«La habitación perdida»: Fitz-James O'Brien; relato y análisis.
«Desde aquella hora terrible
jamás he vuelto a encontrar mi habitación.»
jamás he vuelto a encontrar mi habitación.»
La habitación perdida (The Lost Room) es un relato gótico del escritor irlandés Fitz-James O'Brien (1828-1862), publicado originalmente en la edición de septiembre de 1858 de la revista Harper's Magazine, y luego reeditado en la antología de 1888: Poemas y relatos de Fitz James O'Brien (The Poems and Stories of Fitz-James O'Brien).
La habitación perdida, uno de los cuentos de Fitz-James O'Brien menos conocidos, relata la historia de un hombre condenado a vagar eternamente por los pasillos de una gran casona señorial en busca de su habitación perdida [ver: Casas como metáfora de la psique]
Nuestro protagonista [y narrador anónimo] se aloja en una antigua, lujosa y tétrica mansión donde rara vez se cruza con otro ser humano, incluso con su sirviente. En una sofocante noche de verano, tumbado en el sofá, fumando, se dispone a narrar [extensamente] la historia de los objetos que pueblan su habitación. Finalmente sale al jardín para tomar el aire fresco de la noche y se encuentra con un hombre de estatura inusualmente baja, quien le advierte que la casa está habitada por «caníbales, necrófagos y hechiceros». Afirma también haber sido uno de ellos.
El insomnio, el calor agobiante, la noche, la advertencia del enano, hunden al protagonista en el pánico. Corre de regreso a la casa y encuentra que su habitación está ocupada por tres mujeres y tres hombres celebrando una reunión fastuosa que él describe como una «orgía», aunque lo único que hacen los visitantes es comer, beber y cantar. Le ofrecen participar, pero los rechaza, y ordena que salgan de su habitación:
—¡Su habitación! —chilló la mujer a mi derecha.
—¡Su habitación! —repitió la de mi izquierda.
—¡Su habitación! ¡Dice que es su habitación! —gritó todo el grupo, mientras volvían a revolcarse en convulsiones de hilaridad.
—¿Cómo sabe que es su habitación? —dijo finalmente uno de los hombres sentados frente a mí, una vez que las risas hubieron amainado.
—¡Su habitación! —repitió la de mi izquierda.
—¡Su habitación! ¡Dice que es su habitación! —gritó todo el grupo, mientras volvían a revolcarse en convulsiones de hilaridad.
—¿Cómo sabe que es su habitación? —dijo finalmente uno de los hombres sentados frente a mí, una vez que las risas hubieron amainado.
Los visitantes parecen tener razón Ninguna de las pertenencias del protagonista se encuentra en la habitación. Aún así, exige que se marchen.
Una de las mujeres lo reta a un desafío: si él gana, ellos se marcharán; pero si ella gana, él será expulsado de la habitación. El protagonista pierde, lo arrastran fuera de la habitación hacia el pasillo, y por motivos que Fitz-James O'Brien no explica, no consigue salir de la casa. En cambio, vaga eternamente por los pasillos buscando aquella habitación perdida.
La habitación perdida es un cuento difícil de leer. Digamos que requiere cierto paladar, cierto gusto adquirido por el gótico. El lenguaje es arcaico, el ritmo es lento, la historia de los objetos es densa, pero al final retribuye cualquier dificultad con esta especie de dimensión de bolsillo [o desplazamiento de tiempo] donde proliferan esperpentos orientales como los ifrit y los ghouls [ver: Ghouls: historia secreta de los necrófagos]
Como en toda buena historia de fantasmas, la noción del Yo del protagonista está ligada a su entorno, a su habitación. O’Brien le dedica mucha atención [y tal vez demasiado tiempo] a desplegar esa interioridad a través de la descripción de los objetos, la estética, la atmósfera de la habitación [como expresiones de la vida interior], estableciéndola como un punto de anclaje en el tiempo antes de introducir las típicas «perturbaciones». En esas primeras páginas queda claro que el protagonista está preocupado por la posesión, tanto del espacio físico como de su memoria, y, en última instancia, de su propia identidad [ver: La Casa como entidad orgánica y consciente]
En este sentido, La habitación perdida se anticipa a las nociones freudianas de la consciencia [la habitación], que puede ser ocupada por diferentes agencias. Para O’Brien [como para Sigmund Freud], el Yo no es un agente soberano y unificado. Debajo hay fuerzas desconocidas, autónomas, percibidas como «oscuras» por el ego [ver: El horror siempre viene desde el sótano]. Los misteriosos fantasmas o visitantes primero se desplazan de forma oblicua, a través de la historia de los objetos, del lugar, hasta que por fin ocupan toda la habitación [la consciencia] y se adueñan de ella [ver: Casa Tabú: análisis de «Casa tomada»]
Ahora bien, ¿por qué? Después de todo, el protagonista es un hombre educado, cultivado en historia y música, y parece ser un sujeto centrado. Su defecto, por llamarlo de algún modo, es existir únicamente en la Habitación, sin prestarle atención al resto de la casa [el resto de su estructura mental] y sus ocupantes [agencias, impulsos, deseos]. Toda su vida interior, su identidad, se proyecta en los objetos de la habitación. O’Brien sugiere que hay un peligro en esto. el arte, la memoria, la música, pueden elevar el espíritu pero también sofocarlo si lo obligan a aislarse de la sensorialidad, del afuera.
La habitación perdida es uno de esos cuentos que uno cree haber leído ya, quizás porque muchos de sus condimentos serían reutilizados. Es un ejemplo clásico de la pesadilla sin resolución, ni racional ni moral. Es un cuento anticuado y asombrosamente moderno. Existe, como el protagonista, en un espacio liminal.
