Los lechones de Tindalos: análisis de «El Cerdo» de W.H. Hodgson.


Los lechones de Tindalos: análisis de «El Cerdo» de W.H. Hodgson.




En El Espejo Gótico hoy analizaremos el relato de William Hope Hodgson: El Cerdo (The Hog), publicado de manera póstuma en la edición de enero de 1947 de la revista Weird Tales [a instancias de August Derleth], y luego reeditado en la antología de 1973: Carnacki: el cazafantasmas (Carnacki, the Ghost-Finder).


[«Yo lo he oído, es una especie de estruendosa melodía porcina compuesta de gruñidos, ronquidos y rugidos, mezclados con chillidos y gritos, y aderezados con una especie de aullidos porcinos. A veces he pensado que tiene un ritmo peculiar, pues, de vez en cuando, surge de ella un GRUÑIDO gargantuesco, que sobrepasa el rugido de un millón de puercos, un tremendo GRUÑIDO que posee ritmo propio.»]


El narrador, Dodgson, y otros amigos, escuchan junto al fuego la historia de Thomas Carnacki [un astuto investigador de lo Oculto] sobre un reciente experimento catastrófico. El doctor Witton, un médico decente pero pragmático, le habló a Carnacki sobre un paciente llamado Bains. Carnacki cree que Bains podría sufrir una falla en la «barrera de protección» que, de lo contrario, lo «aislaría» espiritualmente de las «Monstruosidades Exteriores» [Outer Monstrosities].

Carnacki invita a Bains a visitarlo, y este describe sueños tan reales que parecen experiencias concretas de la vigilia. En estos sueños se encuentra vagando por «un lugar profundo y vago», rodeado de horrores invisibles, un «lugar infernal» del que un «conocimiento repentino» lo insta a escapar. Lucha por despertar antes de ser atrapado por un «monstruo destructor de almas».


[«Por lo general vienen en cuanto me quedo dormido. Entonces me asalta la sensación de que debo bajar a algún lugar impreciso, y siento que me atenaza un horror inexplicable y espantoso. Jamás puedo llegar a comprender qué es, porque nunca consigo verlo. Sólo recibo una especie de advertencia que me dice que tengo que bajar hasta algún lugar terrible... una especie de infierno; y esta advertencia es insistente, incluso imperativa, y me ordena que huya, que huya de algún horror enorme que caerá sobre mí.»]


Bains, entonces, parece despertar, ve su habitación alrededor, los objetos cotidianos, percibe los olores y sonidos, pero el Bains «real» [su alma o proyección astral] permanece en esta otra dimensión.

Inmóvil en la cama, su consciencia hace un esfuerzo agónico por atraer a su alma de vuelta a su cuerpo. Mientras yace allí, exhausto, escucha desde enormes profundidades una serie de chillidos porcinos.


[«Entonces me vuelvo a encontrar en la cama, agotado por la terrible lucha. Pero aún sigo sintiendo a mi alrededor la presencia de un espantoso terror, como si alguna monstruosidad agazapada hubiese salido de aquel horrible lugar y me hubiera seguido, inmóvil, silenciosa e invisible, y me amenazase, a mí que estoy acostado.»]


Carnacki está dispuesto a ayudarlo, pero advierte a Bains del peligro y la necesidad de una obediencia absoluta. Prepara su sala de experimentación con su nueva «defensa de espectro»: siete tubos de vacío, concéntricos, colocados en el suelo. El círculo externo produce luz roja, el interno luz violeta, con tonos anaranjados, amarillos, verdes, azules e índigo en el medio. Carnacki controla la iluminación de los círculos con un teclado y puede probar muchas combinaciones. Sabe que el rojo y el violeta son los más peligrosos, ya que tienen un efecto de «atracción» sobre las entidades extradimensionales.

Todo esto supone un salto tecnológico en comparación con otros relatos de Carnacki, donde se utilizan símbolos hechos con tiza, velas, agua, hierbas, pan, con unos pocos tubos de neón como refuerzo.

Carnacki viste a ambos con trajes de goma y hace que Bains se acueste en una mesa dentro de la «defensa de espectro». Adjunta una banda de electrodos a la cabeza de Bains. Ahora este debe concentrarse en los chillidos porcinos que escucha al despertar, pero, por el amor de Dios, no debe quedarse dormido.

