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«La dama de Rosemount»: T. G. Jackson; relato y análisis.


«La dama de Rosemount»: T. G. Jackson; relato y análisis.




«Una vaga sensación de influencia lo invadió:
alguien lo acompañaba, alguien invisible, que le susurraba al oído:
Eres mío



La dama de Rosemount (The Lady of Rosemount) es un relato gótico del escritor inglés T. G. Jackson —Thomas Graham Jackson (1835-1924)—, publicado originalmente en la antología de 1919: Seis historias de fantasmas (Six Ghost Stories).

La dama de Rosemount, uno de los cuantos de T. G. Jackson más reconocidos, relata la historia de Henry Charlton, un joven estudiante de Oxford que decide pasar las vacaciones en una residencia recientemente adquirida por su tío, sir Thomas Wilmot, conocida como Abadía de Rosemount.

La abadía data del siglo XII, y fue hogar de monjes benedictinos, por lo que el joven Henry, aficionado al oficio de anticuario, se siente fascinado por su historia y arquitectura. Mientras explora la capilla con sus primos descubre una tumba escondida entre la maleza, encima de la cual se encuentra una estatua, entre hermosa e inquietante, de la condesa Alianora.

Henry ya había descubierto algunos indicios de la condesa en los vitrales de la casa, cuyas inscripciones en latín hablan de una misteriosa mujer acompañada por la imagen de «la mitad inferior de un demonio inconfundible, con piernas peludas y pezuña hendida». Entre las inscripciones [sobre las cuales T. G. Jackson no proporciona una traducción], puede leerse: QVALITER DIABOLVS TENTAVIT COMITISSAM ALI..., que puede traducirse como: «Sobre cómo el diablo tentó a la condesa Ali...». La inscripción está rota, pero más adelante quedará claro que se trata de la condesa Alianora.

Otras inscripciones son: HIC COMITISSA TENTATA A DI... [«aquí la condesa es tentada por di... [¿diavolus?, «diablo»]. En otra imagen «se veía un trozo de la figura de un monje y parte de una leyenda»: HIC FRATER PAVLVS DAT COMI... [«aquí el hermano Pablo da...»]. La última imagen representa a «una mujer vestida de negro, sosteniendo en su mano una pequeña maqueta de una iglesia. Estaba arrodillada, postrada ante el Papa, quien estaba sentado y extendía la mano en señal de bendición. La leyenda debajo decía»: HIC COMITISSA A PAPA ABSOLVTA EST [«aquí la condesa es absuelta por el Papa»].

Finalmente, en la tumba de la condesa puede leerse: HIC JACET ALIANORA COMITISSA PEC’CATRIX QVÆOBIIT ANO DNI MCCCL CVIVS ANIMÆ MISEREATVR DEVS [«aquí yace Alianora, condesa pecadora que fue destruida en el año de nuestro señor 1350 por la misericordia de Dios»].

Henry se siente «fascinado y repelido» por la estatua de la condesa, tanto es así que, ya de noche, visita su tumba y tiene una visión donde ella lo incita a acercarse más, lo besa y establece una especie de enlace psíquico [ver: El enlace entre el Vampiro y su víctima]

No queda claro cuál fue el pecado de Alianora, pero debió ser considerable debido a que, para obtener el perdón papal, hizo construir la abadía. También es evidente que ella continuó con sus actividades profanas, habida cuenta que en su tumba se dice que fue «destruida» por «la misericordia de Dios». Podría tratarse de una vampiresa, aunque la presencia de diablo en las imágenes puede interpretarse como una sugerencia de brujería.

La dama de Rosemount es una historia algo densa, lenta, donde ocurre poco, pero intensamente gótica en la trama y el escenario. T. G. Jackson, que además era arquitecto y anticuario, sigue la fórmula planteada por M. R. James [también anticuario], en la cual establece dos condiciones para una buena historia de fantasmas. La primera es que transcurra en la vida cotidiana, y la segunda es que el fantasma debe ser maligno. Jackson no transgrede ninguna de las dos, aunque la «vida cotidiana» de un inglés adinerado de comienzos del siglo XX sea bastante diferente de la nuestra [ver: El ABC de las historias de fantasmas]




La dama de Rosemount.
The Lady of Rosemount, T. G. Jackson (1835-1924)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


—Así que, Charlton, vas a pasar parte de las vacaciones en la Abadía de Rosemount. ¡Qué envidia! Es un lugar encantador, y lo pasarás de maravilla.

—Sí —dijo Charlton—, tengo muchísimas ganas. Nunca la he visto; sabes que mi tío la adquirió hace poco y se mudaron allí la Navidad pasada. Había olvidado que la conocías y que habías estado allí.

—¡Ah! No la conozco muy bien —dijo Edwards—. Pasé unos días allí hace un par de años con el anterior propietario. Te va a encantar porque te apasionan las abadías antiguas y las ruinas, y encontrarás suficiente allí para satisfacer a toda la Sociedad de Anticuarios, además de a ti mismo. ¿Cuándo vas?

—Muy pronto. Tendré que estar en casa una semana o así después de ir. Y luego creo que mi tío me esperará en Rosemount. ¿Qué piensas hacer?

—Bueno, la verdad es que no sé. Nada del otro mundo. Quizás haga una escapada al extranjero más adelante. Pero tendré que leer porque el próximo trimestre me toca Literatura Inglesa. Por cierto, es posible que ande por ahí cerca. Tengo amigos cerca de Rosemount que quieren que pase parte de las vacaciones allí.

—De acuerdo —dijo Charlton—, no olvides venir a verme. Mientras tanto, adiós, viejo, y buena suerte.

Charlton se quedó un rato en la ventana, mirando el patio de su universidad. El trimestre en Oxford acababa de terminar y los chicos bajaban rápidamente. Los coches esperaban en la puerta, los muchachos bajaban ruidosamente las escaleras con maletas y demás parafernalia juvenil, los amigos se estrechaban la mano y se despedían. En unas horas la universidad estaría vacía, y la soledad la envolvería durante cuatro meses, interrumpidos solo por visitantes ocasionales, nativos o transatlánticos. La huida de los muchachos sería seguida por la de los profesores a todas partes de Europa o más allá; la residencia quedaría desierta y el portero reinaría supremo sobre una vasta soledad.

Charlton no debía bajar hasta la mañana siguiente. Cenó en el comedor con otros tres o cuatro hombres, los únicos supervivientes de la multitud, y luego se retiró a sus aposentos para terminar de empacar. Hecho esto, se sentó en el alféizar de la ventana mirando hacia el patio. Era una noche espléndida; la luz de la luna dormía sobre la hierba y plateaba las paredes grises y las ventanas, mientras que la capilla y el salón estaban sumidos en una sombra impenetrable. Todo estaba tan silencioso como la muerte; ningún sonido del mundo exterior penetraba el recinto, y para la bulliciosa colmena de hombres en su interior, reinaba ahora el silencio de un desierto. Quizás no haya lugar donde el silencio y la soledad se puedan sentir con mayor intensidad que en el interior de un colegio de Oxford en época de vacaciones, y había algo en la escena que atrajo al temperamento del joven que la contempló.

Henry Charlton era hijo único. Su padre había fallecido cuando era niño, y su madre, destrozada por el dolor, había renunciado a la vida social y llevaba una vida muy apartada en el campo. En Winchester y Oxford, naturalmente, se relacionó con los demás y entabló amistades, pero su vida familiar era algo sombría y su círculo social, limitado. Creció como un joven reservado y retraído, con pocas amistades, aunque las que formó eran sinceras y sus afectos, fuertes. Su temperamento —poético y teñido de melancolía— lo inclinaba naturalmente hacia el romanticismo, y desde temprana edad se deleitaba con la arqueología, la heráldica y las leyendas. En la escuela y la universidad, disfrutaba de la arquitectura antigua que lo rodeaba. Sus gustos incluso lo llevaron más allá, al ámbito de la investigación psíquica y las dudosas revelaciones del espiritismo; aunque una sana vena de escepticismo lo salvó de sumergirse profundamente en esos laberintos.

Sentado junto a la ventana, la escena familiar adquirió un aire romántico. El silencio se apoderó de su alma; las ventanas, donde solía brillar una luz acogedora a través de las cortinas rojas, invitando a la visita, ahora estaban ciegas y oscuras; el misterio envolvía las conocidas paredes; parecían un lugar para los muertos, ya no una morada para los vivos, de los cuales él podría ser el último superviviente. Finalmente, levantándose de su asiento y riéndose a medias de sus propias fantasías, Henry Charlton se fue a la cama.

Unas semanas después, bajó del tren en la pequeña estación rural de Brickhill, en Northamptonshire, y mientras el mozo recogía sus pertenencias, esperó el carruaje.

—¡Hola! Harry, aquí estás —dijo una voz a sus espaldas, y al darse la vuelta, su primo, Charley Wilmot, lo saludó efusivamente.

Un coche los esperaba, y en cinco minutos partieron, recorriendo a toda velocidad una de las anchas carreteras de Northamptonshire, con una generosa extensión de césped a cada lado entre los setos y los árboles que bordeaban la tierra. El país era nuevo para Henry Charlton, y lo observaba con interés. La finca de Rosemount había llegado recientemente, y de forma inesperada, tras la muerte de un pariente lejano de su tío, Sir Thomas Wilmot, y la familia apenas había tenido tiempo de instalarse. Su primo, Charley estaba entusiasmado con la novedad del lugar y el encanto de la abadía.

—Te lo aseguro, es un lugar destartalado —dijo—, lleno de rincones y recovecos extraños, y están las ruinas de la iglesia con todo tipo de objetos antiguos por ver; pero tendrás tiempo de sobra para explorarlo todo. Aquí estamos, ahí está mi padre esperándote en la puerta del salón.

Entraron por una verja y subieron por una avenida al final de la cual Henry pudo ver un viejo conjunto de gabletes de piedra, ventanas con parteluces, enormes chimeneas y un amplio portal arqueado, amablemente abierto, donde Sir Thomas esperaba para recibir a su sobrino.

Habían pasado algunos años desde que Henry había visto a sus parientes, y se alegraba de estar con ellos de nuevo. Una casa llena de primos animados, algo más jóvenes que él, le había proporcionado en el pasado un agradable cambio respecto a su propio hogar, bastante melancólico, y esperaba con ilusión recuperar la cercanía. Su joven primo Charley acababa de terminar sus estudios en Eton y comenzaría la universidad en octubre. Las niñas, Kate y Cissy, habían crecido mucho desde que él jugaba con ellas en la guardería y ya eran demasiado mayores para recibir besos. Sus tíos se mostraron tan amables como siempre, y después de que él respondiera a sus preguntas sobre su madre y les contara su tranquilo viaje, todos se dirigieron al jardín, donde les esperaba el té bajo los árboles. Fue entonces cuando Henry vio por primera vez parte de la Abadía de Rosemount.

Esta antigua fundación, de Sanctus Egidius in Monte Rosarum, había sido una casa benedictina del siglo XII, que tras la Disolución de los monasterios fue concedida a un favorito real, quien la desmanteló parcialmente y la convirtió en su residencia. Sus descendientes, en tiempos de Jacobo I, derribaron gran parte de los edificios conventuales y sustituyeron las incómodas celdas de los monjes por una estructura más confortable, al estilo de la época. Sin embargo, muchos fragmentos de la abadía se incorporaron a la casa posterior. El refectorio de los monjes se conservó y constituía el gran salón de la mansión, con su bóveda y sus ventanas caladas, en las que aún se conservaban algunos de los antiguos vitrales. La cocina del abad seguía abasteciendo la mesa de Sir Thomas, y entre las dependencias y otros lugares se encontraban partes de los edificios domésticos. Al norte del refectorio, según el plano benedictino habitual, se encontraba el claustro y, más allá, la iglesia, situada a un nivel ligeramente inferior, debido a la inclinación del terreno desde la cima del Monte de las Rosas, sobre la que se había construido la parte habitable del convento. Del claustro quedaba lo suficiente, aunque muy deteriorado y en ruinas, para mostrar lo que había sido, pero la mayor parte de la iglesia fue destruida para aprovechar sus materiales cuando se construyó la casa jacobina. Sin embargo, una parte considerable de la nave seguía en pie, incluso con su bóveda intacta, y del resto, se conservaba suficiente de la parte inferior de los muros para mostrar que la iglesia había sido de un tamaño considerable, aunque no comparable a las grandes construcciones.

Henry Charlton, con la mirada ávida de un anticuario, contempló la abadía mientras tomaba su té y tostadas con mantequilla a la sombra de los olmos que bordeaban el jardín de ese lado de la casa. Pero tuvo que contener su impaciencia por visitar las ruinas, pues después del té sus primos insistieron en jugar al tenis, una partida que se prolongó hasta la hora de la cena, y después de cenar ya era demasiado tarde y estaba demasiado oscuro para explorar.

Cenaron en el gran salón, que antaño fue el refectorio de los monjes, pero no demasiado grande para las comodidades modernas, ya que la abadía había sido una de las casas más pequeñas de la Orden y el número de miembros de la hermandad era limitado. Henry estaba encantado y no podía contener su entusiasmo.

