«El hechizo del demonio»: Hume Nisbet; relato y análisis.


«El hechizo del demonio»: Hume Nisbet; relato y análisis.




«Soy lo que llamarían un alma perdida. Estoy en la esfera más baja.
La semana pasada estuve en mi cuerpo, pero encontré la muerte en Whitechapel.»



El hechizo del demonio (The Demon Spell) es un relato de terror del escritor escocés Hume Nisbet (1849-1923), publicado en la antología de 1894: La estación embrujada y otras historias (The Haunted Station and Other Stories).

El hechizo del demonio, uno de los cuentos de Hume Nisbet más curiosos, nos sitúa en una típica sesión espiritista de fines del siglo XIX, donde se manifiesta el espíritu de una mujer cuya descripción sugiere que fue una de las víctimas de Jack el destripador.

Hume Nisbet está lejos de utilizar la figura de Jack de una manera grotesca, lo cual es lógico si tenemos en cuenta que el relato se escribió seis años después de los asesinatos de Whitechapel. La historia, sencilla pero cargada de una atmósfera siniestra, gira alrededor del espíritu de esta mujer que intenta salvar a la médium de ser la siguiente en la lista del Destripador.

El hechizo del demonio comienza con el protagonista [anónimo] asistiendo a una sesión espiritista, y sigue con una experiencia desconcertante con un ser fantasmal que le aconseja rescatar a la médium de un futuro ataque. El hombre corre a su casa, ataca y mata a un «demonio» (?), sin comprobar si la mujer de hecho está bien ni hablar con las personas que se acercan al lugar al oír sus gritos. Por otro lado, el espíritu de la mujer en la sesión asegura llamarse «Polly»., el cual era el apodo de la primera víctima canónica de Jack el destripador [son cinco en total], llamada Mary Ann Nichols.

En un nivel simbólico, El hechizo del demonio sugiere que todo lo que ocurre en la historia es consecuencia del ritual espiritista, porque a partir de ahí el protagonista experimenta alucinaciones y/o contactos con espíritus malignos. La descripción del demonio es algo ambigua, se habla de «garras» y «niebla», y no mucho más.

Al final, casi nada se explica realmente. El narrador, cuyo nombre no se revela, es escéptico del espiritismo [típico], pero los rasgos de su carácter lo vuelven una presa receptiva. Él mismo asegura que es «fácilmente influenciable» y «extremadamente nervioso». Por otro lado, sostiene que no es «imaginativo por naturaleza ni propenso a la superstición». Parecen términos contradictorios, porque si es «fácilmente influenciable» bien podría ser «propenso a la superstición». Hume Nisbet debe ser el primero en presentar un escéptico influenciable.

Supongo que la broma interna del relato reside en el cliché que se convierta en realidad. Quiero decir, la médium, a quien se la describe como «dotada por el cielo», invoca o atrae el alma atormentada de una de las víctimas de Jack el destripador. Esto es equivalente a que Napoleón o Julio César se hagan presentes en la sesión. Sin embargo, aquí el cliché aparentemente se vuelve real.

Tal vez lo más interesante es que el relato convierte a Jack el destripador en un demonio. En efecto, Polly, una mujer que ha tenido una vida miserable como «desafortunada» [prostituta] en Whitechapel, narra su asesinato, y sostiene que fue cometido por una entidad demoníaca, aunque esto podría ser una exageración debido a su inmensa crueldad. En cierto momento se dice que Jack tiene un rostro oscuro, marcado por la viruela, este último un rasgo humano, pero después se dice que posee garras. Quizás este Jack fue humano en algún momento y progresivamente se fue convirtiendo en una entidad demoníaca, o quizás nunca fue un asesino mundano. No está claro. En todo caso, es una experiencia distinta a otras participaciones del asesino de Whitechapel, como Atentamente, Jack el Destripador (Yours Truly, Jack the Ripper) de Robert Bloch.




El hechizo del demonio.
The Demon Spell, Hume Nisbet (1849-1923)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Era la época en que el espiritismo estaba de moda en Inglaterra, y ninguna fiesta se consideraba completa sin una sesión, entre otras diversiones. Una noche, un amigo, gran creyente en las manifestaciones del mundo invisible, me invitó a casa y solicitó, para mi especial instrucción, una conocida médium de trance. «Una chica guapa y con dones celestiales, que seguro te caerá bien, lo sé», me dijo.

