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Nunca silbes de noche.


Nunca silbes de noche.




Una leyenda compartida por muchas culturas de todo el mundo, que luego sería revalorizada por la parapsicología y el estudio general de los fenómenos paranormales, sostiene que no es prudente silbar por la noche. En la mayoría de las versiones de la leyenda, participar en esta práctica es como una invitación a los espíritus malignos.


«Comenzó a eso de las diez de la segunda noche. Tom y yo estábamos en la biblioteca cuando oímos un silbido espantoso y sobrenatural que venía del corredor este (...) Era un silbido prolongado, monstruoso e inhumano, que llegaba de muy lejos (...) El abominable silbido se convirtió en un extraordinario aullido y, de repente, con la rapidez del trueno, se hizo un absoluto silencio.» [La habitación que silbaba (The Whistling Room), William Hope Hodgson]


Este tipo de incidentes [supuestamente] paranormales ocurre con mayor frecuencia durante la noche, cuando la persona está sola, o es la única que está despierta, y la casa está en silencio. Por costumbre o por esa necesidad humana de llenar el silencio, la persona silba, pero no un silbido armónico, por ejemplo, como al tratar de seguir la melodía de una canción, sino un sonido aleatorio, estridente. Entonces, se oye otro silbido, que puede ser distante o inquietantemente cercano, que responde.

Si la persona tiene la desafortunada idea de continuar ese diálogo, la respuesta ya no será un silbido, sino un chillido ensordecedor [ver: Escucho sonidos del pasado]

En la mayoría de las culturas nativas, no se debe silbar por la noche porque «algo» puede venir por uno. La leyenda originalmente estaba dirigida a alertar a los caminantes sobre los peligros de estas entidades que imitan el silbido humano para atraer a la gente a la oscuridad. Hoy en día se lo considera una vieja superstición, pero mucha gente, especialmente en las zonas rurales, todavía cree en esto [ver: Un espíritu está tratando de comunicarse conmigo]

Desde las hadas europeas a los skinwalkers de los nativos norteamericanos, muchas culturas consideraban que ciertas entidades de la naturaleza pueden sentirse atraídas por determinados sonidos, como los silbidos, que pueden imitar a la perfección para atraer a los incautos [ver: Espíritus que imitan la voz humana]. De hecho, se creía que estos seres pueden imitar la voz de personas que conoces, el llanto de un bebé o el angustioso pedido de ayuda de una mujer en la oscuridad. La condición previa para que ocurran estos sucesos es un perfecto silencio, algo difícil, por no decir imposible, en un entorno natural. La creencia es que hay algo ahí afuera que no debería estar, y los animales se han retirado o se mantienen en un estado de prudente alerta. Responder el silbido es un error porque eso le da reconocimiento y mayor facilidad para localizarte.

La advertencia subyacente en todo esto es: nunca silbes de noche porque no sabes qué puede estar acechando y ubicarte, ya sea desde el mundo espiritual o el físico.

Una antigua leyenda galesa alerta a los caminantes nocturnos que se aventuran por caminos solitarios, cuando no directamente por el bosque, y escuchan este silbido lejano que parece continuar sin interrupción. Si la persona sigue caminando, el silbido continúa, pero cada vez más apagado, como si se alejara. Pero si el caminante se detiene, el silbido se corta abruptamente y aparece un hombre bajo, de cuerpo ancho, con un sombrero de ala ancha que oculta sus facciones, caminando torpemente en la dirección contraria. Se le debe saludar con cortesía y no interponerse en su camino. Al pasar, el hombre bajo seguirá silbando en ese tono constante y monótono, sin pausa.


«Daba la sensación de una lejanía infinita Era un sonido, además, que parecía poseer (como poseen también muchos olores) el don de suscitar imágenes en el cerebro. Por un momento vio con absoluta claridad la escena de un paraje inmenso en la oscuridad de la noche, barrido por un viento frío, en cuyo centro aparecía una figura solitaria.» [Silba y acudiré (Oh, Whistle and I'll Come to You), M.R. James]


Una de las 8 fases de la actividad Poltergeist consiste en oír voces o silbidos que imitan el tono característico de alguien conocido, a veces vivo, otras que ha vivido en la casa, pero con un tono burlón. La persona, por ejemplo, puede escuchar que algo imita su propia voz en otra habitación o detrás de una puerta cerrada. Esto es algo bastante común en las primeras instancias del Poltergeist. La recomendación es intentar ignorarlo, no entablar una conversación ni hacer ningún tipo de contacto o comunicación con la entidad. Solo buscan atención y reconocimiento, que logran al obtener una respuesta. Tampoco se debe hablar de «ellos» con nadie dentro de la casa [ver: Escuchar fantasmas en la casa]

Algunas personas tienen la experiencia de escuchar silbidos durante la noche justo después de acostarse, antes de quedarse dormidas, casi siempre el silbido característico de alguien que conocen, o que ha fallecido, el cual resulta claramente familiar. En estos casos, no es infrecuente que este silbido específico sea el que la persona usaba para llamar la atención de los demás. No suele escucharse cerca, como a los pies de la cama, algo que sucede con frecuencia en los Poltergeist, sino siempre desde cierta distancia, o incluso desde otra habitación.


«Un tenue silbido, inconfundiblemente burlón, sonó en la habitación. Un escalofrío helado me subió por la espalda y, después de recorrer la frente, se alojó en mi nuca. El repugnante sonido llenaba toda la habitación con una extraordinaria y grotesca parodia del silbido humano, aunque resultaba demasiado gigantesco para proceder realmente de un hombre. Era como si algo monstruoso intentase silbar como un ser humano.» [La habitación que silbaba, W.H. Hodgson]


Ahora bien, antes de empezar a considerar un origen sobrenatural para estos silbidos hay que tener en cuenta explicaciones más terrenales. La información auditiva no siempre es procesada con fidelidad por el cerebro, que por diseño busca amenazas en todas partes. Tampoco es infrecuente experimentar flashbacks auditivos antes de quedarnos dormidos, que pueden ser voces, sonidos y silbidos que escuchamos durante el día y que parecen volver a sonar dentro de la cabeza. A veces la persona puede escuchar un grito antes de quedarse dormida, o más generalmente la voz de alguien conocido que la llama por su nombre [ver: Algo me llamó por mi nombre]

Por supuesto, la hipótesis sobrenatural/astral se apoya sobre el mismo principio: cuando la recepción de información se produce en un estado de trance/disociativo del cerebro, por ejemplo, durante el sueño leve, la concentración, la meditación, puede inducir cambios en el procesamiento auditivo y abrirnos a una percepción más amplia de la realidad. En otras palabras, a escuchar cosas que no podemos escuchar cuando nuestro cerebro está trabajando con plena lucidez.

Todas las historias sobre bosques embrujados y genius loci se basan en la siguiente premisa: SIEMPRE HAY ALGO ESCUCHANDO. En este contexto, las entidades que la mayoría de nosotros trataría de evitar a menudo son convocadas inadvertidamente mediante la práctica, en apariencia, inocua, de silbar. Aunque es perfectamente aceptable a la luz del día, antiguamente se creía que silbar durante la noche, también dentro de casa, es buscar problemas.

Desde siempre se creyó que, en las horas de la noche, las entidades malévolas pueden asomarse e incluso desgarrar el velo invisible que nos separa de ellas. Por supuesto, en ninguna tradición se dice que pueden hacerlo sin una invitación. De hecho, muchos grimorios explican al practicante temerario que silbar en el tono adecuado puede invocar a estos instrumentos de oscuridad. Pero, ¿qué tiene que ver esto con la persona común y corriente que, sin albergar malas intenciones, silba imprudentemente en la ducha? Según el espiritismo, mucho. Allan Kardec, autor de El libro de los espíritus (Le livre des espirits), sostiene que silbar en el tono óptimo podría explicar las manifestaciones repentinas que tienen lugar en hogares sin antecedentes previos de actividad paranormal [ver: Señales de que hay un espíritu en tu casa]

Después de escuchar silbidos de respuesta, voces imitadas y otros fenómenos auditivos menores, las personas que han invocado inadvertidamente a estas entidades pueden observar figuras solitarias en sus casas, siluetas oscuras, a veces indefinidas, que comienzan a condensarse luego de recibir atención y reconocimiento [ver: Gente Sombra]. Por razones que nadie ha sabido explicar, estas figuras suelen ser vistas en los rincones en penumbras, inmóviles. Cuando se las confronta, se desintegran en una especie de humo o vapor que se derrama sobre el suelo, o bien flota a través del techo. Después de recuperar la compostura, los conmocionados ocupantes de la casa llegarán a la conclusión de que están siendo atacados por una presencia sobrenatural. Rara vez se considerará que esta presencia ha sido invitada a entrar en sus vidas con un simple silbido. Si uno toma al pie de la letra estas leyendas, prácticamente cualquier cosa que hagamos puede atraer invitados indeseables del otro mundo.


«Las leyes que rigen los vientos no son perfectamente conocidas. Supongamos que, en determinadas circunstancias, un hombre o a una mujer, a deshora, silba en la costa y poco después se levanta un fortísimo viento. Cualquier entendido que sepa observar el cielo o que tenga un barómetro habría podido predecirlo. Pero las gentes sencillas no poseen barómetros. ¿Qué más natural que considerar al personaje extravagante que yo he supuesto como causante del viento? Ahora tomemos el caso del viento de anoche: resulta que yo mismo estuve silbando, dos veces, y el viento pareció levantarse exactamente como si respondiera a mi llamada.» [Silba y acudiré, M.R. James]


Una práctica bastante extendida entre los iniciados a la nigromancia consistía en esperar a la puesta del sol, dejar una sola ventana abierta, y silbar en un tono alto y constante, ininterrumpidamente, durante treinta segundos [una proeza para pocos] hasta escuchar una especie de chasquido. Si el procedimiento tenía éxito, una ráfaga de aire caliente atravesaría la ventana y daría de lleno sobre el practicante. Uno presume que esta práctica debería realizarse en las noches invernales, o en anocheceres fríos, porque, razonando como M.R. James, quedarse frente a una única ventana abierta resultará en sentir una eventual ráfaga de viento; es decir, ese es el resultado previsible en esta situación, independientemente de invocaciones y demonios. Quizás por eso se habla de una ráfaga de aire «caliente» [ver: El Hombre de Lino: análisis de «Silba y acudiré»]

Por un lado, tenemos culturas diferentes de todo el mundo que creen en criaturas o entidades sobrenaturales que silban por la noche para desviar a las personas de su camino y atraerlas al peligro. La mayoría de estos seres son considerados espíritus de la naturaleza, o encarnaciones del bosque, que buscan extraviar a los viajeros. Por otro lado tenemos los fenómenos Poltergeist, que se producen puertas adentro, y que involucran entidades que silban o imitan el silbido de alguien conocido para las personas que viven en la casa, pero dentro de una batería de actividad. El silbido de los imitadores no parece ser demasiado fiel al original, pero hay casos en los que no solo logran engañar a las personas de la casa, sino a las mascotas.

