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«La tumba inquieta» [anónimo]: poema y análisis.


«La tumba inquieta» [anónimo]: poema y análisis.




La tumba inquieta (The Unquiet Grave) es un poema gótico anónimo de siglo XV, que pasó de generación en generación como una una canción popular inglesa en la que un joven llora a su amada muerta y le impide obtener la paz. Fue recopilado originalmente por Francis James Child en 1868.

La tumba inquieta versifica el lamento de un hombre que llora a su amada muerta durante «doce meses y un día». Al cabo de ese tiempo, la muerta se queja de que su llanto le impide descansar en paz. Él le pide «un beso de tus labios de arcilla fría». Ella le dice que un beso suyo lo mataría. Cuando él persiste, queriendo unirse a ella en la muerte, ella explica que, una vez que ambos estén muertos, sus corazones simplemente se pudrirán como flores marchitas. El mensaje es simple: los vivos deben disfrutar la vida mientras la tengan [ver: Fantasía Póstuma: acompañar a un personaje en el más allá]

Las primeras dos estrofas de La tumba inquieta las habla el joven. Al principio parece que se dirige directamente a la muerta, aunque no es imposible que le esté hablando a una nueva amada viva: «El viento sopla hoy mi amor / y caen unas pequeñas gotas de lluvia.» El hablante continúa en las líneas tres y cuatro para dirigirse a su nueva amante; si es lo último, el efecto es como si se dirigiera al auditorio en una obra teatral o, en este caso, al lector: «Nunca tuve más que un verdadero amor / en una tumba fría yace ella.» Este dispositivo expresa franqueza, y confirma la autoridad emocional del orador.

La muerte de la mujer parece reciente, pero rápidamente se nos informa que han pasado «doce meses y un día». Esto establece el lienzo para una superstición muy extendida en la Edad Media: las tumbas se vuelven «inquietas», así como sus ocupantes, cuando el dolor excesivo de sus deudos les impide abandonar la tierra. Este motivo ha generado muchas leyendas de fantasmas enojados porque el dolor de los vivos no les permite cortar su lazo con el plano físico. Es una superstición antigua, mucho más antigua que el poema. [ver: De Masticatione Mortuorum in Tumulis]

Ahora bien, el narrador de La tumba inquieta se niega a aceptar que su tiempo de duelo se acabó y, como resultado, persiste en sus lamentos durante más de un año; entonces: «los muertos comenzaron a hablar». No sabemos el nombre de la mujer enterrada. El narrador se refiere a ella simplemente como «la muerta». En este punto comienza el diálogo propiamente dicho: la mujer espectral pregunta de quién es el llanto que la perturba, y el joven promete que la dejará en paz a cambio de un beso.

Las repeticiones, un patrón musical común [La tumba inquieta es, después de todo, una canción popular], tienen aquí el efecto de acercar a los amantes, como si uno hiciera eco del otro. «Anhelo un beso de tus labios fríos como la arcilla» se ve reforzado casi con ternura por la respuesta: «Anhelas un beso de mis labios fríos como la arcilla», mientras que la aliteración deja una impresión contrastante de mortalidad sin sentimentalismo. Aunque podría ser el hombre el que habla en la estrofa seis, parece más probable que el fantasma de la mujer sea el hablante de la quinta, la sexta y la séptima. Su descripción de la flor muerta es una parábola sobre la pérdida y su aceptación. El doliente todavía quiere creer que la «flor más hermosa» [su amada] puede volver a crecer. La mujer sabe que la regeneración es imposible. Este marchitamiento también sucede en los corazones de los amantes: es un hecho inevitable del tiempo. El mensaje es duro y triste, pero las palabras posteriores son amables: «Así que conténtate, mi amor, / hasta que Dios te llame».

El lector contemporáneo de La tumba inquieta probablemente comparta la actitud realista de la mujer muerta. Después de todo, lo más importante del duelo es atravesarlo para «seguir adelante». Sin embargo, este era un mensaje innovador para el siglo XV. Por otro lado, la superstición de que besar a un muerto trae la propia muerte puede tener una base sólida, sobre todo si tenemos en cuenta que en aquella época las enfermedades infecciosas [como «la peste»] causaban verdaderos estragos.

Leída desde una perspectiva históricamente distanciada, La tumba inquieta es una advertencia práctica sobre cómo los vivos deben tratar a los muertos [por el bien de ambos], y no tanto sobre cuál es la mejor manera de sobrevivir una pérdida traumática. Sin embargo, cualquiera que sea el mensaje del poema, su ritmo e imágenes son exquisitamente simples. Hay algo casi arquetípico en este amante que llora sobre la tumba de su amada. El viento salpicado de lluvia, el aliento terroso, y el jardín verde con su única flor marchita son detalles que, aunque se trata de una balada sobrenatural, crean la impresión de un ciclo natural.

Tal vez la trascendencia de La tumba inquieta se deba a un hecho concreto: más allá de lo que ocurre en el poema, el autor está llamando a su audiencia a recordar que hay vida después de la muerte, tanto para los vivos como para los muertos. El llanto del hombre no solo le impide seguir adelante con su vida, sino que de algún modo bloquea el paso de su amada a una nueva vida más allá de este mundo. Después de todo, amar a alguien significa querer lo mejor para el otro; y para practicar eso se debe dejar de lado la tristeza, el deseo de posesión, y permitir que ambos descubran qué les depara el futuro, tanto en este plano como en el otro. Suena fácil, en teoría...




La tumba inquieta.
The Unquiet Grave, Anónimo [siglo XV]

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


El viento sopla hoy mi amor,
y caen unas pequeñas gotas de lluvia.
Nunca tuve más que un verdadero amor,
en una tumba fría yace ella.

Haré tanto como cualquier joven
por mi verdadero amor,
me sentaré y amaneceré en su tumba
durante doce meses y un día.

Habiendo pasado los doce meses y un día,
los muertos comenzaron a hablar:
¿Quién está sentado llorando junto a mi sepulcro,
y no me deja descansar?

Soy yo, mi amor, sentado sobre tu tumba,
y no te dejaré dormir,
porque anhelo un beso de tus labios fríos como la arcilla,
y eso es todo lo que busco.