Yo no creía en el regreso de los espíritus, pero, pensando en divertirme, accedí a asistir a la hora señalada. En ese momento acababa de regresar de una larga estancia en el extranjero y me encontraba en un estado de salud muy delicado, fácilmente influenciable y extremadamente nervioso. A la hora señalada, me encontré en casa de mi amigo, donde me presentaron a los asistentes que se habían reunido para presenciar los fenómenos. Algunos, como yo, desconocían las reglas; otros, expertos, ocuparon sus lugares de inmediato en el orden en que habían asistido a reuniones anteriores. La médium aún no había llegado, y mientras esperábamos su llegada, nos sentamos e inauguramos la sesión con un himno.

Acabábamos de entonar la segunda estrofa cuando se abrió la puerta y la médium entró sigilosamente, ocupando su lugar en un espacio vacío a mi lado, uniéndose a los demás en la última estrofa. Tras lo cual todos permanecimos inmóviles con las manos apoyadas en la mesa, esperando la primera manifestación del mundo invisible. Ahora bien, aunque toda esta actuación me parecía ridícula, había algo en el silencio y la tenue luz, pues el gas estaba bajo y la habitación parecía estar llena de sombras; algo en la frágil figura a mi lado, con la cabeza gacha, me emocionó con una curiosa sensación de miedo y un horror gélido como nunca antes había sentido.

No soy imaginativo por naturaleza ni propenso a la superstición, pero desde el momento en que aquella joven entró en la habitación sentí como si una mano se posara sobre mi corazón, una mano de hierro frío que lo comprimía. Mi oído también se había agudizado, de modo que el latido del reloj en el bolsillo de mi chaleco sonaba como el golpeteo de una trituradora de cuarzo, y la respiración pausada de quienes me rodeaban, tan fuerte y perturbadora como el resoplido de una máquina de vapor. Solo cuando me volví para mirar a la médium me tranquilicé; entonces me pareció como si una ola de aire frío me hubiera atravesado el cerebro, acallando, por el momento, esos horribles sonidos.

—Está poseída —susurró mi anfitrión al otro lado—. Espera, pronto hablará y nos dirá a quién tenemos a nuestro lado.

Mientras esperábamos sentados, la mesa se movió varias veces bajo nuestras manos, mientras se oían golpes a intervalos, en la mesa y por toda la sala, una escena de lo más extraña y espeluznante, aunque ridícula, que me hizo sentir entre ganas de salir corriendo del susto y de quedarme quieto y reír; en general, creo, ese horror se apoderó de mí por completo. Al instante levantó la cabeza y puso su mano sobre la mía, comenzando a hablar con una voz extraña, monótona y lejana:

—«Esta es mi primera visita desde que dejé la tierra, y me has llamado.

Me estremecí cuando su mano rozó la mía, pero no tuve fuerzas para apartarla de su suave y ligero apretón.

—Soy lo que llamarían un alma perdida; es decir, estoy en la esfera más baja. La semana pasada estuve en mi cuerpo, pero encontré la muerte en Whitechapel. Fui lo que llaman una desafortunada, sí, bastante desafortunada. ¿Quieren que les cuente cómo sucedió?

La médium tenía los ojos cerrados, y fuera mi imaginación distorsionada o no, parecía haber envejecido y tener un aspecto decididamente libertino desde que se sentó, o más bien como si una máscara ligera y vaporosa de vicio degradante hubiera reemplazado sus antiguos rasgos delicados.

Nadie habló, y la médium en trance continuó:

—Había estado fuera todo el día, sin suerte ni comida, de modo que arrastraba mi cuerpo cansado por el aguanieve y el barro, pues había estado mojado todo el día, y estaba empapada hasta los huesos, y miserable, ah, diez mil veces más miserable de lo que soy ahora, porque la tierra es un infierno mucho peor para alguien como yo que nuestro infierno aquí.

