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«Lamia»: Clark Ashton Smith; poema y análisis.


«Lamia»: Clark Ashton Smith; poema y análisis.




Lamia (Lamia) es un poema de vampiros del escritor norteamericano Clark Ashton Smith (1893-1961), publicado por Arkham House en la edición de invierno de 1948 de la revista The Arkham Sampler, y luego reeditado en la antología de 1951: El Chateau oscuro y otros poemas (The Dark Chateau and Other Poems).

Lamia, uno de los grandes poemas de Clark Ashton Smith, está directamente relacionado con el relato: Morthylla (Morthylla) y su evocador final:


[«Para asombro suyo, una mujer, o lo que parecía serlo, se sentaba al lado del mausoleo. No podía verla con claridad, pues la sombra de la tumba la envolvía desde los hombros hasta abajo. Sólo el rostro, resplandeciendo débilmente, se elevaba hacia la luna. Su perfil era como el que había visto en monedas antiguas.

—¿Quién eres?—preguntó con una curiosidad que sobrepasaba su cortesía.

—Soy la lamia Morthylla —contestó ella.»]


El poema de Clark Ashton Smith: Lamia exuda el mismo ambiente sepulcral, y vuelve a situarnos en la guarida de la vampiresa:


Su letal belleza, como un filtro, se agitó
a través mi sangre y llenó mi corazón de luz:
la desposé con ardor sin dejarme intimidar

por las extrañas manchas de su cuerpo blanco,
por las cosas que se arrastraban en su guarida
y los muertos que yacían a nuestro lado.


Los vínculos temáticos entre los relatos y poemas de Clark Ashton Smith suelen ser estrechos, y el ciclo Zothique a menudo proporciona el hilo conductor. Este parece ser el caso de Lamia, ya que el poema proporciona una especie conclusión de Morthylla.


Pero, ah, fue hace mil años
que tomé a la encantadora lamia por esposa...
y jamás los que me encuentren
sabrán que hace mil años que he muerto.


Morthylla, publicado en la edición de mayo de 1953 de Weird Tales, está ambientado en Zothique, el último continente de la Tierra en un futuro donde «el sol es una estrella decadente, envejecida más allá de la crónica, más allá de la leyenda». La acción tiene lugar en la ciudad de Umbri, donde un poeta, llamado Valzain, no logra encontrar placer ni siquiera en las célebres orgías de su mentor, Famurza, donde hay «vinos, licores, afrodisíacos, y carnes y frutas que hinchaban las legumbres flácidas». Valzain está presente en estas celebraciones, pero espiritualmente ausente, «con una indiferencia que se convierte en repugnancia». Famurza toma nota de la apatía de su protegido y le pregunta si hay algo que pueda hacer para aliviar su aburrimiento.


[—No hay medicina para lo que me aqueja —replicó Valzain—. En cuanto al amor, ya no me importa si es correspondido o no. El tedio acecha en medio de todos los besos.]


Famurza siente lástima por Valzaín, y admite que, a pesar de tener el doble de edad, aún encuentra placer en «las buenas carnes jugosas, las mujeres, el vino, y la música». Valzain afirma que sus únicos placeres están en los sueños.


[«He abrazado a súcubos que eran más que carne, habiendo conocido deleites demasiado intensos para que el cuerpo despierto los sostenga. ¿Tienen tales sueños alguna fuente fuera del propio cerebro terrenal? Daría mucho por encontrar esa fuente, si existe. Mientras tanto, no hay nada para mí más que desesperación.»]


Al escuchar esto, Famurza le cuenta a Valzain sobre una «antigua necrópolis» que está embrujada por el espíritu de la princesa Morthylla, quien murió hace varios siglos y, en raras ocasiones, toma amantes mortales. Si Valzain realmente no se complace en los placeres mundanos, tal vez debería buscar a Morthylla. De camino a casa después de la fiesta, Valzain busca el cementerio, donde decide pasar la noche. En medio de su ensoñación, observa a una mujer sentada junto a un mausoleo, una mujer cuyo «perfil era como el que había visto en monedas antiguas».


[—¿Quién eres?

—Soy la lamia Morthylla —respondió ella, con una voz que dejaba tras de sí una vibración débil y esquiva como la de un arpa—. Ten cuidado conmigo, porque mis besos están prohibidos para aquellos que están entre los vivos.]


Valzain duda de que esta mujer sea Morthylla, pero decide seguirle el juego y, al hacerlo, se siente intrigado por ella: «había una dulzura en su boca, una sombra de fatiga o tristeza en sus ojos». Durante las semanas posteriores, los dos se reúnen todas las noches en el cementerio, conversando animadamente hasta cerca del amanecer, ya que Morthylla, según ella, es «una criatura de la noche».

Escéptico, Valzain ve a Morthylla como una mujer con inclinaciones macabras afines a las suyas, sin embargo, no puede encontrar en ella ningún indicio de mundanalidad, ningún conocimiento de las cosas presentes, sino una extraña familiaridad con el pasado y la leyenda de la Lamia. Sus ojos, sus labios, parecen ocultar secretos olvidados y prohibidos. Sus respuestas siempre son vagas y ambiguas.


[—He soñado con la vida—le dijo ella crípticamente—. Y he soñado también con la muerte. Ahora bien, quizá haya otro sueño... en el que tú has entrado.

—Yo también quisiera soñar—dijo Valzaín.]


Morthylla es uno de los mejores cuentos de Clark Ashton Smith. En una carta a L. Sprague de Camp, fechada el 21 de octubre de 1953, el autor comenta que se trata de la historia de «una pseudo-lamia que, en realidad, es una mujer normal que intenta complacer los gustos de su amante». En otras palabras, la mujer intenta complacer las fantasías de Valzain, pero interpreta tan bien el papel de Lamia que este termina suicidándose. Pero la historia no termina ahí. Después de que el Valzain se suicida, olvida que está muerto, y se encuentra con Morthylla una vez más, solo que esta vez no es su amante mortal interpretando un papel, sino una Lamia real.

Todos los Vampiros de Clark Ashton Smith viven en los reinos de Averoigne y Zothique, entre otros, y la mayoría son mujeres, generalmente Lamias. Estas criaturas de los mitos griegos son muy antiguas, pero Clark Ashton Smith se basa especialmente en el escritor griego del siglo II d.C., Flegón, sobre todo en la historia de una novia muerta que regresa de la tumba para cazar a su prometido [ver: Lamias: vampiresas de la mitología griega]. Esta misma estructura es la base del poema de Goethe: La novia de Corinto (Die Braut von Korinth). [ver: La primera Vampiresa moderna: análisis de «La Novia de Corinto»]

Para Clark Ashton Smith, la figura de la Lamia es una versión sexualizada de lo que él entendía como la característica definitoria de la ficción: escapar de la realidad, pero no hacia el consuelo y la esperanza [como por ejemplo en las obras de J.R.R. Tolkien], sino hacia la autodestrucción. Por otro lado, la similitud entre las actividades y apetitos de la Lamia en diversas obras de ficción [seducir y devorar a su amante] no es caprichosa, sino más bien una cuestión etimológica. La palabra Lamia [lit. «tragadora»] proviene de laimos, que significa «garganta» [o «esófago»]. Eso es lo que vemos en las Lamias de Clark Ashton Smith y Goethe: depredadoras que devoran a sus víctimas.




Lamia.
Lamia, Clark Ashton Smith (1893-1961)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


De su guarida en el desierto surgió la lamia,
una hermosa serpiente con forma de mujer.
Al encontrarme allí, me saludó con el nombre
que mis amados labios habían usado en días lejanos;
y cuando la lamia cantaba, me parecía escuchar
la voz del amor en algún viejo avatar.
Su letal belleza, como un filtro, se agitó
a través mi sangre y llenó mi corazón de luz:
la desposé con ardor, sin dejarme intimidar
por las extrañas manchas de su cuerpo blanco,
por las cosas que se arrastraban en su guarida
y los muertos que yacían a nuestro lado durante la noche.
Más fría su carne que las serpientes del pantano,
sin embargo, en su pecho perdí mi antiguo dolor
y encontré el gozo prohibido a los hombres vivos.
Pero, ah, fue hace mil años
que tomé a la encantadora lamia por esposa...
y jamás los que me encuentren
sabrán que he muerto hace mil años.


Out of her desert lair the lamia came,
A lovely serpent shaped as women are.
Meeting me there, she hailed me by the name

Belovèd lips had used in days afar;
And when the lamia sang, it seemed I heard
The voice of love in some old avatar.

Her lethal beauty like a philtre stirred
Through all my blood and filled my heart with light:
I wedded her with ardor undeterred

By the strange mottlings of her body white,
By the things that crept across us in her den
And the dead who lay beside us through the night.

Colder her flesh than the serpents of the fen,
Yet on her breast I lost mine ancient woe
And found the joy forbid to living men.

But, ah, it was a thousand years ago
I took the lovely lamia for bride...
And nevermore shall they that meet me know

It is a thousand years since I have died.


Clark Ashton Smith
(1893-1961)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Clark Ashton Smith.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Clark Ashton Smith: Lamia (Lamia), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

La primera Vampiresa moderna: análisis de «La Novia de Corinto» de Goethe.


La primera Vampiresa moderna: análisis de «La Novia de Corinto» de Goethe.




En el poema de 1797: La novia de Corinto (Die Braut von Corinth), Goethe introduce la figura del Vampiro como uno de los primeros agentes de su concepto de Weltliteratur [«literatura mundial»]; es decir, el Vampiro como un motivo que atraviesa todas las culturas y naciones. En este contexto, la Vampiresa de La novia de Corinto desafía la división cultural entre las religiones cristiana y pagana. En cambio, el poema se ofrece como una mirada universal sobre el encuentro traumático con lo insondable.

Esto significa que La novia de Corinto es uno de los primeros poemas en abordar seriamente la figura del Vampiro. Como sucede en Lenore (Lenore) [Gottfried August Bürger], Goethe evita cuidadosamente el uso de la palabra «vampiro», aunque él mismo se refería a La novia de Corinto como un «poema vampírico» [vampyrisches gedicht]. Dicho de otro modo, Goethe fue el primer escritor en hacer respetable la figura del Vampiro en la literatura [ver: Poemas de vampiros]

Ahora bien, La novia de Corinto de Goethe está inspirado en un predecesor clásico: Flegón de Tralles y su obra Fragmenta Historicorum Graecorum [aprox. 130 d. C.]. Allí se relata la historia del joven Machates y su novia no-muerta, Philinion, que regresa de la tumba para pasar las noches con su amado. Esta historia fue reelaborada por Goethe y trasladada al marco de la Ilustración. En términos filosóficos, La novia de Corinto puede verse como un alegato contra los aspectos ascéticos del cristianismo cuando se los contrasta con el dionisiaco joi-de-vivre del paganismo [ver: Carmilla, Lucy y Helen: el monstruo femenino como figura de resiliencia]

Por lo tanto, el relato de Goethe sobre el regreso a la vida de una chica muerta está muy lejos del motivo del «amor más allá de la tumba» de la literatura gótica, y también de la parafernalia macabra de los poetas de cementerio. Sin embargo, La novia de Corinto no se abstiene de brindar detalles siniestros. Varias líneas evocan o mencionan directamente el hecho de beber sangre, y lo que es aún más interesante, la búsqueda compulsiva de más víctimas de parte de la Vampiresa, algo novedoso para la época, y que se convertiría en un lugar común en la ficción vampírica posterior [ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico]

Al igual que Lenore de Gottfried August Bürger, La novia de Corinto de Goethe a menudo se denomina como una balada, ya que muestra algunos de los elementos formales [aunque secundarios] de este formato; por ejemplo, la descripción de un solo episodio, un rápido desarrollo de los acontecimientos, mínimos detalles del entorno y el contexto, y un énfasis en los elementos dramáticos y la intensidad de la narración. Sin embargo, a nivel estructural, La novia de Corinto de Goethe no exhibe las características repetitivas y el uso del estribillo, elementos comunes de la balada tradicional.

Es decir que La novia de Corinto de Goethe es un poema inusual. Utiliza elementos del Gótico, pero no es un poema gótico; en este sentido, lo único cierto es que La novia de Corinto de Goethe es un poema germinal, una pieza extraordinariamente influyente para lo que solo unos años más tarde se convertiría en la ficción vampírica. Goethe y Bürger prepararon el terreno para que el primer Vampiro literario propiamente dicho brotara en inglaterra en 1819; según algunos, en El entierro (The Burial) de Lord Byron; o en su elegante plagio: El vampiro (The Vampyre) de John Polidori.

La novia de Corinto fue escrito después del famoso viaje de Goethe a Italia, y sus versos reflejan la nueva apreciación por el erotismo que el autor había ganado durante su larga estancia en Roma, probablemente leyendo a Flegón, cuyo libro recoge breves y jugosos relatos sobre personas deformes, hermafroditas, fantasmas y otros fenómenos sobrenaturales mezclados con leyendas y supersticiones antiguas y profundamente arraigadas en la cultura popular del siglo II d.C. En este contexto, La novia de Corinto alimentó a los críticos de Goethe, quienes lo consideraron un poema ofensivo.

La novia de Corinto de Goethe relata la historia del hijo de un ateniense que todavía se aferra a la antigua fe pagana. Llega a la ciudad de Corinto, a la casa de un amigo de su padre. La amistad entre estos dos hombres era tan intensa que, siendo jóvenes, prometieron casar a sus hijos en el futuro. Pero, durante la larga separación entre dos hombres, el amigo de Corinto se ha convertido al cristianismo, lo cual significa que toda su familia, incluida su hija, es ahora cristiana.


[«Y apenas el brillante cortejo de los antiguos dioses partió
la casa quedó en silencio.
Ya no se adora más que a un solo Dios
invisible en el cielo, Salvador sobre la cruz;
a quien nadie aquí le ofrece en sacrificio
toros o corderos
sino víctimas humanas en cantidad infinita.»]


A pesar de esto, el hijo del ateniente es bien recibido y agasajado en Corinto. Agotado por el largo viaje, se acuesta a dormir [vestido] cuando una hija de su anfitrión entra en la habitación. Es un episodio confuso. No queda del todo claro quien seduce a quién, pero definitivamente pasan la noche juntos. Desgraciadamente, la madre irrumpe en la habitación y los descubre:


[«Y el joven, en el primer momento de terror,
quiere cubrir con su velo a la muchacha,
esconder bajo el tapiz a la bien amada.
Pero ella se defiende y libera con prontitud,
como con la fuerza de un espíritu
su alta estatura
se yergue lentamente sobre el lecho.»]


