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«Invocación negra»: Paul Ernst; relato y análisis


«Invocación negra»: Paul Ernst; relato y análisis.




Invocación negra (Black Invocation) es un relato de terror del escritor norteamericano Paul Ernst (1899-1985), publicado originalmente en la edición de junio de 1932 de la revista Weird Tales.

Invocación negra, entre los mejores cuentos de Paul Ernst, relata la historia de dos investigadores paranormales cansados de estudiar fraudes vulgares, quienes realizan un último intento por encontrar un suceso sobrenatural real, objetivo, que no deje dudas sobre su autenticidad (ver: Detectives paranormales en la ficción). Para ello cuentan con un antiguo pergamino, escrito en latín, con una invocación que nunca antes habían visto.

SPOILERS.

Estos dos investigadores contactan a un sujeto misterioso, llamado Abracelli, una especie de nigromante y experto en ocultismo, quien los asesora sobre la correcta pronunciación del latín; según él, la única forma de que la invocación obtenga respuesta.

Invocación negra de Paul Ernst se apoya sobre una teoría a la cual también suscribía H.P. Lovecraft (¿Cómo se pronuncia «Cthulhu» en realidad?): el significado de las palabras de una invocación, de un hechizo o de un entantamiento, son menos importantes que el sonido de esas palabras, su correcta inflexión, su ritmo. En la secuencia correcta, esos sonidos producen vibraciones capaces de abrir una especie de portal interdimensional, o al menos reducir la frontera que separa nuestra realidad de otros planos.


Ciertos sonidos definidos, en series precisas, podrían generar vibraciones que actuarían sobre sustancias ordinariamente invisibles e intangibles para nosotros, de tal manera que las haga tangibles y visibles, hacer que abandonen su propia dimensión, sea cual sea, y pasen a la nuestra.


Es decir que estos seres interdimensionales no serían invocados realmente por el significado de las palabras que constituyen el encantamiento propiamente dicho, sino por la singular combinación de ondas sonoras causadas por una secuencia particular de vocales y consontantes, en este caso, en latín. Según esta hipótesis, la razón por la cual los encantamientos mágicos no funcionan (digamos, en la mayoría de los casos) se debe a una pronunciación incorrecta, a unas inflexiones inadecuadas en el ritmo y tono de voz del oficiante, que no consiguen emitir la secuencia vibratoria necesaria para sincronizar nuestro plano de existencia con el otro lado.

En este punto de Invocación negra de Paul Ernst aparece este extraño sujeto: Abracelli, quien afirma saber exactamente cómo se pronunciaba el latín en tiempos de los romanos (algo que nadie sabe realmente), el énfasis preciso que requiere cada palabra; y aunque al principio se muestra reacio a compartir ese conocimiento, finalmente cede ante la insistencia de los investigadores, quienes se disponen a pronunciar la invocación. El objetivo es una especie de elemental, y el rito propiamente dicho le debe mucho a cuento de E.F. Benson: La cosa en el salón (The Thing in the Hall).




Invocación negra.
Black Invocation, Paul Ernst (1899-1985)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Mi teléfono sonó una noche, hace aproximadamente un mes. Del otro lado del cable estaba Bryce Woodward.

—¿Tienes tiempo para un poco de investigación psíquica esta noche? —preguntó.

—¿Más médiums —contrarresté. En varias ocasiones salí con Bryce a visitar mediums psíquicos cuyos poderes se limitaban a trucos con espejos, mesas huecas y amplificadores de sonido.

—No —dijo Bryce—, esto es algo diferente. Otro experimento con invocación. ¿Quieres sumarte?

—Supongo que sí —dije.

—Está bien. En media hora pasaré a buscarte. Te lo explicaré entonces.

En menos de la media hora designada estuvo en mi puerta. Sus ojos oscuros brillaban con una ligera mitad de entusiasmo y mitad de diversión.

Una palabra aquí con respecto a Bryce Woodward: un joven con un ingreso heredado, se entretuvo desde que dejó la universidad con estudios de cosas psíquicas, sobrenaturales y anormales. Más bien, se entretuvo al exponer presuntas demostraciones de esas cosas como falsificaciones. Y yo, interesado desde un punto de vista profesional en la medida en que soy un médico principiante, a menudo he ido con él. Por lo demás, Bryce es alto y muy oscuro, con una cara escasamente barbuda pero de aspecto viril en la que, bajo las cejas pesadas que tienen una especie de inclinación satánica, se observan ojos profundos y oscuros. Un buen tipo, aunque inclinado a ser un poco misterioso y reservado.

—Volveremos a la Roma del siglo VI —dijo, mientras yo estaba tomando mi sombrero—. ¿Recuerdas ese viejo tratado sobre demonología que aprendí en París dos años?

Asentí.

—¿El fragmento que instruye a los estudiantes de Magia Negra sobre cómo invocar demonios y esas cosas? Sí, lo recuerdo.

—Bueno, vamos a trabajar con eso —dijo Bryce.

Recordé una noche entera que habíamos pasado con eso, pronunciando solemnemente en voz alta ciertas palabras místicas en latín que garantizaban la invocación de seres extraños del mundo exterior. Ningún ser extraño había respondido.

—Esta noche será diferente —dijo Bryce, cuando le recordé nuestro fracaso.

Salimos de mi departamento y comenzamos a caminar hacia el norte, con nuestro destino aún sin mencionado por él. De vez en cuando le miraba de reojo. Nunca había sido capaz de descubrir cuáles eran sus verdaderas creencias en lo sobrenatural. Parecía siempre estar seguro de que sería decepcionado en su búsqueda de pruebas psíquicas. Sin embargo, por extraño que parezca, siempre tener la esperanza de encontrarlos esta vez.

—¿Recuerdas la teoría que expuse esa noche que trabajamos con un poco de pergamino? —preguntó.

Lo había olvidado, así que él me lo recordó.

—Tenía la idea de que ciertos sonidos definidos, en series precisas, podrían generar vibraciones, por así decirlo, que actuarían sobre sustancias ordinariamente invisibles e intangibles para nosotros, de tal manera que las haga tangibles y visibles, hacer que abandonen su propia dimensión, sea cual sea, y pasen a la nuestra.

—¿A qué te refieres con sustancias? —pregunté.

Él se encogió de hombros.

—¿Quién sabe? Monstruos, fantasmas, los seres que conocemos como ángeles, cualquier cosa podría responder. Según mi hipótesis, estos seres solo responden a una cierta secuencia de sílabas definitivamente pronunciadas, como el dispositivo eléctrico que abre una puerta en respuesta a la orden vibratoria de una determinada contraseña a la que se ha ajustado.

—Pero una vez intentamos invocar a los espíritus pronunciando las sílabas de esa vieja frase latina en el pergamino, y no llegamos a ninguna parte.

—Hay una posible razón para nuestro fracaso. No sabíamos cómo pronunciar el latín correctamente. Ningún hombre vivo sabe cómo hacerlo. Al menos, eso pensaba hasta ayer —su voz se apagó.

—¿Y ahora has encontrado a alguien que puede hablar latín como se habló hace dos mil años?

—Encontré a un hombre que dice ser capaz de hacerlo. Es asistente de conserje en el Hotel Larchmont —agregó.

Parecía que nuestra noche iba a ser tan infructuosa como cualquiera de las anteriores.

—Conocí al hombre, un italiano del norte de Milán, en una vieja librería ayer por la tarde. Nos pusimos a hablar y, como era su tarde libre, lo invité a mi casa. Le mostré la vieja hoja de pergamino con el encantamiento de la Magia Negra, y él se mostró muy interesado. Fue entonces cuando afirmó que podía hablar latín con su inflexión original y natural.