—¡Ah! —dijo su tía—, recuerdo que tu madre me contó que te apasionaban la arquitectura y las antigüedades. Pues bien, aquí tendrás de sobra para disfrutar de ellas. Por mi parte, a menudo añoro un poco más de comodidad moderna.

—Pero, querida tía —dijo Henry—, hay tantas cosas que compensan las pequeñas incomodidades de vivir en este precioso lugar que podrían olvidarse.

—¿Y tú qué sabes de tareas domésticas? —dijo su tía—, me gustaría que escucharas a la señora Baldwin, el ama de llaves, hablar sobre el tema. Cómo se esfuerza subiendo una escalera solo para tener que bajar otra. La casa, dice ella, tiene escaleras innecesarias y pasillos torcidos que podrían haber sido rectos, y a las criadas les llevó quince días aprender el camino a la despensa.

—Es inútil, madre —dijo Charley—, nunca lo convencerás. Le gustaría que volvieran esos viejos monjes y ser uno de ellos, con una capucha grasienta en la cabeza y sandalias en los pies, y sin nada que comer más que hierbas bañadas en agua.

—¡No, no! —dijo Henry, riendo—, no los quiero de vuelta, pues estoy muy a gusto con mi compañía actual. Pero confieso que me gusta imaginar a los hombres que construyeron y vivieron entre estas viejas paredes; creo que soñaré con ellos esta noche.

—Bueno, Harry —dijo su tío—, puedes soñar con ellos cuanto quieras, siempre y cuando no los traigas de vuelta para echarnos. Y tendrás toda la oportunidad, pues dormirás en una parte del antiguo convento que los constructores de la abadía, al construir la casa moderna, respetaron; y quién sabe si el fantasma de su antiguo ocupante no te volverá a visitar sus antiguos aposentos.

Harry rió mientras se levantaban de la mesa y dijo que confiaba en que su visitante no lo trataría como a un intruso.

El largo día de verano les había permitido terminar de cenar a la luz del día, y aún había suficiente luz para ver las antiguas vidrieras. Estaban muy fragmentadas, y ninguna de las imágenes era perfecta. En una de las luces pudieron distinguir parte de una figura femenina ricamente vestida; sostenía algo que se había roto, y junto a ella se encontraba la mitad inferior de un demonio inconfundible, con piernas peludas y pezuña hendida. La leyenda debajo decía así, con la última palabra incompleta:

QVALITER DIABOLVS TENTAVIT C OMITISSAM ALI...

La siguiente vidriera era aún más imperfecta, pero mostraba parte de la misma figura femenina en plena acción, con el fragmento de una leyenda:

HIC COMITISSA TENTATA A DI...

Otras partes, evidentemente de la misma historia, permanecían en la siguiente vidriera, pero eran demasiado fragmentarias para comprenderse. En una de ellas se veía un trozo de la figura de un monje y parte de una leyenda:

HIC FRATER PAVLVS DAT COMI...

La última de todas era bastante perfecta. Representaba a una mujer vestida de negro, sosteniendo en su mano una pequeña maqueta de una iglesia. Estaba arrodillada, postrada ante el Papa, quien estaba sentado y extendía la mano en señal de bendición. La leyenda debajo decía:

HIC COMITISSA A PAPA ABSOLVTA EST.

Henry estaba muy interesado y quería saber la historia de la condesa pecadora; pero ninguno de los presentes pudo contársela, de hecho, ninguno le había prestado mucha atención al espejo hasta entonces. Sir Thomas había intentado una vez averiguar la identidad de la condesa, pero con escaso éxito, y pronto había abandonado la búsqueda.

—Tienes un problema de antigüedades que resolver, Harry —dijo—, pero no sé dónde buscar la solución. Los anales de Rosemount son muy incompletos. En los que están a mi alcance no pude encontrar nada relacionado con el tema.

—Me temo, señor —dijo Harry—, que si usted fracasó, yo tampoco tendré éxito, pues solo soy un humilde anticuario y no sabría por dónde empezar. Me parece, sin embargo, que la historia debía tener algo que ver con la historia de la Abadía, y que su suerte estaba ligada a la malvada Condesa, o los monjes no habrían expuesto su relato en sus vidrieras.

—Bueno, entonces, ahí tienes una pista para investigar —dijo su tío—, y ahora reunámonos con las damas.

La habitación donde Henry Charlton iba a dormir estaba en la planta baja, en un rincón de la casa, y daba al claustro y a la iglesia abacial en ruinas. Era, como había dicho su tío, una reliquia de la parte doméstica de la Abadía, y cuando se despidió de su primo Charley, quien lo acompañó hasta allí, observó la habitación con gran interés. Era de buen tamaño, con techo bajo y enormes vigas negras entre las viguetas. La pared era tan gruesa que había espacio para un pequeño asiento en el hueco de la ventana a cada lado, al que se accedía por un escalón, ya que el alféizar estaba bastante alto. Frente a la ventana se abría una amplia chimenea con soportes para leña y un montón de cenizas sobre el hogar. Las paredes estaban revestidas de roble hasta el techo y el suelo, donde no estaba cubierto de alfombras, era del mismo material, pulido hasta brillar. Salvo por los sanitarios de la civilización moderna, la habitación permanecía inalterada desde que el último hermano del convento la abandonó para no volver jamás.

Henry intentó imaginarse a su predecesor; lo imaginó sentado a la mesa, leyendo o escribiendo, o de rodillas rezando; en su sencilla estantería habrían estado sus pocos libros y manuscritos, prestados de la biblioteca del convento, a los que debía devolverlos cuando se reunían una vez al año, bajo severa pena en caso de pérdida o daño. Mientras yacía en su cama, Henry intentó imaginar qué habría pensado si él mismo hubiera sido aquel personaje fantasmal cinco siglos atrás; se imaginó en el coro de la gran iglesia; oyó el sonoro canto gregoriano de una veintena de voces graves y varoniles, resonando en la bóveda y haciendo eco por las naves; vio las vestiduras bordadas, las luces que brillaban con mayor claridad a medida que la penumbra del atardecer envolvía la arcada y el triforio en tinieblas y misterio, y convertía en oscuridad las históricas vidrieras que poco antes resplandecían con los colores del zafiro, el rubí y la esmeralda. Satisfecho con estas fantasías, permaneció despierto hasta que el reloj dio las doce y entonces, insensiblemente, la visión se desvaneció y se quedó dormido.

Su sueño no fue tranquilo. Varias veces se despertó a medias, solo para volver a dormirse y retomar el hilo de un sueño tedioso que lo desconcertaba y preocupaba, pero que no lo llevaba a ninguna conclusión. Al amanecer, despertó del todo e intentó reconstruir los fragmentos que recordaba, pero no logró recordarlos todos. Le pareció ver al monje sentado a la mesa tal como lo había imaginado la noche anterior. El monje no estaba leyendo, sino que hojeaba unas botellitas que sacaba de un estuche de cuero, y parecía estar esperando a alguien o algo. Entonces, en su sueño, Henry imaginó que alguien llegaba y que algo sucedía, pero no recordaba qué era, y del visitante no recordaba nada, salvo que sentía que había una personalidad presente, pero no lo suficientemente visible como para ser reconocida; más una impresión que un hecho. Sin embargo, recordaba una mano extendida hacia la figura sentada y los objetos que sostenía. No podía recordar con claridad nada más, pero la misma figura se repetía cada vez que se dormía con una postura ligeramente diferente, aunque sin mayor nitidez. El monje podía explicarlo con los pensamientos que había tenido la noche anterior, pero respecto al incidente de su sueño, si es que a un asunto tan vago se le podía llamar incidente, no encontraba ninguna explicación.

La luminosa mañana de verano y la alegre reunión en el desayuno pronto borraron el recuerdo del sueño. Después había que ver los caballos y los perros, y visitar el jardín, y no fue hasta la tarde que sus primos le permitieron satisfacer su anhelo de visitar las ruinas de la iglesia y el claustro. Allí fueron todos juntos. El césped del claustro estaba bien cortado y cuidado, y aquí y allá, apenas sobresaliendo del verde prado, se encontraban las piedras que marcaban los lugares de descanso de la hermandad. Parte del claustro conservaba sus ventanas caladas y su bóveda, y en las paredes estaban inscritos los nombres de abades y monjes cuyos huesos yacían bajo el pavimento. Al final del pasillo occidental, una puerta finamente esculpida conducía a la nave de la iglesia, la parte más antigua del edificio, construida cuando la tosca arquitectura normanda comenzaba a transformarse en un estilo más refinado. Henry estaba extasiado y juró que ni Fountains ni Rievaulx podrían mostrarle nada más perfecto. Las chicas se alegraron al ver que apreciaban sus partes favoritas del edificio y lo guiaron de un punto a otro, decididas a que no se perdiera nada.

—Y ahora —dijo Cissy—, tienes que ver lo mejor de todo, ¿verdad, Kate? No se lo enseñamos a todo el mundo por miedo a que los extraños hagan alguna travesura.

Dicho esto, abrió una puerta en la pared lateral y los condujo a una capilla funeraria construida entre dos de los grandes contrafuertes de la nave lateral. Era, en efecto, una joya arquitectónica del gótico más puro del siglo XIV, y Henry quedó absorto ante su belleza. Las delicadas tracerías de la pared y el techo estaban talladas con un acabado similar al marfil, y aunque algo manchadas por el paso del tiempo, ya que las ventanas habían perdido sus cristales, conservaban toda su nitidez. Parte del muro exterior se había derrumbado, la maleza y la hiedra habían invadido y cubierto parcialmente el suelo, y una espesa masa de vegetación se amontonaba bajo las ventanas, contra la mampostería.

—¡Qué lástima que este precioso lugar se haya convertido en semejante desastre! —dijo Henry—, Nunca he visto nada más bello.

—Bueno —dijo Charley—, no tardaríamos mucho en deshacernos de toda esta basura. ¿Qué te parece si nos ponemos manos a la obra?

Mientras las chicas observaban, los dos hombres buscaron herramientas de jardinería y cortaron, desbrozaron y arrancaron la maleza, la hiedra y las zarzas, que arrojaron por la abertura en el muro, logrando pronto una limpieza parcial. Henry había comenzado con la masa que se alzaba a la altura del pecho junto a la ventana, cuando una exclamación repentina hizo que los demás lo miraran. Miraba fijamente la masa de vegetación, de la que había retirado la capa superior, con una expresión de asombro que atrajo a los demás. De entre la hiedra, los miraba un rostro: el de una hermosa mujer, con el cabello recogido en elegantes mechones y sujeto por una esbelta corona.

Era evidente que bajo el montón de vegetación se encontraba una tumba con una efigie que había permanecido oculta durante mucho tiempo, y cuya existencia se había olvidado. Cuando se hubo retirado el resto de la vegetación, apareció una tumba-altar sobre la cual yacía la figura de alabastro de una mujer. Los lados llevaban escudos heráldicos y evidentemente habían estado coloreados. La figura estaba exquisitamente modelada, obra de un escultor de gran talento; las manos estaban cruzadas sobre el pecho. Pero con la cabeza el artista se había superado a sí mismo. Era un triunfo de la escultura. Los rasgos eran de una belleza perfecta, regulares y clásicos, pero había algo en ella que iba más allá de la belleza, algo parecido a la vida, algo que parecía responder a la mirada del observador y atraerlo inconscientemente, quisiera o no.

El grupo se quedó mirando la figura en una especie de fascinación. Finalmente, Kate, la mayor, se apartó con un ligero escalofrío y dijo:

—¡Oh! ¿Qué es esto? ¿Qué me pasa? Siento como si algo estuviera mal; es demasiado hermosa; no me gusta. Ven, Cissy —y sacó a su hermana de la capilla con una especie de temblor.

Charley las siguió, y Henry se quedó solo con la mirada fija en el hermoso rostro. Mientras lo observaba, parecía leer un nuevo significado en los fríos rasgos de alabastro. La boca, aunque perfectamente serena, parecía expresar una cierta sátira velada. Los ojos estaban representados como abiertos, y parecían mirarlo con una curiosidad divertida. Había una diablerie en toda la figura. Pasó mucho tiempo antes de que pudiera apartar la mirada del rostro que parecía comprender y devolverle la suya, y no sin un esfuerzo titánico finalmente se apartó. Los rasgos de la imagen parecían haberse grabado a fuego en su cerebro, y permanecer allí indeleblemente, ya fuera con placer o no, no podía decidirlo, pues mezclado con una extraña atracción e incluso fascinación, era consciente de una corriente subterránea de terror, y hasta de aversión, como a algo impuro. Mientras se alejaba, su mirada se posó en una inscripción en letras góticas alrededor del borde de la losa sobre la que yacía la figura.

HIC JACET ALIANORA COMITISSA PEC’CATRIX
QVÆOBIIT ANO DNI MCCCL CVIVS ANIMÆ
MISEREATVR DEVS.

Copió el epitafio en su cuaderno, comentando que difería de la fórmula habitual, y luego, tras cerrar la puerta de la capilla, siguió a sus primos de vuelta a la casa.

