Lo Subterráneo en la ficción: descenso hacia un estado elemental del ser


Lo Subterráneo en la ficción: descenso hacia un estado elemental del ser.




Hace poco sugerimos que el horror siempre viene desde abajo en la ficción. En este caso nos proponemos descender aún más, atravesar los sótanos y catacumbas creados por el ser humano y descubrir los horrores del inconsciente colectivo que se hallan en lo profundo de la tierra.

En este sentido es lógico deducir que si el horror viene desde abajo, basta descender lo suficiente como para encontrar al horror en su más pura expresión.

El género suele recurrir a lo Subterráneo de diversas formas, pero con características similares: escenarios oscuros, a veces claustrofóbicos, que bordean abismos insondables llenos de repugnantes formas de vida.

Curiosamente, esas características de lo Subterráneo generan la sensación de no estar en la Tierra, sino en algún otro planeta, cuando en realidad nos sitúan literalmente en la Tierra misma, es decir, en sus entrañas, muy por debajo de la tranquilizadora superficie.

Así como los túneles y cuevas conducen a profundidades desconocidas, que aquí simplemente resumimos dentro de la idea de lo Subterráneo, en esencia funcionan como tortuosos pasajes al inconsciente colectivo.

Cavernas, grutas, pasadizos, cámaras subterráneas, parecen formar una especie de red neuronal geológica. Lo extraño de estos descensos (en la ficción) es que nunca nos conducen a otra parte que a un encuentro con el propio ser humano en su estado elemental.

H.P. Lovecraft fue uno de los primeros autores en intuir que todo descenso hacia lo Subterráneo inevitablemente implica un reencuentro con ese estado primordial.

Relatos como La bestia en la cueva (The Beast In The Cave), El modelo de Pickman (Pickman's Model) y El horror oculto (The Lurking Fear), vindican esa posición frente a lo Subterráneo como síntesis de la humanidad en su estado elemental.

Este razonamiento tiene su lógica; después de todo, si uno está expuesto a vivir en las profundidades durante el tiempo suficiente, supongamos, unas cinco o seis generaciones, se producirá una lenta pero irreversible degradación de la forma humana tal como la conocemos en la superficie, en términos sociales, haciendo que el sujeto se parezca más a un animal adaptado para vivir en esas condiciones que a un Homo Sapiens.

Esto es lo que la ficción nos obliga a enfrentar en todas las historias en las que hay algún tipo de descenso hacia las profundidades de la Tierra. Mientras las leyendas imaginan hermosas y avanzadas ciudades subterráneas, como por ejemplo AgarthaDzyan o Akkakor, la ficción siempre utiliza la degradación, a veces física, a veces moral, a veces ambas, de las sociedades o individuos que habitan en lo profundo, independientemente de sus avances técnicos.

De aquí se desprende otro pasadizo interesante: la biología de los Ghouls, es decir, de todos los seres subterráneos que frecuentan la ficción; incluidos los demonios y los vampiros. La idea de que estas criaturas fueron humanas justifica que todavía puedan procrear híbridos con nosotros, como en el caso de Pickman; para continuar con el ejemplo lovecraftiano.

De hecho, a medida que descendemos hacia las profundidades en la ficción, poco a poco podemos descubrir que cada nivel de existencia nos aleja progresivamente de las características sociales del ser humano, pero que a su vez nos aproxima hacia ese estado elemental del que hablábamos antes.

En el primer nivel, a pocos metros bajo tierra, podemos encontrar a los vampiros, ghouls, zombies, y otros habitantes de los cementerios.

Más abajo, a los demonios y otras criaturas sin nombre que, según Gandalf, todavía roen las entrañas de la tierra.

Pero si descendemos lo suficiente, muy por debajo de los dos primeros niveles, donde sus habitantes parecen completamente inhumanos a simple vista, siempre nos encontraremos con ejemplos degradados del propio ser humano; es decir, con nosotros mismos, con nuestro inconsciente colectivo, ya despojado de toda responsabilidad social y sujeto a sus impulsos básicos.

No es caprichoso que, para salir airoso de esta situación, los protagonistas en este tipo de historias también deban descender al nivel elemental de la criatura, paradójicamente, salvándose solo para convertirse metafóricamente en aquello contra lo que luchan.

A su vez, la criatura de lo Subterráneo, totalmente despojada de sus capacidades sociales, solo puede interactuar a través de la violencia, pero sólo como herramienta para atraer al humano hacia su estado o nivel de existencia.

Pensemos en los vampiros, por ejemplo, o en los zombies: todos ellos buscan convertirnos, hacernos parte de su subespecie. Sus ataques no son producto de un mal absoluto, ausente de propósito, sino más bien de un desesperado intento de sociabilización, que desde nuestra perspectiva, naturalmente, nos parece aborrecible.

Esto puede verse con brillantez en Los hombres topo quieren tus ojos (The Molemen Want Your Eyes), de Frederick C. Davis, donde unas abominables criaturas de lo profundo literalmente ansían los ojos de sus víctimas en un vano intento por recuperar la visión, que desde luego han perdido al vivir durante generaciones en los oscuros pasadizos de una mina abandonada.

Para Sigmund Freud, padre del chamanismo moderno, el descenso al Sótano Arquetípico es un símbolo del retorno a la vida intrauterina. Para la ficción, cuando es buena, conforma un enfrentamiento con nuestra Sombra (en los términos expuestos por Carl Jung), con nuestro Doppelgänger, esa versión deslucida del Yo en condiciones de absoluta oscuridad y aislamiento.




Taller literario. I Mitología.


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