—¿Te explicó cómo obtuvo esa habilidad? —pregunté.

—No lo explicó. Simplemente lo afirmó. Luego preguntó si podía llevar el pergamino a sus habitaciones en el sótano. Confesó estar interesado en el saber espiritual, dijo que esto parecía un verdadero tesoro, y quería examinarlo más de cerca. Se lo presté. Esta tarde llamó y me rogó con urgencia que fuera a buscarlo. No podía alejarse de sus deberes el tiempo suficiente para entregarlo en persona. Pensé que había una gran cantidad de nerviosismo en su voz, como si tuviera miedo de algo.

—¿Y entonces? —dije después de caminar media cuadra en silencio.

—Bueno, ¿no lo ves? Aquí tenemos una frase mágica supuestamente auténtica que hará que las cosas fabulosas se materialicen desde el otro mundo, o desde la quinta o sexta dimensión, como quieras llamarlo. Además, aquí tenemos a un hombre que dice que puede pronunciar la frase correctamente, fonéticamente, tal como lo escribió un viejo nigromante, estableciendo la antigua serie de vibración sonora que nosotros, en nuestra torpe pronunciación de una lengua muerta, no pudimos lograr. Si esto es cierto podría abrirse una puerta psíquica entre mundos. Puede ser interesante.

En este punto llegamos al Hotel Larchmont, un enorme pero modesto edificio para residentes de clase media en la periferia de la Costa Dorada de Chicago.

Bryce bajó un tramo de escaleras de hormigón y llamó al timbre. La puerta ante nosotros se abrió rápidamente, y entramos para enfrentar a un hombre que evidentemente era el que Bryce había mencionado.

Confieso que me sorprendió un poco su apariencia. Para empezar, no parecía el tipo de hombre que uno esperaría ver en un trabajo que requería fuerza física. Era delgado de cuerpo, con manos artísticas. Su cabello era blanco como la nieve, aunque no podía tener más de cuarenta y cinco años; y su frente y ojos eran los de un hombre inteligente, con una mentalidad estudiosa. Sus ojos, por cierto, no eran el marrón líquido generalmente atribuido a los hijos de Italia, sino de un azul grisáceo, como lo son los ojos de tantos italianos nacidos al pie de los Alpes. En ellos había una inquietante melancolía, como sombras de miedos lejanos.

Bryce se refirió a él como señor Abracelli cuando nos presentó. El hombre hizo una reverencia.

—¿Vendrán a mis habitaciones? —nos invitó, con una manera pulida y un acento inglés que hablaba de una excelente educación.

Lo seguimos por un pasillo y llegamos al departamento. Tuve un segundo momento de impresión entramos.

El apartamento constaba de una gran sala de estar, una pequeña alcoba para dormir y una cocina americana sin usar. Esta sala de estar estaba amueblada como el estudio de un hechicero charlatán. Había una pequeña bola de cristal en una esquina, descubierta, como si Abracelli la hubiera estado mirando cuando tocamos el timbre. Había un montón de hierbas aromáticas en una mesa auxiliar. Una calavera colgaba de un alambre al lado de la puerta de la cocina. Las paredes estaban cubiertas con una tela de algodón negro, dispuestas de manera que las pequeñas ventanas pudieran cubrirse si se deseaba apagar toda la luz. Un mortero, del tipo utilizado por los farmacéuticos, estaba en otra mesa auxiliar, con un residuo de algún polvo grisáceo.

—A veces me divierto con pequeños experimentos —dijo Abracelli. con una ola despreciativa alrededor de sus posesiones inusuales. Esa fue toda la explicación que ofreció.

Abrió un baúl barato y maltratado, y sacó una gruesa hoja de pergamino descolorida, que reconocí como la que Bryce y yo habíamos estudiado en vano la noche que mencioné. Manipuló la cosa de la manera más peculiar, como si estuviera caliente, pero con algo de fuerza también, como si temiera que explotara si la dejaba caer.

—¿Qué piensa de eso? —preguntó Bryce con gran deferencia; evidentemente pensaba que estaba tratando con un experto—. ¿Es genuino?

Abracelli asintió con la cabeza.

—Es indudablemente genuino —dijo—. Y si fuera mío lo arrojaría al horno.

—¿Entonces cree que el encantamiento funcionaría?

Miré de cerca a Abracelli, curioso por ver cuánta superstición (como siempre he etiquetado todas estas cosas) podría encontrar un lugar en su intelecto obviamente agudo. Vi un rápido espasmo nervioso contorsionar su rostro.

—Estoy seguro de que funcionaría —dijo en voz baja.

—¿Lo ha probado? —exigió Bryce.

¡Dio! ¡No! ¡Hay cosas en la vida que es mejor dejar tranquilas!

—¿Repetiría el encantamiento para nosotros?

—No por nada en la tierra, signor —dijo Abracelli, en un tono definitivo.

Bryce parecía decepcionado.

—Esperaba que pusiera su notable conocimiento del latín a nuestra disposición —dijo—. Le pagaré bien.

—Ningún pago podría ser lo suficientemente alto.

—Pero, ¿qué es exactamente lo que teme? —preguntó Bryce—. ¿Qué tipo de criatura, o sombra, espera que responda a la invocación?

Abracelli sacudió la cabeza.

—No lo sé. Algo lo suficientemente terrible. No lo pronunciaré.

—Entonces —dijo Bryce—, lo pronunciaremos nosotros mismos. Debe enseñarnos la pronunciación correcta.

A esto también Abracelli se negó; y luego siguió un conflicto verbal que me dejó cada vez más perplejo. Bryce le suplicó, lo intimidó, casi lo amenazó. Abracelli se negó obstinadamente a repetir el encantamiento él mismo o enseñarle a Bryce a enunciarlo. Y yo, como espectador, no sabía si reírme o enojarme y marcharme. El comportamiento superior de este hombre me había predispuesto fuertemente hacia él; y su miedo casi campesino —porque un temor puro y simple había comenzado a mostrarse en su rostro— de una frase latina absurda en una hoja de pergamino hecha jirones, me decepcionó y me disgustó al mismo tiempo.

Estaba a punto de sugerirle a Bryce que terminemos la farsa y nos vayamos, cuando Abracelli se rindió.

—Muy bien —dijo con un suspiro—, lee enseñaré cómo decirlo como lo habría dicho el hombre que lo escribió. El resultado estará en su cabeza. No me quedaré en la habitación mientras pronuncia la invocación.

Creí detectar una inconsistencia aquí, y rápidamente salté sobre ella.

—¿Cómo puede enseñarnos la pronunciación —pregunté—, sin que repita el encantamiento y llame a lo que sea que pueda responder?

—Le enseñaré palabra por palabra —dijo Abracelli, con una dignidad tranquila que me hizo sentir, por un instante, como un imbécil—. La invocación, si es como otras que he conocido, solo es efectiva cuando se entona como un todo, de una manera regular, sílaba por sílaba.

—Eso suena como mi teoría de la vibración —dijo Bryce rápidamente—. Nuestros vecinos del otro mundo no son convocados por la redacción del encantamiento, sino por la combinación peculiar de ondas sonoras causadas por una combinación particular de vocales y consonantes.

—Nunca he oído que se explique de esa manera —comentó Abracelli, con el ceño pensativo—, pero puede ser como usted dice. Vengan, te enseñaré cómo los romanos vivos hablaban su idioma.

