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«El cisne»: Rainer Maria Rilke; poema y análisis.


«El cisne»: Rainer Maria Rilke; poema y análisis.




«Este laborioso caminar a través de lo no hecho,
como si corriéramos con las piernas atadas,
es como el torpe andar del cisne.»



El cisne (Der Schwan) es un poema modernista del escritor austríaco Rainer Maria Rilke (1875-1926), publicado en la antología de 1907: Nuevos poemas (Neue Gedichte).

El cisne, uno de los grandes poemas de Rainer Maria Rilke, aborda el tema de la vida y la muerte a través de la imagen del cisne, torpe en su andar por la tierra [la vida] pero grácil y elegante cuando se desliza sobre el agua [la muerte].


Este laborioso caminar a través de lo no hecho,
como si corriéramos con las piernas atadas,
es como el torpe andar del cisne.

Y morir, ese no volver a sentir
el suelo que cada día pisamos,
es como su abandono a las aguas
que lo reciben dulcemente,
y que, como con reverencia y alegría,
se retiran en ondas a ambos lados;
mientras, infinitamente silencioso y consciente,
en toda su majestad y cada vez más indiferente,
él se desliza.


Rainer Maria Rilke comienza refiriéndose a las dificultades de la vida, sus luchas, que emprendemos con las piernas atadas, obstáculos que nos impiden avanzar. En la segunda parte se centra en la muerte, ese acceso a una realidad desconocida para la cual, aparentemente, estamos tan bien equipados como el cisne que se desliza sobre el agua, elegantemente y sin esfuerzo [ver: Porque los muertos viajan deprisa]

Ambas experiencias, la vida y la muerte, parecen antagónicas: aceptamos la vida sin cuestionamientos y luchamos para transitar en ella, mientras que la muerte nos causa rechazo aunque, al final, descubrimos que es nuestro medio natural. No creo que Rainer Maria Rilke esté siendo nihilista aquí. No afirma que la vida [«este laborioso caminar»] sea absurda, sino que la muerte, la no existencia, es nuestro estado por default [ver: Horror Cósmico: la vida no tiene sentido, la muerte tampoco]

Por eso, sostiene Rilke, la vida requiere esfuerzo, tropiezos, incertidumbre, mientras que, al regresar a nuestro estado original [«ese no volver a sentir / el suelo que cada día pisamos»], como el cisne que abandona la tierra para deslizarse en el agua, nos transformamos en la encarnación de la gracia, es decir, hacemos aquello para lo que fuimos diseñados: morir. Como el agua para el cisne, no nos demanda ningún esfuerzo.

Parece como si Rainer María Rilke pensara que no estamos bien equipados para la vida, y para ello emplea metáforas extrañas pero curiosamente apropiadas. Más allá del contraste del torpe cisne en tierra con su elegante contraparte acuática, la idea de que el agua sea una representación de la muerte, y no de la vida, como suele ocurrir, es interesante. Sin embargo, creo que lo más poderoso de El cisne es esta noción de que la vida no es nuestro hábitat natural. Por supuesto, no es una idea original. Hunde sus raíces en conceptos religiosos que sostienen que, tras la muerte, nos espera la eternidad, y que nuestra vida en la tierra es una especie de exilio pasajero.

El vínculo religioso termina ahí. Rilke no habla del alma, no ofrece ninguna pista sobre el más allá, simplemente aconseja que no podemos aferrarnos. El final tiene fecha. Llegará. Llegaremos a él como lentos y torpes cisnes, pero tal vez, al final, descubramos que existe cierta gracia, cierta elegancia en el dejarse ir y ser recibidos de nuevo por la naturaleza.


*Esta versión de El cisne de Rainer Maria Rilke no pretende ser fiel al texto original, pero sí a su espíritu. Todo poema es algo complejo, delicado y cargado de significados. No se trata encontrar palabras análogas en nuestro idioma, sino de conservar el significado latente, el significado implícito, el tono, básicamente respetar y, si es posible, capturar la esencia del original. No digo que lo haya logrado. Es solo la búsqueda.




El cisne.
Der Schwan, Rainer Maria Rilke (1875-1926)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Este laborioso caminar a través de lo no hecho,
como si corriéramos con las piernas atadas,
es como el torpe andar del cisne.

Y morir, ese no volver a sentir
el suelo que cada día pisamos,
es como su abandono a las aguas
que lo reciben dulcemente,
y que, como con reverencia y alegría,
se retiran en ondas a ambos lados;
mientras, infinitamente silencioso y consciente,
en toda su majestad y cada vez más indiferente,
él se desliza.


Diese Mühsal, durch noch Ungetanes
schwer und wie gebunden hinzugehn,
gleicht dem ungeschaffnen Gang des Schwanes.

Und das Sterben, dieses Nichtmehrfassen
jenes Grunds, auf dem wir täglich stehn,
seinem ängstlichen Sich-Niederlassen —:
in die Wasser, die ihn sanft empfangen
und die sich, wie glücklich und vergangen,
unter ihm zurückziehn, Flut um Flut;
während er unendlich still und sicher
immer mündiger und königlicher
und gelassener zu ziehn geruht.


Rainer Maria Rilke (1875-1926)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Rainer Maria Rilke.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Rainer Maria Rilke: El cisne (Der Schwan), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El Hombre-Polilla»: Elizabeth Bishop; poema y análisis.


«El Hombre-Polilla»: Elizabeth Bishop; poema y análisis.




«Si llegas a verlo,
acércale una linterna a los ojos. Pupilas negras,
todo noche, cuyo horizonte veteado se contrae
cuando te devuelve la mirada.»



El Hombre-Polilla (The Man-Moth) es un poema de la escritora norteamericana Elizabeth Bishop (1911-1979), escrito en 1935 y publicado en la antología de 1946: Norte y sur (North and South).

El Hombre-Polilla, uno de los mejores poemas de Elizabeth Bishop, está inspirado en un error tipográfico en un artículo del New York Times, en el que se utilizó equivocadamente el término manmoth [«hombre-polilla»] en lugar de la palabra correcta: mammoth [«mamut»]. En una entrevista, la autora mencionó que es errata «parecía estar destinada» a ella:


«Un oráculo me habló desde la página del New York Times (...) A una le ofrecen este tipo de declaraciones oraculares todo el tiempo, pero a menudo se las pasa por alto, o el significado se niega a permanecer en su lugar.»


El Hombre-Polilla nos introduce en un escenario urbano, nocturno: la luz de la luna se filtra por las grietas de los edificios, y esto atrae a una criatura humanoide, extraordinariamente delgada, que emerge de las alcantarillas. El El Hombre-Polilla no puede ver la luna, pero sí sentir su luz. Comienza a trepar por un edificio; cree que la luna es en realidad una pequeña abertura en el cielo por la cual podrá meter su cabeza. Está asustado, pero la luz lo atrae inexorablemente.


«Aquí, arriba,
las grietas de los edificios están llenas de la maltrecha luz de la luna.
La sombra del Hombre es tan grande como su sombrero.
Yace a sus pies como el pedestal circular de una muñeca,
y él es como un alfiler invertido, con la punta magnetizada hacia la luna.
No ve la luna; sólo observa sus vastas propiedades,
sintiendo la extraña luz en sus manos, ni cálida ni fría,
de una temperatura imposible de registrar en los termómetros.»


Como en otras ocasiones, el Hombre-Polilla cae y regresa a su mundo subterráneo. Abatido por una sensación general de lentitud, se sube a un vagón del metro. Por alguna razón siempre elige sentarse «al revés», es decir, de espaldas a la dirección en la que se mueve el tren. «No se atreve a mirar por la ventana» a causa del tercer raíl [siendo mitad polilla, probablemente termine siendo atraído y carbonizado por la electridad]. Temeroso, el Hombre-Polilla no se permite tocar o interactuar con su entorno [«Tiene que mantener / sus manos en los bolsillos»], limitando aún más sus oportunidades de conexión y hace que su soledad sea aún más completa. Todas las noches de luna se repite la misma escena: el ascenso por los edificios, la caída y el retorno a los túneles «a soñar los mismos sueños» [ver: El Hombre Polilla: una leyenda urbana]

Elizabeth Bishop concluye el poema con una advertencia: si el lector llega a encontrarse por casualidad con el Hombre-Polilla, debe iluminarle los ojos con una linterna. No tiene iris; todo es negro, como el cielo nocturno. Sus párpados son como el horizonte, se contraen cuando te miran. Entonces se le escapa una lágrima: lo único que tiene para ofrecer. Pero, cuidado, intentará esconderla en su mano y, si no estás atento, se la comerá.


Si llegas a verlo,
acércale una linterna a los ojos. Pupilas negras,
todo noche, cuyo horizonte veteado se contrae
cuando él te devuelve la mirada y cierra sus ojos. Entonces, de los párpados
se desliza una lágrima, su única posesión, como el aguijón de una abeja.
La recoge disimuladamente y, si no estás atento, se la traga.
Pero si la ves, te la entregará,
fresca como los manantiales subterráneos y lo bastante pura como para beberla.