El psicoanalista y parapsicólogo británico Nandor Fodor, seguidor aventajado de Sigmund Freud, consideraba que las perturbaciones de los Poltergeist son manifestaciones de conflictos subconscientes, no entidades autónomas. En el libro de 1951: Gente embrujada (Haunted People) relata la historia de una pareja que, estando en la sala, escucharon a un hombre silbando una melodía. El sonido provenía de la cocina, y ambos fueron hasta allí pensando que el silbido se filtraba por una ventana abierta. Sin embargo, a medida que se acercaban a la cocina, el silbido se interpuso entre ellos, pasó de largo y se lo oyó subiendo las escaleras, como si algo hubiera pasado caminando, preocupado en sus propios asuntos. No se oyeron pasos arriba, tampoco otros fenómenos, pero, al ser interrogados por Nandor Fodor, el esposo sostuvo que estaba experimentando una terrible pesadilla recurrente en la que seres demoníacos se arrastraban sobre él y trataban de asfixiarlo. Incapaz de gritar, el hombre solo podía emitir un sonido sibilante [ver: Sentir que hay un espíritu en casa]

En El libro de los médiums (Le livre des médiums), Allan Kardec recoge el testimonio de muchas mujeres médiums [la mayoría, farsantes de feria] que coincidían en algo en sus discursos sobre el proceso mediúmnico. Al parecer, estas médiums experimentaban una especie de zumbido en los oídos, y a veces un silbido grave, cada vez que un espíritu intentaba comunicarse, seguido de una sensación de hormigueo subiendo por la nuca hasta llegar al cuero cabelludo. Una médium afirmó que los espíritus podían volverse bastante impacientes si no les prestaba atención, y que, en ciertos espacios interiores, solía escuchar un fuerte ¡Pssst! detrás de ella.

En 1930, el polítco estadounidense Upton Sinclair escribió un libro titulado Radio mental (Mental Radio) sobre las supuestas habilidades telepáticas de su esposa, Mary. Al parecer, Mary Craig Sinclair solía escuchar un silbido singular proveniente de algún lugar recóndito de la casa, que poco a poco se iba acercando a ella, hasta que eventualmente sonaba como si estuviera justo a su lado. Después de un espacio de tiempo donde no ocurría nada destacable, aparecía otro silbido, con una melodía distinta, afuera o en el pasillo de entrada. Según ella, eran dos entidades comunicándose mediante silbidos, aunque se abstuvo de proporcionar algún argumento que sostenga esa hipótesis [ver: ¿De qué están hechos los espíritus?]

Si bien la presunción de Nandor Fodor de que los fenómenos paranormales son manifestaciones externas del subconsciente, no entidades inteligentes generando problemas, coincide en que estas fuerzas internas utilizan el mismo combustible del que tradicionalmente se alimentan los espíritus de la naturaleza: el miedo. Y es un combustible que se quema lentamente, tal vez por eso la mayoría de los informes paranormales sobre apariciones y actividades de tipo poltergeist parecen comenzar poco a poco.

Inicialmente están los típicos sonidos de pasos, golpes, seguidos del movimiento/desplazamiento/pérdida y reaparición de objetos pequeños, hasta llegar a estímulos auditivos más concretos, como voces o gritos; y tal vez apariciones visuales de sombras y figuras [ver: Pasos, golpes, objetos que caen y otros ruidos inexplicables]. Finalmente llegamos a la instancia de las lesiones, como rasguños y cortes [ver: Arañazos, rasguños y marcas en la piel durante la noche]. Siempre encontramos la misma progresión. ¿Por qué? Asumiendo que estas entidades son reales [en términos sobrenaturales o subconscientes], y considerando que necesitan energía, miedo, para existir o manifestarse, ¿cuál es el punto de partida en esta progresión? ¿Podría ser algo tan ínfimo como un silbido?

Existen varios tipos diferentes de manifestaciones externas, y la forma en que estas entidades reaccionan ante los vivos depende de qué tipo de apariciones sean. Los tipos principales son: energías residuales [no inteligentes y no conscientes de su entorno], inteligentes [genius loci, doppelgängers, elementales, etc.], poltergeist, y entidades que muchos llaman «demoníacas», aunque no estoy satisfecho con esa denominación. Que el miedo realmente los alimente, o no, depende en gran medida del tipo de entidad. A lo sumo, el miedo y otros sentimientos negativos asociados les proporcionan una ventaja.

Los silbidos iniciales gradualmente se transforman en voces, que no suenan en absoluto como voces ordinarias. Parece como si la entidad tuviera que dominar un medio extraño para convertir los sonidos en palabras. La mayoría de estos incidentes comienzan con una voz gutural que suena como si estuviera compuesta de gruñidos inarticulados, como si tosiera las palabras. Poco a poco las voces se desarrollan hasta convertirse en un susurro bajo pero audible.

Las apariciones residuales son como la grabación de un evento que se reproduce una y otra vez a lo largo del tiempo, activándose en determinadas circunstancias [ver: ¿Los fantasmas son «grabaciones» impresas en la realidad?]. Esta grabación posee un patrón, un registro, y no se mueve de ahí. Los silbidos podrían inscribirse en este fenómeno sólo si se producen en intervalos regulares [ver: La teoría de la Cinta de Piedra]

Una entidad inteligente, por otro lado, tiene una intención, es consciente de su entorno, y parece necesitar del reconocimiento de las personas vivas para obtener energía, o autorización, para manifestarse con mayor intensidad. Esto puede ser interesante o aterrador, dependiendo de la personalidad de la entidad [ver: ¿Los fantasmas saben que están muertos?]

En el caso de un poltergeist, hay alrededor de ocho etapas diferentes, pero siempre comienza con sonidos débiles: pasos, crujidos, risitas, gruñidos, murmullos o voces distantes que simplemente no puedes distinguir. En una instancia posterior pueden escucharse golpes, gritos, voces que llaman a las personas por sus nombres, etc. La siguiente etapa es el movimiento [aparentemente] autónomo de objetos [el lanzamiento de piedras sigue siendo popular], que a veces son pertenencias pequñas que desaparecen y reaparecen en otro lugar, aunque a veces nunca lo hacen [ver: ¿Por qué las cosas se pierden en tu casa?]. La cuarta fase es la comunicación. A veces la entidad nos mostrará un código de golpes [uno para «sí», dos para «no»], que puede volverse bastante más complejo que eso, por ejemplo, utilizando manchas de moho y humedad [ver: Un golpe: «SÍ»; dos golpes: «NO»; tres golpes: «DÉJAME ENTRAR»]. En ocasiones la comunicación intentará establecerse a través de silbidos. Por norma general, las afirmaciones hechas por entidades durante un poltergeist son mentiras.

Las manifestaciones «demoníacas» [a las que sería mejor referirse como «destructivas»] son el tipo más famoso, lo cual es extraño, porque también son el tipo más raro [ver: Sobre las apariciones demoníacas]. Las entidades miserables del bajo astral a menudo se intentarán convencer a las personas de que son demonios con nombres terribles y grandilocuentes para ejercer mayor autoridad y control. Por el contrario, una entidad destructiva nunca revelará su verdadera naturaleza, y tratará de disfrazar sus actividades afirmando que es el fantasma de la abuela o alguna patraña similar. La intención de estas fuerzas, además, es distinta de lo que hemos visto en los ejemplos anteriores. A los golpes, rasguños, susurros y gruñidos se añaden anomalías eléctricas, todo dirigido hacia un objetivo particular. La persona no puede dormir, o mantenerse dormida, y empieza a desarrollar bruscos cambios de personalidad. Una persona bajo el influjo de una entidad destructiva puede reaccionar ante sus seres queridos de la manera más agresiva por hacerle una sencilla pregunta [ver: Cómo protegerse de las entidades del bajo astral]

En general, los silbidos no están relacionados con entidades destructivas, tampoco con el genius loci, que suele ser hostil al sentir que su territorio es perturbado. El Poltergeist es la opción más común, aunque estas fuerzas no siempre calibran cuánto se necesita para asustar a las personas y la situación puede desbordarse cuando la actividad aumenta. A medida que la gente se acostumbra a las cosas pequeñas, como los silbidos, intensifican el juego para asustarte.

Por supuesto, antes de atribuir estos sonidos a cuestiones espirituales primero debemos descartar explicaciones mundanas, como las emisiones otoacústicas espontáneas. El oído humano genera sus propios ruidos; de hecho, la mayoría de las personas adultas con una audición normal los tienen. Estos sonidos normalmente se perciben como un leve silbido o zumbido, y carecen de melodía. Esto explicaría por qué algunos de estos silbidos son esuchados por una sola persona en la casa. Sin embargo, esta misma explicación podría aplicarse al fenómeno de la clariaudiencia, es decir, la capacidad de escuchar sonidos que están más allá del rango normal de audición.

La emisiones otoacústicas espontáneas son crudas. No poseen ningún elemento inquietante, a lo sumo, pueden ser algo muy molesto; pero la clariaudiencia [el equivalente auditivo de la clarividencia] está asociada a una especie de voz interior cuyo tono no tiene nada que ver con la voz conocida de nuestro monólogo interno, y que además parece separada del pensamiento consciente. Los médiums y psíquicos [chapuceros en su mayoría] afirman oír esta voz interior que expresa nombres, música, frases y otras impresiones auditivas como silbidos, zumbidos y chasquidos. Las sesiones espiritistas victorianas comenzaban oficialmente cuando la médium experimentaba un largo y monónoto timbre agudo que presagiaba la proximidad de un espíritu con intenciones de comunicarse.

