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«Abrir la puerta»: Arthur Machen; relato y análisis.


«Abrir la puerta»: Arthur Machen; relato y análisis.




Est enim magnum chaos.
[«Porque existe un gran abismo»]



Abrir la puerta (Opening the Door) es un relato fantástico del escritor galés Arthur Machen (1863-1947), escrito en 1931 y publicado en la antología del mismo año: Cuando los cementerios bostezan (When Churchyards Yawn).

Abrir la puerta, uno de los grandes cuentos de Arthur Machen, relata la historia de un clérigo que trasciende los límites del tiempo y el espacio, y de algún modo queda desincronizado con el presente.

Arthur Machen combina en esta historia dos facetas de su personalidad: su experiencia periodística y su interés, su obsesión se diría, con lo que actualmente llamamos «horror cósmico» [ver: Cosmicismo]. La premisa es sencilla: un clérigo, llamado Jones, desaparece tras cruzar la puerta de su jardín. Al reaparecer, seis semanas después, el tiempo de su ausencia no coincide con su experiencia interior.

Abrir la puerta es narrado por un periodista que investiga el caso. La primera parte es poco menos que insufrible, está llena de anécdotas y elementos insignificantes, como el problema del tráfico. Superado esto, las cosas vuelven al cauce normal de Arthur Machen. Jones, el clérigo, es erudito en folklore celta, por lo que cruzar la puerta en el muro de su jardín incita que creer que, del otro lado, transcurre el tiempo anormal de las hadas y los elfos, a los que se refiere como odd-looking “children” [«"niños" de aspecto peculiar»]. Esto, naturalmente, lo deja desincronizado de nuestra realidad ordinaria.

Esta distorsión temporal es resumida en una frase de la Biblia: Est enim magnum chaos [«Porque existe un gran abismo (o vacío)»], el cual apunta al espacio entre el cielo y el infierno. Arthur Machen utiliza la palabra inglesa gulf, no chaos, pero su intención se acerca más al concepto griego de Caos, es decir, una subdivisión de la realidad, el desorden antes del cosmos ordenado, donde otros seres inteligentes, reducidos a «hadas» o «elementales» en la tradición, todavía existen. Jones, aparentemente, cruzó esa puerta y regresó, completamente transformado, desorientado, lidiando con problemas mentales, lagunas, y la aterradora constatación de una realidad diferente a la nuestra [ver: Los Perros de Tindalos y los ángulos del tiempo]

La noción de «velo» es común en Arthur Machen, no simplemente como realidad alternativa, numinosa, que se superpone a nuestra existencia terrenal. El velo, aquí, es nuestra realidad, nuestro mundo o tierra-media, cuya constitución es permeable. En este contexto, «abrir la puerta» equivale a dar un paso transversal en el espacio-tiempo y acceder a un plano para el cual nuestro aparato psicológico no está equipado. Por supuesto, la historia solo insinúa, sugiere, dejando al lector con más preguntas que respuestas. Jones no recuerda lo que vio, el otro lado de la puerta permanece en el misterio, y el énfasis recae en el recuerdo emocional tras su regreso: la impresión de haber estado en un lugar «donde todo estaba bien».

La puerta por la que cruza Jones se asemeja mucho a la que aparece en El pueblo blanco (The White People), donde un cazador sigue a un ciervo blanco hasta un portal en la ladera de una colina [ver: La chica que hablaba con las hadas: análisis de «El Pueblo Blanco»]. Algo similar ocurre en La alegría de Londres (The Joy of London) donde un hombre transita por una calle que no conoce y descubre una puerta en la pared. Al cruzar, se encuentra con «un mundo nuevo e insospechado».



Abrir la puerta.
Opening the Door, Arthur Machen (1863-1947)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


El periodista, por la naturaleza de su trabajo, tiene que lidiar con asuntos cotidianos. Se esfuerza por encontrar algo singular e impactante en el espectáculo de los acontecimientos del día; pero, a pesar de sí mismo, suele verse obligado a confesar que, sea lo que sea que haya bajo la superficie, la superficie en sí es bastante aburrida.

Debo admitir, sin embargo, que durante mis aproximadamente diez años en Fleet Street, me topé con algunos casos que no estaban exentos de rarezas. Estaba, por ejemplo, el asunto de Campo Tosto. Eso nunca salió en los periódicos. Campo Tosto, debo explicar, era un belga, establecido durante muchos años en Inglaterra, que había dejado todos sus bienes al hombre que lo cuidaba.

A mi editor de noticias le llamó la atención algo extraño en la breve noticia que apareció en el periódico matutino y me envió a investigar. Bajé del tren en Reigate; Allí descubrí que el señor Campo Tosto había vivido en un lugar llamado Burnt Green —que es la traducción de su nombre al inglés— y que disparaba a los intrusos con arco y flechas. Me llevaron a su casa y, a través de una puerta de cristal, vi parte de la propiedad que había legado a su sirviente: trípticos del siglo XV, oscuros, ricos y dorados; estatuas talladas de santos; grandes candelabros de altar con puntas; incensarios de plata deslustrada con varias historias; y muchos otros tesoros antiguos de la iglesia. El legatario, cuyo nombre era Turk, no me dejó entrar; pero, como recompensa, me quitó el periódico del bolsillo y lo leyó al revés con gran precisión y facilidad. Escribí esta historia tan peculiar, pero Fleet Street no la aceptó. Creo que les pareció demasiado extraña para sus serias columnas.

Y luego estaba el asunto de la J.H.V.S. Syndicate, que trataba sobre un cifrado cabalístico, el fenómeno llamado en el Antiguo Testamento «la Gloria del Señor» y el descubrimiento de ciertos objetos enterrados bajo el emplazamiento del Templo de Jerusalén; esa historia quedó a medias y nunca supe el final. Y nunca entendí el asunto del tesoro de monedas que una tormenta reveló en la costa de Suffolk, cerca de Aldeburgh. Por lo que contaban los estibadores, que vigilaban entre las dunas, parecía que una gran ola llegó y arrastró un trozo del acantilado justo debajo de ellos. Vieron objetos brillantes cuando el mar retrocedió y recuperaron lo que pudieron. Vi el tesoro: era una colección de monedas; la más antigua del siglo XII, la más reciente, peniques, tres o cuatro, de Eduardo VII, y una medalla de bronce de Charles Spurgeon. Hay, por supuesto, explicaciones para el enigma; pero también dificultades para aceptar cualquiera de ellas. Resulta evidente, por ejemplo, que el tesoro no fue reunido por un coleccionista de monedas; ni los peniques del siglo XX ni la medalla del gran predicador bautista atraerían a un numismático.

Pero quizás la historia más extraña que conocí gracias a mis contactos periodísticos fue la del reverendo Jones, el «clérigo de Canonbury», como lo llamaban los titulares.

Para empezar, se trató de una desaparición. Creo que personas de todo tipo desaparecen por decenas cada año, y nadie se entera de ellas ni de sus desapariciones. Quizás reaparecen, o quizás no; en cualquier caso, nunca se mencionan en los periódicos, y ahí termina todo. Tomemos, por ejemplo, a aquel hombre desconocido en el coche en llamas, que le costó la vida al viajante de comercio enamorado. En cierto modo, todos supimos de él; pero debió de desaparecer de la nada. Así sucede a menudo; pero de vez en cuando surge alguna circunstancia que llama la atención sobre el hecho de que A. o B. estaba en su lugar el lunes y desapareció el martes y el miércoles; entonces se hacen averiguaciones y, por lo general, se encuentra al desaparecido, vivo o muerto, y la explicación suele ser bastante sencilla.

Pero en cuanto al caso de Jones... Este caballero, clérigo como ya he dicho, pero que, al parecer, rara vez ejercía su sagrado oficio, vivía retirado en una brumosa casa de 1830-1840 en los rincones de Canonbury. Se sabía que se dedicaba a algún tipo de investigación académica, era una figura conocida en la Sala de Lectura del Museo Británico y aparentaba entre cincuenta y sesenta años. Parece probable que, si se hubiera contentado con ese logro, podría haberse ausentado cuando quisiera sin que nadie lo molestara; pero una noche, mientras estudiaba hasta tarde en la tranquilidad de aquel rincón apartado, un camión pasó por una carretera cercana a Tollit Square, rompiendo el silencio con un fuerte estruendo y provocando un temblor que se sintió en el estudio de Jones. Una taza y un platillo sobre una mesita auxiliar se tambalearon ligeramente, y Jones apartó la vista de sus libros y cuadernos.

Esto ocurrió en febrero o marzo de 1907, cuando la industria automotriz aún estaba en sus inicios. Si preferías un autobús de caballos, aún quedaban muchos en las calles. Los autocares eran inexistentes, los coches de caballos seguían trotando y tintineando alegremente en su camino; y había muy pocas furgonetas pesadas en circulación. Pero a Jones, perturbado por el tintineo de su taza y platillo, se le concedió una visión del futuro, muy colorida, y comenzó a escribir a los periódicos. Imaginó las calles de Londres casi como las conocemos hoy; calles donde un vehículo de caballos sería casi un motivo para mostrar a los hijos para que lo recordaran en su vejez; calles por las que una gran procesión de enormes ómnibus que transportaban cincuenta, setenta, cien personas pasaba continuamente; calles por las que furgonetas y remolques cargados mucho más allá de la capacidad de cualquier equipo manejable de caballos harían temblar el suelo sin cesar.

El erudito retirado, con esa alegre actividad que a veces distingue al pez fuera del agua, continuó sin escatimar críticas. Newton vio caer la manzana y construyó un universo matemático; Jones oyó el tintineo de la taza de té y redujo a ruinas el universo de Londres. Señaló que ni las carreteras ni las casas adyacentes estaban construidas para soportar el peso y la vibración del tráfico. Redujo a polvo todas las tiendas de Oxford Street y Piccadilly; agrietó la cúpula de San Pablo, derribó la Abadía de Westminster y redujo los Tribunales de Justicia a polvo fino. Lo que quedó fue arrasado por el fuego, las inundaciones y la peste. El profético Jones demostró que las carreteras se derrumbarían, afectando a los diversos servicios subterráneos. Aquí, las tuberías de agua y el alcantarillado principal inundarían las calles; allí, se escaparían enormes cantidades de gas y los cables eléctricos se fundirían; la tierra se rasgaría con explosiones y las innumerables calles de Londres arderían en una gran llamarada. Nadie creía que sucedería, pero era una lectura amena, y Jones concedió entrevistas, inició debates y disfrutó enormemente. Así se convirtió en el «Clérigo de Canonbury». «El Clérigo de Canonbury afirma que la catástrofe es inevitable»; «El Clérigo de Canonbury predice la perdición de Londres»; «El pronóstico del Clérigo de Canonbury: Londres, un carnaval de inundaciones, incendios y terremotos»: ese tipo de cosas.

Y así, Jones, aunque sus principales intereses eran litúrgicos, logró publicar algunos párrafos en la prensa antes de desaparecer, más de un año después de su gran campaña, que no se olvidó del todo, pero tampoco se recordaba con claridad.

«Unos párrafos», dije, y guardé la mayoría en rincones recónditos de los periódicos. Parecía que la señora Sedger, la mujer que compartía con su marido el cuidado de Jones, llevaba el té en una bandeja a su estudio a las cuatro en punto, como de costumbre, y volvía, también como de costumbre, a recogerlo a las cinco. Y, para su gran asombro, el estudio estaba vacío. Concluyó que su amo había salido a dar un paseo, aunque él nunca salía a pasear entre el té y la cena. No regresó para la cena; y Sedger, al inspeccionar el salón, señaló que los sombreros, abrigos, bastones y paraguas del amo estaban en sus perchas. Los Sedger conjeturaron esto, aquello y lo otro, esperaron una semana, y luego acudieron a la policía, y la historia salió a la luz y perturbó a algunos amigos y corresponsales eruditos: el prebendado Lincoln, autor de El canon romano en el siglo III; el Dr. Brightwell, experto en el Rito de Malabar; y Stokes, el hombre mozárabe. El resto de la población no mostró mucho interés en el asunto, y cuando, al cabo de seis semanas, aparecieron un par de líneas que decían que «el reverendo Jones, cuya desaparición a principios del mes pasado de su casa en Tollit Square, Canonbury, causó cierta inquietud entre sus amigos, regresó ayer», no hubo ni entusiasmo ni curiosidad. La última línea decía que el incidente se debía a un malentendido; y nadie siquiera preguntó qué significaba esa afirmación.

Ahí habría terminado todo si Sedger no hubiera chismorreado en el bar. Una persona misteriosa y extraoficial, con contactos en ese círculo, se coló en presencia de mi editor y le contó la historia de Sedger. La señora Sedger, una mujer meticulosa, mantenía todas las habitaciones impecables y limpias. El martes por la tarde abrió la puerta del estudio y vio, para su asombro y alegría, a su amo sentado a la mesa con un gran libro abierto a su lado y un lápiz en la mano. Exclamó:

—¡Oh, señor, me alegra verlo de nuevo!

—¿De nuevo? —dijo el clérigo—. ¿Qué quiere decir? Creo que me apetece otro té.

—No tengo ni idea de qué se trata —dijo el editor—, pero podría ir a ver a Jones y charlar con él. Quizás haya alguna historia.

