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«La gente nueva»: Charles Beaumont; relato y análisis.


«La gente nueva»: Charles Beaumont; relato y análisis.




«Si tan solo le hubiera dicho desde el principio
que no le gustaba la casa, todo habría ido bien.»



La gente nueva (The New People) es un relato de terror del escritor norteamericano Charles Beaumont (1929-1967), publicado originalmente en la edición de agosto de 1958 de la revista Rogue, y luego reeditado en la antología de 1960: Paseo nocturno y otros viajes (Night Ride and Other Journeys).

La gente nueva, uno de los grandes cuentos de Charles Beaumont, relata la historia de una joven pareja y su hijo pequeño, quienes se mudan a un vecindario aparentemente tranquilo y descubren que sus vecinos esconden secretos oscuros, incluyendo actividades satánicas.

Resulta evidente que La gente nueva fue una poderosa influencia para la novela de Ira Levin: El bebé de Rosemary (Rosemary's Baby), publicada nueve años después. Todos los ingredientes están ahí, cada uno, aunque en diferente orden.

Si bien el tropo del vecino extraño, amigable al principio, querible incluso, que eventualmente se revela como una suma de elementos perturbadores, ha sido utilizado con frecuencia, en 1958 todavía permitía cierta originalidad. En definitiva, no todos los días uno descubre que sus vecinos son satanistas. No burdos adoradores del Maligno, sino un grupo bien organizado, bien financiado, integrado por individuos intachables, y decididos a ampliar su coven con sangre joven.

Pero, claro, «lo de todos los días» no es el terreno de Charles Beaumont. El tropo del vecino extraño [asesino, vampiro, fantasma, hechicero, etc.] utiliza aquí un ambiente suburbano. No hay edificios malditos ni leyendas de fondo con historias trágicas; solo un grupo de personas maduras, ricas, que no consiguen sacudirse de encima el aburrimiento si no es apelando a las artes oscuras, al satanismo, más precisamente;

Charles Beaumont, un autor bastante menospreciado en nuestros días, casi olvidado, construye una historia tan persuasiva que deja al lector con la sensación de que podría ponerse tranquilamente en el lugar del protagonista. En cierto modo, somos un poco como Prentice, quiero decir, ignoramos lo que está sucediendo, vamos descubriendo con él los peligros que rodean a su familia, con la dificultad que estos residen en un lugar que, en teoría, debería ser el menos peligroso: un suburbio para profesionales adinerados y acostumbrados a la buena vida.

Los cuentos de Charles Beaumont suelen convertir lo ordinario en extraordinario, pero no mediante maniobras forzadas, tampoco apelando a lo sobrenatural, sino al indagar en lo «normal». Basta rascar un poco en la superficie para descubrir que esa normalidad es solo una apariencia. Debajo ocurren cosas interesantes, macabras a veces.

El bebé de Rosemary, decíamos, le debe mucho a La gente nueva de Charles Beaumont [y otro tanto a La gente de verano (The Summer People) de Shirley Jackson]; todo, en realidad, desde el argumento al escenario; aunque Ira Levin jamás mencionó que tal influencia existiera. No hablo de influencias vagas, genéricas, como un suburbio estadounidense o un matrimonio joven, aparentemente feliz, que esconde secretos que van revelándose sutilmente; sino directas, concretas. Por ejemplo, nunca llegamos a conocer el nombre de lugar donde transcurre La gente nueva, pero se insinúa que es un sitio donde viven guionistas de Hollywood. Recordemos que Guy, en El bebé de Rosemary, se une a los satanistas porque ambiciona hacer una carrera en Hollywood. También tenemos una residencia cuyo antiguo ocupante se quitó la vida, una fiesta de bienvenida, un sutil trabajo de seducción de parte de los viejos residentes, y finalmente una ordalía donde todas esas personas amables y «normales» se muestran como realmente son.

Poco después de mudarse a su nuevo hogar, el matrimonio formado por Hank y Ann, junto Davey, su hijo adoptivo, empiezan a entablar relaciones sociales con sus vecinos. Aunque Davey no quiere tener nada que ver con los lugareños, Hank y Ann organizan una pequeña reunión para los nuevos amigos. A medida que avanza la noche, uno de los vecinos, Matt Dystal, le insinúa a Hank que posee información secreta e importante que debe compartir. En un giro imprevisto, Hank descubre que su nuevo amigo no es para nada un inocente, sino un miembro más del culto satanista.

Para ser honestos, el grupo de satanistas de Charles Beaumont no tiene demasiado que ver con los vecinos de Rosemary. Son simplemente degenerados, gente que comienza a realizar actividades algo inocentes, como el intercambio de parejas, y progresivamente se meten en la magia negra, pero solo porque están «aburridos». Es decir, no son verdaderos creyentes en el satanismo, sino gente rica, poderosa y decadente.




La gente nueva.
The New People, Charles Beaumont (1929-1967)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Si tan solo le hubiera dicho desde el principio que no le gustaba la casa, todo habría ido bien. Podría haber inventado alguna historia creíble sobre problemas de plomería o mala construcción —¡cualquier cosa!— y ella le habría seguido la corriente. Quizás no sin discutir: Recordaba la expresión de su cara cuando pararon el coche. Pero podría haberla convencido de que no lo hiciera. Ahora, claro, era demasiado tarde.

¿Para qué?, se preguntó, intentando no pensar en la fiesta y todo el ruido que conllevaría. ¿Demasiado tarde para qué? Es una buena casa, bien construida, bien cuidada, espaciosa. Excepto por esa mancha de sangre, alegre. Cualquiera en su sano juicio...

—Cariño, ¿no te vas a afeitar?

Bajó el periódico con cuidado y dijo: «Claro». Pero Ann lo miraba con esa expresión de dolor y reproche.

Hank, ¿qué te pasa?, pensó, dirigiéndose al baño.

—Hank —dijo ella.

Él se detuvo, pero no se giró.

—¿Sí?

—¿Qué pasa?

—Nada —dijo él.

—Cariño, por favor.

La miró. El vestido rosa se ceñía a su cuerpo, que conservaba la firmeza de la juventud; su rostro era impecable, el lápiz labial y el maquillaje impecables; su cabello, largo y corto, caía suavemente sobre sus blancos hombros: en siete años, Ann no había cambiado. Prentice apartó la mirada con resentimiento. Y se sintió avergonzado. «Uno pensaría que con el tiempo me acostumbraría», pensó.

—¡Maldita sea! ¡Lo está haciendo!

—Dime —dijo Ann.

—¿Decirte qué? Todo está bien —dijo él.

Ella se acercó y él pudo oler el perfume, pudo ver las pequeñas pecas que salpicaban su pecho. Se preguntó cómo sería dormir con ella. Probablemente muy agradable.

—Se trata de Davey, ¿verdad? —dijo ella, bajando la voz a un susurro. Estaban a pocos metros de la habitación de su hijo.

—No —dijo Prentice—, pero era cierto: Davey tenía algo que ver. Desde hacía una semana, Prentice se había aferrado a la esperanza de que la reparación de la locomotora cambiara las cosas. Un niño sin tren, se había dicho, seguro que se comporta de forma extraña. Pero había reparado la locomotora y la había traído a casa, y Davey ni siquiera se había molestado en montar las vías.

—Lo agradeció, cariño —dijo Ann—. ¿No te dio las gracias?

—Sí, me dio las gracias.

—¿Y bien? —dijo ella—. Cariño, ya te lo he dicho: Davey está pasando por una etapa, eso es todo. Los niños pasan por eso. De verdad.

—Lo sé.

—Y las clases han terminado hace casi un mes.

—Lo sé —dijo Prentice, y pensó—: ¡Mudarse a un barrio donde no hay ni un solo niño con quien jugar en toda la cuadra también podría tener algo que ver!

—Entonces —dijo Ann—, soy yo.

—No, no, no —intentó sonreír. No tenía sentido discutir: ya habían hablado de eso docenas de veces, y ella tenía respuesta para todo. Recordaba la firmeza en su voz: Me encanta la casa, Hank. Y me encanta el barrio. Es con lo que he soñado toda mi vida, y creo que me lo merezco, ¿no crees? (Era la primera vez que se lo recordaba conscientemente). El problema es que has vivido tanto tiempo en apartamentos pequeños y mugrientos que te has acostumbrado a ellos. No puedes adaptarte a un lugar decente, y Davey no es diferente. Son tal para cual: dos viejecitos que no soportan los cambios, ¡ni siquiera para mejor! Pues yo sí. Me da igual que cincuenta personas se suicidaran aquí, soy feliz. ¿Lo entiendes, Hank? Feliz.

Prentice lo había entendido y se había propuesto hacer un verdadero esfuerzo por acostumbrarse al nuevo lugar. Si no podía, al menos podría ocultarle sus sentimientos a Anne, pues sabía que eran una tontería, una auténtica tontería. Todo lo que ella decía era cierto, y debía estar agradecido. Sin embargo, de alguna manera, no podía dejar de soñar con el anciano que una noche había tomado una navaja y se había cortado el cuello...

Ann lo miraba fijamente.

—Quizás —dijo—, yo también estoy pasando por una mala racha. Le dio un suave beso en la frente.

—Vamos, que la gente va a llegar en cualquier momento, y pareces Lady Macbeth.

Ella le sujetó el brazo un instante.

—Te estás adaptando a la casa, ¿verdad? —dijo—. Quiero decir, cada vez la sientes más como tu hogar, ¿no?

—Sí —dijo Prentice.

Su esposa hizo una pausa y luego sonrió.

—Bien, aféitate. Rhoda cree que eres muy guapo.

Entró al baño y enchufó la afeitadora eléctrica. Rhoda, pensó. Ya nos llamamos por nuestro nombre y no llevamos aquí tres semanas.

—¿Papá?

Miró a Davey, que se había colado con el sigilo de un niño de nueve años.

—Hola.

Como de costumbre, le pasó la afeitadora por la barbilla. Davey no respondió. Retrocedió y preguntó:

—Papá, ¿viene el señor Ames esta noche?

Prentice asintió.

—Supongo que sí.

—¿Y el señor Chambers?

—Ajá. ¿Por qué?

Davey no contestó.

—¿Qué quieres saber?

—Vaya. —Los ojos de Davey estaban rojos y muy abiertos—. ¿Puedo quedarme en mi habitación?

—¿Por qué? ¿Estás enfermo?

—No. Un poco.

—¿Dolor de estómago? ¿Dolor de cabeza?

—Solo estoy enfermo —dijo Davey. Tiró de un hilo de su camisa y volvió a quedarse callado. Prentice frunció el ceño.

—Pensé que tal vez te gustaría mostrarles tu tren —dijo.

—Por favor —dijo Davey. Su voz se había alzado un poco y Prentice vio que se le llenaban los ojos de lágrimas—. Papá, por favor, no me hagas salir. Déjame quedarme en mi habitación, no haré ruido, lo prometo, y me iré a dormir a mi hora.

—Vamos, ¡no le des tanta importancia! —Prentice le pasó el frío metal por la cara. La ira iba y venía, rápidamente. Qué tontería enfadarse—. Davey, ¿qué hiciste? ¿Montaste en bici en su césped o algo así? ¿Rompiste una ventana?

—No.

—Entonces, ¿por qué no quieres verlos?

—Simplemente no quiero.

—Al señor Ames le caes bien. Me lo dijo ayer. Cree que eres un buen chico, y el señor Chambers también. Ellos...

—¡Por favor, papá! —El rostro de Davey estaba pálido; empezó a llorar—. Por favor, por favor, por favor. ¡No dejes que me atrapen!

—¿De qué estás hablando? Davey, basta. ¡Ahora mismo!

—Vi lo que estaban haciendo en el garaje. Y ellos saben que los vi. Lo saben. Y...

—¡Davey! —la voz de Ann era aguda, fuerte y resonante en el baño revestido de azulejos. El niño dejó de llorar al instante. Levantó la vista, dudó un momento y salió corriendo. Cerró la puerta de golpe. Prentice dio un paso atrás.

—No, Hank. Déjalo en paz.

—Está molesto.

—Déjalo que se moleste. —le lanzó una mirada furiosa hacia el dormitorio—. Supongo que te contó esa historia tan desagradable sobre el garaje, ¿verdad?

—No —dijo Prentice—. No me la contó. ¿De qué se trata?

—De nada. Absolutamente nada. Esa fantasía suya la sacó de alguien, y no de nosotros. Vas a tener que hablar con él, Hank. Lo digo en serio. De verdad.

—¿De qué?

—¡Qué historias tan locas! ¿Y si el señor Ames las oyera? Me moriría. Y encima se ha portado tan bien con Davey.

