La Derrota de los Dioses...

De la Derrota de los Dioses.

Juliano el Apóstata era filósofo como Apolonio de Tiana y a la vez emperador de Roma. Odiaba a las mujeres y no tenía hijos; era casto, no por sacrificio sino por desprecio del placer. Su fanatismo filosófico llegaba al punto de hacerle descuidar los más elementales ejercicios de higiene. Se decía que su cabellera y su barba estaban infestados de los más sórdidos insectos, y él casi de vanagloriaba de ello.

Juliano creía que así echaba en cara a los cantores y poetas su libertinaje, como si los vicios de unos pudiesen autorizar la mugre de otros. Éste héroe sucio, quien a pesar suyo, recibió del cristianismo un imborrable sentido de la filantropía, era, en cuanto a la religión, amante de los sacrificios y de la sangre.

La Iniciación de Juliano, el Apóstata.

Se lo veía siempre con las ropas harapientas y las manos llenas de entrañas humeantes. Ya había pasado la época en que los príncipes griegos cantados por Homero degollaban y desangraban personalmente a sus víctimas. Pero Juliano no comprendía ni su época ni la nobleza de su rango. Demasiado calmo para hacerse temer, demasiado desagradable para hacerse amar; no pudo evitar el ridículo al ejercer las repugnantes funciones de los sacrificadores antiguos.

Se asegura que después de su muerte se abrieron las puertas de un pequeño templo que había hecho levantar antes de su campaña a Persia, y que allí se encontró el cadáver de una mujer desnuda colgada de los cabellos y con el vientre abierto. Se piensa que se trataba de una joven fanática que quiso oponer su sacrificio al de Cristo, por la prosperidad del reinado de Juliano y el glorioso regreso de los antiguos dioses. Sabemos que en tiempos cercanos a los del emperador, algunas jóvenes se hacían crucificar por el triunfo de la causa jansenita.

Juliano había sido iniciado en los antiguos misterios por Máximo de Éfeso, y creía en la virtud omnipotente de la sangre.

Y fue así, mediante el bautismo de sangre, que Máximo de Éfeso lo había consagrado a los antiguos dioses. Juliano había sido introducido en la cripta del templo de Diana (la Artemis griega) medio desnudo y con los ojos vendados, Máximo le entregó un cuchillo y una voz misteriosa le ordenó asestar el golpe a una figura pálida, que se le dejó apenas entrever; se colocó otra vez la venda sobre los ojos del adepto, y guiando la mano de Juliano se le hizo palpar la carne tibia y palpitante; allí incrustó la espada sagrada. Después, obligado a arrodillarse ante la fuente que acababa de abrir, una aspersión caliente y nauseabunda le hizo estremecer, pero guardó silencio y recibió hasta el final la consagración de la sangre vertida. Así le habló el sacerdote:

Por ésta sangre te limpio de la mácula del bautismo;
eres hijo de Mitra, y has sumido la daga en el toro sagrado.
¡Qué la ablución del tauróbolo te purifique!

¿Era un hombre o un animal a quién Juliano había sacrificado? Él debía ignorarlo.

Según la costumbre de los historiadores antiguos, Amiano Marcelino ha compuesto una hermosa oda que pone en los labios de un Juliano moribundo; como si un hombre con el hígado atravesado pudiese pensar en arengas. Preferimos creer en la tradición cristiana antes que en la historia erudita. Después de que se extirpó la punta de tres filos de la herida de Juliano, cuando su sangre corría a borbotones y se sentía desfallecer, llenó sus dos manos con el fluido que perdía y las elevó al cielo clamando éstas polémicas y célebres palabras:

Has vencido, Galileo.

Se han considerado éstas últimas palabras como una blasfemia. ¿No suenan más bien a una tardía retractación? El iniciado comprendía, demasiado tarde, que el sacrificio de sí mismo supera al sacrificio de los otros. Sentía que al dar su propia sangre para los hombres, Cristo clausuraba para siempre los sangrientos sacrificios del mundo antiguo. El soberano pontífice de Júpiter renunciaba a su ministerio al ofrecer a su vez su propia sangre en ofrenda al Mesías. En otras palabras, el emperador parece decir:

Reconozco mi derrota.

Las manos del desgraciado emperador, debilitándose, dejaron caer la sangre sobre su cabeza, y se creyó que había querido lanzarla contra el cielo. Tal vez se purificó así de la marca de la iniciación oscura, y renovó las huellas del bautismo. Su arrepentimiento no fue apreciado y quedó el anatema sobre su memoria.

La Caída de los Dioses.

En una ocasión, se asegura que Juliano, debilitado por los rigores del ayuno, con su cuerpo aún tibio tras el bautismo de sangre, vio pasar ante él a todas las divinidades del antiguo Olimpo. Las vio no como los poetas de antaño las representaban, sino como existían en la imaginación de un pueblo desencantado que se volcaba al cristianismo; las vio viejas, decrépitas, miserables, abandonadas. Ya no eran los grandes dioses de Homero y Hesíodo, eran los dioses grotescos de un mundo que cambiaba.

Así murieron los dioses del paganismo, absorbidos y metamorfoseados por otros cultos, sobreviviendo apenas en el recuerdo de unos pocos perseguidos. Los grandes dioses y diosas de la antigüedad cambiaron los ominosos templos por los bosques, adorados por aquellas mágicas mujeres a quienes se las quemó y torturó por aferrarse a una idea, por intentar mantener viva una tradición.

Otros Mitos y Leyendas Oscuras.

Este artículo fue redactado por El Espejo Gótico, para la utilización total o parcial del texto escríbenos a: elespejogotico@gmail.com

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Me parece desafortunada su versión sobre la vida de Juliano el apóstata, gran emperador y héroe pagano.

En lo que se refiere a la frase "has triunfado, galileo", seguramente es apócrifa y se le atribuye al apologista cristiano Teodoreto, quien la escribió un siglo después.

Difícilmente un pagano helénico (admirador de la belleza y la grandeza) andaría todo lleno de piojos. Más bien los cristianos proyectaron su propia imagen para denostar la imagen de esta figura.

¡Por Zeus!

Aelfwine dijo...

No discutiré su opinión, la cual me parece perfectamente válida. Pero si me permitiré cuestionar las fuentes en las que se funda.

El artículo primero cita al Amiano Marcelino, quien da su versión de la vida de Apolonio, y luego, acaso con mayor claridad, digo que:

"Preferimos creer en la tradición cristiana antes que en la historia erudita"

Es decir, no impugno ni cuestiono otras versiones, sencillamente elijo la que considero más interesante.

En segundo lugar, me parece injusto comparar a un admirador de los griegos con los griegos mismos. Yo también soy un amante de la cultura helénica, pero díficilmente pueda atribuirme alguna de sus virtudes. Lo mismo sucede con Juliano, sobre cuyas costumbres ascéticas y poco higiénicas han hablado largamente los especialistas.

También creo haber sido claro al decir: "quedó el anatema sobre su memoria." El lector anónimo y erudito no debería necesitar mayores explicaciones sobre el verdadero significado de la palabra.

alexander dijo...

los dioses del olimpo jamas murieron eran seres eternos el poder de un dios es infinito y no debe cuestionarse

Abraham Acuna dijo...

Creo que Julinano, se gano su propia muerte, y perdio la batalla contra el cristianismo en su intento de restaurar el paganismo, es un personaje muy intesesante, ya que es muy resaltante, que haya querido restarar el templo del Rey Salomon, y su forma de morir es solo una consecuencia de su vanagloria
Cito un texto de la Biblia: Salmo 2