Había una historia, pero no para mi periódico, ni para ningún otro.

Entré en la casa de Tollit Square con un pretexto poco honroso relacionado con el susto del tráfico que Jones había causado el año anterior. Al principio me lanzó una mirada perdida, pero mi presentación del diseño propuesto para un «transporte gigantesco» lo aclaró, empezó a hablar con entusiasmo y, según me pareció, lúcidamente, sobre la grave amenaza del nuevo transporte mecánico.

—¿Pero de qué sirve hablar? —concluyó—. Intenté alertar a la gente sobre los peligros que se avecinaban. Pareciera que lo conseguí durante unas semanas; y luego lo olvidaron. Se podría decir que la mayoría son como soñadores, como sonámbulos. Sí; como hombres que caminan en un sueño, ajenos a la realidad, a los hechos de la vida. Saben que, de hecho, caminan al borde de un precipicio; y, sin embargo, parecen creer que el precipicio es un sendero de jardín; y se comportan como si lo fuera, tan seguro como ese sendero que ves ahí abajo, que lleva a la puerta al final de mi jardín.

El estudio se encontraba en la parte trasera de la casa y daba al extenso jardín, cubierto de arbustos silvestres que se entremezclaban entre sí, algunos en plena floración, ocultando y difuminando armoniosamente los rígidos muros grises que sin duda separaban cada jardín de los vecinos. Sobre los altos arbustos crecían olmos, plátanos y fresnos aún más altos, sin podar y con un aspecto descuidado; y bajo esta densa capa de ramas verdes, el sendero descendía hasta una puerta verde, apenas visible entre una nube de rosas blancas.

—Tan seguro como ese sendero —repitió el Jones, y, al mirarlo, me pareció que su expresión cambió ligeramente; muy levemente, en efecto, pero a una cierta duda, podría decirse, a una vacilación meditativa. Me recordó a un hombre enfrascado en una discusión, que expone su argumento con firmeza y decisión; y luego duda una fracción de segundo al ocurrírsele una idea que nunca antes había considerado; una idea aún no sopesada, no valorada. Vagamente presente, más como una sombra que como una figura.

El periodista necesita tanto los gestos de la serpiente como su astucia. Olvidé cómo pasé del tema seguro del peligro del tráfico al terreno dudoso que me habían enviado a explorar. En cualquier caso, mis contorsiones fueron las más elegantes que pude idear; pero fueron completamente inútiles. El rostro amable, delgado y bien afeitado de Jones adquirió una expresión de angustia. Me miró como si estuviera perplejo; parecía buscar en su mente no la respuesta que debía darme, sino alguna respuesta que le correspondía a él mismo.

—Lamento muchísimo no poder darle la información que busca —dijo, tras una larga pausa—. Pero la verdad es que no puedo profundizar en el asunto. De hecho, es completamente imposible. Debe decirle a su editor que todo esto se debe a un malentendido, a una idea errónea, que no estoy en posición de explicar. Pero lamento mucho que haya venido hasta aquí para nada.»

Había una disculpa y un arrepentimiento genuinos, no solo en sus palabras, sino en su tono y en su semblante. No podía simplemente despedirme con una breve frase, como un emisario decepcionado y algo disgustado; así que entablamos una conversación informal, y resultó que ambos proveníamos de la frontera galesa, y que hacía mucho tiempo habíamos recorrido las mismas colinas y bebido de los mismos pozos. De hecho, creo que demostramos nuestro parentesco, de séptimo grado aproximadamente, y nos sirvieron el té. Jones estaba inmerso en problemas litúrgicos, de los cuales yo sabía lo suficiente como para hacer de oyente. De hecho, cuando le comenté que el hwyl, o elocuencia cantada, de los metodistas galeses era, en realidad, el tono del prefacio del Misal Romano, se mostró sumamente agradecido e interesado, tomó nota en uno de sus libros y dijo que el punto era sumamente curioso e importante. Era una tarde agradable, y paseamos por las puertas francesas hacia el jardín florido, sombreado por el verde, y continuamos nuestra conversación hasta que llegó la hora —y ya era hora— de que me marchara. Me había quitado el sombrero al salir del estudio, y mientras estábamos junto a la puerta verde en la pared al final del jardín, sugerí que podría usarla.

—Lo siento mucho —dijo el Jones, con un aire que me pareció algo preocupado—, pero me temo que está atascada, o algo parecido. Siempre ha sido una puerta incómoda, y casi nunca la uso.

Así que cruzamos la casa, y en la puerta me insistió en que volviera, y fue tan cordial que acepté su sugerencia del sábado por la mañana. Y así, por fin, obtuve una respuesta a la pregunta que mi periódico me había encomendado originalmente; pero una respuesta que, desde luego, no era para uso periodístico. El relato, la experiencia, la impresión, o como quiera que se le llame, me fue transmitido muy lentamente, con vacilaciones y con una sugerencia tentativa que a menudo me recordaba nuestra primera conversación. Era como si Jones se cuestionara una y otra vez el contenido de sus palabras, como si dudara si no deberían considerarse sueños y descartarse como nimiedades sin importancia.

Una vez me dijo:

—Sé que la gente cuenta sus sueños; pero, ¿no suele parecer que no dicen nada? Eso es lo que me preocupa.

Le dije que creía que podríamos esclarecer muchos aspectos oscuros si se contaran más sueños.

—Pero ahí —dije— reside la dificultad. Dudo que los sueños en los que estoy pensando puedan contarse. Hay sueños perfectamente lúcidos de principio a fin, y también perfectamente insignificantes. Hay otros que se ven borrosos por un fallo de memoria, quizás solo en un detalle: sueñas con un muerto como si estuviera vivo. Luego están los sueños proféticos: en general, no parece haber duda de ello. Y luego puede que tengas un sinsentido absoluto; una vez perseguí a Julio César por todo Londres para conseguir su receta de huevos al curry. Pero, además de estos, hay un tipo de sueño de otro orden: lucidez absoluta hasta el momento de despertar, y luego percibido como algo indescriptible. No tiene sentido ni es un sinsentido; tiene, quizás, su propia notación, pero... bueno, no se puede tocar a Euclides en el violín.

Jones negó con la cabeza.

—Me temo que mis experiencias son bastante parecidas —dijo. Era evidente, en efecto, que le resultaba muy difícil encontrar una fórmula verbal que transmitiera alguna pista de sus aventuras.

Eso fue después. Al principio, todo anduvo bastante fácil; aunque, como era de esperar, empezó a contar su historia antes de que me diera cuenta. Yo estaba hablando de las extrañas travesuras que a veces le juega la memoria a uno. Decía que unos días antes me habían interrumpido en un trabajo que estaba haciendo. Tenía que recoger mi escritorio rápidamente, junté un montón de papeles sueltos y esperé a mi visitante con un bloc de notas nuevo. El hombre llegó. Me ocupé del asunto que le preocupaba y volví a lo mío cuando se marchó. Pero no pude encontrar el fajo de papeles. Creí haberlos guardado en un cajón. No estaban en el cajón; no estaban en ningún cajón, ni en el secante, ni en ningún sitio donde uno esperara encontrarlos. Los encontró a la mañana siguiente el sirviente que limpiaba el polvo de la habitación, metidos a presión en el hueco entre el asiento y el respaldo de un sillón, cuidadosamente escondidos bajo un cojín.

—Y —terminé—, no tenía el más mínimo recuerdo de haberlo hecho. Mi mente estaba en blanco.

—Sí —dijo Jones—, supongo que todos sufrimos eso a veces. Hace aproximadamente un año tuve una experiencia del mismo tipo. Me preocupó bastante en su momento. Fue poco después de haber abordado la cuestión del nuevo tráfico y sus probables —sus seguras— consecuencias. Como habrás podido deducir, he estado absorto la mayor parte de mi vida en mis propios estudios, que están bastante alejados de las actividades e intereses actuales. No ha sido mi costumbre escribir a la prensa para decir que hay demasiados perros en Londres, ni para denunciar a los músicos callejeros. Pero debo decir que los extraordinarios peligros de usar nuestro sistema vial actual me impresionaron profundamente; y me atrevo a decir que me dejé llevar por un interés y una excitación excesivos.

—Hay mucho que decir a favor de la máxima apostólica: «Estudia para el silencio y ocúpate de tus propios asuntos». Me temo que me obsesioné con aquello y descuidé mi trabajo, que en aquel momento, si mal no recuerdo, consistía en investigar una cuestión curiosa: la validez o invalidez de la fórmula de consagración del Gran Santo Grial: Car chou est li sanc di ma nouviele loy, li miens meismes. En lugar de eso, me dejé arrastrar por la discusión que había iniciado, y durante una o dos semanas no pensé en otra cosa: incluso cuando consultaba fuentes en el Museo Británico, no podía sacarme de la cabeza el ruido de la furgoneta. Así pues, como ves, me dejé llevar por la ansiedad, la preocupación y la distracción, y atribuí lo que siguió a toda la agitación que estaba experimentando. El otro día, cuando tuviste que dejar el trabajo a medias y empezar con otra cosa, supongo que te sentiste molesto y frustrado, y apartaste esos papeles sin pensar realmente en lo que hacías, y supongo que a mí me pasó algo parecido. Aunque creo que fue aún más raro.

Hizo una pausa, pareció meditar con dudas, y luego soltó una risa de disculpa:

—¡Suena bastante loco! —y después—: Olvidé dónde vivo.

—¿Pérdida de memoria por exceso de trabajo y nerviosismo?

—Sí, pero no de la forma habitual. Tenía muy claro mi nombre y mi identidad. Y conocía mi dirección a la perfección: 39, Tollit Square, Canonbury.

—Pero usted dijo que había olvidado dónde vivía.

—Lo sé; pero ahí está la dificultad de expresión de la que hablábamos. Fue así: había estado trabajando hasta la mañana en la sala de lectura con el peligro del tráfico en mente, y al salir del museo, sintiendo una especie de pesadez y confusión, decidí caminar a casa. Pensé que el aire me refrescaría. Empecé a buen ritmo. Conocía cada metro del trayecto, pues lo había hecho muchas veces, y avancé mecánicamente, con la mente absorta en un asunto muy importante relacionado con mis estudios. De hecho, había encontrado en un lugar de lo más inesperado una declaración que arrojaba una luz completamente nueva sobre el Rito de la Iglesia Celta, y sentí que podría estar a punto de hacer un descubrimiento importante. Estaba perdido en un laberinto de conjeturas, y cuando levanté la vista me encontré de pie en la acera junto al Angel, en Islington, totalmente sin saber adónde tenía que ir después. Reconocí al Ángel, y sabía que vivía en Tollit Square; pero la relación entre ambos se había desvanecido de mi conciencia. Para mí, ya no existían los puntos cardinales; no había dirección alguna, ni norte ni sur, ni izquierda ni derecha, una sensación extraordinaria que creo no haberle explicado con claridad. Estaba bastante perturbado y sentía que debía irme a algún sitio, así que me puse en marcha y me encontré en la estación de tren de King's Cross. Entonces hice lo único que podía hacer: tomé un coche de caballos y volví a casa, sintiéndome bastante tembloroso.

Comprendí que este fue el primer incidente en una serie de extrañas experiencias que le ocurrieron a este erudito y afable clérigo. Su memoria se volvió poco fiable, o eso creyó al principio.

Empezó perder papeles importantes de su escritorio. Una serie de notas, en tres hojas marcadas con las letras A, B y C, las había dejado debajo de un pisapapeles una noche, justo antes de acostarse. Habían desaparecido a la mañana siguiente. Estaba seguro de haberlas puesto en ese lugar, debajo del pisapapeles de cristal con rosas incrustadas en su interior; pero no estaban. Entonces la señora Sedger llamó a la puerta y entró con los papeles en la mano. Dijo que los había encontrado entre la cama y el colchón en el dormitorio principal y que pensó que podrían ser necesarios.

Jones no podía entenderlo. Supuso que debía haber puesto los papeles ahí y luego lo olvidó, pero estaba intranquilo, temiendo estar al borde de una crisis nerviosa. Luego estaban las dificultades con sus libros, con los que era muy meticuloso. Una mañana quiso consultar el Misal de Arbuthnott, un gran volumen rojo, que se encontraba al final de un estante inferior cerca de la ventana. No estaba. El hombre subió a su dormitorio, palpó la cama por todas partes, miró debajo de sus camisas en la cómoda, y buscó por toda la habitación en vano.

Después fue a la Sala de Lectura, verificó su referencia y regresó a Canonbury: y allí estaba el volumen rojo en su lugar. Ahora, parecía seguro, no había lugar para la pérdida de memoria; Jones empezó a sospechar que sus sirvientes le gastaban bromas y trató de encontrar una explicación a su imbecilidad o maldad; no sabía cómo llamarla. No le sirvió de nada. Papeles y libros desaparecían y reaparecían, a veces se esfumaban sin dejar rastro. Una tarde, luchando, según me contó, contra una creciente confusión, había llenado con considerable dificultad dos hojas de papel rayado con varios extractos necesarios para el tema que tenía entre manos. Al terminar, sintió que su desconcierto se espesaba como una nube a su alrededor:

—Era, física y mentalmente, como si los objetos de la habitación se volvieran indistintos, como si se presentaran envueltos en una bruma o oscuridad resplandeciente.

