«Un visitante de medianoche»: Elizabeth Akers Allen; poema y análisis.
«¿Quién es él, mi visitante de medianoche?
¿Por qué me atormenta,
viniendo de las sombras brumosas
de hace cien años?»
¿Por qué me atormenta,
viniendo de las sombras brumosas
de hace cien años?»
Un visitante de medianoche (A Midnight Visitor) es un poema gótico de la escritora norteamericana Elizabeth Akers Allen (1832-1911), publicado en la antología de 1902: La canción del atardecer y otros versos (The Sunset Song and Other Verses).
Un visitante de medianoche, uno de los grandes poemas de Elizabeth Akers Allen, versifica la historia de una mujer que todas las noches recibe en su habitación a su «visitante», un fantasma de tiempos antiguos que toca melodías olvidadas.
Esta aparición surge cuando «la casa está a oscuras» y lo único que se ve en la habitación es la «sombra nítida de la rama del olmo». Debe ser una casa señorial, aristocrática, y por lo tanto apartada, porque la Oradora menciona que «las luces del pueblo» también están apagadas y los perros [guardianes] duermen. En ese momento, en el «silencio mudo» de la medianoche, cuando «ni una hoja muerta se atreve a caer» y lo único que se escucha es el «tictac del reloj» en la pared, el Visitante aparece «con una mirada de saludo y una flauta antigua en su mano».
No hay dudas de que se trata de un espíritu. Se deja ver «desde el rincón sombreado por la cortina» y posee modales cortesanos. Es un músico, evidentemente, porque saca «un taburete de tres patas» que, afirma la Oradora, «no estaba allí antes» y nunca logra encontrarlo a la luz del día. El Visitante coloca el taburete al lado de la cama mientras ella lo observa en silencio, «hechizada por su mística presencia», se sienta y toca su música [ver: El hombre al pie de mi cama]
En este punto, la Oradora deja en claro que el Visitante es una aparición del pasado. Viste «jubón», «volantes», «hebillas de plata» y «medias de seda»; su cabello está «empolvado y trenzado». Todo el conjunto responde al «pintoresco y elaborado estilo de hace cien años» [ver: Espíritus que no abandonan su antigua casa]
Si nos adjudicáramos la profesión de parapsicólogos literarios, diríamos que el Visitante de Medianoche es es simplemente un brote de energía residual, habida cuenta que repite una y otra vez la misma operación, a la misma hora y en el mismo lugar [ver: ¿Los fantasmas son «grabaciones» impresas en la realidad?]. Además, no presenta fenómenos paranormales adicionales. Es como una cinta que se reproduce incesantemente cuando se dan las condiciones adecuadas [ver: Teoría de la Cinta de Piedra]
También es una aparición sutil. Si la Oradora se mueve, él «desaparece»; si habla, se retira, pero si se queda «en completo silencio, él se sienta y toca durante horas». ¿Qué tipo de música? «Melodías menores», algo «melancólicas», como «las que agradaban a las doncellas de hace cien años». A pesar de tratarse de un músico, el Visitante no canta, no cuenta «historias fantasmales de errores no confesados ni perdonados». «No dice una sola palabra», aunque muestra cierto grado de consciencia sobre el entorno. Si bien parece estar atrapado en un bucle, mira «fijamente» a la Oradora.
Al final de Un visitante de medianoche no encontramos ninguna explicación. No sabemos quién es el Visitante ni por qué repite el mismo acto. Es una decisión venturosa. El placer está en el misterio, pocas veces en su resolución. Sin embargo, hay algunas pistas que podemos seguir.
Por ejemplo, la melodía que toca es «como las que agradaban a las doncellas de hace cien años», en otras palabras, es una melodía amorosa, sentimental. El Visitante, tal vez, está cortejando a la Oradora, o quizás repitiendo una escena pasada, el cortejo a una antigua habitante de la casa, probablemente una ancestro de la Oradora. Sin embargo, está consciente de ella: la mira, responde a su voz y a sus movimientos. Si hubiese que dar un veredicto, presentaría dos opciones:
a- El fantasma, como lo dice el título del poema, simplemente está «visitando» a la nueva señora de la casa. Toca para ella como lo hizo para sus predecesoras.
b- La Oradora, de algún modo, se desliza hacia el pasado, donde el músico está vivo y también toca para ella.
Esta última opción invierte los términos del título y hace que la Oradora sea la visitante de medianoche.
Un visitante de medianoche.
A Midnight Visitor, Elizabeth Akers Allen (1832-1911)
(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)
Al final la casa está a oscuras,
el último delicado paso es silencioso
y la sombra nítida de la rama del olmo
parpadea en el alféizar de la ventana.
Cuando las luces del pueblo se apagan,
y todos los perros duermen,
y el resplandor plateado y brumoso
hace que la sombra parezca negra y profunda,
cuando la noche es tan silenciosa
que ni una hoja muerta se atreve a caer
y solo oigo el tictac del reloj
de la muerte en la pared,
cuando ningún ratón escondido se atreve
a roer el silencio muerto y mudo,
y el aire mismo parece esperar
algo que debería venir,
ningún susurro agita el aire;
sin embargo, él permanece allí, valiente y mudo,
con una mirada de saludo
y una flauta antigua en su mano.
Entonces, con toda la gracia cortesana
de la antigua escuela colonial,
desde el rincón sombreado por la cortina
saca un taburete de tres patas.
(¡Ah, no estaba allí antes!
¡Por más que lo busque,
nunca, nunca lo encontraré
a la luz del día!)
