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«Escrito al entender que debo morir»: Robert E. Howard; poema y análisis


«Escrito al entender que debo morir»: Robert E. Howard; poema y análisis.




Escrito al entender que debo morir (Lines Written in the Realization That I Must Die) es un poema del escritor norteamericano Robert E. Howard (1906-1936), escrito en 1936 y publicado originalmente en la edición de agosto de 1938 de la revista Weird Tales. Luego sería reeditado por Arkham House en la antología de 1946: Rostro de calavera y otros relatos (Skull-Face and Others).

Escrito al entender que debo morir, uno de los mejores poemas de Robert E. Howard, fue concebido en medio de una profunda depresión. De hecho, el poema pone de manifiesto una decisión irreversible, y sumamente triste para los amantes del relato pulp: el suicidio de Robert E. Howard, cometido pocos meses después, cuando al autor contaba con apenas treinta años de edad.

A través de Escrito al entender que debo morir, el creador de sagas memorables como Conan, Kull, Solomon Kane, y partícipe de otras igualmente brillantes, como los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft, nos deja entrever el momento en el que decidió quitarse la vida, sumiendo a sus amigos, muchos de ellos miembros del Círculo de Lovecraft, envueltos en una nube de tristeza y, quizás, tamibén de remordimiento.




Escrito al entender que debo morir.
Lines Written in the Realization That I Must Die, Robert E. Howard (1906-1936)

La Puerta Negra se abre y el Muro Oscuro se eleva;
jadeos crepusculares en las garras de la noche.
El papel y el polvo son las gemas que el hombre premia.
Las antorchas rasgan mi vista menguante.

Tambores de gloria se pierden en los siglos,
los pies descalzos tropiezan en un sendero roto.
Deja que mi nombre desaparezca de las páginas impresas;
los sueños y las visiones empalidecen.

El ocaso se reúne y nadie puede salvarme.
De poco importa, porque no me quedaría:
déjame hablar a través de la piedra que me diste:
nunca pudo decir lo que quería.

¿Por qué debería encogerme ante el signo de irme?
Mi cerebro está envuelto en una nube oscura;
ahora, en la noche, las hermanas
tejen para mí un sudario.

Las torres tiemblan y las estrellas se tambalean debajo,
los cráneos se amontonan en la desolación del Diablo;
mis pies están envueltos en un trueno,
chorros de agonía vomita mi cerebro.

¿Qué hay del mundo que dejo para siempre?
Formas fantasmagóricas, casi desvanecidas,
me llevan hasta el río de ébano,
hacia la noche.


The Black Door gapes and the Black Wall rises;
Twilight gasps in the grip of Night.
Paper and dust are the gems man prizes—
Torches toss in my waning sight.

Drums of glory are lost in the ages,
Bare feet fail on a broken trail—
Let my name fade from the printed pages;
Dreams and visions are growing pale.

Twilight gathers and none can save me.
Well and well, for I would not stay:
Let me speak through the stone you gave me:
He never could say what he wished to say.

Why should I shrink from the sign of leaving?
My brain is wrapped in a darkened cloud;
Now in the Night the Sisters are weaving
For me a shroud.

Towers shake and the stars reel under,
Skulls are heaped in the Devil's fain;
My feet are wrapped in a rolling thunder,
Jets of agony lance my brain.

What of the world that I leave forever?
Phantom forms in a fading sight—
Carry me out on the ebon river
Into the Night.


Robert E. Howard
(1906-1936)




Poemas góticos. I Poemas de Robert E. Howard.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Robert E. Howard: Escrito al entender que debo morir (Lines Written in the Realization That I Must Die), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Karoline von Günderrode: morir de amor en el romanticismo


Karoline von Günderrode: morir de amor en el romanticismo.




Karoline von Günderrode (1780-1806) fue una de las más importantes poetisas alemanas del romanticismo. Su historia, marcada por el amor y el tragedia, sirve de ejemplo de aquella verdadera epidemia que estremeció al romanticismo: los suicidios por amor.

1804 sería el año en el que comenzó la mayor aventura sentimental de Karoline von Günderrode, y también su más profundo descenso hacia los abismos del desengaño.

Para aquel entonces Karoline von Günderrode ya era una poetisa muy reconocida, o al menos su seudónimo lo era, Tian; con el cual firmó sus primeras obras: Poemas y fantasías (Gedichte und Phantasien) y Fragmentos poéticos (Poetische Fragmente), los cuales reflejan una personalidad extremadamente sensible:


Todo está en silencio y vacío,
ya nada me hace feliz;
ni los aromas ni los perfumes
ni los aires refrescan;
¡mi corazón está tan melancólico!

Ist Alles stumm und leer.
Nichts macht mir Freude mehr;
Düfte sie düften nicht,
Lüfte sie lüften nicht,
Mein Herz so schwer!

Poemas y fantasías (Gedichte und Phantasien)


Durante una excursión a Heidelberg, Karoline von Günderrode conoció al filólogo Georg Friedrich Creuzer, trece años mayor que ella, del cual se enamoró perdidamente. Ese mismo día también conoció a la esposa de Creuzer.

Pero la mujer de Creuzer no parecía ser un problema. De hecho, el académico le aseguró que su unión era una simplemente fachada, un matrimonio por conveniencia debido a su esforzada situación financiera.

La clandestinidad les exigió un alto grado de prudencia en sus encuentros, y no solo eso, sino que además se escribían mutuamente en griego para evitar que la esposa de Creuzer se enterara de su infidelidad.

Fue una etapa muy productiva en la obra poética de Karoline von Günderrode, en la cual llegaría a publicar algunos de los mejores poemas del romanticismo: Magia y hado (Magie und Schicksal), Historia de un Brahmán (Geschichte eines Braminen), Nikator (Nikator), El joven que buscaba la mayor belleza (Der Juengling der das Schoenste sucht), y el drama Udohla (Udohla).

En 1806, Karoline von Günderrode le propuso a Creuze huir juntos. Rusia o Alejandría eran destinos amigables con los amantes fugitivos, pero Creuzer no aceptó. No porque estuviese enamorado de su esposa, sino porque temía perder su cátedra en la Universidad de Heidelberg.

Devastada, Karoline von Günderrode le escribió al pastor Daub, su confidente, a quien le confesó su relación clandestina con Creuze. Este texto, casi olvidado, es una de las más hermosas declaraciones de amor del romanticismo alemán, donde la poetisa expresó que se sentía incapaz de soportar la pérdida de su amado.

La pareja no se distanció; en parte, porque la relación ya no exigía las precauciones de antes. El académico apoyaba, en teoría, las ideas utópicas de la época, sobre todo los nuevos modelos de convivencia, básicamente porque le permitían vivir a gusto con su esposa y mantener una relación paralela con su amante.

En una carta fechada a inicios de 1806, Creuzer le sugirió a Karoline von Günderrode que debería mudarse con ellos, es decir, con él y con su esposa, y vivir juntos en una especie de ménage à trois; por cierto, no por motivos sexuales, sino por fingida practicidad:


Mi esposa podría vivir con nosotros, como madre, como líder de nuestra casa.


Para la época, una sugerencia semejante solo podía evidenciar un rasgo enfermizo, un defecto en el carácter de Creuzer; sin embargo, lo más probable es que fuese formulada para obligar a Karoline von Günderrode a romper con él. El académico sencillamente no tenía ni el valor ni la intención de separarse de su esposa.

