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«Deus misereatur mei»: análisis de «Té verde» de Le Fanu.


«Deus misereatur mei»: análisis de «Té verde» de Le Fanu.




«Describiré los fenómenos ocurridos a la luz del día.
En la oscuridad, como pronto le explicaré, hay variaciones.»



Hoy en El Espejo Gótico analizamos el relato de Sheridan Le Fanu: Té verde (Green Tea, puede leerse aquí), publicado originalmente entre octubre y noviembre de 1869 en la revista All the Year Round, y luego reeditado en la antología de 1872: En un cristal oscuro (In a Glass Darkly).


Resumen:

El Narrador [anónimo] es un hombre de medicina, formado en cirugía, aunque nunca ejerció debido a la pérdida de dos dedos. Desde entonces se convirtió en secretario del médico alemán Martin Hesselius. Té verde se basa en los documentos de Hesselius [que el Narrador heredó] sobre un extraño caso de... ¿delirio?

A comienzos del siglo XIX, Hesselius viaja a Inglaterra, donde conoce al reverendo Jennings. Según parece, el reverendo es un hombre probo, aunque tiene sus cosas. Por ejemplo, al llevar adelante su parroquia de Warwickshire sufre varios trastornos nerviosos. Hesselius, cuyo ojo clínico es infalible, nota un comportamiento compulsivo en el reverendo: mira una y otra vez la alfombra «como si siguiera los movimientos de algo allí».

Jennings está interesado en la obra de Hesselius sobre medicina y metafísica. El doctor, por su parte, interroga a Lady Mary para certificar algunas conjeturas preliminares: el reverendo es soltero, está escribiendo un libro, y bebe cantidades industriales de té verde. Lady Mary añade un rasgo familiar: los padres del reverendo decían ser capaces de ver fantasmas.

Hesselius se encuentra con Jennings en su casa. El doctor advierte una copia del Arcana Celestia de Emanuel Swedenborg en la biblioteca del reverendo. Lo hojea y descubre algunos pasajes marcados; uno de ellos dice:


«Cuando se abre la visión interior del hombre, que es la de su espíritu, aparecen las cosas de otra vida, invisibles a los ojos».


Según la hipótesis de Swedenborg, algunos espíritus malignos pueden reunir la fuerza necesaria para abandonar el infierno y «pegarse» a ciertas personas. Hesselius abandona el libro cuando lee una nota de Jennings que comienza con el latín: Deus misereatur mei, que puede traducirse como: «Dios tenga piedad de mí». Al tratarse de un pedido a Dios, Hesselius, que es un caballero, deja de leer para respetar la privacidad del reverendo.

Jennings lucha por recuperar su ministerio, y es atendido por el doctor Harley, pero los intentos de estabilizar su salud mental fracasan. En este punto decide contarle su historia a Hesselius. Cuatro años atrás, Jennings empezó a trabajar en un libro sobre metafísica. Escribía durante las noches, bebiendo abundante té verde, porque le resultaba más estimulante. Una noche, mientras regresaba a casa, el reverendo vio dos puntos luminosos cerca del suelo, como ojos. Se acercó y distinguió a una criatura extraña, «como un pequeño mono» que le sonreía. Jennings intentó poner distancia con su paraguas, pero este atravesó a la criatura como si su cuerpo no ofreciera resistencia. Aterrorizado, escapó, pero alcanzó a ver que el mono lo seguía.

Desde luego, debió tratarse de una ilusión, tal vez producto del cansancio físico y la fatiga mental; sin embargo, la visión del mono continuó, se hizo crónica, nunca abandonó al reverendo, a tal punto que lo veía todo el tiempo, a toda hora, en compañía de cualquier persona. La criatura incluso era visible en la oscuridad debido al destello rojizo que irradiaba.

Durante el primer año, la criatura no fue agresiva; de hecho, parecía atontada, como si no supiera moverse en el plano físico. Pero pronto se volvió más ágil y vivaz, y los tormentos aumentaron. Por ejemplo, cuando Jennings intentaba dar misa, la criatura se revolcaba encima de la Biblia, impidiéndole mantener la compostura. Después de un tiempo, ni siguiera lo dejaba rezar en privado, distrayéndolo cada vez que lo intentaba. Finalmente, la criatura llegó a ser visible para Jennings aún con los párpados cerrados, y hasta comenzó a interferir en sus pensamientos, siempre blasfemando, siempre ordenándole que hiciera daño, a sí mismo y a los demás.

Hesselius interviene. Tranquiliza a Jennings y ordena a un sirviente que lo vigile. Luego pasa la noche estudiando el caso. Desafortunadamente, trabaja en una posada lejos de la residencia del reverendo, por lo que recibe el llamado del sirviente cuando ya es demasiado tarde. Jennings se cortó el cuello.

Hesselius, que ya había tratado casos similares [de 57 casos, el único paciente al que no pudo salvar fue el reverendo], concluye que Jennings sufrió una especie de apego espiritual, el cual actúa como un veneno que excita el comportamiento morboso, y estimula cierto fluido espiritual que circula por los nervios, mientras paraliza las funciones que nos permiten comportarnos de acuerdo a los mandatos divinos.

¿Acaso el té verde estimuló el enlace entre el reverendo y esta criatura del bajo astral?

Sí, concluye Hesselius.

El té verde, en abundancia, nos expone a entidades incorpóreas, nos hace visibles y facilita el apego. Para colmo, Jennings bebía té verde mientras se encontraba estudiando metafísica, particularmente a Swedenborg. En definitiva, este estimulante le permitió entrar en contacto con sus propios miedos y darles un atinado aspecto bestial, prehumano.

***


La noción de que ciertos aspectos de la realidad son invisibles, y que estamos mejor sin percibirlos, es frecuente en el género, y hasta un lugar común en autores como H. P. Lovecraft, pero que el té verde sea visto como un peligroso estimulante para el tercer ojo es tan novedoso como desconcertante.

Té Verde es uno de los cuatro cuentos de Sheridan Le Fanu protagonizados por el doctor Martin Hesselius, siendo Carmilla el más reconocido. El hombre es un precursor de los detectives sobrenaturales como Thomas Carnacki [William Hope Hodgson] y John Silence [Algernon Blackwood], entre otros. Hasta Drácula tiene una deuda con Sheridan Le Fanu, particularmente con Carmilla y Hesselius. El propio Van Helsing, según el doctor Seward, es afín a la metafísica, pero las semejanzas entre Van Helsing y Martin Hesselius se notan con mayor claridad en sus respectivas fallas profesionales. Podríamos decir que Van Helsing se equivoca al tratar a Lucy Westenra del mismo modo que Martin Hesselius con el reverendo Jennings: ambos dejan a pacientes, física y mentalmente inestables, con personas sin formación médica [ver: Bloofer Lady: la transformación de Lucy Westenra]

Lo de Van Helsing es mucho más grave porque deja a Lucy a cargo de una criada que retira sistemáticamente los crucifijos de la habitación, y de una madre que detesta el olor a ajo y los hace llevar a la cocina. El criado de Jennings, que sepamos, no hace nada que precipite el desenlace del reverendo. De todos modos, creo que Sheridan Le Fanu debió sentir que Hesselius le falló a su paciente, y por eso aclara que salvó a otros cincuenta y siete con el mismo padecimiento.

La idea de que estamos rodeados de seres invisibles que interactúan con nosotros es inmemorial. A veces se «pegan» al cuerpo áurico, a veces te susurran al oído, a veces se alimentan de emociones, pero en ningún caso recuerdo algo similar a Té verde. De hecho, si permutáramos el té verde [agente causal / estimulante] por una sustancia psicoactiva, tendría más lógica en nuestra época, pero en tiempos de Sheridan Le Fanu la combinación entre el misticismo de Emanuel Swedenborg y el té verde, aparentemente, alcanzó para proyectar los impulsos básicos del reverendo Jennings en una forma animal capaz de perseguirlo y atormentarlo.

Es lícito preguntarse si este desagradable mono verde es una alucinación provocada por el consumo de una sustancia combinado con la lectura mística, o bien una prematura y circunstancial apertura del velo que nos separa [y aísla] de estas entidades invisibles. En el caso de Jennings, la criatura procede como un agente que perturba su vida religiosa: salta sobre la biblia, hace muecas grotescas, blasfema, básicamente lo interrumpe. En términos psicoanalíticos, los impulsos y deseos reprimidos del reverendo interfieren con su vocación religiosa porque esta es la barrera que impide que tales impulsos y deseos logren su realización.

Té verde es una buena historia, independientemente de si el mono es real o una alucinación. Sin embargo, al final, Sheridan Le Fanu incurre en un hábito común en su época [1872]: brindar al lector una «explicación científica» [en realidad, pseudocientífica], lo cual siempre parece un gesto condescendiente. No obstante, esta es una historia de Martin Hesselius, y la gente esperaba, después del diagnóstico, una explicación en la sección final, aunque revelara lo que ya estaba implícito en el desarrollo: el té verde abre la mente a cosas que nunca deberíamos ver.

Más aún, Té verde es una buena historia a pesar de atentar contra sí misma. Si barriéramos todos los tintes espirituales, decimonónicos y pseudocientíficos, nos quedaría la historia de un pobre infeliz acosado por una criatura que sólo él puede ver. Y eso es lo que perdura en la memoria después de la lectura. De hecho, si antes de releer el cuento para escribir este informe alguien me hubiese preguntado de qué trataba, hubiese respondido exactamente eso: «la historia de un pobre infeliz acosado por una criatura que sólo él puede ver». Podríamos olvidar fácilmente el resto: Swedenborg, el té, Hesselius.

Me gusta pensar que Jennings es un hombre sencillo con inquietudes místicas, pero fundamentalmente sencillo. Esto queda demostrado en lo rudimentario de su visión sobrenatural: ¿qué podría ser menos terrorífico que un mono verde? ¿Un conejo? ¿Un canario? Es cierto, el simio astral es molesto, te distrae, no te deja leer ni realizar tus actividades con normalidad, pero mi hijo de seis años hace todo eso. Los padres necesitamos un intruso extradimensional más fuerte, un Perro de Tíndalos, como mínimo, para consultar con un especialista [ver: Los Perros de Tindalos y los ángulos del tiempo]

Fuera de broma, el mono verde de Sheridan Le Fanu procede de manera similar a los síntomas de diversos problemas mentales, en especial la esquizofrenia: voces o imágenes intrusivas que acosan al paciente, le sugieren «cosas» [autolesiones, en su mayoría], imposibilitan la concentración, estimulan o generan fantasías religiosas. Hesselius opta por la causa sobrenatural, cuando todos las señales apuntan a lo neurológico; y es bueno que así sea, de otro modo no tendríamos relato, sino un análisis clínico. Sin embargo, lo sobrenatural siempre me parece más tranquilizador. ¿Qué preferirías, enfrentarte a una entidad demoníaca [donde la «cura» es concreta y permanente] o sufrir algún tipo de trastorno psiquiátrico? En este último caso, los monos verdes son mucho más difíciles de erradicar. A veces te acompañan durante toda la vida [ver: E.A. Poe y la Locura como sublime forma de inteligencia]

La depresión también podría encuadrar en el trastorno de Jennings, aunque con menos precisión. En la depresión se puede conceptualizar los pensamientos negativos [como estrategia para lidiar con ellos] pero no se los percibe como agente externos.

Lovecraft escribió un cuento similar a Té verde, aunque en vez de esta infusión emplea la tecnología para abrir el tercer ojo: Desde el más allá (From Beyond), donde tampoco hay monos verdes pero sí gusanos, larvas y parásitos astrales que flotan a nuestro alrededor y se alimentan de nuestros cuerpos, pensamientos y emociones. No sabemos qué hacía el mono antes de que Jennings lo detectara, pero los gusanos de Lovecraft [mucho más extraños y alejados de la visión antropocéntrica de Le Fanu] son inofensivos hasta que Tillinghast se da cuenta de que están ahí [ver: ¡No te metas con la glándula pineal!: análisis de «Desde el más allá»]

A riesgo cometer una injusticia, diría que los horrores de Le Fanu son una variante light, vegana y libre de gluten, de los tropos de Lovecraft. El flaco de Providence, al menos, alerta sobre los peligros de leer el Necronomicón y otros libros prohibidos que conducen a la locura o la muerte. Sheridan Le Fanu ve el mismo peligro en la mordaz metafísica de Swedenborg mientras bebe demasiado té. Sin embargo, como el narrador nunca nos revela el contenido de las investigaciones de Jennings, ni tampoco qué le dice el mono, bien podría estar leyendo a Alhazred y escuchando una y otra vez: «¡Iä! ¡Iä! ¡Cthulhu fhtagn!».




