Sobre espejos mágicos y seres interdimensionales


Sobre espejos mágicos y seres interdimensionales.




Un espejo mágico tiene múltiples usos. Uno puede pedirle pronósticos, procurarse poder, fama, fortuna, entre otras banalidades, pero el uso más impensado para este tipo de dispositivos es la ciencia.

Y eso es exactamente lo que John Dee le pidió a su espejo mágico: no ya el conocimiento de cuestiones abstractas, filosóficas, sino sabiduría respecto de las leyes naturales que rigen el cosmos.

De todos los canales de comunicación posibles con seres interdimensionales, los espejos parecen ser la mejor opción. O al menos eso pensó John Dee (1527-1608), matemático, filósofo, inventor y astrólogo isabelino, quien utilizó un misterioso espejo negro con propiedades asombrosas para comunicarse estas entidades.

Sí, se trata del mismo John Dee que, según H.P. Lovecraft, tradujo el Necronomicón de Abdul Alhazred. De más está decir que el Necronomicón nunca existió (ver: El verdadero «Necronomicón» de John Dee), pero si realmente hubiese existido John Dee habría sido el único hombre de su tiempo capaz de procurárselo y de traducirlo a las lenguas vernáculas.

Mucho se ha escrito sobre el tema sin entender del todo la estatura intelectual de John Dee, de manera tal que abundan los lugares comunes, la condescendencia, y cierto halo de candor cuando se comentan sus descubrimientos acerca de seres de otras dimensiones, pero lo cierto es que la agudeza de sus afirmaciones, el ingenio con el que plantea nuevas ideas, nuevas formas de concebir el universo, son lo suficientemente audaces como para tomarlas en serio.

La leyenda sostiene que, cierto día, John Dee fue visitado por una entidad no humana que irradiaba luz. La llamó «ángel» (ver: La Ley de Atracción y los ángeles de John Dee), pero no porque creyera que lo fuese, sino más bien para simplificar la anécdota, habida cuenta que los bestiarios astrales aún no habían sido concebidos.

Este «ángel» le entregó un Espejo Negro, a través del cual —sostuvo— podrían mantener una comunicación más fluida. Este Espejo Negro existe, y de hecho aún se conserva en el British Museum. Los especialistas sostienen que se trata de una pieza sólida de antracita, prodigiosamente pulimentada.

El «ángel» afirmó que, cuando John Dee mirara en el Espejo Negro, bajo las condiciones apropiadas, vería otros mundos y podría entablar contacto con inteligencias no humanas. Naturalmente, John Dee siguió al pie de la letra estas recomendaciones, y los contactos comenzaron a producirse con bastante frecuencia, y también con todas las dificultades que podemos imaginar cuando uno intenta dialogar con un ser de otra dimensión.

Hay que decir que John Dee llevó un registro detallado de estas conversaciones a través del Espejo Negro. En principio, la comunicación fue telepática, y a través de ella el «ángel» lo fue instruyendo en el manejo de su lengua, al comienzo, rudimentario. Esta lengua seria conocida como Enoquiano.

Es importante mencionar que el enoquiano es la primera lengua sintética (o la primera lengua no humana) sobre la cual se tiene conocimiento. Si fue un invento, fue el primero, y quizás el más extraordinario de todos: una lengua compleja, con su alfabeto y su gramática, pero diametralmente opuestas a las lenguas humanas. De todos los textos enoquianos que se preservan, muchos hacen referencia a matemáticas más avanzadas que las conocidas en la época de John Dee.

Otra dificultad que advirtió John Dee al usar el Espejo Negro es que no conseguía recordar con exactitud las conversaciones que mantenía con estos seres de otra dimensión, las cuales podían prologarse durante varias horas. Sus registros eran meticulosos, es cierto, pero solo en aquellos puntos que recordaba con claridad.

Desgraciadamente, John Dee tuvo que recurrir a un par de amanuenses que, en última instancia, lo llevarían a la perdición. Sin embargo, su decisión es perfectamente racional: se necesitaba a alguien más que conversara con el «ángel», o bien que tomara notas. De otro modo buena parte de los diálogos se perdería irremediablemente.

