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Miedo a la oscuridad


Miedo a la oscuridad.




Nunca entendí a las personas que dicen tenerle miedo a la oscuridad. Dejame decirte algo: nadie le tiene miedo a la oscuridad. No existe tal cosa. Nunca existió.

No falta el imbécil que teoriza sobre estos asuntos para impresionar a sus amigos, hablando sobre el miedo a lo desconocido, a la noche, a la negrura primaria de la caverna. Y los amigos asienten, y deberían, porque reconocen el miedo, lo conocen, pero no entienden que la oscuridad no tiene nada que ver con el miedo.

Sería exagerado entrar en consideraciones antropológicas aquí, de modo voy a resumirlo brutalmente: la culpa la tienen los cuentacuentos. Me refiero a esos sujetos que mantenían a toda la tribu en vilo, sentados alrededor del fuego, contando historias sobre la oscuridad. Las cosas no cambiaron mucho desde entonces. Ahora se llaman poetas, novelistas, artistas de lo macabro. Toda gente despreciable.

No sé hasta qué punto son concientes del fraude que han perpetrado contra la oscuridad. Supongo que los más inteligentes se habrán dado cuenta, pero han preferido seguir adelante para obtenener reconocimiento, estatus social, en fin. Estoy seguro que el cuentacuentos de la tribu, en algún rincón inhóspito de África, hace miles de años, no pasaba hambre. Mierda, probablemente se acostaba con las mujeres más hermosas.

Ya que estamos derribemos otro mito: no es que el más viejo de la tribu fuera el cuentacuentos, era el más viejo de la tribu porque era el cuentacuentos. Mientras los demás morían cazando, librando guerras contra los clanes vecinos, levantando toscos altares a los dioses indiferentes o desangrándose en el parto, el cuentacuentos vivía, y vivía bien. Comía abundantemente, se mantenía lejos del peligro, se le dispensaba del trabajo uro, era agasajado en todas las casas.

Alguien tenía que contar historias.

Y los que [aún hoy] se sientan alrededor del fuego, bueno, ¿qué puedo decir sobre ellos? No me inspiran ninguna lástima. No hay persona más ingrata que aquella que cree tenerle miedo a la oscuridad.

Pensalo bien: la oscuridad te protege desde que fuiste engendrado. Te cubrió en el vientre materno mientras tu cuerpo se desarrollaba. ¿Estabas a disgusto ahí? ¿No fue cuando saliste a la luz que las cosas empezaron a complicarse? No hay llanto en la oscuridad del útero, no hay necesidades, ni frío, ni calor, ni hambre. No hay tiempo.

¿Y qué tal cuando tenías cuatro años y llamabas gritando a papá y mamá, en medio de la noche, porque creías que había un monstruo en tu cuarto? Pensalo detenidamente: ¡no podías ver al monstruo porque estaba demasiado oscuro!

Por suerte para vos, el monstruo tampoco podía verte.

Y no podía verte gracias a la oscuridad.

No me hagas empezar sobre las veces que te cubrías con las sábanas porque tenías miedo. ¿No estabas buscando la reconfortante seguridad de la oscuridad? Claro, en ese entonces eras un niño, y, seamos sinceros, ¿qué saben los niños? Pero después te hiciste grande, y un día, mientras caminabas despreocupadamente por la calle, viste que un coche estaba a punto de atropellar a una vieja. ¿Qué hiciste entonces? Te tapaste los ojos con las manos.

Hasta el suicida más determinado cierra los ojos un segundo antes de golpear el suelo.

No, no le tenés miedo a la oscuridad. No existe tal cosa.

La oscuridad te protegió todos estos años, incluso antes de que empezaras a contar los años. Siempre estuvo para vos, siempre te recibió cuando la necesitaste, como una madre.

Pero la ingratitud no es tu responsabilidad. Sos el último eslabón de una cadena milenaria. Fuiste engañado por el cuentacuentos, y así debe ser para que tu civilización exista.

Solo te doy un consejo. No me deshonres. Porque la próxima vez que tengas miedo y cierres los ojos, buscando mi cálido abrazo, tal vez no vuelvas a abrirlos.




Egosofía. I Diario Éxtimo.


El artículo: Miedo a la oscuridad fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

La extraña librería de don Rossetti


La extraña librería de don Rossetti.




En las proximidades del cementerio de la Chacarita hay una librería cuyo propietario, doc Carlos Rossetti, se adjudica el mérito de no haber vendido un solo libro.

Si Rossetti fuera completamente sincero consigo mismo, habría admitido hace años que nunca quiso vender un libro, y que su librería, un establecimiento sumamente curioso, era en realidad un lugar para almacenarlos.

Si uno pasa por la puerta de la librería puede notar que Rossetti tiene la apariencia del típico librero, alguien que ha leído, pero no demasiado, alguien amable, cordial, pero si uno se detiene, y amenaza con ingresar en el local, esa percepción cambia radicalmente.

Rossetti utiliza todos los medios a su alcance, excepto la violencia física, para evitar que sus clientes realicen una compra. Es un hombre perspicaz; sabe reconocer al curioso del comprador, de manera que permite que los primeros ingresen en la librería y hagan lo suyo; esto es, merodear, manosear, vacilar; pero incluso estos individuos aparentemente inofensivos salen aterrorizados si tienen la audacia de preguntar cuál es el precio de un libro. Puede que Rossetti reclame el derecho de prima nocte, puede que exija el sacrificio de un lechón. Depende de su estado de ánimo.

Las personas poco observadoras pueden pasar por la puerta de la librería, incluso durante años, y confundirla con una ferretería o un local de venta de artículos de limpieza. Los vidrios son opacos, tal es así que uno debe pegar la nariz a la vidriera para vislumbrar algo en el interior. Tampoco hay carteles ni nada que insinúe remotamente que adentro hay libros.

Si uno supera estas dificultades, y de hecho ingresa en el local, es recibido por una conjunción de olores desagradables. Al parecer, Rossetti almacena sus excrecencias semanales y las coloca en el interior de una jaula —nadie, que yo sepa, ha visto al canario con vida— que cuelga sobre la puerta de entrada. El impacto es horrendo, más por lo inesperado que por el olor a mierda en sí, con el cual la mayoría de las personas está familiarizado.

Las estrategias de Rossetti no siguen un patrón riguroso. En ocasiones retira la jaula, y en cambio se dispone a recibir a los posibles clientes vestido en calzoncillos. Es un hombre corpulento, rollizo, se diría; de piel muy rosada. El aspecto general no es aterrador, pero la actitud que asume estando prácticamente en bolas es espeluznante para los incautos que ingresan en el negocio. Rossetti se abalanza sobre ellos con una actitud amable, incluso afectuosa, preguntándoles si buscan algo en particular, pero el cliente rara vez celebra ese trato profesional.

Otras particularidades de la librería son sus erráticos horarios de apertura. Rossetti a veces abre a la medianoche, quince o veinte minutos, y procede a cerrar hasta la semana siguiente. Solo ocasionalmente abre a la mañana, nunca temprano, y puede permanecer así durante un mes, o más, subsistiendo de la caridad de sus pocos allegados, como el profesor Lugano, que suele dejarle una docena de churros en la puerta de vez en cuando.

Los horarios de la librería son tan imprevisibles que algunos clientes han quedado encerrados en el interior. Cuando Rossetti decide cerrar, cierra, sin anunciarlo ni pedirle a los pocos desgraciados que ingresan en el local que se retiren. Hay que decir también que las maniobras para cerrar la persiana suelen ser una señal bastante clara y que la mayoría logra salir a tiempo. Pero hay compradores absortos que han debido pernoctar, o directamente sobrevivir durante una o dos semanas, hasta que Rossetti decide volver a abrir.

La disposición de los libros allí predispone a la desazón. No hay mesas de saldos, y los libros usados están situados a una altura inconcebible, a resguardo del manoseo indiscriminado. Rossetti tiene una política que excluye de su catálogo a los best-sellers, los libros de autoayuda, los libros de cocina, y básicamente todo aquello que pueda inducir una compra.

Aquellos de nosotros que vivimos en el barrio de Chacarita —no todos, es cierto, solo algunos— conocemos las mañas de Rossetti, y hemos aprendido a aceptarlas como parte de su personalidad. Cualquiera que entre en la librería, indiferente al olor a mierda, a la disposición hiperbólica de los libros, al propio Rossetti deambulando semidesnudo, puede tomar cualquier libro, leerlo, incluso llevárselo, sin pagar un peso.

Rossetti no vende libros, los custodia. Su condena, como la de Caronte al transportar el alma de los difuntos, es cuidar todos esos libros mientras estén en su posesión, hasta que no quede uno solo. Ese día, tal vez, cuando no haya más almas en la tierra, ni libros en la librería, Caronte y Rossetti por fin podrán descansar.




Crónicas del profesor Lugano. I Egosofía.


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El artículo: La extraña librería de don Rossetti fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Nada


Nada.




Cuando llegué por primera vez no sentí nada. Absolutamente nada. Hubiese sido agradable experimentar algún grado de desilusión, porque eso sería sentir algo. Pero no.