Desde entonces he intentado recordar exactamente los matices de inflexión que le dio la lengua latina a la cual este hombre, correcta o fraudulentamente, afirmaba conocer. Pero no puedo. Solo puedo ofrecer una descripción aproximada. Tengo un vago recuerdo de que el discurso en su conjunto fue casi tan gutural como el árabe; que las «U» fueron pronunciadas de forma parecida a la manera francesa de decir «monsieur»; que las «B» se enunciaban como si hubiera una «G» casi audible antes de cada una; y que las «V» parecían tener una pizca de «W» después de ellas.

Primero, para darnos una idea de cómo fue, Abracelli leyó todo lo que era descifrable del prólogo fragmentario:

—Quien pronuncie la fórmula en un tono claro y alto, sonido por sonido, con igual énfasis en cada palabra, invocará desde el mundo oculto sobre nosotros, temibles ciudadanos.

Debo decir que, si bien su latín sonaba como ningún latín jamás escuchado en un aula moderna, sonaba extrañamente autoritario.

Desde aquí pasó a la invocación misma. Pero allí se resistió por un momento.

—Se los ruego —comenzó, con profunda angustia en sus ojos azul grisáceo.

—Lo prometió —fue la respuesta inflexible de Bryce.

Entonces, sílaba por sílaba, con el cuidado palpable de no decir dos de las palabras místicas en la secuencia adecuada, Abracelli nos dio un enunciado modelo de la frase que se suponía que era una especie de vibración, un puente entre nuestro mundo y otros. Y Bryce repitió cada palabra después de él, hasta que su paladar se ajustó razonablemente a los sonidos desconocidos.

—Ahora pueden decirlo correctamente —dijo Abracelli—. Pero, ¿realmente van a arriesgarse?

—En efecto —respondió Bryce—. Durante varios años he buscado fervientemente pruebas de que las viejas fábulas sobre espíritus, fantasmas y demonios, tienen algún fundamento detrás. Hasta la fecha, no he llegado a ningún lado. Pero aun así haría cualquier cosa, por ridículo que pareciera, si pensara que ofrece una remota posibilidad de proporcionarme esa prueba.

—Esta no es una oportunidad remota —dijo Abracelli—. ¡Es una certeza! Si me disculpan, iré a la sala de calderas mientras realizan este loco experimento.

Y se fue, cerrando la puerta firmemente detrás de él. Me volví hacia Bryce y me reí. Cuanto más pensaba en lo genuinamente asustado que parecía el italiano, más fuerte me reía.

Bryce no se unió a mí; y al final me puse lo suficientemente serio como para notar en sus ojos oscuros una mirada curiosamente dudosa.

—¡Dios mío, Bryce! —exclamé—: ¿No querrás decirme que crees que algo sobrenatural responderá al llamado de esa fórmula latina?

—La teoría de la vibración suena bastante plausible —dijo, encendiendo un cigarrillo. Y eso fue todo lo que pude sacar de él.

Bryce se acercó a la puerta y la cerró. Luego miramos alrededor de la habitación para ver si, por alguna razón desconocida, Abracelli había ocultado dispositivos para engañarnos. El hombre era ciertamente un aficionado a las cosas ocultas; y ninguna otra clase de persona iría tan lejos como para tratar de engañar a otros en sus propias creencias fantásticas. Sin embargo, no encontramos nada sospechoso, así que nos preparamos para realizar nuestro experimento.

Tomamos la vieja y gruesa hoja de pergamino y la colocamos en la mesa redonda que ocupaba el centro de la habitación. Sobre ella había una lámpara sombreada, que vertía un círculo de iluminación sobre la mesa y dejaba el resto de la habitación en una oscuridad comparativa. Bryce acercó una silla y yo hice lo propio. Pero antes de comenzar a leer la antigua invocación, dudó.

—¿Estás seguro de que quieres seguir con esto? —me preguntó solemnemente.

—Por supuesto —respondí con impaciencia—. Si realmente crees que aparecerá algo sobrenatural en respuesta a esa tonta invocación, entonces no has aprendido nada de nuestras experiencias anteriores.

Bryce se encogió de hombros.

—Supongo que tienes razón en tu escepticismo —dijo lentamente—. Supongo también que esta noche, como siempre, no descubriremos nada más emocionante que efectos hipnóticos o cables ocultos.

Nos miramos el uno al otro por un instante sobre la antigua hoja de pergamino, sentados en esa habitación curiosamente amueblada y que estaba situada en las entrañas de un gran edificio moderno, pero que figurativamente podría haber sido la caverna cubierta de tapices de algún antiguo mago. Entonces Bryce comenzó a leer la antigua invocación.

Sentí un cosquilleo curioso en la piel cuando su voz retomó las sílabas sonoramente guturales en la forma en que Abracelli le había enseñado. ¡Qué extraño poder sobre nosotros tienen ciertos sonidos! La misa en latín, por ejemplo. ¡Cómo nos agita y emociona, aunque uno puede ser completamente ignorante del significado de las palabras! Es la majestuosidad del decir, no su significado, lo que hace que cada nervio se emocione en respuesta.

Al igual que la lectura de este antiguo encantamiento, con la pronunciación que Abracelli afirmó que era la del místico romano que lo escribió, hizo que nuestros nervios tiemblen. Solo había una diferencia. Si bien esto tenía todo el sabor y el ritmo de una misa, había enterrados en el discurso sutiles matices de obscenidad y terror. No sonaba como si hubiera sido diseñado para ser leído en una catedral enorme y sombría, erigida para Dios, sino blasfemamente para el Diablo. Sin embargo, me atrevo a decir que todo esto fue imaginación de mi parte.

...ven desde los confines de la oscuridad exterior y las sombras de la otra vida a mi presencia...

Sílaba por sílaba, latido por latido, como un pianista tocando un ejercicio al ritmo de un metrónomo, Bryce leyó hasta aquí. En este punto se detuvo y miró fijamente hacia una silla en un rincón apenas iluminado por la lámpara sombreada. Seguí su mirada, y una exclamación de sorpresa salió de mis labios.

La silla que mirábamos con ojos grandes e incrédulos era una butaca prosaica con una tapicería desteñida que se extendía inclinada hacia la esquina de la habitación, dejando un espacio en forma de V detrás de ella. Sin embargo, no era en la silla lo que estábamos mirando, sino algo que colgaba de su respaldo.

El algo era una enorme, como una pata negra, no muy diferente de la pata de un oso, excepto que tenía dedos casi humanos, gruesos, con puntas de garras curvas. Era la pata de una bestia, con la configuración definitiva de los dedos y el pulgar de algo casi humano. Todo el conjunto: dedos parecidos a patas y una muñeca gruesa, estaba cubierto de pelo negro, enmarañado y áspero.

—¿Tú también lo ves? —susurró Bryce.

Asentí, mientras mi cuero cabelludo sentía como si cada cabello se erizara como los pelos de un perro asustado.

La mano bestial se contrajo ligeramente. Juro que escuché sus garras rascarse contra la tela del tapiz. Luego se retiró lentamente de la vista sobre el respaldo de la silla.

Juntos, con los músculos tensos para la acción, saltamos hacia esa silla y la alejamos de la pared.

No había nada detrás.

Nos miramos el uno al otro, y en el mismo segundo tuvimos el mismo pensamiento.

—Abracelli estaba actuando cuando fingió estar tan asustado —dije—. ¡Hipnotismo! Pero es bastante bueno para inducir una imagen tan clara en ambas mentes y a distancia.