Para mediados de 1806 la situación era insostenible. Desesperada, Karoline von Günderrode le envió a su amante una carta desgarradora. El 26 de julio de ese mismo año el académico le respondió, también por carta, que había tomado la decisión de serle exclusivo a su esposa.

De este modo Creuzer le informaba oficialmente a Karoline von Günderrode la ruptura de su relación.

Destrozada, Karoline von Günderrode regresó a Winkel. Luego visitó las riberas del Rin y se atravesó el pecho con una daga de plata. Al día siguiente su cadáver fue encontrado a metros de la costa, vistiendo un vestido rojo y una sábana llena de piedras atada a la cintura.

Tenía apenas veintiséis años de edad.

El cuerpo sin vida de Karoline von Günderrode no fue enterrado en tierra sagrada debido a su condición de suicida. Se la inhumó en un simple túmulo, adornado con los versos de su poeta favorito: Johann Gottfried Herder.

Este fue el final de Karoline von Günderrode, pero también el principio de la persecución de su obra.

Creuzer, que por aquel entonces era uno de los eruditos más reconocidos de Europa, esencialmente un hombre poderoso e influyente en el ámbito literario, se enteró de dos cosas que ponían en peligro su reputación.

Karoline von Günderrode había escrito en secreto una obra titulada Meleté (Μελετή), en donde retrataba la historia clandestina de amor con Creuze, el cual aparecía bajo el nombre de Eusebio. El académico hizo todo a su alcance para prohibir su publicación póstuma; y de hecho lo consiguió. Recién en 1906, exactamente cien años después del suicidio de Karoline von Günderrode, el libro salió a la luz.

Pero no importa cuán poderoso hubiese sido Creuze; no todos los rastros de un amor desgraciado como aquel podían mantenerse en secreto.

Antes de suicidarse Karoline von Günderrode le escribió una carta de despedida a su mejor amiga, Bettina Brentano, en la cual le adjuntaba su último poema: Amor en todas partes (Überall Liebe), el cual se difundió, literalmente, por todas partes.​



¿Puedo guardar en mi corazón tan cálidos deseos?
Contemplar las coronas de flores de la vida,
y pasar frente a ellas sin llevar yo ninguna,
¿y no debo, además, despertar a la desesperación?

¿Renunciaré, orgullosa, al deseo más querido?
¿Debo, temeraria, entrar al reino de las sombras,
implorar a otros dioses otros placeres,
acaso pedir nuevas delicias a los muertos?

Descendí, pero incluso en el reino de Plutón,
en el lecho de las noches la pasión arde;
anhelantes, las sombras se inclinan ante otras sombras.

Pues perdido está aquel sin fortuna en el amor,
e incluso aunque descendiera a la laguna Estigia,
en el fulgor del cielo, seguiría sin olvidar.


Kann ich im Herzen heiße Wünsche tragen?
Dabei des Lebens Blütenkränze sehn,
Und unbekränzt daran vorübergehn,
Und muß ich trauernd nicht in mir verzagen?

Soll frevelnd ich dem liebsten Wunsch entsagen?
Soll mutig ich zum Schattenreiche gehn?
Um andre Freuden, andre Götter flehn,
Nach neuen Wonnen bei den Toten fragen?

Ich stieg hinab, doch auch in Plutons Reichen,
Im Schoß der Nächte, brennt der Liebe Glut,
Daß sehnend Schatten sich zu Schatten neigen.

Verloren ist, wen Liebe nicht beglücket,
Und stieg er auch hinab zur styg'schen Flut,
Im Glanz der Himmel blieb er unentzücket.




Poemas góticos. I Poemas alemanes.


Más literatura gótica:
El artículo: Karoline von Günderrode: morir de amor en el romanticismo fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

¿Qué ocurre con el alma de los suicidas?


¿Qué ocurre con el alma de los suicidas?




El suicidio es un acto tabú para la gran mayoría de las culturas, es decir, algo prohibido; razón por la cual no es infrecuente que en aquellas tradiciones el alma de los suicidas sea condenada a toda clase de tormentos.

Más allá de la creencia de que el alma de las personas que cometen suicidio están sentenciadas por toda la eternidad, algo verdaderamente absurdo, quienes normalmente pagaban un tributo de oprobio eran sus familiares, a los que se les negaba enterrar a sus seres queridos en tierra consagrada.

En muchos casos, hasta se los obligaba a realizar entierros clandestinos en los cruces de caminos, con la esperanza de que el alma del suicida no pueda encontrar el camino a casa y de ese modo atormentar a sus parientes más cercanos.

De esta última tradición se desprenden algunas leyendas típicas de vampiros.

Ahora bien, ¿por qué se cree que el alma de los suicidas está condenada?

En principio, porque el suicidio no solo contradice las leyes naturales sino que es la más antinatural de las muertes; no importa cuán trágicas y, en muchas ocasiones, comprensibles que sean las causas que motiven ese acto.

Según las tradiciones orientales, el individuo que comete suicidio continúa horrorosamente consciente tras su muerte, atrapado en la densa atmósfera del Kamaloka, especie de plano astral que recubre de forma sutil el plano físico.

Este velo, por llamarlo de algún modo, no es impenetrable; de hecho, el alma del suicida puede ver y experimentar todo lo que ocurre en nuestro plano, en especial a las personas que conoció y lo amaron sinceramente.

Para muchos, esta primera condena del suicida se prolonga hasta el día y la hora exactas en las que debía ocurrir su muerte natural.

Por ejemplo, si la persona estaba destinada por su karma a vivir hasta los 80 años, pero se quitó la vida al cumplir 20, debe permanecer en el Kamaloka durante 60 años; sin efectuar ningún tipo de progreso hasta que el plazo se cumpla.

Recién entonces podrá completar el proceso de muerte y entrar en el estado de Devachán, entorno confuso en donde las almas incluso pueden extraviarse.

Podemos pensar que el hecho de permanecer en el Kamaloka hasta completar su ciclo de vida en la Tierra no es en absoluto un castigo, sino una etapa esencial en el progreso evolutivo del alma.

¿Pero qué ocurre allí?

Básicamente el estar atrapado en el mismo sufrimiento que indujo al individuo a tomar esa decisión radical.

La persona que muere de forma natural sencillamente atraviesa el curso que él mismo ha trazado con anterioridad. En este contexto, el suicidio es un corte abrupto con la vida, que normalmente tiene que ver con la necesidad asfixiante de escapar de algo: dolor, tristeza, soledad.

No obstante, el dolor no es algo que podamos quitarnos tan fácilmente. En su necesidad de escapar, el suicida corta su vínculo físico con nuestro plano, pero el dolor y su alma continúan más allá de éste.

Paradójicamente, tras su muerte el suicida se encuentra horriblemente lúcido, incluso más que durante su vida orgánica ya que no se encuentra enteramente en el plano físico, atado a lo que sus sentidos puedan suministrarle sobre el mundo que lo rodea. Está "atrapado" entre dos planos y perfectamente consciente de ambos.

La gran mayoría de las almas en este estado realmente comprenden su error, y lo aceptan como parte de su progreso evolutivo. Otras, una minoría, se rebelan contra la situación, consiguiendo únicamente empeorarla.

¿Cómo es posible empeorar una situación como ésta?

La no aceptación, el no entendimiento de lo que ocurre, conduce a ciertas almas de suicidas a intentar comunicarse con las personas vivas, en cierta forma, buscando reiniciar su vida física al adherirse a alguien en particular y de ese modo continuar recibiendo estímulos que alma percibe ilusoriamente como físicos.