Anhelas un beso de mis labios fríos como la arcilla,
pero mi aliento huele a tierra.
Si tienes un beso de mis labios de arcilla fría,
no será largo tu tiempo.

Está abajo en el jardín verde,
amor, donde solíamos caminar,
la más hermosa flor,
marchita hasta convertirse en un tallo.

El tallo está marchito, seco, mi amor,
así se descompondrán nuestros corazones.
Así que conténtate, mi amor,
hasta que Dios te llame.


The wind doth blow today my love,
And a few small drops of rain.
I never had but one true-love,
In cold grave she was lain.

I'll do as much for my true-love
As any young man may,
I'll sit and morn all at her grave
For a twelvemonth and a day.

The twelvemonth and a day being up,
The dead began to speak:
Oh who sits weeping at my grave,
And will not let me sleep?

‘Tis I, my love, sits on your grave,
And will not let you sleep,
For I crave one kiss of your clay-cold lips,
And that is all I seek.

You crave one kiss of my clay-cold lips,
But my breath smells earthy strong.
If you have one kiss of my clay-cold lips,
Your time will not be long.

‘Tis down in yonder garden green,
Love, where we used to walk,
The finest flower that ere was seen
Is withered to a stalk.

The stalk is withered, dry, my love,
So will our hearts decay.
So make yourself content, my love,
Till God calls you away.


Anónimo.

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de amor.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema anónimo del siglo XV: La tumba inquieta (The Unquiet Grave), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«¿Recuerdas esa noche?»: anónimo; poema y análisis [español-gaélico]


«¿Recuerdas esa noche?»: anónimo; poema y análisis [español-gaélico]




¿Recuerdas esa noche? (An Cuimhin Leat An Oíche Ud?) es un antiguo poema de amor anónimo, escrito en gaélico y traducido al inglés moderno por el filólogo y anticuario Eugene O'Curry (1794-1862).

¿Recuerdas esa noche? es un poema sencillo, en el que no ocurre demasiado [en apariencia], pero que al mismo tiempo sugiere mucho más de lo que expresa. Está narrado por una mujer, presumiblemente madura, que recuerda las noches de su juventud en las que era visitada por un amante furtivo.

Este amante se presentaba en su ventana cuando todos en la casa estaban durmiendo. Podemos imaginar largas conversaciones en susurros, el peligro inminente de ser descubiertos. La narradora no nos informa de qué hablaban exactamente, lo cual sugiere que no solo se intercambiaban palabras de amor y pasión, sino también cuestiones más peligrosas. ¿Es el joven furtivo un paria social? ¿Alguien asociado a los muchos grupos rebeldes que atravesaron la historia de Irlanda? No lo sabemos. La narradora es prudente y omite cualquier comentario al respecto.

Ella, entonces, le recuerda a su amante aquellas noches clandestinas compartidas a través de la ventana, las charlas interminables, el frío, la seducción. No todo ha sido un camino de rosas para ellos. Ella sugiere que hubo conflictos, vacilaciones, incluso algún arrepentimiento. Finalmente la narradora versifica sobre la última noche de estos encuentros, precisamente la noche en la que abandonó la seguridad de su hogar y se fue con él, privándose del cielo del recato pero obteniendo a cambio el amor atribulado del destierro.

¿Recuerdas esa noche?, decíamos, es un poema sencillo, y así debe serlo. La narradora es una muchacha sencilla que se enamora de este joven audaz que la corteja en medio de la noche. Si bien estos recuerdos no están idealizados, de hecho hay una pizca de remordimiento en sus palabras, la decisión final, a pesar de las dificultades que seguramente les trajo, parece ser la única apropiada.

Después de todo, las decisiones acertadas de la vida no son las que prescinden de vacilaciones y remordimientos, sino aquellas que volveríamos a tomar aún conociendo las dificultades que nos esperan.




¿Recuerdas esa noche?
An Cuimhin Leat An Oíche Ud?

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


¿Recuerdas esa noche
cuando estabas en la ventana,
sin sombrero, ni guantes,
ni saco para abrigarte?
Te tendí la mano
y tú la aferraste ardientemente;
conversé contigo
hasta que la alondra empezó a cantar.

¿Recuerdas esa noche
en que tú y yo estuvimos al pie del serbal
y la nieve a la deriva de la noche?
¿Tu cabeza en mi pecho
y tu flauta tocando dulcemente?
¡Poco pensé esa noche
que nuestros lazos de amor se desatarían!

Amado de lo más íntimo de mi corazón,
ven alguna noche y pronto,
cuando mi gente esté en reposo,
para que podamos hablar juntos,
mis brazos te rodearán
mientras cuento mi triste historia,
que tu suave y agradable conversación
me ha privado del cielo.

El fuego se apaga,
la luz inextinguible,
la llave debajo de la puerta,
la colocas suavemente.
Mi madre está dormida,
pero yo estoy bien despierta,
mi fortuna en la mano,
estoy lista para ir contigo.


[Original en galélico]

An Cuimhin Leat An Oíche Ud?
An cuimhin leat an oíche úd
Do bhí tú ag an bhfuinneog
Gan hata, gan laimhne
Do do dhíon, gan chasóg?
Shín me mo lámh chugat
Is rug tú uirthí barróg
Is d'fhan mé i do chomhluadar
Nó go labhair an fhuiseog.
An cuimhin leat an oíche úd
Do bhí tú agus mise
Ag bun an chrainn chaorthainn
Is an oíche ag cur chuisne?
Do cheann ar mo chíochaibh
Is do phíob gheal dhá seinm,
Is beag a shíleas an oíche úd
Go scaoilfeadh ár gcumann!
A chumainn mo chroí istigh!
Tar oíche ghar éigin
Nuair a luífidh mo mhuintir,
Chun cainte le chéile.
Beidh mo dhá lámh i do thimpeall
Is mé ag insint mo scéal duit
Is gurb é do chómhra suairc mín tais
Do bhain radharc Fhlaithis Dé dhíom!
Tá an tine gan choigilt,
Tá an solas gan mhúchadh,
Tá an eochar faoin doras
Is tarraing go ciúin í.
Ta mo mháthair ina codladh
Agus mise i mo dhúiseacht.
Tá mo fhortún i mo dhorn
Is mé ullamh chun siúl leat!