Bryce asintió con la cabeza; pero frunció un poco el ceño, como si no estuviera del todo convencido.

—Hipnotismo, probablemente —dijo—. Bueno, sigamos con esto y veamos qué nuevos trucos puede ofrecer nuestro amigo para desconcertarnos.

Volvimos a la mesa y nos sentamos. Bryce se aclaró la garganta.

—Esta vez lo terminaré—declaró.

Y comenzó de nuevo a leer la invocación.

…ven desde los confines de la oscuridad exterior…

Las sílabas golpearon mi cerebro como el ritmo de un tambor. Nuevamente experimenté esa extraña sensación de hormigueo en todo mi cuerpo.

…y las sombras de la otra vida….

Como testimonio adicional del poder de lo que aún estaba seguro era la habilidad hipnótica de Abracelli, pensé haber detectado un ligero olor en la habitación que no había estado allí hacía un momento: un olor a humedad y a animales, como el que impregna las jaulas del zoológico. Pero era un mero fantasma de olor, nada lo suficientemente definido como para describirlo con precisión.

…ante mi presencia, aquí en el mundo de los hombres, te lo ordeno….

Listo. La lectura estaba terminada. La invocación supuestamente temida había sido lanzada como un desafío.

Bryce levantó la vista del pergamino. Sus ojos siguieron los míos hasta el respaldo de la silla donde habíamos visto (con o sin hipnosis de por medio) la hirsuta pata negra.

No estaba allí ahora. No había reaparecido, ni en el ojo de nuestra mente ni en la realidad. Nos quedamos mirando alrededor de la habitación.

Nada. Escuchamos atentamente. Nada.

Respiré hondo. A pesar de la seguridad del sentido común y la lógica de que nada podía estar en esa habitación, que el murmullo de unas pocas sílabas en un idioma muerto no podía hacer que se materializaran otras presencias, me sentí aliviado al descubrir que realmente estábamos solos, tal como habíamos estado antes de pronunciar la invocación.

Por unos segundos más nos sentamos en silencio. Entonces Bryce suspiró y encendió un cigarrillo.

—Una vez más nos quedamos con las manos vacías —murmuró, enviando una nube azul de humo hacia el haz de luz emitido por la lámpara, y perdiéndose en la penumbra más allá—. Supongo que también podríamos irnos a casa… ¡Dios mío!

En la mesa entre nosotros había aparecido de repente la pata. Estaba descansando sobre la mesa, con la palma hacia abajo, tan sólida como la madera misma.

Pudimos ver cada detalle: el pelo negro y áspero, de un tinte ligeramente rojizo cerca de las raíces (las uñas gruesas o las garras que se curvaban desde los extremos romos de los dedos), los pliegues de piel grisácea, los nudillos.

En el mismo instante sentí un aliento fétido y caliente en la parte posterior de mi cuello, sentí que mi silla crujía hacia adelante como si un peso enorme hubiera presionado contra su espalda, sentí dedos peludos tocar fugazmente mi hombro.

Por primera vez sentí miedo. ¡Y asco!. ¡Esto no podía ser una ilusión inducida hipnóticamente! Grité en voz alta, y salté de mi silla. Temblando, miré detrás de ella.

No vi nada. ¡Nada! Miré la mesa. La pata había desaparecido de nuevo.

—Constante —dijo Bryce. Sus propios labios eran blancos—. Constante.

Se detuvo abruptamente, y sus ojos, siguiendo los míos, vieron lo que estaba viendo.

Justo fuera del alcance de la luz más clara, al otro lado de la mesa, se enroscaba el humo más espeso del cigarrillo de Bryce. En el aire quieto de la habitación no se había disipado demasiado. Pero ahora el humo estaba repentinamente agitado, como si algo se moviera a través de las volutas. Al mismo tiempo, algunos jirones más gruesos de humo desaparecieron de la vista para reaparecer nuevamente, como si un cuerpo se moviera delante. Pero nuestros ojos aún podían ver nada.

La agitación de las volutas de humo persistió, en una especie de rastro aireado detrás de algo que se movía alrededor de la mesa y hacia nosotros. Involuntariamente, Bryce levantó las manos en un gesto de defensa.

La ceniza ardiente de su cigarrillo se esparció abruptamente en una lluvia de chispas como si algo hubiera golpeado violentamente contra ella. Había un olor a cabello quemado, y el aire fue cortado por un aullido desgarrador.

La pata negra y peluda nuevamente se materializó ante nosotros. Pero esta vez no estaba quieta. Se estaba cerrando y aflojando, avanzando salvajemente hacia nosotros. Y ahora, lentamente, como si una neblina se arremolinara cada vez más apretadamente para formar una forma definida, vimos el cuerpo al que estaba unida la pata.

Solo tuvimos un vistazo, con ojos horrorizados, de una gigantesca y peluda forma negra, algo así como un hombre, algo así como un gorila. Solo un vistazo de ojos llameantes que no eran de hombre ni de bestia. Solo un vistazo de una figura de pesadilla a punto de saltar.

Luego, cuando retrocedimos, la cosa aulló una vez más con furia, la lámpara eléctrica fue arrojada de la mesa con una violencia inimaginable. Estábamos en la oscuridad con la criatura.

Sentí garras rastrillar mi mejilla. Una gran mano se cerró alrededor de mi garganta, y fui arrojado a través de la habitación. Escuché a Bryce llorar de terror, escuché un alboroto de bestiales gruñidos y aullidos, y sentí un peso insoportable sobre mi pecho, a tal punto que creí que me aplastaría. Luego perdí el conocimiento.

Cuánto tiempo después recuperé el sentido, no lo sé. Descubrí que mis hombros estaban siendo sacudidos bruscamente. Instintivamente levanté las manos para protegerme, pero cuando abrí los ojos vi, no el terror peludo, sino a Bryce, blanco y tembloroso, inclinándose sobre mí.

—Pensé que estabas muerto —fueron sus primeras palabras—. ¡Dios mío, nos salvamos por muy poco!

—¿Dónde está la cosa? —pregunté débilmente, mirando alrededor de la habitación.

El lugar estaba en un desorden aterrador, con sillas golpeadas y la mesa volcada y la tela negra arrancada de las paredes en una docena de lugares. Pero no había señal en ninguna parte de la horrible pata, o de su dueño aún más horrible.

—Ha desaparecido de regreso al lugar de donde vino —dijo Bryce.

Me senté y limpié los rasguños profundos en mi mejilla. Y a medida que la conciencia volvía más completamente hacia mí, la razón volvió a ocuparla. Entonces comencé a preguntarme y luego a sentirme muy, muy avergonzado.

Miré especulativamente a Bryce.

—¡Engañados de nuevo! —dije.

Bryce me miró fijamente.

—¿Qué quieres decir con eso?

Quiero decir que debemos inclinarnos ante el signor Abracelli. Nos ha manejado como a un par de niños. Ciertamente debemos felicitarlo cuando regrese de su retiro de la sala de calderas.

Las cejas pesadas de Bryce se alzaron.

—¿Crees que puede haber dudas sobre lo que vimos?

—Desafortunadamente, sí. Todo lo que vimos debe haber sido transmitido corporalmente de la mente de Abracelli a la nuestra .

—¿Y lo que sentimos físicamente? —exigió Bryce.

—En nuestro estado de excitación, uno de nosotros derribó la lámpara y en la oscuridad nos peleamos como un par de gatos asustados.

—¿Y lo que golpeó las chispas de mi cigarrillo?

—Golpeaste tu cigarrillo contra el borde de la mesa cuando levantaste las manos. Sí, ¡un buen par de tontos que demostramos ser!

