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«El gato»: Mary E. Wilkins Freeman; relato y análisis.


«El gato»: Mary E. Wilkins Freeman; relato y análisis.




«Él y el Gato se miraron a través de esa barrera infranqueable de silencio
que se alza entre el hombre y la bestia desde la creación del mundo.»



El gato (The Cat) es un relato fantástico de la escritora norteamericana Mary E. Wilkins Freeman (1852-1930), publicado originalmente en la edición de mayo de 1900 de la revista Harper's New Monthly.

El gato, uno de los cuentos de Mary Wilkins Freeman menos conocidos, está elaborado con astucia y paciencia, atributos de su protagonista felino. Trata, fundamentalmente, sobre la necesidad de compañía y afecto, incluso por parte de aquellos que pueden sobrevivir solos en las condiciones más duras.

El cuento nos sitúa en pleno invierno en las montañas. El dueño del Gato [un anciano] abandona la cabaña que comparte con el animal y se retira al pueblo hasta el final de la estación [«el frío cruel de las montañas se aferraba a sus entrañas como una pantera»]. Cuando conocemos al Gato está hambriento pero de ningún modo desesperado: aguarda pacientemente que el conejo que ha estado rastreando salga de su madriguera. Su inmovilidad, la espera, parecen detener el tiempo [«todos los tiempos eran uno para el Gato cuando acechaba a una presa»]. Está solo en las peores condiciones, «no había ninguna voz que lo llamara; en ningún hogar había un plato esperándolo», pero el Gato es un depredador excepcional.


«Caía la nieve, y el pelo del gato estaba rígido y en punta, pero seguía imperturbable. Permanecía sentado, preparado para el último salto, y así llevaba horas.»


El Gato piensa de vez en cuando en al anciano, a quien considera un buen hombre, pero no porque fuera su fuente de sustento, sino porque ambos se brindaban compañía. Mary Wilkins Freeman hace un trabajo soberbio al retratar la psique del animal en este aspecto: «su razonamiento era siempre secuencial y tortuoso; para él siempre sería lo que había sido, y para su maravillosa paciencia era más sencillo esperar que creer que su amo volvería».

De vuelta en la cabaña, el Gato se dispone a comerse el conejo cuando escucha una voz, afuera, entre las ráfagas de viento. Responde con un maullido que admite «la duda, el aviso, el miedo y, por fin, la camaradería». Al final el extraño consigue forzar la puerta. Es un hombre demacrado, famélico, que tiembla mientras trata de encender un fuego. El Gato sale de su escondite, desde donde ha estado evaluando la situación, y salta sobre el regazo del hombre con el conejo. El extraño se sobresalta, pero el Gato insiste en compartir su presa mientras se frota contra sus piernas y sus zapatos rotos.

Mary Wilkins Freeman describe al hombre como un «Ismael», es decir, un marginado de la sociedad; pero es amable y acepta el regalo. Cocina el conejo y lo divide por la mitad para que cada uno coma su parte. Esa noche, el hombre y el Gato duermen juntos en el catre, dándose calor mutuamente.


«El Gato pensó que era un hombre excelente. Lo amaba con todo su corazón, aunque lo conocía desde hacía tan poco tiempo y tenía un rostro a la vez lastimoso y marcadamente opuesto a lo mejor de las cosas. Era un rostro con el grisáceo sucio de la edad, con las mejillas hundidas por la fiebre y los recuerdos de la injusticia en los ojos apagados, pero el Gato lo aceptó sin cuestionarlo y lo amó.»


El hombre está demasiado débil y enfermo para cazar, así que el Gato comparte con él sus presas [que a veces le toman días de acechar a la intemperie] durante todo el invierno, excepto los ratones. A cambio, el hombre mantiene la cabaña caliente. Cada noche cenan y duermen juntos.

Un día, el Gato consigue cazar tres presas [un conejo, una perdiz y un ratón], que deposita en la puerta de la cabaña en varios viajes. Maulla para que el hombre le abra, pero nadie responde. Al cabo de un rato, el animal entra por una ventana. El hombre se ha ido.

El Gato se come al ratón, recupera fuerzas, y lleva al conejo y la perdiz al interior de la cabaña. Espera, pero no viene nadie. A los dos días empieza a comer el resto. Duerme, despierta, pero el hombre no vuelve. Sale a cazar de nuevo, consigue un pájaro, y al volver ve una luz en la ventana. Se detiene en la puerta y maulla. Su amo original ha regresado.

Este hombre lo trata como un compañero, pero no le dispensa ningún gesto de afecto. «Nunca lo acarició como ese paria más gentil». De todas formas, el Gato se frota contra sus piernas, pero no comparte el pájaro. Después de cenar, el hombre nota que la cabaña está distinta. Hay cosas que faltan [leña y tabaco, sobre todo], pero esto no parece molestarle. Al final, se sienta cerca del fuego:


«Él y el Gato se miraron a través de esa barrera infranqueable de silencio que se alza entre el hombre y la bestia desde la creación del mundo.»


El Gato de Mary Wilkins Freeman es un ejemplo de los de su especie: fuerte, independiente, ingenioso y respetuoso de sí mismo. Posee, como todos los gatos, una psicología que tiene pocos puntos de contacto con la psicología humana; excepto en su anhelo [no necesidad] de compañía y afecto. Los perros de la ficción son capaces de realizar verdaderas proezas humanísticas, desde salvar bebés de un incendio a proteger a sus amos de feroces lobos, pero el comportamiento habitual de los gatos, que posee otras virtudes, no admite tales hazañas. Mary Wilkins Freeman supera por lejos a otros relatos de gatos al centrarse específicamente en este punto donde psicología humana y la felina se fusionan [ver: La verdadera diferencia entre perros y gatos]

El Gato de la historia no es un animal domesticado. Considera que la cabaña y los terrenos adyacentes son su territorio y no se siente abandonado cuando el anciano se va. Desde luego, lo aprecia, pero no lo necesita para subsistir. Tampoco se siente amenazado ante la presencia intrusiva del extraño. La cabaña es suya y no hay nada que el hombre pueda hacer para desestabilizar su dominio. De hecho, Mary Wilkins Freeman establece que es el Gato quien acoge al extraño; es él quien acepta el vínculo y retribuye su compañía con la mitad de sus presas [excepto los ratones]. En cierto sentido, es el Gato quien domestica al hombre, ofreciéndole el conejo mientras el humano demuestra su docilidad al cocinarlo para los dos [ver: Lovecraft, los gatos y un paseo por Ulthar]

El Gato comienza con la ausencia de la civilización, que se vislumbra únicamente en las elipses del texto. Por ejemplo, el extraño lleva consigo «los recuerdos del mal», algo en su pasado entre los hombres que lo ha dejado con un sentimiento de misantropía, pero nunca se arroja luz sobre esto. Nada de eso importa para el comportamiento aristocrático del Gato. Nada de lo que el hombre haya podido hacer, nada que haya sufrido, tiene ninguna influencia ni interés para el Gato. Llega a amarlo por lo que es; es decir, por la forma en la que se relaciona con él; mejor dicho, por la forma en la que el hombre va reaccionando ante el proceso de domesticación que el animal ha iniciado desde que se conocen.

El foco de este relato de Mary Wilkins Freeman se desplaza del habitual antropocentrismo y se centra en su protagonista felino. Conocemos sus frustraciones, deseos y pensamientos, mientras que el universo interior de los dos hombres está ausente. Esto, además, modifica la concepción del tiempo. Por ejemplo, la temporalidad felina se mide en términos de satisfacción pendiente de sus deseos [de comida, de compañía, de refugio], no en horas, días y semanas.

El punto de encuentro entre la naturaleza y la civilización es la cabaña y los rituales que tienen lugar en ella [como compartir la comida y dormir juntos]. En este espacio, tanto el Gato [naturaleza] como el hombre [civilización] cambian, se aproximan mutuamente. El Gato que encontramos al principio de la historia es un cazador implacable, solitario, independiente; pero cuando se aproxima a la civilización [contacto afectivo con el hombre], decide ofrecerle el conejo que acaba de matar. En unos pocos párrafos, el Gato se ha vuelto más doméstico, incluso concede que se lo acaricie, mientras que el misántropo aprende a vivir con el felino y se vuelve más «humano», curiosamente, algo que logra junto a un animal, no con sus pares.

A simple vista, el final de El Gato es decepcionantemente conservador: el felino y el antiguo amo regresan a sus posiciones iniciales. Comparten la cabaña y se miran «a través de esa barrera infranqueable de silencio que se ha establecido entre el hombre y la bestia desde la creación del mundo». El hombre renuncia a averiguar qué ha pasado en su cabaña, a pesar de percibir una atmósfera extraña, objetos que no están en su lugar, o que directamente han desaparecido. En esencia, se rehúsa a tratar de comprender el pasado; sin embargo, el lector conoce la historia del gato y puede entender que ese pasado, en el presente, constituye una pérdida para el animal.




El gato.
The Cat, Mary E. Wilkins Freeman (1852-1930)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


La nieve caía y el pelaje del Gato estaba tieso y puntiagudo, pero él permanecía imperturbable. Estaba agachado, listo para la primavera de la muerte, como lo había estado sentado durante horas.

Era de noche, pero eso no importaba: todos los tiempos eran uno para el Gato cuando acechaba a una presa. Además, no estaba sujeto a ninguna voluntad humana, porque vivía solo ese invierno. No había ninguna voz que lo llamara; en ningún hogar había un plato esperándolo. Era completamente libre, salvo por sus propios deseos, que lo tiranizaban cuando no estaban satisfechos, como ahora.

El Gato tenía mucha hambre; estaba casi famélico, de hecho. Durante días el clima había sido muy severo, y todos los animales salvajes más débiles, que eran sus presas por herencia, se habían mantenido en sus madrigueras y nidos, y la larga caza del Gato no le había servido de nada. Pero siguió esperando con la inconcebible paciencia y persistencia de su raza.

El Gato era una criatura de convicciones absolutas, y su fe en sus deducciones nunca vaciló. El conejo había entrado allí, entre aquellas ramas bajas de pino. Ahora su pequeña abertura tenía ante sí una densa cortina de nieve, pero allí estaba. El Gato lo había visto entrar, tan parecido a una veloz sombra gris que incluso sus ojos agudos habían mirado hacia atrás en busca de la sustancia que lo seguía.