—No he oído esas historias —dijo Prentice.

—Oh, ya las oirás —dijo Ann, desabrochándose el delantal y doblándolo con rabia—. ¡De verdad! A veces creo que ustedes dos se empeñan en hacerme la vida imposible.

El timbre sonó con fuerza.

—Intenta ser amable, ¿quieres? Al fin y al cabo, es una fiesta de inauguración. Y date prisa.

Ella cerró la puerta. Él la oyó decir: «¡Hola!» y luego la voz grave de Ben Roth: «¡Hola!».

Ridículo, se dijo a sí mismo, enchufando la maquinilla de afeitar de nuevo. Absolutamente ridículo. Nadie se quejó más que yo cuando nos tropezábamos en ese pequeño ataúd del piso de arriba en Friar; yo era el que no paraba de quejarse por una casa, no Ann. Y ahora tenemos una...

Miró la pequeña mancha de sangre marrón que no se quitaba del papel pintado y suspiró.

—Ahora tenemos una,

—¡Hank!

—¡Ya voy! —se arregló la corbata y entró en el salón.

Los Roth, por supuesto, estaban allí. Ben y Rhoda. «Hazlo bien», pensó, «porque todos vamos a ser amigos».

—Hola, Ben.

—Pensé que nos habías abandonado, muchacho —dijo el hombre grande y rosado, riendo.

—No. Jamás haría eso.

—Hank —indicó Ann—. Ya conoces a Beth Cummings, ¿verdad?

La mujer alta y elegantemente vestida rio entre dientes y le tendió la mano.

—Nos hemos visto —dijo—, Hola.

Su marido, un hombre pálido de pelo blanco, le apretó los dedos a Prentice.

—Es broma —dijo, riendo con dificultad.

Intentando no hacer una mueca, Prentice retiró la mano. Un hombre corpulento y calvo, vestido con un traje marrón de doble botonadura, la agarró al instante. «Reiker», dijo el hombre. «Llámame Bud. Todo el mundo lo hace. No sé por qué; me llamo Oscar».

—Por eso —dijo una mujer, acercándose—. Ann nos presentó, pero probablemente no te acuerdes de que conozco a hombres. Soy Edna.

—Claro —dijo Prentice—. ¿Cómo estás?

—Bien. Pero claro, soy mujer: ¡me gustan las fiestas!

—¿Cómo dices?

—¡Hank!

Prentice se disculpó y entró rápidamente a la cocina. Ann sostenía un paquete.

—Cariño, ¡mira lo que nos trajo Rhoda!

Tomó con cuidado el salero y el pimentero y los volvió a dejar.

—Qué bonitos.

—Giras la cabeza del gallo —dijo la señora Roth—, y muele la pimienta.

—Maravilloso —dijo Prentice.

—Y Beth nos dio este precioso bol para ensalada, ¿ves? ¡Lo necesitábamos desde hace siglos! ¡Y de plástico!

—Maravilloso —dijo Prentice. De nuevo sonó el timbre. Miró a la señora Roth, que lo observaba pensativa, y regresó a la sala.

—¿Cómo estás, Hank? —preguntó Lucian Ames, entrando y frotándose las manos con energía—. ¡Vaya! Ya está todo el grupo, veo. ¿Pero dónde está tu hijo?

—¿Davey? —dijo Prentice—, está enfermo.

—¡Tonterías! Los chicos de esa edad nunca se enferman. ¡Nunca!

Ann rio nerviosamente desde la cocina.

—Debe ser algo que ha comido.

—Espero que no sean los dulces que le mandamos.

—Oh, no.

—Bueno, dile que su tío Lucian le manda saludos.

Ames, un hombrecillo bronceado, de ojos brillantes y un bigote que no le sentaba bien, le recordaba un poco a Prentice a esos oficinistas que se sentaban en silencio en taburetes altos de madera, anotando cifras minúsculas en enormes libros de contabilidad. Sin embargo, era el director de una agencia de publicidad de renombre nacional. Su esposa, Charlotte, representaba un contraste notable. Parecía pertenecer a la década de 1920, con su rostro de porcelana, su cuerpo delgado y delicadamente anguloso, su aire de fragilidad.

—Linda —se dijo Prentice.

Recogió los abrigos y los colgó en los armarios. Estrechó manos y sonrió hasta que le empezó a doler la cara. Miró los regalos, dio las gracias a las mujeres. Repartió sándwiches. Preparó bebidas. A las ocho y media ya habían llegado todos los vecinos de la cuadra: los Johnson, los Ames, los Roth, los Reiker, los Klementaski, los Chambers; y otros cuatro o cinco cuyos nombres que Prentice no recordaba, aunque Ann se había encargado de presentárselos.

Lo que sucede, decidió, mirando a la gente, los regalos que habían traído, recordando sus muchas atenciones y cómo Ann ya había hecho más amigos que nunca, es que simplemente soy un antisocial.

Después de la tercera ronda de whiskies y martinis, alguien encendió la radio FM y otro sugirió bailar. Prentice siempre había creído que solo se bailaba en las fiestas de Nochevieja, pero finalmente se hartó y trató de relajarse.

—¿Bailamos? —preguntó la señora Ames.

Quiso decir que no, pero Ann lo estaba observando. Así que, en cambio, dijo:

—Claro, si tienes los pies fuertes.

Casi de inmediato empezó a sudar. El humo, las bebidas, el calor de la habitación llena de gente, le provocaban dolor de cabeza; y, como siempre, se sentía profundamente avergonzado de tener que abrazar tan de cerca a una desconocida. Pero siguió sonriendo.

La señora Ames bailaba bien, lo seguía con un instinto infalible; y en cuestión de segundos, le hablaba sin parar al oído. Le contó sobre el viejo señor Thomas, el hombre que había vivido allí antes, y lo sorprendidos que estaban todos por lo sucedido; le contó la curiosidad que sentían por los recién llegados y el alivio que les dio encontrarlos a él y a Ann tan agradables; le dijo que tenía brazos fuertes. Herb Johnson hacía girar a Ann. Ella sonreía.

Entonces empezó un interminable y lento tres pasos, y la señora Ames apoyó su mejilla junto a la de Prentice. En medio de una frase incoherente, dijo de repente, en un susurro: «Sabes, creo que fue muy valiente de tu parte adoptar al pequeño Davey. Quiero decir, considerando...»

—¿Considerando qué?

Se apartó y lo miró.

—Nada —dijo—. Lo siento muchísimo.

Enrojecido de furia, Prentice se dio la vuelta y entró a la cocina. Contuvo su ira, pensando: «Dios mío, ¿se lo estará contando a desconocidos? ¿Será tema de chismes de barrio? Mi marido es impotente, ¿sabes? ¿El tuyo también?»

Se sirvió whisky en un vaso y se lo bebió de un trago. Le lloró los ojos y, al abrirlos, vio a una figura a su lado. ¿Quién era? «Dystal. Matthew Dystal; soltero; guionista o algo así; vive a la vuelta de la esquina. Llámalo Matt.»

—Qué pena, ¿verdad? —dijo el hombre, quitándole la botella de la mano a Prentice.

—¿Qué quieres decir?

—Todo —dijo el hombre. Llenó su vaso y se lo bebió de un trago—. Esos de ahí fuera.. —volvió a llenar el vaso.

—Buena gente —se obligó a decir Prentice.

—¿De verdad lo crees?

El hombre estaba borracho. Claramente. Y solo eran las nueve y media.

—¿De verdad lo crees? —repitió.

—Claro. ¿Tú no?

—Por supuesto. Soy uno de ellos, ¿no?

Prentice observó atentamente a su invitado y luego se dirigió a la sala. Dystal lo tomó del brazo.

—Espera —dijo—. Escucha. Eres un buen tipo. No te conozco muy bien, pero me caes bien, Hank Prentice. Así que te voy a dar un consejo —su voz bajó a un susurro—. Vete de aquí —dijo.

—¿Qué?

—Justo lo que te dije. Vete, vete a otra ciudad.

Prentice sintió una punzada de fastidio, pero la contuvo.

—¿Por qué? —preguntó sonriendo.

—No te preocupes —dijo Dystal—. Hazlo. Esta noche. ¿Quieres? Tenía el rostro lívido, empapado en sudor; los ojos muy abiertos.

—Creí que habías dicho que te caíamos bien. ¿Y ahora quieres deshacerte de nosotros?

—No bromees —dijo Dystal, señalando la ventana—. ¿Es que no ves la luna? ¡Qué idiota! ¿No la ves...?

—¡Oye, oye!

Al oír la voz, Dystal se quedó paralizado. Cerró los ojos un instante y los abrió lentamente, pero no se movió. Lucian Ames entró en la cocina.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó, poniendo el brazo sobre el hombro de Dystal—. ¿Intentas acaparar a nuestro anfitrión toda la noche?

Dystal no respondió.

—¿Qué tal si me sirves otra copa, Hank? —dijo Ames, retirando la mano.

Prentice dijo:

—Claro —y preparó la bebida. De reojo, vio a Dystal darse la vuelta y salir de la habitación con paso rígido. Escuchó que la puerta principal se abría y se cerraba.

Ames se reía entre dientes.

—Pobre Matt —dijo—. Mañana tendrá resaca. Es una lástima, ¿no? O sea, uno pensaría que un gran guionista de Hollywood aguantaría bien el alcohol. Pero no Matt. Se emborracha con solo mirar las etiquetas. ¿Te estaba contando una de sus pesadillas más disparatadas?

—¿Qué? No, solo estábamos hablando. De cosas.

Ames dejó caer un cubito de hielo en su bebida.

—¿Cosas? —preguntó.

—Sí.

Ames tomó un sorbo de whisky y se acercó a la ventana, luciendo ágil, de alguna manera, y a la vez pequeño. Tras lo que pareció una larga espera, dijo:

—Bueno, es una noche preciosa, ¿verdad? Clara y despejada, una luna hermosa —se giró y sacó un cigarrillo de un paquete rojo, lo encendió—. Hank —dijo, dejando que el humo gris saliera por las comisuras de sus labios—, dime algo. ¿Qué haces para divertirte?

Prentice se encogió de hombros. Era una pregunta extraña, pero esa noche todo le parecía extraño.

—No lo sé —dijo—. Voy al cine de vez en cuando. Veo la tele. Lo de siempre.

Ames ladeó la cabeza.

—Pero... ¿no te aburres? —preguntó.

—Sí, supongo. De vez en cuando. Ser contador público certificado, ya sabes, no es precisamente el trabajo más fascinante del mundo.

Ames rió con comprensión.

—Es horrible, ¿verdad?

—¿Ser contador público certificado?

—No. Aburrirse. Es de lo peor del mundo, ¿no crees? Alguien comentó una vez que creía que era el único pecado real que un ser humano podía cometer.

—Espero que no —dijo Prentice.

—¿Por qué?

—Bueno, quiero decir... todo el mundo se aburre, ¿no?

—No —dijo Ames—, si tienen cuidado.

Prentice se sentía cada vez más irritado por la conversación.

—Supongo que ayuda —dijo— ser el director de una agencia de publicidad.

—No, la verdad es que no. Es como cualquier otro trabajo: interesante al principio, pero luego te acostumbras. Se vuelve rutinario, así que buscas otras distracciones.

—¿Como qué?

—Oh, cualquier cosa. De todo —Ames le dio una palmada amistosa en el brazo a Prentice—. Me caes bien, Hank —dijo.

—Gracias.

—Lo digo en serio. No te imaginas lo contentos que estamos de que te hayas mudado aquí.

—¡Nosotros también!

Ann se dirigió con paso vacilante al fregadero con varios vasos vacíos.

—Quiero disculparme de nuevo por Davey, Lucian. Le comentaba a Charlotte que últimamente se ha portado fatal. Debería haberte dado las gracias por arreglarle el asiento de la bici.

—Olvídalo —dijo Ames alegremente—. El niño está enfadado porque no tiene con quién jugar —miró a Prentice—. Algunos de nosotros, los mayores, tenemos hijos, Hank, pero ya son casi adultos. Probablemente sepas que nuestra hija, Ginnie, está en la universidad. Y el hijo de Chris y Beth vive en Nueva York. Pero, ya sabes, no te preocupes. En cuanto empiecen las clases, Davey se portará bien. Ya verás.

Ann sonrió.

—Seguro que tienes razón, Lucian. Pero te pido disculpas de todas formas.

Ames regresó a la sala y se puso a bailar con Beth Cummings. Prentice pensó entonces en preguntarle a Ann qué demonios hacía al contarle su vida privada a desconocidos, pero decidió no hacerlo. No era el momento. Estaba demasiado enfadado, demasiado confundido.

