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«En este pecho se obra un hechizo»: análisis de «Christabel» [Samuel Coleridge]


«En este pecho se obra un hechizo»: análisis de «Christabel» de Samuel Coleridge.




«En el roce de este pecho se obra un hechizo.»



Hoy en El Espejo Gótico analizaremos el poema de Samuel Taylor Coleridge: Christabel (Christabel), publicado en 1816 junto a Kubla Khan (Kubla Khan) y Los dolores del sueño (The Pains of Sleep). Antes de entrar en el poema es importante mencionar que se trata de una pieza dividida en dos partes. La primera fue escrita en 1797, y la segunda en 1800. Coleridge planeó tres partes más, que nunca se completaron.

Resumen:

Coleridge comienza hablando de sir Leoline, un poderoso barón muy apegado a su perra, una mastín que tiene la costumbre de responder al reloj del castillo. Cuando aúlla, dicen, la perra es capaz de ver el espíritu de la difunta baronesa. Pero el verdadero orgullo de sir Leoline es lady Christabel, su hija, que en esta medianoche camina sola por el bosque. Encuentra un viejo y robusto roble, se arrodilla ante él y reza por la salvación de su prometido; sin embargo, un lastimoso gemido interrumpe sus plegarias. Detrás del árbol hay una mujer vestida de blanco, descalza, pero con ricas gemas en su cabello.

Con una voz delicada, musical, le dice a Christabel que su nombre es Geraldine. Según cuenta, fue secuestrada por un grupo de caballeros. Logró deshacerse de ellos pero pronto volverán. Afirma no recordar nada mas. Christabel trata de consolarla. Le dice que su padre se encargará de que regrese a salvo a casa. Por ahora, lo mejor es pasar la noche en su cuarto.

Las dos mujeres llegan al castillo de sir Leoline sin incidentes, pero, al antes de cruzar las puertas de hierro, Geraldine se desploma en el suelo. No se desmaya, sino que tiene un súbito ataque de dolor. Christabel la ayuda a incorporarse y la invita a orar a la Virgen, pero Geraldine dice que está demasiado cansada. Al cruzar el patio, la perra ladra furiosamente y las brasas del salón se agitan en extrañas lenguas de fuego. Ya en la habitación, Christabel le ofrece a Geraldine un licor que preparó su madre, quien, según confiesa, murió al darla a luz. Entonces, como si Geraldine pudiera «ver a los muertos sin cuerpo», le advierte a Christabel que tiene un «espíritu guardián» junto a ella, y que ya es hora de liberarse de él, habida cuenta que la propia Geraldine se encargará de cuidarla.

Christabel cree que su nueva amiga está algo confundida por la terrible experiencia que acaba de tener, pero Geraldine le dice que «los habitantes del cielo» la aman y que incluso ella intentará corresponderle. Le pide a Christabel que se vaya a dormir mientras ella reza. Christabel obedece, pero no puede conciliar el sueño, así que observa a Geraldine mientras se desviste, «una visión para soñar, no para contar», porque uno de sus pechos y la mitad de su cuerpo son, digamos, indescriptibles.

Geraldine se acuesta en la misma cama y abraza a Christabel. Por alguna razón, el roce de sus senos hace Christabel sea incapaz de recordar lo que sucedió esa noche, excepto que encontró en el bosque a una «dama brillante», una muchacha «de una belleza excepcional» a quien ha traído a casa. En pocas horas, Christabel deja de ser aquella damisela inocente que rezaba por su prometido para yacer en los brazos de Geraldine. Durante este encuentro todos los «pájaros nocturnos» permanecen en silencio.

Al oír las campanas de servicio matutino, Geraldine se levanta para arreglarse. Christabel despierta y descubre que su nueva «amiga» es aún más hermosa que la noche anterior, antes de derramarle su «dulce agradecimiento». Está claro que Christabel es consciente de que ha pecado.

Sir Leoline, presa de una severa depresión, da la bienvenida a Geraldine. Se asombra al saber que su padre es Roland de Vaux de Tryermaine, un viejo amigo de la juventud con quien tuvo una disputa. No lo ha visto en décadas, pero piensa que no ha encontrado un mejor amigo desde entonces. Al ver a Roland en Geraldine, sir Leoline jura castigar a sus secuestradores [dice que les arrancará sus «almas de reptil»] y la abraza. Al observar esta escena, Christabel vuelve a notar el monstruoso pecho que Geraldine reveló la noche anterior. Advierte también una especie de «jadeo sibilante» en ella.

Sir Leoline dice que enviará a su bardo, Bracy, a informar a Roland que desea recuperar su amistad, por lo que cabalgará con sus tropas para llevar a su hija a casa. Bracy se conmueve, pero ruega que el viaje se retrase. Anoche tuvo un sueño extraño: vio a Christabel como una paloma, sola, gimiendo de angustia en el bosque, enroscada en una serpiente verde. Bracy teme que algo impío esté acechando, por lo que sugiere ir a purificar el bosque con su música.

Sir Leoline, estupefacto por la belleza de Geraldine, apenas escucha al bardo. Le dice a Geraldine que él y Roland son más fuertes que el arpa o la canción; y que juntos aplastarán a esa serpiente. Geraldine acepta su beso con un aire puro, virginal, pero sus ojos, que brillan con un «odio sordo y traicionero», como los de una serpiente, miran de reojo a Christabel.

Christabel cae de rodillas y le ruega a su padre que expulse a Geraldine. Sir Leoline, por supuesto, está indignado por esa deshonra a la hospitalidad de su casa, y todo por celos. Le ordena a Bracy que se vaya a Tryermaine de inmediato. Luego, sir Leoline se aleja de Christabel y acompaña a Geraldine fuera del salón para «expresar el exceso de su amor con palabras de amargura involuntaria».

***


Lo primero que salta a la vista de Christabel es su influencia en el relato de Sheridan Le Fanu: Carmilla (Carmilla). Por ejemplo, en ambas historias una vampiresa atrae a una joven inocente, logra ser invitada a su castillo y, una vez instalada, se gana el favor de su padre. Además, las dos heroínas, Christabel y Laura, son hijas de madres fallecidas durante el parto, y las dos están a cargo de sus padres enfermos. Más aún: la presencia de Geraldine provoca en Christabel síntomas similares a los que Carmilla estimula sobre Laura, y ambas protagonistas experimentan problemas de sueño y debilidad por la mañana después de pasar la noche con sus invitadas [ver: Carmilla y la leyenda de los nombres de los vampiros]

Si bien sabemos que Carmilla es una vampiresa, no conocemos la naturaleza de Geraldine. Puede ser una vampiresa, un súcubo, una lamia o una bruja. Uno de los «síntomas» de su maldad es la aversión por determinados símbolos; por ejemplo, se rehúsa a rezar a la Virgen, la luz ejerce una influencia negativa sobre ella, y se desmaya al rozar casualmente una cadena de plata. Es probable que Coleridge pensara brindar más información sobre ella en las siguientes tres partes del poema.

Se habla mucho de Christabel, pero el personaje más interesante es Geraldine. Es carismática y adapta su perfil de acuerdo a su víctima. Puede actuar como una damisela aterrorizada y, un momento después, ejercer una poderosa influencia sexual sobre hombres y mujeres por igual.

No está claro qué es Geraldine. Sabemos que hay algo extraño en su «pecho desnudo» y «la mitad de su costado», algo visible, y por lo tanto físico. La sugerencia es que Geraldine no es humana, o al menos no del todo humana. Sabemos también que el roce de su pecho hechiza a Christabel, la hace olvidar el encuentro sexual de la noche anterior, lo cual sugiere que no necesariamente es sangre, sino algún tipo de magia. Uno tiende a pensar que debe ser algo bello, atractivo, pero cuando Coleridge dice que es «una imagen para soñar, no para contar» podría estar hablando de un pecho de aspecto cadavérico, o, por otros indicios, escamado, como la piel de una serpiente. Tampoco puede descartarse que Christabel y Leoline se sientan atraídos por el pecho de Geraldine por motivos diferentes. La madre de Christabel murió en el parto, por lo que ella no pudo experimentar la lactancia. Leoline es viudo, y se encuentra privado de la cercanía de una amante. En ambos casos, el pecho de la difunta madre/esposa es una privación para la hija y el esposo [ver: La maternidad fallida en «Drácula»]

Si tuviese que jugar al detective literarios, diría que Geraldine se acuesta con Christabel para llegar a sir Leoline. Es decir, el sexo captura nuestra atención, pero es curioso que Geraldine resulte ser la hija de un viejo amigo, ahora adversario, y que su situación [secuestro] desencadene en sir Leoline una serie de arrepentimientos. Este podría ser el trasfondo político del poema. Leoline, ya anciano y con una salud frágil, cede a la influencia de Geraldine, incluso ignora las visiones del bardo [lo cual nunca es buena idea] pero Christabel interrumpe el hechizo lo suficiente como para plantear su desconfianza.

Supongo que, en las sucesivas partes, Christabel iría ganando terreno y terminaría imponiéndose sobre Geraldine. También veríamos más a Bracy y a la perra, y tal vez descubriríamos qué es Geraldine, su pasado, sus motivaciones.

El pecho de Geraldine es un aspecto misterioso del poema. Se dice que Percy Shelley, que poseía una sensibilidad morbosa, como la mayoría de los románticos, tuvo un ataque de pánico en Villa Diodati luego de escuchar a lord Byron recitando Christabel. Al parecer, Percy tuvo una visión de su esposa, Mary Shelley, con ojos en lugar de pezones, y salió corriendo de la habitación. Tuvo que ser atendido por John Polidori, que era médico. ¿Será que Percy Shelley, en su ataque de nervios, captó algo en las palabras de Coleridge? ¿Será que Geraldine tiene ojos en lugar de pezones?

Una lectura religiosa del poema de Coleridge sugiere que Geraldine es la serpiente del Edén que corrompe a Christabel, quien representa a Eva. Después de todo, tienta a Christabel en la naturaleza, cerca de un árbol, y libera su sexualidad, hasta ese punto latente e inexplorada. Pero esta figura termina aquí, porque Geraldine también influye sobre sir Leoline, quien se interesa sexualmente por ella. Leoline, evidentemente, no es Adán; de hecho, es el padre de Christabel, no su amante. Sin embargo, Coleridge insiste en recordarnos que la madre de Christabel murió en el parto, y que la chica se convirtió en una gran compañía para su padre; en cierto modo, asumió el rol de esposa, Tanto es así que Christabel reacciona únicamente cuando Geraldine pone en peligro la relación con su padre.

