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El Pueblo del Musgo: los espíritus del bosque


El Pueblo del Musgo: los espíritus del bosque.




El Pueblo del Musgo —o Gente del Musgo— (Moosleute, en alemán) forma parte de una categoría sumamente peculiar dentro de la mitología nórdica. No son elfos, enanos, trolls, ni hadas, sino más bien un pueblo extremadamente discreto, con poco trato con los humanos, que vive en una íntima relación con los árboles y el bosque.

Físicamente, el Pueblo del Musgo puede ser confundido con los Enanos. Después de todo, son bajos, macizos, hirsutos, pero de aspecto más grisáceo, como la corteza de los árboles, y su piel generalmente está recubierta por una gruesa capa de musgo.

Los hermanos Grimm sostienen que, en épocas remotas, el Pueblo del Musgo y los seres humanos mantenían una relación cordial, aunque tensa, que se rompió definitivamente durante la Edad Media, cuando las poblaciones comenzaron a extenderse más y más sobre los terrenos de los grandes bosques. Esto despertó el rencor del Pueblo del Musgo, cuya ocupación es el pastoreo de árboles.

En efecto, la única ocupación entre el Pueblo del Musgo es la de pastor de árboles —J.R.R. Tolkien, quizás, pudo inspirarse en este oficio como característica principal de los Ents—, pero no de cualquier árbol, sino de los árboles más viejos, los más memoriosos, aquellos que aun recuerdan el pasado de la tierra, antes de que los seres mágicos abandonaran nuestro plano de existencia.

Desde aquella ruptura entre los humanos y el Pueblo del Musgo las cosas se tornaron cada vez más inquietantes. Como muestra de ese recelo, Jacob Grimm deduce que la palabra gótica Skōhsl, empleada para traducir «demonio», en la Biblia Gótica, está relacionada con el nórdico Skōgr, y con Sceaga, en Inglés Antiguo. Todas estas palabras significan «bosque», pero en términos de los bosques del Pueblo del Musgo, es decir, de aquellos árboles que forman parte del rebaño de estos seres.

El Pueblo del Musgo también posee algunos registros históricos interesantes. Por ejemplo, una de las primeras descripciones de esta raza fue hecha por el historiador romano Jordanes, en el siglo VI, quien menciona un pueblo de los bosques cuya piel está recubierta de musgo. Incluso en épocas más tardías, como el siglo XI, el obispo Burchard de Worms reconoció la presencia de estos seres, y recomendó a los humanos mantenerse lejos de sus territorios.

Los hermanos Grimm aventuran la posibilidad de que el Pueblo del Musgo haya entrado en un estado de deterioro a mediados del siglo X. En ésta época comenzaron a circular leyendas que hablan del Pueblo del Musgo acercándose a las poblaciones humanas para pedir leche materna para alimentar a sus crías.

Al igual que los Ents de Tolkien, el Pueblo del Musgo parece haber sufrido el abandono de sus hembras —las Holzfräulein, «damas de madera»; o Moosfräulein, «damas de musgo»—, o su muerte. No obstante, al contrario de los Ents de la Tierra Media, que básicamente se lamentaban de la desaparición de sus mujeres sin hacer demasiado al respecto, el Pueblo del Musgo, comenzó tramitar una nueva camada de crías con mujeres humanas, algo que en la mitología se conoce como Changelings.

El decaimiento del Pueblo del Musgo se debe, según los hermanos Grimm, al hecho de que estos seres estaban unidos al destino de ciertos árboles. La desaparición de éstos redujo el número del Pueblo del Musgo considerablemente, a tal punto que solo sobrevivió apenas un puñado de ellos, ya viejos, maltrechos, y sumamente hostiles con los humanos.

Estos últimos miembros del Pueblo del Musgo habitan en lo profundo de los bosques del norte, en árboles añosos, retorcidos, que extienden sus brazos raquíticos como viejos esqueletos de madera. Allí, se dice, aguardan el regreso de las hembras, las Moosfräulein, capaces de revitalizar esa savia reseca, de endurecer las ramas flácidas, y darle a este pueblo sufrido una nueva oportunidad.




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Figuras humanas que caminan por tu casa de noche


Figuras humanas que caminan por tu casa de noche.




¿Alguna vez has visto figuras humanas caminando por tu casa de noche? ¿Algunas de ellas iban con la cabeza cubierta? ¿Te han mirado fijamente, desde la oscuridad, con brillantes ojos rojos? O, peor aun, ¿te han tocado?

La mayoría de las personas seguramente responderá con un rotundo sí. De otro modo probablemente no estarías leyendo este artículo.

Las figuras humanas sombrías que en ocasiones vemos, o que creemos ver, durante apenas un instante fugaz, actualmente se conocen como Gente Sombra —u Hombres Sombra—; término que define una amplia variedad de fenómenos, entre ellos, la Parálisis del Sueño (ver: Sombras del plano astral que habitan en tu casa).

Poco se sabe sobre estos seres interdimensionales, pero ciertamente el miedo los acompaña, como si de algún modo la presencia de la Gente Sombra lograra extraer hacia la superficie de nuestra conciencia nuestros temores más profundos. De hecho, algunos sostienen que la Gente Sombra se alimenta del miedo que infunden en sus víctimas (ver: Entidades del Plano Astral que se «pegan» al aura).

Independientemente de la verdadera naturaleza de la Gente Sombra, ya sean entidades que existen en una dimensión más alta que la nuestra, en el Plano Astral, o simplemente en nuestra imaginación colectiva, lo cierto es que no constituyen una novedad realmente. De hecho, una de las primeras descripciones de Gente Sombra, y acaso una de las más impresionantes, se remonta al año 1887; más precisamente al relato de Guy de Maupassant: El Horla (Le Horla).

Los detalles acerca de esta misteriosa entidad, que Maupassant llama el Horla, se corresponden con inquietante exactitud con la mayoría de los reportes sobre Gente Sombra. En otro artículo analizaremos estas similitudes de manera más extensa. Aquí simplemente daremos una idea general sobre el argumento y algunos de los principales puntos en común con los informes sobre Gente Sombra.

Maupassant relata el descenso de un aristócrata a los abismos de la locura, el cual se inicia con una sensación peculiar en el narrador: el miedo al sueño.

Es así que el narrador comienza a sentir una presencia oscura en la periferia de su visión, una presencia que va creciendo, que se va volviendo más y más densa. El terror que experimenta es análogo al descrito en muchos encuentros con la Gente Sombra:


Anoche sentí que alguien estaba en cuclillas sobre mí, poniendo su boca sobre la mía, bebiendo mi vida a través de mis labios. Sí, realmente sentí que me estaba chupando la vida, como lo haría una sanguijuela.


