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Lovecraft, Hazel Heald, y una cena a la luz de las velas.


Lovecraft, Hazel Heald, y una cena a la luz de las velas.




¿Quién dijo que el flaco de Providence no podía apreciar y disfrutar un poco de romance? Bueno, a decir verdad, él mismo; pero eso no impidió que tuviera su cena a la luz de las velas con una mujer sobre la que no se sabe casi nada [ver: Lovecraft y Winifred Jackson: ¿una historia de amor?]

En algún momento de la primavera de 1932, surgió una nueva y prometedora clienta para los trabajos de revisión de H.P. Lovecraft, no porque mostrara algún talento especial para convertirse en escritora por derecho propio, sino porque le daría trabajo con regularidad. Su nombre era Hazel Heald (1896-1961), una mujer de la que no se sabe casi nada. Nació y aparentemente pasó la mayor parte de su vida en Somerville, Massachusetts y, hasta donde sé, no publicó nada aparte de los cinco relatos que Lovecraft revisó [o escribió] para ella [ver: Relatos de Lovecraft escritos en colaboración]

Hazel Heald comenzó su correspondencia y colaboración con Lovecraft en 1932. No solo fue una relación a distancia, sino que llegaron a conocerse en persona a través de C. M. Eddy Jr. Según este, Hazel Heald se enamoró perdidamente de Lovecraft, pero sus insinuaciones fueron ignoradas por el flaco de Providence [ver: En la cama de Lovecraft]

A diferencia de Zealia Bishop y Sonia Greene [ver: Lovecraft y Sonia: una historia de amor], Hazel Heald no escribió sus memorias sobre Lovecraft, por lo que no está claro cómo se puso en contacto con él y cómo eran sus relaciones profesionales o personales. Muriel Eddy [si es que podemos confiar en ella en este punto] informa que Hazel Heald se había unido a un club de escritores establecido por los Eddy, y que C.M. Jr. la contactó con Lovecraft. Años después, Murial Eddy sostuvo que Hazel Heald le confió un vago interés romántico en Lovecraft; y que hasta logró persuadir al flaco de Providence para que fuera a su casa en Somerville en una ocasión, cuando organizó una cena a la luz de las velas para él.

No podemos estar seguros de la veracidad de esa afirmación, dada la aparente falta de inconsistencia de Muriel Eddy en otros asuntos; de hecho, lo único que sugiere algún tipo de participación romántica entre Hazel Heald y Lovecraft [unilateral, desde luego] es una mención en una carta a Duane W. Rimel a fines de 1934, en la que Lovecraft comenta sobre la desaparición del gato de Hazel Heald, el cual habría ingerido algún tipo de alimento en mal estado. «Una especie de frenesí se apoderó del animal y salió corriendo de la casa, para no ser visto nunca más», comenta Lovecraft, quien era un verdadero amante de los gatos [ver: Lovecraft, los gatos y un paseo por Ulthar]

El comentario del gato no es superficial. Sugiere que la correspondencia entre ambos no era estrictamente sobre asuntos comerciales; pero, por otro lado, tampoco lo eran sus cartas a Zealia Bishop, de quien nadie sospecha que estuviese enamorada de Lovecraft. En cualquir caso, Lovecraft estaba programando reunirse con Hazel Heald en Somerville, luego regresar de un viaje a Quebec a principios de septiembre. Esta reunión, por supuesto, pudo haber sido de índole profesional. El hecho de que Lovecraft se refiera a ella como «Señora Heald» sugiere que estaba divorciada o que era viuda.

Sin duda, los trabajos de «revisión» de Lovecraft fueron pagados [irregularmente] por Hazel Heald, a pesar de que esas historias tardaron años en publicarse. En sus cartas, Lovecraft no se queja de ningún atraso en los pagos, como sí lo hizo con Zealia Bishop. En cualquier caso, el flaco de Providence siguió refiriéndose a Hazel Heald en tiempo presente, como clienta, hasta el verano de 1935, aunque no parece que haya trabajado mucho para ella después del verano de 1933 [ver: Relatos de los Mitos de Cthulhu escritos en colaboración]

En ese punto, la carrera de Lovecraft no avanzaba precisamente bien. Solo publicó un relato en 1932 [Los sueños en la casa de la bruja (The Dreams on the Witch-House)], y ninguno en la primera mitad de 1933 [excluyendo la colaboración A través de las puertas de la llave de plata (Through the Gates of the Silver Key)]. No está claro cuántos ingresos le aportó el trabajo para Hazel Heald, pero el siguiente comentario de Lovecraft a Donald Wandrei menciona que, a mediados de febrero de 1933, «mi tía [Annie] y yo tuvimos un coloquio desesperado sobre las finanzas familiares». El hecho de que Lovecraft y Annie no pudieran costear el alquiler [$10 por semana] dice mucho sobre las penurias económicas que estaban atravesando.

En una carta de Hazel Heald a August Derleth, fechada el 31 de marzo de 1937, poco después de la muerte de Lovecraft, podemos leer lo siguiente:


[Lamento mucho no haber guardado sus cartas, pero mudarme de un lugar a otro lo hizo imposible. Como algunas de ellas eran personales, no quería que estuvieran cerca para que otros las leyeran, quizás, después de que deje esta vida terrenal. A veces se dejan cartas que parecen sagradas para los propietarios, pero otros las ven bajo una luz diferente.]


Hazel Heald, decíamos, la clienta más importante de H. P. Lovecraft. Entre 1932 y 1937, cinco relatos aparecieron bajo el nombre de Hazel Heald: El hombre de piedra (The Man of Stone), Horror en el museo (The Horror in the Museum), Muerte alada (Winged Death), Más allá de los eones (Out of the Æons), y Horror en el cementerio (The Horror in the Burying-Ground). El último se publicó aproximadamente un mes después de la muerte de Lovecraft. A pesar de todo eso, se sabe relativamente poco sobre la correspondencia entre ambos. Lovecraft no parece haber guardado sus cartas y ella no guardó las suyas, en este caso, debido a que «algunas de ellas eran personales».

Es una pista austera, pero nos permite concluir que, al menos desde el lado de Hazel Heald, la correspondencia entre ambos no solo era de índole profesional, sino también personal.

Muriel C. Eddy [en unas memorias muy cuestionables, tituladas: El caballero de Angell Street (The Gentleman from Angell Street)], recuerda lo siguiente:


[En ese mismo año, 1932, formé mi propio club de escritores de Nueva Inglaterra, y uno de mis miembros, una divorciada, estaba muy ansiosa por triunfar. Me envió un manuscrito original con una trama muy aceptable, pero contada de manera poco convincente y aficionada. Dejé que Lovecraft lo leyera cuando vino a nuestra casa en Pearl Street, y estuvo de acuerdo en que tenía posibilidades. Le escribí de vuelta a Hazel Heald y le conté que H.P.L. (agregando que él también estaba divorciado) podría revisarle el manuscrito de El hombre de piedra ¡Ella estaba encantada!.]


A propósito de este primer encuentro, Hazel Heald comenta a August Derleth en una carta fechada el 25 de marzo de 1937:


[Yo era una principiante y tuve la suerte de encontrar HPL, que sin duda era el mejor que se podía encontrar. Era un crítico severo, pero yo sabía que si él me ayudaba, el editor seguramente aceptaría mis relatos. Por ejemplo, tuve que reescribir Más allá de los eones seis veces antes de que Lovecraft estuviera completamente satisfecho.]


En esa primera etapa de 1932, Hazel Heald tenía 36 años, estaba divorciada y trabajaba como empleada [otros sostienen que era contadora], pero su verdadera aspiración era ser escritora. Si Lovecraft siguió su modus operandi para los clientes de revisión, sus cartas iniciales habrían involucrado muchas notas, una discusión gentil de tarifas y términos, y sugerencias sobre dónde y cómo comercializar la historia.

Habiendo estado sujeto a los caprichos de Farnsworth Wright, editor de Weird Tales, no sería sorprendente que Lovecraft inicialmente recomendara otras revistas pulp que podrían pagar más, y más rápidamente. Hazel Heald se vio muy beneficiada por la experiencia de Lovecraft en el ámbito pulp, y las primeras historias en las que trabajaron juntos no parecen haber sido enviadas directamente a Weird Tales. El hombre de piedra apareció en Wonder Stories, y Muerte alada en Strange Tales of Mystery & Terror.

W. Paul Cook, un corresponsal de Lovecraft, escribió en 1940 un artículo titulado: In Memoriam: Howard Phillips Lovecraft: recuerdos, apreciaciones, estimaciones (In Memoriam: Howard Phillips Lovecraft: Recollections, Appreciations, Estimates), donde nos vuelve a poner inadvertidamente tras la pista de la relación entre Lovecraft y Hazel Heald:


[El martes siguiente por la mañana, bien temprano, antes de que me fuera a trabajar, Howard regresó de Quebec (Lovecraft visitó Montreal y Quebec entre el 2 y el 6 de septiembre de 1932). Nunca antes, ni desde entonces, he visto tal espectáculo: pliegues de piel colgando de un esqueleto, ojos hundidos en cuencas como agujeros quemados en una manta; las manos y los delicados y sensibles dedos del artista no eran más que garras. El hombre estaba muerto excepto por sus nervios. Esa noche tenía una cita para cenar en Somerville con una mujer a la que estaba revisando.]


Por supuesto, la cita para cenar era con Hazel Heald. Muriel Eddy [insisto, cuyo testimonio no es completamente confiable] nos da su versión de los hechos:


[Ella lo invitó a su casa para la cena del domingo y dispuso en el menú todo lo que más le gustaba a H.P.L. Comieron a la luz de las velas, y él estaba muy intrigado por su consideración al no invitar a más personas. Solía decir que podía pensar mejor cuando no había demasiada gente alrededor. Con mucho tacto, le explicó a Hazel que su relato, aunque muy bueno, necesitaba algunos retoques aquí y allí, algo para estimular la imaginación del lector. ¿Le permitiría que lo hiciera por ella? Lo consideraría un honor y un privilegio. Ella estuvo de acuerdo.]


Muriel Eddy debió equivocarse en las fechas, porque El hombre de piedra ya había sido revisado y enviado a Wonder Stories para septiembre de 1932. Por supuesto, bien podrían haber discutido otras revisiones posteriores, pero esta inexactitud cronológica tiñe un poco el comentario general, sobre todo el dato de que «comieron a la luz de las velas». Quizás sucedió así, quizás no. Simplemente no podemos saberlo.

Hazel Heald describió este proceso de revisión con Lovecraft en una carta a August Derleth, fechada el 30 de septiembre 1944:


[Me hizo reescribir muchas veces. Ciertamente fui esclava de esa historia, ¡la primera! Pero a todas mis historias posteriores las revisó de la misma manera. ¡Estaba tan eufórico cuando eran aceptadas!. Los de la revista dijeron que tendría que enviarles una fotografía mía. Luego, cuando salió la revista, ¡había una caricatura mía que ni siquiera mi madre reconocería! Me sentí tan herida de que los lectores pensaran así en mí, y HPL fue una buena opción para aliviar ese dolor. Dijo que nadie, jamás, se reconoció a sí mismo por el dibujo de aquel artista. También me aconsejó que buscara un abogado para el pago de mi cheque.]


Si bien Lovecraft no habla en sus cartas de la cita con Hazel Heald [y menos que esta haya sido «a la luz de las velas»], ni de ninguna reunión específica con ella, en una sugiere que hizo al menos una visita a su rincón de Massachusetts:


[Me interesó el relato de Paul Cook sobre la visita de Lovecraft a Boston, y cómo lo hizo descansar antes de venir a mi casa. Ciertamente no se mostró cansado y comió muy bien, aunque Cook dijo que le dio una buena comida antes de venir. Me pregunto si pensó que se moriría de hambre en mi casa. Parecía divertirse mucho. Poco después vino de nuevo y visitamos todos los museos juntos. Ahí fue donde concibí la idea de Más allá de los eones.]


Cenas a la luz de las velas, agradables paseos por los museos locales... Un momento. ¡Museos! No está claro qué museos pudieron haber visitado Lovecraft y Hazel Heald, o cuándo pudo haber ocurrido esto, aunque el Museo de Bellas Artes de Boston como el Museo Semítico de Cambridge, Massachusetts, ambos con grandes colecciones de artefactos egipcios y momias, podrían haber inspirado al ficticio Museo Cabot en otra colaboración entre ambos: Horror en el museo [ver: Una noche en el museo: análisis de «Horror en el museo»]

En todo caso, Más allá de los eones pudo haberse concebido durante aquella cena a principios de septiembre, pero Horror en el museo se terminó en octubre de ese año. Para Lovecraft, sin embargo, no fue una revisión. Se atribuye la escritura de toda la historia en una carta a Clark Ashton Smith fechada el 28 de octubre de 1932:


[Acabo de escribir un cuento fantasma para una clienta de una manera que equivale virtualmente a la composición original: sobre un museo de cera o una cámara de los horrores donde existe el rumor de que no todos los fabulosos monstruos que se muestran son artificiales. He incluido a Tsathoggua entre las blasfemias (el dato de la inclusión de Tsathoggua se debe a que esta monstruosidad de los Mitos de Cthulhu era una invención de Clark Ashton Smith)]


Farnsworth Wright aceptó Horror en el museo en noviembre de 1932, pero en febrero de 1933 surgió un problema: Wonder Stories todavía no le había pagado a Hazel Heald por El hombre de piedra. En este punto, Lovecraft había escrito al menos tres historias con o para Heald. Una había sido aceptada y publicada, una rechazada, y otra aceptada y pendiente de publicación; pero no sabemos si Hazel Heald le había pagado a Lovecraft por alguna de ellas hasta este momento. Sin sus cartas, no tenemos los detalles exactos de su acuerdo comercial. Sin embargo, la falta de pago de Wonder Stories no pudo haber ayudado al aspecto comercial de su relación [ver: Relatos de Lovecraft escritos con mujeres]

Aún así, Lovecraft parece haber confiado en Hazel Heald, porque cuando Horror en el museo se publicó, inmediatamente siguió trabajando en Más allá de los eones, el cual también fue aceptado por Weird Tales [ver: El Círculo de Lovecraft y la aristocracia de «Weird Tales»]. Así lo comenta Lovecraft en una carta a Robert E. Howard fechada el 24 de julio de 1933:


[Me alegro de que hayas disfrutado de las historias de la Casa de la Bruja y el Museo. Otro cuento que revisé para la autora del Museo, y que Wright aceptó, trae a von Juntz y su libro negro casi como el tema central. Se trata de una momia hallada en la cripta de un ciclópeo templo de piedra de fabulosa antigüedad; volcánicamente levantado del mar. (el libro de von Juntz al que se refiere Lovecraft es el Unaussprechlichen Kulten, creado por Robert E. Howard]


Weird Tales pagaba solo cuando el relato se publicaba, y en la década de 1930, cuando la depresión empeoró, el pago a menudo se realizaba mucho después de la publicación. Parece bastante probable que, en este punto, Hazel Heald se atrasara en el pago de las revisiones de Lovecraft, pero, tal vez, el flaco de Providence encontró una manera de compensar esa demora al hacer que ella pasara dos manuscritos suyos a máquina, algo que él detestaba hacer:


[HPL me ayudó a cambio de tipear su cuento Sueños en la Casa de la Bruja. También redacté La cosa en el umbral. Su letra me resultaba familiar, por lo que me era mucho más fácil transcribirla que para alguien extraño. Hazel Heald a August Derleth, 31 de marzo de 1937]


Por sugerencia de Lovecraft, Hazel Heald se puso en contacto con un abogado de Nueva York para demandar a Wonder Stories por su dinero, y lo obtuvo en noviembre de 1933. Aunque Lovecraft no lo menciona, Muerte alada debió haber sido aceptado por Weird Tales poco después [apareció en la edición de marzo de 1934]. Este parece haber sido el final [del aspecto profesional, al menos] de la relación entre Hazel Heald y Lovecraft:


[Muerte alada fue otro cuento fantasma. Todo lo que la honesta señora Heald me dio para empezar fue una idea turbia acerca de que alguien mata a alguien con insectos. Luego consiguió que un amigo médico le informara un poco sobre los insectos venenosos de África, y decidió darle un toque africano a la historia. Eso era todo lo que tenía para continuar. La trama, con la idea de la personalidad transferida y el enviado de la muerte que regresa, es completamente mía. No vale la pena hacer este tipo de trabajos, cuando uno podría tener las mismas posibilidades de obtener el pago completo con una pieza nominalmente escrita por uno. Todavía me queda una obra más de Heald.]