Carnacki usa una cámara y un fonógrafo modificados para capturar los pensamientos de Bains y traducirlos en sonido. En este punto, otro fenómeno llama la atención del investigador: se está formando una sombra circular debajo de la mesa donde está acostado Bains. Carnacki le dice que deje de concentrarse, pero Bains se ha quedado dormido, aunque abre los ojos y comienza a emitir espantosos gruñidos.

La sombra se ensancha hasta convertirse en una abertura negra en la cual ambos parecen hundirse, incluso cuando el suelo permanece sólido bajo los pies de Carnacki. El investigador levanta a Bains pero no puede sacarlo de la defensa, porque «tensiones peligrosas» rodean el círculo en forma de una nube oscura. Desesperado, intenta recuperar la «esencia errante» de Bains extrayéndole sangre, porque las Monstruosidades Exteriores son capaces de detectarla.

La abertura se extiende hasta llenar toda la zona defendida. Para escapar, Carnacki camina entre los círculos violeta e índigo llevando en brazos a un Bains completamente rígido. ¡Ahora están atrapados entre la abertura y la nube!

La habitación tiembla. Un atronador gruñido porcino rodea a los hombres, acompañado por gigantescos chillidos provenientes de la abertura. El silencio que sigue presagia la fatalidad espiritual de Bains: en la abertura aparece una mancha luminosa que asciende lentamente. Se agrupa en una cara de cerdo. Mientras tanto, hocicos y patas se asoman momentáneamente de la nube, y los gruñidos de Bains responden:


[«Vi que una cosa se estaba materializando en medio de la defensa. Se iba elevando lenta y regularmente. Parecía lívida y enorme a través del anublado vórtice. Era un pálido y monstruoso hocico surgiendo de aquel abismo insondable. Cada vez se encontraba más alto. A través del tenue y brumoso velo, vi un diminuto ojo... Jamás podré volver a ver el ojo de un cerdo sin revivir algo de lo que entonces sentí. Era el ojo de un cerdo, pero animado de una especie de nefanda inteligencia.»]


Carnacki sabe que el Cerdo es una Monstruosidad Exterior, un ser que fue poderoso en la tierra y que está ansioso por regresar. Con Bains como conducto, está en camino de conseguirlo.

Solo un mensaje psíquico de la inescrutable «fuerza protectora» impide que Carnacki use su pistola. En cambio, comienza a arrastrar hacia afuera el tubo de vacío que emite luz azul, junto con Bains. La nube retrocede. Entonces, el Cerdo posee físicamente a Bains, quien corre en cuatro patas hacia aquellos protuberantes hocico y ojo. Sin embargo, el círculo azul atrapa a Bains. Intenta empujar a Carnacki, pero este logra esquivarlo y atarlo.

El Cerdo, ascendiendo inexorablemente, levanta el tubo violeta interior y lo derrite. Empieza a levantar el círculo índigo, la única defensa que queda entre él y los hombres. Afortunadamente, «ciertos poderes» están mirando desde lejos. Envían una cúpula de luz azul con rayas verdes que disipa al Cerdo y canaliza la nube.

Bains se despierta pensando que ha vuelto a soñar. Carnacki lo hipnotiza e instala en su psique un comando: si tiene más sueños de este tipo, debe despertar. Todo lo que queda de su terrible experiencia es el tubo violeta derretido y el índigo dañado.

Durante la sesión de preguntas y respuestas que sigue, Carnacki describe su teoría de que la Tierra (y presumiblemente otros planetas) está rodeada por esferas concéntricas de «emanaciones». El Círculo Exterior comienza a unas 100,000 millas de distancia y se extiende de cinco a diez millones de millas. En este «Círculo Psíquico» residen fuerzas e inteligencias como el Cerdo, que tienen hambre de las entidades psíquicas o almas de los hombres. Dodgson objeta, pero Carnacki tiene demasiado sueño para sermonearlo y le da las buenas noches.


La Ciencia en El Cerdo de William Hope Hodgson es capaz de hacerle fruncir el ceño [u otras regiones de la geografía humana] al purista de la Ciencia Ficción: fonógrafos que graban sueños y tubos de vacío con propiedades extradimensionalmente refractarias. Todo parece absurdo al principio, pero luego, casi imperceptiblemente, todo cambia, hasta que nos quedamos congelados escuchando el rítmico ascenso y descenso de los chillidos porcinos.

