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«El castillo oscuro»: Walter de la Mare; poema y análisis.


«El castillo oscuro»: Walter de la Mare; poema y análisis.




«En sueños, un castillo oscuro
permanece siempre abierto ante mí.»



El castillo oscuro (The Dark Château) es un poema gótico del escritor inglés Walter de la Mare (1873-1956), publicado en la antología de 1916: Los oyentes (The Listeners).

El castillo oscuro, situado entre los grandes poemas de Walter de la Mare, explora uno de los motivos tradicionales de la literatura gótico: el castillo, la casa vacía, abandonada, pero que todavía conserva algo en su interior, listo para manifestarse ante la persona indicada [ver: La Casa como entidad orgánica y consciente en el Gótico]

En cierto modo, Walter de la Mare comparte con el lector una de sus obsesiones, a la cual puede acceder incluso en sueños, un «castillo oscuro» que permanece «siempre abierto» para él:


En sueños, un castillo oscuro
permanece siempre abierto ante mí;
en lejanos barrancos fluyen aguas oníricas,
descendiendo silenciosamente;
sobre sus cumbres flota el águila,
solitaria en un cielo sin sol;
mudas son las gargantas doradas
del bosque donde los pájaros revolotean.

Ninguna voz se oye. El viento
duerme en su paz.
Ninguna flor de la luz encuentra
refugio bajo sus árboles;
solo la hiedra oscura trepa
con la rosa silvestre
y el ciprés, mañana y tarde,
proyectando la negra sombra del tiempo.

Todo vacío y desconocido;
solo el soñador camina
de piedra en piedra hueca,
donde duerme el musgo verde,
y mira los ríos en sus profundidades,
el águila solitaria en el cielo,

mientras gotea el rocío del atardecer,
fría y silenciosamente.

¡Ojalá pudiera entrar!
En cada habitación secreta;
ojalá mis ojos brillantes por el sueño
pudieran penetrar en la oscuridad interior;
contemplar desde sus altas ventanas,
a lo lejos, sus muros mohosos,
donde fluye el Leteo, aún claro como el ámbar,
y caen cascadas espumosas.

Pero, mientras contemplo,
de un sueño suave surge
algún toque que eleva mis sentidos
a su antiguo hogar terrenal;
se desvanece entonces ese cielo sereno;
y en la cima de las nieves eternas
se deshace en un verde pálido,
iluminado por el amanecer,
mi oscuro castillo.


Walter de la Mare establece una comparación entre la arquitectura y el escenario de este castlllo oscuro con las estructuras de la mente. Se trata de una representación profunda, constante, aparentemente vacía de parafernalia psicoanalítica pero con algunos ingredientes que habrían deleitado a Sigmund Freud y Carl Jung [ver: La experiencia de Carl Jung en una casa embrujada]. El postulado podría ser el siguiente: en el territorio de las subjetividades de nuestro mundo interior, en los complejos paisajes de la memoria, la fantasía y la imaginación, a veces surge un «castillo oscuro»; un lugar, un espacio interior, que siempre está «abierto» para nosotros.

Sin embargo, esa accesibilidad es aparente. De hecho, el Orador del poema exclama: «¡Ojalá pudiera entrar!». Y se lamenta por el deseo de visitar «cada habitación secreta», «penetrar en la oscuridad interior». En realidad, estas «habitaciones secretas» representan aquellos espacios a los que la consciencia no puede acceder. Están ahí, en alguna parte de nuestro inconsciente «donde fluye el Leteo», es decir, donde el olvido ha cubierto todo con su oscuridad [ver: Casas como metáfora de la psique en el Horror]

Al final del poema, cuando todo el paisaje se desvanece y el «toque» del despertar «eleva» sus «sentidos a su antiguo hogar terrenal» [la vigilia], el Orador sabe que «mi oscuro castillo» sigue ahí.

De este modo, Walter de la Mare expresa su anhelo de mayor intimidad con sus secretos, de poder recorrer esas «habitaciones secretas». Sin embargo, solo le está permitido saber que existen, que están ahí, lo cual coincide con un proceso que Carl Jung llamó individuación, es decir, la integración de los aspectos oscuros de nuestra psique [la Sombra], que afloran en determinadas circunstancias, como los sueños. Lo que anhela el Orador del poema, entonces, es poder integrar su castillo oscuro al resto de su personalidad.

Siempre es un riesgo aplicar el enfoque psicoanalítico a la obra de cualquier autor, sobre todo si se trata de un tipo como Walter de la Mare, pero el germen de aquel anhelo del Orador, de aquel deseo [que muchos de nosotros compartimos] de conocernos más y mejor incluso en nuestros aspectos más tenebrosos, se basa en la idea psicoanalítica de que no existe un Yo estable, sino más bien un punto de vista, una perspectiva, alrededor de la cual se extienden tierras desconocidas.

Dicho esto, hay otro nivel de interpretación, más próximo a la superficie, que vincula a El castillo oscuro con otro poema de Walter de la Mare: Los oyentes (The Listeners). En esta pieza onírica conocemos a un Viajero que llama a la puerta de un antiguo castillo, pero no obtiene respuesta. Sin embargo, en el interior están los Oyentes, seres incorpóreos, fantasmas o recuerdos, que oyen el llamado del Viajero pero no responden. En cierto modo, se manifiestan a través del silencio, del acto de oír. No es descabellado que estos dos poemas, que forman parte de la misma colección, aborden el mismo castillo oscuro pero desde diferentes perspectivas. También hay un tercer poema [y un cuarto, titulado En vano (In Vain), que describe a un niño llamando a una puerta], titulado El viajero (The Traveller), el cual podría tratar sobre lo que sucede después de que el Viajero de Los oyentes abandonara la puerta del castillo sin respuesta.




El castillo oscuro.
The Dark Château, Walter de la Mare (1873-1956)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


En sueños, un castillo oscuro
permanece siempre abierto ante mí;
en lejanos barrancos fluyen aguas oníricas,
descendiendo silenciosamente;
sobre sus cumbres flota el águila,
solitaria en un cielo sin sol;
mudas son las gargantas doradas
del bosque donde los pájaros revolotean.

Ninguna voz se oye. El viento
duerme en su paz.
Ninguna flor de la luz encuentra
refugio bajo sus árboles;
solo la hiedra oscura trepa
con la rosa silvestre
y el ciprés, mañana y tarde,
proyectando la negra sombra del tiempo.

Todo vacío y desconocido;
solo el soñador camina
de piedra en piedra hueca,
donde duerme el musgo verde,
y mira los ríos en sus profundidades,
el águila solitaria en el cielo,

mientras gotea el rocío del atardecer,
fría y silenciosamente.

¡Ojalá pudiera entrar!
En cada habitación secreta;
ojalá mis ojos brillantes por el sueño
pudieran penetrar en la oscuridad interior;
contemplar desde sus altas ventanas,
a lo lejos, sus muros mohosos,
donde fluye el Leteo, aún claro como el ámbar,
y caen cascadas espumosas.

Pero, mientras contemplo,
de un sueño suave surge
algún toque que eleva mis sentidos
a su antiguo hogar terrenal;
se desvanece entonces ese cielo sereno;
y en la cima de las nieves eternas
se deshace en un verde pálido,
iluminado por el amanecer,
mi oscuro castillo.


In dreams a dark château
Stands ever open to me,
In far ravines dream-waters flow,
Descending soundlessly;
Above its peaks the eagle floats,
Lone in a sunless sky;
Mute are the golden woodland throats
Of the birds flitting by.

No voice is audible. The wind
Sleeps in its peace.
No flower of the light can find
Refuge beneath its trees;
Only the darkening ivy climbs
Mingled with wilding rose,
And cypress, morn and evening, time's
Black shadow throws.

All vacant, and unknown;
Only the dreamer steps
From stone to hollow stone,
Where the green moss sleeps,
Peers at the rivers in its deeps,
The eagle lone in the sky,

While the dew of evening drips,
Coldly and silently.

Would that I could steal in! —
Into each secret room;
Would that my sleep-bright eyes could win
To the inner gloom;
Gaze from its high windows,
Far down its mouldering walls,
Where amber-clear still Lethe flows,
And foaming falls.

But ever as I gaze,
From slumber soft doth come
Some touch my stagnant sense to raise
To its old earthly home;
Fades then that sky serene;
And peak of ageless snow;
Fades to a paling dawn-lit green,
My dark château.


