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«La habitación perdida»: Fitz-James O'Brien; relato y análisis.


«La habitación perdida»: Fitz-James O'Brien; relato y análisis.




«Desde aquella hora terrible
jamás he vuelto a encontrar mi habitación.»



La habitación perdida (The Lost Room) es un relato gótico del escritor irlandés Fitz-James O'Brien (1828-1862), publicado originalmente en la edición de septiembre de 1858 de la revista Harper's Magazine, y luego reeditado en la antología de 1888: Poemas y relatos de Fitz James O'Brien (The Poems and Stories of Fitz-James O'Brien).

La habitación perdida, uno de los cuentos de Fitz-James O'Brien menos conocidos, relata la historia de un hombre condenado a vagar eternamente por los pasillos de una gran casona señorial en busca de su habitación perdida [ver: Casas como metáfora de la psique]

Nuestro protagonista [y narrador anónimo] se aloja en una antigua, lujosa y tétrica mansión donde rara vez se cruza con otro ser humano, incluso con su sirviente. En una sofocante noche de verano, tumbado en el sofá, fumando, se dispone a narrar [extensamente] la historia de los objetos que pueblan su habitación. Finalmente sale al jardín para tomar el aire fresco de la noche y se encuentra con un hombre de estatura inusualmente baja, quien le advierte que la casa está habitada por «caníbales, necrófagos y hechiceros». Afirma también haber sido uno de ellos.

El insomnio, el calor agobiante, la noche, la advertencia del enano, hunden al protagonista en el pánico. Corre de regreso a la casa y encuentra que su habitación está ocupada por tres mujeres y tres hombres celebrando una reunión fastuosa que él describe como una «orgía», aunque lo único que hacen los visitantes es comer, beber y cantar. Le ofrecen participar, pero los rechaza, y ordena que salgan de su habitación:


—¡Su habitación! —chilló la mujer a mi derecha.

—¡Su habitación! —repitió la de mi izquierda.

—¡Su habitación! ¡Dice que es su habitación! —gritó todo el grupo, mientras volvían a revolcarse en convulsiones de hilaridad.

—¿Cómo sabe que es su habitación? —dijo finalmente uno de los hombres sentados frente a mí, una vez que las risas hubieron amainado.


Los visitantes parecen tener razón Ninguna de las pertenencias del protagonista se encuentra en la habitación. Aún así, exige que se marchen.

Una de las mujeres lo reta a un desafío: si él gana, ellos se marcharán; pero si ella gana, él será expulsado de la habitación. El protagonista pierde, lo arrastran fuera de la habitación hacia el pasillo, y por motivos que Fitz-James O'Brien no explica, no consigue salir de la casa. En cambio, vaga eternamente por los pasillos buscando aquella habitación perdida.

La habitación perdida es un cuento difícil de leer. Digamos que requiere cierto paladar, cierto gusto adquirido por el gótico. El lenguaje es arcaico, el ritmo es lento, la historia de los objetos es densa, pero al final retribuye cualquier dificultad con esta especie de dimensión de bolsillo [o desplazamiento de tiempo] donde proliferan esperpentos orientales como los ifrit y los ghouls [ver: Ghouls: historia secreta de los necrófagos]

Como en toda buena historia de fantasmas, la noción del Yo del protagonista está ligada a su entorno, a su habitación. O’Brien le dedica mucha atención [y tal vez demasiado tiempo] a desplegar esa interioridad a través de la descripción de los objetos, la estética, la atmósfera de la habitación [como expresiones de la vida interior], estableciéndola como un punto de anclaje en el tiempo antes de introducir las típicas «perturbaciones». En esas primeras páginas queda claro que el protagonista está preocupado por la posesión, tanto del espacio físico como de su memoria, y, en última instancia, de su propia identidad [ver: La Casa como entidad orgánica y consciente]

En este sentido, La habitación perdida se anticipa a las nociones freudianas de la consciencia [la habitación], que puede ser ocupada por diferentes agencias. Para O’Brien [como para Sigmund Freud], el Yo no es un agente soberano y unificado. Debajo hay fuerzas desconocidas, autónomas, percibidas como «oscuras» por el ego [ver: El horror siempre viene desde el sótano]. Los misteriosos fantasmas o visitantes primero se desplazan de forma oblicua, a través de la historia de los objetos, del lugar, hasta que por fin ocupan toda la habitación [la consciencia] y se adueñan de ella [ver: Casa Tabú: análisis de «Casa tomada»]

Ahora bien, ¿por qué? Después de todo, el protagonista es un hombre educado, cultivado en historia y música, y parece ser un sujeto centrado. Su defecto, por llamarlo de algún modo, es existir únicamente en la Habitación, sin prestarle atención al resto de la casa [el resto de su estructura mental] y sus ocupantes [agencias, impulsos, deseos]. Toda su vida interior, su identidad, se proyecta en los objetos de la habitación. O’Brien sugiere que hay un peligro en esto. el arte, la memoria, la música, pueden elevar el espíritu pero también sofocarlo si lo obligan a aislarse de la sensorialidad, del afuera.

La habitación perdida es uno de esos cuentos que uno cree haber leído ya, quizás porque muchos de sus condimentos serían reutilizados. Es un ejemplo clásico de la pesadilla sin resolución, ni racional ni moral. Es un cuento anticuado y asombrosamente moderno. Existe, como el protagonista, en un espacio liminal.

Me parece también un precursor de La música de Erich Zann (The Music of Erich Zann) de H. P. Lovecraft; al menos comparte la fascinación por las habitaciones inestables y el arte como vehículo de atracción hacia otros estados mentales donde la realidad es menos sólida de lo que parece [ver: El limbo de la Rue d’Auseil: análisis de «La música de Erich Zann»]. También presagia a Número trece (Number 13) de M. R. James, a los ambientes oníricos de El resplandor (The Shining) de Stephen King [más aún los de Stanley Kubrick], y en general a cualquier historia donde los espacios cerrados estén cargados de un profundo significado psicológico y metafísico, funcionando no solo como entornos, sino como umbrales entre distintos estados del ser, como en la novela clásica de Shirley Jackson: La maldición de Hill House (The Haunting of Hill House) [ver: La entidad que se esconde Hill House]

En lo personal, lo que hace que La habitación perdida sea memorable es la destreza del autor para equilibrar elementos disonantes. O’Brien primero recurre al gótico clásico: la arquitectura laberíntica [la casa], una atmósfera opresiva [la habitación], un trasfondo con peso ancestral [la historia de los objetos] y un protagonista introspectivo y sensible. Sin embargo, pronto desbarata las expectativas del género. En lugar de antiguas maldiciones, aristócratas decrépitos y transgresiones morales hereditarias, O’Brien erosiona el sentido del tiempo y la realidad, ofrece algo más extraño, y lo extraño siempre es reacio a brindar un cierre definitivo [ver: Lovecraft contra los finales de mierda]

El horror de La habitación perdida no viene del pasado, coexiste con el presente. O’Brien lo sugiere en la escena donde el protagonista habla con el misterioso enano en el jardín. El hombrecito le pregunta si nunca se fijó en los ojos de los otros ocupantes de la casa, en cómo se deleitan mirándolo pasar, si nunca oyó, en medio de la noche, pasos amortiguados en los pasillos y «manos sigilosas girando el pomo de la puerta». El protagonista, desde luego, nunca ha visto ni oído nada porque hasta ahora existe únicamente en el presente, su ser está anclado en el aquí, el ahora, pero las cosas cambian pronto, muy rápido.




La habitación perdida.
The Lost Room, Fitz-James O'Brien (1828-1862)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Hacía un calor sofocante. El sol se había ocultado hacía tiempo, pero parecía haber dejado tras de sí su esencia vital. El aire estaba en calma; las hojas de las acacias que cubrían mis ventanas colgaban inmóviles, como plomadas, de sus delicados tallos. El humo de mi cigarro apenas se elevaba por encima de mi cabeza.

Llevaba la camisa abierta y el pecho se me agitaba con esfuerzo al intentar aspirar algo de aire fresco. Hasta los ruidos de la ciudad parecían sumidos en el sueño, y el zumbido agudo de los mosquitos era el único que rompía la quietud. Mientras yacía con los pies en alto sobre el respaldo de una silla, envuelto en ese estado de ánimo peculiar en el que el pensamiento cobra una especie de movimiento inerte, me asaltó la extraña idea de hacer un inventario de los principales muebles de la habitación. Era una tarea acorde con mi estado de ánimo. Sus formas se perfilaban en la penumbra que flotaba como una sombra por la estancia; no suponía esfuerzo alguno distinguir y detallar cada uno de ellos, y desde mi asiento podía abarcar con la vista todas mis pertenencias sin siquiera girar la cabeza.

Estaba, en primer lugar, aquella litografía fantasmal de Calame. Era una simple mancha negra sobre la pared blanca, pero mi visión interior escudriñaba cada detalle de la imagen. Un brezal agreste, desolado y nocturno, con un roble espectral en el centro. El viento sopla con furia y las ramas irregulares, escasamente vestidas de hojas raquíticas, son arrastradas continuamente hacia la izquierda por su fuerza gigantesca. Unas nubes informes y desgarradas cruzan el cielo imponente, y la lluvia barre el paisaje casi en paralelo al horizonte. Más allá, el brezal se extiende hacia una negrura infinita; en sus confines, la fantasía o el arte han conjurado unas formas indefinibles que parecen cabalgar hacia el espacio. Al pie del enorme roble se alza una figura envuelta en un manto. La ráfaga ciñe su capa al cuerpo en pliegues apretados, y la larga pluma de gallo de su sombrero se yergue impulsada por el viento, hasta parecer erizada de miedo. Sus rasgos no son visibles, pues se aferra a la capa con ambas manos y se la ha echado sobre el rostro desde ambos lados. La imagen carece de propósito. No narra ninguna historia, pero posee un poder inquietante que se queda grabado en la memoria; y fue precisamente por eso por lo que la compré.

Junto al cuadro aparece esa mancha redonda que cuelga debajo; sé que se trata de un gorro. Lleva mi escudo de armas bordado en la parte delantera y, por eso, nunca me lo pongo, aunque creo que me sienta bien con su larga borla de seda azul colgando junto a la mejilla. Recuerdo la época en que se estaba confeccionando. Recuerdo aquellas manos diminutas que hacían pasar las sedas de colores con tanta agilidad a través de la tela tensada en el bastidor; el enorme esfuerzo que me costó conseguir una reproducción en color de mi blasón para el motivo heráldico que debía adornar la parte frontal de la banda; los gestos de fruncir la boca y de arrugar la frente juvenil mientras su dueña se sumía en profundas cavilaciones sobre cómo representar la nube de la que surge la mano armada —mi cimera—; aquel momento sublime en que las manitas me lo colocaron sobre la cabeza —en una postura que no pude soportar más que unos segundos— y yo, cual rey, ejercí de inmediato mi prerrogativa real tras la coronación e impuse al instante un tributo a mi única súbdita, tributo que, por cierto, ella pagó de muy buen grado. ¡Ah! El gorro sigue ahí, pero la bordadora ha partido; ¡pues Átropos cortaba el hilo de su vida sobre su cabeza mientras ella tejía aquel refugio de seda para la mía!

¡Qué aspecto tan tosco presenta el enorme piano que ocupa el rincón a la izquierda de la puerta en la penumbra incierta! No toco ni canto, y sin embargo poseo un piano. Me reconforta contemplarlo y sentir que la música reside en él, aunque sea incapaz de romper el hechizo que la mantiene prisionera. Es grato saber que Bellini y Mozart, Cimarosa, Porpora, Gluck y todos sus semejantes —o al menos sus almas— duermen en esa voluminosa caja. Allí quedaron como embalsamadas todas las óperas, sonatas, oratorios, nocturnos, marchas, canciones y danzas que alguna vez cobraron vida a través de los cuatro compases que encierran la melodía. Hubo una ocasión en que me vi plenamente recompensado por la inversión realizada en aquel instrumento que jamás utilizo: Blokeeta, el compositor, vino a visitarme. Naturalmente, sus instintos lo impulsaron hacia mi piano, como si una suerte de poder magnético en su interior lo obligara.

Lo afinó y tocó en él. Durante toda la noche, hasta que el amanecer gris y espectral surgió de las profundidades de la medianoche, permaneció sentado tocando, mientras yo yacía fumando junto a la ventana y escuchaba. Salvajes, sobrenaturales y, a veces, insoportablemente dolorosas eran las improvisaciones de Blokeeta. Los acordes parecían quebrarse de angustia. Almas en pena gritaban en sus lúgubres preludios; voces apenas audibles de espíritus sufrientes —que tanteaban el vacío a distancias inconcebibles de cualquier cosa hermosa o armoniosa— parecían emerger tenuemente de las oleadas de sonido que brotaban bajo sus manos. Un amor humano y melancólico vagaba por lejanos brezales o bajo cipreses húmedos y sombríos, murmurando su pena no correspondida; o bien, odiosos gnomos retozaban y cantaban en pantanos estancados, triunfando con tonos sobrenaturales sobre el caballero al que habían atraído hacia la muerte. Tal fue la velada musical de Blokeeta; y cuando finalmente cerró el piano y se marchó apresuradamente a través de la fría mañana, dejó en torno al instrumento un recuerdo del que jamás pude librarme.