En la anterior carta de Lovecraft a Clark Ashton Smith [9 de marzo de 1934] el flaco de Providence no parece demasiado satisfecho. Como él mismo lo afirma, ¿qué sentido tenía reescribir toda una historia con elementos propios para que otro se lleve el crédito, y el magro pago, cuándo él mismo podría escribirla y enviarla por su cuenta? No se me ocurren muchos motivos, salvo que Lovecraft se sintiera comprometido con Hazel Heald de un modo más que profesional. No quiero decir que hayan salido o algo así, pero una amistad incipiente podría ser una explicación [ver: Una noche en el burdel con Lovecraft]

«Todavía me queda una obra más de Heald», dice Lovecraft, y esta es probablemente Más allá de los enomes, que Farnsworth Wright aceptaría pero mantendría sin publicar [y sin pagar] hasta 1935. Aún así, aunque Lovecraft abandonó la escritura fantasma y los trabajos de revisión en 1934, sus relatos con Hazel Heald tuvieron algo de vida útil más allá de las revistas pulp. Horror en el museo, al menos, fue reimpreso en un par de antologías [ver: Lovecraft como escritor fantasma]

En lo que respecta a Más allá de los eones, Lovecraft comentó lo siguiente en una carta a Clark Ashton Smith [26 de marzo de 1935]:


[Con respecto a Más allá de los eones, debería atribuirme algo más que una participación. ¡Escribí toda la maldita cosa! La historia original de la momia del museo enviada para revisión era tan pésima (algunas tonterías sobre un minero peruano atrapado bajo tierra) que tuve que descartarla por completo y preparar una nueva historia. Todo lo que sobrevive del bosquejo inicial de Heald (¡la digna Señora H. nunca se molestó en escribir ningún texto real) es la idea básica de un cerebro vivo descubierto en una momia antigua. Es realmente tonto intentar trabajos tan extensos, cuando con la misma cantidad de trabajo uno podría escribir una reconocida historia propia. Esta es la última colaboración del tipo que intentaré; de hecho, he hecho oídos sordos a todas las sugerencias adicionales de Sultan Malik, la señora Heald, el chico Bloch y otros.]


Sólo podemos especular sobre las cartas de Lovecraft y Hazel Heald entre 1934 y 1937. Su nombre está notablemente ausente de su lista de corresponsales de 1934, a quienes él les enviaba postales de sus viajes [ver: ¡Vamos a Arkham!: Lovecraft y sus paisajes]. Sin embargo, sabemos que ella le escribió mientras Lovecraft estaba en Florida en 1934 [gracias a un sobre que sobrevivió], por lo que es probable que siguieran en contacto. La mejor evidencia de que esa relación [al menos por correspondencia] se prolongó en el tiempo es una carta de Lovecraft a John Weir, un fan de Weird Tales que deseaba lanzar un nuevo fanzine y le pidió al flaco de Providence que le recomendara algunos autores:


[Lo siento, no puedo desenterrar más material en este momento; estoy revolcándome en una maraña de tareas y tambaleándome bajo lo que parece una variante de gripe. Me alegro de que haya recibido al menos algo de material de los que recomendé. Ahora que lo pienso, es posible que obtenga una historia corta de la señora Hazel Heald. Pregúntele por En el Golfo de N'Logh o algún otro cuento que no haya aterrizado profesionalmente.]


«Algún otro cuento» es donde las cosas se ponen interesantes. En sus cartas a August Derleth, Hazel Heald menciona tres cuentos: En el Golfo de N'Logh (In the Gulf of N'Logh), La guarida de la muerte fungosa (Lair of Fungous Death) y Un heredero del Mesozoico (An Heir of the Mesozoic). Este último llegó a John Weir y fue publicado en aquel fanzine, llamado Fantasmagoria. ¿Alguna de estas historias fueron «revisadas» [es decir, reescritas completamente] por Lovecraft? No lo sabemos, pero su mera existencia plantea una duda razonable, ya que Hazel Heald no volvió a publicar absolutamente nada después de la muerte de Lovecraft [ver: El horror hereditario y la enfermedad de Lovecraft]

Lovecraft murió el 15 de marzo de 1937. No queda claro cuándo Hazel Heald se enteró de su fallecimiento, pero una carta suya se publicó en la edición de junio de 1937 de Weird Tales:


[Quiero expresar mi dolor por el fallecimiento de H. P. Lovecraft. De hecho, era su amiga, así como muchos otros aquí. Para nosotros, que realmente lo conocimos, es una pena que no haya palabras para expresar esta tristeza. La suya fue la mano amiga que me inició en el juego de los escritores y me dio el valor para seguir adelante en las dificultades más graves. Pero debemos intentar pensar que solo está lejos, en uno de sus viajes más largos, y que algún día nos volveremos a encontrar con él en el Gran Más Allá.]


Dos meses después, en la edición de agosto de 1937 de Weird Tales, se publicó otra carta de Hazel Heald:


[Rara vez se encontró un cerebro como el de H. P. Lovecraft, asombroso en su inteligencia. Siempre buscaba más conocimientos, obteniendo tras interminables horas de estudio una comprensión más rica y completa de las personas y de la vida. Siendo un gran viajero, se deleitaba con el estudio de las ciudades antiguas y su tradición oculta, y caminaba muchas millas para inspeccionar algún lugar histórico. Era un verdadero amigo de todos los que lo conocían, siempre dispuesto a dar su valioso tiempo para ayudar a algún pobre autor en apuros. Era muy aficionado a los animales, especialmente a los gatos, un interés que se refleja en varios de sus cuentos. Salía de su camino para acariciar a algún gato callejero abandonado y darle una palabra amistosa. Era un ferviente amante de la arquitectura y de todas las bellas artes, y un día en un museo con él fue un tiempo bien empleado. Trabajó hasta altas horas de la noche entregando al mundo obras maestras, sacrificando su salud. Lovecraft fue un regalo para el mundo que nunca podrá ser reemplazado: un amigo de la humanidad.]


Poco se sabe de la vida posterior de Hazel Heald. Sus cartas a August Derleth decaen después de 1937, pero se reanudan a principios de la década de 1940, cuando Derleth buscaba obtener permiso para volver a publicar sus historias entre los relatos de revisión de Lovecraft [ver: August Derleth: el creador de los Mitos de Cthulhu]

Ella continuó intentando seguir una carrera literaria, mencionando sus muchos esfuerzos para seguir publicando en distintas revistas pulp, siempre sin éxito. Eventualmente debió abandonar sus sueños y obtuvo un empleo regular como ama de llaves.

¿Qué significó Lovecraft para Hazel Heald?

La poca correspondencia que sobrevive de Hazel Heald se debe enteramente a su conexión con Lovecraft, de una forma u otra; de hecho, es posible que nunca la hubiésemos recordado en El Espejo Gótico si no fuera por su relación con Lovecraft. La propia Hazel Heald seguramente sabía que esa conexión era la responsable de la poca atención que recibió de fanáticos como John Weir y editores como August Derleth. A diferencia de Zealia Bishop o Adolphe de Castro, Hazel Heald no contaba con los recursos económicos para considerar seriamente la autoedición. Solo vendió un par de manuscritos a un fan de Lovecraft, y eso fue todo.


[Me interesó mucho el artículo de Sonia Davis sobre Lovecraft, pero creo que él fue representado falsamente. Colaboró en varias historias conmigo, y siempre lo encontré generoso, considerado y no la persona egoísta que ella representa. Era todo un hombre y no estaba «atado a las faldas de sus tías». Lo vi varias veces, visitamos museos y después cenó en mi casa. Nunca habló mal de su matrimonio, solo dijo que simplemente no había funcionado. Nunca se burló de nadie y, aunque era un tipo muy nervioso, era fácil hablar con él sobre cualquier tema. Se detenía en la calle y acariciaba a cualquier gato callejero que veía.

Atentamente, Sra. Hazel Heald.]




H.P. Lovecraft. I Mitos de Cthulhu.


Más literatura gótica:
El artículo: Lovecraft, Hazel Heald, y una cena a la luz de las velas fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Lovecraft y Winifred Jackson: ¿una historia de amor?


Lovecraft y Winifred Jackson: ¿una historia de amor?




Hacia fines de 1919, H.P. Lovecraft y Rheinhart Kleiner [uno de los primeros corresponsales del flaco de Providence, y uno de los más críticos de su filosofía racial] comenzaron una discusión sobre las mujeres, el amor y el sexo. Al parecer, Kleiner siempre había sido susceptible a las tentaciones, y Lovecraft consideraba sus variadas implicaciones con una mezcla de leve sorpresa, diversión, y tal vez un cierto desprecio. En un momento, comenta:


[Por supuesto, no estoy familiarizado con los fenómenos amatorios, salvo a través de una lectura superficial. Siempre supuse que uno esperaba hasta encontrar alguna ninfa que le pareciera radicalmente diferente del resto, y sin la cual uno sentiría que no podría vivir. Entonces, imagino, uno comenzaría a asediar su corazón de manera profesional, sin desistir hasta que la ganara de por vida o fuera arruinado por el rechazo.]


En materia de pasiones, digamos, de índole carnal, Lovecraft era igualmente radical en sus opiniones:


[El erotismo pertenece a un orden inferior de instintos, y es una cualidad animal más que noblemente humana. El salvaje o el simio primigenio simplemente buscan en su bosque nativo para encontrar pareja; ¡el ario exaltado debería levantar los ojos a los mundos del espacio y considerar su relación con el infinito!]


Por supuesto, podríamos aprovechar ese párrafo para vociferar sobre los aspectos racistas del pensamiento de Lovecraft, pero creo que sus opiniones epistolares muchas veces se interpretan maliciosamente [ver: «La Sombra sobre Innsmouth»: del odio racial a la empatía]. Cuando uno se acostumbra al estilo de las cartas de Lovecraft, es más sencillo comprender que, en este caso en particular, los signos de exclamación, más el tono grandilocuente de todo el pasaje, son indicativos de una cierta autoparodia. En otras palabras, el flaco de Providence está siendo deliberadamente exagerado, incluso riéndose de sus opiniones.

Pronto, Lovecraft recupera la compostura y comenta más seriamente:


[Por el romance y el cariño nunca he sentido el menor interés; mientras que el cielo, con su relato de eternidades pasadas y venideras, y su magnífica panoplia de universos giratorios, siempre me ha cautivado. Y, en verdad, ¿no es esta la actitud natural de una mente analítica? ¿Qué es una hermosa ninfa? Carbono, hidrógeno, nitrógeno, una o dos pizcas de fósforo y otros elementos. Todos se descompondrán pronto. Pero, ¿qué es el cosmos? ¿Cuál es el secreto del tiempo, el espacio y las cosas que se encuentran más allá del tiempo y el espacio?]


Bueno, eso parece resolver el asunto.

Para Lovecraft, el cuerpo de la mujer se resume a «carbono, hidrógeno, nitrógeno, una o dos pizcas de fósforo y otros elementos»; es decir, parece incapaz de percibirlas en términos de deseo. Sin embargo, ¿es realmente cierto que Lovecraft no estaba familiarizado con los «fenómenos amatorios», que nunca había «sentido el mínimo interés» por el romance? [ver: En la cama de Lovecraft]

Quizás haya alguna pequeña razón para dudar al respecto; y esta se centra en una mujer que ha sido mencionada muy esporádicamente por los biógrafos de Lovecraft: Winifred Virginia Jackson (1876-1959)

Winifred Virginia Jackson se casó con Horace Jordan, un afroamericano [más adelante esto será puesto en duda], alrededor de 1915. La pareja se mudó al número 57 de Morton Street, Newton Center, un suburbio de Boston, Massachusetts. Al parecer, ella se divorció a principios de 1919, aunque siguió figurando en la lista de miembros de la United Amateur Press Association [UAPA] con su nombre de casada hasta septiembre de 1921. Para enero de 1920, sin embargo, ya vivía con dos amigas, ambas escritoras, en el número 20 de Webster Street, en Allston.

Winifred V. Jackson se unió a la UAPA en octubre de 1915, reclutada por la amiga y corresponsal de Lovecraft, Anne Tillery Renshaw. Winifred debe haberle escrito a Lovecraft a finales de 1915, o principios de 1916. Continuaron escribiéndose hasta [al menos] 1921 o 1922. En este punto las referencias a ella se desvanecen en la correspondencia de Lovecraft. De esos años todo lo que queda son seis cartas de Lovecraft a Winifred fechadas entre 1920 y 1921, cerca del final de su relación, por lo que solo podemos reconstruir de modo muy incompleto la naturaleza de su vínculo [ver: Lovecraft, Hazel Heald, y una cena a la luz de las velas]

El número de enero de 1916 de The Conservative, la revista amateur de Lovecraft, contiene dos poemas de ella [firmados como Winifred Virginia Jordan]: Canción del viento del norte (Song of the North Wind) y Galileo y Swammerdam (Galileo and Swammerdam). Tres poemas más aparecieron en la edición de abril de 1916: Abril (April), En el prado de Morven (In Morven's Mead) y El viento nocturno desnudó mi corazón (The Night Wind Bared My Heart). Dos más, Insomnia (Insomnia) y El estanque (The Pool), se publicaron en el mes de octubre. En esa misma edición, Lovecraft publicó el poema Lo desconocido (The Unknown) bajo el seudónimo que habitualmente utilizaba Winifred V. Jackson: «Elizabeth Berkeley», lo cual se repitió en mayo de 1917 cuando El abogado de la paz (The Peace Advocate) apareció bajo el mismo seudónimo en la revista Tryout [ver: Los extraños seudónimos de Lovecraft.]

¿Lovecraft utilizando un seudónimo de mujer, y más aún, el seudónimo que habitualmente utilizaba una mujer en particular con la que tenía [al menos] trato por correspondencia?

¿Acaso estaban escribiendo juntos?

Antes de que los defensores del ascetismo amoroso de Lovecraft nos salten a la yugular, sigamos cavando.

Winifred V. Jackson y Lovecraft ciertamente parecen haber hecho juntos una cantidad considerable de trabajo amateur. Ella misma publicó sólo un número de la revista Eurus, en febrero de 1918, que contenía un poema de Lovecraft dedicado a Jonathan E. Hoag. Junto con otros escritores aficionados, Winifred V. Jackson y Lovecraft editaron y publicaron tres números de la United Co-operative, entre 1918 y 1921; paralelamente, ella fue editora del Silver Clarion en un momento en que Lovecraft estaba prestando cierta atención a ese periódico. Más aún, en la convención de la United Amateur Press Association de 1917, Lovecraft fue elegido presidente y Winifred vicepresidenta, por lo que su correspondencia durante los próximos años habría incluido muchos asuntos oficiales, así como otros de índole personal.

Por ejemplo, a principios de 1918, Winifred enfermó de influenza durante la pandemia de la «gripe española», y una de las cartas de Lovecraft de esa época sugiere que ella necesitaba una enfermera en casa para cuidarla, e incluso que se sentía tan débil que tenía que dictar sus cartas a Lovecraft. En una carta a Rheinhart Kleiner, fechada el 5 de mayo de 1918, el flaco de Providence menciona:


[La recuperación de la señora Jordan no ha sido tan rápida como cabría desear, pero últimamente me envió una copia del London Daily Mail, escrita con su propia letra en lugar de la de su enfermera, por lo que supongo que ha mejorado mucho. En la última carta que dictó, relató un divertido incidente.]