Resulta que la chica es la misma hija que le habían prometido al joven; pero, al convertirse al cristianismo, la madre comprometió a su hija con una vida de castidad. Aquí se nos informa que esta decisión mató a la chica, literalmente. Murió de pena. Ahora, descubre el joven, la chica ha regresado como un fantasma con rasgos vampíricos:


[«Una fuerza me arroja fuera de la fosa
para buscar los bienes de los que me despojaron,
para amar aún al esposo perdido
y para chupar la sangre de su corazón.
Y cuando éste muera,
buscaré a otros
y mis jóvenes amantes serán víctimas de mi deseo.»]


El joven no sobrevivirá a su encuentro, y ambos estarán unidos en la muerte. El último verso de La novia de Corinto dice:


[«Escucha, madre, mi última plegaria:
levanta una hoguera,
abre la estrecha tumba donde me ahogo,
y da reposo a los amantes entregándolos al fuego.
Cuando la chispa salte,
cuando ardan las cenizas,
nos elevaremos hacia los antiguos dioses.»]


De este modo, La novia de Corinto de Goethe reconfigura una larga tradición de vampiresas seductoras, la cual terminará de adquirir sus rasgos típicos con Carmilla (Carmilla) de Sheridan Le Fanu, considerablemente más encantadora que el Conde Drácula de Bram Stoker [ver: Drácula y las mujeres]. La Novia, sin embargo, también reabsorbe algunos elementos de las Lamias y las Empusas de los mitos griegos; no ya para devorar a sus amantes indiscriminadamente, sino para cazar a su antiguo prometido, el cual le fue despojado por haberla convertido al cristianismo [ver: Mina y Lucy: la ideología de género en «Drácula»]

Otro aspecto interesante de La novia de Corinto de Goethe, que más adelante pasaría a formar parte de los rasgos típicos de las Vampiresas en la ficción, es esta capacidad para atraer a su amante a una red de ilusión, como si la Vampiresa fuese capaz de elaborar una fantasía totalmente subjetiva para su víctima, la cual generalmente involucra un intenso placer sensual mientras ella bebe su sangre. Es decir, el placer como anestesia para que la víctima no se resista al ataque, sino más bien para que se entregue voluntariamente e incluso disfrute el proceso:


[«Ella es fría como el hielo,
aunque blanca como la nieve.
La inundación de su ardor
calienta su sangre fría,
pero ningún corazón late en su pecho.»]


Para entender a la Vampiresa de La novia de Corinto de Goethe primero debemos entender cómo la figura del Vampiro pasó del folclore a la literatura, y hacerlo implica observar cómo evolucionó el pensamiento desde la Ilustración hasta el Romanticismo [ver: Características del Romanticismo]. Entre estos dos se encuentra el movimiento literario alemán Strum und Drang [«tormenta e ímpetu»], concepto que encapsula los dos elementos principales del Romanticismo: «tormenta» enfatiza el poder sublime de la naturaleza en la inspiración del artista; el «ímpetu» enfatiza el papel de las emociones [o de la voluntad] en la expresión de la agitación presente en la naturaleza. En esencia, este movimiento argumenta que, si bien el hombre es capaz de tener y comprender opciones morales, su naturaleza emocional puede obligarlo a actuar de manera irracional [ver: Filosofía del Romanticismo]

Sin embargo, a diferencia del pensamiento de la Ilustración, Goethe ve este impulso irracional no como un problema, sino como uno de los sellos distintivos del carácter humano. En otras palabras, el ser humano es más «humano» cuando actúa de acuerdo a sus emociones.

Coincidiendo con el surgimiento de la novela gótica, Johann Wolfgang von Goethe escribió La novia de Corinto, donde estableció las bases para la figura de la Vampiresa en la literatura occidental, una figura que volverá a aparecer, ya con sus rasgos definitivos, en Carmilla y Drácula. Goethe revela gradualmente la naturaleza vampírica de su Novia; sin embargo, a diferencia de Bram Stoker y Sheridan Le Fanu, la protagonista femenina no recibe un nombre [tampoco el joven], y espera hasta el final del poema para revelar que está muerta. Si bien esta técnica sirve para aumentar el suspenso, un recurso común de la literatura gótica, La novia de Corinto de Goethe es más escurridiza que muchas vampiresas del género.

Desde la perspectiva del lector, la Novia atraviesa tres cambios de identidad: primero Goethe parece darle cualidades tradicionalmente fantasmales; posteriormente la separa de esta identificación y finalmente, a través de su carácter seductor y su sed de sangre, la define como un Vampiro. Sin embargo, Goethe y la Novia nunca usan explícitamente la palabra «vampiro» en ninguna parte del poema. Al igual que Wilhelm en el poema de Bürger, la Novia es una mujer que ha regresado de la muerte, no por haber sido mordida, sino por amor, o, mejor dicho, por haber sido despojada de su amor al ser convertida al cristianismo; lo cual es un giro inesperado [ver: El cuerpo de la mujer en el Horror]

Muy temprano en el poema, la Novia se le aparece por primera vez al joven en su dormitorio, justo cuando se está quedando dormido. No se mueve como una figura sólida, sino más bien como un fantasma, no caminando sino deslizándose o flotando:


[«Casi está dormido
cuando un huésped extraño
se introduce en la recámara
por la puerta abierta.
Al resplandor incierto de la lámpara ve avanzar
por el cuarto a una joven silenciosa y púdica,
cubierta de un velo y un vestido blancos;
un lazo negro y dorado ciñe la frente.
Cuando ella lo percibe
se azora y estremece
y alza blanca su mano.»]


Que la Novia se le aparezca al joven cuando este se encuentra entre el sueño y la vigilia, que ella aún no tenga voz propia y, además, que muestre una apariencia pálida, etérea, la conecta más con las representaciones tradicionales de fantasmas; sin embargo, podría decirse que su comportamiento vampírico [sed de sangre, sobre todo], más adelante en el poema, es más significativo que aquellos rasgos fantasmales. Estos rasgos son tan importantes que eventualmente pasaron a formar parte de las características comunes de los vampiros en la ficción.

La piel pálida de la Novia se mencionará nuevamente en las estrofas 7 y 14, creando una característica recurrente que se queda en la memoria del lector. Junto con su andar etéreo, su silencio, su piel pálida [que también se describe en el poema como «fría»], insinúan que ella no es del todo «normal», pero tampoco lo prueba realmente. Lo cierto es que Goethe crea una imagen dual con su Vampiresa. Ella es, a la vez, una encarnación de la belleza, un objeto sensual, pero no es completamente humana: es una figura liminal que está viva y muerta.

Esta, quizás, es una de las contribuciones más duraderas de Goethe a la literatura vampírica. Aunque la Novia parece ser simplemente un fantasma al comienzo del poema, al final se revela claramente como un Vampiro. En contraste con el Vampiro del folclore, La novia de Corinto de Goethe se inclina menos hacia las características de los vivos y más hacia un estado verdaderamente ambiguo entre la vida y la muerte. Dada la influencia de Goethe en escritores posteriores, sus elecciones conscientes sobre cómo representa a su Vampiresa no solo son importantes, sino decisivas para las posteriores representaciones de vampiros en la ficción.

Por supuesto, La novia de Corinto de Goethe es una obra germinal, es decir que su Vampiresa da inicio a la tradición del género, pero todavía comparte mucho con el folclore, las leyendas y supersticiones sobre vampiros de la Edad Media. Por ejemplo, tanto en el poema de Goethe como en Lenore de Bürger, las figuras del Vampiro, aunque son no-muertos, parecen seguir siendo parte de la comunidad, algo que contrasta con los vampiros posteriores, entre ellos, Drácula, quienes se caracterizan por vivir aislados de las comunidades humanas [ver: Bloofer Lady: la transformación de Lucy Westenra]

Por otro lado, la Novia es una amante bienvenida por su víctima, no un objeto instantáneos de miedo, como las tres vampiresas que atacan a Jonathan Harker en el castillo de Drácula [ver: La verdad sobre las tres Vampiresas de Drácula]. Esta característica de familiaridad entre el Vampiro y su víctima aparece con más fuerza en las baladas alemanas que en gran parte de la ficción vampírica británica, pero es una característica que volverá en los cuentos de vampiros posteriores del siglo XX. Recién cuando el Vampiro alemán fue traducido al inglés, este sufrió un cambio de identidad que hará que sea menos heimlich y mucho más unheimlich, sobre todo a medida que la procedencia del Vampiro fue desplazándose cada vez más hacia Europa del Este [ver: Lo Siniestro en la ficción]


[«¿Ya no te satisface haberme amortajado en un sudario
y depositado en la tumba?
Pero una ley que me es propia me impulsa
fuera de la fosa estrecha al duro manto de la tierra.
Los cantos salmodiados por tus sacerdotes
y su bendición no tienen efecto alguno.
El agua y la sal son incapaces
de extinguir los ardores juveniles
y, ay, la tierra no enfría el amor.»]




Goethe. I Taller gótico.


Más literatura gótica:
El artículo: La primera Vampiresa moderna: análisis de «La Novia de Corinto» de Goethe fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Canción nocturna del caminante»: Goethe; poema y análisis.


«Canción nocturna del caminante»: Goethe; poema y análisis.




Canción nocturna del caminante (Wanderers Nachtlied) —a veces traducido al español como Canción nocturna del errante y Canto nocturno del caminante— es un poema del romanticismo del escritor alemán GoetheJohann Wolfgang von Goethe (1749-1832)—, escrito en 1870.

Canción nocturna del caminante es en realidad el título por el que se conoce a dos poemas de Goethe [Tú eres del cielo (Der du von dem Himmel bist) y Sobre todas las cumbres (Über allen Gipfeln)]. Ambos fueron editados originalmente en 1815 como Canción nocturna del caminante [Wandrers Nachtlied] y Otro [Ein Gleiches]. Posteriormente, los dos poemas serían musicalizados por Franz Schubert.

Según cuenta el propio autor en una carta a Charlotte von Stein, la noche del 6 de septiembre de 1780, el joven Goethe pernoctó en una cabaña de cazadores en la cumbre del Kickelhahn [«para evitar el desierto de Städgen, las quejas, los deseos, la incorregible confusión de la gente»], una montaña de los bosqus de Turingia. Impresionado por la calma que reinaba en el lugar, Goethe escribió unos versos en un tablón de la pared:


Über allen Gipfeln
Ist Ruh,
In allen Wipfeln
Spürest du
Kaum einen Hauch;
Die Vögelein schweigen im Walde
Warte nur, balde
Ruhest du auch!


[«Sobre todas las cumbres
hay silencio,
sobre todas las copas de los árboles
sientes
sólo una brisa;
los pájaros callan en el bosque.
Espera, pronto
tú también descansarás.»]


Cincuenta y un años después, el 27 de agosto 1831, en la víspera de su cumpleaños 82, Goethe volvió a la región y quiso volver a visitar la cabaña. Al llegar al lugar, acaso después de entrar en calor, Goethe y su acompañante [Johann Christian Mahr] se acercaron a la pared, donde todavía podían leerse aquellos versos.

Johann Christian Mahr luego comentó:


[Goethe leyó estos pocos versos y las lágrimas rodaron por sus mejillas. Muy lentamente, sacó su pañuelo blanco como la nieve de su abrigo marrón oscuro, se secó las lágrimas y dijo en un tono suave y melancólico: «Si, pronto tú también descansarás». Se quedó en silencio durante medio minuto, volvió a mirar por la ventana el sombrío bosque de pinos y se volvió hacia mí diciendo: «¡Ahora, vamos!»]


Goethe moriría unos meses más tarde.

El manuscrito de la otra Canción nocturna del caminante [Tu eres del cielo (Der du von dem Himmel bist)] —publicado sin autorización en 1800— se encontró entre las cartas de Goethe a su amiga Charlotte von Stein, y lleva la firma En la ladera de Ettersberg, el 12 de febrero de 76. Supuestamente fue escrito bajo un árbol que más tarde se conocería como Roble de Goethe:


Der du von dem Himmel bist,
Alles Leid und Schmerzen stillest,
Den, der doppelt elend ist,
Doppelt mit Erquickung füllest;
Ach, ich bin des Treibens müde!
Was soll all der Schmerz und Lust?
Süßer Friede,
Komm, ach komm in meine Brust!


[«Tú que eres del cielo,
que aquietas todo dolor y pena,
refrescando dos veces
a los que son dos veces miserables;
oh, estoy cansado del ajetreo y el bullicio!
¿Por qué este éxtasis y dolor?
¡Dulce paz,
ven, oh, ven a mi pecho!»]


Canción nocturna del caminante de Goethe es un poema con una musicalidad innata; también con movimiento, como lo sugiere el título. Se puede suponer que el Caminante no es un vagabundo cansado, sino que Goethe habla de sí mismo. Eso implica que el Caminante es un ser solitario, un artista, un pensador, alguien que tiene la libertad y la capacidad intelectual para recogerse, sincronizarse de algún modo con su entorno natural, y pensar.

El poema de Goethe también se mueve desde lo grande a lo pequeño, del cielo al pecho del hombre, en un caso; desde las cumbres de las montañas a los árboles y los pájaros, en el otro. También podemos pensar que Goethe nos invita a desplazarnos desde lo inamovible y lo inorgánico [las montañas] a lo animado y lo orgánico [los árboles y los pájaros] que está sincronizado con la naturaleza; y aún más allá, al Hombre, al Caminante inquieto que comienza a esperar el descanso de la muerte. En este sentido, Canción nocturna del caminante es un poema muy visual, casi una panorámica, similar a un zoom que comienza en la distancia [las cumbres], que sigue sobre el horizonte más cercano [el bosque] y que termina en los pensamientos más íntimos del hombre.

Canción nocturna del caminante expresa algunos paradigmas del Romanticismo, otro desplazamiento o movimiento dentro del poema, esta vez de lo racional a lo irracional [ver: Filosofía del Romanticismo]. Recordemos que, para los poetas románticos, la racionalidad no era precisamente una virtud; sino más bien una anestesia para el dolor y el sufrimiento. El «pronto tú también descansarás» parece reafirmar esta aceptación del sufrimiento.

