¿Quién podría creer que los muebles se quedan quietos durante la noche?
Dicen que los muebles tienen la desagradable costumbre de moverse solos durante la noche. A veces son pequeños ajustes de ángulo, milímetros ganados por un cajón medio abierto; otras producen verdaderos estruendos al arrastrarse por el suelo del comedor. En el relato de 1937: Todos los Santos (All Souls'), la escritora norteamericana Edith Wharton comenta:
«¿Quién que haya vivido en una casa antigua
podría creer que los muebles se quedan quietos durante la noche?»
podría creer que los muebles se quedan quietos durante la noche?»
Edith Wharton podría ser vista como una especie de parapsicóloga de la ficción. Sus relatos de fantasmas abandonan los castillos, las criptas, los monasterios y las abadías de la literatura gótica tradicional y hablan de entidades que se inmiscuyen en el interior de casas ordinarias. Gente común, en hogares comunes, deben convivir con lo paranormal [ver: La Casa como entidad orgánica y consciente en el Gótico]
Este desplazamiento de lo sobrenatural, desde las grandes mansiones embrujadas y genealogías decrépitas a casas ordinarias, coincide con los avances tecnológicos de fines del siglo XIX y comienzos del XX, más concretamente con el acceso a la electricidad. Los timbres, teléfonos, la iluminación eléctrica, parecen haber sido elementos claves en la migración de los fantasmas a los espacios domésticos.
Esta es una idea contraintuitiva; de hecho, la noción más popular indica lo opuesto: «Los fantasmas se fueron cuando llegó la electricidad», observa Sir Osbert Sitwell, sugiriendo que la iluminación eléctrica desterró para siempre lo sobrenatural de nuestras vidas. Edith Wharton propone lo contrario: no existe una oposición entre lo fantasmal y la modernización. Y al parecer dio en la tecla, o al menos rozó un nervio sensible, porque los fenómenos paranormales siguen siendo tan populares como siempre.
Edith Wharton afirma que los sentimientos de intrusión e inseguridad, fuertemente asociados a la idea de los fantasmas, funcionan tanto en la casa antigua, aristocrática, pobremente iluminada y todavía atada a las viejas jerarquías, como en los hogares recientemente modernizados; porque uno de los ejes de estas historias es el trauma que retorna del pasado y se manifiesta como una invasión de la privacidad [ver: El ABC de las historias de fantasmas]
Edith Wharton se encuentra en un período histórico de transición, donde la mayoría de los hogares ya contaban con luz eléctrica pero todavía poseían ciertos rasgos vetustos, como la servidumbre. Es decir, sus historias transcurren en medio de los cambios sociales que produjo la tecnología de inicios del siglo XX. Los relatos de fantasmas del siglo XIX a menudo cuentan con la presencia de sirvientes que funcionan como testigos silenciosos de lo sobrenatural, y, más adelante en el tiempo, como observadores de la tecnología, que en muchos casos es una generadora activa de las perturbaciones. Algo de esto puede verse en La campana de la doncella (The Lady's Maid's Bell), donde una sirvienta, que además en la narradora de la historia, debe interpretar el mensaje de su predecesora muerta a través de un dispositivo electrónico [ver: Casas como metáfora de la psique en el Horror]
En el prólogo de la antología de 1937: Fantasmas (Ghosts), Edith Wharton se pregunta si acaso la tecnología terminará atrofiando nuestra capacidad para interactuar con las apariciones fantasmales. Después de todo, la radio, la televisión [y más acá las computadoras, internet, los teléfonos móviles, las consolas] atacan, según Wharton, las dos condiciones indispensables para la producción de fantasmas: «silencio y continuidad». Sin embargo, la tecnología produjo un ingrediente extra: cuando las bombillas eléctricas se apagan y los dispositivos dejan de irradiarnos con sus estímulos, el silencio es más profundo y el tiempo vuelve a su antigua dimensión.