Durante esta época se consolidó el vínculo entre Lovecraft y Jackson, el cual se convertiría en una colaboración literaria: El caos reptante (The Crawling Chaos). Ese año, Lovecraft compartió un sueño en una carta; Winifred respondió con el suyo, y hasta incluyó un mapa y la sugerencia de que Lovecraft escribiera una historia con él. Esto se convirtió en su segunda colaboración: La pradera verde (The Green Meadow), el cual se mantuvo inédito hasta 1927. Ambas colaboraciones utilizaron el seudónimo de Winifred: Elizabeth Berkeley. [ver: Relatos de Lovecraft escritos con mujeres]

Por supuesto, nada de esto sugiere que Lovecraft y Jackson fueran otra cosa que colegas de trabajo, en ocasiones cercanos, si no fuera por algunos comentarios hechos por Willametta Keffer [una escritora aficionada] a George T. Wetzel en la década de 1950. Según Wetzel, Keffer le dijo que [y aquí Wetzel parafrasea una carta de Keffer]:


[Todos en la Amateur Press pensaban que Lovecraft se casaría con Winifred Jordan. Un miembro amigo, que conocía tanto a HPL como a Winifred Virginia, me habló del «romance».]


Es difícil saber qué hacer con todo esto. Podría ser un chisme, claro, pero no uno infundado.

Lovecraft debe haber conocido personalmente a Winifred V. Jackson, a más tardar, en el verano de 1920, cuando ella residía en el 20 de Webster Street, Allston, ciudad donde sabemos que Lovecraft estuvo al menos en dos ocasiones. Curiosamente, él no la menciona en ninguno de sus diversos relatos de sus viajes allí. Lo que sí escribió fue un efusivo artículo titulado: Winifred Virginia Jackson: una poeta «diferente» (Winifred Virginia Jackson: A ‘Different’ Poetess), publicado en marzo de 1921 en la United Amateur.

Por sus cartas, también sabemos que Lovecraft pasó la Navidad de 1920 escribiendo un poema pintoresco tras recibir una fotografía de Winifred Virginia Jackson, presumiblemente su regalo de Navidad para él. El poema se titula: Al recibir un retrato de la Señora Berkeley, poetisa (On Receiving a Portraiture of Mrs. Berkeley, ye Poetess). Es un poema delicado, encantador, donde Lovecraft elogia tanto la belleza física de Winifred Virginia Jackson como su talento para la poesía. En este punto es lícito afirmar que el flaco de Providence estaba lejos de percibir a Jackson como una mezcla de «carbono, hidrógeno, nitrógeno, una o dos pizcas de fósforo y otros elementos»


Aunque la bella forma exterior la situaría
en las filas de la hermosa raza de Venus,
esa cabeza bien formada contiene un arte tan grande
que la de Palas debe cultivar cepas inferiores.

[Tho’ outward form the fair indeed would place
Within the ranks of Venus’ comely race,
Yon shapely head so great an art contains
That Pallas’ self must own inferior strains.
]


Winifred V. Jackson era realmente una mujer muy atractiva, y el hecho de que fuera catorce años mayor que Lovecraft no excluye la posibilidad de un romance entre los dos. Después de todo, quien eventualmente se convertiría en esposa de Lovecraft, Sonia H. Greene, también era mayor que él.

Es curioso notar que estas dos mujeres, una judía [Greene] y otra sin ningún prejuicio racial [Jackson] hayan sido las únicas en agitar el corazón del flaco de Providence, cuyas opiniones xenófobas y racistas son más valoradas por sus estudiosos que sus acciones en la vida real. Claramente, Lovecraft era mucho menos prejuicioso en la práctica que en las cartas que escribía, donde asumía una postura intransigente [ver: Una noche en el burdel con Lovecraft]

¿Qué es más significativo a la hora de valorar la opinión de un hombre: sus cartas o a las personas reales a quienes amó? Uno puede fingir o exagerar una postura filosófica o política, por incorrecta que sea [y en la época de Lovecraft la xenofobia y el racismo eran políticamente correctos], sobre todo cuando quieres construir la imagen de este tipo duro, erudito, anticuario, una especie de vindicación moderna del hombre del siglo XVIII, pero difícilmente puedes fingir un interés sentimental de este tipo, en especial cuando este contradice aquellas posturas que tan radicalmente has defendido.

En fin.

Para la época de este supuesto cortejo con Lovecraft, Winifred V. Jackson estaba divorciada. Ella volvió a usar su apellido de soltera y, en las cartas de Lovecraft, «Señora Jordan» se convirtió a partir de entonces en «Señorita Jackson». En una carta fechada el 25 de diciembre de 1920, Lovecraft le escribió:


[A partir de su firma enmendada o restaurada, asumo que su caso judicial ha terminado con éxito; una circunstancia que causará regocijo universal debido al inevitable suspenso y tensión de los que sin duda se libera.]


Los rumores de una relación romántica entre Lovecraft y Jackson serían registrados de manera póstuma en el libro de 1976: El romance perdido de Lovecraft (Lovecraft's Lost Romance), escrito por George T. Wetzel y R. Alain Everts. No es una obra rigurosa, pero registra de primera mano una serie de chismes recogidos del mundillo aficionado, muchos de los cuales son completamente infundados. 

Por ejemplo, Wetzel y Everts afirman que Horace Jordan, esposo de Jackson, era afroamericano, pero se ha descubierto que su certificado de nacimiento y su tarjeta de reclutamiento lo clasifican como «blanco». También se afirma en el libro que Winifred V. Jackson, durante la supuesta etapa de cortejo con Lovecraft, mantenía un romance activo con el célebre poeta y crítico afroamericano William Stanley Braithwaite (1878-1962). De hecho, ella seguiría siendo su amante durante muchos años.

¿Lovecraft lo sabía?

Me resulta difícil creer, dadas las opiniones raciales de Lovecraft, que este conociera al detalle las afinidades de Winifred V. Jackson. Si las hubiera conocido probablemente habría dejado a Jackson inmediatamente, incluso dejaría de tratarla en términos profesionales. Pero, ¿acaso Lovecraft no sabía que Jackson había estado casada con un [supuesto] afroamericano como Jordan? Bueno, también es difícil creer que el flaco de Providence ignorara tantas cosas, pero no hay ninguna referencia suya, al menos por escrito, que indique que supiera que Horace Jordan era negro.

Sin embargo, Lovecraft sí conocía al amante de Winifred V. Jackson: Braithwaite, quien en ese momento ya era el crítico afroamericano más prominente del Estados Unidos [de hecho, mantendría una breve correspondencia con él en 1930]. Como editor literario del influyente Boston Transcript, Braithwaite ocupó una posición formidable en la poesía estadounidense en ese momento. Lovecraft menciona casualmente que un poema de Winifred V. Jackson que había aparecido en el Boston Transcript junto con uno suyo, y luego reimpreso en varias antologías de Braithwaite. Sería injusto pensar que esto se debió a que ella era la amante de Braithwaite, ya que gran parte de la poesía de Winifred V. Jackson era bastante buena, mejor [en aquel tiempo] que la de Lovecraft. Sin duda, Lovecraft le agradeció Braithwaite un comentario vertido en un artículo de 1921, donde definía la producción poética del flaco de Providence como «poemas de terror potente y sugestión oscura».

Lovecraft y Jackson no siempre estuvieron en perfecto acuerdo; de hecho, tenían posiciones diametralmente opuestas en muchos asuntos. Por ejemplo, mientras que Lovecraft era un ardiente anglófilo, y apoyó a los británicos durante la Primera Guerra Mundial y la Guerra de Independencia de Irlanda. Jackson apoyaba al Sinn Fein, el partido de izquierda de Irlanda. Es asombroso cómo el severo Lovecraft [que por mucho menos hubiese roto relaciones con cualquier otro corresposal] aceptaba, casi mansamente, esta clase de desacuerdos políticos. En una carta a Alfred Gapin, fechada en abril de 1920, escribe:


[Escuché por primera vez de la organización (Sinn Fein) por la señora Jordan, que está tan dedicada a la causa que hace trabajo de secretaria en las oficinas dos o tres días a la semana sin remuneración.]


A pesar de estas diferencias políticas, Lovecraft menciona que continuó viendo a Winifred en varias reuniones de aficionados. Su aprecio por Lovecraft también parece haber sido real, aunque no podemos decir que su naturaleza haya sido romántica. En cualquier caso, luego de una visita a casa de Winifred, Lovecraft escribió una carta a su madre, Sara Susan Lovecraft, fechada el 17 de marzo de 1921, donde menciona:


[Encontré mis inútiles intentos poéticos predominando en sus viejos álbumes de recortes, que se remontan a una época en la que probablemente no conocía su interés por mí.]


Básicamente, Lovecraft está diciendo aquí que cuando visitó a Winifred en su casa ella le mostró un álbum de recortes con poemas publicados del flaco de Providence. Lindo detalle.

La madre de Lovecraft, Susan, murió el 24 de mayo de 1921 en el Butler Hospital, después de una serie de complicaciones tras una cirugía de vesícula biliar [ver: El horror hereditario y la enfermedad de Lovecraft]. Pocos días después, el 7 de junio, Lovecraft le escribió a Jackson una carta muy conmovedora, de la cual podemos inferir que el flaco de Providence incluso le hablaba a su madre de Winifred, o al menos discutían su trabajo poético:


[Mi querida señorita Jackson:

Puede decirse con justicia que ha perdido usted a una amiga en mi madre, porque aunque nunca tuvo noticias directas de ella, es posible que se la cuente entre las primeras y más entusiastas admiradoras de su trabajo. Recuerdo su especial aprecio por sus poemas desde el primer momento que los vio. Lamento más que no la conociera personalmente, ni por carta ni por reunión.
]


Hay dos pruebas más que parecen resolver el asunto del romance entre Lovecraft y Winifred V. Jackson. En algún momento [probablemente en 1921], Lovecraft tomó una fotografía de Jackson en la playa, en lo que claramente constituye un encuentro de índole personal, no profesional. Pero, a mediados de julio de ese año, Lovecraft y Winifred asistieron a la convención de la Asociación Nacional de Prensa Amateur en Boston, donde Lovecraft conoció a una nueva aficionada de Nueva York, Sonia Haft Greene. R. Alain Everts informa que, en una entrevista de 1967, Sonia le dijo: «le robé a HPL a Winifred Jackson».

Quizás fue así.

Desde este momento, las referencias a Sonia aumentan en las cartas de Lovecraft al mismo tiempo que las referencias a Winifred disminuyen; sin embargo, la correspondencia entre ambos no cesó de inmediato. Si hubo una rivalidad romántica entre ellas, no lo sabemos. Ciertamente Lovecraft parece haber sido cortejado [muy lánguidamente] por Jackson y Greene, pero no está claro que el flaco de Lovecraft siquiera fuera consciente de ello.

Por otro lado, había otro factor para el distanciamiento: Braithwaite.

Lovecraft no se dio cuenta de inmediato de su raza [los padres de Braithwaite eran mestizos] hasta 1918, cuando Braithwaite recibió la medalla Springarn, lo que ocasionó uno de los estallidos de prejuicio racial más intemperantes en las cartas de Lovecraft. Por otro lado, el flaco de Providence quizás intuía la aventura extramarital entre Winifred y Braithwaite, quizás no, pero definitivamente era consciente de que existía alguna asociación entre ambos. Su última carta a Winifred menciona a Braithwaite, a quien Lovecraft llamaba «gatito negro» en sus cartas a Rheinhart Kleiner. Hay otras referencias dispersas en sus cartas, principalmente a Braithwaite escribiendo sobre la poesía de Winifred Jackson o mencionando al The Conservative en relación con ella.

No está claro qué sabía Lovecraft sobre la relación entre Winifred Jackson y Braithwaite, pero las referencias a ella en su correspondencia caen precipitadamente en el período 1921-1922. Sobrevive una sola carta de Lovecraft a Braithwaite, fechada el 7 de febrero de 1930, en la que se complace en recibir noticias de Winifred Jackson, por lo que no deben haber estado en contacto para esa fecha.

Tampoco hay evidencia de que Winifred V. Jackson haya viajado alguna vez a Providence para visitar a Lovecraft, como sí lo hacía con frecuencia Sonia, a pesar de que vivía mucho más lejos [Brooklyn]. Poco después de que Sonia Greene «robara» a Lovecraft, escuchamos muy poco de Winifred Jackson, ya sea en las cartas de Lovecraft como en la prensa amateur en general. Ella publicó solo dos poemarios más: Carreteras secundarias (Backroads) y Poemas escogidos (Selected Poems). Luego hizo silencio.

¿Tan devastada quedó Winifred V. Jackson luego de que Lovecraft entablara una relación seria con Sonia Greene? [ver: Lovecraft y Sonia Greene: una historia de amor]

No podemos saberlo, y menos por Lovecraft. El flaco de Providence solía terminar abruptamente sus relaciones de amistad con todas las escritoras aficionadas que estaban asociadas a él en ese momento. Por ejemplo, viajó a Boston a escuchar una conferencia de Lord Dunsany en compañía de Alice Hamlet; de hecho, ella le presentó al maestro irlandés, pero escuchamos muy poco de ella después de ese punto. Lovecraft visitó a Myrta Alice Little varias veces en New Hampshire durante 1921, y de esos encuentros solo sobrevive carta larga y laberíntica. Luego está el enigma de Anna Helen Crofts, la única otra mujer con la que Lovecraft colaboró [en lugar de hacer un trabajo de revisión sin firmar], en el curioso relato: La poesía y los dioses (Poetry and the Gods).

Dudo que hubiese algo romántico involucrado en estas relaciones, al menos del lado de Lovecraft. Pero no es improbable que un hombre con su intelecto, y su gran reputación en el mundillo aficionado, pudiera haber sido objeto de afecto e interés de parte de otras escritoras, aunque no tenemos ni la más remota evidencia de tal cosa.

Por otra parte, esa ruptura con Winifred Jackson no tiene por qué ser otra cosa que dos amigos separándose. Ella pasaba más tiempo con su nuevo negocio y Lovecraft con Sonia H. Greene, con quien se casaría en 1924. Para la falta de correspondencia sobreviviente, Lovecraft da una pista en una carta a Alfred Galpin, fechada el 31 de agosto de 1921:


[Ella (Winifred) desea que todas sus epístolas se quemen sin exhibición, aunque son en verdad mucho menos difamatorias de lo que cree. Normalmente cumplo con el deseo, aunque en este caso tuve que guardar esta página por el bien de la historia.]


¿Qué había en las cartas de Winifred Jackson como para que ella le pidiera que Lovecraft las quemara luego de leerlas?

Lovecraft y Jackson se dieron ánimo mutuamente, compartieron poemas, sueños y colaboraron en dos historias. Su período de correspondencia estuvo marcado por acontecimientos importantes en la vida de ambos: enfermedad, divorcio y muerte; pero si hubo algo más entre ellos, solo podemos imaginarlo. Las seis cartas que sobreviven consisten en un borrador entre los documentos de Lovecraft y cinco cartas que R. H. Barlow transcribió y envió a August Derleth; sólo un extracto de la primera carta se publicó en Cartas escogidas (Selected Letters). Presumiblemente, estas fueron todas las cartas que Winifred Jackson pudo [o quiso] desenterrar cuando Barlow se puso en contacto con ella en 1938 [ver: El Círculo de Lovecraft y la aristocracia de «Weird Tales»]


[Veo que necesito ponerme una armadura contra un destino que se ocupa únicamente de traerme pérdidas. La pérdida de las cartas del señor Lovecraft también te conmueve.

Sinceramente, Winifred Virginia Jackson.]


Este es un extracto de una carta de Winifred Jackson a R.H. Barlow, fechada el 11 de noviembre de 1938, poco tiempo después de la muerte de Lovecraft. Es una declaración recatada, que solo menciona las cartas de Lovecraft como objeto de dolor por su pérdida. ¿Qué conclusión podemos sacar de todo esto? No mucho. Quizás no sentía por Lovecraft más de lo que le manifestó a Barlow, quizás que era lo suficientemente discreta como para reservar sus sentimientos.