Walter de la Mare (1873-1956)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Walter de la Mare.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Walter de la Mare: El castillo oscuro (The Dark Château), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El castillo oscuro»: Clark Ashton Smith; poema y análisis.


«El castillo oscuro»: Clark Ashton Smith; poema y análisis.




«Bajo un sol envuelto y momificado,
desciende donde se oxidan las agujas sin día,
donde el vacío reloj de arena se llena de noche.»



El castillo oscuro (The Dark Chateau) es un poema gótico del escritor norteamericano Clark Ashton Smith (1893-1961), publicado por Arkham House en la antología de 1951: El castillo oscuro y otros poemas (The Dark Chateau and Other Poems).

El castillo oscuro, uno de los grandes poemas de Clark Ashton Smith, está plagado de referencias a la literatura gótica clásica, muchas de ellas lo suficientemente vagas como para ser casi indetectables.


Los misterios de tu antiguo polvo,
tus vidas declinadas por la luz solar:
¿esto lo sabrías o lo supondrías?
Bajo un sol envuelto y momificado,
desciende donde se oxidan las agujas sin día,
donde el vacío reloj de arena se llena de noche;
viendo correr con ojos aún vivos
tenues ríos como el Aqueronte,

Sigue el rastro de barcazas envueltas en telas
que flotan y caen en regiones desoladas
a las profundidades espumosas de color sable.
Luego cruza montañas fantasmales para descubrir,
más allá de un foso sin puente,
qué escaleras, alfombradas de sombras,
se desmoronan tras los pasos del escalador
en algún conocido y solitario castillo.

Donde exilian fantasmas de vendavales
que soplaban al atardecer de cosechas antiguas,
donde aún se agitan los tapices borrosos,
y la armadura vacía custodia las habitaciones
con retratos podridos de lo que fuiste, pasa.
Por armarios sin aire, desoladores,
especiarios conmemorativos
y plagas que se adormecen en tinieblas amargas.

Junto a miradores cargados de manchas sofocadas,
de púrpuras difuminados por la noche, rojizos,
y el verdor perdido de la primavera, más serio ahora
que el ciprés al atardecer, detente y mira hacia adelante:
ningún fantasma queda salvo tú para contemplar ese suelo
donde una vez se meció la rama de almendro
y el ramillete de adelfa.

El silencio áspero es el senescal
de la corte y la fortaleza, del nicho y la cuña.
Con oído sordo, ningún laúd molesta,
ni repican las lejanas botas,
la muerte, con telas apagadas por sudario,
espera allí, blanca; y nadie se unirá a tu búsqueda,
ni jamás hablará voz alguna
desde las épocas pasadas:

Hasta que de las bóvedas ensombrecidas
surja el encapuchado con su antorcha,
sin aliento alguno,
a espejos claros como la luna, inmóviles,
donde nunca se dibuja un rostro vivo,
sino pálidos reflejos fijos de antaño
—formas moldeadas que fueron tuyas—
grabadas en vidrio, inmutables y frías.


El punto de partida de cualquier análisis de este poema debería ser la significativa dedicatoria del autor: «A la memoria de Edgar Allan Poe». Por otro lado, Clark Ashton Smith no emplea la palabra castle [«castillo»], sino chateau, lo cual nos proporciona otra pista. Y si pensamos en Edgar Allan Poe y chateau debemos apuntar al relato de 1842: El retrato oval (The Oval Portrait).

El escenario de este cuento de E.A. Poe es un chateau, el cual se describe como un edificio lúgubre, lleno de viejos tapices y pinturas, situado en los Apeninos. La historia comienza con el narrador, herido o discapacitado [E.A. Poe no ofrece explicaciones] y su criado, quienes buscan refugio en un chateau abandonado. El narrador pasa las horas admirando las pinturas y leyendo un extraño libro dejado sobre una almohada, que las describe. Al acercar la vela al libro, el narrador descubre un cuadro que hasta entonces no había visto, el cual muestra la cabeza y los hombros de una joven. La imagen lo cautiva [«quizás durante una hora»]. Después de meditarlo, descubre que lo le fascina de la pintura es su «absoluta verosimilitud». El narrador consulta con avidez el libro en busca de una explicación. El resto de la historia es una cita de este libro: una historia dentro de otra historia.

Entonces, ¿el chateau de Edgar Allan Poe es el escenario del poema de Clark Ashton Smith?

Es probable, no tanto por el contenido de El castillo oscuro, básicamente un recorrido por una casa antigua y abandonada, aunque lena de fantasmas, sino por el estilo, casi tan arcaico como la prosa de las novelas góticas de Ann Radcliffe. Clark Ashton Smith utiliza términos como gales [«vendavales»]; spiceries [«especiarios», que son un tipo de habitación en una casa real o nobiliaria]; gule [«rojo», en descripciones heráldicas]; niche [que puede traducirse como «nicho» (como hemos hecho), aunque «hornacina» sería mejor, es decir, un hueco en forma de arco en el que se colocan estatuas, jarrones u otros adornos]; coigne [forma arcaica de quoin, «esquina», ángulo externo de una pared o edificio]; jambart [pieza de armadura para la pierna, por debajo de la rodilla]; lampadephore [del griego lampadephóros, «portador de antorcha», una persona que lleva una antorcha]; por mencionar algunos ejemplos.

Otra probable inspiración de Clark Ashton Smith es el poema de Walter de la Mare: The Dark Château, el cual presenta un «castillo» onírico, soñado, en el que el orador desea entrar. No es tan lúgubre como el chateau de Edgar Allan Poe, aunque comparte algunas similitudes con el de Smith; entre ellas, su estado de abandono, el hecho de que ninguna voz en su interior sea audible, etc. El estilo, sin embargo, es muy diferente; más etéreo en el caso de De la Mare, en línea con los espacios mágicos de Lord Dunsany.

Finalmente debemos mencionar una autorreferencia: el cuento de Clark Ashton Smith de 1930: El final de la historia (The End of the Story), primera entrega del ciclo de Averoigne. La historia transcurre en 1789. Christophe Morand, un joven estudiante, viaja para visitar a su padre, pero se pierde en el bosque durante una tormenta nocturna. Desesperado, busca refugio en la Abadía de Perigon. Allí conoce a Hilaire, el abad, quien lo lleva a recorrer la biblioteca, «repleta de tomos raros». Uno de ellos, un manuscrito en francés antiguo, llama la atención de Christophe, pero Hilaire le prohíbe leerlo, y le advierte: «Hay una maldición sobre las páginas que tienes en tus manos: un hechizo maligno, un poder perverso que las acecha». Christophe se las ingenia para regresar solo a la biblioteca y leer el libro prohibido. Descubre que trata sobre un tal Gerard, conde de Venteillon, quien se encontró con un sátiro en el bosque de Averoigne.

La Abadía de Perigon no es el chateau de El castillo oscuro, sin embargo, al progresar en la historia seguimos a Christophe por pasadizos subterráneos hasta que emerge en otro mundo, en otra realidad, donde se alza un «castillo oscuro». Este, quizás, es el chateau del poema; e incluso el orador de este último podría ser el propio Christophe Morand.




El castillo oscuro.
The Dark Chateau, Clark Ashton Smith (1893-1961)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Los misterios de tu antiguo polvo,
tus vidas declinadas por la luz solar:
¿esto lo sabrías o lo supondrías?
Bajo un sol envuelto y momificado,
desciende donde las agujas sin día se oxidan,
donde el vacío reloj de arena se llena de noche;
y viendo correr con ojos aún vivos
tenues ríos como el Aqueronte,

Sigue el rastro de barcazas envueltas en telas
que flotan y caen, en regiones desoladas,
a las profundidades espumosas de color sable.
Luego, cruza montañas fantasmales para descubrir,
más allá de un foso sin puente,
qué escaleras, alfombradas de sombras,
se desmoronan tras los pasos del escalador
en algún solitario y conocido castillo.

Donde exilian fantasmas de vendavales
que soplaban al atardecer de cosechas antiguas,
aún agitan los tapices borrosos,
y la armadura vacía custodia las habitaciones
con retratos podridos que fuiste tú, pasa.
Desde armarios sin aire, desoladores,
especiarios conmemorativos
y plagas se adormecen en tinieblas amargas.