—Bueno, por fin están aquí —dijo Lady Wilmot cuando Charley y sus hermanas aparecieron—. ¡Cuánto tiempo han pasado en las ruinas! El té se está enfriando. ¿Y qué han hecho con Harry?

—¡Ay, mamá! —exclamó Cissy—, ¡menuda aventura hemos tenido! ¿Recuerdas esa pequeña capilla que tanto nos gusta? Pues bien, pensamos que necesitaba un arreglo, así que quitamos la maleza y la basura, ¿y qué crees que encontramos? ¡La estatua más hermosa que jamás hayas visto! Dejamos a Harry mirándola como si se hubiera enamorado de ella.

—¡Por Júpiter! —exclamó Charley—, igual que el viejo Pigmalión, que se enamoró de una estatua y consiguió que Venus le diera vida.

—No digas eso, Charley —dijo Kate—. Hay algo inquietante en ella, no sé qué es, pero me alegré mucho de alejarme.

—Sí, madre —dijo Cissy—, Kate le tenía bastante miedo y me arrastró lejos, justo cuando yo deseaba mirarla, porque nunca habías visto nada tan hermoso.

—Pero hay algo que he notado, padre —dijo Charley—, que creo que merece atención. Una grieta importante en esa hermosa bóveda sobre la capilla, que parece peligrosa, y creo que deberían enviar al párroco a que la revise.

—Gracias, Chancy —dijo Sir Thomas—. Lamentaría que le ocurriera algo a esa parte del edificio, pues los arqueólogos me dicen que es la estructura más perfecta de su tipo en Inglaterra. El párroco está ocupado con otros asuntos los próximos días, pero me aseguraré de que la revisen la semana que viene. Por cierto, esta noche tendremos otra visita. ¿Se acuerdan del amigo de la universidad de Harry, el señor Edwards? Oí que se alojaba en casa de los Johnston, así que le pedí que viniera unos días mientras Harry está con nosotros. Creo que ahí viene.

Edwards ya conocía a los Wilmot, y pronto lo invitaron a tomar el té, después a jugar al tenis, deporte en el que se había ganado una gran reputación.

Harry Charlton no apareció hasta que todos estuvieron reunidos en el salón antes de la cena. Al salir de la abadía, lo invadió una aversión a la animada vida social. Sentía un extraño cosquilleo en los nervios; presentía que algo inusual se avecinaba, como si hubiera traspasado una barrera y cerrado la puerta tras de sí, entrando en una nueva vida donde le aguardaban experiencias insólitas. No encontraba explicación. Intentó descartar el hallazgo de la estatua como un mero descubrimiento arqueológico, interesante tanto por su historia como por su valor artístico; pero no le bastaba. Aquel rostro, con su expresión enigmática, lo obsesionaba y no podía ignorarlo. Intuía que aquello no era el final de la aventura; que, de alguna manera misteriosa, aquella mujer muerta había tocado su vida, y que aún quedaba mucho por descubrir. A ese algo más aspiraba con la misma indefinible mezcla de atracción y repulsión que había sentido en la capilla al contemplar aquellos rasgos puros de alabastro. Debía de estar solo. En ese momento no podía retomar la rutina de la vida cotidiana, así que emprendió un paseo por campos y bosques para tranquilizarse y poder reunirse con sus amigos por la noche con serenidad. Un buen tramo de diez millas le ayudó a recuperar su ánimo habitual. Se alegró de encontrar a su amigo Edwards, de cuya llegada no le habían avisado, y cuando se sentó a la mesa junto a su tía, su comportamiento fue de lo más normal.

La conversación durante la cena giró, naturalmente, en torno al descubrimiento realizado esa tarde. Resultaba singular que una obra tan extraordinaria hubiera caído en el olvido, y que la Sociedad Arqueológica de Northamptonshire, que contaba entre sus filas con tantos anticuarios entusiastas, la hubiera pasado por alto. La sociedad había celebrado reuniones en las ruinas, se habían leído y publicado artículos sobre ellas, se habían realizado planos y se habían dibujado ilustraciones de diversas partes del edificio, incluida la capilla. Pero no había ninguna mención ni indicación del monumento, ni en el texto ni en las láminas. Extraño que a nadie se le hubiera ocurrido indagar en aquella maraña de zarzas que lo ocultaba, hasta ese mismo día.

—Mañana mismo debo ir a primera hora —dijo Sir Thomas—, a ver su maravilloso descubrimiento. Lo siguiente será averiguar quién era esa bella dama.

—Creo que puedo decírselo, señor —dijo Henry, hablando casi por primera vez—, y creo que ayuda a resolver el misterio de la pecadora condesa de las vidrieras de enfrente, que nos desconcertó anoche.

Todas las miradas se dirigieron a los fragmentos de vidrieras de las ventanas del vestíbulo mientras Henry continuaba.

—En la primera vidriera, el diablo tienta a la condesa ALI..., cuyo nombre se ha perdido. Pues bien, en la tumba hay un epitafio que completa la parte que falta. Es la condesa Alianora; no se menciona ningún otro título. Pero quienquiera que fuera, la dama cuya tumba encontramos es la misma que la dama cuyas aventuras se representaban en las vidrieras.

—Ahora lo entiendo —interrumpió Kate—, por qué estaba asustada en la capilla. Era una mujer malvada, y algo me lo decía, y me hacía querer alejarme de ella.

—Bueno —dijo Lady Wilmot—, esperemos que se haya reformado y haya tenido un buen final. Verá, fue a Roma y el Papa la absolvió.

—Sí, pero apuesto a que no obtuvo la absolución por nada —dijo Charley—. Solo mírela y verá que tiene una iglesia en la mano. Tenga por seguro que le perdonaron sus malas acciones a cambio de sus donaciones a la Abadía de Rosemount; y me atrevo a decir que reconstruyó gran parte de ella y, entre otras cosas, su propia capilla.

—Charley —dijo Edwards—, debería ser abogado; presenta un caso tan sólido para la acusación.

—En cualquier caso —dijo Sir Thomas—, Charley nos da una buena pista para nuestra investigación. Revisaré las antiguas escrituras e intentaré averiguar qué conexión, si la hay, existía entre la Abadía de Rosemount y una condesa Alianora de un lugar desconocido.

El resto de la velada transcurrió con normalidad. Algunos amigos de las casas vecinas se unieron a la fiesta; hubo un pequeño baile improvisado, y ya era casi medianoche cuando se retiraron a descansar. Henry se había divertido como los demás y olvidó la aventura de la tarde hasta que se encontró de nuevo, solo, en la celda monástica, contemplando la abadía en ruinas. Fue entonces cuando, por primera vez, recordó el sueño de la noche anterior; se preguntó si tendría alguna relación con su experiencia en la capilla. El sueño parecía simplemente una de esas fantasías con las que todos estamos familiarizados, carente de significado.

Sin embargo, no estaba destinado a descansar en paz. Esta vez, su sueño le mostró al mismo monje; lo reconoció por sus rasgos toscos y cejas pobladas, pero se encontraba en la nave de una iglesia, y en los enormes pilares redondos y la austera arquitectura de los arcos y el triforio, Henry reconoció la nave de la Abadía de Rosemount, no como ahora, en ruinas, sino abovedada e intacta. Era casi de noche, y el coro tras el púlpito estaba sumido en la penumbra, en medio de la cual brillaban algunas luces frente al altar mayor y los diversos santuarios. El monje sostenía algo pequeño en la mano y, evidentemente, como la noche anterior, esperaba a alguien o algo. Por fin, Henry se dio cuenta de que ese alguien había llegado. Una figura sombría, vestida de negro, salió rápidamente de detrás de un pilar y se acercó al monje. Intentó en vano descubrir qué era aquella figura. Lo único que pudo ver fue que, tal como había sucedido la noche anterior, una mano se extendió y tomó algo del monje, que rápidamente escondió entre los pliegues de la tela que cubrían a la figura. La mano, sin embargo, se veía con mayor claridad esta vez. Era la mano de una mujer, blanca y delicada, y una joya brillaba en su dedo. La escena le produjo un terror sordo, como si temiera alguna calamidad desconocida o algún crimen del que hubiera sido testigo, y se despertó sobresaltado, empapado en sudor.

Se levantó y paseó de un lado a otro por su habitación, y luego miró por la ventana. Era una luz de luna brillante, que proyectaba fuertes sombras de los muros derruidos sobre el tranquilo claustro donde los monjes de antaño dormían plácidamente hasta que la última y temible llamada los despertara. La luz caía de lleno sobre los antiguos muros de la nave y acariciaba con la magia del misterio los delicados tracerías de la capilla donde yacía la condesa Alianora. Su rostro apareció fugazmente en su memoria, con su expresión enigmática, mitad atractiva, mitad repulsiva, y un deseo irresistible lo impulsó a verla de nuevo. Su ventana estaba abierta y el suelo a pocos metros de distancia. Se vistió apresuradamente y salió. Todo estaba en silencio; la naturaleza parecía dormida, ni una brisa movía los árboles ni agitaba la hierba mientras avanzaba lentamente por el claustro: su mente se encontraba en un extraño estado de excitación nerviosa; casi estaba en trance mientras avanzaba hacia la nave, donde las sombras de las columnas y los arcos se proyectaban negras sobre el pavimento roto.

Se detuvo un instante ante la puerta que conducía a la capilla y luego entró como en un sueño, pues todo le parecía irreal, y él mismo un mero fantasma. Finalmente, se detuvo junto a la tumba y contempló el hermoso rostro que lo había hechizado por la tarde. La luz de la luna caía sobre él, dotándolo de un misterio y un encanto sobrenaturales. Su belleza era indescriptible: jamás había concebido nada tan hermoso. La extraña expresión semisatírica que había percibido por la tarde había desaparecido; en sus facciones solo se desprendía dulzura y seducción. Un impulso apasionado lo invadió, se inclinó y la besó en los labios. ¿Era fantasía o era real, aquellos labios suaves y llenos de vida que parecían encontrarse con los suyos? No lo sabía: un éxtasis delirante lo transportó, la escena se desvaneció ante sus ojos y se desplomó en el suelo, desmayado.

Nunca supo cuánto tiempo estuvo tendido. Cuando recobró el conocimiento, la luna se había puesto y estaba sumido en la oscuridad. Un terror indefinible se apoderó de él. Se puso de pie con dificultad, salió corriendo de la abadía, huyó a sus aposentos, entró a los tropezones por la ventana y se arrojó jadeando sobre la cama.

Henry Charlton fue el último en aparecer a la mañana siguiente en la mesa del desayuno. Estaba pálido y desanimado, y le costó mucho esfuerzo participar en la conversación sobre qué hacer ese día. Después del desayuno, alegó dolor de cabeza y se retiró a la biblioteca con un libro, mientras los demás se dedicaban a diversos pasatiempos o tareas. Las chicas estaban en el jardín, donde encontraron al viejo Donald, el jardinero, que había pasado toda su vida en Rosemount y para quien el jardín era tanto suyo como de su amo, o quizás incluso más.

—Sí, jovencita —decía—, las malas hierbas crecen muchísimo con este buen tiempo, y como decías, ya es hora de que limpiemos un poco la vieja abadía. Pero veo que los jóvenes caballeros también han hecho algo por su cuenta, tirando todas esas zarzas y basura al césped, justo como yo lo había cortado y arreglado.

—¡Vaya, Donald! —dijo Cissy—, deberías haberles dado las gracias, porque esa capilla estaba hecha un desastre y te han ahorrado un buen lío.

—Bueno, supongo que hicieron lo que quisieron, pero ahí no es donde yo debería haberme metido, ¡no, no! —Y diciendo esto, se marchó.

—¿Pero por qué no? —preguntó Kate—, ¿por qué no allí, precisamente?

—¡Oh! Yo no digo nada —dijo Donald—. Solo la gente dice que están allí porque no les gusta que los molesten.

—En efecto; ¿qué dicen en el pueblo?

—¡Oh! ¡Ay! Yo no digo nada. No me meto en asuntos ajenos. Y no te diré nada más, señorita, no es bueno que las jóvenes lo sepan.

—Pero ¿sabes, Donald —dijo Cissy—, lo que encontramos allí?

—¿Qué encontraron, señorita? ¿No es ella? ¡Ay, Dios mío! Ya la encontraron una vez, y no sirvió de nada. Listo, no me preguntes más sobre eso. No es bueno que las jóvenes lo sepan.

Dicho esto, Donald se llevó su carretilla a otra parte del jardín.

—Padre —dijo Kate a Sir Thomas, que se acercaba—. Donald lo sabe todo sobre la tumba y la estatua, y no nos dice nada, excepto que la gente cree que trae mala suerte tocarla. ¿Has oído hablar de alguna superstición al respecto?

—Nada en absoluto —respondió él—. Acabo de bajar a ver su descubrimiento. La estatua es una obra maravillosa. Nunca he visto nada mejor, ni aquí ni en Italia. Pero la capilla está en muy mal estado y parte del techo amenaza con derrumbarse. Acabo de avisarle al párroco que venga mañana por la mañana a solucionarlo.