Aquellos zapatos de nieve, colgados en el espacio entre el espejo y la puerta, evocan mis andanzas por Canadá. Recuerdo una larga carrera a través de los densos bosques sobre la nieve helada —cuya frágil costra cedía a cada paso bajo los finos cascos del caribú que perseguíamos—, hasta que la pobre criatura, acorralada y desesperada, se volvió para plantar cara en un pequeño matorral de enebros, donde lo abatimos sin piedad. Recuerdo cómo Gabriel, el colono, y François, el mestizo, la degollaron, y cómo la sangre tibia brotó a borbotones sobre el suelo nevado; recuerdo también el refugio de nieve que construyó Gabriel, donde los tres dormimos bien abrigados, y la gran hoguera que ardía a nuestros pies, proyectando toda clase de formas demoníacas sobre el telón negro del bosque exterior; los filetes de ciervo que asamos para desayunar y la embriaguez salvaje de Gabriel a la mañana siguiente, tras haber estado bebiendo a escondidas de mi frasco de brandy durante toda la noche.

Esa larga daga sin empuñadura que cuelga sobre la repisa de la chimenea hace que se me hinche el corazón de emoción. La encontré cuando era niño, en un vetusto castillo donde vivió uno de mis antepasados maternos. Aquel mismo antepasado —que, dicho sea de paso, aún perdura en la historia— era un singular y anciano rey del mar que habitaba en el extremo más remoto de la costa suroeste de Irlanda. Poseía la totalidad de esa fértil isla llamada Inniskeiran, situada justo frente a Cape Clear; entre ambas, el Atlántico forma lo que los pescadores de la zona llaman «el Estrecho». Es un lugar temible en invierno: hay días en que ninguna embarcación puede resistir allí, y Cape Clear queda a menudo incomunicado de tierra firme durante días enteros.

Este viejo señor del mar —Sir Florence O’Driscoll— llevó una vida azarosa. Desde lo alto de su castillo observaba el océano y, cuando divisaba algún navío ricamente cargado que navegaba desde el sur hacia los laboriosos comerciantes de Galway, izaba las velas de su galera. Así se ganaba la vida; un modo de sustento que, ciertamente, no resulta muy honrado según nuestros criterios modernos, pero perfectamente compatible con la moral de su época. Como cabe suponer, Sir Florence acabó teniendo problemas. Los comerciantes saqueados presentaron quejas contra él ante la corte inglesa, y el vikingo irlandés partió hacia Londres para defender su causa ante la buena reina Bess, como se la llamaba. Contaba con una poderosa baza a su favor: era un hombre de una belleza extraordinaria. Aunque no era de ascendencia celta, sino de sangre mitad española y mitad danesa, poseía la imponente estatura de los pueblos del norte, combinada con los rasgos regulares, la mirada vivaz y el cabello oscuro de la raza ibérica. Esto podría explicar por qué su estancia en la corte se prolongó más de lo necesario, así como la tradición —mencionada por un historiador local— de que la reina de Inglaterra mostró hacia él una predilección de índole distinta a la que habitualmente manifestaba un monarca hacia sus súbditos.

Antes de partir, Sir Florence confió la custodia de sus propiedades a un inglés llamado Hull. Aquel individuo logró congraciarse con las autoridades locales y ganarse su favor hasta el punto de mostrarse dispuestas a respaldarlo en cualquier empresa. Tras una larga estancia fuera, Sir Florence —ya indultado de todas sus faltas— regresó. Pero aquel ya no era su hogar: Hull se había apoderado de él y se negaba a ceder ni un solo acre de las tierras que había adquirido de manera tan vil. De nada servía recurrir a la justicia, pues sus funcionarios estaban aliados con la parte contraria. Tampoco servía apelar a la Reina, ya que esta tenía otro amante y para entonces se había olvidado del pobre caballero irlandés; así pues, el vikingo pasó la mayor parte de su vida intentando en vano recuperar sus vastas posesiones y, finalmente, en su vejez, hubo de conformarse con su castillo junto al mar y con la isla de Inniskeiran, el único lugar del que el usurpador no pudo despojarlo. De este modo, la vieja historia sobre la suerte de mi pariente emerge de la penumbra que envuelve aquel puñal sin empuñadura colgado en la pared.

Fue más o menos de esta manera como, sumido en ensueños, hice el inventario de mis pertenencias. Al posar la vista en cada objeto —uno tras otro— o en los lugares donde reposaban (pues la habitación estaba ya tan oscura que resultaba casi imposible distinguir nada con claridad), acudía a mi mente una multitud de recuerdos e inevitablemente me dejé llevar por ellos. Así pues, avanzaba con lentitud; finalmente, el cigarro se redujo a una colilla ardiente y amarga que apenas lograba sostener entre los labios, mientras la noche me parecía cada vez más opresiva. Precisamente cuando cavilaba sobre algún modo imposible de refrescar mi desdichado cuerpo, la colilla comenzó a quemarme los labios.

Lo arrojé con ira por la ventana abierta y me incliné hacia afuera para verlo caer. Primero fue a parar a las hojas de la acacia, despidiendo una lluvia de chispas rojas; luego, al rodar, cayó de lleno sobre el sendero del jardín, iluminando tenuemente los árboles y las flores inmóviles. No sabría decir si fue el contraste entre el destello rojo de la colilla y la silenciosa oscuridad del jardín, o si fue que, gracias a aquella luz repentina, percibí un leve movimiento de las hojas, pero algo me sugirió que en el jardín reinaba la frescura. «Daré una vuelta por allí —pensé—, tal como estoy; no puede hacer más calor que en esta habitación y, por muy quieto que esté el aire, al aire libre siempre se experimenta una sensación de libertad y amplitud». Con esta idea me levanté, encendí otro cigarro y salí a los largos y laberínticos pasillos que conducían a la escalera principal. ¡Con qué sentimiento tan distinto habría cruzado el umbral de mi habitación si hubiera sabido que jamás volvería a poner un pie en ella!

Vivía en una casa enorme, donde ocupaba dos habitaciones en el segundo piso. Era una casa de estilo antiguo, con todas sus plantas comunicadas por una inmensa escalera circular que ascendía por el centro del edificio; en cada rellano, largos y laberínticos pasillos se prolongaban hacia rincones y recovecos misteriosos. Aquel palacio era muy alto, y sus posibilidades espaciales —en cuanto a huecos y vericuetos— parecían interminables. Nada parecía tener un final definido; no había callejones sin salida en toda la propiedad. Los pasillos y corredores, como líneas matemáticas, parecían susceptibles de extenderse indefinidamente; sin duda, el objetivo del arquitecto había sido erigir un edificio en el que uno pudiera seguir avanzando eternamente. Todo el lugar resultaba sombrío, no tanto por su gran tamaño, sino porque una suerte de desnudez parecía impregnar su estructura.

Las escaleras, los pasillos, los salones y los vestíbulos participaban de una desolación semejante a la del desierto. No había nada en las paredes que rompiera la sombría monotonía de aquellas largas perspectivas de sombra. Ni tallas en los zócalos, ni máscaras moldeadas que observaran desde las cornisas de severa sencillez, ni jarrones de mármol en los rellanos. Reinaba en toda la mansión una desolación profunda y una absoluta falta de vida —algo tan inusual en un establecimiento estadounidense—. Era como la casa encantada de Hood, pero ordenada y recién pintada. También los sirvientes resultaban espectrales y reacios a dejarse ver. Había que hacer sonar las campanillas tres veces antes de lograr que la camarera se dignara a aparecer; y el camarero negro —una criatura de aspecto cadavérico oriunda del Congo— solo acudía a la llamada cuando la paciencia de uno se había agotado o cuando la necesidad ya había sido satisfecha por otros medios. Cuando por fin se presentaba, uno lamentaba que no hubiera permanecido ausente del todo, tal era el aire hosco y salvaje que mostraba.

Avanzaba por los suelos, que no devolvían eco alguno, con un andar lento y silencioso, hasta que su figura sombría, surgiendo de la penumbra, parecía la de algún ifrit reticente, obligado por el poder de su amo a dejarse ver. Cuando se cerraban las puertas de todas las habitaciones y ninguna luz iluminaba el largo pasillo —salvo el resplandor rojizo y malsano de una pequeña lámpara de aceite situada en una mesa al fondo, donde los huéspedes que llegaban tarde encendían sus velas—, resultaba imposible imaginar una estampa más triste o desoladora. Sin embargo, la casa era de mi agrado. De hábitos sedentarios y reflexivos, disfrutaba de aquel silencio absoluto. Había pocos inquilinos —de lo que deducía que el negocio del casero no era muy próspero— y estos, probablemente oprimidos por el aire sombrío del lugar, se movían de forma silenciosa, como fantasmas. Al propietario apenas lo veía. Mis facturas aparecían cada mes sobre la mesa, depositadas por manos invisibles mientras yo paseaba o salía a caballo, y el pago correspondiente quedaba en manos de aquel ifrit que me atendía. En definitiva, teniendo en cuenta el espíritu bullicioso y alerta de Nueva York, el carácter sombrío y apenas animado de la casa constituía una anomalía que nadie comprendía mejor que yo, su propio habitante.

Bajé tanteando la ancha escalera en busca de alguna brisa. Al entrar en el jardín noté que el ambiente era algo más fresco que en mi habitación, y avancé fumando por los senderos flanqueados de cipreses con una sensación de relativo alivio. Reinaba una gran oscuridad. Las altas flores que bordeaban el camino estaban tan envueltas en penumbra que parecían masas piramidales; todos los detalles de hojas y pétalos quedaban ocultos bajo un manto envolvente. Era un lugar y un momento propicios para estimular la imaginación, pues en aquellos impenetrables rincones había espacio para que las fantasías más desenfrenadas dieran rienda suelta. Caminaba y caminaba, y el eco de mis pasos sobre el sendero, cubierto de musgo y sin grava, despertaba en mí una sensación contradictoria: me sentía solo y, a la vez, acompañado. La soledad del lugar se hacía patente en aquel silencio, roto únicamente por el eco de mis pisadas; sin embargo, esas mismas reverberaciones parecían infundirme la vaga sensación de no estar solo. Por ello, no me sobresalté cuando, de repente, una voz que surgía de la densa oscuridad de un inmenso ciprés me interpeló diciendo:

—¿Podría darme fuego, caballero?

—Ciertamente —respondí, intentando distinguir a quien hablaba.

Alguien se acercó y le tendí mi puro. Lo único que pude averiguar sobre el individuo era que debía de ser de estatura extremadamente baja; pues yo, que de ningún modo soy un hombre de gran talla, tuve que inclinarme considerablemente para entregarle el puro.

—Caballero, anda usted fuera a horas tardías —dijo aquel desconocido mientras, tras pronunciar un agradecimiento a medias, me devolvía el puro, que tuve que buscar a tientas en la penumbra.

—No más tarde de lo habitual —respondí con sequedad.

—¡Mmm! ¿Le gusta pasear a altas horas, entonces?

—Depende.

—¿Vive usted aquí?

—Sí.

—Una casa peculiar, ¿verdad?

—Yo la encuentro tranquila.

—¡Mmm! Pero le parecerá peculiar, créame.

Pronunció esto con gran seriedad; y, al mismo tiempo, sentí que un dedo huesudo se posaba sobre mi brazo, clavándose con fuerza como un cuchillo sin filo.

—No puedo aceptar su palabra como prueba de tal afirmación —respondí con brusquedad, apartando aquel dedo huesudo con un gesto de repugnancia.

—Sin ánimo de ofender —murmuró mi invisible compañero con una voz extraña y contenida que habría resultado estridente de haber sido más fuerte—; que usted se enfade no cambia las cosas. Verá que es una casa extraña. Todo el mundo la considera extraña. ¿Sabe quiénes viven allí?

—Jamás me entrometo en los asuntos ajenos, señor —respondí con aspereza, pues los modales de aquel individuo, sumados a mi absoluta incertidumbre sobre su aspecto, me provocaban un deseo agobiante de librarme de él.

—¡Ah! ¿No lo hace? Pues yo sí. Sé lo que son... vaya, vaya, vaya... —y, al pronunciar estas últimas palabras su voz se elevó hasta culminar en un chillido que resonó de forma espantosa entre los senderos solitarios—. ¿Sabe qué comen? —continuó.

—No, señor; y tampoco me importa.

—¡Ah! Pero le importará. Tiene que importarle. Le importará. Le diré lo que son. Son hechiceros. Son necrófagos. Son caníbales. ¿Nunca se fijó en sus ojos y en cómo se deleitaban al mirarle cuando pasaban a su lado? ¿Nunca reparó en la comida que servían en su mesa? ¿Nunca oyó, en lo más profundo de la noche, pasos amortiguados y sobrenaturales deslizándose por los pasillos, ni manos furtivas girando el pomo de su puerta? ¿Acaso no le envuelve continuamente una influencia magnética cuando pasan cerca, recorriéndole el espíritu y el cuerpo con un escalofrío helado que ni siquiera la luz del sol logra disipar? ¡Oh, sí! ¡Ha sentido todas esas cosas! ¡Lo sé!

La vehemencia, el tono contenido y el acento apasionado con que pronunciaba todo aquello me causaron una impresión sumamente inquietante. Realmente parecía como si pudiera recordar todos aquellos sucesos e influencias extrañas de los que hablaba; y me estremecí involuntariamente en medio de la impenetrable oscuridad.

—¡Mmm! —dije, adoptando sin darme cuenta un tono confidencial—: ¿podría preguntar cómo sabe usted estas cosas?