La primera fase que atraviesa el narrador en su interacción con el Horla se relaciona directamente con una Experiencia Aparicional, es decir, con la sensación de que no está solo, de que algo lo está observando, y de que ese algo comienza a aumentar su densidad, volviéndose a la vez una presencia lo suficientemente fuerte como para comenzar a alimentarse de su energía (ver: Espíritus que se pegan a las personas).

De hecho, el acercamiento del Horla al narrador, inclinándose sobre él en la cama, es algo que repiten todas las personas que han tenido algún tipo de experiencia con la Gente Sombra (ver: Cuando algo invisible te respira en la cara antes de dormir).

En este punto finalizamos las comparaciones con el cuento de Maupassant, no por falta de otras similitudes, sino porque éstas exceden las intenciones de este artículo.

Una de las explicaciones más frecuentes que se suele dar en relación a la Gente Sombra tiene que ver con la posibilidad de que estas figuras humanas que caminan por tu casa de noche provengan de otra dimensión.

En teoría, si existiesen infinitos universos paralelos, nuestras leyes físicas conocidas nos impediría acceder a ellos, pero eso no implica que seres del otro lado, por llamarlo de algún modo, hayan encontrado la forma de manifestarse en el nuestro.

Otra posibilidad que podría explicar el fenómeno es el llamado Campo de Punto Cero, básicamente un campo de energía electromagnética que llena un vacío. Dentro de este campo, sin embargo, se condensaría todo el Tiempo, no ya como lo percibimos desde nuestra dimensión, es decir, en un perpetuo presente, sino el Tiempo en términos de pasado, presente y futuro simultáneamente.

El tiempo lineal es una cuestión de perspectiva, pero en el mundo cuántico no existe una naturaleza lineal: todo sucede a la vez (ver: Teoría del fin de la realidad).

Ver figuras sombrías en nuestra casa podría constituir un breve instante o chispazo de sincronización con otras realidades; después de todo, esos otros universos y dimensiones bien podrían existir en la punta de nuestra nariz.

Evaluar las intenciones de estas entidades es más complejo que conjeturar sin ningún tipo de reparo acerca de fugaces portales interdimensionales que se abren en el dormitorio de casa.

Es justo suponer que una entidad de otra dimensión posee intereses tan diferentes de los nuestros que no podríamos comprenderlos aunque ésta trate de explicárnoslos. Esta imposibilidad de comunicarse con seres de menor estatura intelectual, como los seres humanos, quizás, justifica el hábito de la Gente Sombra de observarnos, en silencio, sin emitir una sola palabra (ver Cuando los niños ven fantasmas).




Fenómenos paranormales. I Parapsicología.


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El hueso de tu cuerpo que vas a necesitar el Día del Juicio


El hueso de tu cuerpo que vas a necesitar el Día del Juicio.




Cuando la ciencia y la religión se enfrentan a menudo surgen teorías asombrosas, cuando no directamente desatinadas, que buscan justificar los pasajes más extraños de los mitos bíblicos, de modo tal que se adapten, aunque sea a la fuerza, a las nuevas hipótesis acerca del universo.

Uno de estos debates tiene que ver con el Día del Juicio Final, y un hueso que, supuestamente, todos los seres humanos tenemos en nuestro cuerpo, y que nos permitiría ser evaluados en tiempo y forma por la justicia divina.

En resumen: se dice que los muertos se levantarán de sus tumbas para ser juzgados en el Apocalipsis. Esto presenta algunas dificultades, entre otras, que los cuerpos se deterioran con el transcurso del tiempo, se degradan, hasta que finalmente desaparecen por completo.

¿De qué forma, entonces, podría levantarse de la tumba alguien que vivió en la Antigua Grecia, o en la Edad de Piedra, por tal caso, si sus cuerpos han sido completamente desintegrados por los gusanos y los siglos?

Ciertos eruditos pensaron en este problema, y encontraron en los mitos hebreos una solución, no demasiado elegante, hay que decirlo, pero una solución al fin.

El Talmud sostiene que en cada cuerpo humano existe un hueso llamado Luz, cuya característica principal es la de ser indestructible, y que por lo tanto puede permanecer inalterable hasta el Día del Juicio Final. Entre otras facultades asombrosas, este hueso permitiría que nuestros cuerpos se reconstruyan tal como estaban antes de morir.

De esta forma, la incómoda realidad de la degradación de los cuerpos quedaba soslayada, a pesar de que la conjetura se basa en una interpretación un tanto audaz de un pasaje del Génesis, donde Luz es evidentemente el nombre de un lugar y no un hueso.

Un viejo libro prohibido hebreo, el Breshith Rabboth, narra una anécdota significativa al respecto.

Mientras dirigía una invasión a Judea, el emperador romano Adriano se encontró con el rabino Jehoshuang, y le preguntó cómo Dios levantaría a los muertos en el Día del Juicio.

—De Luz, respondió el rabino.

El emperador no quedó satisfecho, y exigió explicaciones más razonables. Entonces Jehoshuang le dio un hueso, y lo desafió a romperlo. El emperador lo sometió a la acción del fuego, lo golpeó con un martillo, e intentó quebrarlo de diversas maneras, pero no pudo destruirlo.

La teoría causó cierto revuelo en el mundo cristiano, aunque muchos estuvieron dispuestos a aceptarla. En cualquier caso, el mayor problema consistía en determinar dónde se ubicaba en nuestro cuerpo ese hueso indestructible.

Los rabinos aseguraron que estaba situado en la parte inferior de la espalda, y que tenía el tamaño y la forma de un guisante. Filósofos gentiles admitieron esa propuesta, pero imaginaron que Luz era en realidad una de las vértebras, otros, el sesamoideo, en el dedo gordo del pie. Finalmente, en la Edad Media se creyó que formaba parte de uno de los huesos triangulares en la parte superior del cráneo.

En 1728 se dijo la última palabra al respecto. Corresponde al libro: La religión de un librero (The Religion of a Bookseller), de John Dunton.

Allí se afirma que los talmudistas creían que Luz no sufre los efectos de la putrefacción, y que es capaz de permanecer incorruptible hasta el Día del Juicio Final, pero también que en su núcleo se encuentra una especie de código, una síntesis, si se quiere, capaz de reconstruir todo nuestro organismo.

Sin tener noción de la existencia del ADN, los talmudistas explican que, en el Día del Juicio, Luz será impregnado por una especie de Rocío Celestial, capaz de diseminar la Virtud divina y de activar el código escondido en su interior.

