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El extraño plan de Kurt Barlow.


El extraño plan de Kurt Barlow.




«¡Yo no soy la serpiente,
soy el padre de las serpientes!»

(Kurt Barlow)



La gran mayoría de los personajes de la novela de vampiros de Stephen King: Salem's Lot, son memorables. Dicho esto, la muerte del antagonista principal, Kurt Barlow, parece anticlimática. Es cierto, Matt Burke sostiene que su arrogancia terminará siendo su perdición, pero el vampiro simplemente se acuesta en su ataúd esperando que todo salga bien. Podemos deducir que Kurt tuvo muchos enemigos en el curso de su existencia [antinaturalmente larga], razón por la cual su escasa planificación resulta difícil de digerir.

Siendo Salem's Lot un homenaje a Drácula, el final podría ser una versión aproximada del final del novela de Bram Stoker, donde los perseguidores llegan al castillo del Conde y lo matan fácilmente [en un párrafo]; sin embargo, para llegar hasta ese punto los protagonistas han viajado durante días por barco y tren desde Londres a Transilvania, siguiendo y descartando una serie de pistas falsas hasta que se separan en dos grupos [Van Helsing y Mina llegan primero]. En resumen: todos viven una gran aventura para matar a Drácula, y esto sólo fue posible porque el vampiro fue interceptado justo antes de entrar al castillo [ver: Drácula visita Salem's Lot]

Al final de Salem's Lot, Barlow es destruido en el sótano de la pensión de Eva Miller, donde Ben Mears tiene una habitación. Es como si Drácula se escondiera en la casa de Jonathan Harker: una jugada audaz, tal vez demasiado. Esconderse a plena vista es un plan elegante, pero en términos prácticos no funciona ni siquiera en La carta robada de E. A. Poe.

Otro punto debatible: ¿cómo pudo Kurt Barlow entrar en la casa de los Petrie sin ser invitado?

El tema de la invitación es un motivo importante en la novela: ningún vampiro puede entrar en una casa sin invitación; y ésta incluso puede ser retirada, como sucede con Matt Burke, quien invita y expulsa a Mike Ryerson. Kurt Barlow simplemente irrumpe por la ventana de la casa de los Petrie y mata a los padres de Mark.

Podría argumentarse que Barlow es más que un vampiro «común» [si es que existe tal cosa]. Él mismo le dice al padre Callahan: «Yo era viejo cuando tu iglesia era joven», y habla de «tradiciones» [como el crucifijo] como cosas que la humanidad simplemente inventó. En su batalla dialéctica con Callahan, Barlow sugiere que, en teoría, el sacerdote podría haber luchado contra él sin el crucifijo. Sin embargo, su fe falla y el crucifijo se vuelve inútil. Podemos asumir que la idea de seguridad dentro de la propia casa es en sí misma otra «tradición», es decir, algo que no funciona sin el poder de la fe [ver: ¿Por qué los vampiros necesitan ser invitados a entrar?]

También vale señalar que, anteriormente, Mark le da permiso a un vampiro para entrar a su casa. ¿Es posible que este permiso se extienda hacia arriba en la jerarquía?

Aunque se desconoce su verdadera edad, Barlow afirma ser muy viejo En la serie La Torre Oscura se revela que Barlow es un vampiro Tipo Uno, capaz de hibernar durante siglos y poseedor de una inteligencia superior, pero esa adición posterior no debería eximirlo de las reglas que, aparentemente, rigen sobre los demás vampiros de la novela [ver: 4 tipos de vampiros en el Multiverso de Stephen King]

Por momentos, Barlow parece parecer más humano que los otros vampiros. Su apariencia física incluso cambia, hacia el final de la novela, en una versión de aspecto más joven; y en varios pasajes es capaz de contenerse y jugar psicológicamente con sus víctimas antes de atacarlas. En otras ocasiones se comporta como cualquier otro vampiro. Después de que Mark Petrie hiere a Straker durante su huida de la Casa Marsten, Barlow no puede resistirse y se alimenta de la sangre de su sirviente. Se muestra furioso por este giro en los acontecimientos, ya que considera a Straker el mejor «familiar» que jamás ha tenido. A pesar de toda su sofisticación y experiencia, Barlow sigue estando bajo el dominio de sus impulsos.

El problema con el «plan» de Barlow es que comienza siendo demasiado meticuloso como para terminar durmiendo en el sótano de Eva Miller sin ninguna protección adicional, excepto la de otros vampiros menores, y por lo tanto más vulnerables que él. Según los registros gubernamentales obtenidos por el comisario de Jerusalem's Lot [Parkins Gillespie], Barlow utilizó anteriormente el nombre de Kurt Breichen bajo la fachada de un noble austríaco. Con este nombre mantuvo una correspondencia de doce años con Hubert Marsten, quien asesinó a su esposa y se suicidó [después de quemar sus cartas con Breichen]. La novela de Stephen King implica fuertemente que Hubie Marsten consolidó una especie de acuerdo [¿invitación?] con Breichen, la cual le permitiría al vampiro entrar en Jerusalem's Lot unas décadas después [ver: «The Bad Place»: análisis de la Casa Marsten]. En 1938, Breichen huye de Alemania y se establece en Londres, donde adopta el apellido Barlow.

La logística de Drácula es desconocida. Bram Stoker sólo habla de sus fieles «gitanos», quienes preparan todo para el viaje del vampiro a bordo del Deméter, incluídas sus cajas llenas de tierra del castillo [ver: El misterio del «Deméter»: análisis de un capítulo de «Drácula»]. Realmente no se sabe si Drácula posee «familiares», pero ciertamente cuenta con colaboradores humanos. Sus asuntos inmobiliarios en Londres dependen de R. M. Renfield y, luego, de Jonathan Harker [ver: el caso Renfield]. Kurt Barlow sí posee un «familiar» declarado: Richard Throckett Straker, quien funciona como debería haber funcionado Renfield de no haber perdido la cordura. Todos los asuntos comerciales de Barlow son representados por Straker: compra la Casa Marsten y organiza los ritos necesarios para preparar el arribo de su amo [ver: Los «espíritus familiares»]

En otras palabras, el «plan» de Kurt Barlow comienza a diseñarse [al menos] en 1938, demasiado tiempo como para no contemplar la posibilidad de encontrar resistencia en Jerusalem's Lot. El sótano de Eva Miller evidentemente no es parte del plan original, sino más bien una improvisación, algo inaceptable en un sujeto que ya era viejo cuando los primeros cristianos «se escondían en las catacumbas de Roma y se pintaban peces en el pecho para poder reconocerse».

Stephen King se inspiró para escribir Salem’s Lot después de su experiencia como profesor en una escuela secundaria donde dio varias clases sobre Drácula. Descubrió que, a pesar de que la novela de Bram Stoker es un producto de su época [en el vampirismo confluye la sexualidad victoriana reprimida, la xenofobia y el homoerotismo], la trama aún resonaba en los estudiantes. Salem’s Lot es una historia bastante diferente de Drácula. Podría decirse que, en esencia, es la historia de un escritor que regresa a su ciudad natal y descubre que sus pesadillas de la infancia son demasiado reales. Sin embargo, el modelo de Bram Stoker está presente. Incluso los residentes de Jerusalem’s Lot lo han leído.

De hecho, es la fama del Drácula de Bram Stoker lo que le da cierta ventaja a los protagonistas de Salem's Lot. Mark Petrie, aficionado al género, conoce las «reglas», y es el primero en darse cuenta de la amenaza sobrenatural que ha llegado a la Casa Marsten. En cierto modo, Mark es una especie de Van Helsing. Proporciona una visión general de las costumbres de los vampiros, así como de sus puntos fuertes y debilidades. Van Helsing, en cambio, primero estudia y descarta cuestiones médicas conocidas antes de resolver que está enfrentando a un ser sobrenatural. Stephen King no tuvo que molestarse en llevar de la mano al público. Mark sabe lo que Van Helsing comprende más adelante. En la década de 1970, la erudición en materia de vampirismo se ha devaluado lo suficiente como para formar parte de la cultura popular.

En otros aspectos, Salem’s Lot invierte algunos puntos centrales de Dracula. En la novela de Bram Stoker, la tecnología, sobre todo los avances en las comunicaciones, son herramientas contra las que Drácula no puede luchar. Los telegramas viajan de un lado a otro a través de Europa, dándoles a los «buenos» una ventaja que quizás no ha sido debidamente contemplada por el Conde. Sin embargo, casi un siglo después, los personajes de Salem’s Lot parecen varados, aislados en un pequeño pueblo. Después de todo, Ben Mears es un escritor bastante reconocido. ¿Por qué nunca se evalúa la posibilidad de obtener ayuda externa? No es necesario denunciar la presencia de vampiros; bastaría mencionar las desapariciones, asesinatos y muertes inexplicables para despertar la atención de las autoridades.

Todo esto devalúa un poco el plan de Kurt Barlow. La estratégica adquisición de propiedades de Drácula sugiere que el Conde deseaba, como mínimo, conquistar Londres [el ombligo del mundo en el pensamiento victoriano]; y a partir de allí quizás extenderse. ¿Cuál era el plan de Kurt Barlow? Convertir en vampiros a todos los habitantes de Jerusalem´s Lot y esperar que ningún agente externo metiera las narices?

