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El horror cósmico en Arthur Machen


El horror cósmico en Arthur Machen.

Desde muy joven Arthur Machen se sintió fascinado por el universo celta que todavía se atisbaba en su Gales natal bajo las ruinas de la ocupación romana. Y fueron estas ruinas, puntualmente las de Isca Silorum, cercanas a Caerleon-on-Usk, quienes marcarían para siempre el horror cósmico en su obra.

Columnas, viejas empalizadas, construcciones derruidas, éstos fueron el patio de juegos del joven Arthur Machen. Gales era como una mujer obesa que regurgitaba maravillas en los sitios menos pensados, como en la rectoría de su padre, donde diariamente se realizaban descubrimientos de losas y vajillas de tiempos antiquísimos. Pero no sólo la atmósfera de un lugar produce un genio del relato de terror, su carácter y personalidad ser adecuados para ajustarse a lo que sugiere el medio. La personalidad de Arthur Machen, solitaria, taciturna, casi melancólica, le proveyó a esa mujer obesa un medio para catalizar los horrores que hervían en su vientre.

Arthur Machen no escribió inmediatamente. La primera etapa de su vida fue una perpetua asimilación de su entorno. Recorrió hasta el agotamiento las laderas del Soar Brook, las sombrías huellas romanas de las Montañas Negras (Black Mountains), el tenebroso bosque de Wentwood y las distantes fantasmagorías del Valle de Severn. Recién allí, cuando la naturaleza de la vieja Gales se hizo carne en su mirada, Arthur Machen se atrevió a tomar la pluma y conjurarla sobre el papel.

Dueño de una mente lúcida e imaginativa, Arthur Machen fracasó en el mundo académico. Fue rechazado en Royal College of Surgeons, hecho que le sirvió de excusa para dedicarse a las letras. En 1880 publicó anónimamente su primer poema, Eleusinia (Eleusine), edición que pagó de su bolsillo, y que luego intentaría destruir por todos los medios. De los cien ejemplares que salieron al mercado sólo sobrevivió un puñado de ellos.

En Londres incursionó en el periodismo con éxito moderado. Económicamente inestable, Arthur Machen debió tomar un empleo menor en una imprenta para huir de la mendicidad. Apabullado por la gran ciudad y su clima sombrío, el joven Arthur Machen hizo lo que todo escritor joven debe hacer: leer. Y lo hizo de un modo obsesivo. Devoró bibliotecas enteras con una voracidad intelectual que nunca había sentido hasta conocer los edificios opresivos de Londres.

En 1884 publica su primer libro, La anatomía del tabaco (The Anatomy of Tobacco), obra que se aleja de lo fantástico, y, por lo tanto, de lo mejor de su prosa. En 1887, a los veinticuatro años de edad, sus padres mueren, dejándole una herencia bastante jugosa que le permitió recluirse en una casa de Chilterns y dedicarse por completo a la literatura. Esta estabilidad económica se tradujo en obras notables, como El gran Dios Pan (The Great God Pan), novela exhuberante de paganismo, horror y sexualidad, que provocó un verdadero escándalo en los lectores victorianos.

Luego llegarían El pueblo blanco (The White People) y Los tres impostores (The Three Imposters) -claramente inspirado en Robert Louis Stevenson-, que consolidaron su reputación como maestro del terror. Tanto el público como la crítica lo ubican dentro del decadentismo, una estética que no logra abarcarlo por completo; aunque de hecho esta faceta lograría traducir las Memorias de Casanova o Epístola de un licántropo en una versión que fue prohibida por todas las editoriales londinenses del período a causa de su erotismo y crudeza. Los periódicos lo catalogaron como una "mente enferma", y Arthur Machen les devolvió el diagnóstico con una de las obras más "emocionalmente inestables" que se hayan escrito, La Casa de las almas (The House of Souls) y una bellísima novela autobiográfica llamada: La colina de los sueños (The Hill of Dreams).

Sabiéndose por encima de la mirada estrecha de su tiempo, Arthur Machen publicó una recopilación con las críticas más ácidas y desfavorables que le habían apuntado, llamado Bálsamos preciosos (Precious Balms).

En 1888 contrae matrimonio con la enigmática Amelia Hogg, una mujer de la que poco se sabe, o se sabe erróneamente. Con ella fue feliz, anotan los biógrafos, hecho que queda demostrado con el colapso mental que sufrió Arthur Machen tras la muerte de Amelia en 1899 producto del cáncer.