»Había importunado a varios transeúntes mientras caminaba esa noche, pero ninguno me dirigió la palabra, pues el trabajo había escaseado durante todo el invierno, y supongo que no parecía tan tentadora como antes; Solo una vez me respondió un hombre, un hombre moreno, de mediana estatura, de voz suave y mucho mejor vestido que mis compañeros habituales. Me preguntó adónde iba y luego me dejó, poniéndome una moneda en la mano, por la que le di las gracias. Como llegué justo a tiempo a la última taberna, me apresuré, pero al acercarme a la barra y mirarme la mano, descubrí que era una curiosa moneda extranjera, con cifras extravagantes, que el posadero no quiso aceptar, así que volví a salir a la oscura niebla sin mi bebida.

»No tenía sentido seguir adelante esa noche. Recorrí el patio donde estaba mi alojamiento, con la intención de ir a casa a dormir, ya que no podía comer, cuando sentí que algo me tocaba suavemente por detrás, como si alguien me hubiera agarrado el chal; entonces me detuve y me giré para ver quién era.

»Estaba sola, sin nadie cerca, solo niebla y la penumbra de la lámpara del patio. Sin embargo, sentí como si algo se hubiera apoderado de mí, aunque no podía ver qué era. Se estaba acumulando a mi alrededor.

»Intenté gritar, pero no pude, pues una garra invisible se cerró sobre mi garganta y me ahogó, y entonces caí al suelo y lo olvidé todo. Al instante siguiente, desperté, fuera de mi pobre cuerpo mutilado, y me quedé observando el terrible trabajo que se estaba llevando a cabo, tal como lo ven ahora».

En efecto, lo vi todo cuando la médium dejó de hablar: un cadáver destrozado yacía sobre el pavimento embarrado, y un rostro demoníaco, oscuro y picado de viruelas, inclinado sobre él con las garras delgadas extendidas, y la densa niebla en lugar de un cuerpo, como la encarnación a medio formar de músculos.

—Eso fue lo que lo causó, y lo sabrás de nuevo —dijo—. He venido a buscarte para que lo encuentres.

—¿Es inglés? —jadeé, mientras la visión se desvanecía y la habitación volvía a ser nítida.

—No es ni hombre ni mujer, pero vive como yo, está conmigo ahora y puede que esté contigo esta noche. Aun así, si me quieres en su lugar, puedo retenerlo, solo debes desearme con todas tus fuerzas.

La sesión se estaba volviendo demasiado horrible, y por consentimiento general nuestro anfitrión subió el gas, y entonces vi por primera vez a la médium, ahora liberada de su malvada posesión, una hermosa joven de unos diecinueve años, con, creo, los ojos marrones más gloriosos que jamás había visto.

—¿Crees lo que has estado diciendo? —le pregunté mientras conversábamos.

—¿Qué he dicho?

—Sobre la mujer asesinada.

—No sé nada en absoluto. Solo que he estado sentada a la mesa. Nunca sé qué son mis trances.

¿Decía la verdad? Sus ojos oscuros la reflejaban, así que no podía dudar de ella.

Esa noche, al ir a mi alojamiento, debo confesar que tardé un rato en decidir acostarme. Estaba alterado y nervioso, y deseé no haber asistido nunca a esa reunión espiritual. Mientras me quitaba la ropa y me metía apresuradamente en la cama, hice una promesa mental de que sería la última sesión impía a la que asistiría.

Por primera vez en mi vida no pude apagar el gas. Sentí como si la habitación se llenara de fantasmas, como si este par de espectros espantosos, el asesino y su víctima, me hubieran acompañado a casa y en ese momento se disputaran mi posesión. Así que, en lugar de eso, me tapé la cabeza con las sábanas, pues hacía frío, y me fui a dormir.

¡Las doce! Y el aniversario del nacimiento de Cristo. Sí, oí las campanadas desde la aguja de la calle y las conté, lentamente, escuchando los ecos de otros campanarios, después de que esta cesara, mientras yacía despierto en esa habitación iluminada por el gas, sintiéndome como si no estuviera solo en esa mañana de Navidad.

