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«Thanatopsis»: William Cullen Bryant; poema y análisis.


«Thanatopsis»: William Cullen Bryant; poema y análisis.




Thanatopsis (Thanatopsis) es un poema del romanticismo del escritor William Cullen Bryant (1794-1878), escrito en 1811 y publicado en la antología de 1821: Poemas (Poems).

El título en latín: Thanatopsis, uno de los primeros poemas de William Cullen Bryant, significa «consideración sobre la muerte» [del griego thanatos, «muerte»; y opsis, «vista»], lo cual expresa cabalmente las intenciones del poema. Con tan solo diecisiete años, William Cullen Bryant nos entrega esta extraordinaria visión sobre la vida y, en especial, sobre cómo morir.

Thanatopsis aborda estos temas a través de la meticulosa descripción de un cadáver en descomposición, apenas uno entre miles de millones de cuerpos que han sido enterrados a lo largo de los siglos. Aunque se trata de una mirada ingeniosa, William Cullen Bryant se inspiró en las Baladas líricas (Lyrical Ballads) de William Wordsworth; y en La tumba (The Grave) de Robert Blair, entre otros poetas de cementerio [ver: El arte de la poesía sepulcral: análisis de «La Tumba»]

William Cullen Bryant escribió Thanatopsis para registrar sus angustias. Al dejar su pueblo natal [Cummington, Massachusetts] para cursar sus estudios de derecho, su padre descubrió un manuscrito en un cajón del escritorio de su hijo que contenía la primera versión del poema. Lejos de preocuparse por las lúgubres reflexiones de William, envió el poema a la revista North American Review [sin el conocimiento de su hijo], donde se publicó en la edición de septiembre de 1817.

Thanatopsis es un poema magnífico pero difícil de tragar. Presenta una versión romantizada de la muerte, cuando esta siempre es violenta. Si todas las cosas desean persistir en su ser, la vida quiere vivir, y lucha para perseverar incluso en condiciones irreversibles. La muerte no es romántica, pero así la dramatiza William Cullen Bryant, cuyo romanticismo juvenil queda absuelto por la poderosa construcción de imágenes increíblemente vívidas.

Thanatopsis comienza examinando el sentimiento de desesperación con el que la mayoría de la gente contempla a la Muerte, y encuentra paz al ver que esta es una parte más de la naturaleza. Para William Cullen Bryant, la Muerte no es discordante ni aleatoria, sino armónica. Al igual que la Vida, es parte de una esfera más grande de la existencia.

William Cullen Bryant emplea todos sus recursos para que experimentemos la desesperación que se desprende del conocimiento de la inevitabilidad de la Muerte. El Orador empieza describiendo una escena idílica, como si el mundo exterior reflejara su estado de ánimo alegre. De repente, esta paz es perforada por pensamientos aterradores. «Como una plaga» estos pensamientos «de la última hora amarga» perturban al Orador. Por supuesto, son pensamientos de muerte, que surgen repentinamente en los momentos de alegría para recordarte que algún día, quizás hoy, quizás dentro de muchos años, morirás. Unamuno también le puso voz a esta súbita irrupción de la idea de nuestra muerte en momentos de plenitud: «Contemplando el sereno campo verde o unos ojos claros, creo en mi porvenir; pero al punto la voz del misterio me susurra; ¡dejarás de ser!»

A partir de aquí, el Orador de Thanatopsis se torna más sombrío:


Pero en pocos días el sol que todo lo contempla
no se verá más en su curso; ni en el frío suelo
donde descansa tu pálida forma;
ni en las lágrimas ni en el abrazo del océano existirá tu imagen.
La tierra que te nutrió reclamará tu crecimiento,
para ser de nuevo tierra resuelta, y, perdido todo rastro humano,
entregando tu ser individual,
te mezclarás para siempre con los elementos,
serás hermano de la roca insensible.


El Orador entonces reflexiona sobre todas las personas que han muerto, primero dando cuenta de la inmensidad del reino de los muertos, cuyos habitantes superan en número a los vívos en una diferencia inconcebible: «Todos los que pisan el globo / son sólo unos pocos para las tribus que duermen en su seno». Al morir, nos unimos a este reino que no decrece. Todos lo haremos, desde los «patriarcas» de la antigüedad a los que aún no han nacido. Nadie escapa, «ni la matrona y la doncella, el niño mudo y el hombre de cabello gris».

El panorama se vuelve más desolador cuando el Orador nos recuerda que ninguna de las alegrías y placeres del vivir pueden continuar en el reino de los muertos. Todos, eventualmente, deben «dejar sus alegrías y sus goces». Las emociones no existen más allá de la tumba. De este modo, Thanatopsis nos arroja todo el peso de la mortalidad; no para atemorizar al lector, sino para reconocer que esa aguda punzada de miedo que acompaña a los pensamientos de muerte tiene una justificación. Es como si William Cullen Bryant nos empujara a pensar en el proceso de morir porque tales reflexiones son el primer paso para hacer las paces con la muerte.

En lugar de tratar con abstracciones, como Dios, las almas o el Cielo, Thanatopsis se enfoca en la naturaleza, en los objetos físicos que conforman el mundo material, como los árboles, los ríos y la tierra. William Cullen Bryant sugiere que los seres humanos no son tan diferentes de estas cosas, que cada muerto es «hermano de la roca». Aunque esta comparación parece simplista, la idea detrás se sincroniza con el pensamiento oriental: la muerte [de todo y de todos] derriba las diferencias y revela la unidad esencial de la naturaleza, en la que los humanos, la roca, el árbol, el río, están conectados. En este caso, lo que nos hace parecer diferentes de la roca es nuestra consciencia. En Thanatopsis, los muertos ya no son personas, porque morir implica la pérdida de «cada rastro humano». Solo así es posible mezclarse «para siempre con los elementos».

Es interesante que William Cullen Bryant haga esta distinción entre los estados de muerte y vida. Los vivos guardamos a nuestros muertos en la mente, pero estos, al haber vuelto a la unicidad de la naturaleza, lo tienen todo excepto mente. En cierto modo, la cultura humana es un esfuerzo maravilloso y vano por separarnos de la naturaleza, a la que regresaremos inevitablemente. De acuerdo con esta idea, cuando el Orador comienza a considerar a todas las personas que ya han muerto, el naturaleza se vuelve una colosal tumba ornamentada, un «poderoso sepulcro». Bajo esta luz, los aspectos más hermosos de la naturaleza no solo son ornamentos «para la gran tumba del hombre», sino manifestaciones de los difuntos.




Thanatopsis.
Thanatopsis, William Cullen Bryant (1794-1878)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


A quien por amor a la Naturaleza comulga
con sus formas visibles, ella le habla
un lenguaje diverso; para sus horas más alegres
tiene una voz de alegría, una sonrisa
y elocuencia de la belleza,
ella se desliza en sus cavilaciones más oscuras
con una simpatía suave y curativa
que nos roba la agudeza antes de que nos demos cuenta.
Cuando los pensamientos de la última hora amarga
lleguen como una plaga sobre tu espíritu,
y las tristes imágenes de la severa agonía,
y el sudario, y el velo, y la oscuridad sin aliento,
y la casa estrecha, te hagan estremecer y enfermen tu corazón;
colócate bajo el cielo abierto,
y escucha las enseñanzas de la Naturaleza,
mientras de todas partes
—la tierra y sus aguas, las profundidades del aire—
llega una voz apacible.

Pero en pocos días el sol que todo lo contempla
no se verá más en su curso; ni en el frío suelo
donde descansa tu pálida forma,
ni en las lágrimas ni en el abrazo del océano existirá tu imagen.
La tierra que te nutrió reclamará tu crecimiento,
para ser de nuevo tierra resuelta, y, perdido todo rastro humano,
entregando tu ser individual,
te mezclarás para siempre con los elementos,
serás hermano de la roca insensible y el terrón perezoso
que el rudo joven pisotea.
La encina echará sus raíces y traspasará tu moho.

Sin embargo, no te irás solo a tu lugar de descanso,
ni podrías desear un lecho más magnífico.
Te acostarás con los patriarcas del mundo infantil,
con los reyes, los poderosos de la tierra,
los sabios, los buenos, las bellas formas
y los ancianos videntes de edades pasadas,
todos en un poderoso sepulcro.
Las colinas, antiguas como el sol,
los valles que se extienden en medio de una quietud pensativa;
los bosques venerables, ríos que se mueven con majestuosidad,
y los arroyos quejumbrosos que hacen reverdecen los prados;
los residuos grises y melancólicos del viejo Océano,
no son más que los solemnes adornos de la gran tumba del hombre.