Así que se sentó y esperó y esperó en la blanca noche, escuchando con enojo el viento del norte que se iniciaba en las alturas superiores de las montañas con gritos distantes, y luego se hinchaba en un terrible crescendo de rabia y descendía en furiosas alas blancas de nieve como una bandada de feroces águilas sobre los valles y barrancos.

El Gato estaba en la ladera de una montaña, en una terraza boscosa. A unos cuantos pies de distancia, por encima de él, se alzaba una pendiente rocosa tan empinada como la pared de una catedral. El Gato nunca la había escalado: los árboles eran las escaleras que conducían a las alturas de su vida. A menudo había contemplado la roca con asombro y maullado amargamente y con resentimiento, como hace el hombre ante una Providencia amenazadora.

A su izquierda estaba el precipicio. Detrás de él, con un pequeño trecho de vegetación leñosa en medio, estaba la helada pared perpendicular de un arroyo de montaña. Delante estaba el camino hacia su casa. Cuando el conejo salió, estaba atrapado; sus pequeñas patas hendidas no podían escalar pendientes tan continuas.

Así que el Gato esperó.

El lugar en el que se encontraba parecía un torbellino del bosque. La maraña de árboles y arbustos que se aferraban a la ladera de la montaña con un severo manojo de raíces, los troncos y ramas caídos, las enredaderas que lo abrazaban todo con fuertes nudos y espirales de crecimiento, tenían un efecto curioso, como si fueran cosas que hubieran girado durante siglos en una corriente de agua furiosa, solo que no era agua, sino viento, que había dispuesto todo en líneas circulares para ceder a sus puntos de ataque más feroces.

Y ahora, sobre todo este remolino de madera y roca, troncos muertos y ramas y enredaderas, descendía la nieve. Soplaba como humo sobre la cresta de la roca que había encima; se erguía en una columna giratoria como un espectro de la muerte de la naturaleza, luego se desplomaba por el borde del precipicio y el Gato se encogía ante su feroz retroceso. Era como si agujas de hielo le pincharan la piel a través de su hermoso y espeso pelaje, pero nunca vaciló y nunca lloró. No tenía nada que ganar con llorar, y todo que perder; el conejo lo oiría y sabría que lo estaba esperando.

La oscuridad se fue haciendo cada vez más espesa, con una extraña negrura blanca. Era una noche de tormenta y muerte, añadida a la noche de la naturaleza. Las montañas estaban ocultas, envueltas, intimidadas y tumultuosamente dominadas por ella, pero en medio de todo eso aguardaba, completamente invicta, esta pequeña, inquebrantable, viva paciencia y poder bajo una capa de pelo gris.

Una ráfaga más feroz barrió la roca, giró sobre un poderoso pie de torbellino y luego se desplomó sobre el precipicio.

Entonces el Gato vio dos ojos luminosos de terror, frenéticos por el impulso de huir, vio una pequeña nariz temblorosa y dilatada, dos orejas puntiagudas, y se quedó quieto, con todos sus finos nervios y músculos tensos como cables. Entonces el conejo salió, hubo una larga línea de huida y terror encarnados, y el Gato lo atrapó.

El Gato volvió a casa, siguiendo el rastro por la nieve.

El Gato vivía en la casa que su amo había construido, tan rudimentariamente como un fortín infantil, pero lo suficientemente resistente. La nieve caía pesada sobre la leve pendiente del techo, pero no se asentaba debajo. Las dos ventanas y la puerta estaban bien cerradas, pero el Gato sabía cómo entrar. Subió a un pino que había detrás de la casa, aunque era un trabajo duro con su conejo, y se metió en su abertura debajo del alero, luego bajó la habitación de abajo, y se subió a la cama de su amo con un salto y un gran grito de triunfo, con conejo y todo.

Pero su amo no estaba allí; había estado fuera desde principios de otoño y ahora era febrero. No volvería hasta la primavera, porque era un hombre viejo y el frío cruel de las montañas se aferraba a sus entrañas como una pantera. Se había ido al pueblo a pasar el invierno.

El Gato sabía desde hacía mucho tiempo que su amo se había ido, pero su razonamiento era siempre secuencial y tortuoso; para él siempre sería lo que había sido, y para su maravillosa paciencia era más sencillo esperar que creer que su amo volvería.

Cuando vio que seguía desaparecido, arrastró al conejo desde el tosco sofá hasta el suelo, puso una patita sobre el cadáver para mantenerlo firme y empezó a roer con la cabeza ladeada para apoyar sus dientes más fuertes.

En la casa estaba más oscuro que en el bosque y el frío era igual de mortal, aunque no tan feroz. Si el Gato no hubiera recibido su abrigo de piel sin cuestionarlo de la Providencia, habría estado agradecido de tenerlo. Era de un gris moteado, blanco en la cara y el pecho, y tan espeso como el pelo puede crecer.

El viento empujaba la nieve contra las ventanas con tanta fuerza que la casa temblaba un poco. De pronto, el Gato oyó un ruido y dejó de mordisquear al conejo y escuchó, con sus brillantes ojos verdes fijos en una ventana. Entonces oyó un grito ronco, un alarido de desesperación y súplica; pero sabía que no era su amo que volvía a casa, y esperó, con una pata todavía sobre el conejo.

Luego se oyó el alarido de nuevo, y entonces el Gato respondió.

Dijo todo lo que era esencial para su propia comprensión. En su grito de respuesta había pregunta, información, advertencia, terror y, por último, la oferta de camaradería; pero el hombre que estaba fuera no lo oyó, a causa del aullido de la tormenta.

Entonces se oyó un fuerte golpe en la puerta, luego otro, y otro. El Gato arrastró a su conejo debajo de la cama. Los golpes se hicieron más fuertes y más rápidos. Era un brazo débil el que los daba, pero estaba fortalecido por la desesperación. Finalmente, la cerradura cedió y el extraño entró. Entonces el Gato, mirando desde debajo de la cama, parpadeó con una luz repentina y sus ojos verdes se entrecerraron.

El extraño encendió una cerilla y miró a su alrededor. El Gato vio un rostro salvaje y azul por el hambre y el frío, y un hombre que parecía más pobre y mayor que su pobre amo, que era un paria entre los hombres por su pobreza y el misterio de sus antecedentes; y oyó un murmullo ininteligible de angustia proveniente de la boca áspera y lastimera. Había en él tanto blasfemia como plegaria, pero el Gato no sabía nada de eso.

El extraño aseguró la puerta que había forzado, recogió un poco de leña del rincón y encendió un fuego en la vieja estufa tan rápido como sus manos medio congeladas se lo permitieron. Temblaba tan lastimosamente mientras trabajaba que el Gato sintió sus espasmos. Entonces el hombre, que era pequeño y débil y estaba marcado por las cicatrices del sufrimiento, se sentó en una de las viejas sillas y se agazapó sobre el fuego como si fuera el único amor y deseo de su alma, extendiendo sus manos amarillas como garras amarillas, y gimió.

El Gato salió de debajo de la cama y saltó sobre su regazo con el conejo. El hombre lanzó un gran grito y se sobresaltó de terror, y el Gato resbaló arañando hasta el suelo. El conejo cayó inerte, y el hombre, jadeante y espantado, se apoyó contra la pared. El Gato agarró al conejo por el cuello flojo y lo arrastró hasta los pies del hombre. Entonces levantó su grito agudo e insistente, arqueó la espalda y su cola era una espléndida pluma ondulante. Se frotó con los pies del hombre, que se le salían de los zapatos rotos.

El hombre apartó al Gato con bastante suavidad y empezó a buscar por la pequeña cabaña. Incluso subió con esfuerzo la escalera hasta el desván, encendió una cerilla y miró hacia arriba en la oscuridad con ojos forzados. Temía que pudiera haber un hombre, ya que había un Gato. Su experiencia con los hombres no había sido agradable. Era un viejo Ismael errante entre los de su especie; había tropezado con la casa de un hermano, y el hermano no estaba en casa, y estaba contento.

Volvió junto al Gato, se inclinó rígidamente y le acarició la espalda, que el animal arqueó como el resorte de un arco.

Luego tomó al conejo y lo miró ansiosamente a la luz del fuego. Sus mandíbulas se movían. Casi podría haberlo devorado crudo. Buscó a tientas, con el Gato pisándole los talones, entre unas estanterías rústicas y una mesa, y, con un gruñido de satisfacción, encontró una lámpara con aceite. La encendió; luego encontró una sartén y un cuchillo, despellejó al conejo y lo preparó para cocinarlo, con el Gato siempre a sus pies.

Cuando el olor de la carne cocinándose llenó la cabaña, tanto el hombre como el Gato parecieron lobos. El hombre dio vueltas al conejo con una mano y se agachó para acariciar al Gato con la otra. El Gato pensó que era un hombre excelente. Lo amaba con todo su corazón, aunque lo conocía desde hacía tan poco tiempo y tenía un rostro a la vez lastimoso y marcadamente opuesto a lo mejor de las cosas.

Era un rostro con el grisáceo sucio de la edad, con las mejillas hundidas por la fiebre y los recuerdos de la injusticia en los ojos apagados, pero el Gato aceptó al hombre sin cuestionarlo y lo amó. Cuando el conejo estuvo medio cocido, ni el hombre ni el gato pudieron esperar más. El hombre lo sacó del fuego, lo partió exactamente en dos mitades, le dio una al Gato y tomó la otra para él.

Comieron.

Luego el hombre apagó la luz, llamó al Gato, se subió a la cama, levantó las sábanas y se durmió con el animal en su regazo.

El hombre fue huésped del Gato durante el resto del invierno, y el invierno es largo en las montañas. El legítimo dueño de la pequeña cabaña no regresó hasta mayo. Durante todo ese tiempo el Gato trabajó duro y él mismo adelgazó bastante, porque compartía todo con su huésped, excepto los ratones. A veces la caza era cautelosa, y el fruto de la paciencia de días era muy poco para dos. Sin embargo, el hombre estaba enfermo y débil, y no podía comer mucho, lo cual era una suerte, ya que no podía cazar por sí mismo. Todo el día estaba acostado en la cama, o bien sentado junto al fuego. Era una suerte que la leña estuviera a un tiro de piedra de la puerta, porque tenía que ocuparse de eso solo.

El Gato buscaba comida incansablemente. A veces se ausentaba durante días seguidos, y al principio el hombre solía aterrorizarse, pensando que nunca volvería. Entonces oía el grito familiar en la puerta, se ponía de pie, lo dejaba entrar y los dos cenaban juntos, compartiendo por igual; luego el Gato descansaba y ronroneaba, y finalmente dormía en los brazos del hombre.

