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«Hombre lobo»: Arthur Inman; poema y análisis.


«Hombre lobo»: Arthur Inman; poema y análisis.




«Soy movimiento incorpóreo en la noche.»



Hombre lobo (Werewolf) es un poema de hombres lobo del escritor norteamericano Arthur Inman (1895-1963), publicado por Akham House en la antología de 1947: El lado oscuro de la luna (Dark of the Moon).

Hombre lobo, uno de los grandes poemas de Arthur Inman, nos sitúa en la piel de un licántropo, desde su despertar en la noche hasta la aceptación final de su condición.


Y despierto en la oscuridad y encuentro que palidece ante la luz refulgente;
mi cuerpo se desprende; estoy en cuatro patas cerca del fétido suelo;
soy un espíritu liberado, impulsado a volar, aceptando la noche,
hechizo primigenio atado a una extraña misión licántropa.

El grito en mi garganta no pronuncia voz alguna de la mente,
su lamento se eleva hasta estrellas más nítidas que los soles cósmicos,
y no me regresa ningún eco de la humanidad ni del sufrimiento del hombre,
del corazón, del cansancio de la vieja desesperación.

Las largas estepas ondulan bajo la audaz luz de la luna, mis pies apenas rozan
las altas cumbres de las delicadas hierbas, ningún sonido sigue a mi vuelo,
y sensuales yacen los inmóviles pelos de mi pelaje liso y tenebroso:
soy movimiento incorpóreo en la noche fluida e inconmensurable.

Superar a los trenes del hombre con su rugiente velocidad reptiliana;
ir más rápido que las alas en el cielo; ser corpóreo e incorpóreo;
conocer un único llamado lujurioso y una codicia solitaria;
ser criatura que se mueve lascivamente hacia un fin, sin músculos, incansable.

Los perros aúllan a mi paso, los gallos despiertan para cantar,
la presencia de cosas incorpóreas fluye a mi alrededor mientras avanzo,
y de toda la extraña vida soy la esencia veloz y excepcional,
no formulada ante las restricciones de la compulsión.

Me desvío hacia el agua, evito el fuego, las armas con punta de plata;
por lo demás, soy libre como un rayo de fría luna
arrojado a través de distancias impermeables; la inquietante suma
de todo terror soy, ajeno al mundo del hombre, criatura solitaria.


El Orador del poema comienza despertando «en la oscuridad». Lo primero que descubre es que sus ojos pueden ver en la negrura [«palidece ante la luz»]. Está «en cuatro patas», se siente «liberado», «impulsado a volar», Todo eso forma parte del «hechizo» o maldición que lo ata a una «extraña misión licántropa». Grita, pero no pronuncia palabras; quiere decir, lamentarse, pero no oye «ningún eco de humanidad». Podemos imaginar que, al gritar, lo que le sale es un aullido lobuno. Entonces el Orador se lanza a correr por «las largas estepas» bajo la luz de la luna. Su velocidad es tal que sus «pies apenas rozan las delicadas hierbas». Siente el viento en su «pelaje liso y tenebroso». Dice atinadamente: «soy movimiento en la noche». Experimenta un «llamado lujurioso y una codicia solitaria». En cierto modo, se siente libre porque responde a sus impulsos animales. Es una criatura «que se mueve lascivamente hacia un fin» [ver: Análisis psicológico del Hombre Lobo en la ficción]

Es interesante como, en este punto, el Orador [vuelto ya un licántropo] sienta a su alrededor «la presencia de cosas incorpóreas». ¿Acaso son otros licántropos? ¿Acaso ahora puede percibir toda una flora y fauna sobrenatural, invisible a los ojos humanos?

Al final, el Orador comenta algunos elementos del folklore: evita el agua corriente, el fuego y la plata. «Por lo demás», dice, «soy libre como un rayo de fría luna». Toda su presencia, su misma existencia, es «la inquietante suma de todo terror», y por lo tanto «ajeno al mundo del hombre, criatura solitaria» [ver: Razas y clanes de hombres lobo]

Hombre lobo es un buen poema, tal vez porque Arthur Inman tenía algo de licántropo, no en términos sobrenaturales sino por lo marginado, lo solitario, lo nocturno. Su obra no tuvo éxito, de hecho, se la calificó de mediocre, y para colmo sufría una rara compulsión: la hipergrafía; es decir, escribía diarios personales de forma obsesiva, quizás debido a un trastorno bipolar o a una lesión en el lóbulo temporal. De sus cuadernos, que abarcan desde 1919 hasta su muerte en 1963, se desprenden alrededor de 17.000.000 de palabras que conforman uno de los diarios en inglés más voluminosos que se conservan.

Si bien es cierto que Arthur Inman tenía una formación literaria un tanto pobre, su sensibilidad, su excentricidad, sus obsesiones, entre ellas, su salud, le permitieron conectar con algunos aspectos de la experiencia humana vedados para la mayoría de los individuos «normales». Pasó buena parte de su vida adulta encerrado en departamentos oscuros, insonorizados, presa de frecuentes migrañas, dando rienda suelta a toda clase de prejuicios raciales. Al final, se quitó la vida con un revólver en el baño. Si alguien reuniera las condiciones de aislamiento y sufrimiento para escribir sobre la maldición de ser o sentirse una criatura de la noche, ese fue Arthur Inman.




Hombre lobo.
Werewolf, Arthur Inman (1895-1963)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Y despierto en la oscuridad y encuentro que palidece ante la luz refulgente;
mi cuerpo se desprende; estoy en cuatro patas cerca del fétido suelo;
soy un espíritu liberado, impulsado a volar, aceptando la noche,
hechizo primigenio atado a una extraña misión licántropa.

El grito en mi garganta no pronuncia voz alguna de la mente,
su lamento se eleva hasta estrellas más nítidas que los soles cósmicos,
y no me regresa ningún eco de la humanidad ni del sufrimiento del hombre,
del corazón, del cansancio de la vieja desesperación.

Las largas estepas ondulan bajo la audaz luz de la luna, mis pies apenas rozan
las altas cumbres de las delicadas hierbas, ningún sonido sigue a mi vuelo,
y sensuales yacen los inmóviles pelos de mi pelaje liso y tenebroso:
soy movimiento incorpóreo en la noche fluida e inconmensurable.

Superar a los trenes del hombre con su rugiente velocidad reptiliana;
ir más rápido que las alas en el cielo; ser corpóreo e incorpóreo;
conocer un único llamado lujurioso y una codicia solitaria;
ser criatura que se mueve lascivamente hacia un fin, sin músculos, incansable.

Los perros aúllan a mi paso, los gallos despiertan para cantar,
la presencia de cosas incorpóreas fluye a mi alrededor mientras avanzo,
y de toda la extraña vida soy la esencia veloz y excepcional,
no formulada ante las restricciones de la compulsión.

Me desvío hacia el agua, evito el fuego, las armas con punta de plata;
por lo demás, soy libre como un rayo de fría luna
arrojado a través de distancias impermeables; la inquietante suma
de todo terror soy, ajeno al mundo del hombre, criatura solitaria.


And I wake in the darkness and find darkness paled to refulgent light;
My body is shed; I am quadruped close to the odorous ground;
I am loosened spirit impulsed to flight, acceptive of night,
Primal spell upon strange lycanthropic errand bound.

Cry in my throat utters no voice of mind, and the wail
Of it rises to stars that are sharper than cosmic stars,a nd there
Is returned no echo to me of mankind and of man's travail,
Of the human heart, of the weariness of old despair.

The long steppes undulate in the bold moonlight, and my feet scarcely stir
The tall tips of the delicate grasses, and no sound trails my flight,
And sensuous lie the still hairs of my smooth and tenebrous fur:
Discarnate motion am I in a fluent and measureless night.

Outstrip the trains of man with their roaring reptilic speed;
Go faster than wings in the sky; be bodied and bodiless;
Know a single lusting call and a solitary greed;
Be creature lasciviously moving toward an end, unmuscled, tireless.

Dogs howl as I pass, and cocks awake to crow, and the presence
Of incorporeal things flows past as I progress,
And I am of all weird life the swift exceptional essence
Unformulated to constrictions of duress.

Swerve I for water, avoid fire, weapons tipped with silver come
Not near; for the rest be free as a beam of cold moonlight thrown
Across distances imperviable; the eerie sum
Of all terror am I, alien to man's world, creature alone.


Arthur Inman (1895-1963)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de hombres lobo.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Arthur Inman: Hombre lobo (Werewolf), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Un visitante de medianoche»: Elizabeth Akers Allen; poema y análisis.


«Un visitante de medianoche»: Elizabeth Akers Allen; poema y análisis.




«¿Quién es él, mi visitante de medianoche?
¿Por qué me atormenta,
viniendo de las sombras brumosas
de hace cien años?»



Un visitante de medianoche (A Midnight Visitor) es un poema gótico de la escritora norteamericana Elizabeth Akers Allen (1832-1911), publicado en la antología de 1902: La canción del atardecer y otros versos (The Sunset Song and Other Verses).