¿Alguna vez has escuchado pasos o gente hablando, pero no hay nadie cerca? ¿O sonidos, especialmente por la noche, que otros no pueden oír? Si el lector prefiere la explicación científica, se trata de emisiones otoacústicas espontáneas. Si, en cambio, elige la opción espiritista, podría tratase de un episodio de clariaudiencia.

Puede resultar aterrador escuchar voces, especialmente cuando estás solo. Los clariaudientes a menudo refieren tener dificultades para gestionar los entornos ruidosos y la contaminación acústica cotidiana de la vida moderna. Algunas personas incluso pueden confundir estas experiencias con un brote psicótico. Sin embargo, existe una distinción importante entre «escuchar cosas» que otros no pueden y un episodio psicótico. Esto último implica disociarse de la realidad y entrar de lleno en el reino de la fantasía, lo cual no ocurre con la clariaudiencia.

Para finalizar, digamos que estos silbidos paranormales suelen ocurrir en el ámbito del hogar, de noche, o bien cuando la casa está en silencio; y suele comenzar con una sensación de incomodidad física, como si no fueras bienvenido. El silbido propiamente dicho puede ser fuerte pero muy corto, tanto que incluso podrías dudar de que haya ocurrido en primer lugar. Pero también puede sonar como la misma nota pero en un patrón extraño, seguida de un descanso o intervalo de varios minutos, hasta que los silbidos se hacen más cortos. Esto suele escucharse como proveniente de varios lugares, como si la persona que los emitiera estuviese moviéndose. Cuando el silbido se detiene del todo, la sensación de incomodidad desaparecerá.




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El artículo: Nunca silbes de noche fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción, enviar consultas o compartir tu experiencia, escríbenos a elespejogotico@gmail.com

¿Por qué los vampiros necesitan ser invitados a entrar?


¿Por qué los vampiros necesitan ser invitados a entrar?




Los Vampiros de la leyenda [y algunos de la ficción] están sujetos a una de las prohibiciones más extrañas y difíciles de comprender. La idea aquí es que un Vampiro no puede entrar en una casa a menos que sea invitado por uno de sus ocupantes, una prohibición que parece ir en contra de toda lógica. Quiero decir, si los Vampiros son esencialmente depredadores, ¿por qué deberían necesitar la invitación de sus víctimas? Sería igualmente desconcertante obligar a un tigre que solo pueda atacar a una presa dispuesta a convertirse voluntariamente en su cena [ver: Razas de vampiros]

Entonces, ¿por qué los Vampiros necesitan una invitación para entrar en una casa?

No parece una prohibición lógica. Después de todo, ningún depredador tendría éxito ni siquiera remotamente con tal restricción. Sin embargo, hay una explicación, pero para eso debemos derribar algunas confusiones, y estas son muchas cuando observamos las viejas leyendas de Vampiros desde una perspectiva actual.

Por ejemplo, ¿por qué la estaca para matar a un Vampiro tiene que ser de madera? En realidad, no es así. El hierro funciona perfectamente bien, pero si vivías en la Edad Media esto era costoso, y no todos tenían acceso al hierro. En este sentido, la madera era una buena opción, pero no cualquier tipo de madera. Necesitabas espino blanco, fresno o endrino, es decir, un tipo de madera muy dura. De todos modos, la estaca de madera ni siquiera era para matar al Vampiro [el tipo ya estaba muerto], sino para clavarlo en la tierra mientras le cortabas la cabeza y le colocabas un lindo ramo de flores de ajo en la boca.

Una confusión similar ocurre con la idea de que el Vampiro debe ser invitado para entrar en un lugar.

En la Edad Media, especialmente en las regiones de Europa Oriental donde proliferaban las leyendas de Vampiros, existía la creencia de que el umbral de la puerta principal de una casa era una especie de barrera protectora que daba seguridad al hogar. Si un Vampiro intentaba entrar sin ser invitado, se debilitaría, o incluso perdería sus poderes; lo cual básicamente lo ponía a merced de sus presas. En otras palabras, el Vampiro sí podía entrar sin ser invitado, pero despojado de sus poderes. Tal vez por eso las antiguas leyendas de Vampiros sostenían que estos atacaban primero a sus familiares más cercanos, es decir, aquellos que más probablemente los dejarían entrar.

Pero, ¿de dónde surgió la idea de era necesario invitar a los Vampiros?

En 1645, el teólogo griego León Alacio —Leo Allatius (1586-1669)— escribió el primer tratado sobre vampiros y otras creencias populares de Grecia, llamado De Graecorum hodie quorundam opinationibus [«Sobre ciertas opiniones actuales de los griegos»], donde sostiene que los Vampiros no pueden dañar a los ciudadanos ni vulnerar sus hogares a menos que sus propietarios respondan al llamado de estas criaturas. Según Alacio, el simple hecho de abrir la puerta era considerado por los Vampiros como una «invitación a entrar», es decir, no era necesario invitarlos verbalmente. Más adelante, el teólogo añade:


[Porque muy a menudo, habitando este cuerpo, el vampiro sale de su tumba y se dirige a las aldeas, especialmente de noche, y llama a la puertas de las casas. Llama en voz alta, con voz ronca, gutural, el nombre de sus ocupantes. Si alguien así responde, está perdido; porque de seguro morirá al día siguiente. Pero si no responde, está a salvo. Por lo tanto, en esta isla de Quíos, todos los habitantes, si durante la noche son llamados por alguien, nunca responden la primera vez. Porque, si un hombre es llamado por segunda vez, no son los Vrykolakas quienes lo están convocando, sino otra persona.]


Aquí, la regla de la invitación existe porque el ataque de fuerzas sobrenaturales a menudo se consideraba un castigo por tentar al destino. En este caso, invitar a una criatura monstruosa a tu hogar, abrirle la puerta a lo sobrenatural, es la parte tentadora. Alguien que sabiamente se queda en casa y manda a la mierda a extraños espeluznantes que quieren entrar en medio de la noche estará a salvo [ver: Porqué todavía necesitamos a los Vampiros]

Ahora bien, si un Vampiro necesita ser invitado a entrar, ¿en qué lugar queda la víctima? Quiero decir, el Vampiro no se disfraza de abuelita para anunciarse [¡esos engañosos Licántropos!]. Como afirma Alacio, llaman «en voz alta, con voz ronca, gutural, el nombre de sus ocupantes». Si abres la puerta sabes lo que sucederá. De hecho, abrir la puerta al Vampiro, «invitarlo a entrar», equivale a darle consenso. En términos freudianos podríamos decir que no hay vampirismo sin el deseo de ser vampirizado. Y, en ese caso, ¿la víctima no deja de ser una víctima al invitar a entrar al Vampiro?

Es decir que el Vampiro solo ingresa en un hogar si es invitado, lo cual equivale a decir que el Vampiro nunca es un Intruso. Nunca hace una entrada forzada, sino que siempre es invitado a la casa por un deseo de ser vampirizado que ya está presente en, al menos, un habitante de la casa. Tiene que haber una correspondencia entre el deseo de ser vampirizado y la entrada del Vampiro, lo cual excluye el concepto de víctima [ver: El enlace entre el Vampiro y su víctima]

En el mismo siglo Alacio [XVII] tenemos la obra anónima: El extraño misterioso (The Mysterious Stranger) [que no debe confundirse con la historia de Mark Twain del mismo nombre], donde una mujer, Franziska, invita al vampiro Azzo a entrar. Esto es lo más cercano en la ficción a la idea de que un Vampiro tiene que ser invitado a entrar en una casa antes que Drácula, y prueba que las opiniones de Alacio no eran personales, sino que esta leyenda estaba bien extendida en Europa.

Es en la ficción donde esta leyenda se expresa con mayor exactitud, más precisamente en el Drácula de Bram Stoker, cuyo tema central es la Otredad. Esta novela toma muchos elementos de Carmilla, Lord Ruthven y Varney [historias que también abrevan en las viejas leyendas de Vampiros]. Todas estas figuras tienen algo en común: la Otredad. Son diferentes del mero ser; son forasteros, desconocidos.

Sin una invitación, Drácula no puede entrar en la casa de una persona. Por lo tanto, debe ser astuto. Tiene que atraer a sus presas fuera de sus casas o persuadirlas para que le permitan entrar. En el Capítulo conocido como El huésped de Drácula (Dracula's Guest), el Conde también parece necesitar que sus víctimas entren voluntariamente en su castillo. Esto es lo que le dice a Jonathan Harker al abrirle la puerta:


[¡Bienvenido a mi hogar! ¡Entre libremente y por su propia voluntad!]


En el Capítulo 18 [El Diario de Mina Harker], Van Helsing enumera una larga lista de rasgos y atributos del Vampiro, y aborda directamente el tema de la invitación:


[Es posible que (Drácula) no pueda entrar al principio, a menos que haya algunos miembros de la familia que lo inviten; entonces podrá ir y venir a su antojo.]