Entonces pensé que no estaba sintiendo nada porque no había nada.

¿Cómo nada?

¿Había llegado primero? ¿Dónde estaba el creador de nada? Porque alguien hizo esta mierda. La nada, por definición, implica el estado preexistente, o posterior, de algo.

Quizás yo era ese algo, esa condición que justifica la nada.

De todos modos, me sentí como el sujeto que llega a la fiesta demasiado temprano, cuando el anfitrión ni siquiera se ha vestido o algo así… Pero, un momento, eso ya era sentir algo. Estaba progresando. No era mucho, hay que admitirlo, pero era algo, y en la nada algo adquiere mucha relevancia.

Si las cosas iban a ser así, el proceso de poblar la nada sería muy enojoso. Un mísero sentimiento de contrariedad, por contraste, pareció significativo al principio, pero la tarea era demasiado ingrata siquiera para considerarla seriamente.

No soy un creador. Nunca lo fui. No tiene ningún sentido fingir lo contrario. En todo caso, soy bueno para moldear cosas, pero tengo que trabajar con algo. Haga el ejercicio de imaginar algo completamente nuevo, que no posea ni siquiera una referencia secundaria a algo que ya existe, y verá que crear, realmente crear, no es para cualquiera.

En fin.

¿Qué otras opciones tenía?

¿Irme de la fiesta antes de que empezara?

¿Habría una fiesta si me iba?

Entonces se me ocurrió pensar que tal vez esa nada que estaba experimentando era un reflejo de mí mismo. Ya sé lo que estás pensando, no puedes ver un reflejo en la nada, salvo que lo que se proyecte también sea nada.

La idea no me alarmó como debería haberlo hecho.

Si la nada era un reflejo de mis propios pensamientos, estos estaban vacíos.

Y no sólo vacíos, no una página en blanco. Algo vacío puede llenarse, una página en blanco puede escribirse, dibujarse, arrojarse a la basura. Si la nada era mi reflejo, yo era nada, jodidamente nada.

Pero, ¿cómo puedo ser nada si estoy pensando todo esto? Definitivamente no soy parte de la nada, ni la nada es parte mío. Puedo pensar, carajo. Eso es algo.

Espera un momento.

Tengo que hacerte un pequeño ajuste.

Estás imaginando el negro cuando hablo de nada, lo cual es perfectamente normal, pero el negro es algo.

El negro es el resultado de la ausencia o de la absorción de la luz visible. El negro rechaza las reglas, pero está haciendo algo. Se niega.

Nada es lo que piensa un cadáver. Nada es lo que ven tus omóplatos.

Por eso dejé de hacerle reclamos a Dios. Debido a la única respuesta que seguía obteniendo.




Egosofía. I Diario Éxtimo.


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El artículo: Nada fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

La chica de pelo negro


La chica de pelo negro.




Hay una chica que viene a la librería todos los días. No exagero. Todos los días, a la misma hora, y nunca entra. Bueno, a veces da unos pasos en el interior del local, pero entonces se paraliza, entreabre los labios, apenas, como si murmurara algo, y sale corriendo.

Esta chica tiene el pelo negro. Un dato irrelevante, dirá usted. Para mí, es sobresaliente. Me explico. Trabajo en esta librería desde hace veinte años. ¿Sabe cuántas chicas de pelo negro he visto entrar? Muchas. De hecho, empecé a trabajar aquí siguiendo a una chica de pelo negro.

La vi por primera vez afuera de la librería. No me atreví a abordarla. Hubiese sido descortés, es cierto, pero lo que me preocupaba era lo improductivo de un avance en esas circunstancias, por muy amistoso o casual que fuese. Además, soy un cobarde.

Pero a veces me resulta agradable estar cerca de una mujer atractiva, quiero decir, realmente atractiva, aunque sea para empaparme de su presencia, de su cercanía, de su aroma.

Tal vez estos pensamientos se transfirieron a mi rostro, porque noté que ella me miraba a través del reflejo de la vidriera. Su gesto era de rechazo, pero bien podría haber sido de náusea. No soy lo que se dice competente para interpretar los distintos grados de la desaprobación femenina. Pero creo que advirtió; no, supo, que yo cosechaba argumentos para luego repetirlos mentalmente en un contexto, digamos, de frenética actividad solitaria.

Ella entró en el negocio. Esto no parecía estar en sus planes porque vaciló entre las mesas, dispuestas como un laberinto. La seguí, a una distancia prudente, pero de algún modo se me escapó entre los libros. El librero me interceptó mientras la buscaba debajo de una mesa de usados, y me preguntó si buscaba algún libro en particular. Le dije que no, que buscaba a una chica de pelo negro que acababa de entrar.

El tipo asintió.

Debe ser algún tipo de código de libreros, pensé.

Sin mediar palabra, me entregó las llaves del negocio, y nunca más lo vi.

Refiero esta anécdota con énfasis para dejar en claro que la aparición de una chica de pelo negro suele marcar un momento significativo en mi vida. No sé si me explico. No soy escritor. Soy librero. Bueno, tampoco soy librero. Soy un tipo que quería acostarse con una chica de pelo negro y que terminó trabajando en una librería.

Ahora bien, esta chica de pelo negro (no la que se me escapó, la otra, la que no se anima a entrar) constituye uno de los pocos misterios que he podido descifrar.

Evidentemente padece un de desorden de ansiedad, o ataques de pánico, o algún diagnóstico por el estilo. Su comportamiento, sin embargo, no era impredecible. Había una disposición, un orden, en sus movimientos, que aprendí a comprender poco a poco.

Primero ella se detiene frente a la vidriera. Finge que busca algo con la mirada, algún título, algún autor (la gente suele hacer esto); pero yo sé qué libro le interesa. Está ahí nomás, al alcance de la mano. Solo hay que entrar y tomarlo de la primera mesa de saldos. Así de fácil. Y a veces lo hace, da unos pasos en el interior de la librería, vuelve a fingir que repasa otros títulos, y levanta el libro que realmente busca, pero entonces sobreviene la parálisis, los labios que se entreabren y que parecen murmurar algo, y sale corriendo.

Créame que hice de todo para que la chica de pelo negro se lleve el bendito libro y salir de este bucle que, paradójicamente, resulta ser el momento más interesante de mi día. Inicialmente lo coloqué cerca de la caja, donde el clima es más discreto, pero me pareció que el esfuerzo de llegar hasta ahí era demasiado para ella. Soy una persona humanitaria, de modo tal que fui colocando el libro cada vez más cerca de la entrada, para no hacerla sufrir. Lo dejaría en la vereda si estuviésemos en uno de esos países donde uno deja un libro en la vereda y nadie se lo roba. Dicen que en el Uruguay es así.

También puse en práctica otras estrategias. En una ocasión, calculando con precisión el advenimiento de la parálisis, un segundo antes, le dije:

—Llevátelo, es gratis.

Esto pareció alarmarla todavía más. Su nerviosismo se transformó en pánico. Gritó: un gritito agudo, sobrio, casi precario. Del susto desparramó algunos libros en el suelo. Un cliente amagó ayudarla a levantarlos. Ella gritó de nuevo. El tipo volvió a lo suyo. Ella se retiró con lágrimas en los ojos.

En otra ocasión la esperé, y justo cuando ella estaba por dar esos dos o tres pasos vacilantes en el interior del negocio, la intercepté. Nos encontramos cara a cara.

Procedí con la mayor sutileza.

—Bien —dije sin mirarla—, es momento de tirar este libro en el tacho de la basura que está en la esquina de Olleros y Rossetti.

Llevaba el libro en alto, sujetándolo con las dos manos, como un cura que levanta el cáliz en el apogeo de la misa.

Ella se precipitó a la calle, en la dirección opuesta a la esquina de Olleros y Rossetti.

En este punto consideré que lo mejor sería ponerme en su lugar, pensar como ella. Y lo hice, me situé frente a la vidriera de la librería y fingí que buscaba algo.

A través del vidrio identifiqué rápidamente la portada con el título que buscaba. Siguiendo ese rastro, mis ojos se abrieron paso a través de la librería, más allá de la robusta mesa de best-sellers que no he leído. Sentí que los libros me miraban desde los anaqueles. Trataban de intimidarme.

Y así atravesé las defensas exteriores, pero entonces fui atacado por una infantería de libros en las mesas de saldo; libros que seguramente leería si tuviera tiempo. Desafortunadamente, mis días están contados. Con una maniobra calculada, di unos pasos más, apartándome de las columnas de libros que me gustaría leer, si no hubiese otros que debería leer primero. Evité mirar de frente los libros que son demasiado caros para mí, libros que probablemente compraría si estuvieran en rústica, libros que podría pedir prestados a alguien, libros que podría robar, probablemente a la persona que me los preste. Con serenidad ignoré los libros que todos han leído, como si yo también los hubiese leído.

Entonces me paralicé.

Empecé a temblar.

Creo que mis labios se entreabrieron, como si murmurara algo.