Sheridan Le Fanu. I Taller gótico.


Más literatura gótica:
El artículo: «Deus misereatur mei»: análisis de «Té verde» de Le Fanu fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La vieja casa en Vauxhall Walk»: Charlotte Riddell; relato y análisis.


«La vieja casa en Vauxhall Walk»: Charlotte Riddell; relato y análisis.




«Percibió la silueta de algo acurrucado en la cama,
cuya terrible presencia parecía impregnar la casa.»



La vieja casa en Vauxhall Walk (The Old House in Vauxhall Walk) es un relato de terror de la escritora irlandesa Charlotte Riddell (1832-1906), publicado originalmente en la antología de 1882: Historias extrañas (Weird Stories).

La vieja casa en Vauxhall Walk, uno de los cuentos de Charlotte Riddell menos conocidos, relata la historia de Graham Coulton, un joven privilegiado y caprichoso que ha sido arrojado a la calle por su padre. Mientras deambula por las ciudad, solo y hambriento, se encuentra con un antiguo sirviente de la familia, quien le ofrece pasar la noche en la casa que alquila en Vauxhall Walk. Esa noche, Graham tiene un sueño vívido que parece revelar un incidente violento del pasado de la casa: el asesinato de una anciana avara. Si bien hay un posible tesoro involucrado [nunca se ha encontrado el oro de la vieja], Graham decide investigar el misterio de la casa, motivado por la necesidad de demostrar su valía a su padre, quien lo considera un cobarde.

El motivo de la casa embrujada que es investigada por el protagonista no es nuevo en Charlotte Riddell. En La puerta abierta (The Open Door), el narrador accede a investigar el misterio de una casa alquilada a uno de sus clientes, el señor Carrison, quien se niega a permanecer en la vivienda porque la puerta no cierra; desde luego, motivada por fuerzas sobrenaturales.

La vieja casa en Vauxhall Walk, en esencia, es la historia de una mujer rica y avara que se negó a ayudar a su familia, y finalmente terminó muriendo en soledad. No hay redención para ella al final, pero sus apariciones permiten que Graham Coulton, un joven algo inmaduro y decente, se beneficie de su ejemplo negativo y se reconcilie con el padre con el que se ha distanciado. No hay connotaciones góticas adicionales ni un lenguaje arcaico, pero tampoco es una narración fluida para el lector moderno.

La idea del fantasma que permanece «atado» a su vieja casa está muy extendido, no solo en la ficción, sino también en la parapsicología en general [ver: Espíritus que no abandonan su antigua casa]. La anciana [señorita Tynan] de La vieja casa en Vauxhall Walk no puede trascender su existencia terrenal debido al apego a cuestiones materiales, explícitamente al dinero, pero también al hecho de haber sido asesinada en la casa por dos intrusos que buscan su oro escondido. Este motivo guarda ciertas similitudes con Un cuento de Navidad (A Christmas Carol) de Charles Dickens, escrito cuarenta años antes, donde, a través de una serie de fashbacks se explora la noción de que el dinero no compra la felicidad [la señorita Tynan funciona como una especie de «Scrooge» femenino]. Desde las primeras líneas, Charlotte Riddell destaca el tema económico, que es el núcleo de su historia de fantasmas:


«¡Sin casa, sin hogar, sin esperanza! Muchos de los que habían transitado por esa calle debieron pronunciar las mismas palabras: los cansados, los desolados, los hambrientos, los abandonados, los desamparados y vagabundos de la humanidad, con frío, famélicos y miserables, por las aceras de la parroquia de Lambeth.»


En general, las historias de fantasmas abordan el tema de la propiedad: el habitante de una casa se enfrenta a uno o varios fantasmas que afirman su dominio sobre la propiedad y se rehúsan a ser desalojados. El espíritu a menudo busca expulsar a los vivos, a quienes considera intrusos, mientras que los vivos intentan resolver el misterio de la casa para desterrar al fantasma. Es una dinámica que se repite con variaciones menores. La vieja casa en Vauxhall Walk no difiere de este tropo. Si bien Graham Coulton no es el propietario de la casa; y ni siquiera tiene dinero para alquilar la finca, al principio sólo es una víctima pasiva de las apariciones; pero cuando obtiene la aprobación del propietario legal para permanecer en la casa consigue resolver en misterio, quedarse con el oro y, quizás, liberar al fantasma de su apego a la casa [ver: Señales de que hay un espíritu en tu casa]

El fantasma de Charlotte Riddell expone la transición del espectro gótico clásico [vengativo y encarnizado con su familia] al fantasma victoriano. Ya no tenemos los entierros prematuros y el encarcelamiento explícito de las novelas góticas tradicionales, sino personas que se recluyen, se aislan, se privan del contacto humano, y al final terminan en una variación más urbana del motivo del entierro prematuro. El oro de la señorita Tynan no le proporcionó consuelo al tener una vida aislada de sus afectos. En cierto modo, ella resolvió ser enterrada prematuramente en la casa. Pero este vínculo con la riqueza no se rompió en la muerte, por el contrario, sus ligaduras se volvieron más fuertes, manteniéndola atada a la casa y a sus posesiones terrenales.

También hay que decir que la anciana no parece ser un fantasma con agencia propia; más bien se asemeja al concepto de energía residual que ha quedado grabada en la casa, y es activada y recogida por una persona sensitiva, en este caso, Graham [ver: La teoría de la Cinta de Piedra]. De hecho, el protagonista observa [en sueños] una especie de bucle que repite el asesinato de la mujer, y luego a la propia señorita Tynan como una manifestación física de la avaricia que la llevó a la muerte:


«[Graham] giró un poco para ver a la persona ocupada de una manera tan singular, y descubrió que, donde no había habido silla la noche anterior, ahora había una en la que estaba sentada una vieja bruja arrugada, con la ropa pobre y harapienta, una cofia apenas cubriendo su escaso cabello blanco, las mejillas hundidas, la nariz aguileña, sus dedos más como garras que cualquier otra cosa, mientras se sumergían en el montón de oro, del cual levantaban solo algunas porciones para esparcirlas con tristeza.»


El aspecto de la mujer establece que amaba menos la riqueza que su acumulación. Evidentemente se privó en vida de los placeres más simples, pero eso no tiene nada de reprobable: la maldición que recae sobre ella es producto de su elección de negarle ayuda a los demás, a pesar de contar con los recursos necesarios.

Después de tener esta visión, Graham investiga la muerte de la mujer, no por motivos desinteresados: quizás quiere impresionar al casero y así conseguir un alquiler accesible aprovechando que la casa ya tiene la reputación de estar embrujada. En resumen: Graham espera encontrar el oro que la mujer dejó, supuestamente, escondido en algún lugar de la casa. Esta motivación terrenal y egoísta [aunque tampoco condenable] le hace olvidar la «lección» inherente en la visión de esta vieja avara:


«Parecía haber una lección para él que había olvidado, que, por mucho que lo intentara, se le escapaba de la memoria. En el mismo acto de despertar, se desvaneció.»


Las apariciones de la vieja muestran la naturaleza corrosiva de la avaricia, es cierto, pero Charlotte Riddell no era precisamente una defensora de las clases trabajadoras. Las personas a las que la vieja negó ayuda, y quienes terminan asesinánola, viven en la «honesta pobreza»:


«Rodeaban a aquella avara, se agolpaban: todas esas figuras pálidas y tristes: el anciano, el niño, el paria sollozante, la pobreza honesta, el vicio arrepentido; pero un grito sordo salió de aquellos labios: un grito de ayuda que podría haber dado, pero negó.»


Si la acumulación de riqueza es la amenaza moral, los «pobres» son la amenaza física. Que nuestro protagonista sea un chico rico que atraviesa un momento difícil indica la perspectiva desde la que debemos ver la historia. En este sentido, los mensajes morales de Charles Dickens [como la llamada a la compasión] no están presentes en La vieja casa en Vauxhall Walk.

Todo parece terminar bien para el protagonista: eventualmente encuentra el oro, y esto lo lleva a obtener independencia financiera y emocional de su padre, contra quien se rebela al principio de la historia. Sin embargo, se queda en la casa de Vauxhall Walk. Tal vez terminó sus días acariciando su oro del mismo modo que la señorita Tynan.




La vieja casa en Vauxhall Walk.
The Old House in Vauxhall Walk, Charlotte Riddell (1832-1906)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


¡Sin casa, sin hogar, sin esperanza!

Muchos de los que habían transitado por esa calle debieron pronunciar las mismas palabras: los cansados, los desolados, los hambrientos, los abandonados, los desamparados y vagabundos de la humanidad, con frío, famélicos y miserables, por las aceras de la parroquia de Lambeth; pero es cuestionable si él alguna vez las pronunció con convicción, o con un sentimiento de autocompasión más profundo, que el joven que se apresuraba por Vauxhall Walk una noche lluviosa de invierno, sin abrigo ni sombrero.

Una frase extraña para que la expresara un joven de veintiún años, y más extraña aún que viniera de labios de una persona que era un caballero. Tampoco parecía haber caído en la gracia de la fortuna. No había señal que indujera a imaginar que había sido derrotado tras una larga lucha contra la calamidad. Sus botas no estaban desgastadas ni rotas por las puntas, como muchas, muchas botas que se arrastraban y raspaban por el pavimento. Su ropa era buena y de corte elegante, libre de rasgaduras, remiendos y andrajos que se escabullían miserablemente, agazapados en los portales, y extendían la mano en silencio pidiendo caridad. Su rostro no estaba contraído por el hambre ni surcado de arrugas perversas ni embrutecido por la bebida y el libertinaje; y aun así, decía y pensaba que no tenía remedio, y casi en su joven desesperación, pronunciaba las palabras en voz alta.

Era una mala noche para andar con semejante sentimiento en el corazón. La lluvia era fría, despiadada y arreciaba. Un viento húmedo y cortante soplaba por las calles transversales que venían del río. Los humos de la fábrica de gas parecían caer con la lluvia. El camino estaba embarrado; el pavimento grasiento; las farolas ardían tenuemente; y ese lúgubre barrio de Londres lucía en su peor momento.

Ciertamente no era una noche para estar fuera, sin un hogar adonde ir ni una moneda de seis peniques en el bolsillo; sin embargo, esta era la posición del joven caballero que, sin sombrero, caminaba por Vauxhall Walk, con la lluvia azotando su cabeza desprotegida.

Miraba con envidia las casas, tan grandes y bonitas —antaño habitadas por ciudadanos adinerados, ahora alquiladas en su mayoría por pisos a inquilinos semanales—. Habría dado cualquier cosa por tener una habitación, o incluso parte de ella. Llevaba mucho tiempo caminando, desde que oscurecía, y de hecho oscurecía pronto en diciembre. Estaba cansado, tenía frío y hambre, y no veía otra posibilidad que la de pasear por las calles toda la noche.

Al pasar junto a una de las farolas, la luz que caía sobre su rostro reveló unos rasgos jóvenes y apuestos, una boca ágil y sensible, y esa peculiar formación de las cejas —no exactamente un ceño fruncido, sino un cierto fruncimiento— que a menudo se considera de genio, pero que sin duda acompaña a una organización impulsiva, fácilmente complaciente, fácilmente depresiva, capaz de sufrir o de disfrutar plenamente. En su corta vida no había disfrutado mucho. Esa noche, al caminar con la cabeza descubierta bajo la lluvia, la situación había llegado a un punto crítico.

Hasta donde él, en su desesperación, podía ver o razonar, lo mejor que podía hacer era morir. El mundo no lo quería; estaría mejor fuera de él.

—¡Amo Graham! ¡Amo Graham! —exclamó este hombre sin aliento; árido.

