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«La habitación amueblada»: O. Henry; relato y análisis.


«La habitación amueblada»: O. Henry; relato y análisis.




La habitación amueblada (The Furnished Room) es un relato de terror del escritor norteamericano O. HenryWilliam Sidney Porter (1862-1910)—, publicado originalmente en la edición del 14 de agosto de 1904 de la revista New York Sunday, y luego reeditado en la antología de 1919: Los cuatro millones (The Four Million). Más adelante volvería a aparecer en 65 grandes cuentos de lo sobrenatural (65 Great Tales Of The Supernatural) y Los mejores cuentos de espíritus (The Best Ghost Stories).

La Habitación Amueblada, tal vez uno de los cuentos de O. Henry menos conocidos, relata la historia de un hombre joven, a fines del siglo XIX, que busca desesperadamente a una mujer en varias en casas de huéspedes de Nueva York, sin saber que ella también está tratando de comunicarse con él, solo que no desde este plano.

La Habitación Amueblada de O, Henry nos sitúa en el distrito de West Side, Nueva York, aparentemente con mala reputación a comienzos de la década de 1920. Un joven visita una pensión y renta una habitación amueblada. Le pregunta a la ama de llaves sobre los inquilinos anteriores. Está buscando a una chica llamada Eloise Vashner, tal vez aspirante a actriz o cantante, que tiene un lunar cerca de la ceja izquierda. La ama de llaves dice que no recuerda a nadie con esas características. Se nos informa que el joven ha estado buscando a Eloise durante los últimos cinco meses.

Ya instalado, el joven examina la habitación amueblada, y descubre pequeños detalles de la vida de sus ocupantes anteriores a través de las huellas que han dejado en el lugar. Una mujer llamada Marie inscribió su nombre en el marco de un espejo; alguien arrojó un vaso o una botella contra una pared. El lugar, en definitiva, lleva el sello de sus anteriores inquilinos, que de algún modo descargaron su ira y su frustración sobre la habitación.

El joven se sienta en una silla y escucha a los ocupantes de las habitaciones vecinas: ruidos: gritos, risas, juegos de dados, canciones de cuna. Alguien toca un instrumento en la habitación de arriba. Huele el aroma de la reseda que entra por la ventana con tal intensidad que «parece un visitante vivo». Cree que Eloise ha estado en esta habitación porque ella usaba el mismo perfume. En los cajones de la cómoda encuentra un pañuelo, unas horquillas, botones y un moño de raso negro. Como un perro que persigue un olor, el joven procede a revisar toda la habitación para encontrar alguna pista que confirme que Eloise estuvo allí, y casi se convence de que ella lo está llamando.

Convencido de que Eloise estuvo en la habitación, el joven va a buscar al ama de llaves y le exige conocer detalles de los ocupantes anteriores. Ninguno de ellos coincide con la descripción de Eloise. Cuando regresa a la habitación amueblada, esta parece muerta; la esencia que le había dado vida se ha esfumado. Desesperado, enciende el gas de la lámpara, obtura las puertas y ventanas y se acuesta en la cama, listo para aceptar la muerte después de cinco meses de búsqueda infructuosa.

En la última parte de la historia, el ama de llaves, la señora Purdy, se une a otra mujer, la señora McCool, para conversar. A través de este diálogo nos enteramos que han estado ocultando una serie de suicidios. Naturalmente, la señora Puddy no le comentó al joven sobre la muchacha que se suicidó en su habitación. La descripción de la ocupante, una chica bastante bonita y con un lunar junto a la ceja izquierda, confirma que era Eloise Vashner.

Los relatos de O. Henry tienen una firma distintiva: se caracterizan por su ironía, su sentimentalismo y por sus finales inesperados. La vuelta de tuerca al final de La Habitación Amueblada es tan irónica como melodramática: el joven, creyendo que no ha podido localizar a Eloise, se quita la vida en la misma habitación en la que ella tomó la suya.

Hay dos elementos que hacen de La Habitación Amueblada una historia extraordinaria. En primer lugar, la forma en que O. Henry convierte este melodrama en algo más sutil a través de la sugerencia de lo sobrenatural. En segundo lugar, los puntos ciegos de la historia. ¿Por qué desapareció Eloise? ¿Acaso se escapó de una relación difícil o simplemente se fue a Nueva York para perseguir sus sueños? O. Henry nunca establece claramente cuál es la naturaleza de la relación entre el joven anónimo y Eloise. ¿Es su pareja? ¿Un detective? Por otro lado, la persistencia en tratar de localizar el paradero de la chica [la búsqueda lleva cinco meses en este punto] parece sugerir una motivación personal. Además, sería extraño que un detective se quitara la vida al fracasar en un caso. No, lo más probable es que el joven haya pensado que no valía la pena vivir sin Eloise cuando creyó que ya no la encontraría.

Es lícito suponer que Eloise Vashner era una chica de pueblo que se fue de casa con la esperanza de encontrar el éxito en Nueva York. Cuando la señora Purdy le muestra la habitación al joven le dice que ha estado vacía durante una semana; y, como sabemos que la última ocupante fue Eloise, su fallecimiento es reciente. Por otro lado, la señora Purdy menciona que los últimos ocupantes de la habitación fueron una pareja. Esto llena los baches en la investigación del joven: cree que Eloise se ha casado con otro hombre. Por lo tanto, creyendo que ya no hay esperanza de traer a la chica a su antigua vida, se quita la vida.

Lo sobrenatural es apenas una insinuación en La Habitación Amueblada. O. Henry nos lleva al mundo sensorial del joven mientras trata de localizar algún rastro de Eloise. El aroma a la reseda, cuya aparición en la historia parece tener un origen sobrenatural, en realidad fue dejado por Eloise. Sin embargo, la reacción del joven, respondiendo en voz alta como si la presencia insustancial de la chica se hubiese condensado de repente, realmente parece la respuesta a una «llamada»:


«El rico olor estaba cerca, a su alrededor. Abrió los brazos para recibirlo. Por un momento no supo dónde estaba ni qué estaba haciendo. ¿Cómo podría alguien ser llamado por un olor? Seguramente debe haber sido un sonido. Pero, ¿podría haberlo tocado un sonido?»


O. Henry es, en el fondo, un autor al que no le agrada lo sobrenatural, de modo que debemos tomar todo esto como la emoción embriagadora del joven al sentir que ha captado el aroma de Eloise, el último rastro de ella que aún perdura [ver: Lo olfativo en el Horror]

Recordemos que La Habitación Amueblada forma parte de la colección Los Cuatro Millones, cuyo título refiere a la cantidad de personas que vivían en la ciudad de Nueva York a principios del siglo pasado. Es decir, es una de las muchas historias de soledad y desesperación que narra O. Henry. En el contexto de la antología, Eloise fue devorada por la ciudad, como probablemente lo hacía con la mayoría de las jóvenes aspirantes a actrices. Si bien para el joven ella lo significa todo, Eloise es prescindible y efímera para la ciudad. Su muerte ni siquiera merece ser comentada por el ama de llaves.

