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«La Habitación Roja»: H. G. Wells; relato y análisis.


«La Habitación Roja»: H. G. Wells; relato y análisis.




La Habitación Roja (The Red Room) es un relato de terror del escritor inglés H. G. Wells (1866-1946), publicado originalmente en la edición de marzo de 1896 de la revista The Idler. Luego aparecería en 65 grandes cuentos de lo sobrenatural (65 Great Tales Of The Supernatural), Grandes cuentos de horror (Great Tales Of Horror), Un siglo de historias de terror (A Century Of Horror Stories) y Escalofríos: una antología de misterio y horror (Spine Chillers: an Anthology of Mystery and Horror), entre otras colecciones.

La Habitación Roja, uno de los grandes cuentos de H. G. Wells, relata la historia de un hombre de veintiocho años [el Narrador], cuyo nombre no se divulga, que visita el Castillo Lorraine, el cual se dice que está embrujado. El Narrador decide pasar la noche en la Habitación Roja con la intención de refutar las leyendas que la rodean. Un año antes, otra persona, a la que se refiere como «su predecesor», intentó llevar a cabo la misma proeza pero con resultados trágicos. El Castillo Lorraine ha estado desocupado durante un año, desde que el duque perdió la vida al caer de unas escaleras.

A pesar de las vagas advertencias de los tres ancianos que custodian el castillo, el Narrador ingresa en la Habitación Roja para comenzar su vigilia. Su confianza inicial se derrumba a medida que las velas que ha colocado en cada rincón estratégico de la Habitación Roja comienzan a apagarse. Cada vez que se apaga una vela, el miedo y la paranoia se vuelven más intensas. El Narrador intenta volver a encender las velas apagadas, pero una misteriosa ráfaga de viento, que parece direccionada por una inteligencia malévola, hace que nunca llegue a completar la tarea, de modo tal que la oscuridad comienza a cerrarse a su alrededor.

La premisa de La Habitación Roja influyó en muchos relatos de fantasmas posteriores: un sujeto escéptico decide pernoctar en un lugar para probar que no está embrujado [ver: El ABC de las historias de fantasmas]. De hecho, todos los elementos que llegarían a convertirse en estereotipos del género están aquí: una mansión abandonada con una historia trágica de fondo, personas espeluznantes que pronuncian terribles advertencias, un escéptico arrogante, y la demostración final de que su escepticismo es la verdadera superstición, porque el lugar realmente está embrujado. Sin embargo, H. G. Wells nos brinda una vuelta de tuerca sublime, porque La Habitación Roja es menos una historia de fantasmas que una exploración de la psicología humana en relación al miedo.

H. G. Wells era un escéptico [aunque más tarde en su vida cambiaría un poco]; en muchos sentidos, él es como el Narrador, es decir, el tipo de persona que no se toma en serio las historias de fantasmas. En este sentido, es lícito leer La Habitación Roja como un sutil trabajo de demolición del género, incluso como una sátira. Sin embargo, hay una cosa que H. G. Wells sí se toma muy en serio: el miedo, más precisamente el poder del miedo para aplastar la razón y el autocontrol, sin importar cuán escépticos seamos e incluso prescindiendo de cualquier fantasmas. Solo necesitamos una Habitación Roja para poner a prueba nuestro cinismo en relación a lo paranormal, un lugar que no esté embrujado por espíritus o demonios, sino por el miedo mismo [ver: Psicología de las Casas Embrujadas]

La Habitación Roja, entonces, es una historia sobre algo que todos hemos experimentado: miedo: particularmente ese tipo de miedo del que no puedes deshacerte incluso cuando sabes que [supuestamente] no hay nada que temer.

El punto de H. G. Wells es que todos tenemos miedos «irracionales», miedos que la razón no puede sofocar, y eso nos pone en el lugar del Narrador. Este sujeto decide pasar la noche en la Habitación Roja porque «sabe» que los fantasmas no existen. En otras palabras, se mete en una situación en la que su razón le dice que no hay nada que temer, como un padre que le asegura a su hijo que no hay monstruos debajo de la cama; por lo tanto, cree que puede dominar con confianza y autocontrol cualquier miedo irracional. Sin embargo, como todo chico sabe, HAY monstruos debajo de la cama, tal vez no el tipo de monstruos que conjura papá con sus explicaciones racionales, pero allí están, listos para manifestarse cuando las circunstancias son apropiadas [ver: Esos monstruos debajo de la cama]

¿Realmente hay algo sobrenatural en la Habitación Roja? H. G. Wells está menos interesado en esto que en hacernos reflexionar en lo que significa tener miedo, incluso un miedo irracional, y cómo este no desaparecerá frente al razonamiento o la fuerza de voluntad. En este contexto, el miedo no es tan diferente a un fantasma, cuya sola presencia es una amenaza a la racionalidad.

Ahora bien, antes de entrar en la Habitación Roja, el Narrador conversa con los cuidadores del castillo: un anciano con un brazo atrofiado y una anciana con ojos pálidos, quienes le advierten que está siendo temerario. El anciano, además, insiste en que el Narrador está actuando por «su propia elección». En este punto entra un tercer anciano; lleva una capucha y tose repetidamente. Sigue un silencio tenso. Estas tres figuras arquetípicas y sus advertencias establecen temprano en la historia el arco del protagonista: de escéptico a creyente, y además deja en claro que sus opiniones sobre la vejez es un preludio de lo que experimentará más adelante: «hay algo inhumano en la senilidad, algo agazapado y atávico; las cualidades humanas parecen desvanecerse insensiblemente de las personas mayores». Si estos tres viejos te parecen inquietantes, espera a ver lo que hay en la Habitación Roja.

Pronto, incluso antes de que entremos en la Habitación Roja con el Narrador, H. G. Wells deja caer una imagen que impregnará el resto del relato: sombras danzantes, casi conscientes, que reaccionan ante la luz de las velas y luchan contra ellas. Hay algo primitivo en esta oposición luz-oscuridad, no tanto en términos de bien vs. mal, sino entre la luz de la racionalidad, del intelecto y la civilización, en contraste con la oscuridad de la irracionalidad, de los actos inhumanos que se cometen en las ella. «Mi vela se encendió e hizo que las sombras se cubrieran y temblaran», dice el Narrador, y agrega: «llegaron detrás de mí, y otra huyó ante mí hacia la oscuridad de arriba». Que las sombras estén antropomorfizadas es un lindo detalle, pero las sombras en la Habitación Roja se retraen, se reorganizan y finalmente avanzan contra la luz de forma sistemática.

La luz artificial tiene que ser controlada por el ser humano, depende de él, del mismo modo en que la racionalidad supone un esfuerzo por reprimir los instintos atávicos; pero la oscuridad puede moverse como quiera. Es como si H.G. Wells sugiriera que la oscuridad es el estado por defecto de las cosas, y que la luz, en términos de racionalidad e intelecto, es el intruso. El Narrador debe moverse en el reino de la oscuridad; su escepticismo es tan intrusivo e ineficaz como la luz de sus velas.

Al principio, el Narrador intenta preservar una «actitud mental científica». Examina cada centímetro de la Habitación Roja y enciende varias velas en puntos estratégicos, de manera tal de cubrir con luz la mayor superficie posible. Sin embargo, «todavía encontraba la oscuridad más remota del lugar y su perfecta quietud demasiado estimulantes para la imaginación». A partir de aquí, H. G. Wells se divierte con el lector. En cada sombra, en cada vela que parpadea, cediendo terreno a la oscuridad, esperamos la aparición de un fantasma o un demonio, pero solo tenemos a un sujeto que intenta desesperadamente volver a encender las velas que se apagan, yendo y viniendo por la Habitación Roja, dándose cuenta que está siendo tragado por la oscuridad.

Previamente el Narrador balbucea un comentario humorístico: «Se me ocurrió que cuando viniera el fantasma podría advertirle que no tropezara con las velas». Aunque esta línea es una broma para él mismo, el Narrador ha traído fantasmas a su vocabulario, pensando en ellos como existentes en el mundo de su broma. Ha comenzado su camino desde la incredulidad hacia el reconocimiento. Es entonces, inmediatamente después de este reconocimiento, que las velas comienzan a apagarse.

El Narrador, histérico, comienza a luchar contra el continuo apagado de las velas. H. G. Wells mantiene al lector en suspenso acerca de la posibilidad de algo sobrenatural en la Habitación Roja, y al final saca una carta magistral. El Narrador, ya sin ninguna luz, escapa de la habitación en una escena deliberadamente no sobrenatural, golpeándose, tropezando, cayéndose en su propia desesperación. La revelación final sobre la naturaleza de la malevolencia en la Habitación Roja es hermosa:


«¡Miedo! Miedo que no tiene luz ni sonido, que no soporta la razón, que ensordece y oscurece y abruma. Me siguió por el pasillo, luchó contra mí en la habitación.»


Por supuesto, nada te impide pensar que hay una fuerza sobrenatural que infunde tal terror que hace que las personas se maten accidentalmente; pero la sugerencia de H. G. Wells es que la entidad de la Habitación Roja es simplemente MIEDO, un miedo que, como la oscuridad, tal vez es el estado por default de la existencia humana.




La Habitación Roja.
The Red Room, H. G. Wells (1866-1946)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


—Le puedo asegurar —dije— que se necesitará un fantasma muy tangible para asustarme.

Me paré frente al fuego con mi copa en la mano.

