Morthylla: Clark Ashton Smith


Morthylla (Morthylla) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Clark Ashton Smith, publicado en la edición de mayo de 1953 de la revista Weird Tales.

El cuento pertenece al ciclo de relatos llamado Zothique, una especie de corpus narrativo lleno de interesantes y aterradoras teorías teosóficas sobre el pasado y el futuro del planeta Tierra. En este relato nos introducimos en la extraña historia de una Lamia muy curiosa, llamada Morthylla.



Morthylla.

Morthylla, Clark Ashton Smith (1893-1961)

Las luces resplandecían con brillantez deslumbradora en Umbri, la ciudad del Delta, después de la puesta del sol, que se había convertido por entonces en una estrella en decadencia, roja como una brasa y antigua más allá de las crónicas, más allá de la leyenda. Las más brillantes y deslumbradoras de todas eran las luces que iluminaban la casa del viejo poeta Famurza, cuyas canciones anacreónticas le habían proporcionado la riqueza que ahora dilapidaba en orgías para sus amigos y sicofantes. ¡En los pórticos, salones y cámaras, los fanales eran tan espesos como las estrellas en un cielo sin nubes! Parecía que Famurza desease disipar todas las sombras, excepto aquellas que cubrían las alcobas separadas por tapices, dispuestas para los convenientes amoríos de sus invitados.

Para encender tales amores había vinos, licores, afrodisiacos. Había carnes y frutos que impulsaban los pulsos fláccidos. Había drogas extrañas y exóticas que despertaban el placer y lo prolongaban. En nichos medio velados se veían curiosas estatuillas y en la pared paneles pintados con amores bestiales, humanos o sobrehumanos. Cantantes alquilados de todos los sexos cantaban diversos dísticos eróticos y había unas bailarinas cuyas contorsiones estaban calculadas para reanimar los fatigados sentidos cuando todo lo demás hubiera fallado. Pero Valzaín, discípulo de Famurza y famoso tanto como poeta como por voluptuoso, permanecía insensible ante todas aquellas incitaciones. Con indiferencia que tendía al disgusto y una copa medio vacía en la mano, observaba desde una esquina la multitud engalanada que bullía a su alrededor e, involuntariamente, apartaba la vista de ciertas parejas que eran demasiado desvergonzadas o estaban demasiado bebidas para buscar las sombras de la intimidad para sus abrazos. Una repentina saciedad había hecho presa en él. Se sentía extrañamente retirado del cenegal de vino y carne en que no mucho antes se había sumergido con deleite. Tenía el aspecto de alguien que se encuentra en una costa extranjera, detrás de aguas de profunda desesperación.

—¿Qué te aqueja, Valzaín? ¿Te ha chupado la sangre algún vampiro?

Era Famurza, con el rostro enrojecido, el cabello gris y ligeramente corpulento, quien estaba a su lado. Posando una mano cariñosa sobre el hombro de Valzaín, sostenía en alto con la otra un vaso de fascinantes esculturas en el que sólo bebía vino, evitando los violentos y drogados licores preferidos a menudo por los sibaritas de Umbri.

—¿Tienes un ataque de bilis? ¿O algún amor no correspondido? Aquí tenemos remedio para ambas cosas. Sólo tienes que nombrar tu medicina.
—No hay medicina para lo que me aflige—contestó Valzaín—. En cuanto al amor, ha dejado de importarme si es correspondido o no. Sólo puedo saborear las heces de las copas. Y el tedio se agazapa en medio de todos los besos.
—Realmente, el tuyo es un caso de melancolía —en la voz de Famurza había preocupación—. He estado leyendo alguno de tus últimos versos. Sólo escribes sobre tumbas y tejos, sobre gusanos, fantasmas y amores inmateriales. Esas cosas me producen cólicos. Necesito por lo menos medio galón de buen vino después de cada poema.
—Aunque no lo he sabido hasta recientemente —admitió Valzaín—, hay en mí curiosidad hacia lo desconocido; un deseo de cosas más allá del mundo material.

Famurza movió la cabeza conmiserativamente.