Canción nocturna del caminante, entonces, parece expresar la insignificancia del ser humano frente a la naturaleza, pero no de un modo amenazante o intimidante. En todo caso, la naturaleza es abrumadora; la sola consciencia del entorno [el cielo, las montañas, el bosque] son avasallantes, y le recuerdan al poeta que todo tiene un ciclo natural, también nuestra vida, y por eso todos pronto descansaremos cuando finalice nuestro ciclo natural.

Por supuesto, la naturaleza nos induce a pensar en nuestra mortalidad, pero también nos permite descansar de nuestras preocupaciones mundanas. Los pensamientos de Caminante probablemente son una reacción al entorno natural, lo cual le permite ahondar en preocupaciones más profundas, y quizas menos accesibles en un entorno urbano. En esencia, Canción nocturna del caminante de Goethe deja a su narrador en absoluta inferioridad ante la majestuosidad de la naturaleza, algo necesario para el entendimiento final de que él también forma parte del mismo ciclo.




Canción nocturna del caminante [I y II].
Wanderers Nachtlied, Goethe (1749-1832)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


I
Tú que eres del cielo,
que aquietas todo dolor y pena,
refrescando dos veces
a los que son dos veces miserables;
oh, estoy cansado del ajetreo y el bullicio!
¿Por qué este éxtasis y tormento?
¡Dulce paz,
ven, oh, ven a mi pecho!


II
Sobre todas las cumbres
hay silencio,
sobre todas las copas de los árboles
sientes
sólo una brisa;
los pajaritos callan en el bosque.
Espera, pronto
tu también descansarás.


I
Der du von dem Himmel bist,
Alles Leid und Schmerzen stillest,
Den, der doppelt elend ist,
Doppelt mit Erquickung füllest;
Ach, ich bin des Treibens müde!
Was soll all der Schmerz und Lust?
Süßer Friede,
Komm, ach komm in meine Brust!


II
Über allen Gipfeln
Ist Ruh,
In allen Wipfeln
Spürest du
Kaum einen Hauch;
Die Vögelein schweigen im Walde
Warte nur, balde
Ruhest du auch!


Goethe
(1749-1823)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Goethe.


Más literatura gótica:
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«El rey de Thule»: Goethe; poema y análisis


«El rey de Thule»: Goethe; poema y análisis.




El rey de Thule (Der König in Thule) es un poema del romanticismo del escritor alemán Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832), compuesto en 1774 y luego integrado dentro de la tragedia: Fausto (Faust).

El rey de Thule, uno de los grandes poemas de Goethe, nos sitúa en la legendaria isla de Thule, especie de Atlántida o Avalon de los mitos nórdicos, y narra la despedida de un antiguo rey, ya anciano y decrépito, que se dispone a morir como un buen vikingo: bebiendo hasta el último instante.




El rey de Thule.
Der König in Thule, Goethe (1749-1832)

Había un rey en Thule,
que fue fiel hasta la tumba,
quien a su amada, ya en agonía,
entregó su copa dorada.

Nada era más precioso para él;
la vació en cada ocasión, en cada fiesta;
y de sus ojos corrieron lágrimas de tristeza,
que humedecieron el áureo metal.

Cuando llegó la hora de su partida,
le entregó ciudades a su heredero,
el mundo entero,
excepto su copa querida.

Se sentó en el banquete real
con sus caballeros más estimados,
en el alto salón de su padre,
en un castillo junto al mar.

Ahí estaba el viejo rey
cuando bebió el último trago de vida;
y arrojó la copa sagrada encima
de las mareas que yacían abajo.

La vio hundirse y llenarse,
sumergirse en lo profundo del mar:
luego cayeron para siempre sus párpados,
para no beber nunca más.


Es war ein König in Thule,
Gar treu bis an das Grab,
Dem sterbend seine Buhle
einen goldnen Becher gab.

Es ging ihm nichts darüber,
Er leert' ihn jeden Schmaus;
Die Augen gingen ihm über,
So oft er trank daraus.

Und als er kam zu sterben,
Zählt' er seine Städt' im Reich,
Gönnt' alles seinen Erben,
Den Becher nicht zugleich.

Er saß beim Königsmahle,
Die Ritter um ihn her,
Auf hohem Vätersaale,
Dort auf dem Schloß am Meer.

Dort stand der alte Zecher,
Trank letzte Lebensglut,
Und warf den heiligen Becher
Hinunter in die Flut.

Er sah ihn stürzen, trinken
Und sinken tief ins Meer,
die Augen täten ihm sinken,
Trank nie einen Tropfen mehr.


Johann Wolfgang von Goethe
(1749-1832)




Poemas góticos. I Poemas de Goethe.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Goethe: El rey de Thule (Der König in Thule), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Elegías romanas»: Goethe; poemas y análisis


«Elegías romanas»: Goethe; poemas y análisis.




Elegías romanas (Römische Elegien) —publicado originalmente en Alemania bajo el título: Erotica Romana— es una colección de poemas del romanticismo del escritor alemán Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832), publicada en 1790.

La antología incluye algunos de los poemas de Goethe más famosos, como Pensamientos nocturnos (Nachtgedanken) y Amor inquieto (Rastlose Liebe), apenas dos de los veinticuatro poemas que conforman el ciclo.

Elegías romanas refleja en buena parte los viajes de Goethe por Italia, entre 1786 y 1788, donde quedó cautivado por la sensualidad de aquella cultura. La obra cuenta con algunos poemas prohibidos durante su tiempo; de hecho, al menos cuatro poemas de la versión original, compuesta poco antes de su regreso a Weimar, fueron censurados. Estos poemas malditos recién aparecerían en 1914, casi un siglo después de la muerte del autor.




Elegías romanas.
Römische Elegien, Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832)

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Libros de poemas. I Poemas de Goethe.


El análisis y resumen del libro de Goethe: Elegías romanas (Römische Elegien), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Goethe: poemas de amor más importantes


Goethe: poemas de amor más importantes.




GoetheJohann Wolfgang Von Goethe (1749-1832)— fue uno de los mejores poetas alemanes del romanticismo. Si bien es cierto que su mayor contribución al movimiento se dio a través de la novela, sus poemas de amor (Liebesgedichte) fueron esenciales para definir las principales romanticismo.

En este segmento daremos cuenta de los mejores poemas de amor de Goethe, un autor que ha dejado una marca indeleble en la poesía occidental.




Poemas de amor de Goethe.
  • Amor sin descanso (Rastlose liebe)
  • Canción nocturna del caminante (Wanderers Nachtlied)
  • Elegías romanas (Römische Elegien)
  • El espejo de la musa (Spiegel der muse)
  • El rey de los elfos (Der Erlkönig)
  • El rey de Thule (Der König in Thule)
  • La danza de la muerte (Der totentanz)
  • Lamento al amanecer (Klaggensang)
  • La novia de Corinto (Die Braut von Corinth)
  • La primera Vampiresa moderna: análisis de «La Novia de Corinto» de Goethe.
  • Pensamientos nocturnos (Nachtgedanken)
  • Amor contra voluntad (Liebe wider Willen)
  • Amor huérfano (Verwaiste Liebe)
  • Annette (Annette)
  • Bienvenido y adiós (Willkommen und Abschied)
  • Cerca del amante (Nähe des Geliebten)
  • Eco (Nachklang)
  • El amante escribe (El amante escribe)
  • El amante, sin embargo (Die Liebende abermals)
  • El barquero (Der Wassermann)
  • Elegía de Marienbad (Marienbad Elegy)
  • Elegías romanas (Römische Elegien)
  • El diván de oriente y occidente (Westöstlicher Diwan)
  • El infiel (Der untreue Knabe)
  • El rey en Thule (Der König in Thule)
  • El sacrificio que el amor trae (Das Opfer, das die Liebe bringt)
  • Encontrado (Gefunden)
  • Eres mía (Du bist mein)
  • Estoy tan enamorado de ella (Bin so in Lieb zu ihr versunken)
  • Herman y Dorotea (Hermann und Dorothea)
  • Juego (Spiel)
  • La hermosa noche (Die schöne Nacht)
  • La primera noche de Walpurgis (Die erste Walpurgisnacht)
  • Me lo hiciste hace mucho tiempo (Du hattest längst mir's angetan)
  • Mignon (Mignon)
  • Monólogo del amante (Monolog des Liebhabers)
  • Necesidad de amor (Liebebedürfnis)
  • No sé si te amo (Ob ich dich liebe, weiß ich nicht)
  • Nuevo amor, nueva vida (Neue Liebe, neues Leben)
  • Prometeo (Prometheus)
  • Quédate conmigo (Bleibe, bleibe bei mir)
  • Quién compra dioses del amor (Wer kauft Liebesgötter)
  • Rosita del matorral (Heidenröslein)
  • Si los ojos están (Ja, die Augen warens)
  • Sumergido (Versunken)
  • Travieso y feliz (Frech und froh)




Más autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


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Harry Price: el cazador de fantasmas.


Harry Price: el cazador de fantasmas.




Harry Price (1881-1948) fue un psíquico británico y un investigador paranormal cuya reputación alcanzó picos extraordinarios a causa de su pasión por desenmascarar fraudes.

Ya en su adolescencia se interesó por los asuntos del más allá, y escribió una obra teatral sobre un caso de Poltergeist en una granja de Shropshire, Inglaterra [ver: Las 8 fases de la Actividad Poltergeist]. En pocos años atrajo el interés de la opinión pública gracias a un descubrimiento muy curioso, la telegrafía espacial [Space-telegraphy], algo así como una primigenia comunicación inalámbrica que teóricamente funcionaba a la perfección, pero cuando se intentó llevarla a la práctica resultó un fracaso. En su autobiografía: Búsqueda de la verdad (Search for Truth), Harry Price afirma que el experimento no fue del todo negativo, ya que sirvió para probar que su idea no funcionaba en absoluto.

Alrededor de 1908 se interesó en la arqueología, con bastante éxito, ya que consiguió hacerse de varias monedas romanas, hachas y utensillos en la región de Sussex, cuya autenticidad fue confirmada por la Sociedad de Anticuarios [Society of Antiquaries]. Pero lo que realmente le interesaba Harry Price eran los fenómenos paranormales, y hacia allí dirigió sus esfuerzos desde entonces.

Para su ardua labor como desenmascarador de prodigios [que disimulaba sus deseos de encontrar prodigios genuinos] inició sus estudios en el ocultismo. En 1922 se unió al Círculo Mágico [Magic Circle], de neto corte esoterista, y luego se metió de lleno en el estudio de magia tradicional y prestidigitación. Con estas armas se lanzó a la caza de fantasmas y médiums fraudulentos.

Obtuvo su primer éxito como investigador paranormal a finales de 1922, cuando fue fotografiado por William Hope junto a un espíritu [ver arriba]. Lo extraño no se debe a la fotografía, sino al acuerdo previo entre Harry Price y el espíritu, en el que este último se comprometió a posar para la foto.

En 1923 Harry Price hizo un pedido formal a la Universidad de Londres para crear un departamento de investigación psíquica. La institución respondió favorablemente, y Harry Price encabezó el grupo de trabajo [aunque sin pertenecer al staff académico], que finalmente absorbería los departamentos del Laboratorio Nacional de Estudios Psíquicos [National Laboratory of Psychical Research].

Mientras tanto, en 1927 Harry Price se unió al Club Fantasma [Ghost Club], una institución que reunía a toda clase de investigadores paranormales. Fue un miembro activo hasta su cierre en 1936. A finales de 1927 Harry Price consiguió un tesoro invaluable, la Caja de Joanna Southcott, una especie de cofre en donde se hallaban las predicciones nefastas de la profetiza. Harry Price hizo arreglos para que su apertura fuese pública y garantizada por el testimonio de testigos, entre ellos, el obispo Grantham. La caja fue abierta con toda solemnidad, y en su interior se hallaron papeles ilegibles y un boleto de lotería.

En 1932 Harry Price viajó con su equipo al monte Brocken, en Alemania, en donde condujo un experimento de nigromancia por el cual intentaba invocar el espíritu de Goethe. Previamente, y bajo las promesas de un prestigioso hechicero, se había intentado convertir una cabra en un muchacho utilizando un ritual llamado Bloksberg Tryst, procedimiento que fracasó miserablemente.

Algunos dicen que Harry Price realmente obtubo respuesta de Goethe, y que este se apareció ante el grupo con total desparpajo, admitiendo algunos plagios inocentes y sus deseos inexpresables de volver a comer alimentos sólidos.

En 1934 Harry Price consiguió uno de sus logros más reconocidos. Se le abonaron cincuenta libras a la médium Helen Duncan para someterse a un estudio en el laboratorio de la universidad. El ectoplasma obtenido bajo condiciones de hermetismo científico resultó ser una rara combinación de claras de huevo y otros ingredientes inclasificables. Al parecer, Helen Duncan ingería esta respulsiva combinación y luego regurgitaba durante las sesiones espiritistas, dando la impresión de generar material etéreo de su boca.

La carrera de Harry Price como cazador de fantasmas continuó en distintos puntos del orbe. Investigó a los trepadores de sogas de la India, a los insensibles faquires que caminan sobre brasas al rojo vivo, magos, profetas, hechiceros, médiums, encantadores, y a todos los halló culpables de algún grado de engaño. En 1936 se unió a la BBC para trasmitir un supuesto caso de posesión en una casa de Meophan, Kent, con una audiencia descomunal para la época. Lejos de tirar la toalla, Harry Price condujo experimentos con Rahman Bey, que aseguraba poder sobrevivir semanas enteras dentro de un ataúd bajo tierra. Más aún, en 1939 elaboró un concurso nacional de telepatía a través del periódico John O'London's Weekly.

Ya en el ocaso de su carrera publicó una serie de libros imperdibles, y acaso imposibles de hallar en nuestra lengua: Confesiones de un cazador de fantasmas (The Confessions of a Ghost-Hunter), La casa más embrujada de Inglaterra (The Most Haunted House in England), Poltergeist en Inglaterra (Poltergeist Over England) y El final de la rectoría de Borley (The End of Borley Rectory). Bajo su influencia se reabrió el Club Fantasma, esta vez con ligeros cambios, entre ellos, la admisión de mujeres.