—Es su elección —dijo el hombre del brazo atrofiado, y me miró con recelo.

—Veintiocho años he vivido —dije—, y nunca he visto un fantasma.

La anciana se quedó sentada mirando fijamente el fuego, con los ojos claros muy abiertos.

—Ay —interrumpió ella—, veintiocho años has vivido pero nunca has visto una casa como esta. Hay muchas cosas que ver cuando uno todavía tiene veintiocho años —movió la cabeza lentamente de un lado a otro—. Muchas cosas que ver y por las que llorar.

Sospechaba que los ancianos estaban tratando de aumentar los terrores espirituales de su casa con su monótona insistencia. Dejé mi vaso vacío sobre la mesa y miré alrededor de la habitación. Me vi fugazmente, abreviado y ampliado hasta una solidez imposible en el viejo y extraño espejo al final de la habitación.

—Bueno —dije—, si veo algo esta noche seré mucho más sabio. Tengo una mente abierta.

—Es su elección —dijo el hombre del brazo atrofiado una vez más.

Escuché el débil sonido de un palo y un paso arrastrado sobre las losas en el pasillo exterior. La puerta crujió sobre sus goznes cuando entró un segundo anciano, más encorvado, más arrugado, más envejecido incluso que el primero. Se sostenía con la ayuda de una muleta, sus ojos estaban cubiertos por una capucha, y su labio inferior, medio desviado, colgaba pálido y rosado de sus dientes amarillos y cariados.

Se dirigió directamente a un sillón en el lado opuesto de la mesa, se sentó torpemente y comenzó a toser. El hombre del brazo atrofiado le dirigió al recién llegado una breve mirada de desagrado; la anciana no se dio cuenta de su llegada, sino que permaneció con los ojos fijos en el fuego.

—Dije que es su elección —dijo el hombre del brazo atrofiado cuando la tos cesó por un momento.

—Es mi elección —respondí.

El hombre de la muleta se dio cuenta de mi presencia por primera vez y echó la cabeza hacia atrás y hacia un lado para verme. Alcancé a ver momentáneamente sus ojos, pequeños, brillantes e inflamados. Luego empezó a toser y a balbucear de nuevo.

—¿Por qué no bebes? —dijo el hombre del brazo atrofiado, empujando la cerveza hacia él.

El hombre de la capucha se sirvió un vaso con mano temblorosa, derramando la mitad sobre la mesa de madera. Su monstruosa sombra se agazapó sobre la pared y se burló de su acción mientras servía y bebía. Debo confesar que apenas esperaba estos grotescos custodios. En mi opinión, hay algo inhumano en la senilidad, algo agazapado y atávico; las cualidades humanas parecen desvanecerse insensiblemente de las personas mayores. Los tres me hicieron sentir incómodo con sus demacrados silencios, su porte encorvado, su evidente hostilidad hacia mí y entre ellos. Y esa noche, tal vez, estaba de humor para impresiones incómodas. Decidí alejarme de sus vagos presagios sobre las cosas malvadas de arriba.

—Si —dije—, lléveme a esa habitación embrujada suya, me pondré cómodo allí.

El anciano con tos echó la cabeza hacia atrás tan repentinamente que me sobresaltó. Me lanzó otra mirada con sus ojos rojos desde la oscuridad bajo la sombra, pero nadie me respondió. Esperé un minuto, mirando de uno a otro. La anciana, como un cadáver, miraba fijamente al fuego con ojos sin brillo.

—Si —dije un poco más alto—, si me lleva a esa habitación embrujada suya lo relevaré de la tarea de entretenerme.

—Hay una vela en la losa afuera de la puerta —dijo el hombre del brazo atrofiado, mirándome los pies mientras se dirigía a mí. Pero si va a la Habitación Roja esta noche...

—¡Esta noche de todas las noches! —dijo suavemente la anciana.

—Vaya sólo.

—Muy bien —respondí, brevemente—, ¿y por dónde voy?

—Camine por el pasillo —dijo, señalando la puerta con la cabeza apoyada en el hombro— hasta la escalera de caracol; en el segundo rellano hay una puerta cubierta con paño verde. Pase por ahí y siga por el largo corredor hasta el final. La Habitación Roja está a su izquierda subiendo los escalones.

—He entendido bien —dije, y repetí sus instrucciones.

Me corrigió en un particular.

—¿Y realmente vas a ir? —dijo el hombre, mirándome por tercera vez con esa extraña y antinatural inclinación del rostro.

—¡Esta noche de todas las noches! —susurró la anciana.

—Es a lo que vine —dije, y me dirigí hacia la puerta. Al hacerlo, el anciano de la capucha se levantó y se tambaleó alrededor de la mesa, para estar más cerca de los demás y del fuego. En la puerta me volví y los miré, estaban todos muy juntos, oscuros contra la luz del fuego, mirándome por encima del hombro con una expresión atenta en sus rostros ancianos.

—Buenas noches —dije, dejando la puerta abierta.

—Es su elección —dijo el hombre del brazo atrofiado.

Dejé la puerta abierta de par en par hasta que la vela estuvo bien encendida, luego la cerré y caminé por el pasillo frío y resonante.

Debo confesar que la rareza de estos tres ancianos pensionistas a cuyo cargo la Señora había dejado el castillo, y los muebles antiguos y de tonos profundos de la habitación del ama de llaves en la que se reunían, me habían afectado a pesar de mi esfuerzo. Parecían pertenecer a otra era, una era más antigua, una era en la que las cosas espirituales eran verdaderamente temibles, en la que el sentido común era poco común, una era en la que los presagios y las brujas eran creíbles, y los fantasmas eran innegables. Su misma existencia, pensé, es espectral; el corte de sus vestidos, modas nacidas de cerebros muertos; los adornos y las comodidades en la habitación que los rodea incluso son fantasmales: los pensamientos de hombres desaparecidos, que todavía rondan en lugar de participar en el mundo de hoy.

El pasaje en el que me encontraba, largo y sombrío, con una película de humedad que brillaba en la pared, era tan desolado y frío como algo muerto y rígido. Con un esfuerzo sofoqué esos pensamientos. El largo pasaje subterráneo con corrientes de aire era frío y polvoriento, y mi vela hizo que las sombras se encogieran y temblaran. Ecos resonaron arriba y abajo de la escalera de caracol, y una sombra vino detrás de mí, y otra huyó ante mí hacia la oscuridad de arriba. Llegué al amplio rellano y me detuve por un momento, escuchando un crujido que me pareció oír arrastrándose detrás de mí, y luego, satisfecho del silencio absoluto, abrí la puerta forrada con paño y me quedé en el pasillo silencioso.

El efecto no fue el que esperaba, ya que la luz de la luna, que entraba por la gran ventana de la gran escalera, lo iluminaba todo con una vívida iluminación plateada. Todo parecía estar en su debido lugar; la casa podría haber estado desierta ayer en lugar de hace doce meses. Había velas en los portalámparas de los candelabros, y el polvo que se había acumulado en las alfombras o en el piso pulido se distribuía tan uniformemente que era invisible a la luz de las velas. Una quietud expectante lo dominaba todo.

Estaba a punto de avanzar pero me detuve bruscamente. Un grupo de bronces estaba de pie en el rellano, escondido de mí por una esquina de la pared; pero su sombra caía con maravillosa nitidez sobre el blanco artesonado, y me dio la impresión de que alguien se agachaba para acecharme. La cosa saltó a mi atención de repente. Me quedé rígido durante medio segundo, tal vez. Luego, con la mano en el bolsillo, en el revólver, avancé, solo para descubrir un Ganímedes y un Águila brillando a la luz de la luna. Ese incidente me devolvió los nervios durante un tiempo, y un chino de porcelana deslucido sobre una mesa de buhl, cuya cabeza se balanceaba cuando pasaba, apenas me sobresaltó.

La puerta de la Habitación Roja y los escalones que conducían a ella estaban en un rincón oscuro. Moví mi vela de un lado a otro para ver claramente la naturaleza del hueco en el que me encontraba antes de abrir la puerta. Aquí fue, pensé, donde se encontró a mi predecesor, y el recuerdo de esa historia me dio una súbita punzada de aprensión. Miré por encima del hombro al Ganímedes negro a la luz de la luna y abrí la puerta de la Habitación Roja con bastante prisa, con el rostro medio vuelto hacia el pálido silencio del pasillo.

Entré, cerré la puerta detrás de mí de inmediato, giré la llave que encontré en la cerradura interior y me quedé con la vela en alto contemplando el escenario de mi vigilia, la gran Habitación Roja del Castillo Lorraine en la que había muerto el joven Duque ; o más bien en el que había comenzado su muerte, porque abrió la puerta y cayó de cabeza por los escalones que yo acababa de subir. Ese había sido el final de su vigilia, de su valiente intento de conquistar la tradición fantasmal del lugar, y nunca, pensé, había servido mejor la apoplejía a los fines de la superstición.

Había otras historias más antiguas que se aferraban a la habitación: la historia de una esposa tímida y el final trágico que tuvo la broma de su marido, que quiso asustarla. Y mirando alrededor de esa enorme habitación sombría con sus negros ventanales, sus huecos y nichos, sus tapices polvorientos de color marrón rojizo y sus muebles oscuros y gigantescos, uno podía entender bien las leyendas que habían brotado en sus rincones negros, en sus tinieblas germinantes. Mi vela era una pequeña lengua de luz en la inmensidad de la cámara; sus rayos no lograron penetrar hasta el extremo opuesto de la habitación y dejaron un océano de misterio y sugestión de color rojo opaco, sombras centinelas y oscuridades vigilantes más allá de su isla de luz. Y la quietud de la desolación se cernía sobre todo.