La fiesta duró otra hora. Entonces Ben Roth dijo:

—¡Mejor dejemos que esta familia descanse! —y, poco a poco, la gente se fue. Ann cerró la puerta. Parecía radiante de satisfacción, luciendo más joven y guapa que en los últimos años.

—En casa —dijo en voz baja, y empezó a recoger ceniceros, vasos y platos—. Quitemos todo esto de en medio para no tener que verlo mañana por la mañana —añadió.

—De acuerdo —dijo Prentice con tono neutro. Estaba a punto de volver a colocar la mesa en su sitio cuando sonó el teléfono.

—¿Sí?

La voz que contestó era un susurro áspero, como una ráfaga de viento entre las hojas.

—Prentice, ¿ya se fueron?

—¿Quién es?

—Matt Dystal. ¿Ya se fueron?

—Sí.

—¿Todos? ¿Ames? ¿Se fue?

—Sí. ¿Qué quieres, Dystal? Es tarde.

—Más tarde de lo que crees, Prentice. Te dijo que estaba borracho, pero mintió. No estoy borracho. Estoy...

—¿Qué quieres?

—Tengo que hablar contigo —dijo la voz—. Ahora mismo. Esta noche. ¿Puedes venir?

—¿Ahora?

—Sí. Prentice, escúchame. No estoy borracho y no estoy bromeando. Esto es cuestión de vida o muerte. La tuya. ¿Entiendes lo que te digo?

Prentice vaciló, confundido.

—Sabes dónde está mi casa: la cuarta casa desde la esquina, a la derecha. Ven ahora mismo. Pero escucha con atención: sal por la puerta de atrás. La puerta de atrás. Prentice, ¿me escuchas?

—Sí —dijo Prentice.

—Mi luz estará apagada. Da la vuelta por la parte de atrás. No te molestes en llamar, simplemente entra, pero hazlo en silencio. No deben verte.

Prentice oyó un clic, luego silencio. Se quedó mirando el auricular un rato antes de colgarlo.

—¿Y bien? —dijo Ann. —¿Conversación de hombres?

—No exactamente —Prentice se secó las palmas de las manos en los pantalones—. Ese tal Matt Dystal, al parecer está enfermo. Quiere que vaya a su casa.

—¿Ahora?

—Sí. Creo que mejor; sonaba bastante mal. Vete a dormir, vuelvo enseguida.

—Vale, cariño. Espero que no sea nada grave. Pero, es agradable hacer algo por ellos, ¿verdad?

Prentice besó a su esposa, esperó a que se cerrara la puerta del baño y salió a la fría noche. Caminó por el borde de hierba del callejón, cruzó los pequeños jardines y subió los escalones hasta la puerta trasera de Dystal. Lo pensó un momento y entró.

—¿Prentice? —susurró una voz.

—Sí. ¿Dónde estás?

Una mano le tocó el brazo en la oscuridad.

—Entra en el dormitorio.

Se encendió una lámpara tenue. Prentice vio que las ventanas estaban cubiertas por pesadas cortinas color canela. Hacía frío en la habitación, frío y húmedo.

—¿Y bien? —preguntó Prentice con irritación.

Matthew Dystal se pasó la mano por su cabello color cuerda.

—Sé lo que estás pensando —dijo—. Y no te culpo. Pero era necesario, Prentice. Era necesario. Ames te ha contado sobre mis «pesadillas» y sé que eso te va a marcar; pero entiéndelo bien —apretó el puño—. Todo lo que voy a decir es cierto. Por muy descabellado que parezca, es cierto, y tengo pruebas. Todo lo que necesitas. Así que quédate quieto, Prentice, y escúchame. Puede que te cueste la vida: la tuya, la de tu esposa y la de tu hijo. Y, tal vez, la mía… —su voz se apagó; entonces, de repente, dijo—: ¿Quieres algo de beber?

—No.

—Deberías beber un trago. Apenas estás al borde de la confusión, amigo mío. Pero hay cosas peores que la confusión, créeme —Dystal se acercó a una estantería y se quedó allí casi un minuto. Cuando se giró, su semblante era algo más sereno—. ¿Qué sabes de la casa en la que vives?

Prentice se removió incómodo.

—Sé que un hombre se suicidó allí, si a eso te refieres.

—¿Pero sabes por qué?

—No.

—Porque perdió —dijo Dystal, riendo—. Le tocó el papelito corto. ¿Qué te parece esa motivación?

—Creo que mejor me voy —dijo Prentice.

—Espera. —Dystal sacó un pañuelo del bolsillo y se secó la frente—. No quería empezar así. Es que nunca se lo he contado a nadie, y es difícil. Ya verás por qué. Por favor, Prentice, prométeme que no te irás hasta que haya terminado.

Prentice miró al hombrecillo delgado y nervioso y maldijo la debilidad que lo había metido en semejante lío. Quería irse a casa. Pero sabía que no podía marcharse ahora.

—De acuerdo —dijo—. Continúa.

Dystal suspiró. Luego, mirando por la ventana, empezó a hablar.

—Construí esta casa —dijo— porque pensaba que me iba a casar. Cuando me di cuenta de que estaba equivocado, la obra ya estaba terminada. Debería haberla vendido, lo sé, lo entiendo, pero me sentía demasiado mal para ocuparme del papeleo. Además, ya había dejado mi apartamento. Así que me mudé —tosió—. Ten paciencia conmigo, Prentice: esta es la única manera de contarlo, desde el principio. ¿En qué estaba?

—Te mudaste.

—¡Sí! Todos fueron muy amables. Me invitaron a cenar a sus casas, pasaron a saludarme, me hicieron pequeños favores. Pensé: Qué vecinos tan estupendos. Normales. Auténticos. Eso era: eran auténticos. Ames, publicista; Thomas, abogado; Johnson, de una empresa de pinturas; Chambers, de seguros; Reiker y Cummings, ingenieros. ¿Qué más se puede pedir?

Dystal hizo una pausa. Una mueca desagradable apareció en su rostro.

—Me gustaban —dijo—. Y estaba realmente encantado con todo. Pero, claro, ya sabes cómo es cuando una mujer te deja plantado. Todavía me estaba lamiendo las heridas. Y supongo que se notó, porque Ames vino una noche. Simplemente pasó a saludar, como buen vecino. Tomamos unas copas. Hablamos de mujeres. Entonces, de repente, me hizo la pregunta: ¿Estás aburrido?

Prentice se puso rígido.

—Bueno, cuando pierdes a tu chica, pierdes gran parte de tu ambición. Le dije que sí, que estaba muy aburrido. Y él dijo: «Yo también lo estaba». Recuerdo sus palabras exactas. «Yo también lo estaba», dijo. «El largo camino hacia el éxito, la lucha, las noches en vela: se acabó, lo había logrado», dijo. «Dinero en el banco. Socio en una agencia importante. Hija mayor y en la universidad. Estaba listo para jubilarme, Matt. ¡Pero el caso es que solo tenía cincuenta y dos años! Me quedaban quizás veinte años más. Y casi todos los demás en el edificio estaban igual: Ed, Ben y Oscar, todos iguales. Ya sabes: con sus trabajos, pero ya no les interesaban, en realidad. Porque los trabajos ya no los necesitaban. Estaban aburridos».

Dystal se acercó a la mesita de noche y se sirvió una copa.

—Eso fue hace cinco años —murmuró—. Ames anduvo con rodeos un rato, tanteándome, probándome; luego me dijo que había decidido hacer algo al respecto. Al respecto del aburrimiento. Había organizado a todos los vecinos. Una vez a la semana, explicó, jugaban. Era una verdadera actividad grupal. Un esfuerzo comunitario. Empezaron con mímica, pero se cansaron enseguida. Luego probaron con las cartas. Para hacerlo más interesante, apostaban fuerte. Todos tenían su turno de perder. Entonces, dijo Ames, alguien sugirió hacer el juego aún más interesante, porque se estaba volviendo aburrido. Así que una noche experimentaron con el póker de striptease. Solo por diversión, ¿entiendes? Rhoda perdió. La siguiente vez fue Charlotte. Y así siguió un tiempo, hasta que, finalmente, Beth perdió. Todos lo estaban esperando. Sin embargo, después de eso, la cosa se volvió decepcionante, así que las apuestas cambiaron de nuevo. Cada uno se emparejó con la esposa de otro; el equipo con la puntuación más baja tenía que... —Dystal inclinó la botella—. ¿Seguro que no quieres un trago?

Prentice aceptó la bebida sin protestar. Tenía un sabor amargo y fuerte, pero le ayudó.

—Bueno —continuó Dystal—. Me costó muchísimo creer todo eso, quiero decir, ya sabes: Ames, después de todo, un tipo bajito con aspecto de contable, canoso y con gafas… Aun así, por cómo hablaba, sabía —de alguna manera— que era verdad. ¡Quizás porque no creía que un tipo como Ames pudiera inventárselo todo! En fin: cuando probaron todas las combinaciones posibles, la cosa volvió a aburrirse. Algunas de las mujeres querían parar, pero, claro, ya estaban demasiado metidas en el lío. Durante una Noche Divertida en particular, Ames había sacado fotos. Así que tenían que seguir. Cada semana era algo nuevo. Algo diferente. Los intercambios los mantuvieron ocupados un tiempo, me contó Ames: Chambers se fue de vacaciones dos semanas con Jacqueline, Ben y Beth fueron a Acapulco, y cosas así. Y ahí es donde entré yo en escena.

Dystal levantó la mano.

—Lo sé, no hace falta que me lo digas, debería haberme echado atrás. Pero era más joven entonces. Era un escritor de renombre, un hombre de mundo. Me estaba formando en Hollywood. No podía decirle que estaba impactado: habría sido traicionar mi oficio. Y él también lo pensó así: por eso me lo contó. Además, sabía que tarde o temprano me enteraría. Podían ocultárselo a casi todo el mundo, pero no a alguien que vivía en el mismo barrio. Así que le seguí el juego. Acepté su invitación para unirme a la siguiente actividad grupal, que es como él las llama. A la mañana siguiente, pensé que había soñado toda la visita, de verdad. Pero el sábado, efectivamente, sonó el teléfono y Ames dijo: «Empezamos a las ocho en punto». Cuando llegué a su casa, la encontré abarrotada. Todo el vecindario. Con el mismo aspecto de siempre. Bebidas, baile. Al cabo de un rato, empecé a preguntarme si no sería todo una broma elaborada. Pero, a las diez, Ames nos contó la sorpresa de la noche.

Dystal se estremeció.

—Fue una sorpresa, sin duda —dijo—. Les dije que no quería tener nada que ver, pero Ames había puesto algo en mi bebida. Parecía que no podía controlarme. Me llevaron al dormitorio y…

Prentice esperó, pero Dystal no terminó la frase. Sus ojos brillaban.

—No importa —dijo—. ¡No importa lo que haya pasado! El caso es que estaba borracho y... bueno, lo hice. Tenía que hacerlo. ¿Lo entiendes, verdad?

Prentice dijo que sí.

—Ames me señaló que el único pecado, el único, era el aburrimiento. Esa era su justificación, ese era su incentivo. Simplemente no quería pecar, eso era todo. Así que las actividades del grupo continuaron. Y empeoraron. Mucho. Una vez planearon un crimen y lo llevaron a cabo: el robo al Union Bank, tal vez hayas leído sobre ello: 1953. Yo conduje el coche para ellos. En otra ocasión, decidieron que para combatir el aburrimiento prenderían fuego a un almacén cerca de los muelles. El fuego se propagó. Prentice, ¿te acuerdas de aquel DC-7 que se estrelló entre aquí y Detroit?

Prentice dijo:

—Sí, me acuerdo.

—Su trabajo —dijo Dystal—. Ames lo planeó. En cierto modo, creo que es un genio. Podría pasarme toda la noche contándote lo que hicimos, pero no hay tiempo. Tengo que irme.

Se tapó los ojos con los dedos.

—Juana de Arco —dijo—, fue el punto de inflexión. Ames decidió que sería entretenido recrear escenas famosas de la literatura, así que él y Bud fueron a la calle principal, creo que era, y encontraron a una chica bohemia a la que le pareció divertido. Le dieron veinticinco dólares, pero nunca tuvo la oportunidad de gastarlos. Recuerdo que se rió hasta que Ames prendió fuego a la pila de trapos empapados en aceite... Después, recrearon otras escenas. La ejecución de María Antonieta. El asesinato del padre de Hamlet. ¿Conoces El hombre de la máscara de hierro? También la hicieron. Y muchas más. Duró bastante tiempo, pero Ames empezó a impacientarse.