A propósito del ama de llaves, la primera reacción del joven al verla es pensar en «un gusano malsano y harto que se había comido su nuez hasta dejar una cáscara hueca y ahora buscaba llenar la vacante con huéspedes comestibles». Si Nueva York es la «Gran Manzana», la señora Purdy es el gusano.

Por otro lado, tanto la señora Purdy como su amiga, la señora McCool, parecen dos ghouls que disponen de los cadáveres de los que se suicidan en la pensión [ver: Ghouls: historia de los Necrófagos en la ficción]. De hecho, la sugerencia es que ambas prepararon el cadáver de Eloise antes de ser transportado a la morgue, y seguramente no fue la primera vez que lo hicieron. Esta antigua mansión debe haber visto a muchos inquilinos que murieron por enfermedad, vejez, asesinato y suicidio. Si algún día se quedara sin trabajo, la señora Purdy sería una excelente ama de llaves para la familia Pickman [ver: De la luz a la oscuridad: psicología de «El modelo de Pickman»]

Al situar la acción en la habitación amueblada, O. Henry apela a la sensación de aislamiento que impregna las áreas urbanas, zonas llenas de personas que, a su vez, están solas. A medida que el joven examina su entorno comienza a descubrir pequeños detalles sobre los inquilinos anteriores a partir de los rastros que han dejado en la habitación. No se trata de un psíquico o de una persona sensitiva, sino de alguien que proviene del mismo entorno pueblerino de Eloise, por lo que su sensibilidad todavía no está anestesiada por la gran ciudad. En este contexto, el joven puede detectar cómo los ocupantes anteriores han desatado sus frustraciones sobre la habitación, en cierto modo, «lastimándola»:


«Había cortes y agujeros en las sillas y las paredes. La cama estaba medio rota. El suelo gritaba como si le doliera cuando lo pisaban. Durante un tiempo la gente había llamado a esta habitación «hogar» y, sin embargo, la habían lastimado. Este era un hecho no fácil de creer, pero la causa era, quizás, un profundo amor. Las personas que habían vivido en la habitación tal vez nunca supieron lo que era un verdadero hogar. Pero sabían que esta habitación no lo era.»


Casi todos los muebles presentan rastros de abuso, incluso el piso y la repisa de la chimenea sufrieron «heridas». Mientras el joven reflexiona sobre estos hallazgos, los sonidos y olores de otras partes de la casa llegan hasta él. Es entonces cuando lo asalta el fuerte y dulce olor a la reseda que usaba Eloise. Está seguro de que es su olor y que ella ha estado en la habitación, Siente que Eloise está cerca de él mientras su aroma característico lo envuelve. Comienza a buscar otras «señales», sin embargo, sus intentos de localizar la fuente del olor no dan resultado. ¿Qué significa esto? Hasta aquí, el joven ha demostrado poseer un aparato sensorial formidable. ¿Por qué no puede rastrear la fuente del olor? Después de todo, si realmente es el olor de Eloise, este debe provenir de algún punto de la habitación. ¿Será que no se trata de un olor, digamos, terrenal, sino de un «mensaje» de la chica muerta?

En parte misterio sobrenatural, en parte comentario social, La Habitación Amueblada se enfoca en el efecto de la ciudad en la psique. Estas habitaciones en alquiler son tan transitorias como las vidas de sus huéspedes. O. Henry también roza la inutilidad de los esfuerzos del ser humano en este mundo cada vez más hostil. Al final, es un comentario sobre el materialismo imperante entre la población urbana. Cuando se trata de obtener ganancias, la sociedad ignora las emociones y sentimientos, como la señora Purdy, que decide no comentar a sus inquilinos sobre los anteriores ocupantes que han fallecido [ver: Casas como metáfora de la psique en el Horror]

Es interesante notar algunos cambios en la manera en que observamos ciertos comportamientos en nuestros días. El joven es representado como un amante devoto. Ha estado buscando a Eloise durante cinco meses, no solo en pensiones, sino en teatros de mala muerte, tan sórdidos que tiene miedo de encontrarla ahí. Esta perseverancia sugiere que realmente amaba a Eloise, pero, ¿podemos llamar amor a un comportamiento obsesivo? Quiero decir, Eloise se fue de casa para seguir su sueño artístico. Lo sabemos porque de otro modo no tendría sentido que el joven la buscara en teatros y otros sitios del ambiente artístico. Por supuesto, es entendible que quisiera conocer su paradero, pero, ¿cinco meses de búsqueda cuando nada en la historia sugiere que el joven piensa que Eloise fue secuestrada o está en peligro? ¿No será que Eloise está escapando de él? [ver: ¡No salgas del camino! El Modelo «Caperucita Roja» en el Horror]




La habitación amueblada.
The Furnished Room, O. Henry (1862-1910)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Inquietas, siempre en movimiento, como el tiempo mismo, son la mayoría de las personas que viven en estas viejas casas rojas. Esto está situado en el West Side de Nueva York.

La gente no tiene hogar, pero tienen casas. Van de habitación amueblada en habitación amueblada. Son transitorias, transitorias en el lugar de vida, transitorias en el corazón y la mente. Cantan Home, Sweet Home, pero sin sentir lo que significa. Pueden llevar todo lo que tienen en una pequeña caja. No saben nada de jardines. Para ellos, las flores y las hojas son algo para poner en el sombrero de una mujer. Las casas de esta parte de la ciudad han tenido mil personas viviendo en ellas, por eso cada una tiene mil historias que contar. Quizás la mayoría de estas historias no son interesantes. De todos modos, sería extraño que no sintieras, en algunas de estas casas, que estabas entre gente que no podías ver. Los espíritus de algunos que habían vivido y sufrido allí seguramente debían permanecer, aunque sus cuerpos se hubieran ido.

Una tarde apareció un joven, yendo de una a otra de estas grandes casas antiguas, tocando el timbre. En la duodécima casa dejó en el suelo la bolsa que llevaba. Se limpió el polvo de la cara. Luego tocó la campana. Sonaba muy, muy lejos, como si estuviera sonando bajo tierra.

La dueña de la casa llegó a la puerta. El joven la miró. Pensó en un gusano malsano y harto que se había comido su nuez hasta dejar una cáscara hueca y ahora buscaba llenar la vacante con huéspedes comestibles. Preguntó si había una habitación para pasar la noche.

—Adelante —dijo la mujer. Su voz era suave, pero por alguna razón no le gustó—. Tengo la trastienda en el tercer piso. ¿Quiere mirarla?

El joven la siguió. Había poca luz en los pasillos. No podía ver de dónde venía esa luz. El revestimiento del suelo estaba viejo y desgarrado. Había huecos en las paredes, tal vez para albergar plantas con flores. Si esto fuera cierto las plantas habrían muerto mucho antes de esta noche. El aire era malo; ninguna flor podría haber vivido en él por mucho tiempo.

—Esta es la habitación —dijo la mujer con su voz suave y gruesa—. Es una linda habitación. Tuve algunas personas muy agradables el verano pasado. No tuve ningún problema con ellas. Pagaron a tiempo. El agua está al final del pasillo. Sprowls y Mooney tuvieron la habitación durante tres meses. ¿Usted los conoce? Gente de teatro. El gas está aquí. Si observa bien verá que hay mucho espacio para colgar ropa. Es una habitación que gusta a todo el mundo. Si no la tomas, alguien más lo hará.