En estos casos, el suicida entra en una especie de limbo obsesivo en el que intenta desesperadamente pedir perdón. En verdad está arrepentido; sin embargo, el dolor que provocó en otros también es parte de su situación actual. Abundan las historias de médiums que aseguran que el alma de los suicidas repiten una y otra vez las mismas palabras durante años enteros, sin interrupción.

Por eso la teosofía llama a los suicidas Earth Walkers, algo así como Caminantes de la Tierra.

¿Por qué?

En parte porque consideran que el suicida no solo está atrapado en las condiciones que lo indujeron a quitarse la vida sino también a las consecuencias que ese acto provocó en sus seres queridos.

Ahora bien, las almas que no cometen la imprudencia de permanecer cerca de sus seres queridos igualmente lo desean, y de una manera tan intensa que nos resultaría imposible comprender. El Kamaloka es nada menos que el plano del Deseo; un deseo en estado bruto, total, absoluto, irresistible: en este caso, el deseo por la vida.

Recién entonces, devorado por sus pensamientos, impulsado a revivir una y otra vez las circunstancias que lo atormentaban en la tierra, el alma entiende que las armas o elementos que empleó para terminar la vida de su cuerpo no pueden alcanzar al ser real.

Todo esto suena bastante horrible, y lo es. No obstante, es parte del proceso y el alma, aún en su dolor, lo sabe.




Fenómenos paranormales. I Parapsicología.


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El artículo: ¿Qué ocurre con el alma de los suicidas? fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Por qué el suicidio es para cobardes


Por qué el suicidio es para cobardes.




Lo había perdido absolutamente todo, lo cual, dentro de la filosofía oriental, lo hacía poseedor de infinitas posibilidades. Sin embargo, el hombre decidió sacar su revólver, apoyar el caño contra la sien, y pronunciar un apresurado epílogo.

—¡Adiós, camaradas! Me despido. Soy incapaz de vivir como un mediocre, por eso elijo morir como los valientes.

El profesor Lugano, sin desviar por un instante la mirada del soberbio culo de la licenciada Safo, que en ese momento besaba distraídamente a un tertuliano, afirmó con aire triste.

—No joda, hombre. El suicidio es para cobardes. Valiente es el que se mata día a día, de a poco; o sea, el que vive.




Filosofía del profesor Lugano. I Egosofía: filosofía del Yo.


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Poemas de suicidio


Poemas de suicidio.








El artículo: Poemas de suicidio fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Las penas del joven Werther»: Goethe; novela y análisis


«Las penas del joven Werther»: Goethe; novela y análisis.




Las penas del joven Werther (Die Leiden des jungen Werthers) —a veces traducida como Las desventuras del joven Werther, Las cuitas del joven Werther y Los sufrimientos del joven Werther— es una novela del romanticismo del escritor alemán Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832), publicada en 1774.

Las penas del joven Werther es una novela epistolar, a lo largo de la cual su protagonista, Werther, un verdadero icono del romanticismo, intercambia sus desventuras con su amigo Wilhelm. Ahora bien, la verdadera inspiración para el argumento de Werther es un episodio real de la vida de Goethe.

En 1772, Goethe conoció a la Charlotte Buff, una mujer hermosa que ya estaba comprometida. Esto no impidió que ambos coquetearan durante algún tiempo, pero cuando Charlotte dejó en claro que nada ocurriría entre ellos, Goethe se vio obligado a aceptar el consuelo de la amistad. Algo muy similar sucede en Werther, solo que en el caso del muchacho, el desengaño sentimental lo conduciría al suicidio.

Las penas del joven Werther causó un gran impacto, a tal punto que Goethe llegó a arrepentirse de su publicación, habida cuenta de que sus páginas desnudaban su propia alma, su pasado, y aquel amor que no pudo ser. Recordemos que Goethe tenía apenas veinticuatro años cuando escribió la novela, y el dolor por el rechazo de Charlotte todavía era intenso.

En unos años, Las penas del joven Werther fue acusada de ser una novela que incitaba al suicidio de sus lectores, y como tal recibió fuertes críticas e incluso su prohibición en ciertos países.

Efectivamente, muchos lectores jóvenes se quitaron la vida tras leer la novela, así también como muchos resuelven suicidarse en la bañera sin que nadie haya propuesto que se prohiban los baños. Más allá de esto, también es cierto que la ola de suicidios existió, y que sus causas luego serían estudiadas en profundidad, ya conocidas con el nombre de Efecto Werther.

Werther fue tan popular, y tan polémico, que tras su publicación aparecieron docenas de versiones alternativas que intentaron detener aquella supuesta ola de suicidios. La más conocida es la de Nicolai Friedrich: Las alegrías del joven Werther (Die Freuden des jungen Werther). En respuesta, Goethe escribió Nicolai sobre la tumba de Werther (Nicolai auf Werthers Grabe), donde se venga de aquellos que buscaban censurar su novela imaginando al propio Nicolai Friedrich defecando sobre la tumba del joven Werther. Esto dejó en claro la postura de Goethe con respecto a sus detractores.

Werther simboliza a todos los amantes desdichados y, en cierta forma, es imposible ser un amante desdichado sin parecerse un poco al joven Werther. Se ha convertido en un icono universal de aquel dolor profundo que todos hemos sentido alguna vez.

El suicidio de Werther, probablemente el punto más polémico de la novela, no es un acto caprichoso: Werther se suicida —con una pistola prestada— porque no puede soportar la indiferencia de la mujer que ama. Más allá de ella no existe nada. Para él, su alma está muerta, y es por eso que decide que también es necesario matar a su cuerpo.

Desde nuestra perspectiva, eso puede parecer exagerado, pero tal es la filosofía del romanticismo que agita cada página del Werther de Goethe: una especie de sentimiento colectivo de hastío, de decadencia, de aceptación de lo vano de la existencia, que además de una de las principales características del romanticismo, logró expresarse en un solo personaje, en el tiempo y el lugar exactos.




Las penas del joven Werther.
Die Leiden des jungen Werthers, Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832)
Copia y pega el link en tu navegador para leer online o descargar Las penas del joven Werther, de Goethe:
  • http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca_digital/libros/g/Goethe%20-%20Werther.pdf




Novelas góticas. I Novelas de Goethe.


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«El argumento del suicidio»: Samuel Taylor Coleridge; poema y análisis


«El argumento del suicidio»: Samuel Taylor Coleridge; poema y análisis.




El argumento del suicidio (The Suicide's Argument) es un poema del romanticismo del escritor inglés Samuel Taylor Coleridge (1772-1834), compuesto en 1811 y publicado en 1828. Luego reaparecería en la antología: Los poemas completos de Samuel Taylor Coleridge (The Poetical Works of S. T. Coleridge).

El argumento del suicidio, uno de los mejores poemas de Samuel Taylor Coleridge, nos ofrece una mirada filosófica acerca de lo que sugiere su título; básicamente un argumento a favor del suicidio, pero también una refutación.

El poeta comienza con un tono cargado de resentimiento mientras expresa que el inicio de su vida, y por tal caso, la de todos, comenzó sin que su deseo haya intervenido. En otras palabras, nadie le preguntó si deseaba nacer. En medio de su angustia, Samuel Taylor Coleridge se pregunta si la muerte, o mejor dicho, el suicidio, es una alternativa posible a esa vida que no eligió. En oposición, la naturaleza articula una refutación devastadora, brillante, que reduce el argumento del suicidio a su mínima expresión.