El joven se detuvo como si le hubieran disparado.

—¿Me conoce? —preguntó, volviéndose.

—Soy William; ¿no se acuerda de William, amo Graham? Por Dios, señor, ¿qué hace afuera en una noche como esta sin su sombrero?

—Lo olvidé —fue la respuesta—; y no quise volver a buscarlo.

—Entonces, ¿por qué no compra otro, señor? Se va a morir de frío; y además, me disculpará, señor, pero se ve raro.

—Lo sé —dijo el amo Graham con gravedad—; pero no tengo ni medio penique.

—¿Entonces usted y el señor...? —empezó el hombre, pero allí dudó y se detuvo—. ¿Se han peleado?

—Sí.

—¿Y adónde va ahora?

—¿Ir? A ninguna parte, salvo a buscar la losa más blanda del pavimento o el refugio de un arco.

—Está bromeando, señor.

—No estoy de humor para bromas.

—¿Volverá conmigo, señor Graham? Estamos en el último tramo de la mudanza, pero aún queda una chispa en la chimenea, y sería mejor que hablar con la lluvia. ¿Viene, señor?

—¡Claro que iré! —dijo el joven, y, volviéndose, fueron hacia la casa que él había visto al pasar.

Una casa muy vieja, con un vestíbulo largo y ancho, escaleras bajas y de fácil acceso, con cornisas profundas hasta los techos, suelos de roble y puertas de caoba, que aún hablaban en voz baja de la riqueza y estabilidad del propietario original, que vivió antes de que se pensara en los Tradescant y los Ashmol, y había estado durmiendo mucho más tiempo que ellos en el cementerio de Santa María, junto al palacio arzobispal.

—Suba, señor —suplicó el inquilino que se marchaba—; hace frío aquí abajo, con la puerta abierta de par en par.

—¿Entonces tenías toda la casa, William? —preguntó Graham Coulton, algo sorprendido.

La puerta de una de las casas estaba abierta, y en el recibidor tenuemente iluminado pudo ver algunos muebles esperando a ser retirados. Una furgoneta estaba junto a la acera, y dos hombres subían una mesa a ella cuando él, por un segundo, se detuvo.

«Ah», pensó, «hasta esa pobre gente tiene un lugar adonde ir, un techo asegurado, mientras que yo no tengo techo ni un chelín para pasar la noche». Y siguió adelante deprisa, como si la memoria lo impulsara, tan deprisa que un hombre que corría tras él tuvo dificultades para alcanzarlo.

—Toda la casa, sí; y lamento mucho tener que dejarla. Por aquí, señor.

William, haciendo honor a su anterior residencia, invitó a su antiguo amo a un espacioso apartamento que ocupaba todo el ancho de la casa en el primer piso.

Aunque estaba cansado, el joven no pudo reprimir una exclamación de asombro.

—¡Pero si no tenemos nada tan grande como esto en casa, William! —dijo.

—Es una casa hermosa —respondió William, revolviendo las brasas mientras hablaba y echando leña sobre ellas—; pero, como muchas buenas familias, se ha venido abajo.

Había cuatro ventanas en la habitación, cerradas con persianas; tenían asientos bajos y profundos, que evocaban agradables días pasados; cuando, bien cubiertas con cortinas y cojines, formaban acogedores rincones para los niños, y a veces también para los adultos. No quedaban muebles, salvo un banco de roble junto a la chimenea y un gran espejo empotrado en el revestimiento de madera en el extremo opuesto de la habitación, con una consola de mármol negro debajo; pero la misma ausencia de sillas y mesas permitía apreciar con toda claridad las magníficas proporciones de la habitación, y nada distraía la atención del techo ornamentado, las paredes revestidas de madera, la repisa de la chimenea, de estilo antiguo y tan pintorescamente tallada, y la chimenea revestida de azulejos, cada uno de los cuales contenía una imagen de algún tema bíblico o alegórico.

—Si te hubieras quedado aquí, William —dijo Coulton, dejándose caer con cansancio en el banco—, te habría pedido que me dejaras pasar la noche aquí.

—Si puede arreglárselas, señor, no hay nada que le impida quedarse —respondió el hombre, avivando la leña—. No le devolveré la llave al casero hasta mañana. Sería mejor que el frío de la calle, de todos modos.

—¿Lo dices en serio? —preguntó el otro con entusiasmo—. Agradecería quedarme aquí; me siento agotado.

—Entonces quédese, señor Graham, y bienvenido. Iré a buscar una cesta de carbón que iba a meter en el furgón y encenderé un buen fuego. Luego tengo que ir a la otra casa un par de minutos, pero no está lejos, y volveré en cuanto pueda.

—Gracias, William; siempre fuiste bueno conmigo —dijo el joven—. Esto es una delicia —y extendió sus manos entumecidas sobre la leña ardiente, mirando la habitación con una sonrisa de satisfacción—. No esperaba encontrarme en semejante lugar —comentó, mientras su amigo en apuros reaparecía con una cesta llena de brasas, con la que procedió a encender una fogata—. Estoy seguro de que lo último que podría haber imaginado era encontrarme con alguien conocido en Vauxhall Walk.

—¿De dónde venía, señor Graham? —preguntó William con curiosidad.

—De la casa del viejo Melfield. Estuve una vez en su escuela, ¿sabe?; ahora se ha jubilado y vive de las ganancias de años de robo en Kennington Oval. Pensé que tal vez me prestaría una libra, o me ofrecería alojamiento por una noche, o incluso una copa de vino; pero, ¡ay, Dios mío!, no. Adoptó un tono moralista y comentó que no tenía nada que decirle a un hijo que desafiaba la autoridad de su padre. Me dio muchos consejos, pero nada más, y me acompañó a la lluvia con una cortesía por la que podría haberle dado una paliza.

William murmuró algo en voz baja que no era una bendición, y añadió en voz alta:

—Creo que está mejor aquí, señor, de todos modos. Regresaré en menos de media hora.

Dejado solo, el joven Coulton se quitó el abrigo, y moviendo un poco el banco, lo colgó del borde para que se secara. Con su pañuelo se secó el pelo; luego, completamente exhausto, se tumbó frente al fuego y, apoyando la cabeza en el brazo, se quedó profundamente dormido.

Se despertó casi una hora después al oír a alguien atizar suavemente el fuego y moverse silenciosamente por la habitación. Se sentó de golpe, miró a su alrededor, desconcertado por un momento. Luego, reconociendo a su humilde amigo, dijo riendo:

—Me había perdido; no podía imaginar dónde estaba.

—Lamento verlo aquí, señor —fue la respuesta—; pero aun así esto es mejor que estar al aire libre. Ha sido una noche horrible. Traje una manta para que se abrigara.

—Ojalá me hubiera traído algo de comer —dijo el joven riendo.

—¿Tiene hambre, señor? —preguntó William con tono preocupado.

—Sí. No he comido nada desde el desayuno. El gobernador y yo empezamos a discutir en cuanto nos sentamos a almorzar, y me levanté y dejé la mesa. Pero el hambre no importa; estoy seco y caliente, y puedo olvidarme de lo otro durmiendo.

—Y ya es demasiado tarde para comprar algo —dijo el hombre con voz afable—; las tiendas cerraron hace mucho. ¿Cree, señor —añadió, animándose—, que podría comer un poco de pan y queso?

—Yo creo... diría que es un festín perfecto —respondió Graham Coulton—. Pero no te preocupes por la comida esta noche, William; ya has tenido bastantes problemas, y de sobra.

La única respuesta de William fue correr hacia la puerta y bajar corriendo las escaleras. Al poco rato reapareció, llevando en una mano pan y queso envueltos en papel, y en la otra una medida de peltre llena de cerveza.

—Es lo máximo que he podido hacer, señor —dijo disculpándose—. Tuve que rogarle esto a la casera.

—¡Por su salud! —exclamó el joven alegremente, dando un largo trago a la jarra—. Sabe mejor que el champán en casa de mi padre.

—¿No se sentirá incómodo su padre, señor? —aventuró William, quien, tras haber vaciado las brasas, estaba sentado en la cesta invertida, observando con nostalgia el deleite con el que el hijo del antiguo amo comía su pan con queso.

—No —fue la respuesta decidida—. Cuando oiga que llueve a cántaros, solo esperará que esté bajo el diluvio y dirá que un buen remojón calmará mi orgullo. Mi padre siempre me odió, como odió a mi madre. Si hubieras oído lo que dijo hoy de ella... Me dijo que me parecía a ella tanto en mente como en cuerpo; que era un cobarde, un ingenuo y un hipócrita.

—No lo decía en serio, señor.

—Sí que lo decía, cada palabra. Cree que soy un cobarde, porque yo... yo... —Y el joven rompió a llorar histéricamente.

—No me gusta nada dejarlo aquí solo —dijo William, mirando a su alrededor con una expresión de inquietud—; pero no tengo un lugar adecuado que se quede, y me veo obligado a ir yo mismo, porque soy sereno y debo estar a las doce.

—Estaré bien —fue la respuesta—. Pero no debo hablar más de mi padre. Háblame de ti, William. ¿Cómo conseguiste una casa tan grande y por qué la dejas?

—El casero me puso a cargo, señor; pero a mi esposa no le gustó.

—¿Por qué?

—Se sentía sola con los niños por la noche —respondió William, volviendo la cabeza; y añadió—: Ahora, señor, si cree que no puedo hacer más por usted, será mejor que me vaya. El tiempo apremia. Mañana por la mañana daré una vuelta.

—Buenas noches —dijo el joven, extendiendo la mano, que el otro tomó con la misma libertad y franqueza con que se la ofrecía—. ¿Qué habría hecho esta noche si no me hubiera encontrado contigo?

—Espero que descanse bien.

—No te preocupes —fue la réplica, y al minuto siguiente el joven se encontró completamente solo en la vieja casa de Vauxhall Walk.


II

Tumbado en el banco, con el fuego apagado y la habitación en total oscuridad, Graham Coulton tuvo un sueño curioso. Creyó despertar al encontrar un leño ardiendo en la chimenea, y el espejo al fondo de la habitación reflejando destellos intermitentes de luz. No entendía cómo, a pesar de la distancia que lo separaba del espejo, podía verlo todo; pero se resignó a la dificultad sin asombro, como suele ocurrir en los sueños.

Tampoco se sorprendió al contemplar la silueta de una mujer sentada junto al fuego, ocupada en coger algo de su regazo y dejarlo caer con un gesto de desesperación.

Oyó el suave sonido del oro y supo que estaba levantando y dejando caer soberanos. Se giró un poco para ver a la persona ocupada de una manera tan singular, y descubrió que, donde no había habido silla la noche anterior, ahora había una, en la que estaba sentada una vieja bruja arrugada, con la ropa pobre y harapienta, una cofia apenas cubriendo su escaso cabello blanco, las mejillas hundidas, la nariz aguileña, sus dedos más como garras que cualquier otra cosa, mientras se sumergían en el montón de oro, del cual levantaban solo algunas porciones para esparcirlas con tristeza.

—¡Oh! ¡Mi vida perdida! —gimió con una voz de amarga angustia—. ¡Oh! ¡Mi vida perdida... por un día, por una hora otra vez!

De la oscuridad, del rincón de la habitación donde las sombras eran más profundas, de la penumbra que se cernía cerca de la puerta, de la lúgubre noche, con los pies y la cabeza empapada, surgieron los ancianos y los niños pequeños, las mujeres fatigadas y los corazones cansados, cuya miseria ese oro podría haber aliviado, pero de cuya desdicha se burlaba.

Rodeaban a aquella avara, que una vez se regodeaba como ahora se lamentaba, se agolpaban: todas esas figuras pálidas y tristes: el anciano, el niño, el paria sollozante, la pobreza honesta, el vicio arrepentido; pero un grito sordo salió de aquellos labios pálidos: un grito de ayuda que podría haber dado, pero negó.

Se cerraron sobre ella, todos juntos, como lo habían hecho individualmente en vida; rezaron, sollozaron, suplicaron; Con ojos demacrados, la figura contempló a los pobres que había rechazado, a los niños cuyo llanto había cerrado los oídos, a los ancianos que había dejado morir de hambre; entonces, con un grito terrible, alzó sus delgados brazos por encima de la cabeza y se dejó caer, hundiéndose, el oro se desparramó al caer de su regazo y rodó por el suelo, hasta que su brillo se perdió en la oscuridad exterior.