Me parece también un precursor de La música de Erich Zann (The Music of Erich Zann) de H. P. Lovecraft; al menos comparte la fascinación por las habitaciones inestables y el arte como vehículo de atracción hacia otros estados mentales donde la realidad es menos sólida de lo que parece [ver: El limbo de la Rue d’Auseil: análisis de «La música de Erich Zann»]. También presagia a Número trece (Number 13) de M. R. James, a los ambientes oníricos de El resplandor (The Shining) de Stephen King [más aún los de Stanley Kubrick], y en general a cualquier historia donde los espacios cerrados estén cargados de un profundo significado psicológico y metafísico, funcionando no solo como entornos, sino como umbrales entre distintos estados del ser, como en la novela clásica de Shirley Jackson: La maldición de Hill House (The Haunting of Hill House) [ver: La entidad que se esconde Hill House]
En lo personal, lo que hace que La habitación perdida sea memorable es la destreza del autor para equilibrar elementos disonantes. O’Brien primero recurre al gótico clásico: la arquitectura laberíntica [la casa], una atmósfera opresiva [la habitación], un trasfondo con peso ancestral [la historia de los objetos] y un protagonista introspectivo y sensible. Sin embargo, pronto desbarata las expectativas del género. En lugar de antiguas maldiciones, aristócratas decrépitos y transgresiones morales hereditarias, O’Brien erosiona el sentido del tiempo y la realidad, ofrece algo más extraño, y lo extraño siempre es reacio a brindar un cierre definitivo [ver: Lovecraft contra los finales de mierda]
El horror de La habitación perdida no viene del pasado, coexiste con el presente. O’Brien lo sugiere en la escena donde el protagonista habla con el misterioso enano en el jardín. El hombrecito le pregunta si nunca se fijó en los ojos de los otros ocupantes de la casa, en cómo se deleitan mirándolo pasar, si nunca oyó, en medio de la noche, pasos amortiguados en los pasillos y «manos sigilosas girando el pomo de la puerta». El protagonista, desde luego, nunca ha visto ni oído nada porque hasta ahora existe únicamente en el presente, su ser está anclado en el aquí, el ahora, pero las cosas cambian pronto, muy rápido.
La habitación perdida.
The Lost Room, Fitz-James O'Brien (1828-1862)
(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)
Hacía un calor sofocante. El sol se había ocultado hacía tiempo, pero parecía haber dejado tras de sí su esencia vital. El aire estaba en calma; las hojas de las acacias que cubrían mis ventanas colgaban inmóviles, como plomadas, de sus delicados tallos. El humo de mi cigarro apenas se elevaba por encima de mi cabeza.
Llevaba la camisa abierta y el pecho se me agitaba con esfuerzo al intentar aspirar algo de aire fresco. Hasta los ruidos de la ciudad parecían sumidos en el sueño, y el zumbido agudo de los mosquitos era el único que rompía la quietud. Mientras yacía con los pies en alto sobre el respaldo de una silla, envuelto en ese estado de ánimo peculiar en el que el pensamiento cobra una especie de movimiento inerte, me asaltó la extraña idea de hacer un inventario de los principales muebles de la habitación. Era una tarea acorde con mi estado de ánimo. Sus formas se perfilaban en la penumbra que flotaba como una sombra por la estancia; no suponía esfuerzo alguno distinguir y detallar cada uno de ellos, y desde mi asiento podía abarcar con la vista todas mis pertenencias sin siquiera girar la cabeza.
Estaba, en primer lugar, aquella litografía fantasmal de Calame. Era una simple mancha negra sobre la pared blanca, pero mi visión interior escudriñaba cada detalle de la imagen. Un brezal agreste, desolado y nocturno, con un roble espectral en el centro. El viento sopla con furia y las ramas irregulares, escasamente vestidas de hojas raquíticas, son arrastradas continuamente hacia la izquierda por su fuerza gigantesca. Unas nubes informes y desgarradas cruzan el cielo imponente, y la lluvia barre el paisaje casi en paralelo al horizonte. Más allá, el brezal se extiende hacia una negrura infinita; en sus confines, la fantasía o el arte han conjurado unas formas indefinibles que parecen cabalgar hacia el espacio. Al pie del enorme roble se alza una figura envuelta en un manto. La ráfaga ciñe su capa al cuerpo en pliegues apretados, y la larga pluma de gallo de su sombrero se yergue impulsada por el viento, hasta parecer erizada de miedo. Sus rasgos no son visibles, pues se aferra a la capa con ambas manos y se la ha echado sobre el rostro desde ambos lados. La imagen carece de propósito. No narra ninguna historia, pero posee un poder inquietante que se queda grabado en la memoria; y fue precisamente por eso por lo que la compré.
Junto al cuadro aparece esa mancha redonda que cuelga debajo; sé que se trata de un gorro. Lleva mi escudo de armas bordado en la parte delantera y, por eso, nunca me lo pongo, aunque creo que me sienta bien con su larga borla de seda azul colgando junto a la mejilla. Recuerdo la época en que se estaba confeccionando. Recuerdo aquellas manos diminutas que hacían pasar las sedas de colores con tanta agilidad a través de la tela tensada en el bastidor; el enorme esfuerzo que me costó conseguir una reproducción en color de mi blasón para el motivo heráldico que debía adornar la parte frontal de la banda; los gestos de fruncir la boca y de arrugar la frente juvenil mientras su dueña se sumía en profundas cavilaciones sobre cómo representar la nube de la que surge la mano armada —mi cimera—; aquel momento sublime en que las manitas me lo colocaron sobre la cabeza —en una postura que no pude soportar más que unos segundos— y yo, cual rey, ejercí de inmediato mi prerrogativa real tras la coronación e impuse al instante un tributo a mi única súbdita, tributo que, por cierto, ella pagó de muy buen grado. ¡Ah! El gorro sigue ahí, pero la bordadora ha partido; ¡pues Átropos cortaba el hilo de su vida sobre su cabeza mientras ella tejía aquel refugio de seda para la mía!
¡Qué aspecto tan tosco presenta el enorme piano que ocupa el rincón a la izquierda de la puerta en la penumbra incierta! No toco ni canto, y sin embargo poseo un piano. Me reconforta contemplarlo y sentir que la música reside en él, aunque sea incapaz de romper el hechizo que la mantiene prisionera. Es grato saber que Bellini y Mozart, Cimarosa, Porpora, Gluck y todos sus semejantes —o al menos sus almas— duermen en esa voluminosa caja. Allí quedaron como embalsamadas todas las óperas, sonatas, oratorios, nocturnos, marchas, canciones y danzas que alguna vez cobraron vida a través de los cuatro compases que encierran la melodía. Hubo una ocasión en que me vi plenamente recompensado por la inversión realizada en aquel instrumento que jamás utilizo: Blokeeta, el compositor, vino a visitarme. Naturalmente, sus instintos lo impulsaron hacia mi piano, como si una suerte de poder magnético en su interior lo obligara.
