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«La casa hambrienta»: Robert Bloch; relato y análisis.


«La casa hambrienta»: Robert Bloch; relato y análisis.




La casa hambrienta (The Hungry House) es un relato de terror del escritor norteamericano Robert Bloch (1917-1994), publicado originalmente en la edición de abril de 1951 de la revista Imagination, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1960: Dulces sueños: pesadillas (Pleasant Dreams—Nightmares).

La casa hambrienta, quizás uno de los cuentos de Robert Bloch menos conocidos, relata la historia de un matrimonio joven que se muda a una vieja casa habitada por una presencia que va adquiriendo densidad a medida que se alimenta de sus nuevos ocupantes.


«Él debía estar de pie detrás de ella. Debía haber entrado en silencio, sin decir nada. Tal vez iba a rodearla con sus brazos, sorprenderla, sobresaltarla. De ahí la sombra en el espejo. Ella se volvió, lista para saludarlo. La habitación estaba vacía. Pero aún persistía el extraño reflejo, junto con la sensación de una presencia a sus espaldas.»


En la superficie, La Casa Hambrienta examina los extraños efectos psicológicos que producen los espejos, y más específicamente el encuentro con nuestro reflejo. Según la teoría de Sigmund Freud, lo unheimliche [lo Siniestro] se produce cada vez que encontramos cierta familiaridad en un contexto [aparentemente] extraño [ver: Lo Siniestro en la ficción]. En este sentido, los espejos son ejemplos por excelencia de lo Siniestro: reproducen con exactitud nuestra apariencia [lo familiar], pero invertida [lo extraño], y sobre un objeto exterior a nosotros [ver: Freud, el Hombre de Arena, y una teoría sobre el Horror]

Incluso cuando a menudo nos miramos en el espejo, casi nunca nos vemos. Más aún, nos acostumbramos tanto a ciertos reflejos que, cuando nos miramos en un espejo en el que nunca nos hemos visto, la imagen que nos devuelve parece tener algo diferente, algo nuevo. Cuando te miras en el espejo, alguien más, que tiene tu misma apariencia pero distorsionada, invertida, te devuelve la mirada. Robert Bloch se apoya en este efecto cuando sostiene:


«El espejo distorsiona. Por eso los hombres tararean, cantan y silban mientras se afeitan. Para mantener sus mentes fuera de sus reflexiones. De lo contrario, se volverían locos.»


El protagonista masculino de La Casa Hambrienta actúa de acuerdo a esta premisa: no queremos ver realmente nuestro reflejo porque, en algún nivel, nos resultaría intolerable. Sin embargo, la protagonista femenina tiene algunas dificultades adicionales para conseguir este grado de abstracción «porque las mujeres nunca se ven a sí mismas. Ven una idealización, una visión. Polvo, colorete, pintalabios, máscara de pestañas, sombra de ojos, brillantina o simplemente un vacío al que se deben aplicar estos elementos». Por supuesto, Robert Bloch está siendo un poco extremo aquí, pero el concepto es atinado: la protagonista utiliza el espejo para modificar sus rasgos, resaltando algunos aspectos y disimulando otros, probablemente para lucir más atractiva y sentirse más segura consigo misma, pero ese ejercicio se resume a utilizar el espejo no para verse realmente, sino para modificarse, de manera tal que lo que ella termina viendo no es ella misma, sino una versión maquillada, idealizada [ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico]

El espejo solo dice la verdad: simplemente refleja lo que está ahí. Es decir que la distorsión de la imagen, su subjetividad, es psicológica. La realidad absoluta de nuestra propia apariencia puede ser intolerable porque contradice todo lo que creemos sobre nosotros mismos. Esto recuerda la apertura de la novela de Shirley Jackson: La maldición de HIll House (The Haunting of Hill House): «Ningún organismo vivo puede continuar cuerdo por mucho tiempo bajo condiciones de realidad absoluta» [ver: La verdadera Entidad que se esconde Hill House]. Si traducimos esto al planteo de La Casa Hambrienta podríamos decir que es necesario creer, para salvar nuestra cordura, que es el espejo el que distorsiona, no que simplemente refleja nuestro verdadero ser.

Laura Bellman, la belleza del condado durante su juventud, juró no casarse mientras su papá viviera. Desafortunadamente para ella, el viejo resultó ser un bastardo que se aferró a su existencia terrenal. Después de su muerte tardía, Laura se quedó sola con sus sirvientes y docenas de espejos que aún reflejaban un rostro juvenil, a pesar de que su apariencia se fue deteriorando junto con su cordura. Laura cree que sus espejos nunca le han mentido sobre su belleza, incluso cuando su cuerpo envejece y comienza a usar pelucas y dientes postizos [«los espejos le decían que no había cambiado»]. Los espejos le devuelven la imagen idealizada que ha tenido de sí misma desde su juventud. Es una dinámica inversa a la de El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde: Laura envejece, pero su reflejo no. Y aunque cree que sus espejos le dicen la verdad, se convierte en una ermitaña rodeada de imágenes falsas de sí misma.

La intervención de un médico resulta en la confiscación de todos sus espejos. Como resultado, Laura se da cuenta de que es vieja. Cuando se encuentra con su mirada en una ventana y ve «su frente arrugada», cree que «esa obscenidad no era su rostro».

De este modo, Laura Bellman niega la introlerable realidad de su propia apariencia, o, en términos de Shirley Jackson, la «realidad absoluta». Lo unheimliche, para ella, es la realidad [su verdadera imagen en la ventana], mientras que la familiaridad radica en la ilusión que reproducen sus espejos. Al final, Laura pierde el conocimiento y atraviesa la ventana. Los vidrios le desgarran el cuello.

Pero Laura sigue rondando los espejos después de su muerte porque, incluso cuando estaba viva, «se miraba hasta que hubo más de ella en su reflejo que en su propio cuerpo». Más adelante, cuando el protagonista masculino descubre todos esos espejos escondidos en el desván piensa pragmáticamente en Vampiros. Sigue un patrón de razonamiento simple: ¿quién escondería todos los espejos de una casa? Respuesta: vampiros. Pero es el resultado de la alienación de Laura la responsable de los sucesos sobrenaturales que ocurren en la casa. En cierto sentido, Laura sigue viviendo como siempre lo hizo: en los espejos [ver: Sobre espejos mágicos y seres interdimensionales]

La Casa Hambrienta toma el formato por defecto de las historias de fantasmas y lo convierte en algo nuevo, algo más profundo, en algo que no solo trata sobre los fantasmas en general sino sobre el apego del ser humano a sus pertenencias. Si has entrado en el dormitorio de alguien que ha fallecido recientemente tienes una idea de cómo estos objetos preservan algo de su personalidad. En el caso de Laura, esos objetos son espejos. El procedimiento es similar al propuesto por la teoría de la Cinta de Piedra, que especula que ciertas superficies y objetos son capaces de absorber sucesos emocionales intensos [odio, miedo, soledad] y luego activarse y reproducirse cuando alguien vivo se encuentra sincronizado con esas emociones, como si se tratara de una grabación [ver: ¿Los fantasmas son «grabaciones» impresas en la realidad?]

Si tuvieses que recomendarle este cuento a un amigo aficionado al género, no hay nada en el argumento que te ayude a captar su interés. En apariencia, es una historia de fantasmas convencional: una pareja joven se muda a una vieja casa, empiezan a ver cosas extrañas, particularmente en los espejos; aunque también encuentran algunas sorpresas en el ático. Nada que no hayamos leído mil veces [ver: El ABC de las historias de fantasmas]. Sin embargo, es en la parte que no podrías contarle a tu amigo [excepto que admita spoilers] donde radica la brillantez de La Casa Hambrienta: la historia de fondo, el lore de la Casa, el pasado que el agente inmobiliario, Hacker, trató de barrer debajo de la alfombra. ¡Bah!, diría tu amigo, ya he leído todo esto antes. Claro, pero no como lo escribe Robert Bloch.

El lector sagaz frunce el ceño cada vez que aparece un agente inmobiliario en un relato de terror. Esos tipos son capaces de alquilarle Hill House o la Casa Marsten a sus madres. Pero no son tanto un cliché como una necesidad narrativa en ciertos casos. En La Casa Hambrienta se necesita a Hacker para que alguien inescrupuloso oculte la historia de fondo de la casa a sus nuevos ocupantes, pero sobre todo para que esconda los espejos de Laura en el ático, labor para la cual un ente incorpóreo no está capacitado.

El verdadero acierto de Robert Bloch en este tipo de relatos radica en el proceder de sus personajes. Lo sobrenatural en una historia siempre es menos importante que la forma en que los personajes reaccionan e interactúan entre sí. La pareja de La Casa Hambrienta reacciona naturalmente, como lo haría cualquiera ante leves indicios paranormales que están lejos de ser objetivos: ocultándose el uno al otro sus miedos, racionalizando estos sucesos extraños, etc. Robert Bloch presenta seres humanos creíbles porque estos atraviesan las fases emocionales esperables en este tipo de situaciones: vergüenza, negación, aceptación, impotencia. Cuando vemos una mala película de fantasmas nos gustaría sacudir a los personajes y gritarles: ¡Salgan de ahí, idiotas!, pero los personajes de Robert Bloch están lejos de caer en los lugares comunes del cine, y más cerca de las miserias y desconcierto de la vida real.

Una de las escenas más escalofriantes tiene lugar durante una fiesta organizada por el matrimonio para celebrar su mudanza. Un salón lleno de gente parece un escenario ineficaz para generar un sentimiento de inquietud en el lector, pero Robert Bloch sale bien parado:


«[La señora Hacker] se había desmayado, alguien murmuró algo sobre un médico, alguien más dijo que no, que no hacía falta, estará bien en un minuto, y alguien más dijo bueno, creo que será mejor que nos tranquilicemos. Por primera vez todos parecieron ser consciente de la vieja casa y la oscuridad, y la forma en que los pisos crujían y las ventanas traqueteaban y los postigos se golpeaban. De repente todos estaban sobrios, solícitos y extremadamente ansiosos por irse.»


Otro punto que suele estar presente en las historias de fantasmas es la vulnerabilidad psicológica de los protagonistas, a menudo bajo la forma de un evento traumático o una pérdida, que está ausente en La Casa Hambrienta. También podemos pensar que esa vulnerabilidad solo asume una figura diferente aquí. Los protagonistas se felicitan a sí mismos en silencio por sus habilidades de negociación, sin darse cuenta de que el agente inmobiliario estaba demasiado ansioso por vender la propiedad a un precio poco realista. Nunca consideran que la ganga que obtuvieron no se debe a su astucia, sino al pasado oculto de la casa, y mucho menos que esta fue habitada por una mujer hermosa y vanidosa cuya autoadoración finalmente la consumió. Es la vanidad, incluso la prepotencia juvenil de la pareja, lo que los ha puesto a merced de la Casa Hambrienta [ver: Psicología de las Casas Embrujadas]

La historia de fondo de Laura resuena en la estructura tradicional de los cuentos de hadas: los espejos adornaban todos los rincones de la casa para que Laura pudiera observar incesantemente su hermosura. Embelesada, rechazó a todos sus pretendientes. Los años pasaron, y su cuerpo envejeció, pero el tiempo se detuvo en los espejos. Al final se arrojó a los espejos que una vez la habían acariciado: una vieja amargada, marchita, desgarrada por el cristal. Dicen que su espíritu aún vive y baila dentro de esos espejos, esperando ser liberado para invitar a otros a adorar su belleza... [ver: Los cuentos de hadas y una Teoría sobre la Imaginación]

El gótico temprano absorbió mucho del cuento de hadas, particularmente la atmósfera de misterio y antigüedad, y un marco de encierro en lugares sóridos. Pero, a diferencia del cuento de hadas, al gótico sí le importa cómo era la casa de la bruja de Hansel y Gretel, porque los edificios son personajes tan o más importantes que los humanos. No es caprichoso que el primer clásico del género sea El Castillo de Otranto (The Castle of Otranto) de Horace Walpole, donde se establecen algunos puntos que más adelante serán esenciales en el desarrollo del género: locura, muerte, lugares subterráneos, situaciones de malestar social y doméstico, etc. En términos arquetípicos, el Horror siempre tiene que ver con el pasado que invade el presente, a menudo de forma violenta, incluso asumiendo una forma que está más allá de los límites de la realidad aceptada. En términos psicoanalíticos, el Horror tiene que ver con el retorno de lo reprimido, que puede ser de naturaleza individual o social.

En los cuentos de hadas esto se trata de forma simbólica, pero en el Horror puede ocurrir de manera bastante literal: los muertos [lo reprimido] regresan para perturbar a los vivos, a veces como fantasmas, vampiros, zombis u otras criaturas antinaturales. El mensaje es claro: no puedes enterrar el pasado, al menos no indefinidamente, y siempre regresa, como lo reprimido, primero a través de pequeñas fugas en la conciencia, hasta que por fin se abre camino hacia el reconocimiento. El pasado siempre regresa, y, cuando lo hace, los que intentan evitarlo generalmente sucumben [el escéptico casi nunca sobrevive]. Solo triunfan los que están dispuestos a atravesarle una estaca en el corazón.

La Casa Hambrienta de Robert Bloch, como toda casa embrujada de la ficción moderna [Stephen King se refiere a estos espacios como «el lugar malo» (the bad place)], es una versión domesticada del Castillo Gótico, un espacio que contiene el material reprimido pero que admite algunas fugas [lo paranormal]. Estas Casas tiene funciones tanto simbólicas como prácticas, pero el agarre del pasado, ese incesante arrastrarse hacia la superficie, siempre deja huellas arquitectónicas [ver: La Casa como entidad orgánica y consciente en el Gótico]. En el contexto de esta historia, lo reprimido podría ser la personalidad maníaca e infantiloide de Laura. Como una eterna niña atrapada en su narcicismo, aunque con el cuerpo marchito, y luego prolijamente muerto, regresa para reclamar todo de este matrimonio, cuya transgresión [es decir, el factor desencadentante para el retorno de lo reprimido], acaso sea algo tan simple como no tener hijos.

Robert Bloch construye una tensión equlibrada a medida que se precipitan los acontecimientos. Por lo general, es un autor que mantiene las cosas en movimiento, pero también es propenso a adoptar un tono ligero que puede coagular la tensión. Este rasgo de su narrativa está bajo control en La Casa Hambrienta, probablemente porque es una historia innovadora y el propio Robert Bloch no quería interponerse en su camino.




La casa hambrienta.
The Hungry House, Robert Bloch (1917-1994)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Al principio eran dos, él y ella, juntos. Así era cuando compraron la casa.

Entonces llegó eso. Tal vez estuvo allí todo el tiempo, esperándolos en la casa. En cualquier caso, estaba allí ahora. Y nada se pudo hacer.

Mudarse estaba fuera de cuestión. Habían tomado un contrato de arrendamiento de cinco años, felicitándose en secreto por el bajo alquiler. Sería absurdo quejarse al agente, imposible explicárselo a sus amigos. Además, no tenían adónde ir; habían buscado durante meses un hogar. Al principio ni a él ni a ella les importaba reconocer su presencia. Pero ambos sabían que estaba allí.

Ella lo sintió la primera noche, en el dormitorio. Estaba sentada frente al espejo alto y anticuado, peinándose. El espejo aún no había sido desempolvado y parecía nublado; la luz encima también parpadeó un poco. Al principio pensó que era solo un truco de las sombras o algún defecto en el vidrio. El contorno vacilante detrás parecía desdibujar el reflejo de forma extraña, y ella frunció el ceño. Luego comenzó a experimentar lo que consideraba como su «sentimiento de casada», la conciencia peculiar que generalmente denotaba la entrada invisible de su esposo en una habitación que ella ocupaba.

Él debía estar de pie detrás de ella. Debía haber entrado en silencio, sin decir nada. Tal vez iba a rodearla con sus brazos, sorprenderla, sobresaltarla. De ahí la sombra en el espejo.

Ella se giró, lista para saludarlo.

La habitación estaba vacía. Pero aún persistía el extraño reflejo, junto con la sensación de una presencia a sus espaldas.

Se encogió de hombros, movió la cabeza e hizo una mueca en el espejo. Como sonrisa fue un fracaso, porque el cristal alabeado y la poca luz parecían distorsionarla hasta convertirla en algo extraño, en una sonrisa que no era del todo una composición de su propio rostro y rasgos.