Hacia la primavera, la caza se hizo abundante; más presas salvajes se vieron tentadas a salir de sus hogares en busca de amor y de comida. Un día el Gato tuvo suerte: un conejo, una perdiz y un ratón. No pudo llevarlos todos a la vez, pero finalmente los reunió en la puerta de la casa. Entonces gritó, pero nadie respondió.

Todos los arroyos de la montaña se aflojaron y el aire estaba lleno del gorgoteo de muchas aguas, atravesado ocasionalmente por el silbido de un pájaro. Los árboles susurraban con un sonido nuevo al viento primaveral; había un rubor de color rosa y verde dorado en la superficie de una montaña distante vista a través de una abertura en el bosque. Las puntas de los arbustos estaban hinchadas y brillaban de un rojo rojizo, y de vez en cuando había una flor; pero el Gato no tenía nada que ver con las flores.

Se quedó junto a su botín en la puerta de la casa y gritó y gritó con su insistente triunfo, queja y súplica, pero nadie vino a dejarlo entrar. Entonces dejó sus pequeños tesoros en la puerta y se dirigió a la parte trasera de la casa, hacia el pino, y subió al tronco con una carrera salvaje, entró por su pequeña abertura y bajó hasta la habitación.

El hombre se había ido.

El Gato gritó de nuevo, ese grito del animal por la compañía humana que es una de las notas tristes del mundo; miró por todos los rincones; saltó a la silla junto a la ventana y miró hacia afuera; pero nadie vino.

El hombre se fue y nunca volvió.

El Gato se comió su ratón en el césped; llevó el conejo y la perdiz a la casa con mucho esfuerzo, pero el hombre no vino a compartirlos. Finalmente, en el transcurso de un día o dos, se los comió él mismo. Luego durmió largo rato en la cama y cuando despertó el hombre tampoco estaba.

Luego el Gato salió a sus cotos de caza y regresó por la noche con un pájaro gordo, pensando con su incansable persistencia que el hombre estaría allí; había una luz en la ventana y cuando gritó su viejo amo abrió la puerta y lo dejó entrar.

Su amo tenía una fuerte camaradería con el Gato, pero no afecto. Nunca lo acariciaba como ese paria más gentil, pero estaba orgulloso de él y se preocupaba por su bienestar, aunque lo había dejado solo todo el invierno sin escrúpulos. Temía que alguna desgracia le hubiera sucedido, a pesar de que era un poderoso cazador. Por lo tanto, cuando lo vio en la puerta con todo el esplendor de su brillante pelaje de invierno, su pecho blanco y su rostro brillando como la nieve al sol, su propio rostro se iluminó de bienvenida y el Gato abrazó sus pies con su cuerpo sinuoso vibrante con ronroneos de regocijo.

El Gato tenía a su pájaro para él solo, porque su amo ya tenía su propia cena cocinándose en la estufa. Después de comer, el amo tomó su pipa y fue a buscar una pequeña reserva de tabaco que había dejado en la cabaña durante el invierno. Había pensado en ello a menudo; eso y el Gato le parecían algo para volver a casa en primavera. Pero el tabaco se había acabado; no quedaba ni una mota de polvo. El hombre maldijo un poco en un tono monótono y sombrío, lo que hizo que la blasfemia perdiera su efecto habitual. Había sido, y era, un bebedor empedernido; había dado vueltas por el mundo hasta que las marcas de sus esquinas afiladas se le quedaron en el alma, que por ello se había endurecido, hasta que su sensibilidad se embotó. Era un hombre muy viejo.

Buscó el tabaco con una especie de combatividad aburrida, de persistencia; luego miró con estúpido asombro alrededor de la habitación. De repente, le pareció que muchos rasgos habían cambiado. Otra tapa de estufa estaba rota; un viejo trozo de alfombra estaba clavado sobre una ventana para protegerse del frío; la leña se había acabado. Miró y no quedaba aceite en la lata. Miró las mantas de su cama; las levantó y de nuevo emitió aquel extraño ruido gutural. Luego volvió a buscar el tabaco.

Por fin abandonó la tarea. Se sentó junto al fuego, pues en las montañas hace frío en mayo; sostuvo la pipa vacía en la boca, con la frente áspera fruncida, y él y el Gato se miraron a través de esa barrera infranqueable del silencio que se alza entre el hombre y la bestia desde la creación del mundo.

Mary E. Wilkins Freeman (1852-1930)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Mary Wilkins Freeman.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Mary E. Wilkins Freeman: El gato (The Cat), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Sredni Vashtar»: Saki; relato y análisis.


«Sredni Vashtar»: Saki; relato y análisis.




Sredni Vashtar (Sredni Vashtar) es un relato fantástico del escritor británico SakiHector Hugh Munro (1870-1916)—, publicado originalmente en la edición del 28 de mayo de 1910 de la revista Westminster Gazette y luego reeditado en la antología de 1911: Las crónicas de Clovis (The Chronicles of Clovis). Posteriormente reaparecería en Cuentos para contar en la oscuridad (Tales To Be Told in The Dark).

Sredni Vashtar, uno de los mejores cuentos de Saki, relata la historia de Conradin, un niño de diez años [a quien el médico le ha dado solo cinco años más de vida], controlado y manipulado por su tutora legal, la señora De Ropp, en todos los aspectos de su vida.

Sredni Vashtar de Saki es una historia sobre el deseo, y cómo a veces estos se vuelven realidad cuando menos lo esperas. En este caso, sin embargo, el deseo Conradin es mucho más oscuro que el de un niño promedio: venganza [ver: Georgie vs. Pennywise: el sótano arquetípico]

La historia comienza con la descripción de cómo la señora De Ropp abusa psicológicamente de Conradin. Todo lo que él disfruta en su reclusión en el hogar, ella se lo quita. La señora De Ropp no tiene sentimientos de afecto por Conradin, y lo deja suficientemente claro con sus acciones. De hecho, ella parece obtener una gratificación sádica en sus crueldades, con la excusa de que está haciéndolo «por su propio bien». Por ejemplo, cuando decide vender a la mascota de Conradin [su único amigo en el mundo], una gallina, luego trata de compensarlo con algo tan trivial como una tostada.

En este contexto, Conradin cultiva un profundo resentimiento hacia su tutora legal. La odia visceralmente, sin embargo, es importente ante ella, de modo que la única manera de satisfacer ese odio es usar su imaginación... ¡Y vaya que Conradin tiene imaginación!

Conradin no recurre a amigos imaginarios. Inventa un dios, al que llama: Sredni Vashtar.

En realidad, se trata de un hurón que el muchacho descubre encerrado en el cobertizo, donde pasa buena parte de su tiempo. Conradin le confiere el poder de un dios. Lo adora, organiza rituales y ceremonias secretas, de modo que cuando la señora De Ropp descubre que algo extraño está ocurriendo en el cobertizo, no nos sorprende que Conradin le rece a su dios para que le otorgue un deseo. Este deseo no se formula explícitamente. Conradin asume que, si Sredni Vashtar es un dios, no necesita precisiones. Podemos imaginar que el deseo de Conradin se cumple cuando la señora De Ropp muere de forma espantosa en el cobertizo.

Es interesante que Conradin elija adorar a la única cosa por la que tiene miedo y respeto. El hurón, que está encerrado en una jaula, no es nada amistoso. Conradin le tiene miedo. Afortunadamente, no puede llegar a él y se mantiene a una distancia segura. Esta criatura se convierte en su objeto de obsesión y admiración. Tanto es así que Conradin comienza a adorarlo con rituales y ofrendas. A pesar de que es consciente de lo que está haciendo [usando su imaginación], hacia el final de la historia decide borrar la frontera entre la realidad y la imaginación. «Haz una cosa por mí, Sredni Vashtar», reza Conradin. Y el dios escucha.

Sredni Vashtar de Saki nos obliga a preguntarnos: ¿cuál es la forma más eficiente de evadir la realidad? ¿Leer un buen libro? ¿Escuchar música que nos transporte a un lugar diferente? Eso puede ser útil cuando la realidad de la que tratamos de evadirnos no es tan atroz como la de un niño de diez años diagnosticado con una enfermedad terminal, quien además es abusado psicológicamente por la persona que debería cuidarlo.

En este sentido, la única vía de escape para Conradin es su imaginación, pero la suya no es una imaginación ordinaria. De hecho, Saki nos invita a considerar la posibilidad de que la imaginación no tiene nada que ver con la evasión de la realidad, sino que se trata de una dimensión mucho más vívida de la realidad misma [ver: Los cuentos de hadas y una Teoría sobre la Imaginación]

Saki tiene una larga tradición utilizando animales y niños en situaciones de desamparo en sus relatos. En su obra, los animales generalmente son presentados como superiores a los humanos [adultos], pero afines a los niños. De hecho, los adultos suelen ser deshumanizados [como la cruel señora De Ropp] y los animales elevados a una categoría superior a la humana. Al describir a Conradin en detalle, y luego permitirle triunfar en su deseo de venganza, Saki obliga al lector a cuestionar la jerarquía aceptada [en ocasiones, con ligereza] que sitúa a las personas por encima de los animales.

Sredni Vashtar es un excelente ejemplo de cómo Saki combina los elementos dispares de lo humano y lo animal y desbarata su aparente oposición [esto también puede verse en Gabriel Ernesto (Gabriel-Ernest) y Tobermory (Tobermory)]. Es por eso que el hurón deificado [Sredni Vashtar] parece comprender los deseos de Conradin.

Como defensa contra el [mal]trato que les dan los adultos, los niños protagonistas de Saki a menudo tienen un gusto singular por las fantasías oscuras. Estos impulsos imaginativos, generalmente de venganza contra los adultos, tienden a expresarse a través de los animales que poseen, y a quienes recurren en busca de consuelo en un entorno desolado. En Sredni Vashtar, Saki demuestra una situación de parentesco y colusión entre animales y niños, muy lejos de la estrategia simplista de enfrentar a animales feroces contra niños indefensos. Aquí, el niño [Conradin] se identifica con la vulnerabilidad del animal [el hurón está encerrado en una jaula, como él en la casa de la señora De Ropp], una cualidad que paradójicamente concuerda con su potencial letal.


Sredni Vashtar avanzó.
Sus pensamientos son rojos y sus dientes son blancos.
Sus enemigos clamaron por la paz, pero él les trajo la muerte.
Sredni Vashtar el Hermoso.