Dystal extendió las manos de repente y las miró fijamente.

—El siguiente juego era una especie de ruleta rusa. Quien sacara la pajita más corta tenía que suicidarse, a su manera. Se entendía que, si fallaba, las consecuencias serían mucho peores, y Ames había desarrollado unas técnicas bastante interesantes. Como las pinzas para los nervios, por ejemplo. Thomas perdió. Le dieron doce horas para acabar con todo.

Prentice sintió un frío sudor frío sobre su piel. Intentó hablar, pero le fue imposible. El hombre, por supuesto, estaba loco. Completamente demente. Pero tenía que escuchar el final de la historia.

—Continúa —dijo.

Dystal se lamió el labio inferior, se sirvió otra copa y continuó:

—Cummings y Chambers se asustaron —dijo—. Argumentaban que un desconocido se mudaría a la casa y que entonces habría un montón de problemas. Tuvimos una reunión en Reiker's, y a Chris se le ocurrió la idea de que todos pusiéramos dinero y compráramos la casa. Pero a Ames no le gustó. «No seamos tan excluyentes», dijo. «Al fin y al cabo, los nuevos también podrían aburrirse. Dios sabe que nos vendría bien sangre nueva en el Grupo». Cummings era pesimista. Dijo: «¿Y si te equivocas? ¿Y si no quieren unirse a nosotros?». Ames se lo tomó a broma: «Espero», dijo, «que no pienses que somos los únicos. ¡Claro! Todas las ciudades tienen su barrio como el nuestro. No somos tan especiales.» Y luego añadió que, si la gente nueva no funcionaba, él se encargaría de la situación. No dijo cómo.

Dystal volvió a mirar por la ventana.

—Veo que está a punto de invitarte, Prentice. Cuando eso suceda, estás acabado. O te unes a ellos o aceptas la única alternativa.

De repente, la habitación quedó en silencio.

—No me crees, ¿verdad?

Prentice abrió la boca.

—No, claro que no. Son desvaríos de un loco.

—Pues te lo voy a demostrar, Prentice.

Empezó a dirigirse a la puerta.

—Vamos. Sígueme; pero no hagas ruido.

Dystal salió por la puerta trasera, la cerró y se movió silenciosamente sobre la suave hierba negra.

—Están en plan místico ahora mismo —le susurró a Prentice—. Ames está intentando invocar al diablo. La semana pasada sacrificamos un perro y leímos los Mandamientos al revés; la anterior, recitamos unos cánticos de un libro viejo que Ben encontró en la biblioteca; antes de eso, orgías —sacudió la cabeza—. Pero no está funcionando. Dios sabe por qué. Uno pensaría que el diablo estaría tan encantado con Ames que lo habría reclutado para el equipo.

Prentice siguió a su vecino por los jardines, caminando con cuidado y preguntándose por qué. Pensó en su pulcra oficina en la calle Harmon, en la anciana señora Gleason, en el restaurante limpio y bien iluminado donde almorzaba y leía los titulares del periódico; y todo parecía terriblemente lejano. ¿Por qué, se preguntó, ando merodeando por los patios traseros con un lunático a medianoche?

¿Por qué?

—Hay luna llena esta noche, Prentice. Eso significa que lo intentarán de nuevo.

En silencio, sin hacer el menor ruido, Matthew Dystal se movió por el césped, manteniéndose siempre en las sombras. Un minuto después levantó la mano y se detuvo. Estaban en la parte trasera de la casa de los Ames. Dentro estaba oscuro.

—Vamos —susurró Dystal.

—Espera un momento —de alguna manera, la visión de su propia sala, aún iluminada, tranquilizó a Prentice—. Creo que ya he tenido suficiente por esta noche.

—¿Suficiente? —el rostro de Dystal se contrajo grotescamente. Apretó la manga de la chaqueta de Prentice con fuerza—. Escucha —siseó—, escucha, idiota. Estoy arriesgando mi vida para ayudarte. ¿Aún no lo entiendes? Si se enteran de que he hablado… —soltó la manga—. Prentice, por favor. Tienes una oportunidad ahora, una oportunidad para salir de este maldito lío; pero no la tendrás por mucho tiempo. ¡Créeme!

Prentice suspiró.

—¿Qué quieres que haga? —preguntó.

—Nada. Ven conmigo, en silencio. Están en el sótano.

Respirando con dificultad, Dystal rodeó la casa. Se detuvo ante una pequeña ventana a ras de suelo. Estaba cerrada.

—Prentice. Con cuidado. Agáchate y que no te vean.

Con movimientos lentos, Dystal extendió la mano y empujó la ventana. Se abrió un centímetro. La empujó de nuevo. Se abrió otro centímetro. Prentice vio un rayo de luz amarilla que salía por la rendija. Al instante sintió la garganta muy seca y dolorida. Se oyó un ruido. Un murmullo bajo, un susurro, como un tarareo lejano.

—¿Qué es eso?

Dystal se llevó un dedo a los labios e hizo un gesto:

—Aquí.

Prentice se arrodilló junto a la ventana y miró hacia la luz. Al principio no podía creer lo que veían sus ojos. Era un sótano, como otros sótanos de casas antiguas, con una gran caldera de hierro, suelo de cemento y vigas pesadas. Esto sí lo reconoció y comprendió. El resto, no. En el centro del suelo había un dibujo, obviamente hecho con tizas de colores. A Prentice le pareció una Estrella de David, aunque había otros dibujos alrededor y dentro. No eran particularmente artísticos, pero sí intrincados. En el centro había una gran taza, parecida a una ensaladera, vagamente familiar, vacía.

—Ahí —susurró Dystal, retirándose.

Ligeramente a la izquierda se veían un círculo y un pentagrama, cuyos cinco vértices tocaban la circunferencia por igual. Prentice parpadeó y dirigió su atención a la gente. De pie sobre un bloque de madera, rodeado de hombres y mujeres, había una figura con una túnica negra y una corona en forma de serpiente. Era Ames.

Su esposa, Charlotte, vestida con un vestido blanco, estaba a su lado. Sostenía una lámpara.

También vestidos con túnicas estaban Ben y Rhoda Roth, Bud Reiker y su esposa, los Cummings, los Chambers, los Johnson… Prentice se sacudió el repentino mareo y se cubrió los ojos con la mano. A la derecha, cerca del horno, había una mesa cubierta con una sábana blanca. Y a sesenta centímetros, una extraña estructura hexagonal con velas negras encendidas desde una docena de aberturas.

—Escucha —dijo Dystal.

Ames tenía los ojos cerrados. En voz baja, recitaba:

Toda degradación, toda infamia, la sufrirás.
Tu cabeza bajo el fango, la droga de mujeres despreciables,
como en un sueño odioso, para finalmente yacer;
la mujer debe pisotearte mientras respiras ese humo mortal;
los gusanos más viles deben arrastrarse,
los vampiros más repugnantes deben acechar…

—La Gran Bestia —rio Dystal.

—Yo —dijo Ames— soy Ipsissimus —y los demás corearon—: Él es Ipsissimus.

—He leído los libros, Señor Oscuro. ¡He leído el Libro de la Magia Sagrada de Abramelin el Mago, y lo rechazo!

—¡Lo rechazamos! —murmuraron los Roth.

—El poder del Bien siempre estará al servicio del poder de la Oscuridad —levantó las manos—. En tu altar está la estela de Ankf-f-nKhonsu; allí también, el Libro de los Muertos y el Libro de la Ley, seis velas a cada lado, mi Señor, la Campana, el Buril, el Lamen, la Espada, la Copa y los Pasteles de la Vida…

Prentice miró a las personas que había visto hacía solo unas horas en su sala de estar y se estremeció. Se sentía muy débil.

—Nosotros, tus siervos —dijo Ames, haciendo señas—, imploramos tu presencia, Señor de la Noche y de la Vida Eterna, Soberano de las Almas de los hombres en todo tu vasto dominio.

Prentice comenzó a levantarse, pero Dystal lo agarró de la chaqueta.

—No —dijo—. Espera. Espera un minuto más. Esto es algo que debes ver.

—...Vivimos para servirte, concédenos...

—Está suplicando al diablo que aparezca —susurró Dystal.

—...esta noche, y que le ofrezca el regalo más grande y preciado. ¡Acepta nuestra ofrenda!

—¡Acéptala! —gritaron los demás.

—¿Qué demonios es esto? —preguntó Prentice, afiebrado.

Entonces Ames dejó de hablar y los demás guardaron silencio. Ames levantó la mano izquierda y la bajó. Chris Cummings y Bud Reiker hicieron una reverencia y retrocedieron hacia las sombras, donde Prentice no podía verlos. Charlotte Ames se acercó a la estructura hexagonal con las velas y recogió un objeto largo y delgado. Regresó y se lo entregó a su esposo. Era un cuchillo.

—¡No matarás! —gritó Ed Chambers, y cruzó el pentagrama hasta la mesa cubierta con una sábana.

Prentice se frotó los ojos.

Bud Reiker y Chris Cummings regresaron al centro de luz. Llevaban un bulto envuelto en mantas. El bulto se agitaba y emitía extraños ruidos amortiguados. Los hombres lo levantaron y lo colocaron sobre la mesa. Ames asintió y bajó del bloque de madera. Caminó hacia la mesa y se detuvo; el cuchillo de carnicero de hoja larga brillaba con el resplandor de las velas.

—¡A Ti, oh Señor del Inframundo, te ofrecemos esto! ¡A Ti, el regalo más preciado de todos!

—¿Qué es? —preguntó Prentice—. ¿Qué es?

La voz de Dystal era firme y ansiosa.

—Una virgen —dijo.

Entonces retiraron la manta. Prentice sintió que los ojos se le salían de las órbitas, que el corazón le latía con fuerza en el pecho.

—Ann —susurró con voz ahogada—. ¡Ann!

El cuchillo se alzó.

Prentice se puso de pie de un salto y luchó contra el mareo.

—Dystal —gritó—. Dystal, por Dios, ¿qué están haciendo? ¡Detenlos! ¿Me oyes? ¡Detenlos!

—No puedo —dijo Matthew Dystal con tristeza—. Es demasiado tarde. Me temo que tu esposa dijo algunas cosas que no debió haber dicho, Prentice. Verás, llevamos mucho tiempo buscando a alguien así…

Prentice intentó abalanzarse, pero el esfuerzo le hizo perder el equilibrio. Cayó al suelo. Sentía los brazos y las piernas entumecidos, y recordó, de repente, el sabor amargo de la bebida que había tomado.

—En realidad era inevitable —dijo Dystal—. Es decir, el chico lo sabía, y te lo habría contado tarde o temprano. Y habrías empezado a investigar, y… oh, ya me entiendes. Le dije a Lucian que deberíamos haber comprado la casa, pero es tan obstinado; ¡cree que lo sabe todo! Ahora, claro, tendremos que quemarla, y eso sí que parece un desperdicio —negó con la cabeza—. Pero no te preocupes. Para entonces estarás dormido y, te lo prometo, no sentirás nada. De verdad.

Prentice apartó la mirada de la ventana y gritó en silencio durante un largo rato.

Charles Beaumont (1929-1967)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Charles Beaumont.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Charles Beaumont: La gente nueva (The New People), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

La Hora de las Brujas [¿por qué a las 03:00 AM?]


La Hora de las Brujas [¿por qué a las 03:00 AM?]




«Ha sonado la medianoche, la hora de las brujas,
cuando en los cementerios bostezan las tumbas
y el hálito del Infierno se escapa por ellas.
En esta hora sería capaz de beber sangre tibia
y cometer crímenes que causarían espanto a la luz del día.»

[Hamlet, William Shakespeare]



Despertar a mitad de la noche, especialmente a las 03 de la mañana, y sentir que algo no anda del todo bien [un escalofrío, la sensación de estar siendo observado], puede resultar particularmente inquietante. Uno puede lamentarse de haber visto demasiadas películas de terror, o escuchado demasiadas historias donde el mal se manifiesta con mayor intensidad a las 03:00 AM. Definitivamente hay algo sobre la Hora de las Brujas que toca una fibra común [ver: ¿Qué ocurre a las 03:33 de la madrugada?]