Bueno, había sido un día fatigoso. Pasó un cepillo por su cabello y trató de descartar el problema. Sin embargo, sintió una oleada de alivio cuando él entró de repente en el dormitorio. Por un momento pensó en decírselo, luego decidió no preocuparlo por sus «nervios».

Fue a la mañana siguiente que ocurrió el incidente. Él salió corriendo del baño con la cara sangrando por un corte de navaja en la mejilla izquierda.

—¿Esta es tu idea de ser graciosa? —exigió él, en la forma petulante de un niño pequeño que ella encontraba tan atractiva—. ¿Entrar sigilosamente detrás de mí y hacer muecas en el espejo? Me dio un sobresalto horrible. Mira este corte.

Ella se sentó en la cama.

—Pero cariño, no te he estado haciendo muecas. No me moví de esta cama desde que te levantaste.

—Oh —él sacudió la cabeza, su ceño fruncido se desvaneció en una expresión de desconcierto—. Ah, claro.

—¿Qué sucede?

Ella retiró las sábanas y se sentó en el borde de la cama, moviendo los dedos de los pies y mirándolo con seriedad.

—Nada —murmuró él—. Nada en absoluto. Solo pensé que había visto, o a alguien, mirándose por encima de mi hombro en el espejo. Deben ser esas malditas luces. Tengo que conseguir algunas bombillas en la ciudad.

Se secó la mejilla con una toalla y se dio la vuelta.

Ella respiró hondo.

—Tuve la misma sensación anoche —confesó, luego se mordió el labio.

—¿En serio?

—Probablemente sean solo las luces, como dijiste, cariño.

—Por supuesto —de repente estaba preocupado—. Debe ser eso. Me aseguraré de traer esas bombillas nuevas.

—Será mejor que lo hagas. No olvides que la pandilla vendrá para la inauguración de la casa el sábado.

El sábado tardó mucho en llegar. Mientras tanto, ambos tuvieron varias experiencias que perturbaron sus mentes mucho más de lo que querían admitir.

La segunda mañana, después de que él se fuera a trabajar, ella salió a la parte de atrás y miró el jardín. El lugar era un desastre: medio acre de tierra, todos esos árboles, maleza por todas partes y las hojas muertas del otoño bailando lentamente alrededor de la vieja casa. Se paró en un pequeño montículo y contempló los graves gabletes grises de otro siglo. De repente se sintió sola. No era solo el aislamiento, la sensación de estar a media milla del vecino más cercano por un camino de tierra. Era más como si fuera una intrusa, una intrusa en el pasado. La brisa fría, los árboles moribundos, el cielo sombrío eran bienvenidos; pertenecían a la casa. Ella era la forastera, porque era joven, porque estaba viva.

Lo sintió todo, pero no lo pensó. Reconocer esas sensaciones sería reconocer el miedo. Miedo a estar sola. O, peor aún, miedo a no estar sola. Porque, mientras estaba allí, la puerta trasera se cerró. Oh, fue el viento de otoño, de acuerdo. A pesar de que la puerta no golpeó ni se cerró de golpe. Simplemente se cerró. Tenía que ser el viento. No había nadie en la casa, nadie para cerrar la puerta.

Buscó la llave de la puerta en el bolsillo de su bata y luego se encogió de hombros al recordar que la había dejado en el fregadero de la cocina. De todos modos no planeaba entrar aún. Quería mirar más allá del patio, más allá del lugar donde había estado el jardín y donde tenía la intención de que floreciera un jardín la próxima primavera. Tenía medidas que tomar, estimaciones, y cien cosas que hacer ahí afuera. Y, sin embargo, cuando la puerta se cerró, supo que tenía que entrar. Algo estaba tratando de dejarla fuera, dejarla fuera de su propia casa. Algo estaba luchando contra ella, luchando contra toda idea del cambio. Tuvo que defenderse.

Así que caminó hacia la puerta, giró el picaporte y lo encontró bloqueado, como esperaba. Se perdió el primer round. Pensó en la ventana de la cocina. Estaba a la altura de los ojos, y una pequeña caja serviría para ponerla al alcance de la mano. La ventana estaba abierta unas buenas diez pulgadas y no tuvo problemas para insertar las manos para levantarla más.

No se movió.

La ventana debía estar atascada. Pero acababa de abrirla con bastante facilidad antes de salir; además, habían probado todas las ventanas y las encontraron en buenas condiciones. Ella tiró de nuevo. Esta vez la ventana se elevó unas buenas seis pulgadas y luego… algo se deslizó. La ventana cayó como la hoja de una guillotina y ella sacó las manos justo a tiempo. Se mordió el labio, envió fuerza a través de sus hombros y levantó la ventana una vez más.

Esta vez se quedó mirando el cristal. El vidrio era transparente, ordinario. Lo había lavado ayer y sabía que estaba limpio. No había habido borrosidad, ni sombra, y ciertamente ningún movimiento. Pero ahora había movimiento. Algo turbio, algo obscenamente opaco, se asomó por la ventana, se asomó por sí mismo y presionó la ventana contra ella. Algo igualó su fuerza para dejarla fuera.

De repente, histéricamente, se dio cuenta de que estaba mirando su propio reflejo a través de las sombras de los árboles. Por supuesto, tenía que ser su propio reflejo. No había ninguna razón para que ella cerrara los ojos y sollozara mientras levantaba la ventana y medio se tambaleaba camino a la cocina.

Estaba dentro y sola. Nada de qué preocuparse. Nada por lo que preocuparse. Ella no se lo contaría.

Él tampoco.

El viernes por la tarde, cuando ella tomó el auto y fue a la ciudad a comprar comestibles y licores para la fiesta del día siguiente, él se quedó en casa y arregló los detalles finales para establecerse. Subió todas las bolsas de ropa de verano al desván para sacarlas del camino. Y así fue como abrió el pequeño cubículo debajo del hastial delantero. Estaba buscando el armario del ático; dejó las bolsas y comenzó a buscar a lo largo de la pared con una linterna. Entonces notó la puerta y el candado.

El polvo y el óxido contaron su propia historia; nadie había venido por aquí durante mucho, mucho tiempo. Volvió a pensar en Hacker, el simplista agente inmobiliario que había gestionado el alquiler del lugar. «Ha estado desocupada varios años y necesita un poco de arreglo», había dicho Hacker. Al parecer, nadie había vivido en la casa durante una edad. A lo mejor podía forzar la cerradura con una lima común.

Bajó las escaleras y regresó rápidamente, notando mientras lo hacía que el polvo del ático también contaba su propia historia. Aparentemente, los antiguos ocupantes se habían ido con algo de prisa: había escombros esparcidos por todas partes, y las franjas y los remolinos marcaban el polvo para indicar que las pertenencias habían sido arrastradas de manera desordenada.

Bueno, tenía todo el invierno para arreglar las cosas, y ahora mismo se conformaba con guardar las bolsas de ropa. Sujetándose la linterna a su cinturón, se inclinó sobre la cerradura con la lima en la mano y probó su habilidad en el allanamiento de morada.

La cerradura saltó. Tiró de la puerta, la abrió, inhaló una ráfaga de humedad mohosa, luego levantó el flash y dirigió el haz hacia el largo y estrecho armario. Mil astillas de plata se clavaron en sus globos oculares. Un fuego dorado y brillante chamuscó sus pupilas. Tiró de la linterna hacia atrás y envió el haz hacia arriba. Una vez más, lanzas de luz entraron en sus ojos.

De repente ajustó su visión y comprensión. Se quedó mirando una habitación llena de espejos. Colgaban de cuerdas, yacían en los rincones, se colocaban a lo largo de las paredes en filas.

Había un espejo de cuerpo entero, alto y majestuoso, colocado en una puerta; un par de óvalos de vidrio cilindrado insertados en encimeras anticuadas; un panel de vidrio, e incluso un botiquín de baño completo y desmontado, similar al que acababan de instalar. Y el suelo estaba revestido de espejos de mano de todos los tamaños y formas. Observó un espejo adornado con mango de plata sacado directamente del tocador de una mujer. Y había espejos de bolsillo, espejos de todos los tamaños y formas.

Contra la pared del fondo había toda una serie de losas de espejo que parecían haber estado montadas alguna vez en la pared de un dormitorio.

Miró medio centenar de superficies plateadas, medio centenar de reflejos de su propio rostro desconcertado. Y volvió a pensar en Hacker, en su inspección de la casa. Había notado la ausencia de un botiquín en ese momento, pero Hacker lo había pasado por alto. De alguna manera, no se había dado cuenta de que no había espejos de ningún tipo en la casa; por supuesto, no había muebles, pero aun así uno podría esperar un panel de puerta en un lugar tan antiguo.

¿Sin espejos? ¿Por qué? ¿Y por qué estaban todos apilados aquí arriba, bajo llave?

Era interesante A su esposa podrían gustarle algunos de estos, ese espejo con mango plateada, por ejemplo.

Tendría que contarle sobre esto.

Entró con cautela en el armario, arrastrando las bolsas de ropa detrás de él. No parecía haber ningún tendedero aquí, ni ningún gancho. Amontonó las bolsas, agachándose, y la linterna brilló en mil superficies que le devolvieron facetas de fuego a la cara.

Entonces el fuego se apagó. Las superficies plateadas se oscurecieron extrañamente. Por supuesto, su reflejo los estaba cubriendo. Su reflejo y algo más oscuro. Algo humeante y arremolinado, algo que formaba parte de la mohosa humedad, algo que ahogaba el armario con su presencia.

Estaba detrás de él, no, a un lado, no, frente a él, a su alrededor, estaba creciendo y creciendo y ocultándolo, lo estaba haciendo sudar y temblar y ahora lo estaba haciendo jadear y salir corriendo del armario y dar un portazo y presionar con todas sus fuerzas menguantes.

Claustrofobia. Eso era todo. Solo claustrofobia, un nombre elegante para los nervios. Un hombre se pone nervioso cuando está encerrado en un espacio pequeño. De hecho, un hombre se pone nervioso cuando se mira demasiado tiempo en un espejo.

¡Y mucho más en cincuenta espejos!

Se quedó allí, de pie, temblando. Para mantener su mente ocupada, y apartar lo que acababa de ver a medias, sentir a medias, saber a medias, pensó en los espejos por un momento. Sobre mirarse en los espejos. Las mujeres lo hacían todo el tiempo. Los hombres eran diferentes.

Los hombres, incluido él mismo, parecían ser conscientes de los espejos. Podía recordar haber entrado en una tienda de ropa y verse a sí mismo en uno de los complicados arreglos que permitían una vista lateral y trasera. ¡Qué sorpresa había sido la primera vez, y todas las veces, para el caso! Un hombre se ve diferente en un espejo. No de la forma en que se imagina a sí mismo que es. Un espejo distorsiona. Por eso los hombres tararean, cantan y silban mientras se afeitan. Para mantener sus mentes fuera de sus reflexiones. De lo contrario, se volverían locos. ¿Cómo se llamaba ese personaje de la mitología griega que estaba enamorado de su propia imagen? Narciso. Mirando una piscina durante horas.

Sin embargo, las mujeres podían hacerlo. Porque las mujeres nunca se ven a sí mismas, no en realidad. Ven una idealización, una visión. Polvo, colorete, pintalabios, máscara de pestañas, sombra de ojos, brillantina o simplemente un vacío al que se deben aplicar estos elementos. Las mujeres estaban un poco locas de todos modos. Tienen que estarlo para amar a sus hombres.

Tal vez era mejor que no se lo contara. Al menos, no hasta que consultara con el agente inmobiliario, Hacker. Quería saber sobre este asunto. Algo estaba mal, en alguna parte. ¿Por qué los dueños anteriores habían guardado todos los espejos aquí?

Empezó a caminar de regreso por el desván, obligándose a ir despacio, a pensar en algo, en cualquier cosa, excepto en el susto que había tenido en la habitación de los reflejos. ¿Quién le teme al gran reflejo malo? Otro mito, ¿no? Vampiros. No tienen reflejos. «Dime la verdad, Hacker. ¿Las personas que construyeron la casa eran vampiros?»

Ese era un pensamiento agradable para tener en el crepúsculo, para abrazar contra tu pecho en la penumbra mientras los pisos crujen y las persianas golpean y la noche cae en la casa de las sombras donde algo mira por las esquinas y te sonríe en los espejos.

Se sentó allí esperando que ella volviera, y encendió todas las luces, también encendió la radio y dio gracias a Dios por no tener un televisor porque había una pantalla y la pantalla daba un reflejo, y el reflejo podría ser algo que él no quería ver.

Pero no hubo más problemas esa noche, y cuando ella llegó a casa con sus paquetes, él ya estaba bajo control. Comieron y hablaron con toda naturalidad. Nadie pensaría que tenían miedo.

Hicieron los preparativos para la fiesta, llamaron a algunas personas por teléfono y, de improviso, sugirió invitar a Hacker también. Luego se fueron a la cama. Las luces estaban apagadas y eso significaba que los espejos estaban oscuros y podía dormir.

Solo que por la mañana era difícil afeitarse. Y él la descubrió, sí, la descubrió maquillándose en la cocina, usando el pequeño compacto de su bolso y ahuecando cuidadosamente sus manos contra los reflejos.

Pero él no se lo contó y ella tampoco; y si adivinó sus secretos, guardó silencio.

Él se fue al trabajo y ella hizo canapés, y si a veces durante el largo, oscuro y triste sábado la casa gemía, crujía y susurraba, eso era de esperarse.

La casa estaba lo suficientemente tranquila cuando llegó, de alguna manera, eso fue peor. Era como si algo estuviera esperando a que cayera la noche. Es por eso que ella se vistió temprano, tarareando todo el tiempo mientras se empolvaba y arreglaba, girando frente al espejo (no se puede ver claramente si se gira). Por eso se encargó de que ambos tuvieran bebidas fuertes (no se puede ver claramente si se bebe).

Y luego llegaron los invitados. Los Teters, quejándose del sinuoso camino que atravesaba las colinas. Los Valliant, exclamando sobre los paneles antiguos y los techos altos. Los Ehr, gritando y riendo, con Vic comentando que el lugar parecía diseñado por Charles Addams. Esa era una señal para una bebida, y cuando llegaron Hacker y su esposa, la radio a todo volumen encontró una amplia competencia con las voces de los invitados.

Él bebió y ella bebió, pero no pudieron dejar de hablar entre ellos. Ese comentario sobre Charles Addams fue malo, y hubo otras cosas. Pequeñas cosas. Los Talmadge habían traído flores y ella fue a la cocina para colocarlas en un jarrón de cristal tallado. Había facetas en el cristal, y mientras estaba en la cocina, momentáneamente sola, y llenaba el jarrón con agua del grifo, el cristal se oscureció bajo sus dedos y algo se asomó. Ella se dio la vuelta, rápidamente, y estaba sola. Completamente sola, sosteniendo cien ojos desnudos en sus manos.

Así que dejó caer el jarrón, y los Ehr y Talmadge y Hacker y Valliant salieron en tropel a la cocina, y él vino también. Talmadge la acusó de beber y eso fue motivo suficiente para otra ronda.

No dijo nada, pero consiguió otro jarrón para las flores. Cuando alguien sugirió un recorrido por la casa, lo desanimó.

—Aún no hemos arreglado las cosas arriba —dijo—. Es un desastre, y estarías golpeando cajas y esas cosas.

—¿Quién está ahí arriba? —preguntó la señora Teters, entrando en la cocina con su marido—. Acabamos de escuchar un estruendo horrible.

—Algo debe haberse caído —sugirió el anfitrión. Pero él no miró a su esposa mientras hablaba, y ella no lo miró a él.

—¿Qué tal otra bebida? —preguntó ella.

Mezcló y sirvió a toda prisa, y antes de que los vasos estuvieran medio vacíos, él se hizo cargo y preparó otra ronda. El licor ayudó a que la gente siguiera hablando y, si hablaban, ahogarían otros sonidos.

La estratagema funcionó. Gradualmente, el grupo regresó a la sala de estar de a dos y de a tres, y la radio sonó a todo volumen y las risas aumentaron y las voces balbucearon para amortiguar los ruidos de la noche.

Él sirvió y ella sirvió, y ambos bebieron, pero el alcohol no surtió efecto. Se movían con cuidado, como si sus cuerpos fueran vasos quebradizos, sin fondo, a la espera de ser hechos añicos por algún sonido repentino y estridente. Los vasos contienen licor, pero nunca se emborrachan.