La historia termina en un Deux ex machina difícil de tragar. Luego estamos de regreso en la seguridad del salón de Carnacki para una pequeña sesión de preguntas y respuestas con sus amigos. Es una alegre charla académica sobre entidades capaces de devorar tu alma.

El ritmo ascendente y descendente del miedo de Carnacki, que refleja el patrón de gruñidos porcinos, se entrelaza maravillosamente a lo largo de la historia. Pasa de un terror casi suicida a una repugnancia profunda, y de ahí a esa falsa calma donde la extrañeza supera al horror. William Hope Hodgson detalla las emociones con tanta precisión como las ridículas medidas que toma Carnacki. Bains, gruñendo e incapaz de despertar [o de ser despertado], es espeluznante, tanto como la abertura móvil e ineludible. Las imágenes que evoca El Cerdo son únicas, pero están construidas sobre pesadillas universales: sentir que algo terrible se acerca y no poder correr, incapacidad de despertar, cosas extrañas que acechan en las sombras.

En El horror sobrenatural en la literatura (Supernatural Horror in Literature), H.P. Lovecraft elogió los relatos de terror de William Hope Hodgson, sobre todo sus relatos náuticos, como Los botes del Glen Carrig (The Boats of the Glen Carrig) y Los piratas fantasma (The Ghost Pirates), por su autenticidad [que no sorprende dada la temprana carrera de W.H. Hodgson como marinero]. La casa en el confín de la tierra (The House on the Borderlands) presenta muchos tropos cercanos al corazón de Lovecraft: fuerzas de otro mundo, anomalías híbridas de las profundidades, un narrador que viaja psíquicamente a través del tiempo y el espacio, incluso siendo testigo de la destrucción final de nuestro sistema solar.

La tierra nocturna (The Night Land), ambientada miles de millones de años después de la muerte del sol, también obtuvo la admiración del flaco de Providence, aunque estaba «contaminada por un sentimentalismo romántico, nauseabundo y pegajoso». Lovecraft es injusto aquí. William Hope Hodgson murió joven, víctima de un proyectil de artillería en Ypres, en 1918. Es fácil ser cínico, ateo y materialista cuando estás seguro en casa, pero el «sentimentalismo nauseabundo» era imprescindible para cualquier soldado en las trincheras de la Primera Guerra Mundial.

En cualquir caso, Lovecraft comenta:


[«En calidad, (la colección de historias de Carnacki) cae notoriamente por debajo del nivel de los otros libros. Aquí encontramos una figura más o menos convencional del tipo «detective infalible» —la progenie de M. Dupin y Sherlock Holmes, y pariente cercano de John Silence de Algernon Blackwood, moviéndose a través de escenas y eventos gravemente estropeados por una atmósfera de ocultismo. Sin embargo, algunos de los episodios tienen un poder innegable; y permiten vislumbrar el peculiar genio característico del autor.»]


Me pregunto si Lovecraft habría considerado El Cerdo como uno de estos relatos con un «poder innegable». Nunca lo sabremos. El cuento de William Hope Hodgson no se publicó hasta 1947, diez años después de la muerte del flaco de Providence, y veintinueve años después de la muerte del autor. 

El Cerdo es una historia que se mantiene alejada de lo «sentimental» que tanto desagradaba a Lovecraft, aunque está empapada de la parafernalia del ocultismo. Sin embargo, el poder visual de la abertura y la nube no lo habrían dejado indiferente, al igual que las finas descripciones del terror espiritual frente a las Monstruosidades Exteriores. Por otro lado, me temo que a Lovecraft no le habría gustado el deus ex machina final [algo parecido sucede en La tierra nocturna, donde un grupo de jóvenes que están siendo guiados hacia su perdición son repentinamente protegidos por una barrera de luz]. Después de todo, ¿por qué desesperarse por las Monstruosidades Exteriores cuando también hay benevolencias externas para contrarrestarlas antes de que las cosas se pongan demasiado difíciles?

Además, la escala cósmica de Carnacki no es tan... cósmica. ¿Su Esfera Exterior está a sólo 100,000 millas de la Tierra? ¡Eso ni siquiera nos deja a mitad de camino a la luna! ¿Y solo se extiende diez millones de millas? El sol está más de nueve veces más lejos. Por otro lado, ese largo desenlace también podría haberlo irritado. Si piensas dar cuenta de tus teorías, es conveniente hacerlo antes de que aparezca el Monstruo Exterior.

