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El hombre de piedra: H.P. Lovecraft, Hazel Heald


El hombre de piedra (The man of stone) es un relato de terror del escritor norteamericano Hazel Heald, escrito en colaboración con H.P. Lovecraft, y publicado en la edición de octubre de 1932 de la revista Wonder Stories.

El hombre de piedra integra el corpus de relatos de los Mitos de Cthulhu de un modo satelital, indirecto, aunque no por ello menos importante para ampliar sus horrores.



El hombre de piedra.

The man of stone
, Hazel Heald (1895-1961) H.P. Lovecraft (1895-1961)


Ben Hayden fue siempre un tipo testarudo, y, una vez que oyó hablar de aquellas extrañas estatuas en los altos Adirondacks, nada pudo impedirle acudir para verlas. Yo fui su amigo más íntimo durante años, y esa amistad tipo Damon y Pytias nos había convertido en inseparables. Así que, cuando Ben se empecinó en ir, bueno, no tuve más remedio que seguirle como un perro fiel.

-Jack, -dijo- ¿Conoces a Henry Jackson, que vivía en una cabaña detrás del lago Placid porque era el mejor sitio para lo de sus pulmones? Bueno, volvió el otro día casi curado, pero tenía mucho que contar sobre algunas cosas extrañas y diabólicas allá arriba. Todo el asunto fue muy repentino y no está seguro que no sea otra cosa que un caso de esculturas estrafalarias; pero, al tiempo su aspecto de desazón da que pensar.

Parece ser que estaba cazando por allí un día y llegó a una cueva delante de la que había algo que parecía un perro. Mientras estaba esperando que el perro ladrara, volvió a mirar y vio que no estaba vivo después de todo. Era un perro de piedra… una imagen perfecta, hasta los mínimos detalles, y yo no puedo decidir si era una estatua sobrenaturalmente detallada o un animal petrificado. Casi le dio miedo de tocarlo, pero cuando lo hizo pudo comprobar que era de piedra. Al cabo de un rato se atrevió a entrar en la cueva… y allí sufrió un susto bastante mayor. Cerca de la entrada había otra figura de piedra o eso parecía, pero esta vez era un hombre. Estaba tumbado en el suelo, de costado, vestido y con una peculiar mueca en el rostro. Esta vez Henry no se detuvo a tocarlo. Sino que se fue directamente al pueblo, Mountain Top, ya sabes. Desde luego hizo preguntas… pero no consiguió gran cosa. Descubrió que era un asunto peliagudo, ya que los lugareños sólo agitaban la cabeza, cruzaban los dedos y murmuraban algo de “loco dan”… sea lo que sea eso. Esto fue demasiado para Jackson, y volvió unas cuantas semanas antes de lo previsto. Me lo contó porque sabe cuánto me gustan las cosas extrañas… y, bastante extraño, fui capaz de hacer una reconstrucción que encaja perfectamente bien con esta historia.

¿Recuerdas a Arthur Wheeler, el escultor que era tan realista que la gente comenzó a decir que no era sino un fotógrafo de sólidos? Creo que lo conociste ligeramente. Bueno, con certeza, terminó en esa parte de los Adirondacks. Estuvo un montón de tiempo allí y luego desapareció de vista. Nunca se supo más de él. Ahora, si estatuas de piedra que parecen hombres y perros vuelven a aparecer por allí, me da que deben ser obra suya… no importa lo que digan esos paletos, o no digan, sobre el tema. Por supuesto que un tío con los nervios de Jackson puede fácilmente huir, perturbado por cosas como esas, pero yo hubiera hecho un montón de comprobaciones antes de salir corriendo. De hecho, Jack, voy a ir a ver esas cosas… y tú vendrás conmigo. Puede significar tanto encontrar a Wheeler… como a parte de su obra. De cualquier manera, el aire de las montañas nos sentará bien.

Antes de una semana, tras un largo viaje en tren y un agitado paseo en autobús a través de escenarios tan deliciosos que cortan el aliento, llegamos por fin a Mountain Top, bajo la última y dorada luz solar de una tarde de junio. El pueblo estaba formado por un puñado de casitas, un hotel y el almacén donde nos dejó el autobús, pero sabíamos que este último seguramente sería un foco de alguna información. Ciertamente, el habitual grupo de ociosos estaba congregado en los escalones y, cuando nos presentamos como convalecientes en busca de alojamiento, tuvieron muchas recomendaciones que darnos. Aunque no habíamos planeado investigar nada hasta el día siguiente, Ben no pudo resistir el intentar algunas preguntas vagas y precavidas, al percatarse de la senil locuacidad de uno de los desarrapados haraganes. Sintió, por la previa experiencia de Jackson, que sería inútil comenzar refiriéndose a las extrañas estatuas, así que se decidió a mencionar a Wheeler como alguien que había conocido y sobre cuyo destino teníamos, por tanto, derecho a preguntar. El grupo pareció incómodo cuando Sam paró de pelar un palo y comenzó a hablar, pero tuvieron poca oportunidad de inquietarse. Aun aquel descalzo, anciano y decadente montañés se cerró en banda al escuchar el nombre de Wheeler, y sólo con dificultad pudo Ben obtener algo coherente de él.