—¿Cómo las sé? Porque soy su enemigo. Porque tiemblan ante mi susurro. Porque les sigo el rastro con la perseverancia de un sabueso y el sigilo de un tigre... porque... porque... ¡yo fui uno de ellos!

—¡Desgraciado! —exclamé con excitación, pues su tono me había llevado a un estado de gran nerviosismo—: ¿entonces quiere decir que usted...?

Obedeciendo a un impulso incontrolable, extendí la mano hacia mi interlocutor e intenté agarrar algo a ciegas. Las yemas de mis dedos parecieron tocar una superficie tan lisa como el cristal. Un siseo agudo e iracundo resonó en la penumbra, seguido de un zumbido, como si un proyectil pasara velozmente a mi lado; al instante siguiente, supe instintivamente que estaba solo.

Una sensación desagradable me invadió: un instinto profético de que una terrible desgracia me acechaba, y una ansiedad intensa y abrumadora por regresar a mi habitación sin perder tiempo. Me di la vuelta y corrí a ciegas por el oscuro sendero de cipreses; cada macizo de flores que se alzaba como una sombra negra en los bordes hacía que, por momentos, mi corazón dejara de latir. Los ecos de mis propios pasos parecían redoblarse y cobrar el sonido de perseguidores desconocidos. Las ramas de los arbustos de lilas y celindas que aquí y allá se extendían parcialmente sobre el camino parecían haberse dotado de repente de manos ganchudas que intentaban atraparme al pasar; a cada instante esperaba ver caer ante mí una barrera espantosa e infranqueable que me encerrara para siempre.

Por fin llegué a la amplia entrada. De un salto subí los cuatro o cinco escalones del pórtico y corrí por el vestíbulo, subí la ancha y resonante escalera y recorrí los pasillos sombríos y lúgubres hasta detenerme, sin aliento y jadeante, ante la puerta de mi habitación. Una vez allí, me detuve y me apoyé con fuerza contra uno de los paneles, jadeando con intensidad tras la carrera. Sin embargo, apenas había dejado caer todo mi peso sobre la puerta cuando esta cedió y entré tambaleándome, cayendo de cabeza. Para mi absoluto asombro, la habitación que había dejado en profunda oscuridad estaba ahora inundada de luz. La iluminación era tan intensa que, durante unos segundos —mientras las pupilas de mis ojos se contraían—, no vi absolutamente nada salvo aquel resplandor cegador.

Este hecho, que se me presentó con tal brusquedad, bastó para prolongar mi confusión; solo trascurridos varios momentos percibí que la habitación no solo estaba iluminada, sino ocupada. ¡Y qué ocupantes! El asombro ante aquella escena se apoderó de mí de tal modo que fui incapaz de moverme o articular palabra. Lo único que pude hacer fue apoyarme contra la pared y contemplar la escena con la mirada perdida.

Aquello bien podría haber salido de las páginas de Grammont, o haber ocurrido en algún palacio del ministro Fouquet.

Alrededor de una gran mesa situada en el centro de la estancia —donde yo había dejado libros y papeles esparcidos con el desorden propio de un estudiante— se hallaban sentadas media docena de personas: tres hombres y tres mujeres. La mesa rebosaba de una profusión de lujos. Exquisitas frutas orientales se amontonaban en vasijas de filigrana de plata, a través de cuyas tramas resplandecían sus cáscaras vivas en un juego de mil matices. Pequeñas fuentes de plata —que bien podría haber diseñado Benvenuto—, cargadas de carnes suculentas y aromáticas, se distribuían sobre un mantel de níveo damasco. Botellas de toda índole —esbeltas botellas del Rin, robustas botellas holandesas, recias botellas españolas y curiosos frascos italianos revestidos de mimbre— cubrían por completo la mesa. Copas de diversos tamaños y colores llenaban los espacios libres; la jarra alemana, propia para saciar la sed, se alzaba junto a las etéreas burbujas de cristal veneciano que se sostenían con ligereza sobre sus tallos finos como hilos. Un aroma de lujo y sensualidad flotaba en el ambiente. Las lámparas, encendidas en cualquier rincón donde hubiera espacio para ellas, parecían difundir un sutil incienso en el aire; y en un gran jarrón colocado en el suelo vi un conjunto de magnolias, nardos y jazmines agrupados, ahogándose mutuamente en su fragancia dulce y densa.

Los ocupantes parecían acordes a una atmósfera tan sensual. Las mujeres eran de una belleza singular y vestían trajes de diseños fantásticos y colores resplandecientes. Poseían formas redondeadas, flexibles y elásticas; ojos oscuros y lánguidos; labios carnosos, turgentes y de un color encendido y exquisito. Los tres hombres llevaban antifaces, de modo que lo único que lograba distinguir eran mandíbulas robustas, barbas en punta y cuellos fornidos que emergían como columnas macizas de sus jubones. Los seis se hallaban reclinados en lechos romanos alrededor de la mesa, bebiendo vino púrpura a grandes tragos, echando la cabeza hacia atrás y riendo con desenfreno.

Permanecí allí, supongo que unos tres minutos, apoyado contra la pared y contemplando con mirada ausente aquella visión dionisíaca, antes de que alguno de los comensales reparara en mi presencia. Por fin, sin que gesto alguno revelara si me habían visto desde el principio o no, dos de las mujeres se levantaron de sus lechos y, acercándose, me tomaron de las manos para conducirme a la mesa. Obedecí sus indicaciones mecánicamente. Me senté en un lecho entre ambas, tal como ellas señalaron. Me dejé rodear el cuello por sus brazos sin oponer resistencia.

—Debes beber —dijo una de ellas mientras servía una copa grande de vino tinto—; aquí tienes un Clos Vougeot de una añada excepcional; y aquí —añadió, acercándome un frasco de vino color ámbar— tienes Lachrima Christi.

—Debes comer —dijo la otra, acercando hacia sí las fuentes de plata—. Aquí tienes chuletas estofadas con aceitunas y filetes rellenos de castañas dulces —y mientras hablaba, sin esperar respuesta, procedió a servirme.

La vista de la comida me recordó las advertencias que había recibido en el jardín. Este súbito esfuerzo de memoria me devolvió mis otras facultades. Me puse en pie de un salto, apartando a las mujeres con ambas manos.

—¡Demonios! —grité casi—. No quiero saber nada de esa maldita comida. Las conozco. Son caníbales, son necrófagas, son hechiceras. ¡Largo de aquí! ¡Fuera de mi habitación!

Una carcajada general fue la única reacción que provocó mi apasionado discurso. Los hombres se revolcaban en sus lechos y sus antifaces temblaban con las convulsiones de su risa. Las mujeres chillaban, lanzaban al aire sus finas copas de vino y se volvían hacia mí para arrojarse sobre mi pecho, sollozando de pura risa.

—Sí —continué, tan pronto como cesó el estruendo de las risas—, sí, ¡digo que abandonen mi habitación inmediatamente! ¡No toleraré orgías antinaturales!

—¡Su habitación! —chilló la mujer a mi derecha.

—¡Su habitación! —repitió la de mi izquierda.

—¡Su habitación! ¡Dice que es su habitación! —gritó todo el grupo, mientras volvían a revolcarse en convulsiones de hilaridad.

—¿Cómo sabe que es su habitación? —dijo finalmente uno de los hombres sentados frente a mí, una vez que las risas hubieron amainado.

—¿Cómo lo sé? —respondí indignado—. ¿Cómo voy a reconocer mi propia habitación? ¿Cómo podría confundirla, dígame? Ahí están mis muebles... mi piano...

—¡A eso lo llama piano! —gritaron mis vecinos, de nuevo presa de convulsiones de risa, mientras yo señalaba el rincón donde solía estar mi enorme piano, consagrado a la memoria de Blokeeta—. ¡Oh, sí! Es su habitación. ¡Ahí... ahí está su piano!

El énfasis que pusieron en la palabra «piano» hizo que examinara con mayor detenimiento el objeto que estaba señalando. Hasta ese momento, aunque estaba totalmente atónito por la irrupción de aquellas personas —y asociándolas en cierto modo con las historias descabelladas que había oído en el jardín—, conservaba una vaga idea de que todo era una broma de disfraces organizada durante mi ausencia, y que la orgía báquica que presenciaba no era más que parte de un elaborado engaño del que yo iba a ser la víctima. Pero cuando dirigí la mirada al rincón vi un órgano vasto y sombrío que alzaba su frente de tubos estriados hasta el mismo techo; y me convencí, tras un rápido esfuerzo de memoria, de que ocupaba exactamente el lugar donde había dejado mi propio instrumento.

Perdí el poco aplomo que me quedaba. Miré a mi alrededor, desconcertado.

Del mismo modo, todo había cambiado. En lugar de aquella vieja daga sin empuñadura, vinculada a tantos recuerdos personales, veía ahora un yatagán turco que pendía de su tahalí de seda carmesí, mientras las joyas de la empuñadura resplandecían bajo los reflejos de la lámpara. Donde antes colgaba mi preciado gorro —recuerdo de un amor ya sepultado—, se hallaba ahora suspendido un yelmo de caballero, coronado por un dragón de oro en actitud de saltar. Aquella extraña litografía de Calame ya no era tal; me parecía más bien que se había recortado la sección de pared que esta cubría —conservando su forma y tamaño exactos— y que, en lugar del cuadro, se veía una escena real a la misma escala y con personajes auténticos.

Allí estaban el viejo roble y el cielo tormentoso; pero veía cómo las ramas del árbol se mecían con la tempestad y las nubes eran arrastradas por el viento. El viajero envuelto en su capa había desaparecido; en su lugar, contemplaba un círculo de figuras salvajes —hombres y mujeres— que, tomados de las manos, danzaban alrededor del tronco del gran árbol mientras entonaban un fragmento de canción agreste, cuyo coro sobrenatural era rugido por los vientos. También habían desaparecido las botas de nieve —con cuya trama de tendones había recorrido durante días las vastas tierras heladas de Canadá— y, en su lugar, yacía un par de extrañas babuchas de puntas curvadas hacia arriba, calzado que tal vez se habían despojado muchas veces a las puertas de las mezquitas, bajo el resplandor constante de un sol de Oriente.

Todo había cambiado. Dondequiera que posara la vista, echaba de menos objetos familiares y hallaba, en cambio, extraños sustitutos. Sin embargo, en todos esos reemplazos creía percibir un eco de aquello a lo que sustituían. Parecían haber sido transmutados solo temporalmente en otras formas, y a su alrededor persistía el aura de lo que antaño habían sido. Así, habría jurado que la habitación era la mía, y no obstante, no había en ella nada que pudiera reclamar como propio. Todo me recordaba a alguna antigua posesión que, en realidad, no era tal. Busqué la acacia junto a la ventana y —¡oh, sorpresa!— vi largas y sedosas hojas de palmera meciéndose al entrar por la celosía abierta; mas poseían el mismo movimiento y el mismo aire que mi árbol predilecto, y parecían susurrarme: «Aunque parezcamos hojas de palmera, somos hojas de acacia; ¡sí, aquellas mismas sobre las que solías observar cómo se posaban las mariposas y cómo repiqueteaba la lluvia mientras fumabas y soñabas!».

Lo mismo ocurría con todo. La habitación era mía y, a la vez, no lo era; y una angustiosa conciencia de mi absoluta incapacidad para conciliar su identidad con su apariencia me abrumaba y sofocaba mi razón.

—Bueno, ¿has decidido ya si esta es tu habitación o no? —preguntó la joven situada a mi izquierda, ofreciéndome un enorme vaso rebosante de champán y riendo con picardía mientras hablaba.

—Es mía —respondí con obstinación, golpeando bruscamente el vaso con la mano y derramando el aromático vino sobre el mantel blanco—. Sé que es mía; y ustedes son unos prestidigitadores y hechiceros.

—Silencio —dijo ella con suavidad, sin enfadarse por mi brusquedad—. Estás alterado. Alf tocará algo para calmarte.

A una señal suya, uno de los hombres se levantó y se sentó ante el órgano. Tras un preludio frenético y espasmódico comenzó lo que a mi parecer era una sinfonía de recuerdos. Sombría y lúgubre, impregnada de una agonía intensa y vibrante, parecía evocar una noche oscura y funesta en un arrecife helado, azotado con furia eterna por un océano invisible pero aterradoramente audible. Parecía como si una pareja solitaria se hallara en la cima: uno vivo, la otra muerta; él rodeando con sus brazos el tierno cuello y el pecho desnudo de ella, esforzándose por devolverle la vida con su calor, mientras el aliento gélido de la tormenta le arrebataba a él mismo la vitalidad a cada instante. De vez en cuando, un lamento aterrador en tono menor vibraba entre los acordes, semejante al graznido de las aves marinas o al presagio de una muerte inminente.

Mientras el hombre tocaba, apenas podía contenerme. Me parecía estar escuchando y contemplando a Blokeeta. Aquella noche maravillosa de placer y dolor que una vez pasé escuchando parecía reanudarse justo donde se había interrumpido, y la misma mano continuaba la melodía. Observaba fijamente al hombre llamado Alf. Allí estaba sentado, con su capa, su jubón, su larga espada y su máscara de terciopelo negro. Sin embargo, había algo en el aire de su barba puntiaguda, un misterio familiar en la salvaje melena de color azabache que caía sobre sus hombros, como si el viento la agitara, que cautivó mi memoria.