Lo coloca al lado de mi cama,
y mientras lo contemplo en silencio,
hechizada por su mística presencia,
se sienta allí y toca
con gracia, majestuoso, serio y alto,
vestido de pies a cabeza
con el pintoresco y elaborado estilo
de hace cien años.
Jubón, medias de seda
lleva mi melodista de medianoche,
volantes de nieve en su pecho,
volantes de nieve en su muñeca,
hebilla de plata en la rodilla,
hebilla de plata en el zapato;
cabello empolvado, peinado y trenzado
en una coleta rígida al estilo antiguo.
Si me muevo, desaparece;
si hablo, vuela;
si me quedo en completo silencio,
se sienta y toca durante horas;
toca viejas melodías menores,
melancólicas, salvajes y lentas,
tal vez como las que agradaban
a las doncellas de hace cien años.
En vano espero escuchar historias fantasmales
de errores no confesados ni perdonados,
no vengados y sufridos
durante mucho tiempo;
No cuenta ninguna historia,
no dice una sola palabra;
sólo se sienta y me mira fijamente,
y toca y toca.
¿Quién es él, mi visitante de medianoche?
¿Por qué me atormenta,
viniendo de las sombras brumosas
de hace cien años?
After all the house is dark,
And the last soft step is still,
And the elm-bough's clear-cut shadow
Flickers on the window sill—
When the village lights are out,
And the watch-dogs all asleep,
And the misty silver radiance
Makes the shade look black and deep—
When, so silent is the night,
Not a dead leaf dares to fall,
And I only hear the death-watch
Ticking, ticking in the wall—
When no hidden mouse dares gnaw
At the silence dead and dumb,
And the very air seems waiting
For a Something that should come—
Suddenly, there stands my guest,
Whence he came I cannot see;
Not a door has swung before him,
Not a hand touched latch or key,
Not a rustle stirred the air;
Yet he stands there, brave and mute,
In his eyes a look of greeting,
In his hand an old-time flute.
Then, with all the courtly grace
Of the old Colonial school,
From the curtain-shadowed corner
Forth he draws a three-legged stool—
(Ah, it was not there before!
Search as closely as I may,
I can never, never find it
When I look for it by day!)
Places it beside my bed,
And while silently I gaze
Spell-bound by his mystic presence,
Seats himself thereon and plays.
Gracious, stately, grave and tall,
Always dressed from crown to toe
In the quaint elaborate fashion
Of a hundred years ago.
Doublet, small-clothes, silk-clocked hose;
Wears my midnight melodist,
Snowy ruffles in his bosom,
Snowy ruffles at his wrist.
Silver buckle at his knee,
Silver buckle on his shoe;
Powdered hair smoothed back and plaited
In a stiff old-fashioned queue.
If I stir he vanishes;
If I speak he flits away;
If I lie in utter silence,
He will sit for hours and play;
Play old wailing minor airs,
Melancholy, wild and slow,
Such, mayhap, as pleased the maidens
Of a hundred years ago.
All in vain I wait to hear
Ghostly histories of wrong
Unconfessed and unforgiven,
Unavenged and suffered long;
Not a story does he tell,
Not a single word he says—
Only sits and gazes at me
Steadily, and plays and plays.
Who is he, my midnight guest?
Wherefore does he haunt me so;
Coming from the misty shadows
Of a hundred years ago?
Elizabeth Akers Allen (1832-1911)
And the last soft step is still,
And the elm-bough's clear-cut shadow
Flickers on the window sill—
When the village lights are out,
And the watch-dogs all asleep,
And the misty silver radiance
Makes the shade look black and deep—
When, so silent is the night,
Not a dead leaf dares to fall,
And I only hear the death-watch
Ticking, ticking in the wall—
When no hidden mouse dares gnaw
At the silence dead and dumb,
And the very air seems waiting
For a Something that should come—
Suddenly, there stands my guest,
Whence he came I cannot see;
Not a door has swung before him,
Not a hand touched latch or key,
Not a rustle stirred the air;
Yet he stands there, brave and mute,
In his eyes a look of greeting,
In his hand an old-time flute.
Then, with all the courtly grace
Of the old Colonial school,
From the curtain-shadowed corner
Forth he draws a three-legged stool—
(Ah, it was not there before!
Search as closely as I may,
I can never, never find it
When I look for it by day!)
Places it beside my bed,
And while silently I gaze
Spell-bound by his mystic presence,
Seats himself thereon and plays.
Gracious, stately, grave and tall,
Always dressed from crown to toe
In the quaint elaborate fashion
Of a hundred years ago.
Doublet, small-clothes, silk-clocked hose;
Wears my midnight melodist,
Snowy ruffles in his bosom,
Snowy ruffles at his wrist.
Silver buckle at his knee,
Silver buckle on his shoe;
Powdered hair smoothed back and plaited
In a stiff old-fashioned queue.
If I stir he vanishes;
If I speak he flits away;
If I lie in utter silence,
He will sit for hours and play;
Play old wailing minor airs,
Melancholy, wild and slow,
Such, mayhap, as pleased the maidens
Of a hundred years ago.
All in vain I wait to hear
Ghostly histories of wrong
Unconfessed and unforgiven,
Unavenged and suffered long;
Not a story does he tell,
Not a single word he says—
Only sits and gazes at me
Steadily, and plays and plays.
Who is he, my midnight guest?
Wherefore does he haunt me so;
Coming from the misty shadows
Of a hundred years ago?
Elizabeth Akers Allen (1832-1911)
(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)
Poemas góticos. I Poemas de fantasmas.
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El análisis, traducción al español y resumen del poema de Elizabeth Akers Allen: Un visitante de medianoche (A Midnight Visitor), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com
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