Una vez activado, Luz comenzará a atraer a todos los átomos (en términos griegos) que antiguamente constituían el cuerpo, aunque estén dispersos en los rincones más alejados del universo, ordenándolos en la misma secuencia que tenían antes de su disolución.

John Dunton comenta esta posibilidad, pero no la suscribe del todo. En definitiva, la existencia de Luz no responde a una necesidad operativa, sino a cierta desprolijidad, inadmisible en Dios, en los eventos que se sucederán en el Apocalipsis.

La idea de que los ángeles, en el Juicio Final, deban ejercer el desagradable oficio de exhumadores, barriendo tumbas y rastrillando cada átomo perdido en el cosmos para restituir un cuerpo humano, era indecorosa, además de poco práctica.

Luz vino a resolver estas dificultades de forma tal que, cuando Dios sonara la alarma, sean los propios elementos los que se restablezcan a sí mismos para que, por ejemplo, Sócrates o Alejandro puedan ser juzgados por herejes, aún cuando hubiesen nacido mucho antes de Cristo.

De esto se desprende una conclusión: legislar retroactivamente, en especial sobre alguien que ha muerto, y que no conoció, en vida, la punibilidad de los actos que se le adjudican, es tan disparatado como creer que puede existir algo humano capaz de sobrevivir al paso de los eones.




Mitos bíblicos. I Misterios miserables.


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¿La Serpiente que tentó a Eva era en realidad un simio?


¿La Serpiente que tentó a Eva era en realidad un simio?




Hay asuntos difíciles de esclarecer en los mitos bíblicos. Sabemos, eso sí, que el Edén, o Paraíso Terrenal, fue sede de hechos truculentos, como las aventuras de Adán con Lilith, y los amores clandestinos de Eva con Samael. Sin embargo, el enigma más asombroso tiene que ver con la Serpiente que tentó a Eva.

La siguiente es una pregunta que atormenta a los zoólogos, sobre todo a los temerosos de Dios, y que viene siendo discutida con gran entusiasmo desde hace siglos: ¿cuál era la especie de serpiente que engañó a Eva en el Jardín del Edén?.

La respuesta no es sencilla, sobre todo si tenemos en cuenta que la Serpiente del Edén necesariamente debió andar erguida. De otro modo, la sentencia por haber comprometido la pureza de Adán y Eva: arrastrarse sobre su vientre durante toda la eternidad, resulta más bien redundante.

Algunas autoridades medievales aseguran que la Serpiente (generalmente admitida como Satanás o Lucifer disfrazados) tenía rostro de mujer, quizás para ganarse la confianza de Eva, y de este modo se la representa en muchos grimorios y libros medievales. Otros autores de la época dedujeron que no se trataba de una serpiente, al menos de ninguna especie conocida, sino más bien un animal mítico, serpentiforme, como el basilisco.

El erudito bíblico Adam Clarke (1762-1832) propuso una teoría asombrosa acerca de la verdadera naturaleza de la Serpiente del Paraíso. De hecho, argumentó que no era una serpiente en absoluto, sino un simio; y basó su razonamiento en un ejercicio lingüístico un tanto dudoso, es verdad, pero igualmente interesante.

Según Clarke, la palabra hebrea utilizada en el Génesis para referirse a la serpiente es Nacliash, o Nahash, la cual proviene del árabe y significa dos cosas: «simio», y también «demonio».

Además, Clark sostuvo que, según se desprende de las afirmaciones de la Biblia, Nahash poseía una inteligencia superior a la de los animales inferiores, como las serpientes, que evidentemente caminaba erguido y que poseía el don del habla. En un arrebato evolucionista, el erudito deslizó la posibilidad de que los simios hayan poseído estas habilidades alguna vez.

Acto seguido, el sabio discute sobre la identidad del Árbol del Conocimiento, y si la fruta prohibida era realmente una manzana o no. Comentadores audaces sostienen que se trataba de una granada, otros de un melón; como Matiolus, que describió esta fruta como Pomum Adami, literalmente, «manzana de Adán», una fruta tropical cítrica, con corrugaciones profundas y ásperas en la piel, que representan las marcas de los dientes de Adán.

Naturalmente, no será en El Espejo Gótico donde se resuelvan estos enigmas. Simplemente destacamos un interrogante que desveló a Adam Clarke: si describimos a un animal que anda erguido, que posee facciones similares a las de un humano, y que además posee el don del habla, la criatura que más se ajusta a esas características —además del ser humano— es indudablemente un simio, y no una serpiente; salvo que creamos que los reptiles, en alguna época remota, poseían estas facultades, pero eso sería entrar en un terreno demasiado resbaloso que, al igual que el erudito bíblico, preferimos omitir.




Mitología. I Mitos bíblicos.


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Nachtkrapp: el cuento Vikingo para mandar a los chicos a dormir


Nachtkrapp: el cuento Vikingo para mandar a los chicos a dormir.




Además de representar inconcebibles batallas cósmicas, como el Ragnarok o el origen de las runas, los mitos nórdicos también reflejan cuestiones cotidianas, casi banales, con las que incluso hoy en día podemos relacionarnos.

Una de estas cuestiones cotidianas era el cumplimiento de la hora estipulada para que los más pequeños vayan a dormir. El asunto parece simple, pero incluso un Vikingo armado con un hacha necesitaba recurrir a lo fantástico para lograr ese objetivo.

Y así como hoy en día los padres recurren a figuras de dudosa entereza moral, como el Hombre de la Bolsa, para que sus hijos se vayan a dormir, los Vikingos utilizaban al Nachtkrapp, cuyo nombre significa «cuervo nocturno».

Todo parece indicar que los cuentos del Nachtkrapp eran realmente eficaces. La simple mención de esta criatura mitológica causaba pavor en los más pequeños, haciendo que hasta los más rebeldes abandonaran el sedicioso proyecto de trasnochar para precipitarse debajo de las cobijas.

Este alto grado de acatamiento a la hora de irse a dormir es perfectamente comprensible cuando descubramos en qué consisten los cuentos del Nachtkrapp.

En la mayoría de las leyendas, el Nachtkrapp es descrito como un cuervo de proporciones descomunales, negro como la noche, y completamente ciego, que ronda por los cielos en búsqueda de ojos abiertos en la oscuridad.

Al parecer, el brillo de los ojos de un pequeño trasnochador alertaba los sentidos sobrenaturales del Nachtkrapp, quien se arrojaba desde los cielos nocturnos para arrancárselos con el pico.