—¡Blokeeta! ¡Blokeeta! —grité, levantándome con furia del diván, y rompiendo el abrazo de los hermosos brazos que rodeaban mi cuello como si fueran cadenas odiosas—: ¡Blokeeta! ¡Amigo mío, te lo ruego, háblame! Di a estos horribles hechiceros que me dejen en paz. Diles que los odio. ¡Diles que les ordeno que abandonen mi habitación!

El hombre del órgano no se inmutó. Dejó de tocar, y el sonido agonizante de la última nota que había pulsado se desvaneció en un gemido melancólico. Los otros hombres y mujeres estallaron de nuevo en carcajadas burlonas.

—¿Por qué insiste en llamar a esta habitación suya? —dijo la mujer a mi lado, con una sonrisa que pretendía ser amable pero indescriptiblemente repugnante—. ¿Acaso no le hemos demostrado, por el mobiliario y el aspecto general del lugar, que se equivoca y que este no puede ser su aposento? Quédese tranquilo con nosotros. Es bienvenido aquí y ya no necesita preocuparse por su habitación.

—¡Quedarme tranquilo! —respondí con frenesí—. ¡Vivir con fantasmas! ¡Comer manjares espantosos y contemplar visiones horribles! ¡Jamás, jamás! Han lanzado algún sortilegio sobre el lugar para disfrazarlo; pero, a pesar de todo, sé que es mi habitación. ¡Deben abandonarla!

—¡Calma, calma! —dijo otra—. Resolvamos esto amistosamente. Este pobre caballero parece obstinado y propenso a armar un escándalo. Y nosotros no queremos escándalos. Amamos la noche y su quietud; y no hay noche que amemos tanto como aquella en que la luna queda sepultada entre nubes. ¿No es así, hermanos míos?

Una sonrisa aterradora brilló en los rostros de su audiencia espectral, pareciendo deslizarse visiblemente desde debajo de sus máscaras.

—Ahora —continuó ella—, tengo una propuesta. Sería ridículo que cediéramos esta habitación simplemente porque este caballero afirma que es suya; y, sin embargo, deseo complacer, en la medida de lo justo, su descabellada pretensión de propiedad. Una habitación, al fin y al cabo, no significa mucho para nosotros; podemos conseguir otra con facilidad, pero aun así nos resistiríamos a entregar este aposento ante una exigencia tan imperiosa. No obstante, estamos dispuestos a arriesgarnos a perderla. Es decir —volviéndose hacia mí—, propongo que nos juguemos la habitación. Si usted gana, se la cederemos de inmediato; si, por el contrario, pierde, se comprometerá a marcharse y a no molestarnos nunca más.

Angustiado por los misterios cada vez más sombríos que parecían acumularse a mi alrededor, y desesperanzado ante la idea de disiparlos mediante el mero ejercicio de mi voluntad, me aferré casi con alegría a la oportunidad que se me presentaba. La idea de perder o ganar apenas figuraba en mis cálculos. Lo único que sentía era la vaga certeza de que, de la manera propuesta, podría recuperar en un instante aquella tranquila estancia y la paz mental de la que tan extrañamente me habían privado.

—¡Acepto! —exclamé con entusiasmo—. ¡Acepto! ¡Cualquier cosa con tal de librarme de tan siniestra compañía!

La mujer tocó una pequeña campanilla de oro que había sobre la mesa, cerca de ella; apenas había cesado de tintinear cuando entró un enano negro portando una bandeja de plata con cubiletes y dados. Un escalofrío me recorrió al pensar que en aquel africano de baja estatura podía advertir cierto parecido con el sirviente negro, con aspecto de ghoul, a cuya presencia yo estaba acostumbrado.

—Ahora —dijo mi compañera, tomando uno de los cubiletes y entregándome el otro—, gana la puntuación más alta. ¿Lanzo yo primero?

Asentí con la cabeza.

Ella agitó los dados, y sentí que un peso indescriptible se liberaba de mi corazón cuando obtuvo una suma de quince.

—Su turno —dijo con una sonrisa burlona—; pero antes de lanzar, repito la oferta que le hice hace un momento. Viva con nosotros. Sea uno de los nuestros. Lo iniciaremos en nuestros misterios y placeres; placeres de los que no puede hacerse idea a menos que los experimente. Vamos; aún no es demasiado tarde para cambiar de opinión. ¡Únase a nosotros!

Respondí con una feroz imprecación mientras agitaba los dados con un nerviosismo espasmódico y los arrojaba sobre el tablero. Rodaron una y otra vez y, durante aquel breve instante, sentí una tensión cuya intensidad jamás había conocido ni he vuelto a conocer. Por fin quedaron quietos ante mí. Resonó en mis oídos la misma risa horrible y enloquecedora. Observé los dados pero mi vista estaba tan turbada que no lograba distinguir la puntuación. Esto duró unos instantes. Luego mi vista se aclaró y me dejé caer hacia atrás, casi inerte por la desesperación, al ver que apenas había sacado un doce.

—¡Perdió! ¡Perdió! —gritó mi vecino con una risa frenética.

—¡Perdido! ¡Perdido! —vociferaron las voces graves de los hombres enmascarados.

—¡Vete, cobarde! —clamaron todos—; no eres digno de estar entre nosotros. Recuerda tu promesa: ¡vete!

Entonces pareció como si una fuerza invisible me agarrara por los hombros y me empujara hacia la puerta. En vano me resistí. En vano grité y pedí auxilio. En vano imploré su piedad. La única respuesta que obtuve fueron aquellas carcajadas burlonas mientras avanzaba tambaleándome como un borracho hacia la salida.

Al llegar al umbral, el órgano rompió a sonar con una melodía triunfal. La fuerza que me impulsaba se concentró en un empujón vigoroso que me lanzó a ciegas hacia el pasillo resonante; y, mientras la puerta se cerraba a mis espaldas, alcancé a vislumbrar por última vez la estancia. Una transformación, semejante a una sombra, se apoderó de ella. Las lámparas se apagaron, las mujeres-sirena y los hombres enmascarados se desvanecieron, las flores, las frutas, la brillante platería y el mobiliario extravagante se esfumaron, y vi de nuevo, durante una décima de segundo, mi antigua habitación tal como era. Allí estaba la acacia agitándose en la penumbra; allí, la mesa abarrotada de libros; allí, la litografía fantasmal, el queridísimo gorro, las botas de nieve canadienses, la daga ancestral. Y allí, sentada al piano —que ya no era un órgano—, estaba Blokeeta tocando.

Al instante siguiente la puerta se cerró violentamente y quedé allí, de pie en el pasillo, atónito y desesperado.

Tan pronto como recuperé el sentido corrí hacia la puerta con la vaga idea de derribarla a golpes. Mis dedos chocaron contra una pared fría y sólida. ¡No había puerta!

Palpé el pasillo a lo largo de varios metros, a ambos lados. No había ni siquiera una rendija que me diera esperanzas. Bajé las escaleras corriendo y gritando como un loco. Nadie respondió. En el vestíbulo me encontré con el negro; lo agarré por el cuello y le exigí mi habitación. El demonio mostró sus dientes blancos y aterradores, limados en forma de sierra, y, zafándose de mi agarre con un tirón brusco, huyó por el pasillo soltando una risa entrecortada y gutural.

Nada más que el eco respondía a mis gritos desesperados. El solitario jardín resonaba con mis alaridos mientras recorría los senderos oscuros, y los altos cipreses fúnebres parecían sepultarme bajo sus pesadas sombras. No encontré a nadie. No pude hallar a nadie. Tuve que soportar mi pena y mi desesperación en soledad. Desde aquella hora terrible, jamás he vuelto a encontrar mi habitación. La busco por todas partes, pero nunca la veo. ¿Llegaré a encontrarla algún día?

Fitz-James O'Brien (1828-1862)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Fitz-James O'Brien.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Fitz-James O'Brien: La habitación perdida (The Lost Room), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

La Cosa invisible: análisis de «¿Qué era eso?» de Fitz-James O’Brien.


La Cosa invisible: análisis de «¿Qué era eso?» de Fitz-James O’Brien.




Hoy en El Espejo Gótico analizaremos el relato de terror del escritor irlandés Fitz-James O’Brien (1828-1862), ¿Qué era eso? (What Was It?, publicado originalmente en la edición de marzo de 1859 de la revista Harper’s, y luego reeditado de manera póstuma en la antología de 1881: Poemas y relatos de Fitz James O'Brien (The Poems and Stories of Fitz-James O'Brien).


«Tenía un brazo firmemente alrededor de una forma corpórea que respiraba y jadeaba, mi otra mano sujetaba con todas sus fuerzas una garganta tan cálida y aparentemente carnosa como la mía; y, sin embargo, con esta sustancia viva en mi mano, con su cuerpo presionado contra el mío, y todo bajo el brillante resplandor de un gran chorro de luz, ¡no vi absolutamente nada!»


Harry Escott, el narrador, espera que su historia «encuentre una cantidad inusual de incredulidad y desprecio». El incidente «increíble» ocurrió «el pasado julio» [de 1858, dada la fecha de publicación del relato], poco después de que Harry se mudara al Número. ___, 26th Street, Nueva York. La casa es una «residencia grande y señorial, rodeada de lo que fue un jardín, pero que ahora es solo un recinto verde para secar la ropa». Fue construida por un renombrado comerciante de Nueva York que cometió fraude bancario y huyó a Europa. Los cuidadores de la casa han informado «ruidos antinaturales», puertas que se abren y cierran «sin agencia visible», muebles que se reorganizan solos durante la noche, pies invisibles que suben y bajan las escaleras. Estos rumores, por supuesto, han desanimado a los potenciales compradores [ver: Casas como metáfora de la psique en el Horror]

La señora Moffat, la casera de Harry de una pensión de Bleeker Street, ve la mansión abandonada como una buena oportunidad, y la mayoría de sus huéspedes se mudan con ella. Debido a su reputación de embrujada, la casa solo alberga huéspedes «valientes y filosóficos», de modo tal que solo dos huéspedes declinan mudarse. El resto disfruta de una espaciosa «morada de espíritus» y su agradable ubicación a orillas del río Hudson. Esperan ansiosamente encuentros paranormales, pero pasa el primer mes libre de anomalías. Nada sobrenatural se manifiesta. El mayordomo asegura que algo invisible apagó su vela, pero Harry atribuye este incidente a la embriaguez habitual del hombre.

Harry y su amigo, el doctor Hammond, a menudo van al jardín a fumar opio. Conversan sobre temas alegres y evitan cualquier alusión a lo sobrenatural para que la experiencia opiácea no se vea contaminada por el miedo. Una tarde de julio, sin embargo, «una extraña perversidad» arrastra sus pensamientos hacia un territorio más oscuro. De repente, el doctor Hammond pregunta: «¿Cuál consideras que es el mayor elemento de terror?» Harry ha experimentado muchos terrores mundanos, pero, ¿cuál podría ser «la encarnación dominante del miedo»? Confiesa que no lo sabe. El doctor Hammond siente que la respuesta puede estar en «algo que se combina en una amalgama antinatural de elementos supuestamente incompatibles».

Harry interrumpe la conversación y se va a la cama. Apaga la lámpara de gas y lucha por dormir. Antes de que pueda lograrlo, «algo» cae sobre su pecho. Manos huesudas se cierran sobre su cuello. Se produce un forcejeo terrible. El atacante es resbaladizo. Está desnudo y muerde con dientes afilados, sujetando a Harry «con manos ágiles y nervudas». Harry debe utilizar toda su fuerza para someter al atacante. Por fin lo lleva al piso y le ata los brazos con un pañuelo.

En este punto Harry está orgulloso de no haber dado la alarma, pero entonces enciende la luz y descubre que su enemigo [corpóreo, cálido y jadeante] es invisible.

Alarmados por sus gritos, los huéspedes se amontonan en la habitación. Todos menos el doctor Hammond reprimen la risa ante el aparente acto de mímica de Harry, sosteniendo algo que nadie puede ver. El doctor Hammond toca la nada que Harry indica y también la siente.

Finalmente, Harry y el doctor Hammond atan a la Cosa y demuestran que existe al dejarla caer sobre la cama, cuyo colchón y almohada ceden ante el peso de algo invisible. Todos huyen, dejando a Harry y Hammond solos con el Misterio.

El doctor Hammond razona que la combinación de invisibilidad y tangibilidad es lo que los abruma, y da algunos ejemplos banales. Atada a la cama, la Cosa lucha por liberarse. Eventualmente, Harry y su amigo traen a un médico para que la anestesie con cloroformo, lo que permite hacer un molde de yeso. El facsímil tiene la forma de hombre, aunque distorsionada, de menos de cinco pies, con un desarrollo muscular «inigualable». Su rostro es horrible, como «algo capaz de alimentarse de carne humana».

Se presenta un dilema: no pueden mantener a la Cosa en la pensión, pero tampoco pueden liberarla. Además, la señora Moffat los amenaza con demandarlos si no se deshacen de ella. Harry afirma que todo el asunto es responsabilidad de la arrendadora, pero la señora Moffat no puede encontrar a nadie que quiera intervenir en el asunto. Al final del día, Harry y Hammond se quedan con su prisionero que muere lentamente de hambre. La Cosa ni siquiera toca la comida que se le ofrece.

Harry y Hammond pasan quince días controlando la respiración y los latidos del corazón de la Cosa, que se debilita más y más. Su «terrible lucha por la vida» despierta la piedad de Harry, dejándolo sin dormir. Finalmente, una mañana, Hammond y Harry encuentran la Cosa sin aliento ni latidos. La entierran apresuradamente en el jardín y entregan su molde a un museo. Harry ahora emprende «un largo viaje del que quizás no regrese». Deja atrás esta «narración de un evento, el más singular que jamás haya llegado a mi conocimiento».


