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¿Porqué los fantasmas atraviesan las paredes pero insisten en golpear la puerta?


¿Porqué los fantasmas atraviesan las paredes pero insisten en golpear la puerta?




Sonidos inexplicables que se oyen en medio de la noche, golpes en las puertas, ventanas, muebles, paredes, como si alguien, o algo, intentara llamar nuestra atención, son algunos de los recursos que se le atribuyen a los fantasmas; algo curioso, sin duda, si tenemos en cuenta que también se les asigna la habilidad de atravesar la materia.

¿Por qué, entonces, estos seres del plano astral que literalmente pueden atravesar paredes se tomarían la molestia de golpear a la puerta?

¿Cuál es el verdadero significado de los fantasmas? O mejor dicho, ¿cuál es el motivo que justifica este comportamiento contradictorio en ellos? Después de todo, los fantasmas no son como los vampiros, los cuales necesitan ser invitados para poder entrar en una casa.

Históricamente, una de las señales de que hay un espíritu en casa —además de sentir presencias estando solo o de sentirse observado sin que haya nadie más cerca— es oír golpes en las paredes, puertas y ventanas. A menudo estos golpes no son demasiado fuertes, ni demasiado inquietantes. Se oyen más bien como si alguien del otro lado estuviese esperando que le dijésemos: adelante.

Si dejamos de lado la teoría del fin de la realidad, aquella que propone que los fantasmas son grabaciones impresas en la realidad, algo así como un glitch que se repite una y otra vez, entonces podremos entender mejor porqué los fantasmas atraviesan las paredes pero insisten en golpear la puerta.

Las viejas tradiciones afirman que los espíritus que llaman a la puerta, o que golpean las ventanas, no necesariamente desean entrar en la casa —aunque es posible que si se les da la bienvenida lo hagan—, sino que esos golpes se deben a una diferencia fundamental entre la constitución del bajo astral y nuestra dimensión material.

Se cree que los fantasmas pueden atravesar las paredes únicamente a través de aquellas que no existían al momento de su muerte. En otras palabras: los espíritus ven el mundo material tal como era en el momento en el que fallecieron.

Desde la perspectiva del espíritu no hay una pared a la cual atravesar, sino una abertura, o directamente nada, precisamente porque antes de morir allí no había nada.

Los espíritus de otras generaciones aún ven su entorno como era en el pasado. Si murieron en una casa, por ejemplo, o de algún modo están conectados a ella, y luego se la derribara o se la reconstruyera con una disposición diferente, seguramente habría paredes donde no solían estar. Por lo tanto, el espíritu continuaría moviéndose por sus viejas rutas, atravesando aberturas que, desde nuestra perspectiva, ahora están ocupadas por objetos sólidos.

Esto explicaría porqué los fantasmas pueden atravesar paredes, pero no porqué insisten en golpear puertas y ventanas, como si de alguna forma estuviesen buscando que se les de la bienvenida.

Podemos imaginar dos razones principales por las cuales un espíritu golpea en la puerta, o en cualquier otro lugar de la casa:


a- Para llamar tu atención.

b- Para obtener una reacción.


En ambos casos el espíritu busca interactuar contigo, lo cual la mayoría de los investigadores desaconsejan por razones obvias. Interactuar con un fantasma implica abrir una canal de comunicación con él, generando mayor interés de su parte. Al parecer, pueden llegar a concentrarse en el sujeto de forma desagradable, casi obsesiva.

Seguramente todos hemos escuchado alguna vez el típico caso de la persona que se ve privada del habla, e incluso de movimiento, que solo puede comunicarse con los demás mediante respuestas simples, a menudo parpadeando una vez o dos veces para decir «sí» o «no».

Podemos considerar que existen similitudes entre las personas que desgraciadamente padecen este tipo de incapacidad y la situación de un espíritu que, por alguna razón, quiere comunicarse con nosotros sin disponer de las herramientas necesarias. En este sentido, los sonidos binarios serían la mejor opción.

Algunos investigadores le solicitan al fantasma que toque una vez, para decir «sí», y dos para decir «no». El orden no es importante, pero sí lo es escoger una fórmula, anunciarla en voz alta, y cumplirla. Si la interacción se produce dentro de esa fórmula, entonces podemos descartar causas naturales para los sonidos, como tuberías o la madera que se expande y se dilata.

Ahora bien, supongamos que esto es posible, y que de hecho los golpes en las puertas, muebles, ventanas, paredes, son una especie de invitación para comenzar una diálogo. Salvo que el espíritu maneje algunos rudimentos del código morse, la comunicación solo podría darse en un sentido: nosotros preguntando y el fantasma respondiendo únicamente «sí» o «no».

Si el espíritu está tratando de darte un mensaje, fácilmente podemos acordar que no es ésta la mejor forma de transmitirlo.

¿Pero qué tal si los golpes no fueran un mensaje, sino respuestas a preguntas que no hemos formulado en voz alta?

Esta explicación quizás no sea del todo racional, aunque posee cierta elegancia. Hay preguntas que nos hacemos casi sin darnos cuenta, dudas e inquietudes que pasan por nuestra cabeza con tanta rapidez que ni siquiera ascienden a los sustratos superiores de la consciencia, pero que podrían ser «sintonizadas» por alguien, o algo, que vibre en esa misma frecuencia.

En lo personal descartaría todas estas hipótesis, sin dudas, producto de una mente irracional, si no fuese porque al escribir el último párrafo de este artículo escuché dos fuertes golpes sobre el marco de la puerta de mi habitación.


…Bump…


¿Un «sí»?

¿Sí qué?

Simplemente comento al pasar esta desagradable coincidencia, que acaso también les haya ocurrido a ustedes. Nunca hay que subestimar el poder de la sugestión. ¿No creen...?


BUMP… BUMP…


Al parecer, alguien está de acuerdo.




Fenómenos paranormales. I Misterios.


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El artículo: ¿Porqué los fantasmas atraviesan las paredes pero insisten en golpear la puerta? fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

La leyenda del Espíritu Guardián de los cementerios


La leyenda del Espíritu Guardián de los cementerios.




Los cementerios producen cierta inquietud en el visitante, cierta intranquilidad, cierta turbación que los espíritus simples justifican como una reacción supersticiosa. Después de todo, ¿qué hay de temible en un sitio dónde descansan los muertos?

En el siglo XVIII existió un grupo conocido como los Poetas de Cementerio (Graveyard Poets), el cual se caracterizó por meditar acerca de sarcófagos, esqueletos y gusanos. Estos Poemas de Cementerio utilizan esa sensación de intranquilidad de la que hablábamos antes, y la explican a través de una figura tenebrosa, intangible, que habita en todos los cementerios.

Sentir miedo, malestar, angustia, en un cementerio, es perfectamente natural; ¿pero son acaso las viejas lápidas y estatuas lo que verdaderamente nos inquieta, o hay algo más, observándonos?

En este contexto, aquellos poetas interpretaron que las sensaciones que producen los cementerios, que oscilan entre la inquietud superficial y una profunda congoja y aflicción, son en realidad reacciones frente a la presencia del Guardián del Cementerio.

La leyenda sostiene que cada cementerio tiene su Espíritu Guardián. Se dice también que este espíritu pertenece a la primera persona en ser enterrada en un cementerio, quien permanece en el plano terrenal para vigilar a los vivos y mantener seguros a sus residentes subterráneos.

Esto, al menos a simple vista, no parece particularmente inquietante; pero los orígenes de la leyenda, los cuales son analizados con melancólica precisión en el De Masticatione Mortuorum in Tumulis —literalmente: De la masticación de los muertos en sus tumbas—, son mucho más escalofriantes.

Desafortunadamente, en la Edad Media la gente era impaciente, y rara vez esperaba que alguien muriera de causas naturales para ocupar el cargo de Guardián del Cementerio. A menudo era el loco de la aldea quién era asesinado, esparciendo luego su sangre en el nuevo cementerio para que su espíritu se encargue de custodiarlo.