Debo confesar que alguna cualidad impalpable de esa antigua habitación me inquietó. Traté de luchar contra este sentimiento. Decidí hacer un examen sistemático del lugar y así, sin dejar nada a la imaginación, disipar las fantasiosas sugestiones de la oscuridad antes de que se apoderaran de mí.

Después de convencerme de que la puerta estaba cerrada con llave, comencé a caminar por la habitación, mirando alrededor de cada mueble, remangando los faldones de la cama y abriendo las cortinas de par en par. En un lugar había un claro eco de mis pasos, los ruidos que hacía parecían tan pequeños que realzaban el silencio del lugar. Subí las persianas y examiné los cierres de varias ventanas. Atraído por la caída de una partícula de polvo, me incliné hacia adelante y miré hacia la negrura de la ancha chimenea. Luego, tratando de conservar mi actitud mental científica, di la vuelta y comencé a golpear los paneles de roble en busca de alguna abertura secreta, pero desistí antes de llegar a la alcoba. Vi mi rostro en un espejo: blanco.

Había dos grandes espejos en la habitación, cada uno con un par de candelabros con velas, y en la repisa de la chimenea también había velas en candelabros de porcelana. Los encendí uno tras otro. El fuego también estaba encendido —una consideración inesperada por parte del anciano— y lo avivé para evitar cualquier disposición a temblar, y cuando ardía bien me quedé de espaldas a él y miré la habitación de nuevo.

Había levantado un sillón tapizado en cretona y una mesa para formar una especie de barricada ante mí. Sobre esto yacía mi revólver, a mano. Mi examen preciso me había hecho bien, pero aún encontraba la oscuridad más remota del lugar y su perfecta quietud demasiado estimulantes para la imaginación. El eco de la agitación y el crepitar del fuego no fue ningún consuelo. La sombra en la alcoba al final de la habitación comenzó a mostrar esa cualidad indefinible de una presencia, esa extraña sugerencia de un ser vivo al acecho que aparece tan fácilmente en el silencio y la soledad. Para tranquilizarme entré con una vela y me convencí de que no había nada tangible allí. Coloqué esa vela en el suelo de la alcoba y la dejé en esa posición.

En ese momento yo estaba en un estado de considerable tensión nerviosa, aunque a mi juicio no había una causa adecuada para mi condición. Mi mente, sin embargo, estaba perfectamente clara. Postulé sin reservas que nada sobrenatural podía suceder, y para pasar el tiempo comencé a hilvanar algunas rimas, al estilo de Ingoldsby, sobre la leyenda del lugar. Algunas las dije en voz alta, pero los ecos no eran agradables. Por la misma razón también abandoné, después de un tiempo, una conversación conmigo mismo sobre la imposibilidad de los fantasmas y las apariciones. Mi mente volvió a las tres personas viejas y distorsionadas de abajo, y traté de mantenerme en ese tema.

Los sombríos rojos y grises de la habitación me inquietaban; incluso con las siete velas el lugar estaba oscuro. La luz de la alcoba resplandeciendo en una corriente de aire y el fuego mantuvieron las sombras y la penumbra cambiando y moviéndose en una danza silenciosa. Recordé las velas de cera que había visto en el corredor y, con un ligero esfuerzo, llevando una vela y dejando la puerta abierta, salí a la luz de la luna y regresé con diez. Las puse en las diversas chucherías de porcelana con las que la habitación estaba escasamente adornada, y las encendí y las coloqué donde las sombras eran más profundas, algunas en el suelo, otras en los huecos de las ventanas, ordenándolas hasta que por fin quedaron diecisiete velas, de modo que ni un centímetro de la habitación dejara de tener la luz directa de al menos una de ellas.

Se me ocurrió que cuando viniera el fantasma podría advertirle que no tropezara con las velas.

La habitación estaba ahora muy iluminada. Había algo alentador y tranquilizador en estas pequeñas llamas silenciosas que fluían, y notar su constante disminución de longitud me ofreció una ocupación y me dio una sensación tranquilizadora del paso del tiempo. Incluso con eso la inquietante expectativa de la vigilia pesaba sobre mí. Me quedé mirando cómo el minutero de mi reloj avanzaba lentamente hacia la medianoche.

Entonces algo sucedió en la alcoba. No vi que la vela se apagara, simplemente volteé y vi que la oscuridad estaba allí, como la presencia inesperada de un extraño. La sombra negra había vuelto a su lugar.

—Por Júpiter —dije en voz alta, recuperándome de mi sorpresa.

Tomando la caja de fósforos de la mesa, caminé por la habitación de manera pausada para volver a iluminar el rincón. Mi primer fósforo no encendió y, cuando lo hice con el segundo, algo pareció parpadear en la pared frente a mí. Giré la cabeza y vi que las dos velas de la mesita junto a la chimenea se habían apagado. Me puse de pie de inmediato.

—Qué extraño —dije—. ¿Las apagué yo mismo en un destello de distracción?

Regresé, volví a encender una y, al hacerlo, vi que la vela del candelabro derecho de uno de los espejos parpadeaba y se apagaba, y casi de inmediato su compañera la siguió. Las llamas se desvanecieron como si la mecha hubiera sido cortada repentinamente, dejándola ni brillante ni humeante, sino negra. Mientras permanecía boquiabierto, la vela a los pies de la cama se apagó y las sombras parecieron dar otro paso hacia mí.

—¡Esto no servirá! —dije, y primero una y luego otra vela en la repisa de la chimenea se fueron apagando—. ¿Qué pasa? —exclamé con una extraña nota alta en mi voz.

Entonces se apagó la vela del rincón del armario y siguió la que había vuelto a encender en la alcoba.

—¿Qué sucede con esas velas? —dije con una jocosidad medio histérica mientras raspaba una cerilla.

Mis manos temblaban tanto que fallé dos veces el papel rugoso de la caja de fósforos. Cuando la repisa de la chimenea emergió de la oscuridad nuevamente, dos velas en el extremo más remoto de la habitación se eclipsaron. Pero con la misma cerilla volví a encender las velas de los espejos más grandes, y las que estaban en el suelo cerca de la puerta, de modo que por el momento parecía ganar sobre las extinciones. Pero luego, en una andanada silenciosa, desaparecieron cuatro luces a la vez en diferentes rincones de la habitación. Encendí otra cerilla con temblorosa prisa y me quedé dudando sobre dónde llevarla.

Mientras estaba indeciso una mano invisible pareció apagar las dos velas de la mesa.

Con un grito de terror me lancé hacia la alcoba, luego hacia la esquina y luego hacia la ventana, encendiendo de nuevo tres velas cuando dos más desaparecieron junto a la chimenea, y entonces, percibiendo una mejor manera, arrojé fósforos en la caja de seguridad forrada de hierro y tomé el candelero del dormitorio. Con esto evité la demora de encender fósforos, pero a pesar de todo, el proceso constante de extinción continuó, y las sombras regresaron y se deslizaron sobre mí. Ahora estaba casi frenético con el horror de la oscuridad que se acercaba, y mi autocontrol me abandonó. Salté, jadeante, de vela en vela en una vana lucha contra ese avance despiadado.

Me golpeé en el muslo contra la mesa, tiré una silla, tropecé y caí y sacudí el mantel de la mesa en mi caída. Mi vela rodó lejos de mí y agarré otra mientras me levantaba. De repente, esta se apagó cuando la tiré de la mesa por mi movimiento repentino, e inmediatamente siguieron las dos velas restantes. Pero todavía había luz en la habitación, una luz roja que se filtraba por el techo y alejaba las sombras de mí. ¡El fuego! Por supuesto, todavía podía empujar mi vela entre las barras y volver a encenderla.

Me volví hacia donde las llamas todavía bailaban entre los carbones encendidos y salpicaban reflejos rojos sobre los muebles. Di dos pasos hacia la chimenea, e incontinentemente las llamas se extinguieron y desaparecieron, el resplandor se desvaneció, los reflejos se juntaron y desaparecieron, y mientras empujaba la vela entre los barrotes, la oscuridad se cerró sobre mí como el cerrar de un ojo, envolviéndome en un abrazo sofocante, aplastando los últimos vestigios de autocontrol.

Y no sólo era una oscuridad palpable, sino un terror intolerable. La vela se me cayó de las manos. Extendí los brazos en un vano esfuerzo por alejar de mí esa pesada negrura y, alzando la voz, grité con todas mis fuerzas, una, dos, tres veces. Entonces creo que debo haberme puesto en pie, tambaleándome De repente pensé en el pasillo iluminado por la luna, y con la cabeza gacha y los brazos sobre la cara corrí a hacia la puerta.

Pero había olvidado la posición exacta de la puerta y me golpeé fuertemente contra la esquina de la cama. Retrocedí tambaleándome, me di la vuelta y me golpeé contra algún otro mueble voluminoso. Tengo un vago recuerdo de haberme golpeado de un lado a otro en la oscuridad, de un fuerte golpe finalmente en mi frente, de una horrible sensación de caída que duró una eternidad, de mi último esfuerzo frenético para mantener el equilibrio y luego el olvido.