En la versión del Drácula anotado [The Annotated Dracula], Leonard Wolf omite cualquier opinión respecto del comentario de Van Helsing, pero Leslie S. Klinger añade una afirmación rotunda: «No hay apoyo folclórico para la afirmación de Van Helsing». También comenta que esta oración se agregó al manuscrito original [mecanografiado] a mano, con la letra de Bram Stoker. Parece haber sido una ocurrencia tardía, o el autor tal vez pensó que no había dejado este punto lo suficientemente claro. En cualquier caso, como hemos visto en la obra de Alacio, efectivamente hay sustento para la idea de que Drácula no podía entrar en un lugar a menos que sea invitado, aunque no podemos saber si Bram Stoker leyó o no la obra del teólogo griego [ver: Las fantasías privadas de Bram Stoker]

El hecho de que los Vampiros deban ser invitados a entrar parece tener algún tipo de relación con la creencia de que el Diablo solo puede comerciar con personas predispuestas. Es bien conocido el concepto del Pacto Satánico, que no es otra cosa que un contrato en donde se acepta la venta del alma a cambio de ciertos favores. En este contexto, no es ilógico afirmar que los Vampiros, como agentes del Maligno, también requieren algún tipo de «acuerdo» con sus víctimas, como se observa en el incidente anterior con Harker o en el comentario de Van Helsing [ver: El código secreto en el «Drácula» de Bram Stoker]

En cierto modo, Bram Stoker codificó el comportamiento de los Vampiros en lugar de utilizar fragmentos dispersos de las leyendas como parte de su historia. Al hacerlo, creó muchos de los rasgos del Vampiro que tomamos como algo natural; por ejemplo, no reflejarse en los espejos, aversión al ajo, sensibilidad a los crucifijos y la capacidad de transformarse en murciélago u otros animales nocturnos. Sin embargo, Bram Stoker también inventó otros rasgos que casi hemos ignorado: sensibilidad a la Hostia consagrada, no arrojar sombra, etcétera. Curiosamente, los únicos elementos codificados en la novela que han trascendido, dispersándose y expandiéndose en incontables relatos de vampiros posteriores, son aquellos que encuentran algún sustento en la leyenda; es decir, solo aquellos que no fueron inventados por el autor sobrevivieron y se volvieron rasgos centrales el Vampiro en la ficción [ver: Strigoi: los vampiros que inspiraron la leyenda de Drácula]

Si lo analizamos detenidamente, el mito creado por Bram Stoker describe a un Vampiro, el Conde Drácula, como un ser sobrenatural excepcionalmente limitado en sus acciones. A cada paso debe ingeniárselas para superar algún tipo de prohibición. Por ejemplo:

-Drácula debe regresar a su tierra natal cada noche. Perfecto, dice el Conde, puedo llevar mi tierra natal conmigo, y envía cajas de tierra de Transilvania a Inglaterra.

-Los Vampiros no pueden cruzar ninguna corriente de agua. Bien, dice Drácula, haré que alguien más se encargue de eso, y aborda el Deméter dentro de una caja.

-Los Vampiros no soportan la luz el sol. No hay problema, usaré un sombrero ancho y lentes oscuros.

Drácula debe superar a cada paso algún tipo de limitación o prohibición. Es el Monstruo Antiguo, el Monstruo de la Leyenda, tratando de evitar sus viejas limitaciones con herramientas modernas. Y sus oponentes hacen lo mismo: usan teléfonos y fonógrafos y telégrafos recientemente desarrollados para organizarse y tratar de destruirlo.

Pero, si un Vampiro solo puede entrar si sus víctimas lo invitan a entrar, ¿por qué fueron atacadas las dos mujeres de la novela, Lucy Westerna y Mina Harker, si ninguna de ellas lo invitó a entrar? [ver: Mina y Lucy: la ideología de género en «Drácula»]

Si bien Drácula parece estar sujeto a toda clase de prohibiciones, su ingenio le permite aprovechar cada ocasión que se le presenta. Por ejemplo, muy temprano en la historia se nos informa que Lucy Westenra es sonámbula; de modo que Drácula, incluso si no es invitado, puede atraerla al exterior. De hecho, a Van Helsing le toma un tiempo considerable detectar lo que está sucediendo, precisamente cuando los remedios tradicionales, como el ajo, no pueden defender a la joven [ver: Drácula y las mujeres]

Si bien es cierto que Van Helsing siempre corre detrás de las estrategias de Drácula, generalmente termina descifrando el comportamiento del Conde, lo cual eventualmente le permite anticipar algunos de sus movimientos. En la entrada del 3 de octubre del diario del doctor Seward, Van Helsing dice:


[¿No ves cómo, últimamente, este monstruo se ha estado infiltrando, cómo ha estado utilizando al paciente zoófago para efectuar su entrada.]


En el Capítulo 19 se presentan los primeros indicios de que Mina Harker se convertirá en la próxima víctima del Vampiro. No es por casualidad que elige a Mina: ella es la esposa de Jonathan Harker y la amiga más cercana de su última víctima, Lucy Westenra [ver: Bloofer Lady: la transformación de Lucy Westenra]. Es interesante que nos enteremos de la visita del Conde por un relato casi impresionista de la propia Mina. En este punto, ella registra cosas en su diario que no comprende del todo ni asocia con el vampirismo, pero el lector es plenamente consciente de lo que está ocurriendo [ver: Por qué Drácula nunca pudo enamorarse de Mina]

Hay una curiosa ambigüedad presentada en este capítulo, en cuanto a cómo el Vampiro logra entrar en la habitación de Mina [en realidad, las habitaciones particulares del doctor Seward, donde Mina se está alojando temporalmente]. Recordemos que Van Helsing ya había declarado que los Vampiros no pueden entrar en un lugar sin antes ser invitados. El lector, en este punto, no tiene idea de cómo entró Drácula a la habitación de Mina; más aún, al principio nos sorprende que haya podido ingresar, y nos inclinamos a preguntarnos si acaso ella misma no lo invitó a entrar.

Más tarde, sin embargo, nos enteramos que Drácula había utilizado a Renfield para ser invitado al manicomio [ver: Síndrome de Renfield: el vampirismo como enfermedad mental]. Ahora está claro por qué Bram Stoker ha estado usando al paciente en la novela y también por qué todos los personajes principales son visitantes en la casa de Seward. En efecto, Drácula ataca a Mina Harker en las habitaciones privadas del doctor Seward en el manicomio. Todos creen que allí estará a salvo, pero se equivocan. Recién entonces, Van Helsing descubre que Renfield [el «paciente zoófago»] es quien ha invitado a entrar al Vampiro.

En la novela, Renfield no es el psicótico balbuceante que retrata la versión de Coppola. Por el contrario, es un paciente notablemente lúcido, un hombre letrado y erudito [ver: El Drácula de Coppola y las cloacas de Stoker]. Renfield incluso se burla de esta inquietante manía que ha adquirido: recolectar moscas y arañas. Esa noche, Seward le ordena a un asistente que haga guardia fuera de la celda de Renfield para observar cualquier comportamiento aberrante. Más tarde esa noche, se oye un grito en la celda de Renfield. Al acercarse a investigar, Seward descubre que Renfield ha resultado gravemente herido: su rostro ha sido brutalmente golpeado, hay un charco de sangre en el suelo y aparentemente su espalda está rota. Al parecer, invitar a Drácula le trajo consecuencias inmediatas.

Más tarde en la historia, Van Helsing usa el destino fatal de Renfield para demostrar que Drácula está expandiendo su esfera de influencia y está usando personas inocentes para lograr sus objetivos.

El episodio de Renfield sugeriría que la invitación de un recluso es suficiente para otorgar acceso a todo el manicomio, incluidas las habitaciones particulares del doctor Seward. Esto resulta preocupante para aquellos que viven en un edificio de apartamentos. Solo se necesitaría la invitación de un residente para que el Vampiro pueda acceder a cualquier departamento, y desde entonces «ir y venir a su antojo». Estas, al menos, parecen ser las reglas que establece Drácula.

Son muchos los vínculos entre el Vampiro y la religión. En la Edad Media eran considerados símbolos del mal y, en consecuencia, del paganismo; por eso no pueden ingresar voluntariamente en iglesias o pisar tierra consagrada. En este sentido, el mal es una representación abstracta del pecado: no puede tocarte ni dañarte a menos que haya una pizca de voluntad por parte del ser humano; de ahí que los principales enemigos del Vampiro siempre sean hombres de fe inquebrantable. Sin embargo, como el pecado, los Vampiros pueden ejercer un efecto muy persuasivo.

Volviendo al tema principal de este artículo, debemos aclarar que no es una «casa» a la que el Vampiro necesita ser invitado, sino un «hogar». Es una diferencia sutil pero importante. Un Vampiro puede entrar a su antojo en cualquier lugar, pero necesita que se lo invite si quiere entrar en un hogar, es decir, una vivienda habitada por personas.

El principio que actúa aquí, decíamos, es lo que se conoce como «umbral». Los umbrales y ventanas son, esencialmente, las fronteras del hogar. Actúan como una barrera para cualquier entidad sobrenatural que quiera entrar sin ser invitada. Es decir que no solo los Vampiros están sujetos a esta jurisdicción. Por ejemplo, en la Edad Media se creía que si un mago o una bruja entraba en una casa sin ser invitados tenían dificultades para disponer de todo su poder. Si una criatura sobrenatural intenta entrar sin ser invitada puede sufrir, como los Vampiros, una variedad de efectos negativos, generalmente derivados de lo «antinatural» del cuerpo que están ocupando.

Otro ejemplo interesante en la ficción sobre el tema de la invitación se encuentra en el Fausto de Goethe. Mefistófeles, aunque se trata de un demonio y no de un Vampiro, inicialmente asume la forma de perro negro y no puede cruzar el umbral del hogar de Fausto hasta que este lo invita. Más tarde, ya en forma humana, necesita que Fausto le diga que entre tres veces para poder ingresar.

Es evidente que el tema de la Otredad es esencial en el mito de los Vampiros. Drácula es un excelente ejemplo y, como hemos visto, también las historias de Lord Ruthven, Varney y Carmilla. También podemos encontrar el mismo motivo en Entrevista con el vampiro [ver: ¿Cuál es el problema de Louis de Pointe du Lac?] y Salem's Lot [ver: Drácula visita Salem's Lot]: el Vampiro es diferente del común de las personas [más allá de ser un Vampiro]. En todo caso, el vampirismo es solo una expresión externa de su naturaleza diferente.

Hablando de la novela de Stephen King, la primera persona en hacer la conexión con el vampirismo es Matt, un maestro solterón y autor frustrado [ver: 4 tipos de vampiros en el Multiverso de Stephen King]. El sepulturero local, Mike, ha estado anémico desde que trabajó en el entierro del chico Glick. Matt vio marcas en el cuello de Mike, y si bien creía en monstruos: abusadores, asesinos en masa, no en esto. Pero luego oye a Mike, en la habitación contigua, invitando a alguien a entrar:


[Y en el terrible y pesado silencio de la casa, mientras se sentaba impotente en su cama con el rostro entre las manos, oyó la risa aguda, dulce y malvada de un niño.]