Lo afinó y tocó en él. Durante toda la noche, hasta que el amanecer gris y espectral surgió de las profundidades de la medianoche, permaneció sentado tocando, mientras yo yacía fumando junto a la ventana y escuchaba. Salvajes, sobrenaturales y, a veces, insoportablemente dolorosas eran las improvisaciones de Blokeeta. Los acordes parecían quebrarse de angustia. Almas en pena gritaban en sus lúgubres preludios; voces apenas audibles de espíritus sufrientes —que tanteaban el vacío a distancias inconcebibles de cualquier cosa hermosa o armoniosa— parecían emerger tenuemente de las oleadas de sonido que brotaban bajo sus manos. Un amor humano y melancólico vagaba por lejanos brezales o bajo cipreses húmedos y sombríos, murmurando su pena no correspondida; o bien, odiosos gnomos retozaban y cantaban en pantanos estancados, triunfando con tonos sobrenaturales sobre el caballero al que habían atraído hacia la muerte. Tal fue la velada musical de Blokeeta; y cuando finalmente cerró el piano y se marchó apresuradamente a través de la fría mañana, dejó en torno al instrumento un recuerdo del que jamás pude librarme.
Aquellos zapatos de nieve, colgados en el espacio entre el espejo y la puerta, evocan mis andanzas por Canadá. Recuerdo una larga carrera a través de los densos bosques sobre la nieve helada —cuya frágil costra cedía a cada paso bajo los finos cascos del caribú que perseguíamos—, hasta que la pobre criatura, acorralada y desesperada, se volvió para plantar cara en un pequeño matorral de enebros, donde lo abatimos sin piedad. Recuerdo cómo Gabriel, el colono, y François, el mestizo, la degollaron, y cómo la sangre tibia brotó a borbotones sobre el suelo nevado; recuerdo también el refugio de nieve que construyó Gabriel, donde los tres dormimos bien abrigados, y la gran hoguera que ardía a nuestros pies, proyectando toda clase de formas demoníacas sobre el telón negro del bosque exterior; los filetes de ciervo que asamos para desayunar y la embriaguez salvaje de Gabriel a la mañana siguiente, tras haber estado bebiendo a escondidas de mi frasco de brandy durante toda la noche.
Esa larga daga sin empuñadura que cuelga sobre la repisa de la chimenea hace que se me hinche el corazón de emoción. La encontré cuando era niño, en un vetusto castillo donde vivió uno de mis antepasados maternos. Aquel mismo antepasado —que, dicho sea de paso, aún perdura en la historia— era un singular y anciano rey del mar que habitaba en el extremo más remoto de la costa suroeste de Irlanda. Poseía la totalidad de esa fértil isla llamada Inniskeiran, situada justo frente a Cape Clear; entre ambas, el Atlántico forma lo que los pescadores de la zona llaman «el Estrecho». Es un lugar temible en invierno: hay días en que ninguna embarcación puede resistir allí, y Cape Clear queda a menudo incomunicado de tierra firme durante días enteros.
Este viejo señor del mar —Sir Florence O’Driscoll— llevó una vida azarosa. Desde lo alto de su castillo observaba el océano y, cuando divisaba algún navío ricamente cargado que navegaba desde el sur hacia los laboriosos comerciantes de Galway, izaba las velas de su galera. Así se ganaba la vida; un modo de sustento que, ciertamente, no resulta muy honrado según nuestros criterios modernos, pero perfectamente compatible con la moral de su época. Como cabe suponer, Sir Florence acabó teniendo problemas. Los comerciantes saqueados presentaron quejas contra él ante la corte inglesa, y el vikingo irlandés partió hacia Londres para defender su causa ante la buena reina Bess, como se la llamaba. Contaba con una poderosa baza a su favor: era un hombre de una belleza extraordinaria. Aunque no era de ascendencia celta, sino de sangre mitad española y mitad danesa, poseía la imponente estatura de los pueblos del norte, combinada con los rasgos regulares, la mirada vivaz y el cabello oscuro de la raza ibérica. Esto podría explicar por qué su estancia en la corte se prolongó más de lo necesario, así como la tradición —mencionada por un historiador local— de que la reina de Inglaterra mostró hacia él una predilección de índole distinta a la que habitualmente manifestaba un monarca hacia sus súbditos.
Antes de partir, Sir Florence confió la custodia de sus propiedades a un inglés llamado Hull. Aquel individuo logró congraciarse con las autoridades locales y ganarse su favor hasta el punto de mostrarse dispuestas a respaldarlo en cualquier empresa. Tras una larga estancia fuera, Sir Florence —ya indultado de todas sus faltas— regresó. Pero aquel ya no era su hogar: Hull se había apoderado de él y se negaba a ceder ni un solo acre de las tierras que había adquirido de manera tan vil. De nada servía recurrir a la justicia, pues sus funcionarios estaban aliados con la parte contraria. Tampoco servía apelar a la Reina, ya que esta tenía otro amante y para entonces se había olvidado del pobre caballero irlandés; así pues, el vikingo pasó la mayor parte de su vida intentando en vano recuperar sus vastas posesiones y, finalmente, en su vejez, hubo de conformarse con su castillo junto al mar y con la isla de Inniskeiran, el único lugar del que el usurpador no pudo despojarlo. De este modo, la vieja historia sobre la suerte de mi pariente emerge de la penumbra que envuelve aquel puñal sin empuñadura colgado en la pared.
Fue más o menos de esta manera como, sumido en ensueños, hice el inventario de mis pertenencias. Al posar la vista en cada objeto —uno tras otro— o en los lugares donde reposaban (pues la habitación estaba ya tan oscura que resultaba casi imposible distinguir nada con claridad), acudía a mi mente una multitud de recuerdos e inevitablemente me dejé llevar por ellos. Así pues, avanzaba con lentitud; finalmente, el cigarro se redujo a una colilla ardiente y amarga que apenas lograba sostener entre los labios, mientras la noche me parecía cada vez más opresiva. Precisamente cuando cavilaba sobre algún modo imposible de refrescar mi desdichado cuerpo, la colilla comenzó a quemarme los labios.