—¿Tiene mucha gente de teatro viviendo aquí? —preguntó el joven.

—Vienen y se van. Mucha de mi gente trabaja en el teatro. Sí, señor, esta es la parte de la ciudad donde vive la gente del teatro. Nunca se quedan mucho tiempo en ningún lugar. Viven en todas las casas cerca de aquí. Vienen y se van.

El joven pagó la habitación durante una semana. Se iba a quedar allí, dijo, a descansar.

La mujer contó el dinero.

La habitación estaba lista, dijo. Encontraría todo lo que necesitaba.

Mientras ella se alejaba, él hizo su pregunta. Ya la había preguntado mil veces.

—Busco a una chica, Eloise Vashner, ¿la recuerda? ¿Ha estado alguna vez en esta casa? Probablemente estaría cantando en el teatro. Una chica de mediana estatura, delgada, con cabello rojo dorado y una pequeña mancha oscura en la cara cerca del ojo izquierdo.

—No, no recuerdo el nombre. La gente del teatro cambia de nombre tan a menudo como cambia de sala. Ellos vienen y van. No, no recuerdo ese nombre.

No. Siempre no.

Había hecho su pregunta durante cinco meses y la respuesta siempre era no.

Todos los días interrogaba a hombres que conocían a gente de teatro. ¿Eloise había ido a pedirles trabajo? Todas las noches iba a los teatros. Fue a buenos teatros y a malos. Algunos eran tan malos que tenía miedo de encontrarla allí. Sin embargo, fue de todos modos.

Estaba seguro de que esta gran ciudad, esta isla, la retenía. Pero todo en la ciudad se movía, inquieto. Lo que estaba arriba hoy se perdía en el fondo mañana.

La habitación amueblada recibió al joven con cierta calidez. O eso pareció. El lugar sugería que allí podría descansar. Había una cama y dos sillas con cubiertas andrajosas. Entre las dos ventanas había un espejo de unas doce pulgadas de ancho. Había cuadros en las paredes.

El joven se sentó en una silla mientras la sala trataba de contarle su historia. Las palabras que usó fueron extrañas, no fáciles de entender, como si fueran palabras de muchos países lejanos.

El suelo era de muchos colores, como una isla de flores en medio de la habitación. El polvo yacía a su alrededor. Había papel tapiz brillante en la pared. Había una chimenea. De lo alto colgaban algunas piezas de tela brillantes. Tal vez las habían puesto allí para agregar belleza a la habitación. No funcionó. Y los cuadros de las paredes eran cuadros que el joven había visto cien veces antes en otras habitaciones amuebladas.

Aquí y allá alrededor de la habitación había pequeños objetos olvidados por otros que habían usado la habitación. Había cuadros de gente de teatro, algo para sujetar flores, pero nada de valor.

Uno por uno, los pequeños signos se hicieron más claros. Le mostraron al joven los otros que habían vivido allí antes que él. Delante del espejo había una mancha delgada en el revestimiento del suelo. Eso le dijo que hubo mujeres en la habitación.

Pequeñas marcas de dedos en la pared hablaban de niños tratando de encontrar el camino hacia el sol y el aire.

Una mancha más grande en la pared le hizo pensar en alguien enojado, arrojando algo allí. Al otro lado del espejo, una persona había escrito un nombre: «Marie».

Le parecía que los que habían vivido en la habitación amueblada se habían enfadado con ella y habían hecho todo lo posible por dañarla. Tal vez su enojo había sido causado por el brillo de la habitación y su frialdad. Porque no había verdadero calor allí.

Había cortes y agujeros en las sillas y en las paredes. La cama estaba medio rota. El suelo gritaba como si le doliera cuando lo pisaban. Durante un tiempo, la gente había llamado a esta habitación «hogar» y, sin embargo, la habían lastimado. Este era un hecho no fácil de creer, pero la causa era, quizás, un profundo amor. Las personas que habían vivido en la habitación tal vez nunca supieron lo que era un verdadero hogar. Pero sabían que esta habitación no era un hogar. Por lo tanto, se levantó su profunda ira y los hizo herirla.

El joven en la silla permitió que estos pensamientos se movieran suavemente por su mente. Al mismo tiempo, los sonidos y olores de otras habitaciones amuebladas fueron entrando a la suya. Escuchó a alguien reír, reír de una manera que no era ni feliz ni agradable. Desde otras habitaciones escuchó a una mujer hablando demasiado alto; y escuchó a la gente jugar por dinero; y oyó a una mujer cantándole a un niño, y oyó a alguien que lloraba. Por encima de él había música. Puertas que se abrían y cerraban. Afuera, los trenes pasaban ruidosamente. Algún animal gritó en la noche.

Y el joven sintió el aliento de la casa. Tenía un olor que era más que malévolo; parecía frío y enfermo y viejo y moribundo. Entonces, de repente, mientras descansaba allí, la habitación se llenó del olor fuerte y dulce de una flor, pequeña y blanca, llamada reseda.

El olor llegaba con tanta seguridad y tanta fuerza que casi parecía una persona viva entrando en la habitación. Dijo en voz alta: «¿Sí, querida?», como si lo hubieran llamado.

Saltó y se dio la vuelta. El rico olor estaba cerca, a su alrededor. Abrió los brazos para recibirlo. Por un momento no supo dónde estaba ni qué estaba haciendo. ¿Cómo podría alguien ser llamado por un olor? Seguramente debe haber sido un sonido. Pero, ¿podría haberlo tocado un sonido?

—Ella ha estado en esta habitación —dijo, y comenzó a buscar alguna señal. Sabía que si encontraba cualquier cosa que hubiera pertenecido a ella, la reconocería. Si ella la hubiera tocado, él lo sabría. Ese olor a flores que lo rodeaba por todas partes, a ella le encantaba y lo había hecho suyo. ¿De dónde venía?

La habitación había sido limpiada descuidadamente. Encontró muchas cosas pequeñas que las mujeres habían dejado. Algo para mantener el cabello en su lugar. Algo para llevar en el cabello para hacerlo más hermoso. Un trozo de tela que olía a otra flor. Un libro. Nada que hubiera sido suyo.

Comenzó a caminar por la habitación como un perro cazando un animal salvaje. Miró en los rincones. Se puso de rodillas para mirar al suelo.

Quería algo que pudiera ver. No podía darse cuenta de que ella estaba allí al lado, alrededor, contra, dentro, encima de él, cerca de él, llamándolo.

Entonces una vez más sintió la llamada. Una vez más respondió en voz alta:

—¿Sí, querida? —y se volvió, con los ojos desorbitados, para mirar a la nada.

Porque aún no podía ver la forma, el color, el amor y los brazos extendidos que estaban allí en el olor de las flores blancas.

—¡Oh, Dios! ¿De dónde viene el olor de las flores? ¿Desde cuándo un olor tiene voz para llamar? —se preguntó y siguió buscando.

Encontró muchas cosas dejadas por muchos que habían usado la habitación. Pero de ella, que pudo haber estado allí, cuyo espíritu parecía estar allí, no encontró señal alguna. Y luego pensó en la dueña.