Coleridge es un maestro de la insinuación. Nunca vincula lo sobrenatural con nada concreto, trata de ser lo más impreciso posible, logrando en el lector un efecto de misterio que roza la frustración. Lo que en otros autores es «información», en Coleridge son detalles. Por ejemplo, es evocador que el poema comience a la medianoche, horario propicio para lo sobrenatural, y que todos los animales que menciona el poeta [los búhos, el gallo, la perra] se muestren inquietos, como si percibieran la llegada de un visitante del otro mundo. La insinuación de la presencia del espíritu de la madre de Christabel completa la atmósfera, y nos da la certeza de que algo sobrenatural está a punto de ocurrir. Sin afirmar nada en concreto, Coleridge nos prepara para la aparición de Geraldine.

El efecto que logra es más convincente que si solo proporcionara información directa. Lo sobrenatural en la ficción es un fenómeno mental, está lleno de dudas, contradicciones e incertidumbre. Christabel siente un temor vago al ver a Geraldine. No hay nada objetivamente sobrenatural aquí; solo tenemos la noche [con luna], el bosque, los animales inquietos, el roble [con una hoja roja que cuelga de la rama más alta], la mujer hermosa. Sin embargo, Coleridge logra el efecto deseado, que es insinuar la presencia de algo sobrenatural apelando a una secuencia de elementos naturales que, en sí mismos, no tienen nada de extraño.

Geraldine, por su parte, procede como un vampiro, aunque no sabemos si la sangre está involucrada. Sus ataques giran en torno a lo sexual, posee un gran atractivo físico, su personalidad es hipnótica y más fuerte por la noche, lleva una marca corporal que revela su naturaleza sobrenatural y, después del encuentro físico con sus víctimas, estas quedan incapacitadas. Si el vampiro se define únicamente por la acción de beber sangre, Geraldine no es un vampiro. Si se define por el resto de sus caracterísicas o atributos, evidentemente pertenece a esa estirpe [ver: Razas y clanes de vampiros]

Hay otro detalle que nos lleva a pensar que Geraldine es un vampiro: al llegar al umbral del castillo, finge un desmayo. No puede cruzar las puertas hasta que Christabel la carga en sus brazos. Una vez adentro, su dolor desaparece misteriosamente. El motivo folklórico de la invitación del vampiro terminó de definirse en la novela de Bram Stoker: Drácula, pero ya estaba presente en Carmilla y, antes de eso, en Christabel. La prevalencia de este motivo deja en claro que el problema del mal es un asunto complejo, tanto en la ficción como en el folklore. Indica que el mal necesita ser invocado, invitado a entrar en nuestras vidas, y por lo tanto se deduce que existe en una esfera externa [ver: ¿Por qué los vampiros deben ser invitados a entrar?]

En este sentido, Christabel, sobre todo su comienzo arquetípico, posee cierta atmósfera de cuento de hadas, con esta pura doncella vagando a medianoche por el bosque que rodea el castillo. Todo parece inocente, pero, en cierto modo Christabel se expone a la influencia del mal. Tiene buenas intenciones, es devota, buena hija y ama a su prometido, pero al salirse del camino, es decir, al andar por el bosque a la hora equivocada, se expone a la influencia del mal [ver: ¡No salgas del camino! El Modelo «Caperucita Roja» en el Horror]

Esto, en nuestros días, puede sonar inapropiado, como si estuviéramos culpando a la víctima, pero el folklore no tiene esos reparos. Aún la personas buenas que actúan con buenas intenciones deben tener algún tipo de afinidad con el mal; deben atraerlo, buscarlo inconscientemente. En definitiva, si Christabel es tan pura como parece, ¿por qué sale a rezar a medianoche en el bosque? ¿Cuál es el motivo por el que decide hacerlo a esta hora y no, digamos, al mediodía? ¿Acaso no es lógico deducir que a medianoche sus plegarias pueden ser respondidas por algo más?

Evidentemente, Christabel actúa con secretismo, oculta sus movimientos. Coleridge dice: «se escabulló sin decir nada», y, más tarde, sostiene que la chica se «arrastró sigilosamente» fuera del castillo. ¿Por qué procede de este modo? Bueno, ha tenido un sueño con su «caballero», un «sueño que la hizo gemir». En otras palabras, Christabel se escapa del castillo, a la medianoche, al bosque, en pleno despertar de su sexualidad. Simbólicamente, está buscando algo, está exponiéndose a un entorno poco seguro. Su sexualidad es como una baliza que solo puede atraer a alguien, o algo, como Geradine.

También es justo decir que, si bien Geraldine trae problemas, no está nada claro que el castillo estuviera en paz hasta su llegada: la madre de Christabel murió al dar a luz, sir Leoline culpa a su hija por el fallecimiento de su esposa e impone un luto interminable que hace que el castillo parezca una tumba más que un hogar. Geraldine, quizás, no genera el mal en la casa, simplemente explota los resentimientos y conflictos latentes. Ciertamente despierta los instintos sexuales que aún no se han manifestado [ver: El enlace entre el Vampiro y su víctima]

Christabel y Geraldine parecen aspectos opuestos; la primera es [supuestamente] «buena», la otra es [aparentemente] «mala». Cuando Bracy relata su sueño, donde una serpiente ataca a una paloma, Geraldine es claramente la serpiente y Christabel la paloma. Sin embargo, las dos se enfrentan del mismo modo, casi como un reflejo: la serpiente hincha su cuello mientras la paloma hincha el suyo. Podría decirse que cada una es el doppelgänger de la otra.

Para aquellos que quieran seguir explorando el lore de Christabel recomendamos el poema de Edgar Allan Poe: La durmiente (The Sleeper), así como en la pieza de Mary Elizabeth Coleridge [sobrina-nieta de Samuel] titulada La bruja (The Witch).




Vampiros. I Poemas de Samuel Taylor Coleridge.


Más literatura gótica:
El artículo: «En este pecho se obra un hechizo»: análisis de «Christabel» de Samuel Coleridge fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El Fetch: una balada»: Dora Sigerson Shorter; poema y análisis.


«El Fetch: una balada»: Dora Sigerson Shorter; poema y análisis.




«Estaba fría como los muertos,
no pronunció palabra cuando se dijo:
Su tumba es profana.
Estaba callada como los muertos,
nunca lanzó un grito al escuchar,
más triste que el lamento,
el ruido de la pala.»



El Fetch: una balada (The Fetch: A Ballad) es un poema gótico de la escritora irlandesa Dora Sigerson Shorter (1866-1918), escrito en 1898 y publicado de manera póstuma en la antología de 1907: Poemas escogidos de Dora Sigerson Shorter (The Collected Poems of Dora Sigerson Shorter).

El Fetch, uno de los grandes poemas de Dora Sigerson, nos introduce en el ámbito del folclore irlandés, heredero de una vasta mitología. Es una pieza extensa, como aclara el título, «una balada» con reminiscencias medievales.

El poema desarrolla la historia de dos amantes y un suceso misterioso que conduce a un desencuentro y, finalmente, a la muerte. A través una estructura de diálogos, tal vez sobrecargados de la resonancia emocional de la literatura gótica, vamos conociendo a estos dos enamorados que pactan un encuentro nocturno, tal vez ilícito. Ella espera mientras su amado se retrasa observando una procesión espectral, el cortejo funeral de una muchacha.

Cuando por fin se encuentran, él le cuenta esta curiosa visión, pero ella no le cree. Para probarlo, la lleva a los dos cementerios de la zona y a un cruce de caminos, donde se entierran los cadáveres «impíos», es decir, los de aquellos que se han quitado la vida. Sin embargo, no encuentran el sitio de entierro de la misteriosa mujer. Discuten, y él se va. Ella, abatida, se quita la vida. Por supuesto, el cortejo fúnebre que el hombre ha visto al principio del poema es un «fetch», un presagio ominoso; y la muchacha muerta no es otra que su propia amada.

El Fetch maneja de forma excepcional las creencias irlandesas en lo sobrenatural. No las describe, las respeta, por lo que no brinda información adicional, asumiendo que el lector entiende, desde el título, de qué se está hablando [ver: mitología celta]. Dora Sigerson se apoya en el diálogo, lo que permite que podamos sumergirnos en el drama sin exposiciones. Resulta divertido, desde la perspectiva actual, que la primera parte del poema trate básicamente de una mujer enojada porque la han dejado plantada. La llegada tardía de su amante y su curiosa explicación [la visión de una espectral procesión fúnebre] no parecen suficiente para ella.

Ahora bien, el joven no es simplemente un espectador: oye su nombre susurrado por los dolientes. Esta es la clave, escalofriante y a la vez profética, de que está observando un evento futuro. El camino para verificar su historia es, tal vez, el momento más flojo. Se nos lleva por todos los lugares de entierro de la zona y todo culmina en lo que ella considera la constatación de un engaño. El giro es devastador, ya que conduce a la pérdida de confianza entre ambos y, en última instancia, de la vida.

El final de El Fetch es trágico. La profecía espectral se cumple y la joven es enterrada en la encrucijada, lo que refleja la forma «impía» en que se quitó la vida [ver: ¡No salgas del camino! El Modelo «Caperucita Roja»]

Dora Sigerson emplea una gran variedad de recursos sobrenaturales al servicio del miedo, la duda y la culpa. Todo el poema está impregnado de folclore irlandés, como el motivo de la procesión espectral y las encrucijadas, ambos particularmente significativos.

En nuestros tiempos, lamentablemente, las hadas y otros seres fabulosos de Irlanda han sido reducidos a meros entretenimientos infantiles, criaturas más o menos amigables. Dora Stigerson explora otra faceta, más antigua, una Irlanda nocturna poblada de espectros errantes [ver: Cuando las hadas abandonaron nuestro plano].

El Fetch es una entidad [no una criatura] que a veces se manifiesta como el doble de un ser humano vivo. Está relacionada con el concepto de doppelgänger en cuanto a ser una réplica y un mal augurio, pero en Irlanda estas entidades eran más bien espectrales. Otra diferencia es que el doppelgänger, al ser visto, siempre es un presagio de muerte, mientras que el avistamiento del Fetch solo es fatal durante la noche. De hecho, si uno lo ve durante la mañana es una señal de larga vida.




El Fetch: una balada.
The Fetch: A Ballad, Dora Sigerson Shorter (1866-1918)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


«¿Por qué llegas tan tarde a la cita?
¿Por qué has tardado tanto?
Con afán he esperado desde
la hora prometida.»

«Quisiera estar a tu lado, amor,
hace muchas horas,
pero vi una cosa al borde del camino,
triste y soñolienta.»

«¿Y qué has visto al borde del camino
que te ha hecho tardar tanto?»
«Es fatigoso el tiempo que he pasado
desde que dejé la puerta de mi padre.»

«Mientras me apresuraba al anochecer
por el camino hacia ti esta noche,
vi el cadáver de una joven doncella
vestida con un sudario blanco.»

