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«El Armario»: Thomas Mann; relato y análisis.


«El Armario»: Thomas Mann; relato y análisis.




El Armario (Der Kleiderschrank) es un relato de terror del escritor alemán Thomas Mann (1875-1955), escrito en 1899.

El Armario, uno de los mejores cuentos de Thomas Mann, relata la historia de Albrecht van der Qualen, un hombre a quien los médicos le han dado unos pocos meses de vida. En este contexto, decide viajar. Toma el tren en Berlín con escasas posesiones: no lleva lleva reloj ni calendario. «Hace mucho que abandonó la costumbre de saber en qué día» se encuentra, pero sabemos que es otoño. Se baja en una estación desconocida y camina hacia el centro de la ciudad. Cruza un puente «bajo el cual el agua fluye turbia y perezosamente». Se sube a «una barcaza destartalada» conducida por un barquero silencioso. Se dirige al hotel. Una vieja decrépita [que le recuerda las brujas de E. T. A. Hoffmann], con «cara de pájaro», le alquila un cuarto «patéticamente desolado».

Ciertamente la habitación es espartana. Hay tres sillas rojas de mimbre que destacan contra las paredes blancas [«como fresas en crema batida»] y un armario: «una cosa cuadrada» con una decoración rudimentaria. El armario está vacío y destartalado, sin embargo, por la noche, mientras bebe coñac, Albrecht encuentra a una chica hermosa en su interior. Ella le cuenta historias «sin consuelo» a la luz de las velas; historias de amantes que terminan con «una puñalada por encima del cinturón... y siempre por buenas razones».

La chica aparece en el armario todas las noches. Albrecht intenta encontrarla durante el día, pero el armario siempre está vacío:


«¿Cuánto tiempo duró esto? ¿Quién sabe? ¿Quién sabe siquiera si Albrecht van der Qualen despertó de veras aquella tarde y se dirigió a la ciudad desconocida? ¿Quién sabe si no se quedó dormido en su coche de primera clase, dejándose llevar por el expreso a velocidades increíbles por encima de las montañas? ¿Quién de nosotros se comprometería a aventurar una respuesta decidida y responsable a esta pregunta? La incertidumbre es total. Todo tiene que quedar en el aire…»


Thomas Mann no informa la edad del narrador, pero podemos deducir que es un hombre joven. En este contexto, el diagnóstico de una enfermedad terminal altera sus planes de vida. Esto es representado simbólicamente en el viaje en tren. Albrecht toma el expreso Berlín-Roma, pero decide apartarse de su itinerario y bajarse antes de llegar a su destino programado. En otras palabras, la inminencia de la muerte lo obliga a bajarse antes de la vida que tenía prevista. En este espacio intermedio, liminal, donde el tiempo no parece importar demasiado, transcurre la acción [no es caprichoso que el narrador no lleve reloj ni calendario]. Condenado a no tener futuro, Albrecht abandona la medición del tiempo e intenta existir en el único espacio seguro que le queda: el presente.

El Armario presenta tres mujeres. La primera es una aparición fugaz pero detallada: A través de la ventanilla del tren, Albrecht vé a una mujer alta, robusta, llevando una valija que, piensa, debe pesar toneladas. El narrador nota el labio superior de la mujer cubierto de pequeñas gotas de sudor y una «erupción repulsiva, una especie de tumor fungoso» en su frente. La segunda mujer es la casera, vieja y flaca [«como un personaje de Hoffmann»]. La mujer lo conduce hasta un cuarto «lastimosamente frío, con paredes desnudas y blancas», con tres sillas rojas, una cama, un lavabo con espejo y un armario. La posada está en el arrabal de esta ciudad desconocida. No es el típico suburbio tranquilo, sino más bien un espacio alejado de la «vida» urbana.

La tercera mujer es una presencia insólita, desnuda, insinuante, de «alargados ojos negros», que aparece en medio de la noche en el armario del cuarto que Albrecht ha alquilado. Como una especie de Scheerezade, esta mujer inexplicable le cuenta a Albrecht hermosas historias de amor que terminan invariablemente mal.

Esta mujer es un misterio que plantea muchas preguntas y ninguna respuesta satisfactoria: ¿que hace desnuda en un armario? ¿Cómo se metió al cuarto? ¿Ya estaba allí cuando Albrecht llegó a la pensión? ¿Es real? Su desnudez no parece caprichosa. Le añade a la historia un condimento sensual, un recordatorio de los placeres carnales a los que Albrecht deberá renunciar a medida que progrese su enfermedad. Podríamos pensar que se trata de un psicopompo, una entidad que ha venido a ayudar a Albrecht en su transición hacia la muerte, a consolarlo en su soledad y acaso guiarlo hacia el más allá.

El Armario concluye con una serie de interrogantes que ni siquiera insinúan un desenlace. Quién es la chica en el armario y de dónde viene no está claro. Tampoco que Albrecht esté soñando, delirando, alucinando debido al coñac o teniendo una experiencia cercana a la muerte. Pero la incertidumbre se exitiende más allá. La ciudad desconocida y la estancia en la posada podrían ser parte de una visión que Albrecht está teniendo mientras viaja en el tren.

Lo único que parece real en El Armario es la enfermedad de Albrecht, evidenciada no sólo en sus «ojos profundamente sombreados» y su «tez amarillenta», sino en su propio nombre: el alemán qualen podría traducirse como «tormento», «agonía». Por otro lado, todos los escenarios tienen una atmósfera crepuscular: la tarde, el otoño, las luces empañadas de los faroles. Albrecht incluso cruza un río [¿Estigia?] en una barca conducida por un barquero anónimo, parco como Caronte [ver: Nekropompos: la historia de Caronte, el barquero]. En este sentido, El Armario prefigura el motivo central de La montaña mágica (Der Zauberberg), una especie de progresiva separación de la vida y el aislamiento que acompaña a la enfermedad.




El Armario.
Der Kleiderschrank, Thomas Mann (1875-1955)

Estaba nublado, hacía frío y todo quedaba en una semioscuridad, cuando el expreso Berlín-Roma entró en una de las estaciones intermedias de su ruta. En un compartimento de primera clase, con cubiertas de pasamanería sobre la tapicería de felpa, Albrecht van der Qualen, viajero solitario, se despertó y se incorporó. Sentía la boca seca y en el cuerpo la desagradable sensación producida cuando el tren se detiene después de un largo viaje y nos damos cuenta del cese de un movimiento rítmico, tomando conciencia de las llamadas y señales del exterior. Es como volver en sí después de una borrachera o del letargo. Nuestros nervios, de pronto privados del ritmo protector, se sienten perdidos y desamparados. Pero aun es peor si acabamos de despertar del pesado sueño en el que se cae durante los viajes en ferrocarril.

Albrecht van der Qualen se desperezó un poco, se acercó a la ventanilla y bajó el cristal. Miró a lo largo de los vagones. Algunos hombres estaban ocupados en el furgón de correos, descargando y cargando paquetes. La máquina emitía una serie de sonidos, resoplaba y rugía un poco, esperando quieta, pero sólo como lo hace un caballo que alza los cascos, mueve las orejas y aguarda impaciente la señal de partida. Una mujer alta y robusta, con un largo impermeable, de cara inexpresiva pero preocupada, recorría el tren llevando una maleta de unos cuarenta kilos, la empujaba frente a ella con una rodilla. No decía nada, pero parecía acalorada y angustiada. Su labio superior estaba tenso y bañado en pequeñas gotas de sudor. Era, en conjunto, una figura patética.

«Pobrecilla —pensó Van der Qualen—, si pudiera ayudarte, aliviarte, hacerte subir…, sólo para la tranquilidad de ese labio superior. Pero a cada quien lo suyo. Así están dispuestas las cosas de la vida; yo me quedo aquí, perfectamente despreocupado, mirándote como miraría a un escarabajo panza arriba.»

El cobertizo de la estación estaba casi sumido en la oscuridad. Madrugada o anochecer… no lo sabía. Había dormido. ¿Quién podía decir si habían sido dos, cinco o doce horas? En alguna ocasión había dormido durante veinticuatro horas o quizá más, de un tirón, con un sueño extraordinariamente profundo.

Llevaba un grueso abrigo corto con cuello de terciopelo. Por su complexión era difícil decir su edad: se podía dudar entre los veinticinco y el final de los treinta. Su piel era amarillenta, pero los ojos eran negrísimos y estaban rodeados de profundas sombras oscuras. Aquellos ojos no presagiaban nada bueno. Varios doctores, hablando francamente, de hombre a hombre, le habían dado pocos meses de vida. Su cabello negro estaba lisamente partido a un lado.

En Berlín —aunque Berlín no había sido el principio de su viaje—, había subido al tren cuando éste empezaba a moverse, llevando como por casualidad un maletín de piel rojiza. Se había dormido y ahora, al despertar, se encontraba tan completamente desligado del tiempo que le invadió una sensación de alivio. Se regocijó con la idea de que al final de la fina cadena que llevaba alrededor del cuello, había únicamente una pequeña medalla metida en el bolsillo superior de su chaqueta. No le gustaba enterarse de la hora o del día de la semana, y lo que es más, no tenía tratos con el calendario. Hacía algún tiempo que había perdido la costumbre de saber el día del mes y hasta el mes del año. «Todo tenía que estar en el aire…», pensó y la frase, aunque bastante vaga, era comprensible. Este programa nunca, o muy raramente, había sido alterado, pues se tomaba el trabajo de mantener todo conocimiento molesto a distancia. Después de todo, ¿no era suficiente con saber más o menos la estación del año?