Un visitante de medianoche, uno de los grandes poemas de Elizabeth Akers Allen, versifica la historia de una mujer que todas las noches recibe en su habitación a su «visitante», un fantasma de tiempos antiguos que toca melodías olvidadas.

Esta aparición surge cuando «la casa está a oscuras» y lo único que se ve en la habitación es la «sombra nítida de la rama del olmo». Debe ser una casa señorial, aristocrática, y por lo tanto apartada, porque la Oradora menciona que «las luces del pueblo» también están apagadas y los perros [guardianes] duermen. En ese momento, en el «silencio mudo» de la medianoche, cuando «ni una hoja muerta se atreve a caer» y lo único que se escucha es el «tictac del reloj» en la pared, el Visitante aparece «con una mirada de saludo y una flauta antigua en su mano».

No hay dudas de que se trata de un espíritu. Se deja ver «desde el rincón sombreado por la cortina» y posee modales cortesanos. Es un músico, evidentemente, porque saca «un taburete de tres patas» que, afirma la Oradora, «no estaba allí antes» y nunca logra encontrarlo a la luz del día. El Visitante coloca el taburete al lado de la cama mientras ella lo observa en silencio, «hechizada por su mística presencia», se sienta y toca su música [ver: El hombre al pie de mi cama]

En este punto, la Oradora deja en claro que el Visitante es una aparición del pasado. Viste «jubón», «volantes», «hebillas de plata» y «medias de seda»; su cabello está «empolvado y trenzado». Todo el conjunto responde al «pintoresco y elaborado estilo de hace cien años» [ver: Espíritus que no abandonan su antigua casa]

Si nos adjudicáramos la profesión de parapsicólogos literarios, diríamos que el Visitante de Medianoche es es simplemente un brote de energía residual, habida cuenta que repite una y otra vez la misma operación, a la misma hora y en el mismo lugar [ver: ¿Los fantasmas son «grabaciones» impresas en la realidad?]. Además, no presenta fenómenos paranormales adicionales. Es como una cinta que se reproduce incesantemente cuando se dan las condiciones adecuadas [ver: Teoría de la Cinta de Piedra]

También es una aparición sutil. Si la Oradora se mueve, él «desaparece»; si habla, se retira, pero si se queda «en completo silencio, él se sienta y toca durante horas». ¿Qué tipo de música? «Melodías menores», algo «melancólicas», como «las que agradaban a las doncellas de hace cien años». A pesar de tratarse de un músico, el Visitante no canta, no cuenta «historias fantasmales de errores no confesados ni perdonados». «No dice una sola palabra», aunque muestra cierto grado de consciencia sobre el entorno. Si bien parece estar atrapado en un bucle, mira «fijamente» a la Oradora.

Al final de Un visitante de medianoche no encontramos ninguna explicación. No sabemos quién es el Visitante ni por qué repite el mismo acto. Es una decisión venturosa. El placer está en el misterio, pocas veces en su resolución. Sin embargo, hay algunas pistas que podemos seguir.

Por ejemplo, la melodía que toca es «como las que agradaban a las doncellas de hace cien años», en otras palabras, es una melodía amorosa, sentimental. El Visitante, tal vez, está cortejando a la Oradora, o quizás repitiendo una escena pasada, el cortejo a una antigua habitante de la casa, probablemente una ancestro de la Oradora. Sin embargo, está consciente de ella: la mira, responde a su voz y a sus movimientos. Si hubiese que dar un veredicto, presentaría dos opciones:

a- El fantasma, como lo dice el título del poema, simplemente está «visitando» a la nueva señora de la casa. Toca para ella como lo hizo para sus predecesoras.

b- La Oradora, de algún modo, se desliza hacia el pasado, donde el músico está vivo y también toca para ella.

Esta última opción invierte los términos del título y hace que la Oradora sea la visitante de medianoche.





Un visitante de medianoche.
A Midnight Visitor, Elizabeth Akers Allen (1832-1911)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Al final la casa está a oscuras,
el último delicado paso es silencioso
y la sombra nítida de la rama del olmo
parpadea en el alféizar de la ventana.
Cuando las luces del pueblo se apagan,
y todos los perros duermen,
y el resplandor plateado y brumoso
hace que la sombra parezca negra y profunda,
cuando la noche es tan silenciosa
que ni una hoja muerta se atreve a caer
y solo oigo el tictac del reloj
de la muerte en la pared,
cuando ningún ratón escondido se atreve
a roer el silencio muerto y mudo,
y el aire mismo parece esperar
algo que debería venir,
ningún susurro agita el aire;
sin embargo, él permanece allí, valiente y mudo,
con una mirada de saludo
y una flauta antigua en su mano.
Entonces, con toda la gracia cortesana
de la antigua escuela colonial,
desde el rincón sombreado por la cortina
saca un taburete de tres patas.
(¡Ah, no estaba allí antes!
¡Por más que lo busque,
nunca, nunca lo encontraré
a la luz del día!)
Lo coloca al lado de mi cama,
y mientras lo contemplo en silencio,
hechizada por su mística presencia,
se sienta allí y toca
con gracia, majestuoso, serio y alto,
vestido de pies a cabeza
con el pintoresco y elaborado estilo
de hace cien años.
Jubón, medias de seda
lleva mi melodista de medianoche,
volantes de nieve en su pecho,
volantes de nieve en su muñeca,
hebilla de plata en la rodilla,
hebilla de plata en el zapato;
cabello empolvado, peinado y trenzado
en una coleta rígida al estilo antiguo.
Si me muevo, desaparece;
si hablo, vuela;
si me quedo en completo silencio,
se sienta y toca durante horas;
toca viejas melodías menores,
melancólicas, salvajes y lentas,
tal vez como las que agradaban
a las doncellas de hace cien años.
En vano espero escuchar historias fantasmales
de errores no confesados ni perdonados,
no vengados y sufridos
durante mucho tiempo;
No cuenta ninguna historia,
no dice una sola palabra;
sólo se sienta y me mira fijamente,
y toca y toca.
¿Quién es él, mi visitante de medianoche?
¿Por qué me atormenta,
viniendo de las sombras brumosas
de hace cien años?


After all the house is dark,
And the last soft step is still,
And the elm-bough's clear-cut shadow
Flickers on the window sill—

When the village lights are out,
And the watch-dogs all asleep,
And the misty silver radiance
Makes the shade look black and deep—

When, so silent is the night,
Not a dead leaf dares to fall,
And I only hear the death-watch
Ticking, ticking in the wall—

When no hidden mouse dares gnaw
At the silence dead and dumb,
And the very air seems waiting
For a Something that should come—

Suddenly, there stands my guest,
Whence he came I cannot see;
Not a door has swung before him,
Not a hand touched latch or key,

Not a rustle stirred the air;
Yet he stands there, brave and mute,
In his eyes a look of greeting,
In his hand an old-time flute.

Then, with all the courtly grace
Of the old Colonial school,
From the curtain-shadowed corner
Forth he draws a three-legged stool—

(Ah, it was not there before!
Search as closely as I may,
I can never, never find it
When I look for it by day!)

Places it beside my bed,
And while silently I gaze
Spell-bound by his mystic presence,
Seats himself thereon and plays.

Gracious, stately, grave and tall,
Always dressed from crown to toe
In the quaint elaborate fashion
Of a hundred years ago.

Doublet, small-clothes, silk-clocked hose;
Wears my midnight melodist,
Snowy ruffles in his bosom,
Snowy ruffles at his wrist.

Silver buckle at his knee,
Silver buckle on his shoe;
Powdered hair smoothed back and plaited
In a stiff old-fashioned queue.

If I stir he vanishes;
If I speak he flits away;
If I lie in utter silence,
He will sit for hours and play;

Play old wailing minor airs,
Melancholy, wild and slow,
Such, mayhap, as pleased the maidens
Of a hundred years ago.

All in vain I wait to hear
Ghostly histories of wrong
Unconfessed and unforgiven,
Unavenged and suffered long;

Not a story does he tell,
Not a single word he says—
Only sits and gazes at me
Steadily, and plays and plays.

Who is he, my midnight guest?
Wherefore does he haunt me so;
Coming from the misty shadows
Of a hundred years ago?


Elizabeth Akers Allen (1832-1911)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de fantasmas.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Elizabeth Akers Allen: Un visitante de medianoche (A Midnight Visitor), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«A la fantasmal luz de la luna»: Thomas Lovell Beddoes; poema y análisis.


«A la fantasmal luz de la luna»: Thomas Lovell Beddoes; poema y análisis.




«El mayor deseo de mi corazón
es verte pálida, recostada
en el más suave féretro,
a la fantasmal luz de la luna.»



A la fantasmal luz de la luna (The Ghosts' Moonshine) es un poema gótico del escritor inglés Thomas Lovell Beddoes (1803-1849), publicado de manera póstuma en la antología de 1851: Poemas escogidos (Collected Poems).

