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«El hechizo del demonio»: Hume Nisbet; relato y análisis.


«El hechizo del demonio»: Hume Nisbet; relato y análisis.




«Soy lo que llamarían un alma perdida. Estoy en la esfera más baja.
La semana pasada estuve en mi cuerpo, pero encontré la muerte en Whitechapel.»



El hechizo del demonio (The Demon Spell) es un relato de terror del escritor escocés Hume Nisbet (1849-1923), publicado en la antología de 1894: La estación embrujada y otras historias (The Haunted Station and Other Stories).

El hechizo del demonio, uno de los cuentos de Hume Nisbet más curiosos, nos sitúa en una típica sesión espiritista de fines del siglo XIX, donde se manifiesta el espíritu de una mujer cuya descripción sugiere que fue una de las víctimas de Jack el destripador.

Hume Nisbet está lejos de utilizar la figura de Jack de una manera grotesca, lo cual es lógico si tenemos en cuenta que el relato se escribió seis años después de los asesinatos de Whitechapel. La historia, sencilla pero cargada de una atmósfera siniestra, gira alrededor del espíritu de esta mujer que intenta salvar a la médium de ser la siguiente en la lista del Destripador.

El hechizo del demonio comienza con el protagonista [anónimo] asistiendo a una sesión espiritista, y sigue con una experiencia desconcertante con un ser fantasmal que le aconseja rescatar a la médium de un futuro ataque. El hombre corre a su casa, ataca y mata a un «demonio» (?), sin comprobar si la mujer de hecho está bien ni hablar con las personas que se acercan al lugar al oír sus gritos. Por otro lado, el espíritu de la mujer en la sesión asegura llamarse «Polly»., el cual era el apodo de la primera víctima canónica de Jack el destripador [son cinco en total], llamada Mary Ann Nichols.

En un nivel simbólico, El hechizo del demonio sugiere que todo lo que ocurre en la historia es consecuencia del ritual espiritista, porque a partir de ahí el protagonista experimenta alucinaciones y/o contactos con espíritus malignos. La descripción del demonio es algo ambigua, se habla de «garras» y «niebla», y no mucho más.

Al final, casi nada se explica realmente. El narrador, cuyo nombre no se revela, es escéptico del espiritismo [típico], pero los rasgos de su carácter lo vuelven una presa receptiva. Él mismo asegura que es «fácilmente influenciable» y «extremadamente nervioso». Por otro lado, sostiene que no es «imaginativo por naturaleza ni propenso a la superstición». Parecen términos contradictorios, porque si es «fácilmente influenciable» bien podría ser «propenso a la superstición». Hume Nisbet debe ser el primero en presentar un escéptico influenciable.

Supongo que la broma interna del relato reside en el cliché que se convierta en realidad. Quiero decir, la médium, a quien se la describe como «dotada por el cielo», invoca o atrae el alma atormentada de una de las víctimas de Jack el destripador. Esto es equivalente a que Napoleón o Julio César se hagan presentes en la sesión. Sin embargo, aquí el cliché aparentemente se vuelve real.

Tal vez lo más interesante es que el relato convierte a Jack el destripador en un demonio. En efecto, Polly, una mujer que ha tenido una vida miserable como «desafortunada» [prostituta] en Whitechapel, narra su asesinato, y sostiene que fue cometido por una entidad demoníaca, aunque esto podría ser una exageración debido a su inmensa crueldad. En cierto momento se dice que Jack tiene un rostro oscuro, marcado por la viruela, este último un rasgo humano, pero después se dice que posee garras. Quizás este Jack fue humano en algún momento y progresivamente se fue convirtiendo en una entidad demoníaca, o quizás nunca fue un asesino mundano. No está claro. En todo caso, es una experiencia distinta a otras participaciones del asesino de Whitechapel, como Atentamente, Jack el Destripador (Yours Truly, Jack the Ripper) de Robert Bloch.




El hechizo del demonio.
The Demon Spell, Hume Nisbet (1849-1923)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Era la época en que el espiritismo estaba de moda en Inglaterra, y ninguna fiesta se consideraba completa sin una sesión, entre otras diversiones. Una noche, un amigo, gran creyente en las manifestaciones del mundo invisible, me invitó a casa y solicitó, para mi especial instrucción, una conocida médium de trance. «Una chica guapa y con dones celestiales, que seguro te caerá bien, lo sé», me dijo.

Yo no creía en el regreso de los espíritus, pero, pensando en divertirme, accedí a asistir a la hora señalada. En ese momento acababa de regresar de una larga estancia en el extranjero y me encontraba en un estado de salud muy delicado, fácilmente influenciable y extremadamente nervioso. A la hora señalada, me encontré en casa de mi amigo, donde me presentaron a los asistentes que se habían reunido para presenciar los fenómenos. Algunos, como yo, desconocían las reglas; otros, expertos, ocuparon sus lugares de inmediato en el orden en que habían asistido a reuniones anteriores. La médium aún no había llegado, y mientras esperábamos su llegada, nos sentamos e inauguramos la sesión con un himno.

Acabábamos de entonar la segunda estrofa cuando se abrió la puerta y la médium entró sigilosamente, ocupando su lugar en un espacio vacío a mi lado, uniéndose a los demás en la última estrofa. Tras lo cual todos permanecimos inmóviles con las manos apoyadas en la mesa, esperando la primera manifestación del mundo invisible. Ahora bien, aunque toda esta actuación me parecía ridícula, había algo en el silencio y la tenue luz, pues el gas estaba bajo y la habitación parecía estar llena de sombras; algo en la frágil figura a mi lado, con la cabeza gacha, me emocionó con una curiosa sensación de miedo y un horror gélido como nunca antes había sentido.

No soy imaginativo por naturaleza ni propenso a la superstición, pero desde el momento en que aquella joven entró en la habitación sentí como si una mano se posara sobre mi corazón, una mano de hierro frío que lo comprimía. Mi oído también se había agudizado, de modo que el latido del reloj en el bolsillo de mi chaleco sonaba como el golpeteo de una trituradora de cuarzo, y la respiración pausada de quienes me rodeaban, tan fuerte y perturbadora como el resoplido de una máquina de vapor. Solo cuando me volví para mirar a la médium me tranquilicé; entonces me pareció como si una ola de aire frío me hubiera atravesado el cerebro, acallando, por el momento, esos horribles sonidos.

—Está poseída —susurró mi anfitrión al otro lado—. Espera, pronto hablará y nos dirá a quién tenemos a nuestro lado.

Mientras esperábamos sentados, la mesa se movió varias veces bajo nuestras manos, mientras se oían golpes a intervalos, en la mesa y por toda la sala, una escena de lo más extraña y espeluznante, aunque ridícula, que me hizo sentir entre ganas de salir corriendo del susto y de quedarme quieto y reír; en general, creo, ese horror se apoderó de mí por completo. Al instante levantó la cabeza y puso su mano sobre la mía, comenzando a hablar con una voz extraña, monótona y lejana:

—«Esta es mi primera visita desde que dejé la tierra, y me has llamado.

Me estremecí cuando su mano rozó la mía, pero no tuve fuerzas para apartarla de su suave y ligero apretón.

—Soy lo que llamarían un alma perdida; es decir, estoy en la esfera más baja. La semana pasada estuve en mi cuerpo, pero encontré la muerte en Whitechapel. Fui lo que llaman una desafortunada, sí, bastante desafortunada. ¿Quieren que les cuente cómo sucedió?

La médium tenía los ojos cerrados, y fuera mi imaginación distorsionada o no, parecía haber envejecido y tener un aspecto decididamente libertino desde que se sentó, o más bien como si una máscara ligera y vaporosa de vicio degradante hubiera reemplazado sus antiguos rasgos delicados.

Nadie habló, y la médium en trance continuó:

—Había estado fuera todo el día, sin suerte ni comida, de modo que arrastraba mi cuerpo cansado por el aguanieve y el barro, pues había estado mojado todo el día, y estaba empapada hasta los huesos, y miserable, ah, diez mil veces más miserable de lo que soy ahora, porque la tierra es un infierno mucho peor para alguien como yo que nuestro infierno aquí.

»Había importunado a varios transeúntes mientras caminaba esa noche, pero ninguno me dirigió la palabra, pues el trabajo había escaseado durante todo el invierno, y supongo que no parecía tan tentadora como antes; Solo una vez me respondió un hombre, un hombre moreno, de mediana estatura, de voz suave y mucho mejor vestido que mis compañeros habituales. Me preguntó adónde iba y luego me dejó, poniéndome una moneda en la mano, por la que le di las gracias. Como llegué justo a tiempo a la última taberna, me apresuré, pero al acercarme a la barra y mirarme la mano, descubrí que era una curiosa moneda extranjera, con cifras extravagantes, que el posadero no quiso aceptar, así que volví a salir a la oscura niebla sin mi bebida.

»No tenía sentido seguir adelante esa noche. Recorrí el patio donde estaba mi alojamiento, con la intención de ir a casa a dormir, ya que no podía comer, cuando sentí que algo me tocaba suavemente por detrás, como si alguien me hubiera agarrado el chal; entonces me detuve y me giré para ver quién era.

»Estaba sola, sin nadie cerca, solo niebla y la penumbra de la lámpara del patio. Sin embargo, sentí como si algo se hubiera apoderado de mí, aunque no podía ver qué era. Se estaba acumulando a mi alrededor.

»Intenté gritar, pero no pude, pues una garra invisible se cerró sobre mi garganta y me ahogó, y entonces caí al suelo y lo olvidé todo. Al instante siguiente, desperté, fuera de mi pobre cuerpo mutilado, y me quedé observando el terrible trabajo que se estaba llevando a cabo, tal como lo ven ahora».

En efecto, lo vi todo cuando la médium dejó de hablar: un cadáver destrozado yacía sobre el pavimento embarrado, y un rostro demoníaco, oscuro y picado de viruelas, inclinado sobre él con las garras delgadas extendidas, y la densa niebla en lugar de un cuerpo, como la encarnación a medio formar de músculos.

—Eso fue lo que lo causó, y lo sabrás de nuevo —dijo—. He venido a buscarte para que lo encuentres.

—¿Es inglés? —jadeé, mientras la visión se desvanecía y la habitación volvía a ser nítida.

—No es ni hombre ni mujer, pero vive como yo, está conmigo ahora y puede que esté contigo esta noche. Aun así, si me quieres en su lugar, puedo retenerlo, solo debes desearme con todas tus fuerzas.

La sesión se estaba volviendo demasiado horrible, y por consentimiento general nuestro anfitrión subió el gas, y entonces vi por primera vez a la médium, ahora liberada de su malvada posesión, una hermosa joven de unos diecinueve años, con, creo, los ojos marrones más gloriosos que jamás había visto.