La Hora de las Brujas se ha asociado con una variedad de supersticiones y creencias. Por ejemplo, algunas personas creen que despertar a las 03:00 AM significa que alguien te está observando o que un espíritu está tratando de comunicarse contigo. Otros creen que si llaman a la puerta en ese momento, no debes abrir, ya que podría ser un espíritu maligno [ver: Un golpe: «SÍ»; dos golpes: «NO»; tres golpes: «DÉJAME ENTRAR»]

Muchos «expertos» en lo paranormal consideran que las 03:00 de la madrugada es un momento donde los demonios o entidades del mundo espiritual hacen sentir su presencia con mayor intensidad. Esto, por supuesto, hunde sus raíces en el folclore. La Hora de las Brujas [o la Hora del Diablo, Hora Muerta, etc.] es un momento de la noche asociado históricamente con eventos sobrenaturales, donde las brujas, los demonios y fantasmas se muestran en su máximo poder. Ahora bien, la definición «Hora de las Brujas» varía dependiendo de la época, y apunta, en algunos casos, a la hora inmediatamente posterior a la medianoche; y en otros al lapso de tiempo entre las 3:00 AM y las 4:00 AM.

La creencia popular de que las 03:00 AM es la Hora de las Brujas [cuando las entidades tienen más poder] puede haber surgido de la idea de que ese momento de la noche es la «hora más oscura», y por lo tanto la más alejada de la luz del sol, cuando la mayoría de las personas están durmiendo y el mundo se siente más tranquilo y silencioso. Esta sensación de aislamiento y falta de actividad puede contribuir a experimentar sentimientos de inquietud o miedo.

La explicación más cercana a la ciencia tiene que ver con los ritmos circadianos y los ciclos de sueño, que experimentan una caída en las primeras horas de la madrugada, de manera tal que en estos momentos las personas son más propensas a tener sueños vívidos, pesadillas y despertarse sobresaltadas. Esto podría contribuir a las experiencias aparicionales, comunes entre las 02:00 AM y las 04:00 AM, cuando la cantidad de melatonina en el cuerpo alcanza su pico máximo.

Sin embargo, esto sólo es aplicable a los tiempos modernos; porque en la época en la que se forjó la creencia en la Hora de las Brujas las personas estaban despiertas. En efecto, durante la Edad Media existía el primer sueño [aproximadamente entre las 19:00 y las 23:00]. Las personas se levantaban y realizaban sus actividades normales durante dos o tres horas, y volvían a acostarse. Es decir que durante la época en la que se originó la Hora de las Brujas, la mayoría de las personas tenían horarios de sueño donde estaban despiertas durante la mitad de la noche.

La Hora de las Brujas, como lo indica su nombre, tiene sus orígenes en la creencia en la brujería y el ocultismo, no en la actividad paranormal como la entendemos en la actualidad. Desde un punto de vista racional, no hay razón para creer que las 03:00 AM tenga algún significado especial para una entidad sobrenatural. El momento en que se producen fenómenos paranormales parece aleatorio y no está vinculado a ninguna hora del día o de la noche. En todo caso, la Hora de las Brujas apunta a un espacio de tiempo en la madrugada donde las brujas están más activas.

¿Y por qué las brujas están activas a las 03:00 AM?

En primer lugar, por una cuestión práctica: esa es la hora en que los buenos ciudadanos están durmiendo. Pero hay una razón adicional. El cristianismo relaciona a las 03:00 AM con la actividad demoníaca, siendo este momento de la madrugada el horario opuesto a las 15:00 [03:00 PM], hora en la que supuestamente murió Cristo en la cruz. Aceptando este cálculo, la inversión se consideraba entonces como la Hora del Diablo. Lo cierto es que durante toda la Edad Media se creyó que cualquier barrera entre los vivos y los muertos era más delgada entre la medianoche y las 03:00 AM.

La asociación de las brujas con las 03:00 de la madrugada, entonces, está relacionada con la creencia de que los fenómenos sobrenaturales son más frecuentes en determinados momentos del día y del año. Al igual que los sucesos estacionales, como los solsticios y los equinoccios, entre la medianoche y las 03:00 AM evocaba magia negra. Entre los demonólogos clásicos existen dos explicaciones que no son excluyentes: algunos afirman que durante la Hora de las Brujas los vivos son más sensibles a los espíritus de los muertos; otros que los muertos poseen poderes más fuertes en estos momentos y por eso llevan a cabo sus «travesuras» durante la noche.

Si tomamos ambas explicaciones podríamos decir que la Hora de las Brujas es cuando las brujas, los demonios y los fantasmas están más activos, ya sea debido a una distorsión en la frontera entre los vivos y los muertos, o a causa de una mayor actividad mágica. En la Hora de las Brujas los vivos pueden sentir más fácilmente la presencia de los muertos, y los muertos pueden interferir en el plano físico; pero su nombre depende de la suposición de que las brujas lanzaban sus hechizos en la oscuridad de la noche, cuando podían pasar desapercibidas y el velo entre la vida y la muerte es más débil [ver: Transitus Fluvii: el idioma secreto de las brujas]

Una versión más moderna de esta creencia afirma que cuando despiertas a las 03:00 AM hay una entidad observándote en la habitación. Sin embargo, esa sensación podría tener una explicación fisiológica: a las 03:00 de la madrugada la mayoría de las personas están en medio del ciclo REM, que es el sueño más profundo que se experimenta durante la noche. En este momento tu frecuencia cardíaca baja, tu respiración se hace más lenta y tu temperatura corporal disminuye. El cuerpo pasa por estos cambios para ayudarte a tener el mejor descanso posible, pero puede ser preocupante despertar durante este período, ya sea a causa de un ruido o de un llamado de la naturaleza. Despertar durante el sueño profundo te deja sintiéndote desorientado y frío, y tu cuerpo reacciona con miedo, incluso con terror. La creencia popular utiliza todo esto y le da una explicación sobrenatural: un fantasma o un demonio te ha hecho una visita [ver: Sentir que hay un espíritu en casa]

La investigación paranormal seria no le da ninguna importancia a la hora. Después de todo, ¿porqué importaría tal o cual hora, la medición humana del tiempo, si un lugar está embrujado? Más bien podríamos pensar que la noche, independientemente de la hora, puede marcar la diferencia en algunas situaciones, y que ciertas entidades parecen ser más activas en las horas de oscuridad. Incluso podríamos aceptar, como los demonólogos medievales, que los muertos tienen más poder durante la noche, en el sentido de que en ese contexto somos más propensos a sentir miedo, y por lo tanto a ceder a él ante una interacción con una entidad inteligente. Si fuésemos espíritus atados al plano físico seguramente haríamos algunas cosas durante el día si surge la oportunidad, pero la mejor recompensa sería por la noche, cuando el miedo es más fácil de provocar.

La energía residual [el fantasma promedio] generalmente se manifiesta al azar, durante el día o la noche. Las cosas simplemente suceden y a veces los vivos podemos percibirlo. Encuentras un armario abierto, sientes como si alguien estuviera en la habitación contigo, un portarretratos o un libro se cae, pero no hay límites ni restricciones de tiempo. Si estás despierto a las 03:00 de la madrugada es posible que notes todo eso con mayor intensidad debido al silencio y el poco movimiento en la casa [ver: Pasos, golpes, objetos que caen y otros ruidos inexplicables]

A principios del siglo XX, la parapsicología se ocupó de estudiar la Hora de las Brujas, no necesariamente en términos fijos [las 03:00 de la mañana], sino como lapso de tiempo entre las 02:00 y las 04:00 AM. Muchos autores sugieren que hay más energía disponible por alguna razón. Entonces, si una entidad, humana o no, normalmente no tiene la fuerza para producir un efecto físico, a la madrugada podría obtener suficiente energía para que esto suceda. Es una hipótesis vaga que depende de demasiadas suposiciones sin fundamento [ver: Libros, cuadros y portarretratos que se caen solos]

Es absurdo pensar que la Hora de las Brujas empieza y termina en algún momento. Annie Besant, C.W. Leadbeater, y otros teósofos, afirman que la energía requerida para que una entidad se manifiste en el plano físico necesita acumularse a lo largo del tiempo. Es decir que la Hora de las Brujas no empezaría a las 03:00 AM, sólo está llegando a su pico, y no se cortará abruptamente a las 04:00 AM, sino que se apagará progresivamente [ver: Espíritus y «ambientes cargados»]. Esto también suena a un intento por poner algo de orden en la aleatoriedad. En definitiva, el enfoque de las 03:00 de la mañana [en términos de energía paranormal más fuerte o mejor percibida] podría ser una especie de tradición espiritual mal interpretada que se sigue difundiendo como un conocimiento técnico.

Dicho esto, es claro que hay buenas razones para esperar hasta la noche para tener este tipo de experincias. En general, hay menos contaminación acústica y lumínica, y la temperatura ha bajado al mínimo. Tu entorno físico está más tranquilo. Hay menos cosas que distraigan la mente, menos ruido de fondo. Cada experiencia tiene la oportunidad de destacarse con claridad [también las que tienen causas naturales]. Eres más consciente de ti mismo y de lo que sientes o experimentas, y tienes menos excusas para culpar a la actividad de fondo. Por lo tanto, no es tanto una cuestión de tiempo, sino más bien de conciencia aumentada.

El problema con este tipo de creencias es que sirven para explicar cualquier cosa extraña que ocurra dentro de sus parámetros: ruidos extraños, pasos, susurros, puertas que se abren y cierran solas, cuestiones que durante el día serían explicadas fácilmente por causas naturales, pero que se vuelven ominosas a la Hora de las Brujas. De todas formas, esta tradición popular admite tantas posibilidades que resulta dificultoso precisar qué ocurre exactamente a las 03:00 AM; en realidad, todo parece ocurrir:


a- Escuchar una voz que suena como la de un ser querido que ha fallecido [ver: Espíritus que imitan la voz humana]

b- Otra experiencia común durante la Hora de las Brujas son las apariciones. Estas pueden ser cualquier cosa, desde apariciones en toda regla [personas o animales] hasta figuras de sombras y orbes.

c- Puntos fríos, que según algunos son causados por espíritus que extraen energía del entorno para manifestarse. Pueden sentirse en toda la casa o en áreas específicas.

d- Quizás la experiencia más vaga durante la Hora de las Brujas es tener una sensación general de malestar. Esta puede ser causada por una variedad de factores, como sentir que te están observando o sentir una presencia en la habitación [ver: Sentir «presencias» cuando estás solo]


En términos ocultistas, la Hora de las Brujas o la Hora del Diablo define el momento de la noche en que los poderes de la oscuridad son más fuertes, no necesariamente una hora específica, como las 03:00 de la madrugada. Según la tradición, es durante la Hora de las Brujas cuando el practicante de las artes negras está en el apogeo de sus poderes y los seres sobrenaturales son los más activos. Tal vez por eso, durante la Edad Media la Iglesia Católica prohibió a las mujeres salir a la calle entre las 03:00 y las 04:00 de la mañana. Las mujeres que no respetaban esa regla eran vistas como sospechosas de practicar la brujería.

La creencia primitiva en la Hora de las Brujas tiene una base bastante lógica: a la madrugada era cuando se ofrecían menos oraciones «oficiales» a Dios, es decir, oraciones hechas por agentes de la Iglesia [la única arma espiritual eficaz contra Satanás]. En consecuencia, se creía que los espíritus de la oscuridad podían hacer su trabajo sin la interferencia de rezos y plegarias. Este lapso entre oraciones oficiales forma parte de la Liturgia de las Horas. Los monjes medievales llevaban a cabo el oficio de Maitines [Entre las 02:00 AM y las 03:00 AM], y recién volvían a sus rezos a las 05:00 AM [hasta las 06:00] en el oficio de Laudes. Este período de tiempo, entre las 03:00 y las 05:00 AM, en teoría, era el responsable del supuesto aumento de la actividad demoníaca.

En la Alta Edad Media todavía no existía un consenso general sobre el significado de las apariciones y fantasmas: todo se resumía a la actividad del Maligno y sus agentes terrenales. Recién cuando la Iglesia acuñó la idea de Purgatorio, el concepto de «fantasma» ganó más terreno. Las almas con más probabilidades de volver a atormentar a los vivos eran aquellas cuyos rituales funerarios no se habían realizado correctamente, o que bien tenían asuntos pendientes que necesitaban cerrarse: suicidios, mujeres que morían al dar a luz o personas que morían sin tiempo para la confesión y la absolución.

De hecho, fue en esta época que comenzaron los ritos estandarizados para que los vivos pudieran despedirse adecuadamente y hacer frente a la pérdida de un ser querido. En cierto modo, estos ritos tenían varios objetivos: dejar ir a la persona fallecida, darle un cierre a los vivos, y evitar incómodos retornos de ultratumba durante las horas de la noche.