Dicen algunos que el 29 de marzo de 1948, Harry Price despertó de un sueño atroz en el que un fantasma se sentaba sobre su pecho y le destrozaba el tórax. Pocas horas después murió de un fulminante ataque al corazón.




Fenómeno paranormales. I Parapsicología.


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«El Rey de los Elfos»: Goethe; poema y análisis.


«El Rey de los Elfos»: Goethe; poema y análisis.




El Rey de los Elfos (Der Erlkönig) es un poema del romanticismo del escritor alemán Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832), compuesto alrededor de 1782.

El Rey de los Elfos [cuya traducción correcta sería: El Rey de los Alisios] es uno de los mejores poemas de Goethe. Está inspirado en una leyenda muy arraigada en Alemania, a tal punto que cuando el poema fue publicado como parte de una balada, numerosos músicos intentaron adornarla con sus melodías. Entre ellos se encuentran: Schubert, Schumann y Beethoven, aunque éste último, dicen, quemó su composición por considerarla banal.




El Rey de los Elfos.
Der Erlkönig, Goethe (1749-1832)

¿Quién cabalga tan tarde a través del viento y la noche?
Es un padre con su hijo.
Tiene al pequeño en su brazo
Lo lleva seguro en su tibio regazo.

"Hijo mío ¿Por qué escondes tu rostro asustado?"
"¿No ves padre al Rey de los Elfos?
¿El Rey de los Elfos con corona y manto?"
"Hijo mío es el rastro de la neblina."

"¡Dulce niño ven conmigo!
Jugaré maravillosos juegos contigo;
Muchas encantadoras flores están en la orilla,
Mi madre tiene muchas prendas doradas."

"Padre mío, padre mio ¿no oyes
Lo que el Rey de los Elfos me promete?"
"Calma, mantén la calma hijo mío;
El viento mueve las hojas secas."

"¿No vienes conmigo buen niño?
Mis hijas te atenderán bien;
Mis hijas hacen su danza nocturna,
Y ellas te arrullarán y bailarán para que duermas."

"Padre mío, padre mío ¿no ves acaso ahí,
A las hijas del Rey de los Elfos en ese lugar oscuro?"
"Hijo mío, hijo mío, claro que lo veo:
Son los árboles de sauce grises."

"Te amo; me encanta tu hermosa figura;
Y si no haces caso usaré la fuerza."
"¡Padre mío, padre mío, ahora me toca!
¡El Rey de los Elfos me ha herido!"

El padre tiembla y cabalga mas aprisa,
Lleva al niño que gime en sus brazos,
Llega a la alquería con dificultad y urgencia;
En sus brazos el niño estaba muerto.


Wer reitet so spät durch Nacht und Wind?
Es ist der Vater mit seinem Kind;
Er hat den Knaben wohl in dem Arm,
Er faßt ihn sicher, er hält ihn warm.

"Mein Sohn, was birgst du so bang dein Gesicht?"
"Siehst, Vater, du den Erlkönig nicht?
Den Erlenkönig mit Kron und Schweif?"
"Mein Sohn, es ist ein Nebelstreif."

"Du liebes Kind, komm, geh mit mir!
Gar schöne Spiele spiel' ich mit dir;
Manch' bunte Blumen sind an dem Strand,
Meine Mutter hat manch gülden Gewand."

"Mein Vater, mein Vater, und hörest du nicht,
Was Erlenkönig mir leise verspricht?"
"Sei ruhig, bleibe ruhig, mein Kind;
In dürren Blättern säuselt der Wind."

"Willst, feiner Knabe, du mit mir gehn?
Meine Töchter sollen dich warten schön;
Meine Töchter führen den nächtlichen Reihn,
Und wiegen und tanzen und singen dich ein."

"Mein Vater, mein Vater, und siehst du nicht dort
Erlkönigs Töchter am düstern Ort?"
"Mein Sohn, mein Sohn, ich seh es genau:
Es scheinen die alten Weiden so grau."

"Ich liebe dich, mich reizt deine schöne Gestalt;
Und bist du nicht willig, so brauch ich Gewalt."
"Mein Vater, mein Vater, jetzt faßt er mich an!
Erlkönig hat mir ein Leids getan!"

Dem Vater grauset's, er reitet geschwind,
Er hält in Armen das ächzende Kind,
Erreicht den Hof mit Müh' und Not;
In seinen Armen das Kind war tot.


Johann Wolfgang von Goethe
(1749-1832)




Poemas de Goethe. I Poemas góticos.


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«La serpiente verde»: Goethe; relato y análisis


«La serpiente verde»: Goethe; relato y análisis.




La serpiente verde —aunque la traducción más acertada sería: El cuento de hadas (Das Märchen)— es un relato fantástico del escritor alemán Johann Wolfgang Von Goethe (1749-1832), publicado en 1795 en la revista literaria The Horen, dirigida nada menos que por Friedrich Schiller.

La serpiente verde, uno de los grandes cuentos de Goethe, se introduce en la antigua tradición del cuento de hadas a través de la metafísica, una herramienta que le permite al autor atravesar ese territorio fantástico y, por contraste, evidenciar los límites deplorables del mundo de los sentidos.




La serpiente verde.
Das Märchen, Johann Wofgang von Goethe (1749-1832)

En su pequeña choza, ante el gran río cuya corriente habíase acaudalado por una fuerte lluvia y que desbordaba sus riberas, estaba el viejo barquero descansando y durmiendo, rendido por las labores del día. Le despertaron fuertes voces en medio de la noche; escuchó que unos viajeros querían ser trasladados. Al salir delante de la puerta vio dos grandes fuegos fatuos flotando encima del bote amarrado y le aseguraron que se hallaban en los más grandes apuros y que estaban deseosos de verse ya en la otra orilla. El anciano no se demoró en hacerse al agua y navegó con su destreza acostumbrada a través del río mientras los forasteros siseaban entre sí en un lenguaje desconocido y sumamente ágil, y estallaban, de vez en cuando, en fuertes carcajadas saltando por momentos en los bordes o en el fondo de la barca.

—¡Se balancea el bote! —exclamó el viejo—. Si estáis tan inquietos puede volcarse. ¡Sentaos, fuegos fatuos!

Estallaron en grandes carcajadas ante esta advertencia, se mofaron del anciano y se pusieron más inquietos que antes. Este soportó con paciencia sus malas maneras y, en poco tiempo, arribó a la otra orilla.

—¡Aquí tenéis! ¡Por vuestro esfuerzo! —exclamaron los viajeros y, al sacudirse, cayeron muchas y resplandecientes piezas de oro dentro de la húmeda barca.

—¡Santo cielo! ¿Qué hacéis? —exclamó el viejo—. Me exponéis al más grande apuro! Sí una de estas piezas hubiera caído en el agua, el río, que no soporta este metal, se hubiera levantado en terribles olas devorándonos al bote y a mí, ¡y quién sabe cómo os hubiera ido! ¡Tomad de nuevo vuestro dinero!

—No podemos tomar nada de lo que nos hemos desprendido —respondieron ellos.

—Entonces, encima me dais el trabajo de tener que recogerlas y llevarlas a enterrar bajo tierra —dijo el viejo, inclinándose para recoger las piezas de oro dentro de su gorra.

Los fuegos fatuos habían saltado del bote cuando el viejo exclamo:

—¿Y dónde queda mi paga?

—¡Quien no acepta oro tal vez quiera trabajar gratis! —exclamaron los fuegos fatuos.

—Tenéis que saber que a mí sólo se me puede pagar con frutos de la tierra.

—¿Con frutos de la tierra? Los detestamos y nunca los hemos disfrutado.

—Y sin embargo no os puedo soltar hasta que me hayáis prometido traerme tres coles, tres alcachofas y tres grandes cebollas.

Los fuegos fatuos hicieron por escurrirse en medio de bromas pero se sintieron atados al suelo de manera incomprensible; era la sensación más desagradable que jamás habían sentido. Prometieron satisfacer en poco tiempo la demanda del anciano; éste los despachó y partió. Ya se encontraba muy lejos cuando a sus espaldas le gritaron:

—¡Viejo! ¡Escuchad, viejo! ¡Hemos olvidado lo más importante!

Ya se había alejado y no los escuchaba. Se dejó llevar río abajo por el lado de esa misma orilla, donde decidió enterrar el peligroso y bello metal; era una región montañosa donde el agua nunca podía llegar. Allí, entre altos picachos, encontró un profundo abismo, donde arrojó el oro, y se volvió a su choza. En ese precipicio estaba la hermosa serpiente verde, que se despertó a causa del tintineo de las monedas despeñadas. Apenas vio las doradas obleas, las devoró de inmediato con gran avidez y buscó con mucho cuidado todas las piezas que se habían esparcido entre la maleza y las grietas rocosas. En cuanto las hubo devorado sintió, con el mayor agrado, fundirse el oro en sus intestinos y expandirse a través de todo su cuerpo; notó, para su mayor alegría, que se había vuelto transparente y luminosa.

Desde mucho tiempo atrás le habían asegurado que era posible este fenómeno; pero como ella recelaba de que esta luz perdurase mucho tiempo, la curiosidad y el deseo de asegurarse para el futuro la impulsaron a salir de la caverna a fin de investigar quién había arrojado en su interior el hermoso oro. No encontró a nadie. Tanto más agradable sentía de admirarse ella misma y a su graciosa luz que diseminaba a través del verde fresco mientras se arrastraba entre hierbas y matorrales. Todas las hojas parecían de esmeralda, todas las flores aureoladas de la manera más esplendorosa. En vano recorrió la solitaria y yerma tierra; pero tanto más creció su esperanza cuando llegó a una planicie y vio en lontananza un resplandor semejante al suyo.

—¡Por fin encuentro a alguien igual a mí! —exclamó, apresurándose a llegar a ese sitio. No reparó en las fatigas que el arrastrarse a través de pantanos y cañaverales le causaba, pues a pesar de que prefería vivir en los prados secos de los montes y entre las altas grietas de las rocas, en las que disfrutaba de las hierbas aromáticas y solía calmar la sed con tierno rocío y agua fresca de las fuentes, habría hecho todo lo que uno le hubiera impuesto por el amado oro, así de hechizada estaba por retener el hermoso resplandor.

Extenuada, llegó por fin a un húmedo juncal, donde nuestros dos fuegos fatuos se entretenían en juegos. Se dirigió rápidamente hacia ambos, los saludó celebrando encontrar caballeros de su parentela tan agradables. Los fuegos fatuos se aproximaron, saltaron por encima de ella y se rieron a su modo.

—Señora Mume —dijeron ellos—, aunque vos séais de la línea horizontal, eso no significa nada entre nosotros; se comprende que somos parientes por lo que toca al resplandor, pues vea nada más —y en eso ambos fuegos se alargaron tanto como su volumen se lo permitió—: ¡qué bien nos sienta a los caballeros de la línea vertical esta esbelta longitud! No se enfade con nosotros, amiga mía, ¿qué familia puede vanagloriarse de esto? Desde que existen fuegos fatuos, ninguno ha estado sentado o acostado.

La serpiente se sentía muy incómoda en presencia de estos parientes; pues por más esfuerzos que hiciera al querer levantar la cabeza más alto, sentía sin embargo que tenía que bajarla de nuevo hacia el suelo para poder impulsarse; y cuanto más se había complacido consigo misma entre la oscura floresta, tanto más parecía disminuir a cada momento su resplandor en presencia de estos parientes, e incluso temía que al final se extinguiera del todo. En medio de tal turbación preguntó rápidamente si los caballeros no le podían dar noticia de dónde venía el reluciente oro que hacía poco había caído dentro de la cueva; suponía que hubiese sido una lluvia áurea que manara directamente del cielo. Los fuegos fatuos se sacudieron de risa y una gran cantidad de monedas de oro saltó en torno suyo. La serpiente se abalanzó sobre ellas para devorarlas.

—Que os aproveche, señora Mume —dijeron los gentiles caballeros—. Aun podemos servirla con más.

Se sacudieron varias veces más con gran destreza, de manera que la serpiente no podía tragar más rápido el preciado alimento. Comenzó a aumentar visiblemente su esplendor y, en verdad, destellaba incomparablemente hermosa mientras los fuegos fatuos iban volviéndose magros y pequeños aunque sin perder la más leve pizca de su buen humor.

—Os agradezco eternamente —dijo la serpiente, al haberse recobrado después de su comida—. ¡Exigid de mí lo que queráis! Os concederé lo que esté a mi alcance.

—¡Muy bien! —exclamaron los fuegos fatuos—. Dinos dónde habita la bella Azucena. ¡Llévanos lo antes posible al palacio y a los jardines de la hermosa Azucena! Morimos de impaciencia por postrarnos ante ella.

—Ese servicio —replicó la serpiente con un profundo suspiro— no os lo puedo conceder de inmediato. Por desgracia, la bella Azucena vive más allá del agua.

—¿Más allá del agua? ¡Y nosotros que nos dejamos transportar en esta noche tan tormentosa! ¡Qué cruel es el río que ahora nos separa! ¿No sería posible llamar otra vez al viejo?

—Os esforzaríais en vano —dijo la serpiente—. Pues aunque vosotros lo encontrarais de este lado del agua no os llevaría; puede traer a esta orilla a todo aquel que lo quiera, pero no le está permitido llevar a nadie hacia allá.

—¡Mal estamos, pues! ¿No hay otro medio para trasponer el agua?

—Hay algunos otros más, sólo que no en este momento. Y yo misma puedo transportar a los caballeros pero únicamente al mediodía.

—Esa es una hora en la que no nos gusta viajar.

—Entonces podréis transbordar al anochecer sobre la sombra del gigante.

—¿Cómo puede ser eso?

—El gran gigante, que vive no lejos de aquí, tiene impedido hacer nada con su cuerpo; sus manos no levantan una sola paja, sus hombros no llevarían ningún leño. Por eso es más poderoso al levantarse y ponerse el sol, y así, basta sólo con sentarse en la nuca de su sombra al caer la noche: entonces el gigante se acerca suavemente a la orilla y su sombra conduce al viajero a través del agua. Pero si queréis llegar a aquel rincón del bosque a la hora del mediodía, donde la maleza se une con las aguas del río, entonces puedo yo transportaros y presentaros con la hermosa Azucena; por el contrario, si teméis al calor del mediodía entonces sólo podréis recurrir al gigante, quien, en aquel acantilado, hacia el anochecer, seguramente se mostrará muy obsequioso de serviros.