Pero los invitados no eran vasos; bebieron y se embriagaron. La gente se movía, entraba y salía, y muy pronto el señor Valliant y la señora Talmadge se embarcaron en su propio recorrido privado por arriba. Fue irregular y sin escolta, pero afortunadamente nadie se dio cuenta de su ausencia. Al menos, no hasta que la señora Talmadge bajó corriendo las escaleras y se encerró en el baño.

Su anfitriona la vio pasar por la puerta y la siguió. Llamó a la puerta, consiguió que la dejaran pasar y se dispuso a hacer discretas averiguaciones. Ninguna era necesaria. La señora Talmadge, llorando y retorciéndose las manos, cayó sobre ella.

—¡Ese fue un truco sucio! —sollozó—. Acercándose y escabulléndose entre nosotros… Admito que nos estábamos besando un poco, pero eso es todo. Y no es que no le hiciera suficientes pases a Gwen Hacker. Lo que quiero saber es, ¿de dónde sacó la barba? Me asustó.

—¿Que es todo esto? —preguntó ella, sabiendo lo que era y temiendo las palabras que vendrían.

—Jeff y yo estábamos en el dormitorio, parados en la oscuridad, lo juro, y de repente miré por encima del hombro al espejo porque la luz comenzó a entrar desde el pasillo. Alguien había abierto la puerta y pude ver el cristal y su rostro. Oh, sí que era mi marido, pero tenía barba y la forma en que entró sigilosamente, mirándonos...

Los sollozos ahogaron el resto. La señora Talmadge tembló tanto que no se dio cuenta de que estos sacudieron el cuerpo de su anfitriona. Ella, por su parte, se esforzó por escuchar el resto.

—Se escabulló de nuevo antes de que pudiéramos hacer algo, pero espera hasta que lo lleve a casa. Asustarme de muerte solo porque está loco de celos… la expresión de su rostro en el espejo…

Ella tranquilizó a la señora Talmadge. La consoló, la aplacó. Pero no había nada para calmar su propia agitación.

Aun así, ambas habían recuperado una apariencia de cordura cuando se aventuraron a salir al salón para unirse a la fiesta, justo a tiempo para escuchar la voz agitada del señor Talmadge resonando sobre las respuestas emocionadas del resto.

—Así que estoy parado allí en el baño y esta vieja bruja se acerca y comienza a hacer muecas por encima de mi hombro en el espejo. ¿Qué tipo de casa tienes aquí?

El creyó que era gracioso. Los demás también. La mayoría de los demás. El anfitrión y la anfitriona se quedaron allí sin atreverse a mirarse. Sus sonrisas se estaban resquebrajando. El vidrio es frágil.

—¡No te creo! —dijo Gwen Hacker. Había bebido de más—. Voy a subir y ver por mí misma —le guiñó un ojo a su anfitrión y se dirigió hacia las escaleras.

—¡Oye, espera!

Era demasiado tarde. Ella pasó tambaleándose a su lado.

—Bromas de Halloween —dijo Talmadge, dándole un codazo—. Admito que la vieja tenía un peinado elegante. ¿Qué nos cocinas aquí?

Empezó a balbucear algo, cualquier cosa, para detener la avalancha de estúpidas preguntas. Se acercó a él, queriendo escuchar, queriendo creer, queriendo hacer cualquier cosa menos pensar en Gwen Hacker, arriba, completamente sola. Arriba mirándose en un espejo y esperando ver…

Entonces llegaron los gritos. Ni sollozos, ni risas, sino gritos. Subió los escalones de a dos. El obeso señor Hacker estaba justo detrás de él, y los demás avanzaban rezagados, en silencio. Se oía el sonido de pies sobre la escalera, el sonido de una respiración agitada y, por encima de todo, el continuo chillido agudo de una mujer que se enfrentaba a un terror demasiado grande para contenerlo.

Rezumaba de la voz de Gwen Hacker, rezumaba de su cuerpo mientras se tambaleaba y medio caía en los brazos de su marido en el pasillo. La luz salía del baño, y caía sobre el espejo que estaba vacío de todo reflejo, caía sobre su rostro que estaba vacío de toda expresión.

Se apiñaron alrededor de los Hacker (él y ella estaban a cada lado y los demás agrupados en el frente) y avanzaron por el pasillo hasta el dormitorio y ayudaron al señor Hacker a colocar a su esposa en la cama. Se había desmayado, alguien murmuró algo sobre un médico, y alguien más dijo que no, que no hacía falta, estará bien en un minuto, y alguien más dijo: bueno, creo que será mejor que nos tranquilicemos.

Por primera vez todo el mundo pareció ser consciente de la vieja casa y la oscuridad, y la forma en que los pisos crujían y las ventanas traqueteaban y los postigos se golpeaban.

De repente todos estaban sobrios, solícitos y extremadamente ansiosos por irse.

Hacker se inclinó sobre su esposa, rozándole las muñecas, obligándola a tragar agua, observándola sollozar mientras salía del vacío. El anfitrión y la anfitriona se procuraron sombreros y abrigos en silencio y escucharon expresiones de arrepentimiento cortés, despedidas apresuradas y pretextos mal formulados al estilo: «lo pasamos de maravilla, cariño».

Los Teters, Valliant, Talmadge fueron tragados por la noche. Él y ella volvieron arriba, al dormitorio ya los Hacker. Estaba demasiado oscuro en el pasillo y demasiado claro en el dormitorio. Pero allí estaban, esperando. Y no esperaron mucho.

La señora Hacker se incorporó de repente y empezó a hablar. A su marido, a ellos.

—La vi —dijo—. ¡No me digas que estoy loca, la vi! De puntillas detrás de mí, mirándose directamente al espejo. Con el mismo lazo azul en el pelo, el que llevaba el día que…

—Por favor, querida —dijo el señor Hacker.

Ella no complació.

—Pero la vi. ¡Mary Lou! Me hizo una mueca en el espejo y está muerta, sabes que está muerta, desapareció hace tres años y nunca encontraron el cuerpo... Mary Lou Dempster. Ella jugaba por aquí, sabes que lo hizo, y Wilma Dempster le dijo que se mantuviera alejada, sabía todo sobre esta casa, pero no lo haría y ahora, ¡oh, su cara!

Más sollozos.

Hacker le dio una palmadita en el hombro. Parecía como si pudiera aceptar algunas palmaditas en su propio hombro. Pero nadie se las dio. Él se quedó allí, ella se quedó allí, todavía esperando. Esperando el resto.

—Díselo —dijo la señora Hacker—. Diles la verdad.

—Está bien, pero prefiero llevarte a casa.

—Esperaré. Quiero que les digas. Debes hacerlo ahora.

Hacker se sentó pesadamente. Su esposa se apoyó en su hombro.

—No sé cómo empezar, cómo explicarlo —dijo el gordo señor Hacker—. Probablemente sea mi culpa, por supuesto, pero no lo sabía. Toda esta tontería sobre las casas embrujadas: ya nadie cree en esas cosas. Todo lo que hacen es bajar los valores de las propiedades, así que no dije nada. ¿Puedes culparme? Lo sé. Debería habértelo dicho. Sobre la casa, quiero decir. Por qué no se ha alquilado durante veinte años. Es una vieja historia en el vecindario. La habrías escuchado tarde o temprano de todos modos.

—Adelante —dijo la señora Hacker.

De repente, ella volvió a ser fuerte y él, con sus barbillas temblorosas, era débil.

El anfitrión y la anfitriona se pararon frente a ellos, quebradizos como el cristal, mientras las palabras salían a borbotones y los llenó hasta rebosar. Él y ella, mirando y escuchando, llenándose del conocimiento de lo que habían esperado.

Era la Casa Bellman en la que vivían, la casa que Job Bellman construyó para su novia en los años sesenta; la casa donde su novia había dado a luz a Laura y había recibido la muerte a cambio. Y Job Bellman había trabajado duro durante los años setenta mientras su hija se convertía en niña, descansaba en un retiro complaciente durante los años ochenta cuando Laura Bellman florecía hasta convertirse en la belleza reinante del condado, algunos decían que el estado, pero la adulación era común en los hombres en esos días.

Hubo hombres en abundancia, yendo y viniendo durante esa década; cruzando el salón con botas lustradas, haciendo reverencias y acariciando bigotes con brillantina, sonriendo al viejo Job, sonriendo a los sirvientes y mirando con adoración embelesada a Laura.

Laura lo tomó todo como lo que le correspondía por derecho, pero por el amor de Dios, nunca pensaría en eso, no, no mientras papá todavía viviera, y no, no podía, era demasiado joven para casarse. Siempre había pensado que era mucho más agradable ser solo amigos…

Luz de luna, bailes, fiestas, paseos, trineos, dulces, flores, regalos, cotillones, ponche, abanicos, lunares, modistas, rulos, mandolinas, ciclismo y los años que se fueron. Y luego, un día, el viejo Job estaba muerto en la cama con dosel del piso de arriba. Llegaron el doctor y el ministro, y luego el abogado tosiendo con precisión, y su charla sobre herencias y propiedades e ingresos anuales.

Luego se quedó sola, sólo ella, los sirvientes y los espejos. Laura y sus espejos. Espejos en la mañana, y la inspección cuidadosa, el escrutinio. Espejos en la noche antes de que llegara la persona que llamaba, antes de que llegara el carruaje, antes de que ella se alejara a toda velocidad hacia otra entrada triunfal, otro descenso de la escalera revoloteando y haciendo piruetas. Espejos al alba, absorbiendo las sonrisas, escuchando los secretos, el relato del triunfo de la tarde.

—Espejito, espejito, ¿quién es la más hermosa de todas?

Los espejos le decían la verdad, los espejos no mentían, los espejos no tocaban ni agarraban ni susurraban ni exigían nada a cambio del reconocimiento de la belleza.

Pasaron los años, pero los espejos no envejecieron, no cambiaron. Y Laura no envejecía. Las personas que llamaban eran menos y algunas de ellas estaban extrañamente alteradas. Parecían mayores de alguna manera. Y, sin embargo, ¿cómo podría ser eso? Porque Laura Bellman aún era joven. Los espejos lo decían y siempre decían la verdad. Laura pasaba cada vez más tiempo con los espejos. Empolvar, buscar arrugas, teñir y rizar su larga melena. Pestañas sonrientes, revoloteando, haciendo pequeñas muecas delicadas. Girando con delicadeza, posando ante su propia perfección.

A veces, cuando llegaban las personas que llamaban, enviaba un mensaje de que no estaba en casa. Parecía una tontería dejar los espejos. Después de un tiempo no hubo muchas personas de las que preocuparse. Los sirvientes iban y venían, algunos de ellos morían, pero siempre había otros nuevos. Quedaron Laura y los espejos. Los noventa fueron verdaderamente alegres, pero de una manera que otras personas no entenderían. ¡Cómo reía Laura, meciéndose en la cama, compartiendo sus vertiginosos secretos con el cristal!

Los años pasaron volando, pero Laura simplemente se reía.

Se reía y reía cuando los sirvientes le hablaban. Porque algo andaba mal con los sirvientes, y con el doctor Turner que venía a visitarla y siempre estaba fastidiado por irse a descansar.

Pensaban que se estaba volviendo vieja, pero no era así: los espejos no mentían. Llevaba la dentadura postiza y la peluca para complacer a los demás, a los forasteros, pero en realidad no los necesitaba. Los espejos le decían que no había cambiado. Hablaban con ella, y ella nunca dijo una palabra. Simplemente se sentaba, asintiendo y balanceándose ante ellos en la habitación que apestaba, acariciando su cuello y escuchando decir a los espejos que no desperdiciara su belleza en el mundo. Pero ella nunca se iría de aquí, nunca; ella y los espejos siempre estarían juntos.

Y luego llegó el día en que trataron de llevársela, y de hecho le pusieron las manos encima, a ella, a Laura Bellman, ¡la mujer más hermosa del mundo! ¿Era de extrañar que luchara, arañara, pateara, gimiera, y golpeara de tal manera que uno de los sirvientes se estrellara de cabeza contra el hermoso cristal y se golpeara la estúpida cabeza y muriera, con su sangre repugnante manchando la imagen de su perfección?

Por supuesto, todo fue un error estúpido y no fue su culpa. El doctor Turner se lo dijo al magistrado. Laura no tenía que verlo y no tenía que salir de casa. Pero cerraban la puerta de su habitación y le quitaron todos los espejos.

¡Le quitaron todos los espejos!

La dejaron sola, enjaulada, una anciana flacucha, marchita, arrugada y sin reflejos. Le quitaron los espejos y la dejaron: vieja y asustada.

La noche que lo hicieron, ella lloró. Lloró y cojeó por la habitación, tropezando ciegamente en un lacrimógeno recorrido por la nada. Fue entonces cuando se dio cuenta de que era vieja y nada podía salvarla. Porque se topó con la ventana y apoyó su frente arrugada contra el frío cristal. La luz venía de detrás de ella y cuando se alejó pudo ver su reflejo en la ventana.

La ventana, ¡también era un espejo! Miró en él, contempló larga y amorosamente el rostro surcado por las lágrimas de la anciana fantásticamente maquillada y vio el rostro del cadáver preparado para la tumba por un embalsamador loco.

Todo le dio vueltas. Era su casa, conocía cada centímetro, desde el día de su nacimiento en adelante, la casa era parte de ella. Había vivido aquí desde siempre y para siempre. Pero esto, esta obscenidad, no era su rostro. Solo un espejo podría mostrárselo, y nunca más volvería a haber un espejo para ella. Por un instante contempló la verdad y luego, afortunadamente, el cristal reluciente de la ventana se alteró y una vez más miró a Laura Bellman, la belleza más orgullosa de todas. Se irguió, dio un paso atrás y se puso a bailar. Ella bailó hacia adelante, con una remilgada sonrisa en sus labios. Bailó contra el vidrio de la ventana, atravesándolo hasta la mitad, hasta que astillas afiladas le desgarraron el cuello.

Así murió y así la encontraron.

Llegó el Doctor, y los sirvientes y el Abogado hicieron lo que se debía hacer. La casa fue vendida, luego vendida de nuevo. Cayó en manos de una agencia de alquiler. Hubo inquilinos, pero no por mucho tiempo. Tenían problemas con los espejos.

Un hombre murió —de un infarto, dijeron— mientras se ajustaba la corbata una noche. Bastante grotesco, pero se había quejado con la gente del pueblo sobre extraños sucesos, y su esposa les hablaba a todos.

Un maestro de escuela que alquiló el lugar en los años veinte «falleció» en circunstancias que el doctor Turner nunca consideró oportuno relatar. Había ido a la agencia de alquiler y les había rogado que retiraran el lugar del mercado; eso era casi innecesario, ya que la casa Bellman tenía su reputación firmemente establecida.

Nunca se sabría si Mary Lou Dempster había desaparecido allí o no. Pero la niña había sido vista por última vez hacía un año en el camino que conducía a la casa y, aunque se hizo una búsqueda y no se descubrió nada, se habló mucho. Luego, los nuevos herederos habían intervenido enérgicamente con sus comentarios negativos y sus ásperas desestimaciones de los consejos, y la casa había sido limpiada y puesta en alquiler. Así llegaron él y ella a vivir allí. Esa fue la historia, toda la historia.

El señor Hacker rodeó a Gwen con el brazo, carraspeó y la ayudó a levantarse. Se disculpó, se avergonzó, fue deferente. Sus ojos nunca se encontraron con los de su inquilino.

El marido se interpuso.

—Nosotros también nos vamos de aquí, ahora mismo —dijo—. Con o sin arrendamiento.

—Eso puede ser organizado. Pero no puedo encontrarte otro lugar esta noche, y mañana es domingo.

—Haremos las maletas y saldremos de aquí mañana. Iremos a un hotel, a cualquier parte. Pero nos vamos.

—Te llamaré mañana —dijo Hacker—. Estoy seguro de que todo estará bien. Después de todo, te has quedado aquí durante la semana y nada, quiero decir, nadie ha…

Sus palabras se apagaron. No tenía sentido decir nada más. Los Hacker se fueron y ellos se quedaron solos.

Solos los dos.

Solos los tres.

Pero ahora, él y ella, estaban demasiado cansados para preocuparse.

La inevitable decepción, producto del exceso de indulgencia y entusiasmo, estaba al alcance de la mano. No dijeron nada, porque no había nada que decir. No oyeron nada, porque la casa —y ella— guardaba un silencio sombrío.