—Aunque no haya alcanzado más que a doblarte la edad, todavía me contento con lo que veo, oigo y toco. Carnes buenas y jugosas, mujeres, vino, las canciones de gente de buena garganta son suficiente para mí.
—Soñando cuando duermo —musitó Valzaín—, he abrazado súcubos que eran más que la carne, he conocido placeres demasiado fuertes para que el cuerpo consciente los soporte. ¿Tienen alguna fuente esos sueños, aparte del cerebro ligado a la tierra? Daría mucho por encontrar su origen, si es que existe. Mientras tanto, no me queda nada más que la desesperación.
—Tan joven... ¡y ya tan cansado! Bien, si estás cansado de las mujeres y quieres fantasmas a cambio, puedo aventurar una sugerencia. ¿Conoces la antigua necrópolis a medio camino entre Umbri y Psiom, a unas tres millas, digamos, de aquí? Los pastores de cabras dicen que es frecuentada por una lamia..., el espíritu de la princesa Morthylla, que murió hace varios siglos y fue enterrada en un mausoleo que todavía está ahí, sobresaliendo entre las otras tumbas de menos importancia. ¿Por qué no salimos esta noche y visitamos la necrópolis? Se acomodaría mejor que mi casa a tu humor. Y quizá Morthylla se te aparezca. Pero no me culpes si no vuelves nunca más. Después de todos estos años la lamia continúa ávida de amantes humanos y quizá pudiera aficionarse a ti. —Por supuesto, conozco el lugar —dijo Valzaín—... Pero creo que estás bromeando.

Famurza se encogió de hombros y siguió su camino entre los juerguistas. Una alegre danzarina, rubia y flexible, se acercó a Valzaín y lanzó un collar de flores entrelazadas sobre su cuello, reclamándole como su prisionero. Suavemente, rompió la guirnalda y dio un frío beso a la muchacha, lo que hizo que ésta hiciese una mueca. Inobstrusiva, pero rápidamente, antes de que otros juerguistas intentasen atraerle, salió de la casa de Famurza.

Sin otros impulsos que los de un deseo urgente de soledad, volvió sus pasos hacia los suburbios, evitando la vecindad de tabernas y lupanares, donde se apiñaba el populacho. Música, risas y fragmentos de canciones le seguían desde iluminadas mansiones donde todas las noches los ciudadanos más ricos de la ciudad daban reuniones. Pero en las calles se encontró a pocos merodeadores, pues era demasiado tarde para la reunión y demasiado pronto para la desbandada de los invitados a tales entretenimientos. Entonces las luces se debilitaron con intervalos cada vez más amplios entre ellas y las calles se oscurecieron con aquella antigua noche que caía sobre Umbri y que ahogaría completamente sus desafiantes galaxias de ventanas brillantes por la luz de las lámparas con el oscurecimiento del decadente sol de Zothique. Sobre estas cosas y sobre el circundante misterio de la muerte cavilaba Valzaín, cuando se zambulló en la oscuridad exterior que sus ojos, cansados por tanto resplandor, agradecieron.

También era agradable el silencio del camino, rodeado de campos cultivados, que siguió durante cierto tiempo, sin percatarse de su dirección. Después, ante alguna señal familiar a pesar de la oscuridad, advirtió que el camino era el que iba de Umbri a Psiom, la ciudad hermana del Delta; el camino junto a cuyas vueltas centrales estaba situada la necrópolis, no utilizada desde hacía largo tiempo, a la que le había encaminado irónicamente Famurza. Verdaderamente, pensó, el práctico Famurza había en cierta forma adivinado la necesidad que yacía en el fondo de su desencanto con todos los placeres sensoriales. Estaría bien visitar, quedarse durante una hora o algo más, en aquella ciudad cuyos habitantes habían pasado, hacía mucho, más allá de los deseos de la mortalidad, más allá de la saciedad y la desilusión.

Una luna, pasando del creciente a la mitad, surgió a sus espaldas cuando alcanzó el pie de la baja colina donde yacía el cementerio. Abandonó la pavimentada carretera y comenzó a ascender por la pendiente, medio cubierta por desmedrados tojos, en cuya cima se discernían deslumbrantes mármoles. No había otro camino que los deslabazados senderos creados por las cabras y sus pastores. Su sombra le precedía, vaga, débil y muy larga, como un guía fantasmal. En su fantasía, le pareció que estaba trepando por el busto, suavemente inclinado, de una giganta, salpicado a lo lejos con pálidas gemas que eran las tumbas y los mausoleos. Se encontró a sí mismo preguntándose, entre esta poética divagación, si la giganta estaría muerta o meramente dormida.
Al alcanzar el amplio y llano terreno de la cima, donde moribundos tejos enanos se disputaban los intersticios de las losas cubiertas de liquen con sauces sin hojas, recordó la historia que le había mencionado Famurza sobre la lamia que se decía merodeaba por la necrópolis. Famurza, él lo sabía bien, no creía en tales leyendas, y sólo había querido burlarse de su fúnebre humor. Sin embargo, a la manera de los poetas, comenzó a jugar con la fantasía de alguna presencia inmortal, encantadora y malvada, que viviese entre los antiguos mármoles y quisiese responder a la invocación de alguien que, sin una creencia positiva, hubiese deseado en vano visiones de la inmortalidad del más allá.

