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«La cosa en el bosque»: Bernard Capes; relato y análisis.


«La cosa en el bosque»: Bernard Capes; relato y análisis.




«Condenado a tomar esta forma al atardecer,
y así aullar alrededor de las puertas de los hombres
hasta que el bendito día lo liberara.»



La cosa en el bosque (The Thing In The Forest) es un relato de hombres lobo del escritor inglés Bernard Capes (1854-1918), publicado originalmente en la antología de 1915: Los fabulistas (The Fabulists), y luego reeditado en El libro negro del hombre lobo (Black Book of the Werewolf).

La cosa en el bosque, uno de los cuentos de Bernard Capes más reconocidos, es una historia breve dentro de la narrativa más amplia de Los fabulistas, donde cuatro hombres: Heriot, Scarrott, Duxbury y Raven, quienes viajan de pueblo en pueblo, se cuentan extrañas anécdotas en cada parada. La cosa en el bosque es una de las historias contadas por Raven.

El cuento nos sitúa en las montañas de Hungría, y comienza con una joven recién casada llamada Elspet, que regresa sola a su cabaña después de comprar víveres en la aldea. Al pasar junto a una iglesia aislada, divisa un lobo. Algo en la expresión del animal le indica que es más que una simple bestia. Naturalmente, Elspet siente miedo, pero también compasión. Tal es así que, antes de huir toma un pedazo de carne de su cesta y se la arroja al lobo.

Ya en la cabaña, Elspet pasa la noche sumida en una terrible angustia espiritual. Está convencida de haber pecado mortalmente al alimentar al licántropo. Al día siguiente, la joven se dirige a la iglesia. El párroco, llamado Ruhl, escucha su confesión, y Elspet se lleva una sorpresa cuando descubre que el sacerdote no es lo que parece.

La cosa en el bosque es una historia corta, cuyo valor se pierde fuera del contexto de Los fabulistas. De todos modos constituye un resumen preciso de las leyendas de hombres lobo, y una aproximación más adulta al cuento de Caperucita Roja, con Elspet caminando sola por el bosque con su cesta [ver: ¡No salgas del camino! El Modelo «Caperucita Roja»]

Si bien el hombre lobo tradicional está ligado a una maldición, este tropo sería reemplazado por alguien que simplemente está en el lugar equivocado, en el momento equivocado, y es mordido. La cosa en el bosque juega más con el pecado, la noción de que la licantropía responde a una desviación de la doctrina cristiana. Elspet piensa en los hombres lobo como seres condenados, pecadores, cuya condición surge como castigo. El padre Ruhl, evidentemente, cuenta con algunos «pecados inconfesables» en su pasado [ver: Razas y clanes de hombres lobo]

La revelación final de que el padre Ruhl es el hombre lobo es fácil de intuir. En definitiva, solo hay dos candidatos: Stefan, el marido de Elspet, y el sacerdote. Sin embargo, en 1915, el motivo del hombre lobo era todavía lo suficientemente raro como para causar algo de sorpresa. De todos modos, Bernard Capes no busca el impacto; más bien se apoya en la idea de un sacerdote diabólico para darle un matiz más controversial a la historia. Recordemos que Ruhl confiesa a Elspet, y luego se transforma.

En lo personal, creo que La cosa en el bosque es una reinterpretación del cuento de Caperucita Roja, o un retorno a su forma más cruda [ver: Psicología de Caperucita Roja]. La única duda que nos deja Bernard Capes es qué clase de pecado cometió el sacerdote para ser condenado a pasar el resto de su vida como un licántropo, pero eso, desde la perspectiva de Elspet, no tiene demasiada importancia.




La cosa en el bosque.
The Thing In The Forest, Bernard Capes (1854-1918)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


En los bosques nevados de la Alta Hungría, en invierno, los lobos se adentran sigilosamente; pero hay cosas peores, más terribles, que golpean el corazón del viajero solitario.

Una tarde de diciembre, Elspet, la joven esposa, recién casada, del leñador Stefan, llegó apresuradamente por las laderas bajas de las Montañas Blancas desde el pueblo donde había estado todo el día haciendo compras. Llevaba una cesta con provisiones debajo del brazo; sus mejillas regordetas parecían dos manzanas frías; su respiración era entrecortada, más por nerviosismo que por cansancio. Se acercaba el anochecer, y se alegró al ver la pequeña y solitaria iglesia en el valle, el centro, por así decirlo, de muchos senderos que se ramificaban entre los árboles, uno de los cuales era el camino a su cálida cabaña, a medio kilómetro de distancia.

Se detuvo un instante al pie de la ladera, indecisa sobre si entrar en el pequeño y frío edificio y suplicar protección a la gran y maltrecha imagen de piedra de Nuestra Señora del Socorro que se encontraba dentro, junto al confesionario; Pero el silencio y la creciente oscuridad la convencieron, y siguió adelante. Una chispa de fuego que brillaba a través de la ventana de la casa parroquial parecía repelerla más que atraerla, y se alegró cuando las curvas del sendero la ocultaron de su vista. Siendo nueva en el distrito, apenas había visto al padre Ruhl, y de alguna manera, el conocimiento penetrante y la mirada ardiente del párroco la incomodaban.

El suave montículo, el sendero de pinos altos e inmóviles, se extendía en una quietud sepulcral. En algún lugar, el sol, como un fuego extinto, se había convertido en brasas opalescentes, apenas luminosas, que bastaban para rozar las sombras con una palidez aún más espantosa. Reinaba tal silencio que el leve crujido de sus propios pasos en la nieve le oprimió el corazón, como una profanación.

De repente, algo cerca de ella que no había estado antes apareció. Llegó como una sombra, sin más ruido ni aviso. Estaba aquí, allá, detrás de ella. Se giró, presa del pánico, y vio un lobo. Con un grito ahogado y temblorosos miembros, intentó apresurarse en su camino; y supo, aunque no había indicios de persecución, que la sombra deslizante la seguía de cerca. Desesperada por el terror, se detuvo una vez más y la enfrentó.

¡Un lobo! ¿Era un lobo? ¡Quién podría dudarlo! Sin embargo, la expresión salvaje en esos ojos hambrientos, tan perdidos, tan lastimeros, ¡tan mezclados de hambre insaciable y necesidad humana! Condenado, por sus pecados inefables, a tomar esta forma al atardecer, y así aullar y olfatear alrededor de las puertas de los hombres hasta que el bendito día lo liberara. Un hombre lobo... no un lobo.

Esa terrible comprensión golpeó a la muchacha como un cuchillo surgido de la oscuridad: por un instante estuvo a punto de desmayarse. Y entonces un gemido bajo rompió su corazón y lo inundó de compasión. Tan perdido, tan infinitamente desesperanzado. Y tan lastimero... sí, a pesar de todo, tan lastimero. Había pecado, más allá de cualquier pecado que su inocencia conociera o su experiencia pudiera comprender; pero era una mujer, muy afortunada, muy feliz, con todas sus comodidades y la certeza de su amor. Sabía que estaba prohibido socorrer a esos marginados, condenados y sin nombre, ayudarlos o compadecerse de ellos de ninguna manera.

Pero…

En su cesta había buena cantidad de carne, ¿y quién tenía por qué saberlo o contarlo? Con manos temblorosas encontró y arrojó un trozo a la bestia desolada; luego, dándose la vuelta, se apresuró a seguir su camino. Pero en casa, su pecado secreto se le presentó, interponiéndose entre su marido y ella, proyectó su sombra sobre los rostros de ambos. ¿Qué se había atrevido a hacer? ¿Qué había hecho? Con su propio acto había perdido su derecho de nacimiento a la inocencia; con su propio acto se había puesto en manos del mal al que había servido. Toda aquella noche permaneció postrada, avergonzada y horrorizada, y todo el día siguiente, hasta que Stefan terminó de cenar y se marchó, se movió en una agonía muda. Entonces, impulsada insoportablemente por el recuerdo de su rostro atribulado y desconcertado, al acercarse el crepúsculo, se puso su manto y bajó a la pequeña iglesia del valle para confesar su pecado.

«Madre, perdóname y sálvame», susurró al pasar junto a la estatua.

Tras tocar el timbre para llamar al confesor, apenas se había arrodillado ante el confesionario en la penumbra de la capilla, fría y vacía como una bóveda, cuando la barandilla del presbiterio crujió y se oyeron los pasos del padre Ruhl sobre las piedras.

Él llegó, tomó asiento tras la reja; y, entre suspiros y vacilaciones, Elspet confesó su culpa. Y cuando, con la cabeza gacha, terminó, un sonido extraño le respondió: era como una risita, y sin embargo, no tanto una risa como un gruñido.

Con una conmoción como la de la muerte, levantó la mirada. Era el padre Ruhl quien estaba sentado allí, y, sin embargo, no era el padre Ruhl. En ese instante crepuscular, su rostro ya estaba cambiando, afilándose, volviéndose lobuno: los ojos redondos y la mandíbula babeante. Jadeó y retrocedió; entonces, ladrando y mordisqueando la reja, él cayó con una mirada malévola, y ella lo oyó acercarse. El puro horror la paralizó. Con un grito, se puso de pie de un salto y huyó. Su manto se enganchó en algo; hubo un tirón y un estruendo, y, como una inundación, el olvido la envolvió.

Fue el anciano sacristán, sordo y casi senil, quien los encontró allí tendidos: la mujer ilesa pero inconsciente, el sacerdote aplastado por la caída de la antigua estatua, que llevaba tiempo tambaleándose hasta derrumbarse. Ella se recuperó; de él, nadie sabe dónde yace enterrado. Pero circularon historias siniestras de una manada aullando aquella noche, y de un pavimento vacío y ensangrentado cuando fueron a buscar el cuerpo.

Bernard Capes (1854-1918)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Bernard Capes.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Bernard Capes: La cosa en el bosque (The Thing In The Forest), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La dama de Rosemount»: T. G. Jackson; relato y análisis.


«La dama de Rosemount»: T. G. Jackson; relato y análisis.




«Una vaga sensación de influencia lo invadió:
alguien lo acompañaba, alguien invisible, que le susurraba al oído:
Eres mío



La dama de Rosemount (The Lady of Rosemount) es un relato gótico del escritor inglés T. G. Jackson —Thomas Graham Jackson (1835-1924)—, publicado originalmente en la antología de 1919: Seis historias de fantasmas (Six Ghost Stories).

La dama de Rosemount, uno de los cuantos de T. G. Jackson más reconocidos, relata la historia de Henry Charlton, un joven estudiante de Oxford que decide pasar las vacaciones en una residencia recientemente adquirida por su tío, sir Thomas Wilmot, conocida como Abadía de Rosemount.

La abadía data del siglo XII, y fue hogar de monjes benedictinos, por lo que el joven Henry, aficionado al oficio de anticuario, se siente fascinado por su historia y arquitectura. Mientras explora la capilla con sus primos descubre una tumba escondida entre la maleza, encima de la cual se encuentra una estatua, entre hermosa e inquietante, de la condesa Alianora.