Digamos, por afán de teorizar, que Kurt Barlow sí tiene un plan maestro. Hay evidencias en la novela que respaldan esto, como el contacto con Hubie Marsten cuatro décadas antes, la profanación de la Casa Marsten [haciéndola habitable para el mal], entre otras cosas. Cómo este plan maestro fue desbaratado por un chico de doce años, un escritor traumatizado [por su infancia y la reciente muerte de su esposa], un sacerdote alcohólico [en medio de una crisis de fe] y un profesor de secundaria con una afección cardíaca, sin hacer otra cosa que apelar a la lógica, es una pregunta difícil de responder.

Tal vez estas diferencias en el planeamiento residen en el punto de comparación más interesante entre Drácula y Salem’s Lot: el estatus social de los vampiros. El Conde es un aristócrata que planea atacar en el seno de la alta sociedad londinense, y en parte lo logra al convertir a Lucy Westenra. Barlow y su familiar se presentan como dos anticuarios europeos que buscan retirarse [Straker encanta a los habitantes con sus aires sofisticados]. De ningún modo parecen interesados en las clases sociales de sus víctimas; de hecho, una de las primeras víctimas de Barlow es Dud Rogers, el encargado del basurero local, un hombre de pocas luces.

Los vampiros de Salem's Lot tienen puntos en común con las tradiciones medievales. Por ejemplo, los vampiros convertidos por Barlow parecen ir primero en busca de sus familiares y amigos, como el pequeño Ralphie Glick, que primero bebe la sangre de su hermano, Danny, y este, una vez convertido, bebe la de su madre, Marjorie, y así sucesivamente [ver: Danny Glick y los niños-vampiro de Stephen King]. En Drácula no ocurre lo mismo. Lucy Westenra, por ejemplo, sale de la bóveda familiar y comienza a llevarse niños pequeños con los que no tiene ninguna relación previa [ver: Bloofer Lady: la transformación de Lucy Westenra]. Sin embargo, en la novela de Stephen King se alude a Drácula específicamente, siempre en ocasión de describir el comportamiento de los vampiros. Una de ellas es cuando Matt y Ben sospechan que Mike Ryerson, el encargado del cementerio, se ha convertido en un no-muerto. Mike tenía dos marcas en el cuello que han desaparecido al día siguiente. Matt y Ben discuten el tema:


»—De acuerdo con el folclore, las marcas desaparecen —dijo Matt de repente—. Cuando las víctimas muere, las marcas desaparecen.

»—Lo sé —dijo Ben. Recordó que tanto al Drácula de Stoker como a las películas de Hammer protagonizada por Christopher Lee.


Hay otra mención a Drácula cuando Ben debe matar a Susan:


«De pronto le vino a la mente un fragmento de Drácula, esa divertida ficción que ya no le hacía ninguna gracia. Era el discurso de Van Helsing a Arthur Holmwood cuando este último se enfrentó a esa misma terrible tarea: Debemos atravesar aguas amargas antes de llegar a las dulces


Barlow es diferente de Drácula en un aspeto fundamental: su psicología. El Conde no tiene demasiado interés en los humanos, pero cuida a sus vampiros, sobre todo a sus tres «novias», a quienes provee sustento [ver: La verdad sobre las tres Vampiresas de Drácula]. Barlow, por el contrario, muestra un vivo interés por las personas, le gusta conocer a la gente, hablar con ellas, y observa detalladamente a sus víctimas. Ambos comparten el orgullo y la arrogancia alimentadas a través de siglos de existencia, pero sus actitudes hacia sus víctimas son diferentes. Drácula es más distante, pero posee un mayor grado de control sobre sus impulsos. Cuando Harker se corta al afeitarse, el rostro del Conde se contorsiona en un gesto de avidez, pero no lo ataca. Cuando Barlow percibe la sangre de Straker, después de ser atacado por Mark, no puede resistir el impulso de beber.

El «plan» de Barlow, cualquiera haya sido, se deshilacha por completo en la carta que deja a los cazadores en la Casa Marsten [una improvisación y, por lo tanto, no planeada] cuando estos intentan rescatar a Susan:



***

4 de octubre.
Queridos jóvenes amigos:


¡Qué amable de su parte haber pasado por aquí!

Nunca me disgusta la compañía; ha sido una de mis grandes alegrías en una vida larga y a menudo solitaria. Si hubieran venido por la tarde, los habría recibido en persona con el mayor placer. Sin embargo, como sospechaba que elegirían llegar durante el día, pensé que sería mejor estar fuera.

Les he dejado una pequeña muestra de mi agradecimiento: alguien muy cercano y querido para uno de ustedes se encuentra ahora en el lugar donde yo ocupaba mis días hasta que decidí que otro podría ser más agradable. Ella es muy encantadora, señor Mears, muy sabrosa, si me permite una pequeña broma. Ya no la necesito, así que la he dejado para que usted... ¿cómo se dice su idioma?, se prepare para el evento principal. Para abrir su apetito, si lo desea. Veamos qué tanto disfruta el aperitivo del plato principal que está considerando, ¿de acuerdo?

Maestro Petrie, me ha robado al sirviente más fiel y hábil que he conocido. Me ha hecho participar, de manera indirecta, en su ruina; ha hecho que mis propios apetitos me traicionen. Se ha acercado sigilosamente, sin duda. Voy a disfrutar tratando con usted. Con sus padres primero, creo. Esta noche... o mañana por la noche... o la siguiente. Y luego usted. Pero entrará en mi iglesia como castratum.

Y, padre Callahan, ¿lo han convencido para que se una? Eso pensé. Lo he observado durante algún tiempo desde que llegué a Jerusalem’s Lot… de la misma manera que un buen jugador de ajedrez estudia las partidas de su oponente, ¿no es así? ¡Pero la Iglesia Católica no es el más antiguo de mis oponentes! Yo era viejo cuando ella era joven, cuando sus miembros se escondían en las catacumbas de Roma y se pintaban peces en el pecho para reconocerse. Yo era fuerte cuando este club de comedores de pan y bebedores de vino que veneran al salvador de las ovejas era débil. Mis ritos eran viejos cuando los de su iglesia eran desconocidos. Sin embargo, no subestimo. Soy sabio en los caminos del bien así como en los del mal. No estoy hastiado.

Y yo venceré. ¿Cómo?, dicen. ¿No lleva Callahan el símbolo de la Blancura? ¿No se mueve tanto de día como de noche? ¿No hay hechizos y pociones, tanto cristianas como paganas, que mi buen amigo Matthew Burke piensa utilizar tanto en mí como en mis compatriotas? Sí, sí y sí. Pero yo he vivido más que ustedes. Soy astuto. No soy la serpiente, soy el padre de las serpientes.

Pero, dicen, esto no es suficiente. Y no lo es. Al final, “Padre” Callahan, terminará destruyéndose. Su fe en la Blancura es débil y blanda. Sus palabras de amor son presunción. Sólo cuando habla de la botella está bien informado.

Mis buenos amigos, señor Mears, señor Cody, maestro Petrie y padre Callahan, disfruten de su estancia. El Médoc es excelente, me lo consiguió especialmente el difunto propietario de esta casa, de cuya compañía personal nunca pude disfrutar. Les ruego que sean mis invitados si aún tienen gusto por el vino después de haber terminado el trabajo que tienen entre manos. Nos volveremos a encontrar en persona y les transmitiré mis felicitaciones a cada uno de ustedes de una manera más personal.

Hasta entonces, adieu.


BARLOW.

***



El tono de la carta de Barlow dista mucho de ser solemne; de hecho, es más humoristica que otra cosa. Uno a uno amenaza a los cazadores, revelando sus debilidades personales; excepto a Mark, a quien llama master [del lat. magister, alguien que posee control o autoridad sobre determinado tema], aunque luego sostiene que formará parte de su «iglesia» como castratum, un niño cantor sometido a una castración para conservar su voz aguda.

La carta de Barlow, además, revela algunos detalles de lo que podría ser su «plan». Habla de «mi iglesia», lo cual podría inferir que forma parte de un culto a una entidad superior. De hecho, Stephen King [a través de Matt] menciona de pasada que Barlow tiene, o tuvo, un Amo, pero nunca vuelve a hablar de ello:


«Bueno, creo que he juntado algunas piezas. Straker debe ser el perro guardián, el guardaespaldas humano de esta cosa... una especie de familiar. Debe haber estado en la ciudad mucho antes de que apareciera Barlow. Había ciertos ritos que realizar, en propiciación del Padre Oscuro. Incluso Barlow tiene su Amo, ¿sabes?»


Cuando Matt hace referencia a que Barlow tiene un «Amo», creo que no está hablando de un personaje específico, sino más bien de una abstracción: el Mal absoluto, con mayúsculas, quizás Satanás o, posteriormente, el Rey Carmesí en la mitología de Stephen King. Quizás el «Amo» es el Gusano [del cuento Jerusalem's Lot] No está muy claro, pero si Boon está vinculado con Barlow, entonces su plan podría ser traer a su «Amo» [el Gusano] de vuelta al mundo.