Abrí los ojos a la luz del día.

Tenía la cabeza toscamente vendada y el hombre del brazo atrofiado me observaba. Miré a mi alrededor tratando de recordar lo que había sucedido. Giré los ojos hacia un rincón y vi a la anciana, ya no abstraída, vertiendo algunas gotas de medicina de un pequeño frasco azul en un vaso.

—¿Dónde estoy? —dije—. No puedo recordar quién eres.

Me lo dijeron entonces, y oí hablar de la Habitación Roja embrujada como quien escucha un cuento.

—Lo encontramos al amanecer —dijo—, tenía sangre en la frente y en los labios.

Me preguntaba si alguna vez me habían disgustado. Los tres, a la luz del día, parecían viejos comunes y corrientes. El hombre de la capucha tenía la cabeza inclinada como quien duerme.

Fue muy lentamente que recuperé el recuerdo de mi experiencia.

—¿Cree ahora —dijo el anciano del brazo atrofiado— que la habitación está embrujada?

Ya no hablaba como quien saluda a un intruso sino como quien se compadece de un amigo.

—Sí —dije—, la habitación está embrujada.

—Y lo has visto. Nosotros que hemos estado aquí toda nuestra vida nunca lo hemos visto. Porque nunca nos hemos atrevido. Díganos, ¿es realmente el viejo conde quien… ?

—No —dije—, no lo es.

—Te lo dije —dijo la anciana con el vaso en la mano—. Es su pobre y joven condesa...

—No lo es —dije—. No es el fantasma del conde ni el de la condesa lo que está en esa habitación; allí no hay ningún fantasma, sino algo peor, mucho peor, algo impalpable...

—¿Bien? ¿Qué es? —dijeron.

—Lo peor de todas las cosas que acechan a los pobres mortales —dije—; eso es, en toda su desnudez: ¡Miedo! Miedo que no tiene luz ni sonido, que no tolera la razón, que ensordece y oscurece y abruma. Me siguió por el pasillo, luchó contra mí en la habitación...

Me detuve abruptamente. Hubo un intervalo de silencio. Mi mano subió a mis vendajes.

—Las velas se apagaron una tras otra, y yo huí…

Entonces el hombre de la capucha levantó la cara hacia un lado para verme y habló.

—Eso es todo —dijo—. Sabía que eso era todo. Un poder de la oscuridad. Se esconde allí, siempre. Puedes sentirlo incluso durante el día, incluso en un brillante día de verano, en los tapices, en las cortinas, manteniéndose detrás de ti sin importar hacia dónde mires. En la oscuridad se arrastra por el pasillo y te sigue para que no te atrevas a girar. Es como dices, el miedo mismo está en esa habitación. Miedo negro... Y allí estará... mientras perdure esta casa de pecado.

H. G. Wells (1866-1946)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de H. G. Wells.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de H. G. Wells: La Habitación Roja (The Red Room), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

¡Morlocks, allá vamos! (en una máquina del tiempo marxista)


¡Morlocks, allá vamos! (en una máquina del tiempo marxista)




Para el lector moderno, La máquina del tiempo de H.G. Wells quizás haya quedado un poco desfasada en términos de tecnología (aunque siga siendo hermosa). En lo personal, es una de esas novelas que resuenan en otras lecturas, tal vez por haberme cruzado con ella en la adolescencia, cuando uno está más abierto a recibir nuevas concepciones y apreciarlas.

La primera vez que leí La máquina del tiempo me pareció decepcionante. ¿Por qué los Eloi eran representados como víctimas pacíficas, inocentes, en contraste con los viles depredadores subterráneos, los Morlocks?

Me molestó que el Bien y el Mal estuviesen claramente definidos en ese futuro. Pero, ¿por qué el viajero en el tiempo no pudo ayudar a los Eloi a derrotar a los bestiales Morlocks al final? ¿Por qué volvió a su máquina del tiempo y los dejó atrás? (ver: Máquinas del Tiempo: el problema de viajar al futuro y encontrarse en el pasado)

Años después, en una segunda lectura, advertí cuál era el motivo de mi fastidio: sencillamente no había entendido La máquina del tiempo.

Viajemos al año 802.701 d.C. (ver: Viajes en el tiempo: Horror vs Ciencia Ficción)

La máquina del tiempo de H.G. Wells es una visión mucho más oscura del futuro que cualquier adaptación cinematográfica. Sus nociones sobre el futuro de la humanidad, y del planeta, han influido fuertemente en la ficción especulativa sobre el futuro de nuestras ciudades, de nuestros sistemas políticos y económicos, incluso sobre nuestra posible apariencia física. En esencia, La máquina del tiempo es una obra que combina magistralmente la teoría de la evolución de las especies de Charles Darwin con las ideas de Karl Marx sobre la lucha de clases (El Marxismo en el Horror: los pobres siempre mueren primero).

La Gran Idea (parafraseando a Marx) de H.G. Wells es que una sociedad humana altamente exitosa, que satisfaga efectivamente todas sus necesidades, y que en el proceso evite toda lucha o conflicto, contiene las semillas de su propia destrucción. Y esto era algo completamente novedoso para la época.

El avance hacia un estado de perfección social es fundamentalmente una involución genética hacia la imbecilidad, en el caso de los Eloi, o hacia la bestialidad, como en los Morlocks. Pero Wells desafía a Marx en su propio patio trasero; porque los Morlocks, descendientes subterráneos de la clase trabajadora que una vez estuvo al servicio de los Eloi, ahora mantienen vivas a las clases superiores como fuente de alimento.

El socialismo y la evolución, por supuesto, tienen la culpa (ver: Wells y la conciencia social en la ciencia ficción).

Al principio, claro, esto no resulta tan evidente, y hasta el viajero en el tiempo se impresiona con los logros de la humanidad:


También se habían logrado triunfos sociales. Vi a la humanidad alojada en espléndidos refugios, gloriosamente vestida. Nadie parecía esforzarse. No había signos de conflictos, ni lucha social ni económica. El comercio, la publicidad, el tráfico, todo eso que constituye el cuerpo de nuestro mundo, desapareció. Era natural, en esa tarde dorada, que a mi mente saltara a la idea de un paraíso social.


Aquí entra a jugar el sagaz Darwin, porque bajo las nuevas condiciones de perfecta comodidad y seguridad, esa energía que impulsa todas las ambiciones humanas, y también sus abominaciones, se convertiría en debilidad.


Sin duda, la exquisita belleza de los edificios que vi fue el resultado de la última oleada de la energía, ahora sin propósito, de la humanidad, ya establecida en perfecta armonía con las condiciones que ella misma forjó. Este ha sido el destino de esa energía: seguridad, que lleva al arte y al erotismo, y luego a la languidez y la decadencia.


H.G. Wells nos advierte sobre nuestra responsabilidad en el devenir de la humanidad. Pero, ¿qué podemos hacer? Los cambios son tan insignificantes que ni siquiera los notamos. De hecho, el declive de la sociedad comienza inmediatamente después de alcanzar la perfección.


Me afligió pensar cuán breve había sido el sueño de la inteligencia humana. Se había suicidado. Se había puesto con firmeza en busca de la comodidad y el bienestar de una sociedad equilibrada con seguridad y estabilidad, como lema, para llegar a esto al final. Alguna vez, la vida y la prosperidad debieron alcanzar una casi absoluta seguridad. Al rico le habían garantizado su riqueza y su bienestar, al trabajador su vida y su trabajo. Sin duda en aquel mundo perfecto no había existido ningún problema de desempleo, ninguna cuestión social dejada sin resolver. Y esto había sido seguido de una gran calma.


Todo esto impresiona poderosamente al viajero en el tiempo, quien especulaba encontrarse en el futuro con un socialismo plenamente desarrollado; pero la paz y el equilibrio social, al menos aquí, no se logran en la igualdad, sino en la más radical desigualdad, donde los poderosos siguen siéndolo, aunquen también formen parte del alimento de las clases subterráneas.


El Hombre no continuó siendo una especie única, sino que se había diferenciado en dos animales distintos; las graciosas criaturas del Mundo Superior no eran los únicos descendientes de nuestra generación, sino que aquel Ser, pálido, repugnante, nocturno, que había pasado fugazmente ante mí, era también el heredero de todas las edades.


Pero todo esto es circunstancial, y hasta anecdótico, para la historia de nuestro planeta (ver: La Tierra como superorganismo consciente).

Después de recuperar la máquina del tiempo, confiscada por los Morlocks, el narrador la programa para ir aún más lejos en el futuro, donde el sol se ha atenuado hasta convertirse en un gigante rojo, y la flora y la fauna de la Tierra han retornado a un nivel primordial. La escena es inquietante, porque aquí incluso somos testigos de una sociedad aun más decadente, bajo un sol rojo, envejecido y menguante (ver: El Cambio Climático como proceso de Terraformación).

La escena recuerda el final de La casa en los confines del mundo (The House in the Borderland), de William Hope Hodgson, y varios episodios de La sombra fuera del tiempo (The Shadow Out of Time), de H.P. Lovecraft; sin embargo, el narrador decide viajar aun más en el futuro, donde el sol está a punto de desvanecerse y dejar a la Tierra sumida en el frío y la oscuridad (ver: Eco-pioneros literarios: historia del cambio climático en la ficción).