En épocas más civilizadas esta tradición fue abandonada. Se la sustituyó por la creencia racional de que la última persona enterrada del año sería la encargada de vigilar el cementerio hasta el año siguiente.

Ahora bien, el Guardián no es simplemente un ser del plano astral que vive en los cementerios de forma, digamos, más o menos etérea, para resguardar aquel lugar sagrado de la aparición del Ghoul, el Grobnik, el Vampiro, y otros fallecidos que se resisten a permanecer debidamente en sus tumbas; sino que además tiene su personificación en términos físicos.

Si observamos con detenimiento veremos que las estatuas de los cementerios tienen un estilo similar, un patrón estético, si se quiere, que se repite con frecuencia a pesar de las tendencias de cada época. Esto se debe a que algunas estatuas de los cementerios son representaciones de las distintas facetas del Espíritu Guardián.

Desde la Edad Media hasta nuestros días, el Espíritu Guardián es un alma destinada a proteger a los difuntos, pero también a evitar que los muertos regresen para jorobar a los vivos. Habida cuenta de que esa función, además de agotadora, es dificultosa, el Guardián del Cementerio posee distintos puntos específicos en el plano físico desde los cuales custodia su reino, moviéndose libremente de un lugar a otro a través de las estatuas que le fueron consagradas.

Es decir que las estatuas de los cementerio, que para muchos justifican una visita recreativa, no persiguen únicamente objetivos estéticos al adornar una tumba, una cripta, un mausoleo, sino también utilitarios: brindarle al Guardián un soporte físico desde el cual vigilar a los vivos y preservar el descanso de los muertos.

¿Cómo podemos identificar las estatuas del Guardián del Cementerio?

En principio, éste nunca es representado mirando hacia arriba, hacia el cielo. El Guardián es una figura encapuchada que mira invariablemente hacia abajo, vigilando a aquellos a quien debe proteger, o bien hacia adelante, para observar el ir y venir de los vivos.

En este punto es justo preguntarnos qué es exactamente lo que debe vigilar el Guardián. Después de todo, si ese oficio fuese eficaz no existirían los vándalos o los profanadores.

En cuanto a los muertos, bueno, tampoco es razonable caer en la tentación de afirmar que el trabajo del Guardián es eficiente simplemente porque los muertos no se levantan de sus tumbas.

El motivo principal por el cual existía la necesidad de crear un Guardián para los cementerios es para evitar que el llanto de los vivos inquiete a los muertos.

De acuerdo a esta leyenda, la tristeza, el desconsuelo, la consternación de los vivos, son percibidas por los muertos como una especie de rumor, de susurro turbulento y persistente que lastima al alma con el recuerdo de las cosas que dejó atrás.

Y así como nosotros intentamos olvidar nuestras preocupaciones cotidianas para descansar por las noches, o al menos postergarlas hasta la mañana siguiente, los muertos también necesitan al olvido para reposar. Aquellos que evaden al olvido —por ingratitud o egoísmo de sus deudos—, y a la custodia del Guardián, se convierten en fantasmas, los insomnes del mundo espiritual.




Mitos y leyendas oscuras. I Fenómenos paranormales.


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El artículo: La leyenda del Espíritu Guardián de los cementerios fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Vardøgr: el «déjà vu» al revés


Vardøgr: el «déjà vu» al revés.




Todos hemos experimentado un déjà vu alguna vez. La sensación es menos espectacular de lo que sugiere el cine, donde en general aparece como un instante significativo, incluso trascendental, cuando en realidad suele ocurrir en momentos más bien insípidos.

—Siento que ya estuve aquí —podría decir alguien—, exactamente aquí, en este mismo vagón de subterráneo, rodeado por la misma gente, aturdido por el mismo saxofonista inescrupuloso.

Entonces uno espera que déjà vu devenga en algo más, algo revelador; pero normalmente la cosa se queda en una simultaneidad desabrida. Quizás uno ya vivió esas mismas circunstancias, quizás no. La verdad es que no importa demasiado.

Hay otros fenómenos cognitivos más interesantes.

Los noruegos tienen una palabra excepcional, que no tiene traducción al español: vardøgr, la cual define a cualquier elemento que preceda la aparición de una persona. Básicamente un déjà vu al revés.

Este elemento puede ser un sonido, un olor, una sensación, algo expresivo que anuncie la llegada de alguien.

Ejemplo: A piensa en B. Momentos después, B llama por teléono a A.

Ese pensar (o sentir u oler o escuchar) constituye la esencia del vardøgr.

Originalmente el vardøgr prescindía de dispositivos tecnológicos, como el teléfono, y consistía más bien en todo sonido premonitorio que anunciara la llegada de alguien. A veces la experiencia se tornaba más inquietante, y el que precedía a la persona era una visión o réplica de la propia persona.

Ejemplo: A cree ver a B llegando a casa. Quizás oye sus pasos. Momentos después, B llega a casa.

En términos etimológicos, la palabra vardøger está conformada por el norso vǫrð, que significa «guardia», «vigilante»; y hugr, que indica tanto «mente» como «alma». Es decir, un destello que se anticipa o prefigura al ser real. En los mitos nórdicos, el Vardøger era una criatura perteneciente a los Fylgja, espíritus capaces de anunciar un vasto catálogo de calamidades.

El fenómeno del vardøger, al menos en lo personal, posee instancias mucho más interesantes que las del déjà vu.

No solo consiste en imaginar que algo va a ocurrir, y que luego suceda, sino que realmente ocurra dos veces, primero en el universo cognitivo, y luego en la realidad objetiva, y sin que sea uno el protagonista, sino un testigo circunstancial.

La mecánica es inversa a la del déjà vu, donde es el propio sujeto quien sospecha haber vivido la misma circunstancia en el pasado.

Es justo pensar que el vardøger y el doppelgänger son esencialmente lo mismo; dobles o réplicas de alguien, pero el doppelgänger es un duplicado, mientras que el vardøger, cuya connotación es tal vez menos siniestra, actúa como predecesor de ese alguien.

Este fenómeno se multiplica en las características particulares que individualizan a alguien: es su andar, su voz, su olor, incluso su apariencia, quienes lo preceden en un sitio y generan en los demás la creencia de que han visto o escuchado a la persona real antes de que esta llegue.

En la infancia ejercité la experiencia del vardøger de forma bastante competente. No solo podía visualizar cuando alguien estaba a punto de llegar, sino que además imaginaba su modo de caminar, sus gestos, mientras se aproximaba. Podía incluso afirmar con absoluta certeza el instante exacto en el que mi abuelo doblaría la esquina, y hasta cuál sería su estado de ánimo.

Pero esa destreza se va perdiendo con los años.

A veces trato de volver a ejercitarla, aunque con motivos más bien miserables, como visualizar el colectivo antes de que llegue, o decidir qué persona se levantará de su asiento; con resultados poco concluyentes en términos estadísticos.

Hay mañas que sencillamente no se recuperan, que no son como andar en bicicleta.

Tantear los rastros del futuro, y procurarse un destino inmediato que no nos sorprenda, es menos angustioso que vivir en los constantes sobresaltos del presente. De todos modos, quizás infantilmente pero con la misma audacia, o esperanza, que justifica la fe y las religiones, sigo imaginando a mi abuelo, pero ahora es él quien me espera al otro lado de la esquina.




Egosofía. I Fenómenos paranormales.


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La verdadera Entidad que se esconde Hill House


La verdadera Entidad que se esconde Hill House.




Era una casa carente de bondad, que no había sido pensada para ser habitada, un lugar inapropiado para la gente o para el amor o para la esperanza. Un exorcismo es incapaz de alterar el semblante de una casa; Hill House seguiría siendo igual hasta que fuera destruida.


Con la aparición de la serie muchos han descubierto a Shirley Jackson y La maldición de Hill House (The Haunting of Hill House), una de las grandes novelas de fantasmas del siglo XX y, sin dudas, la mejor historia de casas embrujadas de todos los tiempos.