De este modo, Saki crea una versión bárbara del código infantil. La plegaria de Conradin, nacida de una fe forjada en su imaginación, eleva a un simple hurón a un objeto de reverencia pagana, a quien adora «con un ceremonial místico y elaborado (...) Flores rojas y bayas escarlatas fueron ofrecidas en su santuario, porque él era un dios». La señora De Ropp [representante del adulto promedio, carente de imaginación] intenta deshacerse del animal. En este punto, Saki realmente logra convencer al lector de que la muerte sangrienta de la señora De Ropp es un castigo justificado por su crueldad sostenida. No derramamos ni una lágrima por ella [ver: La maternidad fallida en «Drácula»]

Sredni Vashtar es la representación por excelencia de la desesperación del universo privado de un niño. Conradin no podría estar más alejado de ser un villano. ¿Cómo podría serlo un niño en ese contexto? Por otro lado, Saki sugiere que, a través de la imaginación, los niños pueden trascender su soledad. El cobertizo es el santuario de Conradin, un lugar puro, alejado de los maltratos de la señora De Ropp; un lugar exclusivo donde su triste realidad queda excluida. En el momento en el que la señora De Ropp decide profanar este sitio sagrado, está condenada.

El mensaje final de Sredni Vashtar de Saki es tan brillante como conmovedor: a pesar del constante castigo y las privaciones, un niño puede retener su independencia mental, aunque sea fugazmente, a través de momentos robados de fantasía privada, de imaginación, encarnada físicamente en algo tan indescifrable para un adulto como un hurón o un cobertizo sucio.

Con respecto al nombre de esta especie de dios totémico no hay mucho para decir. Ni el narrador ni el niño dan indicios de su significado, y mucho menos lo explican. Sin embargo, podemos hacer algunas deducciones. Sredniy es un adjetivo ruso que significa «medio» [Saki trabajó como corresponsal en Rusia]; y shreyas, en sánscrito, significa «bendición» [de la raiz shraddh, «fe», «creer»]. Vasha, significa «poder». En este sentido, Sredni Vashtar, podría significar «poder de la fe». Siempre es tentador sobreinterpretar estos nombres exóticos. Tal vez Saki lo eligió por su sonoridad, incluso como una onomatopeya [sredni = shred, «desgarrar», «triturar»].




Sredni Vashtar.
Sredni Vashtar, Saki (1870-1916)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Conradin tenía diez años cuando el médico expresó su opinión profesional de que no viviría otros cinco. El médico era sedoso y amanerado, y explicó poco, pero su opinión fue respaldada por la señora De Ropp, que explicaba para casi todo. La señora De Ropp era prima y tutora de Conradin, y a sus ojos representaba esas tres quintas partes del mundo que son necesarias, desagradables y reales; los otros dos quintos, en perpetuo antagonismo con los anteriores, se resumían en él mismo y en su imaginación.

Supuso que Conradin sucumbiría a la presión dominante de las cosas necesarias y tediosas, como las enfermedades, las restricciones y el aburrimiento prolongado. Sin su imaginación, que se desenfrenaba bajo el acicate de la soledad, habría sucumbido hace mucho tiempo.

La señora De Ropp nunca, en sus momentos más honestos, se habría confesado a sí misma que no le gustaba Conradin, aunque podría haber sido vagamente consciente de que frustrarlo «por su bien» era un deber que no encontraba particularmente molesto. Conradin la odiaba con una sinceridad desesperada que era perfectamente capaz de disimular. Los pocos placeres que podía idear para sí mismo ganaban un gusto adicional por la probabilidad de que desagradaran a su tutora, y del reino de su imaginación ella estaba excluida: una cosa inmunda que no debería encontrar entrada.

En el jardín aburrido y triste, dominado por tantas ventanas listas para abrirse con un mensaje de no hacer esto o aquello, o un recordatorio de que las medicinas estaban listas, encontró poca atracción. Los pocos árboles frutales que contenía estaban celosamente apartados, como si fueran especímenes raros que florecían en un desierto árido.

En un rincón olvidado, sin embargo, casi escondido detrás de unos arbustos lúgubres, había un cobertizo de herramientas en desuso de respetables proporciones, y dentro Conradin encontró un refugio, algo que se convirtió para él en una sala de juegos y una catedral. Lo había poblado con una legión de fantasmas familiares, evocados a partir de fragmentos de historia y de su propio cerebro, pero también se jactaba de dos reclusos de carne y hueso. En un rincón vivía una gallina Houdan de plumaje andrajoso, a la que el niño prodigaba un cariño que apenas tenía otra salida.

Más atrás, en la penumbra, había un gran cobertizo, dividido en dos compartimentos, uno de los cuales estaba rematado con barrotes de hierro. Esta era la morada de un gran hurón que un simpático carnicero había introducido de contrabando, con jaula y todo, en sus aposentos, a cambio de un tesoro oculto de plata pequeña.

Conradin estaba terriblemente asustado por la ágil bestia de afilados colmillos, pero era su posesión más preciada. Su sola presencia en el cobertizo era una alegría secreta y espantosa, que debía ocultarse escrupulosamente del conocimiento de la Mujer, como llamaba en privado a su prima.

Y un día, Dios de dónde lo sacó, le dio a la bestia un nombre maravilloso, y desde ese momento se convirtió en un dios y una religión.

La Mujer se entregaba a la fe una vez a la semana en una iglesia cercana y se llevaba a Conradin con ella, pero para él el servicio religioso era un rito extraño en la Casa de Rimmon. Todos los jueves, en el oscuro y mohoso silencio del cobertizo de las herramientas, adoraba con místico y elaborado ceremonial ante la cabaña de madera donde moraba Sredni Vashtar, el gran hurón.

En su santuario se ofrendaban flores rojas de estación y bayas escarlata en invierno, porque él era un dios que ponía un especial énfasis en el lado feroz e impaciente de las cosas, en oposición a la religión de la Mujer. Y en los grandes festivales esparcía nuez moscada en polvo frente a su conejera, siendo una característica importante de la ofrenda que la nuez moscada debía ser robada.

Estos festivales eran de ocurrencia irregular, y se designaban principalmente para celebrar algún evento pasajero. En una ocasión, cuando la señora De Ropp sufrió un dolor de agudo muelas durante tres días, Conradin mantuvo el festival durante los tres días completos y casi logró convencerse de que Sredni Vashtar era personalmente responsable del dolor de muelas. Si la enfermedad hubiera durado un día más, se habría repartido la provisión de nuez moscada.

La gallina Houdan nunca fue atraída al culto de Sredni Vashtar. Conradin había decidido hacía que ella era anabaptista. No pretendía tener el más remoto conocimiento de lo que era un anabaptista, pero en privado esperaba que fuera elegante y no muy respetable. La señora De Ropp era el modelo básico en el que se basaba y odiaba toda respetabilidad.

Al cabo de un rato, el ensimismamiento de Conradin en el cobertizo de las herramientas empezó a llamar la atención de su tutora.

—No es bueno para él andar holgazaneando allí bajo cualquier clima —decidió de inmediato, y una mañana anunció que la gallina Houdan había sido vendida y se la habían llevado durante la noche.

Con sus ojos miopes miró fijamente a Conradin, esperando un estallido de ira y tristeza, que estaba dispuesta a reprender con un torrente de excelentes preceptos y razonamientos. Pero Conradin no dijo nada: no había nada que decir.

Tal vez algo en su rostro pálido y firme le produjo un estremecimiento momentáneo, porque en el té de esa tarde había tostadas en la mesa, un manjar que ella solía prohibir con el argumento de que era malo para él.

—Pensé que te gustaban las tostadas —exclamó ella, con aire ofendido, al observar que él no las tocaba.

—A veces —dijo Conradin.

En el cobertizo, esa noche, hubo una innovación en la adoración del dios del aparador. Conradin solía cantar sus alabanzas, esa noche pidió una bendición.

—Haz una cosa por mí, Sredni Vashtar.

No se especificó la cosa. Como Sredni Vashtar era un dios, se suponía que lo sabía. Y ahogando un sollozo mientras miraba ese otro rincón vacío, Conradin volvió al mundo que tanto odiaba.

Y todas las noches, en la bienvenida oscuridad de su dormitorio, y todas las tardes en la penumbra del cobertizo de herramientas, resonaba la amarga letanía de Conradin:

—Haz una cosa por mí, Sredni Vashtar.

La señora De Ropp notó que las visitas al cobertizo no cesaban y un día hizo un nuevo viaje de inspección.

—¿Qué guardas en esa conejera cerrada? —preguntó—. Creo que son conejillos de Indias. Haré que se los lleven a todos.

Conradin cerró los labios con fuerza, pero la mujer registró su dormitorio hasta que encontró la llave cuidadosamente escondida, y de inmediato bajó al cobertizo para completar su descubrimiento. Era una tarde fría y le habían pedido a Conradin que se quedara en la casa. Desde la ventana más lejana del comedor se veía apenas la puerta del cobertizo más allá de la esquina de los arbustos, y allí se apostó Conradin.

Vio entrar a la Mujer, y luego la imaginó abriendo la puerta de la conejera sagrada y asomándose con sus ojos miopes al grueso lecho de paja donde yacía escondido su dios. Quizá pincharía la paja en su torpe impaciencia. Conradin respiró fervientemente su oración por última vez. Pero él sabía, mientras oraba, que no creía.

Sabía que la Mujer saldría pronto con esa sonrisa fruncida que él tanto detestaba, y que en una o dos horas el jardinero se llevaría a su maravilloso dios, un dios que ya no era más que un simple hurón en una jaula.

Y sabía que la Mujer triunfaría siempre como triunfaba ahora, y que él se volvería cada vez más enfermizo bajo su sabiduría superior, dominante y molesta, hasta que un día nada le importaría mucho más, y el médico tendría razón.

En la miseria de su derrota, comenzó a cantar en voz alta y desafiante el himno de su ídolo amenazado:


Sredni Vashtar avanzó.
Sus pensamientos son rojos y sus dientes son blancos.
Sus enemigos clamaron por la paz, pero él les trajo la muerte.
Sredni Vashtar el Hermoso.


Y luego, de repente, dejó de cantar y se acercó al cristal de la ventana.

La puerta del cobertizo seguía entreabierta como la habían dejado, y los minutos pasaban. Fueron minutos largos, pero sin embargo se deslizaron. Observó a los estorninos correr y volar en pequeños grupos por el césped; los contaba una y otra vez, con un ojo siempre en esa puerta batiente. Una criada de rostro agrio entró para poner la mesa para el té, y Conradin seguía de pie, esperando y observando.