«¿Y era ella alguna querida camarada,
o una hermana muerta,
para que dejaras así a tu amada
hasta pasada la hora de la cita?»

«¡Oh, me encantaría saberlo!
Pero nunca vi su rostro,
solo supe que debía seguirla
hasta su lugar de descanso.»

«¿Por el sendero del pueblo echó a andar
o abajo por el lago?
Sé que solo hay dos cementerios
donde un cadáver puede descansar.»

«No fueron por el sendero del pueblo,
ni se detuvieron a los pies del lago,
enterraron el cadáver en silencio
donde las encuentran las cuatro encrucijadas.»

«¿Y era tan extraño espectáculo, entonces,
para que te marcharas como un niño,
dejándome así, esperando,
olvidada, por una engañosa visión pasajera?»

«Era mi nombre lo que oía susurrar
a cada doliente que pasaba a mi lado;
y tuve que seguir sus pasos,
aunque no podía ver sus rostros.»

«Y ahora me gustaría saber quién
podría ser esta bella joven,
así que ven conmigo, mi verdadero amor,
si no tienes miedo.»

Él no bajó por la orilla del lago,
ni pasó por la ciudad,
sino que la llevó hasta las cuatro encrucijadas
y allí la dejó.

«No veo aquí ninguna huella de pie,
no veo ninguna marca de una pala,
sé muy bien que en este camino
blanco nunca se cavó una tumba.»

Y él tomó su mano con la suya
y la condujo a la ciudad,
allí le preguntó al buen anciano sacerdote
si había enterrado a una doncella ese día.

Y él tomó su mano con la suya
y la condujo hasta la iglesia junto al lago,
allí le preguntó al pálido y joven sacerdote
si una doncella le había quitado la vida.

Pero nadie había oído hablar de una nueva tumba
en todas las parroquias de los alrededores,
nadie habló de una joven doncella
puesta en tierra impía.

«Entonces él le soltó la mano,
se dio la vuelta y dijo:
"Ahora sé que eres mentiroso
por la mentira que has dicho.»

Y ella dijo: «¡Ay! ¿Qué mal
me ha pasado esta noche?»
Se arrodilló junto al agua
y lloró con el corazón destrozado.

Y ella dijo: «¡Oh! ¿Qué espectáculo de hadas
fue entonces el que me causó tanta pena?
Dormiré tranquila bajo las aguas tranquilas,
ya que mi amor se ha apartado de mí».

Y su amor se fue a las tierras del norte,
y muy al sur se fue,
y él aún podía oír su voz distante
que lo llamaba llorando amargamente.

Él podía descansar durante el día,
ni podía dormir durante la noche,
así que se apresuró a regresar al viejo camino,
con el lugar de la cita a la vista.

Lo primero que oyó fue el nombre de su amada
y, tras un lamento fuerte y prolongado,
vio fue el rostro querido de su amada,
a la cabeza de una procesión de luto.

Ella estaba tan pálida como los muertos,
y no hizo ningún gesto,
pasó junto a él con su mortaja negra,
todavía durmiendo pacíficamente.

Y ella estaba tan fría como los muertos,
y no pronunció ni una palabra
cuando dijeron: «Profana es su tumba,
porque se quitó la vida.»

Y ella estaba silenciosa como están los muertos,
nunca gritó cuando pudo escuchar,
más triste que el lamento,
el sonido de la pala al cavar.

No tuvo descanso en la vieja iglesia del pueblo,
ni una tumba junto al lago tan dulce,
la enterraron en tierra impía,
donde se encuentran las cuatro encrucijadas.


"What makes you so late at the trysting?
What caused you so long to be?
For a weary time I have waited
From the hour you promised me."

"I would I were here by your side, love,
Full many an hour ago,
For a thing I passed on the roadway
All mournful and so slow."

"And what have you passed on the roadside
That kept you so long and late?"
"It is weary the time behind me
Since I left my father's gate.

"As I hastened on in the gloaming
By the road to you to-night,
There I saw the corpse of a young maid
All clad in a shroud of white."

"And was she some comrade cherished,
Or was she a sister dead,
That you left thus your own beloved
Till the trysting-hour had fled?"

"Oh, I would that I could discover.
But never did see her face,
And I knew I must turn and follow
Till I came to her resting place."

"And did it go up by the town path,
Did it go down by the lake?
I know there are but the two churchyards
Where a corpse its rest may take."

"They did not go up by the town path,
Nor stopped by the lake their feet,
They buried the corpse all silently
Where the four cross-roads do meet."

"And was it so strange a sight, then,
That you should go like a child,
Thus to leave me wait all forgotten—
By a passing sight beguiled?"

"'Twas my name that I heard them whisper,
Each mourner that passed by me;
And I had to follow their footsteps,
Though their faces I could not see."

"And right well I should like to know, now,
Who might be this fair young maid,
So come with me, my own true love,
If you be not afraid."

He did not go down by the lakeside,
He did not go by the town,
But carried her to the four cross-roads,
And he there did set her down.

"Now, I see no track of a foot here,
I see no mark of a spade,
And I know right well in this white road
That never a grave was made."

And he took her hand in his right hand
And led her to town away,
And there he questioned the good old priest,
Did he bury a maid that day.

And he took her hand in his right hand,
Down to the church by the lake,
And there he questioned the pale young priest
If a maiden her life did take.

But neither had heard of a new grave
In all the parish around,
And no one could tell of a young maid
Thus put in unholy ground.

So he loosed her hand from his hand,
And turned on his heel away,
And, "I know now you are false," he said,
"From the lie you told to-day."

And she said, "Alas! what evil thing
Did to-night my senses take?"
She knelt her down by the water-side
And wept as her heart would break.

And she said, "Oh, what fairy sight then
Was it thus my grief to see?
I will sleep well 'neath the still water,
Since my love has turned from me."

And her love he went to the north land,
And far to the south went he,
And her distant voice he still could hear
Call weeping so bitterly.

And he could not rest in the daytime,
He could not sleep in the night,
So he hastened back to the old road,
With the trysting place in sight.

What first he heard was his own love's name,
And keening both loud and long,
What first he saw was his love's dear face,
At the head of a mourning throng.

And all white she was as the dead are,
And never a move made she,
But passed him by in her lone black pall,
Still sleeping so peacefully.

And all cold she was as the dead are,
And never a word she spake,
When they said, "Unholy is her grave
For she her life did take."

And silent she was as the dead are,
And never a cry she made,
When there came, more sad than the keening,
The ring of a digging spade.

No rest she had in the old town church,
No grave by the lake so sweet,
They buried her in unholy ground,
Where the four cross roads do meet.


Dora Sigerson Shorter (1866-1918)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de fantasmas.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Dora Sigerson Shorter: El Fetch: una balada (The Fetch: A Ballad), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«A la fantasmal luz de la luna»: Thomas Lovell Beddoes; poema y análisis.


«A la fantasmal luz de la luna»: Thomas Lovell Beddoes; poema y análisis.




«El mayor deseo de mi corazón
es verte pálida, recostada
en el más suave féretro,
a la fantasmal luz de la luna.»



A la fantasmal luz de la luna (The Ghosts' Moonshine) es un poema gótico del escritor inglés Thomas Lovell Beddoes (1803-1849), publicado de manera póstuma en la antología de 1851: Poemas escogidos (Collected Poems).

A la fantasmal luz de la luna agrupa las tres grandes obsesiones de los poemas de Thomas Lovell Beddoes: la muerte, el amor y lo sobrenatural. Este poema en particular gira entorno a un joven que atrae a una mujer al cementerio para asesinarla

Este motivo, así como la estructura del poema, pertenecen a la fórmula de la balada medieval. Cuando uno piensa en la Edad Media supone que sus cantos tratan sobre caballeros, hadas, magos y bosques embrujados, pero no es así. La balada es una forma de tradición oral, y aborda todos los temas, algunos épicos, dinásticos, otros enfocados en los llamados crímenes pasionales, incluso en la violencia doméstica. La poesía gótica, heredera del macabre del medioevo, atenuó el motivo de la chica engañada y arrastrada a su muerte; en cambio, presenta a una damisela en apuros que es atraída a un lugar solitario [no obligada], a menudo un castillo o una abadía en ruinas. Las baladas son más crudas: la mujer ofrece poca o ninguna resistencia, es asesinada y su cuerpo es abandonado, aunque a menudo retorna espiritualmente. En ocasiones se aparece un elemento adicional: el arrepentimiento, por lo que el asesino es castigado a través de la locura o la muerte [ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico]

El estribillo de A la fantasmal luz de la luna sugiere la interminable recreación de un crimen, lo cual puede verse como una especie de infierno personal. El poema comienza con una serie de acciones aterradores aunque mediante un lenguaje que evoca amor y ternura. Pronto es evidente que no estamos ante dos amantes en la intimidad del dormitorio, sino frente a un asesino y su víctima:


Es medianoche, mi esposa;
yacemos bajo
la tempestad radiante y sin temor,
en el cálido trueno:
(¡No tiembles ni llores! ¿Qué puedes temer?)
El mayor deseo de mi corazón
es verte pálida, recostada
en el más suave féretro,
a la fantasmal luz de la luna.
¿Es el viento? No, no;
solo dos demonios, que soplan
a través de las costillas del asesino
de un lado a otro,
a la fantasmal luz de la luna.


El «cálido trueno» es un oximoron que expresa el trastorno mental del Orador, el cual llama «esposa» a su víctima. Ella «tiembla» y «llora»; no es para menos, está en manos de un psicópata que está a punto de concretar su fantasía homicida. Su «mayor deseo», afirma, es verla «pálida» [es decir, muerta], y «recostada en el más suave féretro a la fantasmal luz de la luna».


¿Quién anda ahí, dijo asustada,
agitando y despertando al pobre muerto?
Es su pala, cavando
(¡No tiembles ni llores! ¿Qué anhelas?)
donde se entrelazan las hierbas,
una cama agradable, doncella mía,
que los niños llaman tumba,
a la fría luz de la luna.
¿Es el viento? No, no;
solo dos demonios que soplan
de un lado a otro entre las costillas del asesino,
a la fantasmal luz de la luna.