A la fantasmal luz de la luna agrupa las tres grandes obsesiones de los poemas de Thomas Lovell Beddoes: la muerte, el amor y lo sobrenatural. Este poema en particular gira entorno a un joven que atrae a una mujer al cementerio para asesinarla

Este motivo, así como la estructura del poema, pertenecen a la fórmula de la balada medieval. Cuando uno piensa en la Edad Media supone que sus cantos tratan sobre caballeros, hadas, magos y bosques embrujados, pero no es así. La balada es una forma de tradición oral, y aborda todos los temas, algunos épicos, dinásticos, otros enfocados en los llamados crímenes pasionales, incluso en la violencia doméstica. La poesía gótica, heredera del macabre del medioevo, atenuó el motivo de la chica engañada y arrastrada a su muerte; en cambio, presenta a una damisela en apuros que es atraída a un lugar solitario [no obligada], a menudo un castillo o una abadía en ruinas. Las baladas son más crudas: la mujer ofrece poca o ninguna resistencia, es asesinada y su cuerpo es abandonado, aunque a menudo retorna espiritualmente. En ocasiones se aparece un elemento adicional: el arrepentimiento, por lo que el asesino es castigado a través de la locura o la muerte [ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico]

El estribillo de A la fantasmal luz de la luna sugiere la interminable recreación de un crimen, lo cual puede verse como una especie de infierno personal. El poema comienza con una serie de acciones aterradores aunque mediante un lenguaje que evoca amor y ternura. Pronto es evidente que no estamos ante dos amantes en la intimidad del dormitorio, sino frente a un asesino y su víctima:


Es medianoche, mi esposa;
yacemos bajo
la tempestad radiante y sin temor,
en el cálido trueno:
(¡No tiembles ni llores! ¿Qué puedes temer?)
El mayor deseo de mi corazón
es verte pálida, recostada
en el más suave féretro,
a la fantasmal luz de la luna.
¿Es el viento? No, no;
solo dos demonios, que soplan
a través de las costillas del asesino
de un lado a otro,
a la fantasmal luz de la luna.


El «cálido trueno» es un oximoron que expresa el trastorno mental del Orador, el cual llama «esposa» a su víctima. Ella «tiembla» y «llora»; no es para menos, está en manos de un psicópata que está a punto de concretar su fantasía homicida. Su «mayor deseo», afirma, es verla «pálida» [es decir, muerta], y «recostada en el más suave féretro a la fantasmal luz de la luna».


¿Quién anda ahí, dijo asustada,
agitando y despertando al pobre muerto?
Es su pala, cavando
(¡No tiembles ni llores! ¿Qué anhelas?)
donde se entrelazan las hierbas,
una cama agradable, doncella mía,
que los niños llaman tumba,
a la fría luz de la luna.
¿Es el viento? No, no;
solo dos demonios que soplan
de un lado a otro entre las costillas del asesino,
a la fantasmal luz de la luna.


La segunda estrofa comienza mostrando el desconcierto de la víctima. Deduce que está en un cementerio, oye la pala de su torturador mientras cava su futura tumba. Ahora bien, es importante aclarar que esta es solo una interpretación. El Orador quizás no es un psicópata humano, sino la propia Muerte, una figura sobrenatural que lleva a su víctima a la consumación de su vida. Conociendo la obsesión de Thomas Lovell Beddoes con la muerte, podrían ser ambas cosas, tal vez simultáneamente, siendo el asesino una encarnación momentánea de la Muerte [ver: Muerte no te enorgullezcas]

En esta segunda estrofa está el elemento más inquietante del poema. En el romanticismo [y en todo el camino hasta nuestros días], la niñez está asociada a la inocencia, y la inocencia a la ignorancia de la muerte. En otras palabras, los adultos intentamos mantener a los pequeños lo más alejados posible de estos temores. El desquiciado orador de Thomas Lovell Beddoes invierte esta idea, otorgándoles a los niños una fría percepción de la mortalidad. Los adultos, en realidad, somos los inocentes porque podemos expresarnos con eufemismos, podemos rodear los temas que nos preocupan; mientras que los pequeños, en cambio, van al grano, y en cierto modo se enfrentan a sus miedos de manera más directa. El ataúd, dice el Asesino/Muerte, es una «cama agradable» «que los niños llaman tumba a la fría luz de la luna».


¿Qué estiras sobre la blancura
de su hermosa garganta?
¿Una cadena de seda para cubrir
el brillo de su pecho?
(No tiembles ni llores: ¿qué temes?)
Mi sangre se ha derramado como vino;
me has estrangulado y asesinado, amor mío,
me has apuñalado, querido,
bajo la fantasmal luz de la luna.
¿Es el viento? No, no;
solo su duende que sopla
a través de las costillas del asesino,
bajo su propia luz de luna.


En la tercera estrofa aparece una nueva voz, tal vez la del lector, que interroga al asesino sobre sus actos.

Lo que observa el lector es que el asesino ha estado viviendo una fantasía, el embellecimiento de un acto detestable. Thomas Lovell Beddoes sugiere que la mujer está desnuda [la cadena no la adorna, la cubre], lo cual alimenta la sensación de que estamos ante un crimen de índole psicosexual. Hay estrangulamiento y apuñalamiento, que implican proximidad física en la comisión del crimen.

El estribillo cambia aquí, sufre un ajuste, aunque sigue siendo impenetrable. Los dos «diablos» se convierten en un goblin [duende] «que sopla a través de las costillas del asesino». Al parecer, los espíritus pueden experimentar una especie de segunda muerte [subjetiva] y resucitar para experimentarla una y otra vez en «su propia luz de luna» [ver: «Y con eones extraños incluso la muerte puede morir»]

Thomas Lovell Beddoes estudió medicina, pero no soportó sus métodos a principios del siglo XIX. Pasó gran parte de su vida sufriendo depresión y estaba obsesionado con la muerte. Todo esto, sumado a una inusual imaginación, lo llevó escribir algunos de los poemas más macabros y originales de la época.

Es casi imposible hacer un resumen de sus poemas que tratan sobre la muerte. Es un motivo ubicuo en su obra. A veces son crímenes recreados después de la muerte, muertes antinaturales, horribles, remordimientos insoportables. Es interesante notar que esta obsesión lo hizo menos solemne que Edward Young, Robert Blair, y otros poetas de cementerio. La obsesión implica frecuencia, familiaridad. Mientras otros autores pensaban ocasionalmente en la muerte, Thomas Lovell Beddoes pensaba en ella todo el tiempo [ver: Y la Muerte no tendrá dominio]

Thomas Lovell Beddoes se suicidó bebiendo veneno en la ciudad de Basilea, Suiza, el 26 de enero de 1849, a la edad de 45 años.




A la fantasmal luz de la luna.
The Ghosts' Moonshine, Thomas Lovell Beddoes (1803-1849)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Es medianoche, mi esposa;
yacemos bajo
la tempestad radiante y sin temor,
en el cálido trueno:
(¡No tiembles ni llores! ¿Qué puedes temer?)
El mayor deseo de mi corazón
es verte pálida, recostada
en el más suave féretro,
a la fantasmal luz de la luna.
¿Es el viento? No, no;
solo dos demonios, que soplan
a través de las costillas del asesino
de un lado a otro,
a la fantasmal luz de la luna.

¿Quién anda ahí, dijo asustada,
agitando y despertando al pobre muerto?
Es su pala, cavando
(¡No tiembles ni llores! ¿Qué anhelas?)
donde se entrelazan las hierbas,
una cama agradable, doncella mía,
que los niños llaman tumba,
a la fría luz de la luna.
¿Es el viento? No, no;
solo dos demonios que soplan
de un lado a otro entre las costillas del asesino,
a la fantasmal luz de la luna.

¿Qué estiras sobre la blancura
de su hermosa garganta?
¿Una cadena de seda para cubrir
el brillo de su pecho?
(No tiembles ni llores: ¿qué temes?)
Mi sangre se ha derramado como vino;
me has estrangulado y asesinado, amor mío,
me has apuñalado, querido,
bajo la fantasmal luz de la luna.
¿Es el viento? No, no;
solo su duende que sopla
a través de las costillas del asesino,
bajo su propia luz de luna.


It is midnight, my wedded;
Let us lie under
The tempest bright undreaded,
In the warm thunder:
(Tremble and weep not! What can you fear?)
My heart's best wish is thine, -
That thou wert white, and bedded
On the softest bier,
In the ghost's moonshine.
Is that the wind? No, no;
Only two devils, that blow
Through the murderer's ribs to and fro,
In the ghosts' moonshine.

Who is there, she said afraid, yet
Stirring and awaking
The poor old dead? His spade, it
Is only making, -
(Tremble and weep not! What do you crave?)
Where yonder grasses twine,
A pleasant bed, my maid, that
Children call a grave,
In the cold moonshine.
Is that the wind? No, no;
Only two devils, that blow
Through the murderer's ribs to and fro,
In the ghosts' moonshine.