Ella fue a al dormitorio y se desvistió. Él empezó a caminar por la casa. Primero fue a la cocina y abrió un cajón al lado del fregadero. Tomó un martillo y rompió el espejo de la cocina.

¡Tink-tink!

Ese fue el espejo en el pasillo.

Luego arriba, al baño. Golpe y tintineo de cristales rotos en el botiquín. Luego un golpe cuando rompió el panel de su habitación. Y ahora llegó a su dormitorio y golpeó con el martillo el enorme óvalo del tocador, haciéndolo pedazos.

No estaba cortado, no estaba emocionado, no estaba molesto. Y los espejos se habían ido. Hasta el último de ellos. Se miraron el uno al otro por un momento. Luego apagó las luces, se tumbó en la cama junto a ella y buscó dormir.

La noche avanzaba.

Todo era un poco tonto a la luz del día. Pero ella volvió a mirarlo por la mañana, y él entró en su habitación y sacó las maletas. Cuando ella tuvo el desayuno listo, él ya estaba tendiendo su ropa en la cama. Se levantó después de comer y sacó su propia ropa de los cajones, las perchas, los percheros y los ganchos. Pronto subiría al desván a buscar las bolsas de ropa. Los encargados de la mudanza podrían ser llamados mañana, o tan pronto como tuvieran un destino en mente.

La casa estaba en silencio. Si conocía sus planes, no estaba actuando. El día estaba sombrío y mantuvieron las luces apagadas por temor a los reflejos. Podría haber roto todos los vidrios, por supuesto, pero era un poco tonto. Y estarían fuera en breve.

Entonces oyeron el ruido. Goteo, burbujeo. Un sonido de chapoteo. Venía de abajo. Ella jadeó.

—Una tubería en el sótano —dijo él, sonriendo y tomándola por los hombros—. ¿Podrías echar un vistazo?

Ella se movió hacia las escaleras.

—¿Quieres que vaya yo? —preguntó él.

Ella negó con la cabeza y se alejó. Era su penitencia por jadear. Tenía que demostrar que no tenía miedo. Tenía que demostrárselo.

—Espera un minuto —dijo—. Voy a buscar las herramientas. Están en el maletero del coche.

Salió por la puerta trasera.

Ella se quedó indecisa y luego se dirigió a las escaleras del sótano. El chapoteo se hacía más fuerte. La tubería rota estaba inundando el sótano. Hacía un ruido raro, como una risa.

Él podía oírlo incluso cuando caminaba por la entrada y abría el maletero del coche. Estas casas viejas siempre tenían algo malo; él podría haberlo sabido. Tuberías reventadas, y…

Encontró la llave inglesa. Regresó a la puerta, escuchando el gorgoteo del agua, escuchando los gritos de su esposa.

¡Ella estaba gritando! Gritando en el sótano, gritando en la oscuridad.

Corrió, blandiendo la pesada llave inglesa. Bajó las escaleras, hacia la oscuridad, mientras los gritos lo desgarraban. Estaba atrapada, algo la tenía, luchaba, pero era demasiado fuerte, demasiado fuerte, y la luz se filtraba en el charco de agua junto a la tubería rota y en el reflejo vio su rostro y la negrura de otras caras arremolinándose a su alrededor, abrazándola.

Levantó la llave inglesa, la dejó caer sobre el charco negro, martillando y martillando y martillando hasta que los gritos se apagaron. Y luego se detuvo y la miró. El borrón oscuro se había desvanecido en el reflejo del agua, el reflejo que lo había evocado. Pero ella todavía estaba allí, y estaba quieta, y estaría quieta para siempre ahora. Sólo el agua se estaba poniendo roja donde su cabeza descansaba en ella. Y el extremo de la llave también estaba rojo.

Se dio cuenta de que ella se había ido. Ahora solo quedaban ellos dos. Él y eso.

Fue arriba. Subió las escaleras, todavía con la llave inglesa ensangrentada, y se dirigió al teléfono para llamar a la policía y explicárselo.

Se sentó en una silla frente al teléfono, pensando en lo que les diría, cómo se lo explicaría. No sería fácil. Ella estaba loca, ¿entienden?, y se miró en los espejos hasta que hubo más de ella en su reflejo que en su propio cuerpo. Entonces, cuando se suicidó, siguió viviendo, de alguna manera, y cobró vida en espejos o vidrios o cualquier cosa que se reflejara. Mató a otros o los llevó a la muerte y sus reflejos se unieron de alguna manera con los de ella para que esta cosa se hiciera más y más fuerte, absorbiendo la vida con ese horrible núcleo de orgullo que podía vivir más allá de la muerte. ¡Mujer, tu nombre es vanidad! Y eso, caballeros, es por lo que maté a mi esposa.

Sí, era una buena explicación, pero no aguantaría. Pensó en el agua: la piscina del sótano la había evocado. Podría haberlo sabido si tan solo se hubiera detenido a pensar, a reflexionar.

Y reflexionó en los reflejos. Esa era la palabra. Reflejar. La forma en que se reflejaba el cristal de la ventana que tenía delante.

Se quedó mirando el cristal, lo vio detrás de él, surgiendo de las sombras. Vio el rostro del hombre barbudo, los ojos inquisitivos, patéticos y vacíos de una niña pequeña, la mirada desorbitada y mueca de una anciana. No estaba allí, detrás de él, pero estaba vivo en el reflejo, y mientras se levantaba agarró la llave con fuerza. No estaba allí, pero él lo golpeaba, luchaba contra eso, lo enfrentaba de alguna manera.

Se dio la vuelta, moviéndose hacia atrás, el anillo de rostros de sombra presionando. Hizo girar la llave inglesa. Entonces vio su rostro asomándose por encima del resto. Su rostro, con astillas brillantes donde deberían estar los ojos. No podía derribarlo, no podía golpearlo de nuevo.

Se movió hacia adelante. Se movió hacia atrás. Su brazo salió hacia un lado. Escuchó el tintineo del vidrio de la ventana detrás de él y recordó vagamente que así había muerto la anciana. La forma en que se estaba muriendo ahora, cayendo por la ventana y cortándose el cuello, y el dolor lanzándose hacia arriba y hacia adentro, desgarrando su cerebro mientras colgaba allí en las puntas dentadas de vidrio, desangrando su vida.

Luego se fue.

Su cuerpo colgaba allí, pero ya no estaba. En el suelo había un pequeño charco que se movía y crecía. La luz del exterior brilló sobre él, y hubo un reflejo.

Algo emergió de las sombras ahora, emergió y cabrioleó recatadamente en la oscuridad. Tenía el rostro de una anciana y el rostro de un niño, el rostro de un hombre barbudo, y su rostro, y el rostro de ella, cambiando y mezclándose.

Hizo cabriolas y posturas, y luego se puso en cuclillas, chapoteando. Finalmente, solo en la casa vacía, se sentó allí y esperó. No había nada que hacer ahora más que esperar a que llegara el siguiente. Mientras tanto, siempre podía admirarse en ese creciente reflejo rojo en el suelo.

Robert Bloch (1917-1994)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Robert Bloch.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Robert Bloch: La casa hambrienta (The Hungry House), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Rapsodia húngara»: Robert Bloch; relato y análisis.


«Rapsodia húngara»: Robert Bloch; relato y análisis.




Rapsodia húngara (Hungarian Rhapsody) es un relato de vampiros del escritor Robert Bloch (1911-1994), publicado originalmente en la edición de junio de 1958 de la revista Fantastic [con el seudónimo Wilson Kane], y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1960: Agradables sueños y pesadillas (Pleasant Dreams—Nightmares).

Rapsodia húngara, uno de los cuentos de Robert Bloch menos conocidos, relata la historia de Solly Vincent, un mafioso retirado en una casa de campo, quien se entera de que su nueva vecina, una voluptuosa refugiada húngara, es propensa a retorcerse desnuda sobre un lecho de monedas de oro [ver: El cuerpo de la mujer en el Horror]

Cuando ella rechaza fríamente sus avances, Solly decide que la situación requiere acciones drásticas: robo, violación y asesinato. Sin embargo, el gángster descubrirá que el oro sobre el que duerme la mujer es un remanente de su tierra natal; y que ella es un Vampiro. No estoy seguro sobre este punto, pero creo Robert Bloch podría estar sugiriendo que esta «condesa húngara» es en realidad Elizabeth Bathory.

Aunque Robert Bloch se caracteriza por encontrar nuevos ángulos desde los cuales abordar el tema de los Vampiros, varias de sus historias presentan chupasangres relativamente tradicionales. Rapsodia húngara es evidentemente un relato de vampiros tradicional, pero sus personajes no lo son. Es cierto, Helene Esterhazy parece la típica Vampiresa, exhuberante y seductora, sin embargo, realmente no quiere problemas. De hecho, rechaza el primer avance de Solly, quizás porque es cautelosa y no quiere despertar sospechas sobre su verdadera identidad; sin embargo, cuando el Solly se revela como un criminal, forzando su entrada en la casa [en cierto modo, entrando sin ser invitado], Helene despliega su verdadera naturaleza vampírica:


[«Viniste de todos modos, ¿eh? —susurró ella—. Tenías que venir, ¿es eso? Bueno, aquí estás. Y aquí te quedarás. Te tendré como mascota. Eres grande y gordo. Durarás mucho, mucho tiempo.»]


Solly Vincent, en cambio, no es la típica víctima del Vampiro. Es un sujeto cruel, insensible, que está dispuesto a robar, violar y asesinar a una mujer solo porque ella lo rechazó. Si bien las monedas de oro son una tentación, Robert Bloch establace claramente que el dinero no es la motivación principal de Solly. Si Jonathan Harker es el paradigma de la víctima masculina retenida por una Vampiresa, Solly Vincent se encuentra en el otro extremo [ver: La verdad sobre las tres Vampiresas de Drácula]. Su destino no es ingrato.

Rapsodia húngara logra su objetivo a través de la austeridad. Si bien no es una historia «profunda», es oportuno recordar que Robert Bloch no estaba interesado en la ficción como herramienta de reflexión, sino en contar historias. Casi siempre cuenta historias interesantes, y casi siempre las cuenta bien. Creo que eso es todo lo que podemos pedirle a un escritor: que no decepcione dentro de sus propios términos.

Ahora bien, debajo de la aparente sencillez de Rapsodia húngara se agitan aguas profundas, como este impulso encarnado en Solly Vincent, estas ansias de violencia que brotan de sus instintos más bajos. Este sujeto pasa de cortejar a su vecina a intentar vejarla y torturarla hasta la muerte por haberlo rechazado [ver: El Machismo en el Horror]. Con un estilo minimalista y una voz directa, Robert Bloch consigue que esta transición psicológica sea eficaz, e incluso nos permite sentir cierta gratificación cuando Helene captura al protagonista para tenerlo como «mascota». Ambos [Solly y Helene] actúan de acuerdo a su naturaleza: los dos son asesinos implacables, ambos intentan ocultar esa naturaleza bajo una fachada, y ambos eventualmente terminan liberándola.

Rapsodia húngara de Robert Bloch es un relato de vampiros, no hay dudas de ello, pero el aspecto más interesante de la historia es cómo un relato de vampiros puede convertirse en un salto en picada hacia las motivaciones humanas más oscuras, como la codicia y violencia, terminando en una especie de parábola de castigo. Es cierto, Helene Esterhazy tiene a Solly Vincent atado como un cerdo listo para ser desangrado durante sucesivas noches hasta que su cuerpo ya no lo soporte [suponemos que un Vampiro debe saber cómo conservar una «mascota» durante un buen tiempo]. Ese es el castigo; pero, ¿es un castigo a la altura del crimen que el mafioso estaba a punto de cometer? No lo sé, y tampoco importa demasiado.

El estilo de Robert Bloch es tan directo y sencillo que el efecto final a menudo se percibe como algo humorístico. Quiero decir, en el curso de la historia el autor nos lleva a visitar los abismos de la decadencia, algún lugar entre lo cotidiano y lo imposible, pero el final es un poco agridulce, inexpresivo. En cualquier caso, uno de los principales placeres de los relatos de Robert Bloch es la facilidad con la que sus argumentos y personajes, aparentemente simplificados, en realidad desafían la caracterización exagerada de la literatura «seria».




Rapsodia húngara.
Hungarian Rhapsody, Robert Bloch (1911-1994)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Inmediatamente después del Día del Trabajo, el clima se volvió frío y toda la gente de las cabañas de verano se fue a casa. Cuando comenzó a formarse hielo en Lost Lake, no había nadie más que Solly Vincent.

Vincent era un hombre grande y gordo que había alquilado una casa para todo el año a principios de esa primavera. Llevaba camisetas deportivas llamativas durante todo el verano, y aunque nadie lo vio cazando o pescando, los fines de semana entretenía a muchos invitados de la ciudad en su casa. Lo primero que hizo cuando alquiló la casa fue poner un gran cartel que decía SONOVA BEACH. La gente que iba se lo pasó bomba.

Pero no fue hasta el otoño que empezó a venir al pueblo y darse a conocer. Luego empezó a pasar por Doc's Bar una o dos noches a la semana, jugando a las cartas con los clientes habituales en la trastienda.

Incluso entonces, Vincent no se abrió exactamente. Jugaba bien al póquer y fumaba buenos puros, pero nunca decía nada de sí mismo. Una vez, cuando Specs Hennessey le hizo una pregunta directa, dijo que venía de Chicago y que era un hombre de negocios jubilado. Pero nunca mencionó de qué negocio se había retirado.

La única vez que abrió la boca fue para hacer preguntas, y en realidad no lo hizo hasta la noche en que Specs Hennessey sacó la moneda de oro y la dejó sobre la mesa.

—¿Alguna vez han visto algo así antes? —le preguntó a la pandilla.

Nadie dijo nada, pero Vincent se acercó y la recogió.

—Alemana, ¿no? —murmuró—. ¿Quién es el tipo de la barba, el káiser?

Hennessey se rió entre dientes.

—Cerca —dijo—. Ese es el viejo Francisco José. Fue jefe del Imperio austrohúngaro. Eso es lo que me dijeron en el banco.

—¿Dónde la conseguiste, en una máquina tragamonedas? —preguntó Vincent.

Specs negó con la cabeza.

—Vino en una bolsa, junto con unas mil más.

Fue entonces cuando Vincent realmente comenzó a parecer interesado. Recogió la moneda de nuevo y la giró entre sus dedos rechonchos.

—¿Vas a contar lo que pasó? —preguntó.

Specs no necesitaba más estímulo.

—Algo divertido —dijo—. Estaba sentado en la oficina el miércoles pasado cuando apareció esta dama y me preguntó si yo era el hombre de bienes raíces y si tenía a la venta alguna propiedad en el lago. Así que dije que sí, la casa de campo de Schultz en Lost Lake, amueblada y todo, aunque con un costo elevado. Estaba listo para darle un discurso real, pero ella dijo que no importaba. ¿Podría mostrársela? Por supuesto, ¿qué tal mañana? Ella dijo: ¿por qué no ahora, esta noche?

»Así que le mostré el lugar y ella dijo que lo tomaría, así como así. Debería ver al abogado y preparar los papeles y ella regresaría el lunes por la noche y cerraría el trato. Efectivamente, apareció, cargando una gran bolsa de monedas. Tuve que llamar a Hank Felch desde el banco para averiguar qué eran y si eran buenas. Resulta que sí. Buenas como el oro — Specs sonrió—. Por eso sé lo de Francisco José.

Tomó la moneda de Vincent y se la guardó en el bolsillo.

—De todos modos, parece que vas a tener un nuevo vecino por ahí. La casa de Schultz está a solo media milla más abajo de la tuya. Y si yo fuera tú, iría corriendo y pediría prestada una taza de azúcar.

Vincent parpadeó.

—Crees que está cargada de dinero, ¿eh?

Specs negó con la cabeza.

—Tal vez sí, tal vez no —sonrió de nuevo—. Se llama Helene Esterhazy. Helene, con una e al final. Lo vi cuando firmó. Habla como uno de esos refugiados húngaros, imagino que eso es lo que es. Una condesa, tal vez, algún tipo de nobleza. Probablemente de detrás de la Cortina de Hierro y decidió esconderse en algún lugar donde los comunistas no pudieran encontrarla. Por supuesto, solo estoy suponiendo, porque ella no tenía mucho que decir por sí misma.

