La Ley de Atracción y los ángeles obedientes de John Dee


La Ley de Atracción y los ángeles obedientes de John Dee.





Mucho se habla en estos tiempos de la Ley de Atracción, aquella creencia de que los pensamientos son, en síntesis, unidades energéticas capaces de influir en el universo.

Según sus devotos, al pensar de forma positiva, por ejemplo, deseando intensamente que algo se cumpla, esas unidades energéticas se sincronizan con la frecuencia del objeto o del hecho deseado, logrando atraerlo irremediablemente hacia el sujeto.

En esencia: la Ley de Atracción propone que basta pensar en algo con la suficiente intensidad para que ese deseo se cumpla.

Sobre esta idea podríamos objetar varias cuestiones, entre otras, que no hay deseo más intenso que el deseo de vivir; de modo tal que, si la Ley de Atracción fuese cierta, viviríamos en un mundo en el que las enfermedades terminales remitirían a fuerza de excretar buenos pensamientos hacia el universo.

En vista de que esto no ocurre, también es lícito plantearse si acaso los pensamientos oscuros no son mucho más eficaces que los luminosos.

Ahora bien, muchos años antes de que la Ley de Atracción fuese llamada de este modo por los presbíteros de la new age, el nigromante isabelino John Dee (1527-1608) ya había aplicado sus principios con enorme éxito, aunque con una vuelta de tuerca que no se encuentra disponible en los actuales libros de autoayuda.

Como todos los hechiceros de la época, John Dee creía en una correspondencia entre nuestro mundo y el universo, lo cual se resume en la ley de correspondencia: como es arriba es abajo. Pero el mago no consideraba del todo eficiente el método de pedirle algo al universo y esperar a que ese deseo se cumpla. Lo que intentó, y logró, en gran medida, fue obligar al universo a que cumpla sus deseos.

Después de todo, el cosmos es demasiado grande y los deseos del hombre, por lo general, varían muy poco: amor, salud, dinero, poder. Difícil creer que un deseo sincero encuentre eco en una eternidad sobrecargada de reclamos; de modo tal que John Dee se enfocó en un solo aspecto del universo, más concretamente en las criaturas ancestrales que lo pueblan: los ángeles.

De acuerdo a John Dee, cada vez que la Ley de Atracción funciona no se debe a que el universo escuchó nuestros reclamos, al menos no el universo en términos abstractos, sino a que los pensamientos del sujeto captaron la atención de los ángeles; que dentro de la filosofía del mago son descritos más como seres no humanos del plano astral que como servidores divinos desprovistos de voluntad propia.

La Ley de Atracción, entonces, opera sobre las bases de un universo en abstracto capaz de cumplir nuestros deseos, pero John Dee, sumamente impaciente, deseaba obligar a los ángeles a que cumplan esa función, y debido a eso realizó largos y ásperos estudios lingüísticos, hasta que por fin logró dominar el Enoquiano: el idioma de los ángeles; también conocido como Lengua Adánica.

En definitiva, si uno se propone interpelar a los ángeles para obligarlos a cumplir un deseo siempre es aconsejable hacerlo en un idioma capaz de vulnerar las leyes que los gobiernan. De eso se trata el Enoquiano: una lengua que no solo es capaz de describir ciertos aspectos de la realidad, como nuestras lenguas vernáculas, sino de crearla y moldearla a voluntad.

El Enoquiano apela a la responsabilidad que los ángeles asumieron cuando fueron creados: responder a cualquier solicitud formulada en su lengua. Según El libro de Enoc, esa responsabilidad es en realidad una obligación, ya que los ángeles fueron hechos a partir de los signos del Enoquiano, y no pueden sino obedecer a quien es capaz de hablarlo.

Tal parece que el primer deseo de John Dee, ya en poder de una versión un tanto degradada del Enoquiano, fue que un ángel se presentara ante él para instruirlo en profundidad en el manejo de esa lengua remota. El hecho ocurrió en 1581.

Todavía hay ciertas discusiones al respecto. Algunos sostienen que el ángel que se presentó fue Azazel, otros Semihazah; en ambos casos, ángeles caídos que fueron derrotados en la Segunda Guerra Celestial, posterior a la caída de Lucifer, Satanás y sus esbirros. Más allá de esto, se le explicó al mago que el Enoquiano es el lenguaje que el Creador utilizó para dar forma a cada aspecto del universo, y que su manejo implica también el control absoluto de la cosa creada.

Casi todas las jerarquías angélicas son capaces de hablar esa lengua, al igual que Adán y sus descendientes, pero en ningún caso con las sutilezas de la verba divina; de modo tal que el poder que se puede ejercer sobre el universo no es absoluto.

John Dee divulgó los cuarenta y nueve signos del Enoquiano, algunos breves textos con más de doscientas palabras en esa lengua, además de una áspera traducción al inglés conocida como Claves Angelicae (Claves angelicales); en esencia, un diccionario enoquiano tan incompleto como asombroso.

En este punto podemos cuestionarnos respecto de por qué John Dee no se convirtió en gobernante absoluto del cosmos, ya que contaba con las herramientas lingüísticas para obtener del universo aquello que deseara; pero al hacerlo también estaríamos subestimando la mayor ambición de los sabios, precisamente, la sabiduría.




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