Sin embargo, con la llegada del concepto de Purgatorio, los espíritus de los muertos comenzaron a verse como entidades no exclusivamente demoníacas, pero rápidamente se viró teológicamente para evitar confusiones. Si una entidad aparecía en la forma de un ser querido fallecido, lo más probable es que fuera un demonio que asumía esa forma para tentar a las personas a cuestionar el plan divino. La noción de que un fantasma podía no ser demoníaco amenazaba toda la estructura espiritual post-mortem [cielo, infierno y purgatorio]; no sólo porque estaba fuera de lugar, sino que había regresado adonde ya no pertenecía [el plano terrenal]. Si Dios tenía realmente el control, ¿cómo un fantasma podía irse de su lugar asignado para regresar a los vivos?

Antes del surgimiento del Cristianismo, los fantasmas [espíritus humanos] se entendían como un aspecto natural, aunque incómodo, de la existencia humana. Al final, la Iglesia acabaría aceptando la misma concepción de «fantasma» de los sistemas de creencias paganos: que los espíritus de los muertos podían regresar para pedir ayuda a los vivos, castigarlos por la falta de ritos funerarios apropiados, o para cerrar asuntos pendientes. De hecho, es lícito afirmar que el concepto de Purgatorio no es original de la Iglesia. Su visión fue expresada por primera vez por Platón [Fedón], donde se describe la existencia de almas que llevan el peso de pecados no lo suficientemente malos como para ser sentenciados al nivel más bajo del inframundo, el Tártaro, pero sin las virtudes suficientes para acceder a los Campos Elíseos. No es asombroso que estos espíritus de los que habla Platón fueran más activos en horas de la madrugada.

Para finalizar, hemos consultado con el profesor Lugano sobre la Hora de las Brujas, pero se abstuvo de brindar demasiados detalles. Simplemente sostuvo que, la mayoría de las veces, el bar Teufel de Chacarita cierra alrededor de las 03:00 AM, por lo que históricamente la gente del barrio sabe que a esa hora comienzan a suceder cosas extrañas.




Consultorio Paranormal. I Fenómenos paranormales.


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El artículo: La Hora de las Brujas [¿por qué a las 03:00 AM?] fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción, enviar consultas o compartir tu experiencia, escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Cuando yo era una bruja»: Charlotte Perkins Gilman; relato y análisis.


«Cuando yo era una bruja»: Charlotte Perkins Gilman; relato y análisis.




Cuando yo era una bruja (When I Was a Witch) es un relato fantástico de la escritora norteamericana Charlotte Perkins Gilman (1860-1935), publicado originalmente en la edición de mayo de 1910 de la revista The Forerunner.

Cuando yo era una bruja, uno de los mejores cuentos de Charlotte Perkins Gilman, relata la historia de una mujer que descubre que sus deseos pueden hacerse realidad, incluso cambiar la sociedad en general. El problema con el cumplimiento ilimitado de deseos es saber qué desear sin que se produzcan consecuencias desagradables.

La Narradora comienza aclarando su incomprensión del pacto unilateral que hizo con Satanás; de otro modo hubiese podido seguir siendo Bruja. En cualquier caso, su conversión se produjo la medianoche de un 30 de octubre, en la terraza de su edificio, después de un día urbano lleno de vicisitudes miserables: perros y gatos que le quitaron el sueño, calor, un huevo semi-podrido para el desayuno, periódicos engañosos, un taxi que la ignora, un guarda del subterráneo que le cierra la puerta en la cara y, una vez a bordo, el manoseo de los hombres y los peligrosos sombreros de las mujeres con sus bordes filosos. Después de un día como este, el techo del edificio al menos le ofrece un poco de fresco y soledad...

Pero la Narradora no está sola. Hay un gato. Un gato negro, hambriento y en pésimo estado, que aparece detrás de una chimenea y maúlla lastimosamente. La Narradora ve pasar un carruaje en la calle, su conductor azota a su caballo exhausto. Ella desea en voz alta, con todo su corazón, que cualquiera que lastime a un caballo sienta su dolor mientras el animal sale ileso. El conductor vuelve a azotar al caballo y grita él mismo. La Narradora no hace la conexión de inmediato, pero el gato negro se frota contra su falda y vuelve a maullar. La Narradora lamenta cuántos gatos sin hogar sufren en las ciudades. Sin embargo, más tarde esa noche despierta por los aullidos de los felinos y desea que todos los gatos de la ciudad estén «cómodamente muertos».

A la mañana siguiente su hermana le sirve otro huevo pasado. La Narradora maldice a todos los proveedores de alimentos a probar sus propios productos, a sentir su sobreprecio como lo hacen los pobres y a sentir cómo éstos últimos los odian. De camino al trabajo, se da cuenta de que la gente abusa de sus caballos, solo para sufrir ellos mismos. Cuando un conductor la pasa de largo, ella desea que él sienta el golpe y retroceda para dejarla subir con una disculpa. ¡Y lo mismo a cualquier otro conductor que haga esa jugarreta! El suyo, por supuesto, retrocede y se disculpa, frotándose la mejilla.

La Narradora se sienta frente a una mujer adinerada, vestida de forma llamativa, con un perrito faldero sobre las rodillas. ¡Pobre criatura endogámica! La Narradora desea que todos esos perros miserables mueran de una vez. El perro de la mujer adinerada deja caer la cabeza y muere. Más tarde, los periódicos vespertinos describen una repentina enfermedad que está matando a los gatos y perros. Pronto, una «nueva ola de sentimiento humano» eleva el estatus de los caballos, y la gente comienza a reemplazarlos por vehículos motorizados.

La Narradora empieza a entender que debe usar su poder con cuidado. Sus principios fundamentales son: no atacar a nadie que no pueda evitar lo que hace y hacer que el castigo se ajuste al crimen. Hace una lista de sus «preciados rencores». Empresarios corruptos y/o inescrupulosos y autoridades negligentes sienten su justa ira. Las reformas proliferan. Cuando las religiones intentan atribuirse el mérito, maldice a sus líderes con el impulso irresistible de decirles a sus seguidores lo que realmente piensan de ellos. Maldice a los loros para que hagan lo mismo con sus dueños, y a sus dueños a cuidar y mimar a los loros de todos modos. Los periódicos deben imprimir todas sus mentiras, errores, publicidades engañosas, notas sensacionalistas, en diferentes colore para que el lector identifique cada cual. La gente se da cuenta de que ha estado viviendo en la irracionalidad. Conocer los hechos mejora todos los aspectos de la sociedad.

La Narradora ha disfrutado viendo los resultados, pero la condición de las mujeres sigue siendo un punto doloroso para ella. ¿Deben ser juguetes caros o esclavas ingratas? ¿No pueden darse cuenta del verdadero poder de la feminidad, de ser madres amorosas y afectuosas para todos, de elegir y criar solo a los mejores hombres? Con todas sus fuerzas, la Narradora desea esta iluminación femenina universal... y no sucede nada.

Ese deseo no corresponde a las brujas: se necesita magia blanca para llevarlo a cabo. Intentarlo la ha despojado de su poder y ha deshecho todas las mejoras que había logrado. ¡Si solo hubiera deseado la permanencia de sus «adorables castigos»!


Charlotte Perkins Gilman [conocida por El empapelado amarillo (The Yellow Wallpaper) y la novela Herland] fue una feminista que aspiraba a la utopía, es decir, a la reforma social. La Narradora de Cuando yo era una bruja siente que el comportamiento de las mujeres en la sociedad es «como ver arcángeles jugando con pajas, o caballos reales usados como caballitos de balancín», pero al mismo tiempo castiga a ciertas mujeres, como las que usan esos anchos sombreros, sin reparar en cómo son incentivadas para usarlos. Además, la historia presenta algunos elementos bastante crudos, incluidos los matices racistas, el abuso animal y la muerte de animales. La Narradora se conmueve por el sufrimiento de los caballos, pero no vacila en exterminar a todos los perros y gatos.

Cuando yo era una bruja se siente como un grito de desahogo por todas esas pequeñas estupideces cotidianas con las que tenemos que lidiar en la vida urbana, cosas que en sí mismas no son suficientente graves, pero cuya acumulación se torna insoportable. Uno no suele obtener la simpatía del lector matando perros y gatos, pero creo que Charlotte Perkins Gilman intenta decir que la adquicisión de estos deseos, esta magia negra, de algún modo sacan a la superficie todos los impulsos reprimidos de la Narradora.

Hay muchas historias sobre los peligros de obtener el cumplimiento de deseos, desde Las mil y una noches hasta La pata del mono (The Monkey's Paw) de W.W. Jacobs; sin embargo, Charlotte Perkins Gilman invierte el patrón habitual: en Cuando yo era una bruja solo funcionan los deseos egoístas y dañinos. Y funcionan según lo previsto: sin reacciones negativas ni efectos adversos contra el deseante, sin torcer el significado de sus palabras para darle una lección. Nuestra Bruja no sufre consecuencias, excepto cuando pide un deseo «bueno». Esto rompe «los términos de ese contrato unilateral con Satanás».

Este último deseo incumplido es donde podemos reconocer a Charlotte Perkins Gilman: es un deseo de empoderamiento femenino que deja al resto de la historia bajo una luz diferente. Desde el principio, la Narradora rastrea su amargura hasta el punto en que se supone que no debe estar amargada. Después de todo, las mujeres son los «ángeles del hogar»; no desean la muerte de simpáticos animales domésticos. ¿Acaso es una Bruja aquella mujer que simplemente no se ajusta a las normas? La bruja de Shirley Jackson [La bruja (The Witch)] sugiere que son algo más: no solo es Bruja la mujer que busca romper las normas sociales, sino la que trata de romperlas para hacer daño. Si estás teniendo un día de mierda, la tentación de causar el daño puede ser alta [ver: Puérpera, loca y poseída: análisis de «El empapelado amarillo»]

La Narradora asume que hay un pacto satánico involucrado, pero en realidad nunca se confirma. Hay un gato negro, es cierto. Y el deseo que rompe el hechizo es el primero que no trata de hacer daño. Ciertamente hay personas que se sentirían agraviadas si, de repente, las mujeres se empoderaran por completo; pero el deseo no se centra en su descontento. Por otro lado, la Narradora desea que los periódicos digan la verdad y resalten sus mentiras para que sean evidentes. Esto no parece muy satánico; de hecho, obligar a los medios de comunicación a decir la verdad, sin importar sus intereses empresariales, es algo bueno. En ese caso, el «contrato unilateral con Satanás» debería haberse roto. Pero no se rompe, porque algo más está pasando aquí; y no tengo idea de qué se trata. Tal vez algún lector de El Espejo Gótico pueda aportar algo.

Uno no puede sentir otra cosa que simpatía por el Satanás de Cuando yo era una bruja. En el techo, la Narradora esta hirviendo de frustración, arde por hacer mejoras en la sociedad, corregir errores y, lo más importante, castigar a los culpables. Esto último es crucial. Cuando Satanás olfatea a una posible seguidora, rápidamente organiza una prueba. La forma en que la Narradora responda al conductor que azota al caballo determinará su elegibilidad. Ella podría haber deseado que el conductor detuviera su mano antes del golpe; en cambio, desea de todo corazón que el dolor que el inflige repercuta en sí mismo.


«Debo tener cuidado —me dije—; mucho cuidado, y, sobre todas las cosas, adecuar el castigo al delito.»


La Narradora quiere ser una bruja buena y justa, pero sus prejuicios la desvían. Acariciada por el gato negro siente una oleada de compasión por todos los pobres felinos que sufren en la ciudad. Un par de horas más tarde, el aullido de los gatos en la noche la irrita tanto que desea que todos caigan muertos. Y mueren, seguidos por todos esos perritos falderos, vestidos y sobrealimentados, que las mujeres adineradas cargan como si fuesen cachorros humanos...

La Narradora descubre que no puede usar su magia para realizar tareas simples, como rellenar tinteros. Esos resultados serían neutrales, mundanos, no respaldados por rencores. En definitiva, ella ha establecido buenas reglas: «no lastimar a nadie que no pueda evitar lo que está haciendo y que el castigo se ajuste al crimen»; pero no puede seguirlas consistentemente. La magia negra no permite tal pureza ética. Además, cuando la Narradora empieza a notar que sus reformas funcionan y las cosas están yendo bastante bien, se olvida de estar enojada. Esto nos lleva a la ironía suprema:

Una vez que la Narradora deja de estar enojada, es decir, una vez que consigue el espacio emocional para alejarse de los deseos punitivos, puede comenzar a imaginar la emancipación de las mujeres de sus distracciones cosméticas, una emancipación que les permitirá abrazar «su poder real, su dignidad real, sus responsabilidades reales en el mundo». En lugar del enojo, es la esperanza lo que vierte en su deseo. Esto no solo le arrebata sus poderes, sino que revierte las reformas hechas; por lo tanto, la esperanza, la magia blanca, vuelve a sumir a la sociedad en el caos. Emplear el castigo de acuerdo a sus desagrados personales y, de hecho, disfrutarlo, independientemente de cómo el mundo la haya moldeado para tener este enfoque del poder, deja a la Narradora como un agente inadecuado para el ejercicio de la magia blanca. De hecho, transforma a la magia blanca en un agente del mal.