Lo arrojé con ira por la ventana abierta y me incliné hacia afuera para verlo caer. Primero fue a parar a las hojas de la acacia, despidiendo una lluvia de chispas rojas; luego, al rodar, cayó de lleno sobre el sendero del jardín, iluminando tenuemente los árboles y las flores inmóviles. No sabría decir si fue el contraste entre el destello rojo de la colilla y la silenciosa oscuridad del jardín, o si fue que, gracias a aquella luz repentina, percibí un leve movimiento de las hojas, pero algo me sugirió que en el jardín reinaba la frescura. «Daré una vuelta por allí —pensé—, tal como estoy; no puede hacer más calor que en esta habitación y, por muy quieto que esté el aire, al aire libre siempre se experimenta una sensación de libertad y amplitud». Con esta idea me levanté, encendí otro cigarro y salí a los largos y laberínticos pasillos que conducían a la escalera principal. ¡Con qué sentimiento tan distinto habría cruzado el umbral de mi habitación si hubiera sabido que jamás volvería a poner un pie en ella!
Vivía en una casa enorme, donde ocupaba dos habitaciones en el segundo piso. Era una casa de estilo antiguo, con todas sus plantas comunicadas por una inmensa escalera circular que ascendía por el centro del edificio; en cada rellano, largos y laberínticos pasillos se prolongaban hacia rincones y recovecos misteriosos. Aquel palacio era muy alto, y sus posibilidades espaciales —en cuanto a huecos y vericuetos— parecían interminables. Nada parecía tener un final definido; no había callejones sin salida en toda la propiedad. Los pasillos y corredores, como líneas matemáticas, parecían susceptibles de extenderse indefinidamente; sin duda, el objetivo del arquitecto había sido erigir un edificio en el que uno pudiera seguir avanzando eternamente. Todo el lugar resultaba sombrío, no tanto por su gran tamaño, sino porque una suerte de desnudez parecía impregnar su estructura.
Las escaleras, los pasillos, los salones y los vestíbulos participaban de una desolación semejante a la del desierto. No había nada en las paredes que rompiera la sombría monotonía de aquellas largas perspectivas de sombra. Ni tallas en los zócalos, ni máscaras moldeadas que observaran desde las cornisas de severa sencillez, ni jarrones de mármol en los rellanos. Reinaba en toda la mansión una desolación profunda y una absoluta falta de vida —algo tan inusual en un establecimiento estadounidense—. Era como la casa encantada de Hood, pero ordenada y recién pintada. También los sirvientes resultaban espectrales y reacios a dejarse ver. Había que hacer sonar las campanillas tres veces antes de lograr que la camarera se dignara a aparecer; y el camarero negro —una criatura de aspecto cadavérico oriunda del Congo— solo acudía a la llamada cuando la paciencia de uno se había agotado o cuando la necesidad ya había sido satisfecha por otros medios. Cuando por fin se presentaba, uno lamentaba que no hubiera permanecido ausente del todo, tal era el aire hosco y salvaje que mostraba.
Avanzaba por los suelos, que no devolvían eco alguno, con un andar lento y silencioso, hasta que su figura sombría, surgiendo de la penumbra, parecía la de algún ifrit reticente, obligado por el poder de su amo a dejarse ver. Cuando se cerraban las puertas de todas las habitaciones y ninguna luz iluminaba el largo pasillo —salvo el resplandor rojizo y malsano de una pequeña lámpara de aceite situada en una mesa al fondo, donde los huéspedes que llegaban tarde encendían sus velas—, resultaba imposible imaginar una estampa más triste o desoladora. Sin embargo, la casa era de mi agrado. De hábitos sedentarios y reflexivos, disfrutaba de aquel silencio absoluto. Había pocos inquilinos —de lo que deducía que el negocio del casero no era muy próspero— y estos, probablemente oprimidos por el aire sombrío del lugar, se movían de forma silenciosa, como fantasmas. Al propietario apenas lo veía. Mis facturas aparecían cada mes sobre la mesa, depositadas por manos invisibles mientras yo paseaba o salía a caballo, y el pago correspondiente quedaba en manos de aquel ifrit que me atendía. En definitiva, teniendo en cuenta el espíritu bullicioso y alerta de Nueva York, el carácter sombrío y apenas animado de la casa constituía una anomalía que nadie comprendía mejor que yo, su propio habitante.
Bajé tanteando la ancha escalera en busca de alguna brisa. Al entrar en el jardín noté que el ambiente era algo más fresco que en mi habitación, y avancé fumando por los senderos flanqueados de cipreses con una sensación de relativo alivio. Reinaba una gran oscuridad. Las altas flores que bordeaban el camino estaban tan envueltas en penumbra que parecían masas piramidales; todos los detalles de hojas y pétalos quedaban ocultos bajo un manto envolvente. Era un lugar y un momento propicios para estimular la imaginación, pues en aquellos impenetrables rincones había espacio para que las fantasías más desenfrenadas dieran rienda suelta. Caminaba y caminaba, y el eco de mis pasos sobre el sendero, cubierto de musgo y sin grava, despertaba en mí una sensación contradictoria: me sentía solo y, a la vez, acompañado. La soledad del lugar se hacía patente en aquel silencio, roto únicamente por el eco de mis pisadas; sin embargo, esas mismas reverberaciones parecían infundirme la vaga sensación de no estar solo. Por ello, no me sobresalté cuando, de repente, una voz que surgía de la densa oscuridad de un inmenso ciprés me interpeló diciendo:
—¿Podría darme fuego, caballero?
—Ciertamente —respondí, intentando distinguir a quien hablaba.
Alguien se acercó y le tendí mi puro. Lo único que pude averiguar sobre el individuo era que debía de ser de estatura extremadamente baja; pues yo, que de ningún modo soy un hombre de gran talla, tuve que inclinarme considerablemente para entregarle el puro.