H.P. Lovecraft. I Autores con historia.


Más literatura gótica:
El artículo: Lovecraft y Winifred Jackson: ¿una historia de amor? fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La llamada»: Algernon Blackwood; relato y análisis


«La llamada»: Algernon Blackwood; relato y análisis.




La llamada (The Call) es un relato fantástico del escritor inglés Algernon Blackwood (1869-1951), publicado en la antología de 1921: Los lobos de Dios (The Wolves of God).

La llamada, posiblemente uno de los cuentos de Algernon Blackwood menos conocidos, relata la historia de dos amigos: Dick Headley y Arthur Deane, quienes compiten por el amor de una mujer: Iris Manning. No solo la solidez de esa amistad es puesta a prueba, sino también algunas concepciones aun más profundas sobre la naturaleza de la realidad.

SPOILERS.

La llamada es un relato distinto a los que nos tiene acostumbrados Algernon Blackwood. Lo fantástico también irrumpe aquí, pero de una forma sutil, casi discreta, evidenciando una vez más el extraordinario talento de este autor y su profundo conocimiento del género.

En este contexto, profundizar en un análisis minucioso de La llamada de Algernon Blackwood sería como intentar desactivar el delicado mecanismo que sostiene la trama, y el demoledor efecto del final; de manera tal que nos abstenemos de semejante profanación.

Esta excelente traducción al español de La llamada fue realizada por un gran amigo de El Espejo Gótico: Ariel Palomo, quien ha sido una colaboración inestimable para expandir la sección de relatos de Algernon Blackwood.




La llamada.
The Call, Algernon Blackwood (1869-1951)

(Traducido al español por Ariel Palomo para El Espejo Gótico)


El incidente —quizás nunca fue una historia— comenzó dócilmente, casi modestamente; terminó con una nota de asombro extraño, sobrenatural, que lo ha perseguido desde entonces. En la memoria de Headley, en cualquier caso, se destaca como la cosa más sorprendente, más hermosa que nunca presenció. Otras emociones, además, contribuyeron a la intensidad de la imagen. Que se haya sentido celoso de su viejo amigo, Arthur Deane, lo impresionó para empezar; le parecía imposible hasta que sucedió realmente. Pero que los celos, más tarde, hayan resultado carecer de causa, lo impresionó aún más. Se sintió avergonzado y miserable.

Para él, el incidente propiamente dicho comenzó cuando recibió una nota de la señora Blondin, invitándolo al priorato por un fin de semana, o por más, si podía soportarlo.

El capitán Arthur Deane, mencionaba, se estaba quedando con ella por el momento, y una cálida bienvenida lo aguardaba. No mencionaba a Iris —Iris Manning, la interesante y hermosa muchacha por quien era bien sabido que él tenía una debilidad considerable. Se encontró con un grupo bastante grande en la casa; había pesca en el pequeño río de Sussex, tenis, golf cerca de allí, mientras dos automóviles ponían a la remota región de los bajos al alcance de la mano. También había algo de cacería de patos para aquellos que no les molestaba levantarse a las tres de la madrugada, y remo río arriba hasta las ciénagas donde los pájaros se alimentaban.

—¿Trajiste tu arma? —dijo la señorita Manning—. Porque, si lo hiciste, tendré que levantarme una hermosa mañana a las tres en punto. —Ella se rio alegremente y había una excitación implícita en su risa.

El capitán Headley mostró su sorpresa.

—Me avergüenza decir que había escapado a mi atención que fueras una Diana —respondió ligeramente—. Pero te conozco desde hace algunos años, ¿no es así?

Él la miró fijamente, y la mirada suave, aunque escrutadora, apartándose de la de su amigo, se encontró firmemente con la suya. Ella lo estaba examinando por centésima vez, y él, por centésima vez, estaba pensando cuán linda era ella y preguntándose cuánto tiempo duraría la lindura después del matrimonio.

—No lo soy —la escuchó responder—. Ese es el punto. Pero hice una promesa.

—¡Claro! —dijo Arthur galantemente—. Y yo te ayudaré a mantenerla —añadió aún más galantemente, demasiado galantemente, pensó Headley—. De ningún modo podría levantarme al amanecer sin un incentivo muy especial, ¿verdad? ¡Tú me conoces, Dick!

—Bueno, como sea, traje mi arma —respondió Headley evasivamente—, por lo que ninguno de los dos tiene excusa. Tendrán que ir.

Y, mientras ellos se reían y charlaban sobre eso, la señora Blondin aseguró el asunto para ellos. Era difícil hacerse de provisiones; la despensa realmente necesitaba un par o dos de aves; era lo mínimo que podían hacer en pago de lo que ella llamaba graciosamente su “armisticiabilidad”.

—Por lo que espero que se levanten a las tres —bromeó— y regresen con sus aves de la Victoria.

Y fue por esta escaramuza preliminar en la mesa del té en el jardín cinco minutos después de su llegada que Dick Headley se dio cuenta bastante fácilmente del pequeño juego en progreso. Como un hombre de experiencia, en el lado equivocado de los cuarenta, no fue difícil ver las cartas que cada uno tenía. Suspiró. Si hubiese adivinado que había una intriga en marcha, no habría venido, aunque podría haber sabido que, donde sea que estuviese su anfitriona, habría buitres reunidos. Casamentera por instinto y elección, la señora Blondin no podía con su genio. Fiel a su nombre, ella siempre caminaba en las cuerdas flojas de los matrimonios por otros.

Sus cartas, en cualquier caso, eran bastante obvias; las había colocado sobre la mesa para él. Él leyó fácilmente su mano. Las próximas veinticuatro horas confirmaron su lectura. Habiéndose hecho a la idea de que Iris y Arthur estaban destinados el uno para el otro, se había vuelto impaciente; habían estado juntos diez días, pero Iris seguía libre. Ellos solo eran buenos amigos. Haciendo cálculos, ella, entonces, dio un paso que debería agilizar las cosas. Invitó a Dick Headley, cuya debilidad por la muchacha era de público conocimiento. La carta era la indicada; ella la jugó. Arthur debía ir al grano o ver a otro hombre llevársela. Al menos, esto planeaba ella, sin imaginarse que interferiría el oscuro as de espadas.

La mano de la señorita Manning también era bastante obvia, porque ambos hombres eran partis extremadamente elegibles. Ella salía ganando; uno u otro debía volverse su esposo antes de que la reunión se disolviera. Esto, dicho sin pelos en la lengua, estaba ciertamente en sus cartas, aunque, siendo una chica linda y encantadora, podía camuflarlo astutamente de ella misma y de los otros. Sus ojos, alternadamente en cada hombre cuando se estaba discutiendo la cacería, relevó con bastante claridad su parte en la pequeña intriga. Todo, hasta ahí, era tan común y corriente como podía ser.

Pero había dos manos más que Headley debía leer—la suya y la de su amigo; y estas, admitía él honestamente, no eran fáciles de descifrar. Por comenzar con la suya, era cierto que quería a la chica, y muchas veces había intentado decidirse a pedirle la mano. Sin ser arrogante, él tenía buenas razones para creer que el afecto era recíproco y que ella lo aceptaría. No había un amor eufórico en ambas partes, porque él ya no era un veinteañero ni ella estaba indemne de los tempestuosos amoríos que había quemado el primer florecimiento de su cara y corazón. Pero se entendían mutuamente; eran una pareja honesta; ella estaba cansada de coquetear; ambos querían casarse y sentar cabeza. A menos que un mejor hombre apareciese, ella probablemente diría “Sí” sin engaño o tardanza. Fue esta última reflexión lo que lo condujo a la última mano que debía leer.

Aquí es donde se desconcertaba. El rol de Arthur Deane en la estrategia del té, por primera vez desde que se habían conocido el uno con el otro, le pareció extraño, incierto. ¿Por qué? Porque, aunque no le prestaba abiertamente atención a la chica, se veía con ella clandestinamente, a escondidas del resto de la fiesta, y, sobre todo, sin decírselo a su íntimo amigo—a las tres en punto de la madrugada.

La fiesta estaba en pleno auge, con un toque de esa alegría salvaje, descuidada que siguió al fin de la guerra: “Seamos felices antes de que una cosa peor nos sobrevenga”, estaba en muchos corazones. Luego de un día concurrido, bailaron hasta temprano por la mañana, mientras que un clima incierto previno la temprana expedición de cacería en busca de patos. La tercera noche, Headley se las ingenió para irse temprano a la cama. Se acostaba allí a pensar. Estaba desconcertado por el rol de su amigo, por el encuentro clandestino en particular. Fue en la madrugada anterior, despertándose muy temprano, que él había sido arrastrado hacia la ventana por un sonido inusual—el silbido de un pájaro. ¿Era un pájaro? Nunca antes en toda su vida había escuchado semejante llamado curioso y medio cantado. Escuchó por un momento, pensando que debía haber sido un sueño, pero el extraño silbido aún resonaba en sus oídos. Se repitió justo debajo de su ventana abierta, un silbido largo, en tono menor, con tres notas distintas a continuación.

Se sentó en la cama y escuchó atentamente. Ningún pájaro que conociese podía emitir tales sonidos. Pero no se repitió una tercera vez, y, por pura curiosidad, se dirigió a la ventana y miró afuera. El alba se estaba asomando sobre los distantes bajíos; vio sus figuras en la luz plateada; vio el jardín de abajo, extendiéndose hasta el pequeño río en el fondo, donde una cortina de niebla fina colgaba en el aire. Y en este jardín también vio a Arthur Deane... con Iris Manning.

Por supuesto, pensó, estaban yendo a buscar patos. Se giró para mirar la hora; eran las tres en punto. La misma mirada, sin embargo, le mostró su arma apoyada en el rincón. Así que se estaban yendo sin un arma. Una aguda punzada de celos lo atravesó. Estuvo a punto de gritarles una cosa o la otra, desearles buena suerte o preguntarles si habían encontrado otra arma, quizás, cuando una sensación fría bajó por su columna. En el mismo instante se contrajo su corazón. Deane había entrado detrás de la chica en la glorieta, que estaba a la derecha. No era, después de todo, la expedición de cacería. Arthur la estaba yendo a ver por otro motivo. La sangre regresó, llenando su cabeza. Se sintió un fisgón, un mirón, un detective; pero, a pesar de todo, también se sintió celoso. Y sus celos se debían principalmente a que Arthur no le había contado.

Pensando en esto, entonces, se acostó en la cama la tercera noche. Al día siguiente no dijo nada, pero había cruzado el corredor y colocado el arma en la habitación de su amigo. Arthur, por su parte, tampoco había dicho nada. Por primera vez en su larga, larga amistad, había un secreto entre ellos. Para Headley, esta revelación inesperada vino acompañada de dolor.

Por más o menos un cuarto de siglo habían sido íntimos amigos; habían acampado juntos, habían estado en el ejército juntos, habían disfrutado juntos, cada uno confidente del otro en todas las cosas que conforman la vida de los hombres. Sobre todo, Headley había sido el único receptor de la triste historia de amor de Arthur. Conoció a la chica, conoció la profunda pasión de su amigo, y también conoció su terrible dolor cuando ella se ahogó en el mar. Arthur estaba fundido, terminado, fuera de carrera, hasta donde concernía el matrimonio. No era un hombre que amaría una segunda vez. Fue una tragedia enorme y desgarradora. Headley, como confidente, lo sabía todo. Pero más que eso —Arthur, por su parte, conocía la debilidad de su amigo por Iris Manning, sabía que un matrimonio aún era posible y probable entre ellos. Eran uña y carne, y cada hombre, muy curiosamente, había salvado una vez la vida del otro, reforzando así la fuerza del gran vínculo natural.

Pero ahora uno de ellos, fingiendo inocencia de día, incluso indiferencia, se encontraba secretamente con la chica de su amigo de noche, y se guardaba para él el asunto. Parecía increíble. Con sus propios ojos, Headley lo había visto en el jardín, caminando en la delgada luz grisácea a través de la neblina hacia la glorieta, donde la chica justo lo había precedido. No había visto su cara, pero había visto la pollera desaparecer en la esquina del pilar de madera. No esperó a verlos salir nuevamente.

Así que, ahora, yacía preguntándose qué rol jugaba su viejo amigo en esta pequeña intriga que su anfitriona, la señora Blondin, ayudaba a montar. Y, muy extrañamente, un detalle menor permaneció en su mente con una curiosa intensidad. Como un naturalista, cazador, amante de la naturaleza, el silbido de ese extraño pájaro, con sus tres notas tristes, lo desconcertaba enormemente.

Alguien golpeó la puerta, y la puerta se abrió antes de que tuviera tiempo de responder. El propio Deane entró.

—El abuelito —exclamó con un tono relajado— se fue a la cama. Iris estaba preguntando dónde estabas.

Se sentó en la punta del colchón, donde Headley estaba acostado con un cigarrillo y con un libro abierto que no había leído. El viejo sentimiento de intimidad y camaradería se despertó en el corazón del último. La duda y la suspicacia se desvanecieron. Apreciaba su gran amistad. Se encontró con ojos familiares. “Imposible”, se dijo, “¡absolutamente imposible! No está jugando a un juego; ¡no es un canalla!”. Le acercó la caja de cigarrillos, y Arthur encendió uno.

—Estoy muerto —remarcó brevemente con la primera pitada—. No lo aguanto más. Me voy a la ciudad mañana.

Headley lo miró con sorpresa.

—¿Ya te cansaste? —preguntó—. Pues a mí me gusta. Es bastante divertido. ¿Qué pasa, colega?

—Este emparejamiento —dijo Deane abiertamente—. Siempre lanzándome la chica por la cabeza. Si no es el truco de la cacería de patos a las tres de la mañana, es lo otro. Yo no le importo y ella no me importa. Además… Se detuvo, y la expresión de su cara cambió súbitamente. Una mirada triste, silenciosa de tierna añoranza cayó en sus claros ojos marrones.

—Tú sabes, Dick —continuó en un tono bajo, casi reverente—. No me quiero casar. Nunca podré.

El corazón de Dick se movió en su interior.

—Mary —dijo comprensivamente.

El otro asintió, como si el recuerdo aún fuera demasiado para él.

—Aún estoy miserablemente solo por ella —dijo—. Simplemente no lo puedo evitar. Me siento completamente perdido sin ella. Su memoria, para mí, lo es todo. —Miró profundamente en los ojos de su amigo—. Estoy casado a eso—añadió muy firmemente.

Fumaron sus cigarrillos un momento en silencio. Ellos pertenecían al tipo masculino que esconde las emociones detrás de un lenguaje infantil.

—Qué mala suerte —dijo Headley gentilmente—, una desgracia, colega. Te entiendo.

La cabeza de Arthur asintió varias veces en una sucesión mientras fumaba. Ni hizo ningún comentario por algunos minutos. Entonces, como si no tuviese importancia, dijo:

—Además, de cualquier modo, es por ti quien la chica se muere, no por mí. Está ciega como un murciélago, la vieja Blondin. Incluso cuando estoy con ella... arrojada a ella por esa vieja casamentera a causa de mis pecados, es de ti de quien habla. Todas las conversaciones terminan en ti. —Se detuvo un momento y miró inquisitivamente en la cara de su amigo—. Digo, colega... quieres... digo, ¿tienes alguna intención aquí? Porque... discúlpame mi interferencia... pero será mejor que tengas cuidado. Ella es una buena muchacha, sabes, después de todo.

—Sí, Arthur, me gusto un poco —le dijo Dick francamente—. Pero no termino de decidirme. Ya sabes, es así...

Y hablaron del asunto como lo harían viejos amigos, hasta que Arthur finalmente tiró su cigarrillo en el hogar y se levantó para irse.

—Estoy muerto —dijo con un bostezo—. Me voy a la cama. Date una oportunidad, también—añadió con una risa. Era pasada la medianoche.

El otro se dio vuelta, como si algo se le hubiese ocurrido súbitamente.