Los Eloi y los Morlocks han desaparecido. El paisaje está habitado por unas criaturas similares a cangrejos y mariposas descomunales. También presenciamos una extraña criatura marina con forma de piedra negra, inmóvil al principio, pero que luego cobra vida. ¿Es inteligente? Wells no lo aclara, pero ese podría ser el destino final de la evolución: regresar a una forma de vida elemental (ver: Black Goo y otras monstruosidades amorfas en la ficción).

El tono general de La máquina del tiempo es notablemente desolador y resignado. Sus adaptaciones cinematográficas han preferido regodearse en la máquina propiamente dicha (con un magnífico diseño victoriano) y atenuar los horrores futuros que plantea la novela. Uno de ellos, el más impresionante de todos, es pérdida de la inteligencia.

Hay un episodio maravilloso en el que el viajero en el tiempo y su compañera Eloi, llamada Weena, exploran las ruinas de un museo. Allí encuentran fósiles, estatuas, objetos de arte, y tecnología antigua (ver: Las nuevas tecnologías en la mecánica del Horror). Es un lindo detalle: la imagen del tiempo como devorador de todo aquello que considermos imperecedero; pero entonces Wells nos lleva a descubrir los restos de una biblioteca, donde el protagonista examina un verdadero cementerio de libros en avanzado estado de descomposición.

Wells trasciende de algún modo sus propias especulaciones, su visión que integra el marxismo con el darwinismo, para desembocar en una orilla desolada: el conocimiento humano es circunstancial, lo mismo que el devenir de nuestra raza. Al final, todo termina con un sol rojo.




Taller gótico. I Ciencia ficción.


Más literatura gótica:
El artículo: ¡Morlocks, allá vamos! (en una máquina del tiempo marxista) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

El Cambio Climático como proceso de Terraformación extraterrestre


El Cambio Climático como proceso de Terraformación extraterrestre.




La Ciencia Ficción fue el primer género en ocuparse del Cambio Climático (ver: Eco-pioneros literarios: historia del Cambio Climático en la ficción), aún cuando este no había empezado a manifestarse; y algunos de esos intentos especulativos presentan hipótesis verdaderamente inquietantes, como por ejemplo la posibilidad de que el Cambio Climático, después de todo, sea parte de un proceso de Terraformación de alguna civilización extraterrestre que busca adaptar las condiciones de nuestro planeta para volverlo habitable para sus propios organismos.

El concepto de extraterrestres que invaden la Tierra para reemplazar a su planeta moribundo es un cliché de la ciencia ficción, y de hecho parece ser la principal motivación para las invasiones alienígenas en la ficción. En cierto modo, esa recurrencia nos permite suponer que el tópico proyecta nuestros propios miedos y ansiedades como especie. Después de todo, la posibilidad de invadir otros planetas es algo que nosotros, como terrícolas, seguramente haremos en algún punto de nuestra historia a medida que la Tierra se vuelva inhabitable debido a diversas causas, como la sobreexplotación de los recursos naturales, la superpoblación y, desde luego, el Cambio Climático.

Es decir que, en cierto momento, los terrícolas viajaremos a otros mundos, los invadiremos, y en el proceso tal vez sea necesario exterminar a la población nativa y adaptar las condiciones del entorno para nuestra propia supervivencia. Esto es algo que venimos haciendo, en menor escala, desde hace milenios en nuestro propio mundo.

A continuación hablaremos de dos ejemplos muy interesantes, dentro de la ciencia ficción, acerca de este proceso de cambios en el clima, la flora y la fauna de la Tierra para sostener vida extraterrestre. Uno de ellos, quizás el más obvio, es la novela de H.G. Wells: La guerra de los mundos (The War of the Worlds), de 1898. El segundo, mucho menos conocido, es el relato de Clark Ashton Smith: La metamorfosis del mundo (The Metamorphosis of the World), escrito en 1929 y publicado muchos años después, en la edición de septiembre de 1951 de la revista Weird Tales.

La metamorfosis del mundo amplía el universo de posibilidades de La guerra de los mundos. En este caso, los visitantes no son marcianos, como en la novela de H.G. Wells, sino que provienen del planeta Venus. Estos llegan a la Tierra con la misma agenda de los marcianos: su planeta está superpoblado y han agotado todos los recursos naturales necesarios para sostener su civilización. Sin embargo, la forma en la cual comienzan la invasión de la Tierra es, por lejos, una de las más interesantes.

Los astutos venusinos eligen África como sitio de desembarco. Hacia allí se dirige una expedición científica humana para analizar lo que parece ser evidencia de actividad extraterrestre; de hecho, inusual para esta clase de historias, ya que no hay un conflicto armado. Los invasores venusinos no son militares, sino científicos que trabajan con motivos similares a los nuestros.

Este tipo de invasión ya había sido analizada por H.P. Lovecraft en el relato: En las montañas de la locura (At the Mountains of Madness), situado en la Antártida, donde se descubren los restos de una antigua civilización extraterrestre conformada por seres de ciencia, y no de armas.

En el cuento de Smith, sin embargo, no hay ruinas antiguas; en cambio, los científicos detectan el comienzo de una invasión extraterrestre en una enorme franja circular de África, la cual ha sido modificada geológica y biológicamente, a punto tal que resulta tóxica para los humanos. Según se cree, este es el puesto de avanzada de los venusinos, y parte de un plan organizado para reconfigurar el terreno, la biología y la atmósfera de la Tierra para satisfacer las necesidades orgánicas de los invasores.

Sin el nivel de sofisticación de H.P. Lovecraft, donde se utiliza un estilo más bien documental, con el narrador básicamente exponiendo la importancia de sus observaciones, el cuento de Clark Ashton Smith es mucho más directo, y en cierto modo más afín a las novelas apocalípticas de la era del relato pulp; aunque de hecho expone una posibilidad casi inédita en el género: el Cambio Climático como evidencia de una invasión alienígena.

Esta reconfiguración de la geología y la atmósfera de la Tierra se manifiesta, al principio, a través del Cambio Climático, pero pronto las cosas empeoran, y comienzan a suceder terribles cataclismos en distintos lugares del mundo:


Se hicieron dos descubrimientos astronómicos singulares. La teoría de Lapham, de que algún tipo de rayo estaba afectando a la Tierra desde una fuente ulterior, había llevado a un estudio intensivo de los planetas vecinos, particularmente de Venus. A pesar de las nubes que rodean ese mundo, ahora, bajo el minucioso y continuo escrutinio de poderosos telescopios, se observaron tres destellos de luz blanca, a intervalos de setenta minutos, y de una duración de noventa segundos, que se dirigian a nuestro planeta desde una región no muy alejada del ecuador venusino.


Los marcianos de Wells son criaturas grandes, bulbosas, aunque con un rostro reconocible, con dos grandes ojos oscuros. Los venusinos de Clark Ashton Smith son un poco más exóticos: esféricos, más pequeños que los marcianos, y con tres patas que emergen de sus vientres. En este aspecto, Smith se ajusta a los parámetros del Horror Cósmico, donde los extraterrestres y seres interdimensionales en general se diferencian de la biología de la Tierra a través de un número impar de apéndices y órganos perceptivos, siendo que en nuestro planeta las formas avanzadas de vida tienden a ser simétricas.

Finalmente, y a pesar de sus diferencias, tanto los marcianos de H.G. Wells como los venusinos de Clark Ashton Smith son vulnerables a las bacterias de la Tierra, que al final exterminan a los marcianos, pero solo enferman a los venusinos y demoran la invasión. Quizás el aspecto más interesante del relato sea la idea de que los invasores extraterrestres necesitarán modificar el clima de la Tierra para poder establecerse con éxito.

En el cuento de Smith, la guerra entre los humanos y los invasores venusinos termina en una lucha prolongada, con la población terrícola afincada en precarias fortificaciones en los polos. El resultado del conflicto es incierto, aunque hay cierta esperanza en que los microbios de nuestro planeta terminen siendo una línea defensiva infranqueable para los depredadores de Venus.

Clark Ashton Smith incluso se atreve a deslizar la posibilidad de que su invasión extraterrestre cuente con el apoyo de algunas potencias de nuestro planeta, y que el Cambio Climático, así como la reconfiguración geológica y atmosférica del planeta, en realidad haya sido llevada a cabo con el apoyo logístico de Japón, Alemania, Estados Unidos, y otros países, quienes habrían acordado con los invasores la entrega, en principio, de los territorios de África y buena parte de Sudamérica.

Aquel acuerdo interplanetario no termina bien en La metamorfosis de la Tierra, pero ciertamente nos hace pensar en nuestra realidad, en la inacción de muchas grandes potencias en relación al Cambio Climático. Sin caer en la peligrosa tapera del conspiracionismo, Clark Ashton Smith especula acerca de algo más inquietante que la llegada de invasores del espacio: que sean los propios humanos, pertenecientes a la elite mundial, quienes entreguen el planeta a través de un lento y acaso irreversible proceso de degradación del aire, el suelo, y de la vida tal como la conocemos.

Después de todo, es lógico pensar que estos posible invasores han leído a Wells, y conocen los peligros de los microorganismos de la Tierra. En consecuencia, la invasión más eficaz es aquella que se realiza en las sombras, poco a poco, con el apoyo de las grandes potencias económicas y militares del mundo.




Taller literario. I Ciencia ficción.


Más literatura gótica:
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H.G. Wells: cuentos destacados


H.G. Wells: cuentos destacados.