Poco después se les unieron Edwards y Charley, y el día transcurrió agradablemente, con las diversiones habituales de una casa de campo en época de vacaciones. Henry no participó mucho. Estaba distraído, desatento y completamente desanimado. Tenía una vaga idea de lo sucedido la noche anterior, pero parecía que aún persistía en sus labios aquel beso místico, quizás profano, y aún flotaba ante sus ojos el enigmático y burlón rostro de aquel hermoso semblante. Temía la llegada de la noche, sin saber qué le depararía, e intentó distraerse con otras cosas, pero sin mucho éxito.

Su amigo Edwards estaba muy preocupado por el cambio en su comportamiento y le preguntó a Charley si Henry se había alterado de alguna manera durante su visita. Le aseguraron que hasta la tarde anterior Henry había estado tan alegre y sociable como siempre, y que el cambio se había producido solo esa mañana.

—Pero te puedo asegurar una cosa —dijo Charley—, creo que anoche no estuvo en su habitación, pues los macizos de flores tienen huellas y las enredaderas están arrancadas frente a su ventana, lo que indica que alguien entraba y salía. Desde luego, no ha habido ningún robo en la casa. ¿Sabes si camina dormido?

—Nunca he oído que lo haga —dijo Edwards—. No podemos preguntarle si le pasa algo, porque no parece dar pie a que le preguntemos y nos ha evitado todo el día. Pero si se trata de sonambulismo, podríamos vigilarlo esta noche para evitar que haga alguna travesura.

—De acuerdo —dijo Charley—. Mi habitación está encima de la suya y da al mismo lado. Intentaré mantenerme despierto hasta medianoche y te llamaré si lo veo.

—De acuerdo —dijo Edwards—, pero debemos tener cuidado de que no nos vea, pues creo que es peligroso despertar a un sonámbulo.

Y así, se retiraron a sus respectivas habitaciones.

La primera parte de la noche transcurrió bastante tranquila para Henry. No tuvo sueños que lo perturbaran, pero hacia la medianoche comenzó a moverse en la cama, abrumado por la extraña sensación de no estar solo. Despertó y vio la luna brillando con la misma intensidad que la noche anterior, revelando cada detalle de los antiguos edificios de enfrente. Una vaga sensación de alguna influencia siniestra lo invadió: alguien lo acompañaba, alguien invisible, que le susurraba al oído: «Eres mío, eres mío».

No podía distinguir ninguna forma, pero en su mente se veía claramente el rostro de la figura en la capilla, ahora con la expresión satírica y burlona más presente, y se sintió atraído sin saber adónde. De nuevo, los labios burlones parecieron decir: «Eres mío, eres mío».

Casi inconscientemente, se levantó y se dirigió hacia la ventana. Una forma apenas visible pareció moverse ante él, vio los rasgos de la condesa con mayor claridad, y sin saber cómo había llegado allí se encontró fuera de la habitación en el patio, y entrando en la sombra del claustro. Algo impalpable se deslizó ante él, volviéndole el rostro que lo atraía aunque lo burlaba, y que no pudo sino seguir, aunque con una creciente sensación de terror y aversión. Aún en su oído resonaban las palabras: «Eres mío, eres mío», y fue incapaz de resistir el hechizo que lo arrastraba cada vez más hacia la penumbra de la nave en ruinas.

Y ahora la forma adquirió consistencia y le pareció ver a la condesa Alianora de pie frente a él. En sus rasgos estaba la misma sonrisa burlona, en su dedo la joya de su sueño. «Eres mío», pareció decir, «mío, mío, lo sellaste con un beso», y extendió los brazos; pero mientras estaba de pie ante él en su maravillosa y sobrenatural belleza, un cambio se apoderó de ella; Su rostro se contrajo en arrugas espantosas, sus extremidades se marchitaron, y mientras se acercaba a él, una masa de repugnante corrupción, y extendía sus horribles brazos para abrazarlo, él lanzó un grito terrible, como el de un alma torturada, y se desplomó desmayado en el suelo.

—¡Edwards, Edwards, ven rápido! —gritó Charley, golpeando la puerta—. Harry no está en su habitación y le pasa algo. No sé qué es, pero date prisa o podría ocurrir algún percance.

Su amigo estuvo listo en un instante, y los dos bajaron sigilosamente las escaleras y, para no molestar a la familia, salieron al claustro por la ventana de la habitación de Harry. En el camino notaron que su cama había sido usada y estaba revuelta. Tomaron el camino del claustro por donde Charley había visto pasar a Harry, y justo cuando llegaban a la puerta que daba a la nave, oyeron su grito de terror sobrenatural. Corrieron a la iglesia gritando: «¡Harry, Harry, aquí estamos! ¿Qué pasa? ¿Dónde estás?». Al no obtener respuesta, lo buscaron lo mejor que pudieron a la luz de la luna. Finalmente lo encontraron, tendido en el suelo a la entrada de la capilla funeraria. Al principio pensaron que estaba muerto, pero su pulso latía débilmente, y lo sacaron, aún inconsciente, al exterior. Poco después mostró algunas señales de vida, pero permaneció inconsciente. Despertaron a todos en la casa, lo acostaron y enviaron mensajeros a buscar al médico. Mientras velaban junto a su cama, un estruendo ensordecedor los sobresaltó; al mirar por la ventana, vieron una nube de polvo donde había estado la capilla, y a la mañana siguiente vieron que el techo se había derrumbado, destruyéndola.

Harry Charlton estuvo postrado durante muchas semanas con fiebre cerebral. De sus gritos y desvaríos se pudo deducir algo de los horrores de aquella noche fatídica, pero jamás se le ocurriría contar toda la historia tras su recuperación.

Los restos fueron retirados, y Sir Thomas esperaba que la hermosa estatua hubiera sobrevivido. Pero, curiosamente, aunque se examinó y contabilizó minuciosamente cada fragmento de mampostería, no se halló rastro alguno de la figura de alabastro ni de la tumba de la Condesa Alianora.

T. G. Jackson (1835-1924)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de vampiros.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de T. G. Jackson: La dama de Rosemount (The Lady of Rosemount), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«En este pecho se obra un hechizo»: análisis de «Christabel» [Samuel Coleridge]


«En este pecho se obra un hechizo»: análisis de «Christabel» de Samuel Coleridge.




«En el roce de este pecho se obra un hechizo.»



Hoy en El Espejo Gótico analizaremos el poema de Samuel Taylor Coleridge: Christabel (Christabel), publicado en 1816 junto a Kubla Khan (Kubla Khan) y Los dolores del sueño (The Pains of Sleep). Antes de entrar en el poema es importante mencionar que se trata de una pieza dividida en dos partes. La primera fue escrita en 1797, y la segunda en 1800. Coleridge planeó tres partes más, que nunca se completaron.

Resumen:

Coleridge comienza hablando de sir Leoline, un poderoso barón muy apegado a su perra, una mastín que tiene la costumbre de responder al reloj del castillo. Cuando aúlla, dicen, la perra es capaz de ver el espíritu de la difunta baronesa. Pero el verdadero orgullo de sir Leoline es lady Christabel, su hija, que en esta medianoche camina sola por el bosque. Encuentra un viejo y robusto roble, se arrodilla ante él y reza por la salvación de su prometido; sin embargo, un lastimoso gemido interrumpe sus plegarias. Detrás del árbol hay una mujer vestida de blanco, descalza, pero con ricas gemas en su cabello.

Con una voz delicada, musical, le dice a Christabel que su nombre es Geraldine. Según cuenta, fue secuestrada por un grupo de caballeros. Logró deshacerse de ellos pero pronto volverán. Afirma no recordar nada mas. Christabel trata de consolarla. Le dice que su padre se encargará de que regrese a salvo a casa. Por ahora, lo mejor es pasar la noche en su cuarto.

Las dos mujeres llegan al castillo de sir Leoline sin incidentes, pero, al antes de cruzar las puertas de hierro, Geraldine se desploma en el suelo. No se desmaya, sino que tiene un súbito ataque de dolor. Christabel la ayuda a incorporarse y la invita a orar a la Virgen, pero Geraldine dice que está demasiado cansada. Al cruzar el patio, la perra ladra furiosamente y las brasas del salón se agitan en extrañas lenguas de fuego. Ya en la habitación, Christabel le ofrece a Geraldine un licor que preparó su madre, quien, según confiesa, murió al darla a luz. Entonces, como si Geraldine pudiera «ver a los muertos sin cuerpo», le advierte a Christabel que tiene un «espíritu guardián» junto a ella, y que ya es hora de liberarse de él, habida cuenta que la propia Geraldine se encargará de cuidarla.

Christabel cree que su nueva amiga está algo confundida por la terrible experiencia que acaba de tener, pero Geraldine le dice que «los habitantes del cielo» la aman y que incluso ella intentará corresponderle. Le pide a Christabel que se vaya a dormir mientras ella reza. Christabel obedece, pero no puede conciliar el sueño, así que observa a Geraldine mientras se desviste, «una visión para soñar, no para contar», porque uno de sus pechos y la mitad de su cuerpo son, digamos, indescriptibles.

Geraldine se acuesta en la misma cama y abraza a Christabel. Por alguna razón, el roce de sus senos hace Christabel sea incapaz de recordar lo que sucedió esa noche, excepto que encontró en el bosque a una «dama brillante», una muchacha «de una belleza excepcional» a quien ha traído a casa. En pocas horas, Christabel deja de ser aquella damisela inocente que rezaba por su prometido para yacer en los brazos de Geraldine. Durante este encuentro todos los «pájaros nocturnos» permanecen en silencio.

Al oír las campanas de servicio matutino, Geraldine se levanta para arreglarse. Christabel despierta y descubre que su nueva «amiga» es aún más hermosa que la noche anterior, antes de derramarle su «dulce agradecimiento». Está claro que Christabel es consciente de que ha pecado.

Sir Leoline, presa de una severa depresión, da la bienvenida a Geraldine. Se asombra al saber que su padre es Roland de Vaux de Tryermaine, un viejo amigo de la juventud con quien tuvo una disputa. No lo ha visto en décadas, pero piensa que no ha encontrado un mejor amigo desde entonces. Al ver a Roland en Geraldine, sir Leoline jura castigar a sus secuestradores [dice que les arrancará sus «almas de reptil»] y la abraza. Al observar esta escena, Christabel vuelve a notar el monstruoso pecho que Geraldine reveló la noche anterior. Advierte también una especie de «jadeo sibilante» en ella.

Sir Leoline dice que enviará a su bardo, Bracy, a informar a Roland que desea recuperar su amistad, por lo que cabalgará con sus tropas para llevar a su hija a casa. Bracy se conmueve, pero ruega que el viaje se retrase. Anoche tuvo un sueño extraño: vio a Christabel como una paloma, sola, gimiendo de angustia en el bosque, enroscada en una serpiente verde. Bracy teme que algo impío esté acechando, por lo que sugiere ir a purificar el bosque con su música.

Sir Leoline, estupefacto por la belleza de Geraldine, apenas escucha al bardo. Le dice a Geraldine que él y Roland son más fuertes que el arpa o la canción; y que juntos aplastarán a esa serpiente. Geraldine acepta su beso con un aire puro, virginal, pero sus ojos, que brillan con un «odio sordo y traicionero», como los de una serpiente, miran de reojo a Christabel.

Christabel cae de rodillas y le ruega a su padre que expulse a Geraldine. Sir Leoline, por supuesto, está indignado por esa deshonra a la hospitalidad de su casa, y todo por celos. Le ordena a Bracy que se vaya a Tryermaine de inmediato. Luego, sir Leoline se aleja de Christabel y acompaña a Geraldine fuera del salón para «expresar el exceso de su amor con palabras de amargura involuntaria».

***


Lo primero que salta a la vista de Christabel es su influencia en el relato de Sheridan Le Fanu: Carmilla (Carmilla). Por ejemplo, en ambas historias una vampiresa atrae a una joven inocente, logra ser invitada a su castillo y, una vez instalada, se gana el favor de su padre. Además, las dos heroínas, Christabel y Laura, son hijas de madres fallecidas durante el parto, y las dos están a cargo de sus padres enfermos. Más aún: la presencia de Geraldine provoca en Christabel síntomas similares a los que Carmilla estimula sobre Laura, y ambas protagonistas experimentan problemas de sueño y debilidad por la mañana después de pasar la noche con sus invitadas [ver: Carmilla y la leyenda de los nombres de los vampiros]

Si bien sabemos que Carmilla es una vampiresa, no conocemos la naturaleza de Geraldine. Puede ser una vampiresa, un súcubo, una lamia o una bruja. Uno de los «síntomas» de su maldad es la aversión por determinados símbolos; por ejemplo, se rehúsa a rezar a la Virgen, la luz ejerce una influencia negativa sobre ella, y se desmaya al rozar casualmente una cadena de plata. Es probable que Coleridge pensara brindar más información sobre ella en las siguientes tres partes del poema.

Se habla mucho de Christabel, pero el personaje más interesante es Geraldine. Es carismática y adapta su perfil de acuerdo a su víctima. Puede actuar como una damisela aterrorizada y, un momento después, ejercer una poderosa influencia sexual sobre hombres y mujeres por igual.