Más allá de estas objeciones, perfectamente lícitas [es difícil juzgar un relato póstumo que bien podría haberse beneficiado de una corrección final], vayamos a lo importante.

No estamos aquí frente a un lechón extradimensional: así es como los humanos percibimos, con nuestros imperfectos sentidos materiales, la forma y la voracidad de este Monstruo Exterior en particular; del mismo modo en que percibimos a los seres de Tindalos [de Frank Belknap Long] como «perros» [ver: Los Perros de Tindalos y los ángulos del tiempo]. Pero, ¿no son los cerdos un poco lindos? Para W.H. Hodgson no lo son; de hecho, constituyen su mayor aversión. Los cerdos son para W.H. Hodgson lo que los tentáculos son para Lovecraft [ver: Tentáculos «por default»]

En efecto, Lovecraft detestaba los frutos de mar y encontraba a las criaturas marinas especialmente repugnantes. Quizás por eso sus monstruosidades se asemejan a enormes invertebrados marinos. La recurrente apariencia porcina de las criaturas de W.H. Hodgson [por ejemplo, en La casa en el confín de la tierra, donde la Casa es asediada por malévolos puercos] sugiere una [moderada] fobia similar. Si August Derleth hubiese podido morder comercialmente los derechos de autor sobre las obras de W.H. Hodgson, no sería de extrañar que hoy en día estuviésemos hablando de los Mitos del Cerdo [ver: August Derleth: el creador de los Mitos de Cthulhu]

Los cerdos, entonces, ocupan un lugar destacado en las obsesiones de W.H. Hodgson. A veces son antagonistas, otras son instrumentos de la trama o se usan para describir los atributos del horror. En otras palabras: son monstruos, víctimas de monstruos o se usan para describir monstruos.

Esto se presenta de manera más destacada en La casa en el confín de la tierra, donde un hombre solitario, cuya casa se construyó accidentalmente en un punto débil en el tejido entre los mundos natural y sobrenatural, es asediado por demonios porcinos. Esos demonios son similares en forma a los que acechan a Bains en El Cerdo. La historia en sí es una especie de reelaboración del Té verde (Green Tea) de Sheridan Le Fanu, protagonizado por otro investigador de lo oculto: el doctor Hesselius [ver: Martin Hesselius: el detective paranormal de Sheridan Le Fanu]. Aquí, Hesselius consuela a un ministro que está siendo acosado por el espectro tiránico de un mono, un déspota libidinoso cuya misión parece ser llevar a su anfitrión al suicidio. Al igual que Carnacki, Hesselius es un experto en ocultismo, e infla la trama con sus teorías pseudocientíficas [a saber, que el uso persistente de té verde por parte de su cliente abrió su «tercer ojo»].

Los cerdos, por otro lado, se utilizan en el folclore y el cuento de hadas como una representación de nuestros rasgos menos civilizados: estupidez, falta de higiene, glotonería, rabia. Aparecen como caricaturas de la ignorancia en Los tres cerditos, el mito de Circe, y hasta Cristo arrojó a un grupo de demonios a una manada de cerdos que luego enloquecieron y se precipitaron desde un acantilado. Los cerdos se han asociado con frecuencia con la posesión demoníaca y el satanismo desde entonces. Al igual que el Mono de Sheridan Le Fanu, los cerdos de William Hope Hodgson son profundamente simbólicos, especialmente para él, que padecía germofobia.

Para W.H. Hodgson, los cerdos representaban todo lo que intentaba desterrar de sí mismo, todo lo que le molestaba y temía en su interior. Es decir que, para este autor, que encontró alivio en la autodisciplina, su máximo rival era la autocomplacencia, de modo que esta confrontación de Carnacki con el Cerdo ciertamente sería su peor pesadilla.

Carnacki está bien equipado en El Cerdo, y además cuenta con el conocimiento de un libro prohibido: el Manuscrito Sigsand, un volumen del siglo XIV que describe las características, puntos fuertes y debilidades de una amplia variedad de seres etéreos y semimateriales. Solo existen dos copias [conocidas]; una se encuentra en la Biblioteca Bodleiana, en la universidad de Oxford, y la otra está en posesión de Thomas Carnacki. En cualquier caso, Sigsand debe haber leído el Necronomicón, porque escribe:


[«Sobre el Cerdo sólo el Todopoderoso tiene poder. Si durante tu sueño oyes la voz del Cerdo, deja lo que estés haciendo y huye. Pues el Cerdo forma parte de los Monstruos Exteriores y ningún ser humano debe acercarse a él si ha oído su voz, pues, al principio del mundo, el Cerdo tenía poder y volverá a tenerlo al final. Y como el Cerdo tuvo antaño poder sobre la Tierra, ansía tenerlo una vez más. Terrible será el daño de tu alma si dejas que la Bestia se te acerque. Si has atraído sobre ti este horrendo peligro, no te olvides de la Cruz, pues de todos los Signos es aquel por el que el Cerdo siente más horror.»]