H.G. Wells fue, sin lugar a dudas, un gran maestro del relato fantástico. A pesar de ser mucho más reconocido por sus novelas de ciencia ficción, también es justo situar a los cuentos de H.G. Wells entre los clásicos más importantes del género.

A continuación iremos recorriendo todos los cuentos de H.G. Wells.




Cuentos de H.G. Wells.
  • El bacilo robado (The Stolen Bacillus)
  • El fantasma inexperto (The Inexperienced Ghost)
  • El país de los ciegos (The Country of the Blind)
  • El valle de las arañas (The Valley of Spiders)
  • La floración de la extraña orquídea (The Flowering of the Strange Orchid)
  • La Habitación Roja (The Red Room)
  • La puerta en el muro (The Door in the Wall)
  • Un sueño de Armagedón (A Dream of Armageddon)
  • A través de una ventana (Through a Window)
  • Cómo Gabriel se convirtió en Thompson (How Gabriel Became Thompson)
  • Debajo del cuchillo (Under the Knife)
  • El corazón de la señorita Winchelsea (Miss Winchelsea's Heart)
  • El corazón de una mujer (A Woman's Heart)
  • El cuerpo robado (The Stolen Body)
  • El destacable caso de los ojos de Davidson (The Remarkable Case of Davidson's Eyes)
  • El devoto del arte (The Devotee of Art)
  • El doppelganger del señor Marshall (Mr. Marshall's Doppelganger)
  • El fabricante de diamantes (The Diamond Maker)
  • El hombre borrado (The Obliterated Man)
  • El hombre de la nariz (The Man with a Nose)
  • El hombre del año 1.000.000 (The Man of the Year Million)
  • El hombre gris (The Grey Man)
  • El hombre que podía hacer milagros (The Man Who Could Work Miracles)
  • El hombre volador (The Flying Man)
  • El huevo de cristal (The Crystal Egg)
  • El Mari Terrible (Le Mari Terrible)
  • El nuevo acelerador (The New Accelerator)
  • El plantón de Jane (The Jilting of Jane)
  • El señor Skelmersdale en la tierra de las hadas (Mr Skelmersdale in Fairyland)
  • El tesoro del rajá (The Rajah's Treasure)
  • El tesoro del señor Brishner (Mr. Brisher's Treasure)
  • El tesoro en el bosque (The Treasure in the Forest)
  • En el abismo (In the Abyss)
  • En el observatorio de Avu (In the Avu Observatory)
  • En la vena moderna (In the Modern Vein)
  • Hacia el abismo (Into the Abyss)
  • Invisible en Londres (Invisible in London)
  • Isla Aepornis (Æpyornis Island)
  • La cosa en el número 7 (The Thing in No. 7)
  • La crónica de los Argonautas (The Chronic Argonauts)
  • La cura para el amor (The Cure for Love)
  • La esencia de Wayde (Wayde's Essence)
  • La estrella (The Star)
  • La fuga de una familia (A Family Elopement)
  • La herencia perdida (The Lost Inheritance)
  • La historia del difunto señor Elvesham (The Story of the Late Mr. Elvesham)
  • La historia de Plattner (The Plattner Story)
  • La invasión de Marte (The Invasion from Mars)
  • La llegada de Bleriot (The Coming of Blériot)
  • La manzana (The Apple)
  • La marca del pulgar (The Thumbmark)
  • La perla del amor (The Pearl of Love)
  • La polilla (The Moth)
  • La presencia por el fuego (The Presence by the Fire)
  • La reconciliación (The Reconciliation)
  • Las aventuras de Tommy (The Adventures of Tommy)
  • Las vacaciones del señor Ledbetter (Mr. Ledbetter's Vacation)
  • La tentación de Harringay (The Temptation of Harringay)
  • La tienda mágica (The Magic Shop)
  • La triste historia de un crítico dramático (The Sad Story of a Dramatic Critic)
  • Los argonautas del aire (The Argonauts of the Air)
  • Los asnos salvajes del diablo (The Wild Asses of the Devil)
  • Los papeles de Eufemia (The Euphemia Papers)
  • Los triunfos de un taxidermista (The Triumphs of a Taxidermist)
  • Nuestro pequeño vecino (Our Little Neighbour)
  • Pedro aprende aritmética (Peter Learns Arithmetic)
  • Relatos de la Edad de Piedra (Stories of the Stone Age)
  • Una catástrofe (A Catastrophe)
  • Una charla con Grylltalpa (A Talk with Gryllotalpa)
  • Un artista incomprendido (A Misunderstood Artist)
  • Una visión del Juicio (A Vision of Judgement)
  • Una visión del pasado (A Vision of the Past)
  • Un cuento del siglo veinte (A Tale of the Twentieth Century)
  • Un descuido bajo el microscopio (A Slip Under the Microscope)
  • Un perfecto caballero sobre ruedas (A Perfect Gentleman on Wheels)
  • Un relato de los días por venir (A Story of the Days to Come)
  • Un trato en ostras (A Deal in Ostriches)
  • Walcote (Walcote)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: H.G. Wells: cuentos destacados fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

H.G. Wells: novelas destacadas.


H.G. Wells: novelas destacadas.




H.G. Wells fue un notable escritor inglés, considerado por muchos como uno de los padres de la ciencia ficción. De hecho, buena parte de las novelas de H.G. Wells se encuentran entre los principales clásicos de la ciencia ficción, y aun hoy continúan vigentes.

En esta sección compartiremos todas las novelas de H.G. Wells.




Novelas de H.G. Wells.
  • En los días del cometa (In the Days of the Comet)
  • La isla del doctor Moreau (The Island of Dr. Moreau)
  • Amor y el señor Lewisham (Love and Mr. Lewisham)
  • Cosas por venir (Things to Come)
  • Cuando el durmiente despierta (When the Sleeper Wakes)
  • El alimento de los dioses (The Food of the Gods)
  • El fuego inextinguible (The Undying Fire)
  • El hombre invisible (The Invisible Man)
  • El jugador de croquet (The Croquet Player)
  • El mundo liberado (The World Set Free)
  • El primer hombre en la luna (The First Men in the Moon)
  • El señor Blettsworthy en la Isla Rampole (Mr. Blettsworthy on Rampole Island)
  • El sueño (The Dream)
  • El terror sagrado (The Holy Terror)
  • Estrella engendrada (Star-Begotten)
  • Hombres como dioses (Men Like Gods)
  • Joan y Peter (Joan and Peter)
  • La autocracia del señor Parham (The Autocracy of Mr. Parham)
  • La dama del mar (The Sea Lady)
  • La forma de las cosas por venir (The Shape of Things to Come)
  • La guerra de los mundos (The War of the Worlds)
  • La guerra en el aire (The War in the Air)
  • La historia del gran maestro de escuela (The Story of a Great Schoolmaster)
  • La historia del señor Polly (The History of Mr. Polly)
  • La máquina del tiempo (The Time Machine)
  • La maravillosa visita (The Wonderful Visit)
  • Las ruedas de la suerte (The Wheels of Chance)
  • La victoria coronada (The Crowning Victory)
  • Los últimos hombres (The Final Men)
  • Todos a bordo hacia Ararat (All Aboard for Ararat)
  • Tono-Bungay (Tono-Bungay)
  • Una utopía moderna (A Modern Utopia)




Novelas. I Novelas de H.G. Wells.


El artículo: H.G. Wells: novelas destacadas fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El bacilo robado y otros incidentes»: H.G. Wells; libro y análisis


«El bacilo robado y otros incidentes»: H.G. Wells; libro y análisis.




El bacilo robado y otros incidentes (The Stolen Bacillus and Other Incidents) es una colección de relatos fantásticos del escritor inglés H.G. Wells (1866-1946), publicado en 1895.

El bacilo robado y otros incidentes, además de contar con algunos de los cuentos de H.G. Wells más importantes hasta entonces, también incorpora un puñado de verdaderos clásicos del relato victoriano.




El bacilo robado y otros incidentes.
The Stolen Bacillus and Other Incidents, H.G. Wells (1866-1946)
  • La floración de la extraña orquídea (The Flowering of the Strange Orchid)
  • A través de una ventana (Through a Window)
  • El bacilo robado (The Stolen Bacillus)
  • El destacado caso de los ojos de Davidson (The Remarkable Case of Davidson's Eyes)
  • El hacedor de diamantes (The Diamond Maker)
  • El hombre volador (The Flying Man)
  • El robo en el parque Hammerpond (The Hammerpond Park Burglary)
  • El señor de los dínamos (The Lord of the Dynamos)
  • El tesoro en el bosque (The Treasure in the Forest)
  • En el observatorio Avu (In the Avu Observatory)
  • Isla Aepyornis (Æpyornis Island)
  • La polilla (The Moth)
  • La tentación de Harringay (The Temptation of Harringay)
  • Los triunfos del taxidermista (The Triumphs of a Taxidermist)
  • Un trato en avestruces (A Deal in Ostriches)




Antologías. I Relatos de H.G. Wells.


El análisis y resumen del libro de H.G. Wells: El bacilo robado y otros incidentes (The Stolen Bacillus and Other Incidents), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

H.G. Wells, la Máquina del Tiempo, y la claustrofobia temporal que a nadie parece inquietar


H.G. Wells, la Máquina del Tiempo, y la claustrofobia temporal que a nadie parece inquietar.