—Caballero, anda usted fuera a horas tardías —dijo aquel desconocido mientras, tras pronunciar un agradecimiento a medias, me devolvía el puro, que tuve que buscar a tientas en la penumbra.
—No más tarde de lo habitual —respondí con sequedad.
—¡Mmm! ¿Le gusta pasear a altas horas, entonces?
—Depende.
—¿Vive usted aquí?
—Sí.
—Una casa peculiar, ¿verdad?
—Yo la encuentro tranquila.
—¡Mmm! Pero le parecerá peculiar, créame.
Pronunció esto con gran seriedad; y, al mismo tiempo, sentí que un dedo huesudo se posaba sobre mi brazo, clavándose con fuerza como un cuchillo sin filo.
—No puedo aceptar su palabra como prueba de tal afirmación —respondí con brusquedad, apartando aquel dedo huesudo con un gesto de repugnancia.
—Sin ánimo de ofender —murmuró mi invisible compañero con una voz extraña y contenida que habría resultado estridente de haber sido más fuerte—; que usted se enfade no cambia las cosas. Verá que es una casa extraña. Todo el mundo la considera extraña. ¿Sabe quiénes viven allí?
—Jamás me entrometo en los asuntos ajenos, señor —respondí con aspereza, pues los modales de aquel individuo, sumados a mi absoluta incertidumbre sobre su aspecto, me provocaban un deseo agobiante de librarme de él.
—¡Ah! ¿No lo hace? Pues yo sí. Sé lo que son... vaya, vaya, vaya... —y, al pronunciar estas últimas palabras su voz se elevó hasta culminar en un chillido que resonó de forma espantosa entre los senderos solitarios—. ¿Sabe qué comen? —continuó.
—No, señor; y tampoco me importa.
—¡Ah! Pero le importará. Tiene que importarle. Le importará. Le diré lo que son. Son hechiceros. Son necrófagos. Son caníbales. ¿Nunca se fijó en sus ojos y en cómo se deleitaban al mirarle cuando pasaban a su lado? ¿Nunca reparó en la comida que servían en su mesa? ¿Nunca oyó, en lo más profundo de la noche, pasos amortiguados y sobrenaturales deslizándose por los pasillos, ni manos furtivas girando el pomo de su puerta? ¿Acaso no le envuelve continuamente una influencia magnética cuando pasan cerca, recorriéndole el espíritu y el cuerpo con un escalofrío helado que ni siquiera la luz del sol logra disipar? ¡Oh, sí! ¡Ha sentido todas esas cosas! ¡Lo sé!
La vehemencia, el tono contenido y el acento apasionado con que pronunciaba todo aquello me causaron una impresión sumamente inquietante. Realmente parecía como si pudiera recordar todos aquellos sucesos e influencias extrañas de los que hablaba; y me estremecí involuntariamente en medio de la impenetrable oscuridad.
—¡Mmm! —dije, adoptando sin darme cuenta un tono confidencial—: ¿podría preguntar cómo sabe usted estas cosas?
—¿Cómo las sé? Porque soy su enemigo. Porque tiemblan ante mi susurro. Porque les sigo el rastro con la perseverancia de un sabueso y el sigilo de un tigre... porque... porque... ¡yo fui uno de ellos!
—¡Desgraciado! —exclamé con excitación, pues su tono me había llevado a un estado de gran nerviosismo—: ¿entonces quiere decir que usted...?
Obedeciendo a un impulso incontrolable, extendí la mano hacia mi interlocutor e intenté agarrar algo a ciegas. Las yemas de mis dedos parecieron tocar una superficie tan lisa como el cristal. Un siseo agudo e iracundo resonó en la penumbra, seguido de un zumbido, como si un proyectil pasara velozmente a mi lado; al instante siguiente, supe instintivamente que estaba solo.
Una sensación desagradable me invadió: un instinto profético de que una terrible desgracia me acechaba, y una ansiedad intensa y abrumadora por regresar a mi habitación sin perder tiempo. Me di la vuelta y corrí a ciegas por el oscuro sendero de cipreses; cada macizo de flores que se alzaba como una sombra negra en los bordes hacía que, por momentos, mi corazón dejara de latir. Los ecos de mis propios pasos parecían redoblarse y cobrar el sonido de perseguidores desconocidos. Las ramas de los arbustos de lilas y celindas que aquí y allá se extendían parcialmente sobre el camino parecían haberse dotado de repente de manos ganchudas que intentaban atraparme al pasar; a cada instante esperaba ver caer ante mí una barrera espantosa e infranqueable que me encerrara para siempre.
Por fin llegué a la amplia entrada. De un salto subí los cuatro o cinco escalones del pórtico y corrí por el vestíbulo, subí la ancha y resonante escalera y recorrí los pasillos sombríos y lúgubres hasta detenerme, sin aliento y jadeante, ante la puerta de mi habitación. Una vez allí, me detuve y me apoyé con fuerza contra uno de los paneles, jadeando con intensidad tras la carrera. Sin embargo, apenas había dejado caer todo mi peso sobre la puerta cuando esta cedió y entré tambaleándome, cayendo de cabeza. Para mi absoluto asombro, la habitación que había dejado en profunda oscuridad estaba ahora inundada de luz. La iluminación era tan intensa que, durante unos segundos —mientras las pupilas de mis ojos se contraían—, no vi absolutamente nada salvo aquel resplandor cegador.
Este hecho, que se me presentó con tal brusquedad, bastó para prolongar mi confusión; solo trascurridos varios momentos percibí que la habitación no solo estaba iluminada, sino ocupada. ¡Y qué ocupantes! El asombro ante aquella escena se apoderó de mí de tal modo que fui incapaz de moverme o articular palabra. Lo único que pude hacer fue apoyarme contra la pared y contemplar la escena con la mirada perdida.
Aquello bien podría haber salido de las páginas de Grammont, o haber ocurrido en algún palacio del ministro Fouquet.