[Versión en inglés]

Do you remember that night
When you were at the window,
With neither hat nor gloves
Nor coat to shelter you?
I reached out my hand to you,
And you ardently grasped it;
I remained in converse with you
Until the lark began to sing.

Do you remember that night
That you and I were
At the foot of the rowan tree,
And the night drifting snow?
Your head on my breast,
And your pipe sweetly playing?
Little thought I that night
That our love ties would loosen!

Beloved of my inmost heart,
Come some night and soon,
When my people are at rest,
That we may talk together,
My arms shall encircle you
While I relate my sad tale,
That your soft, pleasant converse
Hath deprived me of heaven.

The fire is unraked,
The light unextinguished,
The key under the door,
Do you softly draw it.
My mother is asleep,
But I am wide awake,
My fortune in my hand,
I am ready to go with you.

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas celtas.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema anónimo: ¿Recuerdas esa noche? (An Cuimhin Leat An Oíche Ud?), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Medievalismo: libros, leyendas, mitología, ensayos


Medievalismo: libros, leyendas, mitología, ensayos.









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«El epicedio de Ragnar Lodbrok»: H.P. Lovecraft; poema y análisis


«El epicedio de Ragnar Lodbrok»: H.P. Lovecraft; poema y análisis.




El epicedio de Ragnar Lodbrok (Regnar Lodbrug's Epicedium) es un poema gótico del escritor norteamericano H.P. Lovecraft (1890-1937), publicado de manera póstuma en la edición de verano de 1944 de la revista The Acolyte, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1949: Algo sobre los gatos y otras piezas (Something About Cats and Other Pieces).

El epicedio de Ragnar Lodbrok, uno de los poemas de H.P. Lovecraft más extraños, hace referencia al caudillo nórdico del siglo IX Ragnar Lodbrok —o Ragnar Lothbrok (Ragnarr Loðbrók Sigurdsson)—, figura histórica que actualmente ha ganado reconocimiento masivo por ser el protagonista de la serie: Vikingos (Vikings).

Poco se sabe con certeza sobre Ragnar Lodbrok, y H.P. Lovecraft no hace mucho para echar luz sobre el asunto. Algunas sagas dicen que fue hijo de Odín, y que infundió el terror en las costas de Inglaterra, Francia y el Báltico con su ejército pagano. Se le adjudica el título de rey de Suecia y Dinamarca, aunque se desconoce si realmente ejerció esos títulos. Tuvo una descendencia prolífica y notoria por sus hazañas: los Ragnarssons, como Ivar el Deshuesado (Ívarr inn Beinlaus) y Bjorn Costado de Hierro (Björn Járnsíða), con dos doncellas guerreras que bien podrían haber pertenecido a los mitos nórdicos: Lagherta y Aslaug.

Ahora bien, en El epicedio de Ragnar Lodbrok, H.P. Lovecraft nos ubica en el sitio en el que yacen los restos de Ragnar Lodbrok, luego de que fuera ejecutado en un pozo de serpientes. Contrariamente a lo que uno podría esperar en un poema vikingo, H.P. Lovecraft emplea la palabra epicedio, que proviene de la lírica griega antigua, y que define el lamento por un fallecido en presencia de su tumba, o incluso del propio cadáver. En este sentido podemos entender al epicedio como una especie de elegía.

A pesar de que H.P. Lovecraft utiliza algunos recursos típicos de la poesía medieval, lo cierto es que El epicedio de Ragnar Lodbrok también pertenece de algún modo a los Mitos de Cthulhu. En efecto, H.P. Lovecraft no se adjudica la creación del poema, sino que se la asigna a Olaus Wormius: una figura que, de hecho, también es histórica, pero que dentro de los Mitos figura como uno de los traductores del Necronomicón.




El epicedio de Ragnar Lodbrok.
Regnar Lodbrug's Epicedium, H.P. Lovecraft (1890-1937)

Con nuestras espadas hemos luchado;
llegando de nuevo a las costas de Gothland
por el asesinato de la serpiente
que hemos recibido de Thor.
A partir de este hecho me llaman hombre,
porque traspasé a la víbora.

Con nuestras espadas hemos luchado,
pero joven era yo cuando hacia el Este navegaba
por el canal de Oreon
con la sangre de nuestros hombres;
los lobos se deleitaron,
así como el buitre negro de amarillas garras.

Allí, el acero endurecido resonó
en los hostiles cascos forjados.
Una vasta herida fue todo el océano
y el cuervo hambriento se adentró
en busca de su premio
en la espesa sangre de los muertos.

Con nuestras espadas hemos luchado,
dos años de batalla hemos contado,
altas llevamos nuestras relucientes lanzas
y escuchamos nuestra fama y alabanzas.
En el Este, antes del puerto
(ocho barones hemos derrotado)
las heridas llenaron el océano.
Cansadas de la batalla sin esperanza,
las huestes se disolvieron.

Con nuestras espadas hemos luchado,
cuando al Vístula entramos
con nuestros barcos en formación de batalla.
Hasta el salón de Odín
los valientes helsingian enviaron a sus enemigos.
Entonces las espadas se mordieron, furiosas;
todas las olas se convirtieron en sangre
cuando las mareas se volvieron carmesí;
la espada humeante, con una nota de campana,
astilló el escudo, la armadura vencida.

Con nuestras espadas hemos luchado,
ninguno había caído ese día
hasta que en su barco cayó Herauclus:
ningún valiente barón antes que él
hirió tanto el mar con barcos de batalla;
nunca después de él hubo un jefe
con el corazón más encendido en la lucha.

Con nuestras espadas hemos luchado,
ahora la hueste arrojaba sus hebillas;
lanzas voladoras cayeron sobre los heroicos torsos,
espadas golpearon sobre las rocas.
Ensangrentado fue su escudo en la masacre
hasta que pereció el real Rufus.

Con nuestras espadas hemos luchado;
copioso fue el botín de los cuervos
en los alrededores de las islas
en ese único día de acción;
una entre muchas muertes es poco,
el sol naciente brilló sobre las lanzas,
sobre los cuerpos de los guerreros postrados.
Flechas de sus arcos fueron lanzadas;
y las armas rugieron en la llanura de Lano,
durante mucho tiempo la virgen lloró esa matanza.