Estaba a punto de salir corriendo cuando escuché un ruido extraño. Ratas, pensé. A las ratas les encantan los libros. Llevan años masticando el Ulises.

Interrumpí el ejercicio de empatía para identificar el origen del ruido. Mi oído, por otra parte, agudísimo, me llevó hasta una mesa de usados. Algo rascaba desesperadamente ahí abajo. Me agaché, y vi a un tipo en cuatro patas.

—¿Busca algún libro en particular? —pregunté.

—No —respondió—. Busco a una chica de pelo negro que acaba de entrar.

Asentí en silencio.

Sin mediar palabra, le entregué las llaves del negocio, y nunca más lo vi.




Egosofía. I Diario Éxtimo.


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El cuento: La chica de pelo negro fue escrito por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

El olor de los libros de la tía Ernestina


El olor de los libros de la tía Ernestina.




Las novelas de terror editadas en los años '70 tienen un olor particular. Algunos huelen a pulpa de madera podrida, a cartón húmedo, con un dejo ácido, superficial, que hace que se te seque la lengua y que probablemente haga que tengas que secarte los ojos antes de la página cinco (ver: El secreto del olor de los libros viejos).

Pero los libros de mi tía Ernestina tenían un olor singular debajo de esos olores. Una fragancia subyacente, profunda, densa. No podría definirla exactamente, pero hoy la recuerdo como una mezcla de olor a piel bronceada, té (mucho, en cantidades industriales), y quizás un toque de esmalte de uñas.

Ernestina andaría por los cuarenta años a finales de los ’80. Muy bien llevados, probablemente porque era soltera, y en ese entonces las presiones sin dudas eran considerables. A Ernestina no parecía importarle demasiado, pero siempre estaba arreglada. Exageradamente, según mi madre.

Los sábados a la tarde nos cuidaba en su casa, a mi y a mi hermana. Nos dejaba jugar en el patio sin demasiados condicionamientos mientras hiciéramos silencio a la hora de la siesta. Pero, ¿cuánto puede un chico de doce años jugar con su hermana menor antes de buscar otros intereses más ambiciosos?

La biblioteca de Ernestina era el mío.

No era exactamente una biblioteca, sino más bien un mueble enorme, repleto de portarretratos, botellas cubiertas de polvo, recuerdos de viajes, y una buena cantidad de libros apilados sin un orden aparente.

La mayoría de estos libros tenían títulos sugestivos, pero el arte de tapa me hacía sentir que su lectura conformaba algún tipo de delito. Los hombres en esas ilustraciones siempre parecían estar al acecho. Las mujeres, escapando de algo.

El olor de esos libros era intoxicante. Sin haber leído ni uno solo, hasta entonces, podría haber reconocido cada uno de los libros de la tía Ernestina por su olor.

Cuando visitábamos a la tía con mis padres, algo que no ocurría regularmente, notaba cierta incomodidad en presencia de aquellos libros. Mi padre siempre les daba la espalda, aunque solía arrojarse vorazmente sobre cualquier biblioteca desconocida. ¿Acaso los había leído ya? No lo sé. ¿Quién sabe lo que realmente leen los padres? Mi madre, en cambio, a veces se llevaba una de estas novelas clandestinamente. La tía Ernestina la deslizaba cuidadosamente en la cartera de mi madre mientras mi padre estaba distraído.

Un sábado, mientras la tía Ernestina dormía la siesta, decidí aventurarme en uno de sus libros. Tomé uno al azar: El ente (The Entity), de Frank De Felitta. Trataba sobre una mujer cuya casa es invadida por una entidad sobrenatural que la obliga a tener relaciones, o que la golpea salvajemente (a menudo en ese orden), dependiendo de su estado de ánimo (ver: Encuentros calientes con fantasmas y espíritus).

Aun entonces advertí que era una buena idea pobremente ejecutada, pero esa lectura —y el olor, ¡Dios! ¡El olor de ese libro!— me hicieron abandonar definitivamente los juegos en el patio. Cuando la tía dormía la siesta, yo leía.

Recuerdo haber leído auténticos esperpentos como Sátiro (Satyr), de Linda C. Gray; Íncubo (Incubus), de Ray Russell; y el que más me impresionó de todos: El visitante nocturno (The Night Visitor), de Laura Wylie.

Entonces, mientras la tía dormía (cada tanto me asomaba a su habitación para verificarlo) leí la historia de Nina y Martin Gerard, una pareja que se muda desde Italia a un edificio de Nueva York donde viven dos lesbianas, Elva y Tracy, aficionadas al tablero ouija, donde además el doctor Kaufman realiza observaciones científicas sobre las prácticas onanistas de su hija, Helga, y donde Halley y Vince, una pareja de idiotas, disfrutan encamándose en todos los espacios públicos del edificio.

Sabemos todo esto porque hay una entidad en el edificio, un Íncubo, que observa de cerca a todos los inquilinos. Cuando las lesbianas tienen una sesión de espiritismo, él aparece y hace que Helga irrumpa en el departamento y se toque frenéticamente delante de ellas. Además, influye en un artista mediocre, Steven, para que pinte verdaderas abominaciones, no tan escandalosas como los arrebatos del doctor Kaufman, que pasa de estudiar a su hija a convertirse en un completo degenerado con ella. Por suerte, esas actividades son descubiertas por la esposa del doctor, quien le destroza el cráneo con una pequeña estatua.

En medio de este caos aparece un sujeto llamado Isaaic, que es un antropólogo retirado pero que en realidad bien podría ser considerado un incubólogo, ya que parece saberlo todo sobre este tipo de entidades. Es él quien resuelve el motivo del comportamiento extraño, cuando no directamente delictivo, de los inquilinos del edificio.

Parece que, mientras estaban en Italia, los Girard tuvieron un pequeño altercado con su vecina, una condesa, quien desencadenó la sexualidad de la señora Girard a través de un objeto mágico y, de paso, mantuvo encuentros ilícitos con su esposo. Esta condesa, lo sabemos al final, es en realidad un demonio, un íncubo (raro, porque los demonios femeninos suelen ser súcubos), con más de un milenio de experiencia seduciendo a personas incautas y llevándolas a cometer toda clase de atrocidades.

Finalmente, Isaaic derrota a este espíritu diabólico arrojando al río aquel objeto mágico, que la condesa entregó a la señora Girard en Italia, mientras tiene una gran erección.

Todas estas cosas leí, y de algún modo cambiaron mi forma de ver a la tía Ernestina. Cuando vacié su biblioteca, cuando terminé de leer cada una de sus novelas amarillentas, cuando fui capaz de reconocer cada título por su olor, empecé a aventurarme cada vez más en su habitación mientras dormía la siesta.

Me gustaba sentarme en un rincón y mirarla, y a veces algo más que eso. Por pudor, o tal vez por una sutil comprensión de la imaginación de un muchacho, creo que ella simulaba que dormía. Había algo hipnótico en su forma de girar sobre las sábanas, de destaparse, de permitirme ver, en la penumbra, ese delicado juego de intermitencias (ver: La sutil atracción de las intermitencias).

En ese entonces ni siquiera sospechaba una posible simulación. Creo que la imaginaba soñando algunos de esos argumentos truculentos, quizás con aquellas lesbianas que conversaban abiertamente sobre la diversidad de género mientras mantenían sesiones de espiritismo juntas, cuando no estaban participando de algún exorcismo multiétnico que, lamentablemente, las terminó curando de su desviación.

Me gustaba sentarme, decía, y mirar a la tía Ernestina mientras dormía la siesta; y desde entonces, creo, comencé a prestarle más atención en otras situaciones. Me gustaba verla charlando con mis padres sobre asuntos banales, como la política o la situación económica del país, sabiendo lo que ella también sabía, habiendo leído lo que ella había leído.

Ernestina murió unos diez años después. Todavía joven, todavía atractiva. Me quedé con sus libros. Ya tenía edad suficiente como para que nadie lo objetara.

Todavía los conservo, alrededor de treinta libros en un estado calamitoso. Los mantengo lejos de la biblioteca, en una caja bien cerrada. De vez en cuando, algunos sábados especialmente melancólicos, la abro con la excusa de limpiarlos. Entonces los huelo, no mucho, solo apenas, lo suficiente como para encontrar aquel estado emocional, el contorno de aquellos sábados a la tarde. Me gustar recorrer esas páginas amarillentas y luego sentarme a escribir con el olor de la tía Ernestina impregnado en los dedos.




Diario Éxtimo. I Taller Gótico.


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Libros, y vidas, que empiezan por la mitad


Libros, y vidas, que empiezan por la mitad.




No me gusta empezar un libro por el principio, que siempre es arbitrario, cuando no directamente tendencioso. Prefiero empezar por la página veinte, o cuarenta, y luego retroceder al inicio que el autor ha elegido, siguiendo vaya uno a saber qué criterio. A veces, claro, empiezo por la primera página, como Dios manda, como el autor seguramente hubiese querido, ¿pero qué sabe él?

¿Quién es él para decirme cómo debería leerlo?