Entre naves de lápidas mortuorias bañadas por la soledad de la luna, llegó a un majestuoso mausoleo, que todavía se erguía con pocas señales de ruina, en el centro del cementerio. Le habían dicho que bajo él había extensas cámaras que alojaban a las momias de una familia real extinta que gobernó sobre las ciudades gemelas de Umbri y Psiom hacía siglos. La princesa Morthylla pertenecía a esa familia. Para maravilla suya, una mujer, o lo que parecía serlo, se sentaba en una losa caída al lado del mausoleo. No podía verla distintamente, pues la sombra de la tumba la envolvía de los hombros hacia abajo. Sólo el rostro, que briiiaba débilmente, se elevaba hacia la luna saliente. Su perfil era semejante al que él había visto en monedas antiguas.

—¿Quién eres tú?—preguntó con una curiosidad que sobrepasaba su cortesía.
—Soy la lamia Morthylla—replicó ella con voz que dejaba a sus espaldas una vibración débil y fugaz como la de algún arpa brevemente pulsada—. Guárdate de mí, porque mis besos están prohibidos para aquellos que quieren permanecer entre los vivos.

Valzaín se sintió asombrado ante esta respuesta que semejaba un eco de sus fantasías. Sin embargo, la razón le dijo que la aparición no era ningún espíritu de las tumbas, sino una mujer de carne y hueso que conocía la leyenda de Morthylla y deseaba burlarse de él. Pero ¿qué mujer se aventuraría sola de noche en un lugar tan desolado y fantasmal?

Lo más creíble era que fuese una prostituta que acudió a alguna cita entre las tumbas. Sabía que había algunos degenerados perversos que necesitaban ambientes y accesorios sepulcrales para consumar sus deseos.

—Quizá estás esperando a alguien—sugirió—. Si ése es el caso, no deseo inmiscuirme.
—Unicamente espero al que está destinado a venir. Y espero durante largo tiempo; no he tenido ningún amante durante doscientos años. Quédate si quieres, no hay nada que temer, excepto yo.

A pesar de las racionales presunciones que había formado, la espina dorsal de Valzaín fue recorrida por el estremecimiento del que supone, sin creerlo por completo, la presencia de una cosa sobrenatural...; pero seguramente todo era un juego..., un juego al que él también podía jugar para alivio de su melancolía.

—Vine aquí en la esperanza de encontrarte—declaró—. Estoy cansado de las mujeres mortales, cansado de todos los placeres..., cansado hasta de la poesía.
—Yo también estoy aburrida —dijo ella sencillamente.

La luna había ascendido en el cielo y brillaba sobre el traje, de una moda antigua, que llevaba la mujer. Era muy ajustado en el busto, cintura y caderas, con voluminosos pliegues cayendo hacia la parte inferior. Valzaín sólo había visto trajes semejantes en dibujos antiguos. La princesa Morthylla, muerta durante tres siglos, bien podría haber llevado un traje similar.

Fuese ella quien fuese, pensó, la mujer era extrañamente bella, con un toque de singularidad en el cabello pesadamente enroscado, cuyo color no podía decidir a la luz de la luna. En su boca había dulzura y bajo sus ojos una sombra de fatiga o de tristeza. En la comisura derecha de sus labios, percibió un pequeño lunar. El encuentro de Valzaín con la autodenominada Morthylla se repitió todas las noches mientras la luna se hinchaba como el redondeado pecho de una mujer titánica y desaparecía una vez más en vacío y decadencia. Ella le esperaba siempre junto al mismo mausoleo..., que, declaró, era el lugar donde habitaba. Y siempre le despedía cuando el oriente se volvía ceniciento con la aurora, diciendo que era una criatura de la noche.

Escéptico al principio, la consideró una persona con gustos y fantasías macabros semejantes a los suyos propios, con la que estaba manteniendo una relación de un encanto singular. Sin embargo, no pudo encontrar en ella ningún rastro de la mundanidad que sospechaba, ningún conocimiento aparente de las cosas presentes, sino una extraña familiaridad con el pasado y la leyenda de la lamia. Parecía más y más un ser nocturno, que sólo conocía bien la sombra y la soledad. Sus ojos, sus labios, parecían retener secretos olvidados y prohibidos. En sus vagas y ambiguas respuestas a sus preguntas, leía significados que le estremecían de miedo y esperanza.