La segunda estrofa comienza mostrando el desconcierto de la víctima. Deduce que está en un cementerio, oye la pala de su torturador mientras cava su futura tumba. Ahora bien, es importante aclarar que esta es solo una interpretación. El Orador quizás no es un psicópata humano, sino la propia Muerte, una figura sobrenatural que lleva a su víctima a la consumación de su vida. Conociendo la obsesión de Thomas Lovell Beddoes con la muerte, podrían ser ambas cosas, tal vez simultáneamente, siendo el asesino una encarnación momentánea de la Muerte [ver: Muerte no te enorgullezcas]

En esta segunda estrofa está el elemento más inquietante del poema. En el romanticismo [y en todo el camino hasta nuestros días], la niñez está asociada a la inocencia, y la inocencia a la ignorancia de la muerte. En otras palabras, los adultos intentamos mantener a los pequeños lo más alejados posible de estos temores. El desquiciado orador de Thomas Lovell Beddoes invierte esta idea, otorgándoles a los niños una fría percepción de la mortalidad. Los adultos, en realidad, somos los inocentes porque podemos expresarnos con eufemismos, podemos rodear los temas que nos preocupan; mientras que los pequeños, en cambio, van al grano, y en cierto modo se enfrentan a sus miedos de manera más directa. El ataúd, dice el Asesino/Muerte, es una «cama agradable» «que los niños llaman tumba a la fría luz de la luna».


¿Qué estiras sobre la blancura
de su hermosa garganta?
¿Una cadena de seda para cubrir
el brillo de su pecho?
(No tiembles ni llores: ¿qué temes?)
Mi sangre se ha derramado como vino;
me has estrangulado y asesinado, amor mío,
me has apuñalado, querido,
bajo la fantasmal luz de la luna.
¿Es el viento? No, no;
solo su duende que sopla
a través de las costillas del asesino,
bajo su propia luz de luna.


En la tercera estrofa aparece una nueva voz, tal vez la del lector, que interroga al asesino sobre sus actos.

Lo que observa el lector es que el asesino ha estado viviendo una fantasía, el embellecimiento de un acto detestable. Thomas Lovell Beddoes sugiere que la mujer está desnuda [la cadena no la adorna, la cubre], lo cual alimenta la sensación de que estamos ante un crimen de índole psicosexual. Hay estrangulamiento y apuñalamiento, que implican proximidad física en la comisión del crimen.

El estribillo cambia aquí, sufre un ajuste, aunque sigue siendo impenetrable. Los dos «diablos» se convierten en un goblin [duende] «que sopla a través de las costillas del asesino». Al parecer, los espíritus pueden experimentar una especie de segunda muerte [subjetiva] y resucitar para experimentarla una y otra vez en «su propia luz de luna» [ver: «Y con eones extraños incluso la muerte puede morir»]

Thomas Lovell Beddoes estudió medicina, pero no soportó sus métodos a principios del siglo XIX. Pasó gran parte de su vida sufriendo depresión y estaba obsesionado con la muerte. Todo esto, sumado a una inusual imaginación, lo llevó escribir algunos de los poemas más macabros y originales de la época.

Es casi imposible hacer un resumen de sus poemas que tratan sobre la muerte. Es un motivo ubicuo en su obra. A veces son crímenes recreados después de la muerte, muertes antinaturales, horribles, remordimientos insoportables. Es interesante notar que esta obsesión lo hizo menos solemne que Edward Young, Robert Blair, y otros poetas de cementerio. La obsesión implica frecuencia, familiaridad. Mientras otros autores pensaban ocasionalmente en la muerte, Thomas Lovell Beddoes pensaba en ella todo el tiempo [ver: Y la Muerte no tendrá dominio]

Thomas Lovell Beddoes se suicidó bebiendo veneno en la ciudad de Basilea, Suiza, el 26 de enero de 1849, a la edad de 45 años.




A la fantasmal luz de la luna.
The Ghosts' Moonshine, Thomas Lovell Beddoes (1803-1849)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Es medianoche, mi esposa;
yacemos bajo
la tempestad radiante y sin temor,
en el cálido trueno:
(¡No tiembles ni llores! ¿Qué puedes temer?)
El mayor deseo de mi corazón
es verte pálida, recostada
en el más suave féretro,
a la fantasmal luz de la luna.
¿Es el viento? No, no;
solo dos demonios, que soplan
a través de las costillas del asesino
de un lado a otro,
a la fantasmal luz de la luna.

¿Quién anda ahí, dijo asustada,
agitando y despertando al pobre muerto?
Es su pala, cavando
(¡No tiembles ni llores! ¿Qué anhelas?)
donde se entrelazan las hierbas,
una cama agradable, doncella mía,
que los niños llaman tumba,
a la fría luz de la luna.
¿Es el viento? No, no;
solo dos demonios que soplan
de un lado a otro entre las costillas del asesino,
a la fantasmal luz de la luna.

¿Qué estiras sobre la blancura
de su hermosa garganta?
¿Una cadena de seda para cubrir
el brillo de su pecho?
(No tiembles ni llores: ¿qué temes?)
Mi sangre se ha derramado como vino;
me has estrangulado y asesinado, amor mío,
me has apuñalado, querido,
bajo la fantasmal luz de la luna.
¿Es el viento? No, no;
solo su duende que sopla
a través de las costillas del asesino,
bajo su propia luz de luna.


It is midnight, my wedded;
Let us lie under
The tempest bright undreaded,
In the warm thunder:
(Tremble and weep not! What can you fear?)
My heart's best wish is thine, -
That thou wert white, and bedded
On the softest bier,
In the ghost's moonshine.
Is that the wind? No, no;
Only two devils, that blow
Through the murderer's ribs to and fro,
In the ghosts' moonshine.

Who is there, she said afraid, yet
Stirring and awaking
The poor old dead? His spade, it
Is only making, -
(Tremble and weep not! What do you crave?)
Where yonder grasses twine,
A pleasant bed, my maid, that
Children call a grave,
In the cold moonshine.
Is that the wind? No, no;
Only two devils, that blow
Through the murderer's ribs to and fro,
In the ghosts' moonshine.

What doest thou strain above her
Lovely throat's whiteness?
A silken Chain, to cover
Her bosom's brightness?
(Tremble and weep not: what dost thou fear?)
- My blood is spilt like wine,
Thou hast strangled and slain me, lover,
Thou hast stabbed me dear,
In the ghosts' moonshine.
Is that the wind? No, no;
Only her goblin doth blow
Through the murderer's ribs to and fro,
In its own moonshine.


Thomas Lovell Beddoes (1803-1849)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Thomas Lovell Beddoes.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Thomas Lovell Beddoes: A la fantasmal luz de la luna (The Ghosts' Moonshine), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La casa embrujada»: Thomas Hood; poema y análisis.


«La casa embrujada»: Thomas Hood; poema y análisis.




«Sobre todo se cernía la sombra de un miedo,
una sensación de misterio que intimidaba al espíritu
y decía, tan claro como un susurro en el oído:
el lugar está embrujado.»



La casa embrujada (The Haunted House) es un poema gótico del escritor inglés Thomas Hood (1799-1845), publicado originalmente en la edición de enero de 1944 de la revista Hood's Magazine and Comic Miscellany.

La casa embrujada, uno de los mejores poemas de Thomas Hood, es una pieza extensa dividida en tres partes. Hoy en El Espejo Gótico compartiremos la traducción al español y el análisis de la sección que, a nuestro juicio, es la más interesante por su fuerte asociación con la literatura gótica.

La casa embrujada es una obra maestra. Pertenece a un orden elevado, si no al más elevado de la poesía gótica. Edgar Allan Poe lo consideró como la contribución más significativa de Thomas Hood al género, y con muy buenos argumentos.

Thomas Hood es un maestro en la ambientación gótica, en el caso de este poema, de una casa embrujada recubierta por una sensación de muerte, decadencia, amenaza y misterio. Si una de las condiciones esenciales de este tipo de espacios encantados es la posesión de una historia macabra, oculta, un pasado traumático que de algún modo se manifiesta en el presente, la Casa Embrujada de Thomas Hood cumple a rajatabla con este precepto.


Lúgubre es la casa del dolor,
donde caen lágrimas mientras dobla la campana,
con todas las oscuras solemnidades que muestran
que la Muerte está en la morada.

Muy, nuy tétrica es la habitación
donde el Amor, el Amor doméstico, ya no anida,
sino que, herido por el golpe común del destino,
el cadáver yace sobre los caballetes.

Pero la casa de la aflicción, el coche fúnebre, la negra mortaja,
el estrecho hogar del mortal difunto,
nunca lucieron tan lúgubres como ese Salón Fantasmal,
con su portal desierto.


Uno de los aspectos más interesantes de La casa embrujada es la perspectiva del Orador del poema, que suena como un explorador recorriendo un territorio inhóspito. Su minuciosa descripción del lugar funciona como una especie de tratado sobre la fauna de las antiguas mansiones abandonadas. Tenemos arañas, murciélagos, búhos, hormigas, polillas, escarabajos, crisálidas, un ciempiés arrastrándose por el umbral, gusanos durmiendo en las sábanas, incluso cochinillas [woodlouse], pequeños crustáceos terrestres que se alimentan de materia orgánica en descomposición. La presencia de estos necrófagos implica que han subsistido en la Casa alimentándose de un cadáver:


El ciempiés se arrastraba por el umbral,
la telaraña colgaba en una maraña laberíntica,
y en su sábana sinuosa el gusano dormía
en cada ángulo y rincón.

El ojo de la cerradura albergó a la tijereta y a sus crías,
las hormigas de los escalones tenían antigua posesión
y marcharon en busca de su alimento diurno
en tranquila procesión.

Tan imperturbable como la célula prensil
de una polilla o un gusano, o el tejido de una araña,
pues nunca un pie pisó ese umbral,
para entrar o salir.

Sobre todo se cernía la sombra de un miedo,
una sensación de misterio que intimidaba al espíritu
y decía, tan claro como un susurro en el oído:
el lugar está embrujado.


La casa embrujada es un poema que resiste la prueba del tiempo debido a su carácter visual. El estilo es antiguo, pero las imágenes que evoca se impregnan con claridad en la imaginación del lector. Uno realmente puede acompañar al Orador en cada paso que da por la Casa [ver: Casas como metáfora de la psique en el Horror]

Thomas Hood parece menos interesado en explorar el tema de la muerte que el del olvido. Mientras el Orador explora la Casa, encuentra signos de las personas que alguna vez vivieron allí. Evidentemente fueron personas de la nobleza, guerreros, con sus «banderas» y «estandartes». El Orador aprovecha estos símbolos de fuerza para reflexionar sobre el paso del tiempo y cómo estas personas que alguna vez se sintieron poderosas han sido barridas hacia el olvido.

El poema empieza con una descripción de una casa abandonada que, se dice, está embrujada. El Orador menciona que los habitantes etéreos de la Casa son «fantasmas» y «espectros» que «revolotean y se deslizan»; y alude a ellos como «prisioneros» que están «condenados a quedarse». En la primera sección [que no hemos traducido], Thomas Hood sugiere que los fantasmas no sólo están atrapados en la casa, sino en el tiempo. Están «congelados en el pasado» y «atormentados por viejos recuerdos». Todo esto se asemeja mucho a nociones más modernas sobre la naturaleza de las casas embrujadas, de los fenómenos poltergeist, etc [ver: ¿Energía Residual o entidades inteligentes?]