Salió corriendo de la habitación con su olor a flores, bajó y se dirigió a una puerta donde pudo ver una luz.

La mujer salió. Él intentó hablar en voz baja.

—¿Me podría decir quién estaba en la habitación antes de mí?

—Sí, señor. Puedo decírselo de nuevo. Fueron Sprowls y Mooney, como dije. En realidad eran el Sr. y la Sra. Mooney, pero usó su propio nombre. La gente del teatro hace eso.

—Hábleme de la señora Mooney. ¿Cómo era ella?

—Pelo negro, baja y rellenita. Se fueron de aquí hace una semana.

—¿Y antes de que estuvieran aquí?

—Había un señor. No estaba en el negocio del teatro. Él no pagó. Ante él estaba la señora Crowder y sus dos hijos. Estuvieron cuatro meses. Y ante ellos estaba el anciano señor Doyle. Sus hijos pagaron por él. Tuvo la habitación seis meses. Eso es un año atrás, no recuerdo más.

Él le dio las gracias y regresó lentamente a su habitación.

La habitación estaba muerta. El olor de las flores la había hecho vivir, pero se había ido. En su lugar estaba el olor de la casa.

Su esperanza se había ido.

Se sentó mirando la lámpara de gas. Pronto caminó hacia la cama y tomó las sábanas. Empezó a romperlas en pedazos. Empujó las piezas en todos los espacios abiertos, alrededor de las ventanas y puertas. Ningún aire, ahora, sería capaz de entrar en la habitación. Cuando todo quedó como lo deseaba, apagó la lámpara.

Luego, en la oscuridad, encendió de nuevo el gas y se tumbó agradecido en la cama.

Era la noche de la Sra. McCool. Se sentó con la señora Purdy en una de esas habitaciones subterráneas donde las mujeres propietarias de estas casas antiguas se reúnen y hablan.

—Tengo a un joven en la trastienda de mi tercer piso esta noche —dijo la señora Purdy, tomando un trago—. Se fue a la cama hace dos horas.

—¿Es eso cierto, señora Purdy? —dijo la señora McCool.

Era fácil ver que ella pensaba que esto era algo bueno y sorprendente.

—Siempre encuentras a alguien para tomar esa habitación. No sé cómo lo haces. ¿Le dijiste algo al respecto?

—Las habitaciones —dijo la señora Purdy con su voz suave y espesa—, están amuebladas para ser utilizadas por aquellos que las necesitan. No se lo dije, señora McCool.

—Tiene razón, señora Purdy. Es el dinero que recibimos por las habitaciones lo que nos mantiene con vida. Tienes una verdadera sensibilidad para los negocios. Hay muchas personas que no tomarían una habitación como esa si supieran. Si les dijeras que alguien murió en la cama, por su propia mano, no entrarían en la habitación.

—Como usted dice, tenemos que pensar en cómo vivir —dijo la señora Purdy.

—Sí, es cierto. Hace solo una semana la ayudé en la trastienda del tercer piso. Ella era una chica bonita. ¡Y matarse con el gas! Tenía una carita tan dulce, señora Purdy.

—La habrían llamado hermosa, como usted dice —dijo la señora Purdy—, excepto por esa mancha oscura en el ojo izquierdo. Vuelva a llenar su vaso, señora McCool.

O. Henry (1862-1910)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de O. Henry.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de O. Henry: La habitación amueblada (The Furnished Room), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La voz de la ciudad»: O. Henry; libro y análisis


«La voz de la ciudad»: O. Henry; libro y análisis.




La voz de la ciudad (The Voice of the City) es una colección de relatos fantásticos del escritor norteamericano O. HenryWilliam Sydney Porter (1862-1910)—, publicada en 1908.

La voz de la ciudad agrupa algunos de los mejores cuentos de O. Henry publicados luego de Los cuatro millones (The Four Million) y La lámpara recortada (The Trimmed Lamp); entre ellos, aquel que le da nombre al libro: La voz de la ciudad (The Voice of the City), verdadero clásico del género fantástico .




La voz de la ciudad.
The Voice of the City, O. Henry (1862-1910)
  • La voz de la ciudad (The Voice of the City)
  • Los caprichos del destino (The Shocks of Doom)
  • De cada uno según su habilidad (From Each According to His Ability)
  • El amante de Lickpenny (A Lickpenny Lover)
  • El asesino de los tontos (The Fool-killer)
  • El fuego plutoniano (The Plutonian Fire)
  • El heraldo (The Harbinger)
  • El Memento (The Memento)
  • El tugurio y la rosa (The Rathskeller and the Rose)
  • Encuadrando el círculo (Squaring the Circle)
  • Extraditado de Bohemia (Extradited from Bohemia)
  • La ciudad de la noche pavorosa (The City of Dreadful Night)
  • La derrota de la ciudad (The Defeat of the City)
  • La llamada del clarín (The Clarion Call)
  • La Pascua del alma (The Easter of the Soul)
  • La pequeña mota en la fruta cosechada (Little Speck in Garnered Fruit)
  • La revelación de Dougherty (Dougherty's Eye-opener)
  • La vida completa de John Hopkins (The Complete Life of John Hopkins)
  • Mientras el auto espera (While the Auto Waits)
  • Mil dólares (One Thousand Dollars)
  • Némesis y el hombre de los dulces (Nemesis and the Candy Man)
  • Rosas, engaños y romance (Roses, Ruses and Romance)
  • Transitorios en Arcadia (Transients in Arcadia)
  • Una comedia en goma (A Comedy in Rubber)
  • Un filisteo en Bohemia (A Philistine in Bohemia)




Antologías. I Relatos de O. Henry.


El análisis y resumen del libro de O. Henry: La voz de la ciudad (The Voice of the City), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Los cuatro millones»: O. Henry; libro y análisis


«Los cuatro millones»: O. Henry; libro y análisis.




Los cuatro millones (The Four Million) es una colección de relatos fantásticos del escritor norteamericano O. Henry —seudónimo de William Sidney Porter (1862-1910)—, publicada en 1906.

Los cuatro millones es, sin dudas, la principal antología de este autor, donde podemos hallar los mejores cuentos de O. Henry publicados hasta entonces, los cuales abarcan varios géneros, como el relato de terror, pero siempre con una característica en común: desenlaces sorprendentes.

El título del libro, Los cuatro millones, refiere al número de habitantes de la ciudad de Nueva York por aquellos años, sede de la mayor parte de los relatos de O. Henry. Por otro lado, el título también desafía una polémica opinión vertida en una editorial de la época, la cual afirmaba que solo existen cuatro mil personas en Nueva York que vale la pena conocer. A contramano, O. Henry opina que cada uno de esos cuatro millones tiene una historia única para contar.