No está claro qué es Geraldine. Sabemos que hay algo extraño en su «pecho desnudo» y «la mitad de su costado», algo visible, y por lo tanto físico. La sugerencia es que Geraldine no es humana, o al menos no del todo humana. Sabemos también que el roce de su pecho hechiza a Christabel, la hace olvidar el encuentro sexual de la noche anterior, lo cual sugiere que no necesariamente es sangre, sino algún tipo de magia. Uno tiende a pensar que debe ser algo bello, atractivo, pero cuando Coleridge dice que es «una imagen para soñar, no para contar» podría estar hablando de un pecho de aspecto cadavérico, o, por otros indicios, escamado, como la piel de una serpiente. Tampoco puede descartarse que Christabel y Leoline se sientan atraídos por el pecho de Geraldine por motivos diferentes. La madre de Christabel murió en el parto, por lo que ella no pudo experimentar la lactancia. Leoline es viudo, y se encuentra privado de la cercanía de una amante. En ambos casos, el pecho de la difunta madre/esposa es una privación para la hija y el esposo [ver: La maternidad fallida en «Drácula»]

Si tuviese que jugar al detective literarios, diría que Geraldine se acuesta con Christabel para llegar a sir Leoline. Es decir, el sexo captura nuestra atención, pero es curioso que Geraldine resulte ser la hija de un viejo amigo, ahora adversario, y que su situación [secuestro] desencadene en sir Leoline una serie de arrepentimientos. Este podría ser el trasfondo político del poema. Leoline, ya anciano y con una salud frágil, cede a la influencia de Geraldine, incluso ignora las visiones del bardo [lo cual nunca es buena idea] pero Christabel interrumpe el hechizo lo suficiente como para plantear su desconfianza.

Supongo que, en las sucesivas partes, Christabel iría ganando terreno y terminaría imponiéndose sobre Geraldine. También veríamos más a Bracy y a la perra, y tal vez descubriríamos qué es Geraldine, su pasado, sus motivaciones.

El pecho de Geraldine es un aspecto misterioso del poema. Se dice que Percy Shelley, que poseía una sensibilidad morbosa, como la mayoría de los románticos, tuvo un ataque de pánico en Villa Diodati luego de escuchar a lord Byron recitando Christabel. Al parecer, Percy tuvo una visión de su esposa, Mary Shelley, con ojos en lugar de pezones, y salió corriendo de la habitación. Tuvo que ser atendido por John Polidori, que era médico. ¿Será que Percy Shelley, en su ataque de nervios, captó algo en las palabras de Coleridge? ¿Será que Geraldine tiene ojos en lugar de pezones?

Una lectura religiosa del poema de Coleridge sugiere que Geraldine es la serpiente del Edén que corrompe a Christabel, quien representa a Eva. Después de todo, tienta a Christabel en la naturaleza, cerca de un árbol, y libera su sexualidad, hasta ese punto latente e inexplorada. Pero esta figura termina aquí, porque Geraldine también influye sobre sir Leoline, quien se interesa sexualmente por ella. Leoline, evidentemente, no es Adán; de hecho, es el padre de Christabel, no su amante. Sin embargo, Coleridge insiste en recordarnos que la madre de Christabel murió en el parto, y que la chica se convirtió en una gran compañía para su padre; en cierto modo, asumió el rol de esposa, Tanto es así que Christabel reacciona únicamente cuando Geraldine pone en peligro la relación con su padre.

Coleridge es un maestro de la insinuación. Nunca vincula lo sobrenatural con nada concreto, trata de ser lo más impreciso posible, logrando en el lector un efecto de misterio que roza la frustración. Lo que en otros autores es «información», en Coleridge son detalles. Por ejemplo, es evocador que el poema comience a la medianoche, horario propicio para lo sobrenatural, y que todos los animales que menciona el poeta [los búhos, el gallo, la perra] se muestren inquietos, como si percibieran la llegada de un visitante del otro mundo. La insinuación de la presencia del espíritu de la madre de Christabel completa la atmósfera, y nos da la certeza de que algo sobrenatural está a punto de ocurrir. Sin afirmar nada en concreto, Coleridge nos prepara para la aparición de Geraldine.

El efecto que logra es más convincente que si solo proporcionara información directa. Lo sobrenatural en la ficción es un fenómeno mental, está lleno de dudas, contradicciones e incertidumbre. Christabel siente un temor vago al ver a Geraldine. No hay nada objetivamente sobrenatural aquí; solo tenemos la noche [con luna], el bosque, los animales inquietos, el roble [con una hoja roja que cuelga de la rama más alta], la mujer hermosa. Sin embargo, Coleridge logra el efecto deseado, que es insinuar la presencia de algo sobrenatural apelando a una secuencia de elementos naturales que, en sí mismos, no tienen nada de extraño.

Geraldine, por su parte, procede como un vampiro, aunque no sabemos si la sangre está involucrada. Sus ataques giran en torno a lo sexual, posee un gran atractivo físico, su personalidad es hipnótica y más fuerte por la noche, lleva una marca corporal que revela su naturaleza sobrenatural y, después del encuentro físico con sus víctimas, estas quedan incapacitadas. Si el vampiro se define únicamente por la acción de beber sangre, Geraldine no es un vampiro. Si se define por el resto de sus caracterísicas o atributos, evidentemente pertenece a esa estirpe [ver: Razas y clanes de vampiros]

Hay otro detalle que nos lleva a pensar que Geraldine es un vampiro: al llegar al umbral del castillo, finge un desmayo. No puede cruzar las puertas hasta que Christabel la carga en sus brazos. Una vez adentro, su dolor desaparece misteriosamente. El motivo folklórico de la invitación del vampiro terminó de definirse en la novela de Bram Stoker: Drácula, pero ya estaba presente en Carmilla y, antes de eso, en Christabel. La prevalencia de este motivo deja en claro que el problema del mal es un asunto complejo, tanto en la ficción como en el folklore. Indica que el mal necesita ser invocado, invitado a entrar en nuestras vidas, y por lo tanto se deduce que existe en una esfera externa [ver: ¿Por qué los vampiros deben ser invitados a entrar?]

En este sentido, Christabel, sobre todo su comienzo arquetípico, posee cierta atmósfera de cuento de hadas, con esta pura doncella vagando a medianoche por el bosque que rodea el castillo. Todo parece inocente, pero, en cierto modo Christabel se expone a la influencia del mal. Tiene buenas intenciones, es devota, buena hija y ama a su prometido, pero al salirse del camino, es decir, al andar por el bosque a la hora equivocada, se expone a la influencia del mal [ver: ¡No salgas del camino! El Modelo «Caperucita Roja» en el Horror]

Esto, en nuestros días, puede sonar inapropiado, como si estuviéramos culpando a la víctima, pero el folklore no tiene esos reparos. Aún la personas buenas que actúan con buenas intenciones deben tener algún tipo de afinidad con el mal; deben atraerlo, buscarlo inconscientemente. En definitiva, si Christabel es tan pura como parece, ¿por qué sale a rezar a medianoche en el bosque? ¿Cuál es el motivo por el que decide hacerlo a esta hora y no, digamos, al mediodía? ¿Acaso no es lógico deducir que a medianoche sus plegarias pueden ser respondidas por algo más?

Evidentemente, Christabel actúa con secretismo, oculta sus movimientos. Coleridge dice: «se escabulló sin decir nada», y, más tarde, sostiene que la chica se «arrastró sigilosamente» fuera del castillo. ¿Por qué procede de este modo? Bueno, ha tenido un sueño con su «caballero», un «sueño que la hizo gemir». En otras palabras, Christabel se escapa del castillo, a la medianoche, al bosque, en pleno despertar de su sexualidad. Simbólicamente, está buscando algo, está exponiéndose a un entorno poco seguro. Su sexualidad es como una baliza que solo puede atraer a alguien, o algo, como Geradine.

También es justo decir que, si bien Geraldine trae problemas, no está nada claro que el castillo estuviera en paz hasta su llegada: la madre de Christabel murió al dar a luz, sir Leoline culpa a su hija por el fallecimiento de su esposa e impone un luto interminable que hace que el castillo parezca una tumba más que un hogar. Geraldine, quizás, no genera el mal en la casa, simplemente explota los resentimientos y conflictos latentes. Ciertamente despierta los instintos sexuales que aún no se han manifestado [ver: El enlace entre el Vampiro y su víctima]

Christabel y Geraldine parecen aspectos opuestos; la primera es [supuestamente] «buena», la otra es [aparentemente] «mala». Cuando Bracy relata su sueño, donde una serpiente ataca a una paloma, Geraldine es claramente la serpiente y Christabel la paloma. Sin embargo, las dos se enfrentan del mismo modo, casi como un reflejo: la serpiente hincha su cuello mientras la paloma hincha el suyo. Podría decirse que cada una es el doppelgänger de la otra.

Para aquellos que quieran seguir explorando el lore de Christabel recomendamos el poema de Edgar Allan Poe: La durmiente (The Sleeper), así como en la pieza de Mary Elizabeth Coleridge [sobrina-nieta de Samuel] titulada La bruja (The Witch).




Vampiros. I Poemas de Samuel Taylor Coleridge.


Más literatura gótica:
El artículo: «En este pecho se obra un hechizo»: análisis de «Christabel» de Samuel Coleridge fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Un Drácula de las colinas»: Amy Lowell; poema y análisis.


«Un Drácula de las colinas»: Amy Lowell; poema y análisis.




«Sé que me muero. Pero no moriré.
Ya verás. Encontraré la manera.
Aunque me entierren, viviré,
si hay un Diablo que me ayude.»



Un Drácula de las colinas (A Dracula of the Hills) es un poema de vampiros [en verso libre] de la escritora norteamericana Amy Lowell (1874-1925), publicado originalmente en la edición de junio de 1923 de la revista The Century Magazine, y luego reeditado de manera póstuma en la antología de 1926: Viento del Este (East Wind). Un par de décadas después, August Derleth lo incluiría en la colección de 1947: El lado oscuro de la luna: poemas de fantasía y lo macabro (Dark of the Moon: Poems of Fantasy and the Macabre)

El poema de Amy Lowell: Un Drácula de las colinas, es una de las piezas más extrañas con las que nos hemos topado en El Espejo Gótico. Todo gira en torno a Florella Perry, una mujer joven y hermosa que enferma repentinamente de tuberculosis y, según sus vecinos, comienza el lento y doloroso proceso de convertirse en vampiro [ver: Bloofer Lady: la transformación de Lucy Westenra]

Florella es una vampiresa interesante. No hay otra en la ficción exactamente como ella, aunque comparte algunas características físicas con las protagonistas de Lamia y La Belle Dame Sans Merci de John Keats, y especialmente con Ligeia de Edgar Allan Poe [ambas son incapaces de renunciar a la vida, aunque eso implique arrebatársela a los vivos], pero en el contexto rural de Nueva Inglaterra. Es interesante, entre otras cosas, porque Amy Lowell rechaza al vampiro europeo y, en cambio, recurre a supersticiones autóctonas. Paradójicamente, incorpora el nombre Drácula, tal vez el vampiro europeo más prominente, en el título de su poema. Podría haber escrito simplemente Un vampiro de las colinas, sin embargo, eligió Drácula. Veremos las razones de esto más adelante.

Florella sigue el patrón del vampire panic de Nueva Inglaterra a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, que fue una reacción a sucesivos brotes de tuberculosis. Florella asesina en silencio desde la tumba, comenzando con su esposo, Joe. Amy Lowell sitúa este drama en un período posterior, tal vez a fines del siglo XIX. Esto queda establecido por los pobladores más ancianos, quienes recuerdan «cosas que habían sucedido años atrás» y por una declaración de la Oradora [«no era la primera vez que algo así sucedía»]. Además, tenemos al médico local, el doctor Smilie, quien diagnostica a Florella, y luego a Joe, como enfermos de tuberculosis, no como potenciales vampiros. No hay un Van Helsing en esta historia.

Un Drácula de las colinas es un poema en verso libre, al estilo de una balada. La Oradora es una vecina de Florella, llamada Becky Wales. Toda la historia se desarrolla desde su perspectiva, aunque de vez en cuando incorpora episodios cruciales de oídas, que no pudo presenciar por ser demasiado joven. Becky rememora el incidente en su adultez, y aunque algunos de estos recuerdos están «todos mezclados», declara que hay «algunas cosas extrañas y aterradoras de las que no puedo olvidarme por mucho que lo intente».

Florella Perry es una mujer amable, amorosa con su marido, que ama a la naturaleza. Lamentablemente, contrae tuberculosis y es confinada a la cama. Durante este proceso, Florella se aferra a la vida con una tenacidad asombrosa. Resiste mucho más de lo esperable para la época, y aún en el peor momento de deterioro físico asegura que vencerá a la muerte, aunque sea con la ayuda del diablo. Cuando el doctor Smilie dice que ya no hay nada que hacer, Florella visita a «una mujer extraña» llamada Anabel Flesche, con reputación de conocer todos los secretos de las hierbas y semillas. En pocas palabras, Anabel es una bruja.

A pesar del conocimiento de Anabel sobre, la condición de Florella no cambia, sigue consumiéndose hasta que «no quedó nada de ella excepto ojos y huesos». Muere de noche.

