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La dieta de Pitágoras: vegetarianismo y filosofía


La dieta de Pitágoras: vegetarianismo y filosofía.




Para justificar el título de este artículo primero es necesario entender a Pitágoras, su relación con el vegetarianismo y aquella idea de que la ausencia de carne animal como elemento constitutivo de la alimentación diaria es un factor decisivo para el desarrollo espiritual y filosófico del iniciado.

En otras palabras, la dieta de Pitágoras nos posibilita una excusa magra para investigar sobre las ideas del filósofo acerca de la alimentación.

Pitágoras fue el más famoso vegetariano de la antigüedad. No solo se abstenía de comer carne sino que imponía esta restricción a todos los acólitos de la fraternidad que había fundado en en Crotona. En este sentido, la dieta de Pitágoras era un elemento más en el largo camino de la purificación física y espiritual del iniciado.

Ahora bien, el iniciado se diferencia del profano por la profunda comprensión de sus acciones diarias. En otras palabras: el iniciado sacraliza todos los actos que componen su vida, incluida la alimentación. Si su filosofía se construye sobre la base de la compasión, como es en el caso de Pitágoras, entonces su alimentación debe seguir este mismo principio.

Para Pitágoras el perfeccionamiento espiritual del ser solo puede ocurrir en un contexto de piedad hacia todos los seres vivos. Los pitagóricos hablaban de «dieta compasiva» y de «alimentación sabia», es decir, de alimentos obtenidos sin el derramamiento de sangre.

Recordemos que, para el filósofo, el ser humano no es la única criatura en el mundo con el provilegio de poseer un alma. De hecho, Pitágoras opinaba que la presencia del alma puede detectarse, por ejemplo, en la capacidad de los animales para experimentar dolor, placer, rechazos y simpatías.

Así definió el filósofo, a través de un dudoso Ovidio, sus severos principios filosóficos en relación al vegetarianismo:


En tanto los hombres continúen asesinando a los animales, sus hermanos, la guerra y el sufrimiento reinarán sobre la Tierra, pues aquel que siembre la muerte en su mesa no podrá cosechar nunca la paz.


La dieta de Pitágoras, hay que decirlo, era de una frugalidad extrema. Toda su filosofía se construye sobre la base de que el cuerpo y la mente pueden ser contaminados de diversas formas, infectando así el alma del ser, esencialmente pura pero también permeable a los excesos de la buena mesa.

La claridad mental a la que aspiraban los pitagóricos, además, resultaba poco menos que imposible después de ingerir grandes cantidades de alimentos. En términos filosóficos, la ausencia de carne animal en la mesa de Pitágoras le permitía establecer un lazo simbólico con Apolo, el sol; es decir, con el origen de todo lo que crece en la tierra. Este detalle le permitió, entre otras cosas, ganarse el favor de las corrientes apolíneas.

Esta rama filosófica a la que suscribe Pitágoras vindicaba el consumo de vegetales y amonestaba severamente el sacrificio de animales, ya sea para consumo propio o como parte de los ritos debidos a los olímpicos. De hecho, una de las normas principales que regían el comportamiento de este grupo recomendaba:


Jamás mojes tu pan en la sangre de los animales ni en las lágrimas de tus pares.


Algunas corrientes vegetarianas actuales afirman que el mismísimo Platón suscribía las opiniones de Pitágoras, o al menos a las doctrinas pitagóricas, lo cual es cierto, salvo en el aspecto de la alimentación. La palabra Platón, de hecho, es un apodo relacionado con cierto diámetro excesivo de la caja torácica; en otras palabras, una forma cariñosa de aludir a una gordura que no se justifica por una alimentación ausente de carne animal.

Platón, eso sí, aconsejaba cautela al momento de llevarse algo a la boca, y no sólo en relación con los alimentos. Sus discípulos menos conspicuos, los neoplatónicos, también eran vegetarianos y no consentían la matanza de animales bajo ningún pretexto.

Porfirio, uno de los neoplatónicos más influyentes, escribió un interesante tratado llamado: Sobre la abstinencia, donde relaciona por primera vez el vegetarianismo con la ética. Por otro lado, los neopitagóricos, como Plutarco, efectuaron los primeros tratados donde establecían algunos derechos esenciales de los animales, entre ellos, a ser tratados con bondad, justicia y compasión.