¿Qué fué eso? está repleto de referencias literarias [como El lado nocturno de la naturaleza (The Night Side of Nature) de Catherine Crowe], junto con la sugerencia de que, tal vez, leer sobre lo «oculto» no sirve de preparación cuando experimentas algo verdaderamente sobrenatural. Además, el propio narrador escribió un relato de fantasmas para la revista Harper's [donde se publicaría ¿Qué era eso?]. Otras referencias literarias son Wieland (Wieland) de Charles Brockden Brown; las historias de E.T.A. Hoffmann; y Zanoni (Zanoni) de Bulwer-Lytton, entre otras.

En el ensayo: El horror sobrenatural en la literatura (Supernatural Horror in Literature), H. P. Lovecraft señala que Fitz-James O’Brien «fue uno de los primeros discípulos de Poe». Su muerte prematura, dice Lovecraft, «nos privó de algunos relatos magistrales de extrañeza y terror, aunque su genio no era, hablando con propiedad, de la misma calidad titánica que caracterizó a Poe y Hawthorne». El flaco de Providence destaca que ¿Qué era eso? es «el primer cuento bien estructurado de un ser tangible pero invisible». De hecho, esta historia de Fitz-James O’Brien precede a El Horla (Le Horla) de Guy de Maupassant y La Cosa maldita (Damned Thing) de Ambrose Bierce por varias décadas [ver: Gente Sombra, el Horla, y el portal interdimensional de Maupassant]

El propio Ambrose Bierce fue acusado de plagiar a la criatura invisible de ¿Qué era eso?, y se defendió diciendo que esta es «sobrenatural e imposible», mientras que su Cosa [maldita] es científicamente plausible como un animal que evolucionó hasta adquirir un color invisible para el ojo humano. Pero lo cierto es que Fitz-James O’Brien también intenta explicar científicamente a su criatura, y lo hace utilizando los mismos argumentos que años después utilizaría Griffin, el experto en óptica de El hombre invisible (The Invisible Man) de H. G. Wells [a propósito, es interesante cómo Griffin descubre cómo eliminar el rojo de la sangre sin alterar sus funciones y propiedades para lograr una completa invisibilidad]. En ambas historias se emplea el ejemplo de un tipo de superficie que no refleja la luz, sino que la refracta.

H. G. Wells intentó cubrir algunas dificultades secundarias de la invisibilidad. Descubrió que un hombre invisible necesariamente debe andar desnudo, lo cual no es óptimo para salir de casa, y que perdería parcialmente la invisibilidad cuando esté sucio, ensangrentado, e incluso cuando trague y digiera la comida. Fitz-James O’Brien no se ocupa de estas cuestiones.

Es asombroso que los elementos más inverosímiles de ¿Qué era eso? terminen siendo los más creíbles. En primer lugar, el testimonio proviene de un opiófago confeso. Es cierto, hay otros testigos, pero estos no se involucran demasiado. Además, las credenciales científicas del doctor Hammond se derrumban cuando este recurre a fenómenos asociados con el espiritismo. Por suerte, Fitz-James O’Brien abandona rápidamente esta línea de investigación. Harry y Hammond investigan a la criatura invisible como un ser material, no como un fantasma. Sus esfuerzos mentales combinados se limitan a los aspectos tangibles y externos de la Cosa, cuyo único rasgo extraño es su invisibilidad. Parece que no emite ningún sonido más que jadeos. No habla. No grita, pero es audible. Si emite algún olor, no se menciona. Lamentablemente, Harry y Hammond se abstienen de lamer a la Cosa para certificar si sabe a algo [ver: Lo olfativo, lo visual, lo auditivo y lo táctil en el Horror]

La actitud general de Harry y Hammond no es la habitual en este tipo de historias. No mantienen el misterio en secreto, dado que traen a otro médico para anestesiar a la Cosa y a un experto para hacer su molde en yeso. Luego donan el molde a un museo después de que la Cosa muere, pero entierran el cadáver. ¿No sería más lógico donar el cuerpo a una facultad de medicina u otra institución científica, donde se podrían haber tomado muestras y hecho una autopsia? [escribir la autopsia de un hombre invisible sería un desafío literario interesante] Es decir, no vacilan en involucrar a terceros, pero no buscan ayuda cuando la Cosa se rehúsa a tomar alimentos.

El título de la historia es pertinente, porque al final no se resuelve qué era la Cosa. Dado que atacó a Harry podemos suponer que es carnívora, o quizás hematófaga, pero no hay confirmación sobre esto. Esta es una observación personal y poco fundada, pero quizás se trata de un ser material de otra dimensión que fue atraído a nuestro plano por el estado mental alterado de Harry. Suena menos plausible ahora que releo esta última oración.

La conversación previa de Harry y Hammond sobre el horror y lo sobrenatural fue reconstruída por Lovecraft en Lo innombrable (The Unnamable), donde dos amigos discuten sobre si podría haber algo tan abominable, más allá de la comprensión humana, como para desafiar cualquier intento de nombrarlo [ver: Lovecraft y «lo innombrable»]. Al igual que Harry y Hammond, obtienen una respuesta ambigua pero emocionalmente convincente, descrita como «una gelatina, un limo, pero tenía formas, mil formas de horror más allá de toda memoria. Era el pozo, el torbellino, la máxima abominación». El ser invisible de Fitz-James O’Brien también es «innombrable». Harry y Hammond se refieren a ella como «la Cosa» y «el Misterio».

Supongo que para un inquilino neoyorquino de 1859 hay peores opciones que una casa embrujada, sobre todo si es «valiente y filosófico»; es decir, alguien que encuentra un placer morboso en especular sobre lo oculto. Fitz-James O’Brien menciona que hay dos inquilinos de la señora Moffat que no se mudan a la nueva residencia, un capitán de barco y un sujeto que ha vuelto del salvaje oeste, quienes presumiblemente ya han tenido suficiente horror en sus vidas. Pero, ¿dónde están los fantasmas en esta casa embrujada? La pregunta es pertinente para los inquilinos que han rentado una habitación con la esperanza de ver uno, y acaso un motivo para exigir un descuento. Pasa un mes y no hay reportes extraños, excepto la vela apagada del mayordomo alcohólico.

A pesar de sus antecedentes como soñador y opiófago, Harry actúa racionalmente. No se paraliza cuando es atacado en medio de la noche, sino que somete y ata a su agresor. Para muchos, esta podría ser la parte más aterradora de la historia. Me pregunto si Fitz-James O’Brien está recurriendo a la memoria emocional del lector en relación a los «terrores nocturnos» y al clásico demonio sentado en el pecho que intentaría retratar Fuseli en La pesadilla [ver: Los secretos de «La pesadilla» de Henry Fuseli]. De hecho, Harry solo se asusta cuando enciende la luz y no puede ver a su agresor. El resto de los inquilinos se niega a participar, pero no podemos culparlos. Se instalaron en la pensión para ver fantasmas, no para ayudar a atar a una criaturra invisible que eventualmente se muere de hambre, lo cual es algo poco fantasmal.

Me hubiera gustado encontrar una vaga conexión entre la Cosa y la historia de la casa, pero Fitz-James O’Brien dice que el propietario original huyó del país para evitar ser procesado por fraude bancario. ¿Acaso esta Cosa invisible tiene algo que ver con los excesos del capitalismo? [convengamos que, al menos, la mano invisible del mercado estaría cubierta]. Por otro lado, no sabemos si hay más Cosas por allí, tampoco si esta Cosa en particular es la versión estándar o desmejorada de esta especie, porque lo cierto es que es derrotada por un adicto al opio tomado por sorpresa en la oscuridad. De hecho, tal vez no es tan indefensa como parece; tal vez no come lo que le traen porque no lo necesita; tal vez lo que enterraron en el jardín no es una criatura famélica sino una completamente saciada que descansa hasta que sea hora de alimentarse de nuevo.

Fitz-James O’Brien es un continuador del sobrenaturalismo pseudocientífico de Edgar Allan Poe. La lente de diamante (The Diamond Lens) es un buen ejemplo, pero el más acabado es ¿Qué era eso?. La premisa en estas historias es la negación de alguna ley natural, por lo general, a través de la falta de reacción de uno o más de los sentidos cuando se les pone en contacto con un fenómeno anómalo; en este caso, el sentido de la vista es el que demuestra ser ineficaz. Los fantasmas y espíritus que pueblan la ficción suelen pertenecer a un grupo: se pueden ver, y a veces oír, pero no mucho más. Fitz-James O’Brien toma un camino novedoso: su «aparición» se perceptible por todos los sentidos excepto por la visión. Aquello de «ver un fantasma» ciertamente parece menos aterrador que tocar a uno que no puedes ver [ver: Toques espirituales]

La eficacia de esta historia depende de que el lector sienta la diferencia entre ver un fantasma translúcido asomándose desde algún rincón oscuro y sentir las contorsiones de la Cosa, su piel, sus músculos, mientras lucha desesperadamente por liberarse. Los métodos son los métodos de Edgar Allan Poe, las frases iniciales de ¿Qué era eso? se parecen mucho al comienzo de El gato negro (The Black Cat), pero la concepción es toda de Fitz-James O’Brien.

¿Qué era eso? también desarrolla un escenario donde la masculinidad [normativa] se expresa a través de la intelectualidad, por lo tanto, se opone a la masculinidad «primitiva», construída sobre atributos físicos. En este contexto, la Cosa es una amenaza contra la masculinidad intelectual. Aunque Harry y Hammond están aterrorizados por la criatura, su miedo no deriva de sus intenciones hostiles, sino del hecho de que es invisible y, por lo tanto, impermeable a la mirada inquisitiva del intelecto.

Después de superar el pánico inicial, Harry y Hammond comienzan a estudiar a la Cosa. Al final, su búsqueda de conocimiento se emplea para justificar la objetivación de la criatura, lo cual facilita la experimentación científica, el encierro y, finalmente, su exhibición póstuma como curiosidad circense.

La Cosa es una amenaza a las formas convencionales de conocimiento, por lo tanto, requiere una investigación para descubrir cómo hacerla cognoscible; o, en otras palabras, hacerla encajar en las categorías ofrecidas por la ciencia. Al pasar de la categoría de «monstruo» a la de «fenómeno», la Cosa se aleja a una cómoda distancia de lo que consideramos como «humano», lo cual facilita su objetivación y experimentación [ver: Los Monstruos y lo Monstruoso]

El «monstruo» es una criatura liminal, algo que no tiene categorías, una forma suspendida, si se quiere. El «fenómeno» existe fuera de nuestros conceptos básicos de definición. Ambos, sin embargo, se resisten a ser integrados a los sistemas de conocimiento establecidos, transgreden los límites culturales y, debido a eso, amenazan las formas aceptadas de comprender[nos] y definir[nos]. Esa amenaza, sin embargo, siempre es tomada como una buena ocasión para reafirmar la diferencia entre «nosotros» y «ellos». En este contexto, Fitz-James O’Brien plantea este inusual escenario donde se produce la domesticación del «monstruo» y, tras su estudio y experimentación, su transformación en un vulgar fenómeno de feria.

Si bien ¿Qué era eso? no es un relato gótico, se apoya en el gótico, particularmente en el arquetipo de la Caída. Como en muchas reconfiguraciones victorianas de la literatura gótica, aquí el horror no necesita lugares exóticos; es doméstico, está entre «nosotros», invadiendo nuestros hogares. Para plantear este trasfondo de Caída, Harry constantemente evoca el pasado, por ejemplo, en la descripción de los jardines de la casa:


«La cuenca seca de lo que ha sido una fuente, y algunos árboles frutales harapientos y sin podar, indican que este lugar, en días pasados, fue un agradable retiro sombreado, lleno de frutas y flores y el dulce murmullo de las aguas.»


Este estado de ánimo, que no es exactamente nostalgia, empapa toda la literatura gótica, a veces como un delicado rocío [Cumbres borrascosas], otras como una tormenta [La caída de la Casa Usher]; y puede definirse vagamente como una sensación de «caída», es decir, de un pasado dorado ahora manchado por algo terrible [ver: El secreto de Madeline: análisis de «La Casa Usher»]. El jardín que evoca el Narrador de ¿Qué era eso?, de hecho, parece un recordatorio del Edén; un lugar que, «en días pasados», estaba «lleno de frutas y flores y el dulce murmullo de las aguas». Esta referencia bíblica parece irónica, dado que la fuente de terror en el cuento es un ser sensible que, tal vez, no es descendiente de Adán y Eva.

Fitz-James O'Brien escribió ¿Qué era eso? en el contexto de la crisis financiera y el pánico de 1857, pero creo que esto es menos importante que su recuerdo de la hambruna en Irlanda cuando era joven. Esta experiencia le permite cuestionar la integralidad de los cuerpos. En el centro de la historia hay un cuerpo [invisible], el cuerpo de una «cosa». Harry Escott lo llama «nuestro enigma», un acertijo público y diverso, porque lo cierto es que esta «cosa» no es un cuerpo integral, sino inarticulado: «manos desconocidas», «pies invisibles», «manos ciegas», «un cadáver en la oscuridad». El Narrador incluso aclara que esta es una historia de cuerpos más allá de afrits y ghouls, es decir, cuerpos tradicionalmente espectrales. A través del estado liminal de la Cosa, Fitz James O'Brien sugiere que todos los cuerpos, en mayor o menor medida, son espectrales.