Elizabeth Bishop escribió El Hombre-Polilla a los veinticuatro años, justo después de graduarse de la universidad. Es un poema diferente del resto de su obra, mucho más surrealista, casi abstracto, y que por lo tanto permite una variedad de interpretaciones. La más obvia, y debido a eso probablemente equivocada, sugiere que los intentos metódicos de esta polilla de llegar a la luna, que cree es un agujero, y meter la cabeza, son una expresión alegórica de la sexualidad masculina. El mismo argumento puede utilizarse en relación a la espiritualidad o a la ambición.

En efecto, el Hombre-Polilla cree que la luna es un agujero en el cielo, y trata repetidamente [sin éxito] de alcanzarla. Esto podría verse como un ejemplo de perseverancia; al mismo tiempo, estos intentos podrían representar un deseo [inútil] de escape que deja al Hombre-Polilla atrapado en un ciclo de esperanza y decepción.

Si el Hombre-Polilla alcanzara la luna [esta es su teoría], cree que podría ver más allá, tal vez incluso salir de su lúgubre morada en la ciudad. Nunca ha estado ni cerca de lograrlo, pero eso no importa demasiado. En cada intento, el Hombre-Polilla cree que «se las arreglará para meter su cabecita a través de esa abertura redonda y limpia» y abrirse paso hacia el otro lado. El Orador del poema señala que, «por supuesto, falla» una y otra vez, resaltando tanto el empeño como la inutilidad de sus esfuerzos. ¿Será que el Hombre-Polilla no está buscando algo exterior [a sí mismo] sino tratando de escapar del mundo ordinario que lo rodea, paradójicamente, a través de una rutina?

Elizabeth Bishop nos anima a identificarnos con el Hombre-Polilla. Después de todo, es difícil no sentir simpatía por esta criatura que existe en una soledad opresiva e intenta alcanzar un objetivo heróico. Entonces, de repente, se dirige al lector como si fuera parte de esta fábula. Donde antes invocaba nuestra identificación, ahora afirma que no sólo compartimos el mismo mundo del Hombre-Polilla: podemos encontrarlo y despojarlo de su única posesión [sus lágrimas]. Esto, de algún modo, nos hace ver como intrusos de la noche, seres que patrullan la oscuridad con la fría luz de nuestras linternas, perfectamente capaces de actuar con la mayor crueldad. De este modo, la escala sobrenatural del poema se funde con una escena familiar. Pasamos de observar desde una prudente distancia a intervenir.

Al final del poema, la imaginación es derrotada. El Hombre-Polilla se ve obligado a esconderse, a enfrentar la posibilidad de ser asesinado, aunque sea de manera incidental, mientras el ser humano saquea su único tesoro.

El Hombre-Polilla es un poema singular, casi expresionista [como el juego de sombras de Murnau], una exploración al estilo de Kafka [ver: Kafka y lo Kafkiano]. El propio Hombre-Polilla es una figura lógica dentro del mundo que esboza Elizabeth Bishop, salida desde los túneles de la imaginación; de hecho, su incomodidad durante esta «visita a la superficie» es palpable. La naturaleza de su otra vida, bajo tierra, en los túneles, es desconocida [ver: En el Metro: el horror subterráneo de lo reprimido]

Algunos asocian ciertos aspectos de El Hombre-Polilla con el alcoholismo que sufría Elizabeth Bishop. Esas asociaciones derivan de sus cuadernos de trabajo, donde se forja una relación directa entre el fatal tercer raíl y los peligros del alcohol, haciendo del poema un retrato simbólico del artista como adicto. Es una interpretación plausible, pero alejada de lo más interesante de El Hombre-Polilla, que son sus puntos ciegos. La criatura intenta repetidamente [y sin éxito] perforar los límites físicos de la realidad [«meter su cabecita a través de esa abertura redonda y limpia»], y quizás nacer a una nueva existencia. Pero, ¿por que piensa que la luna es «como un pequeño agujero en lo alto del cielo»? ¿Por qué «debe atravesar túneles artificiales y tener sueños recurrentes»? Podríamos perdernos sin remedio en este laberinto de asociaciones.

Lo único cierto es que la luna ejerce una atracción compulsiva sobre el Hombre-Polilla. Todo el poema está atravesado por un patrón de verticalidad, desde los túneles a las alturas de los edificios y de vuelta hacia abajo: ascenso imposible y caída inevitable. Todo esto acaso tiene relación con el proceso de creación artística. En este contexto, la compulsión por escalar hasta la luna es un sustituto del poeta que intenta lograr algo elevado y significativo, algo que requiere, en primer lugar, superar el miedo [«lo que el Hombre-polilla más teme es lo que debe hacer»]; y en segundo la perseverancia ante el fracaso seguro.




El Hombre-Polilla.
The Man-Moth, Elizabeth Bishop (1911-1979)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Aquí, arriba, las grietas de los edificios están llenas de la maltrecha luz de la luna.
La sombra del Hombre es tan grande como su sombrero.
Yace a sus pies como el pedestal circular de una muñeca,
y él es como un alfiler invertido, con la punta magnetizada hacia la luna.
No ve la luna; sólo observa sus vastas propiedades,
sintiendo la extraña luz en sus manos, ni cálida ni fría,
de una temperatura imposible de registrar en el termómetro.

Pero cuando el Hombre-Polilla
hace sus raras, aunque ocasionales, visitas a la superficie,
la luna le parece bastante diferente. Él emerge
de una abertura bajo el borde de una de las aceras
y nerviosamente comienza a escalar las fachadas de los edificios.
Cree que la luna es un pequeño agujero en lo alto del cielo,
lo que demuestra que el cielo es bastante inútil para protegerse.
Tiembla, pero debe descubrir hasta dónde puede escalar.

Por las fachadas,
arrastrando su sombra como el paño de un fotógrafo,
asciende, temeroso, pensando que esta vez logrará
introducir su cabecita por esa limpia abertura redonda
y que la luz lo obligará a pasar, como por un tubo, en volutas negras.
(El hombre, de pie debajo de él, no alberga tales ilusiones.)
Pero lo que más teme el Hombre-Polilla es lo que debe hacer,
aunque fracase, por supuesto, y caiga hacia atrás, asustado pero ileso.

Luego regresa
a los pálidos túneles del subterráneo que considera su hogar.
Revolotea, se agita y no logra subir a bordo de los trenes silenciosos
con la rapidez necesaria. Las puertas se cierran rápidamente.
El Hombre-Polilla siempre se sienta mirando hacia el lado equivocado
y el tren arranca de inmediato a toda su terrible velocidad,
sin cambios de marcha ni gradación de ningún tipo.
No puede calcular a qué velocidad viaja hacia atrás.

Cada noche
debe atravesar túneles artificiales y tener sueños recurrentes.
Así como los durmientes se repiten bajo su tren, éstos subyacen
bajo su mente acelerada. No se atreve a mirar por la ventana,
porque el tercer raíl, la corriente ininterrumpida de veneno,
corre a su lado. Lo considera como a una enfermedad
cuya propensión ha heredado. Tiene que mantener
las manos en los bolsillos, como otros deben usar bufandas.

Si llegas a verlo,
acércale una linterna a los ojos. Pupilas negras,
todo noche, cuyo horizonte veteado se contrae
cuando él te devuelve la mirada y cierra sus ojos. Entonces, de los párpados
se desliza una lágrima, su única posesión, como el aguijón de una abeja.
La recoge disimuladamente y, si no estás atento, se la traga.
Pero si la ves, te la entregará,
fresca como los manantiales subterráneos y lo bastante pura como para beberla.


Here, above,
cracks in the buildings are filled with battered moonlight.
The whole shadow of Man is only as big as his hat.
It lies at his feet like a circle for a doll to stand on,
and he makes an inverted pin, the point magnetized to the moon.
He does not see the moon; he observes only her vast properties,
feeling the queer light on his hands, neither warm nor cold,
of a temperature impossible to record in thermometers.

But when the Man-Moth
pays his rare, although occasional, visits to the surface,
the moon looks rather different to him. He emerges
from an opening under the edge of one of the sidewalks
and nervously begins to scale the faces of the buildings.
He thinks the moon is a small hole at the top of the sky,
proving the sky quite useless for protection.
He trembles, but must investigate as high as he can climb.

Up the façades,
his shadow dragging like a photographer’s cloth behind him
he climbs fearfully, thinking that this time he will manage
to push his small head through that round clean opening
and be forced through, as from a tube, in black scrolls on the light.
(Man, standing below him, has no such illusions.)
But what the Man-Moth fears most he must do, although
he fails, of course, and falls back scared but quite unhurt.

Then he returns
to the pale subways of cement he calls his home. He flits,
he flutters, and cannot get aboard the silent trains
fast enough to suit him. The doors close swiftly.
The Man-Moth always seats himself facing the wrong way
and the train starts at once at its full, terrible speed,
without a shift in gears or a gradation of any sort.
He cannot tell the rate at which he travels backwards.