En algunas leyendas se explica que los ojos sustraídos por el Nachtkrapp no eran colocados en sus cuencas vacías, sino en sus alas, de forma tal que eran los propios ojos de aquellos niños que habían desobedecido a sus padres quienes advertían la presencia de otro insurrecto trasnochador en las inmediaciones.

La mayoría de los historiadores del folclore nórdico coinciden en afirmar que bastaba con mencionar al Nachtkrapp para resolver cualquier tipo de discusión a la hora de acostarse. Pero la razón de esa eficacia va más allá de los cuentos tenebrosos que los vikingos contaban a sus hijos.

La figura del Nachtkrapp también era utilizada para explicar algunas muertes y desapariciones a los más jóvenes. A veces, cuando alguien fallecía en medio de la noche, o no regresaba de alguna excursión, se decía que había sido atrapado por esta criatura.

Este añadido le daba mayor verosimilitud de la historia. Uno bien podía no haber visto jamás al Nachtkrapp, incluso habiendo trasnochado ocasionalmente, pero sí podía entender las consecuencias de sus apariciones; de manera tal que cualquier referencia a esta criatura estaba asociada a la muerte y la desaparición de alguien cercano.

Con el tiempo, la leyenda del Nachtkrapp se fue suavizando. Ya no merodeaba sobre las aldeas en búsqueda de ojos indiscretos brillando en la oscuridad, sino que se conformaba con llevarse únicamente a los más indisciplinados en una bolsa, que colgaba de una de sus patas, para alimentar a su prole.




Mitología. I Seres fantásticos de la mitología.


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Hacia el Más Allá: una claraboya para vislumbrar fugazmente lo Desconocido


Hacia el Más Allá: una claraboya para vislumbrar fugazmente lo Desconocido.




Todos sabemos a qué nos referimos cuando hablamos del Tiempo, el Amor, el Más Allá, lo Desconocido, aunque de hecho no tengamos una sola precisión acerca de esas abstracciones. Captamos la referencia, a veces la sustancia, pero no la condición.

Lo que sí sabemos, o intuimos, es que más allá de esta realidad se encuentra otra, una realidad fantástica a la cual se refieren todas las religiones, la mitología, la ficción, la ciencia, la filosofía, la magia, la metafísica, quienes han tomado la precaución de recurrir a distintos nombres para desanimar la curiosidad del profano.

Pero, ¿qué es realmente el Más Allá? ¿Cuáles son sus características?

En El libro de la magia ceremonial (The Book of Ceremonial Magic), Arthur Edward Waite define el amplio territorio de lo Desconocido como la antítesis de la posibilidad admitida. Es decir, el sitio en el que todas las paradojas, todas las contradicciones, coexisten lógicamente.

Esta definición, exigua para el racionalismo, nos permite jugar con las posibilidades del Más Allá.

Si el Más Allá es la antítesis de la posibilidad admitida, allí, entonces, dos líneas rectas pueden encerrar un espacio. En esa tierra donde lo único ausente es la metáfora, el círculo, entre otras cosas, es matemáticamente cuadrado.

Claro que, para subsistir en esa realidad, es necesario aprender algunas mañas. Tengamos en cuenta que, según esa doctrina, en el Más Allá las palabras y los deseos poseen un poder creativo. Si los pensamientos son cosas, incluso capaces de crear aquello que el deseo forjó en primer lugar, uno tiene que tener mucho cuidado con lo que piensa.

Pensar en algo peligroso en el Más Allá es, en esencia, crear algo peligroso; pero uno debe suponer también que evitar este tipo de pensamientos no debe ser más complicado que saltar un charco en nuestro plano, o eludir una bosta de perro en la vereda.

Existe un requisito indispensable para llegar a comprender, siquiera superficialmente, las posibilidades del Más Allá: aceptar que esas posibilidades contradicen la perspectiva materialista con la que hemos sido educados.

Desde Descartes, por citar un nombre arbitrario, aprendimos a confiar en lo que puede ser medido y estudiado de acuerdo al método científico. Los beneficios de la doctrina materialista son enormes, y nos han proporcionado una existencia más confortable. ¿Quién, después de todo, puede concebir un mundo sin la medicina moderna, sin las comunicaciones, sin una licuadora?

El error más común es suponer que las posibilidades del Más Allá, es decir, de lo Desconocido, y la existencia de trasplantes de corazón (y de licuadoras) son excluyentes entre sí.

Lo más interesante, al menos para mí, no es el concepto de Más Allá propiamente dicho, y menos aún la forma en la cual las religiones creen tener cierto entendimiento privilegiado acerca de lo Desconocido. Son las pequeñas puertas, las aberturas, las grietas, las claraboyas de nuestra realidad, las que me resultan particularmente interesantes.

En definitiva, si uno habitara en un lugar —o en un no lugar— donde todo es posible, el margen para el estupor es bastante estrecho. No, lo interesante es vislumbrar fugazmente el Más Allá a través de las claraboyas de nuestro materialismo. Observar cómo cambian, cómo se ensanchan o se reducen o se desfiguran dependiendo de factores sobre los cuales no tenemos control alguno.

No existe rama del saber, incluida la ciencia, que no se aproxime a la idea de algo Más Allá, con o sin connotaciones religiosas y espirituales. Todo tiende hacia allí, como atraído por una fuerza misteriosa. Lo curioso es que todas esas herramientas para aproximarse a lo Desconocido comienzan por imaginarlo como algo cercano a nuestro plano.

En ocasiones, la proximidad es tan reducida que la transición desde un plano a otro es extremadamente fácil, en lo teórico, y en ambas direcciones.

La ciencia utiliza sus propios recursos para comprender esa dinámica, pero hay otros, sumamente antiguos, que tratan de alcanzar el mismo objetivo con artilugios más rudimentarios. Por ese motivo, y desde épocas ancestrales, se cree que ciertos lugares y tiempos precisos facilitan la transición entre planos, dimensiones o realidades.

Podemos incluso pensar que esa claraboya hacia lo Desconocido se forma a partir de la combinación entre lugares y horas precisas, entre Espacio y Tiempo. Cuando se da esa particular condición, lo sobrenatural se transforma en lo normal.

El Tiempo dado siempre coincide con un momento de cambio: Halloween, año nuevo, la medianoche, el mediodía, ciertas fases lunares.

Algo parecido ocurre con el Espacio. La claraboya se abre en los límites, los umbrales, los cruces de caminos, los vados, los puentes, en la cima de túmulos y montículos, en lo profundo de cavernas y pozos.

Una clave para entender esta claraboya es la ambigüedad, pero no en términos de algo confuso, sino como el atributo de dos elementos —Espacio y Tiempo— que se unen para dar forma a un tercero.