Así, mientras intentaba pensar en qué me había despertado tan repentinamente, me pareció oír un eco lejano que gritaba: «¡Ven a mí!». Al mismo tiempo, las sábanas fueron retiradas lentamente de la cama y abandonadas en una masa confusa en el suelo.

—¿Eres tú, Polly? —grité, recordando la sesión espiritista y el nombre con el que el espíritu se había anunciado al tomar posesión.

Tres golpes claros resonaron en el poste de la cama, junto a mi oído, la señal de «Sí».

—¿Puedes hablarme?

—Sí —respondió un eco más que una voz, mientras sentía que se me erizaba la piel, pero me esforzaba por ser valiente.

—¿Puedo verte?

—¡No!

—¿Sentirte?

Al instante, una mano fría y ligera me tocó la frente y me recorrió el rostro.

—¡En nombre de Dios, qué quieres!

—Salvar a la chica con la que estuve esta noche. La persigue y la matará si no vienes pronto.

En un instante me levanté de la cama y me vestí como pude, horrorizado, pero sintiendo como si Polly me estuviera ayudando a vestirme. Había una daga kandiana sobre mi mesa que había traído de Ceilán, una daga vieja que había comprado por su antigüedad y diseño, y la recogí al salir de la habitación, con esa mano invisible y ligera que me guiaba fuera de la casa y por las calles desiertas y nevadas.

No sabía dónde vivía la médium, pero seguí su suave agarre a través de la nevada salvaje y cegadora, doblando esquinas y atajos, cabizbajo y con los copos cayendo a mi alrededor, hasta que finalmente llegué a una plaza silenciosa, frente a una casa en la que, por instinto, supe que debía entrar.

Al otro lado de la calle noté a un hombre de pie, mirando hacia una ventana tenuemente iluminada, pero no pude verlo con claridad y no le presté mucha atención en ese momento, sino que subí corriendo los escalones de la entrada y entré en la casa, con esa mano invisible todavía empujándome hacia adelante.

Cómo se abrió esa puerta, o si se abrió, no podría decirlo, solo sé que entré, como en un sueño, y subiendo las escaleras interiores, pasé a un dormitorio donde la luz ardía tenuemente. Era su dormitorio, y ella forcejeaba entre las garras brutales, esas mismas garras demoníacas, y el resto se desvanecía en la nada.

Lo vi todo de un vistazo: su figura semidesnuda, con las sábanas revueltas, mientras el demonio informe de músculos se aferraba a su delicada garganta. Y entonces me lancé furioso con mi daga, cortando transversalmente esas garras crueles y ese rostro maligno, mientras vetas de sangre seguían el curso de mi cuchillo, dejando feas manchas, hasta que finalmente dejó de forcejear y desapareció como una horrible pesadilla, mientras la chica medio estrangulada, ahora liberada de ese agarre, despertaba a la casa con sus gritos, mientras de su mano caía una extraña moneda, de la que me apoderé.

Así la dejé, sintiendo que mi trabajo estaba hecho, bajando las escaleras como había subido, sin impedimentos ni siquiera pareciendo, en lo más mínimo, llamar la atención de los demás inquilinos de la casa, quienes corrieron en camisón hacia el dormitorio de donde provenían los gritos.

De nuevo a la calle, con la moneda en una mano y mi daga en la otra, recordé al hombre que había visto mirando hacia la ventana. ¿Seguía allí? Sí, pero en el suelo, en una masa negra y confusa entre la nieve blanca, como si lo hubieran derribado.

Me acerqué a donde yacía y lo miré. ¿Estaba muerto? Sí. Lo giré y vi que tenía la garganta desgarrada de oreja a oreja, y por todo su rostro —el mismo rostro oscuro, pálido, malvado y marcado por la viruela, y manos como garras— vi los oscuros cortes de mi daga kandiana, mientras que la suave nieve a su alrededor estaba teñida con charcos de vida carmesí, y mientras miraba oí el reloj dar la una, desde la distancia sonaba el canto de los que se acercaban, entonces me giré y huí ciegamente hacia la oscuridad.

Hume Nisbet (1849-1923)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Hume Nisbet.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Hume Nisbet: El hechizo del demonio (The Demon Spell), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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