Becky describe el cadáver de Florella en el funeral:


«No soporto ver un cadáver, y el de Florella era espantoso. No es que no fuera bonita; lo era. Ni siquiera la enfermedad había estropeado su belleza. Era como ella misma en un espejo, de alguna manera, un espejo viejo donde no se ve con claridad. Era como música mirarla, solo por su boca. Había una sonrisa extraña y horrible en su boca.»


Poco después, el esposo de Florella, Joe, empieza a mostrar los mismos síntomas. Al igual que su esposa, consulta con Anabel, pero el doctor Smilie interviene para que ella «deje de molestar a un hombre enfermo con sus historias de brujas».

Un día, mientras Becky está cuidando a Joe, un retrato de Florella cae al piso. Joe lo ve como un presagio de muerte y se desmaya. Becky recoge los pedazos y nota que el retrato se ha cortado a la altura de la boca, «haciendo que se vea como el cadáver de Florella». Joe no vuelve a despertar.

Después del entierro de Joe, el padre de Becky se cruza con la bruja, Anabel Flesche, quien asegura que «Joe se ha ido, pero habrá otros». Asustado, el hombre informa a las autoridades, quienes son lo suficientemente viejos como para recordar incidentes similares. Organizan la exhumación del cuerpo de Florella, de noche, «para no asustar a la gente».

Al abrir el ataúd, el cuerpo de Florella se había convertido en polvo, aunque no había pasado mucho más de un año desde su entierro. Lo único que quedaba era su corazón; estaba intacto, fresco como el de una persona viva; casi parecía latir. Despide una especie de luz propia. Irradiaba más fuerte que las luces de las lámparas. El poema concluye de la siguiente manera:


«Lo quemaron; siempre lo hacen en estos casos, nadie está a salvo hasta que se quema.
Ahora, señor, ¿duda usted de que estas cosas pasaron? Parece que ya no pasan, pero esto pasó. Puede ver la tumba de Joe en el cementerio de Penowasset si va por allí. Los feligreses no permitieron que las cenizas de Florella se devolvieran a su tumba, así que no encontrará eso. Solo un espacio abierto con un arce en el centro; plantaron el árbol para que nadie volviera a ser enterrado en ese lugar.»


Ligeia, como Florella, no puede aceptar la muerte. Quiere vencerla, conquistarla; y lo logra, en cierto modo, suplantando físicamente a la nueva esposa de su marido [ver: Mi esposa nigromante: análisis de «Ligeia»]. Florella procede con más sencillez. Directamente vampiriza a su esposo.

Amy Lowell conocía a la perfección la tradición del Pánico Vampírico (Vampire Panic) de Nueva Inglaterra. Nació en el seno de una familia aristocrática de Massachusetts, muy cerca de Boston. Curiosamente, Bram Stoker, autor de Drácula (Dracula) también estaba familiarizado con el caso; de hecho, entre sus notas preliminares se encuentra un artículo periodístico sobre el tema, titulado Vampiros en Nueva Inglarerra (Vampires in New England), fechado el 2 de febrero de 1896. Un año después de la creación de Un Drácula de las colinas [y dos años antes de su publicación], H. P. Lovecraft escribió La casa maldita (The Shunned House), también inspirada en el Vampire Panic del folclore local de Nueva Inglaterra [ver: El vampiro de Benefit Street: análisis de «La Casa Maldita»]

Amy Lowell y H.P Lovecraft toman el mismo material de base pero lo desarrollan en estructuras disímiles. El Flaco de Providence odiaba el verso libre [que no se ajusta a una rima o métrica en particular], y Amy Lovell era buena en ese aspecto. No hay ningún comentario en las cartas privadas de Lovecraft, ni en las enviadas a Weird Tales, que insinúen que alguna vez leyó Un Drácula de las colinas. Creo que habría apreciado el tema, el dialecto vernáculo [que él utiliza, en menor medida, en La casa maldita] pero despreciado su ejecución. Lo cierto es que las colinas de Amy Lowell son las mismas que rodean Arkham [ver: ¡Vamos a Arkham!: Lovecraft y sus paisajes]

¿Por qué Amy Lowell introduce el nombre de Drácula en una leyenda local de Nueva Inglaterra? La respuesta es simple: publicidad. Una referencia al Drácula de Bram Stoker garantizaba un reconocimiento del tema entre los lectores y, además, capturaba el interés de los aficionados al género. Lovecraft solía hacer algo parecido, aunque con más pudor, nunca en el título, con citas de Arthur Machen y Algernon Blackwood, entre otros. Amy Lowell utiliza «Drácula» como sinónimo del más genérico «Vampiro».

La casa maldita de Lovecraft se inspiró en el caso de Mercy Brown; Amy Lowell, según escribió al editor de The Century, parece haberse inspirado en un caso de Vermont, a fines de 1890, donde se desenterró el cuerpo de una mujer para evitar que los miembros de su familia se convirtieran en sus víctimas.

Por tratarse de un poema en verso libre, decidí darle a Un Drácula de las colinas un formato más narrativo. El original en inglés puede leerse más abajo.




Un Drácula de las colinas.
A Dracula of the Hills, Amy Lowell (1874-1925)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Sí, entiendo que hay cierto placer en coleccionar viejas costumbres y alinearlas como una tarjeta de mariposas. Algunas son realmente pintorescas, creo, pero una cosa es parecer y otra vivir. La gente no se fija en lo pintoresco. Los tiempos han cambiado desde mi juventud; no parece el mismo mundo en el que vivía. Con los teléfonos y los automóviles, y la gente de ciudad yendo de un lado para otro en verano, muchas cosas se han desvanecido. Pero recuerdo algunos sucesos extraños; ahora, al mirar atrás.

Pasamos muchos buenos momentos, claro, pero cuando pienso en ello, se me mezclan. No puedo recordarlos todos, y hay cosas terriblemente extrañas que no puedo olvidar, por mucho que lo intente. Me gustaría olvidarme de Florella Perry, pero nunca lo lograré. No sé si se le llamaría costumbre. No era la primera vez que pasaba algo así, lo sé, pero ya no hay cosas así. Me pregunto si cambian los caminos del Señor. Superstición lo llaman, pero no lo sé. Ver es creer, como lo hizo mi padre y otros además de él. Yo no, porque era jovencita y no me dejaron, pero presencié los comienzos; y lo que mis ojos no vieron, mis oídos oyeron, y eso antes de que otros lo vieran era frío, por así decirlo.

Fue hace casi cuarenta años; era apenas una niña que se acercaba a la etapa de belleza, pero aún no la había alcanzado. Un día no pensaba más que en cintas, y al siguiente me pasaba la tarde despreocupada con los chicos. Florella me hizo mujer para ser justa; quizá fue algo bueno, ya era hora. Pero ya soy mujer desde hace bastante tiempo y me gusta recordar lo que pasó. No vivía aquí entonces; mi marido era de Rockridge y vine aquí al casarme. Me crié al otro lado de Bear Mountain, en Penowasset. Mi padre tenía la tienda allí. Lo tenían en gran estima en el pueblo y tuve una infancia feliz. No vivíamos encima de la tienda, sino más bien al final del pueblo, en una casa que mi madre recibió de su padre.

Teníamos un par de campos y un bosque, y contratábamos a un peón. Papá solía ir y venir en calesa por las mañanas y por las tardes, pero mamá y yo no echábamos de menos a nuestros vecinos. Jared Pierce tenía una granja grande y hermosa justo al lado de la nuestra, y la de Joe Perry estaba al otro lado del camino. Florella era la esposa de Joe, una criatura realmente hermosa, frágil como un plato de porcelana y brillante y pulcra como un clavel de junio bajo el sol. Amaba las flores; su jardín era como un ramillete de mayo a octubre. Nunca vi tantas flores como las suyas; nadie más podía hacerlas florecer así. Sus campanillas siempre brotaban primero en primavera, y bastaban un par de heladas para matar sus ásteres tardíos. Sabíamos que estaba enferma cuando el jardín empezaba a llenarse de maleza.

Ella y Joe llevaban casados unos siete años, Pero no serían felices. Salvo por no tener hijos, no creo que quisieran nada. Y entonces Florella enfermó. Un invierno le dio tos y no lograba recuperar las fuerzas. Cuando llegó la época de plantar, no pudo. Joe hizo lo suyo, pero ese año el jardín no era nada del otro mundo. Florella solía sentarse en su mecedora en la terraza, mirándolo y llorando.

Muchas veces me acerqué y rastrillé para ella. Al principio le gustaba que lo hiciera, pero después de un tiempo me dijo que lo dejara en paz; si no era su jardín, dijo, no le importaba nada. Habló casi con ferocidad, pensé, y no volví a acercarme por un buen rato. Cuando lo hice, Florella se había acostado. Era una especie de inválida. No podías ayudarla en nada. Te dejaba hacer cosas y te agradecía, pero siempre enojada porque tuvieras que ir. Un día estaba quitando el polvo de su habitación, y me dijo:

«Becky, no me voy a morir».

«Claro que no, Florella», dije, «¿Quién te metió eso en la cabeza?»

Se enfureció al oír eso.

«De nada sirve mentirme, Becky Wales. Sé que me muero. Pero no moriré. Ya verás. Encontraré la manera de vivir. Aunque me entierren, viviré. No puedes matarme, no soy de las que matan. ¡Viviré! ¡Viviré, te lo aseguro, si hay un Diablo que me ayude!»

Me gritó esto, incorporándose en la cama y señalando con el dedo. Tenía tanto miedo que tuve que agarrarme a una silla para no caerme. Joe entró corriendo del granero. La abrazó y la calmó, y ella rompió a llorar y se desplomó en un pequeño bulto en la gran cama. Apenas se la podía ver de tan delgada. Joe me envió a casa. Me dijo que no le hiciera caso, que era inconstante y no sabía lo que decía. Después de eso las cosas empeoraron. Florella tenía un ataque tras otro; se la podía oír llorar y gritar a lo lejos, calle abajo. Siempre era lo mismo: no moriría, nadie podía obligarla a morir. Era terriblemente lastimoso oírla. A veces gemía y gemía, y luego estallaba, enloquecida y furiosa, gritando por su vida.

Joe estaba desesperado. El doctor Smilie dijo que no había nada que hacer, salvo darle pociones tranquilizantes. Pero Florella no quería; decía que eran un poco mortales y tiraba la taza al suelo cada vez que se la daban. Entonces se le ocurrió ver a Anabel Flesche. Era una mujer rara, Anabel, vivía en un pequeño cobertizo cerca de Chester. Algunos decían que tenía sangre india, era experta en hierbas y muestras; afirmaba saber exactamente cuándo recogerlas y decía un montón de tonterías sobre la luna llena, las tres horas antes del amanecer, el rocío del segundo viernes y cosas así.

Bueno, Florella tenía hierbas, y preparaba sus infusiones y lociones de manzanilla con hojas y plantas que había recogido, y jugueteaba con trozos de cera y cuerda, pero no cambiaba nada. Se hundía sin parar, y los ataques de llanto eran cada vez más frecuentes. Lloraba casi todo el tiempo. Yo solía sentarme en la escalera cuando debería estar en la cama, escuchando. Me ponía los pelos de punta oír su pobre voz quebrada declarando que no moriría. Nunca vi a nadie con tantas ganas de vivir, aunque de hambre se moría. Incluso cuando no quedaba de ella nada más que ojos y huesos, hablaba y hablaba de la vida a la que tenía derecho, y que iba a tener, ¡pasara lo que pasara!

Era un poco solitario por aquel entonces; la mayoría de los que pasaban tenían que ir por Brook Road. No estaba tan cerca ni por dos millas, pero nadie soportaba oír a Florella llamar y gemir. No se podían contar las veces que se quedó quieta. Era un sonido horrible, como de brujas, que llegaba a través de la noche; sé que me agoté y perdí el sueño al oírlo.

Mamá y la señorita Pierce solían turnarse para cuidarla, y era un verdadero gesto de bondad, pues les ponía los nervios de punta. Un sábado por la tarde, la señorita Pierce estaba con ella cuando de repente saltó de la cama, llorando, diciendo que iba al jardín, que ya estaba bien y que no la iban a retener más. La señorita Pierce la atrapó justo cuando iba a cruzar la puerta y supongo que hubo un forcejeo. Joe lo oyó en el patio, desgranando judías. Estaba muerto de miedo, se subió la azada al hombro y entró corriendo. Florella lo vio venir con la azada al hombro y lanzó un grito terrible y salvaje:

«¡Tú también, Joe!», dijo, «¿Quieres matarme igual que a los demás? Pero no lo harás. Viviré gracias a ti.»

Se burlaba, sonreía, tosía y lo amenazaba con el dedo, y su cabeza se movía de un hombro a otro como la de una muñeca de trapo. La señorita Pierce corrió y le dijo a mamá si podría hablar un minuto, y esas fueron sus palabras. Florella amaba a Joe como solo unas pocas mujeres aman; pero para entonces estaba completamente loca, preocupada porque la vida la abandonaba y consumida por la tuberculosis. Pero a Joe no le importaba, él la amaba. Simplemente la levantó y la acostó en la cama, y ella se desmayó y nunca volvió en sí. Murió esa noche.