Hace poco hablamos acerca de la Cuarta Dimensión en la literatura, quizá, innecesariamente, ya que todos poseen al menos un conocimiento intuitivo acerca del tema. Después de todo, es una dimensión que atravesamos constantemente. Por eso hoy nos proponemos un objetivo más ambicioso: perder el tiempo, literalmente, en un asunto que a casi nadie parece inquietar (ver: ¡Morlocks, allá vamos!).

El probable que el lector se sienta libre, en términos físicos, salvo que nos esté leyendo desde alguna institución carcelaria. Pero, ¿realmente lo es? Quiero decir, ¿es libre de moverse en cualquier dirección?

Lo cierto es que no lo es.

Solo hay tres direcciones perpendiculares en las que podemos movernos: arriba-abajo, derecha-izquierda, atrás-adelante. Por más flexible que usted sea, por más que su capacidad de elongación esté a la altura de un monje shaolín, nadie puede efectuar cualquier otro movimiento que no sea, a su vez, perpendicular a esos tres.

Hacerlo implicaría pegar un salto a la Cuarta Dimensión, genuino cliché de la ciencia ficción y, quizás por eso, uno de los que más nos gustan.

Nuestra experiencia física nos obliga a creer que vivimos en una realidad tridimensional, y que nada podemos hacer para salir de ahí. Estamos encerrados en una prisión en la cual nadie se siente prisionero.

Las tres dimensiones de nuestro pabellón cósmico son: «anchura», «altura» y «profundidad», a la cual debemos agregar una cuarta, el Tiempo, que suele definirse como «duración». Pero el Tiempo es una Cuarta Dimensión que no funciona como las demás, ya que la atravesamos inevitablemente sin efectuar ningún movimiento.

En La máquina del tiempo (The Time Machine), de 1895, H.G. Wells propuso una idea asombrosa para la época: abordar al Tiempo como si se tratara de una dimensión espacial. Si esto fuese posible, viajar en el tiempo, supongamos, unos cien o doscientos años al pasado o al futuro, no sería distinto de viajar en el espacio unos cien o doscientos kilómetros en cualquier dirección.

De hecho, el protagonista de la novela describe el paso del tiempo desde el interior del dispositivo como si se tratara de una dimensión espacial; como si estuviese viendo al Tiempo del mismo modo en que vemos transcurrir un tramo de espacio físico desde la ventana de un tren en movimiento.

El problema —siempre lo hay— es nuestra consciencia, que tiende a marcar una clara aunque irreal distinción entre las tres dimensiones espaciales y el Tiempo.

¿Por qué?

Básicamente porque nuestra consciencia se mueve en una sola dirección en el Tiempo.

Esto no parece inquietar a nadie. Al menos que yo sepa, nadie padece de claustrofobia temporal.

Pero pensemos lo siguiente: si el Tiempo es una dimensión más, como cualquiera de las tres dimensiones espaciales, tanto el pasado como el presente y el futuro son parte de una sola realidad unificada, y además potencialmente accesible.

En otras palabras, si pudiésemos dar aquel salto que rompa la perpendicularidad de movimiento a la que estamos sujetos, en esencia, dar un salto fuera del Tiempo-Espacio, veríamos la realidad como un todo. Nuestra vida, por ejemplo, aparecería alternativamente con su pasado, presente y futuro, inmutables, todo al mismo tiempo.

Vayamos a una explicación más simple todavía.

Cuando nos sentamos cómodamente en el cine vemos una sucesión de cuadros de imagen en la pantalla. Lo que vemos, naturalmente, es el presente, lo que ocurre en el aquí y ahora, pero si pudiésemos acceder a la sala de proyección (evitemos las salas digitales) podríamos tomar y estirar la cinta completa, es decir, ver toda la sucesión de presentes que forman un todo unificado.

El propio H.G. Wells utiliza un ejemplo parecido:


Aquí está el retrato de un hombre, tomado cuando tenía ocho años, otro a los quince, otro a los veintitrés, y así sucesivamente. Todos ellos son secciones, evidentemente, representaciones en tres dimensiones de su ser de Cuatro Dimensiones, el cual es fijo e inalterable.

(Here is a portrait of a man at eight years old, another at fifteen, another at twenty-three, and so on. All are evidently sections, as it were, Three-Dimensional representations of his Four-Dimensional being, which is a fixed and unalterable thing).


La Relatividad General coincide con esa premisa.

El Espacio y el Tiempo son un todo; por lo tanto, el pasado, el presente y el futuro son igualmente reales y ocurren al mismo tiempo. Sin embargo, nuestra consciencia, o percepción, para no llevarlo a un terreno metafísico, nos induce la certeza de que nos estamos moviendo a través del tiempo; de que el aquí y el ahora son lo único que está sucediendo.

De ahí que Albert Einstein creyera que el futuro es fundamentalmente inalterable y que el libre albedrío no existe, ya que el futuro sólo está en el porvenir, y el pasado en lo pretérito, para nuestra consciencia, que se mueve, recordemos, en una sola dirección.

Vemos la película cuadro a cuadro, pero cada escena, cada instante, existen independientemente de nuestra percepción en la cinta.

Tampoco es prudente entregarse a la desesperación. La idea de que hay un pasado, y un futuro, no es falsa: ambos existen, pero sin diferencias entre sí. La ilusión, en todo caso, es percibir que hay una diferencia.

Lo que pasó, pasó, dice la frase; y sigue pasando, añade astutamente Wells.




Taller literario. I Libros extraños y lecturas extraordinarias.


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10 extrañas secuelas literarias que quizás no conocías


10 extrañas secuelas literarias que quizás no conocías.




En el universo de las secuelas literarias, y sobre todo de las no oficiales, podemos encontrar tesoros realmente extraños, muchos de los cuales son casi desconocidos aún para los fanáticos de las novelas originales.

A continuación daremos un repaso sucinto por las secuelas literarias más desconcertantes.



10- El Señor de los Anillos (The Lord of the Rings, J.R.R. Tolkien)


La Guerra del Anillo ha terminado. Los Elfos abandonan la Tierra Media. Gondor estabiliza su burocracia señorial. Mordor se convierte en una plaza fuerte de los herederos de Aragorn. Los Orcos huyen hacia el Este. Los Ents retoman su sueño inmemorial. Los Enanos se ocultan en las raíces de las montañas. El Señor de los Anillos ha terminado... o quizás no.

Lo cierto es que la historia de la Tierra Media no termina cuando Frodo, Bilbo, Gandalf, Elrond y Galadriel parten de los Puertos Grises. Por el contrario, el lector que observa al barco élfico perdiéndose en el horizonte posee varias secuelas para aliviar su sensación de desamparo.

El autor ruso Nikolay Danilovich Perumov escribió una novela muy interesante: Descenso hacia la oscuridad (Нисхождение тьмы), que luego sería dividida en dos libros: Espada de elfo (Эльфийский Клинок) y Lanza negra (Черное Копье). Ambas nos ubican en la Tierra Media, unos trescientos años después del final de la Guerra del Anillo, es decir, después que Frodo, Gollum y Sam llegaran al Monte del Destino para destruir el Anillo Único.

El protagonista de la novela es un hobbit llamado Folko Brandybuck, descendiente de Meriadoc Tuk —Merry—, uno de los miembros de la Comunidad del Anillo. Folko y sus compañeros, dos Enanos de temperamento inestable, luchan contra una nueva amenaza para la Tierra Media: Olmer, el líder de las naciones Orientales, quien ha logrado recuperar los Nueve Anillos de los Nazgûl.



9- La máquina del tiempo (The Time Machine, H.G. Wells)


Esta novela clásica de ciencia ficción ha inspirado varias secuelas; entre ellas se encuentra La noche del Morlock (Morlock Night), de K.W. Jeter, y El hombre que amaba a los Morlocks (The Man Who Loved Morlocks), de David J. Lake. En ambas se explora la sociedad los Morlocks, criaturas que en el futuro pensado por H.G. Wells se encuentran recluidas a una existencia subterránea.

A propósito de H.G. Wells, también es oportuno mencionar algunas secuelas de otras de sus grandes novelas: Conquista de Marte (Edison's Mars Conquest), de Garrett P. Serviss, e Invasión de Marte (Invasion of Mars), de Forrest J. Ackerman, continúan el argumento de La guerra de los mundos (The War of the Worlds); mientras que La masacre de la humanidad (The Massacre of Mankind), de Stephen Baxter, nos ubica unos veinte años después de la primera invasión frustrada de los alienígenas, en un mundo donde la Primera Guerra Mundial jamás tuvo lugar.

Finalmente, La isla del doctor Moreau (The Island of Dr. Moreau), otro clásico de H.G. Wells, encontró su secuela en La hija del lunático (The Madman's Daughter), de Megan Shepherd, que relata la historia desde la perspectiva de la hija del doctor Moreau.



8- Frankenstein (Frankenstein, Mary Shelley)


El argumento de Frankenstein o el moderno Prometeo (Frankenstein or Modern Prometheus), de Mary Shelley, no deja la puerta abierta para una continuación. Esto no impidió que una cifra inconcebible de autores mal remunerados considere la posibilidad de expandir el universo original del monstruo creado por Victor Frankenstein.