—Por cierto, Arthur —dijo abruptamente—, ¿qué pájaro hace este sonido? Lo escuché la otra mañana. El canto más extraordinario. Tú conoces todo lo que vuela. ¿Qué es? —Y, con la mejor de su habilidad, imitó el extraño canto de tres notas que había escuchado en el jardín dos mañanas atrás.

Para su sorpresa y aguda aflicción, su amigo, con un sonido como de quejido ahogado, se sentó en la cama sin una palabra. Parecía alarmado. Su rostro estaba blanco. Pasó su mano, como adolorido, por su frente.

—Hazlo de nuevo —susurró con una voz nerviosa, apagada—. Una vez más... para mí.

Y Headley, mirándolo, repitió las raras notas, una súbita revulsión de sentimiento naciendo en su interior. “Me está embromando después de todo”, pasó por su corazón, “mi viejo, viejo amigo...”.

Hubo silencio por un minuto entero. Entonces, Arthur, tartamudeando un poco, dijo débilmente, un cierto silencio aún en su voz:

—¿Dónde diantres escuchaste eso... y dónde?

Dick Headley se sentó en la cama. No iba a perder su amistad, que, para él, era más que el amor de una mujer. Él debía ayudarlo. Su amigo estaba sufriendo y en problemas. Había circunstancias, se dio cuenta, que pueden ser demasiado fuertes para el mejor hombre en el mundo... a veces. ¡No, por Dios, él le seguiría la corriente y lo ayudaría!

—Arthur, viejo amigo —dijo afectuosamente, casi con ternura—. Lo escuché hace dos mañanas atrás... en el jardín ahí debajo de mi ventana. Me despertó. Me... me acerqué a mirar. A eso de las tres de la mañana.

Arthur lo sorprendió, entonces. Primero tomó otro cigarrillo y lo encendió con tranquilidad. Miró alrededor de la habitación vagamente, evitando, al parecer, la mirada del otro. Entonces, se dio vuelta, con dolor en su cara, y lo miró fijamente.

—¿Viste... algo? —preguntó con una voz más sonora, pero una voz que tenía algo muy real y verdadero en ella. Le recordó a Headley la voz que escuchó cuando se desmayaba del cansancio, y Arthur había dicho “Te digo que la tomes. Estoy bien” y había pasado la botella, aunque su propia garganta y mirada y corazón estaban negros de la sed. Era una voz que tenía dominio en ella, una voz que no mentía porque no podía... pero que sí mentía y podía mentir... cuando la ocasión lo ameritaba.

Headley percibió un segundo de lucha atroz.

—Nada —respondió tranquilamente luego de una pequeña pausa—. ¿Por qué?

Por quizás dos minutos su amigo escondió su rostro. Luego, levantó la mirada.

—Solo —susurró— porque ese era nuestro llamado secreto. Es muy extraño que tú lo hayas escuchado y no yo. La ha sentido tan cerca últimamente... ¡a Mary!

El rostro pálido se mantenía muy estable, los firmes labios no temblaron, pero era evidente que el corazón conocía una angustia que era profunda y punzante.

—Lo usábamos para llamarnos... en los viejos días. Era nuestra llamada personal. Nadie más en el mundo la conocía, excepto Mary y yo.

Dick Headley estaba atónito. No tuvo tiempo de pensar, sin embargo.

—Es raro que tú debieras escucharlo y no yo —repitió su amigo. Lucía herido, sorprendido, lastimado. Luego, súbitamente, su rostro se iluminó—. Ya sé—chilló súbitamente—. Tú y yo somos muy buenos amigos. Hay un lazo entre nosotros y todo eso. Pues es tele... telepatía, o como sea que lo llamen. Eso es lo que es.

Se levantó abruptamente. Dick no podía pensar qué decir, solo repetir las palabras del otro.

—Por supuesto, por supuesto. Es eso —dijo— telepatía. —Miraba a cualquier lado, menos a su amigo.

—Buenas noches, buenas noches—escuchó desde la puerta y, antes de que pudiese hacer algo más que responder del mismo modo que Arthur, se había ido.

Permaneció acostado por un largo tiempo, pensando, pensando. Encontraba todo muy extraño. Arthur, en este estado emocional, era nuevo para él. Le dio vueltas y vueltas. Bueno, él había conocido a buenos hombres comportarse extrañamente cuando estaban alterados. Ese reconocimiento del silbido del pájaro fue extraño, por supuesto, pero él reconocía el silbido de un pájaro cuando lo escuchaba, aunque no reconociera al pájaro en cuestión. Eso no era un silbido humano. Arthur estaba... inventando. No, eso no era posible. Estaba alterado, entonces, por algo, un poco histérico, quizás. Había sucedido antes, aunque de un modo más leve, cuando sobrevenían sus ataques cardíacos. Afectaban un poco sus nervios y cabeza, al parecer. Era un tipo serio, recordaba Dick. El pensamiento viraba y se contorsionaba en él, ofreciendo variadas soluciones, algunas absurdas, otras posibles. Era un tipo nervioso, muy nervioso por debajo, Arthur. Él recordaba eso. También recordaba, de nuevo ansiosamente, que su corazón no estaba del todo bien, aunque qué tenía eso que ver con el presente embrollo, él no lo veía.

Pero era sumamente imposible que trajese a colación a Mary como un invento, una excusa —Mary, la memoria más sagrada en su vida, lo más profundo, lo más verdadero, lo mejor. Había jurado, en cualquier caso, que Iris Manning no significaba nada para él.

A través de todas sus especulaciones, detrás de cada pensamiento, corrían estos celos horrorosos. Lo envenenaba. Distorsionaban la verdad. Se movían como una víbora maligna por su mente y corazón. Arthur, atrapado por su nuevo, absorbente amor por Iris Manning, mentía. No lo podía creer, no lo creía, no lo quería creer, pero los celos persistían en mantener la idea viva en él. Era un pensamiento espantoso. Se durmió sobre él.

Pero su sueño fue intranquilo con sueños fervientes, desagradable que divagaban en fragmentos sin alcanzar una conclusión. Entonces, súbitamente, el silbido del extraño pájaro se introdujo en su sueño. Se sobresaltó, se dio vuelta, se despertó. El silbido aún continuaba. No era un sueño. Saltó de la cama.

La habitación era gris en la madrugada, el aire húmedo y un poco frío. El silbido vino flotando del jardín como antes. Miró afuera, atenazando el dolor su corazón. Dos figuras estaban paradas abajo, un hombre y una chica, y el hombre era Arthur Deane. Pero la luz era tan tenue, la mañana tan cubierta que, si no hubiese esperado ver a su amigo, apenas habría reconocido la forma familiar en ese contorno sombrío que estaba pegado a la chica. Ni, quizás, podría haber reconocido a Iris Manning. Le estaban dando la espalda. Se alejaron, desapareciendo nuevamente en la pequeña glorieta, y esta vez —lo vio más allá de toda duda— iban tomados de la mano. Vagas e inciertas como eran las figuras en el temprano ocaso, estaba seguro de eso.

El primer sentimiento desagradable de sorpresa, disgusto, enojo que lo enfermaba, sin embargo, se convirtió rápidamente en uno de otra clase completamente. Una curiosa sensación de temor supersticioso se apoderó de él, y un temblor corrió nuevamente por sus nervios.

—¡Hola, Arthur! —llamó desde la ventana.

No hubo respuesta. Su voz era ciertamente audible desde la glorieta. Pero nadie vino. Repitió el llamado un poco más fuerte, esperó en vano por treinta segundos; luego, en el mismo momento, arribó a una decisión que incluso lo sorprendió, porque la verdad es que no podía soportar más el suspenso de la espera. Debía ver a su amigo de inmediato y dar el asunto por terminado con él. Se dio vuelta y salió deliberadamente al corredor en dirección al dormitorio de Deane. Esperaría allí a su regreso y sabría la verdad por su propia boca. Pero también otro pensamiento se le había venido: el arma. Se había olvidado de ello—el seguro estaba roto. No se lo había advertido.

Encontró la puerta cerrada, pero no con llave; abriéndola cuidadosamente, entró.

Pero la sorpresa de lo que vio le causó una verdadera conmoción. Apenas pudo suprimir un grito. Todo en la habitación estaba limpio y ordenado, ningún signo de desorden en ningún lugar, y no estaba vacía. Allí, en la cama, ante sus propios ojos, estaba Arthur. Sus ropas estaban un poco dadas vuelta; vio el pijama abierto en la garganta; estaba bien dormido, profunda y pacíficamente dormido.

Tan sorprendido, en efecto, estaba Headley que, luego de mirar un momento, casi incapaz de creer a sus ojos, estiró entonces una mano y lo tocó gentilmente, precavidamente en la frente. Pero Arthur no se movió ni despertó; su respiración permaneció profunda y regular. Estaba dormido como un bebé.

Headley miró alrededor de la habitación, notó el arma en el rincón donde él mismo la había puesto el día anterior, y luego salió, cerrando la puerta suavemente detrás de él.

Arthur Deane, sin embargo, no se marchó a Londres como pretendía, porque se sentía mal y permaneció en su habitación del piso de arriba. Era solo un ataque leve, aparentemente, pero debía guardar reposo. No había necesidad de llamar a un doctor; él sabía qué hacer; estos ataques pasajeros eran bastante comunes. Estaría vivito y coleando muy pronto. Él le leía en voz alta, le daba charla y lo animaba. No tenía otras visitas. En menos de veinticuatro horas, ya era él mismo nuevamente. Él y su amigo habían planificado irse al día siguiente.

Pero Headley, esa última noche en la casa, sintió una rara inquietud y no pudo dormir. Toda la noche estuvo sentado leyendo, mirando por la ventana, fumando en una silla donde podía ver las estrellas y escuchar el viento y mirar las enormes sombras en los bajos. La casa estuvo muy silenciosa mientras las horas pasaban. Cabeceó una o dos veces. ¿Por qué estaba sentado de este modo innecesario? ¿Por qué dejó su puerta entreabierta de modo que el menor sonido de otra puerta abriéndose o de pasos por el corredor debieran alcanzarlo? ¿Estaba ansioso por su amigo? ¿Tenía sospechas? ¿Cuál era su motivo, cuál su propósito secreto?

Headley no lo sabía y ni siquiera podía explicárselo a sí mismo. Se sentía inquieto, eso era todo lo que sabía. Por nada en el mundo se hubiera permitido irse a dormir o perder toda la consciencia esa noche. Era muy raro; él mismo no podía entenderlo. Él meramente obedecía un instinto extraño, profundo que lo obligaba a esperar y mirar. Sus nervios estaban sensibles; en su corazón había una ansiedad inexplicable que era dolorosa.

El amanecer venía lentamente; las estrellas se esfumaban una por una; la línea de los bajos mostró sus grandes curvas peladas contra el cielo; fresca y despejada emergió la mañana de septiembre sobre la pequeña casa veraniega de Sussex. Se sentó y miró el este volverse brillante. El viento matutino trajo un aroma de pantanos y mar a su habitación. Entonces, súbitamente, trajo también un sonido—el inquietante silbido del pájaro con sus tres notas sucesivas. Y, esta vez, obtuvo una respuesta.

Headley supo, entonces, por qué se había parado. Una ola de emoción lo barrió al escucharlo—una emoción que no pudo intentar explicar. Miedo, asombro, añoranza lo atraparon. Por algunos segundo no pudo dejar su silla porque no se atrevió. Los silbidos graves del llamado y respuesta resonaron en sus oídos como una música sobrenatural. Con esfuerzo se paró, fue a la ventana y miró afuera.

Esta vez, la luz era nítida y clara. No había niebla suspendida en el aire. Vio el cielo carmesí reflejado como una banda de metal brillante en la extensión del rio más allá del jardín. Vio rocío en el pasto, una película de plateado pálido. Vio la glorieta, vacía de figuras pasajeras. Porque, esta vez, las dos figuras estaban paradas claramente a la vista ante sus ojos sobre el jardín. Estaban paradas allí de la mano, nítidamente definidas, inconfundibles en la forma y el contorno, sus caras, más aún, mirando hacia la ventana donde él estaba parado, mirándolos con dolor y asombro —a Arthur Deane y Mary.

Ellos lo miraron a los ojos. Intentó llamarlos, pero ningún sonido escapó de su garganta. Ellos comenzaron a moverse por el jardín empapado de rocío. Se movían, vio él, con un movimiento flotante, ondulante hacia el rio que brillaba en el amanecer. Los pies no dejaban marcas en el pasto. Alcanzaron el banco, pero no se detuvieron en su andar. Se elevaron un poco, flotando como pájaros silenciosos al cruzar el rio. Girando en medio de la corriente, le sonrieron, lo saludaron con sus manos en un gesto de despedida; luego, elevándose más alto todavía en el ópalo amanecer, sus figuras se perdieron en la distancia lentamente, fundiéndose con los pantanos iluminados y los bajos ensombrecidos más allá. Desaparecieron.

Headley nunca recordó del todo haber abandonado realmente la ventana, cruzar la habitación o caminar por el pasillo. Quizás fue inmediatamente, quizás estuvo mirando el aire sobre los bajos por un tiempo considerable, incapaz de apartarse. Estaba en algún sueño maravilloso, al parecer. La próxima cosa que recuerda, en cualquier caso, fue que estaba parado junto a la cama de su amigo, intentando, en su angustia desconsolada del corazón, despertarlo de ese sueño que, en la tierra, no conoce despertar.

Algernon Blackwood (1869-1951)




Relatos góticos. I Relatos de Algernon Blackwood.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Algernon Blackwood: La llamada (The Call), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Los viajeros»: Algernon Blackwood; relato y análisis


«Los viajeros»: Algernon Blackwood; relato y análisis.




Los viajeros (Wayfarers) es un relato fantástico del escritor inglés Algernon Blackwood (1869-1951), publicado en la antología de 1914: Aventuras increíbles (Incredible Adventures).

Los viajeros, posiblemente uno de los cuentos de Algernon Blackwood menos conocidos, relata la historia de un hombre que se dirige a encontrarse con un amigo para realizar una expedición de montañismo. En el camino sufre un inoportuno accidente automovilístico que lo transporta a una aparente vida pasada como francés durante las Guerras Napoleónicas.

SPOILERS.

Convaleciente después de recibir una herida de bala, «Félix» es atendido por Marion, su gran amor. Ella le retribuye ese sentimiento, pero, lamentablemente, está casada. Los dos finalmente revelan su amor el uno por el otro, pero Marion, de algún modo, se da cuenta de que este es un romance es algo recurrente entre ambos, algo que parece repetirse a lo largo del tiempo.

El argumento central de Los viajeros de Algernon Blackwood, sobre todo esta idea de un amor recurrente en el tiempo, parece haber servido de modelo de inspiración para el clásico de Abraham Merritt: Tres líneas de francés antiguo (Three Lines of Old French).

Los viajeros de Algernon Blackwood fue traducido al español por un amigo de la casa, Ariel Palomo, quien ya nos ha honrado en el pasado con otro cuento de Blackwood: La reencarnación de Lord Ernie (The Regeneration of Lord Ernie).




Los viajeros.
Wayfarers, Algernon Blackwood (1869-1951)

(Traducido al español por Ariel Palomo)


Perdí el tren en Évian y, luego de infinitas molestias, encontré un coche que me llevaría, con piqueta y todo, a Ginebra. Si me apuraba, la conexión sería justo posible. Telegrafié a Haddon para encontrarnos en la estación y me recosté cómodamente, soñando con los precipicios de la Alta Saboya. Llegamos rápidamente; los caminos eran excelentes, un tráfico de lo más mínimo, cuando... ¡bam! Hubo un instante de dolor insoportable, el sol se apagó como una vela soplada y caí sobre algo tan suave como un colchón de flores y tan blando bajo mi peso como agua tibia...

Era muy tibio. Había un perfume de flores. Mis ojos se abrieron, se enfocaron vívidamente sobre una imagen detallada por un momento, luego se volvieron a cerrar. No había contexto—al menos, ninguno que pueda recordar—para la escena; aunque familiar como mi casa, no contenía nada que yo recordase definidamente. Arrancado de cualquier secuencia, desconectado de cualquier pasado, inconsciente incluso de mi propia identidad, simplemente vi esta imagen como un cámara que la despega del mundo, una escena aparte, con significado solo para aquellos que conocían el contexto.