Junto a miradores cargados de manchas sofocadas,
de púrpuras difuminados por la noche, rojizos,
y el verdor perdido de la primavera, más serio ahora
que el ciprés al atardecer, detente y mira hacia adelante:
ningún fantasma queda salvo tú para contemplar ese suelo
donde una vez se meció la rama de almendro
y el ramillete de adelfa.

El silencio áspero es el senescal
de la corte y la fortaleza, del nicho y la cuña.
Con oído sordo, ningún laúd molesta,
ni repican las lejanas botas,
la muerte, con telas por sudario,
espera allí, blanca; y nadie se unirá a tu búsqueda,
ni jamás hablará voz alguna
desde las épocas pasadas:

Hasta que de las bóvedas ensombrecidas
surja el encapuchado con su antorcha,
sin aliento alguno,
a espejos claros como la luna, inmóviles,
donde nunca se dibuja un rostro vivo,
sino pálidos reflejos fijos de antaño
—formas moldeadas que fueron tuyas—
grabadas en vidrio, inmutables y frías.


The mysteries of your former dust,
Your lives declined from solar light—
These would you know, or these surmise?
Beneath a swathed and mummied sun,
Descend where dayless dials rust,
Where the, void hourglass fills with night;
And seeing with still-living eyes
Dim Acherontic rivers run,

Follow where shrouded barges float
And fall, in regions of the dead,
Into the sable-foaming depths.
Then over ghostland mountains go
To find, beyond a bridgeless moat,
What stairs with shadow carpeted
Crumble behind the climber's steps
In some foreknown forlorn chateau.

Where exile ghosts of gales that blew
At eve from vintages antique
Still stir the blurring tapestries,
And empty armor guards the rooms
By rotting portraits that were you,
Pass on. From airless cupboards bleak
Startle memorial spiceries
And plagues adrowse in attared glooms.

By oriels charged with stifled stains,
With night-blent purples, gules embrowned,
And spring's lost verdure, graver now
Than cypress at the set of day,
Pause, and look forth: no ghost remains
Save you to gaze on that dim ground
Where once the budding almond-bough
Waved, and the oleander-spray.

Hoar silence is the seneschal
Of court and keep, of niche and coigne.
With drumless ear no lute annoys,
Nor clang from farring jambarts drawn,
Death, with dlulled arrasses for pall,
Waits whitely there; and none will join
Your quest, nor ever any voice
Speak from. the chambered epochs gone:

Till from the vaults with shadows brimmed
Shall come a cowled lampadephore,
holding his lamp, by no breath blown,
To mirrors moony-clear and still
Where never living face is limned,
But wan reflections fixed of yore—
Long-mouldered shapes that were your own—
Graven in glass, unchanged and chill.


Clark Ashton Smith (1893-1961)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Clark Ashton Smith.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Clark Ashton Smith: El castillo oscuro (The Dark Chateau), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Casa maldita»: Leah Bodine Drake; poema y análisis.


«Casa maldita»: Leah Bodine Drake; poema y análisis.




«Silenciosa, inexorablemente, la casa se hundió.
De los que se apiñaban allí,
uno enloqueció, pero nadie huyó,»



Casa maldita (House Accurst) es un poema gótico de la escritora norteamericana Leah Bodine Drake (1904-1964), publicado en la antología de Arkham House de 1950: Un abecedario para brujas (A Hornbook for Witches).

Casa maldita, uno de los poemas de Leah Bodine Drake más reconocidos, versifica la historia de un hombre que maldice una casa, y cómo esta empieza a deteriorarse hasta ser tragada por la tierra.

El tema del poema posee tintes macabros, como todas las piezas de Leah Bodine Drake, aunque la estructura es convencional. Por alguna razón, es un poema intrigante. Todo es bastante directo, casi sin puntos ciegos, pero la casa y el hombre que la maldice parecen sacados de una historia que no puedo identificar. Es importante mencionar que Leah Bodine Drake es la segunda poetisa más prolífica de Weird Tales, por lo que no sería extraño que utilizara material de base proveniente de alguna historia publicada en la revista.

La caída de esta casa anónima se asemeja a la Casa Usher, de Edgar Allan Poe, sobre todo por la rapidez y la espectacularidad de su declive y destrucción [ver: El secreto de Madeline: análisis de «La Casa Usher»], pero tal vez su origen tenga más que ver con una casa familiar, un nombre, una genealogía, y no tanto con una estructura edilicia.

Después de todo, Leah era descendiente de Jean Bodin, autor del tratado demonológico de 1580: De la démonomanie des sorciers (Sobre la adoración demoníaca de las brujas), donde se establecen los parámetros del pacto satánico. Un abecedario para brujas está dedicado a Jean Bodin, y Casa maldita, tal vez, refiere a la maldición y caída de la familia de la autora.




Casa maldita.
House Accurst, Leah Bodine Drake (1904-1964)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


—¡Maldita sea esta casa! —gritó,
cerrando la puerta de golpe,
volviéndose para agitar el puño furioso
contra las ventanas tapiadas—.
¡Maldita sea noche y día,
de norte a sur,
de este a oeste, de adentro hacia afuera!
¡La maldigo con mi boca!
¡Abajo esta casa de traición,
y abajo todo lo que hay dentro!—
Los que escuchaban no daban señal
ni respondían a su estruendo.
Pero a medida que las sombras se alargaban
desde las oscuras colinas a su alrededor,
cayó la maldición
sobre toda la casa y el terreno.
Los cristales, antes transparentes como el aire,
se nublaron y adquirieron una película verdosa;
las puertas se atascaron, un espejo se quebró
y el peldaño cayó de la escalera.
Hongos brillaban en las losas
y las paredes se oscurecieron por la humedad;
la chimenea se ensució y no tiraba,
y la llama de la lámpara se consumió.
Entonces, desde los sótanos, las ratas salieron
en grupos asustados y frenéticos.
Mataron al gato en el suelo de la cocina
y el perro aulló bajo sus colmillos.
Con colas, bigotes y ojos inyectados en sangre,
se apresuraron a huir en la oscuridad;
esa fue la noche en que el pozo se secó
y la lámpara no dio ni una chispa.
Silenciosa, inexorablemente, la casa se hundió…
De los que se apiñaban allí,
uno enloqueció, pero nadie huyó,
presa del miedo.
Entonces llegó la noche en que la tierra se quebró
con un ruido sigiloso, una enorme boca se abrió…
y toda la casa se desvaneció en lo profundo.


“A curse upon this house!” cried he,
Slamming the door behind,
Turning to shake a furious fist
At windows closed and blind.
“A curse upon it night and day,
From north unto the south,
And east and west and in and out
I curse it with my mouth!”
“Down with this house of treachery,
And down with all within!”
While those who listened gave no sign
Or answer to his din.
But as the lengthening shadows fell
Of dark hills all around,
From that day forward fell the curse
On all that house and ground.
For panes grew cloudy and with greenish film
That once had been clear as air;
Doors stuck fast and a mirror cracked,
And the newell fell from the stair.
Fungi gleamed from the dairy’s flags
And walls grew dark with damp;
The chimney fouled and would not draw
And the flame burned low in the lamp.
Then up from the cellars swarmed the rats
In frightened and frantic gangs!
They slew the cat on the kitchen floor
And the dog howled under their fangs.
Tails and whiskers and blood-shot eyes,
They hurried away in the dark;
That was the night that the well went dry
And the lamp would not show a spark.
Quietly, steadily, sank the house…
Of those who huddled here
One went mad, but nobody fled,
Bound in a spell of fear.
Then came the night when the earth beneath
Cracked with a stealthy sound,
And a huge mouth opened…and all that house
Vanished into the ground!


Leah Bodine Drake (1904-1964)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Leah Bodine Drake.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Leah Bodine Drake: Casa maldita (House Accurst), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La casa embrujada»: Alice Cary; poema y análisis.


«La casa embrujada»: Alice Cary; poema y análisis.




«Cuentan que el mastín tuerto despierta
y aúlla como si tuviera miedo,
desde la medianoche hasta el amanecer:
cuando los muertos están cerca.»



La casa embrujada (The Haunted House) es un poema de fantasmas de la escritora norteamericana Alice Cary (1820-1871), publicado en la antología de 1855: Poemas (Poems).

La casa embrujada, uno de los grandes poemas de Alice Cary, prescinde de los fenómenos paranormales asociados a estas propiedades infestadas de espíritus y explora manifestaciones tan sutiles que resultan indistinguibles del recuerdo.