Una persona racional podría utilizar el ejemplo del gato de Schrödinger, cuyo estado posible lo determina como vivo y muerto simultáneamente. Nosotros, mucho más irracionales, pensamos en un hombre de pie en el vértice de una encrucijada, exactamente a la medianoche. ¿En qué camino se encuentra? ¿En qué lado del día?

Ese terreno fronterizo nos libera del Espacio y el Tiempo tal como los concebimos para funcionar con relativa eficiencia, pero sobre todo revierte nuestra conducta, quizás el factor más preponderante para observar a través de la claraboya. Sabemos que no estamos en ninguno de los dos caminos, sino sobre los dos, o los cuatro, al mismo tiempo, y que esa hora incierta de la medianoche nos permite estar simultáneamente en el ayer, el ahora y el mañana.

Es decir que estos sitios singulares y estas horas y fechas precisas, que de algún modo ratifican la suma de lo impreciso, son apenas recursos para revertir la conducta humana. Lo sobrenatural se manifiesta especialmente de noche, sostiene el folclore, pero no por un capricho astrológico, sino porque lo normal es que en esas horas el resto de las personas esté durmiendo.

Es en esas recónditas circunstancias, donde el Espacio tiene algo de abstracto, algo de equívoco, donde el Tiempo es indefinible, vago, pero sobre todo donde nosotros mismos no somos exactamente lo que deberíamos ser, que la claraboya se abre, fugazmente, en ambos sentidos.




Egosofía. I Fenómenos paranormales.


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El Morador del Umbral: toda la oscuridad que acumularon tus reencarnaciones


El Morador del Umbral: toda la oscuridad que acumularon tus reencarnaciones.




No es extraño que la ficción se inspire en la mitología, e incluso en las religiones, para dar forma a sus Monstruos más entrañables. Sin embargo, en ocasiones se produce una dinámica inversa, y son las religiones, o por tal caso cualquier creencia espiritual más o menos organizada, quienes sustraen de la ficción algunos conceptos que, aunque ya estaban presentes en su teología, no se encontraban del todo definidos bajo una figura cabal.

Tal es el caso del Morador en el Umbral (Dweller on the Threshold), una figura incierta que sobrevuela las páginas más recónditas de la teosofía, y que podría definirse como la suma de toda la oscuridad que hemos ido acumulando en nuestras reencarnaciones.

Pero el verdadero origen del Morador del Umbral es la ficción, más específicamente la novela gótica de Edward Bulwer-Lytton: Zanoni (Zanoni), un personaje que básicamente encarna toda la oscuridad que una persona acumuló a lo largo de las encarnaciones que vivió.

Esta extraña figura luego regresaria a la ficción, y más precisamente a los Mitos de Cthulhu, en el relato: El que acecha en el umbral (The Lurker at the Threshold), escrito en colaboración entre August Derleth y H.P. Lovecraft.

El Morador del Umbral es mencionado por diferentes teósofos, incluida H.P. Blavatsky en su libro más célebre: La doctrina secreta (The Secret Doctrine). La elección del personaje de Bulwer-Lytton no fue casual. A este autor paradigmático de la literatura gótica se le atribuyen conocimientos asombrosos sobre esoterismo y ocultismo, además de un alto grado de iniciación en antiguas órdenes rosacrucianas.

La teosofía incorporó el concepto de Moradores (Dwellers) para darle un nombre y un contexto definido a la idea de que la oscuridad que se va desprendiendo de la persona, a medida que ésta evoluciona en sus sucesivas reencarnaciones, puede agruparse hasta formar una entidad independiente de la persona que la originó en primer lugar.

Hay que decir que Edward Bulwer-Lytton tampoco fue completamente original en este sentido. El término Moradores era frecuente entre nigromantes para referirse a ciertos dobles astrales, Tulpas, y toda clase de criaturas forjadas a partir de los residuos etéreos del ser humano.

En la visión teosófica, el Morador es algo así como una cáscara, un recubrimiento superficial, que el Ego Superior descarta cuando se dispone a encarnar una vez más. Estas cáscaras a menudo vagan sin destino por los yermos del Bajo Astral, pero en ocasiones logran reunir la fuerza suficiente como para reagruparse con sus deslucidas versiones anteriores, haciéndose cada vez más fuertes.

Esta oscuridad que se va acumulando en nuestras reencarnaciones (siempre que tomemos la precaución de creer, siquiera remotamente, en esta doctrina) finalmente le declara la guerra a la persona que la originó. El Morador ahora posee la fuerza para manifestarse de forma física ante la persona, y reclamar su dominio sobre el Ego.

Lo curioso es que, debido a la dinámica de su propia constitución, el Morador solo se manifiesta ante las personas nobles de corazón, precisamente aquellas que han logrado deshacerse progresivamente de su oscuridad a lo largo de las encarnaciones. Las personas malignas aun llevan esa oscuridad consigo.

Sentirse observado, sentir «presencias» estando solo, percibir sombras fugitivas que se mueven por el rabillo del ojo, son señales de que el Morador nos acecha. La persona comienza a elaborar pensamientos que no parecen ser enteramente suyos, y que ciertamente no se corresponden con su fibra moral.

Ahora bien, si el Morador está formado por la oscuridad que fuimos descartando a lo largo de nuestras reencarnaciones, ¿en qué constituye exactamente esa oscuridad?

Según la doctrina teosófica, esa oscuridad residual está conformada por las pasiones inferiores del cuerpo físico; es decir, por impulsos primarios, elementales, que el espíritu aprende a controlar a en sus sucesivas reencarnaciones. El principal de esos impulsos es el miedo, y por eso el Morador aparece como una criatura amenazante, oscura, que se cierne sobre la persona tratando de infundirle su propia naturaleza.

La influencia del Morador es, según quienes defienden su existencia, sumamente poderosa. No se trata de una larva, gusano o parásito del plano astral, cuya presencia puede responder a diferentes motivos, a veces azarosos, sino un ser que nos conoce realmente, que conoce nuestro lado oscuro, que es, literalmente, ese lado oscuro, o Sombra, según la psicología de Carl Jung.

Cuando el Morador se adueña de la persona, ésta tiende al desánimo, a la desesperación, al renunciamiento de las ambiciones más altas y nobles que nos ofrece la vida. Dominada por un miedo que no puede controlar, la persona se recluye más y más dentro de sí misma.

Según la teosofía, todos estamos llamados a matar nuestras pasiones y deseos elementales, no porque sean necesariamente malos en sí mismos, ya que muchos de ellos nos han permitido sobrevivir en algún eslabón evolutivo, sino porque estos impulsos son totalmente inadecuados para acceder a los planos superiores, donde no tienen ningún uso, como los pulmones en una criatura que habita los abismos oceánicos.