Henry ya había descubierto algunos indicios de la condesa en los vitrales de la casa, cuyas inscripciones en latín hablan de una misteriosa mujer acompañada por la imagen de «la mitad inferior de un demonio inconfundible, con piernas peludas y pezuña hendida». Entre las inscripciones [sobre las cuales T. G. Jackson no proporciona una traducción], puede leerse: QVALITER DIABOLVS TENTAVIT COMITISSAM ALI..., que puede traducirse como: «Sobre cómo el diablo tentó a la condesa Ali...». La inscripción está rota, pero más adelante quedará claro que se trata de la condesa Alianora.

Otras inscripciones son: HIC COMITISSA TENTATA A DI... [«aquí la condesa es tentada por di... [¿diavolus?, «diablo»]. En otra imagen «se veía un trozo de la figura de un monje y parte de una leyenda»: HIC FRATER PAVLVS DAT COMI... [«aquí el hermano Pablo da...»]. La última imagen representa a «una mujer vestida de negro, sosteniendo en su mano una pequeña maqueta de una iglesia. Estaba arrodillada, postrada ante el Papa, quien estaba sentado y extendía la mano en señal de bendición. La leyenda debajo decía»: HIC COMITISSA A PAPA ABSOLVTA EST [«aquí la condesa es absuelta por el Papa»].

Finalmente, en la tumba de la condesa puede leerse: HIC JACET ALIANORA COMITISSA PEC’CATRIX QVÆOBIIT ANO DNI MCCCL CVIVS ANIMÆ MISEREATVR DEVS [«aquí yace Alianora, condesa pecadora que fue destruida en el año de nuestro señor 1350 por la misericordia de Dios»].

Henry se siente «fascinado y repelido» por la estatua de la condesa, tanto es así que, ya de noche, visita su tumba y tiene una visión donde ella lo incita a acercarse más, lo besa y establece una especie de enlace psíquico [ver: El enlace entre el Vampiro y su víctima]

No queda claro cuál fue el pecado de Alianora, pero debió ser considerable debido a que, para obtener el perdón papal, hizo construir la abadía. También es evidente que ella continuó con sus actividades profanas, habida cuenta que en su tumba se dice que fue «destruida» por «la misericordia de Dios». Podría tratarse de una vampiresa, aunque la presencia de diablo en las imágenes puede interpretarse como una sugerencia de brujería.

La dama de Rosemount es una historia algo densa, lenta, donde ocurre poco, pero intensamente gótica en la trama y el escenario. T. G. Jackson, que además era arquitecto y anticuario, sigue la fórmula planteada por M. R. James [también anticuario], en la cual establece dos condiciones para una buena historia de fantasmas. La primera es que transcurra en la vida cotidiana, y la segunda es que el fantasma debe ser maligno. Jackson no transgrede ninguna de las dos, aunque la «vida cotidiana» de un inglés adinerado de comienzos del siglo XX sea bastante diferente de la nuestra [ver: El ABC de las historias de fantasmas]




La dama de Rosemount.
The Lady of Rosemount, T. G. Jackson (1835-1924)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


—Así que, Charlton, vas a pasar parte de las vacaciones en la Abadía de Rosemount. ¡Qué envidia! Es un lugar encantador, y lo pasarás de maravilla.

—Sí —dijo Charlton—, tengo muchísimas ganas. Nunca la he visto; sabes que mi tío la adquirió hace poco y se mudaron allí la Navidad pasada. Había olvidado que la conocías y que habías estado allí.

—¡Ah! No la conozco muy bien —dijo Edwards—. Pasé unos días allí hace un par de años con el anterior propietario. Te va a encantar porque te apasionan las abadías antiguas y las ruinas, y encontrarás suficiente allí para satisfacer a toda la Sociedad de Anticuarios, además de a ti mismo. ¿Cuándo vas?

—Muy pronto. Tendré que estar en casa una semana o así después de ir. Y luego creo que mi tío me esperará en Rosemount. ¿Qué piensas hacer?

—Bueno, la verdad es que no sé. Nada del otro mundo. Quizás haga una escapada al extranjero más adelante. Pero tendré que leer porque el próximo trimestre me toca Literatura Inglesa. Por cierto, es posible que ande por ahí cerca. Tengo amigos cerca de Rosemount que quieren que pase parte de las vacaciones allí.

—De acuerdo —dijo Charlton—, no olvides venir a verme. Mientras tanto, adiós, viejo, y buena suerte.

Charlton se quedó un rato en la ventana, mirando el patio de su universidad. El trimestre en Oxford acababa de terminar y los chicos bajaban rápidamente. Los coches esperaban en la puerta, los muchachos bajaban ruidosamente las escaleras con maletas y demás parafernalia juvenil, los amigos se estrechaban la mano y se despedían. En unas horas la universidad estaría vacía, y la soledad la envolvería durante cuatro meses, interrumpidos solo por visitantes ocasionales, nativos o transatlánticos. La huida de los muchachos sería seguida por la de los profesores a todas partes de Europa o más allá; la residencia quedaría desierta y el portero reinaría supremo sobre una vasta soledad.

Charlton no debía bajar hasta la mañana siguiente. Cenó en el comedor con otros tres o cuatro hombres, los únicos supervivientes de la multitud, y luego se retiró a sus aposentos para terminar de empacar. Hecho esto, se sentó en el alféizar de la ventana mirando hacia el patio. Era una noche espléndida; la luz de la luna dormía sobre la hierba y plateaba las paredes grises y las ventanas, mientras que la capilla y el salón estaban sumidos en una sombra impenetrable. Todo estaba tan silencioso como la muerte; ningún sonido del mundo exterior penetraba el recinto, y para la bulliciosa colmena de hombres en su interior, reinaba ahora el silencio de un desierto. Quizás no haya lugar donde el silencio y la soledad se puedan sentir con mayor intensidad que en el interior de un colegio de Oxford en época de vacaciones, y había algo en la escena que atrajo al temperamento del joven que la contempló.

Henry Charlton era hijo único. Su padre había fallecido cuando era niño, y su madre, destrozada por el dolor, había renunciado a la vida social y llevaba una vida muy apartada en el campo. En Winchester y Oxford, naturalmente, se relacionó con los demás y entabló amistades, pero su vida familiar era algo sombría y su círculo social, limitado. Creció como un joven reservado y retraído, con pocas amistades, aunque las que formó eran sinceras y sus afectos, fuertes. Su temperamento —poético y teñido de melancolía— lo inclinaba naturalmente hacia el romanticismo, y desde temprana edad se deleitaba con la arqueología, la heráldica y las leyendas. En la escuela y la universidad, disfrutaba de la arquitectura antigua que lo rodeaba. Sus gustos incluso lo llevaron más allá, al ámbito de la investigación psíquica y las dudosas revelaciones del espiritismo; aunque una sana vena de escepticismo lo salvó de sumergirse profundamente en esos laberintos.

Sentado junto a la ventana, la escena familiar adquirió un aire romántico. El silencio se apoderó de su alma; las ventanas, donde solía brillar una luz acogedora a través de las cortinas rojas, invitando a la visita, ahora estaban ciegas y oscuras; el misterio envolvía las conocidas paredes; parecían un lugar para los muertos, ya no una morada para los vivos, de los cuales él podría ser el último superviviente. Finalmente, levantándose de su asiento y riéndose a medias de sus propias fantasías, Henry Charlton se fue a la cama.

Unas semanas después, bajó del tren en la pequeña estación rural de Brickhill, en Northamptonshire, y mientras el mozo recogía sus pertenencias, esperó el carruaje.

—¡Hola! Harry, aquí estás —dijo una voz a sus espaldas, y al darse la vuelta, su primo, Charley Wilmot, lo saludó efusivamente.

Un coche los esperaba, y en cinco minutos partieron, recorriendo a toda velocidad una de las anchas carreteras de Northamptonshire, con una generosa extensión de césped a cada lado entre los setos y los árboles que bordeaban la tierra. El país era nuevo para Henry Charlton, y lo observaba con interés. La finca de Rosemount había llegado recientemente, y de forma inesperada, tras la muerte de un pariente lejano de su tío, Sir Thomas Wilmot, y la familia apenas había tenido tiempo de instalarse. Su primo, Charley estaba entusiasmado con la novedad del lugar y el encanto de la abadía.

—Te lo aseguro, es un lugar destartalado —dijo—, lleno de rincones y recovecos extraños, y están las ruinas de la iglesia con todo tipo de objetos antiguos por ver; pero tendrás tiempo de sobra para explorarlo todo. Aquí estamos, ahí está mi padre esperándote en la puerta del salón.

Entraron por una verja y subieron por una avenida al final de la cual Henry pudo ver un viejo conjunto de gabletes de piedra, ventanas con parteluces, enormes chimeneas y un amplio portal arqueado, amablemente abierto, donde Sir Thomas esperaba para recibir a su sobrino.

Habían pasado algunos años desde que Henry había visto a sus parientes, y se alegraba de estar con ellos de nuevo. Una casa llena de primos animados, algo más jóvenes que él, le había proporcionado en el pasado un agradable cambio respecto a su propio hogar, bastante melancólico, y esperaba con ilusión recuperar la cercanía. Su joven primo Charley acababa de terminar sus estudios en Eton y comenzaría la universidad en octubre. Las niñas, Kate y Cissy, habían crecido mucho desde que él jugaba con ellas en la guardería y ya eran demasiado mayores para recibir besos. Sus tíos se mostraron tan amables como siempre, y después de que él respondiera a sus preguntas sobre su madre y les contara su tranquilo viaje, todos se dirigieron al jardín, donde les esperaba el té bajo los árboles. Fue entonces cuando Henry vio por primera vez parte de la Abadía de Rosemount.

Esta antigua fundación, de Sanctus Egidius in Monte Rosarum, había sido una casa benedictina del siglo XII, que tras la Disolución de los monasterios fue concedida a un favorito real, quien la desmanteló parcialmente y la convirtió en su residencia. Sus descendientes, en tiempos de Jacobo I, derribaron gran parte de los edificios conventuales y sustituyeron las incómodas celdas de los monjes por una estructura más confortable, al estilo de la época. Sin embargo, muchos fragmentos de la abadía se incorporaron a la casa posterior. El refectorio de los monjes se conservó y constituía el gran salón de la mansión, con su bóveda y sus ventanas caladas, en las que aún se conservaban algunos de los antiguos vitrales. La cocina del abad seguía abasteciendo la mesa de Sir Thomas, y entre las dependencias y otros lugares se encontraban partes de los edificios domésticos. Al norte del refectorio, según el plano benedictino habitual, se encontraba el claustro y, más allá, la iglesia, situada a un nivel ligeramente inferior, debido a la inclinación del terreno desde la cima del Monte de las Rosas, sobre la que se había construido la parte habitable del convento. Del claustro quedaba lo suficiente, aunque muy deteriorado y en ruinas, para mostrar lo que había sido, pero la mayor parte de la iglesia fue destruida para aprovechar sus materiales cuando se construyó la casa jacobina. Sin embargo, una parte considerable de la nave seguía en pie, incluso con su bóveda intacta, y del resto, se conservaba suficiente de la parte inferior de los muros para mostrar que la iglesia había sido de un tamaño considerable, aunque no comparable a las grandes construcciones.