Vincent asintió.

—¿Cómo estaba vestida? —preguntó.

—Como un millón de dólares —Specs le sonrió—. ¿Estás pensando en casarte por dinero, o algo así? Te digo, una mirada a esta dama y te olvidarás de la pasta. Habla algo así como Zsa Zsa Gabor* [*actriz húngara-estadounidense]. Se parece un poco a ella también, solo que tiene el pelo rojo. Vaya, si no fuera un hombre casado, yo...

—¿Cuando dijo que se estaba mudando? —interrumpió Vincent.

—No lo dijo. Pero calculo que enseguida, en un día más o menos.

Vincent bostezó y se levantó.

—Oye, todavía no vas a renunciar, ¿verdad? La partida es joven…

—Estoy cansado —dijo Vincent—. Tengo que irme a la cama.

Y se fue a casa, y se acostó, pero no a dormir. No dejaba de pensar en su nueva vecina.

En realidad, Vincent no estaba muy complacido con la idea de tener a alguien como vecina, incluso si resultaba ser una hermosa refugiada pelirroja. Porque Vincent era algo así como un refugiado, y había venido al norte para alejarse de la gente; de todos excepto los pocos amigos especiales que invitaba durante los fines de semana de verano. Esas personas en las que podía confiar, porque eran antiguos socios comerciales. Pero siempre existía la posibilidad de toparse con antiguos rivales, y no quería ver a ninguno de ellos. Jamás. Algunos podrían albergar rencores, y en el negocio anterior de Vincent, un rencor podría generar problemas.

Por eso Vincent no dormía muy bien por las noches y por eso siempre guardaba un pequeño recuerdo de su antiguo negocio justo debajo de la almohada.

La historia de Specs sonaba legítima; la dama probablemente era una refugiada húngara. Aún así, todo el asunto podría ser complicado, una forma de acercarse a Vincent de la que nadie sospecharía. En cualquier caso, decidió que no perdería de vista la vieja cabaña de Schultz. Así que a la mañana siguiente volvió a la ciudad y se compró un par de binoculares, y al día siguiente los usó cuando el camión de mudanzas entró en el camino de la casa de Schultz a media milla de distancia.

La mayoría de las hojas se habían caído de los árboles y Vincent tenía una vista bastante clara desde la ventana de su cocina. El camión era pequeño, y solo estaban el conductor y un ayudante transportando un montón de cajas y cajones. Vincent no vio ningún mueble y eso lo desconcertó hasta que recordó que la cabaña de Schultz se había vendido amueblada. Aún así, se preguntó acerca de las cajas, que parecían ser bastante pesadas. ¿Podrían ser más monedas de oro? No podía decidirse. Siguió esperando a que la mujer llegara, pero ella no apareció, y después de un rato los hombres se subieron a su camión y se fueron.

Vincent observó la mayor parte de la tarde y no pasó nada. Luego se cocinó un bistec y se lo comió, mirando la puesta de sol sobre el lago. Fue entonces cuando notó la luz que brillaba desde la ventana de la cabaña. Debió haberse colado mientras él estaba ocupado en la cocina.

Sacó sus binoculares y los ajustó. Vincent era un hombre grande y tenía un temple poderoso, pero lo que vio casi hizo que los binoculares se le cayeran de los dedos. La cortina estaba levantada en su dormitorio y la mujer estaba acostada en la cama. Estaba desnuda, excepto por una cubierta de monedas de oro.

Vincent se estabilizó y apoyó ambas manos en el alféizar mientras entrecerraba los ojos a través de los binoculares.

No había error al respecto: vio a una mujer desnuda, revolcándose en una cama cubierta de oro. La luz reflejada en las monedas bailaba y deslumbraba a través de su cuerpo desnudo, irradiando un tono rojizo desde su largo cabello castaño. Estaba pálida, con los ojos muy abiertos y voluptuosamente hermosa, y su rostro ovalado con pómulos agudos y labios carnosos parecía transformado en una máscara de éxtasis lascivo mientras acariciaba su desnudez con puñados de oro reluciente.

Entonces Vincent supo que ella no era una farsante. Era una auténtica refugiada, de acuerdo, pero eso no era importante. Lo que era importante era la forma en que la sangre latía en sus sienes, la forma en que su garganta se tensaba hasta que casi se atragantó mientras la miraba toda esa belleza larga y esbelta, y el blanco, el rojo y el dorado.

Entonces se obligó a dejar los binoculares. Se obligó a tirar de la persiana y esperar hasta la mañana siguiente, aunque esa noche no descansó.

Se levantó muy temprano, afeitándose al ras, vistiéndose con el gab cruzado que ocultaba su barriga, usando la loción que le sobraba del verano cuando solía traer a los vagabundos de la ciudad. Y se puso su corbata nueva y su gran sonrisa, y caminó muy rápido hacia la cabaña y llamó a la puerta.

No hubo respuesta.

Llamó a la puerta una docena de veces, pero no pasó nada. Las persianas estaban bajadas y no se oía ningún sonido.

Por supuesto que podría haber forzado la cerradura. Si hubiera pensado que era una farsante, lo habría hecho en un momento, porque llevaba el recuerdo en el bolsillo del abrigo, listo para la acción. Y si hubiera tenido la idea de llegar a las monedas, también habría forzado la cerradura. Ese sería el momento ideal, cuando ella no estaba.

Sólo que a él no le importaba un comino el dinero. Lo que quería era a la mujer. Helene Esterhazy. Nombre con clase. verdadera clase. Una condesa, tal vez. Una pelirroja retorciéndose sobre un lecho de monedas de oro.

Vincent se fue después de un tiempo, pero se pasó todo el día sentado en la ventana y observando. Observando y esperando. Probablemente había ido a la ciudad a abastecerse de suministros. Tal vez también visitó el salón de belleza. Pero ella debería estar de vuelta. Tenía que volver. Y cuando lo hizo…

Esta vez la perdió, cerca del crepúsculo, cuando tuvo que ir al baño; pero cuando volvió a su puesto y vio la luz en la sala de estar, no dudó. Hizo la caminata de media milla en unos cinco minutos, resoplando un poco. Luego se obligó a esperar en el umbral un momento antes de llamar. Finalmente, su puño de jamón golpeó y ella abrió la puerta.

Se quedó allí, mirando sobresaltada en la oscuridad, y la luz de la lámpara desde atrás brilló a través de la transparencia de su largo vestido de anfitriona, luego llameó a través del largo cabello rojo que fluía suelto sobre sus hombros.

—¿Sí? —murmuró ella.

Vincent tragó dolorosamente. No pudo evitarlo. Parecía una chica de cien por noche; diablos, de mil por noche, un millón. Un millón en monedas de oro, y su cabello rojo como un velo. Eso era todo en lo que podía pensar, y no podía recordar las palabras que había ensayado, la línea que tan cuidadosamente había construido por adelantado.

—Mi nombre es Solly Vincent —se oyó decir—. Soy tu vecino, justo al final del lago. Escuché que te mudaste y pensé que debería, bueno, presentarme.

—Bien. Entonces…

Ella lo miró fijamente, sin sonreír, sin moverse, y él tuvo la corazonada de que ella sabía exactamente lo que había estado pensando.

—Tu nombre es Esterhazy, ¿no? Dime que eres húngara. Bueno, pensé que tal vez no conocías a nadie por aquí….

—Estoy bastante satisfecha aquí.

Aun así, ella no sonrió ni se movió. Sólo miraba como una estatua; una estatua fría, dura, malditamente hermosa.

—Me alegra escucharlo. Solo quise decir que tal vez te gustaría pasarte por mi casa para charlar. Tengo un poco de ese vino Tokay y un gran tocadiscos, ya sabes, cosas clásicas. Creo que Incluso tengo esa pieza, esa cosa de la Rapsodia Húngara, y…

¿Qué había dicho?

Porque de repente se estaba riendo. Riendo con los labios, con la garganta, con todo el cuerpo, riendo con todo menos con esos ojos verde hielo.

Luego se detuvo y habló, y su voz también era verde hielo.

—No, gracias —dijo ella—. Como decía, estoy bastante satisfecha aquí. Todo lo que pido es que no me molesten.

—Bueno, tal vez en otro momento…

—Permítame repetirlo. No deseo que me molesten. Ahora o en cualquier momento. Buenas noches, señor.

La puerta se cerró.

Ni siquiera recordaba su nombre. La perra engreída ni siquiera recordaba su nombre. A menos que hubiera pretendido olvidarlo a propósito; al igual que le cerró la puerta en la cara, para derribarlo.

Bueno, nadie menospreció a Solly Vincent. Ni en los viejos tiempos, ni ahora tampoco.

Caminó de regreso y, cuando llegó, volvió a ser él mismo. No el idiota que se había acercado a su puerta como un vendedor de cepillos con el sombrero en la mano. Y no el idiota que la había mirado a través de los binoculares como un niño con pantalones cortos. Era Solly Vincent, y no tenía por qué recordar su nombre si no quería. Él le mostraría quién era. Y pronto.

En la cama, esa noche, se dio cuenta de todo. Tal vez se había ahorrado mucho dolor al no involucrarse. Incluso si ella era una verdadera diosa, estaba más loca que un pastel de frutas. Extranjera loco, revolcándose en un montón de monedas. Todos estos refugiados estaban locos. Dios sabe lo que podría haber pasado si se hubiera mezclado con ella. No necesitaba una mujer, de todos modos. Un chico siempre podía tener una mujer, sobre todo si tenía dinero.

Dinero. Eso era lo importante. Ella tenía dinero. Él lo había visto. Probablemente esas cajas estaban llenas de monedas. No es de extrañar que se escondiera aquí; si los comunistas supieran sobre su botín, estarían justo en el lugar. Así lo calculó él, así lo había calculado Specs Hennessey, el hombre de bienes raíces.

Entonces, ¿por qué no?

Todo el plan se le ocurrió de inmediato. Conseguiría algunos contactos en la ciudad, tal vez Carney y Fromkin, ellos podrían mover cualquier cosa, incluso monedas de oro. El escenario era perfecto. Estaba completamente sola, no había nadie más alrededor en tres millas, y cuando terminara no habría preguntas. Parecería que los comunistas habían aparecido y derribaron el antro. Además, quería ver la expresión de su rostro cuando él entrara.

Podía imaginárselo ahora.

Se lo imaginó todo al día siguiente, cuando llamó a Carney y Fromkin y les dijo que fueran a eso de las nueve.

—Tengo un pequeño trato —dijo—. Se los diré cuando los vea.

Y todavía lo estaba imaginando cuando llegaron. Tal es así que Fromkin y Carney notaron que algo andaba mal.

—¿De qué se trata todo esto? —Carney quería saber.

Él solo se rió.

—Espero que tengas buenos resortes en tu Caddy —dijo—. Puede que tengas que transportar una gran carga de regreso a la ciudad.

—Dime —instó Fromkin.

—No hagas preguntas. Tengo algo de botín para vender.

—¿Dónde está?

—Lo estoy llamando ahora.

Y eso es todo lo que diría.

Les ordenó que se quedaran quietos, que esperaran allí en la casa hasta que él regresara. Podrían servirse bebidas si quisieran. Sólo tardaría media hora más o menos.

Luego salió.

No les dijo a dónde iba, y deliberadamente dio vueltas alrededor de la casa en caso de que se asomaran. Entonces se dirigió a la casa de campo por el camino. La luz brillaba en la ventana del dormitorio y era hora de que el niño errante volviera a casa.

Ahora realmente podía dejarse llevar, imaginándolo todo. La forma en que ella se vería cuando abriera la puerta, la forma en que se vería cuando él agarrara su vestido y se lo arrancara, la forma en que se vería cuando...

Pero se estaba olvidando del dinero.

Al diablo con el dinero. También conseguiría eso, sí, pero lo más importante era lo otro. Le mostraría quién era él. Ella lo sabría, antes de morir.

Vincent sonrió. Su sonrisa se amplió cuando notó que la luz en el dormitorio parpadeaba y expiraba. Iba a dormir ahora. Iba a dormir en su lecho de oro. Mucho mejor. Ahora ni siquiera se molestaría en llamar. Simplemente forzaría la puerta, la forzaría muy silenciosamente y la sorprendería.

Resultó que ni siquiera tuvo que hacer eso, porque la puerta estaba abierta.

Entró de puntillas, muy suavemente. La luz de la luna brillaba a través de la ventana para ayudarlo a encontrar el camino. Sintió otra vez el nudo en la garganta, pero no provenía de la confusión. Sabía exactamente lo que estaba haciendo, exactamente lo que iba a hacer. Se le hizo un nudo en la garganta porque estaba excitado, porque podía imaginarla allí, desnuda sobre el montón de monedas.

Porque él podía verla.

Abrió la puerta del dormitorio. La persiana estaba subida ahora, de modo que la luz de la luna caía sobre la blancura y el rojo y el brillo dorado, y era incluso mejor de lo que había imaginado porque era real.

Entonces los fríos ojos verdes se abrieron y por un momento lo miraron. De repente hubo un cambio. Los ojos eran de color verde llama ahora, y ella estaba sonriendo y extendiendo los brazos. ¿Estaba loca? Tal vez. Tal vez hacer el amor con todo ese dinero la excitaba. No importaba. Lo que importaba eran sus brazos, y su cabello como un velo rojo, y la cálida boca abierta y jadeante. Lo que importaba era saber que el oro estaba aquí y ella estaba aquí y él los iba a tener a ambos, primero a ella y luego al dinero.

Se arrancó la ropa y luego jadeó y se hundió para desgarrarla. Ella se retorció, sus manos resbalaron sobre las monedas y luego sus uñas se hundieron en la tierra debajo.

La suciedad debajo...

Había suciedad en su cama. Podía sentirla. Podía olerla, porque de repente ella estaba encima y detrás de él, presionándolo hacia abajo de modo que su cara estaba rozando la tierra. Él tiró, pero ella era muy fuerte, y sus dedos fríos estaban ocupados en sus muñecas, anudando algo con fuerza. Demasiado tarde trató de sentarse. Ella lo golpeó con algo. Algo frío y duro, algo que ella había sacado de su propio bolsillo; mi propia arma, pensó.

Entonces debió haberse desmayado por un minuto, porque cuando volvió en sí pudo sentir la sangre corriendo por un lado de su cara, y la lengua de ella, lamiéndola.

Ahora lo tenía apoyado en un rincón y le había atado las manos y las piernas al poste de la cama. No podía moverse. Lo supo porque lo intentó, Dios, cómo lo intentó. El olor a tierra estaba por todas partes en la habitación. Venía de la cama, y también de ella. Estaba desnuda y le estaba lamiendo la cara. Se estaba riendo.

—Viniste de todos modos, ¿eh? —susurró ella—. Tenías que venir, ¿es eso? Bueno, aquí estás. Y aquí te quedarás. Te tendré como mascota. Eres grande y gordo. Durarás mucho, mucho tiempo.

Vincent trató de apartar la cabeza.

Ella se rió de nuevo.

—No es lo que planeaste, ¿verdad? Sé por qué volviste. Por el oro. El oro y la tierra que traje conmigo para dormir, como lo hice en el viejo país. Duermo todo el día, pero por la noche me despierto. Y cuando vuelva a despertar, estarás aquí. Nadie nos encontrará ni nos molestará jamás. Es bueno que seas fuerte. Pasarán muchas noches antes de que termine.

Vincent encontró su voz.

—No —gruñó—. Nunca creí… debes estar bromeando, eres una refugiada...

Ella se rió de nuevo.

—Sí. Soy una refugiada. Pero no una refugiada política.

Entonces ella retrajo su lengua y Vincent vio sus dientes. Sus largos dientes blancos, moviéndose contra el costado de su cuello a la luz de la luna...

De vuelta en la casa, Carney y Fromkin se prepararon para subir al Cadillac.

—Él no se presentará, eso es seguro —dijo Carney—. Vamos a volar antes de que haya algún problema. Lo que sea que haya preparado, el trato salió mal. Lo supe en el momento en que vi su rostro. Tenía una mirada extraña, ya sabes, como si se hubiera vuelto loco.

—Sí —estuvo de acuerdo Fromkin—. Algo anda mal con el viejo Vincent. Me pregunto qué le está picando últimamente.

Robert Bloch (1911-1994)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Robert Bloch.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Robert Bloch: Rapsodia húngara (Hungarian Rhapsody), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El templo del Faraón Negro»: Robert Bloch; relato y análisis.