Thomas Hood añade otra capa de complejidad a la permanencia de estos espíritus. Además de estar atrapados en la Casa y en el Pasado [«condenados a rondar para siempre»], también están atrapados en sus propias emociones. El Orador los describe como «torturados por el remordimiento» y «atormentados por el dolor», como si fueran víctimas de un ciclo que se renueva constantemente [ver: ¿Los fantasmas saben que están muertos?]

A pesar de todo esto, los fantasmas de La casa embrujada no son hostiles con el Orador; de hecho, no pueden serlo, ya que están atrapados en su propio tiempo, ensimismados en sus propias emociones. Por eso el Orador los llama «inofensivos», desafiando la visión tradicional sobre estos habitantes espectrales. Los fantasmas de Thomas Hood simplemente habitan la Casa, tristes y melancólicos, pero no coexisten con el presente [ver: ¿Fantasmas o deslizamientos de tiempo?]. En ningún momento se insinúa que sean capaces de percibir al Orador mientras explora la Casa. El hecho de que sean «inofensivos» modifica la actitud del lector; cambia la narrativa tradicional de los fantasmas como seres agresivos y vengativos y nos mueve hacia la empatía.

La casa embrujada es un poema brillante; en parte, debido a que no conduce a ninguna parte, no cuenta ninguna historia, no posee narrativa ni rastros de metafísica sensacionalista: es pura atmósfera. Y es a través de esa ambientación [simple y sin discordancias] que Thomas Hood despliega todo su genio. En cada detalle, en cada observación del Orador, hay una pieza del rompecabezas.

En 1829, Thomas Hood dejó la ciudad de Londres para vivir en el campo, primero en Winchmore Hill y luego en Lake House. Aquí, se cree, encontró inspiración para este poema. La casa en la que se instaló estaba parcialmente en ruinas pero aún conservaba signos de su esplendor pasado. Al parecer, Thomas Hood disfrutaba escribir en el salón principal, cubierto de paneles pintados, debajo de los cuales las ratas se asomaban al anochecer. «Un lugar muy bonito —escribió Thomas Hood en una de sus cartas—, o lo fue en sus viejos tiempos, pero algo le pasa ahora; el lugar está maldito».




La casa embrujada.
The Haunted House, Thomas Hood (1799-1845)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Lúgubre es la casa del dolor,
donde caen lágrimas mientras dobla la campana,
con todas las oscuras solemnidades que muestran
que la Muerte está en la morada.

Muy, nuy tétrica es la habitación
donde el Amor, el Amor doméstico, ya no anida,
sino que, herido por el golpe común del destino,
el cadáver yace sobre los caballetes.

Pero la casa de la aflicción, el coche fúnebre, la negra mortaja,
el estrecho hogar del mortal difunto,
nunca lucieron tan lúgubres como ese Salón Fantasmal,
con su portal desierto.

El ciempiés se arrastraba por el umbral,
la telaraña colgaba en una maraña laberíntica,
y en su sábana sinuosa el gusano dormía
en cada ángulo y rincón.

El ojo de la cerradura albergó a la tijereta y a sus crías,
las hormigas de los escalones tenían antigua posesión
y marcharon en busca de su alimento diurno
en tranquila procesión.

Tan imperturbable como la célula prensil
de una polilla o un gusano, o el tejido de una araña,
pues nunca un pie pisó ese umbral,
para entrar o salir.

Sobre todo se cernía la sombra de un miedo,
una sensación de misterio que intimidaba al espíritu
y decía, tan claro como un susurro en el oído:
el lugar está embrujado.

Sin embargo, la puerta que empujé (o eso soñé)
se abrió lenta, muy lentamente, con las bisagras chirriando
con oxidada elocuencia,
parecía que el propio Tiempo estaba hablando.

Pero el Tiempo enmudecía en aquella vieja mansión,
o dejaba su relato a los estandartes heráldicos
que colgaban de las paredes corroídas
y hablaban de hombres y costumbres de antaño.

Aquellas banderas destrozadas, con la puerta abierta,
parecían recordar la vieja ola de batalla,
mientras los fragmentos caídos bailaban sobre el suelo
como hojas muertas en diciembre.

Los asustados murciélagos volaron, pájaro tras pájaro,
el búho chillón comenzó a revolotear
y parecía burlarse del grito
que había oído de alguna víctima moribunda.

Un quejido resonó desde el techo de vigas,
y subió por las escaleras, más y más lejos,
hasta que en alguna lejana cámara resonante
cesó su historia de asesinato.

Mientras tanto, la armadura oxidada se sacudía,
el estandarte se estremecía y la banderola deshilachada;
todas cosas que el horrible tenor del sonido
reconocía con un temblor.

Las astas donde colgaban el casco y el cinturón
se movieron como la tempestad agita las ramas del bosque,
o como el ciervo tiembla cuando siente
al sabueso en sus ancas.

La ventana vibró en su marco desmoronado,
y a través de sus muchos resquicios de miseria
llegaban gemidos dolorosos y suspiros huecos,
como los de la disolución.

El gusano cayó y se hizo una bola,
tocado por algún impulso oculto o mecánico;
y escarabajos sin nombre corrieron
a lo largo de la pared en universal pánico.

La sutil araña que, desde arriba, se cernía
como una espía sobre la culpa y el error humano,
giró de pronto y por su fino hilo
corrió con ágil espanto.

Las propias manchas y grietas en la pared,
asumiendo solemnes y terribles rasgos,
insinuaban alguna tragedia en ese viejo salón
encerrada en jeroglíficos.

Alguna historia que, acaso, pudiera resolver la duda,
el por qué, entre aquellas banderas opacas y lívidas,
brillaba tan siniestramente vívida
la bandera de la mano ensangrentada.

Alguna clave para ese atractivo inescrutable
que sacudía el propio cuerpo de la Naturaleza,
y que cada nervio y fibra sintieran un temblor
parecido a un escalofrío.

Porque sobre todo colgaba una nube de miedo,
una sensación de misterio que intimidaba al espíritu
y decía, tan claro como un susurro en el oído:
¡el lugar está embrujado!

Indicios proféticos llenaban el alma de pavor,
pero apuntaban a una entrada sombría,
mientras una secreta inspiración decía:
«¡Esa cámara es fantasmal!»

Al otro lado de la puerta no se balanceaba
ninguna telaraña, ningún fleco polvoriento,
ninguna sedosa crisálida o capullo blanco
en sus rincones y bisagras.

La araña evitó la habitación prohibida, la polilla,
el escarabajo y la mosca fueron desterrados
y cuando el rayo de sol cayó a través de la penumbra,
incluso el mosquito desapareció.

Un solitario haz de luz se posaba sobre una cama,
como si apuntara con terrible precisión,
para mostrar la Mano Ensangrentada,
en rojo ardiente, bordada en la cortina.


Oh, very gloomy is the house of woe,
Where tears are falling while the bell is knelling,
With all the dark solemnities that show
That Death is in the dwelling!

Oh, very, very dreary is the room
Where Love, domestic Love, no longer nestles,
But smitten by the common stroke of doom,
The corpse lies on the trestles!

But house of woe, and hearse, and sable pall,
The narrow home of the departed mortal,
Ne’er looked so gloomy as that Ghostly Hall,
With its deserted portal!

The centipede along the threshold crept,
The cobweb hung across in mazy tangle,
And in its winding sheet the maggot slept
At every nook and angle.

The keyhole lodged the earwig and her brood,
The emmets of the steps has old possession,
And marched in search of their diurnal food
In undisturbed procession.

As undisturbed as the prehensile cell
Of moth or maggot, or the spider’s tissue,
For never foot upon that threshold fell,
To enter or to issue.

O’er all there hung the shadow of a fear,
A sense of mystery the spirit daunted,
And said, as plain as whisper in the ear,
The place is haunted.

Howbeit, the door I pushed—or so I dreamed--
Which slowly, slowly gaped, the hinges creaking
With such a rusty eloquence, it seemed
That Time himself was speaking.

But Time was dumb within that mansion old,
Or left his tale to the heraldic banners
That hung from the corroded walls, and told
Of former men and manners.

Those tattered flags, that with the opened door,
Seemed the old wave of battle to remember,
While fallen fragments danced upon the floor
Like dead leaves in December.

The startled bats flew out, bird after bird,
The screech-owl overhead began to flutter,
And seemed to mock the cry that she had heard
Some dying victim utter!

A shriek that echoed from the joisted roof,
And up the stair, and further still and further,
Till in some ringing chamber far aloof
In ceased its tale of murther!

Meanwhile the rusty armor rattled round,
The banner shuddered, and the ragged streamer;
All things the horrid tenor of the sound
Acknowledged with a tremor.

The antlers where the helmet hung, and belt,
Stirred as the tempest stirs the forest branches,
Or as the stag had trembled when he felt
The bloodhound at his haunches.

The window jingled in its crumbled frame,
And through its many gaps of destitution
Dolorous moans and hollow sighings came,
Like those of dissolution.

The wood-louse dropped, and rolled into a ball,
Touched by some impulse occult or mechanic;
And nameless beetles ran along the wall
In universal panic.

The subtle spider, that, from overhead,
Hung like a spy on human guilt and error,
Suddenly turned, and up its slender thread
Ran with a nimble terror.

The very stains and fractures on the wall,
Assuming features solemn and terrific,
Hinted some tragedy of that old hall,
Locked up in hieroglyphic.

Some tale that might, perchance, have solved the doubt,
Wherefore, among those flags so dull and livid,
The banner of the bloody hand shone out
So ominously vivid.

Some key to that inscrutable appeal
Which made the very frame of Nature quiver,
And every thrilling nerve and fiber feel
So ague-like a shiver.

For over all there hung a cloud of fear,
A sense of mystery the spirit daunted,
And said, as plain as whisper in the ear,
The place is haunted!

Prophetic hints that filled the soul with dread,
But through one gloomy entrance pointing mostly,
The while some secret inspiration said,
“That chamber is the ghostly!”

Across the door no gossamer festoon
Swung pendulous, --no web, no dusty fringes,
No silky chrysalis or white cocoon,
About its nooks and hinges.

The spider shunned the interdicted room,
The moth, the beetle, and the fly were banished,
And when the sunbeam fell athwart the gloom,
The very midge had vanished.

One lonely ray that glanced upon a bed,
As if with awful aim direct and certain,
To show the Bloody Hand, in burning red,
Embroidered on the curtain.


Thomas Hood (1799-1845)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Thomas Hood.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Thomas Hood: La casa embrujada (The Haunted House), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Abajo dormía la fría tierra»: Percy Shelley; poema y análisis.