Para 1597, John Dee había recogido un vasto corpus de conversaciones, y anunció que pronto serían publicadas. Desde entonces, fue víctima de una feroz persecusión, a tal punto que una turba de enajenados, agitada por rumores que vinculaban al filósofo con la nigromancia y la magia negra, ingresó en su domicilio particular. Nadie se atrevió a tocar el Espejo Negro, pero la voluminosa biblioteca de John Dee, según se dice, con más de 4000 libros prohibidos, así como buena parte de los manuscritos donde habían sido registradas las conversaciones, fueron quemados.

Claro que un matemático del calibre de John Dee, que además fabricaba autómatas con una facilidad pasmosa, también puede ser un hombre ingenuo, incluso crédulo, y hasta un estafador. Pero nada de eso excluye la posibilidad de que haya realizado un descubrimiento asombroso.

Hoy en día no parece tan irracional que John Dee haya establecido algún tipo de comunicación telepática con entidades no humanas del plano astral, o bien con seres interdimensionales. Después de todo, era natural, para la época, que se le atribuyese a esas entidades un origen angélico.

Además, la necesidad del enoquiano para agilizar la comunicación es otro dato importante. La idea de inventar una lengua no corresponde a la época de John Dee, y tampoco concuerda con su mentalidad. De hecho, la primera lengua sintética aparecería mucho más tarde, y sin un ápice de la complejidad del enoquiano, un lenguaje absolutamente completo y diferente de cualquier lengua humana conocida.

Tampoco es descabellado que John Dee haya creado el enoquiano desde su subconsciente, y que el Espejo Negro haya servido únicamente como anclaje o herramienta para concentrar su energía mental, pero esta última hipótesis es tan fantástica que la posibilidad de comunicarse con seres interdimensionales.

Lo cierto es que no podemos excluir que el autor de La Mónada Jeroglífica (Monas Hieroglyphica), mediante una especie de ejercicio de autohipnotismo, quizás favorecido o acelerado por el Espejo Negro, claramente un elemento indispensable para la comunicación con el «ángel», consiguiera cruzar la frontera con otras dimensiones.

Además, según lo confiesa él mismo, el filósofo estaba desprovisto de dotes paranormales, de manera tal que se centró en el aprendizaje del enoquiano para asimilar de aquellos seres todo el conocimiento que fuera posible. Lamentablemente, no hay mucho margen para las deducciones acerca de la naturaleza física de esas entidades, o de su ubicación en el cosmos, si tomamos como referencia en material nos dejó John Dee. Simplemente asegura que son telépatas, y que pueden viajar en el pasado y el futuro. Este último dato es significativo, ya que ésta es la primera vez que se formula la idea de los viajes en el tiempo tal como los concebimos actualmente.

La verdadera ambición de John Dee era aprender de estos seres de otros planos o dimensiones todo el conjunto de leyes naturales que gobiernan el universo a través de las matemáticas. No se trataba, entonces, de nigromancia, ni siquiera de espiritualidad, sino de ciencia, de conocimiento.

Desgraciadamente, la mayor parte de las notas desaparecieron en el incendio de 1597, otras fueron destruidas, pero las que sobrevivieron revelan datos asombrosos, como la afirmación de que el universo está compuesto de varias esferas superpuestas, alineadas a lo largo de otras dimensiones o planos.

John Dee pasó sus últimos años en la ruina económica y social. Debió vender sus pertenencias, aún las más elementales para la supervivencia. Desacreditado, murió en 1608, según dicen, de hambre.

El rey Jacobo I, que sucedió a Isabel, su gran protectora, se encargó de que los escasos manuscritos que sobrevivieron al incendio fuesen robados, así como buena parte de sus notas. La corona se apropió del Espejo Negro, que aún se conserva en el British Museum, aunque de poco sirvió. Al parecer, los seres interdimensionales, o «ángeles», cesaron de comunicarse con nuestro plano cuando murió una de las mentes más brillantes de la época; haya sido un estafador, un loco, o un visionario.




Fenómenos paranormales. I Misterios.


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