Con leve inclinación, los jóvenes caballeros se alejaron y la serpiente estuvo contenta de deshacerse de ellos, en parte por deleitarse con su propio resplandor, en parte por satisfacer su curiosidad que desde hacía mucho tiempo la torturaba. En medio de los rocosos abismos, en los que a menudo se arrastraba de uno a otro lado, había hecho un extraño descubrimiento. Pues aunque estaba obligada a moverse por estos abismos sin luz alguna, podía distinguir a través de su piel los objetos. Estaba acostumbrada a encontrarse en todas partes únicamente presencias irregulares de la naturaleza; ora enroscábase entre las aristas de grandes cristales, ora sentíase sobre las puntas de macizos de plata y sacaba una u otra piedra preciosa a la luz del día.

Pero, para su grande asombro, percibió algunos objetos dentro de la caverna cerrada que hacían ver la mano activa del hombre. Muros lisos por los cuales ella no era capaz de trepar, regulares y agudas esquinas, columnas bien talladas y, lo que le pareció más extraño de todo, figuras humanas por entre las cuales se había enroscado varias veces y que hubo de definir como de cobre o de mármol extremadamente bien pulimentadas. Deseaba resumir todas estas experiencias a través de la vista, y aquello que ella solamente suponía, quería comprobarlo. Se creyó capaz de infundir luz por sí misma a esta maravillosa bóveda subterránea, y esperaba de una vez poder hacerse del completo conocimiento de esos extraños objetos. Se apresuró y, sin tardanza, halló en su acostumbrado camino la grieta por entre la cual ella solía introducirse al sagrado recinto.

Al encontrarse en aquel sitio, se dio vuelta con curiosidad y, pese a que su resplandor no podía iluminar todos los objetos de la rotonda, los más próximos se le destacaron suficientemente claros. Con admiración y respeto, miró hacia lo alto de un brillante nicho en que se hallaba colocada la imagen de un venerable rey del más puro oro. Según la medida, la imagen era de humanas proporciones pero, según la figura, correspondía a la de una persona más bien pequeña. Su bien formado cuerpo se hallaba cubierto con un sencillo manto y una corona de encinas circundaba su cabello. Apenas la serpiente hubo visto la imagen venerable cuando el rey empezó a hablar y preguntó:

—¿De dónde vienes?

—De los abismos en los que reposa el oro —respondió la serpiente.

—¿Qué es más precioso que el oro? —preguntó el rey.

—La luz —contestó la serpiente.

—¿Qué es más reconfortante que la luz? —preguntó aquél.

—La conversación —respondió ésta.

Durante estas palabras había mirado de reojo y visto en el nicho inmediato otra imagen preciosa. Representaba, sentado, a un rey de plata cuya figura era alta y más bien esbelta; su cuerpo estaba revestido por una adornada vestimenta: corona, cinturón y cetro guarnecidos con piedras preciosas. Su rostro poseía la donosura del orgullo y parecía querer hablar cuando en el muro marmóreo se dibujó una oscura veta que de pronto se aclaró y difundió una agradable luz por todo el templo. Bajo esta luz, la serpiente distinguió al tercer rey, que, hecho de cobre, estaba sentado con su imponente cuerpo, apoyado en su basto, ornado con una corona de laurel, con el aspecto más de una roca que de un hombre. La serpiente quiso darse vuelta para encontrar al cuarto rey, que estaba a mayor distancia, pero mientras tanto el muro se abrió y la veta iluminada centelleó como un rayo y desapareció. Se presentó un hombre de mediana estatura que atrajo la atención de la serpiente. Iba vestido como un labriego y llevaba en su mano una pequeña lámpara ante cuyas llamas silenciosas uno miraba con gusto; iluminaba de manera singular, sin sombra alguna, todo el cimborio.

—¿Por qué vienes si ya tenemos luz?

—Vuestra majestad: sabéis que no me es permitido alumbrar lo oscuro.

—¿Llega a su fin mi reinado? —preguntó el rey de plata.

—Tarde o nunca —replicó el viejo.

Con voz enérgica, el rey de cobre comenzó a preguntar:

—¿Cuándo me levantaré?

—Pronto —replicó el viejo.

—¿Con quién debo aliarme?

—Con tus hermanos mayores —dijo el viejo.

—¿Qué será del más joven? —preguntó el rey.

—Se sentará —dijo el viejo.

—No estoy cansado —exclamó el cuarto rey con una voz ronca y tartamudeante.

Mientras aquéllos hablaban, la serpiente se había movido silenciosamente en el interior del templo, había contemplado todo y en ese momento observaba de cerca al cuarto rey. Este estaba erecto, apoyado en una columna, y su considerable corpulencia era más bien pesada que hermosa. Mas el metal en que estaba fundido no podía distinguirse fácilmente. Bien considerado, era una mezcla de los tres metales de que estaban hechos sus hermanos. Pero estas materias parecían no haberse fusionado bien; vetas de oro y plata corrían irregularmente a través de una masa de cobre, dando a la imagen un aspecto desagradable. Mientras tanto, el rey de oro se dirigió al hombre:

—¿Cuántos secretos sabes?

—Tres —replicó el viejo.

—¿Cuál es el más importante? —preguntó el rey de plata.

—El que es revelado —replicó el viejo.

—¿Nos lo quieres también hacer saber? —preguntó el rey de cobre.

—En cuanto sepa el cuarto —dijo el viejo.

—¡Qué me importa! —murmuró para sí mismo el rey mixto.

—Yo sé el cuarto —dijo la serpiente, que se acercó al anciano y le siseó algo al oído.

—¡Ya es tiempo! —exclamó el anciano con poderosa voz.

El templo resonó, retemblaron las estatuas de metal y, en ese momento, el anciano se perdió hacia el poniente y la sierpe hacia el oriente, cada uno recorriendo los abismos rocosos con gran prisa. Todos los pasillos que el viejo atravesó, en un instante se volvían de oro pues su lámpara tenía la maravillosa propiedad de convertir en oro todas las piedras, toda la madera en plata, los animales muertos en gemas, así como de aniquilar todos los metales. Para lograr este efecto, dicha lámpara tenía que iluminar ella sola; si había otra luz a su lado sólo producía un bello y claro resplandor, y todo lo vivo se recreaba a cada momento gracias a ella. El viejo entró a su choza, que estaba construida al pie de la montaña, y halló a su mujer en la más profunda aflicción. Estaba sentada junto al fuego y lloraba sin poder consolarse.

—¡Qué desdichada soy! —exclamó—. No te hubiera dejado salir este día.

—¿Qué pasa, pues?

—Apenas te fuiste —dijo la anciana entre sollozos— dos impetuosos viajeros llegaron a la puerta; desprevenida, los dejé entrar, parecían ser dos atentas y honradas personas. Estaban vestidos con ligeras llamas, podían haberse confundido con unos fuegos fatuos. Apenas estuvieron en casa, comenzaron a adularme con palabras tan desvergonzadas y se volvieron tan impertinentes que hasta me avergüenzo de pensar en ello.

—Bueno —replicó el hombre, sonriendo—, es probable que los señores habrán bromeado; pues, mirando tu edad, seguramente todo habrá quedado en una elemental cortesía.

—¡Cuál edad! —exclamó la mujer—. ¿Debo siempre oír hablar de mi edad? ¿Qué edad tengo yo? ¡Elemental cortesía! Pues yo sé lo que sé. Y sólo voltea a ver cómo están las paredes, sólo mira las viejas piedras que no he visto desde hace cien años; lamieron todo el oro, no hubieras dado crédito a su habilidad, y en todo momento aseguraban que sabía mucho mejor que el oro corriente. En cuanto limpiaron todas las paredes, parecieron estar de muchos ánimos y, ciertamente, en poco tiempo se pusieron mucho más grandes, anchos y relucientes. Entonces empezaron otra vez con su petulancia, me acariciaron, me llamaron su reina, se sacudieron y una gran cantidad de monedas de oro saltó alrededor suyo. Todavía puedes ver cómo relucen algunas debajo del banco. ¡Pero qué desgracia! Nuestro perrito comió algunas de ellas y aquí lo tienes muerto al pobre, debajo de la chimenea. ¡Pobrecillo mi animal! No puedo consolarme. Lo vi después de que se habían ido, pues de lo contrario no les hubiera prometido pagar su deuda con el barquero.

—¿Qué es lo que debes?

—Tres coles, tres alcachofas y tres cebollas. Les prometí llevar las cosas al río, al amanecer.

—Puedes hacerles el favor —dijo el anciano—, pues en algún momento ellos nos servirán a nosotros.

—Si nos van a servir no lo sé, pero yo les hice la promesa.

Mientras tanto, el fuego de la chimenea se había apagado, el anciano cubrió con mucha ceniza las brasas, apartó las relucientes piezas de oro y, al momento, su lamparita iluminaba otra vez con el más hermoso esplendor, los muros de la casa se cubrieron de oro y el perrito se transformó en el ónix más bello que podía uno imaginar. La variación entre el color marrón y negro de la piedra preciosa hacía de ella una obra de arte rarísima.

—Toma tu cesto —dijo el viejo— y coloca dentro el ónix; toma después las tres coles, las tres alcachofas y las tres cebollas, ponlas alrededor y llévalo todo al río. Hacia el mediodía hazte transportar por la serpiente, visita a la hermosa Azucena y ¡llévale el ónix! Ella lo revivirá con su tacto al igual que por lo mismo mata todo lo vivo. En él tendrá un fiel compañero. Dile que no esté triste, que su salvación está cerca, que la desgracia más grande puede considerarla como la más grande fortuna, pues ya es el tiempo.

La vieja preparó su cesto y se puso en camino al amanecer. El sol naciente brillaba con claridad desde el otro lado del río, cuyas aguas resplandecían a lo lejos; la mujer caminó con paso lento ya que el cesto le oprimía la cabeza y, sin embargo, no era el ónix lo que la fatigaba. Lo muerto que sobre sí llevaba no lo sentía, pues le permitía levantar su cesto hacia lo alto y flotar sobre su cabeza. Pero cargar una fresca legumbre o un pequeño animal vivo le era sumamente pesado. Hubo de caminar malhumorada un trecho, cuando, asustada de pronto, se paró en seco pues estuvo a punto de pisar la sombra del gigante, que se extendía a través del llano hacia donde ella se encontraba. Y sólo hasta ese momento hubo de ver al descomunal gigante, que se había bañado en el río, salido del agua, sin que ella supiera cómo apartarse. En cuanto él la advirtió, comenzó entre bromas a saludarla y las manos de su sombra alcanzaron el cesto.

Con desenvoltura y agilidad tomaron una col, una alcachofa y una cebolla y las llevaron a su boca, después de lo cual el gigante caminó río arriba dejando libre el camino a la mujer. Pensó si no sería mejor regresar y sustituir con las de su jardín las piezas que faltaban, y mientras tanto continuó su camino en medio de estas dudas de manera que pronto llegó al borde del río. Estuvo largo tiempo en espera del barquero, a quien finalmente vio en compañía de un extraño viajero. Un hombre joven, noble y hermoso al que no se cansaba de ver descendió de la barca.

—¿Qué traéis? —clamó el anciano.

—Son las legumbres que los fuegos fatuos os deben —replicó la mujer, mostrándole su mercancía. Cuando el viejo observó dos de cada uno de los géneros se puso de mal humor y aseveró que no podía aceptarlos. La mujer le rogó encarecidamente que las aceptara, le contó que en ese momento no le era posible volver a casa y que la carga le sería muy pesada en el camino que tenía por delante. El barquero insistió en su desdeñosa respuesta asegurándole que ni siquiera dependía de él.

—Lo que me corresponde a mí tengo que reunirlo durante nueve horas y no puedo aceptar nada mientras no hayáis tributado al río la tercera parte.

Después de mucho discutir, respondió por fin el viejo:

—Hay todavía un medio. Si os ofrecéis como garante ante el río y os confesáis como deudora, entonces acepto las seis piezas. Pero existe algún peligro.

—¿Pero si cumplo con mi palabra no corro ningún peligro?

—No, el más mínimo. Meted vuestra mano en el río —continuó el viejo— y prometed que queréis pagar la deuda antes de que transcurran veinticuatro horas.

La anciana lo hizo así. ¡Pero cómo se asustó al sacar su mano del agua, negra como carbón! Increpó vehementemente al anciano asegurando que sus manos habían sido siempre lo más hermoso en ella y que, a pesar del trabajo duro, ella había sabido mantener estos nobles miembros blancos y gráciles. Miró su mano con enorme disgusto y exclamó, con desesperación:

—¡Esto es aun peor! Yo veo que además se encoge, está mucho más pequeña que la otra.

—Ahora sólo lo parece —dijo el viejo—. Pero si vos no cumplís vuestra palabra, puede volverse realidad. La mano encogerá poco a poco y finalmente desaparecerá del todo sin que os véais impedida de su uso. Podréis realizar cualquier cosa con ella, sólo que nadie la podrá ver.

—Preferiría verme impedida de su utilidad con tal de que no desapareciese —dijo la vieja—. Por ahora esto no significa nada. Mantendré mi palabra para verme librada de esta negra piel y de mi preocupación.

Tomó el cesto con premura y lo sostuvo encima de su coronilla dejándolo flotar libremente en el aire y, a la carrera, siguió detrás del joven, quien caminaba pensativo y sin prisa. Su apuesta figura y su extraña vestimenta habían impresionado profundamente a la anciana. Su pecho estaba cubierto con una reluciente coraza bajo la cual todas las partes de su hermoso cuerpo se movían. De sus hombros colgaba un manto purpúreo, en su cabeza descubierta ondeaba un cabello castaño de hermosos rizos; su rostro encantador estaba expuesto a los rayos del sol al igual que sus bien proporcionados pies. Con desnuda planta caminó relajadamente sobre la quemante arena y un profundo dolor parecía insensibilizarlo ante toda impresión externa. La anciana intentó atraerlo locuazmente a su conversación, pero él tan sólo le respondió con escasas palabras, de manera que finalmente, no obstante sus bellos ojos, ella se dio por vencida de dirigirle siempre la palabra y se despidió de él diciendo:

—Vais demasiado lento, mi señor. No puedo entretenerme antes de cruzar el río con la ayuda de la serpiente verde para llevarle a la hermosa Azucena el exquisito regalo que mi marido le envía.