What doest thou strain above her
Lovely throat's whiteness?
A silken Chain, to cover
Her bosom's brightness?
(Tremble and weep not: what dost thou fear?)
- My blood is spilt like wine,
Thou hast strangled and slain me, lover,
Thou hast stabbed me dear,
In the ghosts' moonshine.
Is that the wind? No, no;
Only her goblin doth blow
Through the murderer's ribs to and fro,
In its own moonshine.


Thomas Lovell Beddoes (1803-1849)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Thomas Lovell Beddoes.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Thomas Lovell Beddoes: A la fantasmal luz de la luna (The Ghosts' Moonshine), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Bestias»: Richard Wilbur; poema y análisis.


«Bestias»: Richard Wilbur; poema y análisis.




«Las bestias, en su mayor libertad,
duermen en paz esta noche.»



Bestias (Beasts) es un poema del escritor norteamericano Richard Wilbur (1921-2017), publicado en la antología de 1956: Cosas del mundo (Things of This World).

Bestias, uno de los poemas de Richard Wilbur más reconocidos, nos introduce en un reino salvaje, primordial, donde las «bestias» [«en su mayor libertad»] ejercen su derecho a vagar por la imaginación del poeta.

La primera «bestia» que encontramos es «la gaviota en su cornisa», soñando; pero sus sueños [sobre «las olas que abajo arranca la luna»] no se producen en su mente, sino en sus «entrañas». La segunda es el pez que dormita «en el agua que canta». Luego llega el «ciervo», el «ratón desgarrado» en las garras del «búho»:


Las bestias, en su mayor libertad,
duermen en paz esta noche. La gaviota, en su cornisa,
sueña en sus entrañas con las olas que abajo arranca la luna,
y el pez se apoya en una piedra, adormecido
por el agua que canta,

donde las inmaculadas patas
del ciervo salpican dulcemente, a las cuales
el destripado ratón, a salvo en las garras del búho, grita
en armonía. Aquí no existe tal daño
ni tal oscuridad.


Entre las «Bestias» y nosotros media «el cristal de la ventana», una barrera entre la luna, la noche, y el interior de una habitación. A pesar de ese distanciamiento con la luna, pronto descubrimos que su poder y su influencia no se diluyen. Mientras estamos seguros en la habitación, «esa misma luna» produce «la dolorosa transformación del hombre lobo»:


mientras la misma luna,
deformada en el cristal de la ventana, asiste
a la dolorosa transformación del hombre lobo. Apartando su cabeza
de la sudorosa almohada, intenta recordar
el estado de ánimo humano,

pero yace al fin, como siempre,
dejándose llevar, que el feroz pelo de fiera llene su rostro,
escuchando con oídos agudos los exaltados tonos del viento,
el pánico de las hojas y la degradación
de los arroyos revueltos.


La transformación en lobo es una especie de retorno a una forma de vida primaria, a la versión por defecto del ser humano. Por lo tanto, en el contexto del poema de Richard Wilbur, la metamorfosis en lobo es menos sobrenatural que natural. Vemos al hombre luchando por conservar su humanidad, pero al final, «dejándose llevar», cede a sus impulsos. Sus sentidos se agudizan, percibe «los tonos del viento», el «pánico de las hojas», los «arroyos revueltos», mientras siente que su «feroz pelo de fiera» va creciendo en su rostro.

Bestias expresa una enorme nostalgia, no por el pasado personal, no por la infancia del individuo, sino por la existencia animal, primordial e inconsciente de la especie humana. Siguiendo esta línea evolutiva, el poema de Richard Wilbur progresa desde las «bestias» al ser humano, pasando por una criatura intermedia: el hombre lobo. La presencia de la luna, la reacción de las «bestias», el licántropo y el hombre ante su luz, guía al lector a lo largo de todo el proceso.

El hombre lobo funciona aquí como el eslabón intermedio entre la existencia animal [inconsciente] y la condición humana [consciente]. El licántropo está unido a la luna, sincronizado a sus fases, pero los seres humanos, aquellos que están «lejos de la espesura» [alejados de la naturaleza], la observan a través de las «altas ventanas» y encuentran su belleza «dolorosa». La luna nos conmueve, pero entre ella y nosotros existe el cristal de la venana, una lente pero también una separación. El hombre estudia la naturaleza como si fuera un agente externo. Las «bestias» la experimentan en primera persona.


Entretanto, en las altas ventanas,
lejos de la espesura y las sordas pisadas, los mejores pretendientes
suspiran y abandonan su trabajo para recostruir la dolorosa
belleza del cielo, la diáfana luna
y el cazador despierto,

creando para los hombres tales sueños
que romperán sus corazones como siempre, trayendo
monstruos a la ciudad, cuervos en las estatuas públicas
y flotas alimentando a los peces en las oscuras
y desenfrenadas aguas.


Richard Wilbur hace una última distinción, por cierto, intrigante, entre «bestias» y «monstruos». Todas las «bestias» pertenecen a la naturaleza, pero solo el ser humano es capaz de crear «monstruos». En este contexto, la ciudad representa a la civilización como la máxima expresión del orden y la consciencia, pero también una especie de caída de la naturaleza.




Bestias.
Beasts, Richard Wilbur (1921-2017)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Las bestias, en su mayor libertad,
duermen en paz esta noche. La gaviota, en su cornisa,
sueña en sus entrañas con las olas que abajo arranca la luna,
y el pez se apoya en una piedra, adormecido
por el agua que canta,

donde las inmaculadas patas
del ciervo salpican dulcemente, a las cuales
el destripado ratón, a salvo en las garras del búho, grita
en armonía. Aquí no existe tal daño
ni tal oscuridad

mientras la misma luna,
deformada en el cristal de la ventana, asiste
a la dolorosa transformación del hombre lobo. Apartando su cabeza
de la sudorosa almohada, intenta recordar
el estado de ánimo humano,

pero yace al fin, como siempre,
dejándose llevar, que el feroz pelo de fiera llene su rostro,
escuchando con oídos agudos los exaltados tonos del viento,
el pánico de las hojas y la degradación
de los arroyos revueltos.

Entretanto, en las altas ventanas,
lejos de la espesura y las sordas pisadas, los mejores pretendientes
suspiran y abandonan su trabajo para recostruir la dolorosa
belleza del cielo, la diáfana luna
y el cazador despierto,

creando para los hombres tales sueños
que romperán sus corazones como siempre, trayendo
monstruos a la ciudad, cuervos en las estatuas públicas
y flotas alimentando a los peces en las oscuras
y desenfrenadas aguas.


Beasts in their major freedom
Slumber in peace tonight. The gull on his ledge
Dreams in the guts of himself the moon-plucked waves below,
And the sunfish leans on a stone, slept
By the lyric water,

In which the spotless feet
Of deer make dulcet splashes, and to which
The ripped mouse, safe in the owl’s talon, cries
Concordance. Here there is no such harm
And no such darkness

As the selfsame moon observes
Where, warped in window-glass, it sponsors now
The werewolf’s painful change. Turning his head away
On the sweaty bolster, he tries to remember
The mood of manhood,

But lies at last, as always,
Letting it happen, the fierce fur soft to his face,
Hearing with sharper ears the wind’s exciting minors,
The leaves’ panic, and the degradation
Of the heavy streams.

Meantime, at high windows
Far from thicket and pad-fall, suitors of excellence
Sigh and turn from their work to construe again the painful
Beauty of heaven, the lucid moon
And the risen hunter,

Making such dreams for men
As told will break their hearts as always, bringing
Monsters into the city, crows on the public statues,
Navies fed to the fish in the dark
Unbridled waters.


Richard Wilbur (1921-2017)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Richard Wilbur.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Richard Wilbur: Bestias (Beasts), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La bruja del pueblo»: Madison Cawein; poema y análisis.


«La bruja del pueblo»: Madison Cawein; poema y análisis.




«Algunos decían que era una bruja
y que cabalgaba, con el pelo alborotado,
hacia las fiestas de los demonios.»



La bruja del pueblo (The Town Witch) es un poema gótico del escritor norteamericano Madison Julius Cawein (1865-1914), publicado en la antología de 1909: Nuevos poemas (New Poems).

La bruja del pueblo, uno de los poemas de Madison Cawein más interesantes, presenta la historia de una anciana acusada [injustamente] de brujería y asesinada por la gente de su pueblo.

En general, el soneto suele asociarse a la poesía sentimental, amorosa, no a una anciana malhumorada, solitaria y sin amigos; pero de algún modo resulta pertinente aquí.

Madison Cawein describe a esta mujer como la típica bruja de pueblo: antipática, decrépita, que no tiene trato con sus vecinos. Vive en una «choza», y la gente evita pasar por allí. No se nos dice nada específico sobre el pueblo ni sobre la época en la que transcurre el drama. De hecho, el autor le da un tratamiento bastante genérico al contexto, aunque la creencia en brujas, sabbats, el ahorcamiento de una mujer acusada y la lapidación de su perro sugieren que podríamos estar en la Nueva Inglaterra puritana, en particular en la época de los juicios de Salem.