-¿Wheeler? Resolló por fin. Oh, sí, aquel escultor que estaba todo el tiempo volando rocas y tallándolas en estatuas. ¿Así que lo conocen, eh? Bueno, no hay mucho que contar, y me da que será demasiado. Estuvo en la cabaña del loco Dan en las colinas, pero no por mucho tiempo. Lo despacharon rápido…
-Dan, me refiero. Tenía labia y rondaba a la mujer de Dan, hasta que el viejo demonio se dio cuenta. Ella le dejaba hacer, me da. Pero tuvo que coger carretera rápido, y nadie le ha visto el pelo por aquí desde entonces. Dan tuvo un par de palabras con él… ¡Dan es mal enemigo! Mejor apartaros de él, chicos, porque no encontraréis nada bueno en esa parte de las montañas. Dan se ha ido poniendo de peor y peor humor, y no se le ha vuelto a ver. Ni a su mujer. ¡Para mí, que la tiene encerrada para que nadie le eche el ojo!

Mientras Sam volvía a tallar, tras unas pocas observaciones más, Ben y yo cambiamos una mirada. Aquí, sin duda, había una nueva pista que requería intensas pesquisas. Decidiendo alojarnos en el hotel, nos instalamos lo más rápido posible, planeando una incursión en el territorio del salvaje montañés al día siguiente. Nos pusimos en camino al salir el sol, cada cual llevando una mochila cargada con provisiones y aquellos útiles que pensábamos necesitar. El día anterior habíamos sentido una atmósfera casi estimulante de invitación… bajo la que corría sólo una débil corriente de amenaza. Nuestro rústico sendero de montaña se volvió pronto empinado y tortuoso, de forma que nuestros pies se resintieron considerablemente al poco tiempo. Tras unos 3 kilómetros dejamos el camino, cruzando un muro de piedra a la derecha, cerca de un gran olmo, y encaminándonos diagonalmente hacia una empinada ladera, de acuerdo con el mapa e indicaciones que Jackson nos había preparado. Fue una travesía dura y obstaculizada por las zarzas, pero sabíamos que la cueva no debía estar lejos. Por fin, alcanzamos la abertura casi repentinamente: una hendidura negra tapada por matorrales, allí donde el suelo ascendía bruscamente, y, junto a ella, cerca de un estanque de piedra poco profundo, había una pequeña y silenciosa figura rígida, como desafiando su misteriosa petrificación.

Era un perro gris o la estatua de un perro, y mientras se apagaban los ecos de nuestros boqueos simultáneos, apenas supimos qué pensar. Jackson no había exagerado nada y no pudimos creer que la mano de ningún escultor lograra producir tal perfección. Se distinguía cada pelo de la magnifica piel del animal, y los del lomo estaban erizados como si algo desconocido le hubiera sorprendido. Ben, tocando con un gesto casi bondadoso la delicada piel, pétrea, soltó una exclamación.

-¡Por Dios, Jack, esto no puede ser una estatua! ¡Mira… mira los pequeños detalles y la forma en que está el pelo! ¡Esto no tiene nada de la técnica de Wheeler! Esto es un perro verdadero… aunque sólo el cielo sabe cómo quedó en este estado. Igual que piedra… tócalo tú mismo. ¿Crees que algún gas extraño que sale a veces de la cueva haría esto al animal vivo? Debemos profundizar en las leyendas locales. Y si es un verdadero perro o lo era, entonces el hombre del interior también lo era.

Fue con una buena dosis de genuina solemnidad casi miedo que finalmente reptamos sobre manos y rodillas por la boca de la cueva, con Ben en cabeza. La angostura se extendía unos sesenta centímetros, tras lo que la gruta se abría en todas direcciones para formar un húmedo y penumbroso, alfombrado de escombros y detritos. Durante algunos instantes pudimos discernir muy poco, pero al alzarnos sobre nuestros pies y forzar la vista comenzamos lentamente a vislumbrar la recostada figura entre la espesa oscuridad de enfrente. Ben encendió su linterna, pero titubeó durante un instante antes de enfocarla sobre la postrada figura. Teníamos pocas dudas de que la cosa de piedra hubiera sido una vez un hombre, y algo en aquella idea nos puso nerviosos a ambos. Cuando por fin Ben enfocó el haz eléctrico, vimos que el objeto yacía de costado, de espaldas a nosotros. Estaba sin duda hecho del mismo material que el perro del exterior, pero iba vestido con los mohosos restos sin petrificar de rusticas ropas deportivas. Atenazados como estábamos para examinar aquello.