Henry Charlton, con la mirada ávida de un anticuario, contempló la abadía mientras tomaba su té y tostadas con mantequilla a la sombra de los olmos que bordeaban el jardín de ese lado de la casa. Pero tuvo que contener su impaciencia por visitar las ruinas, pues después del té sus primos insistieron en jugar al tenis, una partida que se prolongó hasta la hora de la cena, y después de cenar ya era demasiado tarde y estaba demasiado oscuro para explorar.

Cenaron en el gran salón, que antaño fue el refectorio de los monjes, pero no demasiado grande para las comodidades modernas, ya que la abadía había sido una de las casas más pequeñas de la Orden y el número de miembros de la hermandad era limitado. Henry estaba encantado y no podía contener su entusiasmo.

—¡Ah! —dijo su tía—, recuerdo que tu madre me contó que te apasionaban la arquitectura y las antigüedades. Pues bien, aquí tendrás de sobra para disfrutar de ellas. Por mi parte, a menudo añoro un poco más de comodidad moderna.

—Pero, querida tía —dijo Henry—, hay tantas cosas que compensan las pequeñas incomodidades de vivir en este precioso lugar que podrían olvidarse.

—¿Y tú qué sabes de tareas domésticas? —dijo su tía—, me gustaría que escucharas a la señora Baldwin, el ama de llaves, hablar sobre el tema. Cómo se esfuerza subiendo una escalera solo para tener que bajar otra. La casa, dice ella, tiene escaleras innecesarias y pasillos torcidos que podrían haber sido rectos, y a las criadas les llevó quince días aprender el camino a la despensa.

—Es inútil, madre —dijo Charley—, nunca lo convencerás. Le gustaría que volvieran esos viejos monjes y ser uno de ellos, con una capucha grasienta en la cabeza y sandalias en los pies, y sin nada que comer más que hierbas bañadas en agua.

—¡No, no! —dijo Henry, riendo—, no los quiero de vuelta, pues estoy muy a gusto con mi compañía actual. Pero confieso que me gusta imaginar a los hombres que construyeron y vivieron entre estas viejas paredes; creo que soñaré con ellos esta noche.

—Bueno, Harry —dijo su tío—, puedes soñar con ellos cuanto quieras, siempre y cuando no los traigas de vuelta para echarnos. Y tendrás toda la oportunidad, pues dormirás en una parte del antiguo convento que los constructores de la abadía, al construir la casa moderna, respetaron; y quién sabe si el fantasma de su antiguo ocupante no te volverá a visitar sus antiguos aposentos.

Harry rió mientras se levantaban de la mesa y dijo que confiaba en que su visitante no lo trataría como a un intruso.

El largo día de verano les había permitido terminar de cenar a la luz del día, y aún había suficiente luz para ver las antiguas vidrieras. Estaban muy fragmentadas, y ninguna de las imágenes era perfecta. En una de las luces pudieron distinguir parte de una figura femenina ricamente vestida; sostenía algo que se había roto, y junto a ella se encontraba la mitad inferior de un demonio inconfundible, con piernas peludas y pezuña hendida. La leyenda debajo decía así, con la última palabra incompleta:

QVALITER DIABOLVS TENTAVIT C OMITISSAM ALI...

La siguiente vidriera era aún más imperfecta, pero mostraba parte de la misma figura femenina en plena acción, con el fragmento de una leyenda:

HIC COMITISSA TENTATA A DI...

Otras partes, evidentemente de la misma historia, permanecían en la siguiente vidriera, pero eran demasiado fragmentarias para comprenderse. En una de ellas se veía un trozo de la figura de un monje y parte de una leyenda:

HIC FRATER PAVLVS DAT COMI...

La última de todas era bastante perfecta. Representaba a una mujer vestida de negro, sosteniendo en su mano una pequeña maqueta de una iglesia. Estaba arrodillada, postrada ante el Papa, quien estaba sentado y extendía la mano en señal de bendición. La leyenda debajo decía:

HIC COMITISSA A PAPA ABSOLVTA EST.

Henry estaba muy interesado y quería saber la historia de la condesa pecadora; pero ninguno de los presentes pudo contársela, de hecho, ninguno le había prestado mucha atención al espejo hasta entonces. Sir Thomas había intentado una vez averiguar la identidad de la condesa, pero con escaso éxito, y pronto había abandonado la búsqueda.

—Tienes un problema de antigüedades que resolver, Harry —dijo—, pero no sé dónde buscar la solución. Los anales de Rosemount son muy incompletos. En los que están a mi alcance no pude encontrar nada relacionado con el tema.

—Me temo, señor —dijo Harry—, que si usted fracasó, yo tampoco tendré éxito, pues solo soy un humilde anticuario y no sabría por dónde empezar. Me parece, sin embargo, que la historia debía tener algo que ver con la historia de la Abadía, y que su suerte estaba ligada a la malvada Condesa, o los monjes no habrían expuesto su relato en sus vidrieras.

—Bueno, entonces, ahí tienes una pista para investigar —dijo su tío—, y ahora reunámonos con las damas.

La habitación donde Henry Charlton iba a dormir estaba en la planta baja, en un rincón de la casa, y daba al claustro y a la iglesia abacial en ruinas. Era, como había dicho su tío, una reliquia de la parte doméstica de la Abadía, y cuando se despidió de su primo Charley, quien lo acompañó hasta allí, observó la habitación con gran interés. Era de buen tamaño, con techo bajo y enormes vigas negras entre las viguetas. La pared era tan gruesa que había espacio para un pequeño asiento en el hueco de la ventana a cada lado, al que se accedía por un escalón, ya que el alféizar estaba bastante alto. Frente a la ventana se abría una amplia chimenea con soportes para leña y un montón de cenizas sobre el hogar. Las paredes estaban revestidas de roble hasta el techo y el suelo, donde no estaba cubierto de alfombras, era del mismo material, pulido hasta brillar. Salvo por los sanitarios de la civilización moderna, la habitación permanecía inalterada desde que el último hermano del convento la abandonó para no volver jamás.

Henry intentó imaginarse a su predecesor; lo imaginó sentado a la mesa, leyendo o escribiendo, o de rodillas rezando; en su sencilla estantería habrían estado sus pocos libros y manuscritos, prestados de la biblioteca del convento, a los que debía devolverlos cuando se reunían una vez al año, bajo severa pena en caso de pérdida o daño. Mientras yacía en su cama, Henry intentó imaginar qué habría pensado si él mismo hubiera sido aquel personaje fantasmal cinco siglos atrás; se imaginó en el coro de la gran iglesia; oyó el sonoro canto gregoriano de una veintena de voces graves y varoniles, resonando en la bóveda y haciendo eco por las naves; vio las vestiduras bordadas, las luces que brillaban con mayor claridad a medida que la penumbra del atardecer envolvía la arcada y el triforio en tinieblas y misterio, y convertía en oscuridad las históricas vidrieras que poco antes resplandecían con los colores del zafiro, el rubí y la esmeralda. Satisfecho con estas fantasías, permaneció despierto hasta que el reloj dio las doce y entonces, insensiblemente, la visión se desvaneció y se quedó dormido.

Su sueño no fue tranquilo. Varias veces se despertó a medias, solo para volver a dormirse y retomar el hilo de un sueño tedioso que lo desconcertaba y preocupaba, pero que no lo llevaba a ninguna conclusión. Al amanecer, despertó del todo e intentó reconstruir los fragmentos que recordaba, pero no logró recordarlos todos. Le pareció ver al monje sentado a la mesa tal como lo había imaginado la noche anterior. El monje no estaba leyendo, sino que hojeaba unas botellitas que sacaba de un estuche de cuero, y parecía estar esperando a alguien o algo. Entonces, en su sueño, Henry imaginó que alguien llegaba y que algo sucedía, pero no recordaba qué era, y del visitante no recordaba nada, salvo que sentía que había una personalidad presente, pero no lo suficientemente visible como para ser reconocida; más una impresión que un hecho. Sin embargo, recordaba una mano extendida hacia la figura sentada y los objetos que sostenía. No podía recordar con claridad nada más, pero la misma figura se repetía cada vez que se dormía con una postura ligeramente diferente, aunque sin mayor nitidez. El monje podía explicarlo con los pensamientos que había tenido la noche anterior, pero respecto al incidente de su sueño, si es que a un asunto tan vago se le podía llamar incidente, no encontraba ninguna explicación.

La luminosa mañana de verano y la alegre reunión en el desayuno pronto borraron el recuerdo del sueño. Después había que ver los caballos y los perros, y visitar el jardín, y no fue hasta la tarde que sus primos le permitieron satisfacer su anhelo de visitar las ruinas de la iglesia y el claustro. Allí fueron todos juntos. El césped del claustro estaba bien cortado y cuidado, y aquí y allá, apenas sobresaliendo del verde prado, se encontraban las piedras que marcaban los lugares de descanso de la hermandad. Parte del claustro conservaba sus ventanas caladas y su bóveda, y en las paredes estaban inscritos los nombres de abades y monjes cuyos huesos yacían bajo el pavimento. Al final del pasillo occidental, una puerta finamente esculpida conducía a la nave de la iglesia, la parte más antigua del edificio, construida cuando la tosca arquitectura normanda comenzaba a transformarse en un estilo más refinado. Henry estaba extasiado y juró que ni Fountains ni Rievaulx podrían mostrarle nada más perfecto. Las chicas se alegraron al ver que apreciaban sus partes favoritas del edificio y lo guiaron de un punto a otro, decididas a que no se perdiera nada.

—Y ahora —dijo Cissy—, tienes que ver lo mejor de todo, ¿verdad, Kate? No se lo enseñamos a todo el mundo por miedo a que los extraños hagan alguna travesura.

Dicho esto, abrió una puerta en la pared lateral y los condujo a una capilla funeraria construida entre dos de los grandes contrafuertes de la nave lateral. Era, en efecto, una joya arquitectónica del gótico más puro del siglo XIV, y Henry quedó absorto ante su belleza. Las delicadas tracerías de la pared y el techo estaban talladas con un acabado similar al marfil, y aunque algo manchadas por el paso del tiempo, ya que las ventanas habían perdido sus cristales, conservaban toda su nitidez. Parte del muro exterior se había derrumbado, la maleza y la hiedra habían invadido y cubierto parcialmente el suelo, y una espesa masa de vegetación se amontonaba bajo las ventanas, contra la mampostería.

—¡Qué lástima que este precioso lugar se haya convertido en semejante desastre! —dijo Henry—, Nunca he visto nada más bello.

—Bueno —dijo Charley—, no tardaríamos mucho en deshacernos de toda esta basura. ¿Qué te parece si nos ponemos manos a la obra?