Los cuatro millones.
The Four Million, O. Henry (1862-1910)
  • El regalo de los reyes magos (The Gift of the Magi)
  • La habitación amueblada (The Furnished Room)
  • Memorias de un perro amarillo (Memoirs of a Yellow Dog)
  • Sacrificio por amor (A Service of Love)
  • Desde el asiento del conductor (From the Cabby's Seat)
  • Después de veinte años (After Twenty Years)
  • El breve debut de Tildy (The Brief Debut of Tildy)
  • El califa, Cupido, y el reloj (The Caliph, Cupid and the Clock)
  • El comienzo de Maggie (The Coming-Out of Maggie)
  • El filtro de amor de Ikey Schoenstein (The Love-Philtre of Ikey Schoenstein)
  • El policía y el himno (The Cop and the Anthem)
  • El romance de un corredor ocupado (The Romance of a Busy Broker)
  • Entre rondas (Between Rounds)
  • Hombre de pueblo (Man About Town)
  • La habitación de la claraboya (The Skylight Room)
  • La palma de Tobin (Tobin's Palm)
  • La puerta verde (The Green Door)
  • Las hermanas del círculo dorado (Sisters of the Golden Circle)
  • Mamón y el arquero (Mammon and the Archer)
  • Perdido en el desfile de vestidos (Lost on Dress Parade)
  • Por mensajería (By Courier)
  • Primavera a la carta (Springtime à la Carte)
  • Una historia sin terminar (An Unfinished Story)
  • Un ajuste de la naturaleza (An Adjustment of Nature)
  • Un cosmopolita en un café (A Cosmopolite in a Cafe)




Relatos góticos. I Libros de O. Henry.


El análisis y resumen del libro de O. Henry: Los cuatro millones (The Four Million), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Memorias de un perro amarillo»: O. Henry; relato y análisis


«Memorias de un perro amarillo»: O. Henry; relato y análisis.




Memorias de un perro amarillo (Memoirs of a Yellow Dog) es un relato fantástico del escritor norteamericano O. HenryWilliam Sidney Porter (1862-1910)—, publicado por primera vez en la edición del 12 de marzo de 1905 del periódico N.Y. Sunday World, y luego reeditado en la antología de 1906: Los cuatro millones (The Four Million).

Memorias de un perro amarillo, sin dudas uno de los cuentos de O. Henry más extraños, narra la historia de un matrimonio que vive en un triste departamento de Nueva York, pero desde la perspectiva del perro de la casa.

Es lícito clasificar a Memorias de un perro amarillo como uno de los grandes relatos de perros jamás escritos, sin lugares comunes como la fidelidad o la amistad incondicional. El perro de O. Henry es distinto a los demás, empezando por su color; y no vacila en decir la toda verdad acerca de sus propietarios y, en general, de todos los seres humanos que ha conocido.




Memorias de un perro amarillo.
Memoirs of a Yellow Dog, O. Henry (1862-1910)

Supongo que ninguno se rasgará las vestiduras por leer un relato en boca de un perro. El señor Kipling ha demostrado que los animales son capaces de expresarse en provechoso inglés, y hoy en día ninguna revista se da el lijo de no publicar una buena historia de animales, a excepción de las publicaciones mensuales que todavía siguen sacando retratos de Bryan y de la horrorosa erupción de Mont Pelée.

Pero no vayan esperar en mi cuento ninguna pretención literaria, como la de los parlamentos de Bearoo el oso, Snakoo la serpiente y Tammanoo el tigre, reflejados en los libros de la jungla. No puede esperarse que un perro amarillo que ha pasado la mayor parte de su vida en un departamento barato de Nueva York, durmiendo en un rincón sobre una vieja combinación de satén (la misma sobre la que ella derramó el oporto en el banquete de la señora Longshoremen), sea capaz de grandes prodigios.

Nací cachorro, y amarillo; con fecha, localidad, pedigrí y peso desconocidos. Mi primer recuerdo es que una vieja me tenía dentro de una cesta en la esquina de Broadway y 23, tratando de venderme a una señora gorda. La vieja Mamá Hubbard se dedicaba a hacerme publicidad sin límites, anunciándome como un genuino fox-terrier de Stoke Poges, de origen pomeranio-hambletonio, chino, hindú y rojo irlandés. La mujer gorda empezó a rebuscar un billete de cinco dólares hasta que logró cazarlo, y se dio por vencida. Desde aquel momento me convertí en una mascota, en el caprichito de mamá.

Dígame, querido lector, ¿le ha levantado alguna vez una mujer de noventa kilos, echándole el aliento con aroma de Camembert y Peau d’Espagne, restregándole la nariz por todo el cuerpo, al tiempo que repetía sin cesar con un tono de voz a lo Emma Eames:

—¿Quién es la cosita más chiquitita y más preciosa de su mamita?

De ser un cachorro amarillo con pedigrí pasé a ser un una especie de cruce de gato de Angora con una caja de limones. Pero mi ama nunca se bajó de su discurso. Tenía la certeza de que los dos cachorros que Noé recogió en su Arca no eran sino una rama de mis antepasados. Dos policías tuvieron que impedirle la entrada en el Madison Square Garden, donde pretendía presentarme al premio de sabuesos siberianos.

Les hablaré ahora de aquel departamento.

La casa era del tipo más común en Nueva York, con mármol de la isla de Paros en el suelo del portal y terrazo a partir del primer piso. Había que subir, bueno, más bien trepar tres tramos de escaleras hasta nuestro hogar. Mi ama lo alquiló sin amueblar, y lo decoró con los elementos habituales: tresillo tapizado estilo 1902, un cromo al óleo que representaba a una geishas en un salón de té de Harlem, plantas artificiales y un marido.

¡Por Sirio*!, qué pena me daba aquel pobre bípedo. Era un hombre pequeño, con pelo y patillas color de arena, muy semejantes a las mías. Secaba los platos y escuchaba a mi ama contarle lo baratas y andrajosas que eran las ropas tendidas por la vecina del segundo, la del abrigo de ardilla. Y todas las noches, mientras ella preparaba la cena, lo obligaba a sacarme de paseo atado al extremo de una correa.

Si los hombres supiesen cómo las mujeres pasan el tiempo cuando están solas no se casarían jamás.

Laura Lean Jibbey, un poco de crema de almendras sobre los músculos del cuello, cascar cacahuetes, los platos sin fregar, media hora de cháchara con el hombre del hielo, lectura de un montón de cartas viejas, un par de tapas de escabeche y dos botellas de extracto de malta, una hora entera mirando furtivamente al piso del otro lado del patio por un agujero de la ventana, en fin. Veinte minutos antes de que él llegue del trabajo se apresuran a arreglar la casa, cambian de cara para no dejar translucir su holgazanería, y sacan gran cantidad de labores de costura para hacer un paripé de diez minutos.

Llevaba yo una vida perra en aquel piso. La mayor parte del día me la pasaba tumbado en mi rincón, viendo cómo aquella mujer mataba el tiempo. A veces me dormía y tenía sueños imposibles en los que perseguía a gatos por los sótanos, tal y como se supone que debe hacer un perro. Entonces ella se cernía sobre mí y me lanzaba una de aquellas sartas de cursilerías de caniche y me besaba en el hocico, pero ¿qué podía hacer yo?.