—¿Crees lo que has estado diciendo? —le pregunté mientras conversábamos.

—¿Qué he dicho?

—Sobre la mujer asesinada.

—No sé nada en absoluto. Solo que he estado sentada a la mesa. Nunca sé qué son mis trances.

¿Decía la verdad? Sus ojos oscuros la reflejaban, así que no podía dudar de ella.

Esa noche, al ir a mi alojamiento, debo confesar que tardé un rato en decidir acostarme. Estaba alterado y nervioso, y deseé no haber asistido nunca a esa reunión espiritual. Mientras me quitaba la ropa y me metía apresuradamente en la cama, hice una promesa mental de que sería la última sesión impía a la que asistiría.

Por primera vez en mi vida no pude apagar el gas. Sentí como si la habitación se llenara de fantasmas, como si este par de espectros espantosos, el asesino y su víctima, me hubieran acompañado a casa y en ese momento se disputaran mi posesión. Así que, en lugar de eso, me tapé la cabeza con las sábanas, pues hacía frío, y me fui a dormir.

¡Las doce! Y el aniversario del nacimiento de Cristo. Sí, oí las campanadas desde la aguja de la calle y las conté, lentamente, escuchando los ecos de otros campanarios, después de que esta cesara, mientras yacía despierto en esa habitación iluminada por el gas, sintiéndome como si no estuviera solo en esa mañana de Navidad.

Así, mientras intentaba pensar en qué me había despertado tan repentinamente, me pareció oír un eco lejano que gritaba: «¡Ven a mí!». Al mismo tiempo, las sábanas fueron retiradas lentamente de la cama y abandonadas en una masa confusa en el suelo.

—¿Eres tú, Polly? —grité, recordando la sesión espiritista y el nombre con el que el espíritu se había anunciado al tomar posesión.

Tres golpes claros resonaron en el poste de la cama, junto a mi oído, la señal de «Sí».

—¿Puedes hablarme?

—Sí —respondió un eco más que una voz, mientras sentía que se me erizaba la piel, pero me esforzaba por ser valiente.

—¿Puedo verte?

—¡No!

—¿Sentirte?

Al instante, una mano fría y ligera me tocó la frente y me recorrió el rostro.

—¡En nombre de Dios, qué quieres!

—Salvar a la chica con la que estuve esta noche. La persigue y la matará si no vienes pronto.

En un instante me levanté de la cama y me vestí como pude, horrorizado, pero sintiendo como si Polly me estuviera ayudando a vestirme. Había una daga kandiana sobre mi mesa que había traído de Ceilán, una daga vieja que había comprado por su antigüedad y diseño, y la recogí al salir de la habitación, con esa mano invisible y ligera que me guiaba fuera de la casa y por las calles desiertas y nevadas.

No sabía dónde vivía la médium, pero seguí su suave agarre a través de la nevada salvaje y cegadora, doblando esquinas y atajos, cabizbajo y con los copos cayendo a mi alrededor, hasta que finalmente llegué a una plaza silenciosa, frente a una casa en la que, por instinto, supe que debía entrar.

Al otro lado de la calle noté a un hombre de pie, mirando hacia una ventana tenuemente iluminada, pero no pude verlo con claridad y no le presté mucha atención en ese momento, sino que subí corriendo los escalones de la entrada y entré en la casa, con esa mano invisible todavía empujándome hacia adelante.

Cómo se abrió esa puerta, o si se abrió, no podría decirlo, solo sé que entré, como en un sueño, y subiendo las escaleras interiores, pasé a un dormitorio donde la luz ardía tenuemente. Era su dormitorio, y ella forcejeaba entre las garras brutales, esas mismas garras demoníacas, y el resto se desvanecía en la nada.

Lo vi todo de un vistazo: su figura semidesnuda, con las sábanas revueltas, mientras el demonio informe de músculos se aferraba a su delicada garganta. Y entonces me lancé furioso con mi daga, cortando transversalmente esas garras crueles y ese rostro maligno, mientras vetas de sangre seguían el curso de mi cuchillo, dejando feas manchas, hasta que finalmente dejó de forcejear y desapareció como una horrible pesadilla, mientras la chica medio estrangulada, ahora liberada de ese agarre, despertaba a la casa con sus gritos, mientras de su mano caía una extraña moneda, de la que me apoderé.

Así la dejé, sintiendo que mi trabajo estaba hecho, bajando las escaleras como había subido, sin impedimentos ni siquiera pareciendo, en lo más mínimo, llamar la atención de los demás inquilinos de la casa, quienes corrieron en camisón hacia el dormitorio de donde provenían los gritos.

De nuevo a la calle, con la moneda en una mano y mi daga en la otra, recordé al hombre que había visto mirando hacia la ventana. ¿Seguía allí? Sí, pero en el suelo, en una masa negra y confusa entre la nieve blanca, como si lo hubieran derribado.

Me acerqué a donde yacía y lo miré. ¿Estaba muerto? Sí. Lo giré y vi que tenía la garganta desgarrada de oreja a oreja, y por todo su rostro —el mismo rostro oscuro, pálido, malvado y marcado por la viruela, y manos como garras— vi los oscuros cortes de mi daga kandiana, mientras que la suave nieve a su alrededor estaba teñida con charcos de vida carmesí, y mientras miraba oí el reloj dar la una, desde la distancia sonaba el canto de los que se acercaban, entonces me giré y huí ciegamente hacia la oscuridad.

Hume Nisbet (1849-1923)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Hume Nisbet.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Hume Nisbet: El hechizo del demonio (The Demon Spell), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Invocación negra»: Paul Ernst; relato y análisis


«Invocación negra»: Paul Ernst; relato y análisis.




Invocación negra (Black Invocation) es un relato de terror del escritor norteamericano Paul Ernst (1899-1985), publicado originalmente en la edición de junio de 1932 de la revista Weird Tales.

Invocación negra, entre los mejores cuentos de Paul Ernst, relata la historia de dos investigadores paranormales cansados de estudiar fraudes vulgares, quienes realizan un último intento por encontrar un suceso sobrenatural real, objetivo, que no deje dudas sobre su autenticidad (ver: Detectives paranormales en la ficción). Para ello cuentan con un antiguo pergamino, escrito en latín, con una invocación que nunca antes habían visto.

SPOILERS.

Estos dos investigadores contactan a un sujeto misterioso, llamado Abracelli, una especie de nigromante y experto en ocultismo, quien los asesora sobre la correcta pronunciación del latín; según él, la única forma de que la invocación obtenga respuesta.

Invocación negra de Paul Ernst se apoya sobre una teoría a la cual también suscribía H.P. Lovecraft (¿Cómo se pronuncia «Cthulhu» en realidad?): el significado de las palabras de una invocación, de un hechizo o de un entantamiento, son menos importantes que el sonido de esas palabras, su correcta inflexión, su ritmo. En la secuencia correcta, esos sonidos producen vibraciones capaces de abrir una especie de portal interdimensional, o al menos reducir la frontera que separa nuestra realidad de otros planos.


Ciertos sonidos definidos, en series precisas, podrían generar vibraciones que actuarían sobre sustancias ordinariamente invisibles e intangibles para nosotros, de tal manera que las haga tangibles y visibles, hacer que abandonen su propia dimensión, sea cual sea, y pasen a la nuestra.


Es decir que estos seres interdimensionales no serían invocados realmente por el significado de las palabras que constituyen el encantamiento propiamente dicho, sino por la singular combinación de ondas sonoras causadas por una secuencia particular de vocales y consontantes, en este caso, en latín. Según esta hipótesis, la razón por la cual los encantamientos mágicos no funcionan (digamos, en la mayoría de los casos) se debe a una pronunciación incorrecta, a unas inflexiones inadecuadas en el ritmo y tono de voz del oficiante, que no consiguen emitir la secuencia vibratoria necesaria para sincronizar nuestro plano de existencia con el otro lado.

En este punto de Invocación negra de Paul Ernst aparece este extraño sujeto: Abracelli, quien afirma saber exactamente cómo se pronunciaba el latín en tiempos de los romanos (algo que nadie sabe realmente), el énfasis preciso que requiere cada palabra; y aunque al principio se muestra reacio a compartir ese conocimiento, finalmente cede ante la insistencia de los investigadores, quienes se disponen a pronunciar la invocación. El objetivo es una especie de elemental, y el rito propiamente dicho le debe mucho a cuento de E.F. Benson: La cosa en el salón (The Thing in the Hall).




Invocación negra.
Black Invocation, Paul Ernst (1899-1985)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Mi teléfono sonó una noche, hace aproximadamente un mes. Del otro lado del cable estaba Bryce Woodward.

—¿Tienes tiempo para un poco de investigación psíquica esta noche? —preguntó.

—¿Más médiums —contrarresté. En varias ocasiones salí con Bryce a visitar mediums psíquicos cuyos poderes se limitaban a trucos con espejos, mesas huecas y amplificadores de sonido.

—No —dijo Bryce—, esto es algo diferente. Otro experimento con invocación. ¿Quieres sumarte?

—Supongo que sí —dije.

—Está bien. En media hora pasaré a buscarte. Te lo explicaré entonces.

En menos de la media hora designada estuvo en mi puerta. Sus ojos oscuros brillaban con una ligera mitad de entusiasmo y mitad de diversión.

Una palabra aquí con respecto a Bryce Woodward: un joven con un ingreso heredado, se entretuvo desde que dejó la universidad con estudios de cosas psíquicas, sobrenaturales y anormales. Más bien, se entretuvo al exponer presuntas demostraciones de esas cosas como falsificaciones. Y yo, interesado desde un punto de vista profesional en la medida en que soy un médico principiante, a menudo he ido con él. Por lo demás, Bryce es alto y muy oscuro, con una cara escasamente barbuda pero de aspecto viril en la que, bajo las cejas pesadas que tienen una especie de inclinación satánica, se observan ojos profundos y oscuros. Un buen tipo, aunque inclinado a ser un poco misterioso y reservado.

—Volveremos a la Roma del siglo VI —dijo, mientras yo estaba tomando mi sombrero—. ¿Recuerdas ese viejo tratado sobre demonología que aprendí en París dos años?

Asentí.

—¿El fragmento que instruye a los estudiantes de Magia Negra sobre cómo invocar demonios y esas cosas? Sí, lo recuerdo.

—Bueno, vamos a trabajar con eso —dijo Bryce.

Recordé una noche entera que habíamos pasado con eso, pronunciando solemnemente en voz alta ciertas palabras místicas en latín que garantizaban la invocación de seres extraños del mundo exterior. Ningún ser extraño había respondido.

—Esta noche será diferente —dijo Bryce, cuando le recordé nuestro fracaso.