Y todos, en alguna reencarnación, deberemos enfrentarnos al Morador del Umbral. Algunos, quizá, ya lo han hecho en su actual encarnación, y el resultado de ese conflicto fundamental se evidencia en sus acciones.




Fenómenos paranormales. I Parapsicología.


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Mæra: la bruja de todos los cuentos de hadas


Mæra: la bruja de todos los cuentos de hadas.




Hay ingredientes que no pueden faltar en un cuento de hadas: una doncella en apuros, un príncipe azul, un hada madrina, y una Bruja. En realidad, todos esos elementos pueden estar completamente ausentes y seguir siendo un cuento de hadas, con excepción de uno: la Bruja, figura arquetípica que procede de una misteriosa criatura mitológica llamada Mæra.

Cuando la Bruja aparece en el cuento de hadas en general lo hace bajo la apariencia de una anciana marchita, decrépita, como la Groac'h de Hansel y Gretel, pero esta no es su verdadera forma. Simplemente asume esta figura, conocida como Hag —término que analizaremos más adelante—, para cumplir un propósito determinado.

En general, la vieja y desgastada bruja que, desde la llegada de los hermanos Grimm, encontramos en los cuentos de hadas, es una versión deslucida de un recurso que frecuentemente utilizaban las deidades femeninas del bosque, como Mæra y Morrigan, entre otras, para intervenir en el plano mundano.

La bruja en el cuento de hadas siempre es malvada, o parece serlo, pero esto no necesariamente es así en las leyendas. De hecho, la agenda de estas diosas estaba más allá de la comprensión humana, de manera tal que podían parecer alternativamente benéficas o maléficas cuando ellas mismas no se consideraban una cosa ni la otra.

La palabra Hag, «bruja», es una síntesis de esa representación, o disfraz, que utilizaban las diosas paganas para tratar determinados asuntos. Se trata de la abreviatura de la palabra Hægtesse, del Inglés Antiguo, que también puede traducirse como «bruja», pero no en términos de una practicante humana de la brujería, sino justamente de esa faceta o máscara utilizada por Mæra y otras diosas.

Con el tiempo, esa personificación fue absorbiendo las características típicas del arquetipo de la bruja, hasta que ambos se volvieron prácticamente indistinguibles entre si. De hecho, podemos tomar cualquier cuento de hadas en donde haya una Bruja y no encontrar nada que nos permita distinguir si se trata de una anciana que practica la magia o de un ser sobrenatural.

En realidad, sí hay algunos detalles que podemos tomar en cuenta, siempre que se trate de un cuento de hadas para «civilizar» a las mujeres. Por ejemplo, si la bruja vuela en una escoba, su presencia no tiene nada que ver con las antiguas diosas paganas.

Porque lo cierto es que la bruja de los cuentos de hadas no es una bruja realmente, al menos no una bruja humana: es una diosa cuyas virtudes han sido olvidadas.

En general, esta bruja de los cuentos de hadas es una personificación de Mæra, una diosa o espíritu de la naturaleza que proviene de los mitos celtas, y que luego se desarrolló con mayor profundidad en las leyendas inglesas más antiguas. Algunos la emparentan con la Mara de los mitos nórdicos, ya que comparten varias características.

Mæra podía asumir la forma de una mujer hermosa para atraer a los incautos que se aventuraban en sus dominios, pero los cuentos de hadas casi nunca retratan este motivo. En cambio, prefieren narrar aquellas historias en las que Mæra tomaba la forma de una vieja decrépita para infundir miedo en los más pequeños, o directamente atacarlos.

Si bien se le atribuyen algunas carnicerías memorables, Mæra prefería alimentarse del miedo de sus víctimas. A menudo las colocaba en situaciones espeluznantes, de las cuales podían escapar a último momento, solo para seguirlos en medio de la noche, sentarse sigilosamente sobre sus pechos mientras dormían, y alimentarse de sus pesadillas.

La sensación de opresión en el pecho, de dificultad para respirar, e incluso los síntomas de aquello que hoy se conoce como parálisis del sueño, están presentes en todas las historias de Mæra —en «La pesadilla» de Henry Fuseli se representa a la perfección este inquietante motivo folclórico—. De hecho, su nombre guarda una estrecha relación con la etimología de la palabra «pesadilla» en el idioma inglés: Nightmare, que podría significar «Noche de Mæra», y que acaso podemos interpretar caprichosamente como la «noche en la que nos visita Mæra».

La psicología de los cuentos de hadas propone que estos relatos tradicionales confluyen en algún tipo de advertencia, casi siempre para asustar a los niños y de ese modo evitar comportamientos peligrosos, como acercarse a ciertos lugares despoblados, bosques, ríos y montañas en su mayoría. La transgresión de esa advertencia implicaba convertirse en presa fácil de la Bruja, e incluso en la posibilidad de que ésta nos viniera a buscar en medio de la noche.

Paradójicamente, el relato podía ser tan inquietante que generaba pesadillas, es decir, terminaba siendo funcional a Mæra, pero esto proporcionaba una evidencia irrefutable de su existencia y, por lo tanto, de la importancia de observar aquellas prohibiciones.

Algunos investigadores deducen que Mæra era originalmente una diosa menor que se ocupaba del clima y de las cosechas, pero que al ser proscrita por el Cristianismo se convirtió, a ojos de esos mismos cristianos, en un ser malévolo. Poco a poco fueron despojándola de sus virtudes, hasta reducirla a un simple espíritu destructivo. En este sentido, la bruja de los cuentos de hadas representaría a Mæra en su faceta vengativa, como una vieja feroz que castiga a quienes traicionaron su culto en primer lugar.

Antes de que la bruja de los cuentos de hadas representara este conflicto, producto de un cambio en la cultura y la religión, Mæra también podía a aparecer como una anciana detestable en las historias populares, pero no ya como advertencia para que se respeten determinadas reglas, sino como una representación de la tierra estéril, a la que el héroe debía acercarse con respeto, sin temor, y amarla en sus propios términos.

Cuando el héroe mostraba su valor al amar y aceptar el costado más horroroso de la naturaleza, la Bruja, Mæra, le revelaba su verdadero rostro, el de una diosa joven y hermosa. Por eso, quizás, la bruja de los cuentos de hadas se empeña en perseguir a los más pequeños: para castigar la traición de aquel héroe que abandonó a los antiguos dioses del bosque por otros que habitan únicamente en fastuosos edificios.