La esperanza se había deslizado unas pulgadas en su corazón, y ahora una mirada de triunfo comenzó a brillar en sus ojos que solo habían conocido la melancólica paciencia de la derrota. En voz baja, con un furtivo júbilo, comenzó una vez más el himno de la victoria y la devastación.

Y pronto sus ojos fueron recompensados: a través de esa puerta salió una bestia alta, baja, amarilla y marrón, con ojos parpadeantes ante la luz del día menguante, y oscuras manchas húmedas alrededor del pelaje de las mandíbulas y la garganta.

Conradin cayó de rodillas.

El gran hurón se abrió paso hasta un pequeño arroyo al pie del jardín, bebió un momento, luego cruzó un pequeño puente de tablones y se perdió de vista entre los arbustos. Así se fue Sredni Vashtar.

—El té está listo —dijo la criada de rostro agrio—. ¿Dónde está la señora?

—Bajó al cobertizo hace algún tiempo —dijo Conradin.

Y mientras la doncella iba a llamar a su señora para el té, Conradin sacó un tenedor para tostar del cajón del aparador y procedió a tostarse un trozo de pan. Mientras lo tostaba y untaba con mucha manteca y el lento goce de comerla, Conradin escuchaba los ruidos y silencios que caían en rápidos espasmos más allá de la puerta del comedor.

Los fuertes gritos tontos de la criada, el coro de respuesta de las exclamaciones de asombro de la región de la cocina, los pasos apresurados y las embajadas atropelladas en busca de ayuda externa, y luego, después de una pausa, los sollozos asustados y el paso arrastrado de aquellos que llevan una carga pesada dentro de la casa.

—¿Quién se lo dirá al pobre niño? ¡No creo ser capaz! —exclamó una voz chillona.

Y, mientras debatían el asunto, Conradin se preparó otra tostada.

Saki (1870-1916)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Saki.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Saki: Sredni Vashtar (Sredni Vashtar), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Conejos blancos»: Leonora Carrington; relato y análisis.


«Conejos blancos»: Leonora Carrington; relato y análisis.




Conejos blancos (White Rabbits) es un relato de terror de la pintora y escritora inglesa Leonora Carrington (1917-2011), escrito en 1941 y publicado originalmente en la edición de septiembre de 1942 de la revista View.

Conejos blancos, posiblemente uno de los mejores cuentos de Leonora Carrington, es un relato surrealista que se encarga de transgredir algunos tabúes difíciles de abordar en el horror tradicional [ver: Casa Tabú: análisis de «Casa Tomada» de Julio Cortázar]. La herramienta que utiliza Leonora Carrington es la apropiada, ya que el Surrealismo [según el Manifiesto surrealista de André Bretón] es «puro automatismo psíquico que pretende expresar la verdadera función del pensamiento, el pensamiento dictado en ausencia de todo control ejercido por la razón y fuera de toda preocupación estética o moral». En otras palabras, el Surrealismo rompe los tabúes, las convenciones, y permite aflorar el pensamiento en estado puro, inconsciente; lo cual le da una textura onírica. De eso se trata Conejos blancos.

En Conejos blancos de Leonora Carrington, la narradora se muda a una casa con poca luz en Nueva York, donde se encuentra con una vecina que lleva un plato de huesos para alimentar a una bandada de cuervos, usando su cabello largo y negro para lavar el plato. En los primeros párrafos la autora ya ha roto varios tabúes: la manipulación de los huesos [no se sabe si son humanos o no] y la dicotomía entre sucio y limpio, encapsulada en el lavado del plato con una parte del cuerpo humano. Esto sugiere que la mujer no sigue las reglas de la sociedad en general y, dependiendo de cómo entiendas estos comportamientos, podrían incluso poner en duda que ella sea un ser humano tal como lo entendemos [ver: Apetito por la Repulsión]

La vecina le pregunta a la narradora [en tono casual] si no le sobra algo de carne podrida. La respuesta es obvia: no. Nadie guarda carne podrida. No obstante, la narradora está intrigada. Decide comprar un poco de carne y dejarla pudrirse en el transcurso de una semana. Cuando finalmente entrega la carne a la vecina en su casa, esta se la da de comer a sus mascotas: un grupo de simpáticos y carnívoros conejos blancos [«que peleaban como lobos por la carne»].

En este punto aparece el esposo de la vecina, Lázaro, molesto porque a la narradora se le ha permitido entrar a la casa. La vecina se defiende, diciendo que no tiene trato con personas desde hace más de veinte años. Acto seguido, le sugiere a la narradora que se quede con ellos, en esa casa, para siempre: «¡En siete años tu piel será como las estrellas, en siete años tendrás la santa enfermedad de la Biblia, la lepra!». Aterrorizada, la narradora huye, incapaz de no mirar atrás. La imagen es inolvidable: la vecina se despide con una mano en el aire mientras sus dedos se van cayendo como «estrellas fugaces».

Las imágenes de Conejos blancos de Leonora Carrington están cargadas de simbolismo. Hay algo particularmente inquietante en la imagen de un grupo de conejos [animales pacíficos y vegetarianos] atiborrándose de carne podrida. Podría haber alguna connotación con Alicia en el País de las Maravillas; de hecho, la narradora evita por poco caer en la madriguera hacia el extraño mundo de sus vecinos leprosos.

Ahora bien, Leonora Carrington no depende exclusivamente de imágenes transgresoras. De hecho, para transgredir algo primero debe presentar un contexto normal; en este caso, el contexto es la mudanza de la narradora a una casa nueva, donde intenta entablar amistad con sus vecinos haciéndoles este pequeño [aunque extraño] favor: conseguirle carne podrida. Es decir que la narradora, hasta aquí, sigue las normas de la cordialidad. Sin embargo, lo «normal» se revela como una construcción artificial, una fachada. Por supuesto, el pedido de la vecina de un pedazo de carne podrida es extraño, pero el acto de pedir amablemente eso que es extraño forma parte de la norma. Recién cuando la vecina invita a la narradora a formar parte de su madriguera se rompe el código de cordialidad y la mujer huye aterrorizada [ver: Lo Siniestro en la ficción: cuando lo familiar se vuelve extraño]

El bestiario interior de Leonora Carrington [más reconocida como pintora que como escritora] parece inagotable, y el modo en que explora ese zoológico personal a través del simbolismo y el análisis jungiano es brillante. Escribió esta historia en 1941. Tenía veinticuatro años y acababa de llegar a Nueva York. La narradora de Conejos blancos pasa por una transición similar hacia la adultez y la independencia, lejos de sus amigos y familiares, sola en una ciudad que puede ser aterradora. No puedo dejar de pensar en la inocente y curiosa Alicia, asaltada por lo extraño bajo la forma de un elegante [y parlante] conejo blanco al que sigue por una madriguera hacia una aventura surrealista. La protagonista de Leonora Carrington está sostenida por la misma fórmula, pero su situación está muy alejada de la infancia idílica de la que huye Alicia. De hecho, no sabemos por qué la narradora ha escapado de Londres, pero encuentra Nueva York decepcionante [«No me había imaginado Nueva York así»]. Nada parecido al País de las Maravillas [ver: ¡No salgas del camino! El Modelo «Caperucita Roja» en el Horror]

En lugar de mirar a través de una madriguera de conejo, la narradora mira a través de las ventanas. Lamentablemente, no hay ningún amigable conejo parlante, sino unos vecinos curiosos. A pesar de que ve a la mujer tirando huesos [y lavando el plato con sus cabellos], accede a buscarle algo de carne podrida. ¿Por qué? Después de todo, las señales de que algo no anda bien son evidentes. ¿Acaso la narradora está dispuesta a omitir estas señales con tal de meterse en la madriguera del conejo? [ver: La atracción por lo Macabro en la ficción]

Cuando la narradora sale se encuentra ante una casa decrépita llena de conejos hambrientos que devoran su carne rancia como lobos. Podemos llevar el simbolismo de los conejos tan lejos como querramos, pero la inferencia obvia es probablemente la correcta en este caso. Si tienes un conejo como mascota, es probable que no te lo comas; es decir, no serías una amenaza para el conejo. Sin embargo, los conejos de los vecinos comen carne, y los propios vecinos se comen a los conejos. Es una imagen discordante, una técnica pictórica traducida al lenguaje. El presagio en esta historia es el equivalente a una composición visual, donde la posición de los conejos es la guía. De hecho, desde el momento en que la narradora entra en la casa toda la historia parece transmutarse de palabras a imágenes. Lo que comienza como una historia moderna sobre una chica que se muda a Nueva York adquiere los tonos de un aterrador cuentos de hadas [ver: Los cuentos de hadas y una Teoría sobre la Imaginación]

El nombre de la calle, Pest Street [«calle plaga»] grita insalubridad. Y hay algo mal con las casas en sí mismas, «de color negro rojizo, como si hubieran sobrevivido misteriosamente del incendio de Londres». El escenario es onírico. En Pest Street «había una reminiscencia de humo que hacía que la visibilidad fuera inquietante y nebulosa», sin embargo, la narradora puede estudiar la casa de enfrente con gran detalle. Estas polaridades emergen una y otra vez a lo largo de Conejos blancos, aceptadas como perfectamente normales. La narradora parece no darse cuenta de que algo anda mal y, por lo tanto, el lector está obligado a luchar para comprender lo que está sucediendo. Esa, creo, es la clave de Conejos blancos de Leonora Carrington. No nos invita a cuestionar su extrañeza, sino que se nos pide que la aceptemos [ver: El placer estético del Horror]

Es difícil no asociar la casa de enfrente con una tumba. Está la dificultad de encontrar la puerta en primer lugar, el tirón de la campana que sale de la mano de la narradora, la puerta que se derrumba [¿Realmente se cae o es una frase poética?]. Y cuando la mujer aparece en las escaleras, «vi que su piel era blanca como la muerte y brillaba como si estuviera salpicada de miles de estrellas diminutas». Es una descripción de... ¿qué? ¿Una condición de la piel? Lázaro es un nombre asociado con los leprosos [y con los muertos redivivos] y no sorprende descubrir que el esposo de la mujer, igualmente afligido y aparentemente ciego, se llama Lázaro. Más tarde, la propia mujer afirma que tienen la «enfermedad sagrada», aunque no parecen sufrir las lesiones típicas. Hasta ahora, a su manera peculiar, Conejos blancos de Leonora Carrington cobra sentido y una enfermedad aterradora se transforma en algo extraño y perverso.