El poema abre con un escenario gótico tradicional: los vientos «resuenan con fuerza» y la luna «brilla sobre la agreste colina». En ese lugar, «hace mucho, mucho tiempo», se sentaba Coralin, la amada del Orador. «Su tumba está ahora bajo un árbol / donde solía hilar». En este punto, el Orador se centra en este árbol, uno de tres nogales, donde jugaba cuando era niño. La dicha de esos días se ha ido, pero el hilado sigue ahí.

Coralin solía balancearse en una rama «nudosa y retorcida» del nogal, durante la primavera; pero ahora ningún pájaro se posa en ella, y el Orador añade: «ningún pájaro cantará en esa rama, dicen». En el hilado «se ven a veces pálidos fantasmas / desde que Coralin está muerta».

La última insinuación de una presencia espectral la brinda el perro de la casa:


«Las aguas, una vez tan brillantes y frescas,
dentro del pozo cubierto de musgo,
se han reducido a un lento estanque;
y más que esto, cuentan
que a menudo el mastín tuerto se despierta
y aúlla como si tuviera miedo,
desde la medianoche hasta el amanecer:
cuando los muertos están demasiado cerca.»


Alice Cary —elogiada por Edgar Allan Poe— tiende a representar a los fantasmas en situaciones que mueven a la tristeza, nunca al miedo. El Orador de La casa embrujada tampoco proporciona escenas concretas, y lo poco que brinda viene con la advertencia implícita de un rumor: «dicen», «cuentan». menciona ante cada situación que se aproxima a lo sobrenatural. Ni siquiera estamos seguros de que el perro aullara [«como si tuviera miedo»] ya que esto es algo que otros «cuentan».

Algo parecido puede verse en el cuento de Alice Cary: Los Wilderming (The Wildermings), donde una familia vive cerca de un cementerio abandonado. Se «cree» [«cuentan», «dicen»] que el lugar está embrujado por el espíritu de Mary Wilderming. Su fantasma, como el de Coralin con su hilado, repite actividades cotidianas: susurra canciones tristes bajo la luna, o se sienta sobre su tumba y trenza rosas en su cabello, «como para asistir a una boda» [ver: La teoría de la Cinta de Piedra]. Y aunque el Narrador de Los Wilderming [como el Orador de La casa embrujada] nunca haya visto ni oído al fantasma, de algún modo consigue transmitir su existencia de un modo tan eficaz como si fuera a través de un testimonio de primera mano.




La casa embrujada.
The Haunted House, Alice Cary (1820-1871)


Los vientos de marzo resuenan con fuerza,
la media luna, inclinada y baja,
brilla sobre la agreste colina
donde, hace mucho, mucho tiempo,
cantando canciones de amor,
estaba sentada Coralin, la de ojos azules.
Su tumba está ahora bajo el árbol
donde solía hilar.

Tres nogales, tan altos y silvestres,
se yerguen delante de la casa.
Cuando era niño, a menudo he tomado
en mis manos sus troncos lisos;
y el que está más cerca de la pared,
aunque una vez crecieron iguales,
no es tan bonito ni tan alto
como los otros dos.

El hilado siempre estuvo ahí,
y ahí estaba nuestra alegría infantil;
pero cuando creció como una jovencita,
las canciones no eran para mí.
Una noche, dos veces en siete años,
con la luna brillando como ahora,
la esbelta figura de Coralin
se balanceaba en la rama

nudosa y retorcida; en primavera,
cuando los campos se alegran
con madrigales, ningún pájaro cantará
en esa rama, dicen.
Y a través de la cámara donde la rueda,
cubierta de telarañas,
se ven a veces pálidos fantasmas
desde que Coralin está muerta.

Las aguas, una vez tan brillantes y frescas,
dentro del pozo cubierto de musgo,
se han reducido a un estanque lento;
y más que esto, cuentan
que a menudo el mastín tuerto se despierta
y aúlla como si tuviera miedo,
desde la medianoche hasta el amanecer:
cuando los muertos están demasiado cerca.


The winds of March are piping shrill,
The half-moon, slanting low,
Is shining down the wild sea-hill
Where, long and long ago,
Love ditties singing all for me,
Sat blue-eyed Coralin --
Her grave is now beneath the tree
Where then she used to spin.

Three walnut trees, so high and wild,
Before the homestead stand --
Their smooth boles often, when a child,
I've taken in my hand;
And that the nearest to the wall,
Though once alike they grew,
Is not so goodly, nor so tall,
As are the other two.

The spinning work was always there --
There all our childish glee;
But when she grew a maiden fair,
The songs were not for me.
One night, twice seven years 't has been,
When shone the moon as now,
The slender form of Coralin
Hung swinging on the bough

That's gnarled and knotty grown; in spring,
When all the fields are gay
With madrigals, no bird will sing
Upon that bough, they say.
And through the chamber where the wheel
With cob-webs is o'erspread,
Pale ghosts are sometimes seen to steal,
Since Coralin is dead.

The waters once so bright and cool,
Within the mossy well,
Are shrunken to a sluggish pool;
And more than this, they tell,
That oft the one-eyed mastiff wakes,
And howls as if in fear,
From midnight till the morning breaks --
The dead is then too near.


Alice Cary (1820-1871)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de casas embrujadas.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Alice Cary: La casa embrujada (The Haunted House), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La Banshee»: Dora Sigerson; poema y análisis.


«La Banshee»: Dora Sigerson; poema y análisis.




«Se avecinan desgracias,
pues esta noche he visto
a una banshee pasar a la sombra
por aquel oscuro camino.»



La Banshee (The Banshee) es un poema gótico de la escritora irlandesa Dora Sigerson Shorter (1866-1918), publicado en la antología de 1907: Poemas completos de Dora Sigerson Shorter (The Collected Poems of Dora Sigerson Shorter).

La Banshee, uno de los poemas de Dora Sigerson más reconocidos, nos introduce en la mitología irlandesa, más precisamente en la leyenda popular de la Banshee, para explorar temas como la pérdida y el duelo en la figura de Molly Reilly y su amado.

El poema comienza con la Oradora augurando una desgracia, ya que ha visto «a una banshee pasar a la sombra por aquel camino oscuro», llorando, «peinando su larga cabellera blanca», y finalmente deteniéndose en la puerta de la casa de Molly Reilly. En este punto, la Oradora no sabe si la banshee está aquí para anunciar la muerte de Molly Reilly o la de su amado, quien, cree Molly, «se ha convertido en marinero».

El realidad, el hombre «se ha marchado a la ciudad de Galway», completamente «hechizado por la mirada de otra mujer». Nadie en el pueblo se ha atrevido a contárselo a Molly, por lo que alientan su ilusión de que retorne pronto. La Oradora desea que la banshee haya venido para llevarse a Molly Reilly, porque, «¿quién se atreverá a contarle la noticia, tal vez la muerte de su marido?».

El final del poema de Dora Sigerson nos deja en la incertidumbre:


Pero se avecinan desgracias,
pues esta noche he visto
a una banshee pasar a la sombra
por aquel oscuro camino.


La banshee es una especie de Hada, una habitante de los túmulos, cuya presencia [no su función] anuncia la muerte de un miembro de la familia mediante amargos llantos, gritos, lamentos, incluso aullidos [ver: El lenguaje de las hadas]. Tiene el cabello largo, negro, que peina mientras se lamenta, y los ojos rojos por el lagrimeo continuo. En otras versiones de la leyenda, la banshee tiene el cabello rojo y posee una estatura prodigiosa, aunque la mayoría de las historias hablan de una mujer de tamaño pequeño, de alrededor de un metro de altura, y de aspecto avejentado [ver: Razas y especies de Hadas]

La Banshee de Dora Sigerson Shorter evoca una Irlanda mágica, todavía poblada de seres sobrenaturales. A propósito, las banshees solo aparecen ante la muerte de una persona de pura estirpe irlandesa, sin sangre normanda o sajona en las venas, por lo que Molly Reilly, abandonada por su esposo, también ejemplifica el final progresivo de la población autóctona de la isla [ver: Cuando las hadas abandonaron nuestro plano]




La Banshee.
The Banshee, Dora Sigerson (1866-1918)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Que Dios nos proteja de todo mal,
porque esta noche he visto
a una banshee pasar a la sombra
por aquel camino oscuro.

Y mientras caminaba, sollozaba,
peinando su larga cabellera blanca;
se detuvo frente a la puerta de Molly Reilly
y hasta la medianoche estuvo llorando.