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Medievalismo: libros, leyendas, mitología, ensayos


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Wiedergänger: el zombie de la época de los Vikingos


Wiedergänger: el zombie de la época de los Vikingos.




El Wiedergänger —cuyo nombre significa: «aquel que camina de nuevo»— es una de las criaturas más extrañas de los mitos nórdicos. En esencia, comparte las mismas características de los Zombies: una persona fallecida que, de manera física e independientemente de las causas de su deceso, regresa al mundo de los vivos; en ocasiones para vengarse de alguna ofensa, real o imaginaria, o bien para que su alma sea liberada de las ataduras que aún lo sujetan a su vida pasada.

Las leyendas del Wiedergänger no solo tuvieron su auge en tiempos de los vikingos, sobre los que hablaremos más adelante, sino que en incluso a principios del siglo XX todavía se creía en ellos en algunas zonas rurales.

El Wiedergänger posee algunas habilidades extraordinarias. En el exagerado libro de Michaël Ranft: De Masticatione Mortuorum in Tumulis —cuyo título significa: «de la masticación de los muertos en sus tumbas»—, se dice que el Wiedergänger puede influir en los vivos, sin salir de su ataúd, mediante algún tipo de poder telepático de ultratumba. Desde allí, sostiene Ranft, el Wiedergänger aspira a distancia la energía vital de las personas a través de un apéndice en la boca, similar a la probóscide de las mariposas.

Ranft omite brindar mayores explicaciones sobre este apéndice, cuya función sería absorber energía a distancia, no fluidos, pero alerta a los sepultureros sobre las consecuencias imprevisibles de enterrar a alguien con los ojos abiertos, cuestión que podría convertirlos en un Wiedergänger.

En otras circunstancias, el Wiedergänger se permite salir de su tumba y merodear por los alrededores, e incluso saltar sobre los incautos que pasan por allí (habitualmente bajo la forma de un hombre lobo), pero en general no se aventuran lejos del cementerio. Hacerlo supone un gran esfuerzo, ya que cada paso que da aumenta considerablemente su peso corporal. Debilitado, el Wiedergänger puede entonces ser rechazado con un simple conjuro, una mísera amenaza.

El Wiedergänger se asemeja a los zombis más que cualquier otra criatura de las leyendas vikingas, precisamente porque no se trata de un fantasma o de un espíritu, sino de un cuerpo físico, tangible, y que además aumenta de peso con cada paso que da, virtud que muchos investigadores desestiman en una criatura de naturaleza inmaterial.

En casos extraordinarios un nigromante puede reunir el poder necesario para invocar a un Wiedergänger, y ordenarle que realice determinadas encomiendas, a menudo delictivas, pero rápidamente éste debe regresar al cementerio, o bien al sitio en el que fue enterrado, antes de que su peso corporal sea demasiado grande como para poder moverse.

En este contexto, quizás el Wiedergänger literario más conocido sea el Jinete sin Cabeza (Headless Horseman), creado por Washington Irving en la novela gótica: La leyenda de Sleepy Hollow (The Legend of Sleepy Hollow).

En las sagas —como en las de Gripssonar y la de Laxdœla—, el Wiedergänger a menudo aparece como un presagio de muerte. Aquellos que se encuentran con él, pronto fallecen. Esto le añade mayor énfasis a la fisicalidad de esta criatura, que por un lado manifiesta un poder sobrehumano, pero también una gran vulnerabilidad.

Dom Augustin Calmet, en su libro: Tratado académico en materia de las apariciones, espíritus y vampiros (Gelehrte Verhandlung der Materie von den Erscheinungen der Geister, und der Vampire), asegura que el cuerpo del Wiedergänger, a pesar de haber regresado de la tumba, no suspende su proceso de descomposición, con lo cual se lo puede ver muy desmejorado en pocos meses.

A su vez, Claude Lecouteux, en el libro: Historia de los vampiros: autopsia de un mito (Histoire des vampires: Autopsie d'un mythe), aventura la posibilidad de que el Wiedergänger no sea, después de todo, un zombie o un vampiro, sino simplemente alguien que ha tenido la mala fortuna de ser enterrado vivo, pero que asume las características y los hábitos del no muerto al observar la reacción que causa en sus familiares y allegados, visiblemente perturbados por su inesperado regreso.

En este sentido vale la pena destacar el relato de la escritora española Emilia Bazán: La resucitada, en el que una mujer es enterrada viva y, tras escapar de su sepulcro, es recibida con grandes muestras de alarma por sus seres queridos. Rechazada, ella decide que su verdadero lugar, acaso el único posible, está entre los difuntos; conclusión a la que también parece haber llegado el viejo Wiedergänger.




Mitología. I Mitos nórdicos.


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La leyenda del Espíritu Guardián de los cementerios


La leyenda del Espíritu Guardián de los cementerios.




Los cementerios producen cierta inquietud en el visitante, cierta intranquilidad, cierta turbación que los espíritus simples justifican como una reacción supersticiosa. Después de todo, ¿qué hay de temible en un sitio dónde descansan los muertos?

En el siglo XVIII existió un grupo conocido como los Poetas de Cementerio (Graveyard Poets), el cual se caracterizó por meditar acerca de sarcófagos, esqueletos y gusanos. Estos Poemas de Cementerio utilizan esa sensación de intranquilidad de la que hablábamos antes, y la explican a través de una figura tenebrosa, intangible, que habita en todos los cementerios.

Sentir miedo, malestar, angustia, en un cementerio, es perfectamente natural; ¿pero son acaso las viejas lápidas y estatuas lo que verdaderamente nos inquieta, o hay algo más, observándonos?

En este contexto, aquellos poetas interpretaron que las sensaciones que producen los cementerios, que oscilan entre la inquietud superficial y una profunda congoja y aflicción, son en realidad reacciones frente a la presencia del Guardián del Cementerio.

La leyenda sostiene que cada cementerio tiene su Espíritu Guardián. Se dice también que este espíritu pertenece a la primera persona en ser enterrada en un cementerio, quien permanece en el plano terrenal para vigilar a los vivos y mantener seguros a sus residentes subterráneos.

Esto, al menos a simple vista, no parece particularmente inquietante; pero los orígenes de la leyenda, los cuales son analizados con melancólica precisión en el De Masticatione Mortuorum in Tumulis —literalmente: De la masticación de los muertos en sus tumbas—, son mucho más escalofriantes.

Desafortunadamente, en la Edad Media la gente era impaciente, y rara vez esperaba que alguien muriera de causas naturales para ocupar el cargo de Guardián del Cementerio. A menudo era el loco de la aldea quién era asesinado, esparciendo luego su sangre en el nuevo cementerio para que su espíritu se encargue de custodiarlo.