Lo recuerdo bien, porque los chotacabras hicieron mucho ruido la noche anterior; cuando los oí, pensé que había llegado la hora de Florella. Siempre he odiado los funerales; no soporto ver un cadáver, y el de Florella era espantoso. No es que no fuera bonita; lo era. Ni siquiera la enfermedad había estropeado su belleza. Era como ella misma en un espejo, de alguna manera, un espejo viejo donde no se ve con claridad. Era como música mirarla, solo por su boca. Había una sonrisa extraña y horrible en su boca. La hacía parecer burlona, nada que ver con el aspecto de Florella. Si cierro los ojos puedo ver esa cara ahora, azul y delgada, y los labios torcidos y congelados. Creo que he visto esa cara en mi mente todos los días durante cuarenta años, más o menos.

Bueno, la enterraron, y nosotras, las chicas, pusimos pensamientos y lobelias alrededor de su tumba y nos turnamos para cuidarla, semana tras semana. Yo había amado a Florella, y cuando murió, la recordé como era antes de que llegara su enfermedad y olvidé el resto. Dos años es mucho tiempo para ver morir a una persona, y Joe había cuidado más que la mayoría de los maridos. Se sintió un poco triste cuando todo terminó, pero los vecinos no dejaban de ir a verlo, y mi madre y la señorita Pierce lo ayudaban de vez en cuando, poco a poco se fue recuperando. Era un buen granjero y todo le iba bien, salvo su pena, que, naturalmente, nada podía aliviar cuando el invierno siguiente se pescó un fuerte resfriado.

Supongo que lo dejó pasar antes de ver al médico; en fin, se le apoderó por completo y no podía quitárselo de encima. Nadie le habría dado mucha importancia, supongo, de no ser porque Florella empezó de la misma manera. Joe no estaba preocupado; dijo que estaría bien en primavera, pero no fue así. Intentaba hacer su trabajo como siempre, pero pronto se rendía y se sentaba. Era muy paciente, pero no mejoraba. El doctor Smilie empezó a preocuparse. Un día fui con un tazón de sopa de mamá. Joe estaba sentado en el jardín, junto a un macizo de verdolaga; son flores brillantes y crueles, y Joe parecía tan gris a su lado que me sobresalté al verlo.

«Becky», dijo, «sé que querías a Florella y me gustaría que te quedaras con sus flores», añadió. «Le dejé la granja a mi hermano en Hillsborough, pero puedes cortar las flores antes de que tome posesión.»

«Joe», dije, «Joe…», y no pude articular palabra más.

«Sí», continuó, «claro que me voy. Le di todo lo que pude, pero esto no puede durar. Anabel Flesche estuvo aquí ayer y me lo contó. Con gusto la ayudaré, lo sabes, pero esto no puede durar.»

¿Se alegraba de haber ayudado a Anabel Flesche? Sabía que no lo decía en serio. Corrí directo a casa y se lo conté a mamá, y ella se lo contó a papá, y esa misma noche fueron a casa del doctor Smilie. El doctor dijo que era tuberculosis, pero ya estaba bastante enfadado con Anabel Flesche.

«Me encargaré de que esa fulana deje de hacer trampas», dijo. «Está poniendo nerviosa a un enfermo con sus historias de brujas», dijo. «La echaré del pueblo si vuelve».

Anabel no volvió, pero supongo que lo hizo a la primera, porque a Joe no parecía interesarle mucho curarse. Cuando un hombre no quiere vivir, no vive, y esa es la ley del evangelio.

Joe se deterioró tan rápido que a mediados de verano ya no había esperanza. Solía pasar mucho tiempo con él, y era curioso lo diferente que era de Florella. Creo que era el hombre más tranquilo que he conocido. No parecía disfrutar más que hablando de Florella. A veces me lo contaba todo: cómo la cortejaba, lo que ella decía y su mirada cuando la traía a casa. Me acostumbré terriblemente a lo que me contaba. He estado casada y viuda desde entonces, pero no sé si alguna vez me acerqué a esas cosas como en las conversaciones de Joe. Los hombres no se parecen, las mujeres tampoco, y los matrimonios son todos distintos. Mi matrimonio, cuando llegó, no se parecía al de Joe y Florella más que un pino a una col. Pero esta no es mi historia.

«Florella tenía una voluntad férrea», me dijo Joe una tarde.

Para entonces ya había llegado el otoño, y algunas hojas habían caído, y las que aún quedaban eran tan brillantes que parecían embellecer el sol. Joe estaba acostado en su cama con una colcha de retazos encima, preciosa, con el diseño de las escaleras de la Casa del Estado; la había hecho Florella; era maravillosamente hábil con la aguja. Toda la habitación era un rayo de sol. Justo en la chimenea colgaba un cuadro de Florella que un artista ambulante había pintado el año en que se casó. No creo que la gente de la ciudad le hubiera dado mucha importancia, pero a mí me pareció una preciosidad, una imagen viva de Florella.

«Florella tenía una voluntad férrea», dijo Joe de nuevo. «Me poseía en cuerpo y alma, y eso era un orgullo poco común para mí».

No supe qué responder, así que no lo hice.

«Supongo que todavía me posee», dijo, y no sé si realmente me estaba hablando a mí. «Me alegro de que así sea. Tenemos que ser los dos, todos o ninguno, juntos».

Sonrió ante eso, muy lenta y cansadamente, casi como si le dolieran los labios al hacerlo.

«Quizás no lo entiendas, pequeña Becky», dijo.

No sé si lo entendí o no, y no tuve oportunidad de decirlo, porque de repente el retrato de Florella se desplomó en el suelo con la cuerda rota. Casi pegué un salto, creo que también grité, pero Joe ni siquiera tembló.

«Sí», dijo, mirándome con su sonrisa firme, «Esto lo prueba. Recuerda lo que te digo. No puede durar mucho más. ¡Pobre Florella!»

Suspiró y se acostó, pensé que se había dormido. Recogí la pintura, pero el cristal la había cortado gravemente, incluso en toda la boca. Le daba el mismo aspecto que el cadáver de Florella, lo que me asustó. Temía que Joe la viera al despertar, así que la puse de cara a la pared. Pero no tenía por qué molestarme, porque Joe nunca despertó. Cuando llegó mi madre mandó llamar al doctor Smilie. No estaba muerto cuando llegó el doctor, pero estaba inconsciente y apenas respiraba; así permaneció un día y una noche.

Y entonces todo terminó. Todo terminó para Joe, sí, pero no para nosotros.

Aproximadamente una semana después del funeral, papá se cruzó con Anabel Flesche.

«Así que Joe Perry ha muerto», gimió Anabel, y papá estaba seguro de que la vieja bruja parecía complacida. Solo respondió:

«Sí, ha muerto», y siguió adelante cuando Anabel lo detuvo.

«"Florella tenía una voluntad férrea», se rió entre dientes, «¿no temes que intente con alguien más?»

«¿Qué demonios quieres decir?», gritó papá.

«Amaba la vida», dijo Anabel, de una manera extraña y astuta, «Joe se ha ido, pero hay otros».

Papá estaba tan enojado que no podía confiar en sí mismo para hablar, simplemente rascó su caballo y siguió adelante. Pero lo que dijo Anabel le dolió. Él y mamá lo hablaron esa noche. Se suponía que no debía oír, pero lo hice. Me sentí muy conmocionada por lo que había sucedido y no me atrevía a quedarme sola en la cama, así que solía escabullirme y sentarme en las escaleras hasta que papá y mamá subían.

Me reconfortaba saber que estaban en la habitación de al lado y que podía dormir. Mi madre era muy estricta y siempre me mandaban a la cama a las nueve; subían sobre las diez y yo fijaba esa hora en la escalera, desde donde podía mirar hacia la cocina. Así es como me enteré. Después dije que lo sabía y me lo contaron todo. Para resumir, mi padre y Jared Pierce fueron directamente a ver a los concejales y les contaron lo que Anabel insinuaba. Entonces, unas personas mayores recordaron cosas que habían sucedido años atrás y, atando cabos, decidieron verlo con sus propios ojos. Los concejales estaban allí, mi padre y Jared Pierce; lo hicieron de noche para no asustar a la gente.

Yo no estuve allí, pero papá me lo contó, así que creo haberlo visto: las hojas segando y cayendo, la luz de la linterna sacudiéndose en el suelo, el ruido de picos y palas. Levantaron el ataúd y lo abrieron. El cuerpo de Florella se había convertido en polvo, aunque no sería mucho más de un año después de que la enterraran, pero su corazón estaba tan fresco como el de una persona viva.

Papá dijo que brillaba como un granate cuando le quitaron la tapa al ataúd. Estaba tan vivo que casi parecía latir. Papá dijo que emanaba una luz tan fuerte que creaba sombras mucho más densas que las de la linterna, y que se extendían en otra dirección.

Lo quemaron; siempre lo hacen en estos casos, nadie está a salvo hasta que se quema.

Ahora, señor, ¿duda usted de que estas cosas pasaron? Parece que ya no pasan, pero esto pasó. Puede ver la tumba de Joe en el cementerio de Penowasset si va por allí. Los feligreses no permitieron que las cenizas de Florella se devolvieran a su tumba, así que no encontrará eso. Solo un espacio abierto con un arce en el centro; plantaron el árbol para que nadie volviera a ser enterrado en ese lugar.


Yes, I can understan' ther's a sort o' pleasure collectin' old customs
An' linin' up like a card o' butterflies.
Some on real quaint, I dessay,
But lookin's one thing an' livin's another.
Folks don't figger on th' quaintness o' th' things they're doin',
Ther' ain't no knick-knack about it then, I guess.
Times is changed since my young days,
Don't seem like th' same world I used to live in.
What with th' telephones an' th' automobiles,
An' city folks rampin' all over th' place Summers,
Lots o' things has kind o' faded out.
But I remember some queer goin's on;
They seem queer 'nough to me now, lookin' back.
We had good times a-plenty, nat'rally,
But they're all jumbled up together when I think on 'mdash,
I can't git aholt o' one more'n another,
While ther's some fearful strange things I can't ever lose a mite of,
No matter how I try.
I'd like to forgit 'bout Florella Perry,
But I ain't never be'n able to.
I don't know as you'd call it a custom,
'Twarn't th' first time th' like had happened, I know,
But ther' ain't never no such doin's nowadays.
Do the Lord's ways change, I wonder?
Superstition, you call it—but I don't know.
Seein's believin' all th' world over,
An' 'twas my own father seed
An' others besides him.
I didn't, 'cause I was a young girl an' not let,
But I watched th' beginnin's;
An' what my eyes didn't see, my ears heerd,
An' that afore other folks' seein' was cold, as you might say.
'Twas all of forty year ago;
I was jest a slip of a girl drawin' toward th' beau stage but not yit ther'.
One day I'd be thinkin' o' nothin' but ribbons,
An' th' next I'd go coastin' bellybumps all afternoon with th' boys.
Florella made me a woman for fair;
P'raps that was a good thing, 'twas time for it,
But I be'n a woman long 'nough now
An' I kind o' like to look back to what went afore.
I warn't livin' here then;
My husband was a Rockridge man
An' I come here when I married.
I was raised t'other side o' Bear Mountain to Penowasset.
Father kep' th' store ther'.
They thought a heap o' him in th' town
An' I had a happy childhood.
We didn't live over th' shop,
But quite along by th' end o' th' village
In a house my mother got from her father.
We had a couple o' fields an' a wood lot
An' kep' a hired man.
Father used to drive back an' forth in a buggy mornin's an' evenin's,
But Mother an' me didn't miss for neighbors.
Jared Pierce owned a fine big farm just beyond us,
An' Joe Perry's was t'other side th' road.
Florella was Joe's wife,
An' a real pretty creatur she was,
Fragile as a chiney plate
An' bright an' tidy as a June pink in sunshine.
She loved flowers;
Her door-yard was like a nosegay from May till October.
I never seen sich flowers as hers;
Nobody else couldn't make 'mdash bloom so,
Even when she give 'mdash th' seeds.
Her snowdrops was al'ays first up in th' Spring,
An' it took more'n a couple o' frosts to kill her late asters.
Th' way we knew she was ill was when th' garden begun to git weedy.
She an' Joe'd be'n married 'bout seven year then,
An' My! but they'd be'n happy!
Exceptin' for not havin' a child, I don't think ther' was a thing they wanted.
An' then Florella took sick.
It come with a cough one Winter,
An' she couldn't seem to git back her stren'th.
Come plantin' time, she couldn't do it.
Joe done his best, but that year th' garden warn't nothin' perticlar.
Florella used to set in her rocker on th' piazza lookin' at it an' cryin'.