¿Acaso llora por él,
que está tan lejos?
¿O por la muerte de Molly Reilly
llora hasta el amanecer?

Ahora, Molly cree que su hombre
se ha convertido en marinero;
cada noche coloca una vela en la puerta
para que él la vea.

Pero se ha marchado a la ciudad de Galway
(¿y quién se atreve a decírselo?),
hechizado por la mirada de otra mujer,
enloquecido por su beso.

Así que, al pasar junto a la puerta de Molly,
miramos hacia el mar y decimos:
«Que Dios traiga de vuelta a tu muchacho,
donde sea que esté».

Ruego para que sea Molly quien oiga
los lamentos y llantos de la banshee,
porque ¿quién se atreverá a contarle la noticia,
tal vez la muerte de su marido?

Pero se avecinan desgracias,
pues esta noche he visto
a una banshee pasar a la sombra
por aquel oscuro camino.


Now God between us and all harm,
For I to-night have seen
A banshee in the shadow pass
Along the dark boreen.

And as she went she keened and cried
And combed her long white hair,
She stopped at Molly Reilly's door,
And sobbed till midnight there.

And is it for himself she moans,
Who is so far away?
Or is it Molly Reilly's death
She cries until the day?

Now Molly thinks her man is gone
A sailor lad to be;
She puts a candle at her door
Each night for him to see.

But he is off to Galway town,
(And who dare tell her this?)
Enchanted by a woman's eyes,
Half-maddened by her kiss.

So as we go by Molly's door
We look towards the sea,
And say, "May God bring home your lad,
Wherever he may be."

I pray it may be Molly's self
The banshee keens and cries,
For who dare breathe the tale to her,
Be it her man who dies?

But there is sorrow on the way,
For I to-night have seen
A banshee in the shadow pass
Along the dark boreen.


Dora Sigerson (1866-1918)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Dora Sigerson.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Dora Sigerson: La Banshee (The Banshee), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Un visitante de medianoche»: Elizabeth Akers Allen; poema y análisis.


«Un visitante de medianoche»: Elizabeth Akers Allen; poema y análisis.




«¿Quién es él, mi visitante de medianoche?
¿Por qué me atormenta,
viniendo de las sombras brumosas
de hace cien años?»



Un visitante de medianoche (A Midnight Visitor) es un poema gótico de la escritora norteamericana Elizabeth Akers Allen (1832-1911), publicado en la antología de 1902: La canción del atardecer y otros versos (The Sunset Song and Other Verses).

Un visitante de medianoche, uno de los grandes poemas de Elizabeth Akers Allen, versifica la historia de una mujer que todas las noches recibe en su habitación a su «visitante», un fantasma de tiempos antiguos que toca melodías olvidadas.

Esta aparición surge cuando «la casa está a oscuras» y lo único que se ve en la habitación es la «sombra nítida de la rama del olmo». Debe ser una casa señorial, aristocrática, y por lo tanto apartada, porque la Oradora menciona que «las luces del pueblo» también están apagadas y los perros [guardianes] duermen. En ese momento, en el «silencio mudo» de la medianoche, cuando «ni una hoja muerta se atreve a caer» y lo único que se escucha es el «tictac del reloj» en la pared, el Visitante aparece «con una mirada de saludo y una flauta antigua en su mano».

No hay dudas de que se trata de un espíritu. Se deja ver «desde el rincón sombreado por la cortina» y posee modales cortesanos. Es un músico, evidentemente, porque saca «un taburete de tres patas» que, afirma la Oradora, «no estaba allí antes» y nunca logra encontrarlo a la luz del día. El Visitante coloca el taburete al lado de la cama mientras ella lo observa en silencio, «hechizada por su mística presencia», se sienta y toca su música [ver: El hombre al pie de mi cama]

En este punto, la Oradora deja en claro que el Visitante es una aparición del pasado. Viste «jubón», «volantes», «hebillas de plata» y «medias de seda»; su cabello está «empolvado y trenzado». Todo el conjunto responde al «pintoresco y elaborado estilo de hace cien años» [ver: Espíritus que no abandonan su antigua casa]

Si nos adjudicáramos la profesión de parapsicólogos literarios, diríamos que el Visitante de Medianoche es es simplemente un brote de energía residual, habida cuenta que repite una y otra vez la misma operación, a la misma hora y en el mismo lugar [ver: ¿Los fantasmas son «grabaciones» impresas en la realidad?]. Además, no presenta fenómenos paranormales adicionales. Es como una cinta que se reproduce incesantemente cuando se dan las condiciones adecuadas [ver: Teoría de la Cinta de Piedra]

También es una aparición sutil. Si la Oradora se mueve, él «desaparece»; si habla, se retira, pero si se queda «en completo silencio, él se sienta y toca durante horas». ¿Qué tipo de música? «Melodías menores», algo «melancólicas», como «las que agradaban a las doncellas de hace cien años». A pesar de tratarse de un músico, el Visitante no canta, no cuenta «historias fantasmales de errores no confesados ni perdonados». «No dice una sola palabra», aunque muestra cierto grado de consciencia sobre el entorno. Si bien parece estar atrapado en un bucle, mira «fijamente» a la Oradora.

Al final de Un visitante de medianoche no encontramos ninguna explicación. No sabemos quién es el Visitante ni por qué repite el mismo acto. Es una decisión venturosa. El placer está en el misterio, pocas veces en su resolución. Sin embargo, hay algunas pistas que podemos seguir.

Por ejemplo, la melodía que toca es «como las que agradaban a las doncellas de hace cien años», en otras palabras, es una melodía amorosa, sentimental. El Visitante, tal vez, está cortejando a la Oradora, o quizás repitiendo una escena pasada, el cortejo a una antigua habitante de la casa, probablemente una ancestro de la Oradora. Sin embargo, está consciente de ella: la mira, responde a su voz y a sus movimientos. Si hubiese que dar un veredicto, presentaría dos opciones:

a- El fantasma, como lo dice el título del poema, simplemente está «visitando» a la nueva señora de la casa. Toca para ella como lo hizo para sus predecesoras.

b- La Oradora, de algún modo, se desliza hacia el pasado, donde el músico está vivo y también toca para ella.

Esta última opción invierte los términos del título y hace que la Oradora sea la visitante de medianoche.





Un visitante de medianoche.
A Midnight Visitor, Elizabeth Akers Allen (1832-1911)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Al final la casa está a oscuras,
el último delicado paso es silencioso
y la sombra nítida de la rama del olmo
parpadea en el alféizar de la ventana.
Cuando las luces del pueblo se apagan,
y todos los perros duermen,
y el resplandor plateado y brumoso
hace que la sombra parezca negra y profunda,
cuando la noche es tan silenciosa
que ni una hoja muerta se atreve a caer
y solo oigo el tictac del reloj
de la muerte en la pared,
cuando ningún ratón escondido se atreve
a roer el silencio muerto y mudo,
y el aire mismo parece esperar
algo que debería venir,
ningún susurro agita el aire;
sin embargo, él permanece allí, valiente y mudo,
con una mirada de saludo
y una flauta antigua en su mano.
Entonces, con toda la gracia cortesana
de la antigua escuela colonial,
desde el rincón sombreado por la cortina
saca un taburete de tres patas.
(¡Ah, no estaba allí antes!
¡Por más que lo busque,
nunca, nunca lo encontraré
a la luz del día!)
Lo coloca al lado de mi cama,
y mientras lo contemplo en silencio,
hechizada por su mística presencia,
se sienta allí y toca
con gracia, majestuoso, serio y alto,
vestido de pies a cabeza
con el pintoresco y elaborado estilo
de hace cien años.
Jubón, medias de seda
lleva mi melodista de medianoche,
volantes de nieve en su pecho,
volantes de nieve en su muñeca,
hebilla de plata en la rodilla,
hebilla de plata en el zapato;
cabello empolvado, peinado y trenzado
en una coleta rígida al estilo antiguo.
Si me muevo, desaparece;
si hablo, vuela;
si me quedo en completo silencio,
se sienta y toca durante horas;
toca viejas melodías menores,
melancólicas, salvajes y lentas,
tal vez como las que agradaban
a las doncellas de hace cien años.
En vano espero escuchar historias fantasmales
de errores no confesados ni perdonados,
no vengados y sufridos
durante mucho tiempo;
No cuenta ninguna historia,
no dice una sola palabra;
sólo se sienta y me mira fijamente,
y toca y toca.
¿Quién es él, mi visitante de medianoche?
¿Por qué me atormenta,
viniendo de las sombras brumosas
de hace cien años?