Ben la contorneó para contemplar el rostro oculto. Nada posiblemente hubiera podido preparar a Ben para lo que vio cuando enfocó la luz sobre aquellas facciones de piedra. Su grito fue totalmente excusable, y no pude menos que corearlo cuando salté a su lado y compartí la visión. Aunque no había nada espantoso o intrínsicamente aterrador. Era simplemente un asunto de reconocimiento, ya que, más allá de cualquier sombra de duda, aquella fría figura de piedra con esa expresión, a medias espantada, a medias amarga, había sido en un tiempo nuestro viejo conocido, Arthur Wheeler. Algún instinto nos hizo retroceder, reptar fuera de la cueva y descender la fragosa ladera hasta un punto donde no pudiéramos ver al ominoso perro de piedra. Apenas sabíamos qué pensar, ya que nuestros cerebros era un carrusel de conjeturas y aprensiones. Ben, que había conocido bien a Wheeler, estaba especialmente afectado y parecía estar hilvanando algunos datos que yo había pasado por alto. Una y otra vez, cuando nos detuvimos en la verde ladera, repetía:” ¡Pobre Arthur, pobre Arthur!”, pero hasta que musitó el nombre “Loco Dan” no recordé el problema en el que, según el viejo Sam Poole, Wheeler se había metido poco antes de su desaparición. El Loco Dan, insinuaba Ben, se alegraría sin duda de ver lo que sucedido. Durante un instante estuvo claro para ambos que el celoso anfitrión podía ser responsable de la presencia del escultor en aquella maligna caverna, pero el pensamiento pasó tan rápido como había venido. Lo que más nos desconcertaba era cómo podría haber sucedido el fenómeno. Qué emisiones gaseosas o vapores minerales podían haber provocado este cambio en un relativo corto tiempo, estaba totalmente fuera de nuestra comprensión. La petrificación normal, lo sabíamos, es un lento proceso químico de reemplazo que necesita muchas eras para culminar, aunque allí había dos imágenes de piedra que fueron seres vivos o por lo menos Wheeler lo fue sólo unas semanas antes.

No tenía sentido hacer conjeturas. Claramente, no había nada que hacer excepto avisar a las autoridades y dejarles suponer cuanto pudieran; pero, en el fondo de la cabeza de Ben, persistía la sospecha sobre el Loco Dan. De cualquier forma, nos abrimos paso hacia la carretera; pero Ben, no giró hacia la aldea, sino que se encaminó hacia donde el viejo Sam dijera que estaba la cabaña de Dan. Era la segunda casa desde la aldea, según había resollado el anciano holgazán, y se alzaba a la izquierda y lejos de la carretera, en un espeso grupo de pelados robles. Antes de darme cuenta, Ben me arrastraba por la arenosa carretera más allá de una destartalada alquería, internándonos en una zona de creciente fragosidad. No se me ocurrió protestar, pero sentí cierto sentido de amenaza en aumento según familiares señales de agricultura y civilización menguaban. Por fin, el comienzo de un estrecho y descuidado camino se abrió nuestra izquierda, mientras el picudo tejado de una destartalada construcción sin pintar se asomaba más allá en un enfermizo grupo de árboles medio muertos. Esto, supuse, debía ser la cabaña del Loco Dan, y me pregunté por qué Wheeler habría elegido este lugar como alojamiento. No me gustaba la idea de reconocer ese hostil sendero invadido de maleza, pero no pude retrasarme cuando Ben echó a andar con determinación por él y emprendió un vigoroso golpeteo contra la desvencijada y mohosa puerta. No hubo respuesta a la llamada, y algo en sus ecos me provocó una serie de estremecimientos. Ben, no obstante, estaba bastante sereno, y entonces comenzó a circundar la casa buscando ventanas abiertas. Pudo abrir la tercera que probó en la parte posterior de la deprimente cabaña, y con un empujón y un vigoroso salto se coló limpiamente en el interior, ayudándome a subir. La estancia en la que entramos estaba repleta de bloques de granito y piedra caliza, útiles de cincelar y modelos de arcilla, y comprendimos enseguida que era el antiguo estudio de Wheeler. Hasta entonces no habíamos encontrado signos de vida, pero en el ambiente flotaba un condenablemente ominoso olor polvoriento. A nuestra izquierda había una puerta abierta que, evidentemente, llevaba a una cocina en el lado de la chimenea de la casa, y Ben la cruzó, tratando de encontrar algo que pudiera relacionar con la última estancia de su amigo. Se me había adelantado bastante al cruzar el umbral, por lo que al principio no pude ver qué le hizo detenerse y qué arranco en un sordo grito de horror de sus labios.