Bryce sonrió sombríamente.

—Todas estas cosas que afirmas son bastante posibles; pero no seas demasiado condescendiente con nuestra necedad, viejo. Porque tengo pruebas de que lo que vimos no fue una ilusión hipnótica. Fue real, y ocurrió aquí, debido a la invocación.

Levantó su mano derecha. Observé por primera vez que la había mantenido bien cerrada.

—No sé exactamente cuándo, en la lucha, obtuve este souvenir, pero creo que cuenta toda la historia. ¿Todavía eres escéptico? ¿Te sientes incapaz de creer lo que viste con tus propios ojos y sentiste en tu propia carne? ¡Entonces mira!

Él abrió los dedos y, mientras miraba lo que sostenía, sentí un repentino regreso del horror frío que me había atrapado antes.

En la palma de su mano había varios pelos gruesos, negros y rizados, ligeramente rojizos en las raíces, a los que todavía se adherían escamas de piel grisácea, parecidas a las de un mono.

Paul Ernst (1899-1985)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Paul Ernst.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Paul Ernst: Invocación negra (Black Invocation), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Paul Ernst: cuentos destacados


Paul Ernst: cuentos destacados.




Paul Ernst fue un autor estadounidense que ocupó un lugar preponderante en la era dorada del relato pulp, y especialmente en la revista Weird Tales. En este sentido, los cuentos de Paul Ernst poseen un grado de creatividad muy por encima de la media de aquellos años.

En este segmento iremos repasando los mejores cuentos de Paul Ernst.




Relatos de Paul Ernst.
  • Dolor de cabeza (Headache)
  • Invocación negra (Black Invocation)
  • Asesino sobre ruedas (Murder on Wheels)
  • Comida para el diablo (Food for the Devil)
  • Desde los pozos del cerebro (From the Wells of the Brain)
  • Doctor Satan (Doctor Satan)
  • El anillo de sangre (The Blood Ring)
  • El árbol de la vida (The Tree of Life)
  • El árbol que sangraba (The Tree That Bled)
  • El caminante del cielo (The Sky Walker)
  • El circo del loco (Madman's Circus)
  • El cuchillo maravilloso (The Marvelous Knife)
  • El doble del diablo (The Devil's Double)
  • El duelo de hechiceros (The Duel of the Sorcerers)
  • El elemento robado (The Stolen Element)
  • El elixir dorado (The Golden Elixir)
  • El hacedor de momias (The Mummy Maker)
  • El hombre de hierro (The Iron Man)
  • El hombre que encadenó al relámpago (The Man Who Chained the Lightning)
  • El hombre que llamó a la muerte (The Man Who Called on Death)
  • El infierno rojo de Júpiter (The Red Hell of Jupiter)
  • El mundo detrás de la luna (The World Behind the Moon)
  • El planetoide del peligro (The Planetoid of Peril)
  • El templo de las serpientes (The Temple of Serpents)
  • El terror viaja en subte (Terror Rides the Subway)
  • El tesoro amarillo (The Yellow Hoard)
  • El umbral del diablo (The Devil's Doorstep)
  • El vengador (The Avenger)
  • Escape (Escape)
  • Esta noche ellos mueren de nuevo (Tonight They Die Again)
  • Gobernantes del futuro (Rulers of the Future)
  • Hija de la oscuridad (Daughter of Darkness)
  • Horror asegurado (Horror Insured)
  • Horror en Hollywood (Hollywood Horror)
  • Justicia Inc. (Justice, Inc.)
  • La casa de la muerte (House of Death)
  • La cruz de sangre (The Cross of Blood)
  • La fórmula increíble (The Incredible Formula)
  • La ilusión de la llama (The Illusion of Flame)
  • La llama consumidora (The Consuming Flame)
  • La maldición de una bruja (A Witch's Curse)
  • La máscara de la muerte (Mask of Death)
  • La muerte helada (The Frosted Death)
  • La monarca negra (The Black Monarch)
  • La montaña de cristal (The Glass Mountain)
  • La polilla de Akkar (Akkar's Moth)
  • La sacerdotisa del dolor (Priestess of Pain)
  • Las pálidas furias (The Pallid Furies)
  • Las tres coronas de oro (The Three Gold Crowns)
  • Los cuernos del diablo (The Devil's Horns)
  • Los gigantes microscópicos (The Microscopic Giants)
  • Los perros sonrientes (The Smiling Dogs)
  • Más allá del poder del hombre (Beyond Power of Man)
  • Más allá del portal de la muerte (Beyond Death's Gateway)
  • Muerte en cámara lenta (Death in Slow Motion)
  • Muerte en mi casa (Death in My House)
  • Mundo gris (Gray World)
  • Nada sucede en la luna (Nothing Happens on the Moon)
  • Nuestro anfitrión, el loco (Our Host, the Madman)
  • Nevlo (Nevlo)
  • Oculto en el cristal (Hidden in Glass)
  • Río de hielo (River of Ice)
  • Sangre de brujas (Blood of Witches)
  • Una tumba para los vivos (A Grave for the Living)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Paul Ernst: cuentos destacados fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Dolor de cabeza»: Paul Ernst; relato y análisis


«Dolor de cabeza»: Paul Ernst; relato y análisis.




Dolor de cabeza (Headache) es un relato fantástico del escritor norteamericano Paul Ernst (1899-1985), publicado originalmente en la edición de Junio-Julio de 1939 de la revista Weird Tales.

Dolor de cabeza, probablemente uno de los cuentos de Paul Ernst menos conocidos, relata la historia de Augustus Taylor, un hombre que repentinamente comienza a sentir un extraño dolor de cabeza, el cual parece haber despertado una región adormecida de su cerebro, la cual le permite leer los pensamientos de los demás.

En efecto, Dolor de cabeza de Paul Ernst es un relato sobre telepatía, pero con algunos elementos bastante curiosos. Ciertamente la posibilidad de leer los pensamientos de los demás parece atractiva; sin embargo, ¿realmente estamos preparados para conocer los rincones más oscuros de la mente de nuestros seres queridos?

De eso se trata Dolor de cabeza de Paul Ernst, de un hombre que adquiere esta extraordinaria habilidad para leer los pensamientos de los demás, y que se ve abrumado por esos descubrimientos. Tal es así que el protagonista, Augustus Taylor, luego de verse totalmente decepcionado por el verdadero concepto que su socio tiene de él, así como su secretaria y algunos de sus empleados más queridos, y también perplejo y asqueado por los pensamientos aleatorios de la gente con la que se cruza en la calle, regresa temprano a casa para encontrarse con su esposa...

Lo peor de esta habilidad telepática es que no puede apagarse, del mismo modo en que no podemos decidir voluntariamente que nuestros oídos dejen de escuchar. Al menos mientras dure este inusual dolor de cabeza, Augustus está condenado a conocer los secretos de quienes lo rodean.

Dolor de cabeza de Paul Ernst es un excelente relato de un gran autor, muy poco conocido en nuestra lengua, pero capaz de abordar un dispositivo sumamente interesante y complejo, como la lectura del pensamiento, a través de un hombre común y corriente con el que todos podemos relacionarnos.




Dolor de cabeza.
Headache, Paul Ernst (1899-1985)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


¡Qué groserías! ¡Y de qué persona! Casi tiraron a Augustus Taylor de su silla.