El argumento del suicidio.
The Suicide's Argument; Samuel Taylor Coleridge (1772-1834)

Antes del inicio de mi vida, si lo deseaba o no,
nadie jamás me lo preguntó —de otro modo no podía ser—
Si la vida era la pregunta, una cosa enviada por intentar,
y si vivir es decir SÍ, ¿qué puede ser el NO? Morir.

Respuesta de la naturaleza:

¿Se retorna igual que al ser enviado? ¿No es peor el desgaste?
¡Piensa primero en lo que ERES! ¡Sé conciente de lo que ERAS!
Te he dado inocencia, te he dado esperanza,
Te he dado salud, y genio, y un amplio porvenir,
¿Retornarás culpable, aletargado, desesperado?
Haz un inventario, examina, compara.
Entonces muere, si es que a morir te atreves.


Ere the birth of my life, if I wished it or no
No question was asked me--it could not be so!
If the life was the question, a thing sent to try
And to live on be YES; what can NO be? to die.

Nature's Answer:

Is't returned, as 'twas sent? Is't no worse for the wear?
Think first, what you ARE! Call to mind what you WERE!
I gave you innocence, I gave you hope,
Gave health, and genius, and an ample scope,
Return you me guilt, lethargy, despair?
Make out the invent'ry; inspect, compare!
Then die—if die you dare!

Samuel Taylor Coleridge (1772-1834)




Poemas góticos. I Poemas de Samuel Taylor Coleridge.


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«El horroroso fantasma»: anónimo; poema y análisis


«El horroroso fantasma»: anónimo; poema y análisis.




El horroroso fantasma (The Dreadful Ghost) es un poema gótico del siglo XVIII, cuyo autor, probablemente irlandés, no se conoce. En cierta forma nos recuerda a las viejas baladas medievales, y más precisamente a los poemas de fantasmas cantados por los bardos de sangre celta.

El horroroso fantasma relata la historia de una muchacha que, tras ser vilmente abandonada por el hombre que ama, se quita la vida colgándose de un árbol. Esa decisión no es caprichosa. La muchacha toma la precaución de dejar una nota pidiendo que su cuerpo no sea enterrado. De esta forma, su espíritu podrá vengarse.

Por otro lado, el hombre que la ha abandonado se embarca creyendo que así podrá evitar al espíritu vengativo; pero ella lo sigue, incansablemente, hasta dar con él y de ese modo aliviar la pena de su corazón desbordado por la desilusión.




El horroroso fantasma.
The Dreadful Ghost, anónimo.

Es un marinero sobre quien escribo.
En los mares su placer supo flotar;
A dos doncellas consideró justo engañar,
Y de ellas dos hijos surgieron altivos.

Una de ellos, abatida por la vergüenza,
Hacia la agradable arboleda se dirigió
Y puso fin a todas las molestias,
Allí se cortó el hilo de la vida.

Ella se colgó de un árbol,
Donde dos cazadores la vieron,
Con un filo cortaron la soga,
Y sobre su pecho encontraron la nota.

Estaba escrita en letras largas:
No me enterréis, os lo ruego,
Sobre la tierra dejádme reposar.
Las doncellas deben verme al pasar.


Dejad que mi destino las advierta,
Que abandonen la locura eterna
.
Y mientras en la tierra su cuerpo descansó,
Hacia los amplios mares su alma huyó.

Una mañana, sobre el alto mástil,
Un pequeño bote alcanzó a vislumbrar,
Un pequeño bote lleno de hombres
Y el espectro de una mujer adelante.

A la cubierta, bajo la cubierta este hombre joven va,
A saludar al capitán con sus galas vespertinas,
Y dice: Capitán, capitán, perdone mis suspiros,
Pero veo acercarse una nave comandada por un espíritu.


Sombrío el capitán emerge a cubierta,
Y allí observa al terrible fantasma.
Ella dice: Capitán, capitán, responded sin vacilación
¿Este hombre navega con vuestra tripulación?


Fue en San Tallians que este hombre joven murió,
Y en San Tallians su cuerpo descansó.

Ella dice: Capitán, capitán, sin mentiras ni marcos,
Pues el infame navega en vuestro barco
.

Y si no lo traéis ante mí,
Una tormenta yacerá ante tí.
Y tú y tus galantes hombres habrán de lamentar,
Encontrando la tumba en el profundo mar
.

A la cubierta, bajo la cubierta el capitán va,
Trayendo al hombre joven de los pies.
Y cuando ella fijó su mirada sombría sobre él,
El joven tembló en cada extremidad.

Oh, no recuerdas cuando era doncella,
Tu eres la causa de la sangre en mi corazón,
Ahora soy espíritu y vengo por tu dolor;
Me has rechazado una vez, pero nunca más.


Hacia el bote ella lo llevó,
Hacia el bote ella lo forzó,
Y mientras lo hacía iluminó nuestras armas,
Pues el bote se sumergió en llamas.

Cuando se hundió Ella se elevó de nuevo
Y nos atormentó con su encantamiento:
Todos ustedes, marineros que matan por placer,
Jamás provoquen la ira de una joven mujer
.


Its of a sailor of whom I write.
Unto the seas he took great delight.
Two maidens fair he did beguile,
And those two maidens he had with child.

Oh, one of them for public shame
Unto some handsome grove she came,
And there at length for to end all strife,
She cut it there, the thread of life.

She hung herself down from a tree,
Where two men a-hunting, did her see.
They got a knife and cut her down;
And on her bosom a note was found.

And this was writ in letters large:
"Don't bury me, I do you charge.
But on the ground there let me lie,
That maids may see me as they pass by."

"Let them take warning by my fate,
And quit this folly before its too late."
And while on land she plagued him so,
To the seas at length he was forced to go.

One morning on the topmast high,
A little boat he chanced to spy.
A little boat with a large crew of men
And a female ghost who stood up then.

Down decks, down decks this young man goes,
To greet the captain in his morning clothes.
He says: "Captain, captain stand my defense,
For I see a spirit coming hence."

So up on deck this captain goes,
And there he spies this dreadful ghost.
She says: "Captain, captain, tell me true;
Does such a man sail among your crew?"

"It was in St. Tallians this young man died,
And in Saint Tallians his body lies."
She says: "Captain, captain don't tell me so,
For he's sailing down in your ship below."

"And if you don't bring him up to me,
A mighty storm you soon shall see.
Which will cause both you and your gallant men to weep,
And leave you slumbering in the deep."

Down decks, down decks this captain goes,
And brings this young man up to his foes.
And when she fixed her grim eyes on him,
It made him tremble in every limb.

Oh don't you remember when I was a maid,
You caused my poor trembling heart to bleed.
Now I'm a sprit and I come for thou;
You balked me once, but I've got you now.

Down in her boat she forc-ed him.
Down in her boat he was forced for to go.
And as he did, we all did admire,
For the boat went down in a flame of fire.

And as she sank, she rose again;
And, aye, she sang this mournful strain:
"You sailors all, who runeth behind,
Never prove false to young womankind."




Poemas del romanticismo. I Poemas de odio.


Más literatura gótica:
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«Después de la muerte»: Sara Teasdale; poema y análisis


«Después de la muerte»: Sara Teasdale; poema y análisis.