No obstante, y a pesar de las diferencias entre el libro y la serie, Hill House todavía esconde un secreto inquietante: la verdadera Entidad que habita entre sus muros.

Para desentrañar la identidad de este fantasma nos basaremos específicamente en la novela, aunque el mismo razonamiento podría llevarnos a concluir lo mismo acerca de la serie.

Primero, un breve pero necesario resumen del argumento.

En La maldición de Hill House somos testigos de cómo Eleanor Vance, una joven introspectiva, que hasta entonces vivía como una reclusa al cuidado de su madre, lentamente va siendo absorbida por Hill House: una mansión impresionante construida por Hugh Crain. Junto a ella también aparece el doctor John Montague, un investigador paranormal; Theodora, una artista joven y extravagante; y Luke Sanderson, el reciente heredero de Hill House.

En la novela, Shirley Jackson apunta constantemente a Hugh Crain, diseñador y constructor de la casa, como la fuente inicial de los fenómenos paranormales que allí ocurren, pero estas conjeturas son apenas la punta del iceberg, ya que la verdadera Entidad de Hill House es la casa misma.

Así describe a Hill House el profesor Montague:


Cada ángulo —y el doctor hizo un gesto hacia la puerta— está ligeramente mal. Hugh Crain debió detestar a las personas y sus casas sensibles y cuadradas, porque hizo que la suya se adaptara a su mente. Los ángulos que usted asume como rectos, y con todo el derecho a esperar que así sea, en realidad están mal en una fracción de grado. Por supuesto, el resultado de todas estas pequeñas aberraciones de medición se suma a una distorsión bastante grande en la casa en su conjunto.


Es decir que, en apariencia, todo parece perfectamente normal con la arquitectura de Hill House, sin embargo, en cada ángulo de la casa hay una ligera alteración, una desviación, que tuerce por completo la geometría del lugar para reflejar el intrincado y perverso estado mental de su creador.

Esa alteración en la geometría de Hill House es percibida por los personajes a nivel subconsciente, y actúa sobre ellos sacando a la superficie sus propios traumas y miedos.

Más adelante en la novela, Eleanor y Theodora empiezan a describir ciertas alteraciones en la perspectiva de Hill House, algunas de las cuales les inducen la sensación de estar caminando por las paredes.

En este contexto, es mucho lo que La maldición de Hill House le debe a H.P. Lovecraft (de hecho, ¿Hill House podría pertenecer a los Mitos de Cthulhu?), donde la arquitectura a menudo asume formas impredecibles. Por ejemplo, en las cámaras subterráneas de R’lyeh, en La llamada de Cthulhu (The Call of Cthulhu), presenciamos la misma sensación de perplejidad que experimentan Eleanor y Theodora en relación a la arquitectura, digamos, antinatural, de ciertos espacios.

La demencial aunque sutil arquitectura de Hill House también resuena en la casona de Keziah Mason —Los sueños en la casa de la bruja (The Dreams on the Witch House)—; de hecho, la descripción que realiza Walter Gilman sobre esta anomalía edilicia se aplica a la perfección a Hill House:


La habitación de Gilman era de buen tamaño pero de forma irregular; la pared del norte se inclinaba perceptiblemente hacia el interior mientras que el techo, de poca altura, bajaba suavemente en igual dirección. No había ninguna entrada, ni señales de que la hubiera habido, al espacio que debía de existir entre la pared inclinada y la recta pared exterior de la parte norte de la casa. El desván situado encima del techo, que debía haber tenido inclinado el suelo, era asimismo inaccesible.


En Lovecraft encontramos indicios, ninguna certeza, sobre la naturaleza de aquella arquitectura invertida, pero en La maldición de Hill House resulta claro desde el inicio de la novela: es la estructura en sí misma una manifestación física de la Entidad que reside en su interior.


Ningún organismo vivo puede mantenerse cuerdo durante mucho tiempo en condiciones de realidad absoluta; incluso las alondras y las chicharras, suponen algunos, sueñan. Hill House, nada cuerda, se alzaba en soledad frente a las colinas, acumulando oscuridad en su interior; llevaba así ochenta años y así podría haber seguido otros ochenta años más. En su interior, las paredes mantenían su verticalidad, los ladrillos se entrelazaban limpiamente, los suelos aguantaban firmes y las puertas permanecían cuidadosamente cerradas; el silencio empujaba incansable contra la madera y la piedra de Hill House, y lo que fuera que caminase allí dentro, caminaba solo.


En este punto todo parece indicar que el perturbado Hugh Crain construyó una casa a la medida de su degradación mental y espiritual, pero Shirley Jackson va todavía más lejos.


(Hill House) de algún modo parecía haberse levantado a sí misma, dando forma a su poderosa configuración bajo las manos de sus constructores, ajustándose a su edificación de líneas y ángulos.


Esta es la clave para entender a Hill House: no fue Hugh Crain el realizador en el plano físico de sus propios pensamientos retorcidos, sino simplemente una herramienta, un vehículo, un canalizador de fuerzas mucho más oscuras que él mismo.

El motivo es analizado por Jorge Luis Borges al referirse al poema Kubla Khan, que versifica la construcción de un formidable palacio, el cual le habría sido revelado en un sueño a Samuel Taylor Coleridge. Veinte años después se descubrieron ciertos documentos que prueban que, ya en el siglo XIII, un emperador mongol, llamado Kubla Khan, soñó con un palacio y lo mandó a construir.


Un emperador sueña un palacio y lo edifica —dice Borges—; en el siglo XVIII, un poeta inglés, que no pudo conocer el dato, sueña un poema sobre el palacio. Acaso un arquetipo no revelado aún a los hombres, un objeto eterno, esté ingresando paulatinamente en el mundo; su primera manifestación fue el palacio; la segunda el poema. Quien los hubiera comparado habría visto que eran esencialmente iguales.


Borges estima que existen ciertos arquetipos, como los de Carl Jung, los cuales son interpretados por los mortales de diversas formas, llevándolos desde lo eterno a lo físico. Shirley Jackson le añade a esa hipótesis la posibilidad de traducir un Mal infinitamente superior, y acaso inclasificable, en formas y ángulos que lo representen en nuestro plano.


No hará falta que les recuerde —dice el profesor Montague— que el concepto de que ciertas casas son impuras, o quizá sagradas, es tan antiguo como la mente humana. Ciertamente existen lugares a los que inevitablemente se les atribuye una atmósfera de santidad y bondad; no sería por tanto demasiado fantasioso afirmar que algunas casas son malas de nacimiento. Hill House, sea cual sea la causa, ha resultado ser inapropiada para los seres humanos durante los últimos veinte años. Cómo era antes, si su personalidad quedó moldeada por la gente que vivió aquí o las cosas que hicieron, o si fue malvada desde el primer momento, son preguntas que no puedo responder.


Es decir que la Entidad o fantasma de Hill House anhelaba existir en nuestro plano, y para eso buscó a un hombre lo suficientemente perverso para construirla.

¿Y para qué una Entidad de estas características querría existir en nuestro plano?

Para alimentarse, naturalmente. En La maldición de Hill House la casa ya había consumido a cinco personas antes de que Eleanor llegara.

La trama de La maldición de Hill House estableció un modelo que encontraríamos una y otra vez en el género: un experto en lo paranormal y una colección de personalidades dispares se disponen, por azar o inexplicables circunstancias, a pasar una o varias noches en una casa embrujada. La razón y la ciencia se hacen presentes en la figura del investigador, pero su racionalidad (o su arrogancia) no son rivales para las fuerzas malignas que habitan allí.

Los personajes de Shirley Jackson en La maldición de Hill House, especialmente Eleanor, son víctimas de la nefasta influencia de la casa, a veces adoptando las actitudes de sus viejos ocupantes, confundiendo sus propios recuerdos con los de otros, recitando fragmentos de conversaciones y letras de canciones nunca oídas, o reiterando líneas de pensamiento que no son propias pero que están en resonancia con sus estructuras mentales.