«Debemos estar más o menos en otoño —pensó, mirando el húmedo y sombrío tren—. Es lo único que sé. Ni siquiera sé dónde estoy.»

Su satisfacción ante este pensamiento le hizo estremecerse de placer. No, ¡no sabía dónde estaba! ¿En Alemania? Con seguridad. ¿En el norte de Alemania? Habría que verlo. Mientras sus ojos continuaban pesados por el sueño, la ventanilla de su compartimento se había deslizado ante un letrero luminoso; quizá llevaba escrito el nombre de la estación, pero ni la imagen de una sola letra había sido transmitida a su cerebro. Aún aturdido, había oído cómo el revisor gritaba el nombre dos o tres veces, pero no había captado ni una sola sílaba. Afuera, en la semipenumbra de la que no se sabía si del día o de la noche, se extendía un lugar extraño, un pueblo desconocido.

Albrecht van der Qualen tomó su sombrero de fieltro de la red, su maletín de piel rojiza, la correa que aseguraba la manta escocesa de seda y lana, roja y blanca, enrollada alrededor de un paraguas con empuñadura de plata, y aunque su boleto marcaba Florencia, dejó el compartimento y el tren, caminó a lo largo del cobertizo, depositó su equipaje en la consigna, encendió un cigarro, metió las manos —no llevaba ni bastón ni paraguas— en los bolsillos de su abrigo y salió de la estación.

Afuera, en la húmeda, tenebrosa y casi vacía plaza, cinco o seis cocheros de punto hacían chasquear sus látigos. Un hombre con gorra galoneada y larga capa en la que se arrebujaba tembloroso preguntó educadamente:

—¿Busca hotel, buen hombre?

Van der Qualen le dio las gracias cortésmente y siguió su camino. La gente con quien se cruzó llevaba el cuello del abrigo subido; él subió el suyo, escondió la barbilla en el terciopelo, fumó y continuó caminando, ni lentamente ni demasiado aprisa.

Pasó a lo largo de una pared baja y una vieja puerta flanqueada por dos pesadas torres; cruzó un puente con estatuas en los barandales y vio el agua deslizarse lenta y turbia bajo él. Un largo bote de madera, viejo y carcomido, se acercó, conducido por un hombre con una larga pértiga en la popa. Van der Qualen se quedó un momento reclinado sobre el barandal del puente.

«Aquí —se dijo— hay un río; éste es el río. Es agradable pensar que lo llamo así porque no sé su nombre», y siguió caminando.

Continuó hacia adelante un rato, por el adoquinado de una calle que no era ni muy estrecha ni muy ancha, después dio la vuelta a la izquierda. Anochecía. Empezaban a encenderse los faroles, vacilaban, brillaban chisporroteando y después iluminaban la penumbra. Las tiendas estaban cerrando.

«Entonces hay que concluir que estamos, no cabe duda, en otoño», pensó Van der Qualen, siguiendo por el camino negro y húmedo. No llevaba chanclos, pero la suela de sus botas era muy gruesa, duradera y firme, aunque no eran por ello menos elegantes.

Se mantuvo a la izquierda. Los hombres pasaban por su lado, se apresuraban hacia sus negocios o volvían de los mismos.

«Y yo camino con ellos —pensó—, y estoy tan solo y soy tan extraño a ellos como jamás lo ha sido hombre alguno. No tengo negocios ni metas. No tengo ni un bastón en que apoyarme. Nadie puede ser más retraído, libre y desligado. No le debo nada a nadie y nadie me debe nada. Dios nunca ha tendido su mano sobre mí. Él no me conoce. La desdicha honesta sin caridad es una buena cosa; un hombre puede decirse a sí mismo: no le debo nada a Dios.»

Pronto llegó al final de la población. Probablemente la había cruzado en diagonal. Se encontró en una ancha calle de los suburbios flanqueada de árboles y villas, dio vuelta a la derecha, pasó tres o cuatro travesías casi como callejuelas de pueblo, iluminadas tan sólo por faroles, y se detuvo en una que era ligeramente más amplia, ante una puerta de madera, vecina de una casa común y corriente y pintada de amarillo deslucido, que tenía, sin embargo, el sorprendente detalle de unas ventanas de vidrio cilindrado, convexas y bastante opacas. En la puerta había un letrero:

En el tercer piso de esta casa se alquilan habitaciones.

—Ah… —murmuró.

Tiró la punta de su cigarro, siguió a lo largo de un entarimado que formaba la línea divisoria entre dos propiedades, giró a la izquierda y entró en la casa. Una grasienta alfombra gris corría a lo largo de la entrada. La cruzó en dos pasos y empezó a subir por la escalera de madera.

Las puertas de los apartamentos eran muy modestas; tenían paneles de vidrio blanco con refuerzo de alambre y en algunas había placas con los nombres. Los rellanos se iluminaban con lámparas de aceite. En el tercer piso, el último, pues ya le seguía el ático, había puertas a la derecha y a la izquierda, simples puertas de madera café, sin placas de ninguna clase. Van der Qualen hizo sonar la campanilla del centro. Llamó, pero no le llegó ningún ruido del interior. Llamó a la izquierda, no obtuvo respuesta. Llamó a la derecha y oyó pasos ligeros, largos como zancadas, y la puerta se abrió.

Salió una mujer, una dama; alta, delgada y vieja. Llevaba un sombrero con un gran lazo lila pálido y un anticuado y deslucido vestido. Tenía la cara hundida y semejante a la de un pájaro, y en su frente le había salido una erupción, una especie de tumor fungoso. Era más bien repulsivo.

—Buenas noches —dijo Van der Qualen—. ¿Las habitaciones?

La anciana asintió; asintió y sonrió lentamente, sin una palabra, de modo comprensivo. Con su bella y larga mano blanca, hizo un gesto pausado, lánguido y elegante en dirección a la puerta más cercana, la de la izquierda. Después se retiró y apareció de nuevo con la llave.

«Vaya —pensó él cuando, detrás de la mujer, esperaba que abriera la puerta—. Eres como una especie de ave de mal agüero, una figura salida de la mente de Hoffmann, señora.»

Ella descolgó la lámpara de aceite de su gancho y le enseñó el camino.

Era una habitación pequeña, de techo bajo y suelo oscuro. Sus paredes estaban cubiertas con esteras de color pajizo. Había una ventana en el fondo de la pared de la derecha, oculta tras largos y delgados pliegues de muselina blanca. Una puerta blanca, también a la derecha, conducía al otro cuarto. Éste se hallaba patéticamente desmantelado, con llamativas paredes blancas, contra las que se apoyaban tres sillas pintadas de rojo, que parecían fresas en nata batida. Un armario, un lavabo con espejo… La cama, una impresionante pieza de caoba, reposaba libremente en el centro de la habitación.

—¿Tiene alguna objeción? —preguntó la anciana, pasándose ligeramente la bella y larga mano blanca sobre el tumor fungoso de la frente. Era como si lo hubiera dicho por casualidad, porque en aquel momento no podía decir una frase más ordinaria. Añadió enseguida—: Por decirlo así…

—No, no la tengo —respondió Van der Qualen—. Las habitaciones están bastante bien amuebladas. Me las quedo. Quisiera que alguien recogiera mi equipaje en la estación, aquí está la contraseña. ¿Sería usted tan amable de hacer la cama y traerme un poco de agua? Me dará la llave de la calle y la del piso. Quisiera un par de toallas. Me lavaré e iré al centro a cenar. Volveré más tarde.

Sacó un poco de jabón de una caja niquelada que traía en el bolsillo y empezó a lavarse la cara y las manos. Mientras lo hacía, miraba por las ventanas convexas a lo lejos, más allá de las calles suburbanas, cenagosas e iluminadas con gas, más allá de las luces de arco y las villas. Mientras se secaba las manos, fue hacia el armario. Era cuadrado, barnizado de color café, y con algunas grietas, que culminaba en una sencilla moldura curva. Estaba en el centro de la pared de la derecha, exactamente en el nicho formado por una segunda puerta blanca que, como es natural, comunicaba con las habitaciones a las cuales la puerta principal y la del medio del rellano daban acceso.

«Algo hay en el mundo que está bien dispuesto —pensó Van der Qualen—, este armario se adapta al nicho de la puerta como si lo hubieran hecho a medida.»

Lo abrió. Estaba completamente vacío, con varias hileras de ganchos en el techo; pero no tenía fondo, y en su lugar había un trozo de arpillera, gris y arrugada, sostenida en las cuatro esquinas por clavos a tachuelas.

Van der Qualen cerró la puerta del armario, tomó su sombrero, se levantó de nuevo el cuello del abrigo, apagó la vela y salió. Al llegar a la puerta de entrada, le pareció oír mezclado con el ruido de sus propios pasos una especie de tintineo en la otra habitación: un sonido metálico claro y suave. Pero quizá se equivocaba. Era como si un anillo de oro hubiera caído en una jofaina de plata, pensó mientras cerraba la puerta exterior. Bajó la escalera, salió a la calle y se dirigió hacia el centro del pueblo.