El sol de oro,
los planetas, toda la infinita hueste del cielo,
están brillando sobre las tristes moradas de la muerte
a través del silencioso lapso de los siglos.
Todos los que pisan el globo
son sólo unos pocos para las tribus que duermen en su seno.
Toma las alas de la mañana,
atraviesa el desierto de Barcan,
o piérdete en los bosques continuos donde corre el Oregón,
y no escucharás ningún sonido, salvo el tuyo,
sin embargo, los muertos están allí:
y millones en esas soledades,
desde que comenzó el vuelo de los años,
se han echado para su último sueño:
los muertos reinan solos.

Así descansarás, ¿y si te retiras en silencio de los vivos,
y ningún amigo se da cuenta de tu partida?
Todo lo que respira compartirá tu destino.
Los alegres se reirán cuando te hayas ido,
la cría solemne de la preocupación seguirá adelante,
y cada uno como antes perseguirá a su fantasma favorito;
sin embargo, todos estos dejarán su alegría y sus ocupaciones,
y vendrán y harán su lecho contigo.
Mientras el largo tren de las eras se desliza,
los hijos de los hombres, la juventud en la verde primavera de la vida,
y el que se va en la plenitud de los años,
la matrona y la doncella, el niño mudo y el hombre de cabello gris.
serán uno a tu lado, esperando a aquellos que los seguirán.

Vive de tal manera que, cuando llegue tu llamada
para unirte a la innumerable caravana
que se mueve hacia ese reino misterioso,
donde cada uno ocupará su habitación
en los silenciosos pasillos de la muerte,
no vayas como el esclavo de la cantera en la noche,
sino sostenido y aliviado por una confianza inquebrantable,
acércate a tu tumba, como quien se envuelve en las cortinas de su lecho
y se acuesta a sueños placenteros.


To him who in the love of Nature holds
Communion with her visible forms, she speaks
A various language; for his gayer hours
She has a voice of gladness, and a smile
And eloquence of beauty, and she glides
Into his darker musings, with a mild
And healing sympathy, that steals away
Their sharpness, ere he is aware. When thoughts
Of the last bitter hour come like a blight
Over thy spirit, and sad images
Of the stern agony, and shroud, and pall,
And breathless darkness, and the narrow house,
Make thee to shudder, and grow sick at heart;—
Go forth, under the open sky, and list
To Nature’s teachings, while from all around—
Earth and her waters, and the depths of air—
Comes a still voice—

Yet a few days, and thee
The all-beholding sun shall see no more
In all his course; nor yet in the cold ground,
Where thy pale form was laid, with many tears,
Nor in the embrace of ocean, shall exist
Thy image. Earth, that nourished thee, shall claim
Thy growth, to be resolved to earth again,
And, lost each human trace, surrendering up
Thine individual being, shalt thou go
To mix for ever with the elements,
To be a brother to the insensible rock
And to the sluggish clod, which the rude swain
Turns with his share, and treads upon. The oak
Shall send his roots abroad, and pierce thy mould.

Yet not to thine eternal resting-place
Shalt thou retire alone, nor couldst thou wish
Couch more magnificent. Thou shalt lie down
With patriarchs of the infant world—with kings,
The powerful of the earth—the wise, the good,
Fair forms, and hoary seers of ages past,
All in one mighty sepulchre. The hills
Rock-ribbed and ancient as the sun,—the vales
Stretching in pensive quietness between;
The venerable woods—rivers that move
In majesty, and the complaining brooks
That make the meadows green; and, poured round all,
Old Ocean’s gray and melancholy waste,—
Are but the solemn decorations all
Of the great tomb of man.
The golden sun,
The planets, all the infinite host of heaven,
Are shining on the sad abodes of death,
Through the still lapse of ages. All that tread
The globe are but a handful to the tribes
That slumber in its bosom.—Take the wings
Of morning, pierce the Barcan wilderness,
Or lose thyself in the continuous woods
Where rolls the Oregon, and hears no sound,
Save his own dashings—yet the dead are there:
And millions in those solitudes, since first
The flight of years began, have laid them down
In their last sleep—the dead reign there alone.
So shalt thou rest, and what if thou withdraw
In silence from the living, and no friend
Take note of thy departure? All that breathe
Will share thy destiny. The gay will laugh
When thou art gone, the solemn brood of care
Plod on, and each one as before will chase
His favorite phantom; yet all these shall leave
Their mirth and their employments, and shall come
And make their bed with thee. As the long train
Of ages glide away, the sons of men,
The youth in life’s green spring, and he who goes
In the full strength of years, matron and maid,
The speechless babe, and the gray-headed man—
Shall one by one be gathered to thy side,
By those, who in their turn shall follow them.

So live, that when thy summons comes to join
The innumerable caravan, which moves
To that mysterious realm, where each shall take
His chamber in the silent halls of death,
Thou go not, like the quarry-slave at night,
Scourged to his dungeon, but, sustained and soothed
By an unfaltering trust, approach thy grave,
Like one who wraps the drapery of his couch
About him, and lies down to pleasant dreams.


William Cullen Bryant
(1794-1878)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas del romanticismo.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de William Cullen Bryant: Thanatopsis (Thanatopsis), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Un sueño»: William Blake; poema y análisis.


«Un sueño»: William Blake; poema y análisis.




Un sueño (A Dream) es un poema del romanticismo del escritor inglés William Blake (1757-1827), publicado en la antología de 1789: Cantos de inocencia y experiencia (Songs of Innocence and of Experience).

Un sueño, uno de los poemas de William Blake menos conocidos, es también una de sus piezas más diáfanas. Aquí, el autor perfila los conflictos internos de una madre [hormiga] perdida en la noche.

El tema del extravío está presente en el personaje de Emmet, que parece un nombre propio pero en realidad es una palabra del Inglés Antiguo que significa «hormiga» [así la hemos traducido]. Sin embargo, no se trata de una hormiga cualquiera. William Blake le otorga el privilegio de las mayúsculas para mostrar su personificación. El concepto de guía y protección también aparece a lo largo de El Sueño como un medio para regresar a un estado de inocencia perdida. De eso se trata este hermoso poema de William Blake: el retorno a la inocencia a partir de la experiencia.

Un Niño sueña con mundo en miniatura repleto de amigables insectos que se ayudan mutuamente; sin embargo, la situación es desesperada: una hormiga va en busca de sus hijos perdidos:


Una vez un sueño tejió una sombra
sobre mi lecho que un ángel protegía:
era una Hormiga que se había extraviado
en la hierba donde yo creía que estaba.
Confundida, perpleja, desesperada,
oscura, por tinieblas cercada, exhausta,
en la extendida maraña tropezaba;
desconsolada, le escuché decir:
«¡Oh, hijos míos! ¿Acaso lloran?
¿Oirán cómo suspira su padre?
¿Acaso rondan por ahí para buscarme?
¿Acaso regresan y sollozan por mí?»
Compadecido, solté una lágrima;
pero cerca vi una luciérnaga,
que respondió: «¿Qué lamento humano
convoca al guardián de la noche?
Me corresponde iluminar la arboleda
mientras el escarabajo hace su ronda:
sigue ahora el zumbido del escarabajo;
pequeña vagabunda, vuelve pronto a casa.


El Niño [el soñador] demuestra su sensibilidad al dejar caer una lágrima. En su inocencia no es capaz de soportar el dolor de la hormiga. Luego, el poema da un giro, y es la Hormiga quien se extravía, desamparada en medio de la noche. Entonces se encuentra con la luciérnaga, que en el sueño del Niño tiene el deber de iluminar el camino de los demás insectos; es, en definitiva, el «guardián de la noche». Otro habitante de este sueño es el escarabajo que va en su ronda nocturna. La luciérnaga le pide la hormiga que regrese a casa siguiendo el zumbido del escarabajo.

El Narrador es el Niño que tiene el sueño, ya no con la inocencia de antaño, sino con experiencia. En otras palabras, es la experiencia la que proyecta los incidentes del sueño de la inocencia. Sin embargo, y a pesar de la aparente simpleza del sueño, todo el drama humano se encuentra plasmado en la situación: la Hormiga está confundida y atrapada en la trampa de la noche. Está llorando por sus hijos perdidos y está preocupada por su esposo. El Niño que simpatiza con la Hormiga no es, digamos, un ejemplo típico de la infancia. Un chico común y corriente es capaz de pisotear un hormiguero o ensartar a un escarabajo y seguir adelante con su día como si nada hubiera ocurrido. Este Niño en particular empatiza con una hormiga. Es, en toda regla, un soñador.