Esta es una conjetura sin demasiados fundamentos. No hay ninguna referencia directa a Salem, ni siquiera a los Estados Unidos. El «pueblo» de esta bruja podría estar en cualquier lugar donde la creencia en la brujería estuviera lo suficientemente arraigada como para acusar a alguien de su práctica y ejecutarlo por el clamor popular.

La situación es similar a la que podríamos encontrar en los casos registrados por el Malleus Maleficarum, donde la mujer acusada de bruja solía ser una anciana que vivía sola, alienada y marginada. No se nos da su nombre ni su historia; la vemos como una simple anciana y sólo en relación con su entorno: es la «bruja del pueblo», como si cumpliera un papel involuntario en esta comunidad, atrapada en la percepción que los demás tienen de ella:


Algunos decían que era una bruja y que cabalgaba, con el pelo alborotado,
hacia las fiestas de los demonios; en la piedra áspera de su hogar.


Lo cierto es que la anciana no está completamente sola. Tiene un perro, que desde luego es visto por la comunidad como un espíritu familiar, un demonio menor que asiste a las brujas, a menudo tomando la forma de un animal [gatos, perros, sapos]:


un demonio estaba sentado siempre con ojos demacrados que brillaban,
como un perro peludo cuyos colmillos estaban al descubierto.


Madison Cawein revela gradualmente que este «familiar» es sólo un perro. Sin embargo, los habitantes del pueblo, que ya la han declarado una bruja, no pueden ver en el animal otra cosa que su asistente demoníaco. Desde una tranquilizadora perspectiva moderna podríamos decir que este perro simplemente está sincronizado con la actitud general de su dueña, y que se muestra hostil con los demás porque su ama se siente de ese modo.

Recién al final del poema se introduce algo de acción: se produce una racha de mala suerte. Una vaca muere, un niño enferma, y todos dirigen sus sospechas hacia la anciana:


Así que, un día, cuando la vaca de un vecino murió y el bebé de alguien enfermó,
unos buenos hombres encerraron a la vieja en prisión,
la arrastraron a la corte y la juzgaron;
luego la colgaron por bruja y quemaron su choza.


La mujer es ejecutada, y esto no causa demasiada antipatía en el lector. Después de todo, hasta aquí hemos visto a la anciana y a su perro desde el punto de vista de los habitantes del pueblo. No necesariamente la compartimos, pero es la perspectiva que nos dan: ella es hostil, desdeñosa, marginal, muy probablemente una bruja; y su perro es agresivo y cruel, quizás un demonio familiar.

En los versos finales, de manera brillante, Madison Cawein nos da una fugaz visión de la vida interior de la presunta bruja. No tiene amigos y no se menciona a ningún marido o hijo, vivo o muerto. ¿Qué vínculo emocional, qué forma de amor ha entrado alguna vez en la vida de esta mujer?

El perro.


Días después, sobre su tumba, todo piel y huesos,
encontraron al perro, y lo mataron a pedradas.


El perro, ahora hambriento [«todo piel y huesos»] sin su ama que lo alimente, se queda fielmente junto a su tumba. Es una imagen conmovedora, sugiere un vínculo profundo entre dos criaturas aisladas y no queridas. La gente del pueblo lo mata a piedrazos [castigo bíblico]. Nada ha cambiado su perspectiva; no pueden ver a un perro leal que, guiado por su olfato, llegó hasta la tumba de su dueña porque la ama, porque ha perdido a la única persona que probablemente le dispensó cuidados y afecto. Hasta ese gesto de amor es interpretado como una prueba más de brujería, la confirmación de que no han cometido una atrocidad.




La bruja del pueblo.
The Town Witch, Madison Cawein (1865-1914)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Con el rostro contorsionado, la lengua ennegrecida, ojos hundidos y fijos,
hostil y sin amigos, la vieja vivía sola en su choza,
frente a la cual rara vez pasaba algún aldeano.
Algunos decían que era una bruja y que cabalgaba, con el pelo alborotado,
hacia las fiestas de los demonios; en la piedra áspera de su hogar,
un demonio estaba sentado siempre con ojos demacrados que brillaban
como un perro peludo cuyos colmillos estaban al descubierto.
Así que, un día, cuando la vaca de un vecino murió y el bebé de alguien enfermó,
unos buenos hombres encerraron a la vieja en prisión,
la arrastraron a la corte y la juzgaron;
luego la colgaron por bruja y quemaron su choza.
Días después, sobre su tumba, todo piel y huesos,
encontraron al perro, y lo mataron a pedradas.


Crab-Faced, crab-tongued, with deep-set eyes that glared,
Unfriendly and unfriended lived the crone
Upon the common in her hut, alone,
Past which but seldom any villager fared.
Some said she was a witch and rode, wild-haired,
To devils' revels: on her hearth's rough stone
A fiend sat ever with gaunt eyes that shone
A shaggy hound whose fangs at all were bared.
So one day, when a neighbour's cow had died
And some one's infant sickened, good men shut
The crone in prison: dragged to court and tried:
Then hung her for a witch and burnt her hut.
Days after, on her grave, all skin and bones
They found the dog, and him they killed with stones.


Madison Cawein (1865-1914)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Madison Cawein.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Madison Cawein: La bruja del pueblo (The Town Witch), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El Hombre-Polilla»: Elizabeth Bishop; poema y análisis.


«El Hombre-Polilla»: Elizabeth Bishop; poema y análisis.




«Si llegas a verlo,
acércale una linterna a los ojos. Pupilas negras,
todo noche, cuyo horizonte veteado se contrae
cuando te devuelve la mirada.»



El Hombre-Polilla (The Man-Moth) es un poema de la escritora norteamericana Elizabeth Bishop (1911-1979), escrito en 1935 y publicado en la antología de 1946: Norte y sur (North and South).

El Hombre-Polilla, uno de los mejores poemas de Elizabeth Bishop, está inspirado en un error tipográfico en un artículo del New York Times, en el que se utilizó equivocadamente el término manmoth [«hombre-polilla»] en lugar de la palabra correcta: mammoth [«mamut»]. En una entrevista, la autora mencionó que es errata «parecía estar destinada» a ella:


«Un oráculo me habló desde la página del New York Times (...) A una le ofrecen este tipo de declaraciones oraculares todo el tiempo, pero a menudo se las pasa por alto, o el significado se niega a permanecer en su lugar.»


El Hombre-Polilla nos introduce en un escenario urbano, nocturno: la luz de la luna se filtra por las grietas de los edificios, y esto atrae a una criatura humanoide, extraordinariamente delgada, que emerge de las alcantarillas. El El Hombre-Polilla no puede ver la luna, pero sí sentir su luz. Comienza a trepar por un edificio; cree que la luna es en realidad una pequeña abertura en el cielo por la cual podrá meter su cabeza. Está asustado, pero la luz lo atrae inexorablemente.


«Aquí, arriba,
las grietas de los edificios están llenas de la maltrecha luz de la luna.
La sombra del Hombre es tan grande como su sombrero.
Yace a sus pies como el pedestal circular de una muñeca,
y él es como un alfiler invertido, con la punta magnetizada hacia la luna.
No ve la luna; sólo observa sus vastas propiedades,
sintiendo la extraña luz en sus manos, ni cálida ni fría,
de una temperatura imposible de registrar en los termómetros.»


Como en otras ocasiones, el Hombre-Polilla cae y regresa a su mundo subterráneo. Abatido por una sensación general de lentitud, se sube a un vagón del metro. Por alguna razón siempre elige sentarse «al revés», es decir, de espaldas a la dirección en la que se mueve el tren. «No se atreve a mirar por la ventana» a causa del tercer raíl [siendo mitad polilla, probablemente termine siendo atraído y carbonizado por la electridad]. Temeroso, el Hombre-Polilla no se permite tocar o interactuar con su entorno [«Tiene que mantener / sus manos en los bolsillos»], limitando aún más sus oportunidades de conexión y hace que su soledad sea aún más completa. Todas las noches de luna se repite la misma escena: el ascenso por los edificios, la caída y el retorno a los túneles «a soñar los mismos sueños» [ver: El Hombre Polilla: una leyenda urbana]

Elizabeth Bishop concluye el poema con una advertencia: si el lector llega a encontrarse por casualidad con el Hombre-Polilla, debe iluminarle los ojos con una linterna. No tiene iris; todo es negro, como el cielo nocturno. Sus párpados son como el horizonte, se contraen cuando te miran. Entonces se le escapa una lágrima: lo único que tiene para ofrecer. Pero, cuidado, intentará esconderla en su mano y, si no estás atento, se la comerá.


Si llegas a verlo,
acércale una linterna a los ojos. Pupilas negras,
todo noche, cuyo horizonte veteado se contrae
cuando él te devuelve la mirada y cierra sus ojos. Entonces, de los párpados
se desliza una lágrima, su única posesión, como el aguijón de una abeja.
La recoge disimuladamente y, si no estás atento, se la traga.
Pero si la ves, te la entregará,
fresca como los manantiales subterráneos y lo bastante pura como para beberla.