Empecé a sentir compasión por Maridito, ¡se los juro! Nos parecíamos tanto que la gente lo advertía en nuestros paseos, y así andábamos desconcertados por las calles. Una tarde en que íbamos paseando, como digo, y yo trataba parecer un San Bernardo con premio, y el buen viejo pretendía simular que no había asesinado al primer organillero al que se le ocurriese tocar la marcha nupcial de Mendelssohn, miré hacia mi amo y le dije a mi manera:

—¿Por qué te amargas la vida, tú, soldado británico con galones? A ti jamás te besa. No tienes que sentarte en su regazo y escuchar una charla que lograría que un libreto de comedia musical pareciese las máximas de Epicteto. Tendrías que estar agradecido por no ser un perro. Ánimo, Benedick, y sacúdete de encima las melancolías.

El desdichado cónyuge me miró con una mirada de inteligencia casi canina.

—¡Ay, perrito! —dijo—. Buen perro. Casi parece como si fueras capaz de hablar. ¿Qué te pasa, hay gatos?

Pero, naturalmente, no podía entenderme. A los humanos les ha sido negado el lenguaje animal. El único lugar común de entendimiento entre los perros y el hombre está en la ficción.

En el piso frente al nuestro vivía una señora con un terrier negro y canela. Su marido lo sacaba todas las tardes, pero siempre volvía a casa silbando y de buen humor. Un día nos rozamos los hocicos, el terrier y yo, en el descanso de la escalera, y le pedí una explicación.

—Escucha —le dije—, sabes muy bien que no es propio de la naturaleza de un hombre el hacer de niñera de un perro en público. No he visto jamás a ninguno de los que llevan a un perro con una correa que no diese la impresión de querer pegar a cualquier hombre que le mirara. Pero tu jefe vuelve todos los días a casa de un humor excelente. ¿Cómo lo consigue? No vayas a decirme que le gusta.

—¿Que qué hace? —dijo él—. Pues, usa el Propio Remedio de la Naturaleza. Al principio volvía a casa como quien acaba de perder al póquer. Cuando hemos estado ya en ocho bares, le da lo mismo si la cosa que tiene al final de la correa es un perro o un bagre. He perdido dos pulgadas de rabo en mis intentos por esquivar esas dichosas puertas giratorias.

La pista que me dio aquel terrier —satisfactoria imitación de vodevil— me hizo reflexionar.

Una tarde, alrededor de las seis, mi ama le ordenó que se pusiese en acción y realizase el acto de oxigenar a Bello. He tratado de mantenerlo oculto hasta ahora, pero así es como me llamaba. Al terrier le llamaban Dulzor. Bien visto, creo ser mejor que él cazando conejos. Aun así, opino que Bello es una especie de lata nominal colgada del rabo de la dignidad de uno.

En un lugar tranquilo de una calle tiré de la correa de mi guardián frente a una atractiva y refinada cantina. Me lancé como una flecha furiosa hacia las puertas, gimiendo como un perro que pretende comunicar el mensaje de que la pequeña Alice acaba de hundirse en el lodo mientras está recogiendo lilas en el arroyo.

—Caray, ¿qué ven mis ojos? —dijo el viejo con un remedo de sonrisa—; que Dios me prive de la vista si perro hijo de limonada no me está pidiendo que me tome una copa. Vamos a ver, ¿cuánto tiempo hace que no ahorro suela de zapato apoyándola en la barra de un bar?

Comprendí que ya estaba en mis manos. Pidió whisky, sentado ante una mesa. Durante una hora estuvieron llegando los Campbell. Yo me senté a su lado llamando al camarero con golpecitos de la cola, y consumiendo comida gratis en nada comparable a la que mamá traía al departamento en su carrito casero después de comprarla en una tienda ocho minutos antes de que llegase papá.

Cuando se habían agotado todos los productos escoceses, excepto el pan de centeno, el viejo me desató de la pata de la mesa y me sacó jugueteando a la calle como un pescador sacaría a un salmón. Al llegar allí me quitó el collar y lo tiró al suelo.

—Pobre perrito —dijo—; mi buen perro amarillo. Ella no volverá a besarte nunca más. Es una condenada vergüenza. Mi buen perrito, aléjate, déjate atropellar por un tranvía y sé feliz.

Me negué a marcharme. Salté y retocé alrededor de sus piernas, tan feliz como una pulga en una alfombra.

—Óyeme bien, cerebro de mosquito —empecé—-, ¿es que no te das cuenta de que no quiero abandonarte? ¿No te das cuenta de que los dos somos cachorros perdidos en el bosque? ¿Por qué no cortar con eso para siempre y ser compañeros hasta la muerte?

—Perrito —repuso al fin—, no vivimos más que una docena de vidas en esta tierra, y muy pocos de nosotros llegamos a vivir más de trescientos años. Si vuelvo a ver ese departamento en mi vida es que soy un fracasado, y si lo vuelves a ver tú es que eres un lameculos, y no bromeo. Apuesto sesenta contra uno a que este caballo gana por la longitud de un perro tejonero.

No había correa ya, pero fui trotando junto a mi amo hacia el transbordador de la calle Veintitrés. Y los gatos que se cruzaron en nuestro camino tuvieron sobradas razones para dar gracias por haber sido dotados de uñas prensiles.

Al llegar a la orilla de Jersey, mi amo le dijo a un forastero que estaba allí, de pie, comiendo un bollo recién hecho:

—Yo y mi perrito nos dirigimos a las Montañas Rocosas.

Pero cuando más dichoso me sentí fue cuando mi viejo me tiró de las dos orejas hasta que aullé, y dijo:

—Óyeme bien, cabeza de mono, cola de rata, hijo azufrado de un felpudo, ¿sabes cómo te voy a llamar?

Me acordé de Bello y gemí lastimeramente.

—Te voy a llamar Pedrito —dijo mi amo, y si yo hubiera tenido cinco colas no habría tenido suficientes para agitarlas.

O. Henry (1862-1910)


*La estrella Sirio es conocida como la Estrella del Perro.


Relatos góticos. I Relatos de O. Henry.


Más literatura gótica:
El análisisy resumen del cuento de O. Henry: Memorias de un perro amarillo (Memoirs of a Yellow Dog), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La lámpara recortada»: O. Henry; relatos y análisis


«La lámpara recortada»: O. Henry; relatos y análisis.




La lámpara recortada (The Trimmed Lamp) es una colección de relatos fantásticos del escritor norteamericano O. Henry —seudónimo de William Sydney Porter (1862-1910)—, publicada en 1907.

En esta antología podemos encontrar algunos de los cuentos de O. Henry más importantes del período; como siempre, situados en la Nueva York de principios del siglo XX, y caracterizados por brindar desenlaces sorprendentes.

En este sentido, O. Henry y los cuentos de La lámpara recortada le rinden culto a Guy de Maupassant, probablemente uno de los autores con mayor precisión e ingenio a la hora de diseñar finales sorpresivos.