A veces ese inicio describe un hecho aparentemente significativo, una muerte, tal vez, una partida, un regreso. Esa elección es arbitraria, porque además de decidir qué es significativo también resuelve, por omisión, qué cosas son superfluas.

Alguien dijo por ahí que los libros, como las vidas, se ponen interesantes después de treinta o cuarenta páginas, o años. Algo de eso me pasa como lector. Empezar un libro en cualquier página es como encontrarse con esos curiosos atisbos de la vida que uno a veces capta sin darse cuenta.

Salir a la calle es como empezar un libro en cualquier página, es cruzarse con escenas, con personas, que resplandecen por un instante y luego se disuelven en el movimiento. Hay una maravillosa confusión en esos asuntos humanos.

El lector tiene una ventaja: observa la historia desde un punto fijo, una perspectiva. Un buen libro, sin embargo, resiste la agitación de comenzarlo en cualquier página. Resiste eso y mucho más: páginas faltantes, fuentes ilegibles, editores conspicuos, impresiones fantasmagóricas. Un buen libro lo resiste todo porque está vivo, a su manera.

El profesor Lugano fue quien me inició en estas lecturas antirreglamentarias. Su proceder en la vida es análogo: participa lateralmente de los eventos que lo rodean, se retira prematuramente de las conversaciones, y hasta de las situaciones que lo tienen como protagonista, como su cumpleaños, cuya fecha varía de año en año.

Claro que, al principio, esas lecturas improcedentes me generaban una gran ansiedad. Sentía que empezar un libro por la mitad constituía un delito no reglamentado, algo vejatorio, agraviante, ilegal. Tras uno o dos párrafos leídos culposamente, como un chico que roba unos caramelos en el kiosco, me apresuraba a regresar al tranquilizador inicio pensado por el autor.

Esos largos paseos con el profesor Lugano en el Parque Los Andes, observando la agitación de la ciudad, rostros que aparecen y desaparecen desde un colectivo, que se detienen un segundo en el semáforo y luego cruzan la calle y se pierden en el olvido, me hicieron asumir una actitud más reservada en relación a lo significativo.

Esos intervalos de intensidad, el inicio de historias anónimas en la estación del tren, en las escaleras del subte, en el asfalto, siempre son caprichosas. Hay historias trágicas, amorosas, heroicas, abyectas, que se inician interiormente, que no tienen nada que ver con episodios externos.

El punto de inflexión de una vida no necesariamente depende de factores exteriores. No siempre pasa algo que nos hace pensar, reflexionar, cuestionarnos cosas. A veces, la mayoría de las veces, no pasa nada.

Todo inicio es como una crisis. Si es un buen inicio duele saber que tendrá un final; y si es el final, daríamos todo por volver al principio sin saber lo que ocurrió después.

No me atrevería a recomendar este hábito de empeza un libro en cualquier página. Tiene algo de patético, y mucho de insatisfacción. Es como mirar por una ventana pedacitos incompletos de una vida, de muchas vidas; y sentir que hay una infinita y constante sucesión de acontecimientos más pequeños que se nos escapan.

Llegar a la última página es creer en la ilusión de que podemos atrapar esos momentos, que de algún modo podemos darles un cierre. Pero el final de una historia siempre es el comienzo de otra.

Esto último es excesivamente sentimental, pero también inquietante, porque significa que incluso cuando nos ajustamos a las reglas, y empezamos un libro por la primera página, en realidad estamos continuando una historia cuyo verdadero comienzo, como la rueda borgeana, tiene su vértice en todas partes.




Egosofía. I Crónicas del profesor Lugano.


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Dos palabras para una ruptura filosófica.


Dos palabras para una ruptura filosófica.




—Mirá, te cité porque necesitaba hablar con vos, Graciela. Tengo que sacarme esto de encima. No te rías porque es algo que me preocupa de verdad, como una presión en el pecho, ¿entendés?.

El diálogo se produjo en los reservados del Teufel, al fondo, detrás de las mesas de billar, y próximos a las dependencias sanitarias. Allí, por lo general, se reunen las parejas para dejarse y evitar los escándalos en la vía pública.

Cuando una pareja entra al Teufel, y se dirige hacia ese sector, alguno de nosotros se ubica estratégicamente en el pasillo que conecta el salón principal con el depósito. Desde allí puede oírse con claridad lo que ocurre en las últimas mesas. Esta actividad responde a inquietudes elevadas, aclaro, no a un mísero interés por las intrigas y enredos de pareja, y menos aún al tráfico de información.

—Me asombró que me llamaras —dijo Graciela—. Pero, bueno, acá estoy. ¿Qué querías decirme?

—Te agradezco que vinieras —dijo él—. Vos sabés bien que soy filósofo, y que esto de hablar por teléfono, por mensajes, me produce ansiedad. La síntesis, su necesidad, me da pavura. Yo necesito exponer acabadamente mis puntos de vista, argumentar, retorcer el tejido, la fibra de la razón, para poder…

—Gerardo, te pido por favor que vayas al grano —lo interrumpió ella, con mucha gentileza—. Hace un año que no hablamos. Un año. Yo rehice mi vida. Estoy en pareja, y muy bien, por cierto. De modo que si me citaste para pedirme que volvamos…

—No —dijo Gerardo, algo alarmado—. No es eso.

—¿Entonces?

—Vos sabés bien, Graciela, que las palabras, el simple hecho de decir algo, de nombrarlo, es el asesinato de la cosa nombrada.

—Creo que me lo habías comentado, sí —dijo ella, mirando de reojo su teléfono.

—No me refiero únicamente al sentido formal, y hasta elemental, de que al nombrar algo se implica una distancia con ella, y hasta su ausencia. La palabra mata a la cosa nombrada porque la trata como algo muerto, aunque todavía esté presente.

—Claro.

—Bueno, en este sentido, hay algunos filósofos, como Žižek, que argumentan algo interesante al respecto: decir algo es como practicar una disección radical entre eso que se dice y el objeto que se nombra.

—Entiendo —dijo ella, haciéndole un gesto al mozo, Finucho, cuyo rango de visión no supera los tres o cuatro metros.

—Vos sabés bien, Graciela, porque lo hemos discutido en repetidas ocasiones, que la palabra acuartela la cosa nombrada, la encierra, la arranca de su verdadero contexto, y la coloca en una esfera completamente diferente.

—Mozo.

—En este contexto, cuando decimos algo no le estamos dando entidad, como aseguran equivocadamente los terapeutas; sin ir más lejos, el tuyo, sino que la estamos exhumando del plano real, donde las cosas simplemente son, e incrustándola en una dimensión ilusoria, que juzgamos autosuficiente pero que en realidad no lo es.

—¡Mozo!

(Finucho, hay que agregar, también padecía repentinos ataques de sordera)

—Vos sabés bien, Graciela, que cuando decimos algo, algo importante, no boludeces, uno siente cierto alivio. Esa sensación de ligereza es como un duelo: lo que que se ha dicho está muerto. Y si está muerto, ya no puede afectarnos.

—Te pido, Gerardo, que vayas al grano —dijo ella, ya algo impaciente.

—Vos sabés bien, Graciela, que lo nuestro no tenía futuro. Yo soy un hombre de ideas, no de acción; un hombre contemplativo, pasivo, se diría, y vos una mujer capaz de desplegar un abanico aparentemente interminable de actividades banales.

—Coincido. No tenía futuro.

—Vos sabés bien que sí. Los dos lo supimos de entrada, cuando nos conocimos. Y después de la ruptura, también. Yo no quiero volver con vos, Gabriela, te juro que no quiero; y sé perfectamente que vos tampoco.

—¿Entonces?

—Lo que quiero, Gabriela, y quizás vos lo sabés bien, en tu interior, es olvidarte. Necesito dar vuelta la página. Vos dirás, seguramente, que lo nuestro fue un librito de dos páginas de mierda, un opúsculo, se diría, y coincido. Fueron dos meses, apenas, pero intensos, y vos sabés bien que la duración de algo no impugna el impacto que pueda tener sobre uno.

—Claro.

—Vos sabés bien, como te decía anteriormente, que la palabra mata al objeto nombrado. Y yo necesito dejarte atrás, exteriorizarte, amputarte, acuartelarte como la palabra acuartela lo dicho; matarte, metafóricamente hablando. Quiero decirte algo, y que al nombrar ese algo éste desaparezca.

—Decilo entonces.

—Te amo, Graciela.




Egosofía. I Crónicas del profesor Lugano.


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El ladrón de libros


El ladrón de libros.




Ningún otro objeto posee la cualidad de preservar, a veces de forma inalterable, una parte intangible de su propietario. Es extraño, pero los libros que más quiero se vuelven cada vez más gordos con el transcurso de los años, como si en cada lectura uno dejara una parte de uno mismo grabada entre las páginas.

Esto es lo que había pensado escribir, pero en seguida uno se da cuenta que el razonamiento es falaz: pasan los años y, en las relecturas, uno va imprimiendo ideas, sentimientos, pensamientos, sonidos, colores; en fin, creo que la idea se entiende. Sentimentalismo realmente despreciable.

Pero no es esto lo que quería escribir exactamente.