Salimos de mi departamento y comenzamos a caminar hacia el norte, con nuestro destino aún sin mencionado por él. De vez en cuando le miraba de reojo. Nunca había sido capaz de descubrir cuáles eran sus verdaderas creencias en lo sobrenatural. Parecía siempre estar seguro de que sería decepcionado en su búsqueda de pruebas psíquicas. Sin embargo, por extraño que parezca, siempre tener la esperanza de encontrarlos esta vez.

—¿Recuerdas la teoría que expuse esa noche que trabajamos con un poco de pergamino? —preguntó.

Lo había olvidado, así que él me lo recordó.

—Tenía la idea de que ciertos sonidos definidos, en series precisas, podrían generar vibraciones, por así decirlo, que actuarían sobre sustancias ordinariamente invisibles e intangibles para nosotros, de tal manera que las haga tangibles y visibles, hacer que abandonen su propia dimensión, sea cual sea, y pasen a la nuestra.

—¿A qué te refieres con sustancias? —pregunté.

Él se encogió de hombros.

—¿Quién sabe? Monstruos, fantasmas, los seres que conocemos como ángeles, cualquier cosa podría responder. Según mi hipótesis, estos seres solo responden a una cierta secuencia de sílabas definitivamente pronunciadas, como el dispositivo eléctrico que abre una puerta en respuesta a la orden vibratoria de una determinada contraseña a la que se ha ajustado.

—Pero una vez intentamos invocar a los espíritus pronunciando las sílabas de esa vieja frase latina en el pergamino, y no llegamos a ninguna parte.

—Hay una posible razón para nuestro fracaso. No sabíamos cómo pronunciar el latín correctamente. Ningún hombre vivo sabe cómo hacerlo. Al menos, eso pensaba hasta ayer —su voz se apagó.

—¿Y ahora has encontrado a alguien que puede hablar latín como se habló hace dos mil años?

—Encontré a un hombre que dice ser capaz de hacerlo. Es asistente de conserje en el Hotel Larchmont —agregó.

Parecía que nuestra noche iba a ser tan infructuosa como cualquiera de las anteriores.

—Conocí al hombre, un italiano del norte de Milán, en una vieja librería ayer por la tarde. Nos pusimos a hablar y, como era su tarde libre, lo invité a mi casa. Le mostré la vieja hoja de pergamino con el encantamiento de la Magia Negra, y él se mostró muy interesado. Fue entonces cuando afirmó que podía hablar latín con su inflexión original y natural.

—¿Te explicó cómo obtuvo esa habilidad? —pregunté.

—No lo explicó. Simplemente lo afirmó. Luego preguntó si podía llevar el pergamino a sus habitaciones en el sótano. Confesó estar interesado en el saber espiritual, dijo que esto parecía un verdadero tesoro, y quería examinarlo más de cerca. Se lo presté. Esta tarde llamó y me rogó con urgencia que fuera a buscarlo. No podía alejarse de sus deberes el tiempo suficiente para entregarlo en persona. Pensé que había una gran cantidad de nerviosismo en su voz, como si tuviera miedo de algo.

—¿Y entonces? —dije después de caminar media cuadra en silencio.

—Bueno, ¿no lo ves? Aquí tenemos una frase mágica supuestamente auténtica que hará que las cosas fabulosas se materialicen desde el otro mundo, o desde la quinta o sexta dimensión, como quieras llamarlo. Además, aquí tenemos a un hombre que dice que puede pronunciar la frase correctamente, fonéticamente, tal como lo escribió un viejo nigromante, estableciendo la antigua serie de vibración sonora que nosotros, en nuestra torpe pronunciación de una lengua muerta, no pudimos lograr. Si esto es cierto podría abrirse una puerta psíquica entre mundos. Puede ser interesante.

En este punto llegamos al Hotel Larchmont, un enorme pero modesto edificio para residentes de clase media en la periferia de la Costa Dorada de Chicago.

Bryce bajó un tramo de escaleras de hormigón y llamó al timbre. La puerta ante nosotros se abrió rápidamente, y entramos para enfrentar a un hombre que evidentemente era el que Bryce había mencionado.

Confieso que me sorprendió un poco su apariencia. Para empezar, no parecía el tipo de hombre que uno esperaría ver en un trabajo que requería fuerza física. Era delgado de cuerpo, con manos artísticas. Su cabello era blanco como la nieve, aunque no podía tener más de cuarenta y cinco años; y su frente y ojos eran los de un hombre inteligente, con una mentalidad estudiosa. Sus ojos, por cierto, no eran el marrón líquido generalmente atribuido a los hijos de Italia, sino de un azul grisáceo, como lo son los ojos de tantos italianos nacidos al pie de los Alpes. En ellos había una inquietante melancolía, como sombras de miedos lejanos.

Bryce se refirió a él como señor Abracelli cuando nos presentó. El hombre hizo una reverencia.

—¿Vendrán a mis habitaciones? —nos invitó, con una manera pulida y un acento inglés que hablaba de una excelente educación.

Lo seguimos por un pasillo y llegamos al departamento. Tuve un segundo momento de impresión entramos.

El apartamento constaba de una gran sala de estar, una pequeña alcoba para dormir y una cocina americana sin usar. Esta sala de estar estaba amueblada como el estudio de un hechicero charlatán. Había una pequeña bola de cristal en una esquina, descubierta, como si Abracelli la hubiera estado mirando cuando tocamos el timbre. Había un montón de hierbas aromáticas en una mesa auxiliar. Una calavera colgaba de un alambre al lado de la puerta de la cocina. Las paredes estaban cubiertas con una tela de algodón negro, dispuestas de manera que las pequeñas ventanas pudieran cubrirse si se deseaba apagar toda la luz. Un mortero, del tipo utilizado por los farmacéuticos, estaba en otra mesa auxiliar, con un residuo de algún polvo grisáceo.

—A veces me divierto con pequeños experimentos —dijo Abracelli. con una ola despreciativa alrededor de sus posesiones inusuales. Esa fue toda la explicación que ofreció.

Abrió un baúl barato y maltratado, y sacó una gruesa hoja de pergamino descolorida, que reconocí como la que Bryce y yo habíamos estudiado en vano la noche que mencioné. Manipuló la cosa de la manera más peculiar, como si estuviera caliente, pero con algo de fuerza también, como si temiera que explotara si la dejaba caer.

—¿Qué piensa de eso? —preguntó Bryce con gran deferencia; evidentemente pensaba que estaba tratando con un experto—. ¿Es genuino?

Abracelli asintió con la cabeza.

—Es indudablemente genuino —dijo—. Y si fuera mío lo arrojaría al horno.

—¿Entonces cree que el encantamiento funcionaría?

Miré de cerca a Abracelli, curioso por ver cuánta superstición (como siempre he etiquetado todas estas cosas) podría encontrar un lugar en su intelecto obviamente agudo. Vi un rápido espasmo nervioso contorsionar su rostro.

—Estoy seguro de que funcionaría —dijo en voz baja.

—¿Lo ha probado? —exigió Bryce.

¡Dio! ¡No! ¡Hay cosas en la vida que es mejor dejar tranquilas!

—¿Repetiría el encantamiento para nosotros?

—No por nada en la tierra, signor —dijo Abracelli, en un tono definitivo.

Bryce parecía decepcionado.

—Esperaba que pusiera su notable conocimiento del latín a nuestra disposición —dijo—. Le pagaré bien.

—Ningún pago podría ser lo suficientemente alto.

—Pero, ¿qué es exactamente lo que teme? —preguntó Bryce—. ¿Qué tipo de criatura, o sombra, espera que responda a la invocación?

Abracelli sacudió la cabeza.

—No lo sé. Algo lo suficientemente terrible. No lo pronunciaré.

—Entonces —dijo Bryce—, lo pronunciaremos nosotros mismos. Debe enseñarnos la pronunciación correcta.

A esto también Abracelli se negó; y luego siguió un conflicto verbal que me dejó cada vez más perplejo. Bryce le suplicó, lo intimidó, casi lo amenazó. Abracelli se negó obstinadamente a repetir el encantamiento él mismo o enseñarle a Bryce a enunciarlo. Y yo, como espectador, no sabía si reírme o enojarme y marcharme. El comportamiento superior de este hombre me había predispuesto fuertemente hacia él; y su miedo casi campesino —porque un temor puro y simple había comenzado a mostrarse en su rostro— de una frase latina absurda en una hoja de pergamino hecha jirones, me decepcionó y me disgustó al mismo tiempo.

Estaba a punto de sugerirle a Bryce que terminemos la farsa y nos vayamos, cuando Abracelli se rindió.

—Muy bien —dijo con un suspiro—, lee enseñaré cómo decirlo como lo habría dicho el hombre que lo escribió. El resultado estará en su cabeza. No me quedaré en la habitación mientras pronuncia la invocación.

Creí detectar una inconsistencia aquí, y rápidamente salté sobre ella.

—¿Cómo puede enseñarnos la pronunciación —pregunté—, sin que repita el encantamiento y llame a lo que sea que pueda responder?

—Le enseñaré palabra por palabra —dijo Abracelli, con una dignidad tranquila que me hizo sentir, por un instante, como un imbécil—. La invocación, si es como otras que he conocido, solo es efectiva cuando se entona como un todo, de una manera regular, sílaba por sílaba.

—Eso suena como mi teoría de la vibración —dijo Bryce rápidamente—. Nuestros vecinos del otro mundo no son convocados por la redacción del encantamiento, sino por la combinación peculiar de ondas sonoras causadas por una combinación particular de vocales y consonantes.

—Nunca he oído que se explique de esa manera —comentó Abracelli, con el ceño pensativo—, pero puede ser como usted dice. Vengan, te enseñaré cómo los romanos vivos hablaban su idioma.

Desde entonces he intentado recordar exactamente los matices de inflexión que le dio la lengua latina a la cual este hombre, correcta o fraudulentamente, afirmaba conocer. Pero no puedo. Solo puedo ofrecer una descripción aproximada. Tengo un vago recuerdo de que el discurso en su conjunto fue casi tan gutural como el árabe; que las «U» fueron pronunciadas de forma parecida a la manera francesa de decir «monsieur»; que las «B» se enunciaban como si hubiera una «G» casi audible antes de cada una; y que las «V» parecían tener una pizca de «W» después de ellas.

Primero, para darnos una idea de cómo fue, Abracelli leyó todo lo que era descifrable del prólogo fragmentario:

—Quien pronuncie la fórmula en un tono claro y alto, sonido por sonido, con igual énfasis en cada palabra, invocará desde el mundo oculto sobre nosotros, temibles ciudadanos.

Debo decir que, si bien su latín sonaba como ningún latín jamás escuchado en un aula moderna, sonaba extrañamente autoritario.

Desde aquí pasó a la invocación misma. Pero allí se resistió por un momento.