Alrededor de una gran mesa situada en el centro de la estancia —donde yo había dejado libros y papeles esparcidos con el desorden propio de un estudiante— se hallaban sentadas media docena de personas: tres hombres y tres mujeres. La mesa rebosaba de una profusión de lujos. Exquisitas frutas orientales se amontonaban en vasijas de filigrana de plata, a través de cuyas tramas resplandecían sus cáscaras vivas en un juego de mil matices. Pequeñas fuentes de plata —que bien podría haber diseñado Benvenuto—, cargadas de carnes suculentas y aromáticas, se distribuían sobre un mantel de níveo damasco. Botellas de toda índole —esbeltas botellas del Rin, robustas botellas holandesas, recias botellas españolas y curiosos frascos italianos revestidos de mimbre— cubrían por completo la mesa. Copas de diversos tamaños y colores llenaban los espacios libres; la jarra alemana, propia para saciar la sed, se alzaba junto a las etéreas burbujas de cristal veneciano que se sostenían con ligereza sobre sus tallos finos como hilos. Un aroma de lujo y sensualidad flotaba en el ambiente. Las lámparas, encendidas en cualquier rincón donde hubiera espacio para ellas, parecían difundir un sutil incienso en el aire; y en un gran jarrón colocado en el suelo vi un conjunto de magnolias, nardos y jazmines agrupados, ahogándose mutuamente en su fragancia dulce y densa.
Los ocupantes parecían acordes a una atmósfera tan sensual. Las mujeres eran de una belleza singular y vestían trajes de diseños fantásticos y colores resplandecientes. Poseían formas redondeadas, flexibles y elásticas; ojos oscuros y lánguidos; labios carnosos, turgentes y de un color encendido y exquisito. Los tres hombres llevaban antifaces, de modo que lo único que lograba distinguir eran mandíbulas robustas, barbas en punta y cuellos fornidos que emergían como columnas macizas de sus jubones. Los seis se hallaban reclinados en lechos romanos alrededor de la mesa, bebiendo vino púrpura a grandes tragos, echando la cabeza hacia atrás y riendo con desenfreno.
Permanecí allí, supongo que unos tres minutos, apoyado contra la pared y contemplando con mirada ausente aquella visión dionisíaca, antes de que alguno de los comensales reparara en mi presencia. Por fin, sin que gesto alguno revelara si me habían visto desde el principio o no, dos de las mujeres se levantaron de sus lechos y, acercándose, me tomaron de las manos para conducirme a la mesa. Obedecí sus indicaciones mecánicamente. Me senté en un lecho entre ambas, tal como ellas señalaron. Me dejé rodear el cuello por sus brazos sin oponer resistencia.
—Debes beber —dijo una de ellas mientras servía una copa grande de vino tinto—; aquí tienes un Clos Vougeot de una añada excepcional; y aquí —añadió, acercándome un frasco de vino color ámbar— tienes Lachrima Christi.
—Debes comer —dijo la otra, acercando hacia sí las fuentes de plata—. Aquí tienes chuletas estofadas con aceitunas y filetes rellenos de castañas dulces —y mientras hablaba, sin esperar respuesta, procedió a servirme.
La vista de la comida me recordó las advertencias que había recibido en el jardín. Este súbito esfuerzo de memoria me devolvió mis otras facultades. Me puse en pie de un salto, apartando a las mujeres con ambas manos.
—¡Demonios! —grité casi—. No quiero saber nada de esa maldita comida. Las conozco. Son caníbales, son necrófagas, son hechiceras. ¡Largo de aquí! ¡Fuera de mi habitación!
Una carcajada general fue la única reacción que provocó mi apasionado discurso. Los hombres se revolcaban en sus lechos y sus antifaces temblaban con las convulsiones de su risa. Las mujeres chillaban, lanzaban al aire sus finas copas de vino y se volvían hacia mí para arrojarse sobre mi pecho, sollozando de pura risa.
—Sí —continué, tan pronto como cesó el estruendo de las risas—, sí, ¡digo que abandonen mi habitación inmediatamente! ¡No toleraré orgías antinaturales!
—¡Su habitación! —chilló la mujer a mi derecha.
—¡Su habitación! —repitió la de mi izquierda.
—¡Su habitación! ¡Dice que es su habitación! —gritó todo el grupo, mientras volvían a revolcarse en convulsiones de hilaridad.
—¿Cómo sabe que es su habitación? —dijo finalmente uno de los hombres sentados frente a mí, una vez que las risas hubieron amainado.
—¿Cómo lo sé? —respondí indignado—. ¿Cómo voy a reconocer mi propia habitación? ¿Cómo podría confundirla, dígame? Ahí están mis muebles... mi piano...
—¡A eso lo llama piano! —gritaron mis vecinos, de nuevo presa de convulsiones de risa, mientras yo señalaba el rincón donde solía estar mi enorme piano, consagrado a la memoria de Blokeeta—. ¡Oh, sí! Es su habitación. ¡Ahí... ahí está su piano!
El énfasis que pusieron en la palabra «piano» hizo que examinara con mayor detenimiento el objeto que estaba señalando. Hasta ese momento, aunque estaba totalmente atónito por la irrupción de aquellas personas —y asociándolas en cierto modo con las historias descabelladas que había oído en el jardín—, conservaba una vaga idea de que todo era una broma de disfraces organizada durante mi ausencia, y que la orgía báquica que presenciaba no era más que parte de un elaborado engaño del que yo iba a ser la víctima. Pero cuando dirigí la mirada al rincón vi un órgano vasto y sombrío que alzaba su frente de tubos estriados hasta el mismo techo; y me convencí, tras un rápido esfuerzo de memoria, de que ocupaba exactamente el lugar donde había dejado mi propio instrumento.
Perdí el poco aplomo que me quedaba. Miré a mi alrededor, desconcertado.
Del mismo modo, todo había cambiado. En lugar de aquella vieja daga sin empuñadura, vinculada a tantos recuerdos personales, veía ahora un yatagán turco que pendía de su tahalí de seda carmesí, mientras las joyas de la empuñadura resplandecían bajo los reflejos de la lámpara. Donde antes colgaba mi preciado gorro —recuerdo de un amor ya sepultado—, se hallaba ahora suspendido un yelmo de caballero, coronado por un dragón de oro en actitud de saltar. Aquella extraña litografía de Calame ya no era tal; me parecía más bien que se había recortado la sección de pared que esta cubría —conservando su forma y tamaño exactos— y que, en lugar del cuadro, se veía una escena real a la misma escala y con personajes auténticos.
