«Ozymandias»: Percy Bysshe Shelley; poema y análisis.


«Ozymandias»: Percy Bysshe Shelley; poema y análisis.




Ozymandias (Ozymandias) es un poema del romanticismo del escritor inglés Percy Bysshe Shelley (1792-1822), publicado originalmente en la edición del 11 de julio de 1818 del periódico semanal The Examiner con el seudónimo Glirastes [del latín glīs, «lirón»; y el sufijo griego erastēs, «amante»], en referencia a la esposa del autor, Mary Shelley, apodada cariñosamente «lirón». El poema sería reeditado en la antología de 1823: Rosalind y Helen, Una égloga moderna; con otros poemas (Rosalind and Helen, A Modern Eclogue; with Other Poems), y en la colección póstuma: Poemas escogidos de Percy Bysshe Shelley (Selected Poems of Percy Bysshe Shelley)

Ozymandias, uno de los mejores poemas de Percy Bysshe Shelley, nos brinda una mirada inquietante sobre el horror existencial de la impermanencia. Incluso los hombres más renombrados, y los poderosos imperios que han forjado, están destinados a ser barridos hacia el olvido.

Ozymandias era el nombre que le dieron los griegos al faraón Ramsés II [1303–1213 a. C.], derivado de su nombre de trono, Usermaatre. En 1817, Percy Byshee Shelley comenzó a escribir el soneto después de que el Museo Británico adquiriera un fragmento de cabeza y torso de una estatua de Ramsés II, que data del siglo XIII a. C. El poema parafrasea la inscripción en la base de la estatua, dado por Diodoro Sículo en su Bibliotheca Historica: «Yo soy el rey de reyes, Ozymandias. Si alguien quiere saber cuán grande soy y dónde yazgo, que supere alguna de mis obras». En el soneto de Percy Byshee Shelley, Diodoro Sículo se convierte en «un viajero de una tierra antigua».

Tal vez lo más emocionante de este poema es la capacidad de Percy Bysshe Shelley para crear una imagen tan evocadora sin haber visto la estatua sobre la que escribió. La inspiración que recibió de la estatua de Ramsés II surgió de lo que pudo leer y escuchar sobre ella.

En apariencia, Ozymandias es un soneto muy sencillo; sin embargo, presenta varias capas que resuenan como ecos del pasado. El poema comienza con el narrador en primera persona, anónimo [probablemente el propio Percy Shelley], quien nos dice que conoció a «un viajero de una tierra antigua» [Diodoro Sículo], el cual le contó la historia del rey Ozymandias. De repente, el soneto cambia a la tercera persona, al viajero. También hay una tercera voz, la del propio Ozymandias, ya que sus propias palabras están escritas en el pedestal: «Mi nombre es Ozymandias, Rey de Reyes; ¡Contempla mis obras, poderoso, y desespera!». Esta pluralidad de voces y tiempos sutilmente entrelazados en un soneto es realmente extraordinaria.

El epíteto de Ozymandias [«Rey de Reyes»] parece arrogante desde una perspectiva occidental moderna, tal vez porque es uno de los epítetos de Cristo en los mitos bíblicos; no obstante, este era un título común otorgado a los faraones. Los lectores de Percy Bysshe Shelley probablemente entendieron el término en un contexto más bíblico que histórico, quizás como un rasgo de narcicismo, incluso de blasfema arrogancia; sin embargo, Ozymandias solo está diciendo que él es quien manda en Egipto.

Percy Bysshe Shelley era un poeta romántico, y en calidad de tal sus poemas a menudo tratan el tema de la naturaleza como una poderosa fuerza que, en comparación, nos hace ver insignificantes. En este sentido, es lícito suponer que las «solitarias arenas» del desierto que devoran el imperio de Ozymandias son una afirmación de que la naturaleza prevalece al final, y que el esfuerzo humano, por colosal que sea, siempre es efímero.

El Viajero describe la estatua desmoronada de Ozymandias, abandonada para ser tragada por las arenas, enfatizando su tamaño, refiriéndose a ella como «colosal» y «enorme». Al principio esta descripción crea una sensación de grandeza, pero más adelante sirve para establecer que los logros mas notables se perderán en el tiempo. Si bien el cabeza de la estatua todavía transmite algo de la naturaleza de Ozymandias al conservar la «mueca de frío mando» del faraón, en última instancia refuerza la impermanencia de las obras humanas. Al describir la habilidad del escultor, el Narrador comienza a construir la «desesperación» central del poema. Ni el poder de un Rey de Reyes [Ozymandias] ni la habilidad de un artista [el escultor] permiten que el monumento sobreviva la prueba del tiempo.