Sintió miedo, se levantó y salió al jardín. Las dos hojas de papel que había dejado sobre la mesa yacían en el camino junto a la puerta.

A decir verdad, pensé que estos casos eran más propios de un psiquiatra que de mí. Había indicios suficientes de una grave crisis nerviosa y, a mi parecer, de delirios. Me pregunté si era mi deber aconsejarle al hombre que acudiera al mejor médico que conociera, y sin demora. Entonces, Jones continuó:

—Sé que son tonterías, trucos y artimañas, ilusionismo infantil; despreciable todo ello. Pero me asustó. Me sentía como un hombre caminando en la oscuridad, acosado por sonidos inciertos y débiles ecos de pasos que parecían provenir de una profundidad inmensa. Había algo desconocido en mí; y me aferraba con fuerza a lo que sabía, preguntándome si lograría mantenerme firme.

Después de una pausa, continuó.

—Una tarde me encontraba en un estado de profunda tristeza. No podía concentrarme en mi trabajo. Salí al jardín y caminé de un lado a otro intentando calmarme. Abrí la puerta del jardín y miré hacia el estrecho pasaje que recorre el final de todos los jardines de este lado de la plaza. No había nadie allí, excepto tres niños jugando a algún juego. Eran criaturas extrañas y raquíticas, así que volví al jardín y entré en el estudio. Acababa de sentarme y me había puesto a trabajar con la esperanza de encontrar alivio, cuando la señora Sedger, mi criada, entró y exclamó que se alegraba de verme de nuevo. Me inventé una historia. No sé si la creyó. Supongo que piensa que me he visto envuelto en algo turbio.

—¿Y qué pasó?

—No tengo ni la más remota idea.

Nos quedamos mirándonos un buen rato.

—Supongo que lo que pasó fue esto —dije por fin—. Tu sistema nervioso andaba mal. Colapsó por completo; perdiste la memoria, la identidad, todo. Puede que hayas pasado las últimas seis semanas escribiendo direcciones en la calle.

Se giró hacia uno de los libros de la mesa y lo abrió. Entre las hojas se veían los pétalos rojos y blancos, algo apagados, de una flor parecida a una anémona.

—Recogí esta flor —dijo— mientras caminaba por el sendero aquella tarde. Fue la primera de su especie en florecer, muy temprano. Todavía la tenía en la mano cuando volví a entrar en esta habitación, seis semanas después, como todo el mundo cuenta. Pero estaba muy fresca.

No había nada que decir. Guardé silencio durante cinco minutos antes de preguntarle si su mente estaba en blanco respecto a las seis semanas durante las cuales nadie lo había visto; si no tenía ningún tipo de recuerdo, por vago que fuera.

—Al principio, absolutamente nada. No podía creer que hubieran transcurrido más de unos segundos entre que abrí la puerta del jardín y la cerré. Luego, al cabo de un par de días, tuve la vaga impresión de haber estado en un lugar donde todo era absolutamente perfecto. No puedo decir más. Ni alegrías de cuento de hadas, ni paraísos de dicha, ni nada por el estilo; ninguna sensación de nada extraño o inusual. Pero allí no había ninguna preocupación. Est enim magnum chaos.

Eso significa: «porque hay un gran vacío», o «un gran abismo».

Nunca volvimos a hablar del tema. Dos meses después me contó que los nervios le habían estado dando problemas y que iba a pasar un mes o seis semanas en una granja cerca de Llanthony, en las Montañas Negras, a pocos kilómetros de su antigua casa. Tres semanas después recibí una carta escrita de puño y letra de Jones. Dentro había un papelito en el que había escrito:

Est enim magnum chaos.

El día que envió la carta, salió una tarde de otoño con un temporal muy fuerte y nunca regresó. Jamás se encontró rastro de él.

Arthur Machen (1863-1947)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Arthur Machen.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Arthur Machen: Abrir la puerta (Opening the Door), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La mano roja»: Arthur Machen; relato y análisis.


«La mano roja»: Arthur Machen; relato y análisis.




La mano roja (The Red Hand) es un relato de terror del escritor galés Arthur Machen (1863-1947), publicado originalmente en la edición de diciembre de 1895 de la revista Chapman's Magazine y luego reeditado en la antología de 1906: La casa de las almas (The House of Souls).

La mano roja, uno de los mejores cuentos de Arthur Machen, relata la historia de un espantoso asesinato cometido con un cuchillo de pedernal de origen prehistórico.

Dyson y su amigo, Phillipps, debaten el extraño caso del asesinato de un destacado médico londinense: sir Tomás Vivian. Ellos mismos descubrieron a la víctima durante un paseo nocturno. El observador Dyson nota algunas cosas curiosas mientras está en la escena del crimen, como el arma asesina: un cuchillo de pedernal prehistórico. Siendo un estudioso de lo arcano, Dyson está aún más fascinado por un tosco dibujo en la pared junto al cuerpo: una mano roja haciendo un gesto asociado tradicionalmente con el «mal de ojo».

Dyson concluye que el asesino debe ser un sobreviviente del pasado antiguo del hombre. Para probar su hipótesis, contrata a un artista callejero frente al Museo Británico para que cada mañana dibuje una mano roja en la misma actitud que la encontrada junto al cadáver. Durante el día, Dyson se sienta en una ventana frente al museo y observa las reacciones de los transeúntes. Partiendo de su extraña «teoría de la improbabilidad» [sobre la cual hablaremos más adelante], espera que el culpable pase por allí tarde o temprano. Cuando el asesino por fin aparece, su reacción ante la imagen es inmediata: huye despavorido, pero Dyson eventualmente lo encuentra.

Es algo decepcionante para Dyson descubrir que el sospechoso, Selby, no exhibe las características groseras del hombre primitivo. Sin embargo, Selby admite haber matado a sir Thomas [en defensa propia] y da un resumen de los eventos que llevaron al asesinato.

Selby llegó a Londres desde GAles. Siendo un muchacho aficionado a los libros, pasaba la mayor parte de su tiempo leyendo o discutiendo ideas extravagantes. Entre sus conocidos estaba sir Thomas, entonces tan pobre como él, aunque estudiante de la facultad de medicina. Los dos se hicieron muy amigos, y Selby se ofreció a compartir la aventura de encontrar la clave para descifrar los jeroglíficos tallados en una tablilla de piedra que había encontrado en Gales. Los dos hombres pasaron años en un vano esfuerzo por descifrar el código, y Thomas finalmente perdió la esperanza de lograrlo. Aproximadamente al mismo tiempo, Thomas recibió una herencia considerable y se mudó a un mejor barrio de la ciudad, comenzando en poco tiempo una exitosa carrera médica.

Selby se negó a darse por vencido y su incansable esfuerzo finalmente produjo resultados. La tablilla revelaba direcciones a un tesoro subterráneo. Selby viaja a Gales, encuentra la ubicación y el tesoro escondido. Sin embargo, decide no tomar nada para sí mismo hasta compartir el descubrimiento con Thomas. Al salir de la cueva, recoge un antiguo cuchillo de pedernal como prueba de su visita.

Selby le escribe a sir Thomas y pronto recibe una respuesta. Después de años de separación, se encuentran en un callejón. Una vez descritas las circunstancias del descubrimiento y delineadas completamente las indicaciones para llegar al escondite, sir Thomas saca un cuchillo de su abrigo. Espontáneamente, Selby toma su cuchillo de pedernal y, antes de que sir Thomas pudiera atacarlo, le corta la yugular.

Habiendo descrito su vida hasta el momento del asesinato, Selby solo tiene que dar cuenta del breve período antes de que Dyson lo encontrara. Después de la muerte de sir Thomas, regresó a la cueva para recuperar el tesoro. Cuando llega a ese punto de la narración, titubea, y Dyson tiene que presionarlo para que continúe. Lo que encontró en la cueva era repulsivo más allá de toda descripción. Incluso la voz del narrador suena «como el siseo de una serpiente». Al parecer, el tesoro estaba custodiado por una raza de Hadas. Por supuesto, no las simpáticas hadas modernas, sino fuerzas malignas y primordiales, preceltas, retrocesos biológicos de una era anterior [ver: Principales linajes y estirpes de hadas]

Lo detectivesco, que predomina en gran parte de la historia, está ausente al final de La Mano Roja. Los misterios de Arthur Machen no son los elegantes enigmas de Arthur Conan Doyle o Agatha Christie, que se resuelven ordenadamente al final. Aunque los investigadores de Arthur Machen, como Dyson, generalmente descubren el misterio, este abre secretos más profundos e inquietantes que no pueden tener una conclusión limpia o reconfortante al final.

Una vez que el lector se acostumbra al uso de coincidencias inverosímiles para que la trama avance, La Mano Roja de Arthur Machen se transforma en un gran relato. El artefacto diabólico al que se hace referencia como Dolor de la Cabra [Pain of Goat] es una referencia al Gran Dios Pan (The Great God Pan), lo cual vincula La Mano Roja con este otro gran cuento de Arthur Machen. Por otra parte, este uso frecuente de «coincidencias» se asemeja al concepto de Sincronicidad de Carl Jung, es decir, la aparente «simultaneidad de dos sucesos vinculados pero de manera acausal», como toparse [«casualmente»] con el mismo número una y otra vez. La sugerencia aquí es que hay patrones en nuestro camino, si uno sabe cómo encontrarlos y procesarlos. Dyson afirma algo similar en La Mano Roja al articular su «teoría de la improbabilidad». Esencialmente, argumenta que si uno experimenta lo suficiente un mismo espacio [en este caso, Londres], este terminará dándote pistas sobre lo que estás buscando.

La Mano Roja solo tiene sentido a la luz de las teorías del imaginativo Dyson y el racionalista Phillipps, quienes al principio debaten la posibilidad de que los «trogloditas» [hombres primitivos] todavía caminen entre ellos [hombres modernos y civilizados] por las calles de Londres. En este contexto, salen a dar un paseo nocturno y se adentran en una sección «oscura» de la ciudad, donde se topan con el cadáver de sir Thomas. El cuchillo de pedernal, las «marcas toscas hechas con tiza» en la pared, una nota críptica escrita a mano y una mujer borracha en un pub, profundizan el misterio. La «teoría de la improbabilidad» de Dyson, su aptitud literaria y sus conocimientos de la ciudad, lo llevan a descubrir una «verdad obscena», un horror insondable que deja atónitos a nuestros protagonistas.

Arthur Machen siempre parece tan consternado por los acontecimientos o las implicaciones de sus historias como esperaba que lo estuvieran sus lectores. Tampoco es infrecuente que en sus relatos aparezcan artefactos antiguos, como la «pequeña y curiosa pieza de orfebrería» al final de La Mano Roja, llamada por su propietario Dolor de la Cabra, y cuya descripción es notablemente vaga debido a la «repugnante obscenidad de la cosa». Los protagonistas no pueden soportarla [«¡Guárdalo, hombre; escóndelo, por el amor de Dios, escóndelo!»]. Que Arthur Machen se asustara de su propia imaginación es una de las razones por las que estas historias son grandiosas [ver: El horror cósmico en Arthur Machen]

La puesta en escena de rituales ocultos y ceremonias paganas en La Mano Roja debe verse a la luz de la fascinación de Arthur Machen por el ocultismo. Este interés puede verse como una de las manifestaciones de la búsqueda de una nueva espiritualidad que marcó el fin de siècle. Dyson actúa como portavoz de esa espiritualidad cuando afirma:


[«Hay sacramentos del mal así como del bien a nuestro alrededor, y vivimos y nos movemos, creo, en un mundo desconocido, un lugar donde hay cuevas y sombras y habitantes en el crepúsculo.»]


Arthur Machen plantea algunas ansiedades del siglo XIX en relación a las grandes ciudades: si los seres humanos, como los animales, evolucionamos en respuesta a un entorno desafiante, incluso hostil, ¿no podría entonces la civilización misma, y ​​las condiciones artificiales creadas por ella, convertirse en instrumentos de nuestro declive?. La Mano Roja insinúa [sin concluir nada radical] que tal vez hemos alcanzado nuestro máximo punto evolutivo, y que la vida urbana nos expone a influencias perniciosas, moral y físicamente degenerativas, contaminándonos con los frutos de nuestro propio progreso. Para Arthur Machen, la civilización parece dirigirse, no hacia su total destrucción, sino a una especie de declive, de senilidad.

