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¿Qué ocurre con el alma de las mascotas fallecidas?


¿Qué ocurre con el alma de las mascotas fallecidas?




La mayoría de las religiones se mantienen en un prudente silencio con respecto al tema; sin embargo, el tema del alma de los animales, y puntualmente el alma de nuestras mascotas, encuentra algunas respuestas en las tradiciones orientales.

Todas las creencias tienen hipótesis más o menos detalladas de lo que le ocurre al alma tras la muerte. Incluso se han escrito libros para describir ese pasaje, por ejemplo, el Bardo Thodol, especie de guía de asistencia para recitar junto al óbito, de forma que su alma no se extravíe en los confusos laberintos de la incorporeidad.

¿Pero qué ocurre con el alma de las mascotas fallecidas?

Las viejas tradiciones orientales, popularizadas en occidente por la teosofía, proponen que todas las criaturas vivas en este mundo poseen alma, es decir, son entidades espirituales sujetas al ciclo de karma y reencarnación, razón por la cual deben atravesar la misma escalera de crecimiento espiritual que nosotros, ya sea de forma ascendente o descendente.

A pesar de esas similitudes genéricas, el alma de las mascotas no es del todo igual a la nuestra.

Pertenecen a un tipo de alma conocidas como "almas grupales". En otras palabras, no han pasado por la etapa de la individualización; es decir, un alma individual que ocupa un cuerpo particular en nuestro plano.

Las almas grupales tienden a lo grupal; se mueven como enormes bloques encarnados conjuntamente en muchos cuerpos de animales al mismo tiempo.

En menos palabras: los perros y gatos poseen alma, la misma, única e inseparable a pesar de que encarne en millones de cuerpos simultáneamente.

La filosofía oriental propone que el ciclo de desarrollo de las almas de las mascotas posee cualidades similares a la nuestra: encarnan, desarrollan experiencias, aprenden, mueren y reencarnan.

En parte, esta es la razón por la cual las mascotas a veces parecen asimilar algunas características de sus amos, como gustos particulares, hábitos, que no necesariamente son positivos. De hecho, al tener una mascota a nuestro cargo asumimos una responsabilidad muy grande con respecto a su desarrollo espiritual.

Ahora bien, si los animales tienen alma es justo preguntarnos cómo es la vida en el más allá de nuestras mascotas ya fallecidas.

Annie Besant, gran investigadora y teósofa del siglo XX, propuso que el tránsito de la muerte en las mascotas es muy parecida al nuestro: tras la muerte física el alma grupal abandona el cuerpo y se funde en la primera fase del cuerpo etérico, permaneciendo durante algún tiempo en nuestro plano.

Básicamente se trata de un proceso de desapego de los lugares y personas con las que la mascota convivió. En cierto momento se desprenden del cuerpo etérico y regresan al cuerpo espiritual, en este caso, el alma grupal; de tal forma que cualquier perro o gato que fallece finalmente vuelve a su esencia primordial.

Si tomamos como referencia las investigaciones de Allan Kardec, por ejemplo, así como la de otros espiritistas, no es infrecuente que el alma de los humanos incluso ayuden a las de nuestras mascotas durante su retorno al alma grupal.

Este mecanismo también se da a la inversa: cuando el vínculo de un humano con su mascota es lo suficientemente fuerte, ésta última es capaz de desprenderse por un tiempo del alma grupal para recibir al alma de su amo después de la muerte.

Ahora bien, no todas las muertes son iguales. De hecho, muchas de ellas son traumáticas, imprevistas, y en cada caso el alma reacciona de manera diferente.

Como decíamos anteriormente, el alma de las mascotas permanece durante un tiempo en nuestro plano, en general ya fundida con el cuerpo astral. En este período podemos llegar a sentir su presencia en la casa, aunque esta etapa de transición puede durar muy poco, si la muerte ha sido por vejez, o mucho tiempo, si es que nuestra mascota falleció en un accidente o debió ser sacrificada a causa de una enfermedad.

Cuando el vínculo emocional entre el humano y su mascota es fuerte, entre ambos se construye una línea de comunicación muy particular. La mascota puede entender, e incluso predecir, lo que le ocurre al humano; así como éste es capaz de deducir algún inconveniente basándose únicamente en ligeros cambios de comportamiento y hábitos. Este vínculo nunca se corta abruptamente, no importa si es el humano o la mascota el que fallece primero.

Ya en el terreno de la parapsicología, el espíritu de las mascotas pueden incluso manifestarse en nuestro plano físico. Estos eventos rara vez son espectaculares. Todo lo contrario, las manifestaciones son tan sutiles que solo el humano que los conoció y amó puede detectarlas.

No es infrecuente escucharlos y hasta olerlos cerca nuestro. Tampoco sentir su presencia en los lugares de la casa que frecuentaba más asiduamente, por ejemplo, echados sobre la cama. También son capaces de trasmitir una especie de tensión muscular; por ejemplo, análoga a la de los perros que se excitan demasiado durante sus paseos y que el dueño percibe como una corriente elécrica.

Casi todas las tradiciones aseguran que es un error estimular esos fugaces pulsos espirituales.

La función del amo es facilitar la transición hacia el alma grupal, y no buscar atraerlos hacia el plano físico. Las almas de las mascotas continúan amando a sus amos de manera incondicional, y tratan de llamar su atención durante los días posteriores a la muerte.

La responsabilidad de los amos humanos es conseguir que el adiós no sea confuso; en especial si la muerte de la mascota fue traumática.

El proceso, de hecho, no funciona como un interruptor. Las almas tienden a apegarse al vehículo físico que las contuvo hasta que paulatinamente consiguen acomodarse a su nueva realidad.

Las mascotas no son la excepción: buscan a sus amos, a su hogar, y en muchas ocasiones tardan bastante tiempo en abandonarlos definitivamente. Llorarlos excesivamente prolonga esta etapa más de lo aconsejable.

En cualquier caso, nunca está de más recordarlos con el mismo amor que sentíamos cuando estaban con vida. La muerte es simplemente el comienzo de un largo proceso que de ninguna forma nos aisla, sino todo lo contrario: nos une más allá de esas breves pero dolorosas separaciones.

Así como en vida nuestras mascotas aguardaban ansiosamente nuestro regreso a casa, echados junto a la puerta, olisqueando el aire, capaces de identificar nuestros pasos a muchos metros de distancia, el alma que los habitó llegará a desprenderse del espíritu grupal que la alberga para volver recibirnos del otro lado del umbral.




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