Each night he must
be carried through artificial tunnels and dream recurrent dreams.
Just as the ties recur beneath his train, these underlie
his rushing brain. He does not dare look out the window,
for the third rail, the unbroken draught of poison,
runs there beside him. He regards it as a disease
he has inherited the susceptibility to. He has to keep
his hands in his pockets, as others must wear mufflers.

If you catch him,
hold up a flashlight to his eye. It’s all dark pupil,
an entire night itself, whose haired horizon tightens
as he stares back, and closes up the eye. Then from the lids
one tear, his only possession, like the bee’s sting, slips.
Slyly he palms it, and if you’re not paying attention
he’ll swallow it. However, if you watch, he’ll hand it over,
cool as from underground springs and pure enough to drink.


Elizabeth Bishop (1911-1979)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Elizabeth Bishop.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Elizabeth Bishop: El Hombre-Polilla (The Man-Moth), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Y la Muerte no tendrá dominio.


Y la Muerte no tendrá dominio.




«Aunque se pierdan los amantes, el amor no,
y la muerte no tendrá dominio



Hoy en El Espejo Gótico analizaremos el poema de Dylan Thomas (1914–1953): Y la Muerte no tendrá dominio (And Death Shall Have No Dominion), publicado originalmente en la edición de mayo de 1933 de la revista New English Weekly.

Intentaremos, como siempre, responder las preguntas: ¿de qué trata el poema?, ¿qué significa?, aunque las respuestas puedan considerarse incompatibles entre sí.


Y la Muerte no tendrá dominio.
Los hombres desnudos han de ser uno
con el hombre en el viento y la luna de occidente;
cuando sus huesos queden limpios y limpios se dispersen,
ellos tendrán estrellas en el codo y el pie;
aunque se vuelvan locos serán cuerdos,
aunque se hundan en el mar de nuevo surgirán,
aunque se pierdan los amantes, el amor no;
y la Muerte no tendrá dominio.

Y la Muerte no tendrá dominio.
Los que hace tiempo yacen
bajo los dédalos del mar no han de morir entre los vientos,
retorcidos de angustia cuando cedan los nervios,
atados a una rueda no serán destrozados;
la fe, en sus manos, ha de partirse en dos,
y habrán de traspasarles los males unicornes;
rotos todos los cabos, ellos no quebrarán.
Y la Muerte no tendrá dominio.

Y la Muerte no tendrá dominio.
Y las gaviotas no gritarán en los oídos
ni romperán las olas sonoras en las playas;
donde alentó una flor, otra flor tal vez nunca
levante su cabeza a los embates de la lluvia;
y aunque ellos estén locos y totalmente muertos
sus cabezas martillearán en las margaritas;
irrumpirán al sol hasta que el sol sucumba,
y la Muerte no tendrá dominio.


Dylan Thomas escribió Y la Muerte no tendrá dominio a los diecinueve años. A comienzos de 1933, entabló amistad con Bert Trick [dieciséis años mayor], un poeta aficionado que publicó varios poemas en periódicos. En la primavera de ese año, Trick sugirió que escribieran un par de poemas sobre la inmortalidad. Los versos de Trick, que se publicaron al año siguiente, incluían la línea: «Porque la Muerte no es el fin» [For death is not the end]. En abril, Dylan Thomas escribió Y la Muerte no tendrá dominio. Trick lo convenció de buscar un editor y el poema se imprimió en mayo.

Si bien se lo considera un clásico del Modernismo, Y la Muerte no tendrá dominio se aproxima mucho más a la poesía metafísica de John Donne, particularmente a su poema: Muerte no te enorgullezcas (Death Be Not Proud). También podemos hallar vestigios del poema de Dylan Thomas en el verso pareado de H. P. Lovecraft: Y con eones extraños incluso la Muerte puede morir. En los tres casos, la Muerte, tras un inconcebible período de tiempo, ya no tendrá dominio sobre la vida.

Y la Muerte no tendrá dominio no es un poema que pueda leerse de forma pasiva. Exige, como sugiere Roland Barthes, que el lector no sea simplemente un «consumidor» del texto, sino una fuerza creativa adicional, alguien capaz de descifrar las referencias y, a partir de ese conocimiento, construir un universo propio, personal.

El poema parece aludir directa e implícitamente al discurso bíblico. La referencia al Nuevo Testamento es evidente en el título. Este tiene su fuente en las Epístolas de San Pablo a los Romanos. Allí, Pablo manifiesta que aquellos que opten por la salvación [convirtiéndose a la nueva fe] resucitarían en el Día del Juicio, y se les otorgarán nuevos cuerpos espirituales en lugar de experimentar la condenación eterna [«Sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de entre los muertos, ya no muere; la muerte ya no tiene dominio sobre él»]. La línea: «Tendrán estrellas en los codos y pies» implica que los muertos resucitarán para morar en el cielo. En este contexto, la palabra «estrellas» es una metonimia del cielo.

«Aunque se vuelvan locos serán cuerdos» refiere a la Primera Epístola a los Corintios, donde San Pablo sostiene que, en el Día del Juicio, lo deshonroso se volverá glorioso, lo débil se volverá poderoso, lo natural se volverá espiritual, etc. Aquí, el Orador insinúa que, después de la muerte, pasaremos de un estado incompleto [locura] a uno completo [codura]. Esta idea de transformación continúa más adelante, donde el Orador dice que aquellos que se hundan en el mar «surgirán», una imagen que hace pensar en el Sacramento del Bautismo. Luego, Dylan Thomas describe cuerpos [¿de mártires?] torturados en máquinas, «atados a una rueda», sugiriendo que, aunque el cuerpo físico puede ser desmembrado, el espíritu no puede romperse. La imagen de las cabezas que «martillean entre margaritas» parece referir a la idea de que los cadáveres proporcionan alimento a las plantas que crecen sobre ellos. Esto también resuena en las enseñanzas de San Pablo en la Primera Epístola a los Corintios, donde habla de la transformación del cadáver en un cuerpo diferente al que tenía en la tierra. Todas estas alusiones apuntan a la indestructibilidad espiritual.

La repetición del título [al principio y final de cada estrofa] establece que ése es el tema central del poema. Suena como una especie de mantra, una reafirmación de que la Muerte no dominará la vida. Dylan Thomas emplea la retórica de la fe, pero la sustancia, más que el estilo, apela a algo más.

El poema se abstiene de brindar una visión reconfortante del más allá; sólo menciona que nuestro cadáver se reincorporará al ciclo natural. En este punto podemos plantear algunas preguntas: ¿Y la Muerte no tendrá dominio es realmente un poema sobre la resurrección y la inmortalidad, o acaso versifica sobre los procesos naturales relacionados con la muerte? Y, en caso de ser así, ¿la decadencia corporal post-mortem funciona como una especie de procedimiento de «limpieza» previo al renacimiento?

Esta idea del retorno a la naturaleza tras la muerte posee otra cara, menos romántica, relacionada con la eliminación de la experiencia personal, de la individualidad, del Ser, a medida que el cuerpo físico se descompone. Si la Muerte es una plataforma hacia otra forma de vida, hacia una especie de renacimiento, la descomposición del cadáver es una instancia intermedia bastante incómoda.

La palabra «dominio» [dominion] le da impulso sonoro al poema. Sugiere la idea abstracta de «control» [o «poder», «autoridad», «jurisdicción»], pero también el concepto más tangible de «territorio» [o «reino», «país», «señorío»]. En el primer ejemplo, Dylan Thomas podría estar argumentando que, debido a que todos vamos a morir, al cruzar ese umbral la Muerte ya no tendrá «dominio» [o «poder», «autoridad», «jurisdicción»] sobre nosotros. En el segundo ejemplo, la Muerte simplemente no tiene «territorio». Toca a todos los seres vivos por igual, sin restricciones; su presencia y función son universales. No tiene «dominio» porque no necesita reinar sobre un aspecto u otro de la realidad física. Esta última es la raíz etimológica del inglés dominion; corresponde al latín medieval dominium, que significa «propiedad», «posesión». Incluso podríamos pensar que Dylan Thomas está diciéndonos que la Muerte no tendrá amo, habida cuenta que dominium proviene del latín dominus, «señor».

Entonces, ¿sobre qué la Muerte no tendrá dominio?

Es importante recordar que el tema de la versión original de 1933 era la «inmortalidad». En 1936, Dylan Thomas decidió realizar cambios importantes, y el poema que hoy conocemos es bastante diferente del original. Este tenía cuatro estrofas de diez versos cada una, en contraste con la versión final que comprende sólo tres estrofas de nueve. En el original queda claro que la idea central del poema era hablar sobre la resurrección, o al menos sobre una existencia post-mortem garantizada. El hecho de que Dylan Thomas decidiera abrir y cerrar cada estrofa con una [cuasi] cita de la epístola de San Pablo parece certificarlo. Independientemente de las controversias que aparecen dentro del poema, cada estrofa cierra aclarando que la Muerte no tendrá ningún «dominio», ya sea en términos de «control» como de dimensión «territorial».