Cuando yo era una bruja.
When I Was a Witch, Charlotte Perkins Gilman (1860-1935)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Si hubiera entendido los términos de ese contrato unilateral con Satanás, el Tiempo de las Brujas habría durado más, puedes estar seguro de eso. Pero, ¿cómo iba a saberlo? Simplemente sucedió, y nunca ha vuelto a suceder, aunque he intentado los mismos preliminares en la medida en que pude controlarlos.

La cosa empezó de repente, una medianoche de octubre, el 30, para ser exactos. Hacía calor, mucho calor, todo el día, y la noche era sofocante y atronadora; sin aire y toda la casa hervía con esa actividad imprudente que siempre parece mover el radiador de vapor cuando no se lo necesita. Yo estaba en un estado de ira a fuego lento, lo suficientemente caliente, incluso sin el clima y el radiador, y subí al techo para refrescarme. Un apartamento en el último piso tiene esa ventaja, entre otras: ¡puedes dar un paseo sin la mediación de un ascensorista!

Hay suficientes cosas en Nueva York para perder los estribos, y en este día en particular parecían suceder todas a la vez. La noche anterior, perros y gatos habían roto mi descanso, por supuesto. Mi periódico de la mañana era más mentiroso que de costumbre; y el periódico matutino de mi vecino, más visible que el mío cuando iba al centro de la ciudad, era más lascivo que de costumbre. Mi crema no era crema, mi huevo era una reliquia del pasado. Mis servilletas «nuevas» se estaban agotando.

Siendo mujer, se supone que no debo maldecir; pero cuando el motorista hizo caso omiso de mi simple señal y sonrió mientras pasaba de largo; cuando el guardia del subterráneo esperó hasta que estaba a punto de subir y luego me cerró la puerta en la cara, permaneciendo detrás de ella tranquilamente durante algunos minutos antes de que sonara la campana para ordenar su cierre, deseé maldecir como un arriero.

Por la noche era peor. ¡La forma en que la gente se toca entre la multitud! El guarda que empaca a la gente o la saca de un tirón, los hombres que fuman y escupen, con o sin ley, las mujeres cuyos sombreros con ruedas de carreta con bordes aserrados, plumas que se agitan y alfileres mortales, se suman a la comodidad de una. Bueno, como dije, estaba de muy mal humor y subí al techo para refrescarme. Pesadas nubes negras colgaban en lo alto, y los relámpagos parpadeaban amenazantes aquí y allá. Un gato negro, hambriento, salió sigilosamente de detrás de una chimenea y maulló lastimosamente. ¡Pobre cosa! La habían escaldado.

La calle estaba tranquila para ser Nueva York. Me incliné un poco y miré arriba y abajo los largos paralelos de luces titilantes. Se acercó un coche retrasado, el caballo estaba tan cansado que apenas podía mantener la cabeza erguida. Entonces el conductor, con una habilidad nacida de la práctica, arrojó su látigo y lo curvó bajo el vientre de la pobre bestia con un tajo punzante que me hizo estremecer. El caballo también se estremeció, pobre miserable, y tintineaba su arnés con un esfuerzo al trote.

Me incliné sobre el parapeto y observé a ese hombre con un espíritu de mala voluntad absoluta.

—Deseo —dije lentamente, y lo deseé con todo mi corazón—, que cada persona que golpee o lastime a un caballo innecesariamente sienta el dolor produce, ¡y que el caballo no lo sienta!

Me hizo bien decirlo, pero nunca esperé ningún resultado. Vi que el hombre blandía de nuevo su gran látigo. Lo vi levantar las manos, lo escuché gritar, pero nunca pensé cuál era el problema, incluso entonces.

El gato negro y delgado, tímido pero confiado, se frotaba contra mi falda y maullaba.

—Pobre gatito —dije—; pobre gatito. ¡Es una vergüenza! —Y pensé con ternura en todos los miles de gatos hambrientos y perseguidos que apestan y sufren en una gran ciudad.

Más tarde, cuando traté de dormir, y a través de la quietud se alzaron los estridentes chillidos de algunos de estos mismos sufrientes, mi piedad se enfrió.

—¿Qué imbécil tendría un gato en una ciudad? —murmuré, enojada.

Otro grito, una pausa, un grito continuo y ensordecedor.

—¡Ojalá —exclamé—, que todos los gatos de la ciudad estuvieran cómodamente muertos!

Se hizo un silencio repentino y, con el tiempo, me quedé dormida.

Las cosas fueron bastante bien a la mañana siguiente, hasta que probé otro huevo. También eran huevos caros.

—¡No puedo evitarlo! —dijo mi hermana, que cuida la casa.

—Sé que no puedes —admití—. Pero alguien podría evitarlo. ¡Ojalá las personas responsables tuvieran que comerse sus huevos viejos y nunca obtener uno bueno hasta que vendieran los buenos!

—Dejarían de comer huevos, eso es todo —dijo mi hermana—, y comerían carne.

—¡Déjalos comer carne! —dije, imprudentemente—. ¡La carne es tan mala como los huevos! ¡Hace tanto tiempo que no comimos un pollo fresco y limpio que he olvidado cómo saben!

—Es el almacenamiento en frío—dijo mi hermana.

Ella es una especie pacífica; yo no.

—¡Sí, almacenamiento en frío! —rompí—. Debería ser una bendición: superar la escasez, igualar los suministros y bajar los precios. ¿Qué hace? ¡Acapara el mercado, sube los precios durante todo el año y arruina toda la comida!

Mi ira aumentó.

—¡Si hubiera alguna forma de llegar a ellos! —lloré—. La ley no los toca. ¡Tienen que ser maldecidos de alguna manera! ¡Me gustaría hacerlo! Ojalá toda la multitud que se beneficia de este vicioso negocio pudiera probar su carne en mal estado, su pescado viejo, su leche rancia, lo que sea que comieran. ¡Sí, y que sientan los precios como nosotros!

—No podrían sentirlo; son ricos —dijo mi hermana.

—Lo sé —admití, malhumorada—. No hay forma de llegar a ellos. Pero me gustaría poder. ¡Y desearía que supieran cómo la gente los odia, que sintieran eso también hasta que se enmendaran!

Cuando me fui a mi oficina vi algo gracioso. Un hombre que conducía un carro de basura tomó su caballo por los frenos y tiró y tiró brutalmente. Me asombró verlo llevarse las manos a la mandíbula con un gemido, mientras el caballo se lamía filosóficamente y lo miraba.

El hombre pareció resentirse por su expresión y lo golpeó en la cabeza, solo para frotarse la nuca y maldecir asombrado, mirando a su alrededor para ver quién lo había golpeado. El caballo avanzó un paso, estirando un hocico hambriento hacia un cubo de basura coronado con hojas de col, y el hombre, recuperando su sentido de la propiedad, lo maldijo y lo pateó en las costillas. Esa vez tuvo que sentarse, poniéndose pálido y débil. Observé con creciente asombro y deleite.

Un carro del mercado venía traqueteando por la calle con un joven rufián de rostro fresco para su tarea matutina. Recogió los extremos de las riendas y las descargó sobre el lomo del caballo con un sonoro golpe. El caballo no se dio cuenta de esto en absoluto, pero el joven sí. ¡Gritó!

Llegué a un lugar donde muchos hombres estaban acarreando tierra y piedra triturada. Un extraño silencio y paz se cernían sobre la escena donde usualmente el sonido de los latigazos y la vista de brutales golpes me hacían pasar apresuradamente. Los hombres hablaban un poco entre ellos y parecían estar intercambiando notas. Era demasiado bueno para ser cierto. Miré y me maravillé, esperando mi carro.

Llegó corriendo alegremente. No estaba lleno.

No muy lejos había uno que no había visto al observar los caballos; no había otro cerca de él en la parte trasera. Sin embargo, la autoridad de rostro tosco que lo dirigía pasó alegremente sin detenerse, aunque yo estaba casi en la vía y agitaba mi paraguas. Un sofoco de rabia subió a mi rostro.

—Ojalá sintieras el golpe que te mereces —dije con saña—. Ojalá tuvieras que parar, volver aquí, abrir la puerta y disculparte. Ojalá eso les sucediera a todos ustedes, cada vez que hacen ese truco.

Para mi infinito asombro, ese coche se detuvo y retrocedió hasta que la puerta principal estuvo frente a mí. El motorista la abrió. llevándose la mano a la mejilla.

—¡Disculpe, señora! —dijo.

Entré, aturdida, abrumada. ¿Podría ser? ¿Podría ser posible que lo que deseaba se hiciera realidad? La idea me tranquilizó, pero la descarté con una sonrisa desdeñosa.

—¡No hay tal suerte! —dije.

Frente a mí estaba sentada una persona en enaguas. Era de un tipo que detesto particularmente. No hay un cuerpo real de huesos y músculos, sino los contornos de salchichas agrupadas. Complaciente, vestida de forma llamativa, con una peluca pesada y andrajosa, con talco y perfume y flores y joyas... y un perro. Un pobre, miserable, pequeño, artificial perro, vivo, pero sólo en virtud de la insolencia humana; no una criatura real que Dios hizo. ¡Y el perro tenía ropa puesta y un collar! ¡Su chaqueta entallada tenía un bolsillo y un pañuelo! Parecía enfermo e infeliz.

Medité sobre su lamentable posición, y la de todos los demás pobres prisioneros encadenados que llevaban vidas antinaturales de celibato forzado, privados de la luz del sol, del aire fresco, del uso de sus extremidades; llevados a intervalos establecidos por sirvientes reacios para profanar nuestras calles; sobrealimentados, poco ejercitados, nerviosos y poco saludables.

—¡Y decimos que los amamos! —dije amargamente para mí misma—. Con razón ladran, aúllan y se vuelven locos. ¡Con razón tienen casi tantas enfermedades como nosotros! Desearía… —aquí el pensamiento que había descartado me golpeó de nuevo—. ¡Ojalá todos los perros infelices de las ciudades murieran de una vez!

Observé al pequeño inválido de ojos tristes al otro lado del coche. Dejó caer la cabeza y murió. Ella nunca lo notó hasta que se bajó; entonces hizo bastante alboroto.

Los periódicos de la tarde estaban llenos de todo esto. Al parecer, alguna pestilencia repentina había golpeado tanto a perros como a gatos. Los titulares llamaron la atención, las letras grandes y las columnas se llenaron de las quejas de quienes habían perdido a sus «mascotas», de los trabajos repentinos de la junta de salud y de las entrevistas con los médicos.

Durante todo el día, mientras realizaba la rutina de la oficina, la extraña sensación de este nuevo poder luchó con la razón y el sentido común. Incluso probé algunos «deseos» furtivos, a modo de prueba: deseé que la papelera se cayera, que el tintero se llenara solo; pero no lo hicieron.

Deseché la idea como una tontería, hasta que vi esos periódicos y escuché a la gente contar historias peores. Una cosa decidí de inmediato: no decírselo a nadie.

—Nadie me creería si lo hiciera —me dije a mí misma—. Y no les daré la oportunidad. De todos modos, me he enfocado en perros y gatos... y en caballos.

Mientras observaba a los caballos en el trabajo esa tarde, y pensaba en todos sus sufrimientos desconocidos por los establos abarrotados de la ciudad, el mal aire y la comida insuficiente, y por la tensión desgastante de los pavimentos en clima húmedo y helado, decidí intentarlo de nuevo con los caballos.

—Deseo —dije lenta y cuidadosamente, pero con una intensidad fija de propósitos—, que cada dueño de caballo, cuidador, arrendador, conductor o jinete, pueda sentir lo que siente el caballo cuando sufre en nuestras manos. Que lo sienta aguda y constantemente hasta que el caso esté reparado.

No pude verificar este intento durante algún tiempo; pero el efecto fue tan general que pronto se habló mucho de él; y esta «nueva ola de sentimiento humano» pronto elevó el estatus de los caballos en nuestra ciudad. También disminuyeron sus números. La gente empezó a preferir los camiones de motor, lo cual era algo muy bueno.