Many's th' time I've slipped over an' done a little rakin' for her.
At first she liked me to do it,
But after a while she said to let it alone;
Ef it warn't her garden, she said, she didn't care nothin' 'bout it.
She spoke almost fierce, I thought, an' I didn't go over agin for quite a spell.
When I did, Florella had took to her bed.
She was a queer kind of invalid. You couldn't seem to help her any.
She'd let you do things an' thank you,
But she al'ays seemed angry that you had to come.
One day I was dustin' her room, an' she said to me:
“Becky, I ain't a-goin' to die.”
“'Course you ain't, Florella,” says I,
“Whatever put that into your head?”
She flared up at that.
“'Tain't no use lyin' to me, Becky Wales, I know I'm dyin'.
But I won't die. You'll see.
I'll find some way o' livin'.
Even ef they bury me, I'll live.
You can't kill me, I ain't th' kind to kill.
I'll live! I'll live, I tell you,
Ef there's a Devil to help me do it!”
She screamed this out at me, settin' up in bed
An' p'intin' with her finger.
I was so scared I had to grab a chair to keep from fallin',
An' Joe come runnin' in from th' barn.
He took her in his arms an' soothed her,
An' she bust out cryin' an' sunk into a little heap in th' big bed
So's you couldn't hardly see her, she was so thin.
Joe sent me home. He said not to mind Florella,
That she was flighty an' didn't know what she was sayin'.
Well, after that things got worse.
Florella had spell after spell;
You could hear her cryin' an' hollerin' way down th' road.
It was al'ays th' same thing: she wouldn't die,
Nobody could make her die.
'Twas awful pitiful to hear her takin' on.
Sometimes she'd moan an' moan,
An' then she'd break out crazy mad an' angry, screamin' for life.
Joe was at his wits' end.
Dr. Smilie said ther' warn't nothin' to do for her
'Cept give her quietin' draughts.
But Florella wouldn't take 'mdash;
She said they was a little death,
An' she'd throw down th' cup every time they give it to her.
Then she took a notion to see Anabel Flesche.
She was a queer sort of woman, was Anabel,
She lived in a little shed of a place over Chester way.
Some said she had Indian blood in her,
Anyway she was learn'd in herbs an' semples;
She claimed to know jest when to pick 'mdash,
An' she talked a lot o' foolishness about th' full o' th' moon,
An' three hours before dawn, an' th' dew o' th' second Friday,
An' things like that.
Well, Florella had her in,
An' she made her camomile teas an' lotions, out o' leaves an' plants she'd gathered,
An' fussed around with bits o' wax an' string,
But Florella didn't change none.
She kep' sinkin' an' sinkin',
An' th' cryin' spells got to comin' oftener.
She cried most o' th' time then.
I used to set in th' stair winder
When I'd oughter be'n in bed, listenin'.
It made my flesh creep to hear her poor cracked voice declarin' she wouldn't die,
An' all th' time she was dyin' plain as pikestaff.
I never see nobody so hungry for life;
She was jest starvin' for it.
Why, even when ther' warn't nothin' lef' of her but eyes an' bones,
She'd talk an' talk 'bout th' life she'd a right to, an' she was goin' to have, come what or nothin'!
It was kind o' lonesome out our way then;
Most o' th' passin' got to go by th' Brook Road.
'Twarn't so handy by a good two mile,
But nobody couldn't a-bear to hear Florella
Callin' an' wailin'.
You couldn't count ten th' times she was still.
'Twas a awful witchin' sound, comin' through th' night th' way it did;
I know I got all frazzled out losin' my sleep for hearin' it.

Mother an' Mis' Pierce used to take it in turns to watch her,
An' 'twas a real kindness to do it,
It wore th' nerves so.
One Saturday afternoon Mis' Pierce was with her,
When all of a suddint she jumped out o' bed,
Cryin' she was goin' int' th' garden,
That she was well now an' wouldn't be kep' back no more.
Mis' Pierce caught her just as she was goin' through th' door
An' ther' was a struggle, I guess.
Joe heerd where he was out in th' yard hoein' beans.
He was scared to death, an' jest heaved his hoe up onto his shoulder
An' run in as he was.
Florella seed him comin' with th' hoe up on his shoulder,
An' she screamed a fearful wild scream:
“You too, Joe!” she said,
“You want to kill me same as th' others?
But you shan't do it.
I'll live to spite you,
I'll live because o' you.”
She was mockin', an' grinnin', an' coughin',
An' menacin' him with her finger,
An' her head joggin' back an' forth from shoulder to shoulder like a rag-doll's.
Mis' Pierce run'd over an' tell'd Mother soon's she could git a minit,
An' them was her very words.
Now Florella loved Joe as only a rare few women do love;
But she was jest plumb crazy by this time,
Worryin' 'bout th' life was leavin' her, an' all eat up with consumption.
But it didn't make no diff'rence to Joe,
He loved her al'ays.
He jest picked her up an' laid her back in bed,
An' she went off unconscious an' never come to.
She died that night.
I mind it well, 'cause th' whippoorwills'd be'n so loud th' night before;
When I'd heerd 'mdash I'd thought Florella's time was come.
I've al'ays hated funerals,
I can't a-bear to look on a corpse
An' Florella's was dretful.
Not that she warn't pretty;
She was. Even her sickness hadn't sp'iled her beauty.
She was like herself in a glass, somehow,
An old glass where you don't see real clear.
'Twas like music to look at her,
Only for her mouth.
Ther' was a queer, awful smile 'bout her mouth.
It made her look jeery, not a bit th' way Florella used to look.
Ef I shut my eyes I can see that face now,
Blue, an' thin an' th' lips all twisted up an' froze so.
I guess I've seen that face in my mind every day for forty year, more or less.

Well, they buried her, an' we girls set pansies an' lobelia all about her grave
An' took turns tendin' 'mdash, week by week.
I'd loved Florella,
An', when she was dead, I rec'llected her as she was 'fore her sickness come
An' forgot th' rest.
Two years is a long time to watch a person die,
An' Joe'd done more nussin' than most husbands.
He kind o' pined when 'twas all finished,
But th' neighbors kep' a-droppin' in to see him,
An' Mother an' Mis' Pierce did him up every so often,
An' bimeby he got aholt of himself,
An' seemed to be gittin' on nicely.
He was a proper good farmer
An' things was goin' well with him,
All 'ceptin' his sorrow, which nothin' couldn't lift, nat'rally,
When th' next Winter he caught a bad cold.
I guess he let it go too far afore he saw th' doctor;
Anyhow it got a good settle on him an' he couldn't shake it off.
Nobody'd have thought much of it, I guess, but for Florella beginnin' th' same way.
Joe warn't concerned, he said he'd be all right come Spring,
But he warn't. He'd try to do his work as usual,
But soon he'd give over an' set down.
He was real patient, but he didn't git no better.
Dr Smilie begun to look grave.
One day I went over with a bowl o' soup from Mother.
Joe was settin' in th' garden, by a bed o' portulaca;
They's cruel bright flowers, an' Joe looked so grey beside
I got a start to see him.
“Becky,” says he, “I know you loved Florella,
An' I should like you to have her flowers,” says he.
“I've willed th' farm to my brother over to Hillsborough,
But you can dig up th' flowers afore he takes possession.”
“Joe,” I said, “Joe—” an' I couldn't git out another word for th' life o' me.
“Yes,” he went on, “o' course I'm goin'. I've give her all I could, but it can't last.
Anabel Flesche was here yesterday, an' she told me.
I'm glad to ease her any, you know that,
But it can't last.”
Glad to ease Anabel Flesche—I thought,
But I know'd he didn't mean that.
I run right home an' told Mother, an' she told Father,
An' that evenin' they druv down to Dr. Smilie's.
The doctor 'lowed 'twas consumption, but he was angry enough 'bout Anabel Flesche.
“I'll see that hussy stops her trapesin',” he said,
“Rilin' up a sick man with her witch stories,” he said.
“I'll witch her, I'll run her out o' town if she comes agin.”
Anabel didn't come agin, but I guess she done it th' first time,
For Joe didn't seem to take much int'rest in gittin' well.
When a man don't want to live, he don't live, an' that's gospel.

Joe went down hill so fast that by Mid-summer ther' warn't no hope.
I used to set with him a good deal,
An' 'twas queer how diff'rent he was to Florella.
I think he was th' quietest man I ever see.
He didn't seem to have no pleasure 'cept in speakin' 'bout Florella.
By times he told me everythin':
How he courted her, an' what she said, an' th' way she looked when he brought her home.
I got awful near life for a young girl with th' things he told me.
I've be'n married an' widowed since, but I don't know as I ever got nearer to things than Joe's talk brought me.
Men ain't alike, an' women ain't alike, an' marriages is th' most unlike of all.
My marriage, when it come, was no more like Joe's an' Florella's
Than a piney's like a cabbage.
But this ain't my story.
“Florella had a strong will,” says Joe to me one afternoon.
Autumn had come by then, an' some o' th' leaves had fell,
An' those that hung on were so bright they seemed to fairly smarten up th' sun.
Joe was layin' in his bed with a patchwork quilt over him,
A lovely one 'twas, the State House Steps pattern;
Florella'd made it, she was wonderful clever with her needle.
Th' whole room was a blaze o' sunshine.
Right on th' chimbley hung a picture o' Florella
Some travellin' artist had painted th' year she was married.
I don't suppose city folk would have made much of it,
But I thought 'twas a sweet pretty thing, an' th' spon-image o' Florella.
“Florella had a mighty strong will,” says Joe agin.
“She owned me body an' soul, an' that was a rare pride to me.”
I couldn't figger what to answer, so I didn't.
“I guess she owns me still,” he says, an' I don't know ef he was really talkin' to me.
“I'm glad she does. It's got to be both o' us, all or neither, together.”
He smiled at that, very slow an' tired, almost as though it hurt his lips to do it.
“Perhaps you don't understand, little Becky,” said he.
I don't know whether I did or not, an' I didn't have a chance to say,
For all of a sudden crash down come Florella's picture on th' floor with th' cord broke.
I jumped nearly out o' my skin, I expect I screamed too,
But Joe didn't so much as shiver.
“Yes,” he said, lookin' at me with his steady smile,
“This proves it. You mark my words. It can't go on much longer. Poor Florella!”
He sighed then an' layed down, an' I thought he went to sleep.
I picked up th' picture, but th' glass had cut it badly,
All about th' mouth too.
It make it look th' way Florella's corpse did an' give me a turn.
I was afeerd Joe'd see it when he waked up,
So I set it with its face aginst th' wall.
But I needn't have bothered, for Joe never waked up.
When Mother come, she didn't think he looked right,
An' she sent for Dr. Smilie.
He warn't dead when th' doctor got ther',
But he was unconscious an' hardly breathin';
He stayed like that for a day an' a night
An' then 'twas all over.
All over for Joe, yes,
But not for us.
About a week after th' funeral, Father met Anabel Flesche.
“So Joe Perry's dead,” whined Anabel, an' Father was sure th' old hag looked pleased.
He only said, “Yes, he's dead,” an' was pushin' on when Anabel stopped him.
“Florella's a determined woman,” she cackled, “ain't you afeerd she'll try somebody else?”
“What th' Hell do you mean?” cried out Father.
“She loved life,” said Anabel, in a queer, sly way,
“Joe's gone, but ther's others.”
Father was so angry he couldn't trust himself to speak,
He jest touched up his horse an' druv on.
But what Anabel said rankled.
He an' Mother talked it over that night.
I warn't supposed to hear, but I did.
I was all shook up with th' things had happened
An' I daresn't stay in bed alone with nobody near,
So I used to creep out an' set on th' stairs
Till Father an' Mother come up.
It comforted me to know they was in th' next room,
An' I could sleep then.
Mother was real strict, an' I was al'ays sent to bed at nine;
They'd come up 'bout ten, an' I'd set that hour on th' stairs
Where I could look int' th' kitchen an' see 'mdash.
That's how I come to hear.
Afterwards I 'lowed I knew, an' they told me everythin'.
Well, to make a long story short,
Father an' Jared Pierce went straight to th' Selectmen,
An' told 'mdash what Anabel was hintin'.
Then some old people rec'llected things which had happened years ago,
An', puttin' two an' two together, they decided to see for themselves.
The Selectmen was all ther', an' Father, an' Jared Pierce;
They did it at night so’s not to scare folks.
I warn’t ther’, but Father told it so I think I seen it:
Th’ leaves Mowin' an’ sidlin’ down,
Th’ lantern light jerkin’ Tong th’ ground,
Th’ noise o’ th’ pickaxes an’ spades.
They got up th’ coffin an' opened it.
Florclla’s body was all gone to dust,
Though ’twam't much niore’n a year she’d be’n buried,
But her heart was as fresh as a livin’ person’s.
Father said it glittered like a garnet when they took th' lid off th' coffin.
It was so 'live, it seemed to beat almost.
Father said a light come from it so strong it made shadows
Much heavier than tli' lantern shadows an’ runnin’ in a diff’rent direction.
Oh, they burnt it; they al’ays do in such cases,
Nobody’s safe till it’s burnt.
Now, sir, will you tell me how such things used to be?
They don’t happen now, seemingly, but this happened.
You can see Joe's grave over to Penowasset buryin’-ground
Ef you go that way.
The church-members wouldn’t let Florella’s ashes be put back in hers.
So you won’t find that.
Only an open space with a maple in th’ middle of it;
They planted th’ tree so’s no one wouldn’t ever be buried in that spot agin.


Amy Lowell (1874-1925)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de vampiros.


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El análisis, traducción al español y resumen del poema de Amy Lowell: Un Drácula de las colinas (A Dracula of the Hills), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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