extraordinaria escena donde el capitán Nemo y el narrador exploran las ruinas subacuáticas de la ciudad capital de la Atlántida.

En paralelo a sus fuentes clásicas, la Atlántida literaria se nutrió de las ideas filosóficas y espiritualistas de la época, tales como la teósofía de H.P. Blavatsky, quien suponía, además de este continente perdido, otros reinos ancestrales desaparecidos, tales como Akakor y el continente perdido de Rutas, origen de una lengua en desuso conocida como Senzar; esta última descrita en Las estancias de Dzyan (The Stanzas of Dzyan).

Herederos de la tradición teosófica se encuentran novelas como Un habitante de dos planetas (A Dweller on Two Planets, 1894) y Filos, el tibetano (Phylos the Thibetan, 1897), ambas de Frederick Spencer Oliver, en donde el héroe recuerda una de sus vidas pasadas como miembros del gobierno atlante.

Algo similar ocurre en El romance de la Atlántida (The Romance of Atlantis, 1975), de Taylor Cadwell, donde se relata la historia de una mujer que, tras estudiar los sueños recurrentes de su infancia, descubre que en otra vida fue nada menos que la emperatriz del continente perdido.

Otros autores utilizaron la leyenda de la Atlántida como escenario de la aventura fantástica. Un ejemplo típico es la novela de C.J. Cutcliffe: El continente perdido (The Lost Continent, 1900), donde el narrador descubre un libro prohibido en las Islas Canarias, el cual lo pone tras la pista de la antigua civilización atlante.

Otra mención destacable podría ser El imperio escarlata (The Scarlet Empire, 1906), de David M. Parry, donde la Atlántida se encuentra preservada dentro de un gigantesco domo subacuático; aunque también hay que decir que su argumento funciona únicamente como sátira del socialismo. En la misma línea argumental se inscriben: El mundo sumergido (The Sunken World, 1928), de Stanton A. Coblentz, y Ellos encontraron la Atlántida (They Found Atlantis, 1936), de Dennys Wheatley.

Arthur Conan Doyle, creador de los relatos de detectives de Sherlock Holmes, también produjo un cuento sobre la Atlántida titulado El abismo de Maracot (The Maracot Deep, 1929), donde además del consabido cataclismo se observa toda una filosofía espiritualista (y espiritista) en los atlantes que lograron sobrevivirlo y fundar, por ejemplo, las civilizaciones maya, egipcia, azteca, micénica, entre otras.

En líneas generales podemos decir que la leyenda de la Atlántida en la literatura observa las características de la utopía, pero en ocasiones también se apoya en especulaciones parapsicológicas, muy de moda a comienzos del siglo XX, mediante las cuales se describe a los habitantes del continente perdido como sujetos con variados y extraordinarios poderes psíquicos.

El relato pulp también utilizó la leyenda de la Atlántida, y por tal caso la de cuanto continente perdido hallara en su camino, como por ejemplo, Lemuria, Mu, Thule, Hiperbórea, etc. Los autores que mejor desarrollaron este subgénero fantástico fueron: L. Sprague de Camp, Robert E. Howard —ciclo Kull de Atlantis—, Henry Kuttner —ciclo Elak de Atlantis— y Clark Ashton Smith.

También conviene hacer una mención especial a J.R.R. Tolkien, ya que en su ciclo de historias de la Tierra Media se habla de la Isla de Númenor, hundida tras un cataclismo, y que en la lengua quenya era conocida como Atalantë, «la sepultada».

En este punto, la leyenda de la Atlántida era ya un lugar común para todos, autores y lectores, con lo cual la ficción debió recurrir a ciertas astucias para asegurar su vigencia.

Después de todo, en la segunda mitad del siglo XX las profundidades del océano ya no parecían ser inexpugnables para la ciencia, con lo cual la posibilidad de que una civilización y su extraordinaria sabiduría pudiesen mantenerse ocultas bajo las aguas quedaba relegada a una áspera hipótesis multidimensional.




Libros extraños y lecturas extraordinarias. I Taller de literatura.


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