A la pregunta planteada por el doctor Hammond: «¿Cuál consideras que es el mayor elemento del Terror?», las respuestas de Harry Escott [un cadáver en la oscuridad, una mujer ahogándose y un barco abandonado] en realidad no responden a la pregunta. No indican un «mayor elemento»; más bien ofrecen ejemplos de encuentros aterradores con cuerpos [el cadáver en la oscuridad y la mujer ahogándose] o la ausencia de cuerpos [barco abandonado]. La verdadera respuesta está en el cuerpo invisible que cae del techo. En el momento de la pregunta del doctor Hammond, Harry trata de imaginar «algo» más terrible de lo que su imaginación puede proporcionarle. El «mayor terror», por lo tanto, no surge de una proporción imaginable, sino de la frustración de las facultades imaginativas. La Cosa corporiza estos límites al presentar un cuerpo que no puede ser comprendido en su totalidad.


«Hammond y yo nos devanamos los sesos durante la larga noche para descubrir algún medio por el cual pudiéramos darnos cuenta de la forma y apariencia general del Enigma.»


Harry y Hammond primero pasan sus dedos por las facciones de la Cosa. A partir de este conocimiento aproximado, consideran que el cuerpo tiene forma humana. Piensan en otro método, quizás dibujar su contorno, pero lo descartan porque no ofrecería más que su forma superficial. Finalmente usan yeso para darles un «tosco facsímil del Misterio». Esta reproducción, sin embargo, solo les da el molde exterior del cuerpo, revelando sus características a través del espacio negativo en el yeso. Este negativo le permite al Narrador declarar: «parecía como si fuera capaz de alimentarse de carne humana». De este modo, Harry imagina las posibles acciones de la Cosa e interpreta sus motivos como inhumanos: una cosa con forma humana que podría alimentarse de humanos.


«Si no me cree, convénzase usted mismo. Siéntalo, tóquelo.»


Solo el cuerpo invisible puede dar fe de su propia existencia; y es precisamente su existencia lo que responde a la pregunta del doctor Hammond. En este punto de la historia el lector es uno más de los huéspedes de la casa. Hemos ido a «ver fantasmas» [o a buscar una historia de fantasmas] pero nos hemos encontrado con algo diferente. Para retener a los huéspedes [y al lector], Harry trata desesperadamente de presentar su caso. Nos ruega que toquemos el cuerpo invisible. «Puedo darles una prueba evidente de que aquí hay un cuerpo sólido y ponderable que, sin embargo, no pueden ver». Pero los huéspedes se quedan en la puerta de la habitación, rechazan la prueba por temor a que sea cierta. Son testigos de los efectos de la Cosa [observan su peso sobre las sábanas y la almohada y escuchan crujir la cama], pero rechazan el acceso sensorial, el cual permanece inaccesible para el lector.

Los esfuerzos de Harry fracasan tanto con los huéspedes como con el lector, a pesar de que intenta verificar la existencia de la Cosa desde el inicio del relato, donde ofrece algunos «hechos» que probarán la verdad de la historia. Pero el lector no puede tocar el cuerpo, ni verificar ni presenciar sus efectos sobre la cama. En cambio, solo podemos presenciar los efectos de sus efectos, todos registrados en la narrativa: el chillido del doctor Hammond cuando la toca, el grito de los huéspedes y el propio asombro de Harry. Si el propósito del Narrador al contar esta historia es narrar «algunos hechos que sucedieron bajo mi observación», ¿qué nos queda al final? Solo la pregunta: ¿qué era eso?, porque la Cosa, al final, escapa no solo a la imaginación del Narrador sino a sus habilidades narrativas.

En este contexto, ¿Qué era eso? es una historia sobre el fracaso narrativo, ya que el propósito declarado de la narración es presentar el hecho objetivo del un cuerpo invisible. Harry promete hechos a sus lectores, siendo el cuerpo mismo la evidencia central de su caso. Sin embargo, este cuerpo permanece inaccesible para el lector más allá de sus descripciones. Solo se nos brindan pruebas extrínsecas. Pero Harry tiene el mérito de intentar narrar el cuerpo a pesar de que el lector no puede tocarlo. Apenas podemos presenciar la respuesta de alguien que toca el cuerpo, o los efectos secundarios de su interacción con su entorno, pero Harry no parece advertir que la narración fracasará. Al final, el lector sabe algo que el Narrador desconoce: su esfuerzo por narrar el cuerpo, por darle presencia, está condenado al fracaso.

Mientras el Narrador yace en su cama [«inmóvil como un cadáver»] dice que «algo» cayó sobre él; pero momentos después, cuando enciende la lámpara, exclama: «¡No vi absolutamente nada!». Hay una sorprendente yuxtaposición entre el «algo» y la «nada». ¿Como se puede ver «nada»? ¿Cómo se puede contemplar absolutamente? ¿Cómo puede no haber absolutamente nada?. Si las palabras de Harry se contradicen es por su relacionalidad. Mirar determina la postura de un cuerpo hacia otro. «Ver» es un intento de abarcar ese algo; «absolutamente» le da a esta acción una magnitud [en este caso, una magnitud imposible], pero la «nada» marca una ausencia que niega todo lo anterior. «En vano trata la imaginación de comprender la terrible paradoja», dice Harry, que no puede entender sus propios sentimientos en respuesta al cuerpo. ¿Cómo se puede concebir «algo» que es «nada»?

Respuesta: en comparación con su propio cuerpo, un «algo». Por eso Harry tantea la carnalidad del otro, registra su textura, revelando los vacíos, la «nada», en su propio ser. Así, el «mayor terror» de Harry proviene de la reciprocidad de «algo» y «nada», de su propio cuerpo y el cuerpo invisible. Es solo su razón la que no puede captar lo que su cuerpo sí puede sentir.

Fitz James O'Brien abandonó Irlanda en medio de la hambruna y la indigencia general. Su posición social lo protegió de experimentar en carne propia los peores efectos de la hambruna, pero no de sus fantasmas. Me pregunto si el encuentro del Narrador con el cuerpo invisible [y hambriento] no es una representación del encuentro con este fantasma de la hambruna. De hecho, sus primeras piezas poéticas tratan directamente sobre este tema. En La hambruna (The Famine) escribe: «como un lobo en busca de presas / Viene la hambruna en camino»; y luego imagina a las víctimas: «como los cuervos, el hambre enronquece, ronda alrededor del cuerpo sin vida, de un caballo con fiebre». El Narrador de ¿Qué era eso? dscribe a la Cosa como «desnuda», con «manos huesudas», pero su mayor interés está en su boca. Después de que Harry logra sujetar a la Cosa, esta comienza a morderlo con «dientes afilados». Desde su aparición en el relato hasta su muerte, la Cosa está hambrienta pero también indefensa, desamparada, como lo indica su desnudez y su escasa fuerza física [ver: La biología de los Monstruos]

Harry contempla qué debería hacerse con el cuerpo invisible atado a su cama. «¿Quién se encargaría de la ejecución de esta horrible apariencia de ser humano?», pregunta. En cambio, intenta en vano alimentar a la Cosa cuando reconoce los signos de la inanición: «Por horrible que fuera la criatura, era lamentable pensar en los dolores que estaba sufriendo». En efecto, la Cosa es como los esqueletos ambulantes de la hambruna, los ghouls, necrófagos que desentierran cadáveres frescos [y no tanto] para saciar su hambre. De este modo podemos reconocer a la Cosa como otra víctima anónima de la hambruna [ver: Ghouls: la historia secreta de los Necrófagos]

Los reportes de la gran hambruna irlandesa de la década de 1840 son escalofriantes. Nicholas Cummins, un magistrado de la ciudad de Cork, reportó que su edificio fue rodeado por «doscientos fantasmas de personas hambrientas» que clamaban por ayuda, cuyos «gritos demoníacos» resonaban por las calles. El aspecto de estas pobres personas, según Cummings, era el de «espantosos espectros», como si sus cuerpos fueran evidencia de la irrupción de lo espectral, de la muerte hecha piel y huesos en los vivos. Al investigar el tema nos encontramos recurrentemente con el término «espectáculo» [de la indigencia, del hambre, etc]; incluso hay referencias a la hambruna como creadora de una «nueva raza». Cummings habla «multitudes de criaturas degradadas» deambulando por las poblaciones, «criaturas que solo tienen un parecido distante y espantoso con los seres humanos, cuyos rostros idiotas se han endurecido en una mueca asentada de mendicidad, aullando por su presa, como animales monstruosos e inmundos».

Es evidente que estos horrores forman parte de ¿Qué era eso?. La Cosa no es un monstruo de las leyendas, sino la aparición repentina de la bestialidad latente en el ser humano. Si bien la Cosa asusta al Narrador por su carácter macabro, enfatiza su naturaleza a través de su acronismo. En ningún momento en el pasado, dice, ha existido algo así. Y, más adelante: «Esta cosa tiene un corazón que palpita. Una Voluntad que la mueve. Pulmones que inspiran y respiran». La Cosa es un ser humano, o mejor dicho, un ser humano que ha sido reducido a un estado de bestialidad por el hambre. Quizás aquel propietario que huyó luego de cometer fraude bursátil deba responder por el desastre económico que ha causado [ver: El Marxismo en el Horror: los pobres siempre mueren primero]


«Fue un funeral extraño, la caída de ese cadáver sin vista en el agujero húmedo.»


Entierran a la Cosa sin ceremonias y el terror llega a su fin de manera silenciosa, sin la violencia de la irrupción incial de lo extraño. Lo más inquietante, al menos para mí, es esta ansiedad posterior al pánico, el reconocimiento de la propia impotencia, el ser invisible y monstruoso que todos podríamos ser siendo enterrado en un agujero húmedo.




Taller gótico. I Relatos de Fitz-James O’Brien.


Más literatura gótica:
El artículo: La Cosa invisible: análisis de «¿Qué era eso?» de Fitz-James O’Brien fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Hay algo ahí afuera, y no es humano: análisis de «La Cosa Maldita» de Bierce.


Hay algo ahí afuera, y no es humano: análisis de «La Cosa Maldita» de Bierce.




En El Espejo Gótico hoy analizaremos el relato de Ambrose Bierce: La Cosa Maldita (The Damned Thing), publicado originalmente en la edición del 7 de diciembre de 1893 de la revista Town Topics, y luego reeditado en la antología de 1910: ¿Pueden estas cosas existir? (Can Such Things Be?).

En una cabaña apartada se han reunido nueve hombres. Siete de ellos, granjeros y leñadores, están sentados contra la pared. Uno lee un desgastado libro, entrecerrando los ojos a la luz de una sola vela. El noveno yace sobre una mesa. Nadie habla, pero desde afuera llega un coro de animales nocturnos: coyotes, pájaros e insectos. Llega un décimo hombre, William Harker. Su ropa, aunque polvorienta por el viaje, lo distingue como un sujeto urbano. El forense [que se ha metido el libro en el bolsillo] informa al recién llegado que el asunto debe completarse esa noche. Le pregunta a Harker sobre Hugh Morgan, cuyo cadáver yace en la mesa.

Harker responde que vino a cazar y pescar con su amigo, también para estudiar el carácter de Morgan, ya que Harker es periodista y escritor de historias. Ha escrito una sobre la muerte de Morgan, de la que fue testigo, pero debe publicarla como ficción, no como noticia, porque es increíble.

Harker lee la historia en voz alta.

Él y Morgan están cazando codornices al amanecer. Llegan a un campo de avena. A poca distancia, un animal se revuelve en la maleza. ¿Un ciervo? Lástima que no hayan traído rifles, solo escopetas para codornices. Aun así, Morgan levanta su arma. ¿Podría ser un oso? Pero Morgan, temblando, declara que es esa «Cosa Maldita».

La bestia, aún invisible, se mueve directamente hacia ellos. Morgan dispara. La bestia gruñe. Morgan deja caer su arma y huye. En ese momento, Harker es derribado por algo «suave y pesado», y aún invisible. Oye a Morgan gritar de agonía; mezclándose con su voz hay «sonidos roncos y salvajes como los que se escuchan en los perros de pelea». Harker se pone de pie y observa a su amigo luchar con... nada.

Y, sin embargo, partes del cuerpo de Morgan aparecen y desaparecen, como si fueran borradas por el cuerpo de su antagonista.

Antes de que Harker pueda alcanzarlo, Morgan está muerto y la maleza vuelve a moverse en línea recta hacia los bosques vecinos.

El forense se levanta y retira la sábana que cubre el cadáver, revelando un cuerpo mutilado, con el cuello destrozado. Luego muestra la ropa andrajosa y endurecida por la sangre de Morgan. No hay más pruebas.

¿Qué opinan los demás?

El capataz quiere saber de qué manicomio escapó el señor Harker. Harker se sonroja, pero se queda el tiempo suficiente para pedirle el libro al forense: es el Diario de Morgan. El forense dice que no es pertinente, y lo retiene. Los otros deliberan brevemente y luego emiten su veredicto: Morgan evidentemente fue atacado por un león de montaña.

El Diario de Morgan puede arrojar algo de luz sobre su muerte.

Morgan primero escribe sobre el extraño comportamiento de su perro, que parece oler algo invisible y luego sale corriendo a toda velocidad. Una noche observa cómo las estrellas sobre una cresta desaparecen una a una, como si algo invisible las ocultara a su paso. Morgan está alerta toda la noche, arma en mano, pero no ve nada.