En calidad de soñador, el Niño es capaz de ver que incluso los insectos [hormigas, luciérnagas y escarabajos] están dotados de virtudes divinas, y por lo tanto cumplen un papel en el plan divino. Y así como la luciérnaga ilumina el camino de los demás insectos, el Niño también está siendo protegido en su cama por un ángel. Pero si la luciérnaga puede considerarse como un equivalente natural de los ángeles en el diminuto mundo de los insectos, las hormigas y los humanos comparten el destino de estar perdidos en la noche. El escarabajo, más terrenal que la luciérnaga, también guía el camino de las hormigas que vagan en la noche a través de su canturreo.

Un Sueño de William Blake, en su simpleza, se abre en varias capas simbólicas. Las hormigas pueden ser los seres humanos perdidos en la noche de la existencia terrenal, o quizás son un símbolo del alma perdida que es conducida a su hogar [Dios] por la luz de sus ángeles y el canturreo de los sabios.

La Hormiga [Emmet] es inocente, pero también se puede percibir en ella un toque de experiencia: tiene miedo de su entorno [conoce los peligros porque los ha experimentado] y parece cansada [producto de esas experiencias]. Indudablemente, la Hormiga ha experimentado algunas dificultades más allá de la inocencia general del sueño. La resolución del dilema en el que se encuentra [encontrar a sus hijos perdidos] se logra únicamente a través de la cooperación con los demás [la empatía del narrador, el rescate de la luciérnaga y la guía del escarabajo].

Todo esto es cierto, y basta leer el poema para percibirlo, pero creo que hay algo más en Un Sueño. En el comienzo, el poema de William Blake transmite una sensación de abstracción al describir el sueño como tejiendo «una sombra» sobre la cama del Niño, que está custodiada por ángeles, guardianes de la inocencia. Este es el verdadero escenario de la historia: la cama, incluida la de William Blake, probablemente el lugar donde la imaginación puede expandirse al máximo, dando lugar a sueños y pesadillas que expresan de manera simbólica [como la poesía] cuestiones muy profundas.

Ahora bien, el Niño-Soñador está acostado en la cama, pero en el sueño la cama se convierte en un lecho de hierba, donde la Hormiga tropieza desconsoladamente mientras busca a sus hijos. El motivo de la madre que busca a sus hijos perdidos es relativamente común en la poesía y el mito, pero en este caso la Madre también está perdida. Creo que aquí William Blake intenta decirnos algo. Parece que es el adulto [la Madre] quien está perdido esta vez, buscando un camino de regreso a la inocencia mientras carga el peso de la experiencia. Para William Blake la infancia no es simplemente un estado que precede a la [supuesta] sabiduría adulta, sino el núcleo de toda la experiencia humana. De este modo, William Blake invierte... mejor dicho, redirige el patrón místico de la búsqueda y la esperanza de una vida mejor en el más allá en un anhelo por la infancia.




Un sueño.
A Dream, William Blake (1757-1827)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Una vez un sueño tejió una sombra
sobre mi lecho que un ángel protegía:
era una Hormiga que se había extraviado
en la hierba donde yo creía que estaba.

Confundida, perpleja, desesperada,
oscura, por tinieblas cercada, exhausta,
en la extendida maraña de rocío tropezaba;
desconsolada, le escuché decir:
«¡Oh, hijos míos! ¿Acaso lloran?
¿Oirán cómo suspira su padre?
¿Acaso rondan por ahí para buscarme?
¿Acaso regresan y sollozan por mí?»

Compadecido, solté una lágrima;
pero cerca vi una luciérnaga,
que respondió: «¿Qué lamento humano
convoca al guardián de la noche?

Me corresponde iluminar la arboleda
mientras el escarabajo hace su ronda:
sigue ahora el zumbido del escarabajo;
pequeña vagabunda, vuelve pronto a casa.


Once a dream did weave a shade,
O'er my Angel-guarded bed,
That an Emmet lost it's way
Where on grass methought I lay.

Troubled wilderd and forlorn
Dark benighted travel-worn,
Over many a tangled spray
All heart-broke I heard her say.

O my children! do they cry
Do they hear their father sigh.
Now they look abroad to see,
Now return and weep for me.

Pitying I dropp'd a tear:
But I saw a glow-worm near:
Who replied. What wailing wight
Calls the watchman of the night.

I am set to light the ground,
While the beetle goes his round:
Follow now the beetles hum,
Little wanderer hie thee home.


William Blake
(1757-1827)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de William Blake.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de William Blake: Un sueño (A Dream), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El Tigre»: William Blake; poema y análisis.


«El Tigre»: William Blake; poema y análisis.




El Tigre (The Tyger) es un poema del romanticismo del escritor inglés William Blake (1757-1827), publicado en 1794 como parte de los Cantos de inocencia y experiencia (Songs of Innocence and of Experience).

Para analizar El Tigre, uno de los mejores poemas de William Blake, primero es necesario quitar del camino los lugares comunes. Hagámoslo rápido: se dice que es un poema que formula algunas inquietudes teológicas [como la inutilidad de darle un sentido simple a Dios], que debe entenderse en el contexto de la Revolución Francesa, etc; lo cual es cierto. También que William Blake es un autor poco convencional, aislado incluso del movimiento literario predominante en su tiempo: el Romanticismo. Mientras los románticos adoraban a la naturaleza, William Blake encontraba la belleza en el interior del ser.

El hecho de que no exista acuerdo sobre el significado de El Tigre es quizás un tributo a la complejidad del pensamiento de William Blake. El problema, creo, surge cuando se analiza el poema tratando de buscar algo que revele la naturaleza de su autor. William Blake simplemente está haciendo grandes preguntas para las que él, por supuesto, no tiene respuestas. Estas grandes preguntas tienen que ver con la idea del Mal, y la dificultad de reconciliar la noción de un Dios omnipotente y benévolo con la presencia del Mal en el mundo.

El Tigre de William Blake comienza con una pregunta directa dirigida a un tyger. Uno podría pensar que se trata de un animal real, impresionante en tamaño y fuerza, pero el hecho de que el título del poema acentúe la excentricidad de la criatura al sustituir la letra «i» por la menos común «y» es un indicio de que no estamos ante un tigre cualquiera, sino la de una figura que no debe tomarse literalmente. Su poderoso impacto en el narrador es evidente desde las primeras líneas:


Tigre, tigre, brillo ardiente
en los bosques de la noche,
¿qué mano inmortal, qué ojo
pudo forjar tu terrible simetría?


La referencia a «los bosques de la noche» es un recordatorio del primer Canto de La Divina Comedia de Dante Alighieri. Antes de su encuentro con Virgilio, el narrador declara: «Me encontré dentro de un bosque oscuro, / porque el camino recto se había perdido». La imagen de los oscuros senderos del bosque genera la impresión de estar perdido, o al menos desviado del rumbo correcto. Sin embargo, en la noche de la incertidumbre aparece el Tigre con su «brillo ardiente», tal vez una guía, una luz en la oscuridad.

El Narrador de William Blake, en lugar de mirar introspectivamente, busca una respuesta en el mundo exterior para darse una idea de quién es el creador del Tigre. Lo que imagina es un ser inmortal que, como mínimo, tiene la fuerza para trascender el tiempo a través de su obra [el Tigre]. Entonces surge la pregunta: «¿qué mano inmortal, qué ojo pudo forjar tu terrible simetría?»; es decir, la «mano» del escritor y el «ojo» de la imaginación para concebir una obra [un poema sobre el Tigre] con su «terrible simetría»?

En este punto, la mayoría de las interpretaciones sobre El Tigre de William Blake viran hacia un significado teológico, y si bien acaso sea imposible eludir por completo las creencias que pudo haber tenido el autor, personalmente siento [más que creer con fundamentos] que está hablando de otra cosa. De todos modos, el Narrador continúa con una serie de preguntas retóricas sobre el Creador [el Artista-Dios] y la posible intención detrás del obra [el poema-Tigre]


¿En qué distantes abismos, en qué cielos
ardió el fuego de tus ojos?
¿En qué alas atrevidas te elevaste?
¿Qué mano audaz osó tomar ese fuego?
¿Y qué hombro, qué arte
pudo torcer las fibras de tu corazón? Y al comenzar a latir,
¿qué mano temerosa, qué pie?


A pesar de reconocer la separación temporal entre el Creador-Autor y el lector, el Narrador no logra conectarse con el poema que tiene frente a él [o ella], con el Tigre, y en su lugar deambula por lejanas posibilidade teológicas, por «cielos» y «distantes abismos» en busca de respuestas que puedan brindarle una explicación de la grandeza del Tigre-Poema. ¿Cuáles eran las aspiraciones del Creador-Poeta, las «alas» que esperaba dar a su obra? ¿Y cómo pudo tener la audacia y el coraje de tomar y controlar el «el fuego» creador? Con estas dos preguntas el narrador de William Blake decididamente se desvía del «camino recto» del narrador de Dante, porque el deseo de intelectualizar la intención autoral se apodera de toda la interpretación.