Desde esta perspectiva , muchos relatos de Arthur Machen retratan a la sociedad como un cuerpo en proceso de deterioro, cuya degeneración [producto de las indulgencias del progreso] reducirá a las siguientes generaciones al atavismo, es decir, a un proceso de involución. Esta ansiedad evolutiva queda expresada en La Mano Roja a través de su protagonista, Dyson, cuando asegura que ciertas caras entre las multitudes que caminan por las calles de Londres le recuerdan al «hombre primitivo». En casi todas las historias de Arthur Machen nos ubicamos en la gran ciudad [generalmente Londres] como un sitio degenerativo, y si bien el campo galés con sus atávicos habitantes subterráneos [hadas] no parece tan amenazante, en realidad insinúa un temor colectivo subyacente: tal vez los seres humanos ya no poseemos un componente espiritual [ver: Cuando las hadas abandonaron nuestro plano de existencia]

Dyson reaparece en otros dos cuentos de Arthur Machen, todos publicados en 1895: La pirámide brillante (The Shining Pyramid) y La luz interior (The Inmost Light), donde, con un compañero menos astuto que Phillipps, debe resolver un misterio sobrenatural, en gran parte por medio del azar, la casualidad, y ciertos conocimientos arcanos. En estas historias, incluida La Mano Roja, Dyson profundiza en la mitología de la «gente pequeña», relacionada en el siglo XIX con el Renacimiento Celta [Celtic Revival], sobre todo con la tradición celta de las hadas [ver: La chica que hablaba con las hadas: análisis de «El Pueblo Blanco»]. Sin embargo, en las historias de Arthur Machen la «gente pequeña» no tiene un origen sobrenatural. Según su visión, las «hadas» están inspiradas en una raza primitiva autóctona que fue expulsada y obligada a una subsistencia marginal en los bosques por el pueblo celta cuando este llegó a los territorios de Gran Bretaña [ver: El lenguaje de las hadas]

La Mano Roja no se centra en los dilemas metafísicos que predominan en El Gran Dios Pan, pero el miedo a la degeneración que encarna Helen Vaughan es evidente, aunque aquí la pregunta central parece tener que ver con la posibilidad de una evolución paralela. Todo esto cobra importancia al final de la historia. Hasta ese momento, La Mano Roja es un relato detectivesco más o menos tradicional. Recién cuando el asesino revela que ha visitado la cueva de la «gente pequeña», la historia vira hacia lo extraño.

En este aspecto, La Mano Roja roza el simbolismo de El Gran Dios Pan cuando el asesino, Selby, revela a Dyson y Phillipps un artefacto [Dolor de la Cabra] que ha robado a la «gente pequeña», y que desde entonces el «infierno arde» en su interior a causa de lo que vio al adquirirlo. Selby vuelve a establecer un vínculo entre la tribu primitiva y el reino animal, afirmando que «son un poco más altos que las bestias». Como era de esperar, «Phillipps y Dyson gritaron juntos de horror ante la repugnante obscenidad» del artefacto. En cualquier caso, lo más interesante de La Mano Roja es que la historia, a pesar de desarrollarse completamente en las calles de Londres, el horror cósmico se produce en su conclusión, cuando los protagonistas se enfrentan a los grotescos recordatorios de esta bestial herencia enterrada [ver: Los cuentos de hadas y una teoría sobre la imaginación]

Es irónico que el compañero de Dyson en La pirámide brillante se llame Vaughan, aunque de hecho no tenga ninguna conexión con la Helen Vaughan de El Gran Dios Pan [ver: Helen Vaughan: el monstruo femenino como figura de resiliencia]. De hecho, Arthur Machen recicla con frecuencia los nombres de sus personajes. Algunos, como Dyson, son claramente la misma persona; otros pueden ser la misma persona o no según el contexto. Por ejemplo, el Meyrick de El Pueblo Blanco (The White People) puede o no ser Ambrose Meyrick, protagonista de La gloria secreta (The Secret Glory), pero ciertamente no es el Meyrick de El Gran Dios Pan. Nombres como Vaughan, Williams, Meyrick y Phillips pueden encontrarse recurrentemente en sus historias, y aunque Arthur Machen a veces usa estos nombres de manera significativa, su elección en otras ocasiones parece basada más en la sonoridad que en el significado.




La mano roja.
The Red Hand, Arthur Machen (1863-1947)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


El problema de los anzuelos.

—No puede haber ninguna duda —dijo el Sr. Phillipps—, de que mi teoría es la verdadera; estos pedernales son anzuelos prehistóricos.

—Pero sabes que con toda probabilidad las cosas fueron falsificadas el otro día.

—¡Cosas! —dijo Phillipps—. Tengo cierto respeto, Dyson, por tus habilidades literarias, pero tus conocimientos de etnología son insignificantes, o más bien inexistentes. Estos anzuelos satisfacen todas las pruebas; son perfectamente auténticos.

—Posiblemente, pero como dije hace un momento, vas a trabajar en el lado equivocado. Te alejas positivamente de la posibilidad de encontrarte con el hombre primitivo en esta ciudad misteriosa y arremolinada, y pasas las horas fatigosas en tu agradable retiro de Red Lion Square buscando a tientas pedacitos de pedernal, que son, como dije, con toda probabilidad, burdas falsificaciones.

Phillips tomó uno de los pequeños objetos y lo levantó con exasperación.

—Mira esa cresta —dijo—. ¿Ha visto alguna vez una cresta así en una falsificación?

Dyson se limitó a gruñir, encendió su pipa y los dos se sentaron a fumar en silencio, mirando a través de la ventana abierta a los niños en la plaza mientras revoloteaban de un lado a otro en el crepúsculo de las lámparas, tan escurridizos como los murciélagos que vuelan al borde de un bosque.

—Bueno —dijo finalmente Phillipps—, hace mucho tiempo que no estás aquí. Supongo que has estado trabajando en tu antigua tarea.

—Sí —dijo Dyson—, siempre persiguiendo frases. Envejeceré en la caza. Pero es un gran consuelo meditar sobre el hecho de que no hay una docena de personas en Inglaterra que sepan lo que significa el estilo.

—Supongo que no; por lo demás, el estudio de la etnología está lejos de ser popular. ¡Y las dificultades! El hombre primitivo se encuentra borroso y muy lejano a través del gran puente de los años. Por cierto —prosiguió después de una pausa—, ¿qué es eso de lo que hablabas hace un momento sobre la posibilidad de encontrarte con un hombre primitivo en la esquina, o algo por el estilo? Seguro que hay gente por aquí cuyas ideas son muy primitivas.

—Me gustaría, Phillipps, que no racionalizaras mis comentarios. Si, recuerdo correctamente, insinué que rehuías la posibilidad de encontrarte con el hombre primitivo en esta ciudad misteriosa y arremolinada, y quise decir exactamente lo que dije. ¿Quién puede limitar la edad de supervivencia? El troglodita y el habitante del lago, tal vez representantes de razas aún más oscuras, pueden muy probablemente estar al acecho entre nosotros, codeándose con la humanidad en levita y finamente vestida, voraz como lobos en el corazón e hirviendo con las sucias pasiones del pantano y la cueva negra. De vez en cuando, mientras camino por Holborn o Fleet Street, veo un rostro que declaro aborrecido y, sin embargo, no podría dar una razón para el escalofrío de aversión que se agita dentro de mí.

—Mi querido Dyson, me niego a entrar en tu departamento literario. Sé que existen supervivencias, pero todo tiene un límite y tus especulaciones son absurdas. Debes atraparme como tu troglodita antes de que crea en él.

—Estoy de acuerdo con eso de todo corazón —dijo Dyson, riéndose de la facilidad con la que había logrado agitar a Phillipps—. Es una buena noche para dar un paseo —añadió tomando su sombrero.

—¡Qué tontería estás diciendo, Dyson! —dijo Phillipps—. Sin embargo, no tengo ningún inconveniente en dar un paseo contigo: como dices, es una noche agradable.

—Ven entonces —dijo Dyson, sonriendo—, pero recuerda nuestro trato.

Los dos hombres salieron a la plaza y, atravesando uno de los estrechos pasadizos que sirven de salida, se dirigieron hacia el noreste. Mientras pasaban a lo largo de una calzada ensanchada, podían oír, entre el clamor de los niños y el zumbido largo y profundo del tráfico, un sonido tan persistente que resonaba como el eco de ruedas eternas. Dyson miró a derecha e izquierda y guió el camino, y pronto atravesaron un barrio más tranquilo, tocando plazas desiertas y calles silenciosas, negras como la medianoche. Phillips había perdido toda la cuenta de la dirección, y como poco a poco la región de la respetabilidad dio paso al estuco sórdido y sucio que ofendía el ojo del observador artístico, se limitó a aventurar el comentario de que nunca había visto un barrio más desagradable o más vulgar.

—Más misterioso, querrás decir —dijo Dyson—. Te lo advierto, Phillipps, ahora estamos tras el rastro.

Se sumergieron aún más en el laberinto de ladrillos; un tiempo antes habían cruzado una calle ruidosa que corría de este a oeste, y ahora el barrio parecía amorfo, sin carácter; aquí una casa decente con suficiente jardín, aquí una plaza descolorida, y aquí fábricas rodeadas de paredes altas y lisas, con pasadizos ciegos y rincones oscuros; pero todo mal iluminado y poco frecuentado y cargado de silencio.

En ese momento, mientras paseaban por una calle abandonada de casas de dos pisos, Dyson dijo:

—Me gusta el aspecto de eso. Me parece prometedor.

Había una farola en la entrada y otra, un mero resplandor, en el otro extremo. Debajo de la lámpara, en el pavimento, un artista evidentemente había establecido su academia durante el día, porque las piedras eran un borrón de colores toscos frotados entre sí, y algunos fragmentos rotos de tiza yacían en un pequeño montón debajo de la pared.

—Ya ves que la gente pasa de vez en cuando por aquí —dijo Dyson, señalando las ruinas—. Confieso que no debería haberlo creído posible. Ven, vamos a explorar.

A un lado de este desvío había un gran depósito, con vagos montones de madera que se alzaban informes sobre el muro que lo encerraba; y al otro lado del camino un muro aún más alto parecía encerrar un jardín, pues había sombras como árboles, y un leve murmullo de hojas susurrantes rompía el silencio. Era una noche sin luna, y las nubes que se habían reunido después de la puesta del sol se habían ennegrecido. A mitad de camino entre las débiles lámparas el pasaje yacía oscuro y sin forma, y cuando se detuvieron y escucharon, y el agudo eco de pasos reverberantes cesó, llegó desde lejos, muy lejos, como desde más allá de las colinas, un leve retumbar del ruido de Londres.

Phillipps estaba reuniendo valor para declarar que ya había tenido suficiente de la excursión, cuando un fuerte grito de Dyson irrumpió en sus pensamientos.

—¡Detente, detente, por el amor de Dios, o lo pisarás! ¡Ahí! ¡Casi bajo tus pies!

Phillipps miró hacia abajo y vio una forma vaga, oscura y enmarcada en las sombras que lo rodeaban, caída extrañamente sobre el pavimento, y luego un puño blanco brilló por un momento mientras Dyson encendía una cerilla, que se apagó directamente.

—Es un hombre borracho —dijo Phillips con mucha frialdad.

—Es un hombre asesinado —dijo Dyson, y comenzó a llamar a la policía con todas sus fuerzas.

Pronto desde la distancia resonaron pasos que corrían y se hicieron más fuertes. Un policía fue el primero en llegar.

—¿Qué pasa? —dijo, porque no había visto lo que yacía en el pavimento.

—¡Mire! —dijo Dyson, hablando desde la penumbra—. ¡Mire allí! Mi amigo y yo llegamos a este lugar hace tres minutos y eso es lo que encontramos.

El hombre enfocó su luz en la forma oscura y dijo.

—Vaya, es un asesinato. Hay sangre a su alrededor y un charco en la alcantarilla. No está muerto desde hace mucho tiempo. ¡Ahí está la herida! En el cuello.

Dyson se inclinó sobre lo que yacía allí. Vio a un caballero próspero, vestido con ropas suaves y bien cortadas. Los pulcros bigotes comenzaban a canear; podría haber tenido cuarenta y cinco años una hora antes; y un hermoso reloj de oro se le había caído a medias del bolsillo del chaleco. En la carne del cuello, entre la barbilla y la oreja, se abría una gran herida, un corte limpio pero coagulado con sangre seca, y el blanco de las mejillas brillaba como una lámpara encendida sobre el rojo.

Dyson se volvió y miró con curiosidad a su alrededor; el muerto yacía al otro lado del camino con la cabeza inclinada hacia la pared, y la sangre de la herida corría por el pavimento y formaba un charco oscuro, como había dicho el policía, en la alcantarilla. Habían llegado dos policías más, la multitud reunida, zumbando por todas partes. Los oficiales hicieron todo lo posible para mantener a distancia a los curiosos. Las tres linternas destellaban aquí y allá, en busca de más pruebas, y en el brillo de una de ellas, Dyson vio un objeto en el camino, sobre el cual llamó la atención del policía que tenía más cerca.

—Mira, Phillipps —dijo, cuando el hombre lo aseguró y lo sostuvo en alto.

Era un pedernal oscuro, reluciente como la obsidiana, y con un borde ancho parecido a un azuelo. Un extremo era áspero y fácil de agarrar con la mano. Tenía apenas cinco pulgadas de largo. El borde estaba lleno de sangre.

—¿Qué es eso, Phillipps? —dijo Dyson, y Phillipps lo miró fijamente.

—Es un cuchillo de pedernal primitivo —dijo—. Fue hecho hace unos diez mil años. Uno exactamente igual a este fue encontrado cerca de Abury, en Wiltshire, y todas las autoridades le dieron esa edad.

El policía se quedó asombrado ante tal desarrollo del caso. El propio Phillipps estaba horrorizado por sus propias palabras. Pero el señor Dyson no lo notó. Un inspector que acababa de llegar y estaba escuchando las líneas generales del caso, acercó una linterna a la cabeza del muerto. Dyson, por su parte, estaba mirando con curiosidad algo en la pared, justo encima de donde yacía el hombre; había algunas marcas toscas hechas con tiza roja.