En el capítulo XII, Mark y Susan encuentran en la Casa Marsten un libro escrito en latín. Mark lo abre al azar y ve «un hombre desnudo sosteniendo el cuerpo destripado de un niño ante algo que no se podía ver». Mark se alegra de cerrar el libro. La encuadernación le resulta incómoda y familiar en sus manos. ¿Stephen King está sugiriendo que la encuadernación del libro está hecha de piel humana? En Jerusalem's Lot, Charles y Calvin también encuentran un libro escrito en latín en el púlpito de la iglesia abandonada. Su título es De Vermis Mysteriis [«Los misterios del gusano»]. Cuando Charles toca el libro, la iglesia tiembla y algo gigantesco mueve bajo el suelo [ver: Reconstruyendo el «De Vermis Mysteriis»]

Los Misterios del Gusano [apócrifo] de Ludwig Prinn apareció por primera vez en el cuento de Robert Bloch de 1935: El secreto en la tumba (The Secret in the Tomb); y luego con mayor fuerza en El vampiro estelar (The Shambler from the Stars). H. P. Lovecraft acuñó el título en latín [De Vermis Mysteriis], que el propio Bloch nunca utilizó. Prinn fue un alquimista que «se jactaba de haber alcanzado una edad milagrosa» hasta que fue capturado «en las ruinas de una tumba prerromana» y quemado en la hoguera a finales del siglo XV. Si bien Stephen King cita directamente al De Vermis Mysteriis en Jerusalem's Lot, el libro que encuentra Mark en la Casa Marsten nunca es nombrado [ver: De Vermis Misteriis y la biología extradimensional de los Mitos de Cthulhu].

En términos prácticos, el propio Barlow es el centro de la adoración de los vampiros. Si esto es así, su «plan» podría estar relacionado con establecer su culto en Jerusalem's Lot. No es una posibilidad completamente descabellada. A la luz de las acciones que va tomando en el curso de la novela, Barlow no es selectivo con sus víctimas, de hecho, su único objetivo parece ser transformar a todo pueblo en vampiros, que le servirán de esclavos y/o adoradores. El único que podría conservar cierta autonomía es Straker [después de todo, uno siempre necesita que alguien lo cuide mientras duerme].

Entonces, la «iglesia» de la que habla Barlow podría ser simplemente el resultado de convertir a las personas en vampiros. Seguir y adorar al lider, aún cuando este no haya planificado demasiado las cosas, es quizás un impulso natural en los no-muertos [ver: «No-Muertos» en el folclore y la psicología]




Vampiros. I Taller gótico.


Más literatura gótica:
El artículo: El extraño plan de Kurt Barlow fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

De hominibus post mortem sanguisugis, vulgo sic dictis Vampyren.


De hominibus post mortem sanguisugis, vulgo sic dictis Vampyren.




Dissertationem de hominibus post mortem sanguisugis, vulgo sic dictis Vampyren («Disertación sobre humanos que beben sangre después de la muerte, comúnmente llamados Vampiros») es un libro prohibido de los médicos alemanes Johann Christoph Pohl y Johann Gottlob Hertel, publicado en 1732.

El libro aborda el tema del vampirismo desde una perspectiva científica, crítica, pero admite su posible realidad a pesar de estar oculta bajo el «vicio de la superstición». En esencia, el libro propone que los vampiros, si es que realmente existen, son individuos que padecen morbi post mortem, «enfermedades posteriores a la muerte» [ver: Porque la sangre es la vida: análisis del «Caso Renfield»]

El primer caso que expone es el de Arnold Paul, un hombre en Serbia que untó su cuerpo con la sangre de un cadáver [de quien se sospechaba era un vampiro], y luego ingirió tierra de su tumba. Transcurridos unos días, varias personas de una aldea cercana «se quejaron de haber sido torturados por él», de hecho, se le atribuyó la muerte de cuatro personas. El cuerpo de Arnold Paul fue exhumado por orden judicial y se encontró sangre fresca saliendo de sus ojos, nariz, boca y oídos, «hasta tal punto que su ropa interior y las cubiertas del ataúd estaban manchadas». Las autoridades procedieron a clavarle una estaca en el pecho:


«No sin un suspiro murió apreciablemente, traspasado.»


De hominibus post mortem sanguisugis aclara que el cuerpo de los vampiros, al ser exhumado, se encuentra «libre de los estragos de la putrefacción». Las uñas de las manos y de los pies se caen, y en su lugar crecen otras, más duras y largas. Esto basta para concluir que la persona desenterrada es un vampiro, también sus víctimas, o lo serán en pocos días, de modo que los procedimientos de exhumación y perforación con estacas recién comienzan para las autoridades. Cuando se descubre a un vampiro, se debe proceder a desenterrar a todas sus presuntas víctimas.

Los métodos profilácticos, en el caso de los vampiros, requerían de la participación activa de toda la aldea. El libro vuelve a la historia de Arnold Paul, que no sólo atacaba a seres humanos, sino también a animales de granja, cuya carne luego era aprovechada por sus propietarios. Estas personas, se creía, podían convertirse en vampiros en el curso de algunos días.

Las personas atacadas por un vampiro mueren al segundo o tercer día, «sin enfermedades previas», pero habiendo tenido espantosas pesadillas, «gritando que los muertos los estaban estrangulando», y acusando un agudo dolor en el pecho. Después de la disección de algunos de estos cadáveres, se notó que «los estómagos y corazones se llenaron de sangre que escapaba de los vasos». En los casos más repugantes, los méditos observaron que «el cerebro se convertía en pus» [ver: «No-Muertos» en el folklore y la psicología]

De hominibus post mortem sanguisugis no vacila en brindar testimonios sobre vampiros que regresan a sus hogares para mantener relaciones con sus esposas [ver: Liber Incubis et Succubis]. Al parecer, estas actividades se efectuaban a la manera de los vivos, «con la única diferencia de que el semen emitido era frío». Después, «al expirar el período habitual de 40 semanas», nacía un niño con características físicas anormales, «sin miembros»; fundamentalmente «una masa de carne» indistinta que el autor, no sabemos si en un lapsus de macabro humor, define como «arrugado como una salchicha».

Esto último remite al Malleus Maleficarum, así como a varios tratados demonológicos medievales, donde se emite la opinión unánime de que el fluido seminal de los demonios era frío como el hielo [ver: Los Demonios, el amor, y el placer]. Sin embargo, los demonólogos sostenían que los demonios no podían engendrar vida, algo que aparentemente sí era posible entre los vampiros.

De hominibus post mortem sanguisugis presenta estos reportes asombrosos pero también es reacio a aceptarlos. La mayor sospecha recae sobre los testigos y personas involucradas en la investigación, y afirma que es necesaria la presencia de médicos bien formados para determinar «el estado natural o sobrenatural» de estos presuntos cadáveres ambulantes. Sin la opinión fundada de anatomistas, no se puede «investigar en profundidad cosas o incluso enfermedades posteriores a la muerte que, con ciertas cualidades únicas, parecen a primera vista trascender los límites de la naturaleza».


«En la práctica de la medicina a menudo nos encontramos con fenómenos sorprendentes de enfermedades que, en la antigüedad, se consideraban milagros y trucos del diablo, y que aún hoy los incautos y los menos experimentados se refieren a ellas como milagros.»


De hominibus post mortem sanguisugis plantea algunas «contradicciones y absurdos» en los reportes sobre actividad vampírica. Por ejemplo, muchos testimonios alegan que la ausencia de putrefacción es un signo evidente de que el cuerpo exhumado es un vampiro, cuando otras historias afirman la presencia de vampiros prácticamente consumidos por la putrefacción. Esto, afirma Johann Christoph Pohl, se debe a la impericia de los testigos, cuando no a la matriz de superstición cultural que los rodea:


«Cuando los cuerpos fueron encontrados inmunes a los estragos de la corrupción, guiados por alguna ley de superstición, les infligieron la pena capital, y también a los putrefactos, de manera tal que ningún cuerpo debía eximirse de la pena.»


Los «hechos» expuestos en los reportes de vampirismo, opina el De hominibus post mortem sanguisugis, son «dudosos, oscuros y llenos de superstición». El libro admite la posiblidad de las «enfermedades post-mortem» como fundamento detrás de las leyendas de vampiros, pero desconfía de aquellos que, «movidos por una convicción engañosa, parecen intentar perturbar a los mismos muertos prolongando los mandamientos de la tierra».

Antes de que la novela gótica instalara la idea del vampirismo como enfermedad infecciosa transmitida por una mordida, De hominibus post mortem sanguisugis se pregunta si realmente son los dientes del vampiro los que «llevan la maldición a los vivos»; incluso se pregunta si lo que estas criaturas ansían es beber sangre. Para responder estas preguntas el libro resume los reportes judiciales sobre actividad vampírica de la siguiente manera:


«De lo dicho anteriormente queda bastante claro que un VAMPIRO es una persona fallecida que, después de la muerte, regresa de la tumba, drena la sangre de otras personas y animales que aún viven.»


Esto coincide en gran medida con las leyendas y tradiciones populares, y ese es el problema de credibilidad que encuentra el De hominibus post mortem sanguisugis. Toma como ejemplo las historias griegas sobre el Vrykolaka, que «acecha de manera similar» a los vivos que el vampiro alemán. Esto podría tomarse como otra mirada sobre el mismo fenómeno, sin embargo, Johann Christoph Pohl opina que no se puede elegir qué leyendas aceptar como potencialmente verídicas, y cuáles descartar como absurdas. «Si hemos de creer a Aristóteles, algunas aves extraen en secreto leche de las cabras y de las nodrizas».

Acto seguido reproduce un caso de vampirismo perfectamente contrario al comportamiento civilizado de los vampiros del romanticismo:


«Las tres hijas de un pastor, que dormían en la habitación habitual, se vieron perturbadas por un llanto inusual e inquietud durante algún tiempo, porque sentían que algo las estaba ordeñando. Las sospechas se vieron confirmadas por los pezones, que sobresalían como los de una mujer lactante. Para romper el hechizo, había que untar los pezones con ciertas hierbas. A partir de ahí, sus ombligos fueron aplastados por una succión tan fuerte que no sólo se destacó claramente, sino que también mostró el tamaño de la boca de la ventosa en forma de huella.»