Mientras las chicas observaban, los dos hombres buscaron herramientas de jardinería y cortaron, desbrozaron y arrancaron la maleza, la hiedra y las zarzas, que arrojaron por la abertura en el muro, logrando pronto una limpieza parcial. Henry había comenzado con la masa que se alzaba a la altura del pecho junto a la ventana, cuando una exclamación repentina hizo que los demás lo miraran. Miraba fijamente la masa de vegetación, de la que había retirado la capa superior, con una expresión de asombro que atrajo a los demás. De entre la hiedra, los miraba un rostro: el de una hermosa mujer, con el cabello recogido en elegantes mechones y sujeto por una esbelta corona.

Era evidente que bajo el montón de vegetación se encontraba una tumba con una efigie que había permanecido oculta durante mucho tiempo, y cuya existencia se había olvidado. Cuando se hubo retirado el resto de la vegetación, apareció una tumba-altar sobre la cual yacía la figura de alabastro de una mujer. Los lados llevaban escudos heráldicos y evidentemente habían estado coloreados. La figura estaba exquisitamente modelada, obra de un escultor de gran talento; las manos estaban cruzadas sobre el pecho. Pero con la cabeza el artista se había superado a sí mismo. Era un triunfo de la escultura. Los rasgos eran de una belleza perfecta, regulares y clásicos, pero había algo en ella que iba más allá de la belleza, algo parecido a la vida, algo que parecía responder a la mirada del observador y atraerlo inconscientemente, quisiera o no.

El grupo se quedó mirando la figura en una especie de fascinación. Finalmente, Kate, la mayor, se apartó con un ligero escalofrío y dijo:

—¡Oh! ¿Qué es esto? ¿Qué me pasa? Siento como si algo estuviera mal; es demasiado hermosa; no me gusta. Ven, Cissy —y sacó a su hermana de la capilla con una especie de temblor.

Charley las siguió, y Henry se quedó solo con la mirada fija en el hermoso rostro. Mientras lo observaba, parecía leer un nuevo significado en los fríos rasgos de alabastro. La boca, aunque perfectamente serena, parecía expresar una cierta sátira velada. Los ojos estaban representados como abiertos, y parecían mirarlo con una curiosidad divertida. Había una diablerie en toda la figura. Pasó mucho tiempo antes de que pudiera apartar la mirada del rostro que parecía comprender y devolverle la suya, y no sin un esfuerzo titánico finalmente se apartó. Los rasgos de la imagen parecían haberse grabado a fuego en su cerebro, y permanecer allí indeleblemente, ya fuera con placer o no, no podía decidirlo, pues mezclado con una extraña atracción e incluso fascinación, era consciente de una corriente subterránea de terror, y hasta de aversión, como a algo impuro. Mientras se alejaba, su mirada se posó en una inscripción en letras góticas alrededor del borde de la losa sobre la que yacía la figura.

HIC JACET ALIANORA COMITISSA PEC’CATRIX
QVÆOBIIT ANO DNI MCCCL CVIVS ANIMÆ
MISEREATVR DEVS.

Copió el epitafio en su cuaderno, comentando que difería de la fórmula habitual, y luego, tras cerrar la puerta de la capilla, siguió a sus primos de vuelta a la casa.

—Bueno, por fin están aquí —dijo Lady Wilmot cuando Charley y sus hermanas aparecieron—. ¡Cuánto tiempo han pasado en las ruinas! El té se está enfriando. ¿Y qué han hecho con Harry?

—¡Ay, mamá! —exclamó Cissy—, ¡menuda aventura hemos tenido! ¿Recuerdas esa pequeña capilla que tanto nos gusta? Pues bien, pensamos que necesitaba un arreglo, así que quitamos la maleza y la basura, ¿y qué crees que encontramos? ¡La estatua más hermosa que jamás hayas visto! Dejamos a Harry mirándola como si se hubiera enamorado de ella.

—¡Por Júpiter! —exclamó Charley—, igual que el viejo Pigmalión, que se enamoró de una estatua y consiguió que Venus le diera vida.

—No digas eso, Charley —dijo Kate—. Hay algo inquietante en ella, no sé qué es, pero me alegré mucho de alejarme.

—Sí, madre —dijo Cissy—, Kate le tenía bastante miedo y me arrastró lejos, justo cuando yo deseaba mirarla, porque nunca habías visto nada tan hermoso.

—Pero hay algo que he notado, padre —dijo Charley—, que creo que merece atención. Una grieta importante en esa hermosa bóveda sobre la capilla, que parece peligrosa, y creo que deberían enviar al párroco a que la revise.

—Gracias, Chancy —dijo Sir Thomas—. Lamentaría que le ocurriera algo a esa parte del edificio, pues los arqueólogos me dicen que es la estructura más perfecta de su tipo en Inglaterra. El párroco está ocupado con otros asuntos los próximos días, pero me aseguraré de que la revisen la semana que viene. Por cierto, esta noche tendremos otra visita. ¿Se acuerdan del amigo de la universidad de Harry, el señor Edwards? Oí que se alojaba en casa de los Johnston, así que le pedí que viniera unos días mientras Harry está con nosotros. Creo que ahí viene.

Edwards ya conocía a los Wilmot, y pronto lo invitaron a tomar el té, después a jugar al tenis, deporte en el que se había ganado una gran reputación.

Harry Charlton no apareció hasta que todos estuvieron reunidos en el salón antes de la cena. Al salir de la abadía, lo invadió una aversión a la animada vida social. Sentía un extraño cosquilleo en los nervios; presentía que algo inusual se avecinaba, como si hubiera traspasado una barrera y cerrado la puerta tras de sí, entrando en una nueva vida donde le aguardaban experiencias insólitas. No encontraba explicación. Intentó descartar el hallazgo de la estatua como un mero descubrimiento arqueológico, interesante tanto por su historia como por su valor artístico; pero no le bastaba. Aquel rostro, con su expresión enigmática, lo obsesionaba y no podía ignorarlo. Intuía que aquello no era el final de la aventura; que, de alguna manera misteriosa, aquella mujer muerta había tocado su vida, y que aún quedaba mucho por descubrir. A ese algo más aspiraba con la misma indefinible mezcla de atracción y repulsión que había sentido en la capilla al contemplar aquellos rasgos puros de alabastro. Debía de estar solo. En ese momento no podía retomar la rutina de la vida cotidiana, así que emprendió un paseo por campos y bosques para tranquilizarse y poder reunirse con sus amigos por la noche con serenidad. Un buen tramo de diez millas le ayudó a recuperar su ánimo habitual. Se alegró de encontrar a su amigo Edwards, de cuya llegada no le habían avisado, y cuando se sentó a la mesa junto a su tía, su comportamiento fue de lo más normal.

La conversación durante la cena giró, naturalmente, en torno al descubrimiento realizado esa tarde. Resultaba singular que una obra tan extraordinaria hubiera caído en el olvido, y que la Sociedad Arqueológica de Northamptonshire, que contaba entre sus filas con tantos anticuarios entusiastas, la hubiera pasado por alto. La sociedad había celebrado reuniones en las ruinas, se habían leído y publicado artículos sobre ellas, se habían realizado planos y se habían dibujado ilustraciones de diversas partes del edificio, incluida la capilla. Pero no había ninguna mención ni indicación del monumento, ni en el texto ni en las láminas. Extraño que a nadie se le hubiera ocurrido indagar en aquella maraña de zarzas que lo ocultaba, hasta ese mismo día.

—Mañana mismo debo ir a primera hora —dijo Sir Thomas—, a ver su maravilloso descubrimiento. Lo siguiente será averiguar quién era esa bella dama.

—Creo que puedo decírselo, señor —dijo Henry, hablando casi por primera vez—, y creo que ayuda a resolver el misterio de la pecadora condesa de las vidrieras de enfrente, que nos desconcertó anoche.

Todas las miradas se dirigieron a los fragmentos de vidrieras de las ventanas del vestíbulo mientras Henry continuaba.

—En la primera vidriera, el diablo tienta a la condesa ALI..., cuyo nombre se ha perdido. Pues bien, en la tumba hay un epitafio que completa la parte que falta. Es la condesa Alianora; no se menciona ningún otro título. Pero quienquiera que fuera, la dama cuya tumba encontramos es la misma que la dama cuyas aventuras se representaban en las vidrieras.

—Ahora lo entiendo —interrumpió Kate—, por qué estaba asustada en la capilla. Era una mujer malvada, y algo me lo decía, y me hacía querer alejarme de ella.

—Bueno —dijo Lady Wilmot—, esperemos que se haya reformado y haya tenido un buen final. Verá, fue a Roma y el Papa la absolvió.

—Sí, pero apuesto a que no obtuvo la absolución por nada —dijo Charley—. Solo mírela y verá que tiene una iglesia en la mano. Tenga por seguro que le perdonaron sus malas acciones a cambio de sus donaciones a la Abadía de Rosemount; y me atrevo a decir que reconstruyó gran parte de ella y, entre otras cosas, su propia capilla.

—Charley —dijo Edwards—, debería ser abogado; presenta un caso tan sólido para la acusación.

—En cualquier caso —dijo Sir Thomas—, Charley nos da una buena pista para nuestra investigación. Revisaré las antiguas escrituras e intentaré averiguar qué conexión, si la hay, existía entre la Abadía de Rosemount y una condesa Alianora de un lugar desconocido.

El resto de la velada transcurrió con normalidad. Algunos amigos de las casas vecinas se unieron a la fiesta; hubo un pequeño baile improvisado, y ya era casi medianoche cuando se retiraron a descansar. Henry se había divertido como los demás y olvidó la aventura de la tarde hasta que se encontró de nuevo, solo, en la celda monástica, contemplando la abadía en ruinas. Fue entonces cuando, por primera vez, recordó el sueño de la noche anterior; se preguntó si tendría alguna relación con su experiencia en la capilla. El sueño parecía simplemente una de esas fantasías con las que todos estamos familiarizados, carente de significado.

Sin embargo, no estaba destinado a descansar en paz. Esta vez, su sueño le mostró al mismo monje; lo reconoció por sus rasgos toscos y cejas pobladas, pero se encontraba en la nave de una iglesia, y en los enormes pilares redondos y la austera arquitectura de los arcos y el triforio, Henry reconoció la nave de la Abadía de Rosemount, no como ahora, en ruinas, sino abovedada e intacta. Era casi de noche, y el coro tras el púlpito estaba sumido en la penumbra, en medio de la cual brillaban algunas luces frente al altar mayor y los diversos santuarios. El monje sostenía algo pequeño en la mano y, evidentemente, como la noche anterior, esperaba a alguien o algo. Por fin, Henry se dio cuenta de que ese alguien había llegado. Una figura sombría, vestida de negro, salió rápidamente de detrás de un pilar y se acercó al monje. Intentó en vano descubrir qué era aquella figura. Lo único que pudo ver fue que, tal como había sucedido la noche anterior, una mano se extendió y tomó algo del monje, que rápidamente escondió entre los pliegues de la tela que cubrían a la figura. La mano, sin embargo, se veía con mayor claridad esta vez. Era la mano de una mujer, blanca y delicada, y una joya brillaba en su dedo. La escena le produjo un terror sordo, como si temiera alguna calamidad desconocida o algún crimen del que hubiera sido testigo, y se despertó sobresaltado, empapado en sudor.