Pero Dylan Thomas era un buen poeta, y todo buen poeta escribe en varios niveles, a veces deliberadamente contradictorios. Si Y la Muerte no tendrá dominio fuese simplemente una hermosa exposición de conceptos bíbicos, ¿dónde está la «revelación» sobre la realidad posterior a la muerte? Es decir, la creencia en una existencia espiritual. De hecho, la segunda estrofa parece negar cualquier renacimiento; y la tercera directamente habla de la transformación de un cadáver enterrado y su relación reproductiva con el mundo natural. Si hay un Dios en Y la Muerte no tendrá dominio, es la Naturaleza.

Dylan Thomas es astuto, porque cada una de las tres estrofas se centra en la Muerte desde una perspectiva diferente. Al principio, parece hablar de la resurrección del cuerpo después de la muerte, con un futuro «en el viento y la luna occidental», que puede ser en cualquier parte, incluído el Cielo [en términos de parodia de la creencia generalizada del cielo cristiano]. Tal renacimiento parece transformador: la locura será reemplazada por la cordura; los ahogados surgirán de las aguas; el amor será perpetuo, etc. En esta estrofa inicial, la vida eterna está predeterminada, y la Muerte no tendrá dominio sobre ella.

La segunda estrofa exhibe un punto de vista diferente, quizás una imagen del infierno donde no hay ninguna referencia [reconocible] a la resurrección. La tercera estrofa sí parece hablar de la vida eterna, pero en la Tierra. Se llora a los muertos y se lamenta la pérdida de placeres sencillos, como oír el canto de las gaviotas y el sonido de las «olas romper con fuerza en las orillas del mar». Las siguientes líneas no aluden a inmortalidad, a ningún ascenso al cielo, sino una forma de renacimiento natural. A medida que los cuerpos se descomponen, fertilizan el suelo donde crecen las margaritas. Este es el tipo de existencia sobre el cual la Muerte no tendrá dominio.

Dylan Thomas nunca se caracterizó por romantizar a la Muerte. De hecho, uno de sus poemas más conocidos: No entres dócil en esa buena noche (Do Not Go Gentle Into That Good Night), propone que uno no debe aceptar la muerte, y menos tranquilamente, sino que debe «rabiar contra la muerte de la luz». Da ejemplos de hombres sabios, salvajes, graves, buenos, y sugiere que no importa cómo hayan vivido sus vidas, o lo que sientan en el momento de su muerte, no deben darse por vencidos y entregarse. Esto no tiene mucho que ver con el mensaje religioso, donde la muerte debe ser bienvenida porque es una puerta de entrada a una existencia superior, más pura y cercana al Creador. Dylan Thomas desprecia las agonías pacíficas, las muertes plácidas durante el sueño, y vindica al ser humano que lucha desesperadamente por seguir respirando.

Y la Muerte no tendrá dominio intenta derribar la mortalidad mediante una serie de argumentos que no son cristianos. Dylan Thomas desarrolla la transformación de los muertos a través de imágenes estelares. Mientras que la luna en la primera estrofa implica una fase anterior en la transformación humana, la imagen del sol, que representa la fuerza dadora de vida, sugiere otra instancia en la que los muertos se oponen violentamente. Al final del escenario planteado en el poema se enfatiza cuán resilientes y decididos son los muertos una vez que se han convertido en parte del ciclo de la vida:


Y aunque ellos estén locos y muertos
sus cabezas martillearán en las margaritas;
irrumpirán al sol hasta que el sol sucumba,
y la Muerte no tendrá dominio.


Por supuesto, la Muerte no se niega del todo: existe, pero nunca podrá vencer la fuerza vital de la naturaleza. Los muertos vuelven a la vida como margaritas que brotan del suelo. Tan poderoso es este impulso de resucitar que los muertos pueden capturar el sol antes de que se ponga [para ellos]. Y al asumir el poder del sol, los muertos se elevan por encima de él. De este modo, el sol, dador de vida, es menos poderoso en comparación con el impulso regenerativo de los muertos.

En apariencia, incluso en su ritmo sonoro, Y la Muerte no tendrá dominio parece un poema sobre la resurrección bíblica, pero en realidad es panteísmo puro, al menos en términos de tensión entre lo físico y lo espiritual. Dylan Thomas cree que hay vida en la muerte, así como muerte en la vida. Después de todo, el propósito de la vida no es preservar el cuerpo orgánico, sino darle forma a la energía que lo constituye, que a su vez proviene de una vida anterior. La muerte destruye el cuerpo, pero la energía que libera permanece constante.

Dylan Thomas parece estar escribiendo sobre una verdad científica. La Muerte no tiene dominio porque la energía no se destruye, cambia. No existe ninguna fuerza destructiva en el universo, sólo la mutación de la energía. En términos metafísicos, afines a John Donne, aquello que llamamos Muerte no es sino la devolución de la energía que el ser humano lleva dentro de sí al universo del que la recibió en primer lugar. No hay muerte excepto la del cuerpo, y poco después del final de la vida ya no hay cuerpo. Nuestra consciencia, quizás, no es más que una de las formas que asume esa energía. Todo lo que es verdaderamente vital permanece activo en el universo.

Por supuesto, la muerte es una realidad para nosotros, y una muy dolorosa, porque no podemos conceptualizar que las fuerzas que nos hacen vivir son indestructibles. No resulta particularmente reconfortante considerar que nuestra consciencia, tal como la conocemos, mutará en algo más. Por eso, la muerte es trascendental para nosotros.


Donde alentó una flor, otra flor tal vez nunca
levante su cabeza a los embates de la lluvia;
y aunque ellos estén locos y totalmente muertos
sus cabezas martillearán en las margaritas;
irrumpirán al sol hasta que el sol sucumba,
y la Muerte no tendrá dominio.


La energía que surge de los cuerpos enterrados hace que crezcan flores sobre sus tumbas. Las margaritas y los hombres son manifestaciones del mismo espíritu. Es decir que el «dominio» de la Muerte ni siquiera es la tumba.

Dylan Thomas era un talento inusual. Escribió Y la Muerte no tendrá dominio a los diecinueve años, una hazaña que inspira envidia en aquellos que, a esa edad, pasábamos el tiempo con amigos y bebiendo cerveza. Dylan Thomas también hizo esas cosas, pero escribió este poema, mientras que yo sólo recuerdo la cerveza y los amigos. Sin embargo, a pesar de toda su madurez, el sentimiento es el de un hombre joven. De algún modo, ese desafío a la Muerte tiene una cualidad ingenua, prepotente, típica de la juventud, que se permite deleitarse en el hecho de que la Muerte puede tomar el cuerpo cuando quiera, pero no puede quebrar el espíritu.

Un par de décadas después, en 1951, Dylan Thomas escribió No entres dócil en esa buena noche. Su padre estaba agonizando y, afectado por la mortalidad de una manera muy cercana, su desafío aquí es algo diferente. En este poema, la Muerte sí tiene dominio. La única respuesta humana ante esta realidad es la rabia, la ira. Frente a la Muerte ya no queda rastro de heroísmo romántico. Sólo un grito impotente de rabia contra la silenciosa oscuridad que se avecina.

Finalmente, cuando el propio Dylan Thomas fue alcanzado por la muerte, uno de los poemas [inconclusos] que dejó fue Elegía (Elegy), una lúgubre reflexión sobre la muerte de su padre que comienza con estas líneas:


Demasiado orgulloso para morir, destrozado y ciego murió
de la manera más oscura, y no regresó,
amable aunque frío en su mezquino orgullo.


No hay aquí ningún vestigio de desafío, de rabia, de triunfo; sólo un sentimiento de resignación. La actitud de Dylan Thomas ante la Muerte había cambiado; y ese cambio se debe no sólo a su madurez como poeta, sino como hombre. El desafío planteado en Y la Muerte no tendrá dominio reside en su fuerza retórica, pero para alguien que ha perdido a un ser querido, esa retórica resulta vacía. La Muerte sí tiene dominio, al menos en este plano de existencia.

Podemos guardar recuerdos felices de nuestros muertos, pero están sobreescritos en una especie de palimpsesto donde, eventualmente, hasta los recuerdos más brillantes se van opacando. Sólo cuando logremos pensar en nuestros seres queridos que han fallecido sin sentir una punzada de dolor por su ausencia, entonces sí, tal vez, podremos decir que la Muerte no tiene dominio. Pero, ¿no dejaríamos entonces de ser verdaderamente humanos?

Dylan Thomas cerró Elegía con una línea conmovedora sobre su padre fallecido:


«Hasta que yo muera, él no se apartará de mi lado».


Esto fue, quizás, lo último que escribió. Desde aquí compartimos esa opinión. Uno no acepta la muerte de un padre, simplemente se aprende a vivir con su ausencia.




Dylan Thomas. I Taller gótico.


Más literatura gótica:
El artículo: Y la Muerte no tendrá dominio fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

George Sterling: poemas.


George Sterling: poemas.