Si los Vampiros son, por definición, forasteros, y que por lo tanto necesitan ser invitados, tal vez por eso están históricamente enfrentados con la figura del Hombre Lobo. Mientras que el Vampiro es un desconocido, un outsider, con frecuencia el Hombre Lobo es retratado como un un enemigo que surge desde dentro de la comunidad [ver: El origen de la enemistad entre Vampiros y Hombres Lobo]




Vampiros. I Mitología.


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Balrogs: ¿Maiar o espíritus?


Balrogs: ¿Maiar o espíritus?




Con respecto a Balrogs, J.R.R. Tolkien escribió lo siguiente en la Carta #144:


[Los Balrogs, cuyas armas principales eran los látigos, eran espíritus primigenios del fuego destructor, principales servidores del primitivo Poder Oscuro de la Primera Edad.]


Esta declaración de Tolkien es sorprendente, dado que todo parece indicar que los Balrogs no son espíritus innominados, sino Maiar caídos [ver: ¿Qué sucedió durante la lucha entre Gandalf y el Balrog?]. De hecho, al final del Valaquenta se dice lo siguiente:


[Porque de los Maiar, muchos fueron atraídos a su esplendor en los días de su grandeza, y permanecieron en esa lealtad hasta su oscuridad; y a otros los corrompió a su servicio con mentiras y obsequios traicioneros. Terribles entre estos espíritus eran los Valaraukar, los azotes del fuego que en la Tierra Media se llamaban Balrogs, demonios del terror.]


Entonces, aunque no todos los Maiar corruptos se convirtieron en Balrogs [por ejemplo, Sauron], todos los Balrogs fueron inicialmente Maiar. Lo sorprendente aquí es que se los conozca en la Tierra Media como Valaraukar, aparentemente de vala [«poder»] y rauco [«monstruo»], lo cual es un poco extraño. Una posible explicación sería que, en la Carta #144, Tolkien se refería a los Ainur como «espíritus primigenios», que no deben confundirse con los espíritus primitivos, como Ungoliant; o bien los orígenes de los Balrogs aún no estaban determinados en este punto [ver: ¿Ungoliant y Shelob eran Maiar o algo más?]

Aparentemente, cada Balrog es una Maia; así como cada Maia es un Ainur, que también se describen así en el Valaquenta:


[Los Grandes entre estos espíritus que los Elfos llaman Valar, los Poderes de Arda.]


Así que aquí tenemos a los más poderosos de los Ainur que descienden a Eä, los Valar, que se describen como espíritus. Más tarde, Tolkien también habla de los Maiar explícitamente como espíritus:


[Con los Valar vinieron otros espíritus cuyo ser también comenzó antes del Mundo, del mismo orden que los Valar pero de menor grado. Estos son los Maiar.]


Sin embargo, Tolkien también utiliza la palabra «espíritu» [spirit] para describir a los no-Ainur. Los Elfos tienen espíritus que arden [el nacimiento de Feänor agota tanto el espíritu de su madre que termina matándola]. Entonces los Balrogs son espíritus; también son Maiar, y también son Ainur. Pero no son Valar [ver: El «Fuego Secreto», la «llama de Anor» y la «llama de Udûn».]

De hecho, en ocasiones Tolkien describió a los Balrogs como Úmaiar, donde ú es un prefijo negativo en Quenya. Sin embargo, ú a veces significa «malo», «malvado», o simplemente «no». Finalmente, Tolkien se decidió por lo último, pero algunas palabras no cambiaron. Así, Úmaiar significa «Maiar malvado», pero Úamanyar significa «no de Aman». En cualquier caso, el término Úmaiar representa la concepción de que los Balrogs [Valaraukar] eran espíritus poderosos antes de la creación de Arda.

Definir a los espíritus en la mitología de Tolkien es complicado, si no imposible. Sabemos que había diferentes tipos de espíritus. Los dos más comunes son Fëar y Ëalar, que son los espíritus que requieren un cuerpo [hroä, como los humanos], y los espíritus que no requieren un cuerpo [como los Ainur]. Los espíritus mencionados en las citas anteriores habrían sido los Ëalar, que Morgoth corrompió para formar a los Balrogs, aunque Tolkien también menciona espíritus fundamentalmente malignos que no se convierten en Balrogs [ver: Morgoth y la ingeniería genética que creó a los Orcos]

En la mitología de Tolkien, un espíritu fundamentalmente puro, como el de los Elfos, puede corromperse fácilmente. Por ejemplo, sabemos que los espíritus élficos pueden resistir la llamada de Mandos cuando están separados de sus cuerpos: es decir, después de haber muerto. Tolkien los llama «los sin hogar» [the Houseless] o «los incorpóreos» [the Unbodied] [ver: El horror cósmico en El Señor de los Anillos]. También dice:


[En estos días posteriores (después de la derrota de Morgoth y Sauron) más y más Elfos que permanecieron en la Tierra Media ahora rechazan la convocatoria de Mandos, y deambulan sin casa por el mundo, reacios a dejarlo e incapaces de habitarlo, acechando árboles o manantiales o lugares escondidos que alguna vez conocieron. No todos son amables ni están manchados por la Sombra. De hecho, el rechazo de la llamada es en sí mismo un signo de corrupción.]


Tolkien continúa diciendo que una persona que aún viva en un hroä [cuerpo] debe evitar hablar con los espíritus élficos, porque estos pueden buscar poseer el cuerpo. Y luego está este dato interesante:


[Se dice que Sauron hizo estas cosas y enseñó a sus seguidores cómo lograrlas.]


Por eso a Sauron se le llama el Nigromante; alguien que usa espíritus de los muertos para lograr sus malvados propósitos [ver: Thû: la historia del verdadero Nigromante de Dol Guldur]. Sabemos que el Rey Brujo de Angmar usó la nigromancia para encarcelar a los espíritus de los hombres en los Túmulos, por lo que claramente es posible hacer lo mismo con los espíritus de los Hombres y los Elfos [ver: El misterio de los Tumularios]

Entonces, aparentemente, hay todo tipo de vagabundos incorpóreos deambulando por la Tierra Media. Y pueden ser peligrosos, pero a su vez suceptibles de ser controlados a través de la nigromancia.

En este contexto, los Balrogs podrían encajar en cualquier categoría espiritual conocida de la Tierra Media, y aun otras sobre las que no sabemos absolutamente nada. En la siguiente cita, Tolkien deja en claro que hay más cosas además de los Valar y Maiar en el mundo:


[Aunque Manwë es su Rey y mantiene su lealtad bajo Eru, en majestad son iguales, superando sin comparación a todos los demás, ya sean de los Valar y Maiar, o de cualquier otra orden que Ilúvatar haya enviado a Eä.]


¿Otra «orden»? Evidentemente parece que hay otros tipos de espíritus en la Tierra Media además de los mencionados anteriormente, pero su naturaleza exacta no está clara. Tampoco está claro qué tipo de espíritus convocó Yavanna para entrar en algunos de los Olvar [flora] y Kelvar [fauna] [ver: ¿Quién o qué era el Viejo Hombre-Sauce?].


[Cuando los Niños despierten, entonces el pensamiento de Yavanna también despertará, y convocará espíritus desde lejos, y ellos irán entre los kelvar y los olvar, y algunos habitarán allí, y serán tenidos en reverencia, y su justa ira será temida.]


¿Tolkien se refiere aquí a los Maiar o alguna otra «orden» de espíritus? Hay un problema similar con los Balrogs [y también con los licántropos]. Si los espíritus en ellos fueran Maiar, ¿por qué Morgoth los encarcelaría en cuerpos oscuros? [y Sauron en cuerpos de lobos, en el caso de los licántropos] ¿Por qué no simplemente ordenarles que tomen una forma física en particular, lo cual ya estaría dentro de las capacidades de un Maia? Tal vez haya una «orden» de espíritus que no podían asumir formas físicas por sí mismos.

Parece haber todo un abanico de espíritus inclasificables en la Tierra Media que no entran en la categoría de los Ainur [Valar o Maiar]. En otro lugar, Tolkien escribe:


[Por supuesto, cuando haces hablar a los Trolls, les estás dando un «poder», que en nuestro mundo (probablemente) connota la posesión de un «alma».]


Algunos de estos espíritus errantes ni siquiera necesitan ocupar un cuerpo físico para manifestarse. De hecho, hasta hay objetos inanimados que pueden hablar, como Gurthang:


[Y de la hoja resonó una voz fría en respuesta: «Sí, beberé tu sangre con alegría, para poder olvidar la sangre de Beleg, mi amo, y la sangre de Brandir, asesinada injustamente. Te mataré pronto».]


Incluso un bolso es capaz de hablar en Arda:


[Los bolsos de los Trolls son traviesos, y este no era la excepción. «¿Ere, oh?» —chilló, mientras salía del bolsillo.]


Seguramente estos no eran Maiar. Pero entrar en este terreno resbaladizo es peligroso. Nos llevaría a hablar de las Criaturas sin Nombre o de Tom Bombadil, y ya hemos cometido ese desatino en el pasado [ver: ¿Tom Bombadil podría haber derrotado a Sauron?]. Como suele ocurrir con Tolkien, no hay una respuesta definitiva.

Volviendo específicamente al tema de los Balrogs, Tolkien declara lo siguiente en El Anillo de Morgoth:


[Estos fueron los espíritus que se adhirieron a él [Morgoth] por primera vez en los días de su esplendor, y se asemejaron más a él en su corrupción: sus corazones eran de fuego, pero estaban envueltos en tinieblas, y el terror se apoderó de ellos. Balrogs fueron nombrados por los Noldor en días posteriores.]


Es una suposición común que los Balrogs hayan pertenecido a la orden de los Maiar, quienes habrían sido seducidos y corrompidos por Morgoth, llegando a asumir formas físicas aterradoras. Esto está bien respaldado en la mitología de Tolkien en su versión más desarrollada, pero es bueno recordar que, en instancias anteriores, los Balrogs eran muy distintos.