La cosa tibia, suave en la que yacía era una cama—grande, profunda, cómoda; y el perfume venía desde las flores que estaban a su lado sobre una pequeña mesa. Era un aposento señorial, antiguo, con techos elevados y un inmenso hogar abierto de piedra; imágenes anticuadas—retratos familiares y grabados que conocía íntimamente—colgaban de las paredes; el suelo estaba vacío, con muebles señoriales, tallados de roble y caoba, sillas enormes y armarios inmensos. Y había ventanas entramadas colocadas dentro de alféizares profundos de piedra gris, donde rosas trepadoras estampaban la luz del sol que proyectaba sus sombras móviles sobre las tablas lustradas. Con el perfume de las flores también se mezclaba ese olor elusivo a viejo—a madera, a tapices mohosos de salones y corredores espaciosos, y de estancias mucho tiempo ocultas del sol y del aire.

Junto a la puerta que estaba entreabierta muy lejos al final de la habitación—parecía muy lejos—, una anciana con un pequeño gorro bordado de seda estaba susurrando a un hombre de aspecto severo, intransigente, quien, mientras escuchaba, se inclinaba sobre ella con un rostro serio e, incluso, solemne. Un amplio corredor de piedra era apenas visible a través de la abertura de la puerta detrás de ella.

La imagen apareció y desapareció. Entendí los numerosos detalles porque ya me eran muy bien conocidos. Que yo no pudiese aportar el contexto, era meramente un engaño de la mente, la clase de engaño que realizan los sueños. La oscuridad inundó nuevamente la visión. Me volví a hundir en la tibia, suave, cómoda cama del delicioso olvido. No había el mínimo deseo de saber; el dormir y el suave olvido era todo lo que deseaba.

Pero, un poco después—¿o fue mucho más tarde?—, cuando abrí nuevamente mis ojos, había un leve rastro de memoria. Recordaba mi nombre y mi edad. Recordaba vagamente, como desde algún sueño displacentero, que estaba de camino a encontrarme con un amigo montañista en los Alpes de la Alta Saboya y que no había necesidad de apurarse ni de estar muy activo. Algo había salido mal, al parecer. Había habido un desastre estúpido, violento, con dolor en alguna parte, un accidente. ¿Dónde estaban mis pertenencias? ¿Dónde estaba, por ejemplo, mi preciada piqueta—probado instrumento del cual dependía mi vida y mi seguridad? Un chorro de preguntas revueltas se derramó por mi mente. El esfuerzo de ordenarlas dolía atrozmente...

Una figura se paró junto a mi cama. Era la misma anciana que había visto un momento atrás—¿o fue un mes atrás, incluso un año quizás? Y, esta vez, estaba sola. Pero, aunque me resultaba familiar como mi propia mano derecha, no podía evocar su nombre, por mucho que lo intentase. Buscarlo trajo de vuelta el dolor. En cambio, hice una pregunta más fácil; de algún modo, parecía la más importante, aunque un sentimiento de vergüenza vino con ella, como si supiese que decía disparates:

—Mi piqueta... ¿está a salvo? Debería haber soportado cualquier golpe ordinario. Es de fresno... —Mi voz se quebró absurdamente, arrebatada por un susurro a medio camino en mi garganta. ¿De qué estaba hablando? Había una repugnante confusión en alguna parte.

Ella sonrió con ternura, con dulzura, mientras colocaba su mano pequeña, fresca sobre mi frente. Su toque me calmó como siempre lo hacía y el dolor retrocedió un poco.

—Todas tus cosas están a salvo—respondió ella con una voz tan suave bajo el techo distante que era como una nota de un pájaro cantando en el cielo—. Y tú también estás a salvo. Ya no hay peligro. La bala ha sido extraída y todo está yendo bien. Solo debes ser paciente y quedarte bien quieto, y descansar. —Y luego añadió el bocado de delicioso consuelo que ella bien sabía que yo esperaba—. Marion está a tu lado todo el día y la mayor parte de la noche, además. Ella rara vez te deja. Ella va y viene todo el día.

La miré con sed de más. La memoria puso ciertas partes en su sitio nuevamente. Escuché el clic cuando se unieron. Pero solo trataron se unirse. Faltaban muchas piezas. El patrón era demasiado ridículo.

—Debería tele... telegrafiar... —comencé, tomando un fragmento que asomaba su punta; luego, se zambulló nuevamente fuera de la vista antes de que pudiera leer más de él. Las piezas se desarmaron; no se sostenían sin las piezas faltantes. El enojo se encendió en mi interior.

—Están mal hechas—dije con una petulancia de la que estuve secretamente avergonzado—. ¡Elegiste las piezas equivocadas! No son un niño para ser tratado... —Una descarga de calor me atravesó, guiada por una punta de hierro, con un dolor explosivo.

—Duerme, mi querido Félix, duerme—murmuró ella suavemente, mientras su pequeña mano acariciaba mi frente, justo a tiempo para prevenir que esa cosa caliente, puntiaguda entrase en mi corazón—. Vuelve a dormir ahora y más tarde me dirás sus nombres y mandaré a caballo rápidamente...

—Telegrafiar... —traté de decir, pero el mundo desapareció antes de que pudiera pronunciarlo. Era un mundo disparatado, salido de los sueños. El pensamiento titiló y se apagó.

—Lo mandaré—susurró ella—del modo más rápido posible. Le explicarás a Marion. Duerme, primero, un poco más; prométeme que permanecerás bien quieto y dormirás. Cuando despiertes de nuevo, ella vendrá a tu lado de inmediato.

Se sentó suavemente en el borde de la enorme cama, de modo que vi su contorno contra la ventana donde las rosas trepaban para entrar. Se inclinó sobre mí—¿o fue una rosa la que se inclinó en el viento a través del alféizar de piedra? Vi sus claros ojos azules—¿o fueron dos gotas de agua sobre la hoja marchita de una rosa que reflejaba el cielo de verano?

—Gracias—murmuró mi voz con intenso alivio mientras todo se hundía de regreso y el antiguo jardín parecía entrar por las ventanas entramadas. Porque había un poder en su actitud que volvía dulce la obediencia, y su pequeña mano, por otra parte, amortiguaba el ataque de esa cruel punta de hierro cuya entrada sentía tan duramente. Antes de que el feroz calor me pudiese alcanzar, la oscuridad apagó nuevamente el mundo...

Luego de un prodigioso intervalo, mis ojos se abrieron una vez más al aposento majestuoso, antiguo que conocía tan bien; y esta vez me encontré solo. En mi cerebro había una sensación punzante, despedazante, como si la memoria juntase sus piezas con una violencia airada, piezas, más aún, hechas de metal chocante. Una náusea degradante casi me derrotó. Contra mis pies había un cuerpo de metal caliente, demasiado pesado para moverlo, y mis vendajes estaban apretados alrededor del cuello y la nuca. Levemente recordé que unas manos habían estado sobre mí unas horas atrás, suaves, manos serviciales que amaba. El perfume aún perduraba. Rostros y nombres me pasaban volando en una veloz procesión, aunque sin hacer ningún intento por pedirles que se quedaran. No me hice preguntas. Esfuerzos de cualquier tipo estaba totalmente más allá de mí. Me quedé quieto y miré y esperé, indefenso y extrañamente débil.

Solo una o dos cosas eran claras. Vinieron, además, sin el esfuerzo de pensarlas:

Había habido un desastre; ellos me habían llevado a la casa más cercana; y las cimas de las montañas, tan intensamente deseadas, me fueron súbitamente negadas. Estaba siendo cuidado por buenas personas en algún lugar lejos de los elevados caminos del mundo. Eran personas familiares, pero, por el momento, había olvidado el nombre. Pero era la amargura de perder mis vacaciones de escalada lo que principalmente me destrozaba, por lo que ese deseo intenso se volvió sobre sí mismo insatisfecho. Y, conociendo el peligro de deseos frustrados y los curiosos estados mentales que pueden engendrar, mi trastabillante cerebro registró automáticamente una decisión:

—Mantén una cuidadosa vigilancia sobre ti mismo—susurró.

Porque vi los picos que se erguían sobre el mundo y sentí el viento levantarse de los valles escondidos. El perfume de cordones solitarios me llegó y vi la nieve contra el cielo azul oscuro. Pero no los podía alcanzar. Yacía, en cambio, roto e inútil sobre mi espalda en una cama cómoda, suave, profunda. Y desprecié el pensamiento. Una furia malvada y leve surgió en mí. ¿Y dónde estaba mi querida, confiable piqueta? Sobre todo, ¿quiénes eran esas personas gentiles, antiguas que me cuidaban? Y, con este último pensamiento, vino un toque mágico de dulzura tan deliciosa que fui consciente de una súbita resignación—más, incluso de placer y alegría. Esta alegría y enojo competían por la posesión de mi mente y no supe a cuál seguir: ambas parecían reales y ambas parecían verdaderas. La cruel confusión fue una tortura añadida. Dos juegos de lugares y personas parecían mezclarse.

—Mantén una cuidadosa vigilancia sobre ti mismo—repitió la precaución automática.

Luego, con la oscuridad retornante, dichosa vino otra cosa—una pizca de asombro, por donde entró la luz. Pensé en una mujer... Era un pensamiento vehemente, imponente; y, aunque al principio era muy real y cercano—tan actual como Haddon y me preciosa piqueta—, al segundo siguiente estuvo a leguas de distancia en algún lugar de otro mundo. Pero, antes de que la confusión torciese todo para cualquier lado, la reconocí; recordaba claramente incluso dónde vivía; que conocía a su esposo, también... me había quedado con ellos en... en Escocia... sí, en Escocia. Pero ninguna palabra en esta vida había cruzado jamás mis labios, porque ella no era libre de venir. Ninguno de los dos, con ojos, labios o gesto, había delatado nunca un indicio al otro de nuestro secreto profundamente escondido. Y, aunque para mí ella era la mujer, mi gran deseo—había sido hace mucho, mucho tiempo, en mi temprana juventud—había sido severamente apartado y enterrado con todo el vigor que la naturaleza me había dado. Su esposo era mi amigo también.

Pero, ahora, la conmoción había doblado las barras de la prisión y el deseo había escapado, por un momento, completamente desarrollado y vehemente con una pasión mucho tiempo negada. La inhibición fue destruida. El conocimiento de que teníamos el derecho de estar juntos me barrió deliciosamente porque nosotros siempre estábamos juntos. Tenía el derecho de pedir por ella.

Mi mente era, ciertamente, un mero campo de imágenes confusas, caóticas. Ningún pensamiento era posible porque dolía muy vilmente. Pero este único recuerdo se destacó con violencia. Recuerdo distintivamente que le pedí que viniera y que ella tenía el derecho de venir porque mi necesidad era muy urgente. A la persona más amada de todas que esta vida me había traído, aunque a quien nunca había hablado porque estaba bajo el cuidado de otra persona, yo llamé por ayuda, y llamé, ciertamente lo creo, en voz alta:

—¡Ven, por favor! —Luego, pisándole de cerca los talones, la advertencia automática se repitió: “Mantén una estrecha vigilancia sobre ti mismo...”.

Fue como si un gran deseo hubiese soltado al otro, que era incluso mayor, y lo hubiese puesto en libertad.

A la consciencia que desaparecía siguió, entonces, el clamor por una distancia incalculable. Se hundió, desapareciendo en los subterráneos en mi interior que estaban ciertamente asustados. Pero el clamor fue real; la solicitud anhelante contenía autoridad como de una orden. El amor le daba el derecho, aportaba el poder también. Porque me pareció que una pequeñita respuesta vino, pero desde tan lejos que apenas fue audible. Y no hubo nombres en ella por ninguna parte, ni en la respuesta ni en la solicitud:

—Estoy siempre aquí. ¡Nunca, nunca te he dejado!


***

La inconsciencia que siguió no fue completa, aparentemente. Hubo una memoria de esfuerzo en ella, de lucha y, por así decirlo, de búsqueda. Alguien estaba intentando alcanzarme. Me zarandeaba en un mar agitado sobre un pedazo de pecio que otro nadador también luchaba por alcanzar. Enormes olas de verde transparente de momento acercaban a esta figura, de momento la ocultaban, pero se acercaba constantemente, sosteniendo una cuerda. Mi agotamiento era muy grande como para responder, pero este nadador se acercaba, arrastrado por enormes olas que amenazaban con engullirnos a ambos. La cuerda también estaba para mi seguridad. Vi manos estiradas. En las aguas profundas vi el contorno del cuerpo y, una vez, vi incluso la cara. Pero por un segundo meramente. La ola que lo traía se estrelló con un rugido horrible que nos ahogó a ambos y me arrastró de mi pedazo de pecio. En el violento flujo de agua, la cuerda chicoteó contra mis débiles manos. La sujeté. Una sensación de seguridad divina me invadió inmediatamente—una dulzura intolerable de máxima alegría y consuelo; luego, oscuridad y sofocamiento como de una tumba. La ardiente punta de hierro me golpeó. Golpeó audiblemente contra mi corazón. Escuché el golpe. El dolor me devolvió a la superficie y el golpe de mis sueños fue, en realidad, un golpe en la puerta. Alguien estaba golpeando suavemente.

Tal fue la confusión de imágenes en mi mente atormentada por el dolor que esperé ver a la anciana entrar, trayendo cuerdas y piquetas, y seguida por Haddon, mi amigo montañista; porque pensé que había caído en una profunda grieta y había esperado horas por ayuda en la oscuridad azul, fría del hielo. Estaba demasiado débil para responder y el golpeteo, es más, no se repitió. Ni siquiera escuché la apertura de la puerta, ¡tan suavemente se adentraba en la habitación! Solo supe que antes de verla realmente, esta ola de dulzura intolerable me empapó una vez más con dicha y paz y tranquilidad; mi dolor retrocedió y cerré los ojos, sabiendo que debería sentir ese mano fresca y tranquilizante sobre mi frente.

En ese mismo momento la sentí. Había un perfume de jardines antiguos en el aire. Abrí mis ojos para mirar la gratitud que no podía expresar y vi, cerca de mí—no a la anciana, sino el rostro joven y amoroso que mi adoración había vuelto hace tiempo familiar. Con labios que sonreían su anhelo y ojos marrones que contenían lágrimas de simpatía, ella se sentó a mi lado en la cama. La calidez y fragancia de su atmósfera me envolvió. Me hundí en un jardín donde la primavera se disuelve mágicamente en verano. Sus brazos estaban alrededor de mi cuello. Dejó caer su rostro, de modo que sentí su cabello sobre mis mejillas y ojos. Y, luego, susurrando mi nombre dos veces, me besó en los labios.

—Marion—susurré.

—¡Silencio! Mi madre manda esto—respondió suavemente—. Debes tomarlo todo; lo preparó con sus propias manos. Pero yo te lo traigo. Debes ser muy obediente, por favor.

Trató de levantarse, pero la sostuve contra mi pecho.

—Bésame una vez más y prometeré obediencia eterna—traté de decir, pero mi voz se negó una oración tan larga, y, de cualquier modo, sus labios estuvieron sobre los míos antes de que pudiera terminarla.

Lentamente, muy cuidadosamente, ella se desenredó, y mis brazos se hundieron nuevamente en la colcha. Suspiré de felicidad. Un rato más estuvo junto a mi cama, mirando con amor y profunda ansiedad en mi rostro.

—Cuando hayas comido todo, presta atención, todo —sonrió— deberás dormir hasta que el doctor venga esta tarde. Estás mucho mejor. Pronto podrás levantarte. Solo recuerda—sacudiendo su dedo con un dulce intento de mirar severamente—que exigiré completa obediencia. Debes rendir tu voluntad completamente a la mía. Estás en mi corazón, y mi corazón debe ser mantenido muy cálido y contento.