George Sterling (1869-1926) fue un destacado poeta estadounidense cuya obra fue precursora del Horror Cósmico. En efecto, los poemas de George Sterling tendrían un impacto decisivo en autores como H.P. Lovecraft y Clark Ashton Smith.

En esta sección de El Espejo Gótico iremos traduciendo al español algunos de los mejores poemas de George Sterling.




Poemas de George Sterling.
  • El testimonio de los soles (The Testimony of the Suns)
  • Un Vino de Hechicería (A Wine of Wizardry)
  • Aguas extrañas (Strange Waters)
  • A la ciencia (To Science)
  • A una bailarina (To a Girl Dancing)
  • Después del atardecer (After Sunset)
  • El águila enjaulada (The Caged Eagle)
  • El buitre negro (The Black Vulture)
  • El pozo escondido (The Hidden Pool)
  • El testimonio de los soles y otros poemas (The Testimony of the Suns and Other Poems)
  • El triunfo de Bohemia (The Triumph of Bohemia)
  • La atadura de la bestia (The Binding of the Beast)
  • La bruja joven (The Young Witch)
  • La canción de Abalone (The Abalone Song)
  • La casa de orquídeas (The House of Orchids)
  • La ciudad evanescente (The Evanescent City)
  • La sed de Satán (The Thirst of Satan)
  • Poemas a Vera (Poems to Vera )
  • Por otro mar (By Another Sea)
  • Satán y Lilith (Satan and Lilith)
  • Treinta y cinco sonetos (Thirty-Five Sonnets)
  • Una oda por el centenario del nacimiento de Robert Browning (An Ode for the Centenary of the Birth of Robert Browning)
  • Velas y espejismos (Sails and Mirage)
  • Yosemite: una oda (Yosemite: An Ode)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


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Sádica: análisis de «El Vampiro» de Delmira Agustini.


Sádica: análisis de «El Vampiro» de Delmira Agustini.




La poeta uruguaya Delmira Agustini (1886-1914) encerró a su sujeto a solas con un Vampiro en el poema de 1910: El Vampiro, publicado originalmente en la antología de 1910: Cantos de la mañana, y luego reeditado en Los cálices vacíos y El rosario de Eros. El poema está impregnado de los aspectos negativos [e inevitables] de la existencia: dolor, enfermedad y muerte, y desde allí proyecta sobre el lector una sensación de desesperanza y pavor.

Antes del análisis comencemos con el poema de Delmira Agustini:


En el regazo de la tarde triste
Yo invoqué tu dolor... Sentirlo era
Sentirte el corazón! Palideciste
Hasta la voz, tus párpados de cera,

...Bajaron... y callaste... Pareciste
Oir pasar la Muerte... Yo que abriera
Tu herida mordí en ella —¿me sentiste?—
¡Como en el oro de un panal mordiera!

... Y exprimí más, traidora, dulcemente
Tu corazón herido mortalmente,
Por la cruel daga rara y exquisita
De un mal sin nombre, ¡hasta sangrarlo en llanto!
Y las mil bocas de mi sed maldita
Tendí a esa fuente abierta en tu quebranto.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

¿Por qué fuí tu vampiro de amargura?
¿Soy flor o estirpe de una especie obscura
Que come llagas y que bebe el llanto?


El Vampiro gira en torno a una voz poética atrapada, aunque no del todo sola, en un mundo de desesperación. El sujeto de Delmira Agustini, una mujer, se rebela contra su cautiverio emocional y físico, pero es incapaz de mirar más allá de sus circunstancias presentes.

El Vampiro, entonces, se centra en la extrema soledad que sienten ciertos individuos, aunque irónicamente no estén solos. Esta paradoja del aislamiento [entre otras personas] parece ser un elemento en común en muchos poemas de vampiros; como si el Vampiro y su víctima generaran una cierta atmósfera o estado de ánimo solitario, íntimo [ver: El enlace entre el Vampiro y su víctima]. En este contexto, el poema de Delmira Agustini no solo es una especie de microcosmos de la sociedad de comienzos del siglo XX, y particularmente de las mujeres inmersas en sus códigos sociales, sino también un reflejo reinterpretado de los clásicos poemas y novelas que lo precedieron.

Sin embargo, y a pesar de seguir explorando los aspectos negativos de la vida, tal como lo hicieron sus predecesores, Delmira Agustini consigue eludir nuestras expectativas clásicas y presenta una nueva perspectiva del Vampiro.

El Vampiro de Delmira Agustini ejemplifica el cambio de la Nueva Mujer que se estaba apoderando de las esferas doméstica, pública y artística en la sociedad de principios del XX. Debido a estas circunstancias cambiantes, el poema refleja el desconcierto y la inquietud al colocar a su sujeto en una posición de poder desconocida. Es en una habitación oscura donde Delmira Agustini introduce a los sujetos masculino y femenino de El Vampiro, similar a la «antigua capilla en ruinas, que evidentemente había sido utilizada como cementerio» que utiliza el Conde Drácula como dormitorio en la novela de Bram Stoker.

En este dormitorio-cementerio, Drácula parece perdido en algún lugar entre la vida y la muerte, un contexto similar a la figura masculina en El Vampiro de Delmira Agustini. En Drácula, Jonathan Harker inspecciona el cuerpo del Conde en busca de señales de vida [movimiento, pulso, respiración] pero no hay nada. Drácula mira con ojos muertos, ausentes, aparentemente inconsciente de la presencia de Harker. Sin embargo, a pesar de las apariencias, Harker sabe que Drácula no está muerto, que resucitará en la noche. Es exactamente el mismo ambiente que encontramos en El Vampiro de Delmira Agustini. [ver: ¡Este hombre me pertenece! Harker y Drácula]

Ambos en habitaciones interiores oscuras, Jonathan Harker y Delmira Agustini se enfrentan a sus antagonistas durmientes, aunque, como comenta Harker, «hacerlo me produjo pavor en el alma». Cuando se enfrenta al miedo, el instinto humano ofrece solo dos opciones: luchar o huir. Cuando se encuentra cara a cara con Drácula, Harker elige huir. Por otro lado, la protagonista femenina de Delmira Agustini elige quedarse y luchar.

En Drácula, mientras que el Conde ocupa el papel principal de Vampiro, hay varias Vampiresas en papeles secundarios o inferiores. Aunque pueda parecer que la figura masculina dormida de Delmira Agustini es el Vampiro del título, por la similitud con la escena de Bram Stoker, existe otra posibilidad. Varias, en realidad [ver: El código secreto en el «Drácula» de Bram Stoker]

En Cantos de la mañana, Delmira Agustini lucha contra el sufrimiento causado por el amor; y lo hace a través de temas como el aislamiento, la soledad y la muerte. Con exquisita ironía, los títulos alegres de todos los poemas de esta colección describen escenarios y elementos góticos. En otras palabras, donde el título promete una obra llena de vida y esperanza, los poemas de Delmira Agustini se centran en el terror y la muerte. En uno de los poemas finales de esta colección, Los retratos, Delmira Agustini descorre el telón, como si se tratara de un teatro macabro, para revelar la verdadera escencia de Cantos:


Si os asomárais a mi alma como a una estancia profunda,
veríais cuánto la entenebrece e ilumina
la intrincada galería de los Desconocidos…
Figuras incógnitas que, acaso, una sola vez en la vida
pasaron por mi lado sin mirarme,
y están fijas allá dentro como clavadas con astros…


Los poemas de Delmira Agustini están construidos sobre varios niveles de contradicción. La primera imagen que presenta en El Vampiro, obviamente, ocurre en el título, y es la de un Vampiro. Por lo tanto, incluso antes de leer el poema, esta imagen de una criatura fantástica queda grabada en el lector. Manteniéndose dentro de la tradición de la novela gótica, obras que a menudo transcurren en ruinas de abadías y castillos medievales con mazmorras, pasadizos secretos y cámaras de tortura, el título del poema de Delmira Agustini también implica un escenario gótico y, por lo tanto, asociado con estos motivos. La segunda imagen es la de una «tarde triste». Por lo tanto, a medida que el sol se pone, el crepúsculo eventualmente colocará el escenario de El Vampiro en el ámbito de la noche.

Como es lógico, la ansiedad aumenta a medida que se acerca la noche, especialmente cuando hay un Vampiro cerca. Al respecto, Jonathan Harker anota en su diario:


[Siempre ha sido de noche cuando he sido molestado o amenazado, o de alguna manera puesto en peligro. Todavía no he visto al Conde a la luz del día. ¿Puede ser que duerma cuando los demás despiertan, para estar despierto cuando los otros duermen?]


Por lo tanto, no es irracional suponer que el escenario es crepuscular, dada la presencia de un Vampiro, ya que la noche es el hábitat natural de estas criaturas. En otras palabras, no hay necesidad de afirmar que es de noche si hay un Vampiro.