Entró en un restaurante de una calle animada y se sentó en una de las mesas delanteras, dándole la espalda a todo el mundo. Comió soupe aux fines herbes, un filete con un huevo escalfado, compota y vino, un pequeño pedazo de Gorgonzola verde y media pera. Mientras pagaba y se ponía el abrigo, le dio algunas chupadas a un cigarro ruso, después encendió un puro y salió. Vagó un poco, encontró el camino de su pensión en los suburbios y fue hacia allá sin prisas.

La casa con las ventanas de vidrio cilindrado aparecía apagada y silenciosa cuando Van der Qualen abrió la puerta de la calle y subió por la oscura escalera. Fue iluminándose con cerillas y abrió la puerta café a mano izquierda, en el tercer piso. Dejó su sombrero y abrigo sobre un diván, encendió la luz de su inmenso escritorio y encontró allí su maleta y su manta de viaje con el paraguas. Desenrolló la manta y sacó una botella de coñac y un vasito. Fue bebiendo a pequeños sorbos, sentado en un profundo sillón, mientras terminaba de fumarse el puro.

«Es una suerte después de todo que haya coñac en el mundo», pensó.

Fue al dormitorio, encendió la vela de la mesita de noche, apagó la luz de la otra habitación y empezó a desnudarse. Pieza a pieza fue dejando su traje gris, discreto y de buena calidad, sobre la silla roja al lado de la cama; pero al soltarse los tirantes recordó que su sombrero y abrigo aún estaban sobre el diván. Los trajo al dormitorio, abrió el armario… Pegó un salto hacia atrás y buscó apoyar su espalda hasta tocar una de las grandes bolas rojas de caoba que adornaban los postes de la cama. La habitación, con sus cuatro paredes blancas, en las que las tres sillas rojas resaltaban como fresas en un plato de nata, se recortaba en la inestable luz de la vela. Pero el armario estaba abierto y no estaba vacío. Había alguien adentro, una criatura tan encantadora que el corazón de Albrecht van der Qualen se detuvo un momento y después volvió a funcionar en largos, profundos y plácidos latidos. Ella estaba totalmente desnuda y uno de sus brazos esbeltos se levantaba para engarzar un dedo en uno de los ganchos del techo del armario. Largas oleadas de cabello castaño caían sobre sus hombros infantiles, respirando ese encanto al que no cabe otra respuesta que un sollozo. La luz de la vela se reflejaba en sus ojos rasgados. Su boca era un poco grande, pero tenía una expresión tan dulce como la de los labios del sueño cuando, tras varios días de dolor, nos besan la frente. Sus caderas formaban nido y sus esbeltas piernas se pegaban la una a la otra.

Albrecht van der Qualen se restregó los ojos con una mano y volvió a mirar… y advirtió que en el rincón de la derecha, la arpillera se había soltado del fondo del armario.

—Qué… —murmuró—. ¿Quiere usted entrar? ¿Quiere que cierre? ¿No desea un vasito de coñac? ¿Medio vasito?

Pero no esperaba respuesta y no obtuvo ninguna. Los ojos brillantes y rasgados, tan negros que parecían sin fondo e inexpresivos, lo miraban fijamente, pero sin intención y en cierta manera empañados, como si no lo vieran.

—¿Quieres que te cuente un cuento? —dijo ella de pronto con una voz baja y profunda.

—Cuéntamelo —contestó. Se había dejado caer sobre el borde de la cama, con el abrigo sobre las rodillas y con las manos apretadas encima de él. Su boca estaba ligeramente abierta y tenía los ojos medio cerrados. Pero la sangre latía tibia y suavemente por todo su cuerpo y sentía un suave zumbido en los oídos.

Ella se había dejado caer sentada en el armario y con sus delgados brazos se rodeaba una rodilla doblada; tenía la otra pierna extendida ante sí. Sus pequeños senos se unían bajo la presión de sus brazos, y la luz resplandecía en la piel de su rodilla doblada. Hablaba… hablaba con voz suave, mientras la llama de la vela continuaba su danza silenciosa.

Los dos caminaban entre los brezales, la cabeza de ella reposaba en el hombro de él. Cundía el aroma de todas las cosas nacidas, pero la niebla nocturna empezaba a levantarse de la tierra. Entonces empezó. Y a menudo era en verso, rimando en el modo incomparablemente dulce y fluido que viene hacia nosotros, una y otra vez, en el semiletargo de la fiebre. Pero terminaba mal, era un final triste: los dos quedaban en un abrazo indisoluble, con los labios unidos. Entonces uno apuñala al otro en el pecho, con un cuchillo inmenso… y no sin razón. Así terminaba. Entonces se levantó con un gesto infinitamente dulce y modesto, levantó la arpillera gris por el rincón de la derecha… y desapareció.

Desde entonces la encontró cada noche en el armario y escuchó sus cuentos… ¿Durante cuántas veladas? ¿Cuántos días, semanas o meses permaneció en aquella casa y en aquella ciudad? ¿Qué ganaríamos con saberlo? ¿A quién preocupa una miserable estadística? Sabemos, además, que varios médicos le habían dicho a Albrecht van der Qualen que le quedaban pocos meses de vida. Ella le contaba historias. Eran tristes y sin interés, pero flotaban como un suave estribillo sobre su corazón y lo hacían latir más tiempo y con mayor dicha. A veces perdía el control… su sangre se inflamaba. Tendía las manos hacia ella y ella no se le resistía. Pero entonces, durante varias veladas, no la encontraba en el armario y, al regresar, permanecía callada durante vanas noches. Después, poco a poco, empezaba a hablar hasta que él perdía nuevamente el control.

¿Cuánto duró? ¿Quién lo sabe? ¿Cómo saber si Albrecht van der Qualen se despertó en aquella tarde gris y bajó del tren en aquella desconocida ciudad? Quizá permaneció despierto en su vagón de primera clase y dejó que el expreso Berlín-Roma lo llevara velozmente más allá de las montañas. ¿Cargaría cualquiera de nosotros con la responsabilidad de contestarlo de modo definitivo? Todo es incierto. «Todo puede estar en el aire…»

Thomas Mann (1875-1955)




Relatos góticos. I Relatos alemanes.


El análisis y resumen del cuento de Thomas Mann: El Armario (Der Kleiderschrank), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Mi vecina, Lilith: análisis de «La araña» de H.H. Ewers.


Mi vecina, Lilith: análisis de «La araña» de H.H. Ewers.




Hoy analizaremos el relato de Hanns Heinz Ewers: La araña (Die Spinne), publicado en 1913.

La araña es un relato inusual, surrealista, como una pesadilla: tres hombres, un viajante de comercio suizo [anónimo], un actor [Karl Krause] y un oficial de policía [Charles-Maria Caumié], son encontrados muertos en la habitación de un hotel en tres viernes consecutivos, entre las 5 y las 6 de la tarde, colgados del travesaño de la ventana. Una gran araña negra fue vista saliendo de la boca de cada hombre muerto. Esta serie de suicidios cometidos de la misma manera, a la misma hora del día, en el mismo lugar, por tres víctimas sin relación entre sí, incita a un estudiante de medicina, Richard Bracquemont, a investigar el caso:


[«Temiendo por las consecuencias para su negocio, Madame Dubonnet, la propietaria de la sucia casa de huéspedes, convocó al inspector de policía del noveno distrito, quien, a regañadientes, permitió que Richard Bracquemont, un estudiante de medicina, se hospede en la habitación número 7 para investigar a fondo las misteriosas muertes.»]


El único vínculo entre los tres hombres es una araña negra que se ve saliendo de sus bocas cuando sus cuerpos fueron encontrados. Los investigadores pronto olvidan el detalle.

La araña de Hans Heinz Ewers es una historia sombría, y si bien el suicidio es un tema predominante en el relato, este no se aborda desde una perspectiva existencial, sino sobre la idea de que el enamoramiento y el placer pueden ser tan fuertes que son capaces de destruir el deseo de vivir.

Si bien filósofos y escritores, como Sartre y Goethe, ponderaron la filosofía del suicidio como un acto existencial [y en el proceso tal vez lo idealizaron hasta un punto problemático], el hecho es que no siempre hay una razón para que la gente se suicide. La depresión, por ejemplo, es una enfermedad, y la ideación suicida que puede causar es fundamentalmente irracional, un proceso químico. Pero esto no impide que los amigos y familiares de la víctima luchen para entender porqué sus seres queridos se han quitado la vida, especialmente si no hay respuestas satisfactorias [ver: El suicidio de Stanley Uris]

La araña de Hans Heinz Ewers explora el aspecto irracional detrás de la psicología del suicidio. Al principio, la Araña que sale de la boca de los muertos brinda un sombrío consuelo al proporcionar una causa, si no una razón real, para estos tres misteriosos suicidios, lo cual es más reconfortante que no encontrar ninguna explicación. Pero la Araña también sugiere que el suicidio es contagioso, como una enfermedad, y que esta de alguna manera ha infectado a estos hombres con pensamientos suicidas.

Inicialmente en la historia, la Araña aparece como una causa sobrenatural, algo que parece explicar lo inexplicable. Quizás la asociación de la Araña con el suicidio, específicamente con el ahorcamiento, se deba a una conexión con el mito griego de Aracné, aquella mujer mortal que se ahorcó después de ser castigada por ganar una competencia de tejido contra la diosa Atenea, quien la transformó por lástima en una araña. ¿Fue la propia Aracné quien provocó la muerte de las tres víctimas, el viajante de comercio, el actor y el policía? En cierto modo, sí.