Elizabeth Bishop escribió El Hombre-Polilla a los veinticuatro años, justo después de graduarse de la universidad. Es un poema diferente del resto de su obra, mucho más surrealista, casi abstracto, y que por lo tanto permite una variedad de interpretaciones. La más obvia, y debido a eso probablemente equivocada, sugiere que los intentos metódicos de esta polilla de llegar a la luna, que cree es un agujero, y meter la cabeza, son una expresión alegórica de la sexualidad masculina. El mismo argumento puede utilizarse en relación a la espiritualidad o a la ambición.

En efecto, el Hombre-Polilla cree que la luna es un agujero en el cielo, y trata repetidamente [sin éxito] de alcanzarla. Esto podría verse como un ejemplo de perseverancia; al mismo tiempo, estos intentos podrían representar un deseo [inútil] de escape que deja al Hombre-Polilla atrapado en un ciclo de esperanza y decepción.

Si el Hombre-Polilla alcanzara la luna [esta es su teoría], cree que podría ver más allá, tal vez incluso salir de su lúgubre morada en la ciudad. Nunca ha estado ni cerca de lograrlo, pero eso no importa demasiado. En cada intento, el Hombre-Polilla cree que «se las arreglará para meter su cabecita a través de esa abertura redonda y limpia» y abrirse paso hacia el otro lado. El Orador del poema señala que, «por supuesto, falla» una y otra vez, resaltando tanto el empeño como la inutilidad de sus esfuerzos. ¿Será que el Hombre-Polilla no está buscando algo exterior [a sí mismo] sino tratando de escapar del mundo ordinario que lo rodea, paradójicamente, a través de una rutina?

Elizabeth Bishop nos anima a identificarnos con el Hombre-Polilla. Después de todo, es difícil no sentir simpatía por esta criatura que existe en una soledad opresiva e intenta alcanzar un objetivo heróico. Entonces, de repente, se dirige al lector como si fuera parte de esta fábula. Donde antes invocaba nuestra identificación, ahora afirma que no sólo compartimos el mismo mundo del Hombre-Polilla: podemos encontrarlo y despojarlo de su única posesión [sus lágrimas]. Esto, de algún modo, nos hace ver como intrusos de la noche, seres que patrullan la oscuridad con la fría luz de nuestras linternas, perfectamente capaces de actuar con la mayor crueldad. De este modo, la escala sobrenatural del poema se funde con una escena familiar. Pasamos de observar desde una prudente distancia a intervenir.

Al final del poema, la imaginación es derrotada. El Hombre-Polilla se ve obligado a esconderse, a enfrentar la posibilidad de ser asesinado, aunque sea de manera incidental, mientras el ser humano saquea su único tesoro.

El Hombre-Polilla es un poema singular, casi expresionista [como el juego de sombras de Murnau], una exploración al estilo de Kafka [ver: Kafka y lo Kafkiano]. El propio Hombre-Polilla es una figura lógica dentro del mundo que esboza Elizabeth Bishop, salida desde los túneles de la imaginación; de hecho, su incomodidad durante esta «visita a la superficie» es palpable. La naturaleza de su otra vida, bajo tierra, en los túneles, es desconocida [ver: En el Metro: el horror subterráneo de lo reprimido]

Algunos asocian ciertos aspectos de El Hombre-Polilla con el alcoholismo que sufría Elizabeth Bishop. Esas asociaciones derivan de sus cuadernos de trabajo, donde se forja una relación directa entre el fatal tercer raíl y los peligros del alcohol, haciendo del poema un retrato simbólico del artista como adicto. Es una interpretación plausible, pero alejada de lo más interesante de El Hombre-Polilla, que son sus puntos ciegos. La criatura intenta repetidamente [y sin éxito] perforar los límites físicos de la realidad [«meter su cabecita a través de esa abertura redonda y limpia»], y quizás nacer a una nueva existencia. Pero, ¿por que piensa que la luna es «como un pequeño agujero en lo alto del cielo»? ¿Por qué «debe atravesar túneles artificiales y tener sueños recurrentes»? Podríamos perdernos sin remedio en este laberinto de asociaciones.

Lo único cierto es que la luna ejerce una atracción compulsiva sobre el Hombre-Polilla. Todo el poema está atravesado por un patrón de verticalidad, desde los túneles a las alturas de los edificios y de vuelta hacia abajo: ascenso imposible y caída inevitable. Todo esto acaso tiene relación con el proceso de creación artística. En este contexto, la compulsión por escalar hasta la luna es un sustituto del poeta que intenta lograr algo elevado y significativo, algo que requiere, en primer lugar, superar el miedo [«lo que el Hombre-polilla más teme es lo que debe hacer»]; y en segundo la perseverancia ante el fracaso seguro.




El Hombre-Polilla.
The Man-Moth, Elizabeth Bishop (1911-1979)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Aquí, arriba, las grietas de los edificios están llenas de la maltrecha luz de la luna.
La sombra del Hombre es tan grande como su sombrero.
Yace a sus pies como el pedestal circular de una muñeca,
y él es como un alfiler invertido, con la punta magnetizada hacia la luna.
No ve la luna; sólo observa sus vastas propiedades,
sintiendo la extraña luz en sus manos, ni cálida ni fría,
de una temperatura imposible de registrar en el termómetro.

Pero cuando el Hombre-Polilla
hace sus raras, aunque ocasionales, visitas a la superficie,
la luna le parece bastante diferente. Él emerge
de una abertura bajo el borde de una de las aceras
y nerviosamente comienza a escalar las fachadas de los edificios.
Cree que la luna es un pequeño agujero en lo alto del cielo,
lo que demuestra que el cielo es bastante inútil para protegerse.
Tiembla, pero debe descubrir hasta dónde puede escalar.

Por las fachadas,
arrastrando su sombra como el paño de un fotógrafo,
asciende, temeroso, pensando que esta vez logrará
introducir su cabecita por esa limpia abertura redonda
y que la luz lo obligará a pasar, como por un tubo, en volutas negras.
(El hombre, de pie debajo de él, no alberga tales ilusiones.)
Pero lo que más teme el Hombre-Polilla es lo que debe hacer,
aunque fracase, por supuesto, y caiga hacia atrás, asustado pero ileso.

Luego regresa
a los pálidos túneles del subterráneo que considera su hogar.
Revolotea, se agita y no logra subir a bordo de los trenes silenciosos
con la rapidez necesaria. Las puertas se cierran rápidamente.
El Hombre-Polilla siempre se sienta mirando hacia el lado equivocado
y el tren arranca de inmediato a toda su terrible velocidad,
sin cambios de marcha ni gradación de ningún tipo.
No puede calcular a qué velocidad viaja hacia atrás.

Cada noche
debe atravesar túneles artificiales y tener sueños recurrentes.
Así como los durmientes se repiten bajo su tren, éstos subyacen
bajo su mente acelerada. No se atreve a mirar por la ventana,
porque el tercer raíl, la corriente ininterrumpida de veneno,
corre a su lado. Lo considera como a una enfermedad
cuya propensión ha heredado. Tiene que mantener
las manos en los bolsillos, como otros deben usar bufandas.

Si llegas a verlo,
acércale una linterna a los ojos. Pupilas negras,
todo noche, cuyo horizonte veteado se contrae
cuando él te devuelve la mirada y cierra sus ojos. Entonces, de los párpados
se desliza una lágrima, su única posesión, como el aguijón de una abeja.
La recoge disimuladamente y, si no estás atento, se la traga.
Pero si la ves, te la entregará,
fresca como los manantiales subterráneos y lo bastante pura como para beberla.


Here, above,
cracks in the buildings are filled with battered moonlight.
The whole shadow of Man is only as big as his hat.
It lies at his feet like a circle for a doll to stand on,
and he makes an inverted pin, the point magnetized to the moon.
He does not see the moon; he observes only her vast properties,
feeling the queer light on his hands, neither warm nor cold,
of a temperature impossible to record in thermometers.

But when the Man-Moth
pays his rare, although occasional, visits to the surface,
the moon looks rather different to him. He emerges
from an opening under the edge of one of the sidewalks
and nervously begins to scale the faces of the buildings.
He thinks the moon is a small hole at the top of the sky,
proving the sky quite useless for protection.
He trembles, but must investigate as high as he can climb.

Up the façades,
his shadow dragging like a photographer’s cloth behind him
he climbs fearfully, thinking that this time he will manage
to push his small head through that round clean opening
and be forced through, as from a tube, in black scrolls on the light.
(Man, standing below him, has no such illusions.)
But what the Man-Moth fears most he must do, although
he fails, of course, and falls back scared but quite unhurt.

Then he returns
to the pale subways of cement he calls his home. He flits,
he flutters, and cannot get aboard the silent trains
fast enough to suit him. The doors close swiftly.
The Man-Moth always seats himself facing the wrong way
and the train starts at once at its full, terrible speed,
without a shift in gears or a gradation of any sort.
He cannot tell the rate at which he travels backwards.