—Se los ruego —comenzó, con profunda angustia en sus ojos azul grisáceo.

—Lo prometió —fue la respuesta inflexible de Bryce.

Entonces, sílaba por sílaba, con el cuidado palpable de no decir dos de las palabras místicas en la secuencia adecuada, Abracelli nos dio un enunciado modelo de la frase que se suponía que era una especie de vibración, un puente entre nuestro mundo y otros. Y Bryce repitió cada palabra después de él, hasta que su paladar se ajustó razonablemente a los sonidos desconocidos.

—Ahora pueden decirlo correctamente —dijo Abracelli—. Pero, ¿realmente van a arriesgarse?

—En efecto —respondió Bryce—. Durante varios años he buscado fervientemente pruebas de que las viejas fábulas sobre espíritus, fantasmas y demonios, tienen algún fundamento detrás. Hasta la fecha, no he llegado a ningún lado. Pero aun así haría cualquier cosa, por ridículo que pareciera, si pensara que ofrece una remota posibilidad de proporcionarme esa prueba.

—Esta no es una oportunidad remota —dijo Abracelli—. ¡Es una certeza! Si me disculpan, iré a la sala de calderas mientras realizan este loco experimento.

Y se fue, cerrando la puerta firmemente detrás de él. Me volví hacia Bryce y me reí. Cuanto más pensaba en lo genuinamente asustado que parecía el italiano, más fuerte me reía.

Bryce no se unió a mí; y al final me puse lo suficientemente serio como para notar en sus ojos oscuros una mirada curiosamente dudosa.

—¡Dios mío, Bryce! —exclamé—: ¿No querrás decirme que crees que algo sobrenatural responderá al llamado de esa fórmula latina?

—La teoría de la vibración suena bastante plausible —dijo, encendiendo un cigarrillo. Y eso fue todo lo que pude sacar de él.

Bryce se acercó a la puerta y la cerró. Luego miramos alrededor de la habitación para ver si, por alguna razón desconocida, Abracelli había ocultado dispositivos para engañarnos. El hombre era ciertamente un aficionado a las cosas ocultas; y ninguna otra clase de persona iría tan lejos como para tratar de engañar a otros en sus propias creencias fantásticas. Sin embargo, no encontramos nada sospechoso, así que nos preparamos para realizar nuestro experimento.

Tomamos la vieja y gruesa hoja de pergamino y la colocamos en la mesa redonda que ocupaba el centro de la habitación. Sobre ella había una lámpara sombreada, que vertía un círculo de iluminación sobre la mesa y dejaba el resto de la habitación en una oscuridad comparativa. Bryce acercó una silla y yo hice lo propio. Pero antes de comenzar a leer la antigua invocación, dudó.

—¿Estás seguro de que quieres seguir con esto? —me preguntó solemnemente.

—Por supuesto —respondí con impaciencia—. Si realmente crees que aparecerá algo sobrenatural en respuesta a esa tonta invocación, entonces no has aprendido nada de nuestras experiencias anteriores.

Bryce se encogió de hombros.

—Supongo que tienes razón en tu escepticismo —dijo lentamente—. Supongo también que esta noche, como siempre, no descubriremos nada más emocionante que efectos hipnóticos o cables ocultos.

Nos miramos el uno al otro por un instante sobre la antigua hoja de pergamino, sentados en esa habitación curiosamente amueblada y que estaba situada en las entrañas de un gran edificio moderno, pero que figurativamente podría haber sido la caverna cubierta de tapices de algún antiguo mago. Entonces Bryce comenzó a leer la antigua invocación.

Sentí un cosquilleo curioso en la piel cuando su voz retomó las sílabas sonoramente guturales en la forma en que Abracelli le había enseñado. ¡Qué extraño poder sobre nosotros tienen ciertos sonidos! La misa en latín, por ejemplo. ¡Cómo nos agita y emociona, aunque uno puede ser completamente ignorante del significado de las palabras! Es la majestuosidad del decir, no su significado, lo que hace que cada nervio se emocione en respuesta.

Al igual que la lectura de este antiguo encantamiento, con la pronunciación que Abracelli afirmó que era la del místico romano que lo escribió, hizo que nuestros nervios tiemblen. Solo había una diferencia. Si bien esto tenía todo el sabor y el ritmo de una misa, había enterrados en el discurso sutiles matices de obscenidad y terror. No sonaba como si hubiera sido diseñado para ser leído en una catedral enorme y sombría, erigida para Dios, sino blasfemamente para el Diablo. Sin embargo, me atrevo a decir que todo esto fue imaginación de mi parte.

...ven desde los confines de la oscuridad exterior y las sombras de la otra vida a mi presencia...

Sílaba por sílaba, latido por latido, como un pianista tocando un ejercicio al ritmo de un metrónomo, Bryce leyó hasta aquí. En este punto se detuvo y miró fijamente hacia una silla en un rincón apenas iluminado por la lámpara sombreada. Seguí su mirada, y una exclamación de sorpresa salió de mis labios.

La silla que mirábamos con ojos grandes e incrédulos era una butaca prosaica con una tapicería desteñida que se extendía inclinada hacia la esquina de la habitación, dejando un espacio en forma de V detrás de ella. Sin embargo, no era en la silla lo que estábamos mirando, sino algo que colgaba de su respaldo.

El algo era una enorme, como una pata negra, no muy diferente de la pata de un oso, excepto que tenía dedos casi humanos, gruesos, con puntas de garras curvas. Era la pata de una bestia, con la configuración definitiva de los dedos y el pulgar de algo casi humano. Todo el conjunto: dedos parecidos a patas y una muñeca gruesa, estaba cubierto de pelo negro, enmarañado y áspero.

—¿Tú también lo ves? —susurró Bryce.

Asentí, mientras mi cuero cabelludo sentía como si cada cabello se erizara como los pelos de un perro asustado.

La mano bestial se contrajo ligeramente. Juro que escuché sus garras rascarse contra la tela del tapiz. Luego se retiró lentamente de la vista sobre el respaldo de la silla.

Juntos, con los músculos tensos para la acción, saltamos hacia esa silla y la alejamos de la pared.

No había nada detrás.

Nos miramos el uno al otro, y en el mismo segundo tuvimos el mismo pensamiento.

—Abracelli estaba actuando cuando fingió estar tan asustado —dije—. ¡Hipnotismo! Pero es bastante bueno para inducir una imagen tan clara en ambas mentes y a distancia.

Bryce asintió con la cabeza; pero frunció un poco el ceño, como si no estuviera del todo convencido.

—Hipnotismo, probablemente —dijo—. Bueno, sigamos con esto y veamos qué nuevos trucos puede ofrecer nuestro amigo para desconcertarnos.

Volvimos a la mesa y nos sentamos. Bryce se aclaró la garganta.

—Esta vez lo terminaré—declaró.

Y comenzó de nuevo a leer la invocación.

…ven desde los confines de la oscuridad exterior…

Las sílabas golpearon mi cerebro como el ritmo de un tambor. Nuevamente experimenté esa extraña sensación de hormigueo en todo mi cuerpo.

…y las sombras de la otra vida….

Como testimonio adicional del poder de lo que aún estaba seguro era la habilidad hipnótica de Abracelli, pensé haber detectado un ligero olor en la habitación que no había estado allí hacía un momento: un olor a humedad y a animales, como el que impregna las jaulas del zoológico. Pero era un mero fantasma de olor, nada lo suficientemente definido como para describirlo con precisión.

…ante mi presencia, aquí en el mundo de los hombres, te lo ordeno….

Listo. La lectura estaba terminada. La invocación supuestamente temida había sido lanzada como un desafío.

Bryce levantó la vista del pergamino. Sus ojos siguieron los míos hasta el respaldo de la silla donde habíamos visto (con o sin hipnosis de por medio) la hirsuta pata negra.

No estaba allí ahora. No había reaparecido, ni en el ojo de nuestra mente ni en la realidad. Nos quedamos mirando alrededor de la habitación.

Nada. Escuchamos atentamente. Nada.

Respiré hondo. A pesar de la seguridad del sentido común y la lógica de que nada podía estar en esa habitación, que el murmullo de unas pocas sílabas en un idioma muerto no podía hacer que se materializaran otras presencias, me sentí aliviado al descubrir que realmente estábamos solos, tal como habíamos estado antes de pronunciar la invocación.

Por unos segundos más nos sentamos en silencio. Entonces Bryce suspiró y encendió un cigarrillo.

—Una vez más nos quedamos con las manos vacías —murmuró, enviando una nube azul de humo hacia el haz de luz emitido por la lámpara, y perdiéndose en la penumbra más allá—. Supongo que también podríamos irnos a casa… ¡Dios mío!

En la mesa entre nosotros había aparecido de repente la pata. Estaba descansando sobre la mesa, con la palma hacia abajo, tan sólida como la madera misma.

Pudimos ver cada detalle: el pelo negro y áspero, de un tinte ligeramente rojizo cerca de las raíces (las uñas gruesas o las garras que se curvaban desde los extremos romos de los dedos), los pliegues de piel grisácea, los nudillos.

En el mismo instante sentí un aliento fétido y caliente en la parte posterior de mi cuello, sentí que mi silla crujía hacia adelante como si un peso enorme hubiera presionado contra su espalda, sentí dedos peludos tocar fugazmente mi hombro.

Por primera vez sentí miedo. ¡Y asco!. ¡Esto no podía ser una ilusión inducida hipnóticamente! Grité en voz alta, y salté de mi silla. Temblando, miré detrás de ella.

No vi nada. ¡Nada! Miré la mesa. La pata había desaparecido de nuevo.

—Constante —dijo Bryce. Sus propios labios eran blancos—. Constante.

Se detuvo abruptamente, y sus ojos, siguiendo los míos, vieron lo que estaba viendo.

Justo fuera del alcance de la luz más clara, al otro lado de la mesa, se enroscaba el humo más espeso del cigarrillo de Bryce. En el aire quieto de la habitación no se había disipado demasiado. Pero ahora el humo estaba repentinamente agitado, como si algo se moviera a través de las volutas. Al mismo tiempo, algunos jirones más gruesos de humo desaparecieron de la vista para reaparecer nuevamente, como si un cuerpo se moviera delante. Pero nuestros ojos aún podían ver nada.

La agitación de las volutas de humo persistió, en una especie de rastro aireado detrás de algo que se movía alrededor de la mesa y hacia nosotros. Involuntariamente, Bryce levantó las manos en un gesto de defensa.

La ceniza ardiente de su cigarrillo se esparció abruptamente en una lluvia de chispas como si algo hubiera golpeado violentamente contra ella. Había un olor a cabello quemado, y el aire fue cortado por un aullido desgarrador.