Percy Bysshe Shelley es inteligente al distanciar al lector de Ozymandias. No describe al rey, sino que presenta al Narrador que escucha a un Viajero hablar de una estatua que vio en el desierto. Esta separación es fundamental para el sentido de impermanencia en Ozymandias. Si el soneto expusiera al lector a la grandeza de Ozymandias, podría darle un sentido de significado a las obras del rey. En cambio, el poema revela la naturaleza efímera del poder y el arte al separar al lector tanto del rey como de su estatua. A pesar de que Ozymandias era lo suficientemente poderoso como referirse a sí mismo como un Rey de Reyes, el Narrador solo escucha de él por casualidad. Si el Narrador no hubiera conocido al Viajero, y este no hubiera encontrado la estatua, es posible que el primero nunca hubiera oído hablar de Ozymandias, y mucho menos experimentado los vestigios de su antiguo poder.

No creo que el final de Ozymandias tenga la intención de dejarnos una gran lección moral. La lección está ahí, implícita, pero lo que se destaca es una sensación general de vacío, incluso de inutilidad. Si incluso un gran faraón como Ozymandias termina siendo insignificante con el transcurso del tiempo, ¿qué puede esperar el lector de su propia impermanencia? Percy Bysshe Shelley parece aceptar este hecho sombrío: aunque su poema pueda sobrevivir durante los siglos venideros, él no lo hará.

A pesar de esta mirada sombría, Ozymandias también trata la supervivencia de la creatividad en contraste con la fugacidad de la tiranía. Gracias al arte, sólo ha sobrevivido la arrogancia de Ozymandias. De hecho, la jactanciosa declaración: «¡Contempla mis obras, poderoso, y desespera!» se cumple en toda regla, pero no de la manera que hubiese querido el faraón: su estatua nos produce desesperación, pero no por sus logros incomparables, sino porque nos recuerda que compartirmos su inevitable destino de olvido.




Ozymandias.
Ozymandias, Percy Bysshe Shelley (1792-1822)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Conocí a un viajero de una tierra antigua
quien dijo: «dos enormes piernas pétreas, sin su tronco,
se yerguen en el desierto... A su lado, en la arena,
semihundido, yace una cabeza hecha pedazos, cuyo ceño,
labio arrugado, y desdeñosa mueca de frío mando,
cuentan que su escultor comprendió bien esas pasiones
que aún sobreviven, grabadas en estos inertes objetos,
a las manos que las tallaron y al corazón que las alimentó...
Y en el pedestal se leen estas palabras:
"Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes:
¡Contempla mis obras, poderoso, y desespera!"
Nada queda a su lado. Alrededor de la decadencia
de estas colosales ruinas, infinitas y desnudas,
a lo lejos se extienden las niveladas y solitarias arenas.»


I met a traveller from an antique land
Who said: "Two vast and trunkless legs of stone
Stand in the desert... Near them, on the sand,
Half sunk, a shattered visage lies, whose frown,
And wrinkled lip, and sneer of cold command,
Tell that its sculptor well those passions read
Which yet survive, stamped on these lifeless things,
The hand that mocked them, and the heart that fed:
And on the pedestal these words appear:
'My name is Ozymandias, king of kings:
Look on my works, ye Mighty, and despair!'
Nothing beside remains. Round the decay
Of that colossal wreck, boundless and bare
The lone and level sands stretch far away.


Percy Bysshe Shelley
(1792-1822)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Percy Bysshe Shelley.


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El análisis, traducción al español y resumen del poema de Percy Bysshe Shelley: Ozymandias (Ozymandias), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

1 comentarios:

Daniel Milano dijo...

Sin embargo, algo queda, gracias a la caja de resonancia del Arte. Y las sucesivas distorsiones hacen que eso que fue real una vez y el tiempo erosiona sin cesar hasta volverlo nada, pervive bajo la forma del mito.
Gracias por Shelley, Sebastián.



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