—Esto es un asunto oscuro —dijo el inspector por fin—: ¿alguien sabe quién es?

Un hombre se adelantó entre la multitud.

—Sí, inspector —dijo—, es un gran médico, se llama sir Thomas Vivian. Estuve en el hospital Abart hace seis meses, y él solía venir; era un hombre muy amable.

—Señor —exclamó el inspector—, este es un mal trabajo en verdad. Sir Thomas Vivian tiene relaciones con la Familia Real. Y hay un reloj que vale cien guineas en su bolsillo, así que no es un robo.

Dyson y Phillipps entregaron sus tarjetas a la autoridad y se alejaron, abriéndose paso con dificultad entre la multitud que aún se estaba reuniendo rápidamente. El callejón que había estado solitario y desolado ahora estaba repleto de rostros blancos que miraban fijamente con horror, y resonaba con las órdenes de los oficiales de policía. Los dos hombres, una vez libres de este enjambre de curiosos, salieron rápidamente, pero durante veinte minutos ninguno pronunció una palabra.

—Phillipps —dijo Dyson, cuando llegaron a una calle pequeña pero alegre, limpia y brillantemente iluminada—, Phillipps, te debo una disculpa. Me equivoqué al hablar como lo hice esta noche. Qué bromas tan infernales —prosiguió con vehemencia—, como si no hubiera temas sanos. Siento como si hubiera despertado un espíritu maligno.

—Por el amor de Dios, no digas nada más —dijo Phillipps, ahogando el horror con visible esfuerzo—. Me dijiste la verdad en mi habitación; el troglodita, como dijiste, todavía está al acecho por la tierra, y en estas mismas calles que nos rodean, matando por mera sed de sangre.

—Subiré un momento —dijo Dyson cuando llegaron a Red Lion Square—, tengo algo que preguntarte. Creo que, en todo caso, no debería haber nada oculto entre nosotros.

Phillips asintió melancólicamente y subieron a la habitación, donde todo flotaba borroso bajo el vacilante resplandor de la luz exterior. Cuando se encendió la vela y los dos hombres se sentaron uno frente al otro, Dyson habló.

—Tal vez —comenzó—, no te diste cuenta de que estaba mirando la pared justo encima del lugar donde yacía la cabeza. La luz de la linterna del inspector brillaba de lleno, vi algo que me pareció extraño y lo examiné de cerca. Descubrí que alguien había dibujado con tiza roja el contorno tosco de una mano, una mano humana, en la pared. Pero fue la curiosa posición de los dedos lo que me llamó la atención; era así.

Tomó un lápiz y una hoja de papel y dibujó rápidamente. Luego le entregó lo que había hecho a Phillipps. Era un boceto aproximado de una mano con los dedos apretados y la parte superior del pulgar sobresaliendo entre los dedos índice y medio, apuntando hacia abajo, como si estuviera debajo de algo.

—Era así —dijo Dyson, al ver que el rostro de Phillipps se ponía aún más blanco—. El pulgar apuntando hacia abajo como si fuera el cuerpo; parecía casi una mano viva en un gesto espantoso. Y justo debajo había una pequeña marca con el polvo de la tiza sobre ella, como si alguien hubiera comenzado un trazo y hubiera roto la tiza en su mano. Vi el trozo de tiza tirado en el suelo. ¿Qué piensas de ello?

—Es un cartel viejo y horrible —dijo Phillipps—, uno de los signos más horribles relacionados con la teoría del mal de ojo. Todavía se usa en Italia, pero no hay duda de que se conoce desde hace mucho tiempo. Es una de las supervivencias; debes buscar su origen en el pantano negro de donde vino el hombre por primera vez.

Dyson tomó su sombrero para irse.

—Creo, bromas aparte —dijo—, que cumplí mi promesa, y que estábamos y estamos en el rastro. Parece como si realmente te hubiera mostrado al hombre primitivo, o su obra en todo caso.


El incidente de la carta.

Aproximadamente un mes después del extraordinario y misterioso asesinato de sir Thomas Vivian, el conocido y universalmente respetado especialista en enfermedades del corazón, el señor Dyson volvió a visitar a su amigo, Phillipps, a quien encontró, no como de costumbre, sumido profundamente en sus estudios, sino reclinado en su butaca en actitud de distensión. Dio la bienvenida a Dyson con cordialidad.

—Estoy muy contento de que hayas venido —comenzó—. Estaba pensando en buscarte. Ya no hay sombra de duda sobre el asunto.

—¿Te refieres al caso de sir Thomas Vivian?

—Oh, no, en absoluto. Me refería al problema de los anzuelos. Entre nosotros, estaba demasiado confiado la última vez que estuviste aquí, pero desde entonces han surgido otros hechos; y ayer mismo recibí una carta de un distinguido F.R.S. lo que resuelve bastante el asunto. He estado pensando en lo que debería abordar a continuación; y me inclino a creer que hay mucho por hacer en el camino de las llamadas inscripciones indescifrables.

—Su línea de estudio me agrada —dijo Dyson—, creo que puede resultar útil. Pero, mientras tanto, sin duda hay algo extremadamente misterioso en el caso de sir Thomas Vivian.

—Difícilmente, creo. Esa noche me dejé asustar; pero no puede haber duda de que los hechos son pacientes de una explicación comparativamente común.

—¿Cuál es tu teoría entonces?

—Bueno, imagino que Vivian debió verse involucrado en algún momento de su vida en una aventura de una descripción no muy meritoria, y que fue asesinado por venganza por algún italiano al que había agraviado.

—¿Por qué italiano?

—Por la mano, el signo de la mano en fica. Ese gesto ahora solo lo usan los italianos. Lo que parecía ser el rasgo más oscuro del caso resulta ser esclarecedor.

—Sí, así es. ¿Y el cuchillo de pedernal?

—Eso es muy simple. El hombre lo encontró en Italia, o posiblemente lo robó de algún museo. Sigue la línea de menor resistencia, querido amigo, y verás que no hay necesidad de sacar al hombre primitivo de su tumba secular bajo las colinas.

—Hay algo de justicia en lo que dices —dijo Dyson—. Entonces, según tengo entendido, ¿crees que este italiano, después de haber asesinado a Vivian, dibujó amablemente esa mano como guía para Scotland Yard?

—¿Por qué no? Recuerda que un asesino es siempre un loco. Puede trazar nueve décimas partes de su esquema con la agudeza y la comprensión de un jugador de ajedrez o un matemático puro; pero en algún lugar u otro su ingenio lo abandona y se comporta como un tonto. Entonces hay que tener en cuenta el orgullo insano o la vanidad del criminal; le gusta dejar su huella, por así decirlo, en su obra.

—Sí, es todo muy ingenioso; pero, ¿has leído los informes de la investigación?

—No, ni una palabra. Simplemente presté mi testimonio, abandoné el tribunal y deseché el tema de mi mente.

—Entonces, si no tienes objeciones, me gustaría darte cuenta del caso. Lo he estudiado bastante a fondo y confieso que me interesa sobremanera.

—Bien. Pero te advierto que he terminado con el misterio. Ahora nos ocuparemos de los hechos.

»Sí, hay un hecho que deseo poner delante de ti. Cuando la policía movió el cuerpo de sir Thomas Vivian encontraron un cuchillo debajo de él. Era una cosa de aspecto feo como las que llevan los marineros, con una hoja que la mera apertura la volvía rígida. La hoja estaba lista, desnuda y reluciente, pero sin rastro de sangre. Se encontró que el cuchillo era bastante nuevo; nunca había sido usado. Ahora, a primera vista, parece como si tu italiano imaginario fuera el hombre indicado para tener una herramienta así, pero considera lo siguiente: ¿sería probable que comprara un cuchillo nuevo para cometer un asesinato? Y, en segundo lugar, si tenía un cuchillo así, ¿por qué no lo usó, en lugar de ese instrumento de pedernal tan extraño?

»Otro punto. Crees que el asesino dibujó la mano después del asesinato como una especie de toque de melodramático. Pasando por alto la cuestión de si un verdadero criminal haría algo así, señalaría que, según las pruebas médicas, sir Thomas Vivian no llevaba muerto más de una hora; Eso colocaría el ataque alrededor de las diez menos cuarto, y sabes que estaba perfectamente oscuro cuando salimos a las 9:30. Ese pasaje era singularmente lúgubre, y la mano estaba dibujada toscamente, es cierto, pero correctamente y sin la torpeza inevitable cuando se intenta dibujar en la oscuridad o con los ojos cerrados. Trata de dibujar una figura tan simple como un cuadrado sin mirar el papel, y luego pídeme que conciba que tu italiano, con la cuerda esperando en su cuello, podría dibujar la mano en la pared con tanta firmeza en las sombras de ese callejón. Es absurdo.

»En consecuencia, la mano fue dibujada temprano en la noche, mucho antes de que se cometiera ningún asesinato; o bien, fíjate, Phillipps, la dibujó alguien a quien la oscuridad y la penumbra eran familiares.

»Se encontró una nota curiosa en el bolsillo de sir Thomas Vivian. El sobre y el papel eran de una marca común, y el sello tenía el matasellos de West Central. Me referiré a la naturaleza del contenido más adelante, pero es la cuestión de la escritura lo que es tan notable. La dirección del exterior estaba pulcramente escrita con una letra pequeña y clara, pero la carta en sí podría haber sido escrita por un persa que hubiera aprendido la escritura inglesa. Estaba en posición vertical y las letras estaban curiosamente retorcidas, con una afectación de guiones y curvas hacia atrás que realmente me recordaron a un manuscrito oriental, aunque todo era perfectamente legible.

»Pero —y aquí viene lo interesante— al registrar los bolsillos del chaleco del muerto se encontró un pequeño libro de memorias; estaba casi lleno de anotaciones a lápiz. Estos memorandos se relacionaban principalmente con asuntos de carácter privado y no profesional; había citas para reunirse con amigos, notas de estrenos teatrales, la dirección de un buen hotel en Tours y el título de una nueva novela, nada en modo alguno íntimo. ¡Y todos estos apuntes estaban escritos con una caligrafía casi idéntica a la de la nota encontrada en el bolsillo del abrigo del muerto!

»Voy a leerte el testimonio de Lady Vivian en lo que se refiere a este punto del escrito. Tengo el comprobante impreso conmigo. Dice: "Me casé con mi difunto esposo hace siete años; nunca vi ninguna carta dirigida a él con una letra que se pareciera en absoluto a la del sobre producido, ni nunca había visto una escritura así en la carta anterior. Nunca vi a mi difunto esposo usando el libro de memorias, pero estoy segura de que es suyo porque nos alojamos el pasado mes de mayo en el Hotel du Faisan, Rue Royale, Tours, cuya dirección está en el cuaderno. También recuerdo que recibió la novela Un centinela hace unas seis semanas. A Sir Thomas Vivian nunca le gustaba perderse las primeras noches en los teatros. Su letra habitual era perfectamente diferente de la que usaba en el cuaderno.

»Y ahora, por último, volvamos a la nota en sí. La tengo gracias a la amabilidad del inspector Cleeve, a quien le complace divertirme con mi curiosidad de aficionado. Léela, Phillipps; me dices que te interesan las inscripciones oscuras. Aquí hay algo para que descifres.

El señor Phillipps, absorto a su pesar en las extrañas circunstancias que Dyson le había contado, tomó el papel y lo examinó detenidamente. La letra era realmente extraña y, como había señalado Dyson, no se diferenciaba de los signos persas en su efecto general, pero era perfectamente legible.

—Léelo en voz alta —dijo Dyson, y Phillipps obedeció.

—La mano no señala en vano. El significado de las estrellas ya no es oscuro. Curiosamente, el Cielo Negro se desvaneció, o fue robado ayer, pero eso no importa en lo más mínimo, ya que tengo un globo celeste. Nuestra vieja la órbita permanece sin cambios; ¿no has olvidado el número de mi signo, o designarás alguna otra casa? He estado en el otro lado de la luna y puedo traerte algo para mostrarte.

—¿Y qué piensas de eso? —dijo Dyson.

—Galimatías —dijo Phillipps—. ¿Supones que tiene un significado?

—Oh, seguramente; fue escrito tres días antes del asesinato y se encontró en el bolsillo del asesinado. Está escrito con una letra fantástica que el mismo asesinado usó para sus memorandos privados. Debe haber un propósito detrás de todo esto y, en mi opinión, hay algo bastante feo oculto en las circunstancias de este caso.

—¿Pero cuál es tu teoría?

—Oh, en cuanto a las teorías, todavía estoy en una etapa muy temprana; es demasiado pronto para establecer conclusiones. Pero creo que he demolido la posibilidad de tu italiano. Insisto, Phillipps, que todo el asunto me parece feo. No puedo hacer lo que tú haces y fortalecerme con proposiciones de hierro fundido en el sentido de que esto o aquello no sucede, y nunca ha sucedido. Observa que el texto comienza con La mano. Eso, tomando en cuenta lo que sabemos sobre la mano en la pared, me parece lo suficientemente significativo, y lo que tú mismo has dicho sobre la historia y el significado del símbolo, su conexión con una creencia antigua… todo apunta a algo extraño. Estoy bastante de acuerdo con lo que te dije medio en broma esa noche antes de salir. Hay sacramentos del mal así como del bien a nuestro alrededor, y vivimos y nos movemos en un mundo desconocido, un lugar donde hay cuevas y sombras y habitantes en el crepúsculo. Es posible que el hombre a veces pueda volver sobre el camino de la evolución, y creo que una tradición terrible aún no ha muerto.