La pata negra y peluda nuevamente se materializó ante nosotros. Pero esta vez no estaba quieta. Se estaba cerrando y aflojando, avanzando salvajemente hacia nosotros. Y ahora, lentamente, como si una neblina se arremolinara cada vez más apretadamente para formar una forma definida, vimos el cuerpo al que estaba unida la pata.

Solo tuvimos un vistazo, con ojos horrorizados, de una gigantesca y peluda forma negra, algo así como un hombre, algo así como un gorila. Solo un vistazo de ojos llameantes que no eran de hombre ni de bestia. Solo un vistazo de una figura de pesadilla a punto de saltar.

Luego, cuando retrocedimos, la cosa aulló una vez más con furia, la lámpara eléctrica fue arrojada de la mesa con una violencia inimaginable. Estábamos en la oscuridad con la criatura.

Sentí garras rastrillar mi mejilla. Una gran mano se cerró alrededor de mi garganta, y fui arrojado a través de la habitación. Escuché a Bryce llorar de terror, escuché un alboroto de bestiales gruñidos y aullidos, y sentí un peso insoportable sobre mi pecho, a tal punto que creí que me aplastaría. Luego perdí el conocimiento.

Cuánto tiempo después recuperé el sentido, no lo sé. Descubrí que mis hombros estaban siendo sacudidos bruscamente. Instintivamente levanté las manos para protegerme, pero cuando abrí los ojos vi, no el terror peludo, sino a Bryce, blanco y tembloroso, inclinándose sobre mí.

—Pensé que estabas muerto —fueron sus primeras palabras—. ¡Dios mío, nos salvamos por muy poco!

—¿Dónde está la cosa? —pregunté débilmente, mirando alrededor de la habitación.

El lugar estaba en un desorden aterrador, con sillas golpeadas y la mesa volcada y la tela negra arrancada de las paredes en una docena de lugares. Pero no había señal en ninguna parte de la horrible pata, o de su dueño aún más horrible.

—Ha desaparecido de regreso al lugar de donde vino —dijo Bryce.

Me senté y limpié los rasguños profundos en mi mejilla. Y a medida que la conciencia volvía más completamente hacia mí, la razón volvió a ocuparla. Entonces comencé a preguntarme y luego a sentirme muy, muy avergonzado.

Miré especulativamente a Bryce.

—¡Engañados de nuevo! —dije.

Bryce me miró fijamente.

—¿Qué quieres decir con eso?

Quiero decir que debemos inclinarnos ante el signor Abracelli. Nos ha manejado como a un par de niños. Ciertamente debemos felicitarlo cuando regrese de su retiro de la sala de calderas.

Las cejas pesadas de Bryce se alzaron.

—¿Crees que puede haber dudas sobre lo que vimos?

—Desafortunadamente, sí. Todo lo que vimos debe haber sido transmitido corporalmente de la mente de Abracelli a la nuestra .

—¿Y lo que sentimos físicamente? —exigió Bryce.

—En nuestro estado de excitación, uno de nosotros derribó la lámpara y en la oscuridad nos peleamos como un par de gatos asustados.

—¿Y lo que golpeó las chispas de mi cigarrillo?

—Golpeaste tu cigarrillo contra el borde de la mesa cuando levantaste las manos. Sí, ¡un buen par de tontos que demostramos ser!

Bryce sonrió sombríamente.

—Todas estas cosas que afirmas son bastante posibles; pero no seas demasiado condescendiente con nuestra necedad, viejo. Porque tengo pruebas de que lo que vimos no fue una ilusión hipnótica. Fue real, y ocurrió aquí, debido a la invocación.

Levantó su mano derecha. Observé por primera vez que la había mantenido bien cerrada.

—No sé exactamente cuándo, en la lucha, obtuve este souvenir, pero creo que cuenta toda la historia. ¿Todavía eres escéptico? ¿Te sientes incapaz de creer lo que viste con tus propios ojos y sentiste en tu propia carne? ¡Entonces mira!

Él abrió los dedos y, mientras miraba lo que sostenía, sentí un repentino regreso del horror frío que me había atrapado antes.

En la palma de su mano había varios pelos gruesos, negros y rizados, ligeramente rojizos en las raíces, a los que todavía se adherían escamas de piel grisácea, parecidas a las de un mono.

Paul Ernst (1899-1985)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Paul Ernst.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Paul Ernst: Invocación negra (Black Invocation), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La Cosa en el salón»: E.F. Benson; relato y análisis


«La Cosa en el salón»: E.F. Benson; relato y análisis.




La Cosa en el salón (The Thing in the Hall) es un relato de terror del escritor inglés E.F. Benson (1867-1940), publicado en la antología de 1912: La habitación en la torre y otros relatos (The Room in the Tower and Other Stories).

La Cosa en el salón, uno de los cuentos de E.F. Benson menos conocidos, relata la historia de dos médicos interesados en el espiritismo, quienes inadvertidamente abren la puerta de nuestro mundo a una entidad del otro lado, según ellos, un Elemental.

Esta criatura no parece exactamente un elemental, sino más bien algún tipo de parásito, gusano o larva del plano astral, que poco a poco va ganando fuerza para materializarse con mayor consistencia en nuestro plano. En todo caso, la entidad nos recuerda en cierto modo a los seres vermiformes de los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft (ver: Vermifobia: gusanos y otros anélidos freudianos en la ficción).

La Cosa en el salón de E.F. Benson no es precisamente un gran relato, pero presenta algunos dispositivos interesantes, como la idea de que ciertas entidades pueden adherirse a las personas, alimentarse de su energía, y finalmente existir en el plano físico (Espíritus que se «pegan» a las personas).

Por otro lado, la criatura en sí misma, similar a una babosa descomunal, resulta convicente dentro de su contexto (ver: Black Goo y otras monstruosidades amorfas en la ficción).




La Cosa en el salón.
The Thing in the Hall, E.F. Benson (1867-1940)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)

Las siguientes páginas son el relato hecho por el doctor Assheton sobre la Cosa en el Salón. Tomé notas, tan copiosas como me lo permitió la rapidez de mi mano, de su dictado. Posteriormente le leí esta narrativa en su forma transcrita. Esto fue el día anterior a su muerte, lo que probablemente ocurrió dentro de una hora después de haberlo visto. Como recordarán algunos lectores aficionados a las páginas policiales de los periódicos, tuve que presentar pruebas ante el jurado forense.

Solo una semana antes, el doctor Assheton también tuvo que presentar pruebas similares, pero como experto médico, con respecto a la muerte de su amigo, Louis Fielder, cuya muerte sería igual a la suya. Como especialista, dijo que creía que su amigo se había suicidado debido a una deficiencia mental. El veredicto fue presentado en consecuencia. Pero en la investigación sobre el cuerpo del doctor Assheton, aunque las circunstancias fuesen las mismas, presentaba más espacio para la duda.

Estoy obligado a decir que, solo poco antes de su muerte, leí el texto que sigue, corregido por el doctor con extrema precisión en ciertos detalles:

—Como especialista en cerebro —dijo—, estoy bastante seguro de que estoy completamente cuerdo y que estas cosas sucedieron no solo en mi imaginación, sino también en el mundo real. Si tuviera que dar evidencia nuevamente sobre el pobre Louis, me vería obligado a tomar una línea diferente. Anótelo al final de su relato, o al principio, si lo prefiere.

Habrá algunas palabras que deberé agregar al final de esta historia, y algunas palabras de explicación deben precederla. En resumen, son estas:

Francis Assheton y Louis Fielder estaban juntos en Cambridge, y allí formaron una amistad que duró casi hasta sus respectivas muertes. En general, no hay dos hombres que pudieran ser menos parecidos, ya que mientras el doctor Assheton se había convertido, a la edad de treinta y cinco años, en la primera y última autoridad en su materia, que eran las funciones y enfermedades del cerebro, Louis Fielder, a la misma edad, estaba en el umbral de sus mayores logros.

Assheton, aparentemente sin ningún tipo de brillantez, había llegado con un trabajo cuidadoso e incesante a la cima de su profesión, mientras que Fielder, brillante en la escuela, en la universidad y brillante después, nunca había hecho nada. Estaba demasiado ansioso, según sus colegas, y rara vez se entregó al paciente trabajo de investigación; siempre prefirió intuir, arriesgar hipótesis, e incluso tratar de iluminar el trabajo de los demás. Pero en el fondo, los dos hombres tenían un interés común en común, a saber: una curiosidad insaciable por lo desconocido.

Ambos, hasta el final, fueron absolutamente intrépidos. El doctor Assheton se sentaba al lado de la cama del hombre afectado por la peste bubónica para notar pequeños cambios en él, del mismo modo en que Fielder estudiaría rayos X una semana, máquinas voladoras la próxima y espiritualismo la tercera.

El resto de la historia, creo, se explica por sí misma, o no lo hace. Esto, de todos modos, es lo que le leí al doctor Assheton, siendo la narración conectada de lo que él mismo me había contado. Es él, por supuesto, quien habla.


***
Después de regresar de París, donde había estudiado con Charcot, establecí la práctica en casa. La doctrina general del hipnotismo, la sugestión y la cura por tales medios había sido aceptada incluso en Londres en ese momento, y, debido a algunos documentos que había escrito sobre el tema, junto con mis diplomas extranjeros, descubrí que estaría muy ocupado. Casi tan pronto como llegué a la ciudad. Louis Fielder tuvo sus ideas sobre cómo debería hacer mi debut (porque tenía ideas sobre todos los temas, y todas ellas originales), y me suplicó que viniera a vivir, no en la fortaleza de los médicos, Plaza Cloroformo, como él la llamó, sino en Chelsea, donde había una casa vacía junto a la suya.

—¿A quién le importa dónde vive un médico —dijo—, siempre que cure a la gente? Además, no crees en viejos métodos. Y hay una atmósfera de muerte en Plaza Cloroformo. Ven, la mayoría de las noches tendré mucho que contarte.

Ahora, si has estado en el extranjero durante cinco años, es agradable saber que todavía queda algún amigo íntimo en la ciudad, y, como dijo Louis, tener ese amigo íntimo al lado es una excelente razón para mudarse. Sobre todo, recordé los días de Cambridge, lo que significaba quedarse cerca de Louis.

Hacia la hora de acostarse, cuando terminaba el trabajo, llegaría un paso rápido en el rellano, y durante una hora, o dos, estaría lleno de ideas. Simplemente difundía conocimiento e inquietudes. Donde quiera que fuera, alimentaba tu cerebro, que es lo único que importa en definitiva. La mayoría de las personas que están enfermas, lo están porque su cerebro se muere de hambre, y el cuerpo se rebela y contrae lumbago o cáncer. Esa es la principal doctrina de mi trabajo: toda enfermedad corporal surge del cerebro.