El joven investigador aficionado, Bracquemont, pasa varias semanas en la misma habitación donde se encontraron a los hombres ahorcados para escribir un informe para la policía. Comienza mintiendo a las autoridades al insinuar que está tras alguna pista fundamental [en realidad, no tiene nada]. Pronto se siente atraído por la ventana donde los hombres se suicidaron, pero no para ahorcarse. En cambio, mira por la ventana a la mujer que vive en un alto aposento al otro lado de la calle, y que ha capturado su imaginación. Su nombre [cree] es Clarimonde.

Clarimonde se parece notablemente a la Aracné de los mitos griegos: se sienta junto a la ventana, tejiendo, mientras usa un vestido negro con manchas moradas, muy parecido a la araña observada saliendo de las bocas de los difuntos. Pronto, Bracquemont comienza a jugar un juego con Clarimonde: cualquier gesto suyo, ya sea una sonrisa, un asentimiento o una serie compleja de ademanes, es replicado por ella. Poco a poco, Bracquemont se enamora.

Sin embargo, aun distante de ella, de ventana a ventana Bracquemont siente por Clarimonde «un extraño consuelo y un miedo muy sutil». Eventualmente descubre que ella no está replicando sus movimientos; más bien, ella lo está controlando [ver: Carmilla, Lucy y Helen: el monstruo femenino como figura de resiliencia]

Cuando Clarimonde ha terminado su proceso de seducción/control, Bracquemont es consciente de que su amor por ella es «una compulsión de una naturaleza y un poder inauditos, pero sutilmente sensual en su ineludible ferocidad». Algunos años después de La araña, Sigmund Freud publicaría un ensayo titulado: Más allá del principio del placer (Jenseits des Lustprinzips), en el que describe la pulsión de muerte [Thanatos]. Hans Heinz Ewers esboza un retrato psicológico muy similar de este impulso de autodestrucción. Seducido por la muerte misma, Bracquemont descubre que debe renunciar a su voluntad y replicar los movimientos de Clarimonde, incluso cuando ella ata un cordón rojo de la cortina de su apartamento con un nudo corredizo. Bracquemont replica la misma acción en su propia habitación [ver: Freud, el Hombre de Arena, y una teoría sobre el Horror]

Al final de la historia, queda claro que la Araña no infectó a los tres suicidas, sino que cada hombre fue atraído por la hermosa y sobrenatural Clarimonde. No es que desearan morir, sino que estaban tan sobrecogidos por el placer hasta el punto que Clarimonde los obligó a matarse. Al vincular a Eros con Thanatos, Hans Heinz Ewers establece un vínculo entre estos dos impulsos en la mente humana, sugiriendo cómo incluso podemos enamorarnos de la muerte.

La araña de Hans Heinz Ewers, entonces, es un cuento decadentista, pero también un retrato psicológico profético que representa de manera convincente la transformación de una mente racional en una autodestructiva.

Un marco lúdico, a menudo enmascarado bajo la figura de «desafío», es completamente capaz de hacer que las personas se olviden de su integridad física. Una vez que la dopamina se dispara en el cerebro, puede anular el sentido de autopreservación, dejándote a merced de una telaraña que no es indigna de Clarimonde. El juego te está controlando, no al revés, y no sabes adónde puede llevarte.

Es fascinante cómo un relato de 1913, escrito en una Alemania convulsionada, puede hablar de la dinámica psicológica de las redes sociales de una manera tan específica. Las redes sociales tienden a crear imitadores, a influir en la forma de pensar. A veces es un juego inofensivo, incluso divertido, ya que puede alentar a las personas a realizar buenas obras. Pero esta tendencia imitadora también ha fomentado la difusión de doctrinas intolerantes.

La araña comienza como un misterio detectivesco y poco a poco se transforma en algo mucho más profundo e inquietante. El «héroe» de la historia, Richard Bracquemont, no es realmente un héroe. Convence al detective encargado del caso de que podría resolver el misterio a través del conocimiento, aunque su verdadera motivación es ganar notoriedad, alojamiento y comida gratis. Bracquemont describe a Clarimonde en su diario como una mujer de cabello negro, piel pálida, de nariz delicada y labios descoloridos y vestida con ropa victoriana negra. Cuando sonríe, parece que sus pequeños incisivos son tan afilados como los de un depredador [ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico]. Su aspecto, sumado a su incesante tejido, hace que el lector la vincule inmediatamente con la araña negra encontrada en las víctimas anteriores. Pero, ¿cuál es la conexión? ¿Cómo funciona exactamente la araña real, la cual fue vista por varios testigos saliendo de la boca de los muertos?

Si Clarimonde ejerce algún tipo de influencia a distancia sobre sus víctimas, no es irracional pensar que se trata de algún tipo de bruja, y que la Araña es un espíritu familiar, aquellos fieles compañeros [a menudo gatos y sapos] de brujas y ocultistas [ver: Los «espíritus familiares» en la brujería]. Después de todo, Clarimonde y la Araña tienen el mismo aspecto, y ambas atraen a sus víctimas con la promesa de una cita amorosa [que cumplen rigurosamente], para luego atraparlos en su telaraña y devorarlos. Sin embargo, esto parece demasiado simple; y Hans Heinz Ewers no es un autor afín a la simpleza.

Otra forma de intentar resolver el misterio de La araña de Hans Heinz Ewers es analizar su uso de nombres y sus conexiones. El nombre Clarimonde [«brillante protectora»] proviene del germano Claremunda, formado por el latín clarus [«claro», «brillante»]; y mund, forma femenina de munt [«protector»]. También es el nombre de una vampiresa en el relato de Théophile Gautier: La muerta enamorada (La Morte Amoureuse), la primera historia de vampiros realmente convincente. Allí, un sacerdote [Romuald] se enamora de una hermosa cortesana [Clarimonda] justo antes de ordenarse; sin embargo, sigue adelante con sus votos. Poco después, un caballero le ordena que lo siga a un palacio en el bosque para encontrarse con su dama, que está agonizando.

El sacerdote obedece y sigue al caballero hasta el palacio donde ve a la mujer y vuelve a enamorarse de ella. Eventualmente, el sacerdote confiesa sus pecados a un obispo, quien lo lleva a una cripta. Al abrirla, ven a la joven Clarimonda. Evidentemente, es una vampiresa. Acto seguido, la rocían con agua bendita y el cuerpo de Clarimonda se convierte en una masa informe de huesos medio calcificados. La escena es similar al ajusticiamiento de Lucy Westenra en el Drácula de Bram Stoker [ver: Bloofer Lady: la transformación de Lucy Westenra]

En La araña de Hans Heinz Ewers, Clarimonde no es una vampiresa tradicional, pero posee algunos los atributos vampíricos: usa sus habilidades para seducir, manipular; es capaz de proyectar sus pensamientos e hipnotizar a sus víctimas para que actúen en contra de su integridad física. Además, como podemos deducirlo por los horarios de las muertes anteriores [«entre las 5 y las 6 de la tarde»], está especialmente activa entre el atardecer y la noche. Además, la vampiresa de Gautier tiene «manos finas y aristocráticas, con uñas largas, envueltas en guantes blancos». El sacerdote enamorado sospecha que ella es el demonio, y que tal vez sus garras estén escondidas bajo los guantes. La Clarimonde de Hans Heinz Ewers siempre usa largos guantes negros y los movimientos de sus dedos recuerdan el movimiento de las patas de una araña. [ver: Vermifobia: gusanos y otros anélidos freudianos en la ficción]

No es improbable que Théophile Gautier haya sido una influencia para La araña de Hanns Heinz Ewers, pero las similitudes terminan ahí. No hay ninguna ayuda externa, ni salvación, para Bracquemont; solo el reconocimiento tardío de que está atrapado en la red de Clarimonde. Ni siquiera existe la esperanza de una justicia posterior, ya que todas las víctimas de Clarimonde se suicidan, haciendo imposible vincularlas a alguien más. Sin embargo, la muerte de Bracquemont termina siendo una revelación para el departamento de policía. Las autoridades se dan cuenta de que las muertes están relacionadas con la magia negra. Bracquemont luchó hasta el final, y destruyó a la Araña [mordiéndola con el último aliento de voluntad], cuyo trabajo era llevarle una gota de sangre a ama.

Al final, ni siquiera estamos seguros de que Clarimonde sea real.

La araña comienza presentando un panorama, y luego lo revierte. Al principio, Hanns Heinz Ewers presenta a Bracquemont como un joven decidido a resolver el misterio, y alegando poseer un conocimiento particular que le permitirá hacerlo. Debe ser un sujeto convicente, porque las autoridades le permiten seguir adelante. Pero, más tarde, cuando leemos el diario de Bracquemont, que narra los eventos que ocurren durante su estancia en la habitación, descubrimos que el protagonista no tiene idea de lo que podría haberle sucedido a los tres fallecidos.

En efecto, utiliza sus [supuestas] habilidades de observación, pero no llega a ninguna parte. Esto no parece desanimarlo; y si bien espera hacerse un nombre si resuelve el misterio, su principal interés es prolongar su estadía [es decir, demorar la investigación] para seguir disfrutando comida y alojamiento gratis. En este sentido, es justo preguntarse si toda la historia de la mujer en la ventana es real, o una excusa para justificar su investigación.