After all the house is dark,
And the last soft step is still,
And the elm-bough's clear-cut shadow
Flickers on the window sill—

When the village lights are out,
And the watch-dogs all asleep,
And the misty silver radiance
Makes the shade look black and deep—

When, so silent is the night,
Not a dead leaf dares to fall,
And I only hear the death-watch
Ticking, ticking in the wall—

When no hidden mouse dares gnaw
At the silence dead and dumb,
And the very air seems waiting
For a Something that should come—

Suddenly, there stands my guest,
Whence he came I cannot see;
Not a door has swung before him,
Not a hand touched latch or key,

Not a rustle stirred the air;
Yet he stands there, brave and mute,
In his eyes a look of greeting,
In his hand an old-time flute.

Then, with all the courtly grace
Of the old Colonial school,
From the curtain-shadowed corner
Forth he draws a three-legged stool—

(Ah, it was not there before!
Search as closely as I may,
I can never, never find it
When I look for it by day!)

Places it beside my bed,
And while silently I gaze
Spell-bound by his mystic presence,
Seats himself thereon and plays.

Gracious, stately, grave and tall,
Always dressed from crown to toe
In the quaint elaborate fashion
Of a hundred years ago.

Doublet, small-clothes, silk-clocked hose;
Wears my midnight melodist,
Snowy ruffles in his bosom,
Snowy ruffles at his wrist.

Silver buckle at his knee,
Silver buckle on his shoe;
Powdered hair smoothed back and plaited
In a stiff old-fashioned queue.

If I stir he vanishes;
If I speak he flits away;
If I lie in utter silence,
He will sit for hours and play;

Play old wailing minor airs,
Melancholy, wild and slow,
Such, mayhap, as pleased the maidens
Of a hundred years ago.

All in vain I wait to hear
Ghostly histories of wrong
Unconfessed and unforgiven,
Unavenged and suffered long;

Not a story does he tell,
Not a single word he says—
Only sits and gazes at me
Steadily, and plays and plays.

Who is he, my midnight guest?
Wherefore does he haunt me so;
Coming from the misty shadows
Of a hundred years ago?


Elizabeth Akers Allen (1832-1911)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de fantasmas.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Elizabeth Akers Allen: Un visitante de medianoche (A Midnight Visitor), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Embrujada»: Amy Lowell; poema y análisis.


«Embrujada»: Amy Lowell; poema y análisis.




«Sus uñas arañan las copas de los árboles,
sus labios succionan la ventana abierta,
su aliento se desliza por mi cuerpo
se acumula en charcos bajo mis rodillas.»



Embrujada (Haunted) es un poema de vampiros de la escritora norteamericana Amy Lowell (1874-1925), publicado originalmente en la antología de 1919: Imágenes del mundo flotante (Pictures of the Floating World); y luego reeditado por Margaret Widdemer en La hora embrujada (The Haunted Hour, 1920). Finalmente volvería a aparecer gracias a August Derleth en la colección de Arkham House de 1947: El lado oscuro de la luna: poemas de fantasía y lo macabro (Dark of the Moon: Poems of Fantasy and the Macabre).

Emrbujada, uno de los grandes poemas de Amy Lowell, comienza dirigiendo la vista del lector: «¡Mira!», exclama; y agrega: «él arrastra los dedos de los pies / bajo los largos rayos de la luna». La Oradora añade varios detalles más sobre su misterioso visitante: las «uñas de sus dedos [esta vez de las manos] brillan» y «arañan entre las copas de los árboles».

En este punto, el visitante es un misterio. Puede ser un fantasma, un vampiro, incluso un recuerdo que retorna durante la noche. Si enfocamos la mirada un poco más veremos que, en apariencia, se trata de una criatura de tamaño colosal. Los dedos de sus pies se arrastran «bajo la luz de la luna», pero los de sus manos «arañan entre las copas de los árboles».

La Oradora de Amy Lowell sostiene que los «labios» de la criatura «succionan mi ventana abierta». A la luz de todo lo anterior, la «ventana abierta» parece ser eso, una ventana, pero inmediatamente añade: «su aliento se desliza por mi cuerpo / se acumula en charcos bajo mis rodillas». Creo que esto no requiere demasiado análisis: la Oradora está excitada. Lo mismo podría decirse de los siguiente: «puedo ver su boca temblando / pegándose al marco de mi ventana» [ver: La Casa Embrujada como representación del cuerpo de la mujer]

El final de Embrujada deja abiertos otros interrogantes: mientras la boca se «pega» y «succiona» la «ventana abierta», la Oradora advierte que «la luz de la luna brilla en el suelo / sin sombras»; es decir, la criatura no proyecta sombra. Esto puede deberse al carácter sobrenatural de la criatura [un íncubo, por ejemplo], o bien a su naturaleza imaginaria, una fantasía nocturna que llega con fuerza pero que carece de consistencia física. Sin embargo, el poema comienza diciéndole al lector que mire, que observe, por lo que el visitante, de acuerdo al contexto, debe ser visible,

El poema concluye con un cambio de sentidos. Primero, la Oradora nos pide que miremos; al final, nos dice que agudicemos el oído: «¡Escucha!», exclama: «una liebre se ahoga [es decir, grita en agonía] en el bosque / y el viento arranca una contraventana». ¿Acaso estamos ante el clímax de la Oradora, que gime agónicamente mientras la boca que «succiona» la «ventana abierta» termina arrancando un postigo?. Es posible, también que el misterioso visitante sea simplemente el viento: se arrastra por el suelo, sacude las ramas de los árboles, succiona, agita las ventanas. Pero, si es el viento, ¿por qué «se acumula en charcos» bajo las rodillas de la Oradora? ¿Se trata de una tormenta?

Embrujada es todo eso, y probablemente más. Amy Lowell fue una gran poeta, por lo que sus piezas tienen diferentes niveles de interpretación. La idea del amante sobrenatural resulta plausible, pero la propia Lowell era lesbiana, y el poema aclara específicamente que el visitante es un «él». De todos modos, la Oradora bien podría estar sufriendo, y no gozando, como especulamos anteriormente.




Embrujada.
Haunted, Amy Lowell (1874-1925)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


¡Mira! Él arrastra los dedos de los pies
bajo los largos rayos de la luna,
y las uñas de sus dedos brillan;
destellan y arañan entre las copas de los árboles.
Sus labios succionan mi ventana abierta,
su aliento se desliza por mi cuerpo
se acumula en charcos bajo mis rodillas.
Puedo ver su boca temblando,
pegándose al marco de la ventana,
pero la luz de la luna brilla en el suelo,
sin sombras.
¡Escucha! Una liebre se ahoga en el bosque,
y el viento arranca una contraventana.


See! He trails his toes
Through the long streaks of moonlight,
And the nails of his fingers glitter;
They claw and flash among the tree-tops.
His lips suck at my open window,
And his breath creeps about my body
And lies in pools under my knees.
I can see his mouth sway and wobble,
Sticking itself against the window-jambs,
But the moonlight is bright on the floor,
Without a shadow.
Hark! A hare is strangling in the forest,
And the wind tears a shutter from the wall.


Amy Lowell (1874-1925)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Amy Lowell.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Amy Lowell: Embrujada (Haunted), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El Fetch: una balada»: Dora Sigerson Shorter; poema y análisis.


«El Fetch: una balada»: Dora Sigerson Shorter; poema y análisis.




«Estaba fría como los muertos,
no pronunció palabra cuando se dijo:
Su tumba es profana.
Estaba callada como los muertos,
nunca lanzó un grito al escuchar,
más triste que el lamento,
el ruido de la pala.»



El Fetch: una balada (The Fetch: A Ballad) es un poema gótico de la escritora irlandesa Dora Sigerson Shorter (1866-1918), escrito en 1898 y publicado de manera póstuma en la antología de 1907: Poemas escogidos de Dora Sigerson Shorter (The Collected Poems of Dora Sigerson Shorter).

El Fetch, uno de los grandes poemas de Dora Sigerson, nos introduce en el ámbito del folclore irlandés, heredero de una vasta mitología. Es una pieza extensa, como aclara el título, «una balada» con reminiscencias medievales.