«Abajo dormía la fría tierra»: Percy Shelley; poema y análisis.




Abajo dormía la fría tierra (The Cold Earth Slept Below) es un poema del romanticismo del escritor inglés Percy Shelley (1792-1822), publicado originalmente con el título: Noviembre 1815 (November 1815) en la colección de 1823: Hunt's Literary Pocket-Book. Fue reimpreso por la viuda de Percy Shelley, Mary Shelley [autora de Frankenstein], en la antología de 1824: Poemas póstumos (Posthumous Poems).

Abajo dormía la fría tierra es uno de los poemas de Percy Shelley más polémicos. Algunos han propuesto la teoría de que Mary Shelley alteró la fecha del manuscrito original al 5 de noviembre de 1815 para que pareciera escrito antes de la muerte de Harriet Westbrook, exesposa del autor [quien se quitó la vida], y de ese modo no pueda haber sido sobre ella. A favor de este argumento se encuentran numerosos episodios públicamente inaceptables de la vida de su esposo que Mary Shelley eliminó de cuajo de la primera edición de Poemas escogidos de Percy Bysshe Shelley (Selected Poems of Percy Bysshe Shelley), de 1839. Por lo tanto, no es inconcebible que Mary modificara algunos aspectos incómodos de Abajo dormía la fría tierra.

Harriet Westbrook fue la primera esposa de Percy Shelley. Se suicidó [estando embarazada] arrojándose a las aguas del Serpentine, un lago londinense; su cuerpo fue recuperado el 10 de diciembre de 1816. Abajo dormía la fría tierra, que versifica el descubrimiento del cadáver congelado de una mujer, podría hacer referencia a la muerte de Harriet. El poema se publicó después de la muerte de Percy Shelley, de modo que la controversia alrededor de la fecha en la que fue escrito está lejos de resolverse. Si, como afirma Mary Shelley, fue escrito en «noviembre de 1815», no puede tratar sobre Harriet, pero algunos opinan que la autora de Frankenstein modificó esa fecha para que no coincidiera con la de su suicidio.

El macabro hallazgo del cuerpo sin vida de Harriet fue publicado en la edición del 12 de diciembre de 1816 del London Times:


«Una mujer respetable, en avanzado estado de gestación, fue sacada del río Serpentine y llevada a su residencia en Queen Street, Brompton, tras estar desaparecida durante casi seis semanas. Llevaba un valioso anillo en el dedo. Se supone que una falta de honor en su propia conducta ha llevado a esta catástrofe fatal, ya que su marido está en el extranjero.»


Sólo podemos especular sobre los motivos que llevaron a Harriet a tomar esa decisión. A los dieciséis años se fugó con Percy Shelley y se casaron en secreto en Edimburgo [agosto de 1811]. Percy era un defensor del amor libre, y en una ocasión se propuso «compartir» a su esposa con un camarada, pero Harriet se negó. En 1814, todavía casado, Percy huyó con Mary [Godwin entonces], dejando a Harriet en una situación comprometida mientras daba a luz a su segundo hijo, Charles.

Harriet regresó con su padre, pero eventualmente abandonó el hogar familiar y se instaló en una pensión. La razón [probablemente] es que había quedado embarazada de un amante. Sola y abandonada, caminó hasta Hyde Park y se lanzó al lago Serpentine. Su cuerpo apareció flotando al día siguiente.

El cuerpo de Harriet fue examinado por un forense, quien no encontró signos de violencia. El suicidio parecía obvio, pero las autoridades fueron compasivas. Se determinó que simplemente se había ahogado, lo cual permitió que fuera enterrada en el cementerio de Saint Mary, beneficio con el que no contaban los suicidas. Tiempo después trascendió la última carta desgarradora de Harriet a Percy Shelley:


«No seré más una habitante de este mundo miserable. No te arrepientas de la pérdida de alguien que nunca podría ser otra cosa que una fuente de aflicción y miseria para todos (...) Mi querido Bysshe [segundo nombre de Percy] si nunca me hubieras dejado, podría haber vivido, pero así es, te perdono libremente para que puedas disfrutar de esa felicidad de la que me has privado.»


Abajo dormía la fría tierra trata sobre una mujer amada por el Orador del poema, quien ha estado expuesta al frío en una noche de invierno y murió, tal vez, ahogada:


Abajo dormía la fría tierra;
arriba brillaba el frío cielo;
y alrededor,
con un sonido escalofriante,
desde cuevas de hielo y campos de nieve,
como la muerte fluía el aliento de la noche
bajo la luna que se hundía.

El seto invernal estaba negro;
la verde hierba no se veía;
los pájaros descansaban
en el pecho desnudo del espino,
cuyas raíces, junto al sendero,
se cerraban sobre las muchas grietas
que la escarcha había abierto.


Más adelante, el Orador sugiere que ella se ahogó, quizás atraída por un fenómeno inexplicable, posiblemente sobrenatural: luces que «resplandecen tenuemente» en las aguas de un pantano. Esta podría ser una alusión a fuegos fatuos y otras incandescencias asociadas a criaturas fantásticas que atraen a los incautos para llevarlos a su muerte.

El tono de Abajo dormía la fría tierra es nétamente gótico. La primera estrofa se enfoca en el frío extremo: tenemos «cuevas de hielo», «campos de nieve como la muerte», incluso el sonido es «escalofriante». La segunda estrofa expande la descripción de este paisaje desolador: es de noche, el seto es negro y, como es invierno, está despojado de follaje; los pájaros descansan en las ramas desnudas de un espino, cuyas raíces rasgan las grietas que la escarcha ha abierto en el camino, otra imagen de la vida hundiéndose en el suelo.

La tercera estrofa pasa de la descripción del paisaje a los ojos de una mujer que brillan «a la luz moribunda de la luna»:


Tus ojos brillaban
a la luz moribunda de la luna;
como las luces del pantano
resplandecen tenuemente sobre el arroyo perezoso;
así brillaba allí la luna,
y amarilleaba las hebras de tu enredado cabello
que se agitaba con el viento nocturno.


Percy Shelley aventura una metáfora de los ojos brillantes que se asemejan a los fuegos fatuos: luces espectrales que los viajeros, por lo general, ven de noche flotando sobre ciénagas y pantanos; a menudo asociadas en las leyendas a las almas de personas ahogadas que atraen a los viajeros a una muerte segura. Es como si Percy Shelley estuviera quitando la responsabilidad de Harriet por su muerte, y redirigiéndola hacia una fuerza maligna exterior. ¿Es esto un indicio de la renuencia de Percy Shelley a aceptar alguna forma de responsabilidad por la muerte de su exesposa? Si dejamos de lado el tono lúgubre del poema, el verdadero alcance de la angustia del autor es discutible

La cuarta estrofa deja en claro que los ojos que brillan pertenecen a una mujer muerta, con los labios pálidos, el pecho frío, tendida en el suelo bajo un cielo gélido. Es evidente que no se trata de una descripción impersonal: la voz se dirige a la difunta como «amada», el único ejemplo de ternura en el poema:


La luna empalideció tus labios, amada;
el viento enfrió tu pecho;
la noche derramó sobre tu querida cabeza
su rocío helado, y tú sólo yacías allí,
donde el amargo aliento
del cielo pudiera visitarte cuando quisiera.


La Muerte es omnipresente en Abajo dormía la fría tierra, no en términos filosóficos, sino de acuerdo al estado emocional del Orador. La elección de palabras de Percy Shelley insinúa que, una vez que la muerte nos toca, empezamos a verla en todas partes. Incluso la naturaleza, que en la filosofía del romanticismo trasciende la fragilidad humana, es propensa a morir en este poema: la mujer, la tierra, los árboles, la luna, las aguas donde hierven los espíritus de los ahogados, todo parece ausente de vida.

Evidentemente, Abajo dormía la fría tierra tenía un profundo significado personal para Percy Shelley, y no estaba destinado a ser publicado. El contexto es clave para comprender y analizar este poema, pero no está claro si el Orador siente remordimiento o si sólo está recordando el pasado [considerando la conmovedora carta de Harriet, en la que señala a Shelley como el autor de su desgracia]. Lo único cierto es que a lo largo del poema se establecen vínculos tangibles con su suicidio.

Toda la escena transcurre bajo «la luz moribunda de la luna», cuyo brillo mortecino empalidece los labios de la mujer muerta. Esta única fuente de luz sugiere el advenimiento de la oscuridad. Además, la luna se asocia comúnmente con la locura, la fertilidad y la feminidad, elementos que convergen en la muerte de la embarazada Harriet. Alternativamente evoca la pérdida de una vida no nacida y el oscuro estado mental en el que se encontraba la joven al tomar aquella decisión desesperada.

Cuando se escribió este poema, Percy Shelley tuvo otra experiencia significativa con la muerte. Fanny Imlay, la media hermana de Mary, se suicidó como resultado de sentirse abandonada. Percy y Mary huyeron juntos. y eventualmente debieron soportar el peso de dos muertes relacionadas con su unión. No es sorprendente entonces ver que la muerte se presenta aquí como una entidad onmipresente, pero siempre es descrita desde la perspectiva de los sobrevivientes. Aunque los muertos reciben cierto grado de paz, Percy Shelley parece lamentar más la miseria de aquellos que han quedado en el plano físico soportando el peso de sus decisiones.




Abajo dormía la fría tierra.
The Cold Earth Slept Below, Percy Shelley (1792-1822)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Abajo dormía la fría tierra;
arriba brillaba el frío cielo;
y alrededor,
con un sonido escalofriante,
desde cuevas de hielo y campos de nieve,
como la muerte fluía el aliento de la noche
bajo la luna que se hundía.

El seto invernal estaba negro;
la verde hierba no se veía;
los pájaros descansaban
en el pecho desnudo del espino,
cuyas raíces, junto al sendero,
se cerraban sobre las muchas grietas
que la escarcha había abierto.

Tus ojos brillaban
a la luz moribunda de la luna;
como las luces del pantano
resplandecen tenuemente sobre el arroyo perezoso;
así brillaba allí la luna,
y amarilleaba las hebras de tu enredado cabello
que se agitaba con el viento nocturno.

La luna empalideció tus labios, amada;
el viento enfrió tu pecho;
la noche derramó sobre tu querida cabeza
su rocío helado, y tú sólo yacías allí,
donde el amargo aliento
del cielo pudiera visitarte cuando quisiera.


The cold earth slept below;
Above the cold sky shone;
And all around,
With a chilling sound,
From caves of ice and fields of snow
The breath of night like death did flow
Beneath the sinking moon.

The wintry hedge was black;
The green grass was not seen;
The birds did rest
On the bare thorn’s breast,
Whose roots, beside the pathway track,
Had bound their folds o’er many a crack
Which the frost had made between.