With our swords have we contended.
Come but new to Gothland's shore
For the Killing of the serpent
We have gain'd from Thor.
From this deed they call me man
Because I have transfix'd the adder.

With our swords have we contended,
But a youth was I when eastward
In the channel of Oreon
With our fosman's gore in torrents;
Wolves delighted;
And the yellow-footed buzzard.

There the harden'd steel resounded
On the high-wrought hostile helmets.
One vast wound was all the ocean
And the hungry raven waded
Searching for its carrion foof
Deep in dead mens thick'ning blood.

With our swords have we contended,
Ere two score of years we counted
High we bore our glist' lances
Wids we heard our fame and praises.
In the east before the harbour
(Barons eight we overcome)
We the rav'ning eagle glutted;
Dripping wounds fill'd up the ocean.
Weary of the hopless fray,
All the host dissolved away.

With our swords have we contended,
When the Vistula we enter'd
With our ships in battle order
We unto the hall of Woden
Sent the bold Helsingian foemen.
Then the sword-points bit in fury;
All the billows turn'd to life-blood
Earth with streaming gore was crimson'd;
Reeking sword with ringing note
Shield divided, armour smote.

With our swords have we contended;
None had fallen on that day
Till on his ship Herauclus fell:
Than him before no braver baron
Cleft the sea with ships of battle;
Never after him was chieftan
Lighter hearted in the fighting.

With our swords have we contended,
Now the host flung down their buckles;
Flying spears sore hero's bosoms
Swords on Scarfian rocks were stricking.
Gory was his shield in slaughter
Till the royal Rufus perish'd.

With our swords have we contended;
Copious booty had the ravens
Round about the Indirian islands,
In that single day of action
(One in many deaths was little,
The rising sun grew bright on spears)
In the forms of postrate warrior-men.
Arrows from their bows ejected;
(Weapons roared on Lano's plain,
Long the virgin mourned that slaughter)


H.P. Lovecraft
(1890-1937)




Poemas góticos. I Poemas de H.P. Lovecraft.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de H.P. Lovecraft: El epicedio de Ragnar Lodbrok (Regnar Lodbrug's Epicedium), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Dos rosas rojas a través de la luna»: William Morris; poema y análisis


«Dos rosas rojas a través de la luna»: William Morris; poema y análisis.




Dos rosas rojas a través de la luna (Two Red Roses Across the Moon) —también publicado en español como: Dos rosas rojas cruzan la luna— es un poema de amor del escritor inglés William Morris (1834-1896), publicado en la antología de 1858: La defensa de Ginebra y otros poemas (The Defence of Guenevere, and other Poems).

Dos rosas rojas a través de la luna, uno de los grandes poemas de amor de William Morris, combina algunos elementos clásicos del Romanticismo con el estilo arcaico, casi medieval, de la poesía prerrafaelita.

El título, que se repite una y otra vez a lo largo del poema, se refiere en realidad a la imagen del escudo de armas de un caballero. Recordemos que la temática medieval está fuertemente presente en los poemas de William Morris. De hecho, es lícito suponer que el caballero de Dos rosas rojas a través de la luna es el mismo que aparece en: La melodía de las siete torres (The Tune of the Seven Towers); aunque en esta ocasión no debe sucumbir ante el encanto de una poderosa hechicera, sino ante la urgencia de regresar a los brazos de la mujer amada.

No obstante, es probable que esa imagen perpetrada por William Morris, sumamente poderosa y frecuente en la heráldica, cumpla una función mucho más compleja y profunda que la que habitualmente se le asigna.




Dos rosas rojas a través de la luna.
Two Red Roses Across the Moon, William Morris (1834-1869)

Había una dama que en un gran salón vivía,
de ojos grandes, apariencia alta y esbelta;
que siempre cantaba de mediodía en mediodía,
Dos rosas rojas a través de la luna.

Cierta vez un caballero llegó cabalgando
en primavera, cuando los caminos estaban resecos;
y oyó a la dama cantar al mediodía,
Dos rosas rojas a través de la luna.

Sin embargo, no se detuvo del todo,
montó al galope más allá del salón;
y dejó a la dama cantando al mediodía,
Dos rosas rojas a través de la luna.

Porque, de hecho, la batalla pronto se dispuso,
y el escarlata y el azul llegaron a encontrarse,
y así montó hasta el próximo y cálido mediodía;
Dos rosas rojas a través de la luna.

Pero el combate se dispersó de colina en colina,
de molino en molino;
y se dijo a sí mismo, mientras se acercaba el mediodía,
Dos rosas rojas a través de la luna.

Apenas podía verse entre el escarlata y el azul
un yelmo o un zapato dorado;
entonces gritó, mientras la batalla recrudecía al mediodía,
¡Dos rosas rojas a través de la luna!

En verdad el oro perforó a través
de las lanzas teñidas de azul y escarlata;
y clamaron, al ser cortadas al mediodía,
¡Dos rosas rojas a través de la luna!

Pensé que se detenía cuando cabalgó de nuevo
por el salón, aunque empapado y sucio por lluvia;
y sus labios fueron capturados para besarlos al mediodía,
Dos rosas rojas a través de la luna.

Bajo el signo de mayo ella se inclinó ante la corona,
todo era dorado, nada de color marrón;
y entonces los cuernos soplaron en el salón al mediodía,
Dos rosas rojas a través de la luna.


There was a lady lived in a hall,
Large of her eyes, and slim and tall;
And ever she sung from noon to noon,
Two red roses across the moon.

There was a knight came riding by
In early spring, when the roads were dry;
And he heard that lady sing at the noon,
Two red roses across the moon.

Yet none the more he stopp'd at all,
But he rode a-gallop past the hall;
And left that lady singing at noon,
Two red roses across the moon.

Because, forsooth, the battle was set,
And the scarlet and blue had got to be met,
He rode on the spur till the next warm noon:
Two red roses across the moon.

But the battle was scatter'd from hill to hill,
From the windmill to the watermill;
And he said to himself, as it near'd the noon,
Two red roses across the moon.

You scarce could see for the scarlet and blue,
A golden helm or a golden shoe:
So he cried, as the fight grew thick at the noon,
Two red roses across the moon!