En el siguiente instante, pude ver… y repetir su grito como instintivamente hice en la gruta. Ya que allí, en la cabaña alejados de las profundidades subterráneas que pudieran emitir raros gases y provocar extrañas mutaciones, había dos figuras de piedra que supimos que no eran obra del cincel de Arthur Wheeler. En una tosca butaca cerca del hogar, atado por una cinta de un látigo de cuero duro, estaba la figura de un hombre: desaseado y envejecido y con una expresión de insondable horror en su maligno y petrificado rostro. En el suelo, al lado, yacía una figura de una mujer garbosa y con un semblante que mostraba considerable juventud y belleza. Su expresión parecía ser de sardónica satisfacción, y cerca de su mano tendida, había un gran cubo de estaño con el interior algo manchado, como por obra de un sedimento oscuro. No hicimos ademán de acercarnos a aquellos cuerpos inexplicablemente petrificados, pero cambiamos algunas conjeturas de lo más sencillas. Sobre que esta pétrea pareja fueron el Loco Dan y su mujer no nos cabía duda, pero cuando tocaba a su presente condición era otro tema. Mientras mirábamos horrorizados a nuestro alrededor, vimos la rapidez con que debía haber llegado el desenlace: ya que todo alrededor parecía, a pesar de la gruesa capa de polvo, haber quedado en mitad de las normales actividades de una casa.

La única excepción a esta regla de casualidad estaba en la mesa de la cocina, en cuyo despejado centro, como buscando reclamar la atención, había un delgado y estropeado cuaderno sujeto por un gran embudo de estaño. Yendo a leer el libro, Ben vio que era una especie de diario o cuaderno de entradas fechadas, redactado por una mano acalambrada y poco ducha en el arte de escribir. Ya las primeras palabras captaron mi atención, y antes de pasar 10 segundos él devoraba sin aliento el entrecortado texto, y yo con él, atisbando sobre su hombro. Mientras leíamos desplazándonos al ambiente menos espantoso de la habitación contigua, muchos puntos oscuros se clarificaron para nosotros y nos estremecimos con una mezcla de complejas emociones. Esto es lo que leímos… y lo que el forense leyó más tarde. El público ha tenido una versión muy distorsionada y sensacionalista por la prensa popular, pero aun así, no posee más que una fracción de ese genuino terror que el sencillo original nos provocó mientras lo descifrábamos en esa musgosa cabaña, entre las colinas salvajes y con dos monstruosas anormalidades pétreas acechando en el silencio mortal de la habitación adyacente. Cuando terminamos, Ben, guardó el libro en su bolsillo con un gesto de casi repulsión, y sus primeras palabras fueron:

-Salgamos de aquí.

Silenciosa y nerviosamente dimos traspiés hasta la parte delantera de la casa, abrimos la puerta y emprendimos el largo camino de vuelta al pueblo. Hubo que hacer muchas declaraciones y responder muchas preguntas en los días que siguieron, y no creo que Ben ni yo podamos llegar a librarnos de los efectos de esa angustiosa experiencia. Como no podrán hacerlo algunas autoridades locales y periodistas de la ciudad que se congregaron en el lugar… aunque quemaron cierto libro y muchos papeles encontrados en cajas del ático, y destruyeron multitud de aparatos en la parte mas profunda de esa siniestra caverna de las laderas. Pero he aquí el propio texto:



Noviembre. 5:
Mi nombre es Daniel Morris. Todos por aquí me llaman “El Loco Dan” porque creo en poderes en los que nadie cree en estos días. Cuando fui a la Colina del Trueno para guardar la Fiesta de los Zorros pensaron que estaba loco… todos excepto los paisanos de aquel condado, que me temen. Intentaron impedirme sacrificar la Cabra Negra en la víspera de Todos los Santos, y siempre me prevenían contra realizar el Gran Rito que podría abrir la puerta. Debieran tener más sentido, ya que saben que soy un Van Kauran por parte de madre, y nadie a este lado del Hudson puede decir lo que los Van Kauran deben ayudar a bajar. Provenimos de Nicholas Van Kauran, el mago, que fue colgado en Wijtgaart en 1587, y todos saben que había hecho el pacto con el Hombre Negro. Los soldados nunca encontraron su Libro de Eibon cuando quemaron su casa, y su nieto, William Van Kauran, lo llevaba consigo cuando llegó a Rensselaerwyck y más tarde cruzó el río hacia Esopus. Pregunten a cualquiera en Kingston o Hurley sobre lo que los descendientes de William Van Kauran pueden hacer con la gente que se cruza en su camino. Además, pregunten si mi tío Hendrik no se las arregló para guardar el Libro cuando le hicieron huir del pueblo y remontó el río hasta este lugar con su familia.

