Vampiros antiage: cómo mantenerse joven con el paso de los siglos


Vampiros antiage: cómo mantenerse joven con el paso de los siglos.




Cuando se trata de pensar en determinados rasgos asociados a los vampiros generalmente se recurre primero a los colmillos, los ataúdes, la sed de sangre, una extrema sensibilidad a la luz, y, por supuesto, a la inmortalidad. Pero, ¿son los vampiros inmortales? Y en caso de serlo, ¿cómo se mantienen eternamente jóvenes?

La ficción nos brinda algunas respuestas interesantes.

Dentro de los clásicos —y aquí nos referimos al género gótico en particular, pero también a los primeros relatos de vampiros del siglo XX—, los vampiros no son inmortales. A lo sumo, estos envejecen muy lentamente, pero de ningún modo son eternos.

El tema del envejecimiento, muy poco utilizado en la ficción a partir de la segunda mitad del siglo XX, ocupa un rol central en las novelas de vampiros de los primeros años. De hecho, éstas parecen girar alrededor de la fascinación que produce la capacidad de los vampiros para retrasar el deterioro de la carne y mantenerse jóvenes.

Desde ya que esta promesa de inmortalidad siempre tiene un precio terrible.

Tal vez este rasgo clásico de los vampiros en la ficción esté relacionado con algunas detestables prácticas antiage de antaño. El caso más paradigmático es el de Elizabeth Bathory, quien creyó encontrar en la sangre de mujeres jóvenes la clave para la juventud eterna. Dentro de la ficción, este caso fue reflejado con maestría en el cuento de Mary Elizabeth Braddon: La buena Lady Ducayne (Good Lady Ducayne).

Los vampiros, entonces, no son inmortales —en la ficción, insisto—. De hecho, hay muchas formas de matar a un vampiro, de manera tal que el concepto de inmortalidad sencillamente no aplica. Podemos pensar, en cambio, que los vampiros no pueden tener una muerte natural, digamos, como consecuencia de un infarto o de un derrame cerebral; sin embargo, esto tampoco es así. Dentro de la antinaturalidad de los vampiros, morir debido a la exposición al sol forma parte de las reglas, aunque ésta en particular exima a otras especies, como la humana.

En todo caso, los vampiros poseen habilidades únicas, y entre ellas se destaca la de envejecer muy lentamente, a tal punto que seguramente podrían parecer inmortales a los ojos humanos. No obstante, las propiedades antiage de las prácticas vampíricas suponen grandes dificultades, y un costo que a veces no justifica el esfuerzo. El caso más notable, dentro de la ficción, es la novela de Whitley Strieber: El ansia (The Hunger).

En esta obra, Miriam Blaylock, la vampiresa, y la doctora Sarah Roberts, intentan descubrir la causa del vampirismo de Miriam, el cual parece estar relacionado con algún tipo de afección sanguínea. Dentro del universo de Strieber, cada vez que un vampiro se alimenta debe transfundir su sangre a sus víctimas, las cuales comienzan a envejecer rápidamente, cayendo en un estado de decrepitud catatónica. Sus cuerpos se marchitan, se vuelven indefensos, se transforman en cadáveres vivientes, sin capacidad motriz, mientras sus cerebros permanecen más o menos conscientes.

Miriam lleva a estos despojos de un lugar a otro, de una época a otra, encerrados en pequeñas cajas. Sufren, en definitiva, por desafiar a la naturaleza. La propia Sarah también es condenada a la decrepitud eterna en una de las cajas de Miriam, donde tiene todo el tiempo del mundo para reflexionar sobre su propia vanidad al creer que podría vivir para siempre.

El envejecimiento es el núcleo del tema de los vampiros, y casi siempre adquiere una faceta práctica, que a menudo es malinterpretada. Por ejemplo, el Drácula de Bram Stoker vive con el aspecto de un viejo decrépito en su castillo, probablemente porque sus sirvientes gitanos le aseguran un flujo constante de víctimas, de manera tal que lucir joven no es una necesidad para cazar. Pero si uno tiene pensado andar por las calles de Londres, como de hecho ocurre más adelante en la novela, el aspecto sí es importante, razón por la cual el conde se asegura una buena alimentación a bordo del Demeter y de esa forma recuperar un aspecto más joven y saludable para cazar entre los constipados victorianos.

Es posible que el tema de la inmortalidad, al menos en la ficción, sea una reacción ante las ambigüedades introducidas gradualmente por la ciencia desde el siglo XVIII. Por otro lado, es muy difícil encontrar una obra en la cual no se condene a la inmortalidad y, por oposición, se juzgue que la existencia humana requiere del consentimiento de la mortalidad.

Tampoco es necesario ir tan lejos como recurrir a la inmortalidad para explicar esto. Los vampiros, capaces de envejecer muy lentamente, a menudo son definidos por cierto egoísmo, cierta arrogancia, valores esenciales si uno, además de tener un yo, desea tenerlo para siempre.

Esta actitud revela un puritanismo estremecedor; y quizás por eso los vampiros son vulnerables a los paradigmas religiosos, representados en los crucifijos y el agua bendita. No hay una sola historia clásica de vampiros que no condene aquellas prácticas antiage, no tanto por beber sangre, que ya de por sí sería un factor cuestionable, sino más bien debido a las implicaciones filosóficas y a las consecuencias sociales de vivir más allá de los límites naturales.

En otras palabras, la inmortalidad tiene mala prensa en la ficción, y no es infrecuente que las historias de vampiros pierdan demasiado tiempo en insistir acerca de la existencia miserable que se obtiene como resultado de ese lento proceso de envejecimiento.

Hay unos pocos casos, sin embargo, en los que la longevidad excesiva, cuando es bien administrada, no entraña ningún peligro, pero tarde o temprano el vampiro termina siendo presa de la arrogancia de creerse inmortal. Esto no deja de asombrarme. Que una criatura capaz de reducirse a polvo si lo toca la luz del sol pueda cultivar una personalidad avasallante, seductora, es contradictorio con su propia naturaleza. Es la astucia, en todo caso, el único rasgo que podría generarse en estas condiciones; y ese es el único atributo que caracteriza a los vampiros que han logrado sobrevivir a su tiempo, al menos dentro de la ficción.




Vampiros. I Diario de un vampiro.


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1 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Tal vez la resignación a morir se ha convertido en un desprecio a la inmortalidad, a lo que se le parezca. Que los vampiros necesiten víctimas para lograr algo parecido, tal vez sea sólo un pretexto.
Algo no compartido por la mitología griega en que el gran deseo era el amor de una diosa, que de paso consiga la inmortalidad. Siempre que esa diosa recordará también pedir la eterna juventud para su amado.



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