Entonces Graham Coulton despertó de verdad, con el sudor rezumando por cada poro, con un miedo y una agonía como nunca antes había sentido, y con el sonido del grito desgarrador:

—¡Oh! ¡Mi vida perdida! —aún resonando en sus oídos.

A todo esto, además, parecía haberle quedado una lección olvidada, que, por mucho que lo intentara, se le escapaba de la memoria y que, en el mismo acto de despertar, se desvaneció. Se quedó un rato reflexionando sobre todo esto, y luego, aún sumido en el sueño, volvió a su mundo de ensueño.

Era natural, quizá, que, mezclándose con las extrañas fantasías que siguen la sucesión de la noche y la oscuridad, la visión anterior volviera a aparecer, y al poco tiempo el joven se encontró afanándose en una escena tras otra, donde la figura de la mujer que había visto sentada junto a un fuego moribundo ocupaba un lugar destacado.

La vio caminar lentamente, masticando un mendrugo seco; ella, que podría haber comprado todos los lujos que la riqueza puede exigir; junto a la chimenea, contemplándola, se encontraba un hombre de imponente presencia, vestido a la usanza de antaño. En sus ojos había una oscura mirada de ira, en sus labios una sonrisa torcida de disgusto, y de alguna manera, incluso en sueños, el soñador comprendió que era un antepasado lo que contemplaba; que la casa destinada a usos mezquinos en la que yacía nunca había descendido tanto de su alta posición como la mujer, poseedora de un alma lastimosa, contaminada con el vicio más despreciable e insidioso que la pobre humanidad conoce, pues todos los demás vicios parecen tener conexión con la carne, pero la avaricia corroe el alma misma.

De aspecto asqueroso, repulsivo a la vista, contempló otro fantasma que, al entrar en la habitación, la encontró casi en el umbral, tomándola de la mano y suplicándole, al parecer, ayuda. No podía oír todo lo que pasaba, pero alguna palabra llegaba a sus oídos de vez en cuando. Alguna conversación sobre tiempos pasados; alguna mención de una joven y bella madre; una súplica, al parecer, a un tiempo en que eran hermanos pequeños, y la maldita codicia por el oro no los había separado. Todo en vano; la bruja solo le respondió como había respondido a los niños, a las jóvenes y a los ancianos en su visión anterior. Su corazón era tan invulnerable al afecto natural como lo había demostrado a la compasión humana. Él suplicaba, al parecer, ayuda para evitar alguna amarga desgracia. Entonces, la figura que estaba junto a la chimenea se transformó en un ángel, que plegó sus alas con tristeza sobre su rostro, y el hombre, con la cabeza gacha, salió lentamente de la habitación.

Al hacerlo, la escena volvió a cambiar; era de noche otra vez, y la avara subía las escaleras. Desde abajo, Graham Coulton creyó observarla con cansancio de un escalón a otro. Había envejecido de forma extraña desde las escenas anteriores. Se movía con dificultad; parecía un esfuerzo inmenso para ella arrastrarse de un escalón a otro, su mano delgada atravesando los balaustres con lenta y dolorosa deliberación. Fascinado, los ojos del joven siguieron el avance de aquella mujer débil y decrépita. Estaba sola en una casa desolada, con una negrura más profunda que la oscuridad de la noche esperando envolverla.

Después de eso yació un rato en un descanso profundo y sin sueños, y al despertar se encontró entrando en una habitación tan sórdida y sucia como lo había sido la mujer de su visión anterior. La esposa del trabajador más pobre habría reunido más comodidades a su alrededor que las que contenía esa habitación. Una cama con dosel sin cortinas, una persiana torcida, una alfombra vieja cubierta de polvo y suciedad en el suelo, un lavabo destartalado con toda la pintura desprendida, un antiguo tocador de caoba y un cristal roto y salpicado de manchas: fueron todos los objetos que pudo distinguir al principio, mirando la habitación a través de esa tenue luz que a menudo se percibe en los sueños.

Poco a poco, sin embargo, percibió la silueta de alguien acurrucado en la cama. Acercándose, descubrió que era la de la persona cuya terrible presencia parecía impregnar la casa. ¡Qué terrible espectáculo! Con sus finos cabellos blancos esparcidos sobre la almohada, con lo que eran meros restos de mantas sobre sus hombros, con sus dedos como garras aferrándose a la ropa, ¡como si incluso dormida estuviera custodiando su oro!

Un espectáculo espantoso y repulsivo, pero ni la mitad del terror que le causó lo que siguió.

Mientras el joven miraba, oyó pasos sigilosos en la escalera. Entonces vio primero a un hombre y luego a su compañero entrar sigilosamente en la habitación. Un segundo después, la pareja se quedó junto a la cama con una mirada asesina en los ojos.

Graham Coulton intentó gritar, intentó moverse, pero el poder disuasorio de los sueños solo le ató la lengua y le paralizó las extremidades. Apenas podía oír y mirar, y lo que oyó y vio fue esto: despertada repentinamente, la mujer se sobresaltó, solo para recibir un golpe de uno de los rufianes, cuyo compañero siguió su ejemplo clavándole un cuchillo en el pecho.

Entonces, con un grito ahogado, cayó de espaldas en la cama, y en ese mismo instante, con un grito, Graham Coulton despertó de nuevo, para agradecer al cielo que solo fuera una ilusión.


III

—Espero que haya dormido bien, señor —era William, entrando en el recibidor bajo la luz de una mañana radiante. Preguntó—: ¿Ha dormido bien?.

Graham Coulton rió y respondió:

—Dormí bastante bien, supongo, pero ya fuera por la pelea con mi padre, por la cama dura o por el queso (probablemente por la comida a esas horas de la noche), tuve sueños toda la noche, sueños de lo más extraordinarios. Una anciana aparecía constantemente, y vi cómo la asesinaban.

—¿No me diga eso, señor? —dijo William con nerviosismo.

—Sí —fue la respuesta—. Pero ya pasó. He bajado a la cocina y me he lavado bien, y estoy fresco como una rosa y hambriento como un cazador. Ay, William, ¿puedes prepararme el desayuno?

—Claro, señor Graham. He traído una tetera y pondré a hervir el agua enseguida. Supongo, señor —dijo con vacilación—, que hoy se irá a casa.

—¡A casa! —repitió el joven—. Decididamente no. No volveré a casa hasta que vuelva con alguna medalla colgada del abrigo, o con una pierna o un brazo amputados. Lo he pensado todo, William. Iré a alistarme. Se habla de guerra; y, vivo o muerto, mi padre tendrá motivos para retractarse de su opinión sobre mi cobardía.

—Estoy seguro que nunca pensó de usted nada parecido, señor —dijo William—. ¡Tiene usted el coraje de diez! No haga nada precipitado, señor Graham, como ir a la guerra.

—Si no lo hago, ¿qué será de mí? —preguntó el otro—. No sé cavar; me avergüenza mendigar. Si no fuera por tu amabilidad, anoche no habría tenido techo.

—Me temo que no es un buen techo, señor.

—¡No es un buen techo! —repitió el joven—. ¿Quién podría desear uno mejor? ¡Qué habitación tan estupenda es esta! —continuó, mirando alrededor del apartamento, donde William estaba encendiendo una chimenea—. ¡Aquí podrían cenar veinte personas fácilmente!

—Si le parece tan bien el lugar, señor Graham, podría quedarse aquí un rato, hasta que decida qué hacer. Estoy seguro de que el casero no pondrá ninguna objeción.

—¡Tonterías! Querría un alquiler largo por una casa como esta.

—No creo que se pueda —fue la significativa respuesta de William.

—¿Qué quiere decir? ¿No se alquila la casa?

—No, señor. No se lo dije anoche, pero aquí se cometió un asesinato, y desde entonces la gente huye de este lugar.

—¡Un asesinato! ¿Qué clase de asesinato? ¿Quién fue asesinado?

—Una mujer, señor Graham, la hermana del casero; vivía aquí, sola, y se suponía que tenía dinero. La encontraron muerta de una puñalada en el pecho, y si alguna vez hubo dinero, fue robado al mismo tiempo, porque no se ha encontrado nada en la casa.

—¿Fue esa la razón por la que su esposa no quería quedarse aquí? —preguntó el joven, apoyado en la repisa de la chimenea y mirando pensativo a William.

—Sí, señor. No lo soportaba más; se puso delgada y nerviosa. Nunca vio nada, pero dijo que oía pasos y voces, y luego, cuando cruzaba el pasillo o subía la escalera, siempre parecía que alguien la seguía. Anoche acostamos a los niños en esa habitación grande, y declararon que a menudo veían a una anciana sentada junto a la chimenea. Yo nunca vi nada. Siempre me duermo en cuanto mi cabeza toca la almohada.

—¿No descubrieron a los asesinos? —preguntó Graham Coulton.

—No, señor; el casero, hermano de la señorita Tynan, siempre había sido sospechoso —injustamente, estoy seguro—. Se supo que fue a pedirle ayuda uno o dos días antes del asesinato, y también que pudo superar los problemas que lo acosaban en una o dos semanas. El dinero nunca se encontró; y, en general, la gente apenas sabía qué pensar.

—¡Hum! —exclamó Graham Coulton, y dio unas vueltas por el apartamento—. ¿Podría ir a ver a este casero?

—Sin duda, señor, si tuviera sombrero —respondió William con tal solemnidad que el joven se echó a reír.

—Eso es un obstáculo, sin duda —comentó—, pero le enviaré una nota. Tengo un lápiz en el bolsillo.

Media hora después de enviar la nota, William regresó con la respuesta.

—No hará nada precipitado, señor —suplicó William.

—¡Vaya, hombre! —respondió el joven—, a uno le da lo mismo morir de un fantasma que de una bala. ¿De qué hay que tener miedo?

William se limitó a negar con la cabeza. No creía que su joven amo estuviera hecho de madera para quedarse solo en una casa embrujada y resolver el misterio sin ayuda de nadie. Y, sin embargo, cuando Graham Coulton salió de la casa del casero, parecía más animado y alegre que de costumbre, y caminó por Lambeth hasta el lugar donde William esperaba su regreso, tarareando una melodía mientras caminaba.

—Hemos zanjado el asunto —dijo—. Y ahora, si el padre quiere a su hijo para Navidad, le costará encontrarlo.

—No diga eso, señor Graham, no —suplicó el hombre, con un escalofrío—. Quizás hubiera sido mejor que nunca te hubieras topado con Vauxhall Walk.

—No te quejes, William —respondió el joven—; si no fue el mejor día de trabajo que he hecho.

Durante toda la mañana y la tarde, Graham Coulton buscó diligentemente el tesoro desaparecido que, según le aseguró el señor Tynan, nunca se había descubierto. La juventud es segura de sí misma y obstinada, y este joven explorador se sentía satisfecho de que, aunque otros habían fracasado, él tendría éxito. En el segundo piso encontró una puerta cerrada con llave, pero no le prestó mucha atención en ese momento, pues creía que si había algo oculto, era más probable que se encontrara en la parte inferior de la casa. Hasta bien entrada la noche continuó sus investigaciones en la cocina, los sótanos y los armarios antiguos, de los cuales abundaba el sótano. Eran casi las once cuando, mientras hurgaba entre los cubos vacíos de una bodega tan grande como una bóveda familiar, sintió de repente una ráfaga de aire frío en la espalda. Al moverse, su vela se apagó al instante, y justo al quedar a oscuras, vio, de pie en el umbral, a una mujer que se parecía a la que había atormentado sus sueños durante la noche.

Se apresuró a aferrarla pero todo quedó a oscuras. Volvió a encender la vela y examinó detenidamente el sótano, cortando la comunicación con la planta baja. En vano. No encontró ni rastro de ser vivo; ni una sola ventana estaba abierta, ni una sola puerta sin cerrojo.