Con estas palabras se alejó presurosamente, y con la misma prisa el joven se animó a seguirla.

—¡Vais con la hermosa Azucena! —exclamó él—. Entonces llevamos el mismo camino. ¿Qué regalo es el que lleváis con vos?

—Señor mío —contestó la señora, algo cambiada—, no es justo que después de que vos rechazárais mis preguntas tan secamente, interroguéis ahora con tanta vivacidad por mis secretos. Si de otro modo queréis aceptar un intercambio y contarme vuestras aventuras, entonces no ocultaré cuál es mi situación ni qué clase de regalo es el mío.

Pronto se entendieron; la mujer le confió su situación así como la historia del perro y le dejó ver el hermoso regalo. Al instante, extrajo del cesto la obra de arte natural y tomó al dogo, que parecía estar durmiendo dulcemente entre sus brazos.

—¡Qué feliz animal! —exclamó—. Pronto serás tocado por sus manos, serás revivido por ella mientras que los vivos huyen de ella para no sufrir un triste destino. ¡Pero ¿por qué digo "triste"? ¿No es mucho más triste y angustioso ser paralizado ante su presencia que morir al contacto de su mano? ¡Mírame! —dijo a la anciana—. ¡Cuán miserable es la condición que a mi edad tengo que soportar! Esta coraza que llevé con honor durante la guerra, este manto purpúreo que intenté merecer a través de un sabio gobierno me los otorgó el destino, aquélla como una carga inútil y el otro como un adorno insignificante. Corona, cetro y espada están perdidos. Por lo demás, estoy tan desnudo y menesteroso como cualquier hijo de la tierra, pues tan infelices se ven sus hermosos ojos azules que a todos los seres vivos les quita sus fuerzas y todos aquellos a quienes su mano no mata se sienten trasladados a un estado de errabundas sombras vivas.

Así continuó lamentándose y de ninguna manera satisfacía la curiosidad de la anciana, que no solamente quería saber acerca de su estado interior, sino también de su circunstancia externa. No supo ni el nombre de su padre ni el de su reino. Acarició al petrificado dogo, al que los rayos del sol y el pecho tibio del joven habían dado color como si estuviera vivo. El joven no dejó de preguntar por el hombre de la lámpara, por los efectos de la luz sagrada y, en su triste situación, de esto parecía prometerse mucho para el porvenir. Mientras avanzaban conversando vieron brillar bajo el resplandor del sol, a lo lejos y de la forma más maravillosa, el majestuoso arco del puente, que se tendía de una orilla a otra. Ambos quedaron admirados pues jamás habían visto esa construcción bajo un aspecto tan hermoso.

—¡Cómo! —exclamó el príncipe—. ¿No era ya suficientemente hermoso ante nuestros ojos, como el jaspe y el prasio, cuando estaba recién construido? ¿No tiene uno el temor de pisarlo pues parece estar fundido en la variedad más animada de esmeralda, crisopasio y crisolito?

Ambos ignoraban el cambio que había adquirido gracias a la serpiente, pues era ésta la que cada mediodía se elevaba sobre el río en esa audaz forma de puente. Los viajeros posaron su planta con respeto y, en silencio, caminaron a través de ella. Apenas hubieron llegado al otro lado, el puente empezó a balancearse y a moverse, en breve tocó la superficie del agua y la serpiente verde acompañó en su extraña figura a los viajeros que ya iban por tierra. Ninguno de los dos había apenas dado las gracias por pisar su torso cuando notaron que, además de ellos tres, tenía que haber otras personas entre el grupo, las cuales, sin embargo, no podían ver con sus propios ojos. A su lado oyeron un siseo al que la serpiente respondió igualmente con otro siseo; aguzaron el oído y por fin pudieron entender lo siguiente:

—Investigaremos primero de incógnito en el jardín de la bella Azucena —dijeron distintas voces— y os rogamos que al anochecer, cuando estemos presentables, nos llevéis ante la perfecta beldad. Nos encontraréis en el borde del gran lago.

—Así lo haremos —respondió la serpiente y un siseante sonido se perdió en el aire.

Nuestros tres viajeros se consultaron entonces en qué orden querían presentarse ante la beldad; pues aunque podía estar rodeada de varias personas. éstas sólo podían presentarse ante ella por separado y retirarse ya que, de otro modo, se verían sometidas a intensos dolores. La mujer, con el perro transformado dentro del cesto, se acercó primeramente al jardín y buscó a su protectora, quien era fácil de encontrar pues en esos momentos cantaba acompañándose con una lira. Los suaves tonos se manifestaron primero como anillos sobre la superficie del lago silencioso, después como un ligero vientecillo que puso en movimiento abrojos y matorrales. En una verdosa glorieta, a la sombra de un bello conjunto de variados árboles, a la primera vista hechizó, como de costumbre, los ojos, el oído y el corazón de la mujer, que se acercó encantada jurándose a ella misma que la beldad se había hecho más hermosa todavía durante su ausencia. Ya desde lejos la buena mujer, saludándola y elogiándola, exclamó ante la más amable de todas las doncellas:

—¡Qué dicha veros! ¡Qué celestial diafanidad esparce vuestra presencia en torno vuestro! ¡Qué grácil se ve vuestra lira apoyada en vuestro regazo! ¡Cuán delicadamente la ciñen vuestros brazos, qué añoranza parece tener por vuestro pecho y qué tiernamente se escucha bajo el tacto de vuestros finos dedos! ¡Tres veces dichoso el mancebo al que prometisteis tomar su lugar!

Se hubo acercado al pronunciar estas palabras; la hermosa Azucena abrió los ojos, dejó caer sus manos y replicó:

—¡No me entristezcas con importunos elogios! Eso sólo me hace sentir más honda mi desdicha. Mira, aquí a mis pies está el pobre canario muerto. Acostumbraba posarse sobre mi lira y, gracias a mi esmero en su educación, evitaba tocarme. Hoy, después de haberme reconfortado del sueño, al comenzar una serena canción matinal y al escucharle a mi pequeño cantarín, más alegre que nunca, sus armoniosos trinos, un azor se lanzó por encima de mi cabeza. Mi pobre animalillo, asustado, se refugió dentro de mi pecho y en ese instante sentí los últimos estertores de la vida que lo abandonaba. Cierto que tocado por mi mirada, el criminal caminó desfalleciente al borde del agua, pero ¡de qué pudo servirme su castigo! Mi adorado está muerto y su tumba solamente hará crecer más los tristes abrojos de mi jardín.

—¡Animaos, hermosa Azucena! —exclamó la mujer, secándose una lágrima que el relato de la infeliz doncella le había provocado—. ¡Esforzaos! Mi edad puede mostraros que debéis moderar vuestra tristeza y considerar la desdicha más grande como un indicio de la más grande fortuna, pues ya ha de ser el tiempo. Y en verdad —continuó la anciana— muy revuelto anda el mundo. ¡Ved tan sólo mi mano, qué negra se ha puesto! ¡En verdad que está mucho más pequeña y debo darme prisa antes de que desaparezca completamente! ¿Por qué debería mostrarme tan complaciente ante esos fuegos fatuos? ¿Por qué debía yo encontrarme con el gigante y por qué debía de meter mi mano en el río? ¿No me podéis dar una col, una alcachofa y una cebolla? De ese modo, se los llevaré al río y mi mano se pondrá blanca como antes, de manera que la podré poner casi al lado de la vuestra.

—Coles y cebollas podríais aún encontrarlas en cualquier sitio, pero en vano buscaréis alcachofas. Todas las plantas de mi jardín no tienen ni pétalos ni frutos pero cada ramita que quiebro y planto en la tumba de un ser querido reverdece de inmediato y rápidamente crece. Por desgracia, he visto crecer todos estos grupos de matorrales y florestas. Las umbelas de estos pinos, los obeliscos de estos cipreses, los colosos de encinos y hayas, todos, fueron ramas diminutas plantadas por mi mano como tristes monumentos en un suelo normalmente infértil.

La vieja había prestado poca atención a este discurso mientras sólo observaba su mano, la cual, en presencia de la hermosa Azucena, se volvía más y más negra y parecía disminuir a cada minuto. Quería tomar su cesto y estaba a punto de irse cuando sintió que había olvidado lo mejor. En seguida extrajo al dogo convertido y lo colocó sobre el prado, no lejos de la hermosa mujer.

—Mi marido —dijo la vieja— os manda este presente. Sabéis que podéis revivir esta piedra preciosa apenas la toquéis. Este bueno y fiel animalillo os dará con seguridad mucha alegría, y la tristeza de que yo lo haya perdido puede aligerarse con la idea de que vos lo poseéis.

La hermosa Azucena miró con placer al manso animal y, según podía apreciarse, con admiración.

—Coinciden muchos signos que me inspiran gran esperanza —dijo ella—. Pero ¡ay!, ¿no es acaso una locura propia de nuestra naturaleza que cuando coinciden muchas desgracias nos imaginemos que lo mejor está cerca?

¿Cómo han de ayudarme tantos buenos signos?
¿El ave muerta, la negra mano de mi amiga?
¿El dogo convertido en joya tiene así su fiel imagen?
¿Acaso no me lo ha enviado la lámpara?
Alejada del dulce gozo humano,
Estoy por cierto hermanada a la desdicha.
¡Ay! ¿Por qué no está el templo junto al río?
¿Por qué el puente no está todavía construido?


Con cierta impaciencia había escuchado la mujer estos versos que la hermosa Azucena había acompañado con los agradables sonidos de su lira y que a cualquier otro hubiera encantado. Apenas quiso retirarse cuando de nuevo le fue impedido por la llegada de la serpiente verde. Ésta había escuchado los últimos versos de la canción, por lo que al momento, llena de confianza, le infundió coraje.

—¡La profecía del puente se ha cumplido! —exclamó—. Preguntad tan sólo a esta buena mujer qué hermoso se muestra el arco en este momento. Lo que normalmente era jaspe opaco, lo que sólo era prasio a través del cual la luz atravesaba cuando mucho sus bordes, se ha vuelto ahora una transparente joya. Ningún berilo es tan claro y ninguna esmeralda tiene tan hermoso color.

—En tal caso os deseo suerte —dijo Azucena—, mas perdonadme si no creo cumplida aún la profecía. Sobre el elevado arco de vuestro puente sólo pueden pasar peatones, y se nos ha prometido que pasarán caballos y carros y viajeros de todas clases, yendo y viniendo al mismo tiempo sobre el puente. ¿No se os ha profetizado acerca de los grandes pilares que se levantarán desde el río mismo?

La vieja había clavado en todo momento su mirada sobre la mano; en ese instante interrumpió la conversación y se despidió ceremoniosamente.

—Aguarda un momento más —dijo la hermosa Azucena— y lleva a mi pobre canario. Ruega a la lámpara que lo convierta en un hermoso topacio. Yo lo quiero revivir con mis manos y él, junto con vuestro buen Mops, serán mi mejor esparcimiento; pero ¡apresúrate lo más que puedas!, pues con la puesta del sol una insoportable descomposición atacará al pobre animal y desgarrará para siempre el conjunto de su hermosa figura.

La anciana colocó el diminuto cadáver entre tiernas hojas dentro del cesto y se retiró a toda prisa.

—Sea lo que fuere —dijo la serpiente, continuando la conversación interrumpida—, el templo está construido.

—Pero aún no está en el río —replicó la hermosa mujer.

—Aún reposa en las profundidades de la tierra —dijo la serpiente—. Yo he visto a los reyes y he hablado con ellos.

—Pero ¿cuándo se levantarán? —preguntó Azucena.

La serpiente replicó:

—Escuché las grandes palabras resonar dentro del templo: "El tiempo ha llegado".

Una agradable alegría se extendió por el rostro de la beldad:

—Pues hoy escuché —dijo ella— las venturosas palabras por segunda ocasión. ¿Cuándo llegará el día que las escuche por tercera vez?

Se levantó y, de inmediato, detrás de un matorral, surgió una encantadora muchacha que recibió de sus manos la lira. A ésta la siguió otra que plegó el catrecillo tallado en marfil, en el cual había estado sentada Azucena, y bajo su brazo tomó el plateado almohadón. Una tercera, que llevaba una gran sombrilla bordada con perlas, se presentó en espera de que Azucena llegara a necesitarla en caso de hacer su paseo. Eran estas tres muchachas de una expresión incomparablemente bella y encantadora y, sin embargo, tan sólo resaltaba la belleza de Azucena de modo que cada una terminó por reconocer que no podían compararse con ella. Mientras tanto, la hermosa Azucena había observado con placer al magnifico perro. Se inclinó hacia él, lo tocó y, en ese instante, se levantó de un salto. Se volvió vivazmente, corrió de un lado a otro y por último se arrojó sobre su bienhechora saludándola de la manera más amable. Ella lo tomó en sus brazos y lo estrechó contra su pecho.

—¡Qué frío estás! Y aunque sólo anida en ti la mitad de la vida, eres bienvenido. Te quiero amar tiernamente, jugar contigo, mimarte y estrecharte con todas mis fuerzas cerca de mi corazón.

En ese momento lo soltó, lo alejó de sí, volvió a llamarlo, jugó con él y corretearon inocente y vivazmente sobre el prado, de tal manera que había que ver su alegría con nuevo encanto y participar de ella, al igual que un momento después su tristeza había afluido a todos los corazones. Esa alegría, esos graciosos juegos fueron interrumpidos por la llegada del joven triste. Se aproximó de la manera como ya lo hemos visto; sólo que el calor del día parecía haberlo fatigado todavía más, y ante la presencia de su amada empalidecía más a cada instante. Llevaba el azor en su mano, posado tranquilamente, como una paloma, dejando caer sus alas.

—No es amable —exclamó Azucena, dirigiéndose a él—que traigas ante mi vista el odioso animal, el monstruo que ha matado a mi pequeño cantarín.

—¡No riñas a la infeliz ave! —replicó el joven—. Acúsate más bien a ti misma y al destino, y concédeme que permanezca en compañía de mi hermano de miserias.