Entonces, la observación de Sitwell: «Los fantasmas se fueron cuando llegó la electricidad», malinterpreta la verdadera naturaleza de lo fantasmal. Lo que aleja a los fantasmas no es el microondas o la cocina eléctrica [el hogar moderno]; de hecho, la tecnología propició la aparición de nuevos tipos fantasmales [ver: Psicología de las casas embrujadas]
H. P. Lovecraft interpretó este fenómeno de manera diferente. En el ensayo de 1927: El horror sobrenatural en la literatura (Supernatural Horror in Literature), propone:
«El atractivo de lo espectralmente macabro es generalmente limitado porque exige del lector cierto grado de imaginación y capacidad de desapego de la vida cotidiana»
En otras palabras, el flaco de Providence establece una distinción entre lo sobrenatural y lo cotidiano. Sin embargo, este razonamiento parte de una suposición sin fundamento: que existe una separación entre lo sobrenatural y lo cotidiano. El propio Lovecraft desbarata su conclusión al comentar que el horror, como género, depende de «una cierta atmósfera de pavor sin aliento e inexplicable», la cual puede producirse sin problemas en el ámbito ordinario.
En resumen, el «miedo a lo desconocido» también puede activarse por sucesos macabros dentro del marco cotidiano; de hecho, ese es el único ámbito en el que, por contraste, podemos detectarlos.
La tecnología reestructuró nuestra relación con las dimensiones espaciales del hogar, pero el aislamiento, el trauma, el abuso, que son condiciones sine qua non de los antiguos fantasmas de la novela gótica, siguen vigentes, y no dependen de la presencia de la electricidad. Por supuesto, uno ya no puede acceder, como antes, a la cripta familiar, llena de ratas, telarañas, parientes inquietos y maldiciones ancestrales. Sin embargo, esos eran espacios prohibidos. Estabas bien sin no respondías su llamado. En tu casa, por el contrario, los puntos de acceso a lo sobrenatural podrían estar en cualquier parte; por lo que ningún espacio doméstico es completamente seguro [ver: Horror doméstico]
Un ejemplo de esto puede encontrarse en el cuento de Wharton: Semilla de granada (Pomegranate Seed), que comienza con una mujer en el umbral de su casa. Frente a ella está «la agobiante y áspera vida callejera de la ciudad»; a sus espaldas el vestíbulo con su destartalada biblioteca y, más allá, el salón, todos ellos elementos que constituyen «ese santuario velado que ella llamaba hogar». Sin embargo, en este hogar idílico hay un cuadro, un retrato de la primera esposa del marido de la protagonista, cuyo último deseo antes de morir fue colocar su imagen en la salita para «ver» a sus hijos mientras juegan. La historia prosigue su curso [esperamos poder traducirla pronto para El Espejo Gótico], pero lo que importa aquí es el motivo, seguramente presente en tu hogar también: la intrusión del pasado.
En el libro: La decoración de casas (The Decoration of Houses), Edith Wharton menciona que «todos estamos inconscientemente tiranizados por las necesidades de predecesores muertos». En otras palabras, el cuadro de la primera esposa en Semilla de granada es la imposición de una muerta. Es decir, es un fantasma, en términos de pasado traumático [muerte de una mujer joven] que resurge y se impone en la existencia de los vivos. En este caso es un retrato, pero puede ser un espejo [oval o no], un armario, un libro, un reloj, incluso una habitación entera, que se prolongan en el presente de la casa [ver: ¿Fantasmas o deslizamientos de tiempo?]
Supongo que todas las casas poseen al menos un artículo que haya pertenecido a una persona muerta. El viejo cuchillo que descansa, casi olvidado, en el fondo de un cajón; o el libro usado que hemos comprado alguna vez, «tienen una forma incómoda de imponer sus diferentes hábitos y gustos a través de la corriente de existencias posteriores», dice Wharton. La electricidad es lo de menos, nuestros muertos, de alguna forma, coexisten con nosotros en el espacio doméstico.
El retrato en el cuento de Wharton representa las sensaciones extrañas que nos provocan los efectos personales de alguien que ha fallecido, Esa es la canalización de lo sobrenatural en la dimensión de lo cotidiano. No necesita médiums ni arquitecturas desaforadas. Basta prestar atención a las muchas y sutiles formas en que el pasado se entromete con el presente para descubrir pequeños puntos de acceso donde lo sobrenatural podría ocurrir.
La presunta desaparición de los fantasmas en la casa moderna es algo así como una creencia tranquilizadora. Lo fantasmal ha adquirido nuevas formas; ya no tenemos los espectros ululantes de una mansión ancestral, sino rincones. Porque toda casa es susceptible de ser invadida por recuerdos traumáticos y presencias invisibles. Los muebles, por supuesto, todavía se mueven solos durante la noche.
Consultorio Paranormal. I Taller gótico.
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