En las Moralia de Plutarco, más específicamente en el capítulo 68: De esu carnium, o Sobre comer carne, el filósofo pone en boca de un oráculo los siguientes argumentos:


Me pregunto qué accidente, qué estado de alma y de mente oprimían al primer hombre que llevó a sus labios la carne de una criatura muerta, que llenó su mesa de cadáveres, que se atrevió a llamar comida a seres que antes caminaron. ¿Cómo sus ojos pudieron soportar la masacres? ¿Cómo pudo su nariz soportar el hedor? ¿Cómo pudo ser que la sangre no lo asqueó, que el contacto con el dolor de otros no lo compadeció?


Muchos exégetas opinan que la dieta de Pitágoras fue recuperada por los primeros cristianos, quienes se abstuvieron de comer la carne de animales; sin embargo, esta opinión se frustra en repaso de los mitos bíblicos, donde Dios elige la adoración de Abel, que criaba y sacrificaba animales, por encima de las ofrendas de Caín, a todas luces frugales.

Resulta interesante señalar que los pitagóricos tenían una palabra habitual para definir a los que se desviaban del camino trazado por el maestro: sarcófago, que literalmente significa: «que come carne».

A propósito, tal vez el mejor resumen de la dieta de Pitágoras se encuentre en las palabras de Leonardo Da Vinci, también adversario del churrasco, quien en cierta ocasión respondió una pregunta sobre por qué se abstenía de comer carne del siguiente modo: porque no quiero convertirme en un cementerio ambulante.




Egosofía: filosofía del Yo. I Diarios de antiayuda.


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¿La otra cara de Edward Mordake era de una MUJER?


¿La otra cara de Edward Mordake era de una MUJER?




Casi todos conocen la historia de Edward Mordake, aquel noble inglés de comienzos del siglo XIX que poseía un rostro adicional en la parte posterior de la cabeza. Lo que pocos saben es que ese otro rostro también tiene una historia que vale la pena investigar.

En términos médicos, Edward Mordake padecía de un inusual síndrome llamado diprosopia, básicamente la anomalía en aquella proteína que define el patrón craneofacial. En otras palabras, Edward Mordake y el rostro en la parte posterior de su cabeza no eran hermanos siameses, sino algo tan infrecuente como desconcertante.

En este punto podemos preguntarnos cuál de los dos rostros era el adicional: el de Edward Mordake o el del otro.

También hay que decir que la otra cara de Edward Mordake era femenina, es decir, la cara de una mujer; opinión compartida por todos los médicos que se ocuparon de su caso aunque las pocas imágenes que sobreviven no suscriban esa opinión general.

La otra cara era más pequeña que la frontal, bastante más deformada e incapaz de ingerir alimentos por sí misma o de hablar en voz alta de forma clara. Sin embargo, reaccionaba de diversas formas ante estímulos externos.

Los médicos que siguieron el caso de Edward Mordake afirman que la mirada del otro rostro era capaz de seguir los movimientos de su interlocutor, y más aún, que esa mirada era siniestra, astuta, como agitada por una perversa lucidez.

La otra cara era incapaz de hablar pero murmuraba frases incomprensibles. Si nos compadecemos con cierto horror por el pobre Edward Mordake, qué sentimientos podríamos acuñar para esa otra cara que podía llorar, reír, e incluso enfurecerse sin que nadie se ocupara realmente de ella.

Lo curioso es que todas esas emociones expresadas a través de la risa y el llanto se manifestaban en el extremo opuesto del estado emocional de Edward Mordake. En otras palabras, cuando Edward se sentía miserable, la otra cara reía con malicia.

El propio Edward Mordake afirmaba que su otra cara poseía una inteligencia perversa, maligna, que le inducía todo tipo de pensamientos obsesivos y delirios homicidas.

Ahora bien, la deformación craneoencefálica de Edward Mordake no indica la presencia de un otro en términos objetivos: es, en realidad, una duplicación del mismo rostro. En su cabeza no ocurrió ninguna fusión entre dos embriones, como en el caso de hermanos siameses, sino la repetición de ciertos rasgos, en este caso, del rostro; duplicado que también puede admitir algunas estructuras cerebrales.