Después de todo, Bracquemont solo puede introducir un elemento original en la investigación: lo sobrenatural [en este caso, Clarimonde]. Uno supone que los detectives ya han cubierto todas las posibilidades mundanas, de modo que Bracquemont, tanto si miente como si dice la verdad, solo puede encaminar la investigación hacia la causa sobrenatural. Si la historia que escribe en su diario es mentira, hay que darle el mérito de la creatividad; si es verdad, el atributo de la estupidez. ¿Por qué Bracquemont tardaría tanto en relacionar a Clarimonde con la Araña que salió de la boca de los muertos? Con la misma información, el lector llega a esa conclusión de inmediato; y este es, recordemos, alguien que de hecho está buscando pistas, conexiones, patrones con aquellas misteriosas muertes.

De hecho, el tercer suicida es un policía; no cualquier policía, sino uno que estaba en la habitación para resolver la muerte de los dos anteriores. Si a esto le sumamos dos hechos objetivos, libres de interpretación: tres hombres se suicidaron en esa habitación, y una Araña [o tres de la misma especie] fueron vistas saliendo de la boca de los fallecidos; más uno subjetivo [que solo conocemos a través de Bracquemont]: una misteriosa mujer que se ve y actúa como una araña... bueno, no es difícil unir los puntos, pero Bracquemont parece incapaz de hacerlo inicialmente.

En resumen, no podemos saber qué tan confiable es Bracquemont como narrador, pero la implicación es que, si realmente hubiese estado investigando el caso, su enfoque habría sido racional, al menos al principio. Su experiencia transcurre sin incidentes hasta dos días antes de su muerte, cuando expresa la opinión de que pudo haber encontrado una pista [aunque se desconoce cuál], y que el viernes por la mañana aventuró la siguiente afirmación: «la ventana de la habitación ciertamente tenía un notable poder de atracción». Para esa noche está muerto.

El primer viernes después de su llegada, Bracquemont espera, revólver en mano, pero no pasa nada. Para el lunes siguiente, señala que está «ganando considerablemente en salud y peso», lo que sugiere que antes no se encontraba en buenas condiciones. El miércoles nos enteramos de la existencia de Clarimonde. Desde el principio, hay algo extraño en esta mujer que se sienta en su ventana, al otro lado de la calle. El lector, alertado por el título de la historia, probablemente ya sospeche que Clarimonde es o está relacionada con la Araña que ha salido de la boca de los muertos, aunque el propio Bracquemont no haga la relación.

Además [de manera muy improbable], Clarimonde «hace girar una pequeña rueca anticuada». Bracquemont anota cuán anticuada es: «una cosa muy pequeña, fina, blanca y aparentemente hecha de marfil. Los hilos que hila deben ser infinitamente finos». Nada sobre Clarimonde suena real. Todo sobre ella es muy vago. Bracquemont apenas puede describirla objetivamente [«Me parece sentir más que saber todo esto»]. Una vez más, el diario de Bracquemont prepara al lector al registrar el encuentro mortal entre dos arañas, una hembra y un macho; pero increíblemente no establece ninguna conexión con Clarimonde.

En este punto [quizás para justificar el hecho de que el narrador no pueda sumar uno más uno], Bracquemont abandona la investigación para pasar horas «jugando» con Clarimonde mientras se miran y reflejan sus movimientos a través de la ventana. Esto continúa durante días. Bracquemont parece incapaz de razonar, como si le hubieran arrebatado su voluntad. Sin embargo, la historia no es tan simple. Bracquement dura más que los otros hombres porque puede verse a sí mismo luchando contra la influencia de Clarimonde.

Algo que también llama la atención es la forma en que Bracquemont se da cuenta de que están jugando con él. El instante donde entiende que ya no tiene el control total de sus propias acciones es tan intenso como el conocimiento de lo que debe hacer para contrarrestar el efecto de Clarimonde. Sin embargo, no puede salir de la habitación [ver: La atracción por lo Macabro en la ficción]

Es tentador suponer que Bracquemont está documentando su propio descenso a la locura, pero la forma en que murieron los tres hombres anteriores sugiere que estos tuvieron experiencias similares, al menos hasta cierto punto. De hecho, lo que marca su experiencia como diferente es la muerte de Bracquemont, eso y la destrucción de la Araña, un gesto final por parte de un hombre atrapado dentro de sí mismo, y acaso testigo de cómo esa voluntad foránea manipula y dispone de su cuerpo. Pero quedan más preguntas, todas sin respuesta:

¿Hay algo en la propia ventana, como sugiere el sargento de policía? ¿Es la habitación la que ejerce esta extraña y poderosa influencia sobre sus ocupantes? La araña de Hanns Heinz Ewers se resiste a emitir cualquier conclusión definitiva, de la misma manera que resiste una explicación sobrenatural más directa. En este contexto, uno piensa en La habitación que silbaba (The Whistling Room) de William Hope Hodgson, escrito el mismo año [1913], donde algo extraño está incrustado en la habitación misma, aunque las dos historias son muy diferentes en otros aspectos.

Volviendo a Sigmund Freud, La araña de Hanns Heinz Ewers parece una ficcionalización de los principios de Eros y Thanatos. Para Freud, los impulsos instintivos pregenitales son ambivalentes, es decir, se manifiestan hacia el mismo objeto; Eros con el deseo de preservar, Tanatos con el deseo de destruir. El componente destructivo representa un peligro para el objeto, tanto mayor cuanto más temprana sea la etapa de desarrollo de la libido a la que pertenece la tendencia instintiva. La ambivalencia disminuye durante el curso del desarrollo de la libido y casi desaparece con la madurez. En la literatura gótica encontramos dos comparaciones clásicas para representar el peligro del amor objetal: la Araña y el Vampiro.

Ambos son símbolos del peligro destructivo de la agresión oral. El significado de la Araña como medio de representación fue reconocido muy pronto por el psicoanálisis; primero como símbolo de la mala madre, poseedora de un órgano masculino destructivo [ver: La maternidad fallida en «Drácula»]. La Araña es la madre masculina, cuyo abrazo hiere y mata [ver: Puérpera, loca y poseída: análisis de «El empapelado amarillo» de Charlotte Perkins Gilman]

Sigmund Freud comentó que el significado de la Araña como símbolo era el reflejo de un hecho biológico, ya que la araña macho es más débil que la hembra y con frecuencia es devorada por la hembra después del coito; y añadió que, en el universo de los sueños, las telarañas representan el vello púbico femenino, mientras que un único hilo representa los genitales masculinos. ¡Cuántos descensos a cavernas y sótanos uterinos encontramos en la ficción gótica donde predominan las telarañas! [ver: El Horror siempre viene desde el Sótano]

¿Qué hacemos con todo esto?

No lo sé. Quizás si seguimos avanzando encontraremos alguna explicación.

La araña de Hanns Heinz Ewers necesariamente debe clasificarse como un relato fantástico, en términos de Tzvetan Todorov, debido a la «ambigüedad mutua de dos instancias narrativas», en este caso, el diario de Bracquemont y el narrador anónimo. Según Todorov, solo se puede hablar de «lo fantástico» cuando una historia no resuelve si un proceso puede explicarse de forma natural o sobrenatural. En el relato de Hanns Heinz Ewers, la Araña no sólo simboliza a la mujer avasalladora [la madre masculina de Freud], que tiene algo de misterioso y mucho de peligroso [Freud también la resumió en la figura de Lilith], sino que también conecta la realidad con el nivel de lo fantástico. En la introducción, el narrador anónimo informa sobre una gran araña negra que [se dice] fue vista en los primeros cadáveres, y al final queda impactado con la imagen de una araña mordida en la boca de Bracquemont, cuyos puntos morados recuerdan al vestido negro y moteado de Clarimonde [ver: El cuerpo de la mujer en el Horror]

Cuando la fatal relación con Clarimonde se desarrolla, Bracquemont observa un día cómo una araña hembra es acechada por un macho, considerablemente más pequeño y cuidadoso, que finalmente se embarca en el apareamiento. Después, el macho intenta escapar, pero es capturado por la hembra, arrastrado al centro de la telaraña, succionado, vaciado y luego arrojado como «un bulto patético e irreconocible». Si bien Bracquemont inicialmente quiere distanciarse de la relación obvia que establece [«me alegro de no ser un chico araña»], vuelve a retomar el tema poco antes del suicidio:


[«Siento como si estuviera caminando en un gran círculo a su alrededor, cada vez más cerca (...) Hasta que, finalmente —y lo sé con certeza—, tenga que ir hacia ella. Clarimonde está sentada en la ventana y está loca.»]


Precisamente porque Bracquemont mantiene una visión analítica, sospechando los posibles peligros pero luego rechazándolos como absurdos, Clarimonde continúa arrastrándolo hacia su telaraña. El hecho de que no pueda eludir ese destino, como médico y científico, es típico del clásico protagonista racional que no puede defenderse de las influencias de lo sobrenatural. Bracquemont ya no puede huir. Está demasiado cerca de los pegajosos hilos de la telaraña, por lo que se entrega a cierto disfrute macabro por su humillación y destrucción [ver: El placer estético del Horror]. Él mismo escribe:


[«Así que yo, que estaba tan orgulloso de influir en sus pensamientos, es quien está completamente influenciado.»]