Ahora bien, hay dos figuras presentes dentro de la habitación de Delmira Agustini: un hombre incapacitado y una mujer. La figura masculina se presenta como un cadáver, dejando su identidad indefinida. La figura femenina de El Vampiro es tranquila, reflexiva, al menos al principio del poema. Sola en la penumbra, ella se inclina sobre él y estudia su rostro, notando que parece estar escuchando a la muerte [«Pareciste oír pasar la muerte»]. A medida que el poema continúa, una especie de angustia, de tristeza, se apodera de la voz de la mujer. En este punto, el escenario sombrío de la sala funeraria de la primera estrofa cambia a la de un dormitorio cargado de tormentos. Además de su diálogo cada vez más violento, ella también agrede físicamente a la figura masculina. Así, la distancia respetuosa, implícita en el comienzo del poema, da paso a una intimidad sádicamente emocional entre los sujetos masculino y femenino [ver: La cuestión de género entre vampiros y vampiresas]

En Los retratos, la voz poética se define a través de la imagen de una habitación. Por lo tanto, no es exagerado imaginar que el escenario de la cámara de tortura en El Vampiro también representa el alma tumultuosa de la voz poética. En este sentido, Delmira Agustini invierte los términos clásicos de los relatos de vampiros, donde generalmente se expresa un miedo subyacente del hombre a la mujer. Aquí, Delmira Agustini expresa el miedo de la mujer a la mujer, o, mejor dicho, el miedo de la mujer a sí misma [ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico]

A principios del siglo XX, no solo los hombres experimentaron temor respecto de la cambiante sociedad patriarcal. Las mujeres, liberales o no, también tuvieron que aprender a vivir dentro de estos cambios. En cierto modo, toda mujer debía tomar una posición, decidir qué máscara social usar: la de una mujer liberal o conservadora. Por ello, Delmira Agustini rehuye de las máscaras externas y se centra en el interior cada vez más agitado de la mujer [ver: El asesinato de Delmira Agustini]

En las tres primeras estrofas de El Vampiro, la figura femenina se refleja en el cuerpo silencioso del hombre tendido frente a ella. En la cuarta y última estrofa, su reflexión se vuelve hacia adentro, hacia la contemplación de su propia vida. Sin embargo, la mujer de Delmira Agustini busca definirse a sí misma, no desde su propia perspectiva, sino desde la de la figura masculina inmóvil. En las líneas finales, le hace dos preguntas al hombre silencioso, queriendo que le aclare su identidad. Ella quiere saber si, para él, ella es una flor o un Vampiro. Aquí termina el poema y sus preguntas quedan sin respuesta.

El Vampiro demuestra cómo el conflicto de una sociedad puede manifestarse devastadoramente en el interior de un individuo. En oposición a los clásicos del género, el papel del Vampiro no es evidente en el poema de Delmira Agustini. Aunque el lector es inmediatamente informado de la presencia de un Vampiro debido al título, no hay pistas visuales disponibles para guiarlo hacia la identidad de la criatura. ¿Quién es el Vampiro en el poema de Delmira Agustini?

Veamos si podemos descubrirlo.

En la primera estrofa se nos presentan los posibles personajes del poema: un Vampiro, una figura masculina y una figura femenina [además, la voz poética]. Sin embargo, solo los personajes masculino y femenino se discuten en términos concretos, lo que lleva al lector a suponer [equivocadamente o no] que el Vampiro es cualquiera de estas dos figuras, consolidando así dos personajes en uno. En otras palabras [este es un detalle hermoso], Delmira Agustini obliga al lector a creer que la figura masculina o la femenina es, simultáneamente, el Vampiro del título, pero en ningún momento dice algo concreto al respecto.

Simbólicamente, la imagen del Vampiro encarna ciertas características arquetípicas. Por ejemplo, los Vampiros beben la sangre de los vivos; es decir, su supervivencia depende de sus víctimas. La relación entre el perseguidor y la víctima es la del devorador y el devorado. Además, el Vampiro simboliza el ansia de existir, que brota de nuevo cada vez que ha sido saciada. En otras palabras: el Vampiro nunca está satisfecho; por lo tanto, si bien el Vampiro dirige sus impulsos hacia alguien más, en realidad es presa de una pasión autodestructiva [ver: Las fantasías privadas de Bram Stoker]

El Vampiro masculino, en la ficción, también encarna ciertas características arquetípicas. Por ejemplo, Lord Ruthven, el protagonista del poema de John William Polidori: El vampiro (The Vampyre, 1819), representa al Vampiro clásico de la literatura inglesa: distante, distinguido, aristócrata, frío, enigmáticamente perverso y fascinante para las mujeres [ver: ¿John Polidori y Elizabeth Siddal fueron vampiros?]. Si bien no es un lord británico, Drácula posee las mismas características. En la novela, Harker captura la imagen escalofriante del Conde mientras yace en su tumba diurna, brindándonos así una descripción física cuidadosamente detallada del Vampiro masculino arquetípico:


[¡Allí, en una de las grandes cajas, de las que había cincuenta en total, sobre un montón de tierra recién cavada, yacía el Conde! Estaba muerto o dormido, no sabría decirlo, porque los ojos estaban abiertos y pétreos, pero sin el brillo de la muerte, y las mejillas tenían el calor de la vida a través de toda su palidez, y los labios estaban tan rojos como siempre. Pero no había señales de movimiento, ni pulso, ni respiración, ni latidos del corazón. Me incliné sobre él y traté de encontrar alguna señal de vida, pero fue en vano. No pudo haber estado allí mucho tiempo, porque el olor a tierra habría desaparecido en unas pocas horas. A un lado de la caja estaba su tapa, perforada con agujeros aquí y allá. Pensé que podría tener las llaves encima, pero cuando traté de buscarlas vi los ojos muertos, y en ellos una mirada de odio tal, aunque inconsciente de mí o de mi presencia, que huí del lugar.]


Lord Ruthven y el Conde Drácula se presentan en la esfera pública como hombres sin emociones, nobles, elegantes, inteligentes, carismáticos con los hombres y atractivos para las mujeres. Incluso en la sociedad actual, estas cualidades ejemplifican alguna forma de éxito. Sin embargo, en las sociedades patriarcales de fines del siglo XIX y principios del XX, donde el hombre debía encarnar el estereotipo del protector y proveedor, estas características podrían determinar no solo el éxito del hombre, sino de su esposa. Sin embargo, estas características positivas del Vampiro solo resultan deseables en la esfera pública. En general, la mayoría de los hombres preferirían no llevar la vida privada del Vampiro, esencialmente la de un muerto viviente en un ataúd lleno de tierra, como podemos ver en el testimonio de Jonathan Harker [ver: Strigoi: los vampiros que inspiraron la leyenda de Drácula]

La figura masculina de El Vampiro de Delmira Agustini es descrita en la primera estrofa por la voz poética como [vampíricamente] incapacitada por el sueño o la muerte. Este estado indeterminado entre el sueño y la muerte recuerda la escena donde Harker se encuentra con el Conde en su guarida. Así, el lector puede suponer que la figura masculina es el Vampiro del título. Sin embargo, entre la primera y la segunda estrofa, la figura masculina es dominada físicamente por la voz femenina; en la tercera estrofa ella lo hiere en el corazón [«Y exprimí más, traidora, dulcemente tu corazón herido mortalmente»]; pero, en la cuarta estrofa, ella lo cuestiona del siguiente modo: «¿Por qué fui tu vampiro de amargura?». Si, de hecho, la figura masculina es el Vampiro, tiene sentido que la figura femenina haya sido su víctima, como Lucy Westenra lo fue del Conde Drácula.

Bajo el escrutinio de la mujer, la figura masculina ocupa un papel subordinado, el mismo que típicamente se le asigna a la mujer en las sociedades patriarcales. Por lo tanto, aunque la figura masculina de Delmira Agustini actúa como el Drácula dormido de Bram Stoker, en realidad está subordinado a la mujer, a su víctima.

Si bien puede parecer irónico que la poderosa figura del Vampiro masculino esté al servicio de una mujer, esa es su realidad cotidiana, que acaso se enmascara en su magnética máscara pública. El Vampiro depende de la sangre de otros para sobrevivir. Por lo tanto, sin la sangre de su víctima dejaría de existir. En términos simbólicos, el Vampiro es el depredador y la hembra es su víctima; y, como depredador, depende de ella para sobrevivir. La hembra, por otro lado, no es dependiente del Vampiro, sino más bien su víctima, y su existencia no está atada a la de su perseguidor [ver: Atrapado en el cuerpo equivocado: la identidad de género en el Horror]

De esta manera, Delmira Agustini invierte los roles estereotipados de las figuras masculinas y femeninas dentro del hogar. Es la mujer la que tiene el poder en esta habitación, no el hombre; al menos mientras ella siga siendo humana. Sin embargo, si él la ha seducido, e infectado con el vampirismo, entonces ella cumple el rol de víctima. Así, la figura masculina actuaría como creadora en el poema al dar a luz a la Vampiresa. Sin embargo, lo único que sabemos con certeza es que, al final del poema, el cuerpo del hombre permanece tendido en la habitación, en la misma posición sumisa generalmente reservada a la mujer [ver: El cuerpo de la mujer en el Horror]

Tumbado tranquilamente en la cama, la figura masculina ejemplifica al Drácula dormido de Bram Stoker. De esta manera, Delmira Agustini puede estar recreando la típica escena donde el héroe mata al Vampiro, aunque con una clara inversión de roles. Mientras que en Drácula son los hombres quienes llevan a cabo la hazaña de matar a los Vampiros [Lucy Westenra y el Conde Drácula], en el poema de Delmira Agustini se proyecta a una mujer como cazadora de Vampiros. Sin embargo, es justo decir que el Vampiro arquetípico no se identifica específicamente como masculino o femenino; por lo tanto, es posible que la mujer en el poema de Delmira Agustini sea, después de todo, el Vampiro del título.