Inicialmente, Tolkien manejó la posibilidad de que hubiese una gran cantidad de Balrogs en Arda, incluso cientos de ellos, lo cual fue descartado más adelante. Christopher Tolkien indica que su padre finalmente decidió que no hubiese más de siete, y lo dejó registrado en una nota al margen en uno de sus manuscritos [«no debería suponerse que más de 3 o, como mucho, 7, alguna vez existieron»]. El propio Tolkien señaló que, en los primeros escritos, los Balrogs eran mucho más numerosos y destructibles de lo que se volvieron más tarde.

Ciertamente, Tolkien vaciló sobre cuántos Balrogs quería y cuán duros los imaginaba. Por otro lado, esta capacidad de Morgoth para seducir y corromper espíritus a su servicio planteaba otro dilema. Si Morgoth simplemente hubiese podido «crear» tropas de choque tan formidables como los Balrogs, no se hubiese detenido con unos pocos; sobre todo en los primeros tiempos, cuando estaba mortalmente aterrorizado de dejar Angband por casi cualquier motivo y sufrió graves reveses en las primeras batallas con los Elfos. Las cosas solo cambiaron para él cuando pudo abrumar a la oposición con números. Cualquier intento de usar sus poderes directamente fue un fracaso. Sin embargo, esto no significa que sus Balrogs fueran unos tontos; solo que los Elfos tampoco lo eran.

Según una nota de Christopher Tolkien al comienzo de Los anales tempranos de Belerian (The Earliest Annals of Beleriand) encontramos lo siguiente:


[Llegaron cien mil orcos y mil Balrogs.]


En este punto es lícito suponer que, en algún momento, hubo miles de Balrogs en la Tierra Media, aunque este número se redujo significativamente después de que Fionwe cruzara el Sirion en la Guerra de la Ira, donde:


[Los Balrogs fueron destruidos, salvo unos pocos que huyeron y se escondieron en cavernas inaccesibles en las raíces de la tierra.]


Es importante mencionar que la concepción temprana de los Balrogs los describe como una especie de gárgolas del tamaño de un Troll, cuya función era transportar y capitanear a la infantería de Morgoth [tal vez inspirados presumiblemente por los tanques que Tolkien vio en la Primera Guerra Mundial]. En este sentido, los Balrogs comenzaron como capitanes más o menos sobrenaturales, y mucho más vulnerables de lo que serían más adelante.

El número de Balrogs cambió a medida que evolucionó la concepción del mundo de Tolkien, y no deberíamos tomar material de los Cuentos Perdidos o del Quenta Noldorinwa demasiado literalmente. Después de todo, en los Cuentos Perdidos Beren era un Elfo, y el precursor de Sauron era un gran felino. En esta primera instancia, los Balrogs definitivamente no eran Maiar. En la época de El Señor de los Anillos, el concepto había cambiado, y un Balrog se convirtió en una fuerza destructiva capaz de acabar con el reino Enano más poderoso.

La nota: «no debería suponerse que más de 3 o, como mucho, 7, alguna vez existieron», alude a los Balrogs que definitivamente sabemos que existieron: Gothmog, el Balrog que mató a Glorfindel [y que fue muerto por el Elfo], y el Daño de Durin. Un cuarto, Lungorthin, Señor de los Balrogs, aparece en la primera versión de La balada de los hijos de Húrin (Lay of the Children of Hurin), pero hay algunas dudas sobre él [¿es otro nombre de Gothmog? ¿Es solo un señor Balrog?]. Finalmente hay otro posible Balrog, o una Balrog en realidad [Tolkien jamás la llama «Balrog», pero la intención parece haber sido inscribirla en el mismo tipo de espíritus de fuego:


[Arien la doncella era más poderosa que él, y fue elegida porque no había temido los calores de Laurelin, y no fue herida por ellos, siendo desde el principio un espíritu de fuego a quien Melkor no había engañado ni atraído a su servicio.]


Realmente no podemos clasificar a Arien como una Balrog, sino más bien como una potencial Balrog. Ella es un espíritu de fuego, pero como Melkor no la corrompió, nunca se convirtió en Balrog.

El rol y el estatus de los Balrogs evolucionaron a medida que maduraba la historia. También podemos concluir razonablemente que no todos los Balrogs fueron «nombrados» por Tolkien [así como no todos los Ents, o cualquier otra raza, fueron nombrados en su totalidad], por lo que la posibilidad de un número mayor de Balrogs es probable, aunque miles parece irrazonable considerando su poder. Cuanto más dura es una especie en el universo de Tolkien, menor es su número total. En algún lugar entre 50 y 100 de estas criaturas parece bastante razonable para su nivel de rudeza.

Claro que para llegar a una respuesta sobre la naturaleza de los Balrogs como Valar, Maiar o espíritus, solo debemos tener en cuenta las ideas tardías de Tolkien, no las anteriores, que fueron rechazadas. Los textos que hablan de cientos de Balrogs y de Elfos que los matan por docenas en Gondolin, son todos textos muy tempranos, o textos que nunca fueron revisados ​​por completo. En ese momento, los Balrogs todavía eran creaciones de Morgoth [¡y Gothmog era incluso su hijo!]. Es por eso que, en el Silmarillion publicado, Cristopher Tolkien eliminó la mayoría de las referencias a hordas de cientos de Balrogs.

Cuando Tolkien decidió que Morgoth no podía crear vida, convirtió a los Balrogs en Maiar y, en consecuencia, redujo su número en gran medida. Por eso anotó que solo debían ser 3, «o como mucho 7». Esta nota puede no ser definitiva, pero ciertamente la última intención de Tolkien fue que no hubiera muchos Balrogs. Incluso es posible que no hubiera hecho que Glorfindel luchara contra un Balrog si hubiera reescrito la historia de Gondolin, como deseaba. De hecho, en uno de los últimos ensayos de Tolkien, que se encuentra en Historia de la Tierra Media, volumen XII (History of Middle Earth vol. XII), cambió el nombre «Balrog» por la palabra «demonio» al escribir sobre esta batalla.




Tierra Media. I Taller gótico.


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Miedo a la oscuridad


Miedo a la oscuridad.




Nunca entendí a las personas que dicen tenerle miedo a la oscuridad. Dejame decirte algo: nadie le tiene miedo a la oscuridad. No existe tal cosa. Nunca existió.

No falta el imbécil que teoriza sobre estos asuntos para impresionar a sus amigos, hablando sobre el miedo a lo desconocido, a la noche, a la negrura primaria de la caverna. Y los amigos asienten, y deberían, porque reconocen el miedo, lo conocen, pero no entienden que la oscuridad no tiene nada que ver con el miedo.

Sería exagerado entrar en consideraciones antropológicas aquí, de modo voy a resumirlo brutalmente: la culpa la tienen los cuentacuentos. Me refiero a esos sujetos que mantenían a toda la tribu en vilo, sentados alrededor del fuego, contando historias sobre la oscuridad. Las cosas no cambiaron mucho desde entonces. Ahora se llaman poetas, novelistas, artistas de lo macabro. Toda gente despreciable.

No sé hasta qué punto son concientes del fraude que han perpetrado contra la oscuridad. Supongo que los más inteligentes se habrán dado cuenta, pero han preferido seguir adelante para obtenener reconocimiento, estatus social, en fin. Estoy seguro que el cuentacuentos de la tribu, en algún rincón inhóspito de África, hace miles de años, no pasaba hambre. Mierda, probablemente se acostaba con las mujeres más hermosas.

Ya que estamos derribemos otro mito: no es que el más viejo de la tribu fuera el cuentacuentos, era el más viejo de la tribu porque era el cuentacuentos. Mientras los demás morían cazando, librando guerras contra los clanes vecinos, levantando toscos altares a los dioses indiferentes o desangrándose en el parto, el cuentacuentos vivía, y vivía bien. Comía abundantemente, se mantenía lejos del peligro, se le dispensaba del trabajo uro, era agasajado en todas las casas.

Alguien tenía que contar historias.

Y los que [aún hoy] se sientan alrededor del fuego, bueno, ¿qué puedo decir sobre ellos? No me inspiran ninguna lástima. No hay persona más ingrata que aquella que cree tenerle miedo a la oscuridad.

Pensalo bien: la oscuridad te protege desde que fuiste engendrado. Te cubrió en el vientre materno mientras tu cuerpo se desarrollaba. ¿Estabas a disgusto ahí? ¿No fue cuando saliste a la luz que las cosas empezaron a complicarse? No hay llanto en la oscuridad del útero, no hay necesidades, ni frío, ni calor, ni hambre. No hay tiempo.

¿Y qué tal cuando tenías cuatro años y llamabas gritando a papá y mamá, en medio de la noche, porque creías que había un monstruo en tu cuarto? Pensalo detenidamente: ¡no podías ver al monstruo porque estaba demasiado oscuro!

Por suerte para vos, el monstruo tampoco podía verte.

Y no podía verte gracias a la oscuridad.

No me hagas empezar sobre las veces que te cubrías con las sábanas porque tenías miedo. ¿No estabas buscando la reconfortante seguridad de la oscuridad? Claro, en ese entonces eras un niño, y, seamos sinceros, ¿qué saben los niños? Pero después te hiciste grande, y un día, mientras caminabas despreocupadamente por la calle, viste que un coche estaba a punto de atropellar a una vieja. ¿Qué hiciste entonces? Te tapaste los ojos con las manos.

Hasta el suicida más determinado cierra los ojos un segundo antes de golpear el suelo.

No, no le tenés miedo a la oscuridad. No existe tal cosa.

La oscuridad te protegió todos estos años, incluso antes de que empezaras a contar los años. Siempre estuvo para vos, siempre te recibió cuando la necesitaste, como una madre.

Pero la ingratitud no es tu responsabilidad. Sos el último eslabón de una cadena milenaria. Fuiste engañado por el cuentacuentos, y así debe ser para que tu civilización exista.

Solo te doy un consejo. No me deshonres. Porque la próxima vez que tengas miedo y cierres los ojos, buscando mi cálido abrazo, tal vez no vuelvas a abrirlos.




Egosofía. I Diario Éxtimo.


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Los extraños poderes de los Nueve Anillos


Los extraños poderes de los Nueve Anillos.




