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H.H. Ewers: el escritor de Adolf Hitler


H.H. Ewers: el escritor de Adolf Hitler.


Existe una faceta oscura de la literatura, un perfil que por su esencia ensimismada, vuelta hacia adentro, desestima que hay Poderes infinitamente crueles en el mundo.

Adolf Hitler y su sabueso, Joseph Goebbels, buscaban reafirmar la identidad de sus creencias en el arte. Albert Speer fue el arquitecto del reino, Leni Riefenstahl, su cineasta, Richard Strauss, su músico: todos ellos fueron engranajes vitales para alabar la noción de una superioridad racial; pero la glorificación narrativa; eso que con tanto ahínco buscan todas las dictaduras, se demoraba de un modo insólito.

Cientos de escritores se aliñaron con el nuevo credo racista, pero ninguno de ellos lograba satisfacer las necesidades estéticas que semejante tarea requería, hasta que cierto día, hastiado por lo infructuoso de la búsqueda, Hitler se topó con una antología de cuentos firmada por un tal Hanns Heinz Ewers.

H. H. Ewers era un escritor de culto; olvidado por las grandes editoriales y alabado por un grupo subterráneo de devotos, entre los que se encontraba nada menos que H.P. Lovecraft. Ya en sus primeros escritos deja en claro una suerte de idealismo sociópata que vibraba en la misma disonacia que el nazismo. En su vida personal fue un paria, un exiliado del mundo. Desde su nacimiento, en 1871, residió en Brasil, América Central, Oceanía y, por supuesto, los Estados Unidos. En Italia compuso Lo horroroso (Das Grauen), obra que catapultó como héroe de lo macabro en algunos círculos literarios con análogas tendencias ideológicas.

La derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial fue el disparador de sus ulteriores odios literarios, apenas disimulados bajo un orgullo patriótico delirante y xenófobo. Rápidamente entró en contacto con miembros del partido, quienes lo pusieron al tanto de sus prerrogativas. Dos de sus facetas fundamentales captaron su atención: la superioridad racial del pueblo ario, y la intención de Hitler de una suerte de Renacimiento del Paganismo Teutón, algo que H.H. Ewers deseaba con infantil voluptuosidad, ya que esta idea provenía de dos de sus obras capitales: La Mandrágora (Alraune, 1910) y El aprendiz de brujo (Der Zauberlehrling, 1911).

La Mandrágora nos sitúa en una comunidad de intelectuales sibaritas, donde todo lo que se hace se hace por placer. En un ámbito semejante, el aburrimiento funciona como caldo de cultivo para el Mal. Un tal Bronken, científico que sacrifica a niños en sus experimentos, comienza a elaborar un procedimiento por el cual es capaz de crear una criatura infernal, que consiste en inyectar en el útero de una "prostituta vocacional" la simiente de un condenado a muerte. De esta fecundación anómala nace una mujer siniestra, la Mandrágora, que ya en los trabajos de parto demuestra su naturaleza al destrozar los órganos de su madre, su primera víctima.

Cuando Adolf Hitler leyó La Mandrágora quedó muy impresionado por la espartana virtud literaria de H.H. Ewers, que jamás sobreescribió un párrafo en toda su obra. Por otro lado, cuando H.H. Ewers conoció a Hitler creyó que finalmente la Germania mitológica de Odín y Sigfrid había arribado. No obstante este idilio, H.H. Ewers nunca se afilió al Partido Nazi, aunque participó en los desfiles de antorchas de los Sturmabteilung y el las bacanales paganas de Ernst Röhm.

El arquitecto Speer dejó en claro la predilección de Hitler por la narrativa de H.H. Ewers en la siguiente frase:

Sus relatos impregnados de sangre y oscuridad ejercían una atracción intensa sobre el espíritu atormentado del Fuhrer.

Adolf Hitler le encomendó la misión de crear un mito de identidad, esto es, mitificar a un personaje real para que funcione como ideal de la juventud aria. H.H. Ewers utilizó la figura siniestra de Horst Wessel, un canalla psicópata abatido en 1925 en un tiroteo callejero con un grupo de comunistas. H.H. Ewers, cuya credulidad no lo hacía estúpido, sabía que Wessel no era un mártir elocuente, de manera que lo exaltó de un modo tan convincente que su "biografía", publicada en 1933, se convirtió en un éxito notable de ventas. Goebbels, exitado por el fervor popular, ordenó rápidamente una adaptación cinematográfica. Durante la realización del film, todos los miembros alabados por H.H. Ewers en el libro cayeron en desgracia durante la purga de los SA; y cuando la película se estrenó, bajo el título Horst Wessel, el Fuhrer la calificó, entre otras cosas, de "intolerable".

Desde entonces, H.H. Ewers se convirtió en paria dentro del orden que con tantos anhelos había profetizado.

Desde 1935 todas las obras de H.H. Ewers fueron prohibidas en Alemania. En 1936 se le prohibió salir del país; momento en el que predijo en su diario íntimo que si su alma viajera era castigada su cuerpo pronto moriría, cosa que efectivamente sucedió en 1943, cuando una tuberculosis fulminante lo consumió en pocos meses.

Olvidado por muchos, y odiado por los pocos que lo recordaban, H.H. Ewers fue enterrado en el más absoluto secreto. Kurt Desch, su editor, creyó atinadamente que la obra de un narrador notable debía vivir al márgen de sus errores de juicio, y ordenó que sobre su lápida se inscribiera la última frase de La Mandrágora, en la cual se resume no sólo las decisiones equivocadas de su vida, sino el destino trágico de H.H. Ewers:


Quiero entrar en mí. Me espera mi madre.
H.H. Ewers (1871-1943)

Lord Aelfwine.




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