Lo que quería escribir es que, hace poco, tomé un libro de mi biblioteca, un libro que me acompaña desde hace muchos años. Lo robé, bajo el pretexto de rescatarlo de manos indignas, en un hostel de Jujuy. En estos casos, la apropiación de un libro no está mal vista, siempre que uno deje otro para reemplazarlo. No es una regla escrita, pero la mayoría la respeta.

No viene al caso mencionar el título. Uno nunca sabe si su anterior propietario todavía lo está buscando. Si es el caso, deberías saber que el libro está perfecto estado. Se podría decir que es feliz.

El asunto es que, al volver a tomarlo en mis manos, no sentí eso que quería escribir hoy, quiero decir, aquello de que uno va grabando distintos momentos de su vida con cada relectura. La idea es pueril, lo acepto, pero además es falsa.

Quería escribir sobre un libro que uno haya leído muchas veces, un libro que, cuando lo abrimos, nos encontramos con un yo un poco diferente, más joven, más parecido a ese ideal que tenemos sobre nosotros mismos, como si de algún modo el libro nos hubiese preservado. Pero entonces tomé aquel libro robado y no sentí nada de todo eso.

Nada.

Quería escribir que los libros engordan con los años, que uno, como lector, le va añadiendo un contenido personal que lo robustece. Eso quería escribir, pero entonces me di cuenta de lo contrario: los libros adelgazan con el tiempo.

Eso me pasó con el libro robado. Lo sentí seco, como desnutrido.

Esta mañana volví a abrirlo, muchos años después de haberlo robado. Crujió entre mis dedos como si despertara lentamente, y me encontré, efectivamente, con un yo un poco diferente, más joven. Pero, ¿dónde estaban los otros yo, los incontables yo que lo habían releído tantas veces?

Solo encontré al ladrón en medio de la noche. Encontré a mi pareja, también, un poco diferente, más joven. Encontré sol, mucho sol, las dificultades de hacer un asado en la altura, una piedra que repica como una campana, una sandía perfecta, una sopa cuyos ingredientes (yuyos arrancados al costado de la ruta) nunca pude arrancarle a la mujer que los preparó. Creo que se llamaba Elena o Elsa. No estoy seguro. El recuerdo impreso estaba borroso.

Este libro, estoy seguro, me ha preservado, pero se abstuvo de registrar otras versiones de mi mismo. No dice nada sobre cómo me sentía, qué pensaba, releyéndolo en el viaje de regreso, o aquí, en Buenos Aires. No dice nada sobre los muchísimos otros yo que lo han abierto.

Este libro —y acaso todos los libros— posee la cualidad de preservar, inalterable, una parte intangible de su propietario, pero solo una, un lapso de tiempo determinado, digamos, un segmento de nuestra vida, que queda grabado de forma imborrable. No importa cuántas veces más lo abramos, siempre nos encontraremos con el yo del primer encuentro, yo, con el ladrón.

Para los libros, la primera impresión es la que cuenta.



Egosofía. I El club del antilibro.


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Adoptá un libro


Adoptá un libro.




Con el tiempo llegué a desarrollar una aversión por los libros nuevos. No creo ser el único que siente esta antipatía. He visto a otros, en silencio, moverse por las librerías con cierto desprecio reflejado en la mirada, cierta hostilidad, incluso, al manipular un volúmen recién salido de la imprenta.

Los libros nuevos, relucientes, no tienen lugar en mi biblioteca. A estos los mantengo incomunicados para que vayan ganando opacidad, ese temperamento deslucido, cansado, de los libros viejos. Si necesito leerlos, por cuestiones que no vienen al caso, siempre lo hago con desagrado.

No me refiero aquí a primeras ediciones. No es eso lo que quiero decir. Hablo de esos libros que nadie lee, libros que pasan años durmiendo en las mesas de usados, libros abandonados, huérfanos.

Los libros viejos de autores reconocidos, que los libreros suelen colocar en una mesa aparte, con el ostentoso título de «best sellers», por lo general son adoptados rápidamente, aún cuando estuviesen en pésimo estado, vejados por propietarios inescrupulosos. Estos libros tampoco me interesan demasiado. Siguen siendo deseados.

Me gustan esos libros de los que alguien se deshizo en una mudanza; libros de alguien que ha muerto, quizás, descartados por deudos preocupados por recuperar algo de espacio en la casa del difunto.

Estos libros indeseados son los que realmente me atraen. Me gustan porque, a pesar de su estado calamitoso, todavía poseen un espíritu salvaje. Son libros sin hogar, libros que se reúnen en una mesa de saldo y comparten ese destino silencioso durante años; libros que todavía ansían el roce, el tacto de un lector, mientras amarillean inexorablemente.

Estos libros tienen un lugar privilegiado en mi biblioteca, hasta que eventualmente sigan su camino. Poseen un espíritu errante, indomable, que jamás podríamos encontrar en los libros nuevos; que de algún modo me parecen domesticados, dóciles, acaso porque no tienen una historia detrás, un camino recorrido.




Egosofía. I Diario Éxtimo.


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La atracción de las intermitencias.


La atracción de las intermitencias.




Soy invisible.

Aclaro: no es que sea incorpóreo como esos personajes de ciencia ficción. La luz se refracta en mi materia, y cualquiera con ojos puede verme. Yo mismo, sin ir más lejos, me observo claramente en el espejo todas las mañanas. Lo que quiero decir es que soy espiritualmente traslúcido, impalpable, en términos metafísicos.

Todos dejamos impresiones en los demás. Cualquiera que pase a su lado probablemente lo notará, y eso se debe, en general, a esas pequeñas afinidades y desagrados que usted manifiesta sin querer con su lenguaje corporal. El deseo, el desagrado, nos vuelven más corpóreos, más densos; sin embargo, existen personas que, como yo, son de naturaleza más bien inmaterial, precisamente porque aquello que deseamos no puede manifestarse claramente en ningún lenguaje posible.

Hay atracciones indisimulables, sobre todo aquellas que nos llevan a asumir un comportamiento visible hacia el objeto de deseo. Algunas atracciones, las más detestables, recaen en la órbita de la perversión, categoría demasiado amplia para mi gusto, pero que obligatoriamente debo asumir como parte de mi conducta. Soy un perverso, sí, pero un perverso de las intermitencias.

Esta fascinación me ha permitido pasar desapercibido. Soy invisible, indetectable, y ninguna mujer que se cruce en mi camino puede advertir, siquiera inconscientemente, que sufro esta grave condición.

De hecho, atravesé mi juventud, y buena parte de mi vida adulta, siendo considerado un verdadero caballero. Mientras mis amigos volteaban la cabeza ante una mujer hermosa que pasaba por la calle, en ocasiones tan repentinamente que uno casi podía oír un súbito crujido cervical, yo permanecía sereno, imperturbable.

Algo similar ocurría con las mujeres que formaban parte de mi grupo de amistades. Mi carácter impasible, en apariencia, ante la belleza, transmitía un aire de seguridad, de manera tal que mi proximidad no suponía un riesgo. Esto, desde luego, generó algunos rumores maliciosos entre mis amigos. El simple hecho de no manifestar abiertamente el deseo por una mujer, a través de la palabra o de una actitud, me volvió alguien sospechoso.

No me molestó ser el objeto de estas sospechas, por otro lado, totalmente anacrónicas, acerca de mi hombría. Sabía apreciar la belleza, y la deseaba, desde luego, pero de un modo muy singular.

Verá, creo que los hombres nos sentimos atraídos, en principio, por elementos aislados de la mujer, y que cada una de esas partes genera un tipo de comportamiento específico en nosotros. El amor, en todo caso, es la capacidad de unir todos esos elementos. Intentaré explicarme sin caer en groserías.

El hombre que, por ejemplo, siente una particular atracción por las t**as de la mujer, en general adopta un gesto de fruncimiento de los labios, un buche, si se quiere, como si estuviera dispuesto a succionar algo; seguramente un reflejo del instinto del lactante. Por otra parte, el sujeto que dirige su atención hacia reverso femenino, dobla las rodillas, apenas un poco, inconscientemente, como si de algún modo se imaginara saltando sobre ella de repente; hábito execrable, por cierto, y que, según los antropólogos, predominaba en la Edad de Piedra.

En este sentido, el objeto de mi deseo me permitió adoptar una actitud distante, inexpresiva. Tal es el comportamiento de aquellos que, como yo, sienten atracción por las intermitencias.

No es sencillo explicar en qué consisten exactamente esas intermitencias. Digamos que en el terreno de la perversión predomina lo literal, lo textual. Algo atrae, algo concreto, aunque sea un elemento aislado de otro ser humano, y eso es lo que se desea. Mi caso, en cambio, es más sutil.

No hay zonas definidas de la geografía femenina que me atraigan particularmente. Ninguna de ellas, por sí misma, despierta mi atención; es más bien en las regiones fronterizas, en las intermitencias de la piel que resplandecen entre dos prendas, en el contraste, en el roce imaginado, donde experimento una particular e inexplicable atracción. Ese destello de la piel, casi accidental, es lo que me seduce.