El poema desarrolla la historia de dos amantes y un suceso misterioso que conduce a un desencuentro y, finalmente, a la muerte. A través una estructura de diálogos, tal vez sobrecargados de la resonancia emocional de la literatura gótica, vamos conociendo a estos dos enamorados que pactan un encuentro nocturno, tal vez ilícito. Ella espera mientras su amado se retrasa observando una procesión espectral, el cortejo funeral de una muchacha.

Cuando por fin se encuentran, él le cuenta esta curiosa visión, pero ella no le cree. Para probarlo, la lleva a los dos cementerios de la zona y a un cruce de caminos, donde se entierran los cadáveres «impíos», es decir, los de aquellos que se han quitado la vida. Sin embargo, no encuentran el sitio de entierro de la misteriosa mujer. Discuten, y él se va. Ella, abatida, se quita la vida. Por supuesto, el cortejo fúnebre que el hombre ha visto al principio del poema es un «fetch», un presagio ominoso; y la muchacha muerta no es otra que su propia amada.

El Fetch maneja de forma excepcional las creencias irlandesas en lo sobrenatural. No las describe, las respeta, por lo que no brinda información adicional, asumiendo que el lector entiende, desde el título, de qué se está hablando [ver: mitología celta]. Dora Sigerson se apoya en el diálogo, lo que permite que podamos sumergirnos en el drama sin exposiciones. Resulta divertido, desde la perspectiva actual, que la primera parte del poema trate básicamente de una mujer enojada porque la han dejado plantada. La llegada tardía de su amante y su curiosa explicación [la visión de una espectral procesión fúnebre] no parecen suficiente para ella.

Ahora bien, el joven no es simplemente un espectador: oye su nombre susurrado por los dolientes. Esta es la clave, escalofriante y a la vez profética, de que está observando un evento futuro. El camino para verificar su historia es, tal vez, el momento más flojo. Se nos lleva por todos los lugares de entierro de la zona y todo culmina en lo que ella considera la constatación de un engaño. El giro es devastador, ya que conduce a la pérdida de confianza entre ambos y, en última instancia, de la vida.

El final de El Fetch es trágico. La profecía espectral se cumple y la joven es enterrada en la encrucijada, lo que refleja la forma «impía» en que se quitó la vida [ver: ¡No salgas del camino! El Modelo «Caperucita Roja»]

Dora Sigerson emplea una gran variedad de recursos sobrenaturales al servicio del miedo, la duda y la culpa. Todo el poema está impregnado de folclore irlandés, como el motivo de la procesión espectral y las encrucijadas, ambos particularmente significativos.

En nuestros tiempos, lamentablemente, las hadas y otros seres fabulosos de Irlanda han sido reducidos a meros entretenimientos infantiles, criaturas más o menos amigables. Dora Stigerson explora otra faceta, más antigua, una Irlanda nocturna poblada de espectros errantes [ver: Cuando las hadas abandonaron nuestro plano].

El Fetch es una entidad [no una criatura] que a veces se manifiesta como el doble de un ser humano vivo. Está relacionada con el concepto de doppelgänger en cuanto a ser una réplica y un mal augurio, pero en Irlanda estas entidades eran más bien espectrales. Otra diferencia es que el doppelgänger, al ser visto, siempre es un presagio de muerte, mientras que el avistamiento del Fetch solo es fatal durante la noche. De hecho, si uno lo ve durante la mañana es una señal de larga vida.




El Fetch: una balada.
The Fetch: A Ballad, Dora Sigerson Shorter (1866-1918)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


«¿Por qué llegas tan tarde a la cita?
¿Por qué has tardado tanto?
Con afán he esperado desde
la hora prometida.»

«Quisiera estar a tu lado, amor,
hace muchas horas,
pero vi una cosa al borde del camino,
triste y soñolienta.»

«¿Y qué has visto al borde del camino
que te ha hecho tardar tanto?»
«Es fatigoso el tiempo que he pasado
desde que dejé la puerta de mi padre.»

«Mientras me apresuraba al anochecer
por el camino hacia ti esta noche,
vi el cadáver de una joven doncella
vestida con un sudario blanco.»

«¿Y era ella alguna querida camarada,
o una hermana muerta,
para que dejaras así a tu amada
hasta pasada la hora de la cita?»

«¡Oh, me encantaría saberlo!
Pero nunca vi su rostro,
solo supe que debía seguirla
hasta su lugar de descanso.»

«¿Por el sendero del pueblo echó a andar
o abajo por el lago?
Sé que solo hay dos cementerios
donde un cadáver puede descansar.»

«No fueron por el sendero del pueblo,
ni se detuvieron a los pies del lago,
enterraron el cadáver en silencio
donde las encuentran las cuatro encrucijadas.»

«¿Y era tan extraño espectáculo, entonces,
para que te marcharas como un niño,
dejándome así, esperando,
olvidada, por una engañosa visión pasajera?»

«Era mi nombre lo que oía susurrar
a cada doliente que pasaba a mi lado;
y tuve que seguir sus pasos,
aunque no podía ver sus rostros.»

«Y ahora me gustaría saber quién
podría ser esta bella joven,
así que ven conmigo, mi verdadero amor,
si no tienes miedo.»

Él no bajó por la orilla del lago,
ni pasó por la ciudad,
sino que la llevó hasta las cuatro encrucijadas
y allí la dejó.

«No veo aquí ninguna huella de pie,
no veo ninguna marca de una pala,
sé muy bien que en este camino
blanco nunca se cavó una tumba.»

Y él tomó su mano con la suya
y la condujo a la ciudad,
allí le preguntó al buen anciano sacerdote
si había enterrado a una doncella ese día.

Y él tomó su mano con la suya
y la condujo hasta la iglesia junto al lago,
allí le preguntó al pálido y joven sacerdote
si una doncella le había quitado la vida.

Pero nadie había oído hablar de una nueva tumba
en todas las parroquias de los alrededores,
nadie habló de una joven doncella
puesta en tierra impía.

«Entonces él le soltó la mano,
se dio la vuelta y dijo:
"Ahora sé que eres mentiroso
por la mentira que has dicho.»

Y ella dijo: «¡Ay! ¿Qué mal
me ha pasado esta noche?»
Se arrodilló junto al agua
y lloró con el corazón destrozado.

Y ella dijo: «¡Oh! ¿Qué espectáculo de hadas
fue entonces el que me causó tanta pena?
Dormiré tranquila bajo las aguas tranquilas,
ya que mi amor se ha apartado de mí».

Y su amor se fue a las tierras del norte,
y muy al sur se fue,
y él aún podía oír su voz distante
que lo llamaba llorando amargamente.

Él podía descansar durante el día,
ni podía dormir durante la noche,
así que se apresuró a regresar al viejo camino,
con el lugar de la cita a la vista.

Lo primero que oyó fue el nombre de su amada
y, tras un lamento fuerte y prolongado,
vio fue el rostro querido de su amada,
a la cabeza de una procesión de luto.

Ella estaba tan pálida como los muertos,
y no hizo ningún gesto,
pasó junto a él con su mortaja negra,
todavía durmiendo pacíficamente.

Y ella estaba tan fría como los muertos,
y no pronunció ni una palabra
cuando dijeron: «Profana es su tumba,
porque se quitó la vida.»

Y ella estaba silenciosa como están los muertos,
nunca gritó cuando pudo escuchar,
más triste que el lamento,
el sonido de la pala al cavar.

No tuvo descanso en la vieja iglesia del pueblo,
ni una tumba junto al lago tan dulce,
la enterraron en tierra impía,
donde se encuentran las cuatro encrucijadas.


"What makes you so late at the trysting?
What caused you so long to be?
For a weary time I have waited
From the hour you promised me."

"I would I were here by your side, love,
Full many an hour ago,
For a thing I passed on the roadway
All mournful and so slow."

"And what have you passed on the roadside
That kept you so long and late?"
"It is weary the time behind me
Since I left my father's gate.

"As I hastened on in the gloaming
By the road to you to-night,
There I saw the corpse of a young maid
All clad in a shroud of white."

"And was she some comrade cherished,
Or was she a sister dead,
That you left thus your own beloved
Till the trysting-hour had fled?"

"Oh, I would that I could discover.
But never did see her face,
And I knew I must turn and follow
Till I came to her resting place."

"And did it go up by the town path,
Did it go down by the lake?
I know there are but the two churchyards
Where a corpse its rest may take."

"They did not go up by the town path,
Nor stopped by the lake their feet,
They buried the corpse all silently
Where the four cross-roads do meet."