Es simplemente el cerebro el que tiene que ser alimentado, descansado y ejercitado adecuadamente para que el cuerpo esté absolutamente sano e inmune a todas las enfermedades. Pero cuando el cerebro se ve afectado, es lo mismo verter los medicamentos en el fregadero que hacer que el paciente los trague.

Le dije algo parecido a Louis una noche, cuando, al final de un día ocupado, había cenado con él. Estábamos sentados tomando un café en el pasillo, o como se llame el lugar donde él toma sus comidas. Su casa es como la mía, y otras diez mil casas pequeñas en Londres, pero al entrar, en lugar de encontrar un pasillo estrecho con una puerta a un lado, que conduce al comedor, que nuevamente se comunica con una pequeña habitación trasera, llamada «el estudio», tuvo la sensatez de eliminar todas las paredes innecesarias y, en consecuencia, toda la planta baja de su casa es una habitación, con escaleras que conducen al primer piso.

Justo cuando acababa de hacer algunas observaciones comunes sobre el efecto del cerebro en el cuerpo y los sentidos, se produjo un fuerte golpe, en algún lugar cercano, eso fue sorprendente.

—Deberías silenciar ese timbre —dije—, al menos durante la comida.

Louis se echó hacia atrás y lanzó una carcajada.

—No es el timbre —dijo—. Hace una semana dijiste lo mismo, así que lo quité. Pero escuchaste un golpe, ¿verdad?

—Sí.

—Tranquilo. No son visitas.

Ahora bien, si hay algo que el hipnotizador, el creyente en influencias inexplicables, detesta y desprecia, es la noción fundamental del espiritualismo. Las drogas no se oponen más a su creencia que la idea explotada y desacreditada de la influencia de los espíritus en nuestras vidas. Y ambos están desacreditados por la misma razón; es fácil entender cómo el cerebro puede actuar sobre el cerebro, así como es fácil entender cómo el cuerpo puede actuar sobre el cuerpo, de modo que no hay más dificultad en la recepción de la idea de que la mente puede dirigir al cuerpo. Pero que los espíritus deban golpear los muebles y desviar el curso de los acontecimientos es tan absurdo como administrar fósforo para fortalecer el cerebro. Eso fue lo que pensé entonces.

Sin embargo, estaba seguro de que era el cartero. El ruido era típico. Al instante me levanté y fui hacia la puerta. El cartero estaba subiendo los escalones. Me dio las cartas en la mano.

Louis estaba tomando su café cuando volví a la mesa.

—¿Alguna vez has intentado girar la mesa? —preguntó—. Es bastante extraño.

—No, y no he probado las hojas de violeta como una cura para el cáncer —dije.

—Oh, prueba todo —dijo—. Sé que ese es tu plan, al igual que el mío. Todos estos años que has estado fuera, has intentado todo tipo de cosas, primero sin fe, luego con un poco de fe, y finalmente con fe en las montañas. ¿Por qué no creías en el hipnotismo cuando fuiste a París?

Tocó la campana mientras hablaba. Su criado se acercó y limpió la mesa. Mientras tanto, paseamos por la habitación, disfrutando al Bartolozzi que Louis había comprado en el New Cut, y un silencio absoluto ante la Perdita que había adquirido a un costo considerable. Luego se volvió a sentar a la mesa en la que habíamos cenado. Era redonda, pesada, de caoba, con un pie central dividido en garras.

—Prueba su peso —dijo—. Mira si puedes empujarla.

Así que sostuve el borde de la mesa en mis manos y descubrí que podía moverla. Pero eso era todo; se requería el ejercicio de una fuerza superior para agitarla.

—Ahora coloca tus manos encima —dijo—, y veamos qué puedes hacer.

No pude hacer nada, naturalmente, mis dedos simplemente se deslizaron sobre la superficie de la mesa. Protesté ante la idea de pasar el resto de la noche así.

—Prefiero jugar ajedrez —le dije—, o incluso hablar de política, que jugar con la condenada mesa.

Louis asintió con la cabeza.

—Solo un minuto —dijo—, pongamos nuestros dedos solo en la parte superior de la mesa y empujemos con todas nuestras fuerzas, de derecha a izquierda.

Empujamos, al menos yo empujé, y observé sus uñas. De rosa crecieron a blanco, debido a la presión que ejerció. Así que debo suponer que él también presionó. Una vez, mientras lo intentábamos, la mesa crujió. Pero no se movió. Luego vino un rápido golpe perentorio, no pensé en la puerta principal, sino en algún lugar de la habitación.

—Es la Cosa —dijo.

Hoy, mientras escribo esto, supongo que pudo haberlo sido. Pero esa noche sentí que mi amigo vadeaba las orillas de lo absurdo.

—Durante cinco años, de vez en cuando, he estado estudiando el espiritismo —dijo—. No te lo he dicho antes porque quería presentarte ciertos fenómenos que no puedo explicar, pero que ahora me parecen estar bien controlados. Verás y escucharás, y luego decidirás si me ayudarás.

—Y, seguramente para dejarme ver mejor, apagarás las luces —dije.

—Sí. Ya verás por qué.

—No lo dudo, pero en calidad de escéptico.

—Las luces, por favor —dijo.

Al momento siguiente, la habitación quedó a oscuras, excepto por el tenue resplandor del fuego. Las cortinas de las ventanas eran gruesas, y ninguna iluminación de la calle las penetraba. Los familiares sonidos de los peatones y el tráfico rodado entraban amortiguados. En ese momento estaba al lado de la mesa, junto a la puerta; Louis estaba frente a mí, porque podía ver su figura ligeramente recortada contra el resplandor del fuego.

—Pon las manos sobre la mesa —dijo—. Delicadamente.

Todavía protestando en espíritu, aguardé. Podía escuchar su respiración más bien acelerada, y me pareció extraño que alguien pudiera encontrar emoción al pararse en la oscuridad sobre una gran mesa de caoba, esperando.

A través de las puntas de mis dedos, apoyadas ligeramente sobre la mesa, comenzó a producirse una débil vibración, como la del mango de una tetera cuando el agua comienza a hervir en su interior. Esto se hizo gradualmente más pronunciado, y violento, hasta que fue como el latido de un automóvil. Parecía emitir una nota grave, un zumbido. Entonces, de repente, la mesa pareció resbalar bajo mis dedos y comenzó a girar muy lentamente.

—Mantén tus manos en contacto con la mesa, muévete con ella —dijo Louis, y mientras hablaba vi que su silueta pasaba frente al fuego, moviéndose mientras la mesa se movía.

Por unos momentos hubo silencio, y continuamos, de manera bastante absurda, dando vueltas, bailando, por así decirlo, con la mesa. Entonces Louis volvió a hablar, y su voz temblaba de emoción.

—¿Estás ahí? —dijo.

No hubo respuesta, por supuesto, y volvió a preguntar. Esta vez llegó un golpe, parecido al que se oyó durante la cena. No sé si fue la oscuridad, o mis sentidos agudizados por la falta de luz, pero me pareció que el golpe era mucho más fuerte que antes. Tampoco parecía venir de aquí ni de allá, sino que se difundía por la habitación.

Entonces cesó el curioso giro de la mesa, pero el latido intenso y violento continuó. Mis ojos estaban fijos en ella, aunque debido a la oscuridad no podía ver nada, cuando de repente una pequeña mota de luz se movió sobre la superficie de madera. Por un instante vi mis propias manos.

Luego aparecieron otras motas de luz, muchas más, como chispas de fósforos que se encienden en la oscuridad, o como luciérnagas de fuego cruzando el anochecer en los jardines del sur. Entonces llegó otro golpe, un estruendo, más bien, rotundo, y la palpitación de la mesa cesó. Las luces se apagaron.

Tales fueron los fenómenos en la primera sesión en la que estuve presente, pero debe recordarse que Fielder había estado estudiando (esperando, así lo definió) durante algunos años. Para adoptar un lenguaje espiritista (aunque en ese momento estaba muy lejos de hacerlo), él era el médium, yo simplemente el observador, y todos los fenómenos que había visto esa noche eran, en cierto modo, habituales. Hago esta diferenciación ya que él me dijo que algunos de estos fenómenos ahora parecían estar completamente fuera de su control. Los golpes vendrían cuando su mente, por lo que él sabía, estaba completamente ocupada en otros asuntos, y algunas veces incluso había sido despertado por ellos. Las luces también eran independientes de su voluntad.

Ahora, mi teoría en ese momento era que todas estas cosas eran puramente subjetivas, y que lo que expresó al decir que estaban fuera de su control significaba que se habían fijado y arraigado en su inconsciente, de lo que sabemos que sí poco, pero que, cada vez más, vemos desempeñar un papel sumamente importante en la vida del hombre.

De hecho, no es exagerado decir que la gran mayoría de nuestros actos, aparentemente, surgen del inconsciente, es decir, sin que nuestra voluntad intervenga en el proceso. Toda audición es el ejercicio inconsciente del nervio auditivo, todo lo que se ve, de la óptica; todo caminar, todo movimiento ordinario, parece hacerse sin el ejercicio de la voluntad de nuestra parte. Además, si adoptamos una nueva exigencia motriz, el patinaje, por ejemplo, el principiante aprenderá con caídas, desde luego, pero a las pocas horas de haber encontrado su equilibrio, no pensará más.

Para el especialista en cerebros todo esto era muy interesante, y para el estudiante de hipnotismo, como lo fui yo, aún más porque (tal fue la conclusión a la que llegué después de esta primera sesión) el hecho de haber visto y oído exactamente lo que Louis vio y escuchó probaba la realidad de la transferencia de pensamiento; algo que ni siquiera presencié en todos mis años en las escuelas de Charcot.

Sabía que yo mismo era extremadamente sensible a las sugerencias. Aquella noche creí ser únicamente el receptor de sugerencias tan vívidas que las visualicé y las escuché realmente, aunque sin dudas estos fenómenos existían solo en el cerebro de mi amigo, y desde allí transferidos al mío.

Hablamos sobre lo ocurrido arriba. Su opinión era que la Cosa intentaba comunicarse con nosotros. Según él, fue la Cosa la que movió la mesa y la golpeó, y nos hizo ver destellos de luz.

—Sí, pero la Cosa —interrumpí—, ¿qué quieres decir con eso? ¿Un alma fallecida? ¿Alguien conocido, tal vez? Oh, he visto aparecer a tantos parientes en las sesiones de espiritismo, y he escuchado tantos de sus espantosos tópicos? Si, en efecto, es un espíritu: ¿el espíritu de quién?

Louis estaba sentado frente a mí, y en la mesita delante de nosotros había una luz eléctrica. Al mirarlo, vi que sus pupilas se dilataban de repente. El médico en mí pensó que siempre que hay un cambio en la dilatación de los ojos, no producido por un cambio brusco en la intensidad de la luz, solo podía significar una cosa: terror.