No es casualidad que haya elementos de las vidas de los protagonistas de la novela que sean casi idénticos a los de los anteriores ocupantes de Hill House. La casa, como cualquier entidad consciente de este o cualquier otro plano, tiene sus gustos personales, sus apetitos, sus preferencias.

Lo que diferencia a La maldición de Hill House de Shirley Jackson de otros relatos de fantasmas es su forma de entender la naturaleza de las apariciones. No estamos aquí frente a una entidad que intenta comunicar algún tipo de trauma o de injusticia sufrida, menos aún advertir a los incautos, o bien frente a un fantasma vengativo que persiste en hacer daño desde el más allá.

Hill House quiere existir en el plano físico, y para eso buscó a Hugh Crain, capaz de construirla. Ya establecida, la casa vibra en una frecuencia en la cual ciertos patrones se repiten, y cuya fuerza depende de la presencia de personas con características específicas para alimentarse.

De este modo, Hill House y sus habitantes forman una relación simbiótica, no parasitaria: la casa obtiene el alimento o la energía que necesita, y sus ocupantes la posibilidad de revivir sus traumas, ya sin sentimientos de culpa o de remordimiento, aunque esto los conduzca eventualmente a la muerte.

En resumen, podemos pensar que la Entidad de Hill House es básicamente Egregore, algo así como un tipo de energía que toma forma de a partir de los pensamientos y miedos de personas lo suficientemente sensibles como para detectar su presencia, interactuar con ella, y quizás adorarla, o invocarla, como en el caso de Hugh Crain, o de temerle, como Eleanor.

Es así que Eleanor desciende lentamente al nivel emocional y psicológico en el cual Hill House puede alimentarse de ella. La mente de Eleanor está obsesionada, pero no por una sola Entidad, como un fantasma, sino más bien por un patrón: una secuencia de eventos y relaciones problemáticas. Ella y sus compañeros son parte de una representación, mucho más poderosa y persuasiva porque no se corresponde con este plano. Sus personalidades, sus historias individuales, los conectan con lo que sucedió antes en Hill House, y así son condenados a recrear esos mismos hechos, para que la casa se alimente.

Este es el aspecto más inquietante que proclama La maldición de Hill House: estrictamente hablando, no somos individuos con libre albedrío, sino más bien engranajes de un patrón mucho más grande, vulnerables al reciclaje generacional de eventos sufridos por otros.

En este contexto, no hay diferencia alguna entre los ocupantes de Hill House y la casa propiamente dicha: ninguno se corresponde con el concepto de individuos. A lo sumo, somos meros soportes pasajeros de una idea, de un arquetipo, que se reitera a través del tiempo, que se manifiesta en ciertos lugares, para alimentarse de sí mismo.




Fenómenos paranormales. I Taller literario.


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La extraña Dimensión de los Objetos Perdidos


La extraña Dimensión de los Objetos Perdidos.




Hay objetos que se pierden sin dejar rastro, lo cual es menos asombroso que aquellos objetos que reaparecen misteriosamente, a menudo en sitios en donde hemos buscado durante horas, como verdaderos sabuesos, sin encontrar nada.

Peor todavía es perder un objeto que teníamos a la vista, o incluso en la mano, unos momentos antes, y luego encontrarlo en cualquier otra parte. No es infrecuente que, frente a estos hechos inquietantes, el individuo se suma en un estado de desesperación durante la búsqueda, y de absoluta perplejidad en el hallazgo.

Entre las conjeturas más extrañas acerca de los objetos perdidos se encuentra la propuesta de Charles Fort, conocida como el Super Sargazo (Super-Sargasso Sea), algo así como una cuarta dimensión o universo paralelo donde van a parar nuestros objetos extraviados.

Naturalmente, la existencia de esta curiosa dimensión es, como mínimo, cuestionable, al menos en términos teóricos, pero también irrefutable en la práctica.

Por un lado, podemos considerar que tal lugar existe, y que el destino de aquellos objetos teletransportados está en manos de inescrupulosos seres interdimensionales, o bien optar por una alternativa más banal, aunque sumamente interesante.

Después de todo, la existencia o no de este sitio es completamente irrelevante, y hasta podríamos decir que se interpone en la naturaleza de los hechos. El tema que nos preocupa aquí son los objetos que se pierden misteriosamente; llaves, sobre todo, pero también pertenencias con un fuerte valor sentimental, como anillos, libros, ropa interior, e incluso familiares que desaparecen de un día para el otro.

Hay una especialidad de trastienda entre los estudiosos de los fenómenos paranormales que se dedica específicamente a este escabroso asunto, llamada Fenómeno de la Desaparición de Objetos (Disappearing Object Phenomena), o DOP, en su sigla en inglés. Dentro de ella podemos encontrar tres categorías.


a- Objetos perdidos que no vuelven a aparecer.

b- Objetos perdidos que reaparecen en un lugar insólito.

c- Objetos que, sin haber sido extraviados, aparecen sin que se recuerde haberlos comprado.


En este punto sería interesante establecer una cuarta categoría, más genérica, que incluya a todos los Objetos Perdibles; es decir, aquellos objetos que pueden extraviarse, habida cuenta de que existen mayores posibilidades de perder los documentos que un calefón, por ejemplo.

De manera tal que, para que un objeto se pierda debe ser perdible, y para que sea perdible debe ser lo suficientemente pequeño como para ser manipulado sin problemas, e incluso de forma irresponsable, siendo movido de un lugar a otro por allegados bajo pretextos insignificantes, como limpiar la mesa o desalojar el canasto de ropa sucia.

Esta hipótesis contradice a la de Charles Fort, que imaginó una ciudad extraterrena en las nubes como destino de los objetos perdidos y evitó, sin mayores indagaciones, la posibilidad de que nuestra pareja se haya deshecho subrepticiamente de nuestros calzones en mal estado.

En lo personal, siempre me pareció encontrar una actitud, digamos, sospechosa, frente a ciertas indagatorias respecto de un objeto perdido. La secuencia es más o menos como sigue:


a- Uno pierde algo.

b- Se lo busca.

c- Al no encontrarlo se le consulta a una persona que conviva con nosotros.

d- La persona reacciona con perplejidad, al principio, y luego con cierta indignación, como si se la acusara de algún delito inconfesable.


Mayor sospecha causan las personas que parecen saber donde está todo. En efecto, uno recuerda vagamente haber comprado un sacacorchos, una cinta adhesiva, y estos sujetos son capaces de guiarlo a uno a través de intrincados laberintos de pertenencias, cajones y estantes hasta dar con exactitud con el objeto buscado.

Otras personas se especializan en áreas determinadas del hogar.

—¿Dónde está el cargador del teléfono? —pregunta uno.

—Por ahí —dice el otro, señalando con un gesto ampuloso un territorio vasto e indeterminado, a veces, una habitación entera, sin brindar mayores precisiones.

Los buscadores de objetos perdidos también se dividen en varias categorías. Una de ellas, quizás la más interesante, es la de aquellos que se empeñan en buscar una y otra vez en el mismo sitio esperando resultados diferentes.

Cuando somos testigos de este tipo de pesquisas podemos verlos insistir en el mismo cajón, durante horas, como si el objeto perdido fuese a materializarse de repente en el sitio donde debía estar en primer lugar.

Otra categoría de buscadores incluye a quienes inician el rastreo del objeto perdido en lugares descabellados. Un par de anteojos extraviados puede conducirlos a buscar primero en el microondas, un control remoto puede llevarlos revisar el lavarropas o los anaqueles más inaccesibles de la despensa.

También está la clase de buscador que coloca sus intereses por delante de los demás, como si de algún modo el objeto perdido les otorgara el poder de una orden de allanamiento para revisar las cosas del resto. Un mísero calcetín extraviado y podemos llegar a descubrir todas nuestras pertenencias sometidas a un riguroso escrutinio.