Aquí es inevitable recordar la advertencia de Abdul Alhazred:


[«El hombre gobierna ahora donde los Antiguos gobernaron una vez; Pronto gobernarán donde el hombre gobierna ahora. Después del verano viene el invierno, y después del invierno el verano. Esperan, pacientes y poderosos, pues aquí reinarán de nuevo.»]


El Manuscrito Sigsand menciona específicamente que el Cerdo teme a la señal de la cruz, sin embargo, Carnacki prefiere confiar en sus dispositivos tecnológicos [aquí usa una versión actualizada del dispositivo que aparece en La entrada del Monstruo (The Gateway of the Monster)] y nunca recurre a esa sugerencia, tal es así que uno se pregunta cuál es la razón de apelar a un libro prohibido si uno no piensa seguir sus recomendaciones. En cualquier caso, uno de los problemas de la historia es la pasividad de Carnacki, que no hace mucho más que observar los horrores que se arremolinan a su alrededor. Este es el costado negativo de colocar a dos personajes dentro de un círculo de protección. No hay mucho que hacer allí más que observar.

El Cerdo, el último caso de Carnacki, es más complejo y espiritualmente más aterrador que cualquiera de los anteriores. Hay más de un atisbo de Horror Cósmico, sobre todo en contraste con el protagonista. Hay una inmensidad que empequeñece al investigador paranormal de una manera que eclipsa su carisma holmesiano, convirtiéndolo más en un atónito protagonista lovecraftiano. Si bien Carnacki usa algunos elementos típicos del ocultismo contra las Cosas Porcinas, y aunque reconoce su malevolencia espiritual y física, en última instancia utiliza su inteligencia para definirlas como fuerzas ciegas del universo. Estas fuerzas [el Cerdo y sus Lechones] solo son sobrenaturales desde nuestra perspectiva humana, ya que parecen violar las leyes físicas conocidas, pero no necesariamente las verdaderas leyes que gobiernan el universo [ver: Einstein, la Relatividad y los Antiguos]

Por lo tanto, aunque Carnacki y el Manuscrito Sigsand ven a estas fuerzas como enemigas de la humanidad, en realidad se comportan como muchos seres interdimensionales de Lovecraft; es decir, son indiferentes a la humanidad y sus motivaciones están más allá de nuestro entendimiento. Para nosotros, ciertamente para Carnacki, parecen «malvados»; pero este cosmicismo existencial se debe principalmente a nuestra comparativa insignificancia.

Visualmente, el Cerdo es «una cara de cerdo, pálida y aparentemente inmóvil, que se eleva desde las profundidades». Una página más adelante es «una cara de cerdo flotante y pálida»; y luego: «una espantosa cabeza pálida». Al igual que Lovecraft, William Hope Hodgson evoca fuerzas tan ajenas a la naturaleza conocida que no pueden describirse con precisión [ver: Autopsias lovecraftianas: el arte de diseccionar lo innombrable]. Nuestro lenguaje solo puede andar a tientas al acercarse a ellas, recurriendo a la palabra «pálido» una y otra vez con la esperanza [frustrada] de que le dará al lector una vaga idea del color de esta cosa que aterrorizó a Sigsand; y que Carnacki, a pesar de toda su tecnología y conocimiento, no pudo contrarrestar [ver: Algunas lenguas para la comunicación interdimensional]

En la superficie, el Cerdo parece insinuar que estas entidades cósmicas, que han existido durante millones de años, necesariamente tienden hacia formas cada vez menos estructuradas, del mismo modo que la energía y la materia. La verdadaera amenaza, entonces, es el Tiempo; porque es la descomposición de la materia y la energía lo que sostiene a estos seres. En este contexto, los seres humanos somos proporcionalmente débiles. La humanidad solo puede vivir en una ínfima zona hospitalaria del universo, rodeada de fuerzas entrópicas que poco a poco van cerrándose a su alrededor. Sin embargo, esta visión parece refutada en un pasaje del Manuscrito Sigsand:


[«En la antigüedad, el Cerdo tenía poder en este mundo, y volverá a tenerlo al final.»]