Supongo que debe haber muchos más como yo, pero nuestra naturaleza imperceptible impide que podamos reconocernos.

Uno podría suponer que en una sociedad, como la nuestra, donde la mayoría juega un rol demasiado obvio, incluso cuando hablamos del deseo, la negativa a seguir cualquiera de esos estándares seguramente despertará cierto interés en los demás. Lamentablemente, esto solo funciona a nivel teórico.

Lo sé porque soy invisible.

La imposibilidad de enfocar mi deseo en algo tangible, aun en algo socialmente reprobable, aun en una actitud cosificadora, me hace indetectable. Cada vez que me aproximo a una mujer, e intento interactuar con ella, ésta reacciona con sorpresa, incluso con un indisimulable sobresalto, como si hubiese aparecido de repente, materializado desde la nada misma.

Es ingrato el destino de aquellos que nos sentimos atraídos por las intermitencias. Uno puede ser encantador o descarado, educado o provocador, y producir en el otro el mismo sobresalto, la misma consternación. Entonces me disuelvo, sí, me desvanezco otra vez en ese deseo indefinible que destella y se apaga, intermitente. Y desde esa oscuridad, furtivo, te miro.




Egosofía. I Crónicas del profesor Lugano.


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El lector que jamás leyó un libro


El lector que jamás leyó un libro.




Hay lugares que determinan nuestra actitud. Uno puede estar en una iglesia, ocasionalmente, incluso sin ningún interés en la religión, sino más bien para cumplir con compromisos protocolares, y sentir que el silencio y el respeto, aunque sean fingidos, se imponen.

Algo similar, pero de un modo inverso, ocurre en los sitios festivos. Uno asume una predisposición a la alegría, que puede o no ser engañosa, pero que finalmente se va apoderando de nuestro estado de ánimo hasta que se vuelve real.

Las bibliotecas también producen esta influencia, esta ascendencia, este influjo coyuntural sobre el estado de ánimo, y el caso de Jorge Sagastizábal es el más interesante que conozco.

A Sagastizábal lo conocemos desde hace muchos años. Se reune con nosotros en el Teufel, en Chacarita, para escuchar los sermones del profesor Lugano. Es un buen sujeto. Un poco parco. Constituye esa raza de individuos que no tienen demasiado qué hacer, pero que de algún modo siempre están apurados.

Sagastizábal se retiraba de las reuniones mucho antes de que estas finalizaran. Su partida a menudo coincidía con un desmadre, consecuencia de una borrachera generalizada, donde las compadreadas se pagaban caro. En su presencia, sin embargo, todo era más tranquilo, más sobrio. En cualquier caso, Sagastizábal se excusaba afirmando que, a primera hora, debía asistir a la biblioteca; y que nunca, en más de cuarenta años, se había ausentado de su rutina.

El profesor Lugano, que frecuentemente objeta en términos más bien enérgicos las retiradas prematuras de su audiencia, jamás dijo nada al respecto. Creo que respetaba a Sagastizábal.

Una noche, como habitualmente ocurría, Sagastizábal se despidió de nosotros con un gesto. Pagó lo suyo, un par de ginebras, y se perdió en la oscuridad. Durante unos instantes lo vimos caminar encorvado junto al paredón del cementerio. Masticardi refirió una ironía, y el profesor Lugano le salió al cruce.

—Más respeto con ese hombre —dijo el profesor—. Sagastizábal es el tipo más leído que conozco, aunque sea un analfabeto.

Masticardi rompió en una carcajada tan acuosa que, por un momento, pensamos que se ahogaba.

—¿Qué dice, profesor? —dijo Masticardi—. ¿Cómo Sagastizábal puede ser un hombre leído si es analfabeto? Salvo que usted lo diga en un sentido metafórico, digamos.

—La metáfora es un recurso decorativo que distrae al pensamiento —dijo el profesor—, o mejor dicho, que procura reducir cuestiones altas y nobles a imágenes más o menos coloridas. A esta altura de mi vida prefiero referirme a ciertas cosas como realmente son, entre ellas, el analfabetismo.

—¿Entonces no bromea cuando dice que Sagastizábal es analfabeto?

—Por supuesto que no. Además, ¿quién bromea con estas cosas? —dijo el profesor, haciendo gárgaras con una caña—. Sagastizábal no sabe leer ni escribir. Lo sé porque me sentaba junto a él en la escuela primaria. Su padre lo retiró en primer grado para que trabaje con él como ayudante de albañilería. Sabe escribir su nombre, y deducir algunos cálculos. Solo eso.

—No quiero refutarlo, profesor —se atajó Masticardi—, pero Sagastizábal visita la biblioteca todas las mañanas. Pasa horas enteras ahí. ¿Acaso trabaja como empleado de limpieza o algo así?

—No —dijo el profesor—. Sagastizábal va a la biblioteca a leer.

—¡Pero usted acaba de decir que el hombre no sabe leer!

—Hay muchas formas de leer —concluyó el profesor, y nadie pudo sacarle una palabra más sobre el asunto.

Naturalmente, al día siguiente nos reunimos en el parque Los Andes, bastante más temprano de lo que nuestra resaca nos habría permitido en otras circunstancias. Desde allí, puntualmente a las nueve, lo vimos pasar a Sagastizábal en dirección a la biblioteca.

Debatimos unos minutos para desarrollar una estrategia de espionaje que fuese verosímil. Por ser el menor, se me encargó a mí entrar en la biblioteca y seguir de cerca los movimientos de Sagastizábal.

Así lo hice. Me presenté en la mesa de entrada. Solicité una copia del Necronomicón, más que nada para evaluar la estatura intelectual de la bibliotecaria. Ella sonrió. Tenía una sonrisa muy bonita.

—En realidad —dije—, quería preguntarle algo. ¿Conoce al tipo que acaba de entrar?

—Sagastizábal, claro —dijo ella—. Viene a la biblioteca desde mucho antes que yo entrara a trabajar.

—¿Y qué es lo que hace? ¿Trabaja aquí?

—No —dijo la bibliotecaria—. Viene a leer.

—Qué curioso. Me han informado que Sagastizábal no sabe leer —dije, en tono confidencial.

La bibliotecaria volvió a sonreír. Su sonrisa me pareció aun más bonita.

—Nunca lo vi abrir un solo libro, si es eso a lo que se refiere —dijo ella—, pero Sagastizábal lee, y mucho.

—¿Me permitiría usted pasar al sector de lectura? —pregunté— Realmente necesito saber qué hace este hombre con los libros si no sabe leer.

—Por supuesto que puede pasar. Es una biblioteca pública. Solo tiene que pedirme un libro. ¿Cuál quiere?

—No sé —vacilé—. Algo profundo.

—Tome —dijo, y me alcanzó un libro en muy mal estado—. Conrad. ¿Le gusta Conrad?

En esas circunstancias me daba lo mismo un libro de mecánica automotriz.

—Me encanta. Gracias.

Tomé el libro, me lo encajé debajo de la axila, y avancé, con mucha cautela, al sector de lectura.

Ahí estaba Sagastizábal, sentado en una mesa rodeado de libros, todos perfectamente cerrados. Detrás de él se alzaban por lo menos dos metros de anaqueles repletos de volúmenes de todos los tamaños.

Me senté frente a él y fingí leer a Conrad. Creo que fui convincente, porque Sagastizábal siguió en lo suyo sin prestarme atención.

Pasé una hora entera observándolo de refilón. Jamás abrió un libro. A veces los acariciaba, los olía, con la mirada abstraída en los libros que nos rodeaban desde los estantes.

De repente, comencé a sentir algo extraño, una fuerza. Oí voces, sí, voces, como un balbuceo, primero, o un murmullo de muchas voces hablando al mismo tiempo. Entonces no lo pensé, pero ahora creo que la sensación se parecía un poco a la de un chico (yo, para no dar tantas vueltas), cuando todavía no sabía leer pero así y todo la presencia de un libro me parecía maravillosa e inquietante a la vez. No sabía leer, pero sabía que los libros eran algo importante. Eso, importantes.

Salí de la biblioteca cuando Sagastizábal solicitó acceso al baño. Mis compañeros me esperaban en la plaza, pero guardé silencio sobre todo lo que había visto. Tal vez al profesor Lugano le había pasado lo mismo, y por eso era tan reservado sobre el tema.

Creo que yo también entendí a Sagastizábal, y ese entendimiento, aunque incompleto, significaba callar. Después de todo, ninguno de mis compañeros lo habría entendido; pero quizás usted, estimado lector, sea también un poco como Sagastizábal.

Mis compañeros se fueron, un tanto ofuscados. Oriné en un árbol de la plaza, mientras el murmullo se apagaba lentamente. A veces vuelve, de repente, esa sensación, que de a poco se ha vuelto cada vez más agradable. En una biblioteca, en una librería, en presencia de mi modesta colección de usados, siento que de alguna forma misteriosa mi cuerpo está absorbiendo el saber contenido en los libros a través de la piel, sin siquiera abrirlos.