Habrían sido lo suficientemente sorprendentes en la santidad de su oficina, incluso si hubiera habido alguien cerca de quien esperarías ese lenguaje: un mecánico, por ejemplo, en lugar de la pálida y recatada señorita Plummer sentada junto a su escritorio. No le había estado prestando mucha atención. La había estado mirando fijamente, pero abstraído, sin pensar en ella en absoluto. Había estado pensando en el curioso dolor de cabeza que había comenzado hace un momento. Una cosa extraña, tan repentina como si un pequeño interruptor se hubiera roto en el medio de su cráneo. Un chasquido. Entonces el dolor. En el fondo de su cabeza. Nada de qué preocuparse; nada por lo que dejar de trabajar; nada serio; pero era el dolor más peculiar que jamás había experimentado: y luego las palabras, increíblemente, de la señorita Plummer, esperando tomar el dictado.

—¡Viejo gordo y tonto!

La mirada de Augustus Taylor se enfocó con incredulidad en su rostro en lugar de limitarse a su dirección general; en esa larga cara de caballo que mostraba tanta atracción e imprudencia como un himnario de 1890.

—¡Señorita Plummer! —jadeó—. ¿Qué fue lo que dijo?

—No he dicho nada, señor.

Ella estaba boquiabierta, incluso sus dientes parecían primitivos y reservados, solo asomando por los bordes de los labios pálidos.

—Repito: ¿cómo me ha llamado?

—No lo llamé de ningún modo, señor Taylor. No dije nada.

Y entonces Augustus Taylor se dio cuenta de que ella no había dicho nada. La había estado observando, aunque sin prestar atención, y podía recordar que sus labios no se habían movido. Sin embargo, había escuchado claramente esas palabras: viejo gordo y tonto.

—¿Está segura?

—Por supuesto que estoy segura, señor Taylor.

Ella lo miró con sus ojos claros. Increíblemente, incluso sus ojos parecían huesudos, cubiertos de virtud blindada. Taylor se aclaró la garganta.

—Yo… —comenzó.

—Eres un viejo gordo y tonto, ya sabes.

¡Allí! Lo había escuchado de nuevo. Y de la señorita Plummer. Tenía que ser de ella. No había nadie más en la pequeña oficina privada.

—¡Señorita Plummer!

La señorita Plummer se puso de pie. Había cierta molestia incrustada en sus rasgos alargados.

—¿Qué sucede, señor Taylor? ¿No se siente bien? ¿Debo conseguirle una aspirina o algo así?

Taylor se tocó la frente con el pañuelo, porque se estaba dando cuenta de nuevo de que los labios de la señorita Plummer no se habían movido cuando había pensado escuchar esa afrenta reiterada contra su dignidad. ¡Maldita sea esa mujer! ¿Era ella un ventrílocuo o algo así?

—No. Me siento bien —murmuró—. Pero no lo dictaré por un tiempo. Se puede ir. La llamaré cuando la necesite.

Ella salió de la oficina, perpleja y un poco asustada, lo que no era antinatural. El propio Taylor sintió exactamente cómo se veía, con miedo a la perplejidad. ¿Qué demonios le pasaba? ¿Se estaba volviendo loco? Pero había escuchado claramente esas palabras. Y no había habido nadie más para decirlas.

Fue a la ventana y miró hacia afuera. Eran tres pisos por el lado recto de su fábrica de ladrillos hasta el camino de cemento. Nadie podría haber estado allí para susurrar las palabras. Fue a la puerta de su pequeño baño y la abrió. Vacío. Sin embargo, lo había escuchado. Volvió a su escritorio y se sentó, mirando sin ver una pila de registros de la tienda sobre la conducta del negocio de engranajes de metal gris y ruedas de polea. El extraño dolor todavía estaba con él, en el centro de su cráneo. No muy notable; sin distraerlo lo suficiente de lo imposible que acababa de ocurrir.

Se abrió la puerta y entró su socio, Alex Healy. Healy era tan delgado y adusto como Augustus era regordete. Alex manejaba las finanzas y la producción. Augustus se encargaba de las ventas y el contacto.

—Buenos días, Augustus — dijo Healy—. ¿Por qué no mueres y dejas que alguien que sabe dirija este negocio?

—¿Qué? —dijo Taylor.

Alex se detuvo a medio camino de la puerta del escritorio.

—Dije buenos días —dijo, con los labios entreabiertos y cierta perplejidad en la mirada—. ¿Qué hay en eso para hacerte saltar?

Taylor se dejó caer en su silla con algo parecido al pánico en su corazón. Buenos días; eso fue todo lo que su socio había dicho. Su mente le dijo eso. La boca de Alex se había movido con esas dos palabras, y eso fue todo. Pero el resto de las palabras, sobre morir y dejar que alguien que sepa maneje el negocio… bueno, también las había escuchado.

—¿Qué tienes en mente? —preguntó, con una voz que no era la suya.

—Solo quería recordarte la reunión con Proctor este mediodía —dijo Healy—. Almuerzo, ya sabes.

Taylor asintió con la cabeza. Se había quedado despierto la noche anterior pensando en esa cita. Proctor quería que Taylor-Healy Gray-Metal Company trabajara exclusivamente en piezas para Proctor Motor Corporation. No más gastos de venta. Contacto con un solo cliente gigante. Máquinas configuradas para hacer solo los engranajes de tipo Proctor. Era una jugada peligrosa. Las empresas con un solo cliente podían verse afectadas si este se volvía demasiado exigente.

—Estaré allí puntualmente —le dijo a Healy.

Hablaron sobre Proctor durante unos minutos, con Healy, sobre aceptar la oportunidad, aunque Taylor vacilaba. Entonces Healy salió de la oficina. Augustus también dejó su despacho privado.

Pensó que iría a la tienda por unos minutos. Alex manejaba la producción, pero a Augustus le gustaba hurgar en las líneas y ver de cerca la producción también. Le gustaban las máquinas y los muchachos duros que allí trabajaban. A los hombres también les gustaba, pensó.

Primero se dirigió al refrigerador de la oficina general y tomó una aspirina con un trago de agua. ¡Ese pequeño dolor de cabeza! ¿Será mejor que vaya al médico al respecto? Decidió que no. Realmente no era lo suficientemente malo. Era solo la rareza de la cosa. Parecía estar justo sobre el paladar, haciéndolo sentir un poco como cuando comes helado demasiado rápido.

Se dirigió hacia el empleado de registros, cuyo escritorio estaba más cerca de la puerta. Un buen chico, Benny Algo. Un buen trabajador. Se inclinaba cuidadosamente sobre las tarjetas amarillas en su escritorio. Augustus lo miró fijamente, ¡y por un momento no vio a Benny en absoluto! En cambio, tan claramente como si lo viera en una pantalla de cine tridimensional, vio dos figuras: Benny y una niña.

La niña tenía el pelo rojizo, era joven y completamente encantadora. En ese momento se sentó en el regazo de Benny y se aferró a él. Lo miraba con amor, y él le devolvía la mirada amorosamente. Era una imagen que podría haber sido apropiada en la orilla de un lago iluminado por la luna, pero aquí, en una oficina…

Taylor lanzó una especie de graznido y se agarró a la pared en busca de apoyo.

—¡Detente! —bramó.

La imagen se disolvió rápidamente y vio a Benny, solo y perfectamente decoroso, mirándolo alarmado desde su escritorio.

—¿Detener qué? —dijo Benny con la boca abierta de asombro.

—¿Por qué? —dijo Taylor.

Se detuvo ahí. No pudo encontrar nada más que decir. Benny se levantó y corrió hacia él. Puso su mano debajo del brazo de Taylor.