«El templo del Faraón Negro»: Robert Bloch; relato y análisis.




El templo del Faraón Negro (Fane of the Black Pharaoh) es un relato de terror del escritor norteamericano Robert Bloch (1917-1994), publicado originalmente en la edición de diciembre de 1937 de la revista Weird Tales, y luego reeditado en varias antologías; entre ellas: Misterios del gusano (Mysteries of the Worm) y El Ciclo de Nyarlathotep (The Nyarlathotep Cycle).

El templo del Faraón Negro, uno de los cuentos de Robert Bloch menos conocidos, relata la historia del descubrimiento de la mítica tumba de Nephren-Ka, un faraón proscrito, borrado de los registros históricos, quien eliminó la adoración a los tradicionales dioses egipcios e instauró el culto sangriento de Nyarlathotep [ver: El nido de Nyarlathotep]

SPOILERS:

El templo del Faraón Negro narra la historia del Capitán Carteret, un oficial militar retirado que sirvió en Egipto durante la guerra [presumiblemente la Primera Guerra Mundial, dada la fecha de publicación del relato], cuyo nombre recuerda intencionalmente a Howard Carter [descubridor de la tumba de Tutankamón]. La historia comienza cuando un misterioso egipcio [genérico y anónimo] se acerca a Carteret en medio de la noche, afirmando que su «hermandad» ha descubierto la ubicación del legendario del templo-tumba de Nephren-Ka, «faraón de una dinastía desconocida» que renunció a los dioses egipcios e instauró el culto a Nyarlathotep [ver: Relatos de terror de momias]

Los brutales sacrificios implementados por Nephren-Ka provocaron una revuelta, y se dice que el infame Faraón Negro fue destronado. Su sucesor destruyó todos los vestigios del reinado anterior. Se demolieron los templos e ídolos de Nyarlathotep y se expulsaron a todos sus sacerdotes. Robert Bloch parece estar basándose en Akhenatón, el faraón que intentó introducir el monoteísmo en Egipto y cuyo nombre y obras se borraron después de su muerte. En cualquier caso, Carteret inicialmente no cree en las noticias que trae el egipcio. Incluso después de aceptar una invitación a conocer la tumba de Nephren-Ka, sospecha una trampa. Se pregunta por qué, si esta «hermandad» conserva la memoria de Nephren-Ka, tal como afirma el egipcio, no entran ellos mismos en el templo. La respuesta es conveniente: una profecía.

La hermandad ha preservado las profecías de Nephren-Ka, concedidas a él por Nyarlathotep; y entre ellas se encuentra una que habla de Carteret entrando en la tumba y aprendiendo sus secretos. Aunque sigue manteniendo su escepticismo, la curiosidad del Carteret lo supera y, tal como lo anuncia la profecía, accede a entrar en el templo-tumba. No hace falta decir que el templo no tiene nada bueno en su interior, al menos no para Carteret.

Es interesante mencionar que, dentro del ámbito del relato pulp. el arqueólogo promedio solía ser retratado como una especie de científico aventurero. En El templo del Faraón Negro, Carteret palidece tan pronto como entra en la tumba de Nephren-Ka, y con muy buenas razones. La estupidez y la ambición personal lo han llevado a lo que evidentemente es una trampa. Sin embargo, supongo que la falta de lucidez de Carteret podría atribuirse al mesmerismo o control psíquico al que se hace referencia en la primera entrevista [se nos informa que el egipcio «asumió el total dominio psíquico de la situación»]. El destino de Carteret parece inevitable, pero Robert Bloch se toma su tiempo para llegar hasta ahí, tanto es así que el lector vacila. ¡Tal vez no lleguemos a una conclusión predecible después de todo! Pero, lamentablemente, todo termina como habíamos pensado: la profecía incluía el asesinato ritual de Carteret, y éste no hace mucho para evitarlo. Una parte de mí esperaba algún giro inprevisto, como Carteret asesinando al sacerdote de Nephren-Ka y de algún modo revirtiendo la profecía del Faraón Negro.

Apropiadamente para un relato publicado pocos meses después de la muerte de H.P. Lovecraft, El templo del Faraón Negro recoge y elabora algunas pistas dejadas por el flaco de Providence en El morador de las tinieblas (The Haunter of the Dark) sobre el Faraón Negro: Nephren-Ka [ver: «El Morador de las Tinieblas»: Lovecraft y el miedo a la pobrezaEl morador de las tinieblas es una historia meritoria por derecho propio, pero, en este caso, hay que mencionar que su protagonista, que no sobrevive a los eventos descritos, es un joven escritor llamado Robert Blake, quien es en realidad el propio Robert Bloch [ver: Ciclo Robert Blake: el día que H.P. Lovecraft y Robert Bloch se mataron mutuamente]. La muerte de Lovecraft en 1937 supuso un gran impacto para Robert Bloch, quien más tarde afirmaría que «una parte de mí murió con él».

Si bien fue uno de los discípulos preferidos de Lovecraft, Robert Bloch generalmente imprime su propio sello en sus relatos de los Mitos de Cthulhu. En El templo del Faraón Negro, por ejemplo, emplea el escenario, la tradición y los mitos egipcios para ir en una dirección diferente a la de Lovecraft, y creo que la historia es eficaz en ese aspecto. Aparte de Nyarlathotep, no hay elementos explícitamente egipcios utilizados por Lovecraft en los Mitos de Cthulhu. Su Bajo las pirámides (Under the Pyramids), escrito por encargo para Harry Houdini, por supuesto, está lleno de elementos de la tradición egipcia, pero no es una historia de los Mitos [ver: La conexión Lovecraft-Houdini]. En El templo del Faraón Negro, en cambio, Robert Bloch utiliza todos los recursos egipcios del manual y los combina eficazmente con una gran cantidad de elementos de los Mitos de Cthulhu, como el Necronomicón, Nyarlathotep, y el De Vermis Mysteriis [ver: De Vermis Misteriis, la biología extradimensional de los Mitos]

Una curiosidad cronológica: Lovecraft hizo que Nyarlathotep se levantara «de la oscuridad de veintisiete siglos», colocándolo así alrededor del año 800 a. C. En términos egipcios, eso es bastante tarde, unos trescientos años después del final del Imperio Nuevo. Todos los faraones de renombre [como Keops, Akhenatón y Ramsés II] reinaron mucho antes. Con toda su fascinación por las civilizaciones prehistóricas y el conocimiento antiguo, uno podría suponer que Lovecraft y Robert Bloch habrían preferido un faraón del amanecer, no del atardecer, del Antiguo Egipto.

Otra inconsistencia tiene que ver con el espacio físico de este templo-tumba de Nephren-Ka. Según se nos dice, antes de morir escribió en las paredes interiores todos los hechos importantes de la historia de Egipto, una especie de rigurosa profecía pictórica. Bien, también podríamos hacer algunas conjeturas sobre el tamaño que debería tener la tumba para tener paredes que muestren todos los eventos significativos hasta 1937, aunque es lícito suponer que las profecías van aún más allá.

Nephren-Ka [también conocido como el Faraón Negro] tiene algo de historia en los Mitos de Cthulhu. Fue un gobernante del Antiguo Egipto, cuyo nombre figura en las páginas del Necronomicón, quien entró en contacto con Nyarlathotep. Sin embargo, poco se sabe sobre él. Algunos sostienen que podría haber sido el último faraón de la Tercera Dinastía. Según la leyenda, Nephren-Ka era un poderoso hechicero y nigromante. Hizo un pacto con Nyarlathotep en la ciudad perdida de Irem y, a su regreso, revivió la adoración de ese dios en Egipto [algunos incluso lo consideraban un avatar de Nyarlathotep; de hecho, Faraón Negro es un epíteto tanto de Nephren-Ka como de Nyarlathotep] y gobernó como faraón. Durante su reinado florecieron los sacerdocios de Bast, Anubis y Sebek, a quienes el Faraón Negro veía simplemente como representaciones locales de antiguas entidades extradimensionales [ver: Seres Interdimensionales en los Mitos de Cthulhu]. También se le atribuye el descubrimiento del Trapezoedro Brillante.

Estos cambios en la tradición religiosa, así como el creciente número de sacrificios humanos, generaron descontento en la población, y poco después el pueblo de Egipto se rebeló. Al final, Sneferu, el fundador de la IV Dinastía [quien habría recibido ayuda de la diosa Isis], prevaleció sobre el Faraón Negro. Nephren-Ka se dirigió hacia la costa para escapar, pero las fuerzas enemigas lo aislaron. Sin embargo, en algún lugar cerca de lo que actualmente es El Cairo, el Faraón Negro y sus sacerdotes desaparecieron. Se ocultaron en una bóveda subterránea secreta. Desconcertado, Sneferu declaró muerto al Faraón Negro y eliminó el nombre de Nephren-Ka de todos los registros y monumentos.

En las profundidades de su templo-tumba, Nephren-Ka sacrificó cien víctimas a Nyarlathotep. A cambio de esta ofrenda, Nyarlathotep le otorgó el don de la profecía. Nephren-Ka pasó sus últimos días dibujando el futuro en las paredes de su tumba. La VI Dinastía vio el surgimiento de la reina Nitocris, quien revivió el culto a Nyarlathotep. Algunos dicen que otro [o tal vez el mismo] Nephren-Ka apareció al final de esa dinastía como hijo de Nitocris y Nyarlathotep. Sin embargo, no hay información sobre su reinado. Durante la Dinastía XVIII, Amenhotep IV encontró los restos de Nephren-Ka e invocó mágicamente al mago muerto. Nephren-Ka influyó sobre el joven faraón, convenciéndolo de transformar la religión tradicional en la adoración disfrazada de sus propios dioses. Nephren-Ka pronto se dio cuenta de que el momento de su resurgimiento no era el adecuado y regresó a su tumba, dejando que el reinado de Amenhotep IV cayera por su propio peso.

Nadie sabe qué pasó con los sacerdotes restantes del Faraón Negro. Algunos sostienen que emigraron al sur, otros que viajaron a Gran Bretaña, y una tercera opinión sostiene que permanecieron en Egipto practicando su culto en secreto. La tumba de Nephren-Ka también sigue siendo un misterio. Se ha sugerido que siete mil años después de su muerte, el Faraón Negro resucitará.




El templo del Faraón Negro.
Fane of the Black Pharaoh, Robert Bloch (1917-1994)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


—¡MENTIROSO! —dijo el capitán Carteret.

De frente a la luz de la lámpara, sonrió. El hombre moreno no se movió.

—Ese es un epíteto duro, effendi.

El hombre moreno frunció el ceño. El capitán Carteret contempló su semblante desgarrado como la medianoche.

—Uno merecido, creo —observó—. Considera los hechos. Llegas a mi puerta a medianoche, sin ser invitado y sin conocerte. Me cuentas una larga historia sobre bóvedas secretas debajo de El Cairo, y luego voluntariamente te ofreces a llevarme allí.

—Eso es correcto —asintió el árabe, suavemente. Se encontró con la mirada del erudito capitán con calma.

—¿Por qué debería creerte? —prosiguió Carteret—. Si tu historia es cierta, y posees un secreto tan manifiestamente absurdo, ¿por qué acudirías a mí? ¿Por qué no reclamar la gloria del descubrimiento tú mismo?

—Te lo dije, effendi —dijo el árabe—. Eso va en contra de la ley de nuestra hermandad. No está escrito que deba hacerlo. Y sabiendo de tu interés en estas cosas, vine a ofrecerte el privilegio.

—Viniste a obtener mi información; sin duda eso es lo que quieres decir —replicó el capitán ácidamente—. Ustedes, mendigos, tienen algunas formas endiabladamente inteligentes de obtener información clandestina, ¿no es así? Hasta donde yo sé, están aquí para averiguar cuánto he aprendido, para que ustedes y sus fanáticos matones puedan apuñalarme si sé demasiado.

—¡Ah! —el extraño oscuro de repente se inclinó hacia adelante y miró a la cara del hombre blanco—. Entonces admites que lo que te digo no es del todo extraño, ¿ya sabes algo de este lugar?

—Supongamos que si —dijo el capitán sin pestañear—. Eso no prueba que seas una guía filantrópica de lo que estoy buscando. Lo más probable es que quieras bombearme, como dije, luego deshacerte de mí y obtener los bienes para ti. No, tu historia es demasiado delgada. Ni siquiera me has dicho tu nombre.

—¿Mi nombre? —el árabe sonrió—. Eso no importa. Lo que importa es tu desconfianza hacia mí. Pero, dado que finalmente admitiste que sabes sobre la cripta de Nephren-Ka, tal vez pueda mostrarte algo que pueda probar mi propio conocimiento.

Metió una mano delgada debajo de su túnica y sacó un curioso objeto de metal negro y sin brillo. Lo arrojó casualmente sobre la mesa, de modo que quedó en un abanico de luz de lámpara. El capitán Carteret se inclinó hacia adelante y miró detenidamente la extraña cosa metálica. Su rostro delgado, generalmente pálido, ahora brillaba con una emoción no disimulada. Agarró el objeto negro con dedos temblorosos.

—¡El Sello de Nephren-Ka! —susurró. Cuando levantó los ojos hacia los inescrutables árabes una vez más, brillaron con una mezcla de incredulidad y creencia—. Es verdad, entonces, lo que dices —respiró el capitán—. Solo podrías obtener esto del Lugar Secreto; el Lugar de los Monos Ciegos donde Nephren-Ka une los hilos de la verdad.

—Entonces tú también has leído el Necronomicón. Carteret parecía atónito—. Pero solo hay seis versiones completas, y pensé que la más cercana estaba en el Museo Británico.

La sonrisa del árabe se amplió.

—Mi compatriota, Alhazred, dejó muchos legados entre su propia gente —dijo en voz baja—. Hay sabiduría disponible para todos los que saben dónde buscarla.

Por un momento hubo silencio en la habitación. Carteret miró fijamente al Sello negro, y el árabe lo escrutó a su vez. Los pensamientos de ambos estaban muy lejos. Por fin, el anciano blanco, delgado, levantó la vista con una rápida mueca de determinación.

—Creo en tu historia —dijo—. Guíame.

El árabe, con un satisfecho encogimiento de hombros, se sentó, espontáneamente, al lado de su anfitrión. A partir de ese momento asumió el completo dominio psíquico de la situación.

—Primero, debes decirme lo que sabes —ordenó—. Entonces revelaré el resto.

Carteret, inconsciente del dominio del otro, obedeció. Le contó su historia al extraño de una manera abstracta, mientras sus ojos nunca se desviaron del críptico amuleto negro sobre la mesa. Era casi como si estuviera hipnotizado por el extraño talismán. El árabe no dijo nada, aunque había un alegre regodeo en sus ojos fanáticos.

Carteret habló de su juventud; de su servicio en tiempos de guerra en Egipto y posterior estación en Mesopotamia. Fue aquí donde el capitán se interesó por primera vez en la arqueología y los sombríos reinos de lo oculto que la rodean. Desde el vasto desierto de Arabia habían llegado historias intrigantes tan antiguas como el tiempo; fábulas furtivas de la mística Irem, ciudad del antiguo terror, y las leyendas perdidas de imperios desaparecidos. Había hablado con los derviches soñadores cuyas visiones de hachís revelaron secretos de días olvidados, y había explorado ciertas tumbas y madrigueras supuestamente habitadas por ghouls en las ruinas de un Damasco más antiguo de lo que la historia registrada conoce.

Con el tiempo, su jubilación lo había llevado a Egipto. Aquí, en El Cairo, había acceso a conocimientos aún más secretos. Egipto, tierra de espeluznantes maldiciones y reyes perdidos, siempre ha albergado locos mitos en sus sombras milenarias. Carteret había aprendido de sacerdotes y faraones; de oráculos antiguos, esfinges olvidadas, pirámides fabulosas, tumbas titánicas. La civilización no era más que una superficie de telaraña sobre el rostro durmiente del Misterio Eterno. Aquí, bajo las sombras inescrutables de las pirámides, los viejos dioses todavía acechaban en las viejas costumbres. Los fantasmas de Set, Ra, Osiris y Bubastis acechaban en los caminos del desierto; Horus, Isis y Sebek todavía moraban en las ruinas de Tebas y Menfis, o en las tumbas desmoronadas debajo del Valle de los Reyes.