En general, la diferencia entre los Vampiros arquetípicos masculinos y femeninos es la representación de la mujer como puramente demoníaca, es decir, desprovista de cualquier característica que la sociedad pueda considerar positiva. Lord Ruthven y el Conde Drácula, por ejemplo, destilan maldad, pero también son caballeros. En lo que respecta a las Vampiresas podemos pensar en las Tres Vampiresas del castillo de Drácula, o en la propia Lucy Westenra, quienes se presentan en términos exclusivamente demoníacos [ver: La verdad sobre las tres Vampiresas de Drácula]

En la sociedad de principios del siglo XX, la mujer estaba ligada al hogar y a los hijos. Además, se la ve como dadora de vida y cuidadora del hogar. Por lo tanto, la mujer ideal fue proyectada como una figura materna. De más está decir que la Vampiresa arquetípica rompe con este rol materno. Más aún, con un perverso sentido de la ironía, la Vampiresa mata a los niños en lugar de engendrarlos, como en el caso de Bloofer Lady en Drácula [ver: Bloofer Lady: la transformación de Lucy Westenra] Intrínsecamente diabólicas, las Vampiresas parecen haber heredado el estigma de las brujas medievales, a menudo acusadas de robar niños con propósitos infames.

En este contexto, el doctor Seward describe en su diario los rasgos faciales de la vampírica Lucy:


[Tenía las cejas arrugadas, como si los pliegues de la carne fueran los anillos de las serpientes de Medusa. La hermosa boca ensangrentada se convirtió en un pozo abierto, como las máscaras de los griegos. Si alguna vez un rostro significó la muerte, si las miradas pudieran matar, ¿la vimos en ese momento?]


En la época de Bram Stoker, los antropólogos especulaban que Medusa, cuya virtud está en su cabeza, se deriva de la máscara ritual de cultos primitivos. Es decir que la evaluación del doctor Seward de la apariencia de máscara de Lucy Westenra es simbólicamente precisa; así como la relación entre estas cultistas con la posterior brujería medieval y su rechazo por la maternidad [ver: La maternidad fallida en «Drácula»]

En cualquier caso, la mujer en el poema de Delmira Agustini, en términos de cazadora de vampiros, es una versión inversa de la escena en la que Van Helsing, Arthur Holmwood, el doctor Seward y Quincey Morris ingresan al cementerio para liberar a la Lucy de su condición de Vampiresa. Es allí donde los hombres son testigos de la verdadera situación de su Lucy. Entre las tumbas, ella se alimenta de un niño pequeño. Solo entonces reconocen que Lucy, en términos de ideal victoriano de la mujer, se ha ido para siempre. En su lugar se encuentra una criatura sobrenatural capaz de cometer crímenes indescriptibles.

En la primera estrofa de El Vampiro, la mujer parece encajar en el molde de cuidadora del hombre, en este caso, incapacitado. Uno podría imaginar a estos dos personajes como una pareja estereotipada, la esposa estoica lamentando la pérdida del único proveedor de la familia. Esta pérdida, sin embargo, conduciría a la eventual inversión de roles. Por ejemplo, en el poema, la historia superficial que emerge inicialmente es la de un amor perdido, una mujer que llora a un hombre. Por lo tanto, dentro de la primera estrofa, Delmira Agustini presenta dos personajes dentro de los roles estereotipados de la época. Sin embargo, a medida que el poema avanza, la cuidadora se transforma en depredador [ver: Virgen o Bruja: la mujer según la literatura gótica]

Aparentemente, la mujer que permanece sobre el hombre mudo [¿antes de morderlo y matarlo?] representaría la figura de poder. De hecho, Delmira Agustini representa su personaje femenino como una figura masculina estereotipada, elevándose sobre un otro sumiso y débil. La figura femenina como Vampiresa, aunque logra obtener un nuevo poder sobre el hombre, no logra cumplir con sus roles socioculturales estereotipados [ver: El Machismo en el Horror]

Consideremos la herida que ella inflige a la figura masculina en la tercera estrofa [«herido mortalmente»]. Aquí, la mujer no es una dadora de vida, sino una destructora de vida. En otras palabras, en lugar de nutrir a la figura masculina, comete un asesinato. Y aunque este asesinato podría definirse como un acto de amor [si se lo percibe de la misma manera que los hombres de Drácula «liberan» a Lucy], Delmira Agustini parece estar más cerca de la venganza que del afecto. En cierto modo, Delmira Agustini invierte los roles tradicionales del Vampiro masculino como perseguidor o devorador y de la figura femenina como víctima o comida. En este escenario de roles invertidos, el hombre depende de la mujer para sobrevivir, o para morir.

Después de analizar todo eso, el panorama no es mucho más claro que al principio. El Vampiro del poema de Delmira Agustini podría ser cualquiera de los dos personajes. Si es el hombre, entonces este reniega de su papel como proveedor, generalmente visto de manera positiva. Si es la mujer, entonces reniega de su rol maternal como cuidadora. En ambos casos, los roles tradicionales están invertidos; probablemente porque ambos personajes poseen características vampíricas.

En este contexto, el tercer personaje en El Vampiro de Delmira Agustini es el espacio, el cual juega un papel clave en la acción del poema. El hombre y la mujer, aunque están dentro de la misma habitación, e incluso en contacto físico, hay una sensación de separación entre las dos figuras.

Justo antes del final, Delmira Agustini incluye una línea de puntos que separa visualmente la última estrofa de las demás. Esta línea marca la separación entre el clímax y la resolución del poema. En la segunda estrofa, el conflicto entre el hombre y la mujer aumenta cuando ella lo muerde. Sin embargo, en la tercera estrofa la tensión llega a su clímax cuando ataca físicamente su herida. En la estrofa final, la voz poética parece alejarse de la figura masculina y, en lugar de continuar con su ataque físico, comienza a interrogarlo. De esta manera, elige las palabras como arma final.

No obstante, aunque sus preguntas están dirigidas a él, parece que también se está desafiando a sí misma a responderlas. Así, la voz poética dirige su asalto verbal y físico a la figura masculina en las tres primeras estrofas antes de volverse sobre sí misma y cuestionar su propia posición o rol respecto a él.

En la estrofa final, entonces, la voz poética cambia su perspectiva hacia ella misma. Es aquí donde el lector advierte que es ella el Vampiro. Dicho esto, la identidad de la figura masculina como Vampiro también sigue siendo una opción viable a la luz de sus características correspondientes con la tradición y la literatura vampíricas. De hecho, es a partir de este corpus que podemos determinar que Delmira Agustini está retratando a ambos como Vampiros.

«¿Por qué fui tu vampiro de amargura?». Hasta esta declaración de la mujer, la figura masculina ha sido representada como el Vampiro, al igual que el Conde Drácula de Stoker cuando Jonathan Harker lo descubre dentro del ataúd. Sin embargo, es una afirmación ambigua. «tu vampiro», dice ella; y el «tu» apunta a la figura masculina como la del victimario, lo cual convierte a la voz poética en víctima. Debido a que el hombre también posee características vampíricas, se puede asumir una especie de cronología con respecto a esto. En otras palabras, él es un Vampiro [tal vez muy viejo y decrépito] y ella, también una Vampiresa, es una discípula convertida por él, una amante, que decide matarlo y liberarse, siendo esencialmente una víctima que se convierte en victimario al final [ver: Drácula y las mujeres]

Por lo tanto, si el hombre es un Vampiro, entonces la mujer probablemente fue victimizada por él en el pasado. A través de este proceso, la mujer habría sucumbido a la seducción del Vampiro, transformándose ella también en una criatura de la noche. Es en este momento final del poema de Delmira Agustini que la mujer reconoce y cuestiona su existencia vampírica. Ambos son prisioneros de sus propios miedos: el hombre en su posición de incapacitado y la mujer en su prominente posición de poder sobre él. Encerrados en esta habitación, al revés de sus roles tradicionales, no están seguros de sí mismos. El macho es sumiso a la hembra mientras que la hembra domina físicamente al macho. En cualquier sociedad patriarcal, esta escena sería percibida con inquietud.