Además, la siguiente estrofa introduce referencias a algunas de las partes del cuerpo del Creador, agregando un «hombro» y «pies» a su mano y ojo, como si el narrador solo pudiera vislumbrar fragmentos de la personalidad del autor y admirar su Tigre [su obra] basado en pistas aisladas e inconexas. Sin comprender que la imagen evocada será distorsionada y mezclada con su propia experiencia, personalidad e ideología, el Narrador [lector] asume un rol pasivo, contentándose con observar en lugar de recrear el poema. En consecuencia, continúa preguntándose sobre las «fibras» del «corazón» palpitante del Tigre-Poema y, por lo tanto, sobre las emociones que el autor pudo haber tenido e invertir en él.

La suposición aquí es que, debido a que el Tigre es tan impresionante y temible, la entidad que le dio vida debe ser aún más grandiosa. El Narrador tiene la impresión de que la creación está completa y su papel es simplemente dar un paso atrás, contemplarla y cantar su belleza, sin cuestionar por qué el Tigre se ve bajo esta luz y no otra, sin considerar la posibilidad de que el Tigre-Poema, en lugar de reflejar a su autor, podría estar reflejando al lector.

Para lograr una imagen más concreta y física del Creador-Autor, en narrador lo imagina como un herrero que forja sus palabras:


¿Qué martillo, qué cadena,
en qué horno se templó tu cerebro?
¿En qué yunque? ¿Qué terribles garras
osaron dominar el terror más implacable?


Así, en lugar del lápiz y el papel, los instrumentos del Creador son el «martillo», la «cadena», el «horno» y el «yunque», que dan cuenta de la enormidad del esfuerzo y la energía puesta en la creación de la obra, así como la naturaleza compleja del proceso de escritura.

El «cerebro» del Tigre aparece como una metáfora del razonamiento detrás del poema, mientras que el horno puede representar la fuerza creativa del autor que funde y forja conceptos y rimas según su propio calor personal. En este contexto, el título del poema es engañoso porque el énfasis no está en el Tigre, como cabría esperar, sino en la naturaleza de su creador. Por lo tanto, los elogios del Narrador no se dirigen en realidad a la belleza y espanto del Tigre-Poema, sino hacia las cualidades de su hacedor.

Todos los elementos que componen al Tigre [«ojos», «corazón» y «cerebro»] están cuidadosamente controlados. De este modo, como Mary Shelley trabajó en su Frankenstein, juntando partes del cuerpo solo para perder el control sobre su creación una vez que estuvo terminada, el Tigre de William Blake necesita un observador, una conciencia, un lector que lo vista con su imaginación. De otra manera es solo un monstruo inanimado e informe.

Si bien el universo, representado por las estrellas, es impotente frente al Tigre, ya que no puede abarcar ni al Creador ni a la Creación, el narrador aún espera arrojar un poco de luz sobre el carácter del autor:

Cuando las estrellas arrojaron sus lanzas
y bañaron los cielos con sus lágrimas,
¿sonrió al ver Su obra?
Él, que hizo al Cordero, ¿también te hizo?


Las «estrellas» se presentan aquí como un ejército derrotado. Si bien nuestra traducción dice que «arrojaron sus lanzas», tal vez generando la impresión de que están atacando, el original [threw down their spears] implica que bajaron las armas, quizás reconociendo que no son lo suficientemente poderosas para mantener cautivo al Tigre dentro de un marco de pura lógica. Sus «lágrimas» son signos de dolor y frustración por haber renunciado a la lucha por captar el significado del Tigre-Poema.

En apariencia, el Tigre es libre, pero al mismo tiempo está cautivo, incluso esclavizado por la búsqueda inflexible del Narrador por descubrir el carácter del Creador, por saber si el artista quedó satisfecho, si «sonrió al ver Su obra». La «simetría» no solo es una característica «terrible» del Tigre, sino que se erige como una evidencia de la redundancia de las interpretaciones del Narrador:


Tigre, tigre, brillo ardiente
en los bosques de la noche,
¿qué mano inmortal, qué ojo
se atrevió a forjar tu terrible simetría?



El final de El Tigre de William Blake es casi idéntico a su comienzo, con la excepción de la palabra could [«pudo»] reemplazada por la mucho más fuerte dare [«atrever»]. La pregunta ahora ya no es cómo el Creador pudo tener la habilidad de construir algo tan poderoso como el Tigre, sino cómo tuvo la audacia de hacerlo. Sin embargo, este cambio no afecta al Narrador, ya que su interés sigue estando en el Creador-Autor, en su intención, no en la reunión de su obra con el lector. En otras palabras, el Narrador ha estado haciendo las preguntas equivocadas. Todavía está perdido en «los bosques de la noche», sin haber hecho ningún progreso desde el comienzo del poema.

La interpretación estándar de El Tigre de William Blake tiene que ver con el Mal, o mejor dicho, con la naturaleza de Dios, que siendo [supuestamente] omnipotente y misericordioso fue capaz de crear al Tigre y al cordero que sería devorado por él. Sin embargo, esto es derribado por el propio William Blake, que realizó un dibujo que acompaña al poema [ver izq.]. Este tigre no tiene casi nada en común con el Tigre del poema. En primer lugar, parece estar caminando, sin preparar un ataque y sin inspirar miedo, mucho menos terror. En segundo lugar, el tigre del dibujo tiene una expresión pacífica, mansa, como la de un animal domesticado, que definitivamente no induce asombro y espanto en un salvaje despliegue de colmillos y garras, sino que muestra simpatía, incluso sumisión, manteniendo la cola baja y las orejas hacia atrás. La diferencia entre el Tigre del poema y el del grabado demuestra, una vez más, cómo la perspectiva del lector puede modificar la realidad. En última instancia, la representación del Tigre [en términos de obra artística] no depende de las intenciones del Creador-Autor, sino de la experiencia subjetiva del lector.




El Tigre.
The Tyger, William Blake (1757-1827)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Tigre, tigre, brillo ardiente
en los bosques de la noche,
¿qué mano inmortal, qué ojo
pudo forjar tu terrible simetría?
¿En qué distantes abismos, en qué cielos
ardió el fuego de tus ojos?
¿En qué alas atrevidas te elevaste?
¿Qué mano audaz osó tomar ese fuego?
¿Y qué hombro, qué arte
pudo torcer las fibras de tu corazón? Y al comenzar a latir,
¿qué mano temerosa, qué pie?
¿Qué martillo, qué cadena,
en qué horno se templó tu cerebro?
¿En qué yunque? ¿Qué terribles garras
osaron dominar el terror más implacable?
Cuando las estrellas arrojaron sus lanzas
y bañaron los cielos con sus lágrimas,
¿sonrió al ver Su obra?
Él, que hizo al Cordero, ¿también te hizo?
Tigre, tigre, brillo ardiente
en los bosques de la noche,
¿qué mano inmortal, qué ojo
se atrevió a forjar tu terrible simetría?


Tyger Tyger, burning bright,
In the forests of the night;
What immortal hand or eye,
Could frame thy fearful symmetry?

In what distant deeps or skies,
Burnt the fire of thine eyes?
On what wings dare he aspire?
What the hand, dare sieze the fire?

And what shoulder, and what art,
Could twist the sinews of thy heart?
And when thy heart began to beat,
What dread hand? And what dread feet?

What the hammer? what the chain,
In what furnace was thy brain?
What the anvil? what dread grasp,
Dare its deadly terrors clasp!

When the stars threw down their spears
And water'd heaven with their tears:
Did he smile his work to see?
Did he who made the Lamb make thee?

Tyger Tyger burning bright,
In the forests of the night:
What immortal hand or eye,
Dare frame thy fearful symmetry?


William Blake
(1757-1827)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de William Blake.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de William Blake: El Tigre (The Tyger), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Ozymandias»: Percy Bysshe Shelley; poema y análisis.


«Ozymandias»: Percy Bysshe Shelley; poema y análisis.