A la mañana siguiente descubre huellas frescas. Si sus experiencias son reales, se volverá loco. El suspenso es intolerable, pero Morgan no será expulsado de su propia tierra. En cambio, invitará a su sensato amigo, Harker, a visitarlo. Una entrada posterior describe la epifanía repentina de Morgan de que así como hay sonidos más allá del oído humano, debe haber colores más allá de la vista, como los rayos «actínicos» que los químicos han descubierto en el extremo del espectro solar. Así que no está loco, simplemente hay colores que no puede ver y, Dios lo ayude, la Cosa Maldita es de ese color.


La Cosa Maldita de Ambrose Bierce es un relato sobre «algo invisible»; y establece un elemento que llegaría a convertirse en un recurso común en el género: los horrores invisibles al ojo humano siempre son depredadores [ver: Invisibilidad en la literatura]

Uno podría suponer que la invisibilidad también podría ser desarrollada por una presa. ¿Por qué no hay simpáticos conejos invisibles? Aparentemente, si eres invisible, eres un depredador. Pero esto no es necesariamente cierto. De hecho, ¿cómo notaríamos que hay conejos invisibles? Es el comportamiento predatorio lo que eventualmente haría perceptible a una criatura invisible. Las depredaciones de los que están más abajo en la cadena alimenticia, como los conejos [si acaso hubiese una especie invisible] serían atribuídas a babosas o al peso deficiente de la cosecha de zanahorias.

En cuando a las presas invisibles, dudo que la invisibilidad tenga mucho sentido cuando tantos depredadores dependen principalmente del olfato y el oído. Incluso si la invisibilidad resultara metabólicamente económica, esta prescinde del elemento disuasivo. La mayoría de las «armas» que utilizan los animales para disuadir a sus depredadores [pensemos en las serpientes de cascabel o en los zorrillos] no dependen del elemento sorpresa, sino todo lo contrario: en anunciar que son peligrosos. Ser invisible, y, por lo tanto, difícil de detectar, socava todos los beneficios de este principio.

Pero, quizás, la distorsión perceptiva puede ser una amenaza estratégica: estar en el Valle Inquietante es una señal clara: «no puedes saber qué amenaza ofrezco, así que ni siquiera intentes atacarme». El anuncio, el despliegue del arma defensiva, en el caso de la Cosa Maldita, es la distorsión de la luz, con la consecuente reacción emocional e instintiva en quien observa ese fenómeno, algo así como la forma en que el sonido del cascabel de una serpiente puede paralizar a un depredador incluso si este nunca lo ha escuchado antes.

La influencia de La Cosa Maldita en H.P. Lovecraft es evidente, de hecho, el final del cuento de Ambrose Bierce es la premisa de varias historias del flaco de Providence: hay cosas extrañas y amenazantes más allá de los límites de la percepción humana. El Color [que cayó del espacio], los parásitos astrales de Desde el más allá (From Beyond), los monstruos invocados por Randolph Carter, incluso los Perros de Tíndalos de Frank Belknap Long, todos tienen su ascendencia en La Cosa Maldita de Ambrose Bierce [ver: Los Perros de Tindalos y los ángulos del tiempo]. Lovecraft, sin embargo, lleva esta idea mucho más allá. Para Ambrose Bierce, el mero hecho de haya cosas más allá de la percepción humana es suficiente revelación.

Las explicaciones de Morgan se refieren directamente a partes del espectro electromagnético insensibles a la visión humana. Son, de hecho, la revelación dramática al final de La Cosa Maldita. Quizás Ambrose Bierce estaba pensando en descubrimientos científicos recientes en su época [estamos en 1893]; pero no, el infrarrojo y el ultravioleta fueron descubiertos en 1800 y 1801 respectivamente. Ambrose Bierce simplemente se basó en estos elementos para darle un contexto científico a su monstruo invisible. En este punto, los investigadores presumiblemente ya eran conscientes de que tales cosas [si existieran] son visibles, solo que se perciben de manera inadecuada. Esto hace que el remate de la historia sea menos que impresionante para el lector moderno. El efecto descrito [algo ocluye los objetos detrás de él, pero no puedes ver la oclusión, algo así como en la película Depredador (Predator)] es paradójico; y la explicación no ayuda en nada.

Me pregunto cuánto del efecto de La Cosa Maldita fue eficaz en su tiempo, y cuánto se pierde para el lector moderno, que puede comprar una luz ultravioleta y un par de anteojos infrarrojos en cualquier tienda especializada. El mundo invisible que plantea Ambrose Bierce es accesible para nosotros, y sin demasiado esfuerzo.

Parte del genio de Lovecraft radica en su capacidad de hacer que el horror fuera más intenso con el conocimiento, en lugar de menos. El Color que Cayó del Espacio, tal vez el más desarrollado de las entidades imperceptibles del flaco de Providence, sufre un poco cuando los instrumentos de la Universidad de Miskatonic muestran que es incomprensiblemente inhumana. Pero los efectos de esa incomprensibilidad, las formas en que se insinúan en las plantas y en las mentes, superan esa barrera. Esos efectos, y no la explicación pseudocientífica, llevan el peso de la historia.

Otro punto en común entre La Cosa Maldita de Ambrose Bierce y Lovecraft es la forma en que se cuenta la historia. Aunque no tenemos al típico narrador de Lovecraft, sí tenemos una historia presenciada de segunda y tercera mano: el Diario de Morgan, el testimonio de Harker, todos los textos encontrados y las declaraciones oficiales. Luego está el forense, un tipo extraño que proporciona una perspectiva directa. Él es quien oculta el Diario, con su terrible revelación ultravioleta, a testigos y jurados por igual. Él sabe, por supuesto, que hay cosas que el ser humano no debería saber.

Estamos rodeados de criaturas invisibles para nosotros por la sencilla razón de que son demasiado pequeñas para que podamos verlas. Sabemos que existen, sabemos que hay bacterias, tardígrados y ácaros del polvo que acechan en nuestras sábanas; sin embargo, estas cosas invisibles debido a su tamaño diminuto no nos producen miedo, incluso cuando sus efectos sobre nuestra salud pueden ser devastadores. Nos preocupan más las dimensiones de vida que quizás pululan más allá del espacio que ocupamos. Pero, como sus [posibles] habitantes permanecen invisibles, solo nos resultan intelectualmente aterradores.

Son las cosas que deberíamos poder ver, porque son lo suficientemente grandes, que vagan por nuestro propio plano de existencia, las que nos aterrorizan.

Por supuesto, los seres humanos podemos oler y oír y saborear y tocar, pero es la vista nuestro sentido dominante, y a menudo nuestra primera línea de defensa ante una amenaza. Los seres invisibles no juegan limpio, porque, para nosotros, ver es creer. Ambrose Bierce seguramente pensaba algo parecido, porque en esta historia Morgan se pregunta si los perros pueden «ver con la nariz», es decir, se pregunta si sus cerebros pueden traducir olores en imágenes. Es un razonamiento interesante, pero inexacto. Un perro no tendría que traducir un olor a una imagen para detectar una amenaza, ya que el olfato es el sentido canino dominante. En la versión perruna de La Cosa Maldita, el monstruo no tendría que ser invisible, sino carecer de olor [ver: Lo olfativo, lo visual, lo auditivo y lo táctil en el Horror Cósmico]

La Cosa Maldita bien puede ser invisible, pero posee fisicalidad. Es lo suficientemente sólida como para destrozar un cuerpo humano. Ocupa espacio, borrando cosas con su masa, desplazando la vegetación, dejando huellas. En otras palabras, es invisible a la vista, pero visible en su interacción con el entorno. Además, huele, como puede atestiguarlo el perro de Morgan. Emite gruñidos, por lo que se lo puede oír. Se puede sentir, como descubre Harker cuando lo derriba. Y supongo que tendría sabor, si fueras tan temerario como para darle un mordisco [ver: La biología de los Monstruos]

Morgan intenta explicar la Cosa Maldita a través de la ciencia, no de la superstición, lo cual termina siendo más supersticioso todavía. Bien, los científicos dicen que hay colores más allá del alcance de la visión humana. Digamos que la Cosa Maldita tiene una hermosa tonalidad en el rango del infrarrojo, o del ultravioleta; eso significaría que refleja longitudes de ondas de luz que no podemos ver. Por lo tanto, es invisible. No puede estar reflejando las longitudes de onda intermedias del rojo, amarillo, verde, naranja, azul y violeta, en cualquier combinación, o en ese caso lo veríamos. Pero si refleja solo colores invisibles, y absorbe el arco visible, ¿no la veríamos como algo completamente negro, algo similar a la Gente Sombra? [ver: 5 tipos de Gente Sombra] También hay que tener en cuenta el efecto de refracción, como intenta hacer H.G. Wells en El hombre invisible (The Invisible Man), pero no nos conviene entrar en este territorio, al menos para mí, incierto.

Ambrose Bierce siente la misma aversión por las explicaciones sobrenaturales. Hacer caso omiso de las leyes de la física [conocida] es una decisión más sencilla para un autor, pero Ambrose Bierce no va allí. Si tomara ese camino, la Cosa Maldita podría ser un simple fantasma o un demonio capaz de interactuar con nuestro mundo físico. En el marco de la pseudociencia lovecraftiana, la Cosa Maldita podría ser una entidad extradimensional, donde las leyes físicas son diferentes, como los engendros invisibles de Yog-Sothoth en El Horror de Dunwich (Dunwich Horror) o los seres imperceptibles que devoran al pobre Abdul Alhazred, autor del Necronomicón, ante un grupo de espectadores horrorizados [ver: Seres Interdimensionales en los Mitos de Cthulhu]

Al final, la Cosa Maldita debe sobrellevar el peso de todos los descubrimientos científicos realizados desde que la historia fue escrita. Podemos aceptar que una criatura de una dimensión superior sea multicromática en su plano, pero que esos mismos colores, en nuestra dimensión, actúen en una frecuencia invisible para los humanos. Podría suceder, pero las decisiones que toman las personas en la historia son mucho más cuestionables. El forense tiene un par de momentos de gran sarcasmo, perfectamente sincronizados, con los que derriba los argumentos de Harker, el soberbio periodista urbano. El forense es brillante, según su lógica. Me pregunto qué hizo con el Diario de Morgan. También podría ser un «adepto» [Ambrose Bierce nunca lo insinúa], alguien que protege a la Cosa Maldita a través de una incredulidad fingida.

Hay dos antecedentes inmediatos de La Cosa Maldita de Ambrose Bierce: ¿Qué fue eso? (What Was It?) de Fitz-James O'Brien, y El Horla (Le Horla) de Guy de Maupassant. Pero la invisibilidad en la literatura es tan antigua como la historia misma. Algunas de las primeras referencias provienen de la mitología griega, como el Anillo de Gyges del que habla Platón. En esta reveladora historia, un pastor descubre un anillo de invisibilidad que utiliza para seducir a una reina y asesinar al rey. Es una historia básica, pero insinúa ambos lados del problema de la invisibilidad:

a- La invisibilidad podría convertir a un pastor en rey.

b- Incluso un rey no tiene defensa contra un hombre invisible.

En la Edad Media podemos encontrar una gran cantidad de cuentos de hadas sobre anillos, zapatos, gorras y capas de invisibilidad, muchos de los cuales encontraron su camino hacia la ficción moderna. Los hermanos Grimm recogieron la historia de las Doce Princesas, que relata cómo estas mujeres lograban escabullirse de su castillo todas las noches para bailar en el bosque. Preocupado, su padre promete recompensar a cualquier hombre que pueda descubrir el secreto de las muchachas. El misterio lo resuelve un viejo andrajoso, a quien una hechicera le da una capa mágica; usando este artilugio, el viejo espía a las princesas mientras es invisible y descubre la salida secreta que utilizan para evadir a los guardias.

Este tipo de historias se abrieron paso hacia la ficción moderna, generalmente con un aura de horror. Antes mencionamos a Fitz-James O'Brien y ¿Qué fue eso?, en el que un hombre se está quedando dormido cuando una criatura cae pesadamente sobre él en la cama. Ambos luchan ferozmente en la oscuridad, sus amigos lo ayudan, y cuando logran reducir al atacante y encender una luz, no ven nada; sin embargo, sienten físicamente que hay algo ahí. Horrorizados, atan a la criatura invisible a la cama y esperan... tal vez demasiado, porque esta finalmente muere de hambre. Entonces deciden hacer un molde de yeso del cadáver, que revela el rostro de un monstruo sobrenatural.

Veinte años después, Guy de Maupassant escribió El Horla, una historia sobre una entidad alienígena invisible que se adhiere a un hombre desventurado, absorbiendo su fuerza y energía vital, de un modo similar al concepto actual de parásitos astrales. Curiosamente, el Horla solo da señales de existir bebiendo agua estancada y arrodillándose sobre el pecho de sus víctimas mientras duerme; algo parecido a las escalofriantes experiencias de parálisis del sueño. Por supuesto, el hombre está al borde de la locura, y provoca un incendio en un intento desesperado por liberarse de un enemigo que no puede ver. Al final se insinúa que el Horla podría ser apenas un individuo de una raza extradimensional que, por motivos desconocidos, a veces logran llegar a nuestro plano para alimentarse de los seres humanos [ver: Gente Sombra, el Horla, y el portal interdimensional de Maupassant]

Al igual que O'Brien y de Maupassant, Ambrose Bierce presenta a un depredador de otro mundo que invade nuestro plano físico sin ninguna explicación. Los tres relatos son eficaces porque no necesitan proporcionar una historia de fondo elaborada. Los tres seres invisibles llegan y desaparecen sin que sepamos qué son realmente. No conocemos sus motivos, sus intenciones, ni siquiera tenemos una idea clara de cómo funcionan como entidades invisibles. Lo que hace distinta a la Cosa Maldita es la disciplina literaria de Ambrose Bierce: el lector nunca se encuentra directamente con la criatura, sino más bien con los restos destrozados de lo ha atacado.