—No puedo seguirte en todo esto —dijo Phillipps—. ¿Qué te propones hacer?

—Mi querido, Phillipps —respondió Dyson, hablando en un tono más ligero—, me temo que tendré que descender un poco en el mundo. Tengo la perspectiva de visitar a los prestamistas, y los taberneros no deben ser descuidados. Debo cultivar el gusto por las cuatro cervezas; tabaco de liar que ya amo y estimo con todo mi corazón.


La búsqueda del cielo desaparecido.

Durante muchos días después de la discusión con Phillipps, el señor Dyson estaba decidido en la línea de investigación que se había trazado. Una ferviente curiosidad y un gusto innato por lo oscuro fueron grandes incentivos, pero especialmente en este caso de la muerte de Sir Thomas Vivian (porque Dyson comenzó a aturdirse un poco con la palabra «asesinato») le pareció un elemento más que curioso.

El signo de la mano roja sobre la pared, la herramienta de pedernal que había causado la muerte, la casi identidad entre la escritura de la nota y la escritura fantástica reservada religiosamente, según parecía, por el médico para apuntes triviales, todo ello se unió para tejer en su mente una imagen extraña y sombría, con formas espantosas y mortales, aunque mal definidas, como las figuras gigantes que se balancean en un tapiz antiguo. Pensó que tenía una pista sobre el significado de la nota, y en su búsqueda resuelta del «Cielo Negro» que se había desvanecido recorrió furiosamente los callejones y las calles oscuras del centro de Londres, convirtiéndose en una figura familiar para el prestamista, y un invitado frecuente en las tabernas más sórdidas.

Durante mucho tiempo no tuvo éxito, y temblaba ante la idea de que el Cielo Negro pudiese estar escondido en los tímidos retiros de Peckham, o acechar tal vez en la lejana Willesden, pero finalmente, la improbabilidad en la que puso su confianza llegó al rescate. Era una noche oscura y lluviosa, con algo en las ráfagas inquietas y agitadas que olían a invierno próximo, y Dyson, avanzando por una calle estrecha no lejos de Gray's Inn Road, se refugió en un pub extremadamente sucio, olvidando por el momento sus preocupaciones, y pensando sólo en el barrido del viento sobre las tejas y el silbido de la lluvia en el aire negro y revuelto.

En el bar se reunía la compañía habitual: las mujeres desaliñadas y los hombres de negro brillante que parecían murmurar en secreto; otros que discutían interminablemente, y unos cuantos bebedores tímidos que se mantenían apartados, cada uno disfrutando de su dosis, y el olor rancio y mordaz del licor barato. Dyson se preguntaba por el disfrute, cuando de repente se oyó un acento más agudo. Las puertas se abrieron y una mujer de mediana edad se acercó tambaleándose a la barra y se aferró al borde de peltre como si pisara una cubierta en medio de un fuerte vendaval.

Dyson la miró atentamente como un agradable espécimen de su clase; iba decentemente vestida de negro y llevaba una bolsa negra de cuero algo gastado. Su embriaguez era evidente y muy avanzada. Mientras se tambaleaba en la barra, evidentemente lo único que podía hacer era mantenerse erguida, el camarero, que la había mirado con desaprobación, sacudió la cabeza en respuesta a su pedido de un trago. La mujer lo fulminó con la mirada, transformándose en un momento en furia, con los ojos inyectados en sangre, y derramó un torrente de execración, un tornado de blasfemias y fraseología en inglés primitivo.

—Sal de aquí —dijo el hombre—. Cállese y váyase, o llamaré a la policía.

—Policía, usted... —gritó la mujer—. ¡Bien le daré algo por lo que ir a buscar a la policía!

Y con una rápida zambullida en su bolsa sacó algún objeto que arrojó con furia a la cabeza del barman. El hombre se agachó, y el misil voló sobre su cabeza y rompió una botella en pedazos, mientras la mujer con una carcajada horrible corrió hacia la puerta. Se oyeron sus pasos resonando sobre los adoquines mojados.

El camarero miró arrepentido a su alrededor.

—No sirve de mucho ir tras ella —dijo—. Me temo que lo que le queda no pagará esa botella de whisky.

Buscó a tientas entre los fragmentos de vidrio roto y sacó algo oscuro, una especie de piedra cuadrada, que sostuvo en alto.

—Una curiosidad valiosa —dijo—, ¿algún caballero quiere pujar?

Los habituales apenas se habían vuelto de sus vasos durante estos emocionantes incidentes; se miraron un momento, a hurtadillas, cuando la botella se hizo añicos, y eso fue todo. Se reanudó el murmullo de los confidenciales y el tintineo de los pendencieros, y los tímidos y solitarios se chuparon los labios y saborearon de nuevo el rancio sabor del alcohol.

Dyson miró rápidamente lo que el barman sostenía frente a él.

—¿Te importaría dejarme verlo? —dijo—. Es una cosa vieja de aspecto extraño, ¿no?

Era una pequeña tablilla negra, aparentemente de piedra, de unas cuatro pulgadas de largo por dos y medio de ancho, y cuando Dyson la tomó, sintió, más que vio, que tocaba al secular con su carne. Había una especie de grabado en la superficie y, lo más llamativo, una señal que hizo que el corazón de Dyson diera un brinco.

—No me importaría llevármelo —dijo en voz baja—. ¿Serían suficientes dos chelines?

—Digamos el doble —dijo el hombre, y el trato quedó cerrado.

Dyson vació su jarra de cerveza, encontrándola deliciosa, encendió su pipa y salió poco después. Cuando llegó a su apartamento, cerró la puerta con llave, colocó la tablilla sobre su escritorio y luego se acomodó en su silla, tan resuelto como un ejército en sus trincheras ante una ciudad sitiada. Al examinarla de cerca, vio primero el signo de la mano con el pulgar sobresaliendo entre los dedos; estaba cortada con precisión y firmeza en la superficie negra y opaca de la piedra, y el pulgar apuntaba hacia abajo, a lo que había debajo.

—Es un mero adorno —se dijo Dyson—, quizás un adorno simbólico, pero seguramente no una inscripción, ni los signos de ninguna palabra pronunciada jamás.

La mano señalaba una serie de figuras fantásticas, espirales y verticilos de las líneas más finas y delicadas, espaciadas a intervalos sobre la superficie restante de la tablilla. Las marcas eran tan intrincadas y parecían casi tan carentes de diseño como el patrón de un pulgar impreso en un panel de vidrio.

—¿Es alguna marca natural? —pensó Dyson—. Han habido diseños extraños, semejanzas de bestias y flores, en piedras con las que la mano del hombre no tuvo nada que ver —y se inclinó sobre la piedra con una lupa, sólo para convencerse de que ningún azar de la naturaleza podría haber delineado estos variados laberintos de líneas.

Los verticilos eran de diferentes tamaños; algunos medían menos de un doceavo de pulgada de diámetro. Bajo el cristal, la regularidad y precisión del corte eran evidentes, y en las espirales más pequeñas las líneas estaban graduadas a intervalos de una centésima de pulgada. Todo tenía un aspecto maravilloso y fantástico, y al contemplar las místicas espirales bajo la mano, Dyson quedó sumido en una impresión de eras vastas y lejanas, y de un ser vivo que había tocado la piedra antes de que las colinas fueran formadas, cuando las rocas duras todavía hervían con calor ferviente.

—El Cielo Negro se encuentra de nuevo —dijo—, pero es probable que el significado de las estrellas sea oscuro para siempre en lo que a mí respecta.

Londres estaba silenciosa afuera, y un aliento helado inundó la habitación mientras Dyson miraba fijamente la tablilla que brillaba bajo la luz de las velas. Cuando cerró el escritorio sobre la antigua piedra, todo su asombro por el caso de sir Thomas Vivian se multiplicó. Pensó en el próspero caballero que yacía muerto místicamente bajo el signo de la mano. Se dio cuenta de que entre la muerte de este médico de moda en West End y las extrañas espirales de la tablilla había lazos más secretos e inimaginables.

Durante días se sentó frente a su escritorio mirando la tablilla, incapaz de resistir su fascinación, aunque impotente, sin siquiera la esperanza de resolver los símbolos. Por fin, desesperado, llamó al señor Phillipps y le contó brevemente la historia del hallazgo de la piedra.

—¡Pobre de mí! —dijo Phillipps—, esto es extremadamente curioso. Vaya, parece incluso más antiguo que el sello hitita. Confieso que los signos, si es que son signos, me resultan del todo extraños. Estos verticilos son realmente muy pintorescos.

—Sí, pero quiero saber qué significan. Debes recordar que esta tablilla es el Cielo Negro de la carta encontrada en el bolsillo de sir Thomas Vivian; se relaciona directamente con su muerte.

—¡Oh, no, eso es una tontería! Se trata, sin duda, de una tablilla antiquísima, que ha sido sustraída de alguna colección. Sí, la mano es una extraña coincidencia, pero solo una coincidencia después de todo.

—Mi querido Phillipps, eres un ejemplo vivo del axioma de que el escepticismo extremo es mera credulidad. Pero, ¿puedes descifrar la inscripción?

—Me comprometo a descifrar cualquier cosa —dijo Phillipps—. No creo en lo insoluble. Estos signos son curiosos, pero no puedo imaginármelos inescrutables.

—Entonces llévate la cosa contigo y haz lo que puedas con ella. Ha comenzado a atormentarme. Siento como si hubiera mirado demasiado a los ojos de la Esfinge.

Phillipps se fue con la tablilla. No tenía muchas dudas sobre el éxito, ya que había desarrollado treinta y siete reglas para la solución de inscripciones. Sin embargo, cuando pasó una semana y llamó a Dyson, no había ningún vestigio de triunfo en su rostro. Encontró a su amigo en un estado de extrema irritación, paseándose de un lado a otro de la habitación. Se dio la vuelta con un sobresalto cuando la puerta se abrió.

—Bueno —dijo Dyson—, ¿lo tienes? ¿Qué es todo esto?

—Mi querido amigo, lamento decirte que he fallado por completo. He probado en vano todos los dispositivos conocidos. Incluso he sido tan oficioso como para enviárselo a un amigo del Museo, pero él, aunque es un hombre de autoridad en el tema, me dice que no tiene respuestas. Debe ser algún naufragio de una raza desaparecida, creo, o un fragmento de otro mundo. No soy un hombre supersticioso, Dyson, pero confieso que anhelo deshacerme de este pequeño cuadrado de piedra negruzca. Francamente me ha dado una mala semana; me parece troglodita y aborrecido.

Phillips sacó la tablilla y la colocó sobre el escritorio frente a Dyson.

—Por cierto —prosiguió—, tenía razón en un punto: ha formado parte de alguna colección. Hay un trozo de papel mugriento en la parte de atrás que debe haber sido una etiqueta.

—Sí, me di cuenta de eso —dijo Dyson, que había caído en la más profunda decepción—. Sin duda es una etiqueta. Pero como no me importa mucho de dónde vino originalmente, y solo deseo saber qué significa la inscripción, no presté atención al papel. La cosa es un acertijo sin esperanza, supongo, y sin embargo debe ser de la mayor importancia.

Phillipps se fue poco después, y Dyson, todavía abatido, tomó la tablilla en su mano y la volteó descuidadamente. La etiqueta estaba tan sucia que parecía una mancha opaca, pero cuando la miró distraídamente, pero con atención, pudo ver marcas de lápiz, y se inclinó sobre ella con entusiasmo. Para su molestia, descubrió que parte del papel había sido arrancado, y solo podía distinguir con dificultad palabras extrañas y fragmentos de palabras. Primero leyó algo que parecía inroad, y luego, debajo, step-heart-step… Pero en un instante se le ocurrió una solución, y se rió entre dientes con gran deleite.

—Ciertamente —dijo en voz alta—, éste no sólo es el barrio más encantador sino también el más conveniente de todo Londres; aquí estoy, teniendo en cuenta los accidentes de las calles laterales, encaramado en una torre de observación.

Miró triunfante por la ventana al otro lado de la calle, hacia la puerta del Museo Británico. Protegido por el muro perimetral de aquella agradable institución, un artista en tizas desplegaba sus brillantes impresiones sobre el pavimento, solicitando la aprobación y los cobres de los alegres y serios.

—¡Esto —dijo Dyson— es más que delicioso!


El artista del pavimento.

El señor Phillipps, a pesar de su estado de negación, sentía en su corazón una profunda curiosidad por el caso de sir Thomas Vivian. Aunque mantuvo un rostro valiente para su amigo, su razón no pudo resistir la conclusión que Dyson había enunciado, a saber, que todo el asunto tenía un aspecto feo y misterioso. Allí estaba el arma de una raza desaparecida que había perforado las grandes arterias; la mano roja, símbolo de una fe espantosa, que señalaba al hombre muerto; y luego la tablilla que Dyson declaró que esperaba encontrar, y ciertamente había encontrado, con la antigua impresión de la mano de la maldición, y una leyenda escrita debajo en un carácter comparado con el cual la escritura cuneiforme más antigua era cosa de ayer.