No creo que Hanns Heinz Ewers esté hablando aquí de hipnosis vampírica, sino de una arrolladora atracción erótica que emana de Clarimonde, subrayada por el símbolo de la Araña que se come al macho indefenso. Con esto, el autor invierte la trama: no es Thanatos, el impulso de muerte, lo que ha llevado a los hombres a suicidarse, sino una atroz influencia de Eros. En Bracquemont, Eros y Thanatos, el amor y la muerte, se combinan en un éxtasis masoquista de regocijo. La estrangulación imitada es la unión simbólica con la amada. Poco antes de su final, Bracquemont entiende que ha sido víctima de una ilusión demoníaca, y en el último reflejo de sus fuerzas mata a la Araña, mordiéndola, y así también mata a Clarimonde.

No habrá conclusiones en este análisis. El episodio de Clarimonde quizás fue ilusorio, o incluso un entretenimiento superficial para distraer al lector. Quizás ella no es una araña sobrenatural, demoníaca, sino una especie de Lilith; es decir, una encarnación del poder de la libido y el Eros, que para algunas personas, como Bracquemont y sus predecesores, puede ser fatal.




H.H. Ewers. I Taller gótico.


Más literatura gótica:
El artículo: Mi vecina, Lilith: análisis de «La araña» de H.H. Ewers fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La disección»: Georg Heym; relato y análisis.


«La disección»: Georg Heym; relato y análisis.




La disección (Die Sektion) —a veces traducido como La autopsia— es un relato de terror del escritor alemán Georg Heym (1887-1912), publicado de manera póstuma en 1913.

La disección, posiblemente uno de los mejores cuentos de Georg Heym, subvierte la praxis esperada de una autopsia. Además de sangre y vísceras, nuestro cadavérico protagonista, al ser abierto por manos expertas, filtra delicados recuerdos de una vieja relación sentimental. Es decir que el verdadero procedimiento no busca determinar la causa de muerte, sino el origen de la agonía de un amor no declarado.

SPOILERS.


[«El muerto yacía solo y desnudo sobre un lienzo blanco, rodeado de deprimentes paredes blancas, en la sobriedad cruel de una amplia sala de disección que parecía estremecerse con los gritos de una tortura sin fin.»]


La disección de Georg Heym es más una viñeta tanatológica que un cuento: un grupo de médicos que abren un cadáver es la acción narrativa. Sin embargo, interrumpiendo las descripciones de humores, fluidos cadavéricos e instrumentos, hay un breve monólogo interior del cadáver; una reminiscencia dolorosamente hermosa de una aventura juvenil que lo obliga a preguntarse repetidamente: «¿Debería decir cuánto te amo?». Mientras los médicos están abriendo y explorando el interior de su cuerpo, el hombre muerto está realizando una apertura figurativa al lector, exponiendo sus verdaderas entrañas a través de una efusión de sentimiento. Esto puede sonar empalagoso, pero hay una exuberancia lúdica en la literalización de Georg Heym del cliché del amor enterrado [ver: La atracción por lo Macabro en la ficción]

La disección de Georg Heym es breve, hermosa y estremecedoramente frágil; sin embargo, esta aparente yuxtaposición entre los léxicos de la patología y el amor no es tan discordante como cabría esperar. En la delgada línea entre la autopsia y la memoria poética surgen imágenes maravillosas: el goteo de la sangre se superpone con un campo de amapolas al atardecer. Inversamente, el sol se desvanece en una linterna, es suplantado por velas y un eventual regreso a la morgue y la luz que se refleja en los instrumentos metálicos. El autor también yuxtapone imágenes religiosas tradicionales con la ciencia. El «altar de la muerte» se usa para trasplantar directamente la ceremonia religiosa a la fría mesa del laboratorio. Georg Heym usa persistentemente el «blanco», asociado con la pureza en un sentido espiritual y moral, en el contexto de la esterilidad de los procedimientos científicos. Nunca antes, que yo recuerde, se cantó al amor sobre un cuerpo que está siendo diseccionado.

Todo lo que La disección de Georg Heym pone sobre la mesa de esta morgue es amor, muerte y palabras desarraigadas de cualquier contexto conocido. No sabemos nada del hombre, cómo ha muerto [ni siquiera si está realmente muerto]. El lector es obligado a realizar una exégesis para llegar al corazón de la historia, al igual que los cirujanos deben usar sus bisturíes para acceder al interior del cuerpo. Es una tarea delicada. Una presunción en falso, un intento de forzar algún tipo de sentido, puede destruir una historia extremadamente frágil.

Entonces, si hay algún mensaje oculto en La disección de Georg Heym, probablemente sea el antiguo dilema científico de que no se puede observar nada sin cambiarlo; por lo tanto, el lector también está condenado a cambiar las intenciones del autor.

La disección de Georg Heym es una obra maestra, grotesca, visceral, y desgarradoramente hermosa, que nada tiene que envidiar al lirismo gótico de otros maestros del gótico alemán, como Rainer Maria Rilke [ver: El sepulturero]. Su horror brota del romance, es cierto, pero evita todos los clichés y convierte uno de los procedimientos más crudos e impersonales, la autopsia, en un soliloquio. Hay una sugerencia final de que el rostro sin vida esboza una pequeña sonrisa, pero se deja al juicio del lector si estos hermosos recuerdos han reanimado brevemente el cadáver, o si las bruscas maniobras de los médicos han generando la ilusión de una mueca rictal. En el caso de El Espejo Gótico, optamos por lo primero [ver: «In Articulo Mortis»: Poe, Lovecraft y algunas opciones para retrasar la muerte]

El horror corporal de La disección de Georg Heym es exquisitamente detallado. El cadáver es comparado con «una flor gigantesca, una planta misteriosa de los bosques primitivos de la India que alguien había puesto tímidamente en el altar de la muerte». La orina fría de la vejiga perforada brilla «como vino amarillo». Los instrumentos son «como torcidos picos de buitres que claman por carne» y los propios médicos son descritos como «hombres amistosos»; es decir, personas, no monstruos, que continúan la fascinación científica por dividir, diseccionar y, en última instancia, destruir lo que se estudia.

Pero el hombre muerto escapa del horror de su situación, se fuga a través de un vívido sueño de su amada: «te veré de nuevo mañana. Aquí, bajo la ventana de la capilla, aquí, donde la luz de las velas cae sobre ti.» Al principio, esto parece encarnar la idea romántica de que la mente y la imaginación pueden ser un refugio contra el mundo material, pero luego viene la amarga ironía. En el momento en que el hombre tiene este sueño, los médicos le insertan intrumentos en el cráneo, partiendo el mismo órgano que produce la conciencia. Al final, la conciencia no es un refugio; depende de su soporte orgánico: el cuerpo. Un escape romántico de las realidades mecanicistas del mundo moderno es imposible. En el mejor de los casos solo se puede aspirar a un sueño temporal, una ilusión engañosa.

Otra interpretación de La disección de Georg Heym, quizás menos poética, sugiere que el cadáver es una representación de la humanidad, los médicos son una versión de los mecanismos del universo, y la disección en sí misma es la vida. Todos somos cuerpos hechos de materia teniendo sueños fugaces mientras la naturaleza, la vida misma, nos destroza poco a poco. Lovecraft diría que la humanidad es insignificante y el universo es brutal e indiferente; pero la vida misma se presenta como una ironía. El hombre tiene sueños placenteros mientras los doctores están metidos hasta el codo en su cuerpo, derramando sus entrañas por todas partes.

Es notable cuán fecunda es esta premisa: una persona que está encerrada en su conciencia mientras el mundo exterior, sin saberlo, perpetra horrores sobre el cuerpo. Ambrose Bierce ensayó algo parecido en Un incidente en el puente de Owl Creek (An Occurrence at Owl Creek Bridge); y Jorge Luis Borges en El milagro secreto.

Creo que la traducción al español del título original en alemán, Die Sektion, como «Disección» en lugar de «Autopsia» es oportuna, porque mantiene la ambigüedad sobre si la persona en la mesa debe ser considerada como viva o muerta:


[«Comenzaron su repugnante obra. Parecían horribles torturadores, la sangre fluía por sus manos mientras cavaban cada vez más profundamente en el cadáver gélido y sacaban sus entrañas, como cocineros blancos destripando un ganso. Alrededor de sus brazos se enroscaban los intestinos, serpientes de color amarillo verdoso, y las heces goteaban sobre sus abrigos, un líquido cálido y pútrido. Perforaron la vejiga, la orina fría en ella brillaba como vino amarillo. La vertieron en cuencos grandes y olía a amoníaco acre. Pero el muerto dormía. Pacientemente dejó que tiraran de él, de su cabello. Dormía.»]


¿Cómo hizo Georg Heym para que algo tan banal (tan banal como puede ser una morgue) parezca tan siniestro y hermoso a la vez? La muerte no solo es aterradora, también es un estado misterioso; tanto es así que la observación clínica sobre un cadáver, en una inspección más cercana, se convierte aquí en un lienzo mucho más amplio. Por supuesto, el tema de La disección es [aparentemente] la muerte, pero hay una extraña conciencia presente a lo largo de la narración. ¿El hombre está muerto? Y si lo está, ¿qué nos dice la historia sobre la naturaleza de la muerte?




La disección.
Die Sektion, Georg Heym (1887-1912)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


El muerto yacía solo y desnudo sobre un lienzo blanco, rodeado de deprimentes paredes blancas, en la sobriedad cruel de una amplia sala de disección que parecía estremecerse con los gritos de una tortura sin fin.