Este caso, sostiene el De hominibus post mortem sanguisugis, seguramente tiene una explicación natural, aunque desconocida, que nada tiene que ver con los Ephialtes, «elementales» griegos que muestran un gran apetito por la leche y la sangre. Esta «ficción» demuestra «la convicción de algunas naciones sobre almas que se deleitan en la sangre». Esto podría estar relacionado con los mitos griegos, donde las almas que no eran admitidas en el Hades «vagaban por las costas del Leteo» alimentándose de vino y leche.

De hominibus post mortem sanguisugis afirma que todas estas historias se apoyan en la creencia antigua de que es la sangre la que le aporta vida al cuerpo. «No hay lugar para la reanudación de la vida» debido a la inexorable «decadencia de los órganos» en la tumba. Además, «si la muerte rompe el vínculo entre el alma y el cuerpo, el alma no continuará en el cadáver».


«¿Quién puede creer que la vida y la muerte puedan albergarse juntas en un mismo cadáver?»


El libro comenta astutamente que «los atributos de los Vampiros surgen del uso de funciones que les han sido negadas» por la muerte. «De hecho, la succión no se puede realizar sin la función de los pulmones y la respiración, ni la deglución sin el movimiento de los diversos músculos de la lengua y la mandíbula». En este contexto, el De hominibus post mortem sanguisugis se pregunta cómo los vampiros consiguen digerir la sangre «sin la fuerza del estómago, de los intestinos y del calor procedente de la circulación». Y ni hablar «del deseo y apetito de comer y beber, que sólo absurdamente se atribuye a los muertos».

Son interrogantes interesantes, sin duda, sobre los que las leyendas populares no proporcionan respuestas. «¿Con qué fin tiene lugar esta succión de sangre?». ¿Por qué una criatura «privada de todo aire» en la tumba necesitaría la sangre de los vivos, si ni siquiera posee funciones biológcas que requieran algún tipo de alimento?


«¿Cómo estos muertos poseen el poder de salir de las tumbas, de caminar y de ejercitar el movimiento voluntario, de secretar el esperma de los testículos?»


Estas «funciones que se alegan aquí» sólo pueden existir en un cuerpo vivo; por lo tanto, o los llamados vampiros no existen, «y sus historias deben considerarse como relatos supersticiosos», o bien están vivos de alguna manera; por lo tanto, no serían criaturas sobrenaturales sino individuos que padecen algún tipo de enfermedad desconocida.

De hominibus post mortem sanguisugis apunta sobre todo a los testigos que afirman haber sido «atormentados por vampiros con diversas dolencias». Padecimientos reales y bien documentados, como la fiebre, pueden producir un «desbordamiento copioso y rápido» de la imaginación.

En cuanto a las exhumaciones, el libro sostiene que «la sangre puede fluir después de la muerte por causas naturales», particularmente «por los ojos, las fosas nasales, la boca y los oídos, en tal abundancia que la mortaja y el ataúd pueden estar manchados». Esto podría confundir a los profanadores, haciéndoles creer que el cuerpo es en realidad un vampiro, y que la sangre no es suya. Sobre la ausencia de signos de putrefacción, el libro presenta algunas ideas bastante originales:


«Los cadáveres de VAMPIROS no contaminados por la descomposición, podrían tal vez denotar la condición especial y milagrosa de estos muertos, si no fuera porque otras circunstancias, también naturales, causan el mismo efecto (...) En los hombres de hábito corporal más seco y tenso, o en las personas privadas de sangre por hemorragias anteriores, o por heridas más graves, se observa que sus cuerpos no contienen más que huesos, cartílagos, ligamentos, piel, y nada más.»


De hominibus post mortem sanguisugis también propone una explicación natural para los movimientos observados en el cuerpo de los supuestos vampiros cuando se les perfora el tórax con una estaca:


«Sobre el sonido y el suspiro que los presentes percibieron de ARNOLD PAOLE, cuando la estaca le atravesó el pecho y el corazón de la manera habitual, espero encontrar menos dificultades en la explicación de este fenómeno. Por supuesto, la constitución de los pulmones después de la exhalación es tal que, aunque se colapsaban notablemente, retenían sin embargo una gran cantidad de aire en sus células y vesículas que, al ser comprimidas violentamente contra el pecho, no podían dejar de estallar con fuerza.»


El libro concluye concluye que la verdadera causa del vampirismo podría ser algún tipo de enfermedad epidémica., y recomienda a los jueces no aprobar «la ejecución supersticiosa de los muertos», es decir, la exhumación y profanación, bajo pretextos irracionales.

El texto original puede encontrarse aquí.




Libros prohibidos. I Libros de vampiros.


Más literatura gótica:
El artículo: De hominibus post mortem sanguisugis, vulgo sic dictis Vampyren fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Nosferatu no existe [ni siquiera en el Paso de Borgo]


Nosferatu no existe [ni siquiera en el Paso de Borgo]




5 de mayo.  Jonathan Harker parte hacia el Paso de Borgo con un diccionario políglota en su bolso. Es un artículo oportuno. Tiene que buscar palabras como ördög [«Satanás»], pokol [«infierno»], stregoica [«bruja»], vrolok y vlkoslak («licántropo» en eslovaco y servio). El diccionario de Harker es apócrifo, por lo tanto, las traducciones que encuentra son a veces aproximadas y otras incorrectas. Ördög, por ejemplo, no significa «Satanás», sino «diablo», y además tiene poca o ninguna connotación religiosa [ver: Porque los muertos viajan deprisa]. Pero el peor desacierto lingüístico de la novela de Bram Stoker, y paradójicamente uno de sus grandes aportes al folklore de los vampiros, es la palabra nosferatu.

Nosferatu aparece dos veces en Drácula (Dracula), pero tiene una importancia decisiva: es la declaración definitiva sobre los poderes del Conde. La primera se produce en el capítulo XVIII, durante una larga exposición del profesor Van Helsing:


«El nosferatu no muere como la abeja después de picar. Sólo se vuelve más fuerte, y siendo más fuerte tiene aún más poder para obrar el mal. Este vampiro que está entre nosotros es tan fuerte en persona como veinte hombres; es más astuto que los mortales, porque su astucia crece con las edades (...) puede, dentro de su alcance, dirigir los elementos: la tormenta, la niebla y el trueno; puede comandar las cosas más malignas: la rata, el búho y el murciélago, la polilla, el zorro y el lobo; puede crecer y hacerse pequeño; a veces puede desaparecer y volverse invisible.»


La segunda mención de la palabra nosferatu también es en boca de Van Helsing, esta vez consolando a Arthur Holmwood después de que este despacha a su prometida, Lucy Westenra [ver: Bloofer Lady: la transformación de Lucy Westenra]:


«Amigo Arthur, si hubieras encontrado ese beso antes de que la pobre Lucy muriera; o de nuevo, anoche cuando le abriste los brazos, con el tiempo, cuando hubieras muerto, te habrías convertido en nosferatu, como lo llaman en Europa del Este, y siempre harías más de esos No-Muertos que tanto nos han llenado de horror.»


Para Van Helsing, nosferatu es una palabra rumana, sinónimo de no-muerto. No parece tener dudas al respecto. Tampoco Bram Stoker, que identificó su fuente en la autora británica Emily Gerard; más precisamente en su artículo Supersticiones transilvanas (Transylvanian Superstitions, 1885) y en su diario de viaje La tierra más allá del bosque (The Land Beyond the Forest), un título elegante para referirse a Transilvania, que significa «más allá del bosque». Gerard escribe:


«... hay dos tipos de vampiros: vivos y muertos. El vampiro vivo es en general el descendiente ilegítimo de una pareja ilegítima, pero incluso un pedigrí impecable no asegurará a nadie contra la intrusión de un vampiro en su bóveda familiar, ya que toda persona asesinada por un nosferatu se convierte igualmente en vampiro después de la muerte, y continuará chupando la sangre de otras personas inocentes hasta que el espíritu haya sido exorcizado, ya sea abriendo la tumba de la persona sospechosa y clavando una estaca en el cadáver, o disparando un tiro de pistola en el ataúd.» Supersticiones transilvanas.


Los primeros en advertir una incongruencia en la palabra nosferatu fueron Nina Auerbach y David J. Skal en una nota al pie de la edición crítica de Drácula:


«La palabra nosferatu no aparece en ningún diccionario rumano o húngaro, ni en ningún texto estándar sobre el folclore de Europa del Este disponible para Gerard. Es posible ella confundiera el adjetivo rumano nesuferit en relación con los vampiros y sin darse cuenta acuñó el término ahora familiar.»


Otros autores conectan la palabra nosferatu con el eslavo nesufur-atu, que supuestamente deriva del griego nosophoros [«portador de enfermedad»], del cual hablaremos más adelante. Pero volvamos a Emily Gerard:


«Más decididamente malvado, sin embargo, es el vampiro, o nosferatu, en el que cada campesino rumano cree tan firmemente como cree en el cielo o el infierno (...) En casos muy obstinados, se recomienda cortarle la cabeza y colocarla en el ataúd con la boca llena de ajo, o extraer el corazón y quemarlo, esparciendo las cenizas sobre la tumba.»