Allí estaban el viejo roble y el cielo tormentoso; pero veía cómo las ramas del árbol se mecían con la tempestad y las nubes eran arrastradas por el viento. El viajero envuelto en su capa había desaparecido; en su lugar, contemplaba un círculo de figuras salvajes —hombres y mujeres— que, tomados de las manos, danzaban alrededor del tronco del gran árbol mientras entonaban un fragmento de canción agreste, cuyo coro sobrenatural era rugido por los vientos. También habían desaparecido las botas de nieve —con cuya trama de tendones había recorrido durante días las vastas tierras heladas de Canadá— y, en su lugar, yacía un par de extrañas babuchas de puntas curvadas hacia arriba, calzado que tal vez se habían despojado muchas veces a las puertas de las mezquitas, bajo el resplandor constante de un sol de Oriente.
Todo había cambiado. Dondequiera que posara la vista, echaba de menos objetos familiares y hallaba, en cambio, extraños sustitutos. Sin embargo, en todos esos reemplazos creía percibir un eco de aquello a lo que sustituían. Parecían haber sido transmutados solo temporalmente en otras formas, y a su alrededor persistía el aura de lo que antaño habían sido. Así, habría jurado que la habitación era la mía, y no obstante, no había en ella nada que pudiera reclamar como propio. Todo me recordaba a alguna antigua posesión que, en realidad, no era tal. Busqué la acacia junto a la ventana y —¡oh, sorpresa!— vi largas y sedosas hojas de palmera meciéndose al entrar por la celosía abierta; mas poseían el mismo movimiento y el mismo aire que mi árbol predilecto, y parecían susurrarme: «Aunque parezcamos hojas de palmera, somos hojas de acacia; ¡sí, aquellas mismas sobre las que solías observar cómo se posaban las mariposas y cómo repiqueteaba la lluvia mientras fumabas y soñabas!».
Lo mismo ocurría con todo. La habitación era mía y, a la vez, no lo era; y una angustiosa conciencia de mi absoluta incapacidad para conciliar su identidad con su apariencia me abrumaba y sofocaba mi razón.
—Bueno, ¿has decidido ya si esta es tu habitación o no? —preguntó la joven situada a mi izquierda, ofreciéndome un enorme vaso rebosante de champán y riendo con picardía mientras hablaba.
—Es mía —respondí con obstinación, golpeando bruscamente el vaso con la mano y derramando el aromático vino sobre el mantel blanco—. Sé que es mía; y ustedes son unos prestidigitadores y hechiceros.
—Silencio —dijo ella con suavidad, sin enfadarse por mi brusquedad—. Estás alterado. Alf tocará algo para calmarte.
A una señal suya, uno de los hombres se levantó y se sentó ante el órgano. Tras un preludio frenético y espasmódico comenzó lo que a mi parecer era una sinfonía de recuerdos. Sombría y lúgubre, impregnada de una agonía intensa y vibrante, parecía evocar una noche oscura y funesta en un arrecife helado, azotado con furia eterna por un océano invisible pero aterradoramente audible. Parecía como si una pareja solitaria se hallara en la cima: uno vivo, la otra muerta; él rodeando con sus brazos el tierno cuello y el pecho desnudo de ella, esforzándose por devolverle la vida con su calor, mientras el aliento gélido de la tormenta le arrebataba a él mismo la vitalidad a cada instante. De vez en cuando, un lamento aterrador en tono menor vibraba entre los acordes, semejante al graznido de las aves marinas o al presagio de una muerte inminente.
Mientras el hombre tocaba, apenas podía contenerme. Me parecía estar escuchando y contemplando a Blokeeta. Aquella noche maravillosa de placer y dolor que una vez pasé escuchando parecía reanudarse justo donde se había interrumpido, y la misma mano continuaba la melodía. Observaba fijamente al hombre llamado Alf. Allí estaba sentado, con su capa, su jubón, su larga espada y su máscara de terciopelo negro. Sin embargo, había algo en el aire de su barba puntiaguda, un misterio familiar en la salvaje melena de color azabache que caía sobre sus hombros, como si el viento la agitara, que cautivó mi memoria.
—¡Blokeeta! ¡Blokeeta! —grité, levantándome con furia del diván, y rompiendo el abrazo de los hermosos brazos que rodeaban mi cuello como si fueran cadenas odiosas—: ¡Blokeeta! ¡Amigo mío, te lo ruego, háblame! Di a estos horribles hechiceros que me dejen en paz. Diles que los odio. ¡Diles que les ordeno que abandonen mi habitación!
El hombre del órgano no se inmutó. Dejó de tocar, y el sonido agonizante de la última nota que había pulsado se desvaneció en un gemido melancólico. Los otros hombres y mujeres estallaron de nuevo en carcajadas burlonas.
—¿Por qué insiste en llamar a esta habitación suya? —dijo la mujer a mi lado, con una sonrisa que pretendía ser amable pero indescriptiblemente repugnante—. ¿Acaso no le hemos demostrado, por el mobiliario y el aspecto general del lugar, que se equivoca y que este no puede ser su aposento? Quédese tranquilo con nosotros. Es bienvenido aquí y ya no necesita preocuparse por su habitación.
—¡Quedarme tranquilo! —respondí con frenesí—. ¡Vivir con fantasmas! ¡Comer manjares espantosos y contemplar visiones horribles! ¡Jamás, jamás! Han lanzado algún sortilegio sobre el lugar para disfrazarlo; pero, a pesar de todo, sé que es mi habitación. ¡Deben abandonarla!
—¡Calma, calma! —dijo otra—. Resolvamos esto amistosamente. Este pobre caballero parece obstinado y propenso a armar un escándalo. Y nosotros no queremos escándalos. Amamos la noche y su quietud; y no hay noche que amemos tanto como aquella en que la luna queda sepultada entre nubes. ¿No es así, hermanos míos?
Una sonrisa aterradora brilló en los rostros de su audiencia espectral, pareciendo deslizarse visiblemente desde debajo de sus máscaras.