En 1900 Arthur Machen se convirtió en un peregrino de la noche, en un vagabundo londinense que recorría las callejuelas más sórdidas acaso para que su dolor encontrase un escenario adecuado para desarrollarse. Abatido por la pérdida de su esposa, se unió a la Orden Hermética del Alba Dorada (Hermetic Order of the Golden Dawn), sociedad secreta dedicada al esoterismo y el ocultismo, de la que participaron otros autores notables como Algernon Blackwood, W.B. Yeats, Sax Rohmer, Bram Stoker, e incluso el polémico Aleister Crowley.

Pero Arthur Machen bebió directamente de las fuentes célticas místicas a las que la Orden respondía, de modo que jamás se unió completamente al grupo. Espiritualmente, Arthur Machen era devoto de su propia fe, una suerte de cristianismo céltico-pagano más literario que concreto.

La herencia se agotó definitivamente en 1901, año en el que incursionó en el teatro y el sexo de otras mujeres. Se dice que era un pésimo actor y un amante discreto. En 1903 se unió con Dorothy Purefoy Hudleston, una muchacha bohemia que acaso lo instruyó en diversas técnicas y lances carnales. Como suele suceder con los hombres que se enamoran de mujeres sexualmente capaces, Arthur Machen la embarazó cada vez que pudo. Con ella tuvo dos hijas, Janet y Hillary, con quienes compartió un pobreza que rivalizaba con su felicidad.

Desde entonces su obra alcanzó picos realmente extraordinarios, como El gran regreso (The Great Return), El terror (The Terror) y Los ángeles de Mons (The Angels of Mons), en donde logra instalar en la sociedad un mito real sobre un ejército de ángeles que asisten a la infantería inglesa durante la Primera Guerra Mundial.

Anteriormente hablábamos del "horror cósmico" en Arthur Machen, presencia omnipresente en su obra, pero que se define mejor por sus inclinaciones estéticas y geográficas. Casi todos los relatos y novelas de Arthur Machen, salvo un puñado de excepciones, reflejan este horror profundo y medular que nos sacude ante los atisbos de una imponencia arcaica, similar a la que podría sentir un marino que descubre una pirámide ciclópea en una isla abandonada; solo que aquí no hay tal pirámide, sino la sugerencia de algo inmenso, descomunal, sepultado por el tiempo y el olvido, pero presente en la naturaleza como un recuerdo imborrable.

El horror cósmico, al menos para Arthur Machen, aparece como una sombra, una grieta entre el presente y las gigantescas posibilidades de un pasado inconmensurable. Para el joven que vagaba por la obesa Gales, este horror cósmico habitaba en sus ruinas, en sitios abandonados cuya arquitectura imposible se adivinaba en los restos de lo que pudo ser algo inhumano. Este tipo de percepción es típicamente celta, y nació luego de la expulsión de los romanos de britania. Cuando éstos abandonaron sus templos, ciudades y fuertes, los pueblos paganos no los habitaron. Por el contrario, les temían de un modo visceral, como si esos templos circulares y sus columnas de circunferencias alucinantes fuesen el residuo de una civilización ominosa, casi extraterrestre, ajena a la fe y el intelecto del hombre celta, acostumbrado a que sus dioses, elfos y hadas habiten en los bosques y arboledas; y no en el mármol blaquísimo y torres de altura prodigiosa.

Existe una visión muy antigua de este horror cósmico que no proviene de Arthur Machen, pero que refleja a la perfección lo que este magnífico narrador galés intentaba trasmitirnos sobre su sentido casi genético del verdadero horror. Proviene de un poema medieval llamado La Ruina (The Ruin) que nos relata el paso de un bardo por las viejas ruinas romanas, a las que teme y admira como si fuesen fantasmas listos a precipitarse sobre los incautos, y cuya arquitectura parece cobrar vida a medida que recorre sus despojos.


La ruina ha caído en la tierra rompiéndose en montículos,
donde en un tiempo habitaban incontables guerreros
alegres y adornados con el esplendor del oro brillante,
orgullosos y bañados con el vino de la guerra;
(el bardo) Miró entonces con espanto el tesoro, la plata,
las piedras preciosas, la riqueza, la prosperidad,
la artesanía de este castillo reluciente de un vasto reino.

Hryre wong gecrong
gebrocen to beorgum, þær iu beorn monig
glædmod ond goldbeorht gleoma gefrætwed,
wlonc ond wingal wighyrstum scan;
seah on sinc, on sylfor, on searogimmas,
on ead, on æht, on eorcanstan,
on þas beorhtan burg bradan rices.

La ruina (poema anglosajón anónimo)

Lord Aelfwine.



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