El Anillo Único puede corromper a su portador, hacerlo invisible y dotarlo potencialmente de otros poderes, pero, ¿cuáles eran los poderes de los Nueve? Sabemos que los Nazgûl, antes de convertirse en Espectros, poseían «poderosas habilidades mágicas y la capacidad de influir en la voluntad de las personas» [ver: ¿Qué significa realmente la inscripción en el Anillo Único?]

En primer lugar, es importante aclarar que la invisibilidad no es un poder del Anillo Único, sino más bien un efecto secundario de su uso por manos mortales. Si bien el Anillo Único fue diseñado específicamente para permitir que Sauron ejerza su voluntad sobre los portadores de los otros Anillos, nunca se dan detalles explícitos sobre lo que realmente hacen estos artefactos [ver: El misterioso Anillo de Saruman]

Según Gandalf, una característica universal de los Anillos de Poder era concederle a cualquier portador mortal una vida mucho más allá de la natural. Es probable que este sea un efecto secundario del poder de los Anillos, ya que Sauron originalmente tenía la intención de que todos fueran usados por los Elfos, que para empezar eran inmortales. Sin embargo, el individuo que conservaba el Anillo no obtenía más vida; simplemente continuaba existiendo hasta que la vida se volvía insoportable. Bilbo Bolsón declaró, cerca del final de su tiempo como portador, que estaba comenzando a sentirse «delgado y estirado», una señal de que este proceso estaba comenzando a afectarlo [ver: Gandalf, como Señor del Anillo, sería peor que Sauron]

En El Silmarillion se indica que los Siete Anillos de los Enanos no eran fundamentalmente diferentes de los Nueve que se les dieron a los Hombres, ya que originalmente Sauron tenía la intención de que los Siete y los Nueve residieran en manos de los Elfos para poder controlarlos. Está implícito en ese trabajo que Sauron simplemente le dio a los Hombres nueve de los dieciséis Anillos menores porque eran más fáciles de controlar. Sin embargo, en otras obras se hace referencia a los Nueve y los Siete porque cada uno tiene su propio conjunto distintivo. Si sus efectos sobre sus portadores eran diferentes, así como en los poderes que conferían, no se indica.

También se menciona en Cuentos inconclusis (Unfinished Tales) que los Siete fueron creados antes que los Nueve. Sauron ayudó a crear los Siete y los Nueve, por lo que es probable que sus poderes y efectos sobre sus portadores fueran similares, incluso si cada conjunto era distinto. Es importante señalar que el hecho de que los Siete no sometieron a los Enanos está relacionado con la naturaleza resiliente de los Enanos mismos, no con los Anillos [ver: Khuzdul: la lengua secreta de los Enanos]

Es probable que los efectos de uno de los Nueve Anillos sobre un Enano sean los mismos que los de uno de los Siete, y si un Hombre empuñara uno de los Siete, probablemente aún se convertiría en un espectro. Los Tres eran fundamentalmente diferentes porque Celebrimbor, trabajando solo, los creó para propósitos específicos, que no estaban en sintonía con la línea de pensamiento de Sauron, y este presumiblemente no supo de su creación hasta después del hecho.

Los Nueve Anillos fueron entregados a los hombres condenados a convertirse en los Nazgûl, los Espectros del Anillo. Ninguno se menciona específicamente en El Señor de los Anillos, salvo su líder, el Rey Brujo de Angmar. Su segundo al mando es nombrado en los Cuentos inconclusos como Khamûl, el Negro del Este. La línea del epígrafe de Tolkien: «Nueve para los hombres mortales condenados a morir» se refiere al destino de los hombres, único entre las creaciones de Eru, quienes pasan más allá de Arda hacia un destino desconocido para los Elfos. Fue esta incertidumbre, y la envidia de los hombres por la inmortalidad de los Elfos, lo que Sauron explotó.

Los efectos de los Nueve Anillos en los Hombres comienzan por permitirles adquirir gran poder y riqueza, además de ciertas inclinaciones por la magia. En efecto, todos los portadores se convirtieron en poderosos hechiceros, y parecían tener vida eterna a los ojos de los demás. Sin embargo, después de un tiempo, la vida se volvió insoportable para ellos, y cuando se ponían los Anillos a menudo contemplaban los fantasmas y los engaños de Sauron.

Uno por uno, de acuerdo con la naturaleza del Hombre y su incapacidad innata para resistir el mal, cayeron bajo el control permanente de Sauron y se convirtieron en espectros, en servidores, permanentemente invisibles, excepto para aquellos Elfos que alguna vez habitaron en las Tierras Imperecederas [pocos, de hecho, en la Tercera Edad] y los Maiar como Sauron y los Magos. También eran visibles para quien usara el Anillo Regente [se desconoce si los otros Anillos conferían esta habilidad]. Este proceso también pareció vincular sus vidas y poderes con los de Sauron, convirtiéndolos en poco más que extensiones de su voluntad.

Cuando el poder de Sauron era débil, los propios Espectros también eran bastante impotentes. Sin embargo, a medida que Sauron se hizo más fuerte, se volvieron mucho más poderosos, hasta el punto en que el Rey Brujo presumiblemente pudo igualar a Gandalf el Blanco en fuerza [ver: ¿Gandalf podría haber derrotado a Sauron?]

No está claro dónde se guardaban físicamente los Nueve Anillos. En el Concilio de Elrond se discute la historia de los Anillos de Poder, y se afirma que Sauron ha «reunido a los Nueve para sí mismo», aunque también se dice que «los Nueve son guardados por los Nazgûl». ¿Esto podría significar que los Nazgûl usaban sus Anillos mientras estaban al servicio de Sauron, o que después de que fueron esclavizados Sauron este tomó sus Anillos y los mantuvo en Barad-dûr, como lo había hecho con los Anillos de los Enanos?

Tolkien no menciona a ninguno de los Nueve Anillos cuando los Nazgûl entran en escena, ni siquiera cuando el Rey Brujo es derrotado. Tolkien no lo describe usando un Anillo, ni Gandalf ni Aragorn expresaron su preocupación por lo que podría suceder con ese Anillo después [ver: Aragorn, el Sendero de los Muertos y un pasaje a la Cuarta Dimensión]. Esto implica que, al menos, los Nazgûl no usaban sus Anillos físicamente.


[(Frodo) Pudo ver debajo de sus envolturas negras. Había cinco figuras altas: dos de pie en el borde del valle, tres avanzando. En sus rostros blancos ardían ojos penetrantes y despiadados; bajo sus mantos había largas túnicas grises; sobre sus cabellos grises había yelmos de plata; en sus manos demacradas había espadas de acero. Sus ojos se posaron sobre él y lo traspasaron, mientras corrían hacia él. Un cuchillo en la oscuridad]


No se menciona que los Nazgûl llevaran los Anillos de Poder que les dio Sauron cuando atacan a Frodo, aunque Tolkien hace referencia a sus manos, diciendo que portaban espadas. Este es el momento ideal para mostrar que los Nazgûl eran portadores físicos de los Nueve Anillos. El hecho de que no lo sean sugiere, tal vez, que los Anillos están en poder de Sauron desde que sus sirvientes se convirtieron en Espectros.

En realidad, esto no es una sugerencia. Sabemos que Sauron tiene los Nueve Anillos en este punto. Tolkien lo menciona en numerosas ocasiones:


[Sauron, a través de sus Nueve Anillos (que poseía) tenía el control principal. Carta #246]


También en La Comunidad del Anillo, cuando Gandalf le dice a Frodo:


[Los Nueve (Sauron) ha reunido para sí mismo; también los Siete, o de lo contrario fueron destruidos.]


Y finalmente en Cuentos inconclusos:


[Los sirvientes más poderosos de Sauron, los Espectros del Anillo, que no tenían más voluntad que la suya, estaban completamente subordinados a los Anillos que los habían esclavizado, que Sauron poseía.]


Son varios los pasajes que indican que Sauron tiene a los Nueve Anillos en su poder, sin embargo, es justo decir que la mayoría de estas menciones son antes de que se supiera que los Espectros partieron de Mordor, y en su mayoría solo indican que Sauron controla los Anillos, no que realmente los tenga físicamente en su poder.

Ampliemos un poco la Carta #246, donde Tolkien parece ser más claro al respecto.


[Sauron envió de inmediato a los Espectros del Anillo. Naturalmente, fueron instruidos por completo, y de ninguna manera engañados en cuanto al verdadero señorío del Anillo. Pero la situación ahora era diferente a la de la Cima de los Vientos, donde Frodo actuó simplemente con miedo y solo deseaba usar (en vano) el poder subsidiario de conferir invisibilidad del Anillo. Había crecido desde entonces. ¿ (Los Nazgul) Habrían sido inmunes a su poder si él lo reclamara como un instrumento de mando y dominación? No del todo. No creo que hubieran podido atacarlo con violencia, ni capturarlo; habrían obedecido o fingido obedecer cualquier orden menor que no interfiriera con su misión, impuesta por Sauron, quien aún a través de sus Nueve Anillos (que poseía) tenía el control principal de sus voluntades.]


Sería estéril entrar en un debate en este punto. Sencillamente no sabemos si Tolkien se refiere a Sauron poseyendo los Nueve Anillos físicamente o reteniéndolos bajo su control.


[Aquellos que usaron los Nueve Anillos se volvieron poderosos en su tiempo, reyes, hechiceros y guerreros de antaño. Obtuvieron gloria y una gran riqueza, pero esto se convirtió en su ruina. Tenían, al parecer, una vida interminable, pero la vida se volvió insoportable. Podían caminar, si quisieran, sin ser vistos por todos los ojos en este mundo bajo el sol, y podían ver cosas en mundos invisibles para los hombres mortales; pero con demasiada frecuencia solo contemplaban los fantasmas y delirios de Sauron. Tarde o temprano, según su fuerza nativa, cayeron bajo la servidumbre del Anillo que llevaban y del dominio de Aquel que era de Sauron. Son los Nazgûl, los Espectros del Anillo, los Úlairi, los sirvientes más terribles del Enemigo; la oscuridad los acompaña y gritan con las voces de la muerte.]