En estos casos es conveniente asegurarse de la existencia real del objeto perdido. No es inverosímil que se utilice la búsqueda como pretexto para la práctica de actividades relacionadas con el espionaje conyugal.

En todo caso, la búsqueda de un objeto suele traer consigo toda clase de acusaciones cruzadas, e incluso incidentes más graves.

Hay individuos que afirman, sin temor al ridículo, que existe una cierta armonía o equilibrio en el desorden; de hecho se jactan de encontrarlo todo en el caos, y basta que alguien se disponga a ordenar sus cosas para que el primero sea incapaz de hallar algo.

Que existen regiones imposibles de cartografiar en los roperos y armarios destinados a la indumentaria femenina no es ninguna novedad. Que las cosas se pierdan allí asombra menos que la habilidad para detectar esos extravíos.

Contrariamente a lo que se cree, la persona desordenada es mucho más sensible que el individuo metódico, sistemático, marcial. De hecho, el desordenado es capaz de descifrar movimientos ínfimos entre sus pertenencias, ángulos sutiles que se modifican entre la distancia de una percha y un tapado, ya en desuso; y a menudo reacciona de forma soez, y hasta violenta, contra aquellos que han penetrado en sus dominios bajo la excusa baladí de la higiene.

Otra metodología consiste en ponerse en el lugar del objeto perdido.

—Si yo fuera un análisis de orina, ¿dónde me escondería? —se pregunta el sujeto.

La cifra de posibilidades en relación a esta última conjetura asciende a una escala astronómica, pero no imposible de resolver mediante el razonamiento crítico.

Finalmente está el buscador pesimista, aquel que encara la tarea de rastrear el paradero de un objeto perdido sin esperanzas de encontrarlo. Frases tales como: en esta casa se pierde todo, son frecuentes en él, y muchas veces disimulan la sospecha de que el objeto en cuestión ha desaparecido por razones paranormales.


Resulta muy difícil sostener la teoría de Charles Fort acerca de aquella dimensión de objetos perdidos, pero tampoco podemos descartarla de cuajo.

En efecto, las cosas se pierden, y muchas veces no vuelven a ser vistas durante generaciones, pero otras reaparecen de forma imprevista en algún viejo desván, detrás del refrigerador, en ese vórtice de energía entre la cama y la mesa de luz, cuando ya nadie las está buscando.




Egosofía. I Diarios de antiayuda.


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La Sombra: el Cadáver Astral que tu consciencia dejará atrás


La Sombra: el Cadáver Astral que tu consciencia dejará atrás.




De las distintas especies de fantasmas que existen en el vasto catálogo de lo paranormal, hay una que resulta infinitamente más interesante que las demás. La teosofía del siglo XIX las denominó Sombras, término exiguo para la espectacularidad pero muy apropiado de acuerdo a sus características.

Repasemos entonces la formación de esta misteriosa entidad capaz de dejar mal parado a cualquiera.

Cuando una persona concluye su paso por el Plano Astral, ascendiendo hacia nuevas y desconocidas esferas de consciencia, abandona detrás de sí su Cuerpo Astral, desintegrándose del mismo modo en que, al morir, dejamos nuestro cadáver físico descomponiéndose bajo tierra.

En esencia, la Sombra es una especie de Cadáver Astral.

Si alguien se tomara el trabajo de exhumar nuestro cuerpo después de algún tiempo, es posible que la imagen no sea precisamente agradable. De hecho, lo más probable es que sea aterradora. Lo mismo ocurre con la Sombra, la cual se encuentra en un irreversible proceso de descomposición.

Ahora bien, este proceso de degradación es ligeramente distinto en el Plano Astral que en el Plano Físico. Según alertan los teósofos, puede ocurrir que una porción de materia mental quede adherida a la Sombra, la parte más grosera de nuestro ser, y que ésta se manifieste de diferentes formas.

Naturalmente, la Sombra o Cadáver Astral no es en modo alguno el individuo real, es decir, su consciencia, sino más bien una entidad no humana del Plano Astral que tiene la misma apariencia y parte de la memoria del sujeto, y que incluso posee sus pequeñas particularidades de carácter, formas de expresarse, etc.

De acuerdo con la teosofía, la Sombra o Cadáver Astral es la responsable de la mayoría de las apariciones de fantasmas, sobre todo de aquellas manifestaciones en sueños de familiares y seres queridos recientemente fallecidos, cuyos mensajes son, en la mayoría de los casos, desconcertantes, cuando no directamente escalofriantes.

La Sombra suele dejar mensajes indescifrables a los vivos. El discurso varía poco, y en general se torna repetitivo. Por más que la persona viva se esfuerce, la interacción es estéril, ya que la Sombra posee un escaso repertorio de palabras y acciones para desarrollar.

Lo curioso es que la verdadera persona, es decir, la inteligencia o alma que abandonó a la Sombra, no es en modo alguno consciente de las actividades de su Cadáver Astral; precisamente porque lo que ha dejado atrás, al ascender a planos superiores, son únicamente sus cualidades, atributos e impulsos inferiores.

En cierto modo, la Sombra es algo así como la versión humana —originalmente humana, aunque ya no lo sea— de las larvas, gusanos y parásitos del Plano Astral.

Algunos vindica na posibilidad de que exista cierta conexión entre la Sombra y los deudos que ha dejado en la Tierra. El dolor, la tristeza, la desolación que sienten los vivos por sus seres queridos que han fallecido pueden alimentar y hasta reanimar el Cadáver Astral durante un tiempo.

Estas apariciones son bastante desagradables.

Si bien la Sombra se asemeja al fallecido, suele parecer desorientado, confundido, e incluso perturbado. Tampoco parece ver u oír a los vivos, sino que se limita a desarrollar su estrecho repertorio de quejas, reproches y actos banales. No es infrecuente que asegure estar rodeado de oscuridad.

La duración de la Sombra no es demasiado prolongada, aunque puede variar de acuerdo a la cantidad e intensidad de materia mental que la anime. El investigador A.E. Powell, autor de numerosos tratados sobre el Bajo Astral, sostiene que la energía del Cadáver Astral se agota rápidamente; en consecuencia, su escaso intelecto se reduce a un ritmo igualmente acelerado.

Para subsistir, la Sombra se aferra a las personas vivas que conoció —en realidad, a las personas que conoció su consciencia—, y se alimenta de ellas como un vampiro energético, a veces llamados vampiros emocionales. Esta etapa, según A.E. Powell, corresponde a las descritas en las leyendas de espíritus que se «pegan» a las personas, es decir, seres que realmente parasitan el cuerpo físico de sus deudos.

Annie Besant y C.W. Leadbeater coinciden en afirmar que la Sombra, aunque carente de inteligencia, puede manifestar cierta astucia, e incluso elaborar algún discurso precario para ganarse el afecto y la devoción de los vivos.

Ya en las últimas etapas de la desintegración, la Sombra se convierte en Cascarón, básicamente el Cadáver Astral que ya ha quemado toda la materia mental que poseía, siendo apenas eso: una cáscara vacía que poco a poco se deshace hasta desaparecer por completo. Podemos compararlo con el cuerpo que yace bajo tierra, cuyas facciones ya han dejado de ser reconocibles, y cuyo cuerpo físico es reabsorbido por la tierra.

El Cascarón o Cáscara Astral ya no posee materia mental; en consecuencia, carece incluso de intenciones elementales, deslizándose como una hoja al viento en las corrientes del Plano Astral. No puede valerse por sí mismo, pero sí puede ser utilizado por los nigromantes, capaces de inyectarles cierta cantidad de energía mental para utilizarlos con propósitos viles.

Esta horrorosa parodia del alma, en tales circunstancias, puede recuperar parte del aspecto de la persona viva, y hasta reproducir algunas palabras y expresiones, las cuales responden a la voluntad del nigromante.

En resumen —según la teosofía—: al morir abandonamos nuestro cuerpo físico, que se pudre bajo tierra; del mismo modo en el que más adelante dejaremos atrás nuestro Cuerpo Astral descomponiéndose en los páramos del Bajo Astral.