"And was it so strange a sight, then,
That you should go like a child,
Thus to leave me wait all forgotten—
By a passing sight beguiled?"

"'Twas my name that I heard them whisper,
Each mourner that passed by me;
And I had to follow their footsteps,
Though their faces I could not see."

"And right well I should like to know, now,
Who might be this fair young maid,
So come with me, my own true love,
If you be not afraid."

He did not go down by the lakeside,
He did not go by the town,
But carried her to the four cross-roads,
And he there did set her down.

"Now, I see no track of a foot here,
I see no mark of a spade,
And I know right well in this white road
That never a grave was made."

And he took her hand in his right hand
And led her to town away,
And there he questioned the good old priest,
Did he bury a maid that day.

And he took her hand in his right hand,
Down to the church by the lake,
And there he questioned the pale young priest
If a maiden her life did take.

But neither had heard of a new grave
In all the parish around,
And no one could tell of a young maid
Thus put in unholy ground.

So he loosed her hand from his hand,
And turned on his heel away,
And, "I know now you are false," he said,
"From the lie you told to-day."

And she said, "Alas! what evil thing
Did to-night my senses take?"
She knelt her down by the water-side
And wept as her heart would break.

And she said, "Oh, what fairy sight then
Was it thus my grief to see?
I will sleep well 'neath the still water,
Since my love has turned from me."

And her love he went to the north land,
And far to the south went he,
And her distant voice he still could hear
Call weeping so bitterly.

And he could not rest in the daytime,
He could not sleep in the night,
So he hastened back to the old road,
With the trysting place in sight.

What first he heard was his own love's name,
And keening both loud and long,
What first he saw was his love's dear face,
At the head of a mourning throng.

And all white she was as the dead are,
And never a move made she,
But passed him by in her lone black pall,
Still sleeping so peacefully.

And all cold she was as the dead are,
And never a word she spake,
When they said, "Unholy is her grave
For she her life did take."

And silent she was as the dead are,
And never a cry she made,
When there came, more sad than the keening,
The ring of a digging spade.

No rest she had in the old town church,
No grave by the lake so sweet,
They buried her in unholy ground,
Where the four cross roads do meet.


Dora Sigerson Shorter (1866-1918)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de fantasmas.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Dora Sigerson Shorter: El Fetch: una balada (The Fetch: A Ballad), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El hombre que no estaba ahí»: William Hughes Mearns; poema y análisis.


«El hombre que no estaba ahí»: William Hughes Mearns; poema y análisis.




«Ayer, en la escalera,
me encontré con un hombre que no estaba ahí.
Hoy tampoco estaba.
Ojalá se fuera, cómo deseo que se vaya.»



Antigonish (Antigonish) —también conocido como El hombrecito que no estaba ahí (The Little Man Who Wasn't There) y El hombre que no estaba ahí (The Man Who Wasn't There)— es un poema de fantasmas del escritor norteamericano William Hughes Mearns (1875-1965), escrito en 1899.

El hombre que no estaba ahí, uno de los grandes poemas de Huges Mearns, se apoya en descripciones minimalistas para referirse a una presencia que se manifiesta a través de su ausencia.


Ayer, en la escalera,
me encontré con un hombre que no estaba ahí.
Hoy tampoco estaba.
Ojalá se fuera, cómo deseo que se vaya.

Cuando anoche llegué a casa a las tres,
el hombre me estaba esperando,
pero cuando miré alrededor del salón,
no pude verlo ahí.
¡Vete, vete, no vuelvas más!
¡Vete, vete, y, por favor, no des un portazo!
(¡Slam!)

Anoche, en la escalera,
vi a un hombrecito que no estaba ahí.
Hoy tampoco estaba.
¡Como desearía que se marchara!


La primera estrofa de El hombre que no estaba ahí es magnética. Lo primero que uno piensa es en el vacío dejado por un ser querido que ha muerto, alguien que no está, pero cuya presencia no desaparece de la memoria. Si somos un poco más superficiales podríamos pensar que se trata de un fantasma [ver: Sentir «presencias» cuando estás solo]. De hecho, el poema decididamente evoca esa inquietante sensación que uno puede experimentar cuando está solo, pero siente una presencia a su lado, conocida como Experiencia Aparicional.

La idea de encontrarse con alguien «que no está ahí» admite múltiples interpretaciones. Podría tratarse de una Sombra, en el sentido jungiano [los aspectos inconscientes del Orador], la ausencia de un difunto, un espíritu, un recuerdo, un remordimiento. El hombre que no estaba ahí puede significar cualquiera de esas cosas, o ninguna. Hughes Mearns, sin embargo, tenía en mente una historia de fantasmas que circuló por la prensa. Varios reportes hablaban de una antigua casa embrujada en Antigonish [de ahí el título original del poema], Nueva Escocia, Canadá, donde testigos sostuvieron haber visto al fantasma de un hombre que merodeaba por las escaleras. Fue un caso poltergeist bien documentado: orbes de luz flotaban en el aire, se oían golpes extraños, las puertas se abrían y cerraban solas, una mano misteriosa fue vista saludando desde una ventana del primer piso cuando no había nadie en casa; y hasta se dice que la gente tenía dificultad para respirar en su interior. Finalmente empezaron a producirse incendios inexplicables: muebles, sábanas, el papel tapiz, las cosas simplemente ardían de repente [ver: 8 fases de la Actividad Poltergeist]

Hughes Mearns se inspiró en esta serie de notas sensacionalistas para escribir El hombre que no estaba ahí, sin embargo, como ocurre con los buenos poemas, este no se limita a un solo motivo. La [buena] poesía es mas que transferir una experiencia o una perspectiva; se trata de desplegar imágenes, símbolos cuyo significado no está especificado; lo que permite al lector convertirse en coautor; es decir, completar los espacios en blanco con material de su propia cosecha. En este contexto, Hughes Mearns sugiere un marco. Es nuestro trabajo crear significados. Este proceso se desarrolla involuntariamente, como una reacción. Leemos un poema, un libro, escuchamos una canción, y las imágenes que vamos cociendo en nuestra mente son exclusivamente nuestras. Por eso, a veces leemos algo de un completo desconocido y sentimos como si hubiera sido escrito expresamente para nosotros y, quizás, sobre nosotros.

La idea de algo que no está, pero que se rehúsa a irse, es la metáfora perfecta para el 99% de las catástrofes imaginarias que a menudo nos agobian. En este sentido, es lícito afirmar que El hombre que no estaba ahí es un poema sobre el miedo al miedo mismo.

Esto se aproxima bastante a un concepto filosófico llamado Barba de Platón, una especie de acertijo sobre el no-ser. En pocas palabras, la Barba de Platón propone que no podemos hablar de algo que no existe. Si de hecho podemos referirnos a ella, significa que existe en algún sentido, aunque sea en el plano especulativo. Por lo tanto, existe. El nombre de esta paradoja es un divertido juego de palabras: la barba desafila a la navaja; más precisamente a la Navaja de Occam, que postula que la explicación con menos suposiciones a menudo es la correcta. Por el contrario, Platón sostiene [de forma muy convincente] que el no-ser en realidad tiene ser. Entonces, los argumentos de Platón [su «barba»] desafían a la «navaja» de Occam.




Antigonish.
Antigonish, William Hughes Mearns (1875-1965)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Ayer, en la escalera,
me encontré con un hombre que no estaba ahí.
Hoy tampoco estaba.
Ojalá se fuera, cómo deseo que se vaya.

Cuando anoche llegué a casa a las tres,
el hombre me estaba esperando,
pero cuando miré alrededor del salón,
no pude verlo ahí.
¡Vete, vete, no vuelvas más!
¡Vete, vete, y, por favor, no des un portazo!
(¡Slam!)

Anoche, en la escalera,
vi a un hombrecito que no estaba ahí.
Hoy tampoco estaba.
¡Como desearía que se marchara!


Yesterday, upon the stair,
I met a man who wasn't there
He wasn't there again today
I wish, I wish he'd go away...

When I came home last night at three
The man was waiting there for me
But when I looked around the hall
I couldn't see him there at all!
Go away, go away, don't you come back any more!
Go away, go away, and please don't slam the door...
(slam!)

Last night I saw upon the stair
A little man who wasn't there
He wasn't there again today
Oh, how I wish he'd go away...


Hughes Mearns (1875-1965)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de fantasmas.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de William Hughes Mearns: Antigonish (Antigonish), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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