Estoy escribiendo esto y seguiré haciéndolo por que quiero que la gente sepa la verdad cuando yo no esté. También, temo volverme realmente loco si no asiento determinadas cosas de forma sencilla. Todo se vuelve contra mí, y si esto sigue tendré que usar los secretos del Libro y convocar a determinados poderes. Hace 3 meses, el escultor Arthur Wheeler Llegó a Mountain Top, y ellos lo enviaron a mí, porque soy el único hombre del lugar que sabe algo más que cultivar, cazar y esquilmar a los veraneantes. El tipo parecía estar interesando en lo que yo tenía que decir e hizo un arreglo para quedarse aquí por 13 dólares a la semana, manutención incluida. Le di la habitación trasera, junto a la cocina, para sus trastos de piedra y sus cinceles, y acordé con Nate Williams el suministro de sus voladuras de roca y el transporte de sus grandes piezas con una rastra y una yunta de bueyes. Eso fue hace 3 meses. Ahora sé por qué este maldito hijo del demonio tomó tan rápido la habitación. No era mi conversación después de todo, sino las mirada de mi mujer Rose, que es la hija mayor de Osborn Chandler. Es 16 años más joven que yo, y siempre está poniendo ojos de cordero a los tipos del pueblo. Pero siempre nos las habíamos arreglado bastante bien hasta que esta sucia rata apareció, aunque ella rechaza ayudarme con los Ritos de las Misas del Crucifico Y los Santos.

Ahora puedo ver que Wheeler está ganando su afecto y volviéndola tan cariñosa hacia él que a duras penas me aguanta, y supongo que él tratará de fugarse con ella tarde o temprano. Pero va lento, como todos los perros educados y astutos, y, me sobra tiempo para pensar qué hacer. Ellos no saben que sospecho, pero dentro de poco comprenderán lo que cuesta mancillar el hogar de un Van Kauran. Juro que les daré una gran sorpresa.

Noviembre. 25:
¡El día de Acción de Gracias! ¡Qué gran burla! Pero tendré algo que celebrar cuando haya acabado lo que tengo entre manos. No Hay duda de que Wheeler está tratando de robarme a mi mujer. Pero, sin embargo, le dejaré ser un huésped de honor. Cogí el Libro de Eibon del viejo baúl del tío Hendrik en el ático esta última semana y estoy buscando algo bueno por aquí. Busco algo que acabe con ellos 2 furtivos traidores, y al mismo tiempo no me cause problemas. Si tiene dramatismo, mucho mejor. Había pensado en recurrir a la emanación de Yoth, pero necesita la sangre de un niño y debo ser cuidadoso con los vecinos. La Degeneración Verde parecía prometedora, pero tendría un efecto desagradable tanto para mí como para ellos. No me gustan ciertas visiones y olores.

Diciembre. 10:
¡Eureka! ¡Lo tengo por fin! La venganza es dulce… ¡y éste es el clímax perfecto! Wheeler, el escultor… ¡Es demasiado bueno! ¡Claro que sí, el maldito ladrón creará una estatua que venderá mas rápido que cualquier otra que haya cincelado estas últimas semanas! Una realista, ¿eh? Bueno ¡a la nueva estatua no le faltará ningún realismo! Encontré la fórmula en un manuscrito insertado opuesto a la página 679 del Libro. Por la caligrafía creo que fue asentada por mi abuelo Bareut Picterse Van Kauran, quien desapareció de New Paltz en 1839. ¡Iä! ¡Shub-Niggurath! ¡La Cabra con un Millar de Crías! Dicho llanamente, he encontrado una forma de convertir a esas ratas miserables en estatuas de piedra. Es absurdamente simple, y realmente depende más de la simple química que de Poderes Exteriores. Si puedo conseguir las materias adecuadas, podré obtener una bebida que pasará por vino casero y de la que un trago será suficiente para acabar con cualquier ser más pequeño que un elefante. Lo que sigue es una especie de petrificación infinitamente acelerada.

Rellena todo el sistema de sales de calcio y bario, y reemplaza las células vivas con materias minerales, tan rápido que nada puede detenerlo. Debe ser una de esas cosas que mi abuelo aprendió en el Gran Sabbath de Sugar –Loaf en las Catskills. Extrañas Cosas solían ocurrir allí. Creo haber oído algo de un hombre de New Paltz el escudero Hasbrouck que se convirtió en piedra o algo parecido en 1834. Era un enemigo de los Van Kauran. Lo primero que haré será conseguir 5 elementos que necesito de Albany y Montreal. Tiempo habrá después para experimentar. ¡Cuando todo suceda, cogeré las estatuas y las venderé como trabajo de Wheeler para pagar sus deudas como huésped!

