Porqué todavía necesitamos a los Vampiros


Porqué todavía necesitamos a los Vampiros.




Las críticas al clásico de la novela de vampiros de Bram Stoker: Drácula (Dracula), intentan explicar su popularidad, y sobre todo su vigencia, recurriendo a diversas teorías: psicológicas, marxistas (ver: El marxismo en el horror), feministas, arquetípicas, por mencionar algunas.

Algunos sostienen que Drácula representa ciertos aspectos de la tiranía del patriarcado (ver: El machismo en el horror); otros, que simboliza el poder de una aristocracia corrupta y decadente; y finalmente están aquellos que vindican la hipótesis de que el conde representaría el temor por los extranjeros indeseables (cuanto más eslavos, peor). Todos estos enfoques son interesantes, precisamente porque todos tienen una parte de la verdad.

Muchas de estas son interpretaciones resultan muy convincentes, pero no explican porqué Drácula sigue satisfaciendo los apetitos del lector moderno a pesar de que claramente es una obra de su tiempo.

¿Será que Drácula posee algún tipo de contenido latente, reprimido, capaz de atraer nuestros deseos y temores inconscientes?

Si hablamos de contenido reprimido es difícil evadir la sexualidad, y lo cierto es que Drácula no es, ni siquiera remotamente, el vampiro más sensual de su tiempo. De hecho, existen obras bastante más abiertas al respecto, aunque no necesariamente explícitas, comenzando por el poema de Heinrich August Ossenfelder: El vampiro (The Vampire), de 1748 —casi 150 años anterior al conde— en el que el vampiro promete «venir sigilosamente» a la recámara de una joven y besar su «sangre de la vida».

No se necesita indagar demasiado para encontrar el mismo contenido latente en muchas escenas de Varney, el vampiro (Varney the Vampyre), un penny-dreadful de 1847. Es decir que la explicación, o la posibilidad, de cierto contenido sensual reprimido, se aplica sobre muchos vampiros literarios, no solo sobre Drácula, con lo cual podemos descartar este motivo como la razón principal por la cual el conde sigue vigente.

No todos los vampiros son sexys, pero todos los vampiros son no muertos —o no vivos—; por lo tanto, todos coinciden en este rasgo sobrenatural. Debido a que los vampiros sobreviven a la frontera irreversible de la muerte, incluso los ejemplos más insignificantes en la ficción poseen un aura de misterio y trascendencia que nos transporta más allá de lo mundano y lo terrenal.

También podemos pensar que, cuando los vampiros son sexys, lo son porque son peligrosos, poderosos y prohibidos, y no al revés.

Originalmente, esto los vincula con los cuentos de hadas y sus moralejas. Tomemos uno de los primeros relatos de vampiros: El extraño misterioso (The Mysterious Stranger), de 1860, cuyo argumento se resume en una severa enseñanza para las señoritas (ver: El cuento de hadas y el plan para «civilizar» a las mujeres). Es justo mencionar que el Modelo Caperucita Roja (¡niña, no salgas del camino!) era un ingrediente fundamental de las primeras historias del género.

Este tipo de moralejas no son anacrónicas, y subyacen en muchas películas de terror actuales, sobre todo en el slasher (ver: El feminismo en el Slasher). Sin embargo, el peligro que proponen los vampiros va más allá de la sensualidad.

El verdadero peligro es la muerte.

Posiblemente, vampiros como Drácula le permitieron a los escritores y lectores del siglo XIX explorar algunos temas prohibidos con la excusa de asustarse un poco en el proceso; pero el público moderno ciertamente no tiene esa necesidad. ¿Qué motivos subyacentes, reprimidos, necesitamos en una obra de ficción cuando ese mismo contenido se encuentra disponible en incontables plataformas?

En otras palabras: ¿para qué necesitamos a los vampiros?

Sin embargo, los vampiros aun sobreviven, incuso florecen en la literatura y el cine, lo cual sugiere que deben ofrecer algo más que una sensualidad reprimida.

Pero, ¿qué es ese algo más?