—¡Señor Taylor! ¿Pasa algo? ¿Se siente bien? ¿Puedo conseguirle algo?

Augustus miró por encima del hombro de Benny. Dos escritorios detrás, mirándolo ansiosamente como todos los demás en la oficina ahora lo miraban, había una chica con el pelo rojizo. Era la chica que Taylor había visto con Benny; bonita, y además bastante decente en postura.

—Estoy bien —dijo Taylor—. No te preocupes.

Benny se quedó un momento más con la mano debajo del brazo de Taylor.

—Está bien —dijo, y volvió a su escritorio.

Augustus reanudó su camino hacia la puerta de la tienda, y la actividad de la oficina volvió a su ritmo normal.

—¡Buen Señor! —Augustus murmuró para sí mismo.

Una idea de lo que se trataba todo esto había comenzado a gestarse en su mente. Tal vez debería haberlo hecho antes, pero no lo hizo. Un hombre práctico no pierde el tiempo pensando en cosas imposibles.

—¡Buen Señor!

Estaba leyendo las mentes de las personas. Esa fue la explicación de lo que acababa de ver en el escritorio de Benny, y de las palabras de Alex y la señorita Plummer. Le habían llegado pensamientos, no escenas o palabras. Cómo se le había dado la habilidad, no lo sabía. Pero ahí estaba, a menos que se hubiera vuelto loco de repente y se estuviera imaginando estas cosas.

Se dirigió a la tienda, un hombre desconcertado y bastante asustado, y comenzó a descender por la doble hilera de máquinas de estampado instaladas en el tercer piso. El capataz se acercó a él, un hombre fornido con manos cuadradas y una cara sonriente. Se encontraron al lado de una máquina que estaba estampando engranajes de placa tan rápido como tres octavos de chapa de acero.

—Hola, señor Taylor —El capataz era un alma genial—. ¿Para qué vienes a meter esa nariz gorda en un negocio del que no sabes nada?

Augustus se mordió el labio inferior. La última oración no se había dicho; la boca del capataz no se había movido.

—Hola —dijo con rigidez—. ¿Cómo va la orden de Temple Wheel?

—Bien, señor Taylor. Bien.

El hombre le sonrió, y Taylor repentinamente vio a un caballero regordete y de rostro rosado debajo de la máquina de estampar adyacente. El caballero regordete era él mismo, y el titular era el capataz sonriente. Solo una pequeña imagen agradable que duró tal vez medio segundo y luego se disolvió.

Augustus, con los hombros caídos, se volvió, regresó a su oficina, tomó su abrigo y sombrero, y salió del edificio. Se subió a su automóvil y condujo hacia el centro. Allí entró en un bar, la primera vez que había visto uno antes de las dos de la tarde. Pidió un whiskey. El trago alivió ese extraño dolor de cabeza que había surgido tan repentinamente. Bebió dos más, y luego salió y se paró en una concurrida esquina del centro.

Una hermosa sensación de bienestar lo poseyó de repente. No se había sentido así desde su luna de miel, hace veintidós años. Se volvió, sonriendo, y miró a la cara de una mujer que se acercaba a la esquina. Tenía unos cincuenta años, vestía de negro, incluidos guantes negros particularmente horribles, y caminaba con una leve cojera. Llevaba gafas, y miró a través de ellas la sonrisa lánguida de Taylor. Incluso mientras miraba, la sensación soñadora pero normal de bienestar de Taylor se convirtió en algo exótico en extremo.

—¡Cómo te atreves a mirarme así! —la mujer cruzó los labios helados y continuó.

Taylor respiró hondo y se entregó a las corrientes de pensamiento de los transeúntes, la mayoría de los cuales lo ignoraron. La mecánica de esta cosa comenzó a resolverse en algún tipo de claridad.

Parecía que leía las mentes de las personas de diferentes maneras. A veces obtenía pensamientos como palabras, a veces como imágenes, a veces simplemente como una sensación pura y medio definida. Así pensaban todos: en palabras; si se trataba de algo que no se podía ver en el ojo de la mente, en imágenes; y si consistía en una acción que pudiera imaginarse físicamente; en sensación abstracta, sobre todo si la idea no podía ser representada ni expresada verbalmente.

El ejercicio se volvió fascinante, ya que Taylor aún estaba un poco asustado por su nueva habilidad. Descubrió que una de las fases más interesantes fue la pura obscenidad que emanaba de las mentes de las personas más condenadamente apropiadas. Él mismo había pensado en algunas cosas, admitió, pero nada como las imágenes y las sensaciones que recibió de algunos de los hombres y mujeres de negocios que lo pasaron entre la multitud.

Se quedó allí hasta casi la una. El efecto de los tragos parecía haberse desvanecido, justo cuando se dio cuenta de que sería mejor ir a ese almuerzo con Proctor y Alex.

Era un club conservador. Proctor, un anciano de aspecto amable, respetado como decano del negocio del automóvil, conversó con Healy y Taylor hasta que terminaron de comer y beber. Luego abordó su propuesta de comprar su producción.

—Te deja a salvo a pesar del hecho de que estás poniendo todos los huevos de Taylor-Healy en una canasta —concluyó Proctor benignamente—. Porque me propongo firmar un contrato que me obliga indefinidamente a comprarle todos sus engranajes, a un precio de bajo costo. Para mi propia protección, me gustaría agregar una cláusula en el sentido de que se me libere temporalmente de ese contrato en caso de emergencia. Si su producción se estanca, o por alguna otra razón no pudo entregar los productos, tendría que obtener material de otra persona, por supuesto —Sus amables ojos brillaron—. Y nos aseguraremos, por Dios, de que tu producción se empantane. Luego irás a la bancarrota y Healy y yo nos haremos cargo, con Healy justo debajo de mi puño.

Taylor giró su copa de vino con el pulgar y el índice manipulando el tallo.

—La cláusula no tiene sentido, por supuesto —dijo Proctor. Esta vez sus labios se movían—. Solo un tecnicismo. Lo principal es que estaría seguro de un suministro constante, y usted de un mercado estable...

—No —dijo Augustus, mirando el cristal.

—¿Eh? —Proctor parpadeó.

—Dejaremos de lado tu propuesta, agradable y sucio ladrón.

—Joven —dijo Proctor, poniéndose de pie temblando.

—¡Augustus! —dijo Healy—. ¿Estás loco? —giró hacia Proctor—. No sé qué le pasa. No le preste atención. Lo pensaremos un poco más...

—No, no lo haremos —dijo Taylor—. Soy dueño de una participación mayoritaria y digo que no lo haremos. Les guste o no, a los dos. Creo que iré a casa por el resto del día, Alex, no me siento bien.

Lo cual era una forma delicada de decirlo. ¿No se sentía bien? Se sentía como el príncipe de los parias deslizándose por las calles del infierno. Su secretaria lo detestaba, su compañero quería matarlo, a su capataz favorito le gustaría arrojarlo a la prensa, su fuerza de oficina se dedicaba a la seducción mental, y ahora uno de los hombres más venerados en los negocios acababa de intentar estafarlo. ¡Decididamente no se sentía bien!

No fue hasta que llegó a su propio umbral que algo bastante obvio lo golpeó. Ninguna persona con la que había entrado en contacto desde que había obtenido esta loca habilidad para leer las mentes había tenido un pensamiento amable para él, con la posible excepción de la matrona con el rostro helado en los guantes negros. Ahora estaba entrando en su propia casa para saludar a su esposa. ¿Cómo serían sus pensamientos?