Ambrose Bierce establece un contexto intrigante mucho antes de que sepamos algo sobre la Cosa Maldita: la investigación post mortem en el interior de la cabaña en lo profundo del bosque, con la asistencia de ocho hombres [el forense, un testigo, y un pequeño jurado conformado por leñadores locales], todos alrededor del difunto Hugh Morgan, que yace amortajado en una mesa, y el testimonio de William Harker, abren la historia maravillosamente:


[«A una distancia de menos de treinta yardas estaba mi amigo, arrodillado, con la cabeza echada hacia atrás en un ángulo espantoso, sin sombrero, con su larga cabellera desordenada y todo el cuerpo dando violentas sacudidas de un lado a otro, hacia adelante y hacia atrás. Su brazo derecho estaba levantado y parecía carecer de mano, al menos, no pude ver ninguna. El otro brazo era invisible. Creo que solo podía distinguir una parte de su cuerpo; era como si hubiera sido borrada en parte, no puedo expresarlo de otra manera, entonces un cambio de posición lo traía de nuevo a la vista.»]


Algo invisible está inmovilizando y desgarrando el cuerpo de Morgan, algo que también tiene masa y densidad, porque en su andar dobla la maleza y ocluye parte de su víctima cuando se interpone entre esta y la mirada de Harker. Cuando este llega hasta Morgan, su amigo está muerto. Las evidencias examinadas por el forense parecen indicar que el atacante sabía exactamente como lidiar con un organismo terrestre:


[«El forense se movió hasta el final de la mesa y desabrochó un pañuelo de seda, que había sido colocado debajo de la barbilla y anudado en la parte superior de la cabeza. Cuando se retiró el pañuelo, quedó al descubierto lo que había sido la garganta. Algunos de los los miembros del jurado que se habían levantado para tener una mejor vista se arrepintieron de su curiosidad y apartaron la cara.»]


Hasta aquí, la evidencia solo muestra lo que bien podría ser el ataque de un oso o un puma. Sin embargo, Harker [el testigo] reconoce que el cuaderno que ha estado leyendo el forense es el Diario de Morgan [la víctima]. Exige verlo, pero el forense se niega, diciendo que el diario es irrelevante para el caso. Recién cuando Ambrose Bierce nos permite echar un vistazo al Diario de Morgan, lleno de entradas con experiencias extrañas, llegamos a la conclusión de que ha sido atacado por una entidad invisible.

En el Diario, Morgan anota que su perro ha estado olfateando algo en el bosque [¡esa Cosa Maldita!]. Poco después observa que las estrellas se borran como si algo enorme caminara entre él y el cielo. A la mañana siguiente encuentra las huellas de lo que parece ser un animal enorme. Después de rastrear a la Cosa Maldita durante un mes, Morgan comienza a perder la cordura, no tanto por la presencia de la criatura, sino por falta de sueño. En este punto, cuando Morgan ya ha perdido la confianza en sus sentidos, invita a Harker, a quien considera sensato y racional, a pasar una temporada con él en su cabaña. En este estado, Morgan reflexiona sobre los misterios del universo y el pobre aparato sensorial humano; y finalmente desarrolla una tesis:


[«En cada extremo del espectro solar, el químico puede detectar la presencia de lo que se conoce como rayos actínicos. Representan colores, colores integrales en la composición de la luz, que no podemos discernir. El ojo humano es un instrumento imperfecto; su rango solo detecta unas pocas octavas de la escala cromática real. No estoy loco; hay colores que no podemos ver. ¡Y, Dios me ayude! ¡La Cosa Maldita es de tal color!»]


Como en muchos de sus relatos, Ambrose Bierce vuelve a utilizar aquí la arrogancia del intelecto humano como factor decisivo en su derrota ante seres que responden a una física diferente. Los miembros del jurado encuentran ridícula la sugerencia de un atacante invisible, pero el forense parece estar tan perturbado por esta sugerencia que decide ocultar el Diario de Morgan, tal vez para sofocar el pánico que provocaría tal posibilidad entre una comunidad poco instruída.

Ambrose Bierce estaba fascinado por la idea de que los seres humanos son ciegos a la realidad, que nuestros «instrumentos imperfectos» son incapaces de procesar esa realidad, y que nuestra ignorancia es la que nos salva al final del día, permitiéndonos funcionar con relativa normalidad y preocuparnos por trivialidades. En este contexto, Ambrose Bierce establece que la humanidad sería arrastrada por una marea de terror si alguna vez supiera que hay cosas que desafían las leyes naturales conocidas.

Las únicas personas que se toman en serio la extraña muerte de Morgan son Harker, que la contempla con asombro juvenil, y el forense, que la reprime con prudente temor por las consecuencias sociales que podría despertar. La humanidad, que Ambrose Bierce satiriza en el jurado de leñadores mezquinos y vulgares, no está dispuesta a creer en estas cosas.

El método de razonamiento del personaje más parecido a un científico en la historia [el forense] es quizás el menos científico de todos. Al parecer, nunca sospecha que Harker tal vez asesinó a Morgan en el bosque y luego escribió él mismo el Diario como una especie de coartada. Esto nos permite preguntarnos: ¿el forense realmente creyó algo de la historia de Harker? ¿Creyó que el Diario de Morgan era legítimo? Evidentemente, sí; de otro modo no habría liberado a Harker. Pero, si realmente creyó en todo esto, ¿por qué aceptó el veredicto del jurado de que Morgan fue asesinado por un puma? ¿Acaso los leñadores nunca vieron el cadáver de alguien asesinado por un puma? El forense bien podría haber querido evitar el pánico al esconder sus creencias, pero los leñadores son gente de la zona que probablemente sabe qué tipos de heridas puede inflingir un puma, y cuáles exceden las posibilidades de este depredador.

Si bien la Cosa Maldita se teoriza vagamente, nunca se explica en la historia, y esa fue una buena decisión. Ambrose Bierce no estaba interesado en la protociencia ficción, que requiere cierto grado de posibilidad científica y explicaciones más o menos plausibles. Más bien, su objetivo es perturbarnos con lo que no sabemos, dejándonos como el médico forense: preocupados por nuestra ignorancia, aturdidos por nuestra propia estupidez, y horrorizados por nuestra insignificancia en un universo repleto de aterradoras maravillas.

En El horror sobrenatural en la literatura (Supernatural Horror in Literature), Lovecraft hace algunas observaciones sobre la obra de Ambrose Bierce, al que admira por su «rara variedad de comedia sardónica» y la «maestría de sus oscuras insinuaciones». Sin embargo, Lovecraft también es crítico con sus historias, a las que se refiere como «obviamente mecánicas y estropeadas por un estilo jovial y comúnmente artificial derivado de modelos periodísticos» [ver: Ambrose Bierce por Lovecraft]. El flaco de Providence siente que Ambrose Bierce «rara vez se da cuenta de las posibilidades atmosféricas de sus temas tan vívidamente como Poe; y gran parte de su trabajo contiene un cierto toque de ingenuidad, angulosidad prosaica o primitivo provincianismo estadounidense». Es una declaración dura, pero Lovecraft juzga a Ambrose Bierce mirando hacia atrás, hacia Edgar Allan Poe, mientras que el propio Ambrose Bierce estaba mirando hacia el futuro; es decir, hacia una versión más realista de lo fantástico.

No es mi intención ponerme quisquilloso con algo que no tiene demasiado impacto en la historia, pero la luz no funciona como sugiere Ambrose Bierce, o mejor dicho, como se registra en el Diario de Morgan. Cuando la Cosa Maldita «oscurece» las espigas a su paso, o las extremidades de Morgan al ser atacado, la luz se está comportando de un modo imposible. Si la mano está «oscurecida», ¿qué pasa con el paisaje detrás de ella? Si la hierba está oscurecida, ¿qué pasa con los tallos que hay detrás? ¿Qué ves cuando miras las espigas «oscurecidas»? ¿Ves el paisaje detrás? Si la imagen del paisaje pasa a través de la Cosa Maldita, ¿por qué no lo hace también la imagen de la mano o de las espigas? Si ninguna imagen pasa a través de la Cosa Maldita, ¿qué estámos viendo? ¿Un punto negro? Si es así, ¿por qué no vemos a toda la criatura como una mancha negra? Porque eso básicamente es ser visible.

Dejando de lado al sujeto quisquilloso que hay en toda persona que ha leido demasiadas historias, tomemos una dirección opuesta: la Cosa Maldita es una excepción. No es que sea visible únicamente en la franja ultravioleta, sino que es una abominación, algo tan extraño que el cerebro humano simplemente se niega a interpretarlo; o no puede interpretarlo.

Después de todo, nuestro cerebro ignora lo que no puede procesar [ergo, la Cosa se percibe como invisible]. En otras palabras, no es que la Cosa Maldita sea invisible [o que la luz pueda pasar a través de ella en frecuencias selectivas], sino que está creando un vacío en nuestro campo visual. Ante esto, es lógico que el centro de procesamiento visual de nuestro cerebro nos envíe señales más bien desesperadas. Las personas que se han encontrado con la Cosa Maldita la recuerdan como invisible porque no tienen información visual que puedan recordar.

Las conclusiones a las que llegan los personajes de Ambrose Bierce no son calificadas, y están lejos del análisis espectral realizado por expertos en El Color que cayó del espacio. Todo lo que sabemos sobre la Cosa Maldita son apenas especulaciones de alguien que no es un profesional, realizadas a partir de observaciones limitadas.

Sospecho que Ambrose Bierce estaba imaginando que la Cosa Maldita era transparente en las longitudes de onda visibles, algo así como una lámina de vidrio o de cristal. Si hubiera escrito esto unos años más tarde, probablemente la habría hecho visible en longitudes de onda de rayos X. Los seres invisibles de Lovecraft tienen mejores explicaciones, es cierto, pero el flaco de Providence tuvo un par de décadas más de ciencia con las que trabajar. La falla conceptual se resume a que Ambrose Bierce emplea con ligereza lo que significa «borrar». No podemos ver al sujeto cuando está detrás de la Cosa Maldita, y no podemos ver las estrellas, pero aún podemos ver el suelo detrás del sujeto.

Por supuesto, todo esto es secundario. Lo que importa es la prosa y la atmósfera, la sensación de un horror opresivo. En cierto modo, La Cosa Maldita de Ambrose Bierce es profundamente antilovecraftiana. No hay un ejército de estas criaturas acechando y esperando para destruir el mundo, solo hay una Cosa, que vive en medio de la nada, haciendo más o menos lo que haría un puma o un oso invisibles. De hecho, creo que Ambrose Bierce se sale con la suya al vincular la premisa de la invisibilidad [no muy bien explicada] con una experiencia del mundo real con la que el lector puede identificarse:


[«Recuerdo que una vez, al mirar descuidadamente por una ventana abierta, momentáneamente confundí un pequeño árbol cercano con un grupo de árboles más grandes a poca distancia. Parecía del mismo tamaño que los demás, pero al ser más nítidamente definido en masa y detalle, parecía estar fuera de armonía con los demás. Fue una mera falsificación de la ley de la perspectiva, pero me sobresaltó, casi me aterrorizó. Me ha vuelto a pasar más o menos lo mismo. Solo un breve error en la percepción, ni siquiera una ilusión óptica en realidad, pero es extraño darse cuenta de que podrías estar tan equivocado sobre lo que estabas viendo, y deja una especie de paranoia persistente sobre las escenas de aspecto normal.»]


La descripción de «visión ocluida» parece extraña y difícil de justificar científicamente, pero una falla en el procesamiento de imágenes es plausible. Muchos de estos fallos existen y pueden crear extrañas ilusiones ópticas. Mi impresión es que la Cosa Maldita provoca algún tipo de refracción u otra distorsión de la luz visible, y que el cerebro del observador construye una imagen incorrecta a partir de esa señal extraña.

En definitiva, no es una bestia sobrenatural, sino un organismo físico y material. Deja huellas, gruñe de dolor cuando recibe un balazo, y los perros pueden detectar su olor. No se conoce su apariencia, excepto por el hecho de que posee garras afiladas [o algún tipo de apéndice] que pueden matar fácilmente a un humano. Se desconoce el mecanismo detrás de su invisibilidad, pero ciertamente no es transparente. En cambio, se comporta como un objeto opaco que de alguna manera distorsiona la luz a su alrededor, como lo demuestra el hecho de que algunos objetos desaparecen de la vista cuando la Cosa Maldita se interpone entre ellos y el observador.

La Cosa Maldita de Ambrose Bierce toca una fibra evolutiva muy profunda: lo más aterrador es lo que no podemos ver. Eso es algo espeluznante por sí mismo, pero más aún cuando es desarrollado por alguien que realmente desapareció y nunca más se supo de él. Hasta el día de hoy, nadie sabe qué pasó con Ambrose Bierce [ver: La extraña desaparición de Ambrose Bierce].




Ambrose Bierce. I Taller gótico.


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El artículo: Hay algo ahí afuera, y no es humano: análisis de «La Cosa Maldita» de Bierce fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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