Verily then the gold bore through
The huddled spears of the scarlet and blue;
And they cried, as they cut them down at the noon,
Two red roses across the moon!

I trow he stopp'd when he rode again
By the hall, though draggled sore with the rain;
And his lips were pinch'd to kiss at the noon
Two red roses across the moon.

Under the may she stoop'd to the crown,
All was gold, there was nothing of brown;
And the horns blew up in the hall at noon,
Two red roses across the moon.


William Morris
(1793-1864)




Poemas góticos. I Poemas de William Morris.


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«La defensa de Ginebra y otros poemas»: William Morris; libro y análisis


«La defensa de Ginebra y otros poemas»: William Morris; libro y análisis.




La defensa de Ginebra y otros poemas (The Defence of Guenevere, and other Poems) es una colección de poemas prerrafaelitas del escritor inglés William Morris (1834-1893), publicado en 1858.

La antología, además de reunir algunos de los más destacados poemas de William Morris, recorre buena parte de los mitos artúricos, desde la figura del rey Arturo a la de su esposa, Ginebra, pasando también por sir Galahad y la legendaria isla de Avalon.

Pero La defensa de Ginebra y otros poemas va más allá de la leyenda artúrica. También combina elementos típicos del cuento de hadas, como en Rapunzel y La melodía de las siete torres, con baladas medievales y poemas de amor, y siempre dentro de un marco de elogio por las antiguas leyendas paganas, algo que caracteriza a la mayoría de los poemas de William Morris.




La defensa de Ginebra y otros poemas.
The Defence of Guenevere, and other Poems, William Morris (1834-1896)
  • Dos rosas rojas a través de la luna (Two Red Roses Across the Moon)
  • La defensa de Ginebra (The Defence of Guenevere)
  • La melodía de las siete torres (The Tune of Seven Towers)
  • Muerte vergonzosa (Shameful Death)
  • Alas doradas (Golden Wings)
  • Amanecer de verano (Summer Dawn)
  • Cabalgando juntos (Riding Together)
  • Cerca de Avalon (Near Avalon)
  • Dos rosas rojas en la luna (Two Red Roses across the Moon)
  • El closet azul (The Blue Closet)
  • El alelí de oro (The Gilliflower of Gold)
  • El fin de sir Peter Harpdon (Sir Peter Harpdon's End)
  • El juicio de Dios (The Judgment of God)
  • Elogio de mi señora (Praise of My Lady)
  • El pajar en las inundaciones (The Haystack in the Floods)
  • El viento (The Wind)
  • En prisión (In Prison)
  • Hechizado (Spell-Bound)
  • La canción de guerra del padre John (Father John's War-Song)
  • La canción de guerra de sir Giles (Sir Giles' War-Song)
  • La capilla en Lyon (The Chapel in Lyoness)
  • La pequeña torre (The Little Tower)
  • La travesía de la espada (The Sailing of the Sword)
  • La tumba del rey Arturo (King Arthur's Tomb)
  • La víspera de Crecy (The Eve of Crecy)
  • Rapunzel (Rapunzel)
  • Río Welland (Welland River)
  • Sir Galahad, un misterio de Navidad (Sir Galahad, a Christmas Mystery)
  • Una buena noche en prisión (A Good Knight in Prison)
  • Viejo amor (Old Love)




Antologías. I Poemas de William Morris.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del libro de William Morris: La defensa de Ginebra y otros poemas (The Defence of Guenevere, and other Poems), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Marginalias: reflexiones, quejas y maldiciones de los monjes medievales


Marginalias: reflexiones, quejas y maldiciones de los monjes medievales.




Durante la Edad Media la única forma de copiar de un libro era a mano. Esta tarea correspondía a los monjes escribas, o copistas: oficio solitario, ingrato, e incluso físicamente devastador.

Copiar un libro medieval era un asunto complicado. Se debía trabajar sobre un atril, diseñado específicamente para maximizar la luz natural y permitir que la tinta no se esparciera por todo el pergamino. Si bien estos diseños eran perfectos para el uso de las herramientas, eran terribles para el escriba.

El cuerpo se tensaba sobre el atril, los ojos debían esforzarse a una distancia muy corta del pergamino, los vapores de la tinta lentamente destrozaban las vías respiratorias, los brazos, manos y dedos estaban sometidos constantemente al frío. Este calvario de soledad, dolor y aburrimiento, se prolongaba durante largas horas copiando palabra por palabra, párrafo por párrafo, hasta la caída del sol:


Gracias a Dios, pronto oscurecerá.


Semejante grado de monotonía les permitió a los copistas desarrollar un rasgo prácticamente ausente en personalidad fatalista de la vida monástica: el sentido del humor.

La palabra marginalia define a todo aquello que está escrito en los márgenes de un libro; y fue precisamente allí, sobre los márgenes de las obras que copiaban, donde los escribas medievales fueron añadiendo quejas, maldiciones y reflexiones filosóficas:


Así como el puerto es bienvenido por el marinero, la última línea lo es para el escriba.


Las marginalias de la Edad Media no siempre evidencian un pensamiento elaborado. Muchas veces son simplemente una queja:


¡Oh, mi mano!

¡Hace frío!


Estadísticamente hablando, la mayoría de los apuntes hechos al margen se relacionan con algún tipo de reproche acerca del frío y el dolor corporal que implicaba pasar todo el día en el scriptorium. Algunos monjes, sin embargo, efectuaban sus quejas de un modo más descriptivo:


La escritura es trabajo excesivo. Se dobla la espalda, se oscurece la vista, se retuerce el estómago y sus lados.


Otro ejemplo:


El trabajo está escrito, Señor, ahora necesito un trago. Deja que la mano derecha del escriba se libere de la opresión del dolor.


Pero no todos son lamentos metafísicos en las marginalia. También hay anotaciones insólitas, como la de un tal Henry de Damme, quien copió una crónica de Bruselas y se lamentó de su magra compensación:


11 letras doradas, ocho monedas; 700 letras iniciales con doble eje, 7 monedas por cada 100; 35 folios, cada uno con 16 páginas, 3 monedas por cada 1.