En otras palabras, nuestro mundo comenzó en un estado que permitía la existencia del Cerdo, de modo tal que no hay degradación, sino una continua permanencia en el cosmos. No es que estas fuerzas estén cerrándose a nuestro alrededor, nosotros simplemente existimos en una pequeña zona templada y pasajera. Lo permanente, la norma, es el Cerdo.

Por alguna razón que Carnacki y el Manuscrito Sigsand omiten, el Cerdo solo puede aparecer brevemente en nuestra zona templada del universo, y solo en las condiciones propicias. ¿Cuál es el motivo? Por supuesto, solo podemos imaginar motivaciones humanas, de modo que lo primero que se me ocurre es que el Cerdo está alimentándose de humanos para engordar su raza entrópica. Esto nos permite preguntarnos: ¿el resto de los porcinos que atormentan a Bains son las almas [o proyecciones astrales] de los seres humanos que el Cerdo ha absorbido?

El Cerdo, al igual que el Horla de Guy de Maupassant, actúa en nuestro plano físico como una infección: en primer lugar, se contagia y adhiere a los seres humanos. Luego ataca la rutina de la existencia superficial: Bains ya no puede dormir. Esto permite que el Cerdo y los de su clase comiencen a reclamar su mente [ver: Gente Sombra, el Horla, y el portal interdimensional de Maupassant]

De esta manera, el Cerdo reúne seguidores en todas las épocas y lugares: agentes de entropía listos para ser desplegados al igual que el ejército porcino en La casa en el confín de la tierra. En este contexto, los sueños son lo único suficientemente entrópico para permitir la entrada del Cerdo a nuestro plano. Así sucede con Bains; y, tal vez, así sucede con Lady Mirdath y el narrador de La tierra nocturna. Si el tiempo no es una barrera para el Cerdo, entonces Bains estaba destinado a ser una presa, y Carnacki un enemigo.

Quizás llamar a Carnacki un «enemigo» del Cerdo sea exagerado. A lo sumo, es un obstáculo insignificante, porque lo cierto es que se necesitó la intervención de un agente externo, acaso Dios [o un Dios], acaso algo más que todo eso, para que Carnacki salga vivo de su último caso. De hecho, Carnacki termina su última aventura tan confundido como nosotros. No tiene respuestas. Simplemente está aliviado de que la terrible experiencia haya terminado. Sin embargo, podemos seguir el rastro del Cerdo más allá.

En 1908, W.H. Hodgson editó La casa en el confín de la tierra, donde dos campistas irlandeses [Tonnison y Berreggnog], hombres corpulentos y templados, regresan a la civilización después de encontrar un río; y, junto a ese río, las ruinas de una casa; y, dentro de esas ruinas, un libro desgastado. Se desconoce el autor del libro, pero sabemos que llegó a la casa cuando aún estaba intacta. Trajo provisiones, dinero, a su hermana, a su perro, «trajo todos sus años y huesos envejecidos». En esta historia conocemos el objetivo del Cerdo: expandir el tiempo de su propia existencia introduciendo entropía en nuestra realidad.

También conocemos los métodos del Cerdo: formar un ejército de cerditos cósmicos para invadir nuestros sueños [es decir, nuestra realidad personal]. Sabemos también que el Cerdo fue encontrado tanto por Carnacki como por el Recluso de La casa en el confín de la tierra; y que la propia Casa es uno de los ejes mantienen unida la realidad. El Recluso, en una visión, observa la destrucción final del mundo; razón por la cual William Hope Hodgson nos permite saber todo sobre el Cerdo.

Las teorías de Carnacki sobre estos seres extradimensionales son muy similares a los seres astrales de la teosofía. Esto parece extraño a nuestros ojos, pero no era inverosímil para William Hope Hodgson cuando, a fines del siglo XIX, Charles Leadbeater propuso un árbol evolutivo que incluía no solo a los humanos, que surgieron de acuerdo con la evolución darwiniana, sino también a las hadas y otros seres incorpóreos que surgieron por procesos completamente distintos [ver: Cuando las hadas abandonaron nuestro plano de existencia]


[«Desde un punto de vista general, las cosas de naturaleza espectral no se ven con los ojos —dice Carnacki—, sino a través del ojo de la mente, el cual, siendo de características psíquicas, no siempre se encuentra desarrollado hasta el estado que nos permitiría utilizarlo para completar la información que al cerebro le llega mediante los ojos físicos.»]