Se levantó y paseó de un lado a otro por su habitación, y luego miró por la ventana. Era una luz de luna brillante, que proyectaba fuertes sombras de los muros derruidos sobre el tranquilo claustro donde los monjes de antaño dormían plácidamente hasta que la última y temible llamada los despertara. La luz caía de lleno sobre los antiguos muros de la nave y acariciaba con la magia del misterio los delicados tracerías de la capilla donde yacía la condesa Alianora. Su rostro apareció fugazmente en su memoria, con su expresión enigmática, mitad atractiva, mitad repulsiva, y un deseo irresistible lo impulsó a verla de nuevo. Su ventana estaba abierta y el suelo a pocos metros de distancia. Se vistió apresuradamente y salió. Todo estaba en silencio; la naturaleza parecía dormida, ni una brisa movía los árboles ni agitaba la hierba mientras avanzaba lentamente por el claustro: su mente se encontraba en un extraño estado de excitación nerviosa; casi estaba en trance mientras avanzaba hacia la nave, donde las sombras de las columnas y los arcos se proyectaban negras sobre el pavimento roto.

Se detuvo un instante ante la puerta que conducía a la capilla y luego entró como en un sueño, pues todo le parecía irreal, y él mismo un mero fantasma. Finalmente, se detuvo junto a la tumba y contempló el hermoso rostro que lo había hechizado por la tarde. La luz de la luna caía sobre él, dotándolo de un misterio y un encanto sobrenaturales. Su belleza era indescriptible: jamás había concebido nada tan hermoso. La extraña expresión semisatírica que había percibido por la tarde había desaparecido; en sus facciones solo se desprendía dulzura y seducción. Un impulso apasionado lo invadió, se inclinó y la besó en los labios. ¿Era fantasía o era real, aquellos labios suaves y llenos de vida que parecían encontrarse con los suyos? No lo sabía: un éxtasis delirante lo transportó, la escena se desvaneció ante sus ojos y se desplomó en el suelo, desmayado.

Nunca supo cuánto tiempo estuvo tendido. Cuando recobró el conocimiento, la luna se había puesto y estaba sumido en la oscuridad. Un terror indefinible se apoderó de él. Se puso de pie con dificultad, salió corriendo de la abadía, huyó a sus aposentos, entró a los tropezones por la ventana y se arrojó jadeando sobre la cama.

Henry Charlton fue el último en aparecer a la mañana siguiente en la mesa del desayuno. Estaba pálido y desanimado, y le costó mucho esfuerzo participar en la conversación sobre qué hacer ese día. Después del desayuno, alegó dolor de cabeza y se retiró a la biblioteca con un libro, mientras los demás se dedicaban a diversos pasatiempos o tareas. Las chicas estaban en el jardín, donde encontraron al viejo Donald, el jardinero, que había pasado toda su vida en Rosemount y para quien el jardín era tanto suyo como de su amo, o quizás incluso más.

—Sí, jovencita —decía—, las malas hierbas crecen muchísimo con este buen tiempo, y como decías, ya es hora de que limpiemos un poco la vieja abadía. Pero veo que los jóvenes caballeros también han hecho algo por su cuenta, tirando todas esas zarzas y basura al césped, justo como yo lo había cortado y arreglado.

—¡Vaya, Donald! —dijo Cissy—, deberías haberles dado las gracias, porque esa capilla estaba hecha un desastre y te han ahorrado un buen lío.

—Bueno, supongo que hicieron lo que quisieron, pero ahí no es donde yo debería haberme metido, ¡no, no! —Y diciendo esto, se marchó.

—¿Pero por qué no? —preguntó Kate—, ¿por qué no allí, precisamente?

—¡Oh! Yo no digo nada —dijo Donald—. Solo la gente dice que están allí porque no les gusta que los molesten.

—En efecto; ¿qué dicen en el pueblo?

—¡Oh! ¡Ay! Yo no digo nada. No me meto en asuntos ajenos. Y no te diré nada más, señorita, no es bueno que las jóvenes lo sepan.

—Pero ¿sabes, Donald —dijo Cissy—, lo que encontramos allí?

—¿Qué encontraron, señorita? ¿No es ella? ¡Ay, Dios mío! Ya la encontraron una vez, y no sirvió de nada. Listo, no me preguntes más sobre eso. No es bueno que las jóvenes lo sepan.

Dicho esto, Donald se llevó su carretilla a otra parte del jardín.

—Padre —dijo Kate a Sir Thomas, que se acercaba—. Donald lo sabe todo sobre la tumba y la estatua, y no nos dice nada, excepto que la gente cree que trae mala suerte tocarla. ¿Has oído hablar de alguna superstición al respecto?

—Nada en absoluto —respondió él—. Acabo de bajar a ver su descubrimiento. La estatua es una obra maravillosa. Nunca he visto nada mejor, ni aquí ni en Italia. Pero la capilla está en muy mal estado y parte del techo amenaza con derrumbarse. Acabo de avisarle al párroco que venga mañana por la mañana a solucionarlo.

Poco después se les unieron Edwards y Charley, y el día transcurrió agradablemente, con las diversiones habituales de una casa de campo en época de vacaciones. Henry no participó mucho. Estaba distraído, desatento y completamente desanimado. Tenía una vaga idea de lo sucedido la noche anterior, pero parecía que aún persistía en sus labios aquel beso místico, quizás profano, y aún flotaba ante sus ojos el enigmático y burlón rostro de aquel hermoso semblante. Temía la llegada de la noche, sin saber qué le depararía, e intentó distraerse con otras cosas, pero sin mucho éxito.

Su amigo Edwards estaba muy preocupado por el cambio en su comportamiento y le preguntó a Charley si Henry se había alterado de alguna manera durante su visita. Le aseguraron que hasta la tarde anterior Henry había estado tan alegre y sociable como siempre, y que el cambio se había producido solo esa mañana.

—Pero te puedo asegurar una cosa —dijo Charley—, creo que anoche no estuvo en su habitación, pues los macizos de flores tienen huellas y las enredaderas están arrancadas frente a su ventana, lo que indica que alguien entraba y salía. Desde luego, no ha habido ningún robo en la casa. ¿Sabes si camina dormido?

—Nunca he oído que lo haga —dijo Edwards—. No podemos preguntarle si le pasa algo, porque no parece dar pie a que le preguntemos y nos ha evitado todo el día. Pero si se trata de sonambulismo, podríamos vigilarlo esta noche para evitar que haga alguna travesura.

—De acuerdo —dijo Charley—. Mi habitación está encima de la suya y da al mismo lado. Intentaré mantenerme despierto hasta medianoche y te llamaré si lo veo.

—De acuerdo —dijo Edwards—, pero debemos tener cuidado de que no nos vea, pues creo que es peligroso despertar a un sonámbulo.

Y así, se retiraron a sus respectivas habitaciones.

La primera parte de la noche transcurrió bastante tranquila para Henry. No tuvo sueños que lo perturbaran, pero hacia la medianoche comenzó a moverse en la cama, abrumado por la extraña sensación de no estar solo. Despertó y vio la luna brillando con la misma intensidad que la noche anterior, revelando cada detalle de los antiguos edificios de enfrente. Una vaga sensación de alguna influencia siniestra lo invadió: alguien lo acompañaba, alguien invisible, que le susurraba al oído: «Eres mío, eres mío».

No podía distinguir ninguna forma, pero en su mente se veía claramente el rostro de la figura en la capilla, ahora con la expresión satírica y burlona más presente, y se sintió atraído sin saber adónde. De nuevo, los labios burlones parecieron decir: «Eres mío, eres mío».

Casi inconscientemente, se levantó y se dirigió hacia la ventana. Una forma apenas visible pareció moverse ante él, vio los rasgos de la condesa con mayor claridad, y sin saber cómo había llegado allí se encontró fuera de la habitación en el patio, y entrando en la sombra del claustro. Algo impalpable se deslizó ante él, volviéndole el rostro que lo atraía aunque lo burlaba, y que no pudo sino seguir, aunque con una creciente sensación de terror y aversión. Aún en su oído resonaban las palabras: «Eres mío, eres mío», y fue incapaz de resistir el hechizo que lo arrastraba cada vez más hacia la penumbra de la nave en ruinas.

Y ahora la forma adquirió consistencia y le pareció ver a la condesa Alianora de pie frente a él. En sus rasgos estaba la misma sonrisa burlona, en su dedo la joya de su sueño. «Eres mío», pareció decir, «mío, mío, lo sellaste con un beso», y extendió los brazos; pero mientras estaba de pie ante él en su maravillosa y sobrenatural belleza, un cambio se apoderó de ella; Su rostro se contrajo en arrugas espantosas, sus extremidades se marchitaron, y mientras se acercaba a él, una masa de repugnante corrupción, y extendía sus horribles brazos para abrazarlo, él lanzó un grito terrible, como el de un alma torturada, y se desplomó desmayado en el suelo.

—¡Edwards, Edwards, ven rápido! —gritó Charley, golpeando la puerta—. Harry no está en su habitación y le pasa algo. No sé qué es, pero date prisa o podría ocurrir algún percance.

Su amigo estuvo listo en un instante, y los dos bajaron sigilosamente las escaleras y, para no molestar a la familia, salieron al claustro por la ventana de la habitación de Harry. En el camino notaron que su cama había sido usada y estaba revuelta. Tomaron el camino del claustro por donde Charley había visto pasar a Harry, y justo cuando llegaban a la puerta que daba a la nave, oyeron su grito de terror sobrenatural. Corrieron a la iglesia gritando: «¡Harry, Harry, aquí estamos! ¿Qué pasa? ¿Dónde estás?». Al no obtener respuesta, lo buscaron lo mejor que pudieron a la luz de la luna. Finalmente lo encontraron, tendido en el suelo a la entrada de la capilla funeraria. Al principio pensaron que estaba muerto, pero su pulso latía débilmente, y lo sacaron, aún inconsciente, al exterior. Poco después mostró algunas señales de vida, pero permaneció inconsciente. Despertaron a todos en la casa, lo acostaron y enviaron mensajeros a buscar al médico. Mientras velaban junto a su cama, un estruendo ensordecedor los sobresaltó; al mirar por la ventana, vieron una nube de polvo donde había estado la capilla, y a la mañana siguiente vieron que el techo se había derrumbado, destruyéndola.

Harry Charlton estuvo postrado durante muchas semanas con fiebre cerebral. De sus gritos y desvaríos se pudo deducir algo de los horrores de aquella noche fatídica, pero jamás se le ocurriría contar toda la historia tras su recuperación.

Los restos fueron retirados, y Sir Thomas esperaba que la hermosa estatua hubiera sobrevivido. Pero, curiosamente, aunque se examinó y contabilizó minuciosamente cada fragmento de mampostería, no se halló rastro alguno de la figura de alabastro ni de la tumba de la Condesa Alianora.

T. G. Jackson (1835-1924)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de vampiros.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de T. G. Jackson: La dama de Rosemount (The Lady of Rosemount), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

¿Quién podría creer que los muebles se quedan quietos durante la noche?


¿Quién podría creer que los muebles se quedan quietos durante la noche?