Posteriormente, el escriba añadió en impecable latín:


Pro tali precio nunquam plus scriber volo.
(Por este precio no volveré a escribir)


También existen marginalias sumamente profesionales, de monjes que no se entregaban fácilmente a la desesperación, sino que aprovechaban los márgenes de los libros que copiaban para dar cuenta de la satisfacción y la ansiedad que les producía la calidad de los productos con los que trabajaban:


La tinta es una mierda.


Otros, en cambio, formulaban sus observaciones con mayor grado de elegancia:


Que se me juzgue culpable por el escrito, pero la tinta es mala, el pergamino defectuoso, y el día es oscuro.


Hay casos de marginalias en donde un escriba comenta el trabajo hecho por su predecesor en el original. A veces los comentarios son elogiosos, otras justifican una labor mediocre:


Cithruadh Magfindgaill escribió lo anterior sin piedra pomez y con malas herramientas.


El pergamino sobre el cual se trabajaba estaba hecho con piel de animales, usualmente de vaca, oveja o cabra. El de mejor calidad se obtenía de animales nonatos, pero este era extremadamente caro. En cualquier caso, los errores tipográficos eran muy habituales, incluso en manuscritos espléndidamente iluminados, donde la crítica también tenía su espacio:


Este pergamino tiene pelos.

El pergamino es áspero, pero más duro de leer es este libro.


Cuando se debía copiar un manuscrito iluminado muchos escribas se entregaban a la más honda ansiedad por trabajar con materiales extremadamente preciosos; otros, en cambio, ejercían una feroz crítica sobre el original:


Quien sea que haya traducido estos Evangelios hizo un trabajo muy pobre.


Algunos escribas sentían la tentación de alterar ciertos párrafos del original, pero la mayoría era lo suficientemente responsable como para plasmar esas versiones alternativas en los márgenes. Un monje de Herne, insatisfecho con la traducción que debía copiar, no solo dejó su propia versión en los márgenes, sino que previamente hizo las aclaraciones pertinentes:


Así es como yo lo hubiese traducido.


Casi todos los manuscritos copiados se hacían por encargo, a veces por una abadía, otras por alguna corte. En cualquier caso, los trabajos eran personalizados, y el escriba se ocupaba de que todo el esfuerzo vertido no solo cayera en las manos indicadas, sino que permaneciera ahí. Con ese propósito se dejaban severas maldiciones escritas en los márgenes de casi todos los libros de la Edad Media.


Cualquiera que tome indebidamente este libro, o lo robe de la iglesia de Santa Cecilia, será condenado y maldecido por siempre, hasta que lo regrese y expíe sus actos.


Otros eran mucho más enérgicos en sus maldiciones:


Si alguien roba este libro, sepa que en el Día del Juicio los santos y los mártires lo acusarán en presencia de nuestro Señor, Jesucristo.


El aburrimiento, que para muchos escribas se traducía en dolor, o en queja, en otros se convertía en una especie de desesperación cósmica. Son estas las marginalias más bellas y conmovedoras, justamente porque trascienden las penas del presente y aspiran a la eternidad:


Es triste de pensar, pero algún día alguien se inclinará sobre estas páginas y dirá: la mano que escribió esto ya no existe más.




Libros prohibidos. I Libros extraños.


Más literatura gótica:
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Los nombres más populares de perros y gatos en la Edad Media


Los nombres más populares de perros y gatos en la Edad Media.




Aún hoy existe una idea equivocada acerca de las mascotas en la Edad Media. Muchos, incluso, sugieren no emplear este término cuando hablamos de animales domésticos en este período; sin embargo, estudios más recientes confirman exactamente lo contrario.

Para nosotros, una mascota no debe cumplir necesariamente un rol utilitario en el hogar, es decir, no debe trabajar para ganarse el alimento, así como nuestro cariño y reconocimiento; pero para las personas de la Edad Media esto era sencillamente inconcebible.

Cualquier animal doméstico cumplía una o varias funciones en la casa, ya sea eliminando a los roedores, vigilando al ganado o a la propiedad, razón por la cual su participación en la dinámica social y familiar era mucho más activa que en nuestros días. Y si bien la gente del medioevo no concebía la noción de que un animal pudiese ser simplemente una compañía, lo cierto es que el vínculo era, quizá, mucho más profundo que el actual; ya que ambos, humano y animal, cooperaban juntos para sobrevivir.

Una de las mayores evidencias al respecto tiene que ver con la individualización del animal, es decir, con la necesidad de darles un nombre propio, con cualidades y características que van más allá de lo genérico. Lo cierto es que en casi todas las casas de la Edad Media, ya sean de la nobleza, la aristocracia, o de la gente común, tenían sus mascotas, sobre todo perros y gatos.



Nombres de perros en la Edad Media.

En Inglaterra, dentro de las clases bajas, los nombres más populares para perros en la Edad Media eran Jakke, Bo y Terry; seguidos de cerca por Hardy, Sturdy y Whitefoot. En Los cuentos de Canterbury (The Canterbury Tales), Geoffrey Chaucer añade otros: Gerland, Talbot y Colle.

La nobleza se permitía otros refinamientos a la hora de bautizar a sus mascotas. Por ejemplo, la perra preferida de Ana Bolena, una de las esposas del rey Enrique VIII, se llamaba Purkoy. Según se cree, se le dio ese nombre a partir de la palabra francesa pourquoi, que significa «por qué», ya que al parecer se trataba de un animal extremadamente curioso.

A comienzos del siglo XV, el duque de York, llamado Edward, escribió un extenso tratado titulado: El amo del juego (The Master of Game), donde detalla la crianza de perros de caza, comparativamente hablando, mucho más afectuosa que la que se realiza en los criaderos de nuestros tiempos. Allí el autor anota una lista con más de 1000 nombres para perros; entre los cuales vale la pena destacar a los más populares: Amiable, Bragge, Clenche, Troy, Ringwood, Holdfast y Nosewise.

Los pueblos del norte, generosamente reconocidos por su aspereza, también cuidaban con especial afecto a sus perros. De hecho, cuando el propietario de una casa debía dar cuenta de sus bienes a las autoridades, además de colocar la cantidad de mascotas que poseía también añadía sus nombres propios. Los más populares eran: Turg, Furst y Hemmer; esto entre las clases bajas. Las familias acaudaladas utilizaban nombres más elegantes, como Venus, Fortuna y Dyamant.