Gerard es contundente. La palabra nosferatu es sinónimo de «vampiro», y añade que «cada campesino rumano cree» en esta leyenda. Esto puede llevarnos a pensar que Gerard escuchó el término nosferatu repetidamente en sus viajes por Transilvania. Sin embargo, la palabra nosferatu ya había aparecido anteriormente en un artículo de 1865, escrito en alemán por Wilhelm Schmidt, y publicado en la revista Österreichische Revue. Este artículo [titulado El año y sus días en la opinión y costumbre de los rumanos de Transilvania (Das Jahr und seine Tage in Meinung und Brauch der Rumänen Siebenbürgens)] examina superficialmente las costumbres de Transilvania. No podemos saberlo con certeza, pero es probable que Emily Gerard, como crítica de literatura alemana que vivía en Austria, haya leído el artículo de Schmidt, que si bien no identifica la nacionalidad de la palabra nosferatu, esta aparece en cursivas, lo cual significa que debe pertenecer a un idioma distinto del alemán. Schmidt, al igual que Gerard después, no vacila al identificar a nosferatu como sinónimo de «vampiro».

Schmidt escribe:


«En este punto llego al vampiro-nosferatu. Consiste en la descendencia ilegítima de dos personas engendradas ilegítimamente o en el desafortunado espíritu de alguien asesinado por un vampiro, que puede aparecer en forma de perro, gato, sapo, rana , piojo, pulga, insecto, y juega malas pasadas a las parejas recién comprometidas como íncubo o súcubo. Lo que se creía sobre esto y se usaba como defensa hace más de 100 años sigue siendo cierto hoy en día, y difícilmente puede haber un pueblo que no esté en condiciones de presentar una experiencia personal o al menos un rumor con firme convicción de la veracidad.»


Emily Gerard evidentemente se basó más en el artículo de Wilhelm Schmidt que en cualquier experiencia personal que haya tenido en Transilvania. No hay inconsistencias en las dos descripciones: para ambos autores, nosferatu es sinónimo de vampiro y sus leyendas están ampliamente extendidas en la cultura popular. Sin embargo, nosferatu no es una palabra rumana conocida en ninguna fase histórica.

En Un diccionario de vampiros (A Dictionary of Vampires), el antologista Peter Haining [muy apreciado por El Espejo Gótico] identifica una fuente anterior al nosferatu de Gerard y Schmidt, el libro de lingüista transilvano Heinrich von Wlislocki: Roumanian Superstitions [«Supersticiones rumanas», 1861]. Haining es un poco laxo con las fechas y los títulos, en primer lugar, porque Wlislocki solo escribió en alemán [Haining proporciona un título en inglés], y además nació en 1856, lo cual hace poco probable que haya podido escribir Supersticiones rumanas con solo cinco años de edad.

Así como Emily Gerard realizó sus tajantes afirmaciones no por lo que había oído en Transilvania, sino por lo que había leído en el artículo de Schmidt, Peter Haining nunca leyó el libro de Heinrich von Wlislocki sencillamente porque no existe, sino que derivó su cita de un extracto del libro del psicoanalista Ernest Jones: Sobre la pesadilla (On the Nightmare), que a su vez cita un artículo de Heinrich von Wlislocki de 1896: Atormentadores en la creencia popular rumana (Quälgeister im Volksglauben der Rumänen):


«El Nosferat no solo chupa la sangre de las personas dormidas, sino que también hace travesuras como Incubus o Succubus. El Nosferat es el hijo ilegítimo nacido muerto de dos personas que son igualmente ilegítimas. Apenas se entierra deja su tumba. Visita a las personas de noche en forma de gato negro, perro negro, escarabajo, mariposa. Cuando su sexo es masculino, visita a las mujeres; cuando es mujer, hombres. Con los jóvenes se entrega a orgías sexuales hasta que enferman y mueren de agotamiento. En este caso también aparece bajo la forma de un hermoso joven o una linda muchacha, mientras la víctima yace medio despierta y se somete sin resistencia. A menudo sucede que las mujeres quedan preñadas de la criatura y dan a luz hijos que pueden ser reconocidos por su fealdad y por tener pelos en todo el cuerpo. Luego se convierten en brujas, generalmente Moroiu. El Nosferat se aparece a los novios y novias y los vuelve impotentes y estériles.»


La descripción de Wlislocki de der Nosferat es más extensa que las de Schmidt y Gerard, y además enfatiza la naturaleza dual de esta criatura como chupasangre e íncubo o súcubo, dependiendo de su sexo [ver: Íncubos y Súcubos]. De hecho, der Nosferat de Wlislocki parece estar más interesado en las prácticas sexuales que en beber sangre, y mucho menos en esparcir enfermedades [ver: Strigoi: los vampiros que inspiraron la leyenda de Drácula]

Esto nos lleva a otra etimología propuesta para nosferatu: el griego νοσοφόρος [nosophoros: noso y phoros, «enfermedad» y «portador» respectivamente] que significa «portador de enfermedad», la cual presenta algunas dificultades.

Wilhelm Schmidt, Emily Gerard y Heinrich von Wlislocki, quienes recogieron el término en Transilvania, aseguran que la palabra nosferatu es rumana, no griega. Wlislocki, de hecho, era lingüista, y ni siquiera menciona de pasada un probable origen griego de su nosferat. Pero las dos objeciones más serias a la etimología nosophoros son, en primer lugar, que el rumano es una lengua romance, y si bien incorpora algunas palabras del griego, la cifra es despreciable y no tiene impacto real en el vocabulario. En segundo lugar, aunque nosophoros es un término compuesto válido en el griego, es decir, es estructuralmente correcto, no hay evidencia de que la palabra haya existido en alguna fase del idioma griego. Lo más cercano es nosēphoros, y solo se encuentra en un tratado de medicina del siglo II.

Algunos defensores de la etimología nosophoros presentan la forma intermedia eslava nesufur-atu o nosufur-atu, que de algún modo habría migrado al uso común rumano, pero al igual que la etimología griega, el término no está registrado en ninguna fuente escrita, lo cual socava la probabilidad del argumento.

Otra etimología sugiere que nosferatu significa «no respira», y que de algún modo el segundo morfema de la palabra está relacionado con el verbo latino spirare [«respirar»], aunque esta supuesta relación transgreda todo lo que sabemos sobre lexicografía.

Todas estas etimologías [incluida la de nosophoros, que muchos aceptan sin cuestionamientos] carecen de fundamentos sólidos. Uno puede aceptar que el rumano haya incorporado un término griego, pero más difícil de tragar es que haya incorporado un término griego desconocido en la lengua griega.

Existe la posibilidad de que Wilhelm Schmidt, Emily Gerard y Heinrich von Wlislocki hayan escrito nosferatu [o nosferat, en el caso de Wlislocki] pero no hayan oído exactamente ese término. En otras palabras, estos tres exploradores de Transilvania anotaron lo que sus oídos captaron de una palabra rumana distinta. Emily Gerard era escocesa, y estaba más familiarizada con el folklore transilvano que con la lengua. Schmidt y Wlislocki eran folkloristas y lingüistas, por lo tanto, no es improbable que hayan intentado darle una ortografía lógica a un término de un dialecto rumano que no conocían.

La clave del origen de nosferatu, entonces, tal vez esté en lo poco estandarizado que estaba el rumano en el siglo XIX, lleno de dialectos y variantes locales. Esto, naturalmente, presentaba una gran dificultad, y muchos diccionarios de la época empezaron a establecer una ortografía latinizada de términos regionales. Por ejemplo, la definición de íncubo es unu spiritu necuratu [«un espíritu inmundo»]. De hecho, uno de los candidatos para el origen de nosferatu es el rumano necurat [«inmundo», de ne, «no»; y curatu, «limpio»; se usa como eufemismo cuando se refiere al Diablo u otros seres malignos], no en términos de suciedad terrenal sino de impureza espiritual. Otros candidatos son nesuferit [«insufrible», de ne, «no»; y suferitu, «sufrido»] y nefârtat [«sin hermanos», en el sentido de que no hay otros como él porque no es humano]. Si uno quisiera darle una forma nominativa masculina a nefârtat, en rumano, sería nefârtatu. De hecho, las palabras nefârtatu, nesuferitu y necuratu eran usadas comúnmente en el siglo XIX, y bien podrían haber sido escritas como nosferatu por Wilhelm Schmidt, Emily Gerard y Heinrich von Wlislocki.

No hay ningún diccionario o enciclopedia rumana del siglo XIX donde aparezca la palabra nosferatu. Esto implica que, si realmente es una palabra rumana, forma parte de una expresión dialectal arcaica, o poco conocida, o quizás ambas cosas. Nosferatu también brilla por su ausencia en todos los libros sobre folclore rumano además de los de Schmidt, Gerard y Wlislocki. Teniendo en cuenta la extraordinaria cantidad de términos rumanos para «vampiro» y criaturas asociadas, esta prolija ausencia es extraña.

El origen de la palabra nosferatu es oscuro. Nunca sabremos exactamente dónde se originó, pero lo más probable es que Emily Gerard haya escuchado mal una palabra rumana, o le haya dado una ortografía errónea. Lo mismo habría sucedido en los casos de Schmidt y Wlislocki, lo cual no sería una rareza porque todos estos autores intentaron darle forma escrita a palabras rumanas arcaicas, lo cual implica la posibilidad de haber introducido pequeños cambios fonéticos. Debido a que la â rumana es muy difícil de pronunciar para los anglo y germanoparlantes, sumado a que la gente de Ardeal [Transilvania] tendría un habla cerrada y arcaica a fines del siglo XIX, es lícito suponer que nefârtatu pudo haber sido oído y escrito como nosferatu. [ver: ¿Quién convirtió a Drácula en vampiro?]