—Es muy extraño —pensó mientras, tras cerrar bien la puerta en lo alto de la escalera, registraba toda la parte superior de la casa, excepto la habitación mencionada—. Tengo que conseguir la llave mañana —decidió, de espaldas al fuego y con la mirada vagando por el salón, donde había vuelto a residir.

Mientras pensaba eso, vio de pie en el umbral a una mujer de cabello blanco y despeinado, vestida con ropas miserables, andrajosa y sucia. Levantó la mano con un gesto amenazador, y entonces, justo cuando él se precipitaba hacia ella, ocurrió algo maravilloso.

Detrás del gran espejo se deslizó una segunda figura femenina, al verla la primera se dio la vuelta y huyó, profiriendo agudos gritos mientras la otra la seguía de piso en piso. Aterrado, Graham Coulton observó a la temible pareja mientras subían corriendo las escaleras, pasando la habitación cerrada con llave, hacia la azotea. Pasaron unos minutos antes de que recuperara la compostura. Cuando lo hizo, y registró las habitaciones superiores, las encontró completamente vacías.

Esa noche, antes de acostarse frente al fuego, cerró con cuidado la puerta del salón; corrió el pesado banco que había delante, de modo que si se forzaba la cerradura no se pudiera entrar sin un ruido considerable. Durante un rato permaneció despierto, luego se sumió en un sueño profundo del que lo despertó un ruido como si algo se arrastrara. Se incorporó sobre un codo y escuchó; para su consternación, vio sentada al otro lado de la chimenea a la misma mujer que había visto antes en sueños, lamentándose por su oro.

El fuego aún no se había apagado. A la luz de una última llama vio que la figura se llevaba un dedo fantasmal a los labios, y por el giro de la cabeza y la postura de su cuerpo parecía estar escuchando.

También escuchó; de hecho, estaba demasiado asustado para hacer otra cosa; los sonidos que lo habían despertado se volvían cada vez más nítidos, un susurro sigiloso que se acercaba cada vez más, parecía subir y subir, tras el friso. «Son ratas», pensó el joven, aunque le castañeteaban los dientes de miedo. Pero entonces vio lo que lo disuadió de esa idea: el destello de una vela o lámpara a través de una grieta en el revestimiento. Intentó levantarse, se esforzó por gritar, todo en vano. No recordó nada hasta que despertó y encontró la luz grisácea de una mañana temprana colándose por una de las contraventanas que había dejado entreabierta.

Durante horas después de su desayuno, que apenas probó, mucho después de que William lo dejara al mediodía, Graham Coulton, tras haber inspeccionado la casa larga y detenidamente, se sentó a pensar frente al fuego; luego, aparentemente decidido, se puso el sombrero que había comprado y salió. Cuando regresó, oscurecía, pero las aceras estaban llenas de gente que iba de compras, pues era Nochebuena, y todos los que tenían dinero para gastar parecían empeñados en comprar.

Era terriblemente lúgubre dentro de la vieja casa esa noche. Graham sintió que esa fantasmal figura vagaba tristemente por las habitaciones desiertas. Al darle la espalda, supo que iba del espejo al fuego, del fuego al espejo. Pero ya no le tenía miedo a ella; le asustaba mucho más otro asunto que había abordado ese día.

El horror de la casa silenciosa crecía cada vez más en él. Podía oír los latidos de su propio corazón en la quietud sepulcral que reinaba desde el desván hasta el sótano.

Por fin llegó William; pero el joven no le dijo nada de lo que pasaba por su mente. Le habló con alegría y esperanza, preguntándose dónde creería su padre que se había metido y esperando que el señor Tynan le enviara un poco de pudín navideño. Entonces el hombre dijo que era hora de irse, y, cuando el señor Coulton bajó a la puerta del recibidor, se dio cuenta de que la llave no estaba puesta.

—No —fue la respuesta—, la saqué hoy para aceitarla.

—Necesitaba aceitarse —asintió William—, porque se endurecía muchísimo.

Tras pronunciar esta obviedad, se marchó.

Muy lentamente, el joven regresó al salón, donde se detuvo para cerrar la puerta por fuera; luego, quitándose las botas, subió a la azotea de la casa, donde, entrando en el ático delantero, esperó pacientemente en la oscuridad y en silencio. Pasó mucho tiempo, o al menos le pareció mucho, antes de que oyera el mismo sonido que lo había despertado la noche anterior: un susurro sigiloso, luego una ráfaga de aire frío, pasos cautelosos, la silenciosa apertura de una puerta abajo.

No tardó tanto en actuar. En un instante, salió al rellano y cerró una parte del revestimiento de la pared que estaba abierto. Regresó sigilosamente a la ventana del ático, la abrió y se oyó un traqueteo, cuyo eco resonó a lo lejos y cerca por las calles desiertas. Luego, bajando las escaleras, se encontró con un hombre que, tras adelantarlo como una flecha, se dirigió al rellano superior; pero, al ver cerrada la vía de escape, volvió a bajar corriendo, encontrando a Graham forcejeando desesperadamente con su compañero.

—El cuchillo, vamos —dijo con furia; y al instante siguiente, Graham sintió algo como un hierro candente atravesándole el hombro, y luego oyó un golpe sordo: uno de los hombres, tropezando en su rápida huida, cayó de lo alto de las escaleras al suelo.

En ese mismo instante se oyó un estruendo, como si la casa se derrumbara, y débil, enfermo y sangrando, el joven Coulton yacía inconsciente en el umbral de la habitación donde habían asesinado a la señorita Tynan.

Cuando se recuperó, estaba en el comedor, y un médico le examinaba la herida.

Cerca de la puerta, un policía montaba guardia. El salón estaba lleno de gente; toda la miseria y el vagabundeo que abundaban en las calles a esa hora se agolpaban para ver qué había sucedido. En medio de todo esto, dos hombres eran trasladados a la comisaría: uno, con la cabeza herida, en camilla; el otro, esposado, profiriendo espantosas imprecaciones mientras se marchaba.

Al cabo de un rato, la chusma se fue, la policía tomó posesión de la casa y mandaron a buscar al señor Tynan.

—¿Qué fue ese ruido tan espantoso? —preguntó Graham débilmente, sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared.

—No lo sé. ¿Hubo algún ruido? —dijo el señor Tynan, haciéndole caso a su imaginación.

—Sí, en el salón, creo; la llave está en mi bolsillo.

Haciéndole caso al muchacho herido, el señor Tynan tomó la llave y subió corriendo las escaleras.

¡Qué espectáculo se presentó ante sus ojos al abrir la puerta! El espejo se había caído, yacía por el suelo hecho mil pedazos; el marco se había derrumbado por su peso, y la losa de mármol también estaba hecha añicos. Pero no fue esto lo que captó su atención.

Cientos, miles de piezas de oro estaban esparcidas por todas partes, y una abertura tras el cristal contenía cajas llenas de títulos de crédito, entre escrituras y bonos, cuya posesión le había costado la vida a su hermana.

—Bueno, Graham, ¿qué quieres? —preguntó el almirante Coulton esa noche cuando su primogénito apareció ante él, algo pálido, pero por lo demás inalterado.

—No quiero nada —fue la respuesta—, salvo pedirte perdón. William me ha contado toda la historia que desconocía; y, si me lo permites, intentaré compensarte por las molestias que has tenido. Estoy bien —continuó el joven con una risa nerviosa—. He amasado mi fortuna desde que te dejé, y también la de otro hombre.

—Creo que estás loco —dijo secamente el almirante.

—No, señor, los he encontrado —fue la respuesta—; y pienso esforzarme y mejorar mi vida de lo que habría sido si no hubiera ido a la vieja casa de Vauxhall Walk.

—¡Vauxhall Walk! ¿De qué hablas, muchacho?

—Se lo diré, señor, si me permite sentarse —fue la respuesta de Graham Coulton, y luego contó su historia.

Charlotte Riddell (1832-1906)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Charlotte Riddell.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Charlotte Riddell: La vieja casa en Vauxhall Walk (The Old House in Vauxhall Walk), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Charlotte Riddell: relatos.


Charlotte Riddell: relatos.




Charlotte Riddell —Charlotte Eliza Lawson Riddell (1832-1906)— fue una popular escritora irlandesa particularmente influyente en el relato de fantasmas del período victoriano.

En esta sección de El Espejo Gótico compartiemos algunos de los mejores cuentos de Charlotte Riddell.




Relatos de Charlotte Riddell.
  • La puerta abierta (The Open Door)
  • La vieja casa en Vauxhall Walk (The Old House in Vauxhall Walk)
  • Agua de hadas (Fairy Water)
  • Alaric Spenceley (Alaric Spenceley)
  • Austin Friars (Austin Friars)
  • Berna Boyle (Berna Boyle)
  • Ciudad y suburbio (City and Suburb)
  • Cómo pasar un mes en Irlanda (How to Spend a Month in Ireland)
  • Conn Kilrea (Conn Kilrea)
  • Demasiado solo (Too Much Alone)
  • Él amó y se fue (He Loved and He Rode Away)
  • El esposo rico (The Rich Husband)
  • El misterio en los jardines del palacio (The Mystery in Palace Gardens)
  • El mundo en la iglesia (The World in Church)
  • El nieto de Zuriel (Zuriel's Grandchild)
  • El oficial del gobierno (The Government Official)
  • El río embrujado (The Haunted River)
  • El socio principal (The Senior Partner)
  • El último Squire Ennismore (The Last of Squire Ennismore)
  • Granja Nut Bush (Nut Bush Farm)
  • Hace mucho (Long Ago)
  • Hogar, dulce hogar (Home, Sweet Home)
  • La advertencia de Hertford O'Donnell (Hertford O'Donnell's Warning)
  • La advertencia de la banshee (Banshee's Warning)
  • La carrera por la riqueza (The Race for Wealth)
  • La casa deshabitada (The Uninhabited House)
  • La desaparición del señor Jeremiah Redworth (The Disappearance of Mr. Jeremiah Redworth)
  • La espada oxidada (The Rusty Sword)
  • La historia de Diarmid Chittock (Diarmid Chittock's Story)
  • La maldición de la monja (The Nun's Curse)
  • La pasión dominante (The Ruling Passion)
  • Las señoritas Popkin (The Misses Popkin)
  • La vieja señora Jones (Old Mrs. Jones)
  • Linda Peggy (Pretty Peggy)
  • Los páramos y los pantanos (The Moors and the Fens)
  • Margaritas y ranúnculos (Daisies and Buttercups)
  • Maxwell Drewitt (Maxwell Drewitt)
  • Mi primer amor (My First Love)
  • Phemie Keller (Phemie Keller)
  • Porqué el doctor Cray dejó Southam (Why Dr. Cray Left Southam)
  • Prevenido, preparado (Forewarned, Forearmed)
  • Sandy el hojalatero (Sandy the Tinker)
  • Solo una carta perdida (Only a Lost Letter)
  • Susan Drummond (Susan Drummond)
  • Una lucha por la fama (A Struggle for Fame)
  • Una terrible venganza (A Terrible Vengeance)
  • Una tormenta en una taza de té (A Storm in a Tea Cup)
  • Un extraño juego de Navidad (A Strange Christmas Game)
  • Un ligero malentendido (A Slight Misapprehension)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Charlotte Riddell: relatos fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La mano enguantada»: Elizabeth Bowen; relato y análisis.


«La mano enguantada»: Elizabeth Bowen; relato y análisis.




«Ethel Trevor y la señora Varley de Grey fueron enterradas en la misma tumba.
No se sabe qué conversación tuvo lugar bajo tierra.»



La mano enguantada (Hand in Glove) es un relato de terror de la escritora irlandesa Elizabeth Bowen (1899-1973), publicado por Cynthia Asquith en la antología de 1952: El segundo libro de los fantasmas (The Second Ghost Book). Más adelante aparecería en la colección: El libro de Oxford de relatos ingleses de fantasmas (Oxford Book of English Ghost Stories).

La mano enguantada, uno de los cuentos de Elizabeth Bowen más reconocidos, nos sitúa en Jasmine Lodge, una mansión emplazada en un pequeño pueblo rural de Irlanda; y relata la historia de las hermanas Trevor y su anciana tía, la señora Varley de Grey.