Mi amigo se levantó y se paró frente al fuego.

—No. No creo que sea tío abuelo nadie, si eso es a lo que te refieres —dijo—. No sé, como ya he dicho, qué es la Cosa. Pero si me preguntas cuál es mi conjetura, creo que la Cosa es un Elemental.

—Ahora deberás explicarte un poco más. ¿Qué es un elemental?

Una vez más sus ojos se dilataron.

—Tomará unos minutos —dijo—, pero escucha. Hay cosas buenas en este mundo, ¿no es así, y cosas malas? Supongo que el cáncer es malo, y el aire fresco es bueno; a honestidad es buena, mentir es malo. Los impulsos de algún tipo dirigen a ambos lado. Bueno, entré en este negocio del espiritismo de manera imparcial. Aprendí a esperar, a abrir la puerta al alma. Me dije: Cualquiera puede entrar. Y creo que algo ha solicitado admisión.

»La Cosa que golpeó y giró la mesa y encendió las luces, como creo que ya sabes, vino del otro lado. Ahora el control del principio del mal en el mundo está en manos de un poder que confía sus actos a las cosas que llamo Elementales. Oh, han sido vistos; y no dudo que se volverán a ver.

»No los invoqué. Solo abrí la puerta. Creo que la Cosa ha entrado en mi casa y está estableciendo comunicación conmigo. A esta altura solo quiero saber. ¿Qué es? En el nombre de Satanás, si es necesario, ¿qué es? Sólo quiero saber.

Lo que siguió podría ser fácilmente una invención de la imaginación. Fue lo siguiente:

Había un piano en el extremo más alejado de la habitación, junto a la puerta, y una corriente repentina entró, tan fuerte que las cuerdas vibraron. Luego, el aire perturbó un jarrón de narcisos, y las cabezas amarillas asintieron. Por fin la ráfaga llegó a las velas, que se agitaron, ardiendo azules y tenues. Entonces me alcanzó. La corriente estaba fría, y me revolvió el pelo. Luego se alejó, por así decirlo, y se acercó a Louis, y su cabello también se movió, como pude ver. Entonces descendió hacia el fuego, y las llamas comenzaron repentinamente a crecer, volando hacia arriba. La alfombra junto a la chimenea también se sacudió.

—Interesante, ¿no?

—¿El Elemental ha subido por la chimenea? —pregunté.

—Oh, no —dijo—, la Cosa solo nos pasó de largo.

Entonces, de repente, señaló la pared justo detrás de mi silla, y su voz se quebró mientras hablaba.

—Mira, ¿qué es eso? —dijo—. Allí en la pared.

Considerablemente sorprendido, me volví en la dirección de su dedo tembloroso. La pared tenía un tono gris, pálido, y sobre ella se recortaba una sombra que se movía apenas. Era como la sombra de una enorme babosa, sin piernas, gorda, de unos dos pies de alto por unos cuatro pies de largo. Solo en un extremo había una cabeza, similar a la de una foca, con las fauces abiertas y la lengua jadeante.

Luego, mientras la miraba, se desvaneció y, desde algún lugar cercano, sonó otro de esos golpes demoledores.

Por un momento hubo silencio entre nosotros, y el horror fue espeso como la nieve en el aire. Pero, de alguna manera, ni Louis ni yo estábamos asustados. Todo era tan absorbentemente interesante.

—A eso me refiero con estar fuera de mi control —dijo—. Dije que estaba listo para cualquier visita, cualquier visitante y, por Dios, aquí está.

Incluso a pesar de la apariencia de esta sombra, estaba bastante convencido de que solo se trataba de un caso muy curioso de desorden cerebral, acompañado de la transferencia de pensamiento más vívida y notable. Creía que no había visto una sombra en forma de babosa en absoluto, pero que Louis había visualizado a esta terrible criatura tan intensamente que vi lo que él vio. También sabía que sus libros de basura espiritualista mencionaban esto como una forma común para los Elementales. Él, por otro lado, estaba más firmemente convencido de que estábamos tratando no con un fenómeno subjetivo, sino real.

Durante los siguientes seis meses nos sentamos constantemente a estudiar el fenómeno, allí, pero no progresamos demasiado. Ni la Cosa ni su sombra aparecieron nuevamente. Comencé a sentir que realmente estábamos perdiendo el tiempo.

Entonces se me ocurrió inducir un sueño hipnótico y ver si podíamos aprender algo más. Esto lo hicimos, sentados como antes alrededor de la mesa del comedor. La habitación no estaba muy oscura y pude ver con suficiente claridad lo que sucedió.

El médium, un hombre joven, se sentó entre Louis y yo, y sin la menor dificultad lo puse en un ligero sueño hipnótico. Al instante llegó una serie de los golpes más terroríficos, y al otro lado de la mesa se deslizó algo más palpable que una sombra, con una tenue luminosidad, como si la superficie estuviera ardiendo.

Por el momento, la cara del médium se contorsionó como una máscara de terror infernal; la boca y los ojos estaban desencajados, como enfocados en algo cercano a él. La Cosa, agitando la cabeza, se acercó cada vez más a él. El propio médium extendió una mano hacia su garganta. Luego, con un grito de pánico, se levantó, pero ya se había aferrado, y por el momento no pudo liberarse.

Simultáneamente, Louis y yo fuimos en su ayuda, y mis manos tocaron algo frío y viscoso. Tiramos con todas nuestras fuerzas, pero no pudimos desprendernos. Era como si alguien tratara de sujetar una especie de pelaje viscoso, y su contacto era horrible, inmundo. Luego, en una especie de desesperación, aunque todavía no podía creer que el horror fuera real, ya que debía ser la visión de una imaginación enferma, recordé que el interruptor de las cuatro luces eléctricas estaba cerca de mi mano. Las encendí todas.

Allí en el suelo yacía el médium, Louis estaba arrodillado junto a él, pero no había nada más allí. Solo el collar del médium estaba arrugado y desgarrado, y en su garganta había dos rasguños que sangraban.

El médium todavía estaba en un sueño hipnótico, y lo desperté. Se palpó el cuello, y lo encontró sangrando, pero, como esperaba, no sabía nada de lo que había pasado. Le dijimos que había habido una manifestación inusual y que, mientras dormía, luchó con algo. Habíamos obtenido el resultado que deseábamos, y estábamos muy agradecidos con él.

Nunca lo volví a ver. Una semana después, murió de envenenamiento de la sangre.

A partir de esa tarde data la segunda etapa de esta aventura.

La Cosa se había materializado (uso nuevamente el lenguaje espiritualista que, en ese entonces, detestaba). La enorme babosa, el Elemental, ya no se manifestaba a través de golpes, ni de sombras. Estaba allí en una forma que se podía ver y sentir. Pero, ¿esto fue realmente así? Quiero decir, probablemente se tratara de algo crepuscular, quizás completamente nocturno. Antes, el encendido repentino de la luz eléctrica nos había demostrado que allí no había nada. En esta lucha, tal vez el médium se había aferrado a su propia garganta, tal vez había agarrado la manga de Louis, la mía. Pero aunque me dije estas cosas a mí mismo, no estoy seguro de haberlas creído de la misma manera que creo que el sol saldrá mañana.

Ahora, como estudiante de funciones cerebrales y estados hipnóticos, tal vez debería haber perseguido de manera constante e incansable esta extraordinaria serie de fenómenos, pero tenía que atender mi práctica. Quizás esto ocultaba la certeza de que no tenía ninguna explicación para el fenómeno, así que me negué a participar en otra sesión con Louis.

Tenía otra razón, además.

Durante los últimos cuatro o cinco meses Louis se había vuelto depravado. No he sido mojigato ni puritano, pero el estado de Louis era completamente infame. Fue expulsado de un club por hacer trampa en las cartas, y me contó ese evento con entusiasmo. Se había vuelto cruel; torturó a su gato hasta la muerte. Se había vuelto bestial. Solía estremecerme al pasar por su casa, esperando no saber qué demonio me miraba desde la ventana.

Luego vino una noche, hace solo una semana, cuando un grito horrible me despertó. Vino de al lado. Corrí escaleras abajo en pijamas y salí a la calle. El policía de la esquina también lo había escuchado. Provenía del salón de la casa de Louis, cuya ventana estaba abierta. Juntos abrimos la puerta.

Dios, los gritos habían cesado un momento antes. Cuando llegamos ya estaba muerto. Tenía la yugular cortada, o mejor dicho, desgarrada.

Era de madrugada. Todavía estaba oscuro cuando regresé a mi casa, justo al lado. Mientras entraba, algo pareció empujarme, algo suave y viscoso. Esta vez no podría ser la imaginación de Louis. Desde entonces lo he visto cada noche. Me despiertan los golpes, y en las sombras en la esquina de mi habitación hay algo más sustancial que una sombra.


***

Dentro de una hora de mi partida de la casa del doctor Assheton, la tranquila calle despertó una vez más con gritos de terror y agonía. Él ya estaba muerto, al igual que su amigo, cuando entraron en la casa.

E.F. Benson (1867-1940)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de E.F. Benson.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de E.F. Benson: La Cosa en el salón (The Thing in the Hall), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Señales de que hay un espíritu en tu casa


Señales de que hay un espíritu en tu casa.




Antes de pedir un presupuesto para que su hogar sea exorcizado por un profesional del celibato, es conveniente analizar si realmente estamos frente a una casa embrujada o no.

Una investigación paranormal seria cuenta con varias fases, a lo largo de las cuales es posible determinar si los sucesos extraños que ocurren en una casa pueden ser explicados por causas naturales. De todas formas, la mayoría de estas investigaciones comienzan por averiguar si los habitantes de la casa supuestamente embrujada han experimentado alguno de estos sucesos:

¿Se oyen pasos en las escaleras, en los pasillos, o básicamente en cualquier habitación de la casa donde sabemos que no hay nadie?

¿Las puertas de los armarios, alacenas, gabinetes, se abren o se cierran inexplicablemente?

¿Las cosas —sobre todo objetos pequeños— desaparecen misteriosamente?

Estas son algunas señales de que en tu casa puede haber espíritus; pero también existen otras, muchísimas más, las cuales empezaremos a examinar a continuación.

No todas las personas pueden percibirlo, pero en ciertos casos se cree que los espíritus desprenden un olor muy particular, que no necesariamente es desagradable, aunque distinto del olor de los ángeles y los demonios. Resolver la verosimilitud de estas apariciones odoríferas no es sencillo, ya que fácilmente se puede confundir el olor de los fantasmas con los olores fantasma; cuyas causas son ampliamente conocidas por la ciencia.