Muchos nombres de perros en la Edad Media sobrevivieron, y algunos incluso alcanzaron la misma fama y celebridad que sus amos. Repasemos algunos casos:

Jean de Seure, caballero francés del siglo XIV, jamás partía sin la compañía de su sabueso, Perceval. Más cerca en el tiempo, el filósofo renacentista León Battista Alberti contaba con la fiel compañía de Megastomo, cuyo nombre significa «bocón».

Ludovico III, gobernador de Mantua en el siglo XV, tenía dos perros: Bellina y Rubino. Cuando Rubino murió, Ludovico ordenó que fuese enterrado en un ataúd fabricado especialmente, e incluso consiguió una tumba en el cementerio local.

Otra dama de la misma región, Isabella d’Este, se caracterizaba por adoptar cuanto perro pequeño y desprotegido se cruzara en su camino. Su creatividad para bautizarlos no era precisamente frondosa, ya que en su casona había al menos una docena de perros llamados Mamia y Aura.

Es importante mencionar que algunos perros medievales incluso eran considerados como santos, o al menos como capaces de propiciar milagros.

Una de esas historias refiere a Guinefort, un perro lebrel del siglo XIII que vivió en la entrada a Lyon. La mayoría de los viajeros que llegaban a la ciudad le presentaban sus respetos, dejándole toda clase de obsequios; en general, huesos. Caso contrario, el animal los seguía día y noche ladrando como un poseso.

Cuando el viejo Guinefort por fin murió, su tumba se convirtió en un sitio de peregrinación. Sus milagros han sido extensamente registrados. Al parecer, bastaba con depositar una tibia roida o un trozo de carne en su tumba para que el espíritu del buen Guinefort se encargara de curar a los enfermos, especialmente a los niños.



Nombres de gatos en la Edad Media.

Los gatos medievales eran extensamente reconocidos por sus virtudes de cazadores, manteniendo alejados a los roedores y alimañas, siempre y cuando no fuesen gatos negros, en cuyo caso no la pasaban precisamente bien.

Por lejos, el nombre más popular de gatos en la Edad Media, al menos en Inglaterra, era Gyb; diminutivo de Gilbert. Muy lejos, en el segundo y tercer lugar, se encontraban Mite y Belaud; este último, específicamente para los gatos grises.

Por otro lado, en Francia se utilizaba el nombre de Tibert para los gatos, y con tanta asiduidad que lentamente se fue convirtiendo en sinónimo de gato. De hecho, en muchos libros medievales de Francia se utiliza indistintamente la palabra Chat, «gato», y Tibert, para referirse a los felinos domésticos.

En Irlanda, el amor por los gatos se llevó a extremos que complicaron profundamente la vida de los burócratas.

En el siglo XIV existía un minucioso registro de gatos. Debido al carácter legal de estos documentos, muchos se han preservado hasta nuestros días. Gracias a ellos sabemos que los nombres más comunes para los gatos eran Cruibne, «garritas»; Breone, «llama» (únicamente para gatos naranja); y Meone, «maullido».

Tal vez la mejor evidencia de que mucha gente realmente quería a los gatos en la Edad Media se encuentra en un poema anónimo del siglo IX, el cual cuenta la historia de un monje escriba y su gato, llamado Pangur Ban, que significa «pelaje blanco».

Lo curioso es que el monje se refiere al animal como su gato; es decir, lo considera como algo más que una simple mascota del lugar. Es, en la solitaria quietud del monasterio, un amigo.

Citamos un breve fragmento que da inicio al poema:



Yo y Pangur Ban, mi gato,
compartimos la misma profesión:
cazar ratones es su oficio,
cazar palabras es mi obsesión.




Libros medievales. I Poemas medievales.


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Consejos para lucir más atractiva (en la Edad Media)


Consejos para lucir más atractiva (en la Edad Media)




Existen algunos conceptos erróneos acerca de la Edad Media.

La comida era espantosa, el trabajo era duro y la vida demasiado corta; no obstante, en este escenario dantesco florecieron otras cuestiones, entre ellas, la coquetería femenina.

Claro que los ideales de belleza cambiaron con el tiempo; sin embargo, la necesidad de lucir más atractivas es un hábito que incluso las mujeres de la Edad Media cultivaron con especial creatividad.

No es lo mismo lucir atractiva en un medio ambiente social de abundancia que destacarse, siquiera en pequeños detalles, en un contexto claramente desfavorable para la belleza.

Dicho esto, podemos empezar a recorrer algunos breves consejos para lucir más atractiva para los hombres de la Edad Media.


Cabello, peinado, cejas en la Edad Media:


En la Edad Media existían toda clase de prohibiciones acerca del cabello; a tal punto que para que una mujer pueda ser considerada atractiva debía llevarlo recogido.

Las únicas mujeres medievales que llevaban el cabello suelto eran las campesinas, las prostitutas o aquellas que eran demasiado jóvenes para contraer matrimonio.

Esta moda adquirió matices bastante perturbadores.

Cuánto más alta era la línea de crecimiento del cabello más atractiva era la mujer. En otras palabras, la belleza de una mujer era directamente proporcional a la amplitud de su frente.

De hecho, existían algunos productos caseros para el cabello cuyo propósito era hacer retroceder las fronteras capilares, permitiéndoles a las mujeres lucir una frente arrolladora.

Uno de los más famosos, a base de vinagre y cal, solía tener efectos nefastos a largo plazo.

Naturalmente, para jactarse de una buena frente las mujeres medievales solían depilarse por completo las cejas, dibujando una delgada línea un poco por encima del área correspondiente. Se creía que esto acentuaba una mirada más cálida, aunque visto en retrospectiva daría la impresión de generar rostros en perpetuo estado de estupor.

Ahora bien, cada prohibición necesita un deseo que la justifique.

La costumbre de cubrirse el cabello y lucir una frente despejada sólo conseguía que una cabellera exuberante y suelta se convirtiese en un factor de tentación.