Ahora me sentía bastante segura, y guardé mi seguridad para mí misma. También comencé a hacer una lista de mis acariciados rencores, con una fina sensación de poder y placer.

—Debo tener cuidado —me dije—; mucho cuidado, y, sobre todas las cosas, adecuar el castigo al delito.

Lo siguiente que me vino a la mente fue la aglomeración del metro; tanto las personas que se amontonan porque tienen que hacerlo, como las personas que las producen.

—No debo castigar a nadie por lo que no puede evitar —reflexioné—. Pero cuando es pura mezquindad…

Entonces pensé en los accionistas remotos, en los directores más inmediatos, en los funcionarios dolorosamente prominentes y en los empleados insolentes, y me puse manos a la obra.

—También podría hacer un buen trabajo mientras esto dure —me dije—. Es toda una responsabilidad, pero muy divertida.

Y deseaba que todas las personas responsables del estado de nuestros subterráneos se vieran misteriosamente obligadas a subir y bajar de ellos continuamente durante las horas pico. Este experimento lo observé con gran interés, pero pude ver poca diferencia. Había algunas personas mejor vestidas entre la multitud, eso era todo. Así que llegué a la conclusión de que el público en general era el principal culpable y llevaba su castigo diario sin saberlo.

Para los guardias insolentes y los vendedores de boletos estafadores que te dan cambio corto, muy lentamente, cuando estás bailando en un pie y tu tren está allí, simplemente deseaba que pudieran sentir el dolor que sus a víctimas les gustaría infligirles.

Luego deseé cosas similares para todo tipo de corporaciones y funcionarios. Funcionó. Funcionó asombrosamente. Hubo un súbito avivamiento en todo el país. Los huesos secos traquetearon y se incorporaron. Las juntas directivas, que ya tenían suficientes problemas, se vieron agravadas por innumerables comunicaciones de accionistas repentinamente sensibles.

En los molinos, las casas de moneda y los ferrocarriles, las cosas empezaron a mejorar. El país zumbó. Los diarios engordaron. Las iglesias se levantaron y se atribuyeron el mérito. Yo estaba indignada por esto; y, después de una breve consideración, deseé que cada ministro predicara a su congregación exactamente lo que creía y lo que pensaba de ellos.

Asistí a seis servicios el domingo siguiente, de unos diez minutos cada uno, durante dos sesiones. Fue de lo más divertido. Inmediatamente se vaciaron mil púlpitos, se rellenaron, se volvieron a vaciar, y así sucesivamente, semana tras semana. La gente empezó a ir a la iglesia; pero hubo cierta indignación. Siempre habían supuesto que los ministros los tenían en mayor consideración de lo que ahora parecía ser el caso.

Uno de mis rencores más antiguos era contra la gente de los coches cama; y ahora comencé a considerarlos. Cuántas veces había sonreído y soportado, junto con otros miles, sometiéndome impotente. Este es el ferrocarril, un transporte público, y tienes que usarlo. Usted paga por su transporte una buena suma redonda. Pero si desea permanecer en el coche cama durante el día, le cobran otros dos dólares y medio por el privilegio de sentarse allí, mientras que pagó por un asiento cuando compró su boleto. Ese asiento ahora se vende a otra persona, ¡vendido dos veces!

Cinco pesos por veinticuatro horas en un espacio de seis pies por tres por tres de noche y un asiento de día; veinticuatro de estos privilegios en un carro –$120 por día por el alquiler del carro– y los pasajeros a pagar al portero, además. Eso genera $44,800 al año.

Los coches cama son caros de construir, dicen. También lo son los hoteles; pero no cobran a esa tasa. Ahora, ¿qué podría hacer para desquitarme? Nada podría devolver los dólares a los millones de bolsillos; pero este hermoso proceso podría detenerse ahora. ¡Así que deseé que todas las personas que se beneficiaron de esta actuación sintieran una vergüenza tan aguda que hicieran pública confesión y disculpa y, como restitución parcial, ofrecieran su riqueza para promover la causa de los ferrocarriles libres!

Entonces me acordé de los loros. Fue una suerte, porque mi ira se encendió de nuevo. Fue realmente genial, ya que traté de determinar la responsabilidad y ajustar las sanciones. ¡Pero loros! ¡Cualquier persona que quiera tener un loro debe irse a vivir a una isla sola con su conversador preferido!

Había un loro enorme y graznante justo enfrente mío que sumaba sus gritos ásperos y sin sentido a los males más necesarios de otros ruidos. También tenía una tía con un loro. Era una persona rica, ostentosa, que había sido hija única y heredó su dinero. El tío Joseph odiaba al pájaro, pero eso no supuso ninguna diferencia para la tía Mathilda.

No me caía bien esta tía, y no quería visitarla, no fuera que pensara que me estaba fijando en su dinero; pero después de haber deseado este deseo, llamé a la hora fijada para que mi maldición obrara; y funcionó con creces. Allí estaba sentado el pobre tío Joe, más delgado y manso que nunca; y mi tía, como una ciruela demasiado madura, bastante complaciente.

—¡Déjame salir! —dijo Polly de repente—. ¡Déjame salir a dar un paseo!

—¡Qué cosa inteligente! —dijo tía Mathilda—. Nunca dijo eso antes.

Ella lo dejó salir. Luego se subió a la araña y se sentó entre los prismas, bastante seguro.

—¡Qué vieja cerda eres, Mathilda! —dijo el loro.

Ella se puso de pie, naturalmente.

—Nacida como una cerda, entrenado como una cerda, ¡un cerda por naturaleza y educación! —dijo el loro—. Nadie te aguantaría, excepto por tu dinero; a menos que sea este sufrido esposo tuyo. ¡No lo haría, si no tuviera la paciencia de Job!

—¡Cierra ese pico! —gritó tía Mathilda—. ¡Baja de ahí! ¡Ven aquí!

Polly ladeó la cabeza e hizo tintinear los prismas.

—¡Siéntate, Mathilda! —dijo alegremente—. Tienes que escuchar. Eres gorda, fea y egoísta. Eres una molestia para todos los que te rodean. Tienes que alimentarme y cuidarme mejor que nunca, y tienes que escucharme cuando hablo. ¡Cerda!

Visité a otra persona con un loro al día siguiente. Puso un paño sobre su jaula cuando entré.

—¡Llévatelo! —dijo Polly.

Ella se lo quitó.

—¿No quieres pasar a la otra habitación? —me preguntó, nerviosa.

—¡Mejor quédate aquí! —dijo su mascota—. ¡Siéntate quieta, siéntate quieta!

Ella se quedó quieta.

—Tu cabello es mayormente postizo —dijo el loro—. Y tus dientes... y tus contornos. Comes demasiado. Eres una vaga. Deberías hacer ejercicio. ¡Mejor discúlpate con esta señora por murmurar! Tienes que escuchar.

El comercio de loros cayó desde ese día; dicen que no hay mercado para ellos. Pero las personas que criaban loros los mantienen todavía: los loros viven mucho tiempo.

Los aburridos eran una clase de delincuentes contra los que había sentido una enemistad eterna. Ahora me froté las manos y comencé con ellos con este simple deseo: que cada persona a la que aburrieran les dijera la pura verdad.

Hay un hombre a quien tengo especialmente en mente. Fue excluido de un club agradable, pero continúa yendo allí. Él no es miembro, simplemente va y nadie hace nada. Fue muy divertido después de esto. Apareció esa misma noche en una reunión y casi todos los presentes le preguntaron cómo había llegado allí.

—No eres miembro, lo sabes —dijeron—. ¿Por qué te metes? A nadie le gustas.

Algunos fueron más indulgentes.

—¿Por qué no aprendes a ser más considerado y haces verdaderos amigos? —dijeron—. Consigue amigos que disfruten de tus visitas, que de hecho son una molestia pública.

Desapareció de ese club.

Empecé a sentirme muy arrogante. En el negocio de alimentos ya había una marcada mejoría; y en el transporte. El alboroto de la reforma se hacía cada día más fuerte, impulsada por los sufrimientos desconocidos de todos los aprovechados por la iniquidad.

Los periódicos prosperaron con todo esto; y mientras observaba las protestas en voz alta de mi abominación favorita, el periodismo, tuve una idea brillante, literalmente.

A la mañana siguiente llegué temprano al centro de la ciudad y observé cómo los hombres abrían sus periódicos. Mi abominación fue vergonzosamente popular, y nunca tanto como esta mañana. En la parte superior estaba impreso en letras doradas:

Toda mentira intencional, en adv., editorial, noticias, o cualquier otra columna; escarlata.
Todo asunto malicioso, carmesí.
Todos los errores por descuido o ignorancia, rosa.
Todo por el interés del propietario, verde oscuro.
Todo mero cebo: vender el periódico, verde brillante.
Toda la publicidad, primaria o secundaria, marrón.
Todo asunto sensacionalista y lascivo, amarillo.
Toda la hipocresía contratada, púrpura.
Buena diversión, instrucción y entretenimiento, azul.
Noticias verdaderas y necesarias y editoriales honestas, impresión ordinaria.

Los periódicos fueron comprados como pan caliente durante algunos días; pero el negocio real cayó muy pronto. Lo habrían detenido todo si hubieran podido; pero los papeles parecían estar bien cuando salían de la imprenta. El esquema de color se encendía solo para el lector de buena fe.

Dejé que esto funcionara durante una semana, para inmensa alegría de todos los demás periódicos; y luego lo hice con ellos, todos a la vez. La lectura del periódico se volvió muy emocionante por un tiempo, pero el comercio se desvaneció. Incluso los editores no podían seguir alimentando un mercado como ese. Los impresos en azul y ordinarios crecieron de columna en columna y de página en página. Algunas publicaciones pequeñas, sin duda, pero refrescantes, comenzaron a aparecer solo en azul y negro.

Esto me mantuvo interesada y feliz durante bastante tiempo; tanto que me olvidé por completo de enfadarme por otras cosas. Hubo tal cambio en todo tipo de negocios solo siguiendo la mera impresión de la verdad en los periódicos. Empezó a parecer como si hubiéramos vivido en una especie de delirio, sin saber realmente los hechos acerca de nada. Tan pronto como supimos los hechos comenzamos a comportarnos de manera muy diferente, por supuesto.

Lo que realmente puso fin a todo mi disfrute fueron las mujeres. Siendo mujer, estaba naturalmente interesada en ellas y podía ver algunas cosas más claramente que los hombres. Vi su poder real, su dignidad real, su responsabilidad real en el mundo. La forma en que se visten y se comportan solía ponerme bastante frenética. Era como ver arcángeles jugando con pajas, o caballos reales usados como caballitos de balancín. Así que decidí ir tras ellas.

¡Cómo gestionarlo! ¡Qué golpear primero! Sus sombreros, sus sombreros feos, estúpidos, escandalosos, en eso es en lo que una piensa primero. Su ropa tonta y cara, sus abalorios y joyas, su infantilismo codicioso, la mayoría de las mujeres provistas por hombres ricos.

Entonces pensé en todas las demás mujeres, las verdaderas, la gran mayoría, haciendo pacientemente el trabajo de sirvientas sin siquiera un salario de sirvienta, y descuidando los deberes más nobles de la maternidad en favor del servicio de la casa; el poder más grande de la tierra, ciego, encadenado, ignorante. Pensé en lo que podrían hacer en comparación con lo que hacían, y mi corazón se hinchó con algo que estaba lejos de la ira.

Entonces deseé, con todas mis fuerzas, que las mujeres, todas las mujeres, pudieran por fin realizar la Feminidad; su poder y orgullo y lugar en la vida; para que puedan ver su deber como madres del mundo: amar y cuidar a todos los vivos; para que puedan ver su suciedad a los hombres: elegir solo lo mejor, y luego dar a luz y criar mejores; ¡para que puedan ver su deber como seres humanos, y salir directamente a la vida plena, al trabajo y a la felicidad!

Me detuve, sin aliento, con los ojos brillantes. Esperé, temblando, a que sucedieran cosas.

No pasó nada.

Verás, esta magia que había caído sobre mí era magia negra, y yo había deseado la blanca.

No funcionó en absoluto y, lo que es peor, detuvo todas las otras cosas que funcionaban tan bien.

¡Oh, si se me hubiera ocurrido desear la permanencia de aquellos hermosos castigos! ¡Si tan solo hubiera hecho más mientras podía hacerlo, si hubiera apreciado la mitad de mis privilegios cuando yo era una bruja!

Charlotte Perkins Gilman (1860-1935)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Charlotte Perkins Gilman.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Charlotte Perkins Gilman: Cuando yo era una bruja (When I Was a Witch), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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