Edward Mordake siempre afirmó que su otra y grotesca cara le sugería toda clase de pensamientos diabólicos. En la obra de 1896: Anomalías y curiosidades de la medicina (Anomalies and Curiosities of Medicine), se recoge un testimonio que justifica el final trágico de Edward: sentía que dentro de su cabeza cohabitaban dos mentes; es decir, que dos seres opuestos, él y el otro (o la otra), compartían el mismo cerebro.

En aquel compendio de rarezas se registra buena parte de los horrorosos padecimientos de Edward Mordake: la otra cara le inseminaba órdenes homicidas, actos despreciables, además de juzgar cínicamente cada una de sus acciones.

Este tormento se fue acentuando con los años.

Las órdenes demoníacas y las risas sardónicas pasaron de ser episodios esporádicos a convertirse en un monólogo enloquecedor, desquiciado, maniático. Edward Mordake oía, día y noche, los pensamientos despreciables y los ardides del otro.

Imaginemos por un momento lo difícil que sería convivir con una personalidad foránea dentro de nosotros mismos, con acceso a todos nuestros miedos, fantasías, incluso a los pensamientos más íntimos e inconfesables; y, en este caso, doblemente horrible debido a la presencia física de un rostro que se jactaba de esos conocimientos y se aprovechaba de ellos para ejecutar una devastadora tortura.

Una y otra vez Edward Mordake rogó a los médicos que removieran quirúrgicamente la otra cara; no obstante, esa posibilidad sencillamente estaba por encima de las opciones médicas de su tiempo.

La enorme mayoría de los bebés que nacen con esta terrible condición apenas sobreviven unos minutos después del parto. Edward Mordake vivió veintitrés años, completamente recluido de la sociedad y alejado de los miembros de su propia familia, hasta que resolvió suicidarse colgándose del balcón de su departamento.

Algunos afirman que los primeros en llegar a la escena hallaron una carta. Se encontraba en el bolsillo de la chaqueta del cuerpo sin vida de Edward Mordake, y también del otro, o la otra. Allí le solicitaba a sus familiares que el rostro diabólico fuese removido de su cadáver antes del entierro.

No es injustificado pensar que ese último deseo intentaba evitar que el salvaje discurso del rostro lo persiguiera más allá de la muerte.




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Esas personas adictas a regalar canciones


Esas personas adictas a regalar canciones.




Hay personas que cultivan una adicción culturalmente aceptada: regalar canciones; sobre todo en tiempos virtuales donde el acceso a la música es inmediato, gratuito, y ausente de ingenierías tales como el rebobinado.

Las razones que justifican esta costumbre de regalar canciones son muy variadas, casi tantas como individuos que se entregan sistemáticamente a ese vicio.

Están los que regalan canciones para festejar un cumpleaños, un examen aprobado, un lance amoroso, el advenimiento de un fin de semana largo, el resultado venturoso de un test de embarazo.

En otra categoría se inscriben aquellos que utilizan las canciones para manifestar ciertos estados de ánimo, desde la plétora a la depresión, desde remordimiento al júbilo, desde el aburrimiento a la lujuria.

Una tercera especie se determina por aquellos individuos misteriosos que regalan canciones con motivos inciertos.

Hay que admitir que cualquiera de estos sujetos posee un amplio catálogo de canciones para ajustarse a la atmósfera emocional del momento. Ninguna situación se escapa de sus asociaciones; ninguna es lo suficientemente elocuente por sí misma para prescindir de la música como forma de acentuar sus características.

Muchos de ellos incluso son capaces de musicalizar episodios dramáticos, como un funeral; otros utilizan la música para amenizar situaciones banales, cuando no directamente frívolas.

También es justo afirmar que no hay nada ilícito en el hábito de regalar canciones.

Todos conocemos al menos a una persona que cultiva esta peligrosa adicción. Para ellas las palabras son insuficientes para describir el torbellino de emociones que los perfora como una estaca enjabonada. Las canciones, en cambio, les ofrecen un vasto y fascinante catálogo de ambigüedades para describir aquello que se escapa por las grietas del lenguaje.

El problema, decíamos, no radica en regalar canciones, sino cuando dos regaladores seriales intentan comunicarse mutuamente.