En este sentido, los fantasmas que habitan las leyendas podrían ser, en esencia, una representación de las Sombras que se desgradan en el Plano Astral. De ahí que todas esas apariciones tengan algo inquietante, algo perturbador, como si de hecho no representaran del todo a la persona fallecida. Soñar con alguien que ha muerto, salvo casos excepcionales, siempre nos deja esa sensación extraña.

Teniendo en cuenta que en la Sombra solo habitan los impulsos elementales del finado, sobre los cuales poco y nada sabemos, es justo decir que aquellas manifestaciones pavorosas son también genuinas, ya que expresan un costado del ser que a menudo se mantiene oculto, incluso para el propio individuo.

Quién sabe qué intenciones, qué reproches, que ridículas ambiciones manifestará nuestra propia Sombra. Imaginarlo es difícil, casi tanto como visualizar nuestro propio aspecto después de meses, incluso años, dentro de un discreto ataúd.




Más sobre el Plano Astral. I Fenómenos paranormales.


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Avichi: personas que nacen sin alma


Avichi: personas que nacen sin alma.




Uno de los infiernos más interesantes de todas las mitologías es el Avichi budista, que significa «sin movimiento» —o, literalmente, «sin ondulaciones»—; debido a que puede situarse en cualquier parte, o en todas partes, incluso aquí en la Tierra, entre nosotros.

El budismo se refiere al Avichi como el nivel más bajo del Naraka, el infierno, donde habitan los muertos que han cometido las peores atrocidades. Sin embargo, también las personas vivas pueden poblarlo, ya que este infierno no es un lugar físico, sino más bien un estado o condición psico-emocional, desde el cual no hay retorno y donde la premisa es languidecer eternamente.

Es decir que el Avichi no está situado en un lugar específico, sino que consiste en un estado o experiencia de miseria emocional para aquellos que se han entregado con devoción a mal. Lejos de asemejarse al Hades griego, el Hel nórdico, el Sheol hebreo, el Annwn celta, e incluso al Infierno cristiano, el ingreso al Avichi se produce cuando el sujeto rompe su vínculo con el Ego Superior, convirtiéndose básicamente en un ser sin alma.

Lo curioso es que este estado no necesariamente se experimenta después de la muerte, sino que puede producirse aquí, en el plano físico, donde aquellas personas condenadas al Avichi reencarnan sin alma, viviendo una vida plena de sufrimientos, volviéndose más y más bestiales a medida que transcurre el tiempo. Finalmente, después de varias reencarnaciones, la personalidad original del sujeto es aniquilada, quedando apenas un puñado de instintos voraces.

En cierto modo, el Avichi es la antítesis del Devachán, que en términos más o menos generales, e igualmente inexactos, podemos entender como Cielo, aunque muy lejos del concepto cristiano. Por suerte, no es tan sencillo ser condenado al Avichi. Hace falta más que un par de canalladas para conocer ese estado de perpetua miseria. Básicamente está reservado a aquellas personas que han alcanzado los más altos niveles de maldad.

Resulta interesante que la mecánica dentro del ciclo del Avichi sea tan flexible. Uno no ingresa en esa realidad necesariamente después de la muerte, tampoco entre dos reencarnaciones, sino que puede tener lugar dentro de la propia vida del sujeto. No obstante, una vez que comienza el ciclo del Avichi, al cual podríamos denominar como una especie de infierno ininterrumpido, la persona muere y renace una y otra vez dentro sus fronteras, sufriendo constantemente las mismas situaciones.

Quizás por eso el Avichi también es un epíteto del Myalba, la Tierra, es decir, el plano físico, donde coexisten las personas que reencarnan para alcanzar un estado de iluminación con aquellos que se encuentran prisioneros de una rueda que los sumerge más y más profundamente en la oscuridad.

El verdadero quiebre se produce, según el budismo, cuando la persona rompe su vínculo con el Ego Superior, es decir, cuando su personalidad formada en la Tierra se desvincula por completo de la espiritualidad, siquiera al nivel más básico. En esencia, se convierte en alguien sin alma.

El alma personal, para el budismo, es algo así como una hoja conectada a un gran árbol. Nuestros deseos, personalidades, inclinaciones, apetitos, son parte de una desvalida hoja, similar a muchas otras pero, al mismo tiempo, diferente; y que a su vez subsiste al estar conectada a la savia que fluye del árbol, la suma de todas las almas del universo forma una gran consciencia, que a su vez se manifiesta por una infinitud de representaciones temporales en el plano físico.

Para seguir con la misma imagen, la savia de aquel árbol cósmico arroja millones de personalidades sobre el plano físico. Algunas tienen una vida plena: brotan, crecen, se marchitan y renacen, mientras que otras se desconectan de la fuente a través del mal. Estas almas, al incorporarse al estado del Avichi, desaparecen después de un tiempo, sin dejar rastro, en un territorio tan siniestro que ni siquiera puede pronunciarse.

Pero no todo está perdido para los que habitan el Avichi. Mientras aún vive el cuerpo físico que ha perdido su conexión con el árbol todavía quedan esperanzas. Puede ser redimido, a veces a través de la comprensión y el arrepentimiento de sus actos, pero sobre todo mediante el esfuerzo y la determinación para enmendar el daño que ha causado. Esto, sin embargo, ocurre con muy poca frecuencia.


Reencarnación de personas sin alma.

Cuando una persona rompe definitivamente su contacto con el Ego Superior, se convierte en una entidad sin alma, volviéndose más y más animalesca a medida que pasa el tiempo. Tras la muerte de estos individuos, su destino más frecuente es la reencarnación directa, sin haber pasado antes por ninguna etapa de comprensión respecto de sus acciones, precisamente por estar desconectado del ciclo que lo engendró en primer lugar.

Cada reencarnación, en este contexto, trae un mayor y más profundo deterioro de sus capacidades espirituales. Por eso mismo se dice que la Tierra es el Avichi, y el peor Avichi posible; porque al estar separado de su propia esencia, de aquella consciencia global que reencarna con distintos matices y rasgos, la persona sin alma reencarna directamente en la Tierra, y siempre en una criatura inferior y más abyecta. De estos seres se desprende el mito de los Changelings, elementales criados por humanos.

El budismo es bastante duro al respecto. La persona sin alma solo es humano en apariencia y constitución, pero carece de espiritualidad, aún a un nivel muy rudimentario, lo cual lo sitúa en una posición de constantes sobresaltos kármicos a lo largo de su vida. De hecho, las causas y mecanismos del karma y la reencarnación operan sobre él en una espiral descendente; es decir, contraria al ascenso espiritual.

A medida que transcurren las reencarnaciones de la persona sin alma, cada vez más frecuentes y como producto de muertes violentas o prematuras, su ser se torna básicamente animal, elemental —lo cual no quiere decir que carezca de inteligencia, e incluso de genialidad, como veremos más adelante—, hasta que por fin se disuelve en el Kamaloka, donde habitan las almas de los animales.

Esencialmente podemos encontrar dos clases de personas sin alma en la Tierra: aquellos que han perdido su conexión con el Ego Superior (el árbol) en el transcurso de la vida presente, y aquellos que ya nacen sin alma, producto de una ingrata sucesión de reencarnaciones sin aprendizaje ni arrepentimiento en el medio.

Los primeros recién comienzan a desandar el camino del Avichi, mientras que lo segundos, tanto dentro como fuera de sus cuerpos humanos —ya que la reencarnación puede producirse en el Plano Astral, o mejor dicho, en el Bajo Astral—, se encuentran en las últimas etapas previas a la desintegración.

Ahora bien, las personas sin alma no necesariamente son estúpidas, sino más bien todo lo contrario. Poseen un grado de astucia extremadamente elevado, y nadie, a simple vista, podría decir que sobre ellos pesa la ausencia de alma. Pueden imitar todo el rango de emociones humanas, desde el amor a la tristeza, aunque siempre con una nota de exageración que puede despertar sospechas, como si fueran malos actores.