En ninguna parte había sobrevivido el pasado como en el Egipto eterno. Con cada momia, los egiptólogos descubrían una maldición; la resolución de cada antiguo secreto simplemente descubría un enigma más profundo y desconcertante. ¿Quién construyó los pilones de los templos? ¿Por qué los antiguos reyes erigieron las pirámides? ¿Cómo hacían tales maravillas? ¿Seguían siendo potentes sus maldiciones? ¿Dónde desaparecieron los sacerdotes de Egipto?

Estas y otras mil preguntas sin respuesta intrigaron la mente del Capitán Carteret. En su nuevo ocio, leía y estudiaba, hablaba con científicos y sabios. Siempre la búsqueda del conocimiento primitivo lo atrajo hacia bordes más oscuros; sólo podía saciar su alma sedienta con secretos más extraños y descubrimientos más peligrosos.

Muchas de las autoridades de renombre que conocía estaban abiertas en su opinión de que no era bueno que los entrometidos hurgaran demasiado bajo la superficie. Las maldiciones se habían hecho realidad con desconcertante prontitud, y las profecías se habían cumplido con creces. No era bueno profanar los santuarios de los antiguos dioses oscuros que aún moraban en la tierra. Pero el terrible atractivo de lo olvidado y lo prohibido era un virus palpitante en la sangre de Carteret. Cuando escuchó la leyenda de Nephren-Ka, naturalmente investigó.

Nephren-Ka, según el conocimiento autorizado, era simplemente una figura mítica. Se suponía que había sido un faraón de una dinastía desconocida, un sacerdotal usurpador del trono. Las fábulas más comunes sitúan su reinado en tiempos casi bíblicos. Se decía que había sido el último y más grande de ese culto egipcio de sacerdotes-hechiceros que durante un tiempo transformó la religión reconocida en algo oscuro y terrible. Este culto, dirigido por los archi-hierofantes de Bubastis, Anubis y Sebek, veía a sus dioses como los representantes de los Seres Ocultos reales: monstruosos hombres-bestia que se arrastraron por la Tierra en los días primitivos. Rindieron culto al Anciano, conocido en el mito como Nyarlathotep, el Mensajero Poderoso. Se decía que esta abominable deidad confería poderes de hechicero al recibir sacrificios humanos; y mientras los malvados sacerdotes reinaban, transformaron temporalmente la religión de Egipto en un caos sangriento. Con la antropomancia y la necrofilia buscaban terribles bendiciones de sus demonios.

La historia cuenta que Nephren-Ka, en el trono, renunció a toda religión excepto a la de Nyarlathotep. Buscó el poder de la profecía y construyó templos para el Simio Ciego de la Verdad. Sus sacrificios absolutamente atroces finalmente provocaron una revuelta, y se dice que el infame faraón finalmente fue destronado. Según este relato, el nuevo gobernante y su pueblo destruyeron inmediatamente todos los vestigios del reinado anterior, demolieron todos los templos e ídolos de Nyarlathotep y expulsaron a los malvados sacerdotes que prostituyeron su fe a los carnívoros Bubastis, Anubis y Sebek. Luego se enmendó el Libro de los Muertos para eliminar todas las referencias al faraón Nephren-Ka y sus cultos malditos.

Así, argumenta la leyenda, la fe furtiva se perdió para la historia respetable. En cuanto al propio Nephren-Ka, se da un relato extraño de su final.

Corría la historia de que el faraón destronado huyó a un lugar adyacente a lo que ahora es la ciudad moderna de El Cairo. Aquí tenía la intención de embarcarse con sus seguidores restantes hacia una «isla hacia el oeste». Los historiadores creen que esta isla era Gran Bretaña, donde se asentaron algunos de los sacerdotes que huían de Bubastis.

Pero el Faraón fue atacado y rodeado, su escape, bloqueado. Fue entonces cuando construyó una tumba subterránea secreta, en la que hizo que él y sus seguidores fueran enterrados vivos. Con él, en esta vivisepultura, tomó todo su tesoro y secretos mágicos, para que nada quedara para que sus enemigos aprovecharan. Sus devotos restantes idearon tan hábilmente esta cripta secreta que los atacantes nunca pudieron descubrir el lugar de descanso del Faraón Negro.

Así descansa la leyenda. Según la moneda común, la fábula fue transmitida por los pocos sacerdotes que quedaron en la superficie para sellar el lugar secreto; se creía que ellos y sus descendientes habían perpetuado la historia y la antigua fe del mal.

Siguiendo esta historia tan insólita, Carteret se adentró en los viejos tomos de la época. Durante un viaje a Londres, tuvo la suerte de que se le permitiera inspeccionar el Necronomicón arcaico y profano de Abdul Alhazred. Uno de sus amigos influyentes en el Ministerio del Interior, al enterarse de su interés, logró obtener para él una parte del malvado y blasfemo De Vermis My steriis de Ludvig Prinn, conocido más familiarmente por los estudiantes de arcanos recónditos como Misterios del Gusano. Aquí, en ese capítulo muy discutido sobre el mito oriental titulado Rituales sarracenos, Carteret encontró elaboraciones aún más concretas del cuento de Nephren-Ka.

Prinn, que se asoció con los videntes y profetas medievales de la época sarracena en Egipto, dio mucha importancia a las insinuaciones susurradas de los nigromantes y adeptos alejandrinos. Conocían la historia de Nephren-Ka y se referían a él como el Faraón Negro.

El relato de Prinn sobre la muerte del faraón era mucho más elaborado. Afirmó que la tumba secreta yacía directamente debajo de El Cairo mismo. Insinuó la supervivencia del culto en los cuentos populares; habló de un grupo renegado de descendientes cuyos antepasados sacerdotales habían enterrado vivos al resto. Se decía que perpetuaban la mala fe y actuaban como guardianes del Nephren-Ka muerto y sus hermanos enterrados, para que algún intruso no descubriera y violara su lugar de descanso. Después del ciclo regular de siete mil años, el Faraón Negro y su banda se levantarían una vez más y restaurarían la oscura gloria de la antigua fe.

La cripta en sí, si hemos de creer a Prinn, era un lugar de lo más insólito. Los sirvientes y esclavos de Nephren-Ka le habían construido un poderoso sepulcro, y las madrigueras estaban llenas del rico tesoro de su reinado. Todas las imágenes sagradas estaban allí, y los libros enjoyados de sabiduría esotérica reposaban dentro.

De manera más peculiar, el relato se detuvo en la búsqueda de Nephren-Ka de la Verdad y el Poder de la Profecía. Se dijo que antes de morir en la oscuridad conjuró la imagen terrenal de Nyarlathotep en un gigantesco sacrificio final; y que el dios le concedió sus deseos. Nephren-Ka se había parado ante las imágenes del Mono Ciego de la Verdad y había recibido el don de la adivinación sobre los cuerpos ensangrentados de cien víctimas voluntarias. Entonces, como en una pesadilla, Prinn cuenta que el Faraón sepultado vagó entre sus compañeros muertos e inscribió en las paredes retorcidas de su tumba los secretos del futuro. En imágenes e ideografías, escribió la historia de los días venideros, deleitándose en el conocimiento omnisciente hasta el final. Garabateó los destinos de los reyes venideros; pintó los triunfos y las condenaciones de los imperios no nacidos.

Entonces, cuando la oscuridad de la muerte envolvió su vista y la parálisis le arrancó el cepillo de los dedos, se retiró en paz a su sarcófago y allí murió.

Esto dijo Ludvig Prinn, el que se asoció con antiguos videntes. Nephren-Ka yacía en sus madrigueras enterradas, custodiado por el culto sacerdotal que aún sobrevivía en la Tierra, y además protegido por encantamientos en su tumba. Había cumplido sus deseos al final: había conocido la Verdad y había escrito la tradición del futuro en las paredes ensombrecidas de su propia catacumba.

Carteret había leído todo esto con emociones encontradas. ¡Cómo le gustaría encontrar esa tumba, si es que existiera! ¡Revolucionaría la antropología, la etnología!

Por supuesto, la leyenda tenía sus puntos absurdos. Carteret, a pesar de toda su investigación, no era supersticioso. No creía las tonterías falsas sobre Nyarlathotep o el culto sacerdotal. Esa parte sobre el don de la profecía era pura tontería.

Tales cosas eran comunes. Hubo muchos sabios que intentaron demostrar que las pirámides, en su construcción geométrica, eran profecías arqueológicas y arquitectónicas de los días venideros. Con habilidad elaborada y convincente, intentaron mostrar que, interpretadas simbólicamente, las grandes tumbas contenían la clave de la historia, que alegóricamente predecían la Edad Media, el Renacimiento, la Gran Guerra.

Esto, creía Carteret, era basura. Y la noción completamente absurda de que un fanático moribundo había sido dotado con poder profético y garabateado la historia futura del mundo en su tumba como un último gesto antes de la muerte, era imposible de tragar.

Sin embargo, a pesar de su actitud escéptica, el capitán Carteret quería encontrar la tumba, si es que existía. Había regresado a Egipto con esa intención, y de inmediato se puso a trabajar. Hasta ahora tenía una serie de pistas. Si la maquinaria de su investigación no colapsaba, era solo cuestión de días antes de que descubriera la entrada real al lugar mismo. Luego tenía la intención de obtener la ayuda gubernamental adecuada y hacer público su descubrimiento a todos.

Esto es lo que le dijo al árabe silencioso que había salido de la noche con una extraña propuesta y una extraña credencial: el sello del Faraón Negro, Nephren-Ka.

Cuando Carteret terminó su resumen, miró interrogativamente al extraño moreno.

—¿Y ahora? —preguntó.

—Sígueme —dijo el otro, cortésmente—. Te llevaré al lugar que buscas.

—¿Ahora? —jadeó Carteret.

El otro asintió.

—Pero, ¡es demasiado repentino! Quiero decir, todo el mosaico es como un sueño. Sales de la noche, espontáneo y desconocido, me muestras el Sello y amablemente me ofreces concederme mis deseos. ¿Por qué? No tiene sentido.

—Esto tiene sentido.

El árabe señaló el Sello negro.

—Sí —admitió Carteret—. Pero, ¿cómo puedo confiar en ti? ¿Por qué debo irme ahora? ¿No sería más prudente esperar y obtener el apoyo de las autoridades correspondientes? ¿No habrá necesidad de excavar? ¿No hay instrumentos necesarios?

—No.

El otro abrió las palmas de las manos hacia arriba.

—Mira —la sospecha de Carteret se cristalizó en su tono cortante—. ¿Cómo sé que esto no es una trampa? ¿Por qué deberías venir a mí de esta manera? ¿Quién diablos eres?

—Paciencia —el moreno sonrió—. Te lo explicaré todo. He escuchado tus relatos de la leyenda con gran interés, y aunque tus hechos son claros, tu propia visión de ellos está equivocada. La leyenda de la que te has enterado es verdadera, toda. Nephren-Ka escribió el futuro en las paredes de su tumba cuando murió, poseía el poder de la adivinación, y los sacerdotes que lo enterraron formaron un culto que sobrevivió.

—¿Sí? —Carteret quedó impresionado a pesar de sí mismo.

—Yo soy uno de esos sacerdotes.

Las palabras se clavaron como espadas en el cerebro del hombre blanco.

—No pareces tan sorprendido. Es la verdad. Soy un descendiente del culto original de Nephren-Ka, uno de esos iniciados internos que han mantenido viva la leyenda. Adoro el Poder que recibió el Faraón Negro, y adoro al dios Nyarlathotep, quien le otorgó ese poder. Para nosotros, los creyentes, la verdad más sagrada se encuentra en los jeroglíficos inscritos por el faraón dotado divinamente antes de morir. Es por nuestra creencia que te he buscado. Porque dentro de la cripta secreta del Faraón Negro está escrito en las paredes del futuro que descenderás allí.

—¿Quieres decir —jadeó Carteret— que esas imágenes me muestran descubriendo el lugar?

—Si —asintió el hombre oscuro—. Es por eso que vine a ti espontáneamente. Vendrás conmigo y cumplirás la profecía esta noche, como está escrito.

—¿Y si no voy? —dijo el Capitán Carteret—. ¿Qué pasa con tu profecía entonces?

El árabe sonrió.

—Vendrás —dijo—. Tú lo sabes.

Carteret se dio cuenta de que era así. Nada podría mantenerlo alejado de este asombroso descubrimiento. Un pensamiento lo golpeó:

—Si esta pared realmente registra los detalles del futuro —comenzó—, quizás puedas contarme un poco sobre mi propia historia venidera. ¿Este descubrimiento me hará famoso? ¿Regresaré nuevamente al lugar? ¿Está escrito que sea yo quien saque a la luz el secreto de Nephren-Ka?

El hombre oscuro parecía serio.

—Eso no lo sé —admitió—. Me olvidé de decirte algo sobre los Muros de la Verdad. Mi antepasado, el primero que descendió al lugar secreto después de haber sido sellado, el primero que vio la obra de la profecía, hizo una cosa necesaria. Considerando que tal sabiduría no para los mortales menores, cubrió piadosamente las paredes con un tapiz. Así nadie podría mirar el futuro demasiado lejos. A medida que pasaba el tiempo, el tapiz se retiraba para seguir el ritmo de los acontecimientos reales de la historia, y siempre han coincidido con el jeroglíficos. A través de los siglos, siempre ha sido el deber de un sacerdote descender a la tumba secreta cada día y retirar el tapiz para revelar los eventos del día siguiente. Durante mi vida, esa es mi misión. Mis compañeros dedican su tiempo a los necesarios ritos de adoración en lugares ocultos. Yo solo desciendo diariamente por el pasadizo oculto y descorro la cortina de los Muros de la Verdad. Cuando muera, otro tomará mi lugar. No nos preocupamos minuciosamente por cada evento individual; simplemente aquellos que afectan la historia y el destino de Egipto mismo. Hoy, amigo mío, se reveló que debes descender y entrar en el lugar de tu deseo. No puedo decir lo que te depara el mañana, hasta que se corra el telón una vez más.

Carteret suspiró.

—Entonces supongo que no tengo otra opción.

Su entusiasmo estaba mal disimulado. El hombre oscuro observó esto de inmediato y sonrió con cinismo mientras se dirigía a la puerta.

—Sígueme —ordenó.

Aquel paseo por las calles iluminadas por la luna de El Cairo se desdibujó en un sueño caótico. Su guía lo condujo a laberintos de sombras amenazantes; deambularon por los barrios nativos y atravesaron un laberinto de callejones y vías públicas desconocidas. Carteret caminó mecánicamente tras los talones del extraño moreno, sus pensamientos ávidos por el gran triunfo que se avecinaba.

Apenas notó su paso por un patio lúgubre; cuando su compañero se detuvo frente a un pozo antiguo y presionó un nicho que revelaba el pasaje debajo, lo siguió como algo natural. De alguna parte el árabe había sacado una linterna. Su débil haz casi rebotó en la oscuridad del túnel de tinta.

Juntos descendieron mil escalones hacia la eterna oscuridad debajo. Como un ciego, Carteret tropezó hacia las profundidades de tres mil años.

Entraron en el templo-tumba de Nephren-Ka. A través de las puertas de plata pasó el sacerdote, seguido por su aturdido compañero. Carteret se encontró en una amplia cámara, cuyas paredes con nichos estaban cubiertas de sarcófagos.

—Tienen las momias de los sacerdotes y sirvientes enterrados —explicó su guía.

Extraños eran los casos de momias de los seguidores de Nephren-Ka, no como los conocidos por la egiptología. Las cubiertas talladas no tenían características convencionales reconocidas como era la costumbre habitual; en cambio, presentaban los rostros extraños y sonrientes de demonios y criaturas de fábula. Los ojos enjoyados miraban burlonamente desde los rostros negros de las gárgolas engendradas en la pesadilla de un escultor. Desde todos los lados de la habitación esos ojos brillaban a través de las sombras; inmutables, omniscientes en este pequeño mundo de los muertos.

Carteret se agitó con inquietud. Ojos esmeralda de muerte, ojos rubí de malevolencia, orbes amarillos de burla; en todas partes lo confrontaron. Se alegró cuando su guía lo condujo al final, de modo que los incongruentes rayos de la linterna brillaron en la entrada más allá. Un momento después su alivio se disipó al ver un nuevo horror frente a él en la puerta interior.