Each night he must
be carried through artificial tunnels and dream recurrent dreams.
Just as the ties recur beneath his train, these underlie
his rushing brain. He does not dare look out the window,
for the third rail, the unbroken draught of poison,
runs there beside him. He regards it as a disease
he has inherited the susceptibility to. He has to keep
his hands in his pockets, as others must wear mufflers.

If you catch him,
hold up a flashlight to his eye. It’s all dark pupil,
an entire night itself, whose haired horizon tightens
as he stares back, and closes up the eye. Then from the lids
one tear, his only possession, like the bee’s sting, slips.
Slyly he palms it, and if you’re not paying attention
he’ll swallow it. However, if you watch, he’ll hand it over,
cool as from underground springs and pure enough to drink.


Elizabeth Bishop (1911-1979)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Elizabeth Bishop.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Elizabeth Bishop: El Hombre-Polilla (The Man-Moth), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Noche»: Ann Radcliffe; poema y análisis.


«Noche»: Ann Radcliffe; poema y análisis.




Noche (Night) es un poema gótico del escritora inglesa Ann Radcliffe (1764-1823), publicado originalmente en la novela de 1791: El Romance del Bosque (The Romance of the Forest).

Noche, uno de los mejores poemas de Ann Radcliffe, forma parte de unas de las grandes novelas góticas de su tiempo: El Romance del Bosque. A pesar de ser una obra voluminosa, la caracterización es mínima, resumiéndose a una secuencia laberíntica de incidentes dramáticos alrededor de la protagonista, Adeline. En este sentido, Ann Radcliffe parece desinteresada en presentar una historia cohesiva; en cambio, se enfoca en pintar escenas vívidas pero con poca o ninguna relación entre ellas. El único aspecto que atraviesa a toda la novela es el uso del paisaje y la atmósfera, no en términos pictóricos o contemplativos, sino como dispositivos capaces de llevar al ser humano a un estado de ánimo que le permite vislumbrar fugazmente lo sobrenatural.

En general, la poesía de Ann Radcliffe puede apreciarse perfectamente fuera de su contexto natural, que es la novela; sin embargo, en el caso de Noche es importante tener en cuenta la situación que está atravesando la protagonista.

Buena parte de la acción de El Romance del Bosque se desarrolla en una abadía abandonada, parcialmente en ruinas, lo cual la convierte simultáneamente en un lugar de seguridad pero también capaz de infundir terror. Pierre de la Motte y su esposa, Constance, han estado cuidando a la protagonista, Adeline, ocultándola de sus perseguidores [el Marqués de Montalt] en la abadía. En este contexto, Adeline y los La Motte viven con el temor de ser descubiertos, pero también de la «seguridad» que les proporciona la abadía, que creen embrujada [ver: La Casa Embrujada como representación del cuerpo de la mujer]

Ann Radcliffe utiliza la arquitectura de la abadía [parcialmente devorada por la vegetación] para establecer una atmósfera liminal. Y, como ocurre en muchas novelas góticas, esta abadía también tiene una serie de túneles y catacumbas que sirven tanto de escondite como de espacio subconsciente [ver: El Horror siempre viene desde el Sótano]. De vez en cuando, Adeline sale al exterior, sobre todo al atardecer, y es en este contexto donde aparece Noche.

Ann Radcliffe nos dice que Adeline está leyendo en este atardecer en particular, pero el poema no forma parte de ese escrito. También se nos dice que la protagonista lo recuerda, aunque no se nos proporciona la fuente de esos versos:


«Al declinar el día, (Adeline) salió de su habitación para disfrutar de la dulce hora de la tarde, pero no se desvió más allá de una avenida cerca de la abadía, que daba al oeste. Leyó un poco, pero lo encontró imposible. Para distraer su atención de la escena que la rodeaba, cerró el libro y se rindió a la dulce y complaciente melancolía que inspiraba la hora. El aire estaba quieto, el sol, hundiéndose bajo la lejana colina, esparció un brillo púrpura sobre el paisaje y tocó los claros del bosque con una luz más suave. Una frescura cubierta de rocío se esparció por el aire. A medida que el sol descendía, el crepúsculo se hizo silencioso y la escena asumió una grandeza solemne. Mientras reflexionaba, recordó y repitió las siguientes estrofas:»


El estado de ánimo de los personajes de Ann Radcliffe siempre resuena en el paisaje, como si se proyectara en la naturaleza circundante. En este contexto, Noche no nos presenta cualquier noche, sino la noche melancólica de Adeline, recluida en una abadía embrujada y perseguida por el Marqués de Montalt.

Este es el aspecto más interesante de las novelas de Ann Radcliffe: los personajes se describen a través de sus respectivas proyecciones en el paisaje natural, creando así un mundo único, o una noche única, en este caso. No es que Ann Radcliffe desatendiera por completo el funcionamiento interno de sus personajes, pero el paisaje que los rodea siempre está sincronizado con sus respectivos estados mentales, emocionales y espirituales.

Esta modalidad de Ann Radcliffe, donde el escenario corresponde a la situación emocional de sus personajes, ya existía a mediados del siglo XVIII, pero realmente alcanzó su esplendor [a veces exagerado] en la literatura gótica. Noche es un buen ejemplo de este estado de ánimo psicológico proyectado en el entorno natural. Quizás no se aprecie tanto en la poesía, pero en una novela gótica le permite el autor hablar sobre lo que está pasando por la cabeza de un personaje sin describirlo directamente. Ann Radcliffe adoptó [y adaptó] esta técnica en todas sus novelas.

Esta es, en esencia, la «atmósfera gótica» clásica. Básicamente se trata de una correspondencia, o una serie de asociaciones, entre los sentimientos y las emociones de la heroína y el entorno. Según Ann Radcliffe [Sobre lo sobrenatural en la poesía (On the Supernatural in Poetry)] esto suscita una mezcla de ansiedad y anticipación en el lector, una especie de tranquilidad ligeramente manchada de terror. Es importante aclarar que, para Ann Radcliffe, la diferencia más sustancial entre Terror y Horror consiste en que el primero «expande las facultades del alma», mientras que el segundo las contrae. En otras palabras, el Terror nos permite descubrir algo que no conocíamos sobre nosotros mismos, mientras que el Horror simplemente nos paraliza.

Esta diferencia entre Terror y Horror es un territorio delgado. El ideal de Ann Radcliffe es transitar por esta tierra de nadie a través de la incertidumbre, del poder de la sugerencia, no solo insertando hermosas piezas poéticas en sus novelas, sino citando a Milton y Shakespeare, sobre todo, con la intención de invocar en el lector sentimientos asociados a estos grandes maestros [terror, melancolía, piedad, misterio]. Solo en El Romance del Bosque hay más de una docena de epígrafes poéticos y catorce citas a Shakespeare.

Adeline es una mujer sensible que «cultiva la imaginación a pesar de su razón». Esta susceptibilidad al placer estético no es ilustrativo de tendencias escapistas, de hecho, es una cualidad de Adeline, una que le permite tener una experiencia más completa de la vida, sobre todo en una situación donde la frontera que separa lo real de lo ilusorio está lejos de ser clara. El deleite estético que encuentra en la noche se convierte en una forma de consuelo. Al atardecer suele tomar algún libro de La Motte e internarse en el bosque que rodea la abadía. «Allí se sentaba, y, resignada a las ilusiones de la página, pasaba muchas horas en el olvido de la pena». En este contexto, Adeline recuerda Noche, cuyo origen no conocemos, aunque no es descabellado que lo haya escrito ella misma.




Noche.
Night, Ann Radcliffe (1764-1823)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


¡La tarde se desvanece! Su paso pensativo se retira,
y la Noche flota sobre los rocíos y las horas sombrías
con su espantosa pompa de fuegos planetarios,
y todo su tren de poderes visionarios.

Pinta con formas fugaces el sueño del sueño,
inflama el alma con un agradable temor;
a través de las tinieblas, en formas terribles barre
y despierta los emocionantes horrores de los muertos.

Reina del pensamiento solemne. ¡Noche misteriosa!
¡Cuyo paso es oscuridad, y su voz es miedo!
Tus sombras doy la bienvenida con severo deleite,
y saludo tus huecos vendavales que suspiran lúgubremente.

Cuando, envuelta en nubes y cabalgando en la ráfaga,
haces rodar la tormenta a lo largo de la orilla sonora,
adoro mirar las olas abrumadoras
arrojadas sobre las rocas, y escuchar el rugido.

Tus terrores más delicados, Noche, frecuento,
tus relámpagos silenciosos y tu resplandor de meteoro,
tus fuegos del norte, brillantes con un matiz ensangrentado,
que iluminan en la alta bóveda del cielo el aire apasionado.

Adoro cuando tu carro lúcido
derrama entre los jirones de nubes un resplandor tembloroso,
y revela de lejos la montaña brumosa,
el bosque más cercano, el arroyo:

Y cosas sin nombre en el valle de abajo,
que flotan tenuemente ante el ojo pensativo,
asumen, al contacto de la Fantasía, un fantástico espectáculo,
y elevan hacia lo alto sus dulces visiones románticas.