La anciana vivió anteriormente en la India, con su esposo militar, quien «se voló los sesos» hace algunos años. Al regresar a Irlanda para vivir en Jasmine Lodge, incluso antes de que nacieran las señoritas Trevor, la Tía se convirtió en una ermitaña. Las Trevor [Ethel y Elsie] apenas la toleran: la mantienen encerrada cuando hay visitas y la privan de atención médica. Cuando Ethel decide casarse con un oficial británico, comienza a recibir consejos de su postrada tía sobre los hombres y el cortejo. Por supuesto, el interés de Ethel es completamente egoísta, pero esta pobre y aparentemente inofensiva anciana también oculta un costado siniestro.

La mano enguantada es un buen ejemplo del enfoque humorístico de Elizabeth Bowen sobre lo sobrenatural. Las Trevor son mujeres hermosas y deseadas, pero el tiempo ha pasado y nunca han logrado obtener candidatos fiables. En apariencia, son aristócratas, pero en realidad se encuentran en absoluta decadencia económica, tal es así que poco a poco van saqueando las costosas pertenencias que la Tía trajo de la India: joyas, vestidos, accesorios. A grandes rasgos consiguen mantener las apariencias para el exterior, pero hay indicios de su decadencia. Cada noche, antes de salir, Ethel y Elsie «se limpian valientemente las yemas de los dedos» de sus guantes con bencina, un producto químico que desprende un olor desagradable.

La Tía sospecha que sus baúles están siendo saqueados por sus sobrinas, y a menudo se queja irónicamente de la presencia de «ratas en el ático». Eventualmente, Ethel se entera de que su principal candidato, un capitán de buena reputación, siente una particular aversión por el olor a bencina; de modo que decide realizar otra incursión a los baúles para conseguir unos guantes inmaculados. Esta expedición al ático es el clímax de la historia: la Tía ha muerto pero las dos sobrinas lo ignoran, y Ethel decide aprovechar la ocasión para asegurarse los guantes. Lamentablemente para ella, estos guantes blancos adquieren agencia propia y acaba siendo estrangulada.

La mano enguantada de Elizabeth Bowen apela al concepto de retorno de lo reprimido de Sigmund Freud a través de las dimensiones espectrales del tacto [ver: Lo olfativo, lo visual, lo auditivo y lo táctil en el Horror]

Las Trevor son el tema favorito de los chismes locales. Son huérfanas [como Elizabeth Bowen], y la Tía actúa como tutora legal [la autora también quedó a cargo de sus tías], pero evidentemente tiene poco control sobre sus acciones. De hecho, cuando la presencia de la Tía se vuelve problemática, Ethel y Elsie no vacilan en encerrarla en su dormitorio y prohibirle todo contacto con el mundo exterior. A lo largo de los años, las hermanas roban objetos valiosos del ajuar de la Tía, que está almacenado en siete grandes baúles en el ático, hasta que todo lo que queda son unos guantes de noche. Estos guantes, suponen las Trevor, deben estar guardados en el único baúl que no han logrado abrir ya que la Tía esconde las llaves debajo de su almohada.

Las Trevor son despiadadas, no sólo con la Tía, a quien descuidan, roban y maltratan, sino en su infatigable búsqueda de un buen partido. El retorno de lo reprimido, en parte, puede verse en el saqueo de la ropa almacenada en el ático. Las Trevor cortan y ajustan estos vestidos anticuados para convertirlos en piezas de actualidad. Esta fachada de opulencia funciona bastante bien, hasta que lo único que se interpone entre Ethel [la hermana mayor] y el matrimonio es un par de guantes decentes.

Cuando la Tía muere, probablemente por falta de atención médica, las Trevor se mienten a sí mismas diciendo que la vieja «dormita». En este contexto, Ethel finalmente logra acceder al único baúl que no han podido forzar. Sin embargo, los guantes que encuentra se convierten en un instrumento de la venganza de la tía:


«La punta inmaculada de un guante blanco apareció por un momento, como si estuviera explorando su salida, y luego se retiró.»


Las Trevor parecen sacadas de una novela de Jane Austen: son chicas jóvenes y hermosas, de buena familia [venida a menos], que asisten a fiestas aristocráticas y buscan pretendientes, pero debajo de estas actividades inocentes se encuentra el horror absurdo al que habitualmente recurre Elizabeth Bowen. Con tal de conseguir un par de guantes lo suficientemente inodoros como para no ahuyentar a un pretendiente, Ethel es capaz de cualquier cosa. Las Trevor matan a su tía al mantenerla encerrada y sin atención médica, no por venganza o maldad, sino para saquear impunemente sus pertenencias.

En la literatura gótica, la Casa es la representación del espacio más femenino de todos [ver: La Casa Embrujada como representación del cuerpo de la mujer]. Las mujeres en los cuentos de Elizabeth Bowen se encuentran en este ámbito privado para enfrentarse con los fantasmas del pasado. En apariencia, adhieren a los ideales domésticos y sociales [en este caso, conseguir un esposo], y hacen TODO lo que está a su alcance para cumplir esas expectativas. Jasmine Lodge no es una Casa Embrujada, al menos no en términos tradicionales; más bien es un arquetipo del espacio femenino que se sincroniza con la perversidad de sus habitantes [ver: Casas como metáfora de la psique en el Horror]

Lo absurdo, lo patético, siempre está presente en los relatos de Elizabeth Bowen. Ethel actúa despiadadamente contra su tía por algo tan patético como considerar que sus deberes femeninos fracasarán si no consigue la atención de Lord Fred. Su objetivo es socialmente aceptable, incluso esencial para no ser vista de reojo, pero los medios que emplea de algún modo activan a los espectros que rondan la Casa. En cierto modo, las Trevor están «embrujadas» por su sentido del deber, por sus creencias heredadas acerca de lo que debe ser una mujer.

El arquetipo de la Casa Embrujada siempre incluye a mujeres que resultan ser cómplices de preservar los valores y las buenas costumbres que se espera de sus habitantes. Ethel Trevor, quien vive en una «ciudad militar» que «se enorgullece de su historial romántico», ve el matrimonio como un objetivo por el que hay que luchar. Su percepción del mundo está formada por lo que le han enseñado: casarse o vivir en el oprobio. Sin embargo, Jasmine Lodge no es la Casa Embrujada tradicional, es decir, no es este espacio agitado por fantasmas patriarcales listos para castigar cualquier desviación de la norma, sino una manifestación de las luchas internas de las Trevor entre sus percepciones y sus expectativas.

La Casa Embrujada, donde las mujeres están domesticadas y desposeídas, es lo opuesto al concepto de Hogar; tanto es así que la mayoría de las historias de casas embrujadas están habitadas por mujeres infelices, atrapadas porque no han conseguido cumplir con las expectativas sociales. Pensemos en Eleanor Vance en la novela de Shirley Jackson: La maldición de Hill House (The Haunting of Hill House), solterona y víctima de una madre abusiva [ver: La verdadera Entidad que se esconde Hill House]. En cierto sentido, la Casa Embrujada aísla y protege a estas mujeres del mundo exterior, pero también es un espacio agresivo. La Casa acepta a la solterona, a la viuda, a la indeseada, pero sólo como esposa, y exige de ella el máximo compromiso y devoción; y a medida que comienza su habitual despliegue de rarezas, precipita una crisis existencial en la protagonista.

Las Trevor son despiadadas, es cierto, pero en un contexto donde la sociedad también es despiadada con ellas. En este sentido, Jasmine Lodge es una representación espectral [y espacial] de la precariedad femenina de la época, los valores heredados, las prácticas imitadas, los ritos. Incapaz de proporcionar consuelo, la Casa Embrujada es la antítesis del ideal doméstico: es un espacio donde las mujeres están obsesionadas por sus defectos, a menudo materializados en figuras espectrales, como los guantes de la Tía. De hecho, podríamos pensar que toda Casa Embrujada es una extensión física de las tradiciones y obligaciones sociales, diseñada para «asustar» y, por lo tanto, mantener dentro a la mujer cuya vida ha sido moldeada por la creencia en el ideal doméstico [ver: Horror Doméstico]

Estas creencias forman parte de la estructura subyacente de La mano enguantada. Las hermanas Trevor son «altas y guapas», pero —añade Elizabeth Bowen— «en aquellos días ser una chica guapa era una vocación». En otras palabras, para formar parte del mercado matrimonial y cumplir, a cualquier precio, el dictamen de casarse, las Trevor invierten todas sus energías y recursos. Ahora bien, las Trevor son de una familia de buena reputación y estatus social alto [aunque actualmente en decadencia], de modo que su objetivo no es sólo casarse [podrían estar con cualquier hombre de menor estatus], sino más bien con quién y cuándo casarse. Su percepción de sí mismas como mujeres y futuras esposas es una visión heredada y disciplinada. En este contexto, la obsesión de Ethel por casarse y su desesperación por atraer a Lord Fred se manifiestan en su fijación en el par de guantes que más tarde le quitarán la vida.

Lo sobrenatural, en estas historias, es generalmente el eje donde las mujeres se enfrentan a sus propios demonios y se ven obligadas a superarlos o ser consumidas. La mano enguantada no aboga por el empoderamiento feminista, simplemente expone a dos mujeres consumidas por sus sistemas de creencias. Las Trevor no son víctimas pasivas; de hecho, parecen sentirse bastante cómodas torturando a la anciana.

Elizabeth Bowen regresa a la tradición gótica de utilizar objetos extraños que perturban y quiebran el sentido de realidad de las mujeres. Los guantes aparecen inicialmente como símbolo de un tipo de feminidad asociada con el matrimonio y las creencias heredadas sobre esta institución. No sólo son un medio para conseguir a Lord Fred, sino también restos del matrimonio de la señora Varley de Grey. La insistencia de Ethel [«el éxito era imperativo: debía tener guantes»] revela una creencia inquebrantable: poseer a Lord Fred es intrínseco a su identidad. Sin casarse, Ethel nunca estará completa.

Para añadirle un detalle extra de futilidad a todo el asunto, al final la Narradora nos dice que «los guantes habrían sido demasiado pequeños para ella». Después de todo, quizás no hay guantes animados con impulsos homicidas en esta historia, sino una chica que muere al darse cuenta que los guantes por los que ha matado le quedan chicos.

Es una posibilidad atractiva, pero no creo que tenga sustento si tomamos como referencia otros relatos de Elizabeth Bowen, donde lo sobrenatural no es producto de la imaginación ni una manifestación de un brote psicótico. Más bien, Elizabeth Bowen utiliza lo sobrenatural como una especie de desplazamiento de la realidad conocida que permite ver, a menudo con horror, otro ángulo, otra perspectiva de las cosas.

En este contexto, el encuentro con los guantes [en términos de desplazamiento de la realidad conocida] obliga a Ethel a observar oblicuamente sus creencias heredadas. Lo único que queda de esta nueva perspectiva adquirida son sus gritos: el grito de ayuda de Ethel, aunque no se escucha, se transmite en los «chillidos» de su hermana. Su muerte, como la de la mayoría de las mujeres de Elizabeth Bowen, es tan frustrante como ausente de cualquier forma de trascendencia. No hay grandes epifanías o revelaciones; y si las hay llegan demasiado tarde. Sólo queda este mundo de mujeres atrapadas en sus creencias heredadas, y el compromiso tenaz que ellas mismas asumen al tratar de perpetuarlas a cualquier costo.

Supongo que podría decirse que la dinámica entre las tres mujeres de Jasmine Lodge es una inversión del cuento de hadas, donde la madrastra no es la «malvada» que tortura a sus hijastras [la Tía, después de todo, es la tutora legal de las muchachas], sino una víctima de ellas [ver: El cuento de hadas y el plan para «civilizar» a las mujeres]. Más aún, el «objeto mágico» o «fuera de lugar», frecuente en los cuentos de hadas, toma en La mano enguantada un carácter siniestro. Es el objeto que desencadena los hechos dramáticos al final de la historia, y que además resulta ser demasiado pequeño para las hermanas Trevor, como lo es el zapato de cristal para las viles hermanastras de Cenicienta [ver: Cenicienta y el mito del zapato de cristal]




La mano enguantada.
Hand in Glove, Elizabeth Bowen (1899-1973)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Jasmine Lodge estaba situado en una ladera residencial con un bonito bosque en el sur de Irlanda, con vistas a un río y, mejor aún, a los tejados de una animada ciudad militar. Alrededor de 1904, que fue el período de florecimiento de las señoritas Trevor, las chicas no podrían haber tenido un hogar más propicio: el vecindario giraba alegremente en torno a los militares. Ethel y Elsie se llevaron toda la ventaja: ningún partido de béisbol, salto, picnic, tenis sobre césped, croquet o paseo en bote estaba completo sin ellas; en invierno, aunque no podían permitirse el lujo de cazar, iban en bicicleta a todas las competiciones y, en las noches heladas, con sus guitarras, asistían a las veladas vestidas con sus capas de piel.