Sus ojos eran tiernos como los de su madre y amaba la autoridad y la fuerza que eran tan reales en ella. Recordé cómo fue esta fuerza la que selló el contrato que su belleza primero redactó para que lo firmase. Se inclinó una vez más para acomodar mis almohadas.

—¿Qué pasó con el... el coche? —pregunté indecisamente porque mis pensamientos no se regulaban a sí mismos. La mente presentaba tales fragmentos incoherentes.

—¿El... qué? —preguntó, evidentemente desconcertada. La palabra le parecía extraña—. ¿Qué es eso? —repitió con ansiedad en sus ojos.

Hice un esfuerzo por contarle, pero no pude. La explicación fue súbitamente imposible. Toda la idea se zambulló fuera de la vista. Me evadió completamente. Había inventado nuevamente una palabra que no tenía significado. Estaba diciendo tonterías. En su lugar, vinieron mis sueños. Traté de contarle cómo había soñado que escalaba peligrosas montañas con un extraño y que había hablado otro lenguaje con él distinto al mío... ¿Era inglés?... En cualquier caso, no era mi francés nativo.

—Querido—susurró cerca de mi oído—, los malos sueños no regresarán. Estás a salvo aquí, bastante a salvo. —Puso su pequeña mano como una flor en mi frente y la arrastró suavemente a mi mejilla—. Tu herida ya está sanando. Sacaron la bala hacia cuatro días. La tengo yo—añadió con un toque de tímida vergüenza, y me besó tiernamente sobre mis ojos.

—¿Cuánto tiempo has estado lejos de mí? —pregunté, sintiendo regresar al agotamiento.

—Nunca por más de diez minutos—fue la respuesta—. Te vigilé toda la noche. Solo esta mañana, mientras mi madre tomó mi lugar, dormí un poco. ¡Pero silencio! —dijo de nuevo con adorable autoridad—No debes hablar tanto. Debes comer lo que te he traído y volver a dormir. Debes descansar y dormir. Adiós, adiós, mi amor. Volveré en una hora y estaré siempre al alcance de tu adorable voz.

Su figura alta, delgada, vestida con el gris que amaba, caminó silenciosamente hacia la puerta. Me arrojó otra mirada—había en ella toda la ternura del amor apasionado—y, entonces, desapareció.

Seguí las instrucciones sumisamente, y, cuando un delicioso sueño me cubrió poco después, había olvidado totalmente el horrible sueño de que estaba escalando peligrosas alturas con otro hombre, olvidado como todo lo demás, excepto que parecían tantos días desde que mi amor había venido a mí, y que mi herida de bala estaría, después de todo, curada a tiempo para el día de nuestra boda tanto tiempo, tan ansiosamente esperado. Y cuando varias horas más tarde entró su madre con el doctor—su rostro menos serio y solemne esta vez—las noticias de que podría levantarme al día siguiente y estar un rato en el jardín, lograron curarme más que cien vendajes o el doble de esa cantidad de instrucciones médicas.

Los miré mientras estuvieron parados un momento junto a la puerta abierta. Salieron juntos muy lentamente, hablando en susurros. Pero la única cosa que capté fue la voz de la madre, hablando entrecortadamente de las grandes guerras. Napoleón, estaba diciendo el doctor en un tono bajo, silencioso, estaba en total retirada de Moscú, aunque las noticias recién habían llegado. Pasaron, entonces, al corredor, y hubo un sonido de llanto mientras la anciana murmuraba algo sobre su hijo y la crueldad de los Cielos.

—Ambos me serán arrebatados—sollozaba suavemente, mientras que él se inclinaba para consolarla—una en casamiento y el otro en la muerte.

Entonces, cerraron las puertas, y no escuché nada más.


I

La convalecencia pareció seguir muy rápidamente entonces porque fui totalmente obediente como había prometido y nunca hablé de lo que pudiese excitarme en mi propio detrimento—las guerras y mi propia parte desafortunada en ellas. Hablamos, en cambio, de nuestro amor, de nuestro ya demasiado largo compromiso y del dulce sueño de felicidad que la vida nos deparaba en el futuro. Y, de hecho, estaba lo suficientemente cansado del mundo como para preferir el reposo a la excesiva actividad porque mi cuerpo estaba incesantemente adolorido, y este antiguo jardín donde estábamos entre altas paredes de piedra, apartados del ajetreado mundo y muy relajados, era mucho más de mi gusto justo en ese momento que las guerras y la pelea.

Los vergeles estaban florecidos y los vientos de primavera regaban sus gotas de pétalos sobre la hierba nueva, crecida. Estábamos, medio al sol, medio en la sombra, bajo los álamos que bordeaban la senda en dirección al lago, y, detrás de nosotros, se alzaban las antiguas torres grises de piedra, donde las grajillas anidaban en la hiedra y las palomas gorjeaban y aleteaban desde los bosques lejanos.

Había encanto por todos lados, pero también había tristeza porque, aunque ambos sabíamos que las guerras se habían llevado a su hermano a donde no hay retorno y que solo su envejecida, deteriorada madre se paraba entre nosotros y la propiedad señorial, allí se escondía una tristeza aún mayor que estos pensamientos en nuestros corazones. Y era, creo, la tristeza que viene con la primavera. Porque la primavera, con sus promesas generosas, breves de belleza eterna, es eternamente un símbolo de la pasajera felicidad humana, incompleta y siempre insatisfecha. Las promesas hechas en la tierra son, después de todo, juguetes para niños. Incluso cuando las hacemos tan solemnemente, parece que sabemos que no están pensadas para durar. Están hechas, como está hecha la primavera, con una gloria de flores suaves, radiantes que desaparecen antes de que haya tiempo de percibirlas. Pero, de todos modos, regresan con el retorno de la primavera, tan desvergonzadas y gloriosas como si el Tiempo se hubiese absolutamente olvidado.

Y esta tristeza estaba en ella también. Quiero decir que era parte de ella y ella era parto de ello. No es que nuestro amor pudiese cambiar o perecer, sino que su dulce, tan largamente deseada realización debía esperar, y, como la primavera, debía fundirse y desvanecerse antes de que fuera totalmente conocida. No hablé de ello. Entendía bien que la depresión de un cuerpo roto puede influenciar el espíritu con su melancolía ponzoñosa, pero debe haberse delatado en mis palabras y gestos, incluso en mi comportamiento también. En cualquier caso, ella era consciente de ello. Creo, a decir verdad, que ella también lo sentía. Parecía tan dolorosamente inevitable. Mi recuperación, mientras tanto, fue rápida, y de pasar una hora o dos en el jardín, pronto pasé a estar el día entero. Porque la primavera vino de súbito y la temperatura se incrementó deliciosamente. Mientras los cucos se llamaban unos a otros en los grandes bosques de hayas detrás del château, nosotros nos sentábamos y hablábamos, y, a veces, teníamos nuestros sencillos almuerzos o café juntos allí, y particularmente recuerdo la ocasión en que la comida sólida me fue permitida por primera vez y ella me dio un delicado y joven bondelle, recientemente atrapado esa misma mañana en el lago. Estaba acompañado de hojas de lechuga dulce y crujiente, y ella sacaba las espinas por mí con sus propias manos blancas.

El día era radiante, con un cielo de azul despejado, suaves brisas movían las crestas de los álamos; las pequeñas olas caían sobre la playa pedregosa a no más de quince metros de distancia, y el vergel floreado estaba forrado con flores que parecían haber sacado de las estrellas del cielo los diseños de sus pétalos amarillos. Las abejas zumbaban pacíficamente entre los árboles frutales; el aire estaba cargado de un zumbido musical y profundo. Mi antiguo vigor se movía deliciosamente en mi sangre, y no tenía ningún dolor, más allá de puntadas ocasionales en la cabeza que venían con una ráfaga de oscuridad temporaria sobre mi mente. La herida estaba curada, sin embargo, y el cabello había crecido a su alrededor. Esta oscuridad temporaria la alarmaba a ella más que a mí. Había graves complicaciones, aparentemente, de las que yo no estaba al tanto.

Pero la profunda tristeza en mí parecía independiente del glorioso clima, debida a causas tan intangibles, tan distantes que nunca podría disiparlas con explicaciones. Porque no podía descubrir qué eran realmente. Había una sensación vaga, molesta de inquietud de que debía estar en tal o cual lado, de que estábamos juntos solo por unos pocos días y que a estos pocos días los había arrebatado ilegalmente de deberes severos, imperativos. Estos deberes eran inmediatos, pero desatendidos. En un sentido, no tenía derecho a esa pleamar de dicha que su presencia me traía. Me estaba rateando de algún modo, de algún lugar. No era mi ausencia del regimiento; eso lo sabía. Era infinitamente más profundo, puesto a una escala enorme que me asustaba vagamente, mientras ello profundizaba la dulzura de la alegría arrebatada.

Como un niño, buscaba sujetar las horas soleadas contra el cielo y hacerlas quedarse. Pasaron con una gran velocidad socarrona, sacadas momentáneamente de algún enorme olvido. Los crepúsculos se tragaron nuestros días juntos antes de que hubiesen sido propiamente degustados y, al mirar atrás, cada tarde de alegría parecían haber sido un mero momento en un sueño pasajero. Y debo haber delatado de algún modo el ánimo adolorido porque Marion se dio vuelta de repente y me miró a la cara con anhelo y ansiedad en sus dulces ojos marrones.

—¿Qué sucede, querida? —pregunté—. ¿Y por qué tus ojos traen preguntas?

—Suspiraste—respondió, sonriendo un poco triste—, y suspiraste muy profundamente. Estás adolorido nuevamente. ¿La oscuridad, quizás, está sobre ti? —Y su mano se estiró para encontrarse con la mía—. ¿Estás adolorido?

—No es un dolor físico—dijo—y tampoco es la oscuridad. Te veo claramente. —Y le hubiese dicho más mientras llevaba sus suaves dedos a mi boca, si no hubiese adivinado por su expresión en sus ojos que ella leía mi corazón y conocía todos mis extraños y misteriosos presentimientos en su interior.

—Lo sé—susurró ella antes de que yo pudiese hablar—porque yo también lo sentí. Es la sombra de separación lo que te oprime, pero no una separación común y mesurable que puedas entender. ¿No es eso? Inclinándome, entonces, la acerqué de un abrazo, dado que las palabras en ese momento eran mera insensatez. La sostuve de modo que no pudiese alejarse; pero, incluso cuando lo hacía, era como intentar retener la primavera o amarrar el tiempo pasajero con un deseo feroz. Todo se resbalaba de mí, y mis brazos atraparon el sol y el viento.

—Ambos lo hemos sentido todas estas semanas—dijo valientemente, tan pronto como yo la solté—y ambos hemos luchado por ocultarlo. Pero ahora... —dudó ella por un segundo y con una ternura tan exquisita que yo la hubiera arrastrado hacia mí nuevamente de no ser por mi ansiedad de escuchar sus próximas palabras—ahora que estás bien, podemos hablar claramente entre nosotros, y así reducir nuestro dolor al compartirlo. —Y, luego, añadió, aún más suavemente—: Sientes que hay “algo” que te alejará de mí... pero qué es, no puedes descubrirlo ni adivinarlo. Cuéntame, Félix, todo lo que piensas, que yo, a cambio, te contaré lo que yo pienso.

Su voz flotaba a mi alrededor en el aire soleado. La miré, intentando focalizar su querido rostro más claramente en mi vista. Una lluvia de flores del manzano caía sobre nosotros y sus palabras parecieron pasar flotando a mi lado como esos blancos pétalos pasajeros. Se alejaron. Los seguí con dificultad y confusión. Con el viento, me imaginé, un velo de cambio indefinible se deslizó sobre su rostro y ojos.

—Pero nada que pueda cambiar lo que siento—respondí, porque ella había expresado mi propio pensamiento completamente—. Ni nada que ninguno de los dos pueda controlar. Solo... quizás, que todo debe desvanecerse y desaparecer, justo como esta gloria de la primavera debe desvanecerse y desaparecer...

—Pero dejando su dulzura en nosotros—continuó ella por mí apasionadamente—, ¡para volver, mi amor, para volver en cada vida subsiguiente, cada vez con una dulzura añadida en ella además!

Su pequeño rostro mostró súbitamente el coraje de un león en sus ojos. Su corazón era siempre más valiente que el mío, un alma vigorosa, luchadora. Ella hablaba de vidas, yo parloteaba de días y horas meramente. Un poco de vergüenza me cubrió. Pero ese cambio delicado, ágil en ella también se expandió. Con la excitación de una advertencia ominosa, noté cómo surgió y creció a su alrededor. Desde adentro hacia afuera pareció surgir—como la sombra de una gran distancia azul. Había sombras en alguna parte de ello, de modo que ella se atenuó un poco ante mis ojos. El temeroso anhelo me buscó y me sacudió, porque no podía entenderlo, como fuese que lo intentase. Parecía alejarse de mí, yéndose a la deriva como sus palabras y como las flores del manzano.

—Pero cuando ya no estamos más aquí para saberlo—respondí rápidamente, pero tan tranquilamente como pude—, y cuando hayamos pasado a otro lugar... a otras condiciones... donde no reconoceremos la alegría y la maravilla. Cuando barreras de neblina se hayan interpuesto entre nosotros... nuestro amor y pasión tan remodeladas que no podremos reconocernos—las palabras salían a borbotones, medio fuera de control—y, quizás, ni siquiera nos animaremos a hablarnos de nuestro profundo deseo...

Me interrumpí abruptamente, consciente de que estaba hablando desde algún lugar desconocido donde me debatía, indefenso entre extrañas condiciones. Estaba diciendo cosas que apenas yo mismo entendía. Su estado de ánimo más profundo, mayor hablaba por mí, quizás.

Su encantador rostro regresó nuevamente; se puso al alcance de la mano una vez más.

—¡Silencio, silencio! —susurró, el terror y el amor ambos batallando en sus ojos—. Es cierto, quizás, pero no debes decir tales cosas. Decirlas las acerca. Una cadena está alrededor de nuestros corazones, una cadena de vidas transformadas sin cuento, pero no busques volverte sobre ello con ansiedad o miedo. Hacerlo solo puede causar el dolor del entrelazamiento equivocado e interrumpir el funcionamiento natural de los eslabones férreos.

—Y puso su mano velozmente sobre mi boca, como adivinando que el lúgubre ataque de ansiedad estaba nuevamente sobre mí con su ímpetu punzante de oscuridad.

Pero, por una vez, fui desobediente y resistí. El dolor físico, me di cuenta vívidamente, estaba íntimamente vinculado con esta tortura espiritual. Una causaba la otra, de algún modo. El cerebro desordenado recibía, aunque entrecortadamente, algunas pistas de un conocimiento más oscuro e inusual. Había salido tartamudeando de mí, pero, a través de ella, fluía fácil y claramente. Vi el cambio moverse más rápidamente, entonces, por su rostro. Una mirada antigua se adentró en sus dos ojos.

Y fue inevitable; debía expresarme, sin importar el mero bienestar corporal.

—Deberemos enfrentarlos algún día—grité, aunque el esfuerzo dolió abominablemente—. ¿Por qué, entonces, no ahora? —Y retiré su mano y la besé apasionadamente una y otra vez—. No somos niños como para ocultar nuestros rostros entre las sombras y pretender que somos invisibles. Al menos tenemos el Presente... el Momento que está aquí y ahora. Estamos hombro a hombro en el corazón de este profundo día primaveral. Este sol y estas flores, el viento que atraviesa el lago, el cielo de azul y el canto de las aves... todo, todo es nuestro ahora. Usemos el momento que el Tiempo ofrece y fortalezcamos así la cadena de la que hablas, la cual nos juntará una cantidad de veces sin cuento. Entonces, quizás, recordaremos. ¡Oh, amor mío, piensa lo que eso significaría: recordar!