La luz del mediodía lo bañaba y despertaba los puntos muertos de su frente; evocó un verde brillante de su vientre desnudo, hinchando su cuerpo como si fuera un saco de agua.

Su cuerpo parecía la copa iridiscente de una flor gigantesca, una planta misteriosa de los bosques primitivos de la India que alguien había depositado tímidamente en el altar de la muerte.

Rojos y azules espléndidos brotaban de sus extremidades, y en el calor la gran herida debajo de su ombligo se abrió lentamente como un surco rojo, liberando un hedor asqueroso.

Entraron los médicos. Hombres amables con batas blancas deshilachadas y quevedos con montura dorada. Se acercaron al muerto y lo observaron con interés, como en una reunión científica.

De sus armarios blancos sacaron instrumentos de disección, cajas blancas llenas de martillos, sierras con dientes afilados, limas, horribles juegos de pinzas, cuchillos con grandes dientes de sierra, tan torcidos como picos de buitres que claman por carne.

Comenzaron su repugnante obra. Parecían horribles torturadores, la sangre fluía por sus manos mientras cavaban cada vez más profundamente en el cadáver gélido y sacaban sus entrañas, como cocineros blancos destripando un ganso. Alrededor de sus brazos se enroscaban los intestinos, serpientes de color amarillo verdoso, y las heces goteaban sobre sus abrigos, un líquido cálido y pútrido. Perforaron la vejiga, la orina fría en ella brillaba como vino amarillo. La vertieron en cuencos grandes y olía a amoníaco acre. Pero el muerto dormía. Él pacientemente dejó que tiraran de él, de su cabello. Dormía.

Y mientras el golpeteo de los martillos resonaba en su cráneo, un sueño, un remanente de amor despertaba en él, como una antorcha que alumbra en su noche personal.

Fuera de la ventana alta se extendía un cielo ancho, lleno de pequeñas nubes blancas que nadaban como diminutos dioses blancos a la luz de esa tarde silenciosa. Y las golondrinas surcaban el cielo azul, las plumas temblando bajo el cálido sol de julio.

La sangre negra del muerto corría por la putrefacción azul de su frente. En el calor, se evaporó en una nube terrible, y la descomposición de la muerte se deslizó sobre él con sus garras moteadas. Su piel comenzó a descascararse; su vientre se puso blanco como el de una anguila bajo los dedos voraces de los médicos, que hundían los brazos hasta los codos en la carne mojada.

La descomposición desgarró la boca del muerto. Pareció sonreír. Soñó con estrellas beatíficas, con una fragante tarde de verano. Sus labios podridos temblaron como bajo un breve beso.

—Cómo te amo. Te he amado tanto ¿Debo decir cuánto? Mientras paseabas por los campos de amapolas, tú misma como una flor de llamas, tragaste toda la noche. Y el vestido que ondeaba alrededor de tus tobillos era una ola de fuego en el sol poniente. Pero inclinaste la cabeza a la luz, el cabello aun ardiendo, inflamado por mis besos.

»Así que bajaste allí, dándote la vuelta para mirarme mientras te alejabas. Y la lámpara se balanceaba en tu mano como el resplandor de una rosa que perdura en el crepúsculo mucho después de que te hubieses ido.

»Te veré de nuevo mañana. Aquí, bajo la ventana de la capilla, aquí, donde la luz de las velas te envuelve, haciendo de tus cabellos un bosque dorado. Y los narcisos anidan en tus tobillos, tiernos, como tiernos besos.

»Te veré de nuevo cada noche a la hora del crepúsculo. Nunca nos separaremos. ¡Cómo te amo! ¿Debería decirte cuánto?

Y el muerto se estremeció de felicidad en su blanca mesa mortuoria, mientras los cinceles de hierro en manos de los doctores le abrían los huesos de la sien.

Georg Heym (1887-1912)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de terror.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Georg Heym: La disección (Die Sektion), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Franz Kafka: cuentos destacados


Franz Kafka: cuentos destacados.




Franz Kafka (1883-1924) fue uno de los más originales escritores del siglo XX. De hecho, Jorge Luis Borges comenta que los cuentos de Franz Kafka, es decir, su lectura, influyeron poderosamente incluso sobre obras escritas con anterioridad. Si un solo relato fantástico puede cambiar nuestra perspectiva, y transformar para siempre todo lo que hemos leído, todo lo que leeremos en el futuro, éste seguramente pertenece a la producción literaria de Kafka.

Aquí iremos reuniendo los mejores cuentos de Kafka.




Cuentos de Franz Kafka:
  • El buitre (Der geier)
  • El híbrido (Eine kreuzung)
  • El silencio de las sirenas (Das schweigen der sirenen)
  • La condena (Das Urteil)
  • La verdad sobre Sancho Panza (Die wahrheit über Sancho Pansa)
  • Prometeo (Prometheus)
  • A decir verdad, el asunto.
  • Aforismos de Zürau (Die Zürauer Aphorismen)
  • Al llegar a casa por la tarde.
  • Amaba a una muchacha.
  • Ante la ley (Vor dem Gesetz)
  • Aquella noche en que el ratoncito.
  • Ayer estuve por primera vez en las oficinas de la dirección.
  • Ayer vino a casa una extenuación.
  • Barullo.
  • Blumfeld, un soltero.
  • Cartas a Felice (Briefe an Felice)
  • Carta al padre (Brief an den Vater)
  • Cartas a Milena (Briefe an Milena)
  • Cartas a Ottla y a la familia (Briefe an Ottla und die Familie)
  • Chacales y árabes (Schakale und Araber)
  • ¿Cómo es eso, cazador Gracchus?
  • Contemplación (Betrachtung)
  • Conversación con el borracho (Gespräch mit dem Betrunkenen)
  • Conversación con el orante (Gespräch mit dem Beter)
  • Cuadernos en octavo (Oxforder Oktavhefte)
  • Descripción de una lucha (Beschreibung eines Kampfes)
  • Desde Matlárháza.
  • Desenmascaramiento de un engañabobos (Entlarvung eines Bauernfängers)
  • Deseo de convertirse en indio (Wunsch, Indianer zu werden)
  • Diarios (Tagebücher)
  • Dos niños estaban sentados.
  • El camino a casa (Der Nachhauseweg)
  • El castillo (Das Schloß)
  • El desaparecido (Der Verschollene)
  • El fogonero (Der Heizer)
  • El jinete del cubo (Der Bau)
  • El maestro del pueblo o El topo gigante.
  • El nuevo abogado (Der neue Advokat)
  • El pasajero (Der Fahrgast)
  • El paseo repentino (Der plötzliche Spaziergang)
  • El peso de mi negocio recae por completo sobre mí.
  • El proceso (Der Prozeß)
  • El pueblo más cercano (Das nächste Dorf)
  • El rechazo (Die Abweisung)
  • El tendero (Der Kaufmann)
  • En la colonia penitenciaria (In der Strafkolonie)
  • En la galería (Auf der Galerie)
  • Era verano, un día caluroso.
  • Érase una vez una comunidad de canallas.
  • Estaba invitado entre los muertos.
  • Informe para una academia (Ein Bericht für eine Akademie)
  • Investigaciones de un perro (Forschungen eines Hundes)
  • Josefina la cantora o El pueblo de los ratones (Josefine, die Sängerin, oder Das Volk der Mäuse)
  • K. era un gran prestidigitador.
  • La excursión a la montaña (Der Ausflug ins Gebirge)
  • La desventura del soltero (Das Unglück des Junggesellen)
  • La metamorfosis (Die Verwandlung)
  • La muralla china (Beim Bau der chinesischen Mauer)
  • La ventana a la calle (Das Gassenfenster)
  • Los aeroplanos en Brescia (Die Aeroplane in Brescia)
  • Los árboles (Die Bäume)
  • Los transeúntes (Die Vorüberlaufenden)
  • Me encontraba cerca de la puerta.
  • Mirando distraídamente fuera (Zerstreutes Hinausschaun)
  • Mis dos manos empezaron a pelearse.
  • Niños en el camino vecinal (Kinder auf der Landstraße)
  • Once hijos (Elf Söhne)
  • ¿Quieres irte lejos de mí?
  • Poseidón (Poseidon)
  • Preocupaciones de un padre de familia (Die sorge des Hausvater)
  • Preparativos de boda en el campo (Hochzeitsvorbereitungen auf dem Lande)
  • Primer capítulo del libro Richard y Samuel.
  • Primer sufrimiento (Erstes Leid)
  • Resoluciones (Entschlüsse)
  • Seguramente debería haberme ocupado antes.
  • Ser desdichado (Unglücklichsein)
  • Tema de reflexión para jinetes que montan caballos propios (Zum Nachdenken für Herrenreiter)
  • Una mañana, el abogado Bucephalas.
  • Una mujercita (Eine kleine Frau)
  • Una novela de juventud (Ein Roman der Jugend)
  • Una revista extinta.
  • Un artista del hambre (Ein Hungerkünstler)
  • Una vida.
  • Una visita a la mina (Ein Besuch im Bergwerk)
  • Un brevario para damas.
  • Un cruzamiento.
  • Un estudiante, joven ambicioso.
  • Un fratricidio (Der Mord)
  • Un médico rural (Ein Landarzt)
  • Un mensaje imperial (Eine kaiserliche Botschaft)
  • Un sueño (Ein Traum)
  • Un suceso cotidiano.
  • Un viejo manuscrito (Ein altes Blatt)
  • Vestidos (Kleider)
  • Y la gente bien vestida.
  • Yo estaba rígido y frío.




