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Por qué las herraduras tal vez traen mala suerte


Por qué las herraduras tal vez traen mala suerte.




Uno de los amuletos para la buena suerte más universales son las herraduras.

Y como todo amuleto, éste sirve tanto para atraer la buena suerte como para propiciar toda clase de calamidades.

El origen de esta leyenda nos traslada hasta el siglo X; donde San Dunstan (909-988), abad de Glastonbury, obispo de Worcester, y finalmente arzobispo de Canterbury, tuvo un extraño encuentro con el diablo.

Mucho antes de convertirse en santo, Dunstan ejercía el antiguo oficio de herrero. Cierto día, un cliente muy curioso se presentó en su taller: Satanás, el príncipe de las tinieblas, quien había escuchado rumores sobre las particulares habilidades de Dunstan.

Tras ser expulsado junto a sus huestes sediciosas por el arcángel Miguel y su ejército de ángeles leales de Dios, Satanás se instaló en los infiernos y desde allí, mediante astucias burocráticas, intentó levantar la moral de las tropas derrotadas.

El problema consistía en que la lucha con Miguel le había dejado secuelas un tanto deshonrosas para un líder político y militar.

Al condensarse, transformándose de un ser de luz (Lucifer) en una criatura formada por la más grosera materia, Satanás perdió una porción considerable de su antiguo poder. En rigor a la verdad, le dolía el cuerpo, especialmente las patas, formadas por pezuñas similares a las del Pan de la mitología griega.

Camuflado como un monje negro, aunque no lo suficientemente bien ya que diablo siempre debe mostrar alguna parte de su ser, en este caso, las patas, Satanás entró en el taller de Dunstan.

En términos amables le solicitó al herrero que hiciera algo para aliviar el tremendo dolor que sentía en los cascos.

Dunstan accedió, pero no se dejó engañar por la apariencia del visitante, de modo que confeccionó para él unas herraduras de hierro especialmente pesadas.

Con certeros golpes de martillo las clavó a los cascos del diablo. Satanás, presa de un dolor indecible, reveló su verdadera naturaleza. Sin embargo, las herraduras estaban tan bien clavadas que nada pudo hacer el diablo para quitárselas.

Entonces el príncipe de las tinieblas cambió su semblante; pasó de la cólera a un estado más propicio para la negociación.

Dunstan accedió a quitarle las herraduras de los cascos siempre que el diablo prometiera que nunca entraría en la casa de un herrero; oficio que por aquel entonces era identificado por una herradura colocada encima de la puerta.

Satanás aceptó, pero con algunas condiciones.

La herradura debía estar colocada apuntando hacia arriba, tal como los herreros solían utilizarla en la puerta de sus talleres. Caso contrario, la herradura serviría como invitación.

Desde entonces se considera que las herraduras traen buena suerte, aunque en realidad son igualmente capaces a traer desgracias.

La historia posterior del herrero se pierde en formalidades y anécdotas propias de los santos, aunque su nombre, Dunstan, procede de las formas del Inglés Antiguo: dun, «negro», y stan, «piedra». Esta «piedra negra» no es otra cosa que el hierro en bruto, repelente fortísimo contra las hadas, los elementales y los demonios desde los tiempos de los celtas.




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