En épocas más civilizadas esta tradición fue abandonada. Se la sustituyó por la creencia racional de que la última persona enterrada del año sería la encargada de vigilar el cementerio hasta el año siguiente.

Ahora bien, el Guardián no es simplemente un ser del plano astral que vive en los cementerios de forma, digamos, más o menos etérea, para resguardar aquel lugar sagrado de la aparición del Ghoul, el Grobnik, el Vampiro, y otros fallecidos que se resisten a permanecer debidamente en sus tumbas; sino que además tiene su personificación en términos físicos.

Si observamos con detenimiento veremos que las estatuas de los cementerios tienen un estilo similar, un patrón estético, si se quiere, que se repite con frecuencia a pesar de las tendencias de cada época. Esto se debe a que algunas estatuas de los cementerios son representaciones de las distintas facetas del Espíritu Guardián.

Desde la Edad Media hasta nuestros días, el Espíritu Guardián es un alma destinada a proteger a los difuntos, pero también a evitar que los muertos regresen para jorobar a los vivos. Habida cuenta de que esa función, además de agotadora, es dificultosa, el Guardián del Cementerio posee distintos puntos específicos en el plano físico desde los cuales custodia su reino, moviéndose libremente de un lugar a otro a través de las estatuas que le fueron consagradas.

Es decir que las estatuas de los cementerio, que para muchos justifican una visita recreativa, no persiguen únicamente objetivos estéticos al adornar una tumba, una cripta, un mausoleo, sino también utilitarios: brindarle al Guardián un soporte físico desde el cual vigilar a los vivos y preservar el descanso de los muertos.

¿Cómo podemos identificar las estatuas del Guardián del Cementerio?

En principio, éste nunca es representado mirando hacia arriba, hacia el cielo. El Guardián es una figura encapuchada que mira invariablemente hacia abajo, vigilando a aquellos a quien debe proteger, o bien hacia adelante, para observar el ir y venir de los vivos.

En este punto es justo preguntarnos qué es exactamente lo que debe vigilar el Guardián. Después de todo, si ese oficio fuese eficaz no existirían los vándalos o los profanadores.

En cuanto a los muertos, bueno, tampoco es razonable caer en la tentación de afirmar que el trabajo del Guardián es eficiente simplemente porque los muertos no se levantan de sus tumbas.

El motivo principal por el cual existía la necesidad de crear un Guardián para los cementerios es para evitar que el llanto de los vivos inquiete a los muertos.

De acuerdo a esta leyenda, la tristeza, el desconsuelo, la consternación de los vivos, son percibidas por los muertos como una especie de rumor, de susurro turbulento y persistente que lastima al alma con el recuerdo de las cosas que dejó atrás.

Y así como nosotros intentamos olvidar nuestras preocupaciones cotidianas para descansar por las noches, o al menos postergarlas hasta la mañana siguiente, los muertos también necesitan al olvido para reposar. Aquellos que evaden al olvido —por ingratitud o egoísmo de sus deudos—, y a la custodia del Guardián, se convierten en fantasmas, los insomnes del mundo espiritual.




Mitos y leyendas oscuras. I Fenómenos paranormales.


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Fylgja: el espíritu que te hace cumplir tu destino


Fylgja: el espíritu que te hace cumplir tu destino.




Si hay determinadas circunstancias que parecen repetirse en su vida, estimado lector, o personas indeseables que regresan sin razón aparente, no se alarme, es perfectamente normal. El universo conspira, pero no para lograr su felicidad.

Hay destinos que parecen marcados. Y no solo la gloria tiene hechas sus reservas, los destinos miserables también están sujetos a esa inevitabilidad.

Existen caminos y encrucijadas que evadimos a lo largo de la vida, a veces por astucia, otras por pura casualidad, pero que luego vuelven a aparecer como si hubiésemos estado caminando, o viviendo, en círculos. Frente a estas situaciones recurrentes existen dos posturas posibles: la aceptación o el reproche. La primera es exigua para la mitología; la segunda se condensa en la figura del Fylgja.

El Fylgja es un espíritu proveniente de los mitos nórdicos, y su función es la de acompañar a una persona a lo largo de toda su vida para que cumpla su destino. De hecho, la palabra fylgja significa «acompañar».

Uno cree inocentemente que anda por la vida tomando decisiones, algunas de ellas, banales, como la elección de un pantalón o de un perfume, y otras más comprometidas, como el amor por otra persona, cuando en realidad es el Fylgja quien se encarga de que cumplamos las decisiones que otros ya han tomado por nosotros.

Los nórdicos veían en la recurrencia de situaciones, sobre todo de aquellas que procuramos evitar, un sutil mensaje del Fylgja que nos recuerda cuál es el camino que debemos tomar. Esa dinámica no es ineficaz, ya que los sucesos agradables no necesitan repetirse para que uno se decida por ellos.

En efecto, son las circunstancias indeseables las que deben reaparecer a lo largo de la vida para que nos sometamos a ellas, a veces por agotamiento.

Durante la fase más sutil de su interacción con nosotros, el Fylgja adopta la figura de un animal que nos acompaña en sueños durante toda la vida. No es exactamente un animal totémico, sino una figura que refleja el carácter de la persona, y el destino que ésta debe seguir.

Las personas destinadas al liderazgo son constantemente acorraladas por la imagen del lobo, del león, del águila. Las independientes son representadas bajo la forma de un gato o de un jabalí. Los cretinos asumen la forma del ratón. Y aquellos destinos relacionados con el materialismo son confinados bajo la silueta de varios animales carroñeros.

Ahora bien, es probable que uno intente escapar de su destino, o al menos luchar contra sus apetitos personales cuando estos parecen ser perniciosos para su desarrollo, buscando así otros caminos para transitar en la vida; sin embargo, el Fylgja utilizará toda su sabiduría para enfrentarnos a las mismas circunstancias desgraciadas: relaciones nocivas, trabajos insatisfactorios, accidentes, hasta que finalmente caigamos en la trampa.

Si bien no existe una forma de escapar de ese círculo de obligaciones, nada nos impide que podamos luchar contra él.

En definitiva, todos tenemos un destino en común del que no podemos escapar, y el verdadero acto de rebelión contra esas cartas marcadas no consiste en buscar estratagemas que posterguen la derrota, sino en jugar la partida con la mayor nobleza posible; en jugar, a pesar de que la victoria nos está prohibida.

Los dioses saben esto, y por eso nos envidian.




Egosofía. I Seres fantásticos.


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