Ozymandias (Ozymandias) es un poema del romanticismo del escritor inglés Percy Bysshe Shelley (1792-1822), publicado originalmente en la edición del 11 de julio de 1818 del periódico semanal The Examiner con el seudónimo Glirastes [del latín glīs, «lirón»; y el sufijo griego erastēs, «amante»], en referencia a la esposa del autor, Mary Shelley, apodada cariñosamente «lirón». El poema sería reeditado en la antología de 1823: Rosalind y Helen, Una égloga moderna; con otros poemas (Rosalind and Helen, A Modern Eclogue; with Other Poems), y en la colección póstuma: Poemas escogidos de Percy Bysshe Shelley (Selected Poems of Percy Bysshe Shelley)

Ozymandias, uno de los mejores poemas de Percy Bysshe Shelley, nos brinda una mirada inquietante sobre el horror existencial de la impermanencia. Incluso los hombres más renombrados, y los poderosos imperios que han forjado, están destinados a ser barridos hacia el olvido.

Ozymandias era el nombre que le dieron los griegos al faraón Ramsés II [1303–1213 a. C.], derivado de su nombre de trono, Usermaatre. En 1817, Percy Byshee Shelley comenzó a escribir el soneto después de que el Museo Británico adquiriera un fragmento de cabeza y torso de una estatua de Ramsés II, que data del siglo XIII a. C. El poema parafrasea la inscripción en la base de la estatua, dado por Diodoro Sículo en su Bibliotheca Historica: «Yo soy el rey de reyes, Ozymandias. Si alguien quiere saber cuán grande soy y dónde yazgo, que supere alguna de mis obras». En el soneto de Percy Byshee Shelley, Diodoro Sículo se convierte en «un viajero de una tierra antigua».

Tal vez lo más emocionante de este poema es la capacidad de Percy Bysshe Shelley para crear una imagen tan evocadora sin haber visto la estatua sobre la que escribió. La inspiración que recibió de la estatua de Ramsés II surgió de lo que pudo leer y escuchar sobre ella.

En apariencia, Ozymandias es un soneto muy sencillo; sin embargo, presenta varias capas que resuenan como ecos del pasado. El poema comienza con el narrador en primera persona, anónimo [probablemente el propio Percy Shelley], quien nos dice que conoció a «un viajero de una tierra antigua» [Diodoro Sículo], el cual le contó la historia del rey Ozymandias. De repente, el soneto cambia a la tercera persona, al viajero. También hay una tercera voz, la del propio Ozymandias, ya que sus propias palabras están escritas en el pedestal: «Mi nombre es Ozymandias, Rey de Reyes; ¡Contempla mis obras, poderoso, y desespera!». Esta pluralidad de voces y tiempos sutilmente entrelazados en un soneto es realmente extraordinaria.

El epíteto de Ozymandias [«Rey de Reyes»] parece arrogante desde una perspectiva occidental moderna, tal vez porque es uno de los epítetos de Cristo en los mitos bíblicos; no obstante, este era un título común otorgado a los faraones. Los lectores de Percy Bysshe Shelley probablemente entendieron el término en un contexto más bíblico que histórico, quizás como un rasgo de narcicismo, incluso de blasfema arrogancia; sin embargo, Ozymandias solo está diciendo que él es quien manda en Egipto.

Percy Bysshe Shelley era un poeta romántico, y en calidad de tal sus poemas a menudo tratan el tema de la naturaleza como una poderosa fuerza que, en comparación, nos hace ver insignificantes. En este sentido, es lícito suponer que las «solitarias arenas» del desierto que devoran el imperio de Ozymandias son una afirmación de que la naturaleza prevalece al final, y que el esfuerzo humano, por colosal que sea, siempre es efímero.

El Viajero describe la estatua desmoronada de Ozymandias, abandonada para ser tragada por las arenas, enfatizando su tamaño, refiriéndose a ella como «colosal» y «enorme». Al principio esta descripción crea una sensación de grandeza, pero más adelante sirve para establecer que los logros mas notables se perderán en el tiempo. Si bien el cabeza de la estatua todavía transmite algo de la naturaleza de Ozymandias al conservar la «mueca de frío mando» del faraón, en última instancia refuerza la impermanencia de las obras humanas. Al describir la habilidad del escultor, el Narrador comienza a construir la «desesperación» central del poema. Ni el poder de un Rey de Reyes [Ozymandias] ni la habilidad de un artista [el escultor] permiten que el monumento sobreviva la prueba del tiempo.

Percy Bysshe Shelley es inteligente al distanciar al lector de Ozymandias. No describe al rey, sino que presenta al Narrador que escucha a un Viajero hablar de una estatua que vio en el desierto. Esta separación es fundamental para el sentido de impermanencia en Ozymandias. Si el soneto expusiera al lector a la grandeza de Ozymandias, podría darle un sentido de significado a las obras del rey. En cambio, el poema revela la naturaleza efímera del poder y el arte al separar al lector tanto del rey como de su estatua. A pesar de que Ozymandias era lo suficientemente poderoso como referirse a sí mismo como un Rey de Reyes, el Narrador solo escucha de él por casualidad. Si el Narrador no hubiera conocido al Viajero, y este no hubiera encontrado la estatua, es posible que el primero nunca hubiera oído hablar de Ozymandias, y mucho menos experimentado los vestigios de su antiguo poder.

No creo que el final de Ozymandias tenga la intención de dejarnos una gran lección moral. La lección está ahí, implícita, pero lo que se destaca es una sensación general de vacío, incluso de inutilidad. Si incluso un gran faraón como Ozymandias termina siendo insignificante con el transcurso del tiempo, ¿qué puede esperar el lector de su propia impermanencia? Percy Bysshe Shelley parece aceptar este hecho sombrío: aunque su poema pueda sobrevivir durante los siglos venideros, él no lo hará.

A pesar de esta mirada sombría, Ozymandias también trata la supervivencia de la creatividad en contraste con la fugacidad de la tiranía. Gracias al arte, sólo ha sobrevivido la arrogancia de Ozymandias. De hecho, la jactanciosa declaración: «¡Contempla mis obras, poderoso, y desespera!» se cumple en toda regla, pero no de la manera que hubiese querido el faraón: su estatua nos produce desesperación, pero no por sus logros incomparables, sino porque nos recuerda que compartirmos su inevitable destino de olvido.




Ozymandias.
Ozymandias, Percy Bysshe Shelley (1792-1822)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Conocí a un viajero de una tierra antigua
quien dijo: «dos enormes piernas pétreas, sin su tronco,
se yerguen en el desierto... A su lado, en la arena,
semihundido, yace una cabeza hecha pedazos, cuyo ceño,
labio arrugado, y desdeñosa mueca de frío mando,
cuentan que su escultor comprendió bien esas pasiones
que aún sobreviven, grabadas en estos inertes objetos,
a las manos que las tallaron y al corazón que las alimentó...
Y en el pedestal se leen estas palabras:
"Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes:
¡Contempla mis obras, poderoso, y desespera!"
Nada queda a su lado. Alrededor de la decadencia
de estas colosales ruinas, infinitas y desnudas,
a lo lejos se extienden las niveladas y solitarias arenas.»


I met a traveller from an antique land
Who said: "Two vast and trunkless legs of stone
Stand in the desert... Near them, on the sand,
Half sunk, a shattered visage lies, whose frown,
And wrinkled lip, and sneer of cold command,
Tell that its sculptor well those passions read
Which yet survive, stamped on these lifeless things,
The hand that mocked them, and the heart that fed:
And on the pedestal these words appear:
'My name is Ozymandias, king of kings:
Look on my works, ye Mighty, and despair!'
Nothing beside remains. Round the decay
Of that colossal wreck, boundless and bare
The lone and level sands stretch far away.


Percy Bysshe Shelley
(1792-1822)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Percy Bysshe Shelley.


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El análisis, traducción al español y resumen del poema de Percy Bysshe Shelley: Ozymandias (Ozymandias), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Amor y locura»: Charlotte Dacre; poema y análisis.


«Amor y locura»: Charlotte Dacre; poema y análisis.




Amor y locura (Love And Madness) es un poema gótico de la escritora inglesa Charlotte Dacre (1771-1825), publicado en la antología de 1805: Horas de soledad (Hours of Solitude), y firmado con el seudónimo «Rosa Matilda», una clara referencia a la femme fatale de la novela de Matthew Lewis: El Monje (The Monk).

Amor y locura, uno de los mejores poemas de Charlotte Dacre, versisifica la historia de un caminante que se encuentra con el fantasma de una mujer, aparentemente atrapada en un incesante vagabundeo por un páramo.

Las mujeres fatales de Charlotte Dacre fallan [consistente e intencionalmente] en encarnar las diferencias sexuales «naturales» planteadas por el Romanticismo, por lo general, degenerando físicamente; es decir, no materializándose como los lectores masculinos querrían que lo hicieran. Aunque las antiheroínas de Charlotte Dacre [sobre todo en Zofloya] son castigadas por ser modelos inadecuados para el comportamiento femenino, casi siempre terminan alcanzando un estatus superior, no moralmente, sino en términos de depravación. En otras palabras, las mujeres de Charlotte Dacre, como la que podemos encontrar en Amor y locura, celebran la misma depravación que, en apariencia, parecen condenar.