Diciembre. 25:
Navidad. ¡Paz en la tierra y todo eso! Esos 2 puercos se están mirando como si yo no existiera. ¡Deben pensar que soy sordo, mudo y ciego! Bueno, el sulfato de bario y el clorhidrato de calcio llegarán de Albany el próximo jueves, y el ácido, catalizadores e instrumental deben hacerlo cualquier día desde Montreal. Los hilos de los dioses… ¡y todo eso! Haré el trabajo en la Cueva de Allen, cerca de la parte baja del bosque, y al mismo tiempo haré abiertamente algún vino en el sótano. Tiene que haber alguna excusa para ofrecerles una nueva bebida, aunque no hacen falta demasiados planes para confundir a esos bobos lunáticos. El problema será hacer beber vino a Rose, porque dice que no le gusta. Los Experimentos con animales los haré dentro de la cueva y a nadie se le ocurre ir allí en invierno. Cortaré algo de leña para justificar el tiempo que pase fuera. Una o 2 pequeñas cargas ahuyentarán las sospechas.

Enero. 20:
Es más difícil de lo que pensaba. Casi todo depende de la exacta proporción. El material ha llegado de Montreal, pero tengo que volver a comprar mejores balanzas y una lámpara de acetileno. Se están volviendo curiosos en el pueblo. Quisiera que la oficina de correos no estuviera en el almacén de Steenwyck. Estoy ensayando varias mezclas en gorriones que beben y se bañan en el estanque delante de la cueva… cuando no está congelado. Unas veces los mata, pero otras salen volando. Seguramente, he obviado alguna reacción importante. Supongo que Rose y ese advenedizo están sacando buen partido de mi ausencia… pero puedo dejarlos estar. No hay duda que tendré éxito al fin.

Febrero. 11:
¡Por fin! Puse un nuevo compuesto en el pequeño estanque que está completamente deshelado hoy y el primer pájaro que bebió cayó como si le hubieran disparado. Le cogí un segundo después y era un trozo de piedra, hasta las pequeñas garras y plumas. No movió un solo músculo desde que se posara a beber, ya que debió morir en el instante en que la sustancia llegó a su estómago. No esperaba que la petrificación fuese tan rápida. Pero un gorrión no es una buena prueba de lo que hará con un animal mayor. Debo conseguir algo más grande con lo que probar, ya que debe tener la fuerza adecuada cuando lo mezcle con el vino. Creo que Rex, el perro de Rose servirá. Me lo llevaré la próxima vez y diré que un lobo del bosque acabó con él. Ella le quiere mucho y no debo sentir el hacerla llorar antes del gran ajuste de cuentas. Debo tener cuidado de dónde guardo este libro. Rose curiosea a veces en los lugares más extraños.

Febrero. 15:
¡Estoy cerca! Probé con Rex y se petrificó como por ensalmo con sólo el doble de la dosis. Lo eché en el estanque de piedra y le llevé a beber. Parecía saber que había algo extraño allí, ya que se erizó y gruño, pero era un pedazo de piedra antes de poder volver la cabeza. La solución debió haber sido más fuerte y, para un ser humano, debe serlo más aún. Pienso que me voy acercando y estoy casi listo para ese maldito Wheeler. El producto parece ser insípido pero, para asegurarme, lo mezclaré con el nuevo vino que estoy haciendo en casa. Quisiera cerciorarme de la insipidez, ya que quiero dárselo a Rose en agua sin tratar de incitarla a beber vino. Se lo daré separadamente: a Wheeler fuera y a Rose en casa. Acabo de conseguir una fuerte solución y he despejado de objetos extraños la entrada de la cueva. Rose lloriqueó como un cachorro cuando le dije que un lobo se había llevado a Rex, y Wheeler barbotó un cachorro de simpatía.

Marzo. 1:
¡Iä R’lyeh! ¡Loado sea el señor Tsathoggua! ¡Por fin tengo a ese hijo del infierno! ¡Le dije que había encontrado un nuevo saliente de desmenuzable caliza por aquí, y él trotó tras de mí como el chucho amarillo que es! Tenía el vino mezclado con la sustancia en una botella en mi cadera y se alegró de echar un trago cuando estuvimos allí. Lo trasegó sin un pestañeo y se desplomó antes de poder contar hasta 3. Pero supo que era mi venganza, porque puse una cara que no pudo confundir. Vi la mirada de incomprensión aparecer en su rostro mientras se tambaleaba. En un par de minutos era piedra sólida.