Dicen que los muebles tienen la desagradable costumbre de moverse solos durante la noche. A veces son pequeños ajustes de ángulo, milímetros ganados por un cajón medio abierto; otras producen verdaderos estruendos al arrastrarse por el suelo del comedor. En el relato de 1937: Todos los Santos (All Souls'), la escritora norteamericana Edith Wharton comenta:


«¿Quién que haya vivido en una casa antigua
podría creer que los muebles se quedan quietos durante la noche?»


Edith Wharton podría ser vista como una especie de parapsicóloga de la ficción. Sus relatos de fantasmas abandonan los castillos, las criptas, los monasterios y las abadías de la literatura gótica tradicional y hablan de entidades que se inmiscuyen en el interior de casas ordinarias. Gente común, en hogares comunes, deben convivir con lo paranormal [ver: La Casa como entidad orgánica y consciente en el Gótico]

Este desplazamiento de lo sobrenatural, desde las grandes mansiones embrujadas y genealogías decrépitas a casas ordinarias, coincide con los avances tecnológicos de fines del siglo XIX y comienzos del XX, más concretamente con el acceso a la electricidad. Los timbres, teléfonos, la iluminación eléctrica, parecen haber sido elementos claves en la migración de los fantasmas a los espacios domésticos.

Esta es una idea contraintuitiva; de hecho, la noción más popular indica lo opuesto: «Los fantasmas se fueron cuando llegó la electricidad», observa Sir Osbert Sitwell, sugiriendo que la iluminación eléctrica desterró para siempre lo sobrenatural de nuestras vidas. Edith Wharton propone lo contrario: no existe una oposición entre lo fantasmal y la modernización. Y al parecer dio en la tecla, o al menos rozó un nervio sensible, porque los fenómenos paranormales siguen siendo tan populares como siempre.

Edith Wharton afirma que los sentimientos de intrusión e inseguridad, fuertemente asociados a la idea de los fantasmas, funcionan tanto en la casa antigua, aristocrática, pobremente iluminada y todavía atada a las viejas jerarquías, como en los hogares recientemente modernizados; porque uno de los ejes de estas historias es el trauma que retorna del pasado y se manifiesta como una invasión de la privacidad [ver: El ABC de las historias de fantasmas]

Edith Wharton se encuentra en un período histórico de transición, donde la mayoría de los hogares ya contaban con luz eléctrica pero todavía poseían ciertos rasgos vetustos, como la servidumbre. Es decir, sus historias transcurren en medio de los cambios sociales que produjo la tecnología de inicios del siglo XX. Los relatos de fantasmas del siglo XIX a menudo cuentan con la presencia de sirvientes que funcionan como testigos silenciosos de lo sobrenatural, y, más adelante en el tiempo, como observadores de la tecnología, que en muchos casos es una generadora activa de las perturbaciones. Algo de esto puede verse en La campana de la doncella (The Lady's Maid's Bell), donde una sirvienta, que además en la narradora de la historia, debe interpretar el mensaje de su predecesora muerta a través de un dispositivo electrónico [ver: Casas como metáfora de la psique en el Horror]

En el prólogo de la antología de 1937: Fantasmas (Ghosts), Edith Wharton se pregunta si acaso la tecnología terminará atrofiando nuestra capacidad para interactuar con las apariciones fantasmales. Después de todo, la radio, la televisión [y más acá las computadoras, internet, los teléfonos móviles, las consolas] atacan, según Wharton, las dos condiciones indispensables para la producción de fantasmas: «silencio y continuidad». Sin embargo, la tecnología produjo un ingrediente extra: cuando las bombillas eléctricas se apagan y los dispositivos dejan de irradiarnos con sus estímulos, el silencio es más profundo y el tiempo vuelve a su antigua dimensión.

Entonces, la observación de Sitwell: «Los fantasmas se fueron cuando llegó la electricidad», malinterpreta la verdadera naturaleza de lo fantasmal. Lo que aleja a los fantasmas no es el microondas o la cocina eléctrica [el hogar moderno]; de hecho, la tecnología propició la aparición de nuevos tipos fantasmales [ver: Psicología de las casas embrujadas]

H. P. Lovecraft interpretó este fenómeno de manera diferente. En el ensayo de 1927: El horror sobrenatural en la literatura (Supernatural Horror in Literature), propone:


«El atractivo de lo espectralmente macabro es generalmente limitado porque exige del lector cierto grado de imaginación y capacidad de desapego de la vida cotidiana»


En otras palabras, el flaco de Providence establece una distinción entre lo sobrenatural y lo cotidiano. Sin embargo, este razonamiento parte de una suposición sin fundamento: que existe una separación entre lo sobrenatural y lo cotidiano. El propio Lovecraft desbarata su conclusión al comentar que el horror, como género, depende de «una cierta atmósfera de pavor sin aliento e inexplicable», la cual puede producirse sin problemas en el ámbito ordinario.

En resumen, el «miedo a lo desconocido» también puede activarse por sucesos macabros dentro del marco cotidiano; de hecho, ese es el único ámbito en el que, por contraste, podemos detectarlos.

La tecnología reestructuró nuestra relación con las dimensiones espaciales del hogar, pero el aislamiento, el trauma, el abuso, que son condiciones sine qua non de los antiguos fantasmas de la novela gótica, siguen vigentes, y no dependen de la presencia de la electricidad. Por supuesto, uno ya no puede acceder, como antes, a la cripta familiar, llena de ratas, telarañas, parientes inquietos y maldiciones ancestrales. Sin embargo, esos eran espacios prohibidos. Estabas bien sin no respondías su llamado. En tu casa, por el contrario, los puntos de acceso a lo sobrenatural podrían estar en cualquier parte; por lo que ningún espacio doméstico es completamente seguro [ver: Horror doméstico]

Un ejemplo de esto puede encontrarse en el cuento de Wharton: Semilla de granada (Pomegranate Seed), que comienza con una mujer en el umbral de su casa. Frente a ella está «la agobiante y áspera vida callejera de la ciudad»; a sus espaldas el vestíbulo con su destartalada biblioteca y, más allá, el salón, todos ellos elementos que constituyen «ese santuario velado que ella llamaba hogar». Sin embargo, en este hogar idílico hay un cuadro, un retrato de la primera esposa del marido de la protagonista, cuyo último deseo antes de morir fue colocar su imagen en la salita para «ver» a sus hijos mientras juegan. La historia prosigue su curso [esperamos poder traducirla pronto para El Espejo Gótico], pero lo que importa aquí es el motivo, seguramente presente en tu hogar también: la intrusión del pasado.

En el libro: La decoración de casas (The Decoration of Houses), Edith Wharton menciona que «todos estamos inconscientemente tiranizados por las necesidades de predecesores muertos». En otras palabras, el cuadro de la primera esposa en Semilla de granada es la imposición de una muerta. Es decir, es un fantasma, en términos de pasado traumático [muerte de una mujer joven] que resurge y se impone en la existencia de los vivos. En este caso es un retrato, pero puede ser un espejo [oval o no], un armario, un libro, un reloj, incluso una habitación entera, que se prolongan en el presente de la casa [ver: ¿Fantasmas o deslizamientos de tiempo?]

Supongo que todas las casas poseen al menos un artículo que haya pertenecido a una persona muerta. El viejo cuchillo que descansa, casi olvidado, en el fondo de un cajón; o el libro usado que hemos comprado alguna vez, «tienen una forma incómoda de imponer sus diferentes hábitos y gustos a través de la corriente de existencias posteriores», dice Wharton. La electricidad es lo de menos, nuestros muertos, de alguna forma, coexisten con nosotros en el espacio doméstico.

El retrato en el cuento de Wharton representa las sensaciones extrañas que nos provocan los efectos personales de alguien que ha fallecido, Esa es la canalización de lo sobrenatural en la dimensión de lo cotidiano. No necesita médiums ni arquitecturas desaforadas. Basta prestar atención a las muchas y sutiles formas en que el pasado se entromete con el presente para descubrir pequeños puntos de acceso donde lo sobrenatural podría ocurrir.

La presunta desaparición de los fantasmas en la casa moderna es algo así como una creencia tranquilizadora. Lo fantasmal ha adquirido nuevas formas; ya no tenemos los espectros ululantes de una mansión ancestral, sino rincones. Porque toda casa es susceptible de ser invadida por recuerdos traumáticos y presencias invisibles. Los muebles, por supuesto, todavía se mueven solos durante la noche.




Consultorio Paranormal. I Taller gótico.


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«El hechizo del demonio»: Hume Nisbet; relato y análisis.


«El hechizo del demonio»: Hume Nisbet; relato y análisis.




«Soy lo que llamarían un alma perdida. Estoy en la esfera más baja.
La semana pasada estuve en mi cuerpo, pero encontré la muerte en Whitechapel.»



El hechizo del demonio (The Demon Spell) es un relato de terror del escritor escocés Hume Nisbet (1849-1923), publicado en la antología de 1894: La estación embrujada y otras historias (The Haunted Station and Other Stories).

El hechizo del demonio, uno de los cuentos de Hume Nisbet más curiosos, nos sitúa en una típica sesión espiritista de fines del siglo XIX, donde se manifiesta el espíritu de una mujer cuya descripción sugiere que fue una de las víctimas de Jack el destripador.

Hume Nisbet está lejos de utilizar la figura de Jack de una manera grotesca, lo cual es lógico si tenemos en cuenta que el relato se escribió seis años después de los asesinatos de Whitechapel. La historia, sencilla pero cargada de una atmósfera siniestra, gira alrededor del espíritu de esta mujer que intenta salvar a la médium de ser la siguiente en la lista del Destripador.

El hechizo del demonio comienza con el protagonista [anónimo] asistiendo a una sesión espiritista, y sigue con una experiencia desconcertante con un ser fantasmal que le aconseja rescatar a la médium de un futuro ataque. El hombre corre a su casa, ataca y mata a un «demonio» (?), sin comprobar si la mujer de hecho está bien ni hablar con las personas que se acercan al lugar al oír sus gritos. Por otro lado, el espíritu de la mujer en la sesión asegura llamarse «Polly»., el cual era el apodo de la primera víctima canónica de Jack el destripador [son cinco en total], llamada Mary Ann Nichols.

En un nivel simbólico, El hechizo del demonio sugiere que todo lo que ocurre en la historia es consecuencia del ritual espiritista, porque a partir de ahí el protagonista experimenta alucinaciones y/o contactos con espíritus malignos. La descripción del demonio es algo ambigua, se habla de «garras» y «niebla», y no mucho más.

Al final, casi nada se explica realmente. El narrador, cuyo nombre no se revela, es escéptico del espiritismo [típico], pero los rasgos de su carácter lo vuelven una presa receptiva. Él mismo asegura que es «fácilmente influenciable» y «extremadamente nervioso». Por otro lado, sostiene que no es «imaginativo por naturaleza ni propenso a la superstición». Parecen términos contradictorios, porque si es «fácilmente influenciable» bien podría ser «propenso a la superstición». Hume Nisbet debe ser el primero en presentar un escéptico influenciable.