Luego están los conejos blancos y carnívoros. Algo que consideramos lindo, suave y vegetariano, se transforma en una criatura siniestra. La idea de una habitación llena de conejos [carnívoros o no] me resulta particularmente perturbadora porque no es lo que uno espera. En cierto modo, es la más mundana de las imágenes invocadas por Leonora Carrington pero, irónicamente, la que me resulta más difícil de manejar.




Conejos blancos.
White Rabbits, Leonora Carrington (1917-2011)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Ha llegado el momento de contar los hechos que comenzaron en el 40 de Pest Street. Las casas, que eran de color negro rojizo, parecían haber sobrevivido misteriosamente al incendio de Londres. La casa frente a mi ventana, cubierta ocasionalmente por una voluta de enredadera, estaba tan vacía como cualquier residencia repleta de plagas que luego sería lamida por las llamas. Esa no era la forma en que me había imaginado Nueva York.

Hacía tanto calor que me daban palpitaciones cuando me aventuraba a salir a la calle, así que me sentaba y contemplaba la casa de enfrente y, de vez en cuando, me lavaba la cara sudorosa.

La luz nunca fue muy fuerte en Pest Street. Siempre había una reminiscencia del humo que hacía que la visibilidad fuera inquietante y nebulosa; aun así, era posible estudiar la casa de enfrente con cuidado, incluso con precisión; además mis ojos siempre han sido excelentes.

Pasé varios días esperando algún tipo de movimiento, pero no hubo ninguno, y finalmente me desnudé con bastante libertad frente a mi ventana abierta e hice ejercicios de respiración con optimismo en el aire denso de Pest Street. Esto debe haber ennegrecido mis pulmones tanto como las casas.

Una tarde me lavé el cabello y me senté en la diminuta media luna de piedra que servía de balcón para secarlo. Colgué la cabeza entre las rodillas y observé cómo una botella azul chupaba el cadáver seco de una araña entre mis pies. Miré hacia arriba a través de mi cabello lacio y vi algo negro en el cielo, inquietantemente silencioso para ser un avión. Partiéndome el pelo llegué a tiempo para ver un gran cuervo posarse en el balcón de la casa de enfrente. Se sentó en la balaustrada y pareció mirar por la ventana vacía, luego asomó la cabeza debajo del ala, aparentemente en busca de piojos. Unos minutos más tarde, no me sorprendió ver las ventanas dobles abrirse y admitir a una mujer en el balcón: llevaba un plato grande lleno de huesos que vació en el suelo. Con un breve graznido apreciativo, el cuervo saltó y hurgó entre su desagradable comida.

La mujer, que tenía el cabello negro y largo como el cáñamo, limpió el plato, usando su cabello para este propósito.

Luego me miró directamente y sonrió de manera amistosa. Le devolví la sonrisa y agité una toalla. Esto pareció animarla porque movió la cabeza con coquetería y me hizo un saludo muy elegante al estilo de una reina.

—¿Tienes alguna carne en mal estado que no necesites? —gritó ella.

—¿Algo de qué? —grité de vuelta, preguntándome si mis oídos me habían engañado.

—¿Alguna carne apestosa? Carne podrida...

—No por el momento —respondí, preguntándome si estaba tratando de ser graciosa.

—¿No tendrás nada para el final de la semana? Si es así, te agradecería que me lo trajeras.

Luego dio un paso atrás en la ventana vacía y desapareció. El cuervo se fue volando.

Mi curiosidad por la casa y su ocupante me impulsó a comprar un gran trozo de carne al día siguiente. Lo puse en el balcón sobre un periódico y esperé los acontecimientos. En un tiempo comparativamente corto, el olor era tan fuerte que me vi obligada a realizar mis actividades diarias con un clip en la punta de la nariz; de vez en cuando, bajaba a la calle para respirar.

Hacia el jueves por la noche me di cuenta de que la carne estaba cambiando de color, así que aparté un manojo de moscas azules, la metí en una bolsa y me dirigí a la casa de enfrente. Observé, al bajar las escaleras, que la casera parecía esquivarme. Me tomó algún tiempo encontrar la puerta principal de la casa de enfrente. Resultó estar escondida bajo una cascada de hiedra, dando la impresión de que nadie había estado dentro o fuera de esta casa durante años. La campanilla era de esas antiguas que se tiran y, tirando de ella con más fuerza de lo que pretendía, se me quedó en la mano. Le di un empujón a la puerta y se derrumbó hacia adentro emitiendo un olor espantoso a putrefacción.

La mujer bajó corriendo las escaleras con una antorcha.

—¿Cómo estás? ¿Cómo estás? —murmuró ceremoniosamente, y me sorprendió notar que vestía un antiguo y hermoso vestido de seda verde.

Pero cuando se acercó a mí, vi que su piel era blanca como la muerte y brillaba como si estuviera salpicada de miles de estrellas diminutas.

—¿No es eso amable de tu parte? —continuó, tomándome del brazo con su mano brillante—. ¿No estarán contentos mis pobres conejitos?

Subimos las escaleras y mi compañera caminó con tanto cuidado que pensé que estaba asustada.

El tramo superior se abría a un tocador decorado con muebles barrocos de felpa roja. El suelo estaba lleno de huesos roídos y cráneos de animales.

—Es tan raro que recibamos visitas —sonrió la mujer—, que todos se escabullen a sus rincones.

Lanzó un silbido bajo y, paralizada, vi salir cautelosamente de todos los rincones unos cien conejos blancos como la nieve, con sus grandes ojos rosados, fijos, sin pestañear, enfocados en la mujer.

—Vengan, bonitos. Vengan, bonitos —susurró, metiendo la mano en mi bolsa y sacando un puñado de carne podrida.

Con una sensación de profunda repugnancia retrocedí hasta un rincón y la vi arrojando la carroña entre los conejos que luchaban como lobos por ella.

—Una se encariña mucho con ellos —prosiguió la mujer—. Cada uno tiene sus manías. Te sorprendería lo individuales que son los conejos.

Los conejos en cuestión estaban desgarrando la carne con sus dientes afilados.

—Los comemos, por supuesto, de vez en cuando. Mi esposo hace un guiso muy sabroso todos los sábados por la noche.

Entonces me llamó la atención un movimiento en un rincón y me di cuenta de que había una tercera persona en la habitación. Cuando la luz de la antorcha de la mujer le tocó la cara, vi que tenía una piel brillante como oropel en un árbol de Navidad. Estaba vestido con una túnica roja y estaba sentado muy rígido, con el perfil vuelto hacia nosotras.

Parecía ser tan inconsciente de nuestra presencia como un gran conejo macho que estaba sentado masticando un trozo de carne en su rodilla.

La mujer siguió mi mirada y se rio entre dientes:

—Ese es mi esposo, los niños solían llamarlo Lázaro.

Al oír este nombre familiar volvió la cara hacia nosotros y vi que llevaba un vendaje sobre los ojos.

—¿Ethel? —inquirió con una voz más bien delgada—. No recibiré visitas aquí. Sabes muy bien que lo he prohibido terminantemente.

—Laz, no empieces —su voz era lastimera—. No puedes regañarme por tener un poco de compañía. Hace veintitantos años que no veo una cara nueva. Además ha traído carne para los conejos.

Se dio la vuelta y me hizo señas para que me pusiera a su lado.

—Quieres quedarte con nosotros, ¿verdad, querida?

De repente me asaltó el miedo y quise salir y alejarme de esas terribles personas plateadas y los carnívoros conejos blancos.

—Creo que debo irme. Es la hora de la cena.

El hombre de la silla soltó una carcajada estridente, aterrorizando al conejo que tenía sobre las rodillas, que saltó al suelo y desapareció.

La mujer acercó tanto su rostro al mío que su aliento enfermizo pareció anestesiarme.

—¿No quieres quedarte y volverte como nosotros? ¡En siete años tu piel será como las estrellas, en siete años tendrás la santa enfermedad de la Biblia, la lepra!

Tropecé y corrí, ahogándome de horror; una curiosidad impía me hizo mirar por encima del hombro cuando llegué a la puerta principal. La vi agitando la mano sobre la barandilla, y mientras agitaba, sus dedos se cayeron al suelo como estrellas fugaces.

Leonora Carrington (1917-2011)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de terror.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Leonora Carrington: Conejos blancos (White Rabbits), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La marmota»: Allison V. Harding; relato y análisis


«La marmota»: Allison V. Harding; relato y análisis.




La marmota (The Marmot) es un relato de terror del escritora norteamericana Allison V. Harding (1919-2004), publicado originalmente en la edición de marzo de 1944 de la revista Weird Tales.

La marmota, posiblemente uno de los cuentos de Allison V. Harding más interesantes, relata la historia de Edward Allis, un hombre que afirma que hay algo extraño alojado en el interior de su pierna, «algo vivo», que poco a poco lo está devorando por dentro (ver: Vermifobia: gusanos y otros anélidos freudianos en la ficción)

SPOILERS.

Edward Allis es un hombre vanidoso y egoísta. En Serbia, irrumpe en la casa de un anciano adinerado y anuncia que lo despojará de sus objetos de valor y de su hermosa y joven esposa [para ser justos, ella está bastante predispuesta]. El imperturbable anciano lo maldice y, a partir de entonces, Edward pasa sus días y noches en una agonía insoportable, quejándose de que hay algo viviendo dentro de su pierna.

La historia es narrada por Jim, quien recibe un telegrama desesperado de Edward, su hermano, rogándole que vaya a verlo. Jim encuentra a su hermano sufriendo una enfermedad debilitante que ningún médico ha logrado diagnosticar. Al parecer, podría ser psicosomático, o al menos así lo deducen los psiquiatras, ya que los estudios no revelan nada anormal en la pierna de Edward. Finalmente es internado en un hospital psiquiátrico, donde su agonía continúa a pesar de los esfuerzos de los médicos. Eventualmente, muere, y justo cuando Jim y el psiquiatra de cabecera, el doctor Jeffries, abandonan la habitación, notan una pequeña criatura peluda, negra, saliendo de la pierna de Edward (ver: En el Manicomio: la locura en la ficción gótica)

El parásito [en términos orgánicos, no espirituales] se ha convertido en un motivo estándar del horror, pero de hecho tenía pocos precedentes cuando se publicó La marmota. Podemos pensar aquí en El parásito (Heartburn), de Hortense Calisher; La pierna humeante (The Smoking Leg) de John Metcalfe; y Lukundoo (Lukundoo) de Henry Lucas White. El relato de Allison V. Harding, sin embargo, se eleva sobre estos ejemplos, no tanto por su desarrollo, que ciertamente es eficiente y sofisticado, sino por el final. Aquí, no hay eruditos en lo oculto que crean en la historia de Edward. De hecho, nadie cree que haya una marmota en su pierna comiéndoselo por dentro. Está loco, evidentemente. Todos están convencidos de ello, tal es así que cuando Edward muere, y esta pequeña y desagradable criatura es vista saliendo del cadáver por Jim y el psiquiatra, ambos la ignoran, hacen un pacto de silencio sin formular una palabra, y continúan adelante con sus vidas, probablemente para conservar la cordura.