Después de la muerte (After Death) es un poema de amor de la escritora norteamericana Sara Teasdale (1884-1933), publicado en la antología de 1915: Ríos hacia el mar (Rivers to the Sea).

Después de la muerte, uno de los mejores poemas de amor de Sara Teasdale, refleja su particular postura frente a la mortalidad, algo que adquiere un matiz inquietante si lo contrastamos con el hecho de que, algunos años después de la composición de este poema, la autora se suicidó mediante una sobredosis de somníferos.




Después de la muerte.
After Death, Sara Teasdale (1884-1933)

Ahora, mientras mis labios viven
Sus palabras eternamente deben callar,
¿Pues mi alma habrá de recordar
Su voz cuando esté muerta?

Sin embargo, si mi alma lo recuerda
Tu atención ya no será mía, querido;
Pues ya nunca entenderás el latido
De aquello que no puede oírse.


Now while my lips are living
Their words must stay unsaid,
And will my soul remember
To speak when I am dead?

Yet if my soul remembered
You would not heed it, dear,
For now you must not listen,
And then you could not hear.


Sara Teasdale (1884-1933)




Poemas góticos. I Poemas de Sara Teasdale.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Sara Teasdale: Después de la muerte (After Death), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Una rosa para Emilia»: William Faulkner; relato y análisis.


«Una rosa para Emilia»: William Faulkner; relato y análisis.




Una rosa para Emilia (A Rose for Emily) es un relato gótico del escritor norteamericano William Faulkner (1897-1962), publicado en la edición del 30 de abril de 1930 de la revista The Forum. La historia nos ubica en la Tierra Media de William Faulkner: el pueblo apócrifo de Jefferson, Mississippi, en el ficticio condado de Yoknapatawpha.


Una rosa para Emilia inicia la tradición del gótico sureño (Southern Gothic), un subgénero de lo macabro situado en el sur de los Estados Unidos, donde lo perturbador, lo excéntrico, lo grotesco, lo decadente, lo siniestro, encuentra un caldo de cultivo que humea desde la pobreza, el crimen y la violencia.

En Una rosa para Emilia, uno de los más conocidos cuentos de William Faulkner, se nos introduce en una realidad oscura, repleta de privaciones intelectuales y, en cambio, prolífica en supersticiones y costumbres vetustas acerca del rol de la mujer en la sociedad. Se trata, en resumen, de la historia de una mujer aislada emocionalmente del resto, pero físicamente esclava de su comunidad.

A simple vista, el título de este notable cuento de William FaulknerUna rosa para Emilia— parece inadecuado para el argumento; sin embargo, el autor declaró que deseaba rendirle tributo a la tragedia de su personaje. Emilia Grierson; de tal modo que decidió regalarle una rosa.




Una rosa para Emilia.
A Rose for Emily, William Faulkner (1897-1962)

Cuando murió la señorita Emilia Grierson, casi toda la ciudad asistió a su funeral; los hombres, con esa especie de respetuosa devoción ante un monumento que desaparece; las mujeres, en su mayoría, animadas de un sentimiento de curiosidad por ver por dentro la casa en la que nadie había entrado en los últimos diez años, salvo un viejo sirviente, que hacía de cocinero y jardinero a la vez. La casa era una construcción cuadrada, pesada, que había sido blanca en otro tiempo, decorada con cúpulas, volutas, espirales y balcones en el pesado estilo del siglo XVII; asentada en la calle principal de la ciudad en los tiempos en que se construyó, se había visto invadida más tarde por garajes y fábricas de algodón, que habían llegado incluso a borrar el recuerdo de los ilustres nombres del vecindario. Tan sólo había quedado la casa de la señorita Emilia, levantando su permanente y coqueta decadencia sobre los vagones de algodón y bombas de gasolina, ofendiendo la vista, entre las demás cosas que también la ofendían. Y ahora la señorita Emilia había ido a reunirse con los representantes de aquellos ilustres hombres que descansaban en el sombreado cementerio, entre las alineadas y anónimas tumbas de los soldados de la Unión, que habían caído en la batalla de Jefferson.

Mientras vivía, la señorita Emilia había sido para la ciudad una tradición, un deber y un cuidado, una especie de heredada tradición, que databa del día en que el coronel Sartoris el Mayor -autor del edicto que ordenaba que ninguna mujer negra podría salir a la calle sin delantal-, la eximió de sus impuestos, dispensa que había comenzado cuando murió su padre y que más tarde fue otorgada a perpetuidad. Y no es que Emilia fuera capaz de aceptar una caridad. Pero el coronel Sartoris inventó un cuento, diciendo que el padre de Emilia había hecho un préstamo a la ciudad, y que la ciudad se valía de este medio para pagar la deuda contraída. Sólo un hombre de la generación y del modo de ser del coronel Sartoris hubiera sido capaz de inventar una excusa semejante, y sólo una mujer como Emilia podría haber dado por buena esta historia.

Cuando la siguiente generación, con ideas modernas, maduró y llegó a ser directora de la ciudad, aquel arreglo tropezó con algunas dificultades. Al comenzar el año enviaron a Emilia por correo el recibo de la contribución, pero no obtuvieron respuesta. Entonces le escribieron, citándola en el despacho del alguacil para un asunto que le interesaba. Una semana más tarde el alcalde volvió a escribirle ofreciéndole ir a visitarla, o enviarle su coche para que acudiera a la oficina con comodidad, y recibió en respuesta una nota en papel de corte pasado de moda, y tinta empalidecida, escrita con una floreada caligrafía, comunicándole que no salía de su casa. Así pues, la nota de la contribución fue archivada sin más comentarios.

Convocaron, entonces, una junta, y una delegación para que fuera a visitarla. Allá fueron y llamaron a la puerta, cuyo umbral nadie había traspasado desde que aquella había dejado de dar lecciones de pintura china, unos ocho o diez años antes. Fueron recibidos por el viejo negro en un oscuro vestíbulo, del cual arrancaba una escalera que subía en dirección a unas sombras aún más densas. Olía allí a polvo y a cerrado, un olor pesado y húmedo. El vestíbulo estaba tapizado en cuero. Cuando el negro corrió las cortinas, vieron que el cuero estaba agrietado y cuando se sentaron, se levantó una nubecilla de polvo en torno a sus muslos, que flotaba en ligeras motas, perceptibles en un rayo de sol que entraba por la ventana. Sobre la chimenea había un retrato a lápiz del padre de Emilia, con un deslucido marco dorado. Todos se pusieron en pie cuando Emilia entró -una mujer pequeña, gruesa, vestida de negro, con una pesada cadena en torno al cuello que le descendía hasta la cintura y que se perdía en el cinturón-; debía de ser de pequeña estatura; quizá por eso, lo que en otra mujer pudiera haber sido tan sólo gordura, en ella era obesidad. Parecía abotagada, como un cuerpo que hubiera estado sumergido largo tiempo en agua estancada. Sus ojos, perdidos en las abultadas arrugas, parecían pequeñas piezas de carbón, prensadas entre masas de terrones, cuando pasaban sus miradas de uno a otro de los visitantes, que le explicaban el motivo de su visita. No los hizo sentar; se detuvo en la puerta y escuchó tranquilamente, hasta que el que hablaba terminó su exposición. Pudieron oír entonces el tictac del reloj que pendía de su cadena, oculto en el cinturón.
Su voz fue seca y fría.

—Yo no pago contribuciones en Jefferson. El coronel Sartoris me eximió. Pueden ustedes dirigirse al Ayuntamiento y allí les informarán a su satisfacción.