Aquí, Carnacki recurre a un viejo truco teosófico: en una persona ordinaria, el cerebro recibe e interpreta la informacion provista por nuestro aparato visual físico, pero en una persona «sensitiva» el cerebro también debe procesar la información referida por el «ojo de la mente»:


[«Estas dos visiones se mezclan de tal forma que tenemos la impresión de ver a través de nuestros ojos físicos todo lo que está siendo revelado al cerebro por el ojo de la mente. Y así nos parece que vemos tanto lo material como lo inmaterial de las situaciones.»]


Según esta dinámica, idéntica a las teorías de Annie Besant, cuando algo amenaza a nuestro cuerpo psíquico tenemos la impresión de que nuestro cuerpo físico se encuentra amenazado. Esta es la matriz del concepto de Experiencia Aparicional, es decir, cuando nos sentimos repentinamente inquietos cuando estamos solos, como si alguien o algo nos observara. Las personas ordinarias [es decir, «no sensitivas»] no tienen forma de distinguir que esa sensación de amenaza física en realidad constituye una amenaza psíquica. En El Cerdo, Carnacki nos brinda un ejemplo interesante:


[«En el transcurso de una aventura «espectral», un hombre puede experimentar la sensación de que está cayendo; es decir, en el sentido físico del término. Quizá sea su entidad psíquica la que está cayendo, pero lo que se presenta a su cerebro es la sensación de caída, y nada más. Por cierto, tened la amabilidad de no olvidar que, aunque sea el cuerpo psíquico el que cae, el peligro no es menor.»]


Por eso Carnacki siente que se está hundiendo en la abertura generada por el Cerdo, pero al mismo tiempo siente que sus pies están afirmados físicamente sobre la solidez del piso de la habitación.

Ahora bien, los Monstruos Exteriores, entre los cuales se encuentra el Cerdo, parecen tener problemas para manifestarse enteramente en nuestra zona templada del universo. Según Carnacki, pueden existir en la periferia de nuestro planeta, y de otros, en una zona donde se encuentran residualmente los gases [«emanaciones»] que formaron parte de nuestro mundo. Estos gases se condensaron para formar materias sólidas, pero algunos no se solidificaron; de hecho, algunos de estos gases [siempre según Carnacki] son extremadamente sutiles. Forman «capas superpuestas que se encuentran alrededor de nosotros, pero a gran altitud»; una zona que el investigador paranormal llama «Esferas Interiores», situada a menos de 100,000 millas alrededor de la tierra.

Para Carnacki, la «Esfera Exterior» a veces es perturbada por causas desconocidas, aunque supone que debe tratarse de un fenómeno físico. En esta zona notablemente incierta existen los Monstruos Exteriores, como el propio Cerdo, quienes básicamente fueron engendrados por los elementos que los rodean:


[«Pero estos elementos se parecen tan poco a la materia como las emanaciones de una esencia aromática a la propia esencia. Así nos encontramos ante el concepto de un inmenso mundo psíquico, generado a partir del físico, situado muy lejos de él y rodeándolo completamente. Este enorme mundo psíquico de la Esfera Exterior «procrea», si se me permite la expresión, sus propias fuerzas psíquicas e inteligencias, monstruosas o no, exactamente igual que nuestro mundo produce sus propias fuerzas físicas e inteligencias, seres, animales, insectos, etc., monstruosos o no.»]


En este sentido, el Cerdo y otros Monstruos Exteriores no son necesariamente malévolos, aunque sí hostiles, «de la misma manera que un tiburón o un tigre pueden ser considerados hostiles»:


[«Son depredadores. Tienen deseos que proyectan sobre nosotros, mucho más terribles que los nuestros para una oveja inteligente que fuese capaz de comprender los móviles por los la criamos. Saquean y destruyen para satisfacer sus deseos y apetitos, exactamente igual que otras formas de existencia saquean y destruyen para satisfacer los suyos. Y los apetitos de esos Monstruos, fundamentalmente, si no siempre, se hallan dirigidos hacia la entidad psíquica de los seres humanos.»]




William Hope Hodgson. I Taller gótico.


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