En esencia, los que nacen sin alma son incapaces de sentir empatía, y sus intereses están dirigidos únicamente hacia la satisfacción de sus deseos, casi siempre elementales y en función de una agenda donde predomina el mal. De ahí que el budismo los considere «animales» en términos espirituales.

La persona sin alma, decíamos, en ocasiones no se reencarna inmediatamente en el plano físico, sino que permanece en el plano astral, donde se convierte en una especie de ser que la teosofía denomina Morador del Umbral (Dweller on the Threshold). Sin un cuerpo físico que le permita ejercer acciones que expresen su arrepentimiento, si es que lo tiene, y así revertir su condición, el Morador del Umbral se fortalece en el mal y se convierte en una entidad independiente.

Estos seres no humanos del plano astral, ya que no solo carecen de alma, sino también de cuerpo físico, se dedican a hostigar a los vivos de diversas formas, generalmente alimentándose de nigromantes y practicantes de la magia negra, quienes a su vez los utilizan para sus odiosos ritos. Pueden manifestarse en el plano físico, y a ellos el budismo les atribuye la aparición de Fantasmas, Gente Sombra, Tulpas, Ghouls, Formas de Pensamiento, y toda clase de criaturas nefastas.

Así como el Avichi es el opuesto del Devachán, la existencia inmaterial de las personas sin alma finalmente los conduce a un estado llamado Manvantara, el opuesto, a su vez, del Nirvana.

En esencia, el Nirvana es el cierre del ciclo de reencarnaciones, en donde el ser alcanza la plenitud. El Manvantara, por el contrario, es la condición de existencia más baja que existe, un estado de horror y miseria tan insondables que ni siquiera los sabios se han atrevido a dar cuenta de sus características.

El verdadero objetivo del Mal, al menos dentro de esta filosofía, es absorber la mayor cantidad de personas hacia el Manvantara; es decir, conducir a la humanidad hacia el punto más alejado del Nirvana.

Los Señores del Mantanvara bien pueden ser vistos como demonios, ya que las personas sin alma que lo habitan han cortado todo contacto con las siete esferas de existencia. Son, en resumen, los desgraciados habitantes de la octava esfera, que a su vez tiene dieciséis grados menores.

En los primeros catorce, la entidad, después de atravesar prolongados períodos de sufrimiento, pierde sus siete sentidos astrales y espirituales. Los misterios de los últimos dos grados no se comunican, no pueden escribirse, ni siquiera pronunciarse.

Quizás el concepto de Avichi sea, después de todo, uno de los más interesantes en términos de cómo el ser humano concibe el infierno; en este caso, no ya como un lugar físico, sino como un estado, una condición, que puede atravesarse incluso en nuestro planeta.

Frente a esa posibilidad, es justo razonar que el ritmo de personas que alcanza el Nirvana es mucho más bajo que el de los que se sumergen en el Mantanvara, el pozo más oscuro del Avichi.




Fenómenos paranormales. I Parapsicología.


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«Nuevas tierras»: Charles Fort y las ciudades extradimensionales en las nubes


«Nuevas tierras»: Charles Fort y las ciudades extradimensionales en las nubes.




Frente a una serie inusual de objetos extraviados, Charles Fort se preguntó si acaso todos los objetos perdidos, aquellos que nunca más vuelven a encontrarse, no irían a parar a una especie de universo paralelo; o peor aún, que seres interdimensionales acaso se empeñen en llegar hasta nuestra realidad para sustraer objetos de gran valor sentimental, como el control remoto o las llaves de casa.

Parece absurdo, pero estas sagaces elucubraciones inspiraron uno de los libros prohibidos más extraños de todos los tiempos: Nuevas tierras (New Lands), el segundo libro de Charles Fort, autor de El libro de los condenados (The Book of the Damned).

Realmente no podemos saber por qué las cosas se pierden en casa. Tampoco por qué a veces nos sentimos observados o bien por qué en ocasiones sentimos presencias estando solos, pero Charles Fort conjeturó que tales anomalías responden a una posibilidad inquietante: hay otra dimensión, o muchas, que de tanto en tanto se yuxtaponen con la nuestra, generando a su vez una pasmosa sucesión de hechos desconcertantes.

En Nuevas Tierras, Charles Fort expande la teoría de esta dimensión paralela, a la cual denomina Super Mar de los Sargazos (Super-Sargasso Sea), básicamente un no-lugar en donde los objetos de la Tierra a veces se materializan y vuelven a caer sobre nosotros; así como objetos procedentes de esa otra dimensión se transportan hacia nuestro plano.

Charles Fort sostuvo que existen continentes y ciudades sobre las nubes, desde luego, extradimensionales, pero que en ocasiones, cuando las condiciones atmosféricas son apropiadas, pueden verse desde la superficie del planeta. En este sentido, Nuevas Tierras recopila una estremecedora cantidad de testimonios de personas que aseguran haber visto edificios sobre las nubes, entre otros fenómenos menos espectaculares.

El Super Mar de los Sargazos, cuyo nombre alude al Mar de los Sargazos, próximo al Triángulo de las Bermudas, es también la dimensión a la cual se transportan los objetos perdidos de nuestro mundo; y lo que es aún más inquietante: también las personas que desaparecen misteriosamente de nuestro plano.

Esta hipótesis vertida en Nuevas Tierras no deja de ser interesante. Por un lado, explica el destino de aquellas cosas y personas que desaparecen de nuestro mundo sin dejar rastro. Por el otro, ilumina la causa detrás de las apariciones de objetos y criaturas extrañas que no parecen tener su origen en nuestra realidad.

Lo cierto es que Charles Fort propuso la existencia de esta dimensión paralela sin brindar demasiadas pruebas de su existencia. En este sentido, la elaboración de su hipótesis continúa la filosofía de los escépticos griegos, quienes a menudo presentaban una hipótesis plausible, aunque inexacta, para explicar determinados fenómenos sin creer realmente en ella en términos concretos; en otras palabras, para salir del paso.

Charles Fort evidentemente no acierta el origen de aquellas anomalías, pero quizás no estaba tan lejos del principio que quizás podría explicarlas. En última instancia, Nuevas Tierras propone la existencia de la teleportación, por ejemplo, e incluso la existencia de portales interdimensionales que se abren de manera espontánea, ya sea absorbiendo cosas de nuestro plano o bien regurgitando rarezas desde el otro lado.

Es decir que, si despejamos la maleza de Nuevas Tierras, por cierto, sumamente colorida y exuberante, lo que permanece es un libro que, en principio, abona la creencia de que en ciertas circunstancias es posible cruzar a un universo paralelo, y que esa dimensión y la nuestra interactúan de forma muy frecuente, cotidianamente, casi siempre sin que notemos la diferencia.

Cada interacción entre esos universos produce un cambio, que bien puede ser físico, como la desaparición de objetos y/o personas, como también cronológica, es decir, alterando nuestra línea temporal. De hecho, muchos defensores de la teoría del Efecto Mandela se apoyan en Nuevas Tierras como una de los primeros libros en afirmar que nuestra línea de tiempo es alterada constantemente por fuerzas desconocidas.

El problema con Nuevas Tierras, y por tal caso con todos los libros de Charles Fort, consiste en una descripción desordenada de las anomalías que denuncia. En su afán por enfatizar aquellos fenómenos condenados por la ciencia ortodoxa debido a que no es posible encontrarles una explicación racional, recae en conclusiones asombrosas y sin fundamento alguno.

Sin embargo, de esas afirmaciones, tan extraordinarias como falaces en términos específicos, se pueden extraer algunos conceptos que bien podrían aplicarse de forma genérica.