De este modo, Charlotte Dacre explora dimensiones desconocidas del cuerpo femenino [ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico]. Si el héroe gótico se define típicamente por su marginación de la sociedad y sus normas, y se caracteriza por el exceso, el individualismo y la transgresión, las mujeres de Charlotte Dacre dan un paso más allá, y se identifican con la autoaniquilación.

Para Charlotte Dacre, que repudiaba el moralismo burgués de su época, la poesía era una herramienta para explorar procesos mentales tortuosos; es decir, la locura [ver: En el Manicomio: la locura en la ficción gótica]. Mientras los poetas del romanticismo utilizaron la lírica confesional para expresar la desintegración del yo, Charlotte Dacre empleó la subjetividad de la primera persona, a menudo oscurecida por el morbo y la perversión, para presentar algo completamente nuevo.




Amor y locura.
Love And Madness, Charlotte Dacre (1771-1825)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Sobre el páramo una bella dama
andaba tristemente;
su rostro era pálido, su pecho desnudo,
dulce cantaba, aunque locamente:

«Una vez tuve un amante, créeme,
sus ojos azules brillaban suavemente;
pero se ha ido, ¿qué puedo elegir sino la aflicción?
Está perdido, y yo deambulando salvajemente.

«¡Extraño, no me mires!
¿Qué descubrirías?
Yo tenía una hermana serpiente,
ella fue quien robó a mi amante.

«¡Extraño, no llores por mí!
Ya he pasado el lamento;
el conflicto que crees ver
es orgullo, mi amor desdeñando.

«Pero este conflicto no durará,
no más allá de mañana;
atravieso tan rápido la hora ociosa de la vida
que dejo mi dolor atrás.

«Adiós, estraño! ¡Adiós!
Aquí no puedo pensar:
¡Escucha la campana!
La muerte está esperando.

«En una perspectiva tenue, mira,
observa su figura sombría, inclinada
sobre un pequeño lugar para mí destinado:
fantasmas pálidos y en círculo asisten.

De repente se volvió, su mente herida
con un frenesí más salvaje.
«¡Adiós!», se demoró en el viento,
mi alma inspirada de pena.

¡Dulce maníaca! No sé,
aunque triste y lúgubre fue tu suerte,
si ahora no eres más dichosa,
cansada de sufrir penas.


Over the moor a lady fair
Took her way so sadly;
Her face was pale, her bosom bare,
Sweet she sung, though madly:

"I had a lover once, believe me,
His blue eyes shone so mildly;
He's gone, and can I choose but grieve me?
He's lost, and I wander wildly.

"Stranger, do not look on me!
What would you discover?
I had a serpent sister—she
It was who stole my lover.

"Stranger, do not weep for me!
I am past complaining;
The struggle that you think you see
Is pride my love disdaining.

"But this struggle will not last,
Not beyond tomorrow;
Life's idle hour I pass so fast,
I leave behind my sorrow.

"Farewell, stranger—now farewell!
Here I cannot ponder—
Hark, I hear the warning bell!
Death is waiting yonder.

"In dim perspective, see, oh! see
His shadowy figure bending
O'er a small spot meant for me—
Round pale ghosts attending."

Sudden she turn'd, her wounded mind
With wilder frenzy firing—
"Farewell!" linger'd on the wind,
My soul with grief inspiring.

Maniac sweet! I do not know,
Though sad thy lot and dreary,
If happier still thou art not, so,
Than of reas'ning sorrows weary.


Charlotte Dacre
(1771-1825)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Charlotte Dacre.


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La primera Vampiresa moderna: análisis de «La Novia de Corinto» de Goethe.


La primera Vampiresa moderna: análisis de «La Novia de Corinto» de Goethe.




En el poema de 1797: La novia de Corinto (Die Braut von Corinth), Goethe introduce la figura del Vampiro como uno de los primeros agentes de su concepto de Weltliteratur [«literatura mundial»]; es decir, el Vampiro como un motivo que atraviesa todas las culturas y naciones. En este contexto, la Vampiresa de La novia de Corinto desafía la división cultural entre las religiones cristiana y pagana. En cambio, el poema se ofrece como una mirada universal sobre el encuentro traumático con lo insondable.

Esto significa que La novia de Corinto es uno de los primeros poemas en abordar seriamente la figura del Vampiro. Como sucede en Lenore (Lenore) [Gottfried August Bürger], Goethe evita cuidadosamente el uso de la palabra «vampiro», aunque él mismo se refería a La novia de Corinto como un «poema vampírico» [vampyrisches gedicht]. Dicho de otro modo, Goethe fue el primer escritor en hacer respetable la figura del Vampiro en la literatura [ver: Poemas de vampiros]

Ahora bien, La novia de Corinto de Goethe está inspirado en un predecesor clásico: Flegón de Tralles y su obra Fragmenta Historicorum Graecorum [aprox. 130 d. C.]. Allí se relata la historia del joven Machates y su novia no-muerta, Philinion, que regresa de la tumba para pasar las noches con su amado. Esta historia fue reelaborada por Goethe y trasladada al marco de la Ilustración. En términos filosóficos, La novia de Corinto puede verse como un alegato contra los aspectos ascéticos del cristianismo cuando se los contrasta con el dionisiaco joi-de-vivre del paganismo [ver: Carmilla, Lucy y Helen: el monstruo femenino como figura de resiliencia]

Por lo tanto, el relato de Goethe sobre el regreso a la vida de una chica muerta está muy lejos del motivo del «amor más allá de la tumba» de la literatura gótica, y también de la parafernalia macabra de los poetas de cementerio. Sin embargo, La novia de Corinto no se abstiene de brindar detalles siniestros. Varias líneas evocan o mencionan directamente el hecho de beber sangre, y lo que es aún más interesante, la búsqueda compulsiva de más víctimas de parte de la Vampiresa, algo novedoso para la época, y que se convertiría en un lugar común en la ficción vampírica posterior [ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico]

Al igual que Lenore de Gottfried August Bürger, La novia de Corinto de Goethe a menudo se denomina como una balada, ya que muestra algunos de los elementos formales [aunque secundarios] de este formato; por ejemplo, la descripción de un solo episodio, un rápido desarrollo de los acontecimientos, mínimos detalles del entorno y el contexto, y un énfasis en los elementos dramáticos y la intensidad de la narración. Sin embargo, a nivel estructural, La novia de Corinto de Goethe no exhibe las características repetitivas y el uso del estribillo, elementos comunes de la balada tradicional.

Es decir que La novia de Corinto de Goethe es un poema inusual. Utiliza elementos del Gótico, pero no es un poema gótico; en este sentido, lo único cierto es que La novia de Corinto de Goethe es un poema germinal, una pieza extraordinariamente influyente para lo que solo unos años más tarde se convertiría en la ficción vampírica. Goethe y Bürger prepararon el terreno para que el primer Vampiro literario propiamente dicho brotara en inglaterra en 1819; según algunos, en El entierro (The Burial) de Lord Byron; o en su elegante plagio: El vampiro (The Vampyre) de John Polidori.

La novia de Corinto fue escrito después del famoso viaje de Goethe a Italia, y sus versos reflejan la nueva apreciación por el erotismo que el autor había ganado durante su larga estancia en Roma, probablemente leyendo a Flegón, cuyo libro recoge breves y jugosos relatos sobre personas deformes, hermafroditas, fantasmas y otros fenómenos sobrenaturales mezclados con leyendas y supersticiones antiguas y profundamente arraigadas en la cultura popular del siglo II d.C. En este contexto, La novia de Corinto alimentó a los críticos de Goethe, quienes lo consideraron un poema ofensivo.

La novia de Corinto de Goethe relata la historia del hijo de un ateniense que todavía se aferra a la antigua fe pagana. Llega a la ciudad de Corinto, a la casa de un amigo de su padre. La amistad entre estos dos hombres era tan intensa que, siendo jóvenes, prometieron casar a sus hijos en el futuro. Pero, durante la larga separación entre dos hombres, el amigo de Corinto se ha convertido al cristianismo, lo cual significa que toda su familia, incluida su hija, es ahora cristiana.


[«Y apenas el brillante cortejo de los antiguos dioses partió
la casa quedó en silencio.
Ya no se adora más que a un solo Dios
invisible en el cielo, Salvador sobre la cruz;
a quien nadie aquí le ofrece en sacrificio
toros o corderos
sino víctimas humanas en cantidad infinita.»]