—Ahora —continuó ella—, tengo una propuesta. Sería ridículo que cediéramos esta habitación simplemente porque este caballero afirma que es suya; y, sin embargo, deseo complacer, en la medida de lo justo, su descabellada pretensión de propiedad. Una habitación, al fin y al cabo, no significa mucho para nosotros; podemos conseguir otra con facilidad, pero aun así nos resistiríamos a entregar este aposento ante una exigencia tan imperiosa. No obstante, estamos dispuestos a arriesgarnos a perderla. Es decir —volviéndose hacia mí—, propongo que nos juguemos la habitación. Si usted gana, se la cederemos de inmediato; si, por el contrario, pierde, se comprometerá a marcharse y a no molestarnos nunca más.
Angustiado por los misterios cada vez más sombríos que parecían acumularse a mi alrededor, y desesperanzado ante la idea de disiparlos mediante el mero ejercicio de mi voluntad, me aferré casi con alegría a la oportunidad que se me presentaba. La idea de perder o ganar apenas figuraba en mis cálculos. Lo único que sentía era la vaga certeza de que, de la manera propuesta, podría recuperar en un instante aquella tranquila estancia y la paz mental de la que tan extrañamente me habían privado.
—¡Acepto! —exclamé con entusiasmo—. ¡Acepto! ¡Cualquier cosa con tal de librarme de tan siniestra compañía!
La mujer tocó una pequeña campanilla de oro que había sobre la mesa, cerca de ella; apenas había cesado de tintinear cuando entró un enano negro portando una bandeja de plata con cubiletes y dados. Un escalofrío me recorrió al pensar que en aquel africano de baja estatura podía advertir cierto parecido con el sirviente negro, con aspecto de ghoul, a cuya presencia yo estaba acostumbrado.
—Ahora —dijo mi compañera, tomando uno de los cubiletes y entregándome el otro—, gana la puntuación más alta. ¿Lanzo yo primero?
Asentí con la cabeza.
Ella agitó los dados, y sentí que un peso indescriptible se liberaba de mi corazón cuando obtuvo una suma de quince.
—Su turno —dijo con una sonrisa burlona—; pero antes de lanzar, repito la oferta que le hice hace un momento. Viva con nosotros. Sea uno de los nuestros. Lo iniciaremos en nuestros misterios y placeres; placeres de los que no puede hacerse idea a menos que los experimente. Vamos; aún no es demasiado tarde para cambiar de opinión. ¡Únase a nosotros!
Respondí con una feroz imprecación mientras agitaba los dados con un nerviosismo espasmódico y los arrojaba sobre el tablero. Rodaron una y otra vez y, durante aquel breve instante, sentí una tensión cuya intensidad jamás había conocido ni he vuelto a conocer. Por fin quedaron quietos ante mí. Resonó en mis oídos la misma risa horrible y enloquecedora. Observé los dados pero mi vista estaba tan turbada que no lograba distinguir la puntuación. Esto duró unos instantes. Luego mi vista se aclaró y me dejé caer hacia atrás, casi inerte por la desesperación, al ver que apenas había sacado un doce.
—¡Perdió! ¡Perdió! —gritó mi vecino con una risa frenética.
—¡Perdido! ¡Perdido! —vociferaron las voces graves de los hombres enmascarados.
—¡Vete, cobarde! —clamaron todos—; no eres digno de estar entre nosotros. Recuerda tu promesa: ¡vete!
Entonces pareció como si una fuerza invisible me agarrara por los hombros y me empujara hacia la puerta. En vano me resistí. En vano grité y pedí auxilio. En vano imploré su piedad. La única respuesta que obtuve fueron aquellas carcajadas burlonas mientras avanzaba tambaleándome como un borracho hacia la salida.
Al llegar al umbral, el órgano rompió a sonar con una melodía triunfal. La fuerza que me impulsaba se concentró en un empujón vigoroso que me lanzó a ciegas hacia el pasillo resonante; y, mientras la puerta se cerraba a mis espaldas, alcancé a vislumbrar por última vez la estancia. Una transformación, semejante a una sombra, se apoderó de ella. Las lámparas se apagaron, las mujeres-sirena y los hombres enmascarados se desvanecieron, las flores, las frutas, la brillante platería y el mobiliario extravagante se esfumaron, y vi de nuevo, durante una décima de segundo, mi antigua habitación tal como era. Allí estaba la acacia agitándose en la penumbra; allí, la mesa abarrotada de libros; allí, la litografía fantasmal, el queridísimo gorro, las botas de nieve canadienses, la daga ancestral. Y allí, sentada al piano —que ya no era un órgano—, estaba Blokeeta tocando.
Al instante siguiente la puerta se cerró violentamente y quedé allí, de pie en el pasillo, atónito y desesperado.
Tan pronto como recuperé el sentido corrí hacia la puerta con la vaga idea de derribarla a golpes. Mis dedos chocaron contra una pared fría y sólida. ¡No había puerta!
Palpé el pasillo a lo largo de varios metros, a ambos lados. No había ni siquiera una rendija que me diera esperanzas. Bajé las escaleras corriendo y gritando como un loco. Nadie respondió. En el vestíbulo me encontré con el negro; lo agarré por el cuello y le exigí mi habitación. El demonio mostró sus dientes blancos y aterradores, limados en forma de sierra, y, zafándose de mi agarre con un tirón brusco, huyó por el pasillo soltando una risa entrecortada y gutural.
Nada más que el eco respondía a mis gritos desesperados. El solitario jardín resonaba con mis alaridos mientras recorría los senderos oscuros, y los altos cipreses fúnebres parecían sepultarme bajo sus pesadas sombras. No encontré a nadie. No pude hallar a nadie. Tuve que soportar mi pena y mi desesperación en soledad. Desde aquella hora terrible, jamás he vuelto a encontrar mi habitación. La busco por todas partes, pero nunca la veo. ¿Llegaré a encontrarla algún día?
Fitz-James O'Brien (1828-1862)
(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)
Relatos góticos. I Relatos de Fitz-James O'Brien.
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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Fitz-James O'Brien: La habitación perdida (The Lost Room), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com




















































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