—He soñado con la vida—le dijo ella crípticamente—. Y he soñado también con la muerte. Ahora bien, quizá haya otro sueño... en el que tú has entrado.
—Yo también quisiera soñar—dijo Valzaín.

Noche tras noche, su cansancio y disgusto se desvanecieron, en una fascinación que era alimentada por el espectral ambiente, el silencio de los muertos rodeándole, su retirada y su separación de la ciudad carnal y deslumbrante. Por grados, alternando la fe y la incredulidad, llegó a aceptarla como una lamia real. El apetito que percibía en ella sólo podía ser el apetito de una lamia, su belleza la de un ser que ya no era humano. Fue como la aceptación por un soñador de que había cosas fantásticas en otros lugares distintos del sueño. Junto con su fe, aumentó su amor por ella. Los deseos que había creído muertos revivieron en su interior, más salvajes, más urgentes.

Ella parecía corresponder a su amor. Sin embargo, no traicionó ningún signo de la legendaria naturaleza de la lamia, eludiendo su abrazo, rehusándole los besos que pedía.

—Quizá alguna vez—concedía—. Pero antes debes conocerme tal como soy, debes amarme sin ilusiones.
—Mátame con tus labios, devórame como se dice que has devorado a otros amantes —imploraba Valzaín .
—¿No puedes esperar? —su sonrisa era dulce y torturadora—. No deseo tu muerte tan pronto, porque te quiero demasiado. ¿No es dulce mantener tu deseo entre los sepulcros? ¿No te he curado de tu aburrimiento? ¿Tienes que terminar con todo?

A la noche siguiente la sitió de nuevo, implorando con todo su ardor y elocuencia la denegada consumación.

Ella se burló de él.
—Quizá sea sólo un fantasma sin cuerpo, un espíritu sin sustancia. Quizá me has soñado. ¿Te arriesgarías a despertar del sueño?

Valzaín dio un paso hacia ella, extendiendo sus brazos en un gesto apasionado. Ella retrocedió diciendo:

—¿Qué sucedería si, al tocarme, me convirtiese en cenizas y luz de luna? Entonces lamentarías tu loca insistencia .
—Tú eres la lamia inmortal—juró Valzaín—. Mis sentidos me dicen que no eres un fantasma, ni un espíritu desencarnado. Pero para mí tú has convertido en sombra todo lo demás.
—Sí, soy bastante real a mi manera —concedió, riendo suavemente.

Entonces, y repentinamente, se inclinó hacia él y sus labios tocaron su garganta. Sintió durante un momento su calor húmedo... y el agudo mordisco de sus dientes que perforaron apenas su piel, retirándose instantáneamente. Antes de que él pudiese abrazarla, ella le esquivó otra vez.

—Es el único beso que nos está permitido de momento—gritó y huyó rápidamente, con silenciosos pasos entre los brillos y sombras de los sepulcros.

A la tarde siguiente, un asunto de negocios, urgente y algo fastidioso, llevó a Valzaín a la vecina ciudad de Psiom; un viaje breve, pero que él hacía raras veces. Pasó junto a la antigua necrópolis, añorando la hora nocturna cuando se apresuraría una vez más al encuentro con Morthylla. Su penetrante beso, que había causado unas cuantas gotas de sangre, le había dejado enormemente enfebrecido y turbado. El, como aquel lugar de tumbas, estaba hechizado y el hechizo iba con él a Psiom.

Había terminado su asunto, el préstamo por un usurero de una suma de dinero. Hallándose a la puerta del usurero con aquella persona necesaria, pero ligeramente molesta, a su lado, vio a una mujer pasando por la calle. Sus rasgos, aunque no su traje, eran los de Morthylla y tenía incluso el mismo diminuto lunar en una comisura de la boca. Ningún fantasma del cementerio podría haberle sobresaltado y desmayado más profundamente.

—¿Quién es esa mujer? —preguntó el prestamista—. ¿La conoces?
—Se llama Beldith. Es muy conocida en Psiom, pues es rica por derecho propio y ha tenido innumerables amantes. Tuve un pequeño asunto con ella, aunque ahora no me debe nada. ¿Os gustaría conocerla? Puedo presentárosla fácilmente.
—Sí, me gustaría conocerla—asintió Valzaín—. Se parece muchísimo a alguien que conocí hace tiempo.
El usurero miró al poeta de soslayo.
—Quizá no sea una conquista demasiado fácil. Se dice que últimamente se ha retirado de los placeres de la ciudad. Algunos la han visto salir de noche en dirección a la antigua necrópolis, o regresando de allí al salir la aurora. Extraños gustos diría yo, para alguien que es poco más que una prostituta. Pero quizá vaya al encuentro de algún excéntrico amante.
—Indícame su casa—pidió Valzaín—. No necesitaré que me la presentes.
—Como gustéis—el usurero se encogió de hombros, ligeramente desilusionado—. De todas formas, no está lejos.