Lo arrastré a la cueva y puse la figura de Rex fuera. Ese perro erizado bastará para mantener a la gente alejada. Comienza a ser la temporada de los cazadores primaverales y, además, hay un maldito “tísico” llamado Jackson en una cabaña de la colina que se pasa la vida fisgoneando por la nieve. ¡No quiero que mi laboratorio y almacén sean descubiertos! Cuando volví a casa, le dije a Rose que Wheeler había encontrado un telegrama en el pueblo, reclamándolo con rapidez en casa. No sé si me creyó o no, pero no me importa. Para guardar las apariencias, embalé las cosas de Wheeler y las llevé a la colina, diciéndole que iba a enviárselas. Las puse en un escondrijo en la casa abandonada de Rapelye. ¡Ahora, a por Rose!

Marzo. 3:
No puedo hacer beber vino a Rose. Quisiera que esta sustancia fuera lo bastante insípida como para pasar desapercibida en agua. Lo he intentado con el té y el café, pero forma un precipitado y no puede utilizarse de esa manera. Si la pongo en agua, tendré que moderar la dosis y confiar en una acción gradual. El señor y la señora Hoog vinieron este mediodía, y tuve mucho trabajo para evitar una conversación sobre la partida de Wheeler. No debe saberse que decimos que fue reclamado desde Nueva York, ya que todos en el pueblo saben que no ha llegado ningún telegrama y que no se fue en el autobús. Rose se comporta de manera muy extraña respecto a este asunto. Tendré una pelea con ella y la encerraré en el ático. La mejor excusa es intentar que beba el vino envenenado… y si lo hace, mucho mejor.

Marzo 7:
Lo de Rose está hecho. No quiso beber el vino, por lo que usé el látigo con ella y la lleve al ático. Nunca saldrá viva. Le he dado una bandeja de pan y carne salados, y un balde de agua ligeramente contaminado, dos veces en un día. La comida salada le hará beber abundancia y no pasará mucho antes que se produzca el efecto. No me gusta la forma en que grita sobre Wheeler cuando estoy en la puerta. El resto del tiempo guarda absoluto silencio.

Marzo 9:
Es condenadamente peculiar cuán lento actúa este producto en Rose. He aumentado la dosis… probablemente nunca lo note, gracias a la sal que le he hecho comer. Bueno, si no le hace efecto, hay multitud de formas para hacerla picar. ¡Pero me gustaría llevar este cuidadoso plan de las estatuas a buen puerto! Volví esta mañana a la cueva y todo está bien allí. A veces oigo los pasos de Rose en el techo y pienso que se hacen más y más renqueantes. La sustancia esta actuando efectivamente, pero es demasiado lenta. No es lo bastante fuerte. Para que vaya más rápido aumentaré la dosis.

Marzo 11:
Es muy extraño. Todavía vive y se mueve. El jueves por la mañana la escuché trastear con una ventana, por lo que fui y le di una ración de latigazos. Parecía más hosca que asustada, y sus ojos parecían hinchados. Pero ella no puede saltar nunca al suelo desde esa altura y no hay por dónde descender. Tuve sueños anoche, por culpa de su lentitud, arrastrando los pasos por el suelo y crispando mis nervios. A veces me parece que trata de abrir la puerta.

Marzo 15:
Todavía vive, a pesar de que he aumentado la dosis. Hay algo extraño en eso. Ahora se arrastra y no pasea muy a menudo. Pero el sonido de su reptar es horrible. Hace resonar las ventanas, también, y lucha con la puerta. Acabaré con ella a latigazos si sigue así. Tengo mucho sueño. Me pregunto si Rose estará despierta. Pero debe haber bebido la poción. Esta somnolencia es anormal… pienso que la tensión me está venciendo. Me duermo…

(Aquí la acalambrada escritura se convierte en un garabato difuso, dando paso a una nota de una caligrafía firme y evidentemente femenina que revela una gran tensión emocional.)

Marzo 16:4 AM.
Esta apostilla es de Rose C. Morris, a punto de morir. Por favor, avisen a mi padre, Osborne E. Chandler, Calle 2, Mountain Top, N.Y.