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Franz Kafka: cuentos destacados fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Hanns Heinz Ewers: cuentos destacados


Hanns Heinz Ewers: cuentos destacados.




Hanns Heinz Ewers —H.H. Ewers (1871-1943)— fue un interesante escritor alemán dedicado especialmente al relato de terror. En este sentido, los cuentos de Hanns Heinz Ewers se destacan por la utilización de motivos típicos del ocultismo y el esoterismo, ámbitos que también exploró fuera de su producción literaria.

Aquí iremos recorriendo todos los cuentos de Hanns Heinz Ewers.




Cuentos de H.H. Ewers:
  • La araña (Die spinne)
  • La mandrágora (Alraune)
  • Mi vecina, Lilith: análisis de «La araña» de H.H. Ewers.
  • Ámbar en el tribunal de sangre (Bernstein im Blutgericht)
  • Amor extremo (Höchste Liebe)
  • C.33. (C.3.3.)
  • Carnaval en Cádiz (Karneval in Cadiz)
  • Del diario de un naranjo (Aus dem Tagebuch eines Orangenbaumes)
  • Eileen Carter (Eileen Carter)
  • El ahogamiento (Die Wasserleiche)
  • El aprendiz de brujo (Der Zauberlehrling)
  • El fin de John Hamilton Llewellyn (John Hamilton Llewellyns Ende)
  • El país de las hadas (Das Feenland)
  • El pueblo hormiga (Die Ameisen)
  • El horror: relatos extraños (Das Grauen: Seltsame Geschichten)
  • El rabdomant (Der Rhabdomant)
  • El vidente fantasmal (Der Geisterseher)
  • Frank Braun (Frank Baun)
  • Fundvogel: la historia de un cambio (Fundvogel: Die Geschichte einer Wandlung)
  • Jinetes en la noche alemana (Reiter in deutscher Nacht)
  • La chica Hya Hya (Das Hya-Hya-Mädchen)
  • La doncella blanca (Das weisse Mädchen)
  • La ejecución de Damiens (Die Hinrichtung des Damiens)
  • La India y yo (Indiend und ich)
  • La Mamaloi (Die Mamaloi)
  • La muerte del barón Jesús María von Fiedel (Der Tod des Barons Jesus Maria von Friedel)
  • La novia de Tophar (Die Topharbraut)
  • La peor traición (Der schlimmste Verrat)
  • La religión de Satán (Die Religion des Satan)
  • Las manos más bonitas del mundo (Die schönsten Hände der Welt)
  • Los caballeros juristas (Die Herren Juristen)
  • Los corazones de los reyes (Die Herzen der Könige)
  • Mi madre, la bruja (Meine Mutter, die Hex)
  • Pesadilla (Nachtmahr)
  • Salsa de tomate (Die Tomatensauce)
  • Sangre (Blood)
  • Vampiro (Vampyr)




Autores en El Espejo Gótico. I Relatos de H.H. Ewers.


El artículo: Hanns Heinz Ewers: cuentos destacados fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Joseph von Eichendorff: cuentos destacados


Joseph von Eichendorff: cuentos destacados.




Joseph von Eichendorff —Joseph Karl Benedikt Freiherr von Eichendorff (1788-1857)— fue un destacado escritor alemán, autor de grandes novelas, poemas y relatos dentro del Romanticismo. En este sentido, los cuentos de Joseph von Eichendorff también son referentes de la literatura gótica.

En esta sección iremos recorriendo todos los cuentos de Joseph von Eichendorff.




Cuentos de Joseph von Eichendorff:
  • El anillo (Der Ring)
  • Sortilegio de otoño (Die Zauberei im Herbste)
  • De la vida de un ocioso (Aus dem Leben eines Taugenichts)
  • El castillo de Drande (Das Schloß Dürande)
  • El secuestro (Die Entführung)
  • Julian (Julian)
  • La estatua de mármol (Das Marmorbild)
  • Libertas y sus pretendientes (Libertas und ihre Freier)
  • Los caballeros de la suerte (Die Glücksritter)
  • Los poetas y sus jornaleros (Dichter und ihre Gesellen)
  • Lucius (Lucius)
  • Mala estrella (Unstern)
  • Mucho ruido sobre nada (Viel Lärmen um nichts)
  • Pensamiento y presente (Ahnung und Gegenwart)
  • Robert y Guiscard (Robert und Guiscard)
  • Un viaje por mar (Eine Meerfahrt)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Joseph von Eichendorff: relatos, novelas y poemas fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Gustav Meyrink: cuentos destacados


Gustav Meyrink: cuentos destacados.




Gustav Meyrink (1868-1932) fue un notable escritor austríaco dedicado a la novela de terror, principalmente, y también al relato de terror. En este sentido, los cuentos de Gustav Meyrink expresan sus inquietudes espirituales y filosóficas, la mayoría de ellas relacionadas con el ocultismo y el esoterismo.

En esta sección iremos recorriendo los mejores cuentos de Gustav Meyrink.




Cuentos de Gustav Meyrink.
  • Amadeus Knödlseder (Amadeus Knödlseder)
  • De cómo el doctor Job Paupersum le trajo rosas rojas a su hija (Wie Dr. Hiob Paupersum seiner Tochter rote Rosen brachte)
  • El cardenal Napellus (Der Kardinal Napellus)
  • El juego de los grillos (Das Grillenspiel)
  • El maestro Leonhard (Meister Leonhard)
  • La muerte violeta (Der violette Tod)
  • La visita de J.H. Besuch a las sanguijuelas del tiempo (J. H. Obereits Besuch bei den Zeit-Egeln)
  • Los cuatro hermanos lunares (Die vier Mondbrüder)
  • Murciélagos (Fledermäuse)
  • Baile macabro (Bal macabre)
  • Blamol (Blamol)
  • Coágulo (Coagulum)
  • Cuentos de alquimistas (Goldmachergeschichten)
  • Doctor Lederer (Dr. Lederer)
  • El agua espesa (Das dicke Wasser)
  • El albino (Der Albino)
  • El anillo de Saturno (Der Saturnring)
  • El astrólogo (Der Astrolog)
  • El cerebro (Das Gehirn)
  • El consejero comercial Kuno Hinrichsen y el penitente Lalaladschpat-Rai (Der Herr Kommerzienrat Kuno Hinrichsen und der Büßer Lalaladschpat-Rai)
  • El cuerno mágico del burgués alemán (Des deutschen Spießers Wunderhorn)
  • El emperador secreto (Der heimliche Kaiser)
  • El extraño invitado (Der seltsame Gast)
  • El gabinete de las figuras de cera (Das Wachsfigurenkabinett)
  • El halcón negro (Der schwarze Habicht)
  • El hombre en la botella (Der Mann auf der Flasche)
  • El hundimiento (Der Untergang)
  • El monje Laskaris (Der Mönch Laskaris)
  • El ópalo (Der Opal)
  • El preparado (Das Präparat)
  • El relojero (Der Uhrmacher)
  • El soldado ardiente (Der heiße Soldat)
  • El susto (Der Schrecken)
  • El traidor (Die Heimtückischen)
  • Faquir (Fakire)
  • Inmortalidad (Unsterblichkeit)
  • La esfera negra (Die schwarze Kugel)
  • Lágrimas boloñesas (Bologneser Tränen)
  • La gónada del maestro de comercio (Die Keimdrüse des Herrn Kommerzienrates)
  • La historia del asesino y ladrón Babinski (Die Erzählung vom Raubmörder Babinski)
  • La mancha en la carpa (Der Sulzfleck im Karpfenwinkel)
  • La muerte de los vendedores Schmel (Der Tod des Selchers Schmel)
  • La muerte morada (Der violette Tod)
  • La mujer sin boca (Die Frau ohne Mund)
  • La primera tormenta de Sarajevo (Die Ersturmung von Serajewo)
  • La sabiduría del brahmán (Die Weisheit des Brahmanen)
  • Las aventuras de Polen Sendivogius (Die Abenteuer des Polen Sendivogius)
  • Las plantas del doctor Cenicienta (Die Pflanzen des Doktor Cinderella)
  • La transformación de la sangre (Die Verwandlung des Blutes)
  • Lo siento, todo el ser está ardiendo (Das ganze Sein ist flammend Leid)
  • Luz de luna sobre Berlín (Mondschein über Berlin)
  • Mis tormentos y bendiciones en el más allá (Meine Qualen und Wonnen im Jenseits)
  • Obviamente (Schöpsoglobin)
  • Oquídeas: historias raras (Orchideen: Sonderbare Geschichten)
  • Peces de aguas profundas (Tiefseefische)
  • Quimera (Chimäre)
  • Senderos del faquir (Fakirpfade)
  • Una sugestión (Eine Suggestion)
  • Vampiros, ladrones de tiempo (J. H. Obereits Besuch bei den Zeit-Egeln)




Antologías. I Relatos de Gustav Meyrink.


El artículo: Gustav Meyrink: cuentos destacados fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



Lo más visto esta semana en El Espejo Gótico:

Relato de Charlotte Perkins Gilman.
Relato de John Metcalfe.
Relato de Algernon Blackwood.


Relato de Fitz-James O'Brien.
Relato de Arthur Machen.
Relato de Edmond Hamilton.