Era mediados de mayo y había sol, pero la brisa fragante enfrió la frente de Taylor. Él y Louise habían vivido juntos durante veintidós años en una alegría que todos los que los conocían comentaban. Tenían sus peleas de vez en cuando, pero realmente se adoraban. Augustus sabía que, por su parte, le tenía mucho cariño a Louise, y siempre había estado seguro de que ella se lo retribuía. Pero, bueno, Alex también había actuado siempre como un socio perfecto, así como la señorita Plummer le había parecido cordial, el capataz, todos…

Taylor se limpió la frente. ¿Qué pensaba realmente Louise, bajo su suave placidez? No quería saber, y en aproximadamente un minuto lo haría, a menos que se diera la vuelta y se fuera de nuevo.

Sin embargo, ese fue un estúpido anhelo. Tenía que enfrentar a su esposa alguna vez. Abrió la puerta con su llave y entró. Oyó la voz de su esposa en el pequeño salón lateral. Ella estaba hablando con alguien por teléfono.

Tenía ganas de gritarle: Louise, soy yo. Acércate, pero no pienses. Háblame pero no pienses. ¡No pienses!

Sentía ganas de dar media vuelta y correr. De hecho, comenzó a salir por la puerta otra vez, pero con una maldición se volvió hacia atrás; tan determinado, de hecho, que la alfombra del pasillo se resbaló bajo sus pies y cayó, golpeándose la cabeza contra la pared; no mucho, porque había levantado la mano para protegerse, pero lo suficientemente fuerte.

Louise apareció en la puerta del salón.

—¡Augustus! —dijo ella—. ¿Cuándo entraste?

—Justo ahora —dijo Taylor.

—¿Quieres decir, justo ahora? ¿No viniste hace un minuto?

—Vine en este mismo minuto —dijo Augustus, frotándose la cabeza.

Él no la estaba mirando. Tal vez si él no la mirara no podría leer su mente.

Louise se le acercó, entonces, arrullando de simpatía.

—¡Pobre! Déjame ayudarte. Dame el abrigo y el sombrero. Siéntate aquí. Terminaré mi conversación telefónica y te prepararé un trago para celebrar tu tarde libre y curarte la cabeza. Estaba hablando con Ada Bronston cuando entraste. ¿La conociste? Muy agradable, pero a veces es sumamente aburrida.

Mientras hablaba desde la biblioteca ella se retiró hacia la sala de estar. Augustus la escuchó en el teléfono otra vez.

—Querida, hay que cancelar lo de esta tarde. No vengas. Mi esposo volvió temprano de la oficina, así que estaré con él. Sí. Lo siento, Ada.

Augustus se frotó la cabeza. Tenía un pequeño bulto, pero eso era todo. Estaba frotando mecánicamente, sin pensar en la protuberancia, sino en el extraño dolor de cabeza. Se había ido. Ya no podía sentirlo en absoluto.

Louise vino de la cocina con una coctelera mezclada en un tiempo increíblemente corto, considerando que era el día libre de los sirvientes y ella misma debió haberlos mezclado. Pero Augustus no prestó mucha atención al elemento del tiempo. Estaba ocupado con el hecho de que su curioso dolor de cabeza había desaparecido, y con el hecho de que todo lo que obtuvo de Louise fue lo que ella dijo. Ya no parecía capaz de leer mentes.

Perversamente, ahora, lo lamentaba. Pero decidió que, en general, estaba contento.

Paul Ernst (1899-1985)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Paul Ernst.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Paul Ernst: Dolor de cabeza (Headache), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Paul Ernst: relatos


Paul Ernst: relatos.




Paul Ernst —Paul Frederick Ernst (1899-1985)— fue un escritor norteamericano que se destacó principalmente en el relato pulp y revistas como Weird Tales. En este contexto, los relatos de Paul Ernst poseen un nivel de ingenio y originalidad verdaderamente superiores, a tal punto que se los considera como clásicos del género.

En esta sección de El Espejo Gótico iremos recorriendo todos los relatos de Paul Ernst.




Relatos de Paul Ernst.
  • Dolor de cabeza (Headache)
  • Invocación negra (Black Invocation)
  • Asesino sobre ruedas (Murder on Wheels)
  • Comida para el diablo (Food for the Devil)
  • Desde los pozos del cerebro (From the Wells of the Brain)
  • Doctor Satan (Doctor Satan)
  • El anillo de sangre (The Blood Ring)
  • El árbol de la vida (The Tree of Life)
  • El árbol que sangraba (The Tree That Bled)
  • El caminante del cielo (The Sky Walker)
  • El circo del loco (Madman's Circus)
  • El cuchillo maravilloso (The Marvelous Knife)
  • El doble del diablo (The Devil's Double)
  • El duelo de hechiceros (The Duel of the Sorcerers)
  • El elemento robado (The Stolen Element)
  • El elixir dorado (The Golden Elixir)
  • El hacedor de momias (The Mummy Maker)
  • El hombre de hierro (The Iron Man)
  • El hombre que encadenó al relámpago (The Man Who Chained the Lightning)
  • El hombre que llamó a la muerte (The Man Who Called on Death)
  • El infierno rojo de Júpiter (The Red Hell of Jupiter)
  • El mundo detrás de la luna (The World Behind the Moon)
  • El planetoide del peligro (The Planetoid of Peril)
  • El templo de las serpientes (The Temple of Serpents)
  • El terror viaja en subte (Terror Rides the Subway)
  • El tesoro amarillo (The Yellow Hoard)
  • El umbral del diablo (The Devil's Doorstep)
  • El vengador (The Avenger)
  • Escape (Escape)
  • Esta noche ellos mueren de nuevo (Tonight They Die Again)
  • Gobernantes del futuro (Rulers of the Future)
  • Hija de la oscuridad (Daughter of Darkness)
  • Horror asegurado (Horror Insured)
  • Horror en Hollywood (Hollywood Horror)
  • Invocación negra (Black Invocation)
  • Justicia Inc. (Justice, Inc.)
  • La casa de la muerte (House of Death)
  • La cruz de sangre (The Cross of Blood)
  • La fórmula increíble (The Incredible Formula)
  • La ilusión de la llama (The Illusion of Flame)
  • La llama consumidora (The Consuming Flame)
  • La maldición de una bruja (A Witch's Curse)
  • La máscara de la muerte (Mask of Death)
  • La muerte helada (The Frosted Death)
  • La monarca negra (The Black Monarch)
  • La montaña de cristal (The Glass Mountain)
  • La polilla de Akkar (Akkar's Moth)
  • La sacerdotisa del dolor (Priestess of Pain)
  • Las pálidas furias (The Pallid Furies)
  • Las tres coronas de oro (The Three Gold Crowns)
  • Los cuernos del diablo (The Devil's Horns)
  • Los gigantes microscópicos (The Microscopic Giants)
  • Los perros sonrientes (The Smiling Dogs)
  • Más allá del poder del hombre (Beyond Power of Man)
  • Más allá del portal de la muerte (Beyond Death's Gateway)
  • Muerte en cámara lenta (Death in Slow Motion)
  • Muerte en mi casa (Death in My House)
  • Mundo gris (Gray World)
  • Nada sucede en la luna (Nothing Happens on the Moon)
  • Nuestro anfitrión, el loco (Our Host, the Madman)
  • Nevlo (Nevlo)
  • Oculto en el cristal (Hidden in Glass)
  • Río de hielo (River of Ice)
  • Sangre de brujas (Blood of Witches)
  • Una tumba para los vivos (A Grave for the Living)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Paul Ernst: relatos fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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