En cualquier caso, Bram Stoker recogió la palabra nosfratu de Emily Gerard y la utilizó en Drácula, donde se sugiere que significa «no-muerto». Pero la palabra solo aparece dos veces en Drácula, y no se popularizó hasta que Murnau estrenó su película en 1922. Desde entonces, nosferatu, una palabra que no existe, quedó grabada para siempre en la cultura popular [ver: El «Drácula» de Stoker NO está inspirado en Vlad Tepes]




Vampiros. I Mitología.


Más literatura gótica:
El artículo: Nosferatu no existe [ni siquiera en el Paso de Borgo] fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Ghouls: la historia secreta de los Necrófagos en la ficción.


Ghouls: la historia secreta de los Necrófagos en la ficción.




[Muchos y multiformes son los oscuros horrores que infestan la Tierra. Duermen bajo la piedra, se levantan con el árbol desde su raíz; se mueven en lugares subterráneos; emergen del sepulcro cerrado. Hay algunos que son conocidos por el hombre desde hace mucho tiempo, y otros aún desconocidos que soportan los terribles últimos días de su revelación. Pero entre los que se han revelado y han manifestado su presencia variable, hay uno que no puede ser nombrado abiertamente por su excesiva impureza.]


Esta cita del Necronomicón de Abdul Alhazred [mencionada en el relato de Clark Ashton Smith: La estirpe sin nombre (The Nameless Offspring)], hace referencia a los Ghouls, una de las criaturas más sombrías que acechan en la imaginación humana. La palabra en sí ha llegado a referirse a cualquier persona mórbida, y si bien podríamos pensar que, cuando una palabra tiene demasiados significados, el realidad no tiene ninguno, los Ghouls prueban que esta dilución del significado sirve para disminuir el verdadero horror que subyace debajo de estas horrorosas criaturas [ver: Ghouls: vampiros de los cementerios]

La palabra Ghoul deriva del verbo árabe ghala, que significa «apoderarse», y tradicionalmente se refiere a un demonio u otra entidad sobrenatural que acecha en los cementerios y se alimenta de restos humanos. En árabe, la palabra se usaba para referirse a cualquier cosa que privara a las personas del uso de sus sentidos; de ahí que se convirtiera en el apelativo de estos Necrófagos que, se suponía, rondaban por los cementerios y otros lugares solitarios. Tan importantes terminaron siendo estos seres que la estrella Algol [Al-ghoul, «el Demonio»] lleva su nombre [ver: Algol: la estrella de los vampiros]

Posteriormente se interpretó a los Ghouls como una forma degradada de los genios [Djinns], una raza pre-adamita engendrada por Iblis, [el Satanás musulmán], asociados con los vientos y el desierto. Sir Richard Francis Burton describe al Ghoul como el equivalente de la Lilith hebrea, la Lamia griega y la Baba Yaga rusa, todas ellas caracterizadas por un pernicioso apetito por la carne humana [ver: Razas de vampiros]

Montague Summers nos brinda la siguiente descripción del Ghoul en el libro: El Vampiro (The Vampire):


[El ghoul aparece como un demonio femenino que se alimenta de cadáveres e infesta los cementerios por la noche, cavando en las tumbas para encontrar sus horribles comidas. A veces parecería una mujer, mitad humana, mitad demonio, porque en la historia a menudo se la representa como casada con un marido que descubre su repugnante necrofagia. Puede tener hijos, y se la representa como atrayendo a los viajeros hacia ruinas solitarias y remotas para caer sobre ellos de repente y devorarlos, chupando con avidez la sangre caliente de sus venas.]


La palabra Ghoul probablemente ingresó al idioma inglés a principios del siglo XVIII, cuando aparecieron las primeras traducciones de Las mil y una noches. De hecho, varias de las historias que se cuentan en Las mil y una noches son relatos de los horribles hábitos del Ghoul. Uno de ellos cuenta cómo un joven príncipe se encontró en el desierto con una hermosa doncella que se había separado de su caravana. Piadoso, el príncipe la lleva con él en su caballo. Cuando pasan por una antiguas ruinas, ella le pide que se le permita hacer una parada. La mujer se demora tanto entre las ruinas que el príncipe va a investigar, solo para descubrir que ella es un Ghoul que le estaba informando a sus muchos hijos que su cena estaba a punto de llegar.

Otro relato de las Mil y una noches habla de un joven, Sidi Nouman, cuya novia, llamada Amina, resulta ser un Ghoul:


[Uno de esos demonios que, como su Alteza sabe, vaga por el país haciendo sus guaridas en edificios abandonados y saltando sobre viajeros desprevenidos. Si ningún ser vivo sigue su camino, entonces se dirigen a los cementerios y se alimentan de cadáveres.]


Al darse cuenta de que su esposa, Amina, no come en la cena más que unos granos de arroz, Sidi Nouman finge dormir una noche y la sigue hasta un cementerio desierto. Allí se sorprende al encontrarla sentada con una manada de Ghouls en una bóveda, y observa con horror cómo su encantadora esposa participa del macabro festín que se desarrolla dentro.

En cualquier caso, la palabra Ghoul definitivamente era parte del idioma inglés en 1786 cuando William Beckford se refiere a los gouls en la novela gótica Vathek, más precisamente en la escena donde el Califa despierta a su sirviente, Bababalouk, de los sueños de la dama Nouronihar:


[Ah, ¡Señor! —exclamó, retrocediendo diez pasos y tapándose los ojos con las dos manos—. ¿Realizas entonces el oficio del goul, desenterrando a los muertos?]


Aunque la palabra Ghoul se había convertido en un lugar común durante el siglo XIX, las representaciones literarias de la criatura clásica de Las mil y una noches, incluso entrado el siglo XX, eran muy escasas, probablemente porque los hábitos de estos Necrófagos movían más al asco que al horror. Una excepción, decíamos, es Clark Ashton Smith [fuertemente influenciado tanto por Las mil y una noches como por Vathek]; de hecho, su cuento: El Ghoul (The Ghoul, 1934), está ambientado durante el reinado del califa Vathek; y narra la historia de un joven que realiza un pacto con un Ghoul para asegurarse de que el cadáver de su difunta esposa, llamada Amina [que aquí no es un Ghoul, sino su posible cena], no sea profanado.


[Escuché una voz terrible que me ordenó levantarme del suelo; y, alzando la cabeza, vi un demonio espantoso con ojos de fuego escarlata debajo de unas cejas ásperas, enmarañadas, colmillos que sobresalían de una boca cavernosa, y dientes negros como la tierra. Y el demonio me dijo:

—Soy un ghoul, y mi oficio es devorar los cuerpos de los muertos. Ahora he venido a reclamar ese cadáver que fue enterrado bajo el suelo sobre el que estás acostado de una manera tan descortés. Márchate, porque he ayunado desde anoche y estoy muy hambriento.
]


El joven hace un trato con el Ghoul para proporcionarle ocho cadáveres frescos en ocho noches sucesivas. Relata su historia al juez, ante el cual es procesado luego de ser capturado con la séptima víctima. El juez, inexplicablemente, lo libera porque lo considera un sujeto honorable que hará justicia a su manera.

El concepto clásico del Ghoul se reanimó durante la era del relato pulp. L. Ronald Hubbard [fundador de la Cienciología], presenta una interesante versión de estas criaturas en el relato de 1939: El Ghoul (The Ghoul):


[Se alimentan exclusivamente de carne humana, pero a veces pueden pasar semanas y meses sin comer. La única característica constante del ghoul es su ojo, que no es diferente al de un leopardo, con una pupila oblonga que se abre y se cierra horizontalmente. Sus ojos tienen la característica peculiar de dominar a sus víctimas, al igual que algunas variedades de serpientes. Aunque por lo general se encuentran en ruinas, y a lo largo de caminos poco transitados donde atrapan a sus víctimas, los ghouls no son autóctonos de ningún lugar o clima.]


Si bien hay ejemplos anteriores, el verdadero crédito de introducir al Ghoul en el imaginario colectivo del relato de terror es Edward Lucas White. En 1897 escribió un poema titulado El Ghoul (The Ghoul), el cual nos permite ver las cosas desde la perspectiva del Necrófago, algo muy ingenioso para la época [¡Cuánto nos gustaría que Bram Stoker nos hubiese permitido husmear en el diario personal de Drácula!]. Edward Lucas White probablemente se inspiró más en los Morlocks de H.G. Wells que en las leyendas de Las mil y una noches, pero de todos modos estableció algunas pautas funamentales para estos seres [ver: ¡Morlocks, allá vamos!]

Edward Lucas White hizo otro aporte notable a la cultura de los Ghouls: Amina (Amina, 1906), que toma el nombre de aquella novia de Sidi Nouman de Las mil y una noches. Aquí se relata la historia de Waldo, un sujeto de Maine que se extravía en un desierto mesopotámico. Al alejarse de su campamento se encuentra con una mujer de una belleza exótica. Lleva el rostro descubierto, sin adornos, pero exhibiendo una musculatura excepcional, con largas uñas en sus pies. Amina, aparentemente, sabe hablar inglés [«aunque apenas mueve los labios»]. Afirma pertenecer al «pueblo libre», que no es ni musulmán ni cristiano. Ella le ofrece refugio, que resulta ser una tumba habitada por numerosos niños deformes. Finalmente, el cónsul estadounidense en Persia intercede y dispara a Amina dos veces. Cuando Waldo lo acusa de asesinar a una mujer, el cónsul le señala el cuerpo:


[Abrió los labios carnosos, dejando al descubierto dientes que no eran humanos, sino pequeños incisivos muy espaciados y caninos largos, agudos y superpuestos, como los de un galgo: una dentación feroz, mortal, carnívora. Lo que vio no fue el frente de una mujer, sino más bien el anverso de un viejo fox-terrier con cachorros, o de una cerda blanca con su camada; desde la clavícula hasta la ingle, diez ubres colgantes, dos filas mutiladas, fibrosas y flácidas.]