Jean-Claude Carrière saqueó la historia de Mary Shelley y escribió seis novelas más en solo dos años: La torre de Frankenstein (La Tour de Frankenstein), El paso de Frankenstein (Le Pas de Frankenstein), La noche de Frankenstein (La Nuit de Frankenstein), El sello de Frankenstein (Le Sceau de Frankenstein), El merodeo de Frankenstein (Frankenstein Rôde) y La cueva de Frankenstein (La Cave de Frankenstein). Esta saga le da un nombre propio al monstruo, Gouroull, quien realiza un soporífero periplo delictivo que atraviesa Escocia, Alemania y Suiza.

Si bien no se trata de una secuela, es importante mencionar a Frankenstein desencadenado (Frankenstein Unbound), de Brian Aldiss, donde se relata la historia de un viajero en el tiempo que llega a 1816, desde el siglo XXI, justo en el momento en el que Mary Shelley empieza a escribir el primer borrador de su novela clásica.



7- Melmoth, el errabundo (Melmoth the Wanderer, Charles Maturin)


Si hablamos de novelas góticas es imposible omitir al clásico de Charles Maturin: Melmoth el errabundo (Melmoth the Wanderer), donde un hombre realiza un pacto con el diablo a cambio de doscientos años de vida, solo para descubrir que ese tiempo será destinado a encontrar la forma de recuperar su alma.

La secuela de Melmoth fue escrita nada menos que por Honoré de Balzac. Se titula: Melmoth reconciliado (Melmoth Reconcilé), y cuenta con un argumento notablemente sarcástico; donde el desgraciado Melmoth finalmente consigue trasladar su condena a un miserable empleado bancario parisino.



6- El monje (The Monk, Matthew Lewis)


En la novela de Matthew Lewis: El monje (The Monk), se exploran temas escandalosos como el pacto satánico, el incesto, la violación, el abuso de poder, la doble moral de la Iglesia. Sobre estos cimientos se construyó una secuela extraña, prácticamente desconocida, titulada El nuevo monje (The New Monk).

Se trata de una áspera parodia, un intento por utilizar el humor para socavar los temas escabrosos del argumento original. El resultado: una obra realmente grotesca, obscena, capaz de impresionar a sujetos como el Marqués de Sade.

El nuevo monje pertenece a un tal R.S., Esq., sobre el que poco se sabe. En sus páginas encontramos las correrías del sustituto de Ambrosio: un ministro metodista llamado Joshua Pentateuch. Al igual que Ambrosio, Joshua es reconocido por su elocuencia y su piedad. No obstante, este monje aparentemente perfecto está dispuesto a firmar un pacto con el demonio, no ya para obtener el amor de una mujer, al estilo de Fausto, sino para conseguir dinero, poder... y una jugosa pierna de cordero.



5- Orgullo y prejuicio (Pride and Prejudice, Jane Austen)


Convicción (Conviction), de Skylar Hamilton Burris, es una secuela del clásico de Jane Austen: Orgullo y prejuicio (Pride and Prejudice), que a pesar de eso no presenta a los personajes del original. Es Georgiana, hermana de Darcy, la encargada de unir los hilos entre ambos argumentos.

Convicción relata el destino romántico de Georgiana Darcy, aunque su argumento aborda cuestiones ambiciosas, principalmente la necesidad de hallar apoyo en las convicciones que cada uno tiene acerca de su propia felicidad y cómo alcanzarla. En cierta forma, es una novela que solo puede ser entendida como parte del universo de Jane Austen, aunque de hecho su trama tal vez resulte irritante para el admirador de su obra.

Ya en el terreno del absurdo, hay que mencionar tres reversiones desconcertantes: Orgullo y prejuicio y zombies (Pride and Prejudice and Zombies); Orgullo y prejuicio y zombies: el amanecer de los zombies (Pride and Prejudice and Zombies: Dawn of the Dreadfuls), y La historia de Darcy (Darcy's Story).



4- La narración de Arthur Gordon Pym (The Narrative of Arthur Gordon Pym, Edgar Allan Poe)


La esfinge de los hielos (Le sphinx des glaces), del maestro Julio Verne, es en realidad una secuela de la historia de Edgar Allan Poe: La narración de Arthur Gordon Pym (The Narrative of Arthur Gordon Pym of Nantucket). La novela relata la búsqueda de Gordon Pym, desaparecido en los hielos de la Antártida, y cuyo destino E.A. Poe dejó inconcluso.

Esta continuación parece haber surgido del deseo de Julio Verne por conocer el final de aquella expedición. En uno de sus ensayos, comenta su decepción por el abrupto final de la historia de Gordon Pym, y se si él mismo sería lo suficientemente audaz como para continuarla.

El Halbrane sigue el itinerario de Arthur Gordon Pym. En el camino logran rescatar a un puñado de sobrevivientes del Jane, quienes agitan la imaginación de los hombres narrando extrañas historias. Tal como ocurre en la novela de Edgar Allan Poe, se produce un motín. El Halbrane zozobra y finalmente choca contra un iceberg al pasar las islas Aurora. Los sobrevivientes se dividen en dos bandos. Por un lado están los amotinados; por el otro, los oficiales. Una fuerza misteriosa parece atraerlos hacia un punto incierto del Polo Sur. Esta fuerza no es otra cosa que la propia isla montañosa, cuya forma recuerda a la de la esfinge egipcia. La isla funciona como un gigantesco imán, cuya fuerza de atracción resulta ser la causa de todos los naufragios de la zona. El cadáver de Arthur Gordon Pym también fue arrastrado hacia allí, ya que al morir todavía llevaba su fusil a la espalda.



3- Carmilla (Carmilla, Sheridan Le Fanu)


Carmilla: el regreso (Carmilla: The Return), de Kyle Marffin, continúa el relato clásico de vampiros de Sheridan Le Fanu: Carmilla (Carmilla). El argumento de la historia, lejos de la atmósfera del original, nos ubica en los Estados Unidos, en plena década de los '90.

Esta Carmilla de finales del siglo XX posee una memoria deteriorada. Recuerda vagamente su pasado, pero poco y nada sobre los sucesos ominosos del relato de Sheridan Le Fanu. Como muchos otros vampiros, Carmilla se encuentra perdida en el mundo moderno, observando con cierta desconfianza como los vampiros se han convertido en un ícono de la cultura popular.

Carmilla: el regreso, se destaca en la reconstrucción de su protagonista, basándose en detalles insinuados por Sheridan Le Fanu. Aquí, la vampiresa no reniega de sus deseos lésbicos. Sin embargo, no desprecia a los hombres, sólo le resultan indiferentes, casi elementos decorativos que no poseen ningún tipo de atractivo gastronómico.



2- Otra vuelta de tuerca (The Turn of the Screw, Henry James)


La novela de terror de Henry James: Otra vuelta de tuerca (The Turn of the Screw), probablemente una de las mejores del género, también tuvo su secuela no oficial. Fue escrita por Hilary Bailey y se titula: Miles y Flora (Miles and Flora).

El argumento de la historia regresa sobre aquellos dos niños que la niñera debe cuidar en la historia de Henry James, Miles y Flora. Aquí, Flora se encuentra en la adolescencia, justo antes de una velada en la que le presentará oficialmente a su prometido. En el proceso de embellecerse, comienza a ver en el espejo a un joven muchacho parado detrás de ella.

Posteriormente, esas apariciones se repiten en todos los espejos de la casa. Flora es la única capaz de verlo, justamente porque se trata del fantasma de su hermano, Miles, cuyo destino ingrato coincide con el climaz de la historia de Henry James.



1- El cuervo (The Raven, Edgar Allan Poe)


Si bien no se trata estrictamente de una secuela, al menos en términos formales, La doncella bienaventurada (The Blessed Damozel), de Dante Gabriel Rossetti, continúa en cierto modo la historia del poema de E.A. Poe: El cuervo (The Raven).

En el original atestiguamos el tránsito de la obsesión a la locura de un hombre atormentado por un odioso cuervo que le recuerda, una y otra vez, que su amada ha muerto y que nunca más podrá reunirse con ella en el cielo. En La doncella bienaventurada, Dante Rossetti nos ofrece una situación inversa: una mujer muerta que observa desde el cielo la pena de su amante, llegando a la conclusión de que nunca más podrá reunirse con él.

Para muchos, la doncella de Dante Gabriel Rossetti es la mujer a quien el protagonista de El cuervo desea volver a ver en el cielo. Más allá de ese vínculo, ambos autores aciertan sobre un punto esencial: la verdadera tragedia se produce a través del más irreversible de los desencuentros.

Para el protagonista de El cuervo, la vida sin su amada se asemeja a la muerte, mientras ella, en el poema de Dante Gabriel Rossetti, siente que el cielo se transforma en un infierno sin él. Ni siquiera el canto de los ángeles, o la presencia inconcebible de Dios, le sirven de consuelo.

Y así como Edgar Allan Poe describe a su hombre atormentado observando hacia arriba, sometido a las cacofonías de un cuervo insidioso, Dante Gabriel Rossetti retrata a una doncella inclinada hacia abajo desde los balcones del cielo, observando entre las nubes rosadas el peregrinaje de las almas que ascienden y se reencuentran con sus seres queridos mientras ella, sola y abatida, se pregunta cuál es la razón de la demora de su amante. Los lectores de El cuervo lo intuyen: el hombre, enloquecido por aquel insistente "nunca más", se ha quitado la vida, y las puertas del cielo están eternamente cerradas para él.




Libros extraños y lecturas extraordinarias. I Antologías.


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El artículo: 10 extrañas secuelas literarias que quizás no conocías fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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