En general, el relato de terror incluye la presencia de un protagonista dispuesto a involucrarse en el misterio, o al menos determinado a salir de él. Además, es probable que cuente con la asistencia de un sabio o un erudito que lo ilumine en cuestiones sobrenaturales, ocultas. Esta suele ser la premisa, que Allison V. Harding revierte maravillosamente en La marmota. El narrador no le cree a su hermano, y decide mirar hacia otro lado cuando se presenta la evidencia de que Edward estaba en lo cierto después de todo. El doctor Jeffries cumple el rol del sabio, pero de forma equivocada, precisamente porque su sabiduría excluye todo aquello que no entra dentro de su marco de referencia.

Este aspecto de La marmota de Allison V. Harding no solo es brillante, sino que además pone en evidencia algunas exageraciones del género, por ejemplo, el clásico narrador que cuenta la historia en retrospectiva, al borde de la locura y el suicidio, aterrorizado por la culpa. Aquí, el narrador es conciente de que no le ha dado crédito a la historia de su hermano [que si bien era un cretino probablemente no merecía morir devorado desde adentro por una marmota], y de todos modos resuelve que no aceptará la verdad, no tanto por ser demasiado horrible, sino porque eso podría comprometer su cordura.

Allison V. Harding fue una de las colaboradoras más prolíficas de Weird Tales, con 36 relatos publicados en menos de ocho años. Si bien ninguno es una obra maestra, todos son buenos, y todos son sumamente originales.



La marmota.
La marmota, Allison V. Harding (1919-2004)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Nunca he admirado a mi hermano. Edward Allis era un fanfarrón, egoísta y vanidoso. No tenía ningún interés en el trabajo duro, la ética, y no era de mucha utilidad para mí. Después de que una pequeña herencia familiar se dividiera entre nosotros, no lo vi mucho más. Invertí mi parte en un pequeño negocio, mientras que Edward prefirió salir a explorar terrenos exóticos. ¡Buen viaje!

Aun así era mi hermano, y cuando recibí ese telegrama angustiado: Jim, ven rápido. Te necesito. Estoy desesperado, reaccioné como lo haría cualquier hombre, supongo.

No había visto a Edward desde hacía bastante tiempo, y el tono del telegrama me desconcertó. La dirección estaba en una ciudad a unas pocas horas de distancia y pude llegar allí la noche de ese mismo día.

Recuerdo la conmoción cuando vi a Edward. Es cierto, habían pasado dos años y medio desde que la última vez, pero un hombre normal no debería cambiar tanto. Me saludó casi histéricamente.

—Dios mío, me alegro de que estés aquí, Jim —su palma estaba húmeda de sudor cuando nos dimos la mano.

—Bueno, Edward, ¿de qué se trata todo esto?

Noté que sus habitaciones eran cómodas en un departamento de buen gusto. Sin hablar, me indicó distraídamente una silla. Me senté y miré a mi hermano que caminaba frente a mí. Sus pequeños ojos de cerdo que antes me desagradaban, ojos furtivos que siempre eran la señal de alguna diablura, ahora estaban dilatados por el miedo. Me quedé callado, esperando que rompiera el silencio. Sus pequeños movimientos rápidos y nerviosos se detuvieron de repente y se paró frente a mí.

—Jim, los médicos me dicen que estoy, bueno, loco. Quieren que vaya a algún lugar para recibir tratamiento.

Controlé mi sorpresa y él no hizo ningún comentario. Edward prosiguió.

—¡Pero es indignante! Ojalá pudiera hacer que me creas.

—Empieza por el principio —sugerí—. Después de todo este tiempo, tú y tus asuntos me resultan extraños.

Edward se obligó a sentarse en una silla a mi lado, la corbata había perdido peso, noté, y su rostro, una vez redondo, había adelgazado increíblemente.

—Mira, Jim. Quiero que vayas a ver al doctor Jeffries. Él es el hombre que me atiende. He visto a muchos otros, pero se supone que él es el mejor. Tú y yo no siempre nos llevamos bien, pero sabes que no estoy loco. ¡Sabes que eso es absurdo!

—No entiendo... —comencé.

Edward se apresuró:

—Verás, tengo una especie de aflicción, pero es algo físico. No es mental. Sé que no lo es. ¡Sé que no lo es!

Aclaré mi garganta.

—A lo que se reduce todo esto, Ed, es que quieres que vaya a ver al doctor Jeffries y responda por tu cordura. ¿No es un poco tonto? Quiero decir, ¿qué peso tendrían mis opiniones? No he puesto los ojos en ti durante, bueno, ¿cuánto ha pasado? ¿Casi tres años?

Edward se levantó y se acercó. Agarró mi brazo con un espasmo nervioso.

—Jim, al menos ven conmigo. Ven conmigo a lo del doctor Jeffries mañana por la mañana. Nunca nos hemos pedido mucho el uno al otro. Tienes que hacerlo por mí.

Asentí con cansancio.

—Está bien, Ed. ¿Puedo quedarme a pasar la noche?

Él sonrió y me dio unas palmaditas.

—Claro, claro. Estoy muy contento de que te quedes.

Me acosté en la habitación de invitados, junto a la de Edward. Había traído algunas órdenes y decidí estudiarlas después de meterme en la cama. Mi negocio aún era joven y tenía un gran interés en él.

Supongo que mi concentración en estos asuntos personales era tan grande que los ruidos de la habitación contigua se convirtieron en gritos a todo trapo antes de que los escuchara. Sin calzarme, caminé por el frío suelo hasta la puerta que conducía a la habitación contigua. Estaba abierta. Mi hermano estaba encima de su cama, doblado en agonía. Un extraño, horrible silbido salía de él.

—Por el amor de Dios, Ed, ¿qué pasa?

Pensé fugazmente en un ataque de apendicitis aguda pero luego vi que se estaba agarrando la parte superior de su pierna derecha. Cuando puse mis manos sobre él, los paroxismos de dolor parecieron pasar. Se estremeció bajo mi agarre y se enderezó de su postura de navaja, aunque todavía agarrándose el muslo. Me quedé junto a él.

—Esto es lo que me han estado diciendo que es mental —dijo con una voz debilitada—. ¡Mental! ¿Entiendes, Jim? Me dicen que me estoy imaginando esto.

—¿Qué cosa?

—Este dolor. Este espantoso algo en mi pierna.

—En el nombre del cielo, hombre, dime a qué te refieres.

Edward me miró con horror y desesperación. Se tocó el muslo.

—Hay algo ahí, Jim. Algo vivo. ¡Quiere matarme!

Vimos al doctor Jeffries a las 10 en punto de la mañana siguiente. El psiquiatra, porque eso es lo que resultó ser, era un anciano cuya personalidad contundente se podía sentir en el momento en que uno entraba en su consulta. Edward se lanzó inmediatamente a una descripción minuciosa de su ataque de la noche anterior. Se volvió hacia mí en busca de corroboración. Asentí lentamente.

—Sí, lo vi, doctor. Obviamente, mi hermano tenía mucho dolor.

El doctor Jeffries sonrió amablemente.

—Por supuesto, por supuesto. Tiene un gran dolor, señor Allis, pero la causa de ese dolor —se dio unos golpecitos en la frente de manera significativa—, está aquí.

La reacción de Edward a este anuncio fue inmediata.

—Es imposible, se lo digo. Sé lo que siento. ¡Está ahí! Hay algo ahí en mi pierna. Iré a otra parte. Intentaré con otro médico.

El doctor Jeffries negó con la cabeza.

—Haga lo que desea.

Miró directamente a Edward.

—Ahora, me pregunto si te importaría dejarme a solas con tu hermano.

Edward salió de la habitación Después de que la puerta se cerró de nuevo, el médico se volvió hacia mí.

—Es bueno que esté aquí para cuidarlo, señor Allis. Su hermano está muy enfermo.

—¿No me diría la situación, doctor? Sé tan poco... Lo vi anoche por primera vez en dos años y medio. Ha estado fuera del país durante gran parte de ese tiempo, creo. Sabía que viajaba, pero nunca nos mantuvimos en contacto.

—Entonces probablemente sepa más sobre él, señor Allis, que usted. Es un caso interesante. No nos facilita las cosas. Debería estar bajo tratamiento constante.

Me incliné hacia adelante.

—No cuestiono su juicio sobre el caso. doctor Jeffries. Sin embargo, como dije antes, vi este ataque anoche. Juro que mi hermano estaba sufriendo una tortura infernal. Dolor físico real. Se agarró la pierna en agonía y me dijo que había algo, eso es lo que dijo, algo allí que lo mataría.

—Precisamente. Esa ha sido su historia todo el tiempo, señor Allis. Al principio fue a los médicos generales y se puso en ridículo exigiendo radiografías y sometiéndose a otros procedimientos clínicos. Ya sabe, la mente hace muchas cosas extrañas. Puede engañar, hacernos creer que una parte u otra de nuestra anatomía es el lugar de un dolor insoportable.

—¿Quiere decir entonces que realmente está loco?

El doctor Jeffries hizo una reverencia.

—¿Loco? ¿Qué significa esa palabra? Ese es un término ineficaz, en el mejor de los casos. Quizás todos nosotros somos un poco lo que el profano llama «locos». Digamos simplemente que su hermano necesita desesperadamente atención. Él es claramente un caso mental.

—Bueno, ¿qué hacemos entonces, doctor?

Jeffries jugueteó con el secante de su escritorio.

—Sencillo. Debe ser enviado a algún lugar donde pueda estar bajo supervisión. Le recomiendo que obtenga el consentimiento de Edward para que podamos enviarlo a Harwood Home. Allí recibirá una excelente atención. Si hay alguna esperanza de sacarlo de esta condición radica en seguir ese rumbo.

Lo consideré durante unos momentos.

—Lo que dice parece tener sentido. Por supuesto, siento que, para ser justos con mi hermano, debería obtener otra opinión.