El agotamiento me atrapó y me hundí entre mis almohadones. Pero Marion se levantó súbitamente y se paró a mi lado. Y, al hacerlo, otro Cielo cayó suavemente sobre nosotros y olí nuevamente el incienso de antiguos, antiguos jardines que trajeron perfumes largamente olvidados, increíblemente dulces, pero con una añoranza de remembranza apasionada, lejana que era dolor. La gran añoranza de la distancia me arrasó como una ola. No sé qué gran cambio fue entonces forjado sobre su belleza, pues la vi desafiante y erecta, comandando al Destino porque lo entendía. Se impuso sobre mí, pero fue su alma lo que se impuso. El ímpetu de una oscuridad interna excluyó todo el resto. El cielo presente, familiar se volvió tenue. Condiciones mil veces más vívidas tomaron su lugar. Ella se destacó, clara y brillante en la gloria de un alma desvestida, valiente y confiada con un amor eterno que la separación fortalecía, pero que nunca, nunca podía cambiar. La profunda tristeza, me di cuenta abruptamente, distaba muy poco de la alegría—porque, de algún modo, era la condición de la alegría. No podía explicar más que eso.

Y su voz, cuando habló, fue firme con una nota de acero en ella; intensa, pero carente del desgastante enojo que trae la pasión. Ella era constante más allá de la propia Muerte, sobre unos cimientos seguros y duraderos como las estrellas. Su corazón era tranquilo porque ella sabía. Era magnífica.

—Estamos juntos... siempre—dijo, su voz rica con el conocimiento de una experiencia inefable—porque la separación es meramente temporaria, forjando nuevos eslabones en la antigua cadena de vidas que une nuestros corazones eternamente. —Ella me miraba como alguien que ha vencido la adversidad que trae el Tiempo, aceptándolo—. Hablas del Presente como si nuestras almas ya estuvieran listas para pedir quedarse, y no necesitasen más transformaciones. Mirando solo hacia el Futuro, te olvidas de nuestro amplio Pasado que nos ha hecho lo que somos. Pero nuestro Pasado está aquí y ahora, a nuestro lado en este preciso momento. En las copas vacías de semanas y meses, de años y siglos, el Tiempo vierte su flujo bajo nuestros ojos. El Tiempo es nuestra aula... ¿Y tú estás asustado tan pronto? ¿Acaso la separación no logra aquello que la compañía nunca puede lograr? ¿Y cómo desafiaremos juntos la eternidad si no podemos permanecer fuertes en la separación primero?

Escuchaba mientras un flujo de memorias atravesaba rompiendo lámina tras lámina y capa tras capa que largo tiempo las habían cubierto.

—Este Presente que parece que sostenemos entre nuestras manos—continuó ella con esa voz seria, distante—es nuestro momento de dulce remembranza del que hablas, de renovación, quizás, de reconciliación también... un instante pasajero en el que podemos besarnos nuevamente y decirnos adiós, pero con esperanzas fortalecidas y con coraje reavivado. Pero no podemos quedarnos juntos finalmente... no podemos... hasta que una larga disciplina y dolor haya perfeccionado la simpatía y haya entrenado nuestro amor mediante la búsqueda, pruebas difíciles, por lo que durará para siempre.

Estiré mis brazos torpemente para tomarla. Su rostro brillo sobre mí, bañado con una luz solar más antigua, más intensa. El cambio en ella pareció, entonces, haberse completado en un instante. Un viento enorme, suave nos separó a diez mil kilómetros. Los siglos nos volvieron a juntar.

—Mira, más bien, hacia el pasado—susurró grandiosamente—, donde conocimos por primera vez el dulce comienzo de nuestro amor. Recuerda, si puedes, cómo el dolor y la separación ha hecho que valga la pena continuar. Y sé valiente, por lo tanto.

Ella puso sus ojos más fijamente sobre los míos, de modo que su luz me persuadió completamente de irme con ella. Una inmensa y nueva felicidad se derramó sobre mí. Escuchaba, y con los inicios de un coraje más amplio. Parecía que la seguía en una visión interminable de remembranza hasta que estuve alegremente con ella entre las flores y praderas de nuestra primigenia preexistencia.

Su voz me llegó con el canto de aves y el zumbido de insectos estivales.

—¿Tan pronto te has olvidado—suspiró ella—de cuando conocimos juntos los perfumes de los Jardines Colgantes de Babilonia o de cuando las Hespérides eran tan suaves para nosotros en el ocaso del mundo? ¿Y no recuerdas—con un pequeño aumento de pasión en su voz—las dulces plantaciones de Caldea y cómo saboreamos el olor de las muchas flores colgantes en los jardines de Alcínoo y Adonis, cuando las abejas de tiempos antiguos sacaban la miel para nuestra alimentación? Es la fragancia de esos primeros tiempos que conocimos juntos que aún permanecen hoy en nuestros corazones, endulzando nuestro amor a esta aparente rapidez. De ahí viene la felicidad profunda, plena que recogemos tan fácilmente Hoy… El seno de cada bosque antiguo está desgarrado por tormentas y relámpagos… por eso está tan suave y llena de jardines. Te has olvidado fácilmente también de los claros de Líbano, donde susurramos nuestros primeros secretos mientras los grandes vientos conducían sus carruajes por esos primeros cielos…

Se levantó una tempestad increíble de remembranza en mi corazón mientras luchaba por enfocar esas imágenes; pero las palabras me fallaban, y la mano que ansiosamente estiré para tocar la suya solo encontró la luz del sol y la lluvia de las flores del manzano.

—La mirra y el incienso—continuó con una voz suspirante que parecía venir con el viento desde cavernas invisibles en el cielo—, la uva y la granada… ¿todas han sido olvidadas por ti, junto con el séquito de simios y pavos reales, los tigres y los ibis, y las hordas de esclavos negros? Y este pequeño sol que juega tan ligeramente aquí sobre nuestros bosques de hayas y pinos, ¿no te trae a la memoria nada del antiguo calor abrasador, cuando las laderas de olivos, los higos y los maduros maizales escucharon nuestros votos y vieron madurar nuestro amor? Nuestro campamento extendido en el Desierto, ¿no te reviven esas arenas sobre nuestra pequeña playa su solitaria majestad? ¿Y has olvidado las brillantes torres de Semíramis… o, en Sardes, esas raras azucenas que primero sedujeron nuestras almas a su divina apertura?

Consciente de una violenta lucha entre el dolor y la alegría, ambas muy profundas para mí como para entender, me levanté para tomarla en mis brazos. Pero el esfuerzo atenuó las imágenes voladoras. El viento que cargaba su voz por la estupenda visión volvió volando a las cavernas de donde salió. Y el dolor me atrapó en una morsa de agonía tan minuciosa que no podía mover un músculo. Mi lengua yacía seca sobre mis labios. No podía pronunciar una palabra de ninguna oración…

Su voz, entones, me llegó nuevamente, pero más débilmente, como un susurro desde las estrellas. La luz se atenuaba por todos lados; no vi más el escenario vívido, brillante que ella había invocado. Un ocaso lúgubre, en su lugar, se arrastró sobre el mundo que ella había revivido momentáneamente.

—… no podemos quedarnos juntos—escuché su pequeño susurro—hasta que una larga disciplina haya perfeccionado la simpatía y entrenado nuestro amor para durar. Porque este amor de nosotros es para siempre, y el dolor que lo prueba es el horno que fabrica piedras preciosas…

De nuevo, estiré mis brazos. Su rostro brilló un rato más es esa luz solas olvidada y más intensa; luego, se desvaneció rápidamente. El cambio, como un velo, pasó sobre él. Desde un lugar de distancia prodigiosa donde ella había estado, ella bajó hacia mí con semejante velocidad vertiginosa. Como era Hoy, la vi una y otra y otra vez.

—El dolor y la separación, entonces, son bienvenidos—traté de tartamudear—y lo desearemos—pero mi pensamiento no se adentró más en la expresión que estas primeras dos palabras. El dolor eliminó todo expresión coherente.

Ella se inclinó muy cerca de mi cara. Su fragancia estaba alrededor de mis labios. Pero su voz salió como un débil entusiasmo de música, lejos, muy lejos. Atrapé las últimas palabras, desvaneciéndose como se desvanece el viento en las ramas altas de un bosque. Y me alcanzaron, esta vez, a través del zumbido de las abejas y las olas que murmuraban a un paso sobre la costa.

—... porque nuestro amor es del alma y nuestras almas están moldeadas en la Eternidad. No es aún, no es ahora, el momento de nuestra perfecta consumación. Ni lo sabrá nuestro próximo momento de encuentro. No hablaremos... Porque no seré libre... —fue lo que escuché. Ella se detuvo.

—¿Quieres decir que no nos reconoceremos? —grité en una angustia de espíritu que dominó el inferior dolor físico.

Apenas capté su respuesta:

—Mi disciplina, entonces, será resguardada por otro... pero solo para que pueda regresar a ti... más perfecto... al final...

Las abejas y las olas, entonces, amortiguaron su susurro con sus zumbidos. El rastro de un silencio más profundo las alejó. La estampida de la oscuridad temporaria pasó y se levantó. Abrí mis ojos. Mi amor estaba sentada a mi lado en la sombra de los álamos. Una mano sostenía las mías, mientras la otra arreglaba mis almohadas y acariciaba mi cabeza adolorida. El mundo se redujo nuevamente a una escala más pequeña.

—Has estado adolorido nuevamente—murmuró Marion ansiosamente—, pero está mejor ahora. Está pasando. —Me besó la mejilla—. Debes entrar...

Pero yo no la soltaba. La sostuve contra mí con toda la fuerza que había en mí.

—Lo estuve, pero se fue ahora. Una oscuridad horrible vino con ello—susurré contra la pequeña oreja que estaba tan cerca de mi boca—. Estuve soñando—le dije, mientras la memoria se diluía—, soñando que tu y yo... juntos en algún lugar... en antiguos jardines o bosques... donde el sol...

Pero ella no me dejó terminar. Creo, en cualquier caso, que no podría haber dicho más porque el pensamiento me evadía y cualquier lenguaje de descripción coherente estaba más allá de mis capacidades en ese instante. El agotamiento me sobrevino, con esa náusea vil, irresistible.

—El sol es demasiado fuere para ti aquí, amor—escuché que decía—, y debes descansar más. Hemos estado haciendo esto demasiado estos últimos días. Debes reposar. —Se levantó para ayudarme a entrar.

—¿Estuve inconsciente, entonces? —pregunté en el débil susurro que era todo lo que podía manejar.

—Por un rato. Te dormiste mientras te vigilaba.

—¡Pero estuve lejos de ti! ¡Oh! ¿Cómo pudiste dejarme dormir cuando nuestro tiempo juntos es tan breve?

Me tranquilizó instantáneamente del modo que ella sabía que ambos amábamos. Me aferré a ella hasta que ella se liberó nuevamente.

—No lejos de mí—sonrió—porque estuve contigo en tus sueños.

—Por supuesto, por supuesto que estuviste—pero ya no sabía exactamente por qué lo dije ni entendí el significado profundo que luchaba por salir entre mis palabras desde tal distancia inefable.

—Ven—añadió nuevamente con su dulce autoridad—, debemos entrar ahora. Dame tu brazo y mandaré a pedir los almohadones. Apóyate en mí. Te pondré de vuelta en la cama.

—Pero me volveré a dormir—dije petulantemente—y estaremos separados.

—Soñaremos juntos—respondió mientras me ayudaba lenta y dolorosamente hacia las viejas paredes grises del château.


II

Media hora después, me dormí profundamente sobre mi cama en el enorme aposento señorial, donde las rosas miraban junto a las ventanas entramadas.

Y decir que soñé de nuevo no es correcto porque solo puede ser expresado diciendo que vi y supe. Las figuras alrededor de la cama eran reales y con vida. Nada podía ser más real que el susurro de la voz del doctor—ese hombre solemne, de rostro serio que era tan alto—mientras decía, severa pero entrecortadamente, a alguien:

—Debes decir adiós, y es mejor que lo digas ahora.

Ni nada podía ser más definido y seguro, más cargado con la actualidad de los vivos, que la figura de Marion mientras se inclinaba sobre mí para obedecer la orden terrible. Porque vi su rostro flotar hacia mí como una estrella, y una lluvia de pálidas flores primaverales se derramaron sobre mí con su cabello. El perfume de antiguos, antiguos jardines se alzaron a mi alrededor mientras ella se ponía de rodillas junto a mi cama y besaba mis labios—tan suavemente como si los pétalos yacieran sobre mi boca y crecieran en flores que ella plantó ahí.

—Adiós, mi amor; sé valiente. Es solo la separación.

—Es la muerte—traté de decir, pero solo pude mover débilmente mis labios contra los suyos.

Aspiré su aliento de flores en mi boca... y entonces vino la oscuridad que es el final.


***

Las voces se hicieron más fuertes. Escuché a un hombre forcejeando con un lenguaje desconocido. Girando nerviosamente, abrí los ojos a una pequeña y aburrida, con paredes blancas de las que no colgaba ningún cuadro. Hacía mucho calor. Una mujer estaba parada junto a mi cama, y la cama era muy corta. Me estiré y mis pies patearon una tabla en la punta.

—Sí, está despierto—dijo la mujer en francés—. ¿Vas a entrar? El doctor dijo que podrías verlo cuando despertase. Creo que ahora te reconocerá. —Ella hablaba en francés. Sabía justo lo suficiente como para entender.

Y, por supuesto, lo reconocí. Era Haddon. Lo escuché agradecerle con toda su bondad mientras entraba tambaleándose. Su francés, en cualquier caso, era peor que el mío. Me sentí inclinado a reírme. Y me reí.

—¡Por Zeus! Colega, esto si que es mala suerte, ¿verdad? Te salvaste por un pelo. Esta buena señora me telegrafió...

—¿Tienes mi piqueta? ¿Está bien? —pregunté. Recordaba claramente el accidente automovilístico... todo.

—La piqueta está bastante bien—se rio, mirando alegremente a la mujer—. ¿Pero qué hay de ti? ¿Aún te sientes mal? ¿Algún dolor, quiero decir?

—¡Ah, me siento bien! —fue la respuesta buscando el dolor de huesos rotos, pero encontrando ninguno—. ¿Qué pasó? Estuve inconsciente, supongo.

—Un rato, sí—dijo Haddon—. Recibiste un golpe horrible en la cabeza, al parecer. La punta de la piqueta se te clavó, o algo así.

—¿Eso fue todo?

Asintió.

—Pero temo que ha estropeado nuestra escalada. Tremenda mala suerte, ¿verdad?

—Telegrafié anoche —explicó la buena mujer.

—Pero no pude venir hasta esta mañana—dijo Haddon—. El telegrama no me encontró hasta la medianoche, ¿sabes?

Y se dio vuelta para agradecer a la mujer con su voluble y terrorífico francés. Ella dirigía una pequeña posada sobre la costa del lago. Era la casa más cercana y me habían cargado hasta allí y me había conseguido un doctor, todo en menos de una hora. Resultó ser nada, aparte de la conmoción. Ni siquiera fue una concusión. Solo había sido aturdido. El sueño me había curado, al parecer.

—Es un pequeño lugar alegre—dijo Haddon mientras me movía esa tarde a Ginebra, donde, luego de unos días de descanso, nos metimos en Alpes de la Alta Saboya—y qué suerte que el muchacho haya sido tan bueno y rápido. Raro, ¿verdad? —Me miró.

Algo en su voz delataba que ocultaba otro pensamiento. No vi nada “raro” en ello, solo muy tedioso.

—¿Cuál es su nombre? —pregunté, haciendo un intento al azar.

Él dudó un segundo. Haddon, el escalador, no era experto en las delicadezas del tacto.

—No conozco su nombre actual—respondió, apartando la mirada de mí hacia el lago—, pero está erigido sobre el sitio de un antiguo château, destruido hace cien años, el Château de Bellerive.

Y, entonces, entendí la absurda confusión de mi viejo amigo. Porque Bellerive también era casualmente el nombre de una mujer casada que conocí en Escocia—al menos, era su nombre de soltera, y era de origen francés.

Algernon Blackwood (1869-1951)

(Traducido al español por Ariel Palomo)




Relatos góticos. I Relatos de Algernon Blackwood.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Algernon Blackwood: Los viajeros (Wayfarers), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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