Eso mismo, creo, le sucedía a Sagastizábal. La proximidad de los libros, de algún modo, ejercía sobre él un influjo oculto. No es el contenido del libro, sino el propio libro, su forma física, sagrada, la que impone respeto, la que nos obliga a hacer silencio ante alguien que lee, la que nos hace pensar mejor, más ordenadamente, en su cercanía.

Quizás por eso, también, en presencia de Sagastizábal todos éramos mejores.




Crónicas del profesor Lugano. I Egosofía.


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Un libro, mi alma, y una flor prensada entre las páginas


Un libro, mi alma, y una flor prensada entre las páginas.




Abrir un libro usado es un poco como descubrir el alma de quienes lo han leído.

Algunos de esos epíritus son discretos, reservados. No dejan rastros en las páginas. Uno podría pensar que se trata de un libro nuevo, sin embargo, se percibe en él una presencia respetuosa, circunspecta.

Otros, en cambio, se manifiestan en apresuradas notas al margen, a menudo indescifrables, palabras subrayadas, descoloridas flores prensadas.

Más extraño es abrir un libro que uno ha leído en el pasado. De algún modo, parece más denso, más pesado de lo que podría deducirse por su tamaño, como si algo nuestro hubiese quedado atrapado entre sus páginas.

Ese algo indefinible, que nadie más podría intepretar cabalmente, se revela entonces como el eco de un sentimiento, un olor, una época irrecuperable.

Con cada lectura imprimimos una porción de nuestra alma, de nosotros mismos, en los libros. Uno puede fragmentarse infinitamente en una biblioteca, no importa cuán austera sea. Y esos pedazos del alma poseen una cualidad indeleble. Permanecen ahí, aun cuando el libro haya pasado a otras manos, aun cuando nosotros mismos hayamos desaparecido.

Eso que sucede cuando abrimos un viejo libro de nuestra biblioteca produce una profunda sensación de extrañeza, pero también de familiaridad. Uno se encuentra a sí mismo en el libro, un yo de antes, mas joven, inalterable.

El destino de todo lector apasionado es convertirse en una flor prensada entre páginas amarillentas. A otros, los que vendrán después, les corresponde recorrer ese jardín recóndito, insondable, que fue nuestra biblioteca, y maravillarse al descubrir un párrafo subrayado, una nota incomprensible al margen, un pétalo que ha desafiado al tiempo.




Diario Éxtimo. I Egosofía.


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El encanto de los libros que nadie lee


El encanto de los libros que nadie lee.




Uno los reconoce fácilmente. Están ahí, olvidados en algún rincón de la librería, invisibles.

Ni siquiera la proximidad de libros leídos hasta el hartazgo consigue alterar su naturaleza intocable, aunque la mayoría de las veces permanecen escondidos, recónditos, sepultados por otros libros cuyo destino ha sido más favorable.

Me gusta frecuentar esos libros. Me gusta tocarlos, olerlos, imaginar que se estremecen cuando alguien se aventura en sus páginas, como alguien que ha guardado un secreto durante muchos años y finalmente encuentra alguien dispuesto a escuchar su confesión.

Son los libros que nadie lee.

En Buenos Aires, al menos, ya no existen libreros; existen personas que venden libros. Cualquier consulta que se les haga, fuera de la órbita comercial, es impertinente. Pero hubo un tiempo, créame, no tan lejano, en el cual el librero y el lector mantenían una relación de entendimiento, incluso de camaradería. Ambos conocían cada rincón de la librería, cada libro, incluidos los que nadie lee.

De las cinco o seis librerías que frecuentaba a fines del siglo pasado, una en particular poseía una cantidad para nada despreciable de este tipo de obras; ya saben, libros condenados por la ancestral maldición de no ser leídos. Los conocía perfectamente. De hecho, podría haberlos reconocido a oscuras, simplemente al tacto.

En cada visita los hojeaba con interés, pero mi presupuesto nunca era lo suficientemente grande como para aventurar una compra. Cuando el dinero es escaso, cada libro que uno compra es minuciosamente analizado.

Sin embargo, en una ocasión ocurrió algo curioso.

Había seleccionado dos o tres libros que quería comprar. Me dirigí hacia el fondo de la librería, donde el librero aguardaba en una especie de habitáculo. Coloqué los libros sobre la mesa, y descubrí, con cierto grado de inquietud, que también había llevado uno de los libros que nadie lee.

No me atreví a decir nada. Ya otras veces había vacilado en una compra, regresando el libro descartado a último momento; pero retroceder en esa circunstancia en particular me pareció un acto vil, incluso perverso; como si alguien adoptara un niño e inmediatamente tratara de devolverlo al orfanato.

Salí de allí y continué con mi rutina cada vez que compraba un libro: el Teufel, bar de claroscuros y gente que se ocupa de sus propios asuntos. Era demasiado temprano, recuerdo, para encontrarme con el profesor Lugano. Pedí un café doble, que a menudo era servido en una taza lo suficientemente grande como para que nadara un salmón, y noté algo raro.

Los presupuestos exiguos obligan a ciertos renunciamientos, de manera tal que antes de ordenar el café revisé cuánto dinero tenía. Entonces, extrañamente, descubrí que contaba con una suma ligeramente mayor a la que había deducido en primer lugar. Cualquier otra persona, en cualquier otra circunstancia, seguramente le habría atribuido a ese error la presencia de dinero extra olvidado en el bolsillo. Yo no. Jamás encontré un mísero billete en un pantalón en desuso, y debido a lo limitado de mis recursos sabía perfectamente que tenía dinero de más; no mucho, es cierto, monedas, pero más de las que debía tener de acuerdo a mis últimos gastos.

Saqué los libros que había comprado y busqué su valor en la primera página. Los números, escritos con lápiz, tampoco cerraban. Evidentemente, el librero había cometido un error.

Mientras me reventaba el hígado con el café fuerte del Teufel pensé en otra posibilidad.

Aquel librero jamás se había equivocado antes al darme el vuelto. No, lo que había ocurrido fue que nunca me cobró el libro que nadie lee.

Traté de recordar la escena. En efecto, yo había colocado el libro maldito sobre la mesa del habitáculo, él lo había visto, naturalmente, y lo había depositado en la misma bolsa con los otros libros. Deliberadamente eligió no cobrármelo.

Un mes después, mi presupuesto se había recuperado un poco, no demasiado, sino lo suficiente como para aventurarme de nuevo en la librería. Pensé en aclarar el asunto y pagar la suma que debía. Después de todo, era necesario estar en buenos términos con el librero. Sin embargo, decidí resolver la cuestión de forma más cautelosa.

Elegí mis dos o tres libros para comprar, y agregué otro de los libros que nadie lee. Me acerqué al habitáculo, los coloqué sobre la mesa, y pagué la suma que se me pedía. Esta vez estuve más atento, y observé detenidamente al librero. Era claro que no me estaba cobrando los libros que nadie lee.

Esto se repitió muchas veces en el transcurso de los siguientes meses, hasta que la librería cerró.

Uno podría pensar que este era un destino presumible para una librería administrada con tanto descuido, pero yo creo que el librero decidió cerrar cuando por fin se deshizo del último libro que nadie lee.

De más está decir que los leí, a todos y cada uno de ellos, a veces con cierta decepción, debo decir, pero en ocasiones también con inexplicable satisfacción. Todavía los conservo en alguna parte.

Si alguien, o usted mismo, algún día llega a visitarme, y decide llevarse uno de estos libros de mi biblioteca, puede hacerlo. Podrá reconocerlos fácilmente. Tienen un aspecto silencioso, reservado. Solo le pido que actúe con la discreción necesaria como para no mencionar el asunto.




Egosofía. I Taller literario.


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Simpatía por los libros de mierda


Simpatía por los libros de mierda.




Hay desagrados que no se basan en la experiencia personal. Parecen surgir espontáneamente, sin causa que los justifique, como el irracional desagrado de un niño por ciertas verduras que nunca ha probado. Del mismo modo, hay libros que nunca he leído pero que me causan un profundo rechazo.

El principal objeto de mi desagrado fueron los libros de autoayuda, y al principio supuse que esta reacción participaba de algún tipo de postura ética o filosófica, pero las antipatías son menos complejas que eso.

Odiaba a esos libros, eso sí; su sola presencia en la biblioteca de mis padres me irritaba, en especial cuando su ubicación era vecina de obras que planeaba admirar en el futuro. La sola posibilidad de que alguien, una visita, reparara en esos libros de autoayuda me avergonzaba.

Mayor indignación me causaban sus lectores, gente honrada, sin dudas, pero capaces de utilizar argumentos como el siguiente:

—¿Lo leíste? ¿No? ¿Entonces cómo sabés que es una mierda? No podés criticar algo que no leíste.

Por aquel entonces carecía de los recursos elementales para traducir mi indignación en retruques eficaces, de manera tal que no respondía, como debía haber hecho, que tampoco había probado nunca un sorete, pero que estaba seguro que sabía a mierda.