Edward Lucas White introduce varias innovaciones en su relato: enfatiza la naturaleza salvaje de los Ghouls, pero sin mencionar sus hábitos necrófagos, y los reduce a una rareza zoológica. En definitiva, los define como una amenaza temporal, no espiritual, que se enfatiza por la atracción sexual que Waldo siente hacia Amina. En cierto modo, ella es una mujer fatal estereotipada, y quizás por eso el cónsul y sus jenízaros están determinados a exterminar a toda su prole.

Al final de Amina, Waldo confiesa que todo el asunto de los Ghouls le parecía una leyenda, a lo que el cónsul responde: «puedo muy bien creer que no hay ninguno en Rhode Island. Pero esto es Persia, y Persia está en Asia». Henry S. Whitehead homenajea este pasaje en el relato: El Episodio Chadbourne (The Chadbourne Episode, 1933). La historia nos situa en Connecticut, no en Rhode Island, pero la amenaza consiste en una manada de Ghouls persas que, como el Conde Drácula, abandonaron sus desiertos nativos por terrenos de caza más fértiles entre las tumbas del Nuevo Mundo.

Henry S. Whitehead abre su historia con el relato de una niña que encuentra una cerda lactante que tiene «cabeza de dama». Whitehead explota el miedo a los inmigrantes al hecer que sus Ghouls depreden a los vivos [estadounidenses], particularmente a los niños pequeños, aunque minimiza su legendario apetito por los muertos.

Sería un amigo de Henry S. Whitehead, nada menos que H.P. Lovecraft, quien le devolvería a los Ghouls sus viejos hábitos como Necrófagos. Su cuento de 1926: El modelo de Pickman (Pickman's Model), elimina a los Ghouls de sus orígenes árabes, y los convierte en criaturas universales, como los vampiros y los hombres lobo. Estas dos criaturas estaban demasiado arraigadas en la cultura popular como para alimentar la imaginación de Lovecraft, pero los mismos atributos que convertían al Ghoul en un tabú los hicieron irresistibles para el flaco de Providence [ver: Grobnik: el vampiro de los cementerios]

Lovecraft nos sitúa en Nueva Inglaterra, y se inspira en una leyenda local que habla de la existencia de una serie de túneles que datan de la época colonial, y que habrían conectado los sótanos de varias casas [ver: El Horror siempre viene desde el Sótano]. Ahora bien, el flaco de Providence nunca lleva a los Ghouls a un primer plano, sino que los describe a través de las pinturas de Richard Upton Pickman. El narrador los describe como «no humanos, pero a menudo se acercan a la humanidad en diversos grados». Estos seres son bípedos, aunque con ciertas características caninas. Las pinturas los muestran cazando humanos, «saltando de noche por las ventanas abiertas» o «trepando desde alguna catacumba desconocida a través de una grieta en el piso del metro y atacando a una multitud de personas en la plataforma»:


[Un lienzo repugnante parecía representar una gran sección transversal de Beacon Hill, con ejércitos parecidos a hormigas de los monstruos mefíticos en sus madrigueras. Las danzas en los cementerios se representaban libremente, pro otra concepción me sorprendió más que todas las demás: una escena en una bóveda desconocida, donde decenas de bestias se apiñaban alrededor de una que sostenía una conocida guía turística de Boston y, evidentemente, estaba leyendo en voz alta. Todos apuntaban a un determinado pasaje, y cada rostro parecía tan distorsionado por una risa epiléptica y reverberante que casi pensé escuchar los ecos diabólicos. El título de la imagen era Holmes, Lowell y Longfellow yacen enterrados en Mount Auburn.]


Si antes los Ghouls eran una raza desmejorada de djinns, fundamentalmente diferente de la humana, Lovecraft enfatizó un posible parentesco entre nosotros y estas criaturas, basándose en nuestro miedo a la reversión atávica, es decir, a convertirnos en seres capaces de comer carne humana. Las pinturas de Pickman muestran esta clara relación entre humanos y Ghouls; incluso hay una de ellas que muestra a «una manada de necrófagos que enseñaban a un bebé humano a alimentarse de cadáveres» [ver: De la luz a la oscuridad: psicología de «El modelo de Pickman»]

Excepto por el título de una de las pinturas, El modelo de Pickman (Pickman's Model) no menciona específicamente a los Ghouls, pero sí lo hace Lovecraft en una historia escrita el mismo año: La búsqueda onírica de la desconocida Kadath (The Dream-Quest of Unknown Kadath). Aquí, Randolph Carter se encuentra con los Ghouls en su búsqueda por las Tierras de los Sueños, pero curiosamente les muestra poco miedo [«por extraño que parezca, tenía un vínculo muy singular con estas terribles criaturas»]. Ese vínculo era su amistad con Pickman, quien no solo le había presentado un Ghoul a Randolph Carter, sino que le había enseñado su idioma antes de su desaparición, por lo que «conocía bien sus rostros caninos». El propio Pickman reaparece en el relato, «habiéndose convertido en un Ghoul de cierta prominencia en los abismos cercanos al mundo de la vigilia» [ver: La crisis de la mediana edad de Randolph Carter]

En Las ratas en las paredes (The Rats in the Walls), Lovecraft relata la historia de una familia noble vinculada a un culto que se alimenta de seres humanos en una gruta subterránea [ver: El nido de Nyarlathotep: análisis de «Las ratas en las paredes»]. La descripción de los Ghouls como seres caninos parece relacionarlos más con el dios egipcio de los muertos, Anubis [que tenía cabeza de chacal], que con las leyendas árabes. Sin embargo, su verdadera fuente son los mitos celtas con sus Hadas y Changelings, probablemente a través de las historias de Arthur Machen: La novela del Sello Negro (Novel of the Black Seal) y La pirámide brillante (The Shining Pyramid).

Los cuentos de Machen sugieren la supervivencia de una raza aborigen, precelta, que acechaba en las colinas solitarias de la actual Gales, reducida al salvajismo, a veces intercambiando su propia descendencia atrofiada por bebés humanos [la «Gente Pequeña»] que habría inspirado las leyendas de hadas y otros seres elementales [ver: Cuando las hadas abandonaron nuestro plano de existencia]

Sin embargo, dado que Arthur Machen describe a la Gente Pequeña como capaz de asesinar, violar, secuestrar y sacrificar humanos, su novela El gran Dios Pan (The Great God Pan) generó una tremenda controversia; y desde entonces el autor se mostró reacio profundizar en temas tabú más de lo absolutamente necesario.

Basado en la lectura de El culto de la brujería en Europa Occidental (The Witch-Cult in Western Europe), de Margaret Murray, Lovecraft también asocia a los Ghouls con las brujas, de nuevo, relacionando a las brujas con la antigua religión a las hadas. Su descripción de la actividad de los Ghouls en la Nueva Inglaterra puritana es consistente con sus teorías sobre el «erotismo transmutado» inherente a ese estilo de vida. En una carta a Robert E. Howard, Lovecraft comenta lo siguiente:


[Más aún, la introducción a las colonias de una clase baja de sirvientes que no fueron capaces de adaptarse a los rigores de una teocracia estricta, generó el caldo de cultivo ideal para el regreso de las viejas formas de adoración. El culto a la brujería ofreció un escape para estos elementos descontentos de la sociedad de Massachusetts. Entre las prácticas de las que se acusaba a las brujas se encontraban la exhumación de bebés muertos para su uso en hechizos y pociones, la nigromancia y la ingestión de carne humana, que, por supuesto, son los principales rasgos de los Ghouls.]


Robert E. Howard también se interesó en los Ghouls [via la «Gente Pequeña» de Arthur Machen y El modelo de Pickman de Lovecraft], y hasta agregó algunos rasgos macabros al concepto. Los moradores debajo de las tumbas (The Dwellers Under the Tombs) [rechazado por Weird Tales en 1932 debido a su carácter grotesco] relata la historia dos hermanos, uno de los cuales está aterrorizado de que el otro, recientemente fallecido, regrese de la tumba. Al final resulta que este hermano había fingido su murte, pero la tumba donde estaba escondido se había construído sobre una serie de túneles utilizados en tiempos de corsarios y familias de contrabandistas, quienes sobrevivieron bajo tierra, degradándose progresivamente, involucionando generación tras generación, hasta convertirse en algo parecido muy a los Ghouls [ver: Lo Subterráneo en la ficción]

Los Ghouls también son elementos importantes en otra historia de Robert E. Howard: La hora del dragón (The Hour of the Dragon), merodeando en la frontera entre Zingarán y Argossean, dentro del universo de Conan el cimerio:


[Ghouls, los llamaban los hombres, devoradores de carne humana, engendros de la oscuridad, hijos de apareamientos impíos de una raza perdida y olvidada con los demonios del inframundo.]