Además de todo esto, había otros puntos que lo torturaban. ¿Cómo explicar el cuchillo que se encontró debajo del cuerpo? Y la insinuación de que la mano roja sobre la pared debía haber sido dibujada por alguien cuya vida transcurrió en la oscuridad lo estremeció con una sugerencia de infinito horror. Por lo tanto, tenía no poca curiosidad por lo que estaba por venir, y unos diez días después de haber devuelto la tablilla, visitó nuevamente al «hombre misterioso», como llamaba en privado a su amigo.

Al llegar a las cámaras graves y aireadas de Great Russell Street, descubrió que la atmósfera moral del lugar se había transformado. Toda la irritación de Dyson había desaparecido, su ceño se alisó con complacencia, y se sentó en una mesa junto a la ventana mirando hacia la calle con una expresión de placer sombrío y una pila de libros y papeles tirados ante él.

—Mi querido Phillipps, ¡estoy encantado de verte! Disculpa el desorden. Acerca una silla a la mesa y prueba este admirable tabaco.

—Gracias —dijo Phillipps—, a juzgar por el sabor del humo, creo que es un poco fuerte. Pero, ¿qué diablos es todo esto? ¿Qué estás mirando?

—Estoy en mi atalaya. Te aseguro que el tiempo se me hace corto mientras contemplo esta agradable calle y la clásica gracia del pórtico del Museo.

—Tu capacidad para las tonterías es asombrosa —respondió Phillipps—. ¿Has logrado descifrar la tablilla?

—No le he prestado mucha atención recientemente —dijo Dyson—. Creo que puede esperar.

—¿Y qué hay del asesinato de Vivian?

—Ah, ¿te interesa ese caso? Bueno, después de todo, no podemos negar que era un asunto raro. ¿Pero no es «asesinato» una palabra vulgar? Huele un poco, seguramente, al cartel de la policía. Quizá sea un poco decadente, pero no puedo dejar de creer en la espléndida palabra «sacrificio». Sin duda es mucho mejor que «asesinato».

—Estoy completamente en la oscuridad —dijo Phillipps—. Ni siquiera puedo imaginar por qué camino te estás moviendo en este laberinto.

—Creo que dentro de poco todo el asunto estará mucho más claro para los dos, pero dudo que te guste escuchar la historia.

Dyson encendió su pipa de nuevo y se reclinó mirando la calle. Después de una pausa algo larga, sobresaltó a Phillipps con un fuerte suspiro de alivio cuando se levantó de la silla junto a la ventana y comenzó a caminar por la sala.

—Se acabó el día —dijo—, después de todo, uno se cansa un poco.

Phillips miró inquisitivamente hacia la calle. La tarde estaba oscureciendo, y el frente del Museo empezaba a desdibujarse ante el encendido de las lámparas, pero las aceras estaban abarrotadas. El artista estaba reuniendo sus materiales y desdibujando todo el brillo de sus diseños. Un poco más abajo se oía el sonido de las persianas que se cerraban. Phillipps no vio nada que justificara el repentino abandono de Dyson de su actitud de vigilancia, y se irritó un poco por todos estos espinosos enigmas.

—¿Sabes, Phillipps? —dijo Dyson, mientras paseaba tranquilamente de un lado a otro de la habitación—. Ye diré cómo trabajo. Estoy sobre la teoría de la improbabilidad. ¿Es desconocida para ti? La explicaré. Supongamos que me paro en los escalones de St. Paul's y busco a un ciego cojo de la pierna izquierda. Es muy improbable que encuentre a tal persona esperando una hora. Si espero dos horas la improbabilidad disminuye, pero sigue siendo enorme, y una vigilancia de un día completo daría pocas expectativas de éxito. Pero supongamos que tomo la misma posición día tras día, semana tras semana, ¿no percibes que la improbabilidad disminuye, haciéndose más pequeña día tras día? ¿No ves que dos líneas que no son paralelas se acercan gradualmente una a la otra, acercándose cada vez más a un punto de encuentro, hasta que finalmente se encuentran, y la improbabilidad se ha desvanecido por completo? Así encontré la tablilla negra: actué sobre la teoría de la improbabilidad. Es el único principio científico que conozco que puede permitir a uno encontrar a un hombre desconocido entre cinco millones.

—¿Y esperas encontrar al intérprete de la tablilla negra por este método?

—Seguramente.

—¿Y también al asesino de sir Thomas Vivian?

—Sí, espero poner mis manos sobre la persona involucrada en la muerte de sir Thomas Vivian exactamente de la misma manera.

Dyson dedicó el resto de la velada, después de que Phillipps se hubo ido, a pasear por las calles, y cuando la noche avanzó, a sus labores literarias, o a la caza de la frase, como él la llamaba. A la mañana siguiente reanudó su vigilancia junto a la ventana. Le traían la comida y comía con los ojos en la calle. Con brevísimos intervalos, arrebatado a regañadientes de vez en cuando, persistió en su inspección durante todo el día, y sólo al anochecer, cuando las persianas estaban cerradas y el artista eliminaba sin piedad todo su trabajo del día, justo antes de que las lámparas barrieran las sombras, se sentía en libertad de dejar su puesto. Día tras día prosiguió esta incesante mirada a la calle, hasta que la dueña de la casa quedó horrorizada ante tan obstinación.

Pero, por fin, una noche, cuando el juego de luces y sombras apenas comenzaba, llegó el momento. Un hombre de mediana edad, barbudo y encorvado, con un toque de canas en las orejas, paseaba lentamente por la acera norte de Great Russell Street desde el extremo este. Alzó la vista hacia el Museo al pasar, y luego miró involuntariamente al arte de en el piso, y al propio artista, que estaba sentado junto a sus cuadros, sombrero en mano. El hombre de la barba se quedó inmóvil un instante, balanceándose ligeramente de un lado a otro como si estuviera pensando, y Dyson vio que tenía los puños cerrados con fuerza, que le temblaba la espalda y que el lado de la cara que tenía a la vista se crispaba y se contraía con un tormento indescriptible, próximo a la epilepsia.

Dyson sacó un sombrero y abrió la puerta. Cuando llegó a la calle, la persona que había visto tan agitada se había dado la vuelta y corría a toda velocidad hacia Bloomsbury Square, de espaldas a su rumbo anterior. Dyson se acercó al artista del pavimento y le dio algo de dinero, observando en voz baja:

—No necesitas molestarte en dibujar esa cosa otra vez.

Entonces él también dio media vuelta y caminó ociosamente por la calle en dirección opuesta a la que había tomado el fugitivo. De modo que la distancia entre Dyson y el hombre se hizo cada vez mayor.


Historia de la casa del tesoro.

—Hay muchas razones por las que elegí sus habitaciones para la reunión con preferencia a la mía. Principalmente, quizás porque pensé que el hombre estaría más cómodo en terreno neutral.

—Confieso, Dyson —dijo Phillipps—, que me siento impaciente e inquieto. Conoces mi punto de vista: un hechos duros, materialismo si lo prefieres, en su forma más cruda. Pero hay algo en todo este asunto de Vivian que me inquieta un poco. ¿Cómo convenciste al hombre para que viniera?

—Tiene una opinión exagerada de mis poderes. ¿Recuerdas lo que dije sobre la doctrina de la improbabilidad? Cuando funciona, da resultados que parecen sorprendentes para una persona que no está al tanto de ella. Ahí suena la campana.

Oyeron pasos en la escalera, y poco después se abrió la puerta y entró en la habitación un hombre de mediana edad, con la cabeza gacha, barba y una gran cantidad de pelo canoso alrededor de las orejas. Phillips miró sus rasgos y reconoció los rasgos del terror.

—Adelante, señor Selby —dijo Dyson—. Este es el señor Phillipps, mi amigo íntimo y nuestro anfitrión para esta noche. ¿Tomará algo? Entonces tal vez sea mejor que escuchemos su historia, muy singular, estoy seguro.

El hombre habló con voz hueca, un poco temblorosa, y una mirada fija que nunca abandonó sus ojos parecía estar dirigida a algo horrible que permanecería ante él día y noche por el resto de su vida.

—Estoy seguro de que podemos evitar los preliminares —empezó—; lo que tengo que decir es mejor decirlo rápidamente. Diré, entonces, que nací en una parte remota del oeste de Inglaterra, donde los mismos contornos de los bosques y las colinas y el serpenteo de los arroyos en los valles son aptos para sugerir lo místico a cualquiera dotado de imaginación. Cuando era niño había ciertas colinas enormes y redondeadas, ciertas profundidades de bosques y valles secretos que me llenaron de fantasías más allá del límite de la expresión racional, y cuando fui creciendo y comencé a sumergirme en los libros de mi padre, iba por instinto, como la abeja, a todo lo que alimentaba la fantasía.

»Así, a partir de un curso de lecturas obsoletas y ocultistas, y de escuchar ciertas leyendas salvajes en las que los mayores todavía creían en secreto, me convencí firmemente de la existencia de un tesoro, el tesoro de una raza extinguida hace siglos, aún escondido bajo las colinas, y todos mis pensamientos estaban dirigidos a su descubrimiento.

»Un lugar en especial me atrajo como por encanto; era un túmulo, el monumento abovedado de algún pueblo olvidado. A menudo me quedaba allí en las tardes de verano, sentado en el gran bloque de piedra caliza en la cima, mirando a lo lejos sobre el mar hacia la costa de Devonshire. Un día, mientras cavaba descuidadamente con la férula de mi bastón en los musgos y líquenes que crecían sobre la piedra, me llamó la atención lo que parecía un patrón; había una línea curva y marcas que no parecían del todo obra de la naturaleza.

»Al principio pensé que había descubierto algún fósil, así que saqué mi cuchillo y raspé el musgo. Entonces vi dos señales que me sobresaltaron; primero, una mano cerrada, apuntando hacia abajo, el pulgar sobresaliendo entre los dedos, y debajo de la mano un verticilo o espiral, trazado con exquisita precisión en la dura superficie de la roca. Allí, me convencí, estaba el gran secreto, pero me estremecí al recordar el hecho de que algunos anticuarios habían perforado el túmulo de y se habían sorprendido al no encontrar ni una punta de flecha.

»Claramente, entonces, los signos en la piedra caliza no tenían significado local; y decidí que debía buscar en el extranjero. Por pura casualidad tuve éxito. Paseando por una casa de campo vi a unos niños jugando al borde del camino; uno sostenía algún objeto en la mano, y los demás pasaban por una de las muchas formas de elaborada simulación que constituyen gran parte del misterio de la vida de un niño. Algo en el objeto me atrajo, y le pedí al niño que me dejara verlo. Era una tablilla oblonga de piedra negra; y en ella estaba inscrita la mano apuntando hacia abajo, tal como la había visto en la roca, mientras que debajo, espaciados sobre la tablilla, había una serie de verticilos y espirales, cortados, según me pareció, con el mayor cuidado y delicadeza.

»Compré el juguete por un par de chelines; la señora de la casa me dijo que llevaba años tirado; ella pensó que su esposo lo había encontrado un día en el arroyo que corría frente a la cabaña. Era un verano muy caluroso, y el arroyo estaba casi seco, y él lo vio entre las piedras.

»Ese día seguí el arroyo hasta un pozo de agua que brotaba fría y clara en la cabecera de una cañada solitaria. Eso fue hace veinte años, y solo logré descifrar la misteriosa inscripción en agosto pasado. No quiero entrar en detalles irrelevantes de mi vida; es suficiente decir que me vi obligado, como muchos otros hombres, a dejar mi antiguo hogar y venir a Londres. Tenía muy poco dinero y me alegré de encontrar una habitación barata en una calle sórdida junto a Gray's Inn Road. El difunto sir Thomas Vivian, entonces mucho más pobre y desdichado que yo, tenía un desván en la misma casa, y al cabo de muchos meses nos hicimos amigos íntimos.

»Al principio tuve gran dificultad en persuadirlo de que no estaba entregando mis días y mis noches a una investigación del todo desesperada y quimérica; pero cuando estuvo convencido, se volvió más entusiasta que yo, y se encendió al pensar en las riquezas que serían el premio de un poco de ingenio y paciencia. Me simpatizaba mucho y compadecía su caso; tenía un fuerte deseo de ingresar a la profesión médica, pero carecía de los medios para pagar los honorarios más pequeños y, de hecho, estuvo, no una o dos veces, sino a menudo, reducido al borde mismo de la inanición.

»Prometí solemnemente que, bajo cualquier circunstancia, él compartiría mi fortuna cuando llegara, y esta promesa a alguien que siempre había sido pobre y, sin embargo, estaba sediento de riqueza y placer, fue el incentivo más fuerte. Se lanzó a la tarea con gran interés y aplicó un intelecto muy agudo y una paciencia infatigable a la solución de los caracteres de la tablilla. Yo, como otros jóvenes ingeniosos, tenía curiosidad por la escritura, y había inventado o adaptado una escritura fantástica que usaba ocasionalmente, y que le tomó tanta fuerza a Vivian que se esforzó en imitarla.

»Acordamos entre nosotros que si alguna vez nos separábamos, se usaría esta extraña caligrafía de mi invención, y también ideamos un cifrado para el mismo objetivo. Mientras tanto nos agotamos en el esfuerzo por llegar al fondo del misterio, y pasados un par de años pude ver que Vivian empezaba a hartarse un poco de la aventura. Una noche me dijo con cierta emoción que temía que la vida de ambos se estuviese convirtiendo en un esfuerzo ocioso y desesperanzado.