Tenían una tía, una tal señora Varley de Grey, de soltera Elysia Trevor, una antigua belleza local. Fue arrastrada en su viudez a lo que había sido el escenario de sus primeros triunfos, y ocupó un dormitorio trasero en Jasmine Lodge. La señora Varley no había tenido suerte: su esposo, capitán de un regimiento de caballería de buena cuna, había llegado al extremo de volarse los sesos en la India, dejando atrás nada más deudas.

La señora Varley de Grey había regresado de la India con sólo siete grandes baúles repletos de elegantes prendas, y también había sufrido un shock. Esto había sucedido mientras Ethel y Elsie, cuyo padre se había casado tarde, aún no habían nacido; así que, hasta donde las chicas recordaban, su tía había sido el único inconveniente de Jasmine Lodge.

Sus padres las habían dejado huérfanas, un tanto desconsideradamente, al morir de escarlatina cuando Ethel acababa de salir y Elsie estaba a punto de hacerlo; por lo tanto, se quedaron sin una acompañante y, con su don para aprovechar todo de alguna manera, apoyaron a la tía para que pudiera desempeñar ese papel. Sólo cuando sus peculiaridades se hicieron demasiado marcadas sintieron que era necesario retirarla; para entonces se podía decir que todas las damas de los alrededores competían por el honor de acoger en sociedad a las solicitadas señoritas Trevor.

A partir de entonces, no se supo nada más de la señora Varley de Grey. («¡Oh, sólo está un poco indispuesta, pero nada importante!») Se quedaba arriba, en la parte de atrás: cuando las chicas daban una de sus pequeñas fiestas, o un par de oficiales venían de visita, la llave de su habitación giraba en la cerradura exterior.

Las chicas colgaban faroles chinos en las ventanas cubiertas de enredaderas y se sentaban a rasguear suavemente sus guitarras. No menos fascinante era su sentido del humor, acompañado de un atrevido destello de los ojos. Se las conocía como las inteligentes señoritas Trevor, no por ningún matiz de dogmatismo o erudición (no, cuando un caballero exclamaba: «¡Esas chicas tienen cerebro!», lo decía con total admiración), sino por sus habilidades, ingenio y agilidad.

Interpretaban papeles importantes en obras de teatro, animaban numerosos juegos de salón, eran traviesas imitadoras y cantaban a dúo. Sus dedos rivalizaban con su ingenio: hacían pantallas de lámparas, flores de papel crepé, pintorescos sombreros; y, sobre todo, variaban sus vestidos maravillosamente; nadie podía superarlas en ideas, cortes, recortes o ajustes. Una vez, sin dejar que nada se desperdiciara, habían remodelado el ajuar con los baúles de su tía, haciendo que los tristes tules y tarlatanes, rasos y tafetanes muaré parecieran recién llegados de París. Cosieron lentejuelas, plancharon volantes y revivieron muchos ramilletes o rosas de seda aplastadas. Hicieron esa tarea con cierta cautela, ya que todos los baúles estaban almacenados en el ático, justo encima de la habitación trasera.

Llevaban bien puesta la ropa. «¡Un broche en cualquiera de esas dos quedaría elegante!», declaraban las otras chicas. Lo único que les faltaba eran guantes de noche: tenían dos pares cada una, que se habían visto obligadas a comprar. No podían imaginar qué habría sido de los suntuosos vestidos de la señora Varley de Grey de esa época, y era una lástima. ¿Se habría olvidado los guantes en su apuro por llegar de la India? ¿O estaban allí, en ese único baúl al que las Trevor no pudieron acceder?

Todas las demás cerraduras habían cedido a tirones o ganzúas, o las hermanas habían encontrado llaves para encajarlas, o habían utilizado la caja de herramientas; pero esta última fortaleza las desafiaba. En ese triste y sucio saquito de seda, que la señora Varley de Grey siempre llevaba encima, se convencieron, guardaba las llaves operativas, junto con algunos anillos y broches de lujo, todos ellos esmeraldas, perlas y diamantes auténticos que, como sabían, habían sido vendidos hacía mucho tiempo. Esa contradicción por parte de su tía las irritaba, mientras que las alegrías hacían mella en sus guantes. Al llegar a casa, antes de salir, se limpiaban los dedos con gran compulsión. Por eso un largo tufo a bencina las perseguía mientras daban vueltas por el salón de baile.

Eran altas y guapas; pero en aquellos días ser una chica guapa era una vocación; muchos de los mejores matrimonios se habían arreglado con chicas así. Se comportaban de manera imponente, tenían buen busto y hombros, cinturas firmes y espaldas rectas. Sus rasgos eran llamativos, su coloración era alta; en la parte baja de sus frentes rebotaban oscuras matas de rizos. Ethel era, tal vez, la dominante, pero ambas chicas eran consideradas llenas de carácter.

¿Con quién, y más aun cuándo, pensaban casarse? Ya habían visto regimientos entrar y salir. En la zona se hacían apuestas muy altas. Los catalejos apuntaban a la llamativa entrada de Jasmine Lodge y cada nuevo caballero era observado. El único problema, según afirmaban sus promotores, era que las inteligentes Trevor estaban siempre tan rodeadas que no tenían un momento para darse la vuelta o elegir. O, de lo contrario, ¿podría ser posible que la admiración que despertaban Ethel y Elsie, y su lugar ahora institucional en la escena local, ahuyentara los sentimientos tiernos del pecho masculino?

Se llegó a sentir, y tal vez las propias chicas, que, después de demorarse tanto tiempo y de manera tan desconcertante, dependía de ellas dar (como su tía) un golpe de estado. La sociedad que rodeaba esta ciudad militar se había enorgullecido durante mucho tiempo de su historial romántico; verano e invierno, Cupido disparaba sus dardos. El paisaje exuberante, el olvido de todo lo demás generado por el clima húmedo, todo era propicio. Se podía suponer que los nombres de Ethel y Elsie ya se murmuraban en todas partes donde ondeaba la bandera del Reino Unido. Sin embargo, era hora de que decidieran.

Ethel tomó la decisión a finales de una primavera. Se enamoró del segundo hijo de un marqués inglés. Lord Fred había venido de visita, para pescar, a una mansión a unos kilómetros río abajo de Jasmine Lodge. Había aparecido por primera vez, con el resto de la fiesta, en uno de los bailes militares más espléndidos, y se sabía que era un hombre de ciudad. El brillo civil de sus quevedos, a la vez sereno y soberbio, instantáneamente se ganó, junto con su gran nombre, el corazón de Ethel.

Ella lo miró, y el público reunido, con aprobación, observó el momento. La verdad se vio de inmediato: Ethel, aunque tan condescendiente con sus encantos, no había estado destinada desde el principio a amar a un soldado; y aquí, después de un largo desgaste, apareció Lord Fred. Por su parte, respondió a sus atenciones con bastante gusto, aunque de una manera algo aturdida. Si no bailaba con ella tan a menudo, al menos la miraba.

Al día siguiente, en un picnic organizado junto al río, Ethel aceptó, pues ella había pasado la mañana anterior cortando y rematando una muselina que quedaba de la señora Varley de Grey, un estampado muy fresco con puntos de nomeolvides. La muselina no sobrevivió a la velada, porque cuando la luna debería haber salido, la lluvia entró a raudales en los botes. La jovialidad de Ethel se llevó todo por delante, y Lord Fred la envolvió con su chaqueta.

Al día siguiente, más lluvia y todo parecía aburrido. En Jasmine Lodge, las tumbonas de la terraza tuvieron que ser trasladadas desde el jardín, y las pequeñas habitaciones cerradas, con sus ventanas verdes y abundantes cachivaches, despedían un olor sofocante y resentido. La criada estaba fuera; Elsie estaba acostada con una migraña; así que Ethel tuvo que llevar el té a la señora Varley de Grey (la enferma le daba mucha importancia al té y sus manifestaciones, como el traqueteo de la puerta, los sollozos y los murmullos, solían resultar inquietantes si no aparecía).

Ethel, con una bandeja no especialmente delicada, entró en la habitación de atrás, que esa tarde estaba oscura por la vista de un bosque húmedo en la ladera. La tía, con el rostro envuelto en un chal de telaraña, estaba sentada en la cama como de costumbre. «¡Ajá!», exclamó de inmediato, entornando un ojo y mirando a Ethel con el otro brillo, «¿qué es todo esto que se está armando hoy?».

Ethel, mientras depositaba la comida sobre la cama, se encogió de hombros y dijo:

—Tengo prisa.

—Sin duda la tienes. La cuestión es: ¿lo atraparás?

—¡Oh, tómate el té! —espetó Ethel, ruborizándose.

La vieja desgraciada respondió chupando un terrón de azúcar mientras guiñaba el ojo a su sobrina. Luego observó:

—¡Podría contarte un par de cosas!

—Ya hemos tenido suficiente de tus invenciones, tía.

—¡Invenciones! —graznó la señora Varley de Grey—. ¿Y quién ha sido la inventora, me gustaría preguntar? ¿Quién es tan hábil con las tijeras y la aguja? ¿Quién ha estado cazando con mi ropa?

—¡Oh, qué mentira! —exclamó Ethel, levantando los ojos—. Esos viejos y mohosos bultos de cosas tuyas, ¿no se nos ocurriría a Elsie o a mí ponerles un dedo encima?

La señora Varley de Grey respondió, como hacía a veces, levantando la bandeja y arrojándola. Hoy sólo la vajilla usada corría peligro; y la joven, sin intentar recoger los restos, se quedó de pie, pensativa y escultural, con los brazos cruzados, mirando cómo se elevaba el vapor de la alfombra.

Ese día, el esfuerzo requerido parecía haber sido demasiado para la tía, que se desplomó sobre las almohadas con la cara ligeramente azulada.

—Ratas en el ático —murmuró—. ¡Las he oído, ratas en el ático! ¿Y dónde está mi té?

—Ya has tenido suficiente —dijo Ethel, volviéndose para salir de la habitación. Sin embargo, se detuvo para estudiar una fotografía en un elaborado marco de plata deslustrado—. Realmente un Adonis, pobre tío Harry. ¿Se enamoraron a primera vista, dices?

—Mi delicioso té —dijo la tía, comenzando a sollozar.

Cuando Ethel dejó la fotografía, se podía ver que sus ojos calculaban, su boca se endureció y una expresión reflexiva cubrió su frente. Una vez más se acercó a la cama y, mientras lo hacía, cambió de tono. Sugirió, en un tono encantador:

—¿Podrías decirme una cosa o dos... ?


El tiempo transcurría y, aunque Lord Fred siempre prometía, no conseguía llegar a Ethel. Lo que ganaba una hora parecía perderlo a la siguiente; por ejemplo, parecía que las cosas le iban mejor por las tardes, al aire libre, que en las funciones nocturnas más elegantes. Cuando ella se le echaba encima con todo el plumaje, Lord Fred parecía contraerse. ¿Sería que temía sus pasiones? Ella no lo creía así. ¿O acaso su tez no se iluminaba bien?

Cuando se trataba de bailar, llegaba tan tarde que su programa ya estaba ennegrecido con otros nombres, y él exhalaba un suspiro galante. Cuando salían a la pista juntos, la sujetaba a una distancia tal que, cuando ella quería dirigirse a él, tenía que gritar; se dijo a sí misma que debía ser el estilo londinense, pero, naturalmente, eso la irritaba. A la mañana siguiente, todo sería como antes, sin nadie tan asiduo como Lord Fred. Y lo que era peor, los días de su visita se estaban acabando; pronto volvería al corazón de la temporada londinense.

