ANIMUS y ANIMA: las almas de los hombres y las mujeres


ANIMUS y ANIMA: las almas de los hombres y las mujeres.




Si bien la mayoría de las grandes religiones nos invitan a considerar que todos los seres humanos cuentan con un alma inmortal, esta idea no siempre fue tan popular. Durante mucho tiempo, y acaso aún hoy, secretamente, ciertas doctrinas esconden la oscura noción de que las mujeres no tienen alma.

En el siglo XVI, Guillaume Postel aventuró que todas las almas tienen dos mitades: una masculina y otra femenina. El alma de los hombres, llamada ANIMUS, fue oportunamente redimida por Cristo, mientras que el alma de las mujeres, el ANIMA, todavía espera una salvadora.

De este modo, Postel recicló un viejo prejuicio cristiano: solo los hombres tienen alma. Sin ir más lejos, en el Concilio de Nantes, en el año 660, se decidió que todas las mujeres eran desalmadas, es decir, que carecían de alma.

Para no generar mayores sobresaltos en la población femenina se resolvió que las mujeres no tenían ANIMUS, «alma», pero sí estaban dotadas de ANIMA, especie de alma embrutecida, básica, elemental, rudimentaria, el mismo tipo de alma que poseen los animales.

Esto explica por qué no se registran casos de mujeres que le hayan vendido su alma al diablo durante la Edad Media. Se las podía acusar de haber firmado un pacto con el demonio, es decir, de practicar la brujería, la magia negra, la nigromancia, entre otros ritos odiosos, e incluso de convertirse en concubinas y hasta en esposas del diablo, pero de vender el alma, jamás, precisamente porque de acuerdo a lo dictaminado en el Concilio de Nantes las mujeres no tenían un alma para vender.

El ANIMA es, en esencia, una versión degradada, impura, del ANIMUS. De hecho, la palabra animal significa algo así como «el que tiene anima». Y las mujeres, por su parte, se inscribían en esta categoría.

Lo interesante es que la palabra ANIMA, que designa al alma femenina, posee las raíces an, «celestial», y ma, «madre»; y cuyo significado sería «Madre Celestial», lo cual sugiere que el término se forjó en una época en la que todavía se creía que las almas emanaban del principio femenino de la creación.

A su vez, los alquimistas emplearon la palabra ANIMA en relación a todo lo espiritual. Incluso nuestro planeta, según ellos, poseía un alma femenina, el ANIMA MUNDI.

Esta es una de las razones por la cual la alquimia era considerada una herejía. Uno podía ambicionar transformar los metales vulgares en oro, e incluso trasmutarse a sí mismo en el proceso, pero creer que el mundo tiene alma de mujer, bueno, eso era francamente absurdo.

Poco a poco los términos ANIMUS y ANIMA fueron absorbiendo las propiedades del otro, aunque las diferencias principales siguieron existiendo: el ANIMUS es inmortal, y le fue transferida al hombre directamente por Dios; mientras que el ANIMA le permite a la mujer moverse, sentir y pensar, pero de ningún modo le garantiza la salvación.

Este debate entre el ANIMUS y el ANIMA fue destrozado de forma concluyente por Carl Jung.

Para Carl Jung —El hombre y sus símbolos (Man and His Symbols)—, el ANIMUS y el ANIMA reflejan las características de cada uno de los dos hemisferios de nuestro cerebro: EL ANIMUS, masculino, simboliza a la razón; mientras que el ANIMA, el alma de lo femenino, representa a la intuición y la imaginación.

Todos, de acuerdo a esta doctrina, poseemos esos dos matices:

El ANIMUS nos permite conectarnos con los elementos más terrenales del ser: la supervivencia, el miedo, la angustia, el hambre, el deseo; mientras que el ANIMA, la esencia de la feminidad, nos conecta con el principio creativo del universo: la naturaleza.

De manera tal que cada ser humano está integrado por un ANIMUS, el miedo que nos impulsa a sobrevivir, y un ANIMA, el principio que nos otorga realmente el privilegio de ser humanos; es decir, aquello que nos coloca en una dimensión distinta a la de los animales, cuya única ambición es alimentarse y reproducirse, ya que nos permite crear.

De este modo Carl Jung invirtió los términos de aquella arcaica concepción del alma. Ya no es el ANIMUS, el alma masculina, la que obtiene los privilegios de la eternidad; sino que es el ANIMA, la síntesis de la feminidad, el único elemento indispensable para que una criatura pueda ser considerada humana.

Indicios de ese mismo concepto de ANIMA se observa en innumerables mitos, donde el principio de la creación es siempre femenino.

Lo curioso, en todo caso, es que así como el ANIMUS, de acuerdo a las grandes religiones, era insuflado por el propio Dios en el corazón del hombre, Jung propone que la primera experiencia formativa del ANIMA es a través del vínculo con la madre.

Es ella, el ANIMA, la que nos brinda la única cualidad que podría definirnos: la capacidad de imaginar, de hacer, de soñar con cosas que no existen ni son necesarias para sobrevivir, pero que al mismo tiempo expresan el íntimo anhelo del ser por representar lo bello y lo sublime de la creación, así también como sus sombras y profundidades.

Es el ANIMA, en definitiva, la que nos hace humanos, porque nos permite crear.




Mitología comparada. I El lado oscuro de la psicología.


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