»No muchos meses después recibió una herencia considerable de un pariente anciano y lejano cuya existencia había sido casi olvidada por él; y con dinero en el banco, se convirtió de inmediato en un extraño para mí. Había pasado su examen preliminar muchos años antes, de inmediato decidió ingresar en el Hospital St. Thomas, y me dijo que debía buscar un alojamiento más conveniente. Al despedirnos, le recordé la promesa que le había hecho pero Vivian se rió con algo entre lástima y desprecio mientras me agradecía. No necesito detenerme en la larga lucha y la miseria de mi existencia, ahora doblemente solitaria. Nunca me cansé ni desesperé del éxito final. Solo al anochecer salía a dar mi paseo diario por Oxford Street, que me atraía, creo, por el ruido y movimiento y brillo de las lámparas.

»Este paseo se convirtió en un hábito; todas las noches, hiciera el tiempo que hiciera, cruzaba Gray's Inn Road y me dirigía hacia el oeste, a veces eligiendo el camino del norte, por Euston Road y Tottenham Court Road, a veces pasaba por Holborn y otras veces por Great Russell Street. Todas las noches caminaba durante una hora de un lado a otro por la acera norte de Oxford Street, y la historia de De Quincey y su nombre para la calle, corazón de piedra, a menudo me venía a la memoria. Luego volvía a mi guarida mugrienta y pasaba horas analizando interminablemente el enigma que tenía ante mí.

»La respuesta me llegó una noche. Leí la inscripción y vi que, después de todo, no había desperdiciado mis días. El lugar de la casa del tesoro de los que moran abajo, fueron las primeras palabras que interpreté. Luego siguieron indicaciones minuciosas del lugar en mi propio país donde se guardarían para siempre las grandes obras de oro. Había que seguir ese camino, evitar tal trampa; aquí el camino se estrechaba casi hasta la madriguera de un zorro, y allí se ensanchaba, y así por fin se llegaba a la cámara.

»Decidí no perder tiempo en verificar mi descubrimiento, no es que dudara en ese gran momento, pero no arriesgaría ni la más mínima posibilidad de decepcionar a mi viejo amigo Vivian, ahora un hombre rico y próspero. Tomé el tren para el Oeste, y una noche, con un mapa en la mano, tracé el paso de las colinas, y llegué tan lejos que vi el brillo del oro delante de mí. Decidí que Vivian debía estar conmigo; y sólo traje un extraño cuchillo de pedernal que yacía en el camino, como confirmación de lo que tenía que decir.

»Regresé a Londres y me molestó mucho descubrir que la tablilla había desaparecido de mis habitaciones. Mi casera, una borracha empedernida, negó todo conocimiento del hecho, pero tengo pocas dudas de que lo había robado por el vaso de whisky que podría obtener. Sin embargo, sabía de memoria lo que estaba escrito en la tablilla, y también había hecho un facsímil exacto de los caracteres, por lo que la pérdida no fue grave. Sólo una cosa me molestó: cuando tomé posesión de la piedra por primera vez, había pegado un papel en la parte de atrás y había escrito la fecha y el lugar del hallazgo, y más tarde había garabateado una o dos palabras triviales: el sentimiento, el nombre de mi calle y cosas por el estilo. Estos recuerdos de días que parecían tan desesperados me eran queridos: había pensado que me ayudarían a recordar en el futuro las horas en que había esperado contra la desesperación. Sin embargo, escribí de inmediato a sir Thomas Vivian, usando la letra que he mencionado y también el cifrado. Le conté mi éxito, y después de mencionar la pérdida de la tablilla y el hecho de que tenía una copia de la inscripción, le recordé una vez más mi promesa y le pedí que escribiera o llamara.

»Me contestó que me vería en cierto pasaje oscuro de Clerkenwell que ambos conocíamos. A las siete de la tarde fui a su encuentro. En la esquina, mientras caminaba de un lado a otro, noté las imágenes borrosas de un artista callejero, y tomé un trozo de tiza que había dejado atrás, sin pensar mucho en lo que estaba haciendo.

»Caminé de un lado a otro del pasaje, preguntándome, como pueden imaginar, qué tipo de hombre encontraría después de tantos años de separación. Los pensamientos del tiempo enterrado me asaltaron. Caminé mecánicamente, sin levantar los ojos del suelo. Me sacó de mi ensoñación una voz enfadada y una pregunta áspera de por qué no me mantuve en el lado derecho de la acera, y al mirar hacia arriba descubrí que me había enfrentado a un caballero importante y próspero, que miraba mi pobre apariencia con una mirada de gran desagrado y desprecio. Supe directamente que era mi antiguo camarada.

»Cuando me acerqué a él, se disculpó con la insinuación de una sospecha en cuanto a mi cordura. Al principio le habría hablado de las reminiscencias de nuestra amistad, pero descubrí que sir Thomas contemplaba aquellos días con bastante desagrado y respondía cortésmente a mis comentarios. Cambié de tema, y le dije con más detalle lo que había descubierto. Entonces vi que sus modales cambiaban repentinamente; cuando saqué el cuchillo de pedernal para probar mi viaje al otro lado de la luna, como le decíamos en nuestra jerga, le sobrevino una especie de afán asfixiante, sus facciones estaban algo descompuestas, y creí detectar un horror estremecedor, una resolución tensa y un esfuerzo por guardar silencio que me desconcertó.

»Tuve la oportunidad de ser un poco preciso en mis detalles. Entonces recordé la tiza roja en mi bolsillo y dibujé la mano en la pared.

»—Aquí, verás, está la mano —dije, mientras explicaba su verdadero significado—, fíjate donde sale el pulgar entre el primer y el segundo dedo.

»Y hubiera continuado con mi diagrama, cuando golpeó mi mano para mi sorpresa.

»—No, no —dijo—, no quiero todo eso. Este lugar no está lo suficientemente retirado; caminemos un poco para que me expliques todo minuciosamente.

»Obedecí de buena gana. Me condujo eligiendo los caminos menos frecuentados, mientras yo exponía el plano de la casa escondida palabra por palabra. Una o dos veces, mientras levantaba los ojos, vi a Vivian mirando extrañamente a su alrededor; parecía dar un rápido destello de arriba abajo, y echar un vistazo a las casas. Había en él un aire furtivo y ansioso que me desagradaba.

»—Caminemos hacia el norte —dijo finalmente—, llegaremos a unas agradables callejuelas donde podremos discutir estos asuntos tranquilamente.

»Decliné, con el pretexto de que no podía prescindir de mi visita a Oxford Street, y continué hasta que entendió hasta el más mínimo detalle tan bien como yo. Habíamos vuelto sobre nuestros pasos y nos detuvimos de nuevo en el pasaje oscuro, justo donde yo había dibujado la mano roja en la pared, porque reconocí la forma vaga de los árboles cuyas ramas colgaban sobre nosotros.

»—Hemos vuelto a nuestro punto de partida —dije—. Casi creo que podría poner mi dedo en la pared donde dibujé la mano. Estoy seguro de que podrías poner tu dedo en la mano mística en las colinas tan bien como yo. Recuerda, entre el arroyo y la piedra…

»Estaba inclinado, mirando lo que pensé que debía ser mi dibujo, cuando escuché un silbido agudo, me levanté y vi a Vivian con el brazo levantado y un cuchillo en la mano, amenazando con la muerte en sus ojos. En pura defensa propia, tomé el arma de pedernal que llevaba en el bolsillo y me abalancé sobre él temiendo ciegamente por mi vida. Al instante siguiente él yacía muerto sobre las piedras.

»Creo que eso es todo —continuó el señor Selby después de una pausa—, sólo me queda decirle, señor Dyson, que no puedo concebir qué medios le permitieron encontrarme.

—Seguí muchas indicaciones —dijo Dyson—, y estoy obligado a negar todo crédito por la agudeza, ya que he cometido varios errores graves. Su cifrado, lo confieso, no me dio muchos problemas. Inmediatamente vi que los términos de la astronomía fueron sustituidos por palabras y frases comunes. Había perdido algo negro, o le habían robado algo negro; un globo celeste es una copia de los cielos, así que sabía que quería decir que tenía una copia de lo que había perdido. Obviamente, entonces, llegué a la conclusión de que había perdido un objeto negro con caracteres o símbolos escritos o inscritos en él, ya que el objeto en cuestión ciertamente contenía información valiosa y toda la información debe estar escrita o dibujada. «Nuestra antigua órbita permanece sin cambios» evidentemente se refería a un antiguo arreglo. «El número de mi signo» debía significar una dirección. No necesito decir que «el otro lado de la luna» no puede representar nada más que un lugar donde nadie más ha estado; y «alguna otra casa» era algún otro lugar de reunión, siendo la «casa» el antiguo término «casa de los cielos». Entonces mi siguiente paso fue encontrar el «cielo negro» que había sido robado, y por un proceso de agotamiento lo hice.

—¿Tiene la tablilla?

—Sí. Y en el reverso, en la hoja de papel que ha mencionado, leí inroad, lo que me desconcertó mucho, hasta que pensé en Grey's Inn Road. step-heart-step… me sugirió inmediatamente la frase de De Quincey a la que usted ha aludido; y acerté con la idea descabellada de que usted era un hombre que vivía en o cerca de Gray's Inn Road, y tenía la costumbre de caminar por Oxford Street, porque recuerda cómo el comedor de opio se detiene en sus fatigosos paseos por esa calle.

»Sobre la teoría de la improbabilidad, que le he explicado a mi amigo aquí presente, llegué a la conclusión de que ocasionalmente elegiría el camino por Guildford Street, Russell Square y Great Russell Street, y sabía que si miraba lo suficiente debería verlo Pero, ¿cómo iba a reconocer a mi hombre? Observé al artista frente a mis habitaciones y le pedí que dibujara todos los días una gran mano, en el gesto tan familiar para todos nosotros, en la pared detrás de él. Pensé que cuando la persona desconocida pasara, sin duda lo traicionaría alguna emoción ante la súbita visión del signo. Ya sabe el resto. Ah, en cuanto a abordarlo una hora después, eso fue, lo confieso, un refinamiento. Del hecho de haber ocupado durante tantos años las mismas habitaciones, en un barrio donde además los huéspedes son migratorios en exceso, saqué la conclusión de que era un hombre de costumbres fijas, y estaba seguro de que después de haber superado su miedo regresaría para dar un paseo por Oxford Street. Lo hizo, por New Oxford Street, y yo estaba esperando en la esquina.

—Sus conclusiones son admirables —dijo el señor Selby—. Puedo decirle que di un paseo por Oxford Street la noche en que murió sir Thomas Vivian. Y creo que eso es todo lo que tengo que decir.

—Apenas —dijo Dyson—. ¿Qué tal si nos dice algo del tesoro?

—Preferiría que no habláramos de eso —dijo el señor Selby, con un blanqueamiento de la piel alrededor de las sienes.

—Oh, tonterías, señor, no somos chantajistas. Además, sabe que no tiene demasiadas opciones.

—En ese caso, señor Dyson, debo decirle que regresé al lugar. Fui un poco más lejos que antes.

El hombre se detuvo en seco; su boca comenzó a contraerse, sus labios se separaron y respiró hondo, sollozando.

—Bueno, bueno —dijo Dyson—, me atrevo a decir que lo ha hecho.

—Sí —prosiguió Selby, reprimiéndose con un esfuerzo—, he ido más lejos, tanto que el infierno arde dentro de mí para siempre. Solo traje una cosa de esa horrible casa dentro de las colinas; yacía más allá del lugar donde encontré el cuchillo de pedernal.

—¿Por qué no trajo más?

Toda la estructura corporal del desdichado se encogió y consumió visiblemente; su rostro se puso amarillo como el sebo, y el sudor caía de sus cejas. El espectáculo era a la vez repugnante y terrible, y cuando llegó la voz sonó como el silbido de una serpiente.

—Porque los guardianes todavía están allí, y los vi, y por esto…

Sacó una pequeña y curiosa pieza de oro y la sostuvo en alto.

—Aquí —dijo—, este es el Dolor de la Cabra.

Phillipps y Dyson gritaron juntos de horror ante la repugnante obscenidad de la cosa.

—¡Guárdalo, hombre! ¡Escóndelo, por el amor de Dios, escóndelo!

—Yo traje eso conmigo; eso es todo —dijo—. ¿No les sorprende que no me quedara mucho tiempo en un lugar donde los que viven allí son un poco más altos que las bestias?

—Toma esto —dijo Dyson—, lo traje conmigo en caso de que pudiera ser útil.

Y sacó la tablilla negra y se la entregó al hombre tembloroso y horrible.

—Y ahora —dijo Dyson—, por favor retírese.

Los dos amigos se sentaron en silencio un rato, uno frente al otro con ojos inquietos y labios que temblaban.

—Quiero decir que le creo —dijo Phillipps.

—Mi querido Phillipps —dijo Dyson mientras abría las ventanas de par en par—, después de todo, no sé si mis errores en este extraño caso fueron tan absurdos.

Arthur Machen (1863-1947)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Arthur Machen.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Arthur Machen: La mano roja (The Red Hand), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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