—De allí venimos; somos autoridades del Ayuntamiento, ¿no ha recibido usted un comunicado del alguacil, firmado por él?

—Sí, recibí un papel —contestó la señorita Emilia—. Quizá él se considera alguacil. Yo no pago contribuciones en Jefferson.

—Pero en los libros no aparecen datos que indiquen una cosa semejante. Nosotros debemos...

—Vea al coronel Sartoris. Yo no pago contribuciones en Jefferson.

—Pero, señorita Emilia...

—Vea al coronel Sartoris (el coronel Sartoris había muerto hacía ya casi diez años.) Yo no pago contribuciones en Jefferson. ¡Tobe! —exclamó llamando al negro—. Muestra la salida a estos señores.

Así pues, Emilia venció a los que fueron a visitarla del mismo modo que treinta años antes había vencido a los padres de los mismos regidores, en aquel asunto del olor. Esto ocurrió dos años después de la muerte de su padre y poco después de que su prometido (todos creímos que iba a casarse con ella) la hubiera abandonado. Cuando murió su padre apenas si volvió a salir a la calle; después que su prometido desapareció, casi dejó de vérsele en absoluto. Algunas señoras que tuvieron el valor de ir a visitarla, no fueron recibidas; y la única muestra de vida en aquella casa era el criado negro —un hombre joven a la sazón—, que entraba y salía con la cesta del mercado al brazo. Como si un hombre -cualquiera- fuera capaz de tener la cocina limpia, comentaban las señoras, así que no les extrañó cuando empezó a sentirse aquel olor; y esto constituyó otro motivo de relación entre el bajo y prolífico pueblo y aquel otro mundo alto y poderoso de los Grierson.

Una vecina de la señorita Emilia acudió a dar una queja ante el alcalde y juez Stevens, anciano de ochenta años.

—¿Y qué quiere usted que yo haga? —dijo el alcalde.

—¿Qué quiero que haga? Pues que le envíe una orden para que lo remedie. ¿Es que no hay una ley?

—No creo que sea necesario —afirmó el juez—. Será que el negro ha matado alguna culebra o alguna rata en el jardín. Ya le hablaré acerca de ello.

Al día siguiente, recibió dos quejas más, una de ellas partió de un hombre que le rogó cortésmente:

—Tenemos que hacer algo, señor juez; por nada del mundo querría yo molestar a la señorita Emilia; pero hay que hacer algo.

Por la noche, el tribunal de los regidores —tres hombres que peinaban canas, y otro algo más joven— se encontró con un hombre de la joven generación, al que hablaron del asunto.

—Es muy sencillo —afirmó éste—. Ordenen a la señorita Emilia que limpie el jardín, denle algunos días para que lo lleve a cabo y si no lo hace...

—Por favor, señor —exclamó el juez Stevens—. ¿Va usted a acusar a la señorita Emilia de que huele mal?

Al día siguiente por la noche, después de las doce, cuatro hombres cruzaron el césped de la finca de Emilia y se deslizaron alrededor de la casa, como ladrones, husmeando el edificio, construido con ladrillo, y las ventanas que daban al sótano, mientras uno de ellos hacía un movimiento, como si estuviera sembrando, metiendo y sacando la mano de un saco que pendía de su hombro. Abrieron la puerta de la bodega, y allí esparcieron cal, y también en las construcciones anejas a la casa. Cuando hubieron terminado y emprendían el regreso, detrás de una iluminada ventana que al llegar ellos estaba oscura, vieron sentada a Emilia, rígida e inmóvil como un ídolo. Cruzaron lentamente el prado y llegaron a los algarrobos que se alineaban a lo largo de la calle. Una semana o dos más tarde, aquel olor había desaparecido.

Así fue cómo el pueblo empezó a sentir verdadera compasión por ella. Todos en la ciudad recordaban que su anciana tía, lady Wyatt, había acabado completamente loca, y creían que los Grierson se tenían en más de lo que realmente eran. Ninguno de nuestros jóvenes casaderos era bastante bueno para Emilia. Nos habíamos acostumbrado a representarnos a ella y a su padre como un cuadro. Al fondo, la esbelta figura de la señorita Emilia, vestida de blanco; en primer término, su padre, dándole la espalda, con un látigo en la mano, y los dos, enmarcados por la puerta de entrada a su mansión. Y así, cuando ella llegó a sus 30 años en estado de soltería, no sólo nos sentíamos contentos por ello, sino que hasta experimentamos como un sentimiento de venganza. A pesar de la locura en su familia, no hubieran faltado a Emilia ocasiones de matrimonio, si hubiera querido aprovecharlas.

Cuando murió su padre, se supo que a su hija sólo le quedaba en propiedad la casa, y en cierto modo esto alegró a la gente; al fin podían compadecer a Emilia. Ahora que se había quedado sola y empobrecida, sin duda se humanizaría; ahora aprendería a conocer los temblores y la desesperación de tener un céntimo de más o de menos.

Al día siguiente de la muerte de su padre, las señoras fueron a la casa a visitarla. Ella, vestida como siempre, y sin muestra ninguna de pena en el rostro, las puso en la puerta, diciéndoles que su padre no estaba muerto. En esta actitud se mantuvo tres días, visitándola los ministros de la Iglesia y tratando los doctores de persuadirla de que los dejara entrar para disponer del cuerpo del difunto. Cuando ya estaban dispuestos a valerse de la fuerza y de la ley, la señorita Emilia rompió en sollozos y entonces se apresuraron a enterrar al padre.

No decimos que entonces estuviera loca. Creímos que no tuvo más remedio que hacer esto. Recordando a todos los jóvenes que su padre había desechado, y sabiendo que no le había quedado ninguna fortuna, la gente pensaba que ahora no tendría más remedio que agarrarse a los mismos que en otro tiempo había despreciado.

Emilia estuvo enferma mucho tiempo. Cuando la volvimos a ver, llevaba el cabello corto, lo que la hacía aparecer más joven que una muchacha, con una vaga semejanza con esos ángeles que figuran en los vidrios de colores de las iglesias, de expresión a la vez trágica y serena.

Por entonces la ciudad acababa de firmar los contratos para pavimentar las calles, y en el verano siguiente empezaron los trabajos. La compañía constructora vino con negros, mulas y maquinaria, y al frente de todo ello, un capataz, Homer Barron, un yanqui blanco de piel oscura, grueso, activo, con gruesa voz y ojos más claros que su rostro. Los muchachos de la ciudad solían seguirlo en grupos, por el gusto de verlo renegar de los negros, y oír a éstos cantar, mientras alzaban y dejaban caer el pico. Homer Barren conoció en seguida a todos los vecinos de la ciudad. Dondequiera que, en un grupo de gente, se oyera reír a carcajadas se podría asegurar, sin temor a equivocarse, que Homer Barron estaba en el centro de la reunión. Al poco tiempo empezamos a verlo acompañando a la señorita Emilia en las tardes del domingo, paseando en la calesa de ruedas amarillas o en un par de caballos bayos de alquiler.