Thine eyes glow’d in the glare
Of the moon’s dying light;
As a fen-fire’s beam
On a sluggish stream
Gleams dimly—so the moon shone there,
And it yellow’d the strings of thy tangled hair,
That shook in the wind of night.

The moon made thy lips pale, beloved;
The wind made thy bosom chill;
The night did shed
On thy dear head
Its frozen dew, and thou didst lie
Where the bitter breath of the naked sky
Might visit thee at will.


Percy Shelley (1792-1822)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Percy Shelley.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Percy Shelley: Abajo dormía la fría tierra (The Cold Earth Slept Below), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Tuve un sueño que no fue del todo un sueño»: análisis de «Oscuridad» [Lord Byron]


«Tuve un sueño que no fue del todo un sueño»: análisis de «Oscuridad» [Lord Byron]




«La Oscuridad no necesitaba ayuda,
Ella era el universo.»


Hoy en El Espejo Gótico analizaremos el poema de Lord Byron: Oscuridad (Darkness), escrito en 1816 y publicado en la pieza más amplia de ese mismo año: El prisionero de Chillon (The Prisoner of Chillon). Más adelante sería reeditado en la colección póstuma de 1901: Las obras de Lord Byron (Works of Lord Byron). Puede leerse aquí.

El Orador abre con una duda que se esparcirá a lo largo de todo el poema: «Tuve un sueño que no fue del todo un sueño». Oscuridad, entonces, podría tratarse de una premonición o una visión recibida a través de un sueño particularmente aterrador. Acto seguido, el Orador procede a describir este sueño [«que no fue del todo un sueño»] en el que ha presenciado la aniquilación del mundo por una fuerza imparable [la Oscuridad], comenzando con la destrucción de la luz, seguido de la muerte de los árboles, de los animales, con el retroceso de la humanidad a un estado primario, bestial, y finalmente con la destrucción del universo mismo [ver: «In Somnis Veritas»: análisis de «Un sueño dentro de un sueño»]

A primera vista, Oscuridad de Lord Byron es una macabra inversión del mito bíblico de la creación.

Antes de analizar el poema es importante mencionar que Oscuridad fue escrito en 1816, conocido como «el año sin verano». El Monte Tambora entró en erupción un año antes, arrojando suficientes cenizas volcánicas a la atmósfera como para reducir las temperaturas globales y provocar un clima anormal en gran parte del hemisferio norte. Este manto de frío y penumbra tuvo un impacto considerable en Lord Byron, que se encontraba en Ginebra, donde el clima provocó, según sus propias palabras, «que las aves se fueran a dormir al mediodía y las velas se encendieran como a medianoche». El pánico fue considerable. Provocó disturbios, suicidios y fervor religioso en toda Europa. Inicialmente no se asoció la erupción del Tambora [Indonesia] con el oscurecimiento global. Algunos científicos incluso predijeron que el sol se apagaría por completo el 18 de julio. En este preciso día Lord Byron escribió Oscuridad.

Es lícito pensar que el Orador de Oscuridad es último hombre en el mundo antes de su total destrucción; comenzando un motivo recurrente en la ciencia ficción [last man], donde se presenta el fin del mundo a través de la mirada del último sobreviviente [ver: Clichés de la ciencia ficción que nos encantan]. Sin embargo, Lord Byron no se queda en la crónica apocalíptica: No parece haber un «último hombre» en Oscuridad, aunque al final del poema sólo la conciencia del Orador permanece activa en un universo tenebroso, gélido y desolado. ¿Acaso el Orador es el propio Creador, contemplando y anotando la aniquilación del universo del mismo modo en que describió su hechura en el Génesis?

Las imágenes bíblicas están fuertemente presentes en Oscuridad, no tanto como referencias literarias sino como alusiones a lo que realmente estaba ocurriendo en «el año sin verano». No es lo mismo apoyarse en el presagio de Mateo [24:29:] «el sol se oscurecerá», que escribir en una época donde el sol efectivamente se había oscurecido.

Oscuridad proporciona algunas de las más exquisitas escenas infermales: personas «rechinando los dientes», serpientes que se entrelazan lujuriosamente «entre la multitud, silbando»; hombres desesperados en «una ciudad enorme» que reúnen «objetos sagrados» en un altar improvisado «para un uso impío». Estas personas están quemando «objetos sagrados» no para vengarse de la religión, sino para obtener luz. Sin embargo, a la luz de ese fuego profano, mueren de horror al contemplar la reducción a la bestialidad en sus rostros.

En este sueño apocalíptico [«que no fue del todo un sueño»], los seres humanos parecen ghouls, demonios famélicos, demacrados, pereciendo «sin tumbas». En este punto, Lord Byron simplemente exagera los sucesos que ya estaban ocurriendo: disturbios públicos, saqueos, suicidios, hambre, pánico. Era como si Dios, y su orden divino impartido a través de la religión, hubiera retirado su mirada del mundo y el ser humano empezara a retroceder a un estadío primitivo. Incluso los escépticos estaban condenados, habida cuenta que la ciencia ya había pronosticado el total oscurecimiento del sol.

Lord Byron es todo lo pesimista que se puede ser en una situación sin esperanza, ni en la ciencia ni en la religión. No hay sosiego en Oscuridad, y las referencias bíblicas son prolijamente despojadas de aspectos esperanzadores. Por ejemplo, la «paz de mil años» mencionada en el Libro de las Revelaciones como instancia posterior a la devastación del apocalipsis, no existe en Oscuridad: «La guerra, que por un momento ya no existía, resurgió de nuevo». El hecho de que las víboras no muerdan es paralelo a la imagen bíblica [postapocalíptica] del niño de pecho jugando con un áspid [una vívora venenosa]; pero en Oscuridad los niños no juegan inocentemente con serpientes que no muerden, se las comen.

Lord Byron aborda el tema de la mortalidad, tanto en el ser humano como en los animales. Más allá de los distintos aspectos que asume la vida en la tierra, las similitudes innatas entre todos los seres se hacen evidentes en la muerte. Cada persona en Oscuridad afronta su muerte inminente de diferentes maneras. Algunos se acuestan, ocultan sus ojos y lloran; otros sonríen. Este contraste de reacciones intenta mostrar que la muerte no afecta a todos de la misma manera. Lord Byron creía esto, y nos da una idea acabada de cada uno de sus personajes mediante una simple reacción. Aquellos que corren desesperadamente de un lado a otro no pueden afrontar la proximidad de la muerte, mientras que aquellos que sonríen se quedan quietos, reconocen lo que sucederá y eligen esperar pacíficamente en lugar de buscar formas inútiles de evitar lo inevitable.

Lo primero que enfrenta su destrucción en Oscuridad es la Luz. Esto no es caprichoso: al igual que la Luz es lo primero que se crea después de la tierra en Génesis, es lo primero en desaparecer en aquí. Lord Byron enfatiza el horror del Orador mientras describe este súbito avance de las tinieblas: «El brillante sol se extinguió, y las estrellas vagaron oscuras en el espacio eterno». Cómo se las arregla el Orador para continuar con sus observaciones una vez que la Luz se ha retirado, es un misterio, pero a partir de este momento un sentimiento surrealista se apodera del poema. El Orador explica cómo la «tierra helada» se mueve ciegamente a través del «aire sin luna» mientras el tiempo transcurre sin traer un nuevo día. Comenta que «todos los hombres olvidaron sus pasiones en el temor», mientras «todos los corazones se congelaron en una oración egoísta por la luz».

El deseo de Luz es uno de los temas principales de Oscuridad. Lord Byron parece sugerir que la Luz no sólo mantiene viva a la humanidad, sino que nos mantiene alejados de una existencia más primitiva y brutal. De hecho, esta necesidad de Luz es lo primero que impulsa a las personas al caos. Ahora que están envueltos por la cerrazón, «viven cerca de hogueras», quemando todo lo que pueden encontrar, incluso hogares, palacios y ciudades. Los únicos que disfrutan de cierta paz son aquellos que pueden mirarse a la cara porque están lo suficientemente cerca de un volcán para ver a través de la negrura. El pánico crece, y con él la desesperación, tal es así que la gente pasa de quemar objetos inanimados a seres vivos: «Los bosques fueron incendiados», pero incluso los «troncos crepitantes» se extinguen eventualmente y todo queda envuelto en las tinieblas.

Estas acciones desesperadas evidencian la inutilidad del esfuerzo humano por reproducir la Luz, y también nuestra inclinación a la barbarie al destruir otras formas de vida sólo para consolarnos durante un instante. Sin embargo, ni siquiera esta Luz obtenida a través del salvajismo es suficiente, y muchos se dan por vencidos. Algunos se echan en el suelo a morir, otros se esconden, se vuelven locos y sonríen. Pero hay una nota de heroísmo en este escenario desolador. Muchas personas continúan luchando a pesar de no haber esperanza, alimentando sus «piras funerarias con combustible».

Tampoco es caprichoso que primero arda la vegetación, y después la vida animal. De este modo, Lord Byron continúa con su inversión de la creación bíblica.

Cuando la desesperación por hacer Luz se convierte en ira y locura, se produce la masacre de la vida animal:


... levantaron la vista
con loca inquietud hacia el cielo opaco,
el manto de un Mundo pasado; y luego,
con maldiciones, los arrojaron al polvo,
y rechinaron los dientes y aullaron.


La ira se apodera de la gente. Pasan de quemar casas y árboles a destruir todo. El Orador personifica este sentimiento como una Bestia que se harta de la sangre de seres vivientes, mientras las personas, entregadas a todas las transgresiones y tabúes, están completamente solas, «atiborrándose de tristeza». La propia voz del Orador se vuelve más desesperada. Parece gemir mientras dice: «Toda la tierra era sólo un pensamiento, y ese era la muerte».

Si bien no hay manera posible de que el Orador sepa lo que está pensando todo el mundo, la hipérbole enfatiza el tono desolado de la última sección de Oscuridad: ahora que la vida vegetal y la animal han sido destruidas, el siguiente escalón en este apocalipsis es la muerte de la humanidad.

Lord Byron comienza esta parte con una personificación del Hambre «comiendo» a los hambrientos, en el sentido que el Hambre, lo que causa la hambruna, tiene la capacidad de «alimentarse» de los cuerpos cada vez más decrépitos. Todos los lazos que el ser humano ha tejido con otras formas de vida colapsan, incluso los perros, símbolos de máxima lealtad, traicionan a sus amos y devoran sus cadáveres. Sin embargo, aquí encontramos otro destello de esperanza: el Orador es testigo de un perro que se queda junto al cadáver de su amo, manteniendo alejados «a los pájaros, las bestias y los hombres hambrientos». Es una imagen conmovedora que concluye de manera brillante. El perro, que ya no puede procurarse comida, lame la mano de su amo, y «al no responder con una caricia», muere a su lado.