Mientras tanto, el perro no cesaba de importunar a la beldad, a lo cual ella le correspondía con las muestras más cariñosas. Palmeó sus manos a fin de apartarlo; después al punto se dirigió para atraerlo de nuevo. Intentaba tomarlo cuando él huía y ahuyentarlo cuando intentaba acercarse a ella. El joven observaba en silencio y con creciente disgusto. Pero finalmente, como ella tomara en sus brazos al feo animalillo, que a él le parecía del todo horrible, lo apretara contra su blanco regazo y besara su negro hocico con sus celestiales labios, se le agotó por completo la paciencia y exclamó, lleno de desesperación:

—¿Es que debo yo, tal vez para siempre y por un triste destino, vivir privado de tu presencia, de ti, por cuya causa he perdido todo, incluso a mí mismo, ver ante mis ojos que una criatura tan antinatural te provoque alegría, que gane tu afecto y pueda disfrutar de tu abrazo? ¿Debo ir vagando por más tiempo de un lado a otro y completar el triste círculo cruzando el río de una a otra de sus orillas? No. Aún palpita una chispa del antiguo heroísmo en mi pecho. ¡Que en este momento se levante crepitante por última vez! Si piedras pueden reposar en tu seno, entonces que me convierta en piedra; si tu tacto mata, entonces quiero morir en tus manos.

Dijo estas palabras con ademanes vehementes; el azor voló de su mano, pero él se arrojó hacia la hermosa muchacha cuando ella alzó sus manos para detenerlo y, con horror, sintió ella la adorada carga en su seno. Con un grito retrocedió y el encantador mancebo se desplomó desde la altura de sus brazos. ¡La desgracia había ya sucedido! La dulce Azucena estaba de pie, inmóvil, mirando absorta el cadáver inánime. El corazón parecía paralizársele dentro del pecho y sus ojos estaban sin lágrimas. En vano el doguillo intentaba atraerla con movimientos amistosos; para ella todo el mundo había muerto con él. En su muda desesperación no buscó ayuda pues ya no esperaba ninguna. Por el contrario, la serpiente se movió con la mayor presteza; parecía tener en mente una forma de salvarlo y, en efecto, sus extraños movimientos servían al menos para impedir de momento las inminentes terribles consecuencias de la desgracia.

Con su flexible cuerpo describió un amplio circulo en torno al cadáver, tomó la punta de su cola con los colmillos y se mantuvo inmóvil. Poco después apareció una de las más hermosas doncellas de Azucena que traía consigo el catrecillo de marfil e instó a la beldad, con gestos amables, a que se sentara; poco después llegó la segunda de ellas, que llevaba un velo rojo que colocó sobre la cabeza de su señora, ornamentándola más que cubriéndola; la tercera le dio la lira y, apenas había ella tomado el precioso instrumento y arrancado algunos tonos a las cuerdas, cuando la primera regresó con un redondo y claro espejo, se sentó ante la beldad, captó sus miradas y le presentó la imagen más agradable que podía hallarse en la naturaleza. El dolor acrecentaba su hermosura, el velo, sus encantos, la lira, su gracia; y cuanto más deseaba uno ver cambiar su triste situación, tanto más deseaba uno mantener su imagen tal y como aparecía en esos momentos.

Con una muda mirada hacia el espejo, tan pronto como arrancaba sonidos melodiosos, su dolor parecía aumentar y las cuerdas respondían vehementemente a su lamento. Varias veces hizo el intento de cantar, pero la voz se le quebraba; pronto su dolor se disolvió en lágrimas, las doncellas la tomaron del brazo en su ayuda, la lira cayó de su falda. Apenas tomó la solícita sierva el instrumento, lo puso a su lado.

—¿Quién nos trae al hombre de la lámpara antes de que el sol desaparezca? —siseó suave pero comprensiblemente la serpiente.

Las muchachas se miraron entre sí y las lágrimas de Azucena fueron en aumento. En ese instante, la mujer del cesto regresó, desalentada.

—¡Estoy perdida e inválida! —exclamó ella—. ¡Mirad cómo mi mano casi ha desaparecido! Ni el barquero ni el gigante me quieren transportar porque aún soy deudora del agua; en vano he ofrecido cien coles y cien cebollas: no quieren más que tres piezas y ninguna alcachofa puede encontrarse en esta región.

—Olvidad vuestra pena —dijo la serpiente— y tratad, de ayudar aquí. Tal vez al mismo tiempo se os pueda ayudar. Apresuraos todo lo que podáis para encontrar a los fuegos fatuos; aún queda suficiente luz para verlos pero tal vez podáis escuchar sus risas y su alboroto. Si ellos se apresuran, el gigante os llevará todavía al otro lado del río y entonces podréis encontrar al hombre de la lámpara y enviarlo aquí.

La mujer corrió tan aprisa como pudo y la serpiente parecía esperar el regreso de ambos con la misma impaciencia que Azucena. El rayo del sol poniente doraba por desgracia ya tan sólo la punta más alta de los árboles y de la maleza, y largas sombras se extendían sobre el lago y los prados; la serpiente se movía con impaciencia y Azucena se deshacía en lágrimas. En ese trance, la serpiente miraba en torno suyo pues temía a cada momento que el sol se ocultase, que la podredumbre penetrase en el círculo mágico y atacara inconteniblemente al apuesto mancebo. Por fin, vio en lo alto del cielo al azor con su purpúreo plumaje y cuyo pecho reflejaba los últimos rayos del sol. Se estremeció de alegría ante la buena señal; y no se equivocaba pues poco después vio al hombre de la lámpara deslizarse por encima del lago como si patinara. La serpiente no cambió de posición pero Azucena se puso de pie y le gritó:

—¿Qué buen espíritu te envía en este momento en que te deseamos y necesitamos tanto?

—El espíritu de mi lámpara me impulsa —replicó el viejo—, y el azor me condujo hasta aquí. Mi lámpara chisporrotea cuando alguien me necesita y yo solamente busco la señal en el cielo; cualquier ave o meteoro me señala la dirección o el sentido hacia donde debo dirigirme. ¡Estad tranquila, bella doncella! Yo no sé si puedo ayudar, uno solo no ayuda sino el que se une en la hora precisa con muchos. Dejadnos diferir y esperad. Mantén tu circulo cerrado —continuó, dirigiéndose a la serpiente y sentándose al lado suyo, sobre un montículo de tierra y alumbrando el cuerpo muerto.

—¡Traed también al buen canario y colocadlo dentro del círculo!

Las muchachas tomaron del cesto el pequeño cadáver que la vieja había dejado allí y obedecieron a la voz del hombre. Mientras tanto, el sol se había ocultado y, a medida que la oscuridad aumentaba, no sólo la serpiente y la lámpara del hombre comenzaron a resplandecer, cada quien a su modo, sino que también el velo de Azucena despedía una tenue luz que coloreaba sus pálidas mejillas y su vestido blanco como una tierna aurora de una gracia infinita. Uno al otro se miraron intercambiando miradas en una muda contemplación; preocupación y tristeza estaban apaciguadas por una firme esperanza. Por ello, no parecía menos gratificante mirar a la vieja en compañía de los vivaces fuegos, quienes entre tanto debían haber gastado mucho pues se habían puesto extremadamente magros, a pesar de lo cual se comportaban de lo más comedidos frente a la princesa y las demás doncellas.

Con entero aplomo y locuaz expresividad dijeron cosas bastante vulgares; se mostraron sobre todo muy receptivos, especialmente ante el encanto que el reluciente velo expandía sobre Azucena y sus acompañantes. Las mujeres bajaron modestamente sus miradas y el elogio de su belleza en verdad las embellecía. Todo el mundo estaba contento, tranquilo, excepto la anciana. Pese a que su marido afirmaba que su mano no podía disminuir más mientras estuviese expuesta a la luz de la lámpara, ella aseguró más de una vez que, de continuar así, ese noble miembro desaparecería del todo antes de la medianoche.

El viejo de la lámpara había escuchado atentamente la conversación de los fuegos fatuos y estaba contento de que Azucena se hubiera distraído y alegrado con esa conversación. Y, en efecto, llegó la medianoche, no se sabía cómo. El viejo miró las estrellas y entonces comenzó a decir:

—Estamos reunidos en la feliz hora, desempeñe cada quien su trabajo, cada uno cumpla con su obligación y una felicidad colectiva disolverá los pesares de cada quien al igual que la desgracia de todos consume las alegrías de cada uno.

Después de dichas estas palabras, surgió un maravilloso barullo pues todos los presentes hablaron por sí mismos y expresaron en voz alta lo que tenían que hacer; sólo las tres doncellas permanecían en silencio, vencidas por el sueño; una al lado de la lira, la otra a la vera del parasol y la tercera junto al catrecillo, y no se les podía tomar a mal pues era ya tarde. Los flamígeros jóvenes, después de breves galanterías que también habían dedicado a las siervas, habían acabado por referirse a Azucena como la más hermosa. El anciano dijo al azor:

—Toma el espejo y con los primeros rayos del sol alumbra a las durmientes y despiértalas desde la altura con el reflejo de la luz.

La serpiente comenzó a agitarse, deshizo el círculo y se movió en grandes ondulaciones hacia el río. Los fuegos fatuos le siguieron con la mayor ceremonia de modo que podía uno considerarlos como las llamas más serias. La anciana y su marido tomaron el cesto, cuya tenue luz no se había advertido hasta ese momento, lo estiraron por ambos lados hasta hacerlo más y más grande y resplandeciente; en seguida introdujeron el cadáver del mancebo y colocaron el canario en su pecho. El cesto se elevó en el aire y flotó sobre la cabeza de la vieja, quien siguió el camino de los fuegos fatuos. La bella Azucena tomó al perrillo entre sus brazos y siguió a la anciana; el hombre de la lámpara cerraba el séquito mientras la región estaba iluminada de la más extraña manera por estas diversas luces. No sin escasa admiración, el grupo, al llegar al río, vio elevarse un arco precioso sobre el mismo, encima del cual la serpiente bienhechora les preparó un camino esplendoroso.

Si durante el día uno había admirado las transparentes gemas de las que se apreciaba estar construido el puente, entonces durante la noche se admiraba uno de su resplandeciente hermosura. En la parte superior el claro círculo se destacaba del oscuro cielo, mientras que en la parte inferior refulgían vivos destellos hacia el centro mostrando la cambiante solidez de la construcción. La comitiva atravesó con lentitud y el barquero, que miraba a lo lejos desde su choza, contemplaba con admiración el círculo resplandeciente y las extrañas luces que por encima del mismo se agitaban.

Apenas llegaron a la otra orilla cuando el arco comenzó a balancearse de un modo singular al aproximarse el agua ondulante. Poco después la serpiente se arrastraba por tierra, el cesto se asentó en el suelo y la serpiente volvió a cerrar su circulo; el anciano se inclinó ante ella y dijo:

—¿Qué has decidido?

—Sacrificarme antes de que me sacrifiquen —replicó la serpiente—. Prométeme que no vas a dejar en tierra una sola piedra.

El anciano se lo prometió y dijo después a la bella Azucena:

—¡Posa tu mano izquierda sobre la serpiente y la derecha sobre tu amado!

Azucena se arrodilló y tocó de ese modo a la serpiente y al cadáver. En ese instante, éste pareció retornar a la vida; se agitó dentro del cesto e incluso se incorporó para sentarse. Azucena lo quiso abrazar pero el viejo la retuvo; así, ayudó al mancebo a levantarse sosteniéndolo cuando salía del cesto y del círculo. El joven estaba de pie, el canario revoloteaba en su hombro; había de nuevo vida en ambos pero el espíritu aún no había retornado. El apuesto mancebo tenía los ojos abiertos pero no veía, al menos parecía mirar todo sin interés alguno y, apenas se hubo moderado un tanto la admiración ante este fenómeno, se hizo notar la extraña manera en que se había transformado la serpiente. Su esbelto y hermoso cuerpo se había descompuesto en miles y miles de refulgentes piedras preciosas; la vieja, que al descuido quiso tomar su cesto, había tropezado con ellas y no se vio más la figura de la serpiente; tan sólo un hermoso círculo de resplandecientes gemas quedó sobre la hierba.

El anciano dio indicios de meterlas en el cesto, a lo cual su esposa tuvo que ayudarle. Ambos llevaron luego el cesto hacia la orilla, en un sitio elevado, y él arrojó toda la carga al río no sin el disgusto de su mujer y de las demás doncellas, a quienes les hubiera gustado elegir algunas para sí. Las gemas, como resplandecientes y fulgurantes estrellas, nadaron entre el oleaje y no podía distinguirse si se perdían a lo lejos o se sumergían.

—Señores míos —dijo el anciano encarecidamente a los fuegos fatuos—, en adelante voy a enseñaros el camino abriendo el paso; mas esperamos vuestra preciosa ayuda para franquearnos la puerta del sagrado recinto, por la cual tenemos que entrar esta vez y que nadie más que vosotros puede abrir.

Los fuegos fatuos se inclinaron cortésmente y se quedaron detrás. El anciano avanzó con la lámpara al interior de la caverna, que se abrió delante suyo. El joven, casi mecánicamente, le siguió; silenciosa e insegura, Azucena se mantuvo a cierta distancia detrás suyo, la vieja no quería quedarse atrás y alargó su mano para que la luz de la lámpara de su marido pudiera alumbrarla sin sombra alguna. Cerraron entonces los fuegos fatuos el séquito inclinando una hacia otra las puntas de sus llamas como si conversaran. No habían andado mucho tiempo cuando el cortejo se halló delante de un gran portal de bronce cuyas hojas estaban cerradas con una cerradura de oro. Al momento, el anciano llamó a los fuegos fatuos quienes no vacilaron en consumir con sus llamas más punzantes la cerradura. El bronce crujió cuando el portón saltó de pronto y aparecieron en el interior del recinto sagrado las dignas imágenes de los reyes, iluminadas por las luces que atravesaban desde el exterior. Todos y cada uno se inclinaron ante los venerables monarcas y especialmente los fuegos fatuos no escasearon en retorcidas genuflexiones. Después de una pausa, el rey de oro preguntó:

—¿De donde venís?

—Del mundo —contestó el viejo.

—¿A dónde vais? —preguntó el rey de plata.

—Al mundo —dijo el viejo.

—¿Qué queréis de nosotros? —preguntó el rey de bronce.

—Os queremos acompañar —dijo el viejo.

El rey mixto estaba a punto de comenzar a hablar cuando el rey de oro dijo a los fuegos fatuos, quienes se le habían acercado demasiado:

—¡Alejaos de mí; mi oro no es para vuestro paladar! en esto se dirigieron al de plata y se estrecharon a él; su traje relucía hermoso bajo los destellos dorados.