Valzaín encontró la casa rápidamente. La mujer, Beldith, estaba sola. Le recibió con una sonrisa anhelante y preocupada que no dejaba duda en cuanto a su identidad.

—Veo que te has enterado de la verdad —dijo ella—. Había pensado en decírtela pronto, porque el engaño no hubiese podido seguir durante mucho más tiempo. ¿No querrás perdonarme?
—Te perdono—dijo Valzaín tristemente—. Pero ¿por qué me has engañado?
—Porque tú lo deseabas. Una mujer intenta complacer siempre al hombre que ama y en todo amor hay más o menos engaño.

Al igual que tú, Valzaín, yo me había cansado de los placeres. Y busqué la soledad de la necrópolis, tan alejada de las cosas carnales. Tú también viniste, buscando paz y soledad.. o algún espectro inmaterial. Te reconocí instantáneamente. Y había leído tus poemas. Conociendo la leyenda de Morthylla, pensé en jugar contigo. Al jugar, llegué a amarte... Valzaín, tú me amabas como lamia. ¿No puedes amarme por mí misma?

—No puede ser —contestó el poeta—. Tengo miedo de que se repita la desilusión que he encontrado en otras mujeres. Sin embargo, por lo menos, te estoy agradecido por las horas que me proporcionaste. Fueron las mejores que he conocido..., aunque he amado algo que no existía y que no podría existir. Adiós, Morthylla. Adiós, Beldith.

Cuando se hubo ido, Beldith se tendió con el rostro hacia abajo entre los cojines de su lecho. Sollozó un rato y las lágrimas mojaron las telas, que se secaron rápidamente. Después se levantó vivamente y se dedicó a sus ocupaciones domésticas. Tras un cierto tiempo, volvió a los amores y a las fiestas de Psiom. Quizá, al final, encontró la paz que pueden hallar aquellos que se han hecho demasiado viejos para el placer. Pero no hubo paz para Valzaín, ni bálsamo para su deseo y amarga desilusión. Tampoco pudo volver a los placeres materiales de su vida anterior. Así que finalmente se mató, atravesando su garganta hasta la vena más profunda con un agudo cuchillo en el mismo lugar donde los dientes de la falsa lamia le habían mordido, produciendo un poco de sangre. Tras su muerte, olvidó que había muerto, olvidó el pasado inmediato con todos sus sucesos y circunstancias.

Después de la conversación con Famurza, había salido de su casa y de la ciudad de Umbri y seguido la carretera que pasaba junto al abandonado cementerio. Preso del deseo de visitarlo, ascendió por la cuesta hacia los mármoles, bajo una luna creciente que se elevaba por detrás. Al llegar al vasto y llano terreno de la cima, donde los moribundos tejos enanos se disputaban los intersticios de las losas cubiertas de liquen con sauces sin hojas, recordó la historia mencionada por Famurza sobre la lamia que se decía que frecuentaba el cementerio. El sabía bien que Famurza no era creyente en tales leyendas y que había querido únicamente burlarse de su humor fúnebre. Sin embargo, a la manera de un poeta, comenzó a jugar con la idea de alguna presencia inmortal, encantadora y malvada, que viviese entre los antiguos mármoles y respondiese a la invocación de alguien que, sin creer con seguridad, hubiese deseado vanamente visiones del más allá.

Entre las naves solitarias y bañadas por la luna que formaban las lápidas mortuorias, llegó a un majestuoso mausoleo que se erguía con pocas señales de ruina, en el centro del cementerio. Bajo él, le habían dicho, había extensas cámaras que alojaban las momias de una extinta familia real que había gobernado sobre las ciudades gemelas de Umbri y Psiom en siglos anteriores. A esta familia había pertenecido la princesa Morthylla. Para asombro suyo, una mujer, o lo que parecía serlo, se sentaba sobre el fuste caído al lado del mausoleo. No podía verla con claridad, pues la sombra de la tumba la envolvía todavía desde los hombros hasta abajo. Sólo el rostro, resplandeciendo débilmente, se elevaba hacia la luna que estaba subiendo en el cielo. Su perfil era como el que había visto en monedas antiguas.

—¿Quién eres tú?—preguntó con una curiosidad que sobrepasaba su cortesía.
—Soy la lamia Morthylla—contestó ella.

Clark Ashton Smith (1893-1961)


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El resumen del cuento de Clark Ashton Smith: Morthylla (Morthylla) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com