Los últimos seres humanos que logran sobrevivir son dos enemigos que se encuentran junto a «las brasas agonizantes de un altar». Lo que arde allí son «cosas sagradas» para un «uso impío». Los dos hombres «rasparon con sus frías manos esqueléticas las débiles cenizas». Con «débil aliento» consiguen alimentar una pequeña llama, gracias a la cual pueden verse las caras y aullar y morir por «su mutua fealdad». Evidentemente, estos sobrevivientes retrocedieron a un estado de existencia tan primitivo y grotesco que no lograron soportar su contemplación. Este es un marcado contraste con lo ocurrido anteriormente en el poema, cuando ver otro rostro humano brindaba consuelo.

En el movimiento final, el Orador pasa de la destrucción de la Luz, de los árboles, de los animales, de los hombres, al fin del mundo:


El mundo estaba vacío,
los pobladores y los poderosos eran una masa,
sin estaciones, sin árboles, sin hierbas,
sin hombres, sin vida:
una masa de muerte, un caos de dura arcilla.


Acto seguido, el Orador observa cómo el agua del planeta parece detener sus corrientes y cursos, revelando a los marineros que yacen «pudriéndose» en el fondo del mar. Los barcos se desmoronan y duermen «en el abismo sin oleaje». En este punto, el Orador personifica todo como algo vivo, como las olas y mareas que «duermen» en sus tumbas. Al personificarlas, Lord Byron les atribuye mortalidad, haciendo que la destrucción adquiera una dimensión aún más conmovedora. La luna está muerta y los vientos quedan «estancados» en el aire inmóvil. En las líneas finales leemos:

Y las nubes perecieron; la Oscuridad no necesitaba
de su ayuda: Ella era el universo.


Este final parece abrupto. El Orador nunca eegresa al presente, es decir, al momento en que despertó de aquel «sueño» [«que no fue del todo un sueño»]; en cambio, Lord Byron prefiere terminar con esta imagen de la Oscuridad consumiendo al universo.

Oscuridad admite múltiples interpretaciones. Todos los buenos poemas lo hacen. Puede interpretarse como una visión alegórica del fin de los tiempos o como una mirada crítica sobre la degradación de la humanidad en el contexto del «año sin verano». Ni siquiera podemos estar seguros del punto de partida: un sueño, más bien, una pesadilla, pero con rastros de verdad. Quizás estamos ante un sueño pero con un significado real sobre la degradación de la humanidad y su consecuente colapso [ver: Los sueños como subrutinas del subconsciente en la ficción]

De hecho, la idea de la degradación humana, llegando al límite de la bestialidad, queda opacada por la imagen más amplia de destrucción total. Pero lo cierto es que todo se va apagando lentamente en Oscuridad, sobre todo la humanidad, que se degrada y corrompe al punto de regresar a la irracionalidad.

El tono de Oscuridad es menos negativo que deprimente, menos pesimista que triste. Esto puede deberse a la depresión que sufría Lord Byron en ese momento, abandonado por su esposa luego de dar a luz a su hija. En este período también fue acusado de sodomita [homosexualidad], e incluso de actividades incestuosas con su hermana. Las dudas públicas sobre su cordura lo llevaron a una gran depresión, incluso a considerar el suicidio.

En este contexto personal podemos entender un poco mejor la forma que asume este apocalipsis. La Oscuridad [¿de la locura?] va devorando la Luz [¿de la cordura?], y exponiendo lo que subyace: la barbarie. Los seres humanos aúllan desesperadamente, los mares se detienen, los pájaros chillan aterrorizados [con «alas inútiles»] en el aire inmóvil. Todo lo que puede quemarse arde para preservar algo de Luz, pero una vez que la Oscuridad está en marcha es imparable.

Todo ocurre muy rápido en el poema. Si a la humanidad le tomó miles y miles de años construir y establecer sus pactos, normas y acuerdos sociales, la inversión de criatura racional y social a bestias salvajes necesita mucho menos tiempo.

Sin embargo, no es este retorno a la irracionalidad lo que facilita la destrucción del mundo, sino la racionalidad. Después de todo, las personas en el poema de Lord Byron hacen lo que haría cualquiera en ese contexto: recurrir al fuego para obtener luz y calor. Esto hace que los recursos naturales se agoten mucho más rápido que si hubieran sido dejados a la Oscuridad:


Las ciudades fueron consumidas
y los hombres se reunieron alrededor de sus casas en llamas
para mirarse una vez más a la cara;
felices los que habitaban en el ojo
de los volcanes y en su antorcha de montaña:
una terrible esperanza contenía al mundo entero;
los bosques fueron incendiados, pero hora tras hora
cayeron y se apagaron, y los troncos crepitantes
se extinguieron con estrépito, y todo quedó negro.


Lo único en Oscuridad que parece conservar sentimientos nobles ante el desastre es aquel perro «fiel al cadáver» que mantiene a las aves, animales e incluso a los hombres hambrientos lejos del cuerpo de su amo. Es cierto, el perro sufre el mismo destino que todos los demás, pero se la describe como una criatura más civilizada que las personas, quienes sencillamente se vuelven salvajes luchando por sobrevivir:


Las cejas de los hombres a la luz desesperada
adquirieron un aspecto sobrenatural
mientras los destellos caían sobre ellos.


Oscuridad es un poema aterrador, no sólo por su sombría visión del fin del mundo, sino por su mirada cínica del final poco heroico de los últimos seres humanos en un planeta moribundo. Personalmente creo Lord Byron no escribió este poema para aliviar su depresión. Más bien, Oscuridad se desarrolla bajo la sombra de la depresión, pero el contenido regresa sobre una de las emociones recurrentes en su obra: el desprecio por la humanidad. A medida que se acerca el fin del mundo el ser humano revela su verdadera naturaleza, brutaly egoísta, y muere sin gloria.

Oscuridad puede dividirse en cinco secciones o movimientos. Primero, el sol deja de brillar y presenciamos la reacción inicial de las personas: queman casas, ciudades y bosques para proporcionar calor y luz. Segundo, el ser humano es reducido al nivel de los animales. En la tercera sección vemos el único acto altruista del poema: el perro que protege el cadáver de su amo. En la cuarta sección, Lord Byron describe la reunión final de dos sujetos en las ruinas de una ciudad muerta. En la sección final somos testigos de la muerte del universo. Sólo queda la Oscuridad.

El primer movimiento del poema describe un evento cataclísmico: el sol deja de brillar. Lord Byron afirma: «el sol se apagó», pero nunca proporciona información adicional. El poeta no da indicios de un castigo divino, tampoco de un dios irresponsable y una humanidad victimizada. Lord Byron tiene cuidado en eliminar cualquier atisbo de presencia divina: sólo tenemos un cataclismo y la reacción del ser humano. Supongo que si el sol se apagara, desencadenando ventos inimaginables en el mundo, los pocos sobrevivientes que llegaran a presenciar las horas posteriores nunca sabrían que pasó con el sol; de modo que la omisión o la ignorancia del Orador está justificada.

Podemos encontrar un patrón en la reacción humana ante este cataclismo. En primer lugar, las personas intentan sobrevivir creando enormes hogueras para combatir la oscuridad y el frío [ver: El león, la bruja y el Fimbulvetr]. Lord Byron incluye hábilmente a toda la humanidad en estos esfuerzos, mientras describe las fuentes de combustible. Los ricos son mencionados primero, quienes queman tronos y palacios; y luego las chozas más humildes. Por primera vez en la historia, todas las personas son iguales, pero el resultado es el caos, no la utopía. La gente no une esfuerzos ante la catástrofe. En vez de despertar hermandad y compasión, cada persona tiene «una oración egoísta por la luz». Esto contrasta con la mayoría de los héroes de Lord Byron, quienes inspiran orgullo y desafío. Las personas en Oscuridad terminan de forma egoísta, solitaria.

Todo en Oscuridad es la inversión de un ideal. En la segunda sección, el hombre finalmente abandona la civilización y se acerca a la naturaleza, pero en un estado animalesco y solitario, donde cada comida es «pagada con sangre». Lord Byron incluso insinúa actos de canibalismo en la segunda sección [«los pobres por los pobres fueron devorados»], y luejo deja a nuestra imaginación si los hombres o los animales se devoran entre sí, o a sí mismos.

Es posible que Lord Byron haya tenido en mente a un perro en particular al escribir el episodio del perro fiel. Su amor por los animales, especialmente por los perros, ha sido extensamente documentado. Cuando era adolescente, Lord Byron fue dueño de un gran sabueso [Terranova, según algunos] llamado Boatswain [contramaestre]. Al parecer, Boatswain murió ante su amo después de un episodio convulsivo. El epitafio que Lord Byron escribió para su perro [Epitafio para un perro (Epitaph to a Dog)] resume las cualidades que el poeta imagina para el perro fiel de Oscuridad:


Cerca de aquí
descansan los restos de alguien
que fue Bello sin Vanidad,
Fuerte sin Insolencia,
Valiente sin Ferocidad,
que poseyó todas las virtudes del hombre
y ninguno de sus defectos.


Indirectamente, este episodio refuerza el desprecio de Lord Byron por la humanidad. Al darle a un animal la única cualidad noble y digna de elogio en Oscuridad, establece claramente cuán bajo e inútil imagina al ser humano.

En la quinta sección de Oscuridad no queda ninguna actividad ni vida en el planeta. La tierra está «sin hombres, sin vida»; es un «caos de dura arcilla». No hay esperanza ni redención al final. La horrible y brutal extinción de la vida no tiene sentido. No hay cielo. Ningún infierno se abre para los culpables. La existencia de la humanidad simplemente llega a su fin como el último destello de una vela moribunda [ver: Horror Cósmico: la vida no tiene sentido, la muerte tampoco]

Para finalizar diremos que este «sueño» [«que no fue del todo un sueño»] quizás está relacionado con el poema del mismo año: El Sueño (The Dream), donde Lord Byron desarrolla la idea de que los sueños pueden contener universos enteros y, aparentemente, sus correspondientes apocalipsis:


Me gustaría recordar una visión que soñé,
tal vez, mientras dormía, porque sólo un pensamiento,
un pensamiento adormecido, es capaz
de durar años y vivir una larga vida en una hora.




Lord Byron. I Taller gótico.


Más literatura gótica:
El artículo: «Tuve un sueño que no fue del todo un sueño»: análisis de «Oscuridad» [Lord Byron] fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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Relato de John Metcalfe.
Relato de Algernon Blackwood.
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Relato de Arthur Machen.
Relato de Edmond Hamilton.
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