La lámpara recortada.
The Trimmed Lamp, O. Henry (1862-1910)
  • El péndulo (The Pendulum)
  • La última hoja (The Last Leaf)
  • Brickdust Row (Brickdust Row)
  • De acuerdo a sus luces (According to Their Lights)
  • Dos caballeros del Día de Acción de Gracias (Two Thanksgiving Day Gentlemen)
  • El asesor del éxito (The Assessor of Success)
  • El comprador de Cactus City (The Buyer from Cactus City)
  • El conde y el invitado de la boda (The Count and the Wedding Guest)
  • El ferry de la insatisfacción (The Ferry of Unfulfilment)
  • El país de la elusión (The Country of Elusion)
  • El Rubaiyat de Scotch Highball (The Rubaiyat of a Scotch Highball)
  • Elsie en Nueva York (Elsie in New York)
  • El sueño de un caballero de verano (A Midsummer Knight’s Dream)
  • El triángulo social (The Social Triangle)
  • El vestido púrpura (The Purple Dress)
  • La fabricación de un neoyorkino (The Making of a New Yorker)
  • La fiesta de la culpa (The Guilty Party)
  • La insignia del policía O'Roon (The Badge of Policeman O’Roon)
  • La lámpara recortada (The Trimmed Lamp)
  • La mezcla perdida (The Lost Blend)
  • La noche árabe de Madison Square (A Madison Square Arabian Night)
  • La política exterior de la compañía 99 (The Foreign Policy of Company 99)
  • Tragedia de Harlem (A Harlem Tragedy)
  • Vanidad y algunos trajes de luto (Vanity and Some Sables)




Libros de poemas. I Libros de O. Henry.


El análisis y resumen del libro de O. Henry: La lámpara recortada (The Trimmed Lamp), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

O. Henry: cuentos destacados


O. Henry: cuentos destacados.




O. Henry —seudónimo de William Sydney Porter (1862-1910)— fue un interesante escritor norteamericano, cuya mayor virtud consistía en generar desenlaces realmente inesperados. De hecho, los cuentos de O. Henry, independientemente de su género, ya que incursionó en varios simultáneamente, se caracterizan por sorprender al lector en los últimos párrafos, cuestión que lo llevó a ser considerado, acaso exageradamente, el Guy de Maupassant de Norteamérica.

En esta sección de El Espejo Gótico iremos repasando algunos de los más destacados cuentos de O. Henry.




Cuentos de O. Henry:




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: O. Henry: cuentos destacados fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Estremecedoras últimas palabras de 10 grandes autores


Estremecedoras últimas palabras de 10 grandes autores.




Resulta difícil imaginar que cualquiera de nosotros, en su lecho de muerte, tuviese el deseo o la voluntad de pronunciar una frase para la posteridad. Por otro lado, también se presenta el problema de la sincronicidad. Uno puede creer que está a punto de morir y, entre balbuceos y esputos sanguinolentos, formular una frase demoledora, y luego tener la mala fortuna de vivir uno o dos días más, o un mes, con lo cual el efecto quedaría bastante deslucido.

A propósito, hay quien recomienda que, al momento de sentir que la muerte se aproxima, es conveniente decir unas últimas palabras concebidas con anterioridad, y luego abstenerse de realizar mayores comentarios.

Pero lo cierto es que algunos sujetos son condenadamente originales, incluso en presencia de la muerte. A continuación, repasamos las mejores últimas palabras de 10 grandes autores.




10- Jane Austen (1775-1817)


Sin un diagnóstico claro (aunque hoy se cree que padecía la enfermedad de Addison), y presa de terribles dolores renales, Jane Austen, autora de Orgullo y prejuicio (Pride and Prejudice), agonizaba en la ciudad de Winchester. Cuando su hermana, Cassandra, se acercó a su lecho de muerte para preguntarle si quería algo, Jane Austen dijo sus últimas palabras:


Nada más que la muerte.
(Nothing, but death)



9- Lord Byron (1788-1824)


La muerte de Lord Byron se produjo gracias al aporte de médicos inescrupulosos. Un simple resfrío, mientras andaba a caballo, fue atendido con la aplicación de sanguijuelas en la frente, lo cual era bastante normal; pero como la fiebre no menguaba, se le colocaron docenas y docenas de sanguijuelas más en todo el cuerpo. Fue así que Lord Byron perdió varios litros de sangre y falleció en menos de veinticuatro horas. Sus últimas palabras, un tanto lacónicas, fueron las siguientes:


Ahora iré a dormir. Buenas noches.
(Now I shall go to sleep. Goodnight)



8- Elizabeth Barrett Browning (1806–1861)


Elizabeth Barrett Browning, la gran poetisa victoriana, sufrió desde muy joven una fuerte afección pulmonar. Si bien existen muchas especulaciones al respecto, la mayoría coincide en que padecía tuberculosis. Pasó gran parte de 1861 postrada. El 29 de junio de ese mismo año pronunció sus últimas palabras cuando su esposo, el poeta Robert Browning, se acercó a su cama para preguntarle cómo se sentía:


Hermosa.
(Beautiful)



7- Saki (1870-1916)


Saki —seudónimo de H.H. Munro— fue un notable autor de cuentos macabros. A pesar de que no estaba obligado, por su edad, de todos modos se alistó entre los Fusileros Reales, donde ejerció el cargo de sargento, y luchó en la Primera Guerra Mundial. El 13 de noviembre de 1916, durante la batalla de Beaumont Hamel, gritó sus últimas palabras a un compañero de trinchera, justo antes de ser alcanzado en la cabeza por la bala de un francotirador:


¡Apaga ese maldito cigarrillo!
(Put that bloody cigarette out)



6- Thomas Carlyle (1795-1881)


Thomas Carlyle fue un fantástico erudito escocés, autor del Sartor Resartus y otras obras inmortales. Su temperamento, de acuerdo a quienes lo conocieron, fue notablemente agrio, quizás debido a la úlcera estomacal que lo acompañó a lo largo de toda su vida adulta. El 5 de febrero de 1881, mientras se encontraba en su lecho de muerte en la ciudad de Londres, Thomas Carlyle pronunció sus últimas palabras; muy afines a su espíritu crítico:


Entonces, esto es la muerte. Bien.
(So, this is death. Well)



5- J.M. Barrie (1860–1937)


J.M. Barrie, autor de Peter Pan, contrajo de una devastadora neumonía que finalmente acabaría con su vida. Antes de unirse a la alegre tribu de los Niños Perdidos, ya postrado, el 19 de junio de 1937 le susurró sus últimas palabras a su amiga y secretaria personal, la escritora Cynthia Asquith:


No puedo dormir.
(I can’t sleep)



4- Franz Kafka (1883–1924)


Presa de los horribles sufrimientos de la tuberculosis de laringe, que lo obligaban a alimentarse principalmente de líquidos, Franz Kafka fue internado de urgencia en una clínica de la ciudad de Praga. El 3 de junio de 1924, atravesado por el dolor, exclamó sus últimas palabras al doctor que lo atendía, reclamándole una dosis letal de morfina:


¡Máteme, o de lo contrario será usted un asesino!
(Töte mich, oder du bist ein Mörder!)