Clark Ashton Smith se acerca más a Arthur Machen que a Lovecraft [a pesar de citar al Necronomicón] en el relato de 1932: La estirpe sin nombre (The Nameless Offspring). El narrador, un canadiense perdido en los páramos británicos, se ve obligado a refugiarse en una remota finca, hogar ancestral de Sir John Tremoth, quien fue compañero de escuela de su padre. Este encuentro inesperado con un viejo amigo de la familia resulta no ser motivo de regocijo debido a un incidente horrible. Muchos años antes, la novia de Sir John Tremoth, Lady Agatha, que sufría ataques catalépticos, fue enterrada en unas tumbas que «tenían una antigüedad y una extensión casi fabulosas». Al visitar la tumba, Sir John Tremoth se sorprende, no tanto por encontrar a su esposa viva, sino por la extraña criatura inclinada sobre ella, «con el rostro pálido, espantoso e inhumano». No obstante su aspecto amenazador, el Ghoul huye al ser sorprendido.

Como era de esperar, Lady Agatha nunca se recupera de esta conmoción y muere [nueve meses después], después de dar a luz a «uno de esos monstruos espantosos que a veces aparecen en las familias humanas» [ver: Las «familias extrañas» de Lovecraft]. El niño, de tamaño prodigioso, está confinado en una habitación cerrada. Cuando Sir John Tremoth muere, sus deseos de una cremación rápida se retrasan por la lluvia, y la criatura logra llegar hasta el cadáver:


[Afortunadamente, tal vez, nunca he sido capaz de recordar con claridad la cosa infernal que surgió de la pared. El impacto visual, por su propio exceso de horror, casi ha borrado los detalles de la memoria. Tengo, sin embargo, la impresión borrosa de un cuerpo enorme, blanquecino, sin pelo y semicuadrúpedo, de dientes caninos en un rostro medio humano y largas uñas de hiena al final de las extremidades anteriores, que eran tanto brazos como piernas. Un hedor a putrefacción precedió a la aparición, como el hálito de algún animal carroñero; y luego, con un solo salto de pesadilla, la cosa estaba sobre nosotros.]


Más tarde, el narrador y un criado siguen el rastro del Ghoul hasta las bóvedas familiares, pero lo pierden entre los túneles.

Clark Ashton Smith vuelve sobre el tema de los Ghouls en El dios carnal (The Charnel God, 1934). La historia nos sitúa en Zothique, aquel continente que agoniza bajo un sol rojo. Como en La estirpe sin nombre, la heroína, llamada Elaith, es propensa a la catalepsia, y, al igual que Lady Agatha, es declarada muerta por error. Afortunadamente no le espera ningún entierro prematuro, ya que, para horror de su marido, Phariom, han entrado en la ciudad de Zul-Bha-Sair, cuyo dios, Mordiggian, se apropia de todos los que mueren en la ciudad. Los sacerdotes de la deidad visten voluminosas túnicas de color púrpura, máscaras plateadas y guantes, y se rumorea que no son humanos. Extrañamente, la gente considera a Mordiggian como una deidad benigna, utilitaria, que hizo innecesarias las tumbas; casi una especie de anti-Ghoul:


[A través de Él nos salvamos de la corrupción y el gusano. Así como la gente de otros lugares dedica a sus muertos a la llama consumidora, nosotros, los de Zul-Bha-Sair, entregamos a los muertos a nuestro dios.]


Phariom decide asaltar el templo de Mordiggian para rescatar a Elaith y descubre que los sacerdotes, liderados por Abnon-Tha, son en realidad Ghouls que se alimentan de los cadáveres ofrecidos al dios. Sin embargo, Mordiggian termina siendo un dios justo, y colabora con Elaith para derrotar a los Ghouls que se han apropiado de su culto.

En Las ratas del cementerio (The Graveyard Rats, 1936), Henry Kuttner también trata el tema de los Ghouls. Escrito antes de comenzar su correspondencia con Lovecraft, el relato alcanza un grado notable de horror claustrofóbico [ver: Los Mitos de Khut-N’hah]. Ambientado en Salem, relata la lucha entre el Viejo Masson [¿inspirado en el Keziah Mason de Los sueños en la casa de la bruja (The Dreams in the Witch House)?], el cuidador de un antiguo cementerio abandonado e infestado de ratas. Henry Kuttner enfatiza la naturaleza excepcional de estas ratas, que habían llegado a Salem a bordo de «antiguos barcos, generaciones atrás, con cargamentos extraños». Como en El modelo de Pickman, la ciudad fue socavada con una serie de túneles que se remontan a los días de los juicios de Salem:


[Cuando Cotton Mather persiguió los cultos malvados que adoraban a Hécate y a la oscura Magna Mater en temibles orgías, había indicios de cosas peores que ratas y gusanos infestando los cementerios.]


Las ratas de Henry Kuttner son lo suficientemente grandes como para sacar un cuerpo de su ataúd, pero Masson evita cualquier informe por temor a que una investigación pueda revelar sus propias actividades macabras: Masson extrae el oro de los dientes de los cadáveres recién enterrados, junto con cualquier otro objeto de valor que puedan llevar, y luego vende los cuerpos a estudiantes de medicina. Sin embargo, cuando desaparece un cadáver que había sido enterrado con varias piezas joyería, Masson se ve impulsado por la codicia a seguirlo por los túneles, donde descubre que los rumores sobre seres macabros bajo tierra quizás no eran tan descabellados después de todo.

La risa del Ghoul (The Grinning Ghoul, 1936) fue escrito por otro protegido de Lovecraft: Robert Bloch. Se trata de una historia muy breve que toma elementos prestados de La estirpe sin nombre de Clark Ashton Smith y Las ratas en las paredes de Lovecraft. La novedad radica en que se nos informa que el narrador está loco en los primeros párrfos, incluso preso en un manicomio. Este sujeto, de hecho, es un psiquiatra que describe un caso en el que un distinguido erudito busca tratamiento para una serie de sueños en los que desciende a antiguas bóvedas detrás de un cementerio y se encuentra con una manada de Ghouls. La investigación posterior de la escena representada en los sueños revela que el psiquiatra no estaba delirando [ver: Georgie vs. Pennywise: el sótano arquetípico]

Tras la muerte de Lovecraft en 1937, muchos escritores de Weird Tales le rindieron homenaje, incluso algunos que no tuvieron trato con él [ver: El Círculo de Lovecraft y la aristocracia de «Weird Tales»]. Uno de estos homenajes [votado como el mejor relato en la historia de la revista] es Bien abajo (Far Below, 1939), de Robert Barbour Johnson; quien se inspiró en la descripción de Lovecraft en El Modelo de Pickman sobre un ataque de Ghouls en una plataforma del subterráneo [ver: En el Metro: el horror subterráneo de lo reprimido]

En este caso, los Ghouls que merodean por los túneles son enfrentados por la policía de Nueva York. Como lo hizo Lovecraft en Boston, Robert Barbour Johnson proporciona una historia de fondo a la ciudad de Nueva York, en la que las milicias coloniales patrullaban las áreas alrededor de los cementerios para perseguir a estas criaturas; además, sugiere que la razón por la que los indios vendieron la isla de Manhattan a precio vil es porque sabían que estaba infestada de Ghouls. Arrinconados, estos seres despreciables ahora se alimentan de pasajeros desprevenidos.

Ronald Chetwynd-Hayes también hizo su aporte al tema de los Ghouls en el relato No subas las escaleras (Don’t Go Up Them Stairs), en el que un niño de diez años ignora este mandato para curiosear el ataúd de su abuelo recién fallecido, ubicado en el piso de arriba:


[Quedó abrumado por un hedor de cementerio mientras observó una figura sombría: era delgada y alta, vestida con una larga túnica hecha de mortajas de lino; el rostro era de un blanco verdoso y brillaba con una tenue luz; los ojos eran agujeros blancos, sin pupilas, y no tenía nariz, sólo dos agujeros. Se arrastró hacia el rellano, justo en el círculo de luz amarilla, y extendiendo una mano esquelética, abrió su boca de dientes negros: Glug-glug.]


Una vez que el Ghoul nota al niño, ya no está satisfecho con la carroña, y exige que él sea su próxima comida.

En El demonio desconcertado (The Discomfited Demon, 1870) de Ambrose Bierce, el mismísimo Diablo se encuentre con un Ghoul en un cementerio y huye a toda prisa. En la misma línea se encuentra El Ghoul (The Ghoul, 1916), de Hugh Clifford, deliberadamente ambiguo en cuanto a quién es el verdadero Ghoul del título, si un antropólogo que se propone desenterrar a un niño para estudiarlo o la bruja que se le adelanta. Finalmente, hay que mencionar a Anthony Boucher y el relato: ¡Muerden! (They Bite), el cual presenta un caso similar pero situado en Kansas.

El tema de los Ghouls, al menos para nosotros en El Espejo Gótico, es realmente fascinante; sobre todo porque estas criaturas no poseen una base cultural y folclórica en occidente, y además expresan un tabú casi universal: el canibalismo. Son, en definitiva, el producto de una creencia popular subyacente en las leyendas árabes, muy diferentes de los vampiros, los hombres lobo, incluso los zombis, que sí extienden sus raíces en el folclore y la cultura popular occidental.

En cualquier caso, este no es un resumen definitivo de los Ghouls en la ficción. Lejos está de serlo. A lo sumo es un repaso arbitrario sobre el tratamiento de los necrófagos en la ficción de finales del siglo XIX y comienzos del XX.




Vampiros. I Taller gótico.


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El artículo: Ghouls: la historia secreta de los Necrófagos en la ficción fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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