La yuxtaposición de esta dimensión paralela sirve para justificar una gran variedad de fenómenos inexplicables. Por ejemplo, la Experiencia Aparicional —cuando sentimos que no estamos solos a pesar de estarlo—, las Psicofonías, y básicamente todos los fenómenos paranormales en donde dos o más planos de existencia parecen interactuar entre sí, aún los más exagerados, como la supuesta presencia de Gente Sombra, fantasmas y hasta llamadas telefónicas de los muertos; todo eso puede explicarse a partir de la Teoría del Fin de la Realidad, es decir, una especie de crepúsculo espacio-temporal en el cual dos o más dimensiones se superponen entre sí; lo cual, a su vez, pone en evidencia una falla en la programación del universo.

Esto es lo más interesante de Nuevas Tierras: una obra vital, sumamente ingeniosa y sarcástica, que no solo se limita a los fantasmas, los extraterrestres y las criaturas desconocidas, sino que aspira a mucho más, vindicando la existencia de ciudades y continentes enteros, con sus respectivas geografías y arquitecturas, expandiéndose en el punto de fuga de nuestra propia percepción.

Si bien no existen versiones en español en PDF de Nuevas Tierras de Charles Fort, al menos de las que yo tenga conocimiento, el libro es relativamente fácil de encontrar en bibliotecas. De todos modos, buena parte del material incluido en la obra puede encontrarse también en El libro de los condenados (The Book of the Damned).




Libros prohibidos. I Libros extraños.


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Seres Interdimensionales en los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft


Seres Interdimensionales en los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft.





El Multiverso en los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft es amplio, muy amplio, a tal punto que podemos encontrar seres que emplean la tecnología para viajar en el tiempo, como los Antiguos, y otros que son capaces de moverse libremente entre dimensiones sin recurrir a la ciencia.

H.P. Lovecraft no les asigna un nombre específico a a estas criaturas. Aparecieron por primera vez en: El horror en el museo (The Horror at the Museum), escrito en colaboración con Hazel Heald, y publicado en la edición de julio de 1933 de la revista Weird Tales. Luego reeditado por Arkham House en la antología de 1943: Más allá del muro del sueño (Beyond the Wall of Sleep). Allí se los describe del siguiente modo:


Arrastrándose hacia él desde la oscuridad estaba la enorme y blasfema forma de aquella cosa negra, no del todo la de un simio ni tampoco la de un insecto. La piel le colgaba en jirones sobre el esqueleto, y su rudimentaria cabeza de ojos moribundos se balanceaba de un lado a otro, como la de un borracho. Sus uñas estaban extendidas desde las garras abiertas, y el cuerpo entero agitado por una malevolencia asesina, a pesar de la total ausencia de expresividad facial.

(Shuffling toward him in the darkness was the gigantic, blasphemous form of a black thing not wholly ape and not wholly insect. Its hide hung loosely upon its frame, and its rugose, dead-eyed rudiment of a head swayed drunkenly from side to side. Its fore paws were extended, with talons spread wide, and its whole body was taut with murderous malignity despite its utter lack of facial expression).

Es poco más lo que aporta H.P. Lovecraft sobre estos Seres Interdimensionales. Por su descripción bien podrían tratarse de Ghouls, o por tal caso de cualquier otra criatura de la noche, como los antiguos vampiros de la leyenda; sin embargo, en el relato se deduce que son capaces de caminar entre diferentes planos y dimensiones, una habilidad, convengamos, muy poco frecuente.

Más adelante, en el mismo cuento, se añade lo siguiente:


Cobarde, no podrías enfrentarte al destructor dimensional, cuya piel vestí para asustarte. El mero hecho de verlo vivo, o incluso de pensarlo en términos absolutos, te mataría instantáneamente de miedo.

(Coward —you could never face the dimensional shambler whose hide I put on to scare you— the mere sight of it alive, or even the full-fledged thought of it, would kill you instantly with fright).


Es probable que H.P. Lovecraft no haya profundizado demasiado en estos desagradables Seres Interdimensionales debido a que no son una creación enteramente suya; o mejor dicho, su desarrollo no lo es, como veremos más adelante.

Un año antes de la publicación de El horror en el museo, apareció un breve pero fascinante cuento de Clark Ashton Smith titulado: Los cazadores del más allá (The Hunters from Beyond), donde los Seres Interdimensionales son descritos con mayor profundidad.

Estos cazadores son seres grisáceos, con cabezas entre simiescas y caninas, ojos hundidos en profundas cuencas amarillentas y largos brazos con enormes garras. Lo interesante es que, si bien tienen una apariencia material, su origen es extradimensional, lo cual los hace inmateriales en nuestro mundo, es decir, podemos verlos pero no pueden tocar o ser tocados.

Clark Ashton Smith incluso describe la dimensión de la cual proceden:


Una llanura larga, gris y rezumante, debajo de los cielos donde los vapores del Infierno se retuercen como un millón de dragones fantasmales y distorsionados.

(A long, gray, oozing plain, beneath skies where the fumes of Hell were writhing like a million ghostly and distorted dragons).


Esta región es denominada Dimensión Inferior (Lower Dimension), una especie de Bajo Astral, si se quiere, donde los Seres Interdimensionales atraen a los seres humanos a través de los laberintos del Plano Astral, hundiéndolos en el cieno gris para que sus mentes y sus almas sean devoradas.

Los Seres Interdimensionales, decíamos, se asemejan mucho a los Seres del Bajo Astral descritos en por la teosofía; y, dentro del profuso bestiario de los Mitos de Cthulhu, a los Lloigor: parásitos del Bajo Astral de hábitos más bien precarios.

Uno puede percibirlos al sentirse observado en un lugar en donde no hay nadie más, o bien directamente sentir presencias cuando estamos solos. En cualquier caso, la tradición los describe como espíritus que se «pegan» a las personas para alimentarse de algún tipo de energía vital.

Resulta interesante que estos Seres Interdimensionales sean tan similares a las larvas, gusanos y parásitos del Plano Astral de la tradición. La única diferencia, en todo caso, es que tanto H.P. Lovecraft como Clark Ashton Smith prescinden del por qué a la hora de recurrir a ellos. En definitiva, ¿cómo podríamos siquiera suponer cuál es la agenda de criaturas capaces de saltar de una dimensión a otra?

En este sentido, los Seres Interdimensionales están más allá de nuestra comprensión. Del mismo modo, nuestros conceptos e ideas resultan insignificantes para ellos. No obstante, por sus hábitos podemos suponer que son depredadores, y acaso también insignificantes dentro de su propia realidad.

Otros Seres Interdimensionales en la obra de H.P. Lovecraft son captados por el resonador de Tillinghast en: Desde el más allá (From Beyond), aunque tal vez estas entidades no provienen de otra dimensión en absoluto, sino que existen en una frecuencia o vibración distinta de la de nuestra realidad física, y que de hecho todo el tiempo estamos a un paso de percibirlas; sin embargo, nuestros ineficaces sentidos apenas traducen esas presencias en sombras fugitivas que desaparecen por el rabillo del ojo.

En cualquier caso, estos Seres Interdimensionales parecen ser simplemente cazadores, tal como los denomina Clark Ashton Smith; pero hay otras criaturas interdimensionales en los Mitos; por ejemplo, aquellas entidades de abominables de Los perros de Tíndalos (The Hounds of Tindalos), de Frank Belknap Long, quienes se dedican a perseguir y castigar a todos aquellos que se atreven a ver más allá de la realidad, básicamente alimentándose de sus víctimas a nivel metafísico.

En resumen: los Seres Interdimensionales de los Mitos, así también como los de la tradición mágica, rastrean a sus presas a través de pensamientos, de recuerdos, de las vibraciones negativas producidas por las palabras blasfemas de un libro o de un rito. Quizás incluso una lectura azarosa del Necronomicón, o de cualquier otro libro prohibido, acaso desprenda una fragancia repugnante que los atrae.

Esta es, quizás, la principal característica de los Seres Interdimensionales: aquellos que abren los ojos hacia el más allá, aquellos que se aventuran a otros reinos y planos, que miran de frente a la oscuridad, también se vuelven visibles para estas criaturas.




Más sobre H.P. Lovecraft. I Mitos de Cthulhu.


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Relato de Edith Nesbit.
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