Ciertamente no aquello del temor por los inmigrantes de Europa del Este. Drácula puede ser un extranjero en Inglaterra, pero no todos los vampiros literarios incitan el miedo por los forasteros. De hecho, no todos los vampiros son extranjeros. Por ahí tenemos a Lord Ruthven, de John Polidori, del relato: El vampiro (The Vampyre), de 1819, que apenas es un escocés inspirado en Lord Byron; y a Carmilla, de Sheridan Le Fanu, que tampoco es una extranjera en el contexto de su historia (ver: Carmilla y la leyenda de los nombres de los vampiros).

Creo que deberíamos dejar de lado, aunque sea momentáneamente, el argumento del exotismo y la sensualidad reprimida como causa de la popularidad de los vampiros, sobre todo en un mundo actual donde la mayoría de los países son multiculturales y donde el acceso a esos contenidos reprimidos están al alcance de un clic.

Si despejamos la maleza alrededor de los vampiros veremos que su popularidad, y en buena parte también su vigencia, recaen en el hecho de que son muertos vivientes.

De hecho, podemos eliminar cualquiera de los rasgos secundarios del vampiro en la ficción: sensualidad, magnetismo, sed de sangre, entre otros; y seguiríamos estando frente a su cualidad esencial: la no muerte.

Si, por el contrario, preservamos todos aquellos rasgos secundarios, pero eliminamos la no muerte, el personaje se cuelve considerablemente menos convicente. La sensualidad, la arrogancia, la brutalidad, el egoísmo, incluso la maldad más insidiosa, también son patrimonio de muchos villanos, como Hannibal Lecter o Montoni, el villano de Los misterios de Udolfo (The Mysteries of Udolpho), de Ann Radcliffe. Estos sujetos se parecen muchos a los vampiros, de hecho, son casi idénticos a ellos, pero carecen del elemento esencial que distingue al vampiro: estar muerto.

Hagamos el siguiente ejercicio con Drácula: imaginemos al conde como nada más que un insidioso y seductor extranjero que bebe la sangre de sus víctimas pero que de ningún modo está muerto, o no vivo. No es necesario atraversarle el corazón con una estaca. Cualquier bala de plomo servirá; incluso una infección o un buen golpe en la tráquea puede enviarlo a la tumba (ver: ¿Drácula era menos inteligente de lo que creíamos?). Como mínimo, estaríamos frente a un personaje deslucido para la inmortalidad literaria.

No estamos en condiciones de viajar en el tiempo, al menos por ahora, pero estoy seguro de que la novela de Bram Stoker jamás habría tenido el impacto que tuvo si Drácula no hubiese sido un no muerto.

Es decir que la verdadera fascinación por los vampiros, en su aspecto más profundo, radica en haber trascendido a la muerte. Es, y no puede ser de otra forma para ser llamado vampiro, un ser sobrenatural; aunque también es justo admitir que una parte del atractivo de los vampiros radica en la ruptura de ciertos tabúes culturales, y en consecuencia en la posibilidad de advertir, a través de la ficción, sobre una gran variedad de peligros tanto para el individuo como para la comunidad.

Para muchos eruditos sobre el tema, los vampiros ofrecen un medio para entender el mundo en el que vivimos, y para formular nuestro sentido de indentidad dentro de ese mundo. Sin embargo, parecen olvidar que los vampiros han sobrevivido mucho más allá de sus límites razonables, en cierto modo, existiendo plenamente cuando esos primeros factores de representación ya no son necesarios (ver: Los Vampiros han muerto: el último clavo en el ataúd del género).

En lo personal (y de eso se trata este artículo, de una mirada personal), los vampiros de la ficción nos proporcionan una doble representación. Por un lado, encarnan nuestros miedos y fantasías respecto del horror de la muerte, la aniquilación del ser, y finalmente el olvido. Por el otro, también representan la posibilidad de la inmortalidad: una inmortalidad mundana, terrenal, es cierto, agitada por el miedo constante de ser descubierto durmiendo dentro de un ataúd en pleno día, pero mejor que la oscuridad de un féretro que jamás volverá a abrirse (ver: Vampiros antiage: cómo mantenerse joven con el paso de los siglos).




Vampiros. I Taller gótico.


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