Las mujeres de la aristocracia solían teñir de rubio sus cabellos para sus maridos. La tintura, o decoloración, se hacía a base de azafrán, cebolla y orina de corderos. Untadas con esta fórmula de avanzada, las mujeres medievales se tendían durante largas al sol, tomando la precaución de cubrir el resto del cuerpo para no recibir las marcas indignas del bronceado, tono propio de plebeyas.

Existían otros tratamientos de belleza medievales mucho más siniestros.

Chaucer —Cuentos de Canterbury (The Canterbury Tales)— explica cómo algunas damas acaudaladas pagaban grandes sumas de dinero por conseguir las cabelleras níveas de las ancianas muertas para confeccionar pelucas y extensiones.


Piel, cosméticos, maquillaje, cremas en la Edad Media:


Para lucir hermosa en la Edad Media era necesario tener una piel libre de impurezas, es decir, de marcas, lunares, pecas y cicatrices.

La palidez era la norma general: cuánto más blanca fuese la piel de una mujer, más cerca estaba del ideal de belleza.

Las pecas, granos, lunares y cicatrices eran inaceptables para las mujeres de la aristocracia; de hecho, cualquier marca en la piel podía ser relacionada con la marca de las brujas; es decir, con alguien que ha firmado un pacto con el demonio.

Para eliminar las impurezas epidérmicas las mujeres medievales se sometían a un dolorosísimo tratamiento que consistía en erosionar paulatinamente la piel con una solución en base a limadura de amatista. Lo que hacían, literalmente, era abrasar la piel hasta dejarla en carne viva y así eliminar las áreas ofensivas.

Las pecas eran tratadas con una combinación de avena y vinagre, producto que debía frotarse al menos tres veces al día.

Las mujeres del medioevo menos acaudaladas podían recurrir a tratamientos más económicos a base de sangre de conejo.

Las manchas en la piel eran tratadas con un ungüento a base de pepinos y fresas, con resultados excelentes.

Si alguna mujer medieval sufría quemaduras en la piel, para nosotros, un ligero tono bronceado, inmediatamente recurría a las propiedades asombrosas del jugo de lirios, aplicado en compresas durante varios días.

Para aumentar la efectividad de estos remedios caseros se utilizaba una venda hecha con cuero de oveja, la cual impedía infecciones potencialmente letales.

El maquillaje en la Edad Media, y por tal caso todos los productos cosméticos que las mujeres utilizaban, funcionaban a partir de la siguiente premisa:


El maquillaje de la mujer debe ser lo suficientemente agradable como para mantener a un marido pero no tanto como para despertar la tentación en otros hombres.


Tomás de Aquino, por ejemplo, alentaba a las mujeres casadas a maquillarse. Sus motivaciones no tenían nada que ver con ideas progresistas. El santo opinaba que un hombre atraído por su esposa lo salvaba de cometer el pecado de adulterio.

Por otro lado, la línea entre un correcto maquillaje y uno excesivo quedaba limitada por la propuesta anterior; es decir, nunca debe ser lo suficientemente llamativo como para inducir al pecado a otros hombres.

Una de las más populares bases cosméticas de la Edad Media fue registrada en la obra del siglo XIII: De ornatu mulierum —algo así como Sobre los adornos de las mujeres—, de Trotula de Salerno, probablemente una de las primeras mujeres en ganarse una justa reputación en la medicina.

Sus consejos poseen la métrica de los actuales artículos en revistas femeninas:


Coloca brotes puros de trigo en agua durante quince días. Luego debes molerlos, filtrarlos en un paño y dejar que el líquido se evapore. Así obtendrás una pasta blanca como la nieve. Puedes utilizarla todas las mañanas, mezclada con agua de rosas, después de lavarte el rostro con agua tibia. A continuación, secar con un paño limpio.


Si bien el maquillaje para pestañas y párpados estaba disponible desde hacía siglos, si no milenios, en la Edad Media sencillamente no estaba de moda.

La mayoría de las pinturas medievales con sujetos femeninos muestran mujeres pálidas, con párpados sin definir y delgadas cejas. No obstante, los ojos propiamente dichos sí podían tratarse en ciertas ocasiones.

Algunas mujeres utilizaban unas gotas de belladona justo debajo de los ojos, lo cual lograba dilatar de forma considerable las pupilas, luciendo así más grandes y atractivas para los parámetros de la época. De hecho, la belladona —literalmente, mujer hermosa— debe su nombre a sus propiedades dilatantes.

Contrariamente a lo que ocurría con los ojos, las mujeres de la Edad Media se pintaban los labios aunque en ocasiones especiales.

Gilbertus Anglicus explica en su obra del siglo XII, Compendium Medicinae, la forma de fabricar rouge en base a hierbas colorantes como la angélica y el cártamo.

Existían otros métodos más económicos para darle color a los labios.

El jugo de limón, frotado a conciencia, lograba intensificar el color natural de los labios al aumentar el flujo sanguíneo en el área. Las muchachas más pobres podían recurrir a una mezcla de moras y sangre, que también era utilizaba para enrojecer las mejillas y así lucir más saludables.

Finalmente, el cuidado de las manos también tenía su pequeño espacio en la coquetería medieval.

Alexius Pedemontanus, ya en el siglo XVI, recicla una serie de cremas medievales para las manos en su obra De' secreti del reuerendo donno Alessio Piemontese; donde brinda las proporciones justas de sebo, mejorana y vino para dejar las manos suaves.

Para finalizar hay que insistir en un concepto: la belleza es subjetiva; y la belleza en la Edad Media no era distinta de la actual, aunque sus proporciones y aspiraciones sí.

Todas las prohibiciones que las mujeres debían observar tenían una sola razón: la idea de que la mujer puede extraviar al hombre, enloquecerlo, arrancarlo del camino de la virtud para transitar otros más ligados al placer y, en consecuencia, al pecado.

De modo que, en cierta forma, la mejor manera de lucir atractiva en la Edad Media era justamente luciendo lo menos atractiva posible.

Desde aquí brindamos por todas las mujeres de frentes amplias, pálidas, cuellos largos y cejas exiguas. Todas ellas fueron presas del ideal de belleza de su tiempo; al igual que hoy, con diferentes parámetros, otras son igualmente esclavas.




Feminología: la mujer en la literatura y el mito. I El lado oscuro del amor.


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