Invirtiendo todas las expectativas, Delmira Agustini le da voz a una mujer que cuestiona su posición. No sólo se queda en la habitación con el hombre, sino que la suya es la única voz en el poema. En contraste con el Drácula de Bram Stoker, donde Jonathan Harker relata su encuentro con el Conde a través de un diario en el que huye de la escena, la mujer del poema de Delmira Agustini se queda, y no solo eso, expresa su preocupación e interroga directamente a la figura masculina, aunque nunca obtiene una respuesta. Hubiese sido interesante ver a Harker interpelando al Conde [ver: Mina y Lucy: la ideología de género en «Drácula»]

Un Vampiro que viene acechando en la noche, tratando de entrar, es lo primero que uno imagina al leer el título del poema de Delmira Agustini. Luego la autora parece señalar a una mujer que está a punto de matar a un Vampiro en su momento más vulnerable. Finalmente nos encontramos con esta mujer que se coloca físicamente en una posición superior, que muerde al hombre, hiriendo su corazón, y que al saborear su sangre incluso parece ganar más fuerza. Por lo tanto, la mujer se convierte en la improbable intrusa en el cuerpo del hombre, sometiéndolo, y también como intrusa del silencio de la habitación al ser ella la única voz que escuchamos. Desde el título, Delmira Agustini se propuso invertir todas las expectativas, y vaya que lo logró [ver: Por qué Drácula nunca pudo enamorarse de Mina]

El tono de certeza en las primeras tres estrofas de El Vampiro se disipa en la duda al final. No solo se rompe el tono de la voz poética, sino también la apariencia visual del poema en la página. Atrás quedaron las clásicas estrofas de cuatro y seis versos. Separados por una línea de asteriscos, no hay nada más que preguntas. Por lo tanto, el final del poema no trae ningún cierre al lector, tampoco a la voz poética, solo más preguntas. Pero tal vez esa era la intención de Delmira Agustini.




Vampiros. I Taller gótico.


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«El emperador de los helados»: Wallace Stevens; poema y análisis


«El emperador de los helados»: Wallace Stevens; poema y análisis.




El emperador de los helados (The Emperor of Ice-Cream) es un poema modernista del escritor norteamericano Wallace Stevens (1879-1955), publicado en la antología de 1923: Armonio (Harmonium).

El emperador de los helados, posiblemente el poema de Wallace Stevens más reconocido, es una pieza notablemente ambigua a pesar de describir escenarios bastante familiares. Sabemos que una anciana ha muerto, y que el narrador, en la primera estrofa, da instrucciones a otros para el funeral. En la segunda estrofa, el narrador parece estar en una habitación más tranquila con el cadáver. Aquí, pronuncia una misteriosa súplica para que la realidad sea despojada de apariencias ilusorias.

Superficialmente podemos interpretar El emperador de los helados de Wallace Stevens como un poema que revela el triunfo de la vida sobre el silencio de la muerte. No obstante, esta no es necesariamente una victoria heroica, sino más bien una mirada sobre la naturaleza de la experiencia de la vida y la muerte.

La sintaxis que Wallace Stevens utiliza en El emperador de los helados es vaga, confusa; y eso puede verse de forma más prominente en las últimas líneas de ambas estrofas. Su uso de la extraña imagen de este Emperador de los Helados provoca un cambio de tono desconcertante. ¿Quién es el Emperador de los Helados? ¿Qué significa? No es hasta el final que se aclara el tema del poema: la universalidad de la muerte.

El emperador de los helados de Wallace Stevens comienza con el narrador pidiendo que el oyente busque un hombre fuerte para liar cigarros. Se está produciendo algún tipo de celebración, y su ambiente se atenúa cuando el narrador les dice a todos que sigan actuando como siempre lo han hecho. No hay razón para hacer una ceremonia. Cuando el lector llega a la segunda estrofa, queda claro que el evento en cuestión es la muerte de una mujer. Será enterrada como todos los que la precedieron. No hay forma de escapar de la muerte.

El emperador de los helados es uno de los poemas de Wallace Stevens más populares. Está escrito en un verso libre espectacular, con lenguaje exótico, un interior rico y un mensaje filosófico profundo. Además, tiene mucho helado... y eso fue un problema para mí cuando me acerqué por primera vez a él. Los lectores de El Espejo Gótico sabrán ser indulgentes con esta breve anécdota.

A los doce años [u once, o trece, no estoy seguro] leí la novela de vampiros de Stephen King: Salem's Lot [ver: Drácula visita Salem's Lot]. La segunda parte de la novela se titula El emperador de los helados (The Emperor of Ice-Cream), y además hace varias alusiones al poema. Una de las líneas más enigmáticas es algo que dice Richard Straker [especie de familiar, de Renfield, del vampiro principal] durante una de sus primeras apariciones, tal vez la primera. Dice [estoy parafraseando] algo así como: Vengo del país donde la gente ha conocido la verdadera miseria de la muerte, el hambre y la peste. Pero la miseria de tu pueblo es como la de un niño que deja caer su helado. Algo como eso.

Stephen King probablemente estaba tratando de decir que Straker es el emperador de la miseria, una especie de heraldo de la muerte; pero a mí, en aquel entonces, solo me interesaba conocer más sobre este Emperador de los Helados. Cuando por fin conseguí encontrarlo, me sentí completamente desconcertado. El poema lo tenía todo [helados, una mujer muerta, imágenes fuertes e inusuales], pero no pude procesarlo. En retrospectiva, creo que me sentí perturbado por la conexión entre el helado y un libro tan aterrador. Tanto es así que el nombre se quedó conmigo. Creo que una buena forma de garantizar que un poema te persiga durante la mayor parte de tu vida es encontrarlo por primera vez en una novela sobre vampiros de Stephen King cuando tienes doce años.

El único emperador es el emperador de los helados...

¿Qué significa eso? ¿Cómo se relaciona el helado con la muerte? Bueno, el helado podría representar la vida misma. No tienes poder sobre ella. Te derretirás en algún momento. No se puede congelar el tiempo, pero sí hay alguien que lo gobierna, alguien que puede decidir cuánto tiempo permanecerás con vida [o sin derretirte]; y ese sería el Emperador. Creo que esta explicación nunca me gustó porque no consigo relacionarla con la segunda parte de la novela de Stephen King. En este punto de la historia, la gente comienza a desaparecer, y en algunos casos a morir sin explicación. Hay un miedo atávico que atraviesa a los personajes principales: Susan, Ben, Mark y Matt sienten que ya no tienen control sobre lo que está sucediendo, mientras que Barlow [el vampiro principal] está en absoluto control de la situación, planeando quién morirá, y cuándo, para convertirse en vampiro bajo sus órdenes.

Parece que Stephen King pone más énfasis en la línea que dice: el único emperador es el emperador de los helados que en el mensaje del poema de Wallace Stevens, relacionado con la celebración de la vida. Quizás esto tenga que ver con la incertidumbre que atraviesan los personajes en ese momento de la historia. Su hora de desaparecer podría ser esta noche.

El emperador de los helados de Wallace Stevens es uno de esos poemas que, al terminar de leerlo, plantea un desafío adicional: descifrar las emociones encontradas que produce; en mi caso, una mezcla de atracción y perplejidad; y creo que hasta ahí podemos llegar con este conspicuo análisis. Eventualmente, alguna vez me topé con una frase del autor que muestra exactamente cuáles eran sus intenciones: un poema debe resistir la inteligencia, casi con éxito. El emperador de los helados, entonces, es un poema sensorial, casi onírico, que desafía al lector con inusuales juegos de palabras y un lenguaje exótico. He leído este poema muchas veces, y con cada lectura obtengo imágenes ligeramente diferentes, signo de un gran poema.




El emperador de los helados.
The Emperor of Ice-Cream, Wallace Stevens (1879-1955)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Llama al que hace los grandes cigarros,
a ese musculoso, y dile que bata
cremas concupiscentes en tazones de cocina.
Que las muchachas se recreen con las ropas
que acostumbran usar, y que los chicos
traigan flores en diarios del mes pasado.
Que ser sea final de parecer.
El único emperador es el emperador de los helados.

Toma del aparador de pino,
al que le faltan las tres perillas de vidrio, esa sábana
en la que ella una vez bordó palomas,
y extiéndela de modo que su rostro quede cubierto.
Si sus pies callosos sobresalen, lo hacen
oara mostrar cuán fría está, y callada,
que la lámpara proyecte su rayo.
El único emperador es el emperador de los helados.


Call the roller of big cigars,
The muscular one, and bid him whip
In kitchen cups concupiscent curds.
Let the wenches dawdle in such dress
As they are used to wear, and let the boys
Bring flowers in last month’s newspapers.
Let be be finale of seem.
The only emperor is the emperor of ice-cream.

Take from the dresser of deal,
Lacking the three glass knobs, that sheet
On which she embroidered fantails once
And spread it so as to cover her face.
If her horny feet protrude, they come
To show how cold she is, and dumb.
Let the lamp affix its beam.
The only emperor is the emperor of ice-cream.


Wallace Stevens
(1879-1955)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Wallace Stevens.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Wallace Stevens: El emperador de los helados (The Emperor of Ice-Cream), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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