3- Emily Dickinson (1830–1886)


Emily Dickinson pasó los últimos meses de su vida en cama debido a una afección hepática. En el proceso sufrió alucinaciones de todo tipo, la mayoría, horrendas, aunque de hecho enfrentó a la muerte con una entereza notable. Exactamente a las seis de la tarde del 15 de mayo de 1886, con el último aliento, susurró sus últimas palabras a su hermano, Austin:


Déjanos entrar; la niebla está subiendo.
(Let us go in; the fog is rising)



2- O. Henry (1862–1910)


O. Henry —seudónimo de William Sydney Porter— fue uno de los grandes escritores norteamericanos de su tiempo. Sufría de alcoholismo, diabetes, y finalmente de cirrosis, la cual finalmente lo llevaría a la tumba. Sus últimas palabras, pronunciadas en un hospital de la ciudad de Nueva York, evidencian su impresionante talento para escribir finales estremecedores:


Enciendan las luces, no quiero ir a casa en la oscuridad.
(Turn up the lights, I don’t want to go home in the dark)



1- Voltaire (1694–1778)


Voltaire —seudónimo del filósofo francés François-Marie Arouet— vivió una vida larga y plena, irreverente, en muchos casos, y también polémica, pero brillante desde todo punto de vista. En 1778, a los ochenta y tres años de edad, regresó a la ciudad de París. El 30 de mayo de ese mismo año comenzó a sentirse mal, y su estado de salud empeoró rápidamente. Sus allegados, temiendo por su alma inmortal, mandaron a llamar a un sacerdote.

Voltaire, que rechazaba la fe pero defendía la tolerancia por encima de todas las cosas, aceptó la visita; según algunos, por simple cortesía, otros, porque el filósofo no dejaba pasar ninguna ocasión para emitir sentencias demoledoras. Cuando el sacerdote le preguntó si estaba dispuesto a aceptar a Dios en su corazón y renunciar a Satanás, Voltaire respondió lo siguiente, minutos antes de morir:


Oh, no, este no es momento para hacer nuevos enemigos.
(Oh non, ce n'est pas le moment de se faire de nouveaux ennemis)




Autores con historia. I Taller de literatura.


Más literatura gótica:
El artículo: Estremecedoras últimas palabras de 10 grandes autores fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Relatos góticos de Navidad y un brindis en El Espejo Gótico

Aquellos que nos acompañan desde hace años saben que rara vez caemos en la postura infantil, y acaso teatral, de criticar cualquier festejo tradicional y popular amparándonos en el derecho al hastío.

Por el contrario, nos sumamos macabramente a todas las Nochebuenas, Vísperas, Navidades, Años Nuevos y en especial a las tómbolas orgiásticas que organiza el profesor Lugano: siempre a nuestra manera, siempre con nuestros propios ritos.

Desde El Espejo Gótico levantamos nuestra copa, agrietada y efervescente, y brindamos con todos aquellos que odian y aman la Navidad, incluso simultáneamente. Todo festejo tradicional enmascara el final de un ciclo; y todo ciclo que termina exige un festejo, si es desmesurado, mucho mejor.


Relatos góticos de Navidad (y un brindis en El Espejo Gótico)
El resumen de los Relatos góticos de Navidad (y un brindis en El Espejo Gótico) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Relatos que hielan la sangre.


Relatos que hielan la sangre.




Esta colección de relatos de fantasmas promete que cada uno de ellos es algo así como un refrigerante para la sangre: Relatos que hielan la sangre (Tales to Freeze the Blood).




Relatos que hielan la sangre.
Tales to Freeze the Blood: More Great Ghost Stories.
  • El abrazo frío (The Cold Embrace, Mary Elizabeth Braddon)
  • El fantasma de madame Crowl (Madam Crowl’s Ghost, Sheridan Le Fanu)
  • El guardián junto al muerto (A Watcher by the Dead, Ambrose Bierce)
  • El libro del canon Alberico (Canon Alberic's Scrap-Book, M.R. James)
  • El péndulo (The Pendulum, O. Henry)
  • La cama 29 (Le lit 29, Guy de Maupassant)
  • Círculo de fuego (Round of Fire, Catherine Crowe)
  • El día que papá trajo algo a casa (The Day that Father Brought Something Home, R. Chetwynd-Hayes)
  • El fallecimiento de Edward (The Passing of Edward, Richard Middleton)
  • El fantasma de la muñeca (The Doll's House, Francis Marion Crawford)
  • El portador del mensaje (The Bearer of the Message, Fritz Hopman)
  • El salvataje de un alma (The Saving of a Soul, Richard Burton)
  • En la oscuridad (In the Dark, Mary E. Penn)
  • La habitación amueblada (The Furnished Room, O. Henry)
  • Los caminos de Donnington (The Roads of Donnington, Rick Kennett)
  • Los horrores del sueño (The Horrors of Sleep, Emily Bronte)
  • Sombras sobre la hierba (Shadows on the Grass, Steve Rasnic Tem)
  • Una pequeña noche de pesca (A Little Night Fishing, Sydney J. Bounds)
  • Un misterio sin resolver (An Unsolved Mystery, E. Owens Blackbourne)




Antologías. I Relatos de terror.


El resumen de la antología: Relatos que hielan la sangre (Tales to Freeze the Blood) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Relatos para una noche de insomnio


Relatos para una noche de insomnio.




Muchas antologías de terror anuncian su utilidad para una noche de insomnio, cuando en realidad lo aconsejable sería que prometieran el insomnio.

Esta antología de 1983, a cargo de Peter Haining, cuyo nombre original sería algo así como Gorros para dormir y pesadillas (Nightcaps And Nightmares), no solo posee excelentes ejemplos del cuento de terror y el relato de fantasmas, sino una selección que favorece el insomnio de un modo decididamente placentero.





Relatos para una noche de insomnio.
Nightcaps And Nightmares, 1983.
  • El fantasma inexperto (The Inexperienced Ghost, H.G. Wells)
  • A mitad de camino del infierno (Half-way To Hell, John Collier)
  • El abogado y el fantasma (The Lawyer and the Ghost, Charles Dickens)
  • El buque fantasma (The Ghost Ship, Richard Middleton)
  • El caballo blanco (The White Horse, Robert Graves)
  • El espectro de Barjum (The Wraith if Barnjum, F. Antsey)
  • El espectro de Tappington (The Spectre of Tappington, Thomas Ingoldsby)
  • El fantasma de Canterville (The Canterville Ghost, Oscar Wilde)
  • El fantasma de una oportunidad (A Ghost Of A Chance, O. Henry)
  • El guía espiritual de los indios (The Indian Spirit Guide, Robert Bloch)
  • El molino embrujado (The Haunted Mill, Jerome K. Jerome)
  • El vestuario de los fantasmas (The Clothing Of Ghosts, Ambrose Bierce)
  • Fantasmas que me han perseguido (Ghosts that have Haunted Me, John Kendrick Bangs)
  • Granja Buggam (Buggam Grange, Stephen Leacock)
  • La aristocracia fantasmagórica (The Ghost Aristocracy, Kenneth Graham)
  • La noche en que se metió el fantasma (The Night The Ghost Got In, James Thurber)
  • Un viaje a la tierra del espíritu (A Trip to Spirit Land, Robert Benchley)




Antologías. I Relatos góticos.


El análisis y resumen del libro: Gorros para dormir y pesadillas (Nightcaps And Nightmares) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



Lo más visto esta semana en El Espejo Gótico:

Relato de Maurice Level.
Poema de Clark Ashton Smith.
Taller gótico.


Relato de May Sinclair.
Poema de Robert E. Howard.
Poema de Walter de la Mare.