A pesar de esto, el hijo del ateniente es bien recibido y agasajado en Corinto. Agotado por el largo viaje, se acuesta a dormir [vestido] cuando una hija de su anfitrión entra en la habitación. Es un episodio confuso. No queda del todo claro quien seduce a quién, pero definitivamente pasan la noche juntos. Desgraciadamente, la madre irrumpe en la habitación y los descubre:


[«Y el joven, en el primer momento de terror,
quiere cubrir con su velo a la muchacha,
esconder bajo el tapiz a la bien amada.
Pero ella se defiende y libera con prontitud,
como con la fuerza de un espíritu
su alta estatura
se yergue lentamente sobre el lecho.»]


Resulta que la chica es la misma hija que le habían prometido al joven; pero, al convertirse al cristianismo, la madre comprometió a su hija con una vida de castidad. Aquí se nos informa que esta decisión mató a la chica, literalmente. Murió de pena. Ahora, descubre el joven, la chica ha regresado como un fantasma con rasgos vampíricos:


[«Una fuerza me arroja fuera de la fosa
para buscar los bienes de los que me despojaron,
para amar aún al esposo perdido
y para chupar la sangre de su corazón.
Y cuando éste muera,
buscaré a otros
y mis jóvenes amantes serán víctimas de mi deseo.»]


El joven no sobrevivirá a su encuentro, y ambos estarán unidos en la muerte. El último verso de La novia de Corinto dice:


[«Escucha, madre, mi última plegaria:
levanta una hoguera,
abre la estrecha tumba donde me ahogo,
y da reposo a los amantes entregándolos al fuego.
Cuando la chispa salte,
cuando ardan las cenizas,
nos elevaremos hacia los antiguos dioses.»]


De este modo, La novia de Corinto de Goethe reconfigura una larga tradición de vampiresas seductoras, la cual terminará de adquirir sus rasgos típicos con Carmilla (Carmilla) de Sheridan Le Fanu, considerablemente más encantadora que el Conde Drácula de Bram Stoker [ver: Drácula y las mujeres]. La Novia, sin embargo, también reabsorbe algunos elementos de las Lamias y las Empusas de los mitos griegos; no ya para devorar a sus amantes indiscriminadamente, sino para cazar a su antiguo prometido, el cual le fue despojado por haberla convertido al cristianismo [ver: Mina y Lucy: la ideología de género en «Drácula»]

Otro aspecto interesante de La novia de Corinto de Goethe, que más adelante pasaría a formar parte de los rasgos típicos de las Vampiresas en la ficción, es esta capacidad para atraer a su amante a una red de ilusión, como si la Vampiresa fuese capaz de elaborar una fantasía totalmente subjetiva para su víctima, la cual generalmente involucra un intenso placer sensual mientras ella bebe su sangre. Es decir, el placer como anestesia para que la víctima no se resista al ataque, sino más bien para que se entregue voluntariamente e incluso disfrute el proceso:


[«Ella es fría como el hielo,
aunque blanca como la nieve.
La inundación de su ardor
calienta su sangre fría,
pero ningún corazón late en su pecho.»]


Para entender a la Vampiresa de La novia de Corinto de Goethe primero debemos entender cómo la figura del Vampiro pasó del folclore a la literatura, y hacerlo implica observar cómo evolucionó el pensamiento desde la Ilustración hasta el Romanticismo [ver: Características del Romanticismo]. Entre estos dos se encuentra el movimiento literario alemán Strum und Drang [«tormenta e ímpetu»], concepto que encapsula los dos elementos principales del Romanticismo: «tormenta» enfatiza el poder sublime de la naturaleza en la inspiración del artista; el «ímpetu» enfatiza el papel de las emociones [o de la voluntad] en la expresión de la agitación presente en la naturaleza. En esencia, este movimiento argumenta que, si bien el hombre es capaz de tener y comprender opciones morales, su naturaleza emocional puede obligarlo a actuar de manera irracional [ver: Filosofía del Romanticismo]

Sin embargo, a diferencia del pensamiento de la Ilustración, Goethe ve este impulso irracional no como un problema, sino como uno de los sellos distintivos del carácter humano. En otras palabras, el ser humano es más «humano» cuando actúa de acuerdo a sus emociones.

Coincidiendo con el surgimiento de la novela gótica, Johann Wolfgang von Goethe escribió La novia de Corinto, donde estableció las bases para la figura de la Vampiresa en la literatura occidental, una figura que volverá a aparecer, ya con sus rasgos definitivos, en Carmilla y Drácula. Goethe revela gradualmente la naturaleza vampírica de su Novia; sin embargo, a diferencia de Bram Stoker y Sheridan Le Fanu, la protagonista femenina no recibe un nombre [tampoco el joven], y espera hasta el final del poema para revelar que está muerta. Si bien esta técnica sirve para aumentar el suspenso, un recurso común de la literatura gótica, La novia de Corinto de Goethe es más escurridiza que muchas vampiresas del género.

Desde la perspectiva del lector, la Novia atraviesa tres cambios de identidad: primero Goethe parece darle cualidades tradicionalmente fantasmales; posteriormente la separa de esta identificación y finalmente, a través de su carácter seductor y su sed de sangre, la define como un Vampiro. Sin embargo, Goethe y la Novia nunca usan explícitamente la palabra «vampiro» en ninguna parte del poema. Al igual que Wilhelm en el poema de Bürger, la Novia es una mujer que ha regresado de la muerte, no por haber sido mordida, sino por amor, o, mejor dicho, por haber sido despojada de su amor al ser convertida al cristianismo; lo cual es un giro inesperado [ver: El cuerpo de la mujer en el Horror]

Muy temprano en el poema, la Novia se le aparece por primera vez al joven en su dormitorio, justo cuando se está quedando dormido. No se mueve como una figura sólida, sino más bien como un fantasma, no caminando sino deslizándose o flotando:


[«Casi está dormido
cuando un huésped extraño
se introduce en la recámara
por la puerta abierta.
Al resplandor incierto de la lámpara ve avanzar
por el cuarto a una joven silenciosa y púdica,
cubierta de un velo y un vestido blancos;
un lazo negro y dorado ciñe la frente.
Cuando ella lo percibe
se azora y estremece
y alza blanca su mano.»]


Que la Novia se le aparezca al joven cuando este se encuentra entre el sueño y la vigilia, que ella aún no tenga voz propia y, además, que muestre una apariencia pálida, etérea, la conecta más con las representaciones tradicionales de fantasmas; sin embargo, podría decirse que su comportamiento vampírico [sed de sangre, sobre todo], más adelante en el poema, es más significativo que aquellos rasgos fantasmales. Estos rasgos son tan importantes que eventualmente pasaron a formar parte de las características comunes de los vampiros en la ficción.

La piel pálida de la Novia se mencionará nuevamente en las estrofas 7 y 14, creando una característica recurrente que se queda en la memoria del lector. Junto con su andar etéreo, su silencio, su piel pálida [que también se describe en el poema como «fría»], insinúan que ella no es del todo «normal», pero tampoco lo prueba realmente. Lo cierto es que Goethe crea una imagen dual con su Vampiresa. Ella es, a la vez, una encarnación de la belleza, un objeto sensual, pero no es completamente humana: es una figura liminal que está viva y muerta.

Esta, quizás, es una de las contribuciones más duraderas de Goethe a la literatura vampírica. Aunque la Novia parece ser simplemente un fantasma al comienzo del poema, al final se revela claramente como un Vampiro. En contraste con el Vampiro del folclore, La novia de Corinto de Goethe se inclina menos hacia las características de los vivos y más hacia un estado verdaderamente ambiguo entre la vida y la muerte. Dada la influencia de Goethe en escritores posteriores, sus elecciones conscientes sobre cómo representa a su Vampiresa no solo son importantes, sino decisivas para las posteriores representaciones de vampiros en la ficción.