Al principio todos nos sentimos alegres de que Emilia tuviera un interés en la vida, aunque todas las señoras decían: Una Grierson no podía pensar seriamente en unirse a un hombre del Norte, y capataz por añadidura. Había otros, y éstos eran los más viejos, que afirmaban que ninguna pena, por grande que fuera, podría hacer olvidar a una verdadera señora aquello de noblesse oblige —claro que sin decir noblesse oblige— y exclamaban: ¡Pobre Emilia! ¡Ya podían venir sus parientes a acompañarla!, pues Emilia tenía familiares en Alabama, aunque ya hacía muchos años que su padre se había enemistado con ellos, a causa de la vieja lady Wyatt, aquella que se volvió loca, y desde entonces se había roto toda relación entre ellos, de tal modo que ni siquiera habían venido al funeral. Pero lo mismo que la gente empezó a exclamar: ¡Pobre Emilia!, ahora empezó a cuchichear: Pero ¿tú crees que se trata de...? ¡Pues claro que sí! ¿Qué va a ser, si no?, y para hablar de ello, ponían sus manos cerca de la boca. Y cuando los domingos por la tarde, desde detrás de las ventanas entornadas para evitar la entrada excesiva del sol, oían el vivo y ligero clop, clop, clop, de los bayos en que la pareja iba de paseo, podía oírse a las señoras exclamar una vez más, entre un rumor de sedas y satenes: ¡Pobre Emilia!

Por lo demás, Emilia seguía llevando la cabeza alta, aunque todos creíamos que había motivos para que la llevara humillada. Parecía como si, más que nunca, reclamara el reconocimiento de su dignidad como última representante de los Grierson; como si tuviera necesidad de este contacto con lo terreno para reafirmarse a sí misma en su impenetrabilidad. Del mismo modo se comportó cuando adquirió el arsénico, el veneno para las ratas; esto ocurrió un año más tarde de cuando se empezó a decir: ¡Pobre Emilia!, y mientras sus dos primas vinieron a visitarla.

—Necesito un veneno —dijo al droguero. Tenía entonces algo más de los 30 años y era aún una mujer esbelta, aunque algo más delgada de lo usual, con ojos fríos brillando en un rostro del cual la carne parecía haber sido estirada en las sienes y en las cuencas de los ojos; como debe parecer el rostro del que se halla al pie de una farola.

—¿Cuál quiere, señorita Emilia? ¿Es para las ratas? Yo le recom...

—Quiero el más fuerte que tenga —interrumpió—. No importa la clase.

El droguero le enumeró varios.

—Pueden matar hasta un elefante. Pero ¿qué es lo que usted desea...?

—Quiero arsénico. ¿Es bueno?

—¿Que si es bueno el arsénico? Sí, señora. Pero ¿qué es lo que desea...?

—Quiero arsénico.

El droguero la miró de abajo arriba. Ella le sostuvo la mirada de arriba abajo, rígida, con la faz tensa.

—¡Sí, claro —respondió el hombre—; si así lo desea! Pero la ley ordena que hay que decir para qué se va a emplear.

La señorita Emilia continuaba mirándolo, ahora con la cabeza levantada, fijando sus ojos en los ojos del droguero, hasta que éste desvió su mirada, fue a buscar el arsénico y se lo empaquetó. El muchacho negro se hizo cargo del paquete. El droguero se metió en la trastienda y no volvió a salir. Cuando la señorita Emilia abrió el paquete en su casa, vio que en la caja, bajo una calavera y unos huesos, estaba escrito: Para ratas.

Al día siguiente, todos nos preguntábamos: ¿Se irá a suicidar? y pensábamos que era lo mejor que podía hacer. Cuando empezamos a verla con Homer Barron, pensamos: Se casará con él. Más tarde dijimos: Quizás ella le convenga aún, pues Homer, que frecuentaba el trato de los hombres y se sabía que bebía bastante, había dicho en el Club Elks que él no era un hombre de los que se casan. Y repetimos una vez más: ¡Pobre Emilia! desde atrás de las vidrieras, cuando aquella tarde de domingo los vimos pasar en la calesa, la señorita Emilia con la cabeza erguida y Homer Barron con su sombrero de copa, un cigarro entre los dientes y las riendas y el látigo en las manos cubiertas con guantes amarillos...

Fue entonces cuando las señoras empezaron a decir que aquello constituía una desgracia para la ciudad y un mal ejemplo para la juventud. Los hombres no quisieron tomar parte en aquel asunto, pero al fin las damas convencieron al ministro de los bautistas de que fuera a visitarla. Nunca se supo lo que ocurrió en aquella entrevista; pero en adelante el clérigo no quiso volver a oír nada acerca de una nueva visita. El domingo que siguió a la visita del ministro, la pareja cabalgó de nuevo por las calles, y al día siguiente la esposa del ministro escribió a los parientes que Emilia tenía en Alabama.

De este modo, tuvo a sus parientes bajo su techo y todos nos pusimos a observar lo que pudiera ocurrir. Al principio no ocurrió nada, y empezamos a creer que al fin iban a casarse. Supimos que Emilia había estado en casa del joyero y había encargado un juego de tocador para hombre, en plata, con las iniciales H.B. Dos días más tarde nos enteramos de que había encargado un equipo completo de trajes de hombre, incluyendo la camisa de noche, y nos dijimos: Van a casarse, y nos sentíamos realmente contentos. Y nos alegrábamos más aún, porque las dos parientas que la señorita Emilia tenía en casa eran todavía más Grierson de lo que Emilia había sido.

Así pues, no nos sorprendimos mucho cuando Homer Barron se fue, pues la pavimentación de las calles ya se había terminado hacía tiempo. Nos sentimos, en verdad, algo desilusionados de que no hubiera habido una notificación pública; pero creímos que iba a arreglar sus asuntos, o que quizá trataba de facilitarle a ella el que pudiera verse libre de sus primas. (Por este tiempo, hubo una verdadera intriga y todos fuimos aliados de Emilia para ayudarla a desembarazarse de sus primas). En efecto, pasada una semana, se fueron y, como esperábamos, tres días después volvió Homer Barron. Un vecino vio al negro abrirle la puerta de la cocina, en un oscuro atardecer.

Y ésta fue la última vez que vimos a Homer Barron. También dejamos de ver a Emilia por algún tiempo. El negro salía y entraba con la cesta de ir al mercado; pero la puerta de la entrada principal permanecía cerrada. De vez en cuando podíamos verla en la ventana, como aquella noche en que algunos hombres esparcieron la cal; pero casi por espacio de seis meses no fue vista por las calles. Todos comprendimos entonces que esto era de esperar, como si aquella condición de su padre, que había arruinado la vida de su mujer durante tanto tiempo, hubiera sido demasiado virulenta y furiosa para morir con él. Cuando la vimos de nuevo había engordado y su cabello empezaba a ponerse gris. En pocos años este gris se fue acentuando, hasta adquirir el matiz del plomo. Cuando murió, a los 74 años, tenía aún el cabello de un intenso gris plomizo, y tan vigoroso como el de un hombre joven.

Todos estos años la puerta principal permaneció cerrada, excepto por espacio de unos seis o siete, cuando ella andaba por los 40, en los cuales dio lecciones de pintura china. Había dispuesto un estudio en una de las habitaciones del piso bajo, al cual iban las hijas y nietas de los contemporáneos del coronel Sartoris, con la misma regularidad y aproximadamente con el mismo espíritu con que iban a la iglesia los domingos, con una pieza de ciento veinticinco para la colecta. Entretanto, se le había dispensado de pagar las contribuciones. Cuando la generación siguiente se ocupó de los destinos de la ciudad, las discípulas de pintura, al crecer, dejaron de asistir a las clases, y ya no enviaron a sus hijas con sus cajas de pintura y sus pinceles, a que Emilia les enseñara a pintar según las manidas imágenes representadas en las revistas para señoras. La puerta de la casa se cerró de nuevo y así permaneció en adelante. Cuando la ciudad tuvo servicio postal, la señorita Emilia fue la única que se negó a permitirles que colocasen encima de su puerta los números metálicos, y que colgasen de la misma un buzón. No quería ni oír hablar de ello.