—Vosotros sois bienvenidos —dijo él—, pero yo no os puedo alimentar: ¡llenaos afuera y traedme vuestra luz! —se alejaron y caminaron en silencio pasando por donde estaba el rey de cobre, que parecía no haberlos notado, y se dirigieron hacia el rey mixto.

—¿Quién dominará el mundo? —exclamó éste con voz tartamudeante.

—Quien está en sus pies —contestó el viejo.

—¡Ese soy yo! —dijo el rey mixto.

—Eso se manifestará —dijo el viejo—, pues el tiempo ha llegado.

La hermosa Azucena se echó al cuello del anciano y lo besó muy cordialmente.

—Santo padre —dijo ella—, mil veces te agradezco pues por tercera vez escucho estas palabras enteramente proféticas.

Apenas hubo exclamado lo anterior cuando se apoyó más fuertemente en el viejo pues el piso comenzó a vacilar bajo sus pies; la vieja y el joven se tomaron también el uno al otro; sólo los ágiles fuegos fatuos no se daban cuenta de nada. Se podía sentir claramente que todo el templo se movia como un navío que se alejara suavemente fuera del puerto después de levar anclas; las profundidades de la tierra parecían abrirse ante él al momento en que cruzaba. No chocó contra nada, ninguna roca se interpuso en su camino. Durante unos instantes pareció caer una lluvia fina; el anciano sostuvo a la hermosa Azucena más fuertemente y le dijo:

—Estamos debajo del río y pronto habremos llegado a nuestro destino.

No mucho después creyeron estar en calma pero se equivocaban: el templo se elevaba. Entonces surgió un ruido extraño por encima de sus cabezas. Tablas y vigas, en relación amorfa, comenzaron a oprimir hacia adentro ruidosamente y en dirección a la abertura de la cúpula. Azucena y la anciana saltaron a un lado, el hombre de la lámpara sujetó al mancebo y lo detuvo en su sitio. La pequeña choza del barquero —pues era ésta a la que el templo, al elevarse, había separado de la tierra y había acogido— descendió lentamente cubriendo al joven y al viejo. Las mujeres gritaban mientras el templo se sacudía como un navío que chocase insospechadamente contra la costa. Angustiadas, las mujeres erraban bajo el crepúsculo en torno de la choza. La puerta estaba cerrada y nadie escuchaba sus toquidos. Llamaron más fuerte y no fue poco su asombro cuando al final la madera comenzó a resonar.

Por la fuerza de la lámpara encerrada, la choza se había convertido desde dentro en plata. No pasó mucho tiempo cuando incluso cambió su figura, pues el noble metal abandonó las eventuales formas de las tablas, de los pilares y de las vigas y se extendió hasta formar un precioso edificio de un refinado trabajo. Había ahora un pequeño y hermoso templo en medio del grande o, más bien, un altar digno de un templo. Por una escalera que ascendía desde el interior, el noble mancebo trepó hacia lo alto, el hombre de la lámpara le alumbró y otro, que parecía apoyarlo, apareció vestido en un traje blanco y corto con un ramo de plata en la mano; podía inmediatamente reconocerse en él al barquero, el anterior habitante de la choza transformada. La bella Azucena trepó por las escaleras exteriores que conducían del templo hacia el altar; pero aún tenía que mantenerse alejada de su amado. La anciana, cuya mano se había vuelto más pequeña mientras la lámpara se mantuvo oculta, exclamo:

—¿Debo finalmente ser infeliz? ¿No hay manera de salvar mi mano con tantos milagros que suceden?

Su marido le señaló el portón abierto y le dijo:

—¡Mira, está amaneciendo! ¡Date prisa y báñate en el río!

—¡Vaya consejo! —exclamó ella—; ¡parece que debo ponerme toda negra y desaparecer del todo pues no he pagado todavía mi deuda!

—Ve —dijo el anciano— y sígueme. Todas las deudas están pagadas.

Fue la vieja corriendo y, en ese momento, la luz del sol naciente apareció en la cúspide de la cúpula. El anciano se colocó entre el joven y la doncella y exclamó en voz alta:

—Son tres los que dominan la tierra: la Sabiduría, el Esplendor y el Poder.

A la primera palabra se levantó el rey de oro, a la segunda el de plata y a la tercera, lentamente, se puso en pie el de bronce al momento en que el rey mixto se sentó, aturdido de pronto. Quien lo vio no podía apenas contenerse de risa a pesar del solemne momento pues no se sentaba ni se acostaba ni tampoco se apoyaba, sino que se había desplomado como una masa amorfa. Los fuegos fatuos, que hasta entonces se habían ocupado de él, se hicieron a un lado. Parecían volver a estar, no obstante su palidez a la luz matinal, bien alimentados y de buenas llamas; habían lamido diestramente con sus agudas lenguas las doradas vetas de la colosal imagen. Los irregulares y vacíos espacios que se habían creado, permanecieron abiertos durante algún tiempo y la figura se mantuvo en su posición anterior. Pero cuando, finalmente, las vetas más tiernas fueron también consumidas la imagen se derrumbó y, por desgracia, precisamente en aquellas partes que se mantienen enteras cuando el hombre se sienta. En cambio, las articulaciones, que debían haberse doblado, se mantenían firmes. Quien no fuera capaz de reírse tenía que apartar su mirada; la combinación entre forma y masa resultaba repugnante a la vista. El hombre de la lámpara condujo entonces al apuesto joven, aunque con la mirada aún fija durante el descenso del altar, clavada directamente en el rey de bronce. A los pies del poderoso príncipe se hallaba, dentro de su funda, una espada sobre el piso. El mancebo se la ciñó.

—¡La espada en la izquierda, la derecha libre! —exclamó el poderoso rey.

Entonces caminaron en dirección del rey de plata, quien inclinó su cetro hacia el joven. Este lo tomó con la izquierda; con agradable voz, le dijo el rey:

—¡Pastoread las ovejas!

Cuando llegaron ante el rey de oro, éste le colocó al joven la corona de encinas con gesto paternal, con el que le daba la bendición, y dijo:

—¡Reconoced lo más elevado!

El viejo había observado en todos sus detalles al joven durante esta celebración. Después de ceñirse la espada elevó su pecho, sus brazos se movieron y sus pies pisaron con más firmeza; tomando el cetro con la mano, la fuerza parecía suavizarse y volverse más poderosa en virtud de un encanto indescriptible; pero cuando la corona de encinas engalanó sus rizos, los rasgos de su rostro se avivaron, sus ojos brillaron con una indescriptible espiritualidad y la primera palabra en su boca fue: ¡Azucena!

—¡Querida Azucena! —exclamó él al correr a su lado subiendo las escaleras de plata, pues ella había observado sus pasos desde el pináculo del altar—. ¡Querida Azucena! ¿Qué mejor cosa puede desear un hombre dotado de todo que la inocencia y el callado afecto que tu pecho me ofrece...? ¡Oh, mi amigo! —continuó, dirigiéndose hacia el viejo y mirando a las tres imagenes sagradas—. Magnifico y seguro es el reino de nuestros padres pero has olvidado la cuarta fuerza que domina al mundo desde sus orígenes del modo más general y seguro: el poder del Amor.

Con estas palabras se echó al cuello de la hermosa joven; había tirado el velo y sus mejillas se coloreaban del más hermoso e imperecedero rubor. Entonces el anciano dijo, sonriente:

—El amor no gobierna pero nos templa, que es mejor.

En medio de esta solemnidad, felicidad y encanto no se habían percatado de que el día había nacido plenamente y, de golpe, les impresionaron aquellos objetos totalmente inesperados por entre el portón abierto. Ante una gran plaza rodeada de columnas se hallaba el vestíbulo, en cuyos confines se apreciaba un largo y hermoso puente que cruzaba el río sobre innumerables arcos; estaban amplia y hermosamente instalados en ambos lados para sus viajeros, con pasillos arqueados en los cuales ya se hallaban congregados muchos miles de ellos, que cruzaban afanosamente de un lado a otro. El gran camino central se animaba con el paso de rebaños, mulas, jinetes y carros que, en ambos lados, fluctuaban en corrientes sin estorbarse. Todos parecían admirarse ante la comodidad y el lujo, y el nuevo rey y su esposa estaban encantados con el movimiento y la vida de este gran pueblo, al igual que su mutuo amor los hacía felices.

—¡Honrad la memoria de la serpiente! —dijo el hombre de la lámpara—. Le debéis la vida, tu pueblo le debe el puente por el cual las dos orillas se unen y se vivifican como pueblos. Aquellas resplandecientes gemas que están en el agua, los restos de su cuerpo sacrificado, son los pilares de este hermoso puente. Sobre ellos ella misma se edificó y sola se mantendrá.

Quisieron reclamarle la aclaración de este maravilloso secreto cuando cuatro hermosas jóvenes entraron en el portón del templo. Por la lira, la sombrilla y el catrecillo podían reconocerse en seguida a las acompañantes de Azucena, pero la cuarta, más bella que las otras tres, era una desconocida que andaba corriendo con ellas a través del templo, bromeando como entre hermanas y subiendo las escaleras de plata.

—¿En el futuro me vas a creer más, querida esposa? —dijo el hombre de la lámpara a esta hermosa mujer—. ¡Que tú y toda criatura que se baña esta mañana en el río se llene de dicha y prosperidad!

La rejuvenecida y embellecida anciana, de cuyas formas no quedaba ni rastro, abrazó con revividos y juveniles brazos al hombre de la lámpara, que recibía complaciente sus caricias.

—Si te parezco demasiado viejo —dijo él, sonriendo— entonces puedes escoger a otro esposo. Desde hoy, ningún matrimonio es válido si no se contrae de nuevo.

—Es que no sabes —replicó ella— que tú también te has vuelto más joven.

—Me alegra si a tus ojos parezco un gallardo mancebo. Yo acepto de nuevo tu mano y viviré con gusto junto a ti durante el siguiente milenio.

La reina le dio la bienvenida a su nueva amiga y descendió con ella y sus demás compañeras de juegos mientras el rey, en medio de los dos hombres, miraba hacia el puente y contemplaba con atención el vívido gentío de su pueblo. Pero no duró mucho su satisfacción; advirtió un objeto que durante un momento le provocó disgusto. El gigante, que parecía aún no haberse reincorporado de su siesta matinal, se tambaleaba a través del puente y causaba allí mismo gran desorden. Como siempre, se había levantado somnoliento pensando en bañarse en la conocida bahía del río. En vez de ésta, se encontró con tierra firme y caminó a tientas sobre el ancho empedrado del puente. Si bien entró entre personas y animales de la más torpe manera, era sin embargo ciertamente admirada su presencia por todos sin resentirse nadie de ella. Pero, cuando el sol le pegó en los ojos y él levantó las manos para restregárselos, la sombra de sus inmensos puños pasó tan enérgica y torpemente detrás de él que personas y animales se derrumbaron en grandes masas, sufriendo daños y corriendo peligro de ser arrojados al río. El rey, al ver este desaguisado, dirigió su mano instintivamente hacia su espada pero se contuvo y miró con tranquilidad primero su cetro, después la lámpara y por último el remo de sus acompañantes.

—Adivino tus pensamientos —dijo el hombre de la lámpara—, pero nosotros y nuestras fuerzas somos impotentes contra este débil. ¡Estáte tranquilo! Está causando daño por última vez y, por fortuna, se ha apartado de nosotros.

Mientras tanto, el gigante se había acercado más, había bajado sus manos admirado por lo que veían sus asombrados ojos; no hizo más daño y, boquiabierto, entró en el vestíbulo. Caminaba hacia la puerta del templo cuando fue atrapado en medio del vestíbulo. Estaba erecto como un colosal e inmenso obelisco de piedra de un bermejo esplendor y su sombra mostraba las horas hechas en marquetería en forma de un círculo trazado en torno suyo sobre el piso, no con números sino en nobles y simbólicas imágenes. No fue poca la alegría del rey al ver la utilidad de la sombra del gigante ni poca la sorpresa de la reina al subir con sus doncellas desde el altar, ornamentado con exagerado lujo, cuando vio hacia el puente. Mientras tanto, el pueblo se había apretujado, detrás del gigante, siguiéndolo; y como éste se mantuviese quieto, lo rodearon admirando su transformación. La multitud partió de aquí hacia el templo, que hasta entonces parecieron advertir, y se multiplicaron junto a la puerta.

El azor volaba en ese momento en lo alto de la cúpula; con el espejo, captó la luz del sol y la reflejó sobre el grupo, que estaba de pie en lo alto del altar. El rey, la reina y sus acompañantes parecían iluminados por un celeste resplandor dentro de la bóveda crepuscular del templo y el pueblo se arrodilló inclinando la cabeza. Cuando se hubo recuperado y reincorporado la muchedumbre, el rey descendió con los suyos dentro del altar para caminar, a través de pasadizos secretos, hacia su palacio. Y el pueblo se dispersó dentro del templo para satisfacer su curiosidad. Contemplaba, con arrobo y respeto, a los tres reyes erguidos, pero estaba tanto más ávido de saber qué bulto se ocultaba bajo el tapiz, dentro del cuarto nicho; pues quien haya sido, una modestia benévola había extendido un precioso manto sobre el rey caído y que ningún ojo pudo traspasar con la mirada ni mano alguna tiene permitido quitar.

El pueblo no hubiera. encontrado fin a su admiración y contemplación y la masa que continuaba entrando se hubiera aplastado dentro del templo si su atención no hubiera sido atraída de nuevo hacia la gran plaza. Inesperadamente, cayeron del aire monedas de oro, resonando sobre las baldosas de mármol; los; más cercanos se lanzaron a fin de apoderarse de ellas; aisladamente se repitió ese milagro, es decir, aquí y alli. Se comprende que los fuegos fatuos se daban otra vez gusto y malgastaban de manera alegre el oro de los miembros del rey caído. Ávidamente, el pueblo corrió durante algún tiempo de un lado a otro, se desgarró e incluso se desmoralizó debido a que cesaron de caer más monedas. Por último, poco a poco fue dispersándose, siguió su camino y, hasta hoy en dia, el puente pulula de viajeros y el templo es el mas visitado de toda la tierra.

Goethe (1749-1832)




Relatos góticos. I Relatos de Goethe.


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