Vermifobia: gusanos y otros anélidos freudianos en la ficción


Vermifobia: gusanos y otros anélidos freudianos en la ficción.




Los gusanos, larvas, y otros anélidos monstruosos son parte del amplio repertorio de horrores de la ficción, una parte más bien discreta, subterránea, se diría, pero que consigue el efecto deseado: tocar un nervio atávico en el ser humano, y asquear. Sobre todo eso.

Es fácil caer en la lógica freudiana para explicar a los gusanos en la ficción, pero lo cierto es que como símbolo fálico dejan bastante que desear, por su flacidez, por el hecho de que no se los representa penetrando en la tierra, sino más bien emergiendo desde sus profundidades, como si fuesen un recuerdo antiguo, olvidado, o una promesa de lo que nos espera después de la muerte.

Edgar Allan Poe vindicó esa certeza, quiero decir, la del gusano que triunfa, que ríe último, al descomponer nuestro cadáver, en el poema: El gusano vencedor (The Conqueror Worm).

Es curioso que, en español, la etimología de la palabra «gusano» sea incierta. Algunos la vinculan con el sánscrito kusu, cuyo significado es más bien amoroso: ku, «tierra», y su, «hijo»; es decir: «hijo de la tierra».

En inglés se da algo diferente. La palabra worm, «gusano», proviene del Inglés Antiguo wyrm, que en la Edad Media aludía a los dragones, en aquella época, representados como grandes serpientes aladas.

Algo de eso sucede en la novela de Bram Stoker: La guarida del gusano blanco (The Lair of the White Worm), que no trata sobre un gusano ciclópeo, sino sobre una serpiente gigante con poderes sobrenaturales. Razones análogas hacen que el protagonista de El dragón (The Dragon), de Ray Bradbury, desfasado en el tiempo, confunda un tren —a sus ojos, un gusano enorme— con un dragón.

Hoy en día, incluso, el horror utiliza a los gusanos sin demasiadas precisiones, y el término bien puede referir, por ejemplo, a criaturas vecinas como los parásitos, las larvas, las orugas, entre otras.

Esto se debe a que la ficción tiende a simplificar al Villano, o mejor dicho, a representarlo de la forma menos evolucionada posible. De este modo se resalta su Otredad, y se vuelve más amenazador y más reconocible como depredador.

Hasta podemos pensar que los Vampiros son, después de todo, una versión evolucionada de los gusanos, esencialmente máquinas de comer. No es caprichoso que estos seres nocturnos duerman en sarcófagos, palabra que en la Antigua Grecia también refería a los gusanos, y que significa «el que devora la carne».

Alguien podrá preguntarse qué tiene que ver un Vampiro con una criatura como el gusano, ser más bien elemental, sin espina dorsal, dientes y sentido de la visión. Ciertamente, el gusano es mucho más primitivo en su constitución que el vampiro, pero las características que comparten son demasiadas como para pasarlas por alto.

En términos biológicos, el gusano es esencialmente un esófago móvil, un tubo digestivo rodeado por un solo músculo cilíndrico y encerrado en una piel húmeda, segmentada. De hecho, los gusanos ni siquiera tienen el privilegio de beber, y menos aún sangre; por lo que deben vivir en ambientes húmedos para evitar la desecación. Claramente los vampiros disfrutan de una existencia mucho más exótica...

La vida del gusano es un constante abrirse paso a través de su propia comida: hojas en descomposición, bacterias, hongos, estiércol, en fin, un menú amplio pero desagradable. Al carecer de ojos, emplea una membrana especializada para detectar la luz y evitar salir a la superficie durante el día, lo cual sería imprudente. Los vampiros están sujetos a restricciones similares: su alimentación, en este caso, la sangre, constituye el eje de su existencia; duermen bajo tierra (o en cosas que deberían estar bajo tierra, como los ataúdes), y evitan la luz del sol.

Lo cierto es que las voraces lombrices del infierno nos acompañan desde hace siglos. Uno de los mejores ejemplos es el relato de E.F. Benson: Negotium Perambulans (Negotium Perambulans) —que en español significa algo así como «pestilencia que anda»— donde la población de la aldea de West Cornwall es vaciada, lentamente, por un descomunal gusano hematófago.

Una criatura muy parecida protagoniza el De Vermis Misteriis, libro apócrifo de los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft, que en español significa: Los misterios del Gusano. Esta monstruosidad anélida, más antigua que la humanidad, habita en las profundidades y emerge cuando es convocada por sus acólitos a través de ritos blasfemos. Curiosamente, J.R.R. Tolkien utiliza una terminología similar al describir a las Criaturas sin Nombre (Nameless Creatures), a las cuales Gandalf se refiere como seres anteriores a los Elfos, y que literalmente se dedican a roer las raíces de las montañas.

En Orugas (Caterpillars), E.F. Benson vuelve sobre el tema de la Vermifobia, y cuenta la historia de un hombre atacado en su habitación por una invasión de orugas de enorme tamaño. Finalmente, estos desagradables seres se manifiestan como parte de un organismo más grande, que disimula sus ataques sobre la humanidad desde hace siglos, por ejemplo, a través de los síntomas del cáncer.

Dada la ansiedad contemporánea por las enfermedades infecciosas no es de extrañar que los gusanos en la ficción moderna sean mucho más virulentos, más parasitarios que en el pasado. Devorar ya no es su única afición, sino más bien contaminar el cuerpo humano —utilizando variadas opciones en términos de orificios—, casi siempre para zombificarnos.

También hay ejemplos inexplicables, y maravillosos, de gusanos en la ficción con otros intereses, como el anélido monstruoso de El gusano (The Worm), de David H. Keller, básicamente una versión desproporcionada de una simple lombriz de tierra, cuya dieta se basa en madera, cemento y edificaciones. En este caso, otra vez, la teoría de Sigmund Freud vuelve a mostrarse eficaz y exigua a la vez.

Los gusanos en la ficción suelen ser elementos psicológicos, simbólicos, pero no necesariamente en un sentido psicoanalítico. El gusano puede o no ser un símbolo fálico, siempre que no incluyamos la potencia viril entre sus características predominantes.

En el cuento de Keller, el gusano representa el aislamiento, la soledad, la existencia simple del protagonista, llamado Staples, quien habita en los restos de un viejo molino, sin compañía. El autor detalla cuidadosamente este ámbito, un gran sótano, y otros niveles superiores que sirven de vivienda. Keller bien podría estar describiendo los diferentes sustratos de la mente del protagonista, mientras el gran gusano emerge gradualmente desde abajo, devorando lentamente el hogar de Staples, nivel por nivel. Consume todo lo que encuentra a su paso, tan implacable como una enfermedad terminal, tan inevitable como la muerte, o como un deseo reprimido.

Cerca del final, Staples advierte que el sonido que hace el gusano cuando se aproxima es similar al ruido que produce el molino cuando está en funcionamiento. De este modo, llega a la misma conclusión que los dos guardias del faro en: El cuerno de niebla (The Fog Horn), de Ray Bradbury: el ruido hecho por la tecnología humana ha convocado inadvertidamente a una criatura antigua que, lejos de buscar alimento, solo quiere aparearse.

Tanto Keller como Bradbury evitan la descripción del encuentro sentimental entre sus respectivas criaturas tratando de aparearse con edificios y maquinaria, pero nos ayudan a pensar que, después de todo, los gusanos quizás representen nuestros instintos más primitivos, más elementales, que poco a poco emergen desde las profundidades de nuestro inconsciente. Tal vez por eso nos asquean.




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