Día tras día, año tras año, veíamos al negro ir y venir al mercado, cada vez más canoso y encorvado. Cada año, en el mes de diciembre, le enviábamos a Emilia el recibo de la contribución, que nos era devuelto, una semana más tarde, en el mismo sobre, sin abrir. Alguna vez la veíamos en una de las habitaciones del piso bajo semejante al torso de un ídolo en su nicho, dándose cuenta, o no dándose cuenta, de nuestra presencia; eso nadie podía decirlo. Y de este modo Emilia pasó de una a otra generación, respetada, inasequible, impenetrable, tranquila y perversa. Y así murió. Cayo enferma en aquella casa, envuelta en polvo y sombras, teniendo para cuidar de ella solamente a aquel negro torpón. Ni siquiera supimos que estaba enferma, pues hacía ya tiempo que habíamos renunciado a obtener alguna información del negro. Probablemente este hombre no hablaba nunca, ni aun con su ama, pues su voz era ruda y áspera, como si la tuviera en desuso. Murió en una habitación del piso bajo, en una sólida cama de nogal, con cortinas, con la cabeza apoyada en una almohada amarilla, empalidecida por el paso del tiempo y la falta de sol.

El negro recibió en la puerta principal a las primeras señoras que llegaron a la casa, las dejó entrar curioseando hablando en voz baja, y desapareció. Atravesó la casa, salió por la puerta trasera y no se volvió a ver más. Las dos primas de Emilia llegaron inmediatamente, dispusieron el funeral para el día siguiente, y allá fue la ciudad entera a contemplar a Emilia yaciendo bajo montones de flores, y con el retrato a lápiz de su padre colocado sobre el ataúd, acompañada por las dos damas sibilantes y macabras. En el balcón estaban los hombres, y algunos de ellos, los más viejos, vestidos con su cepillado uniforme de confederados; hablaban de ella como si hubiera sido contemporánea suya, como si la hubieran cortejado y hubieran bailado con ella, confundiendo el tiempo en su matemática progresión, como suelen hacerlo las personas ancianas, para quienes el pasado no es un camino que se aleja, sino una vasta pradera a la que el invierno no hace variar, y separado de los tiempos actuales por la estrecha unión de los últimos diez años.

Sabíamos ya todos que en el piso superior había una habitación que nadie había visto en los últimos cuarenta años y cuya puerta tenía que ser forzada. No obstante esperaron, para abrirla, a que Emilia descansara en su tumba. Al echar abajo la puerta, la habitación se llenó de polvo, que pareció invadirlo todo. En esta habitación, preparada y adornada como para una boda, por doquiera parecía sentirse como una tenue y acre atmósfera de tumba: sobre las cortinas, de un marchito color de rosa; sobre las pantallas, también rosadas, situadas sobre el tocador; sobre la araña de cristal; sobre los objetos de tocador para hombre, en plata tan oxidada que apenas se distinguía el monograma con que estaban marcados. Entre estos objetos aparecía un cuello y una corbata, como si se hubieran acabado de quitar y así, abandonados sobre el tocador, resplandecían con una pálida blancura en medio del polvo que lo llenaba todo. En una silla estaba un traje de hombre, cuidadosamente doblado; al pie de la silla, los calcetines y los zapatos.

El hombre yacía en la cama.

Por un largo tiempo nos detuvimos a la puerta, mirando asombrados aquella apariencia misteriosa y descarnada. El cuerpo había quedado en la actitud de abrazar; pero ahora el largo sueño que dura más que el amor, que vence al gesto del amor, lo había aniquilado. Lo que quedaba de él, pudriéndose bajo lo que había sido camisa de dormir, se había convertido en algo inseparable de la cama en que yacía. Sobre él, y sobre la almohada que estaba a su lado, se extendía la misma capa de denso y tenaz polvo.

Entonces nos dimos cuenta de que aquella segunda almohada ofrecía la depresión dejada por otra cabeza. Uno de los que allí estábamos levantó algo que había sobre ella e inclinándonos hacia delante, mientras se metía en nuestras narices aquel débil e invisible polvo seco y acre, vimos una larga hebra de cabello gris.

William Faulkner (1897-1962)




Relatos góticos. I Relatos de William Faulkner.


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«A la muerte»: Amy Levy; poema y análisis


«A la muerte»: Amy Levy; poema y análisis.




A la muerte (To Death) es un poema victoriano de la escritora inglesa Amy Levy (1861-1889), publicado en la antología de 1881: Xantippe y otros poemas (Xantippe and Other Verse).

A la muerte, uno de los mejores poemas de Amy Levy, presagia el trágico y prematuro final de su vida.

Amy Levy sufría episodios de depresión desde muy temprana edad. La certeza de que quedaría sorda, sumada a una serie de fracasos sentimentales, la llevaron a recluirse en casa de sus padres, donde finalmente se suicidaría poco antes de cumplir veintiocho años.




A la muerte.
To Death, Amy Levy (1861-1889)

Si dentro de mi corazón hay hastío,
Si la llama de la poesía
Y el fuego del amor se hace frío,
Lacera mi carne sin cortesía.

Rápido, sin pausa ni demora;
No dejes que el campo de mi vida se nutra
Con la ceniza de los sentimientos muertos,
Deja que tu canto fluya con ternura.


If within my heart there's mould,
If the flame of Poesy
And the flame of Love grow cold,
Slay my body utterly.

Swiftly, pause not nor delay;
Let not my life's field be spread
With the ash of feelings dead,
Let thy singer soar away.


Amy Levy (1861-1889)




Poemas góticos. I Poemas de Amy Levy.


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«Voy a dormir»: Alfonsina Storni; poema y análisis


«Voy a dormir»: Alfonsina Storni; poema y análisis.




Voy a dormir (Voy a dormir) es el último poema de la escritora argentina Alfonsina Storni (1892-1938), escrito pocas horas antes de su muerte.

Ciudad de Mar del Plata, primavera. Una mujer de cabello corto camina con decisión hacia la playa. Algunos dicen que Alfonsina Storni se internó lentamente en el Océano Atlántico; otros deducen que se arrojó a las aguas embravecidas desde una escollera.

Lo único cierto es que Alfonsina Storni desapareció en el mar en la madrugada del 25 de octubre de 1938. Tenía 46 años de edad.

Esa misma noche, horas antes de su desaparición, Alfonsina Storni envió tres cartas: una para su amigo Gálvez, solicitándole que cuide a su familia; otra para su hijo, Alejandro; y una tercera para el periódico La Nación, adjuntando su último poema: Voy a dormir.

Voy a dormir, uno de los mejores poemas de Alfonsina Storni, es también su despedida.




Voy a dormir.
Voy a dormir, Alfonsina Storni (1892-1938)

Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación; la que te guste;
todas son buenas; bájala un poquito.

Déjame sola: oyes romper los brotes...
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases

para que olvidea... Gracias. Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido...

Alfonsina Storni (1892-1938)




Poemas góticos. I Poemas de Alfonsina Storni.


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