Déjame pararme en medio de tus profundas tinieblas,
en algún acantilado salvaje y boscoso, escuchar la brisa
que se hincha en una melodía lúgubre,
y muere débilmente sobre los árboles distantes.

¡Qué encanto melancólico se apodera de la mente!
¡Qué santificadas lágrimas saluda el creciente éxtasis!
¡Mientras muchos espíritus ciegos en el viento suspiran
sus dulces voces a la hora solitaria!

¡Ay! ¡A quién cedería estas queridas ilusiones,
qué Fantasía despierta del silencio y de las sombras,
para todas las formas sobrias de la Verdad revelada,
para todas las escenas que impregnan el ojo brillante del Día!


Now Ev’ning fades! her pensive step retires,
And Night leads on the dews, and shadowy hours:
Her awful pomp of planetary fires,
And all her train of visionary pow’rs.

These paint with fleeting shapes the dream of sleep,
These swell the waking soul with pleasing dread;
These through the glooms in forms terrific sweep,
And rouse the thrilling horrors of the dead!

Queen of the solemn thought – mysterious Night!
Whose step is darkness, and whose voice is fear!
Thy shades I welcome with severe delight,
And hail thy hollow gales, that sigh so drear!

When, wrapt in clouds, and riding in the blast,
Thou roll’st the storm along the sounding shore,
I love to watch the whelming billows, cast
On rocks below, and listen to the roar.

Thy milder terrors, Night, I frequent woo,
Thy silent lightnings, and thy meteor’s glare,
Thy northern fires, bright with ensanguine hue,
That light in heaven’s high vault the fervid air.

But chief I love thee, when thy lucid car
Sheds through the fleecy clouds a trembling gleam,
And shews the misty mountain from afar,
The nearer forest, and the valley’s stream:

And nameless objects in the vale below,
That floating dimly to the musing eye,
Assume, at Fancy’s touch, fantastic shew,
And raise her sweet romantic visions high.

Then let me stand amidst thy glooms profound
On some wild woody steep, and hear the breeze
That swells in mournful melody around,
And faintly dies upon the distant trees.

What melancholy charm steals o’er the mind!
What hallow’d tears the rising rapture greet!
While many a viewless spirit in the wind
Sighs to the lonely hour in accents sweet!

Ah! who the dear illusions pleas’d would yield,
Which Fancy wakes from silence and from shades,
For all the sober forms of Truth reveal’d,
For all the scenes that Day’s bright eye pervades!


Ann Radcliffe
(1764-1823)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Ann Radcliffe.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Ann Radcliffe: Noche (Night), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Los Hijos de la Noche»: Edwin Arlington Robinson; poema y análisis.


«Los Hijos de la Noche»: Edwin Arlington Robinson; poema y análisis.




Los hijos de la noche (The Children of the Night) es un poema gótico del escritor norteamericano Edwin Arlington Robinson (1869-1935), publicado en la antología de 1897: Hijos de la noche (Children of The Night).

Los Hijos de la Noche es un poema críptico, oscuro, como si estuviese envuelto bajo un espeso manto de niebla; algo bastante extraño teniendo en cuenta que la mayoría de los poemas de Edwin Arlington Robinson están llenos de una luz tan intensa que a veces es difícil captar todos los detalles con los que juega.

Se puede decir que Los Hijos de la Noche es una triunfal vindicación del espíritu que cuestiona, que tiene dudas, que intenta vivir con coraje [tal vez buscando inútilmente la felicidad] a pesar de la oscuridad que nos espera después de la muerte. Sin embargo, hay tristeza detrás de esta glorificación:


Y si no hay otra vida,
si no hay otra oportunidad
para pesar el dolor y la lucha
que en la balanza de las circunstancias,
sería mejor ahogarnos en el mar de la vida,
que navegar para siempre en la oscuridad.


Es como si Edwin Arlington Robinson, en su afán por encontrar la luz de la esperanza, terminara hundiéndose en la oscuridad. De eso se trata Los Hijos de la Noche, de la posibilidad de encontrar algún rastro de luz espiritual, aunque sea una chispa, en una vida marcada por el cambio y la muerte. Esta es la matriz de la exhortación Edwin Arlington Robinson: no está llamando a los lectores [los Hijos de la Noche] a que vean la luz, sino más bien a que abracen la posibilidad de que tal luz exista en alguna parte.

El narrador de Los Hijos de la Noche rechaza los credos intelectuales que glorifican a Dios, e insinúa la promesa de Luz para el ser humano. Si esa «otra vida» que Edwin Arlington Robinson promete a los Hijos de la Noche está en este mundo o en el más allá, no está claro en el poema. Puede ser ambos. Está claro que la promesa de un futuro hace que valga la pena vivir el aquí y ahora:


Es la promesa del día
lo que hace sublime el cielo estrellado;
es la fe dentro del miedo
lo que nos sujeta a la vida que maldecimos.


En este punto, el narrador de Los Hijos de la Noche se dirige directamente a sus lectores, una técnica inusual en la poesía de Edwin Arlington Robinson, exhortándolos en una especie de fervor evangélico, a unirse a él en la creencia de una interpretación idealista del universo:


¡Deja que nosotros, los Hijos de la Noche,
quitemos el manto que oculta la cicatriz!
¡Seamos Hijos de la Luz,
y contemos a los siglos lo que somos!




Los hijos de la noche.
The Children of the Night, Edwin Arlington Robinson (1869-1935)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Para aquellos que nunca conocieron la luz,
la oscuridad es algo hosco;
y ellos, los Hijos de la Noche,
parecen perdidos en la criba de la Fortuna.

Pero algunos son fuertes y otros débiles,
y ahí está la historia. La casa y el hogar
están cerrados a innumerables corazones que buscan
un refugio que nunca llegará.

Y si no hay otra vida,
si no hay otra oportunidad
para pesar el dolor y la lucha
que en la balanza de las circunstancias,

Antes de que se ponga el sol
el primer día en que nos embarcamos,
sería mejor ahogarnos en el mar amargado de la vida,
que navegar para siempre en la oscuridad.

No hay luz sino para un ojo mortal,
no hay descanso sino el de un sueño mortal,
no hay Dios sino en la mentira de un profeta,
no hay fe para mantener la «duda honesta»;

Si no hay nada, bueno o malo,
sino caos para que un alma confíe,
Dios lo cuenta para un alma enloquecida,
y si Dios es Dios, Él es justo.

Y si Dios es Dios, Él es Amor;
y aunque el amanecer sea todavía tan oscuro,
nos muestra que hemos jugado lo suficiente
con los credos que lo convierten en un demonio.

Hay un credo, y sólo uno,
que glorifica la excelencia de Dios;
que aprecie tanto que se haga Su voluntad,
el simple credo del sentido común.

Es el carmesí, no el gris,
el que encanta el crepúsculo eterno;
es la promesa del día
lo que hace sublime el cielo estrellado;

Es la fe dentro del miedo
lo que nos sujeta a la vida que maldecimos;
¡así que reverenciemos en nosotros mismos
al Ser que es el Universo!

¡Deja que nosotros, los Hijos de la Noche,
quitemos el manto que oculta la cicatriz!
¡Seamos Hijos de la Luz,
y contemos a los siglos lo que somos!


For those that never know the light,
The darkness is a sullen thing;
And they, the Children of the Night,
Seem lost in Fortune's winnowing.

But some are strong and some are weak, --
And there's the story. House and home
Are shut from countless hearts that seek
World-refuge that will never come.

And if there be no other life,
And if there be no other chance
To weigh their sorrow and their strife
Than in the scales of circumstance,

'T were better, ere the sun go down
Upon the first day we embark,
In life's imbittered sea to drown,
Than sail forever in the dark.

But if there be a soul on earth
So blinded with its own misuse
Of man's revealed, incessant worth,
Or worn with anguish, that it views

No light but for a mortal eye,
No rest but of a mortal sleep,
No God but in a prophet's lie,
No faith for "honest doubt" to keep;

If there be nothing, good or bad,
But chaos for a soul to trust, --
God counts it for a soul gone mad,
And if God be God, He is just.

And if God be God, He is Love;
And though the Dawn be still so dim,
It shows us we have played enough
With creeds that make a fiend of Him.

There is one creed, and only one,
That glorifies God's excellence;
So cherish, that His will be done,
The common creed of common sense.

It is the crimson, not the gray,
That charms the twilight of all time;
It is the promise of the day
That makes the starry sky sublime;

It is the faith within the fear
That holds us to the life we curse; --
So let us in ourselves revere
The Self which is the Universe!

Let us, the Children of the Night,
Put off the cloak that hides the scar!
Let us be Children of the Light,
And tell the ages what we are!


Edwin Arlington Robinson
(1869-1935)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Edwin Arlington Robinson.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Edwin Arlington Robinson: Los hijos de la noche (The Children of the Night), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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Relato de T.G. Jackson.
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Consultorio paranormal.
Poema de Leah Bodine Drake.