—¿Crees que alguna vez lo conseguirás, Ethel? —preguntó Elsie con una solicitud que le costó trabajo, y sin duda el vecindario también se lo preguntaba.

Evocó todas sus fascinaciones. Pero, ¿se necesitaba algo más para que funcionara?

Fue entonces cuando empezó a frecuentar a su tía.

En aquella pequeña y húmeda habitación trasera que daba a la colina, la orgullosa Ethel se humilló para descubrir el secreto. Las sesiones eran largas y concurridas. Elsie, desconcertada fuera de la puerta, oía la voz chiflada de su pariente que subía y bajaba, y a veces risas cómplices que helaban la sangre.

La señora Varley de Grey había vuelto a los días dorados. Sin embargo, siempre se interrumpía de repente, volvía a convertirse en súplicas, gemidos y respiración entrecortada. A pesar de que ella lo pedía constantemente, hacía años que no se permitía que ningún médico visitara a la señora Varley de Grey; las chicas no veían razón para ese gasto ni para las interferencias que podrían derivarse de ello. La aflicción de la tía, juraban, se limitaba a la cabeza; todo lo que necesitaba era tranquilidad, y eso le daban. Sin embargo, sabiendo cómo se extendían los chismes, no dejaban que ningún sirviente se acercara a ella durante más de un minuto o dos. Tenían mucho que soportar por el estado fétido de su habitación.

—¿No crees que la matarás, Ethel? —preguntó Elsie—. Estar siempre encima de ella, como lo haces ahora. ¿Puede ser saludable incitarla a hablar? ¿Qué es esto que ha surgido entre ustedes dos? Las dos se están volviendo bastante amigas.

Elsie simplemente lo comentó y pronto se olvidó; tenía sus propios problemas. Fue Ethel quien tuvo motivos para recordar esas palabras, pues, esa misma tarde, la tía gritó pidiendo lo que era imposible y, al verse frustrada, sufrió un ataque desconocido. Lo peor de todo fue que su mente se aclaró: se echó hacia atrás el chal, alzó su despeinada cabeza gris y miró a Ethel, la estudió sin pestañear, con una lúcida acumulación de años de odio.

—Eres una tonta —dijo con desprecio—. Vienes corriendo a mí para saber cómo atrapar a un hombre. ¿Podrías aprenderlo si fuera de la propia Venus? Espera a que te muestre la belleza. ¡Baja esos baúles!

—¡Ay, tía!

—Bájalas, te digo. Estoy a punto de vestirme.

—¡Oh, pero no puedo! Son pesadas.

—¿Pesadas? Llegaron pesadas. Pero ha habido ratas en el ático. ¡Te vi bajando las escaleras con mis vestidos!

—¡Oh, eso lo soñaste!

—Te vi por la rendija de la puerta. Déjame subir, entonces.

La tía apartó las sábanas y comenzó a levantarse.

—Veamos —dijo—, el trabajo de las ratas.

Se dispuso a tambalearse hacia la puerta.

—¡Oh, pero no estás en forma! —protestó Ethel.

—¿Y cuándo dijo eso un médico?

La tía tambaleó y Ethel la atrapó a tiempo. Sin delicadeza, la arrastró de vuelta a la cama.

La mente de Ethel estuvo dando vueltas porque esa noche era la noche de la que todo dependía. La última aparición local de Lord Fred iba a ser, como la primera, en un baile: mañana partiría a Londres. ¡Así que debía ser esa noche, en ese baile, o nunca!

¿Cómo era posible que Ethel se sintiera tan locamente segura del resultado? Era hora de empezar a peinarse, de preparar el vestido. ¡Oh, esa noche brillaría como nunca antes! Echó hacia atrás las sábanas sobre la indefensa figura, oyó las campanadas de un reloj y se dio la vuelta apresuradamente para irse.

—Estoy en paz contigo —dijo la voz detrás de ella.

Ethel, con un kimono y el pelo a medio arreglar, estaba en su habitación, frente al cajón de los guantes, cuando Elsie entró; había vuelto a casa después de un partido de tenis. Elsie actuó de manera extraña; fue inmediatamente al cajón y hundió la nariz en él.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó—. ¡Es cierto y horrible!

—¿Qué? —preguntó Ethel despreocupadamente.

—Ethel, querida, ¿te atreverías a decirme algo si te contara un rumor que oí hoy sobre Lord Fred?

Ethel se apartó de su hermana, tomó el peine caliente y aplicó más rizos a sus rizos naturales.

—Por supuesto, escúpelo —dijo.

—Desde la infancia a Lord Fred le da asco el olor a bencina.

—¿Quién dice eso?

—Se lo confesó a su anfitriona, que ahora lo está divulgando con malicia por todo el país.

Ethel se mordió el labio inferior y dejó el peine, mientras Elsie concluía con tristeza:

—Y tus guantes apestan, Ethel, como estoy segura de que apestan los míos.

Entonces Elsie pensó que sería mejor escabullirse.

Sin embargo, al cabo de un minuto estaba de vuelta, y una vez más con un aire aún más peculiar. Preguntó:

—¿En qué estado dejaste a la tía? Sonaba tan tranquila que me asomé, ¡y ahora no me gusta nada su aspecto!.

Ethel maldijo, pero consintió en echar un vistazo. Se quedó allí, en la habitación de atrás, con Elsie mordiéndose la uña del pulgar fuera de la puerta, durante lo que pareció un lapso de tiempo ominoso; cuando salió, parecía verdosa, pero mantenía la cabeza alta. Las miradas de las hermanas se cruzaron. Ethel dijo, fríamente:

—Dormita.

—¿Estás segura de que no está...?

—Te digo que dormita —dijo Ethel mirando a Elsie.

—Si ella no estuviera… —dijo con voz temblorosa la hermana más frágil—, piénsalo: ¡nunca llegaríamos al baile! Y un baile del que todo depende —terminó, con una mirada asustada pero conspiradora hacia Ethel.

—Tranquilízate. ¿No me has oído?

Mientras hablaba, Ethel, por costumbre, cerró la puerta de su difunta tía por fuera. El acto provocó que se oyera una especie de tintineo secreto desde el interior de su puño, y Elsie preguntó:

—¿Qué es eso que tienes?

—Sólo unas cuantas llaves y baratijas que me hizo guardar —respondió Ethel, dejando al descubierto la pequeña bolsa que había encontrado debajo de la almohada de la muerta—. Date prisa, Elsie, o nunca estarás vestida. ¿Te importaría usar mi peine, mientras está tan espléndidamente caliente?

Por fin, Ethel, sola, respiró hondo y, con un gesto de resolución, se ajustó bien la faja sobre el corsé. Sacó la llave de la bolsa y la miró, murmurando:

—¡Providencial!

Luego echó un vistazo hacia arriba, hacia donde estaban los áticos. El sol de finales de primavera se había puesto, pero un resplandor crepuscular, no muy distinto de la luz que arrojaba una linterna china, se deslizaba por el piso superior de Jasmine Lodge. El cese de todos esos crujidos, golpeteos, gemidos procedentes del interior de la habitación de la señora Varley de Grey, había creado un silencio desconocido y algo desconcertante.

Hasta que un tufo a pelo chamuscado no anunció que Elsie estaba bien ocupada, Ethel no se embarcó en la búsqueda que albergaba todas sus esperanzas. El éxito era imperativo: debía tener guantes.

Guantes, guantes...

En silencio, puso un pie en la escalera del ático.

Bajo la claraboya, tuvo que reprimir un grito, porque una rata (¡sí!) saltó hacia ella desde una sombrerera vacía; y el roedor le guiñó un ojo antes de salir disparado.

Ahora, Ethel y Elsie sabían con certeza que nunca había habido ratas en Jasmine Lodge. Sin embargo, continuó fortaleciéndose y abriéndose paso hacia el único baúl intacto.

Todo el resto del equipaje indio de la señora Varley de Grey miraba a Ethel bostezando, vacío, mostrando sus forros, formando una barricada alrededor del objeto de su búsqueda; ella empujó, tiró y arrojó, frunciendo el ceño mientras el polvo volaba hacia su cabello. Pero el último baúl, cuando estuvo a la vista y a su alcance, todavía tenía algo selecto y nupcial: en la parte superior, las iniciales «E. V. de G.» brillaban, luminosas de una manera aterradora por lo oscuro que estaba el ático.

Las sombras no sólo se multiplicaban en los rincones, sino que parecían abrirse paso a tientas. El silencio atravesaba el suelo desde la habitación de abajo y, lo peor, Ethel tenía la sensación de que la observaban los ojos fijos. Miró a un lado, a otro, hacia atrás, por encima del hombro. ¡Pero Lord Fred estaba en juego! Se arrodilló y se puso a trabajar con la llave.

Este baúl tenía dos cerraduras impecables, una a la izquierda y otra a la derecha. Ethel, después de tantear, abrió la primera; entonces, tenía tanta prisa por saber qué podía haber dentro que no pudo esperar y deslizó la mano por debajo de la esquina levantada. Sacó una punta de encaje de un valor incalculable de lo que debía ser un velo de novia y soltó una risa rápida.

¿No debía ser esto un presagio?

Tiró de nuevo, pero el material resistió, casi como si lo estuvieran agarrando desde el interior del baúl. Lo soltó y, o bien sus ojos la engañaron o el encaje comenzó a retirarse lentamente de nuevo, centímetro a centímetro. Lo más extraño fue que la punta inmaculada de un guante blanco apareció por un momento, como si estuviera explorando la salida, y luego se retiró.

El corazón de Ethel se detuvo, pero hizo girar la otra cerradura. ¿La estaba dominando un ataque de vértigo? Porque, mientras miraba, la tapa entera del baúl parecía abultarse hacia arriba, levantarse y tensarse, de modo que la « E. V. de G.» que estaba sobre ella se ondulaba.

Sin que la llave la tocara en su mano temblorosa, la segunda cerradura se abrió sola.

Retrocedió, mientras la tapa se levantaba por sí sola.

Debería haber huido. Pero, ¡oh, cómo ansiaba lo que estaba allí! Capa tras capa, envuelta en papel transparente, guantes blancos puros como la magnolia, que le llegaban hasta el codo, colocados en los pliegues inertes del velo.

«Lord Fred», pensó Ethel, «¡ahora estás a mi alcance!».

Ese fue su último pensamiento, y el alcance no iba a ser suyo.

De rodillas otra vez, sin aliento de lujuria y alegría, Ethel se arrojó hacia adelante sobre ese mar de blanco, arañando y agarrando. El guante que había visto antes, sin embargo, ahora estaba más listo para su propósito. Simplemente se abalanzó sobre los dedos de Ethel, como si se burlara de su codicia.

Con un destello nevado, el guante agarró el pelo de Ethel, se enredó en sus rizos negros y arrastró su cabeza hacia abajo. Ella comenzó a ahogarse entre las bolsitas y el pañuelo de papel; luego el guante se soltó, la arrojó hacia atrás y saltó hacia su cuello.

Era una maravilla que algo tan delicado pudiera ser tan fuerte. Tan grande, tan convulsiva fue la oleada de fuerza que, durante el estrangulamiento de Ethel, las costuras del guante se abrieron.

En cualquier caso, el guante habría sido demasiado pequeño para ella.

Los gritos de Elsie, en el umbral del ático, comenzaron sólo cuando todos los demás sonidos se habían apagado...

La chispa final de la otrora famosa astucia de las señoritas Trevor apareció cuando Elsie se liberó de esta incómoda situación. Porque, ¿quién iba a creer cómo Ethel llegó a su fin?

La reputación de las hermanas le sería muy útil a la sobreviviente. Al final, el asunto se silenció, es decir, todavía se habla de él incluso ahora. Ethel Trevor y la señora Varley de Grey fueron enterradas en la misma tumba, como todos entendieron que hubieran deseado. No se sabe qué conversación tuvo lugar bajo tierra.

Elizabeth Bowen (1899-1973)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Elizabeth Bowen.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Elizabeth Bowen: La mano enguantada (Hand in Glove), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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