Supongo que la broma interna del relato reside en el cliché que se convierta en realidad. Quiero decir, la médium, a quien se la describe como «dotada por el cielo», invoca o atrae el alma atormentada de una de las víctimas de Jack el destripador. Esto es equivalente a que Napoleón o Julio César se hagan presentes en la sesión. Sin embargo, aquí el cliché aparentemente se vuelve real.

Tal vez lo más interesante es que el relato convierte a Jack el destripador en un demonio. En efecto, Polly, una mujer que ha tenido una vida miserable como «desafortunada» [prostituta] en Whitechapel, narra su asesinato, y sostiene que fue cometido por una entidad demoníaca, aunque esto podría ser una exageración debido a su inmensa crueldad. En cierto momento se dice que Jack tiene un rostro oscuro, marcado por la viruela, este último un rasgo humano, pero después se dice que posee garras. Quizás este Jack fue humano en algún momento y progresivamente se fue convirtiendo en una entidad demoníaca, o quizás nunca fue un asesino mundano. No está claro. En todo caso, es una experiencia distinta a otras participaciones del asesino de Whitechapel, como Atentamente, Jack el Destripador (Yours Truly, Jack the Ripper) de Robert Bloch.




El hechizo del demonio.
The Demon Spell, Hume Nisbet (1849-1923)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Era la época en que el espiritismo estaba de moda en Inglaterra, y ninguna fiesta se consideraba completa sin una sesión, entre otras diversiones. Una noche, un amigo, gran creyente en las manifestaciones del mundo invisible, me invitó a casa y solicitó, para mi especial instrucción, una conocida médium de trance. «Una chica guapa y con dones celestiales, que seguro te caerá bien, lo sé», me dijo.

Yo no creía en el regreso de los espíritus, pero, pensando en divertirme, accedí a asistir a la hora señalada. En ese momento acababa de regresar de una larga estancia en el extranjero y me encontraba en un estado de salud muy delicado, fácilmente influenciable y extremadamente nervioso. A la hora señalada, me encontré en casa de mi amigo, donde me presentaron a los asistentes que se habían reunido para presenciar los fenómenos. Algunos, como yo, desconocían las reglas; otros, expertos, ocuparon sus lugares de inmediato en el orden en que habían asistido a reuniones anteriores. La médium aún no había llegado, y mientras esperábamos su llegada, nos sentamos e inauguramos la sesión con un himno.

Acabábamos de entonar la segunda estrofa cuando se abrió la puerta y la médium entró sigilosamente, ocupando su lugar en un espacio vacío a mi lado, uniéndose a los demás en la última estrofa. Tras lo cual todos permanecimos inmóviles con las manos apoyadas en la mesa, esperando la primera manifestación del mundo invisible. Ahora bien, aunque toda esta actuación me parecía ridícula, había algo en el silencio y la tenue luz, pues el gas estaba bajo y la habitación parecía estar llena de sombras; algo en la frágil figura a mi lado, con la cabeza gacha, me emocionó con una curiosa sensación de miedo y un horror gélido como nunca antes había sentido.

No soy imaginativo por naturaleza ni propenso a la superstición, pero desde el momento en que aquella joven entró en la habitación sentí como si una mano se posara sobre mi corazón, una mano de hierro frío que lo comprimía. Mi oído también se había agudizado, de modo que el latido del reloj en el bolsillo de mi chaleco sonaba como el golpeteo de una trituradora de cuarzo, y la respiración pausada de quienes me rodeaban, tan fuerte y perturbadora como el resoplido de una máquina de vapor. Solo cuando me volví para mirar a la médium me tranquilicé; entonces me pareció como si una ola de aire frío me hubiera atravesado el cerebro, acallando, por el momento, esos horribles sonidos.

—Está poseída —susurró mi anfitrión al otro lado—. Espera, pronto hablará y nos dirá a quién tenemos a nuestro lado.

Mientras esperábamos sentados, la mesa se movió varias veces bajo nuestras manos, mientras se oían golpes a intervalos, en la mesa y por toda la sala, una escena de lo más extraña y espeluznante, aunque ridícula, que me hizo sentir entre ganas de salir corriendo del susto y de quedarme quieto y reír; en general, creo, ese horror se apoderó de mí por completo. Al instante levantó la cabeza y puso su mano sobre la mía, comenzando a hablar con una voz extraña, monótona y lejana:

—«Esta es mi primera visita desde que dejé la tierra, y me has llamado.

Me estremecí cuando su mano rozó la mía, pero no tuve fuerzas para apartarla de su suave y ligero apretón.

—Soy lo que llamarían un alma perdida; es decir, estoy en la esfera más baja. La semana pasada estuve en mi cuerpo, pero encontré la muerte en Whitechapel. Fui lo que llaman una desafortunada, sí, bastante desafortunada. ¿Quieren que les cuente cómo sucedió?

La médium tenía los ojos cerrados, y fuera mi imaginación distorsionada o no, parecía haber envejecido y tener un aspecto decididamente libertino desde que se sentó, o más bien como si una máscara ligera y vaporosa de vicio degradante hubiera reemplazado sus antiguos rasgos delicados.

Nadie habló, y la médium en trance continuó:

—Había estado fuera todo el día, sin suerte ni comida, de modo que arrastraba mi cuerpo cansado por el aguanieve y el barro, pues había estado mojado todo el día, y estaba empapada hasta los huesos, y miserable, ah, diez mil veces más miserable de lo que soy ahora, porque la tierra es un infierno mucho peor para alguien como yo que nuestro infierno aquí.

»Había importunado a varios transeúntes mientras caminaba esa noche, pero ninguno me dirigió la palabra, pues el trabajo había escaseado durante todo el invierno, y supongo que no parecía tan tentadora como antes; Solo una vez me respondió un hombre, un hombre moreno, de mediana estatura, de voz suave y mucho mejor vestido que mis compañeros habituales. Me preguntó adónde iba y luego me dejó, poniéndome una moneda en la mano, por la que le di las gracias. Como llegué justo a tiempo a la última taberna, me apresuré, pero al acercarme a la barra y mirarme la mano, descubrí que era una curiosa moneda extranjera, con cifras extravagantes, que el posadero no quiso aceptar, así que volví a salir a la oscura niebla sin mi bebida.

»No tenía sentido seguir adelante esa noche. Recorrí el patio donde estaba mi alojamiento, con la intención de ir a casa a dormir, ya que no podía comer, cuando sentí que algo me tocaba suavemente por detrás, como si alguien me hubiera agarrado el chal; entonces me detuve y me giré para ver quién era.

»Estaba sola, sin nadie cerca, solo niebla y la penumbra de la lámpara del patio. Sin embargo, sentí como si algo se hubiera apoderado de mí, aunque no podía ver qué era. Se estaba acumulando a mi alrededor.

»Intenté gritar, pero no pude, pues una garra invisible se cerró sobre mi garganta y me ahogó, y entonces caí al suelo y lo olvidé todo. Al instante siguiente, desperté, fuera de mi pobre cuerpo mutilado, y me quedé observando el terrible trabajo que se estaba llevando a cabo, tal como lo ven ahora».

En efecto, lo vi todo cuando la médium dejó de hablar: un cadáver destrozado yacía sobre el pavimento embarrado, y un rostro demoníaco, oscuro y picado de viruelas, inclinado sobre él con las garras delgadas extendidas, y la densa niebla en lugar de un cuerpo, como la encarnación a medio formar de músculos.

—Eso fue lo que lo causó, y lo sabrás de nuevo —dijo—. He venido a buscarte para que lo encuentres.

—¿Es inglés? —jadeé, mientras la visión se desvanecía y la habitación volvía a ser nítida.

—No es ni hombre ni mujer, pero vive como yo, está conmigo ahora y puede que esté contigo esta noche. Aun así, si me quieres en su lugar, puedo retenerlo, solo debes desearme con todas tus fuerzas.

La sesión se estaba volviendo demasiado horrible, y por consentimiento general nuestro anfitrión subió el gas, y entonces vi por primera vez a la médium, ahora liberada de su malvada posesión, una hermosa joven de unos diecinueve años, con, creo, los ojos marrones más gloriosos que jamás había visto.

—¿Crees lo que has estado diciendo? —le pregunté mientras conversábamos.

—¿Qué he dicho?

—Sobre la mujer asesinada.

—No sé nada en absoluto. Solo que he estado sentada a la mesa. Nunca sé qué son mis trances.

¿Decía la verdad? Sus ojos oscuros la reflejaban, así que no podía dudar de ella.

Esa noche, al ir a mi alojamiento, debo confesar que tardé un rato en decidir acostarme. Estaba alterado y nervioso, y deseé no haber asistido nunca a esa reunión espiritual. Mientras me quitaba la ropa y me metía apresuradamente en la cama, hice una promesa mental de que sería la última sesión impía a la que asistiría.

Por primera vez en mi vida no pude apagar el gas. Sentí como si la habitación se llenara de fantasmas, como si este par de espectros espantosos, el asesino y su víctima, me hubieran acompañado a casa y en ese momento se disputaran mi posesión. Así que, en lugar de eso, me tapé la cabeza con las sábanas, pues hacía frío, y me fui a dormir.

¡Las doce! Y el aniversario del nacimiento de Cristo. Sí, oí las campanadas desde la aguja de la calle y las conté, lentamente, escuchando los ecos de otros campanarios, después de que esta cesara, mientras yacía despierto en esa habitación iluminada por el gas, sintiéndome como si no estuviera solo en esa mañana de Navidad.

Así, mientras intentaba pensar en qué me había despertado tan repentinamente, me pareció oír un eco lejano que gritaba: «¡Ven a mí!». Al mismo tiempo, las sábanas fueron retiradas lentamente de la cama y abandonadas en una masa confusa en el suelo.

—¿Eres tú, Polly? —grité, recordando la sesión espiritista y el nombre con el que el espíritu se había anunciado al tomar posesión.

Tres golpes claros resonaron en el poste de la cama, junto a mi oído, la señal de «Sí».

—¿Puedes hablarme?

—Sí —respondió un eco más que una voz, mientras sentía que se me erizaba la piel, pero me esforzaba por ser valiente.

—¿Puedo verte?

—¡No!

—¿Sentirte?

Al instante, una mano fría y ligera me tocó la frente y me recorrió el rostro.

—¡En nombre de Dios, qué quieres!

—Salvar a la chica con la que estuve esta noche. La persigue y la matará si no vienes pronto.

En un instante me levanté de la cama y me vestí como pude, horrorizado, pero sintiendo como si Polly me estuviera ayudando a vestirme. Había una daga kandiana sobre mi mesa que había traído de Ceilán, una daga vieja que había comprado por su antigüedad y diseño, y la recogí al salir de la habitación, con esa mano invisible y ligera que me guiaba fuera de la casa y por las calles desiertas y nevadas.

No sabía dónde vivía la médium, pero seguí su suave agarre a través de la nevada salvaje y cegadora, doblando esquinas y atajos, cabizbajo y con los copos cayendo a mi alrededor, hasta que finalmente llegué a una plaza silenciosa, frente a una casa en la que, por instinto, supe que debía entrar.