Tampoco es inusual que el olor detectado sea agradable, incluso reconocible para el residente, y generalmente asociado con el mismo perfume que utilizaba un familiar ya fallecido.

En las casas habitadas por espíritus suelen registrarse misteriosos sonidos provenientes de las paredes. A veces esto ocurre en una sola habitación, a veces en varias al mismo tiempo, y el sonido característico oscila entre pequeños golpes regulares, como si alguien nos estuviera llamando a través de las paredes, a una frecuencia más aguda e irregular, como si uñas invisibles rascaran la pared.

El fenómeno de las casas embrujadas se caracteriza por mostrar una amplia variedad de sucesos inexplicables; sin embargo, las señales de que hay un solo espíritu en la casa son mucho más difíciles de estudiar, precisamente porque la cantidad de manifestaciones se reduce dramáticamente, y a menudo se resume a un solo fenómeno paranormal.


Sonidos inexplicables:

Pisadas, golpes, ruidos sin causa aparente, son algunas señales que los investigadores paranormales deben tomar en cuenta a la hora de evaluar el escenario. Desde luego, no todos los sonidos extraños son una señal de que hay un espíritu en casa, sino que estos deben contar con una serie de características especiales.

Al parecer, a los fantasmas les gusta rascar los vidrios, paredes y espejos; pero este aspecto rara vez se toma como la señal de una presencia espiritual. El sonido que más interés despierta en los investigadores, respecto de la posibilidad de que sea emitido por un espíritu, es uno que el propietario de la casa tarda bastante tiempo en identificar. Incluso es posible que este se levante en medio de la noche, que recorra toda la casa en búsqueda de su origen, y que el sonido se detenga, solo para volver a comenzar cuando aquel vuelve a la cama.

Frecuentemente se trata del ruido que hace un objeto al caer al suelo.

Supongamos, por ejemplo, que estamos solos en casa. Es de noche y nos encontramos en nuestra habitación. De repente, se oye un ruido irreconocible en la cocina. Cuando vamos a investigar descubrimos que algo —un vaso, un cuadro, o incluso un objeto más pequeño— ha caído al piso sin razón aparente. Una vez que sean descartadas las explicaciones básicas —una mascota traviesa, un golpe de viento, etc— podemos empezar a inquietarnos seriamente.


Puertas que se abren y se cierran solas:

Puertas, armarios, gabinetes que se abren y se cierran inexplicablemente, rara vez son tomados como fenómenos concluyentes para probar la presencia de un espíritu; aunque la persona que habita en la casa reconoce perfectamente este tipo de ruidos y sabe cuando se producen sin causa aparente.

Son muy infrecuentes los casos en los que algunos muebles, como sillas o sillones, parecen moverse solos, y más raro aún es que el propietario de la casa observe el fenómeno mientras este se produce.


Luces:

El fenómeno de las luces que se prenden y se apagan solas tampoco suele ser tomado como señal inequívoca de la presencia de un espíritu. Como en el caso de las puertas que se abren o se cierran solas, el residente de la casa sabe, por ejemplo, que apagó todas las luces al salir a la calle, encontrándolas posteriormente encendidas al regresar. Esto es tan normal como inaceptable en una investigadores seria.

En algunos casos no son las luces las que se apagan o prenden solas, sino los dispositivos electrónicos de la casa: televisores, radios, computadoras, etc. Incluso hay casos registrados de personas que aseguran haber recibido llamados telefónicos de los muertos.


Desaparición de objetos:

Este suceso es conocido como Fenómeno del Objeto Desaparecido (Disappearing Object Phenomenon), y es extremadamente común y difícil de probar. Los objetos que desaparecen en la casa son casi siempre pequeños, y en todos los casos se trata de algo que el residente utiliza con frecuencia. como llaves o un teléfono celular.

No solo se trata de creer que uno ha dejado las llaves en el mismo lugar de siempre y luego encontrarlas en otro, sino de extraviarlas durante un lapso de tiempo solo para volver a hallarlas en el sitio en donde debían haber estado en primer lugar.

Aunque la casa esté habitada por varias personas, es habitual que solo una de ellas encuentre que sus posesiones se pierden misteriosamente.


Sombras:

Mucha gente ya conoce la leyenda de la Gente Sombra (Shadow People), es decir, sombras o siluetas que el residente de la casa observa por el rabillo del ojo. Cuando éste mira directamente hacia el sitio en donde debería estar la sombra, no encuentra nada.

Generalmente estas sombras fantasma no son estáticas, sino que se mueven a gran velocidad, a veces pasando por la abertura de una puerta y luego desapareciendo sin dejar rastros sobre su causa. Son más densas que las sombras normales, y obturan por completo la luz en los sitios por los que pasan. Muchas veces el residente de la casa ni siquiera llega a observar si la sombra posee una silueta humana, pero en los casos en los que sí es posible determinar su forma se suele describir a una silueta de baja estatura.


Comportamiento animal extraño en presencia de espíritus:

Desde siempre se creyó que los gatos y los perros pueden ver a los espíritus, y quizás haya algo de cierto en la leyenda. En cualquier caso, tanto los perros como los gatos manifiestan un comportamiento extraño, inusual en ellos, en presencia de un espíritu.

Los perros suelen ladrar enérgicamente hacia un punto específico de la casa, casi siempre un rincón, sin que el residente observe nada extraño allí. Después de unos minutos, el perro dejará de ladrar, y volverá a su comportamiento habitual, pero también puede ocurrir que transforme aquel ladrido furioso en una especie de quejido o lamento, como si tuviera miedo.

En ciertos casos los perros incluso pueden rehusarse a entrar en ciertas habitaciones de la casa.

Los gatos, lejos de emitir sonidos de alerta para el resto de los residentes de la casa, manifiestan su alteración por los espíritus de manera totalmente silenciosa: simplemente miran fijo hacia cierto punto de la habitación donde, insistimos, el ojo humano no detecta nada inusual.

Este tipo de comportamiento extraño puede repetirse varias veces al día, siempre en los mismos horarios, y su duración no supera los cinco o diez minutos. Transcurrido este lapso, el animal volverá a comportarse con absoluta normalidad, como si nada hubiese ocurrido.

También es importante señalar que los animales de la casa establecen un vínculo muy fuerte no solo con sus dueños, sino además con otros animales con los que han compartido el espacio; de hecho, pueden seguir viendo al espíritu de una mascota fallecida, por ejemplo, antes de que esta se integre a lo que el investigador A.E. Powell describe en términos frugales como: alma de los animales o almas grupales animales.


Comportamiento humano en relación a la presencia de espíritus:

La presencia de espíritus en la casa suele ser detectada tardíamente por los adultos, y muy rápido por los niños. De hecho, hay estudios que relacionan este tipo de presencias con la súbita aparición de un amigo imaginario por parte del habitante más joven de la casa.

El residente de una casa embrujada puede certificar objetivamente si una puerta fue o no abierta, pero difícilmente podrá brindar evidencias concretas sobre lo que éste siente cuando la presencia se encuentra cerca de él.

Hay individuos que aseguran que una entidad se les ha pegado al cuerpo durante un tiempo; lo cual no es exactamente una síntoma de posesión, sino más bien de un fuerte apego del espíritu hacia él.

La mayoría de estos fenómenos se inscriben en la categoría de experiencias aparicionales; es decir, cuando el sujeto experimenta la sensación de estar siendo observado por algo o por alguien, o de sentir presencias cuando está solo, tanto amigables como hostiles.

Ambas posibilidades; es decir, cuando el sujeto siente que no está solo, o que está siendo observado, ocurren frecuentemente en un lugar específico de la casa, y a menudo a una hora en particular; sobre todo durante la noche. De hecho, una de las sensaciones más recurrentes es la de que alguien invisible se sienta en la cama.


Señales inequívocas de que hay un espíritu en tu casa.

Los siguientes fenómenos son, por lejos, los más difíciles de explicar mediante causas naturales, pero también los más inusuales.

Una cosa es oír que una puerta se abre y otra muy distintas es ver cuando ese suceso ocurre. Lo mismo puede aplicarse al resto de los fenómenos que anteriormente hemos analizado. Regresar a casa y ver que la televisión está encendida, sin que exista la posibilidad de que alguien más haya accionado el control remoto, puede dejarnos algunas incertidumbres, pero realmente presenciar el momento en el que una radio o una TV se prenden solas es, sin dudas, una señal de alarma.

Pero a veces los sucesos son bastante menos dramáticos en términos objetivos, aunque igualmente aterradores; por ejemplo, cuando los juguetes del niño de la casa se encienden solos y comienzan a operar en medio de la noche.

Otro fenómeno infrecuente es el de sentir el contacto de algo o de alguien, sin esto pueda ser explicado. La sensación de que alguien invisible nos toca, o que incluso nos acaricia en la oscuridad, es realmente escalofriante. Lo curioso es que los testimonios al respecto son coincidentes en un punto esencial: no se trata de la sensación de haber sido tocado por una mano o por dedos invisibles, sino más bien una sensación parecida a la de ser ligeramente acariciado por un pincel.

Generalmente son las mujeres las que aseguran haber sentido que algo o alguien las peinaba, o bien que las acariciaba delicadamente en el cabello. Sumamente perturbador, sin dudas.

Además de sentirse espiado por alguien, también es frecuente que el sujeto sienta que hay alguien parado justo detrás de él. Otros, en cambio, experimentan la sensación de que alguien les sopla una ráfaga de aire frío sobre el rostro mientras están en la cama. En casos menos extremos, la sensación es parecida a la de una telaraña que nos acaricia o nos hace cosquillas en la cara. Todo esto suele ocurrir cuando el sujeto se encuentra acostado. De pie, la sensación es parecida a la de alguien que acabara de pasar rápidamente junto a él.

Algunas personas sostienen oír el llanto de un niño, o susurros en la oscuridad, e incluso voces que murmuran su nombre. Y si bien este fenómeno es verdaderamente estremecedor, rara vez puede ser probado.

Los puntos fríos, o calientes, suelen tomarse como evidencia de que hay un espíritu en la casa, pero esto no necesariamente trae consigo otras manifestaciones.

Todavía más extraños son los fenómenos de tipo poltergeist; en los cuales puede observarse cómo ciertos objetos levitan, o directamente son arrojados contra las paredes. En general, estos casos se caracterizan por ser sumamente violentos.

Para finalizar, es importante señalar que los espíritus no necesariamente se confinan en un área específica de la casa, aunque suelen sentirse más cómodos en ciertos lugares y a determinadas horas. Del mismo modo, ninguna de estas señales, tomadas de manera aislada, prueban que haya un espíritu en el hogar: es en la combinación de fenómenos manifestándose simultáneamente donde podemos comenzar a preocuparnos.




Fenómenos paranormales. I Parapsicología.


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