Jeffries sonrió.

—Por supuesto, señor Allis. Edward ha estado con varios otros psiquiatras aquí en la ciudad. Estoy seguro de que encontrará que están de acuerdo con mi diagnóstico. He hablado de su problema con ellos.

—Bien, supongo que eso es suficiente —dije después de pensarlo un momento—. Dígame algo más. La fraseología de Edward fue extraña anoche. Estaba cansado y la conmoción de ser sorprendido por sus gritos fue terrible, pero me encontré mórbidamente fascinado por su insistencia de que había algo en su pierna. Doctor, usó el término «algo vivo».

—Oh, eso es muy simple, señor Allis. De hecho, encontré la clave cuando psicoanalicé a su hermano hace algún tiempo. Bajo un sedante, la hipnosis reveló un pequeño episodio bastante espantoso que tuvo lugar durante sus viajes al extranjero. Digo espantoso deliberadamente, porque, francamente, no es un cumplido para Edward. Él ni siquiera insinúa esta historia excepto, como digo, cuando está bajo la influencia hipnótica.

—Continúe —urgí con entusiasmo.

—Bueno —comenzó el doctor Jeffries—. Usted sabe que a su hermano le gustaba moverse mucho. Era un hombre codicioso, aventurero, aficionado a coleccionar curiosidades valiosas y corazones de mujeres, si podía. ¿Esto no es nada nuevo para usted?

Negué con la cabeza.

—Edward ha hecho muchas cosas que yo he desaprobado, doctor. Conozco sus defectos.

—¿Sabía que estuvo en Serbia?

—Vagamente, sí.

—Bueno, en Serbia, Edward, persiguiendo sus objetivos egoístas habituales, tuvo una experiencia de lo más desafortunada con una familia euroasiática de cierto prestigio y poder en la comunidad. Además, el episodio debe haber causado una impresión anormalmente poderosa en su mente. Parece que se enamoró de la mujer de un euroasiático. La cortejó y aparentemente la ganó. Una vez, a pesar de sus advertencias, la siguió a su casa.

El doctor Jeffries barajó algunos papeles en su escritorio.

—Tomé un registro muy completo de esta impresión. Lo tengo aquí con el historial del caso de Edward.

Miró hacia abajo.

—Sí. Aparte de la belleza, esta mujer representaba la riqueza. Edward la siguió una noche y entró en la casa del euroasiático. Una vez dentro, le dijo al hombre que su esposa debía ser suya. Además, comenzó a codiciar cualquier objeto de la casa que le llamara la atención. El anciano, aunque lisiado, lo desafió, y Edward lo golpeó brutalmente. Ante esto, el euroasiático comenzó a pronunciar ciertas sílabas ininteligibles. Eso enfureció a Edward aún más.

»Pero Edward se negó a retirarse y en su lugar se rió y se burló del viejo, llamándolo loco y finalmente golpeándolo de nuevo. En este punto, Edward notó un pequeño animal. Por su descripción, diría que una marmota. Esta criatura estaba agachada al lado del viejo. El euroasiático le dijo a Edward que nunca tendría a su mujer ni a sus objetos de valor y que él, Edward, sería el que se volvería loco. Y de todo lo que tenía, estaba dando solo su marmota para quedarse con Edward hasta que perdiera la razón.

»Ante esto, según la historia de Edward, la marmota saltó hacia él y lo mordió severamente en el muslo y luego desapareció mágicamente antes de que Edward pudiera matarla. El dolor atravesó la embriaguez de Edward y salió bruscamente de la casa con el viejo cacareando de júbilo detrás.

»Nunca volvió a este lugar. Al parecer, todo el episodio lo llenó de un pavor supersticioso, mórbido, por lo que inmediatamente abandonó el país.

Jeffries apartó la vista de los documentos del historial del caso.

—Suena como una buena historia de ficción —dije.

—Un hombre del calibre de su hermano podría meterse fácilmente en un lío como ese. Se ha aferrado a esa experiencia, lo cual le genera un sentimiento de culpa y un intenso miedo supersticioso.

—Bueno —dije—, ¿qué hay de esta cosa en su pierna?

—¿No lo ve? —dijo el doctor Jeffries—. ¡Él cree que la marmota está en su pierna!

Jadeé.

—Es extraño —reflexioné después de un minuto—. La maldición del euroasiático, o como quiera llamarla, parece haberse hecho realidad. Edward se ha vuelto loco.

Jeffries frunció los labios.

—Todo eso es una tontería. Su hermano, debido al tipo de vida que ha vivido, y probablemente debido a ciertas cualidades inherentes, es susceptible a la clase de insinuación que esto constituye. Ya sabe, a menudo se ha dicho y demostrado que el poder de la maldición vudú radica en las creencias morbosas de las víctimas.

Vi su punto. Jeffries prosiguió.

—Por eso sigue insistiendo en exámenes físicos y radiografías. Incluso me ha sugerido que hagamos una operación exploratoria en su pierna. Aunque no lo ha admitido conscientemente, está buscando a la marmota.

—Está bien, doctor. Supongo que debo estar de acuerdo con usted. Tenemos que ponerlo en un lugar donde lo atiendan adecuadamente.

Pasé tres de los días más difíciles de mi vida tratando de convencer a Edward de la necesidad de ir a Harwood Home. Finalmente, lo logré, pero solo porque el doctor Jeffries y yo concebimos la brillante idea de sugerir que podría ser muy recomendable abrir la pierna para una investigación, y esto, por supuesto, requeriría hospitalización.

Edward firmó entonces los papeles necesarios sin mucha dificultad. Lo acompañé al lugar y me convencí de que recibiría todos los cuidados. El doctor Jeffries todavía estaba a cargo y debía visitarlo varias veces a la semana. Tenía la intención de venir de vez en cuando desde mi casa.

Tres semanas después recibí la citación del doctor Jeffries. Fue críptica, Me instaba a ir a Harwood Home lo antes posible. Cuando llegué, Jeffries envió a buscarme y me explicó de inmediato el motivo de su telegrama.

—No dudo ni por un momento de mi diagnóstico original, señor Allis, pero pensé que debería saberlo. Su hermano está muy enfermo tanto física como mentalmente. Estos paroxismos de dolor ocurren con más frecuencia. Casi nunca come. Lo mantenemos bajo sedantes tanto como es posible. Pensé que debería explicárselo antes de que lo vea. Su apariencia puede ser algo… impactante.

Me alegré de que me lo advirtiera, porque mi hermano estaba casi consumido. Su rostro tenía un aspecto agudo, su nariz parecía haberse alargado y afilado, sus orejas y labios tenían un tinte azulado. Sus ojos brillaban por la fiebre, o por las ganas de verme, no sabía cuál.

—Bueno, viejo —dije con un intento de cordialidad—. El doctor Jeffries me dice que no estás siendo tan buen paciente.

—Jim —dijo—, ha sido un infierno. Cada día ha sido peor.

Frunció el ceño a la enfermera que estaba llenando su jarra de agua hasta que ella salió de la habitación.

—Mira. Mira esto.

Con un movimiento convulsivo se quitó las mantas y la sábana de las piernas. Miré su muslo derecho debajo de la pernera enrollada del pijama. Esta vez no pude contenerme. Tenía la pierna hinchada, de color violáceo en la parte superior.

—¿No ves? —gritó—. Hay algo horrible ahí. Me está subiendo por la pierna y no harán nada al respecto. ¡Me está comiendo por dentro!

Su voz se elevó histéricamente y una enfermera entró a la habitación. Le di una palmada en el hombro y salí al pasillo. Indignado, exigí ver al doctor Jeffries y finalmente lo arrinconé en un piso de abajo.

—¿Qué sucede con su pierna? —exigí—. Doctor, está hinchada. Claramente está mal.

Jeffries frunció el ceño.

—Así que la vio. Todos somos conscientes de eso, señor Allis. Pero, como ya sabe, la mente funciona de manera extraña...

—¡Al diablo con la mente! —dije—. Eso no es imaginación. Tiene una hinchazón allí. Parece como si tuviera veneno.

—Escúcheme, señor Allis. Debo ceñirme a mi diagnóstico inicial. ¿Sabe, señor, que su hermano se pasa casi todo el día pellizcando y masajeando la zona? Está obsesionado con la idea de que le están comiendo la pierna. Incluso le hemos permitido la concesión de hacerle otra serie de radiografías aquí. No muestran ninguna patología, pero él insiste en que tiene algo en el muslo, la marmota.

Yo estaba en silencio. Jeffries habló de nuevo:

—¿Puede hacer arreglos para quedarse unos días? Podría ser beneficioso para Edward.

Estuve de acuerdo.

Pero no fue por unos días, porque esa noche mi hermano murió.

Yo estaba junto a su cama cuando falleció, al igual que el doctor Jeffries. Tan frenéticas habían sido sus convulsiones, tan fanática su obsesión que, con sus propias manos, se había desgarrado cruelmente la pierna ya hinchada. En su estado debilitado, casi muerto de hambre, la angustia y la agonía de esos últimos momentos fueron demasiado para él. Recuerdo mi disgusto cuando me senté junto a su cama. La ropa de cama flojamente colgada estaba mojada con la sangre de su agonía final. Mi hermano había sido un loco en los últimos minutos de su vida.

Finalmente me levanté con el doctor Jeffries para salir de la habitación.

Estuvimos solos por un minuto, y caminamos hacia la puerta, su mano en mi hombro.

—Tal vez sea mejor así, señor Allis.

Abrí la boca para hablar cuando mi ojo captó un ligero movimiento en el rincón oscuro de la habitación. Me acerqué, Jeffries todavía estaba a mi lado. Miré, y una sensación de horror líquido, sordo, se apoderó de mí hasta que mi cuero cabelludo se erizó con una humedad sobrenatural. Porque allí, agachada en un rincón, había una criatura diminuta pero robusta, de piernas cortas, con su áspero pelaje enmarañado con sangre desde las orejas pequeñas hasta la cola corta y tupida. Simplemente se quedó allí, sentada, observándonos en silencio.

Entonces jadeé y me tambaleé hacia el pasillo.

Sentí más que vi a Jeffries todavía a mi lado. Su rostro estaba gris verdoso por la palidez. Pero ninguno de los dos habló. Ahora, pensándolo bien, ese hecho no parece extraño, porque Dios sabe que valoro mi cordura por encima de todo lo demás en el mundo.

Allison V. Harding (1919-2004)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Allison V. Harding.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Allison V. Harding: La marmota (The Marmot), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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