Al otro lado de la calle noté a un hombre de pie, mirando hacia una ventana tenuemente iluminada, pero no pude verlo con claridad y no le presté mucha atención en ese momento, sino que subí corriendo los escalones de la entrada y entré en la casa, con esa mano invisible todavía empujándome hacia adelante.

Cómo se abrió esa puerta, o si se abrió, no podría decirlo, solo sé que entré, como en un sueño, y subiendo las escaleras interiores, pasé a un dormitorio donde la luz ardía tenuemente. Era su dormitorio, y ella forcejeaba entre las garras brutales, esas mismas garras demoníacas, y el resto se desvanecía en la nada.

Lo vi todo de un vistazo: su figura semidesnuda, con las sábanas revueltas, mientras el demonio informe de músculos se aferraba a su delicada garganta. Y entonces me lancé furioso con mi daga, cortando transversalmente esas garras crueles y ese rostro maligno, mientras vetas de sangre seguían el curso de mi cuchillo, dejando feas manchas, hasta que finalmente dejó de forcejear y desapareció como una horrible pesadilla, mientras la chica medio estrangulada, ahora liberada de ese agarre, despertaba a la casa con sus gritos, mientras de su mano caía una extraña moneda, de la que me apoderé.

Así la dejé, sintiendo que mi trabajo estaba hecho, bajando las escaleras como había subido, sin impedimentos ni siquiera pareciendo, en lo más mínimo, llamar la atención de los demás inquilinos de la casa, quienes corrieron en camisón hacia el dormitorio de donde provenían los gritos.

De nuevo a la calle, con la moneda en una mano y mi daga en la otra, recordé al hombre que había visto mirando hacia la ventana. ¿Seguía allí? Sí, pero en el suelo, en una masa negra y confusa entre la nieve blanca, como si lo hubieran derribado.

Me acerqué a donde yacía y lo miré. ¿Estaba muerto? Sí. Lo giré y vi que tenía la garganta desgarrada de oreja a oreja, y por todo su rostro —el mismo rostro oscuro, pálido, malvado y marcado por la viruela, y manos como garras— vi los oscuros cortes de mi daga kandiana, mientras que la suave nieve a su alrededor estaba teñida con charcos de vida carmesí, y mientras miraba oí el reloj dar la una, desde la distancia sonaba el canto de los que se acercaban, entonces me giré y huí ciegamente hacia la oscuridad.

Hume Nisbet (1849-1923)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Hume Nisbet.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Hume Nisbet: El hechizo del demonio (The Demon Spell), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Conan y la barbarie como estado natural del ser humano.


Conan y la barbarie como estado natural del ser humano.




«—La barbarie es el estado natural de la humanidad —dijo el fronterizo—.
La civilización es antinatural. Es un capricho de las circunstancias.»
[Más allá del Río Negro (Beyond the Black River], Robert E. Howard)]



Uno de los elementos más interesante de las historias del ciclo de Conan el cimmerio [Robert E. Howard] es esta idea de que la barbarie no solo es exitosa, sino el estado por defecto del ser humano, y por lo tanto el estado natural. Por el contrario, la civilización es retratada simplemente como un lapso o episodio intermedio en la historia del mundo.

En relato de 1932: El fénix en la espada (The Phoenix on the Sword) leemos lo siguiente:


«[Conan] se alzó como la imagen del primigenio invencible (...) Los hombres vacilaron; aunque salvajes y disolutos, provenían de una raza que los hombres llamaban civilizada. Frente a ellos estaba el bárbaro, el asesino natural.»


Conan, entonces, representa el «estado natural» del ser humano, la barbarie; pero esta no es exactamente opuesta a la civilización. Para Robert E. Howard, la idea de «civilización» trae consigo un sinnúmero de cuestiones que reducen al ser humano a la condición de esclavo de un sistema. En este contexto, la barbarie no equivale a crueldad; es un retorno o liberación de las cadenas de la civilización.

En La ciudadela escarlata (The Scarlet Citade) leemos:


«El rostro curtido de Conan estaba aún más oscuro por la pasión; su armadura estaba hecha jirones y su gran espada estaba salpicada de sangre hasta el mango. Todo el barniz de la civilización se había desvanecido; era un bárbaro quien se enfrentaba a sus conquistadores.»


Es fácil distraerse con la fuerza, los músculos, la lujuria y la determinación de Conan, pero en el fondo de estas historias, Robert E. Howard plantea que solo en la barbarie puede encontrarse el heroísmo. Más aún, la barbarie de Conan es heroica. Ciertamente es un tipo destructivo, pero también encarna los principios de la lealtad, y hasta cierto punto es altruista, se involucra en causas ajenas, todas cualidades que reconoceríamos como virtudes en nuestro mundo, aparentemente, civilizado.

Del mismo modo, los representantes de la civilización en el universo de Conan son personas que no vacilan en mentir, son perezosos, cobardes, proclives a la intriga y los cultos secretos. Tal es así que desde la perspectiva del lector la barbarie parece civilizada y la civilización un sistema bárbaro.

Robert E. Howard construye su universo sobre esta piedra basal. Desde esa posición se permite atacar la idea o suposición de que la civilización es moralmente superior a la barbarie.

El propio Robert E. Howard comenta en una de sus cartas que Conan reúne un amplio catálogo de atributos de hombres que conoció, y que vivían, en mayor o menor medida, en los márgenes de la civilización moderna:


«Él [Conan] es simplemente una combinación de varios hombres que he conocido, y creo que por eso pareció cobrar vida en mi conciencia cuando escribí la primera historia de la serie. Un mecanismo en mi subconsciente tomó las características dominantes de varios boxeadores, pistoleros, contrabandistas, matones petroleros, jugadores y trabajadores honestos con los que tuve contacto, y, combinándolas, produjo la amalgama que llamo Conan el Cimmerio


Si Robert E. Howard hubiera sido el autor de El Señor de los Anillos, Aragorn nunca hubiese entrado en Gondor al final, y menos aún se habría convertido en rey. La moral indomable del montaraz está en clara oposición con las necesidades políticas de un rey. Es cierto, Conan también llega al trono, pero no por linaje, sino por la fuerza.

No parece que Conan fuera filosófico en su postura moral. La barbarie es lo que le permite sobrevivir, y su actitud incivilizada, sobre todo hacia la muerte, sin miedo ni remordimiento, suele ser demasiado para sus adversarios, atados a ciertas comodidades como la propiedad privada, la religión [a menudo bajo la forma de la magia negra] y el deseo de vivir.

En La hora del Dragón (The Hour of the Dragon) —también publicado como Conan el conquistador (Conan the Conqueror)Conan, rey por entonces, se esconde en la casa de un súbdito para obtener información sobre la posible invasión de un culto entregado a la brujería. Pronto descubre que la situación es desesperada, pero no procede «como lo haría un hombre civilizado en las mismas condiciones», sino que decide realizar una incursión personal al castillo de sus enemigos.

Es cierto, esta es una historia de aventuras, no la crónica de un regente y sus intrigas palaciegas. Conan nunca podría hacer «lo más razonable», desde nuestra perspectiva [civilizada]; nunca podría ser cauteloso ni político. Ni siquiera podría ser un general que prepara las defensas de su reino. Conan es un hombre de acción, no un hombre sensato; es astuto, no un estratega; es cínico y no soporta la corrupción: no un gobernante que solo la condena públicamente. De modo que directamente se escabulle tras las líneas enemigas.

Es importante mencionar que Robert E. Howard creía en la naturaleza cíclica de la civilización, y sobre ese principio se basa el universo de Conan. Estamos en una Era [Hiboria] donde los los reinos precataclísmicos, otrora grandiosos y civilizados, están en decadencia, corruptos y degenerados, y por lo tanto son presa fácil para los pueblos bárbaros. En este universo literario, las civilizaciones surgen para luego caer a través de una progresiva degradación moral. Cuando Conan toma el poder en Aquilonia, los nobles lo apoyan, pero no implementa ninguna reforma que mejore las cosas, o que retrase la inevitable decadencia. Es rey, pero sigue actuando como un lobo  la mayoría del tiempo.

Robert E. Howard, como cualquiera que haya leído algo de historia, entendía que las civilizaciones son cíclicas: surgen, alcanzan su esplendor, y se vuelven decadentes y corruptas. En este punto son conquistadas por otro pueblo, otra cultura, a menudo bárbara [en términos de marginalidad de la cultura predominante], quienes eventualmente se vuelven corruptos y complacientes. Conan no colabora con este ciclo. Cuando toma el poder, no hace nada para detener el deterioro, quizás porque sabe que es inevitable.

Howard nación y vivió toda su vida en la zona de Peaster, Texas, una pequeña comunidad que se vio invadida por el auge del petróleo a principios del siglo XX. Cuando esos vientos dejaron de soplar, la gente que acudió en masa se fue, así como los servicios y el aparente bienestar que había traído el progreso. Lo que quedó fue una comunidad deteriorada, aislada, débil, muy diferente [en el recuerdo de Howard] del pueblo robusto, trabajador y primitivo que supo ser en sus orígenes. En este contexto, Conan es el individuo que no se debilita ni se corrompe por la sociedad civilizada, y por lo tanto destinada a caer.

La mejor ficción de este tipo se ambienta en un escenario similar. Si tomamos El Señor de los Anillos podríamos decir que estamos en un período de la historia de la Tierra Media [finales de la Segunda Edad] donde la civilización humana ya alcanzó su apogeo técnico, militar y político [Númenor, la Gondor de los reyes] y ahora se encuentra en declive. Tanto Conan como Aragorn existen entre las ruinas que dejó una civilización muerta. Aragorn vive exclusivamente para retornar a ese pasado de grandeza. Conan intuye que el patrón está condenado a repetirse.

Robert E. Howard se quitó la vida a los treinta años de edad, pero alcanzó a vivir seis años después de la Gran Depresión. En cierto modo, prefería la barbarie personal, y sus delitos asociados, a la delincuencia de los banqueros, en última instancia, ladrones mucho más eficientes debido a que operan bajo el amparo de la civilización.

En una carta a H. P. Lovecraft, fechada el 9 de agosto de 1932, Howard escribió:


«Soy incapaz de sentir interés en ninguna raza, país o época altamente civilizada, incluida esta. Cuando una raza —casi cualquier raza— emerge de la barbarie, o aún no lo ha hecho, capta mi interés. Parece que puedo comprenderla y escribir sobre ella con inteligencia. Pero a medida que avanza hacia la civilización, mi interés comienza a debilitarse, hasta que finalmente se desvanece por completo, y sus costumbres, pensamientos y ambiciones me resultan completamente ajenos y desconcertantes.»


Después de la muerte de Robert E. Howard, Lovecraft escribió en una de sus cartas:


«Si le hubieran dado la oportunidad de nacer en una época anterior, sin ningún recuerdo de esta vida, Howard habría elegido ser un bárbaro, crecer duro, delgado y lobuno, adorando a dioses paganos y viviendo la dura y estéril vida de un bárbaro.»




Más Robert E. Howard. I Taller gótico.


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El artículo: Conan y la barbarie como estado natural del ser humano fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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