Acabo de leer lo que la bestia ha escrito. Estaba segura que había matado a Arthur Wheeler, pero no sabía cómo hasta que leí este terrible diario. Ahora sé cómo escapé. Me percaté que el agua sabía extraña y no la tomé tras el primer sorbo. La arrojé por la ventana. Ese único trago me paralizó, pero comí tan poco como me fue posible de la carne salada y fui capaz de conseguir un poco de agua colocando platos y tazas viejas bajo las goteras del techo. Hubo 2 aguaceros. Pensaba que trataba de envenenarme, pero no sabía cómo era el veneno. Cuanto ha escrito de mí es pura mentira. Nunca fuimos felices y pienso que me casé con él sólo porque usó de los hechizos que era capaz de lanzar sobre la gente. Supongo que los hipnotizó a mi padre y a mí, ya que siempre fue temido y odiado, y sospechoso de pactos oscuros con el demonio. Mi padre le llamó una vez el Pariente del Diablo, y tenía razón. Nadie puede saber lo que tuve que pasar como mujer suya. No era vulgar crueldad…aunque Dios sabe que era bastante cruel y me pegaba a menudo con un látigo de cuero. Era más… más de lo que nadie de esta época puede entender. Era una criatura monstruosa, y practicaba toda clase de ceremonias infernales recibidas de sus parientes maternos. Trataba de hacerme ayudarle en tales ritos, y no quiero ni siquiera pensar en qué consistían. Yo no quise, por eso me pegaba. Sería una blasfemia decir lo que intentaba que yo hiciera.

Puedo decir que era un asesino ya entonces, ya que sé qué sacrificó una noche en Thunder Hill. Era sin duda pariente del Diablo. En 4 ocasiones intenté escaparme, pero siempre me cogió y me pegó. Además, tenía cierto poder sobre mi mente, y sobre la de mi padre. Respecto a Arthur Wheeler, no tengo nada de que avergonzarme. Nos amábamos, pero sólo de una forma honorable. Me dio el primer trato amable que tuviera desde que dejara a mi padre, y trataba de rescatarme de las garras de ese diablo. Tuvo algunas pláticas con mi padre, y quería ayudarme llevándome al oeste. Tras mi divorcio, nos hubiéramos casado. Desde que este bruto me encerró en el ático, yo había planeado escapar y matarle. Siempre guardé el veneno por la noche, para el caso de poder escapar y encontrarle dormido, y dárselo de alguna forma. Al principio se despertaba en cuanto trabajaba sobre el cerrojo de la puerta y comprobaba el estado de las ventanas, pero más tarde comenzó a estar cansado y a dormir más profundamente.

Yo podía siempre oír sus ronquidos cuando dormía. Anoche se durmió rápidamente y forcé el cerrojo sin despertarle. Fue muy trabajoso bajar las escaleras con mi parálisis parcial, pero lo logré. Lo encontré con la lámpara encendida… durmiendo sobre la mesa donde había estado escribiendo en su libro. En la esquina estaba el gran látigo que tanto había empleado conmigo. Lo usé para amararle a la silla de forma que no pudiera mover un músculo. Sujeté su cuello para poder verter cualquier cosa por su garganta sin obstáculos. Despertó cuando estaba acabando y supongo que comprendió lo que había hecho. Gritó cosas espantosas y trató de entonar formulas místicas, pero le sofoqué con un paño del fregadero. Luego vi en su libro lo que había escrito y me detuve a leerlo. La impresión fue terrible, y casi me desmayé 4 o 5 veces. Mi mente no estaba preparada para esas cosas. Tras eso hablé a ese demonio durante 2 o 3 horas largas. Le dije cuanto había pensado decirle durante todos estos años que había sido su esclava y un montón de cosas que tenían que ver con lo leído en ese espantoso libro. Se puso púrpura mientras lo hacía, y pienso que estaba medio delirando. Luego cogí el un embudo de la alacena y se lo metí en la boca, tras quitarle la mordaza. Él sabía lo que iba hacer, pero estaba indefenso. Había bajado el cubo de agua envenenada y, sin el menor remordimiento, le eché su buena mitad de él en el embudo.

Debió ser una gran dosis, ya que casi al instante vi al bruto comenzar a ponerse rígido y convertirse en una turbia piedra gris. En 10 minutos, era de piedra sólida. No me atreví a tocarle, pero el embudo de estaño tintineó de forma horrible cuando lo saqué de su boca. Quisiera haber dado a este Pariente del Diablo una muerte más dolorosa y lenta, pero seguramente ésta fue la más adecuada para él. No hay mucho más que contar. Estoy medio paralizada y, con Arthur muerto, no hay más nada que me ate a la vida. Completaré el asunto bebiendo el resto de veneno, tras colocar este libro donde pueda ser encontrado. En un cuarto de hora seré una estatua de piedra. Mi único deseo es ser enterrada junto a la estatua que fuera Arthur… cuando sea encontrado en la cueva donde lo dejó este demonio. El pobre y confiado Rex debe estar a nuestros pies. No me importa lo que pase con el demonio de piedra atado a la silla…


Hazel Heald (1895-1961)
H.P. Lovecraft (1895-1961)



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El resumen del cuento de Hazel Heald y H.P. Lovecraft: El hombre de piedra (The man of stone) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

2 comentarios:

Mir dijo...

Muchas gracias por compartirlo, pero Hazel Heald no era un escritor, era una escritora.

Fandemampato dijo...

Gracias por darlo a conocer, buen relato.