Entonces, los principales poderes de los Nueve Anillos serían la invisibilidad, primero a voluntad y luego permanentemente, y algún tipo de poder visionario. Otro que agregaría serían sus gritos desgarradores, que se dice que infunden terror en los corazones. Son muchos los ejemplos que podríamos tomar de El Señor de los Anillos que sugieren que los Espectros tienen el poder de infundir miedo en quienes los rodean, pero no está claro si se trata de un poder mágico, producto de los Nueve, o simplemente una consecuencia natural de su aspecto. La magia en el universo de Tolkien tiende a ser muy sutil [ver: Gandalf y la tercera ley de Clarke: la magia como forma avazada de tecnología]

Algo menos sutil, vemos en un momento al Rey Brujo lanzando un hechizo para inflamar su espada:


[El Jinete Negro echó hacia atrás su capucha, y, ¡he aquí!, tenía una corona real; sin embargo, sobre ninguna cabeza visible. Fuegos rojos brillaban cubiertos de un manto, vasto y oscuro. De una boca invisible salió una risa mortal.

—¡Viejo tonto! —dijo—. ¡Viejo tonto! Esta es mi hora. ¿No conoces a la Muerte cuando la ves? ¡Muere ahora y maldice en vano!

Y con esto levantó su espada y las llamas corrieron por la hoja.
]


Es importante tener en cuenta que en realidad no hay ninguna diferencia sustancial entre los Siete y los Nueve. No hay absolutamente nada en Tolkien que indique tal diferencia y, de hecho, parece claro que los efectos de los Anillos eran diferentes según las especies a las que se los dio, en lugar de cualquier aspecto que tenga que ver con los Anillos propiamente dichos. En otras palabras, uno de los Nueve, si se le da a un Enano, tendría el mismo efecto en él que uno de los Siete. Y uno de los Siete, si se le da a un Hombre, también tendría el mismo efecto que uno de los Nueve. Entonces, en realidad, es más correcto hablar del Uno, los Tres y los Dieciséis.

En segundo lugar, Tolkien no describe listas de poderes como un manual de Dungeons and Dragons, por lo que nunca obtendríamos nada tan específico. Hasta donde Tolkien describió las cosas, los Dieciséis tenían todas las mismas capacidades, al igual que los Tres, aunque estos sí podían diferir en el grado de poder, tal es así que el Anillo de Elrond se describe como «el más poderoso de los Tres».

En El Señor de los Anillos, Tolkien a menudo habla sobre el concepto central de los Anillos de Poder, a saber, que los Grandes Anillos preservan la vida, o la estiran antinaturalmente. Gollum, por ejemplo, es increíblemente viejo, habiendo poseído el Anillo Regente durante la mayor parte de la Tercera Edad. Esto lo convierte en un ser con unos tres mil años de antigüedad, aunque, por supuesto, no sabemos la fecha precisa cuando adquirió el Anillo, solo que lo encontró mucho tiempo después de que Isildur fuera asesinado y el Anillo se hubiera perdido en el Gran Río. Gollum no se ha desvanecido, no se ha convertido en un Espectro, a pesar de poseerlo durante tanto tiempo [ver: Gollum y el vampirismo en El Señor de los Anillos]. Bilbo habló de sentirse «delgado y estirado», una señal de que el Anillo comenzaba a tomar el control; sin embargo, él, como Gollum, no mostró signos físicos reales del desvanecimiento de los Espectros.

Los Espectros del Anillo, no obstante, claramente han sido afectados por los Nueve. Por ejemplo, no pueden ser vistos por los mortales. Cuando Frodo los encuentra en la Cima de los Vientos solo puede verlos cuando se pone el Anillo, como si se asomara al umbral de otro plano y se le revelaran las formas que lo habitan. Normalmente, en nuestro mundo, los Espectros tienen que llevar capas, botas y otras prendas para dar forma a su nada. Pero todo lo que Gandalf le revela a Frodo [y al lector], en el capítulo La Sombra del pasado, implica que un mortal que posee uno de los Grandes Anillos no muere, aunque tampoco obtiene más vida; simplemente continúa. Y puede llegar a desvanecerse si lo usa repetidamente para volverse invisible.

Pero los Espectros del Anillo parecen estar en un estado incierto: el mismo nombre, espectro, implica que están muertos, en otras palabras, que son espíritus de los muertos y, por lo tanto, que los Nazgûl son los espíritus de esos hombres mortales a quienes Sauron les dio los Nueve Anillos, esclavizándolos. Sin embargo, la idea de que son meros espíritus parece estar en conflicto con este concepto de que los Grandes Anillos confieren una larga vida, y especialmente con la declaración de Gandalf de que un mortal que posee uno no muere.

Si miramos más atrás, en El Hobbit encontramos la concepción más temprana de Sauron, cuya verdadera identidad aún se oculta a Gandalf y al lector. Aquí se lo conoce exclusivamente como el Nigromante. Aunque Tolkien, en ninguna parte de ese cuento, amplía el uso de este término, cualquier buen diccionario nos dirá que el término Nigromante significa el uso de la magia para comunicarse con los muertos [ver: Sobre el arte de la nigromancia]. Por lo tanto, en El Hobbit, Tolkien insinúa que Sauron es un mago cuyo principal poder tiene que ver con los espíritus de los muertos. Esto se relaciona con el uso posterior del término Ringwraith [«Espectro del Anillo»], que une a Sauron con aquellos de sus sirvientes que son espectros, lo cual es consistente con el término Nigromante.

Entonces podemos preguntarnos: ¿por qué se llama a Sauron el Nigromante?

Está en comunicación con los muertos, que es lo que implica el término; pero, ¿con quién, salvo los Nueve? Si no son ellos, ¿entonces quién? No puedo recordar ningún otro personaje con el que Sauron tenga tratos que pueda estar muerto, sin embargo, debe tenerlos, lógicamente, de lo contrario no tendría sentido que lo llamen Nigromante [ver: ¿Quién era Boca de Sauron en realidad?]

Esto nos lleva al dilema central: ¿están realmente vivos [o muertos] los Espectros del Anillo?

Por un lado, como mortales que poseen Anillos de Poder, se dice que están vivos, al igual que Gollum está vivo; pero, por el otro, el uso del término «espectro» implica que son simplemente espíritus, algo que se ve reforzado por el uso del término «Nigromante» en relación con Sauron. Tolkien parece no hacer una distinción clara entre los vivos y los muertos aquí, dado que los Nueve parecen ser tratados en algunos aspectos como si estuvieran vivos y en otros como si estuvieran muertos.

Los Nazgûl son todo un enigma en la Tierra Media. Se habla de ellos de muchas maneras y las cosas se mantienen bastante ambiguas en todo momento. Sin embargo, algunas cosas están claras. Los Nazgûl no han muerto, lo que significa que no han seguido el camino de los Hombres [separación de fëa del hröa y el espíritu yendo a los Salones de Mandos antes de partir de los círculos del mundo]. La descripción más clara es que se han «desvanecido»:


[Un mortal, Frodo, que guarda uno de los Grandes Anillos, no muere, pero no crece ni obtiene más vida, simplemente continúa... Y si a menudo usa el Anillo para hacerse invisible, se desvanece: al final se vuelve invisible y camina en el crepúsculo bajo la mirada del Poder Oscuro que gobierna los Anillos. Sí, tarde o temprano, más tarde, si es fuerte o bien intencionado para empezar, pero ni la fuerza ni el buen propósito durarán, tarde o temprano el Poder Oscuro lo devorará. La Sombra del pasado.]


Es decir que los Nazgûl no estaban completamente encarnados cuando los conocemos en El Señor de los Anillos. Sus cuerpos físicos ya no existían en ninguna forma que pudieran percibir los mortales. Sus vidas ni siquiera eran «mantequilla sobre demasiado pan». Su presencia en el mundo físico casi había desaparecido; sin embargo, pueden hablar, oler, ver, montar, etc., pero tan pronto como se descubren son invisibles para la mayoría, excepto para aquellos que ya tienen presencia en el reino invisible, el «otro lado», como Galadriel, Gandalf o Frodo al usar el Único.

El uso de la palabra «espectro» parece ser la causa de la confusión, ya que sugiere que estos hombres deben estar muertos, sin embargo, la palabra «espectro» también puede ser metafórica y significar algo así como la apariencia inmaterial, o espectral, de un ser vivo. Sin embargo, los Nazgûl no son como los hombres muertos de Dunharrow, o los tumularios, ya que no han muerto y no son exactamente espíritus. De hecho, los Nazgûl retuvieron algún tipo de fisicalidad:


[Así pasó la espada de los Túmulos, obra de Westernesse. Pero le habría gustado saber su destino, quién la forjó lentamente, hace mucho tiempo, en el reino del Norte cuando los Dúnedain eran jóvenes, y el principal de sus enemigos era el reino temible de Angmar y su Rey Brujo. Ninguna otra espada, aunque manos más poderosas la hubieran empuñado, habría infligido a ese enemigo una herida tan amarga, cortando la carne no muerta, rompiendo el hechizo que entrelazaba sus invisibles tendones a su voluntad. La batalla de los Campos de Pelennor]


La fisicalidad de los Nazgûl parece depender en gran medida de los hechizos que mantenían las fibras ocultas de su cuerpo [«carne no muerta»] unidas a su voluntad. Esto, junto con las capas con las que los vistió Sauron, parecía permitirles tener presencia e interactuar con el mundo físico, sin el cual estarían ocultos para casi todos.

Si bien los Espectros son aterradores, también podrían ser una tentación para los que estaban obsesionados con la inmortalidad. Este era uno de los principales atractivos de Sauron entre los mortales. A través de la falsa inmortalidad [la verdadera inmortalidad está más allá de Eä] que producían los Nueve Anillos, Sauron pudo engañar a los Hombres para que se convirtieran en sus sirvientes. La descripción de que sus vidas eran largas, o fingidamente inmortales, sugiere nuevamente que no estaban muertos y que, de hecho, todavía estaban apegados a cierta fisicalidad; o mejor aun, que sus espíritus, arrebatados de la carne, aún estaban vinculados al mundo físico a través de los Nueve Anillos, y estos a la voluntad de Sauron.




Tierra Media. I Taller gótico.


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