Las canciones, los videos, los links, fluyen de un lado a otro. Ese ida y vuelta, ese diálogo musical, posee las características de un tiroteo.

Con el profesor Lugano tuvimos la ocasión de estudiar de cerca un caso testigo a propósito de esta obsesión: un hombre y una mujer que mantenían una frondosa amistad virtual. Entre ambos promediaban unas veinte canciones por día para comunicarse toda clase de sentimientos, estados de ánimo, ubicación geográfica, condiciones climáticas, estado del tránsito, malestares gástricos, etc.

Durante un año se regalaron tantas canciones que, frente al enorme vacío musical que se extendía ante ellos, o lo que es todavía peor, frente a la posibilidad de la repetición de temas ya utilizados para expresar asuntos diferentes, se sintieron en la obligación de conocerse.

Con el profesor fuimos testigos de aquel encuentro.

Fue en un bar, a la mañana.

El barullo del servicio, con mozos engominados yendo de un lado a otro, no logró disimular el silencio atroz que flotaba sobre aquella mesa. No se emitió una mísera palabra. Ambos desayunaron, se saludaron cordialmente con un beso en la mejilla, se empotraron sus respectivos auriculares y cada uno retomó sus actividades diarias.

Nunca más volvieron a verse.

Que este caso sirva de ejemplo para todos los que consideran una astucia sustituir el lenguaje por la música. Algunas personas se regalan tantas canciones que, al final, no tienen mucho más para decirse.




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Evidencias de una mujer que se siente sola


Evidencias de una mujer que se siente sola.




Eugenia tenía problemas para dormir; o mejor dicho, le costaba irse a la cama durante la noche. Podía dormir, y de hecho lo hacía en prácticamente cualquier sitio. Ninguno era lo suficientemente incómodo, duro, húmedo o blando como para impedirle caer en el más profundo de los sueños, salvo su propia cama.

Esto le trajo aparejado un sinnúmero de preocupaciones: se dormía en el trabajo, en la fila del supermercado, del banco, en la sala de espera del médico; incluso se dormía en las escasas refriegas trimestrales que programaba con su marido.

Naturalmente, Eugenia no se quedó de brazos cruzados. Si la cama era el problema, perfecto, compraría otra. Y así lo hizo, varias veces, sin que ninguna pudiera asegurarle una mísera hora de descanso.

Consultó con toda clase de especialistas: psicólogos, psiquiatras, hipnotistas, tipos que leen e interpretan prácticamente cualquier cosa, desde las manos a un espolón en el pie, pasando por la borra del café al rastro de saliva dejado en una rodaja de sandía, y todo fue inútil; peor que inútil: un fracaso rotundo que ponía en riesgo todos los aspectos de su vida.

Con el tiempo este problema se agravó: no sólo Eugenia no podía dormir en la cama sino que le costaba frecuentar el dormitorio. Al principio esto reavivó los bríos de la pareja, obligándolos a la comisión de encuentros en otras dependencias del hogar; sin embargo, cuando lo inusual se vuelve una rutina rápidamente pierde actualidad.

Finalmente, ya desesperada, Eugenia recurrió al profesor Lugano.

La cita fue programada para un día viernes. Asistieron Eugenia, su marido, el profesor y quien escribe estas líneas, en aquella ocasión, bajo el pretexto de amanuense.

—No puedo dormir en la cama, profesor —dijo Eugenia.

—Ya veo. ¿Puede hacer otras cosas en la cama además de dormir?

—Antes sí; con mi marido mirábamos películas acostados, series, los partidos de la B Nacional, pero ahora ya ni eso. Apenas entro al dormitorio y veo la cama siento una tristeza que no puedo controlar.

—Entiendo —dijo el profesor—. Es decir que, para resumir el caso, usted se duerme en todos lados menos en la cama. ¿Estamos en lo correcto?

—Sí —dijo Eugenia—. Por favor, ayúdeme, profesor; estoy horriblemente sola durante todo el día. La cama matrimonial es el único espacio en donde estoy acompañada.

—Y esa es la causa del problema. Usted se resiste a irse a la cama con su marido porque ahí, acompañada, su soledad se hace más evidente.




Filosofía del profesor Lugano. I Feminología: filosofía de la mujer.


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