El Oráculo, la ceremonia sangrienta...

El Oráculo.
Una Ceremonia Sangrienta.

Es necesario remover el sangriento barro de las supersticiones de antaño; es preciso devanar los anales de la demonología, para percibir ciertos hechos sucedidos que la imaginación no crearía por sí sola.

El cabalista Bodin no ha tenido otra intención en su Demonomancia que atacar a la brujería, consiguiendo apenas herirla superficialmente. Su obra es profundamente maquiavélica, manipulando a los hombres piadosos, y lacerando a quienes parece defender. Sin embargo, éste judío por convicción y católico por conveniencia, ha recogido muchas historias y relatos interesantes. Acaso se nos acuse de tendenciosos o de forzar la historia para complacer nuestra natural predilección por lo macabro. Se nos podrá argumentar que los escritos de aquel piadoso hombre tenían una intención moralizante y catequizadora. Pero es probable que aquellos que se apresuran al censurarnos no sepan que sus escritos sirvieron para quemar hombres, mujeres y niños. Miles de creyentes de una fe eterna e inmemorial cayeron ante la inflexibilidad de los vicarios de la religión Católica; seres siniestros que falsearon la doctrina fundamental de su fe en beneficio del poder material. Todo era quemado, sin misericordia, por el delito de magia. Los culpables de crímenes reales casi nunca cayeron en las redes de la ley.


Sin embargo, en algunas ocasiones la verdad se filtra a través de la trama de la historia. Bodin, tal vez sin desearlo, nos narra la curiosa y horrible historia del Oráculo Sangriento; relato moralizante sin dudas, aunque contrario a la intención del autor. Juzgad por ustedes mismos si los crímenes imputados a las brujas son comparables a las abominaciones que se practicaban en las cortes y palacios de los hombres de fe.

La Enfermedad del Rey.

Atacado de un mal que ningún médico podía descubrir la causa, ni explicar los espantosos efectos y síntomas, el rey Carlos IX iba a morir. La reina madre, que le dominaba por completo y que podía perder toda su funesta influencia bajo otro reinado, y de quien se sospechaba cómo la causante de esa misma enfermedad, aún en contra de sus propios intereses; ya que tenía fama de ser capaz de ocultas astucias, consultó primero a sus astrólogos respecto a la salud del rey, recurriendo luego a los más detestables practicantes de la nigromancia, quienes eran bien recibidos en la corte de tan augusto reino.

El estado del enfermo empeoraba con el correr de los días, hasta convertirse en una situación desesperada. En vista de ésta circunstancia uno de los magos negros de la reina madre propuso consultar al Oráculo de la Cabeza Sangrienta.

Así es cómo se procedió a esta infernal operación:

La Ceremonia de la Cabeza Sangrienta.

Se buscó un niño, hermoso de rostro e inocente de pecado; se le hizo preparar en secreto para su primera comunión. Cuando el día llegó, el mago negro, un jacobino apóstata y sádico, llevó a cabo el ritual en la propia alcoba del rey y en presencia únicamente de Catalina de Médicis y de sus fieles, se procedió a recitar lo que entonces se conocía cómo "La Misa de la mano izquierda".

Esta misa, celebrada ante la imagen del demonio, teniendo bajo sus pies una cruz invertida, el hechicero consagró dos hostias, una negra y otra blanca. La blanca fue entregada al niño, a quien se le condujo vestido como para una comunión, y a quien se degolló sobre las gradas del improvisado altar, inmediatamente que hubo comulgado. Su cabeza, separada del cuerpo de un sólo tajo, fue colocada, aún palpitante, sobre la gran hostia negra y luego llevada encima de una mesa, en la que ardían dos lámparas.

Conjurando con palabras hoy olvidadas, el demonio fue forzado a pronunciar un oráculo y de responder por la boca de la cabeza cortada a una pregunta secreta que el rey no osaba hacer en voz alta, y que jamás había confiado a nadie. Entonces una voz débil, una voz extraña que no tenía nada de humana, brotó de los sangrientos labios del joven mártir:

_ "Soy a ello forzado", decía esa voz en latín. A esta respuesta, que anunciaba sin dudas que el infierno no protegía más al monarca, un temblor horrible se apoderó de él y sus brazos se retorcieron....

_ ¡Alejád esa cabeza, alejádla!_

Hasta que exhaló su último suspiro no se le oyó decir otra cosa. Aquellos de sus servidores que no habían sido testigos del macabro secreto, creyeron que el rey se hallaba perseguido por el fantasma de Coligny, y que creía ver constantemente la cabeza del ilustre almirante; pero lo que agitaba al moribundo, no era ya un remordimiento, sino un espanto sin esperanza y un infierno anticipado.

Vemos la alfombra del tiempo extenderse hacia el pasado, y no sentimos otra cosa que dolor ante semejante muestra de desamor y odio. Las cenizas de las brujas yacen olvidadas, sus pecados son de una inocencia admirable; incapaces de esgrimir odio; maestras de las astucias sutiles, amantes de la libertad; sus restos descansan en tumbas sin nombre. Monarcas y príncipes duermen el frío sueño final en sepulcros de mármol, criminales cuyos nombres se cantan con honores descansan sobre los cuerpos quemados de quienes afirmaban una fe distinta.

La historia ya ha sido escrita, imposible cambiarla. Aquel muchacho sacrificado en aras de un oscuro oráculo para un rey moribundo seguirá en el anonimato, las ignotas brujas quemadas seguirán sin nombre...

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