Recurría entonces a argumentos más bien estéticos, como el arte de tapa —en general, amaneceres—, la cara de los autores —mezcla de ternura forzada con impulsos homicidas—, el olor a incienso que desprendían sus páginas. Naturalmente, estos razonamientos eran de nuevo pulverizados con la misma cantinela: si no lo leíste no podés saber que es una cagada.

Pero lo sé, te juro que lo sé.

Eventualmente entendí que la autoayuda no tenía nada que ver con mi desagrado. Lo que realmente me producía rechazo eran los libros que trataban de decirte cómo vivir. Y no solo eso, sino que además se adjudicaban el conocimiento como para decirte qué es vivir, cómo ser feliz, cómo alcanzar tus metas, tu potencial.

¿Qué importaba si no los había leído? Si esa era la intención, decirme cómo vivir mejor, entonces los odiaba, y con sobrados motivos.

En efecto, uno puede criticar un libro que nunca leyó si se conoce de antemano su intención. Hagamos el siguiente ejercicio: imaginemos que un sujeto se aproxima hacia nosotros con un arma en la mano. Nadie podría decir que nos ha robado, no todavía, pero podemos deducir que su intención es hacerlo. Algo así pasa con los libros. Si veo un amanecer, una playa, un tipo usando una toga blanca en la tapa de un libro, sé que viene a robarme.

El problema con las antipatías es que pierden un poco de magia cuando uno descubre sus mecanismos internos. Ya sabía qué clase de libros me desagradaban, y porqué, pero no alcanzaba a entender cuáles eran las características de los libros que adoraba, y que aun adoro.

Me gustan los libros que funcionan a la inversa, libros que no tienen buenas noticias para darme. Me gustan los libros que son producto de una gran obsesión, que no señalan los carteles de salida, que no dan ninguna salida, ninguna pista, ninguna indicación; me gustan los libros que tratan de pensar, y de hacerme pensar, en la mierda en la que vivimos.




Diario Éxtimo. I Taller literario.


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«Diario de una iniciada»: segunda parte


«Diario de una iniciada»: segunda parte.




Hace doce años compartimos un breve fragmento de Francis Barney, titulado Diario de una Iniciada, donde una mujer llamada Helen, en abril de 1952, registraba en un diario íntimo su iniciación en el satanismo y la magia negra, llegando por fin a realizar un pacto con el diablo. En esta ocasión, y después de muchos años, revelamos la segunda parte de aquella historia.

Antes de proseguir me gustaría decir algunas cosas respecto del Diario de una Iniciada.

Nuestro fragmento original del Diario de una Iniciada, publicado en noviembre de 2007, fue recogido por numerosos sitios, casi todos dedicados a sustraer contenido original y apropiárselo, sin brindar al lector mayores referencias. En aquella ocasión decidí reservar algunos datos sobre el original, teniendo presente que los apropiadores de contenido rara vez investigan algo acerca del material que sustraen.

En resumen: hay muchos Diarios de una Iniciada en la web, idénticos al nuestro, pero ninguna segunda parte, salvo ésta, que probablemente será compartida sin el consentimiento de El Espejo Gótico, razón por la cual aquí también nos reservamos algunas cartas bajo la manga, pensando en una tercera o cuarta parte en el futuro.

Esta segunda parte del Diario de una Iniciada, naturalmente, también le pertenece a Francis Barney. En nuestra versión original de la primera parte, la de 2007, omitimos el nombre del libro en el cual se encuentra el material, pero después de doce años ningún apropiador de contenido ha logrado añadir esa información, quizás porque las bibliotecas y los libros les están vedados por una antigua maldición.

En cualquier caso, el libro prohibido al que nos referimos fue publicado en 1957, y se llama: Plegaria a Satanás: misas negras de ayer y hoy (Prière à Satan: Messes noires d'hier et d'aujourd'hui). Aquí puede leerse un PDF del original en francés: https://gallica.bnf.fr/ark:/12148/bpt6k3339601d.texteImage.

En esta segunda parte del Diario de una Iniciada, Francis Barney relata parte del exorcismo que se le realizó a Helen, años después de convertirse en adoradora de las tinieblas.




Diario de una iniciada: segunda parte.

Alzando su voz, de rodillas, el sacerdote ordenó:

Exi ab eo corpore immunde spiritus*

Una voz ronca, que no era humana, lo interrumpió:

—¿Por qué no dices Vade Retro Satana, cerdo?

La voz demencial rompió en un hipo estertóreo y luego se transformó en una risa histérica.

—Ella nunca saldrá de aquí.

El sacerdote levantó lentamente su crucifijo:

Cede ministro Christi, quanto tardius eris, tanto magis supplicium crescit**.

La mujer estaba estirada sobre una gran cama de campo. Sus ojos estaban inyectados en sangre, y una baba blanquecina corría por la comisura de sus labios. Se llevó ambas manos hacia su pecho y se quitó la blusa. Sus senos saltaron. La carne pálida estaba marcada con finas líneas rojas, indudablemente marcas de sus propias uñas. Su voz era profunda, tan profunda que parecía imposible que le perteneciera a un ser humano.

Eructó:

—Estoy en Behemoth, ministro de Satanás, príncipe del inframundo. Behemoth es mi maestro, mi amante.

De nuevo la risa desgarradora.

La mujer laceraba sus muslos con sus propios dedos contraídos. Todo su cuerpo estaba tenso, voluptuosamente arqueado, hasta que empezó a temblar espasmódicamente. Su rostro extático se balanceó de izquierda a derecha. En un eructo gutural exclamó:

—¡Llévame, Behemoth! ¡Tienes mi sangre, mi alma, todo mi ser!

Helen se desplomó, exhausta. El sudor corría por su rostro. Gotas de sangre recorrían sus muslos. Su respiración era sibilante, como la de un enfermo de difteria.

El sacerdote seguía recitando sus oraciones y plegarias.

Miré lentamente a mi alrededor. No estabábamos en una miserable choza medieval, sino en la coqueta habitación de una granja de Saboya, en 1955, en un día soleado.

Un viejo reloj molía los minutos con su pesado péndulo. La cabeza de Helen ahora descansaba sobre la almohada. Su cabello, de un rubio intenso, le cubría el rostro, un rostro joven, demasiado joven para atravesar aquel tormento.

Poco a poco fueron entrando las mujeres, todas cubiertas con un velo blanco. El crepúsculo estaba invadiendo la habitación cuando ellas se arrodillaron al lado del sacerdote. Algunas rezaban sombrías plegarias al unísono, otras murmuraban, se tranquilizaban entre sí, mientras observaban, impávidas, el cuerpo de Helen recostado contra la blancura de las sábanas.

Salí en silencio.

Un viento helado barría los campos. Respiré como si me estuviese sofocando. De repente, sentí deseos de correr. Necesitaba sacudirme, probarme a mí mismo que no estaba viviendo una pesadilla. Un sentimiento de maldad indecible me invadió en el umbral de la casa.

La procesión de mujeres salió y se perdió entre los pastos. En ese momento, el sacerdote se asomó por la puerta. Con un gesto, me indicó que entrara.

El exorcismo había terminado por el momento. Helen dormía.

El sacerdote me lanzó una sonrisa poco convincente.

—¿Qué tal está tu esceptisismo? —dijo.

No respondí. En cambio, me dejé caer en una rústica silla de la cocina. Una mujer, no recuerdo su nombre, nos sirvió café.

El cura me extendió un diario manuscrito (el Diario de una Iniciada). Lo leí con creciente inquietud.

—Desde entonces —dijo el cura—, todas las tardes, a la misma hora, Helen se arroja en la cama y se entrega a las contorsiones más obscenas, a las blasfemias más atroces. Siempre invoca el nombre de Behemoth.

—¿No está histérica entonces? —pregunté.

—No. Está persuadida de ser la amante del diablo durante estos episodios, pero el resto del día es una joven tranquila y perfectamente equilibrada en términos psiquiátricos.

—¿Cómo es posible que esté tranquila?

—No guarda recuerdos de sus crisis.

—Horroroso.

—Hay algo peor —dijo el cura—. No logro exorcizar a ese espíritu inmundo. Su esposo está abatido, y los médicos, a pesar de no tener un diagnóstico claro, le recomendaron que sea internada. Mañana a primera hora la trasladan al manicomio.

Hubo un largo y doloroso silencio, y luego agregó:

—Se suponía que podía ayudarla.

El sacerdote parecía abrumado.

Un escalofrío repentino me sacudió. Debajo el frío ulular del viento que peinaba los campos se oyó un sonido gutural, distante, un eructo demencial que parecía burlarse de nosotros.

Subimos las escaleras a toda velocidad, aunque ya sabíamos que Helen había escapado. Su esposo yacía a los pies de la cama, ahorcado con las amarras que hasta hace poco sujetaban a la muchacha.


*¡Deja este cuerpo, espíritu inmundo!

**Obedece al Ministro de Cristo, cuanto más esperes, más sufrirás.

(Segunda parte del Diario de una Iniciada de Francis Barney)




Demonología. I Diarios Wiccanos.


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El artículo: «Diario de una iniciada»: segunda parte fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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