Por supuesto, La novia de Corinto de Goethe es una obra germinal, es decir que su Vampiresa da inicio a la tradición del género, pero todavía comparte mucho con el folclore, las leyendas y supersticiones sobre vampiros de la Edad Media. Por ejemplo, tanto en el poema de Goethe como en Lenore de Bürger, las figuras del Vampiro, aunque son no-muertos, parecen seguir siendo parte de la comunidad, algo que contrasta con los vampiros posteriores, entre ellos, Drácula, quienes se caracterizan por vivir aislados de las comunidades humanas [ver: Bloofer Lady: la transformación de Lucy Westenra]

Por otro lado, la Novia es una amante bienvenida por su víctima, no un objeto instantáneos de miedo, como las tres vampiresas que atacan a Jonathan Harker en el castillo de Drácula [ver: La verdad sobre las tres Vampiresas de Drácula]. Esta característica de familiaridad entre el Vampiro y su víctima aparece con más fuerza en las baladas alemanas que en gran parte de la ficción vampírica británica, pero es una característica que volverá en los cuentos de vampiros posteriores del siglo XX. Recién cuando el Vampiro alemán fue traducido al inglés, este sufrió un cambio de identidad que hará que sea menos heimlich y mucho más unheimlich, sobre todo a medida que la procedencia del Vampiro fue desplazándose cada vez más hacia Europa del Este [ver: Lo Siniestro en la ficción]


[«¿Ya no te satisface haberme amortajado en un sudario
y depositado en la tumba?
Pero una ley que me es propia me impulsa
fuera de la fosa estrecha al duro manto de la tierra.
Los cantos salmodiados por tus sacerdotes
y su bendición no tienen efecto alguno.
El agua y la sal son incapaces
de extinguir los ardores juveniles
y, ay, la tierra no enfría el amor.»]




Goethe. I Taller gótico.


Más literatura gótica:
El artículo: La primera Vampiresa moderna: análisis de «La Novia de Corinto» de Goethe fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Canción nocturna del caminante»: Goethe; poema y análisis.


«Canción nocturna del caminante»: Goethe; poema y análisis.




Canción nocturna del caminante (Wanderers Nachtlied) —a veces traducido al español como Canción nocturna del errante y Canto nocturno del caminante— es un poema del romanticismo del escritor alemán GoetheJohann Wolfgang von Goethe (1749-1832)—, escrito en 1870.

Canción nocturna del caminante es en realidad el título por el que se conoce a dos poemas de Goethe [Tú eres del cielo (Der du von dem Himmel bist) y Sobre todas las cumbres (Über allen Gipfeln)]. Ambos fueron editados originalmente en 1815 como Canción nocturna del caminante [Wandrers Nachtlied] y Otro [Ein Gleiches]. Posteriormente, los dos poemas serían musicalizados por Franz Schubert.

Según cuenta el propio autor en una carta a Charlotte von Stein, la noche del 6 de septiembre de 1780, el joven Goethe pernoctó en una cabaña de cazadores en la cumbre del Kickelhahn [«para evitar el desierto de Städgen, las quejas, los deseos, la incorregible confusión de la gente»], una montaña de los bosqus de Turingia. Impresionado por la calma que reinaba en el lugar, Goethe escribió unos versos en un tablón de la pared:


Über allen Gipfeln
Ist Ruh,
In allen Wipfeln
Spürest du
Kaum einen Hauch;
Die Vögelein schweigen im Walde
Warte nur, balde
Ruhest du auch!


[«Sobre todas las cumbres
hay silencio,
sobre todas las copas de los árboles
sientes
sólo una brisa;
los pájaros callan en el bosque.
Espera, pronto
tú también descansarás.»]


Cincuenta y un años después, el 27 de agosto 1831, en la víspera de su cumpleaños 82, Goethe volvió a la región y quiso volver a visitar la cabaña. Al llegar al lugar, acaso después de entrar en calor, Goethe y su acompañante [Johann Christian Mahr] se acercaron a la pared, donde todavía podían leerse aquellos versos.

Johann Christian Mahr luego comentó:


[Goethe leyó estos pocos versos y las lágrimas rodaron por sus mejillas. Muy lentamente, sacó su pañuelo blanco como la nieve de su abrigo marrón oscuro, se secó las lágrimas y dijo en un tono suave y melancólico: «Si, pronto tú también descansarás». Se quedó en silencio durante medio minuto, volvió a mirar por la ventana el sombrío bosque de pinos y se volvió hacia mí diciendo: «¡Ahora, vamos!»]


Goethe moriría unos meses más tarde.

El manuscrito de la otra Canción nocturna del caminante [Tu eres del cielo (Der du von dem Himmel bist)] —publicado sin autorización en 1800— se encontró entre las cartas de Goethe a su amiga Charlotte von Stein, y lleva la firma En la ladera de Ettersberg, el 12 de febrero de 76. Supuestamente fue escrito bajo un árbol que más tarde se conocería como Roble de Goethe:


Der du von dem Himmel bist,
Alles Leid und Schmerzen stillest,
Den, der doppelt elend ist,
Doppelt mit Erquickung füllest;
Ach, ich bin des Treibens müde!
Was soll all der Schmerz und Lust?
Süßer Friede,
Komm, ach komm in meine Brust!


[«Tú que eres del cielo,
que aquietas todo dolor y pena,
refrescando dos veces
a los que son dos veces miserables;
oh, estoy cansado del ajetreo y el bullicio!
¿Por qué este éxtasis y dolor?
¡Dulce paz,
ven, oh, ven a mi pecho!»]


Canción nocturna del caminante de Goethe es un poema con una musicalidad innata; también con movimiento, como lo sugiere el título. Se puede suponer que el Caminante no es un vagabundo cansado, sino que Goethe habla de sí mismo. Eso implica que el Caminante es un ser solitario, un artista, un pensador, alguien que tiene la libertad y la capacidad intelectual para recogerse, sincronizarse de algún modo con su entorno natural, y pensar.

El poema de Goethe también se mueve desde lo grande a lo pequeño, del cielo al pecho del hombre, en un caso; desde las cumbres de las montañas a los árboles y los pájaros, en el otro. También podemos pensar que Goethe nos invita a desplazarnos desde lo inamovible y lo inorgánico [las montañas] a lo animado y lo orgánico [los árboles y los pájaros] que está sincronizado con la naturaleza; y aún más allá, al Hombre, al Caminante inquieto que comienza a esperar el descanso de la muerte. En este sentido, Canción nocturna del caminante es un poema muy visual, casi una panorámica, similar a un zoom que comienza en la distancia [las cumbres], que sigue sobre el horizonte más cercano [el bosque] y que termina en los pensamientos más íntimos del hombre.

Canción nocturna del caminante expresa algunos paradigmas del Romanticismo, otro desplazamiento o movimiento dentro del poema, esta vez de lo racional a lo irracional [ver: Filosofía del Romanticismo]. Recordemos que, para los poetas románticos, la racionalidad no era precisamente una virtud; sino más bien una anestesia para el dolor y el sufrimiento. El «pronto tú también descansarás» parece reafirmar esta aceptación del sufrimiento.

Canción nocturna del caminante, entonces, parece expresar la insignificancia del ser humano frente a la naturaleza, pero no de un modo amenazante o intimidante. En todo caso, la naturaleza es abrumadora; la sola consciencia del entorno [el cielo, las montañas, el bosque] son avasallantes, y le recuerdan al poeta que todo tiene un ciclo natural, también nuestra vida, y por eso todos pronto descansaremos cuando finalice nuestro ciclo natural.

Por supuesto, la naturaleza nos induce a pensar en nuestra mortalidad, pero también nos permite descansar de nuestras preocupaciones mundanas. Los pensamientos de Caminante probablemente son una reacción al entorno natural, lo cual le permite ahondar en preocupaciones más profundas, y quizas menos accesibles en un entorno urbano. En esencia, Canción nocturna del caminante de Goethe deja a su narrador en absoluta inferioridad ante la majestuosidad de la naturaleza, algo necesario para el entendimiento final de que él también forma parte del mismo ciclo.




Canción nocturna del caminante [I y II].
Wanderers Nachtlied, Goethe (1749-1832)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


I
Tú que eres del cielo,
que aquietas todo dolor y pena,
refrescando dos veces
a los que son dos veces miserables;
oh, estoy cansado del ajetreo y el bullicio!
¿Por qué este éxtasis y tormento?
¡Dulce paz,
ven, oh, ven a mi pecho!


II
Sobre todas las cumbres
hay silencio,
sobre todas las copas de los árboles
sientes
sólo una brisa;
los pajaritos callan en el bosque.
Espera, pronto
tu también descansarás.


I
Der du von dem Himmel bist,
Alles Leid und Schmerzen stillest,
Den, der doppelt elend ist,
Doppelt mit Erquickung füllest;
Ach, ich bin des Treibens müde!
Was soll all der Schmerz und Lust?
Süßer Friede,
Komm, ach komm in meine Brust!


II
Über allen Gipfeln
Ist Ruh,
In allen Wipfeln
Spürest du
Kaum einen Hauch;
Die Vögelein schweigen im Walde
Warte nur, balde
Ruhest du auch!


Goethe
(1749-1823)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Goethe.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Johann Wolfgang von Goethe: Canción nocturna del caminante (Wanderers Nachtlied), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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