Dos figuras gigantescas se arrastraban allí, guardando ambos lados de la entrada: dos monstruosas figuras trogloditas. Eran grandes gorilas; simios enormes tallados en piedra negra. Estaban de cara a la puerta, en cuclillas sobre poderosas ancas, con sus enormes y peludos brazos levantados en señal de amenaza. Sus rostros relucientes estaban brutalmente vivos; sonreían con los colmillos al descubierto, con un júbilo idiota. Y estaban ciegos, sin ojos.

Había una terrible alegoría en estas figuras que Carteret conocía muy bien. Los simios ciegos eran el Destino personificado; un destino descomunal y sin mente cuyos estúpidos y ciegos manoseos pisoteaban los sueños de los hombres y alteraban sus vidas. Así controlaban la realidad.

Estos eran los Monos Ciegos de la Verdad, según la antigua leyenda; los símbolos de los antiguos dioses adorados por Nephren-Ka.

Carteret pensó una vez más en los mitos y se estremeció. Si las historias eran ciertas, Nephren-Ka había ofrecido ese poderoso sacrificio final sobre el obsceno regazo de estos ídolos malvados; los ofreció a Nyarlathotep, y enterró a los muertos en los sarcófagos colocados aquí en los nichos. Luego había ido a su propio sepulcro interior.

El guía avanzó impasible más allá de las figuras amenazantes. Carteret, disimulando su consternación, comenzó a seguirlo. Por un momento, sus pies se negaron a cruzar ese umbral espantosamente custodiado hacia la habitación del otro lado. Miró hacia arriba, a los rostros sin ojos que miraban con lascivia desde alturas vertiginosas, con la sensación de que caminaba en reinos de pura pesadilla. Pero los enormes brazos le hicieron señas; los rostros ciegos se convulsionaron en una sonrisa de invitación burlona.

Las leyendas eran ciertas. La tumba existió. ¿No sería mejor dar marcha atrás ahora, buscar ayuda y regresar de nuevo a este lugar? Además, ¿qué terror insospechado no podría esconderse en los reinos más allá? ¿Qué horror engendrado en las sombras negras del sepulcro secreto de Nephren-Ka podía estar acechando? Su racionalidad lo instó a llamar al extraño sacerdote y retirarse a un lugar seguro. Pero la voz de la razón no era más que un susurro silencioso y sobrecogido en las inquietantes madrigueras del pasado. Este era un reino de sombras antiguas donde gobernaba el mal antiguo. Aquí lo increíble era real, y había una poderosa fascinación en el miedo mismo.

Carteret sabía que debía continuar; la curiosidad, la codicia, el ansia de conocimientos ocultos, todo lo impulsaba. Y los Monos Ciegos sonrieron en señal de desafío u orden.

El sacerdote entró en la tercera cámara, seguido de Carteret. Cruzando el umbral, se sumergió en un abismo de irrealidad.

La habitación estaba iluminada por braseros; su brillo bañó la enorme madriguera con una luminosidad ardiente. El Capitán Carteret, con la cabeza tambaleándose por el calor y las miasmas mefíticas del lugar, pudo ver toda la extensión de esta increíble caverna.

Aparentemente interminable, un vasto corredor se extendía en una pendiente descendente hacia la tierra más allá: un vasto corredor, completamente yermo, excepto por los parpadeantes braseros rojos a lo largo de las paredes. Sus reflejos llameantes proyectaban sombras grotescas que brillaban con una vida antinatural. Carteret sintió como si estuviera contemplando la entrada al mítico inframundo de la tradición egipcia.

—Aquí estamos —dijo su guía en voz baja.

El sonido inesperado de una voz humana fue sorprendente. Por alguna razón, eso asustó a Carteret más de lo que quería admitir; había caído en una vaga aceptación de estas escenas como parte de un sueño fantástico. Ahora, la claridad concreta de una palabra hablada solo confirmó una realidad inquietante.

Sí, aquí estaban, en el lugar de la leyenda, el lugar conocido por Alhazred, Prinn y todos los indagadores oscuros en la historia impía. La historia de Nephren-Ka era cierta y, de ser así, ¿qué pasaba con el resto de las declaraciones de este extraño sacerdote? ¿Qué hay de los Muros de la Verdad, en los que el Faraón Negro había grabado el futuro, había predicho el advenimiento del propio Carteret en el lugar secreto?

Como en respuesta a estos susurros internos, el guía sonrió.

—Vamos, capitán Carteret, ¿no desea examinar más de cerca las paredes?

El capitán no quiso examinar las paredes. No lo hizo. Si existieran confirmarían el espantoso horror que les dio ser. Si existieran significaría que toda la leyenda del mal era real; que Nephren-Ka, Faraón Negro de Egipto, había hecho sacrificios a los temibles dioses oscuros, y que estos habían respondido a su oración. El capitán Carteret no deseaba creer en abominaciones tan blasfemas como Nyarlathotep.

—¿Dónde está la tumba del mismísimo Nephren-Ka? —preguntó—. ¿Dónde están el tesoro y los libros antiguos?

El guía extendió un delgado dedo índice.

—Al final de este pasillo —exclamó.

Mirando hacia la infinidad de paredes iluminadas, Carteret realmente imaginó que sus ojos podían detectar un borrón oscuro de objetos en la penumbra.

—Vamos —dijo.

El guía se encogió de hombros. Se volvió y sus pies se movieron sobre el polvo aterciopelado.

Carteret lo siguió, como drogado.

—Los muros —pensó—. No debo mirar los muros. Los Muros de la Verdad. El Faraón Negro vendió su alma a Nyarlathotep y recibió el don de la profecía. Antes de morir aquí, escribió el futuro de Egipto en los muros. No debo mirar. No debo saber.

Luces rojas brillaban a ambos lados. Paso tras paso, luz tras luz. Resplandor, penumbra, resplandor, penumbra, resplandor.

Las luces llamaban, seducían, atraían.

—Míranos —ordenaban—. Mira, atrévete a verlo todo.

Carteret siguió a su conductor silencioso.

—¡Mira! —destellaban las luces.

Los ojos de Carteret se pusieron vidriosos. Su cabeza latía. El brillo de las luces era fascinante; hipnotizaron con su encanto.

—¡Mira!

¿Este gran salón nunca terminaría? No; había miles de pies por recorrer.

—¡Mira! —desafiaban las luces saltarinas.

Ojos de serpiente roja en la oscuridad subterránea; ojos tentadores, portadores de conocimiento negro.

—¡Mira! ¡Sabiduría! ¡Conoce! —parpadeaban las luces.

Ardieron en el cerebro de Carteret. ¿Por qué no mirar? ¿Por qué miedo? ¿Por qué? Su mente aturdida repitió la pregunta. Cada siguiente llamarada de fuego debilitó la pregunta.

Por fin, Carteret miró.

Pasaron minutos locos antes de que pudiera hablar. Luego murmuró con una voz audible solo para él.

—Cierto —susurró—. Todo cierto.

Observó el imponente muro a su izquierda iluminado por un resplandor rojo. Era un interminable tapiz tallado en piedra. El dibujo era tosco, en blanco y negro, pero asustaba. No se trataba de una ordinaria escritura pictórica egipcia; no estaba en el estilo fantástico y simbólico de los jeroglíficos. Esa era la parte terrible: Nephren-Ka era realista. Sus hombres parecían hombres, sus edificios eran edificios. Aquí no había nada más que una representación de la cruda realidad, y era terrible de ver.

Porque en el punto donde Carteret reunió por primera vez el valor suficiente para mirar, se quedó mirando un cuadro inconfundible que involucraba a cruzados y sarracenos.

¡Cruzados del siglo XIII, pero Nephren-Ka era polvo durante casi dos mil años!

Las imágenes eran pequeñas, pero vívidas y claras; parecían fluir sin esfuerzo en la pared, una escena mezclándose con otra como si hubieran sido dibujadas en una continuidad ininterrumpida. Era como si el artista no se hubiera detenido ni una sola vez durante su obra; como si hubiera procedido incansablemente a cubrir este gigantesco salón en un solo esfuerzo sobrenatural.

Eso era todo: ¡un solo esfuerzo sobrenatural!

Carteret no podía dudar. Era imposible creer que estos dibujos fueran inventados por algún grupo de artistas. Era el trabajo de un solo hombre. Y su horrible consistencia, la representación calculada de las fases más vitales e importantes de la historia egipcia no podría haber sido establecida en un orden tan preciso sino por una autoridad histórica o un profeta. Nephren-Ka había recibido el don de la profecía. Entonces...

Mientras reflexionaba con creciente temor, Carteret y su guía prosiguieron. Ahora que había mirado, una fascinación medusiana mantuvo los ojos del hombre en la pared. Figuras en llamas miraban con lascivia desde todos los lados.

Vio el surgimiento del Imperio Mameluco, miró a los déspotas y los tiranos del Este. No todo lo que vio le era familiar, pues la historia tiene sus páginas olvidadas. Además, las escenas cambiaban y variaban en casi cada paso, y era bastante confuso. Había una imagen intercalada con un motivo de la corte de Alejandría que representaba una catacumba debajo de la ciudad. Allí estaban reunidos varios hombres vestidos con túnicas que guardaban una curiosa similitud con el guía de Carteret. Estaban conversando con un hombre alto, de barba blanca, cuya figura toscamente dibujada parecía exudar un aura misteriosa de poder negro y siniestro.

—Ludvig Prinn —dijo el guía, en voz baja, notando la mirada de Carteret—. Se mezcló con nuestros sacerdotes, ¿sabes?

Por alguna razón, la representación de este vidente casi legendario conmovió a Carteret más profundamente que cualquier otro terror revelado hasta entonces. La inclusión casual del infame hechicero en la procesión de la historia real insinuaba cosas espantosas.

Sin embargo, con una especie de anhelo angustioso, sus ojos continuaron escudriñando las paredes mientras avanzaban hacia el extremo aún indeterminado de la larga cámara iluminada con luz roja en la que estaba enterrado Nephren-Ka. El guía —sacerdote, ahora, porque Carteret ya no dudaba— avanzó con suavidad, pero lanzó miradas furtivas al hombre blanco mientras abría el camino.

El Capitán Carteret caminó a través de un sueño. Sólo los muros eran reales: los Muros de la Verdad. Vio a los Otomanos levantarse y florecer, miró batallas olvidadas y reyes no recordados. A menudo se repetía en la secuencia una escena que representaba a los sacerdotes del propio culto furtivo de Nephren-Ka. Se les mostraba en medio del inquietante entorno de catacumbas y tumbas, ocupados en asuntos desagradables y placeres repugnantes. La cámara-película del tiempo avanzaba; el capitán Carteret y su compañero siguieron caminando. Las paredes contaban su historia.

Había una pequeña división que representaba a los sacerdotes conduciendo a un hombre con traje isabelino a través de lo que parecía ser una pirámide. Fue espeluznante ver al hombre con sus mejores galas retratado en medio de las ruinas del antiguo Egipto, y fue realmente terrible mirar, como un observador invisible, cuando un sacerdote sigiloso apuñaló al inglés en la espalda mientras se inclinaba sobre una momia.

Lo que impresionó a Carteret fue la infinidad de detalles en cada fragmento representado. Las facciones de todos los hombres eran casi fotográficamente exactas; el dibujo, aunque tosco, era realista. Incluso el mobiliario y el fondo de cada escena eran correctos. No había duda de la autenticidad de todo ello, ni de la veracidad implícita. Pero, lo que era peor, no cabía duda de que esta obra no podía haberla hecho ningún artista normal, por erudito que fuera, a menos que lo hubiera visto todo.

Nephren-Ka lo había visto todo en una visión profética, después de su sacrificio a Nyarlathotep.

Carteret miraba verdades inspiradas por un demonio.

Una y otra vez, hasta el fanático en llamas de adoración y muerte al final del salón, la historia progresó mientras caminaba. Ahora estaba mirando un período de la tradición egipcia que era casi contemporáneo. Apareció la figura de Napoleón.

La batalla de Abukir, la matanza de las pirámides, la caída de los jinetes mamelucos, la entrada a El Cairo.

Una vez más, una catacumba con sacerdotes. Y tres figuras, hombres blancos, ataviados con ropajes militares franceses de la época. Los sacerdotes los conducían a una sala roja. Los franceses fueron sorprendidos, vencidos, masacrados.

Era vagamente familiar. Carteret recordaba lo que sabía del encargo de Napoleón; había designado sabios y científicos para investigar las tumbas y pirámides. Se había descubierto la piedra de Rosetta y otras cosas. Era muy probable que los tres hombres mostrados se hubieran topado con un misterio que los sacerdotes de Nephren-Ka no querían que se revelara. Por lo tanto, habían sido atraídos a la muerte como lo mostraban las paredes. Era bastante familiar, pero había otra familiaridad que Carteret no podía ubicar.

Siguieron adelante, y los años se precipitaron en el panorama. Los turcos, los ingleses, Gordon, el saqueo de las pirámides, la Guerra Mundial. Y de vez en cuando, una imagen de los sacerdotes de Nephren-Ka y un extraño hombre blanco en alguna catacumba o bóveda. Siempre el hombre blanco moría. Todo era familiar.

Carteret miró hacia arriba y vio que él y el sacerdote estaban muy cerca de la oscuridad al final del gran salón de fuego. Sólo cien pasos más. El sacerdote, con la cara oculta en su albornoz, le hacía señas para que continuara.

Carteret miró la pared. Las imágenes estaban casi terminadas. Pero no, justo delante había una gran cortina de terciopelo carmesí en una rejilla del techo que se perdía en la oscuridad y reapareció de las sombras en el lado opuesto de la habitación.

—El futuro —explicó su guía.

Y el capitán Carteret recordó que el sacerdote le había contado cómo cada día descorría un poco la cortina para que el futuro se revelara siempre con un día de antelación. Recordó algo más y miró apresuradamente la última sección visible del Muro de la Verdad junto a la cortina. Jadeó.

¡Eso era cierto! ¡Casi como si se mirara en un espejo en miniatura, se encontró mirándose a sí mismo a la cara!

Línea por línea, rasgo por rasgo, postura por postura, él y el sacerdote de Nephren-Ka aparecían de pie, juntos, en esta cámara roja tal como estaban ahora.

La cámara roja. Familiaridad. El hombre isabelino con los sacerdotes de Nephren-Ka estaban en una catacumba cuando el hombre fue asesinado. Los científicos franceses estaban en una cámara roja cuando murieron. Otros egiptólogos posteriores habían sido mostrados en una cámara roja con los sacerdotes, y ellos también habían sido asesinados. ¡La cámara roja! ¡No familiaridad sino similitud! ¡Habían estado en esta cámara! Y ahora estaba aquí, con un sacerdote de Nephren-Ka. Los otros habían muerto porque sabían demasiado. ¿Demasiado sobre qué?

Una terrible sospecha comenzó a transformarse en una horrible realidad. Los sacerdotes de Nephren-Ka protegieron a los suyos. Esta tumba de sus líderes muertos era también su santuario, su templo. Cuando los intrusos tropezaron con el secreto, los atrajeron aquí y los mataron para que otros no aprendieran demasiado.

¿No había venido de la misma manera?

El sacerdote permaneció en silencio mientras contemplaba el Muro de la Verdad.

—Medianoche —dijo en voz baja—. Debo correr la cortina para revelar un día más antes de continuar. Usted expresó un deseo, capitán Carteret, de ver qué le depara el futuro. Ahora ese deseo le será concedido.

Con un amplio gesto echó la cortina hacia atrás a lo largo de la pared, solo un pie. Luego se movió rápidamente.

Una mano saltó del albornoz. Un cuchillo reluciente brilló en el aire, sacando fuego rojo de las lámparas, luego se hundió en la espalda de Carteret, sacando sangre aún más roja.

Con un solo gemido, el hombre blanco cayó. En sus ojos había una mirada de supremo horror, no nacido sólo de la muerte. Pues mientras caía, el Capitán Carteret leyó su futuro en los Muros de la Verdad, y confirmó una locura que no podía ser.

Cuando el Capitán Carteret murió, miró la imagen y se vio siendo acuchillado por el sacerdote de Nephren-Ka.

El sacerdote desapareció de la tumba silenciosa, justo cuando el último parpadeo de los ojos moribundos le mostró a Carteret la imagen de un cuerpo blanco e inmóvil, su cuerpo, que yacía muerto ante el Muro de la Verdad.

Robert Bloch (1917-1994)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Robert Bloch.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Robert Bloch: El templo del Faraón Negro (Fane of the Black Pharaoh), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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